martes, 25 de abril de 2023

Repatriación de los restos de Rosas

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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Repatriación de los restos de Rosas


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Después de la llegada al país de los restos de Rosas,la revista La Semana N° 670 del 6 de octubre de 1989 registró en sus páginas este acontecimiento, con gran profusión de fotografías

El regreso de Rosas a la patria

EL FINAL DEL EXILIO

Hace 137 años partió para Southampton. Y desde hace 112 esperaba regresar. Juan Manuel Ortiz de Rosas -para unos, tirano, para otros, restaurador- ya está de vuelta. Fue recibido con los honores de un jefe de Estado y como prenda de reconciliación nacional. Rosario, Obligado, Buenos Aires, fueron escenario de la fiesta. Pero el tiempo dirá si cada uno entendió el significado de su regreso a la patria.
El Presidente se preguntó: “¿Es posible construir una verdadera patria sobre el odio entre hermanos? ¿Es posible levantar un país en serio sobre los pilares de la discordia, la desunión y las luchas fratricidas?” Y se respondió: “Sé que la respuesta es no. Sé que el clamor de este tiempo es no”.
Delante de Carlos Saúl Menem, cubierto por una bandera argentina, su poncho rojo y el sable con su nombre grabado —ambos patrimonio del Museo Marc (sic)— yacía el féretro del Restaurador de las Leyes. Esa mañana, la del 30, en Rosario, se comenzaba a asistir a un nuevo tiempo. “Al darle la bienvenida al brigadier general don Juan Manuel de Rosas —afirmó el Presidente— también estamos despidiendo a un país viejo, maltratado, anacrónico, absurdo.” Y el aplauso del público pareció responder que así sea.
A las 9.43, cuando el helicóptero que traía los restos desde el aeropuerto Fisherton sobrevoló el Monumento a la Bandera, más de seis mil personas levantaron sus pañuelos blancos saludando a quien tuvo que esperar 112 años —si es que los muertos esperan algo— para cumplir el sueño de descansar en la Argentina. En el palco, 350 familiares de Rosas —con una enseña punzó y otra celeste y blanca en el pecho— dejaban caer sus lágrimas. Abajo, una anciana se tomaba las manos mientras exclamaba: “Gracias, Dios mío, por regalarme este tiempo”, mientras los chicos de las escuelas agitaban sus banderas y los gauchos corrían para atrás el ala de sus sombreros para ver mejor.
Homenaje a Rosas a su llegada al país
Carlos Menem, su esposa y el embajador Carlos Ortiz de Rosas,
honran al Brigadier en Rosario

La hermana Celestina había vestido el altar al aire libre, luchando contra el viento. A su lado, el padre Alberto Ezcurra —que luego tuvo a su cargo el oficio religioso en la Recoleta— intentaba vanamente persuadir a los obispos para que lo dejaran concelebrar la misa. “Soy pariente de Rosas por vía indirecta —dijo—. Mi tatarabuelo, José María Ezcurra, era cuñado de Rosas y también fue su canciller.” Sobre su sotana vestía un poncho punzó que no se quitó de encima pese a que hacía calor.
Mientras el ataúd era colocado sobre la cureña provista por la Fábrica Militar Fray Luis Beltrán, Menem llegaba al Monumento a la Bandera en un jeep descubierto, acompañado por el jefe del Estado Mayor del II Cuerpo de Ejército, coronel Luis Cloux, con quien pasó revista a las tropas. Tras la ceremonia castrense —que en realidad se convirtió en una eufórica demostración de entusiasmo por parte del público por la sola presencia de Menem, a quien abrazaban y vivaban sin cesar— la cureña arribó frente al palco tirada por otro jeep y seguida por un caballo sin jinete que representaba al alazán de Rosas. Una corona de flores muy especial fue colocada allí sobre el ataúd: estaba hecha de estrellas federales, flores de ceibo y aromito. Andrés Pasko  y Edgardo Melquiot, encargados de la decoración del acto, explicaron: “Las estrellas federales simbolizan la unión nacional, la flor de ceibo la identidad argentina y los aromitos, al árbol que  plantó Rosas cuando Manuelita cumplió su primer aniversario”.  A la hora de entonar las estrofas de la canción patria, el alazán rompió la solemnidad: relinchó exactamente cuando comenzó el himno y también cuando terminó. “¿Por qué le habrán puesto caballo si canta mejor que yo?”, se preguntó uno mientras otro le respondía: “No hay dudas de que es rosista”. La cureña fue colocada delante del altar donde el obispo auxiliar de Rosario, Oscar Villena, presidió la misa asistido por los obispos de Santa Fe y de Posadas, Mario Mauilión y Jorge Kemerer, y el coro Pedro Casal. Pero otra vez, algo imprevisto sucedió: en medio de las oraciones parte del público comenzó a aplaudir. Menem levantó la vista con gesto de no entender.
Repatriación de los restos de Rosas

Cuando la figura del historiador José María Rosa avanzó hacia la primera fila apoyada en su bastón, todo quedó explicado. “No puedo creer lo que estoy viendo —dijo una mujer que pugnaba por acercarse al féretro— y este hombre se debe estar pellizcando para creérsela: se pasó toda la vida escribiendo sobre Rosas y ahora lo tiene al lado. ¡Qué gustazo!” Y algo curioso: se colocó al costado de Humberto Medina Virasoro, bisnieto del brigadier general Benjamin Virasoro, opositor de Rosas y mano derecha de Urquiza en Caseros. “Olvidemos los rencores del pasado y vivamos el futuro”, deslizó el bisnieto y estrechó la mano del historiador.
Tras la bendición, el embajador Carlos Ortiz de Rosas habló en representación de todos los familiares. Sus palabras, desapasionadas, equilibradas, contrastaron con los saludos fascistas que se intercambiaban mientras tanto algunos parientes más jóvenes y con el sermón sectarista e inoportuno que el padre Ezcurra pronunciaría al día siguiente en la Recoleta, haciendo mayor honor a su pasado militante tacuara que a su condición de clérigo. “La patria de los argentinos fue hecha por todos los argentinos —dijo el embajador—. Por aquellos que combatieron y derramaron sangre argentina en defensa de sus ciudades como por quienes sin armas nos señalaron, ilustraron y orientaron con sabiduría y pensamiento esclarecedor en pos de paz y de progreso. Todos ellos, sin exclusión alguna, formaron el ser nacional y a todos ellos les debemos nuestra gratitud, cualesquiera hayan sido sus colores o convicciones políticas”. Al mediodía, la cureña se trasladó hasta el muelle donde estaban anclados el Murature, el Chubut y el Tierra del Fuego. La gente se abalanzó sobre el féretro y lo cubrió de flores rojas, antes de que fuera depositado en la popa del primero. Treinta personas —entre ellas el Presidente y la primera dama— tuvieron el privilegio de acompañar los restos de Rosas en su viaje hacia la Vuelta de Obligado. Allí, los fuegos artificiales y una salva de 21 cañonazos testimoniaron, a las cinco de la tarde, que el Restaurador de las Leyes había llegado al escenario donde Mansilla, Thorne, Alzogaray y tantos otros lucharon hasta agotar el último cartucho —y aún más allá, enfrentando cañones con bayonetas— para que la patria sobreviviera. “Bastaría con que nuestros militares de hoy alcanzaran la estatura del tobillo de Rosas o San Martín, para que los honraran”, exclamó llorando un viejo militante nacionalista, mientras miles y miles de personas se apretujaban en la orilla de la barranca y la banda de la Policía de la Provincia de Buenos Aires ejecutaba la Marcha de San Lorenzo al paso de la flotilla. A las seis, el ARA Murature llegó a San Pedro, donde desembarcaron el Presidente, Zulema Yoma, ministros y gobernadores, quienes, en helicóptero, se trasladaron a sus respectivos destinos. A las nueve de la noche, las embarcaciones pasaron frente a Baradero y cerca de la medianoche, por debajo del puente Zárate-Brazo Largo. El 1 de octubre, a las once y quince, el patrullero Murature hacía su entrada al puerto de Buenos Aires por la Dársena Norte. En la capital, 5.000 gauchos, 500 granaderos y 500 efectivos de la Escuela de Caballería acompañaron a Rosas a lo largo de Madero, Avenida de Mayo, 9 de Julio, Libertador, Callao y Junín, hasta la Recoleta. Durante el trayecto, el féretro fue cubierto de claveles rojos arrojados desde los balcones colmados de gente y por la que, desde el cordón de la vereda, pugnaba por tocarlo. “Viva el Restaurador”, “Bienvenido, brigadier”, “Se siente, se siente, Rosas está presente”, gritaban unos, mientras otros, al paso de Menem, preferían un “Muy bien, Carlitos, lo hiciste, lo hiciste”. “Estamos asistiendo a la fundación del partido nacional —dijo Raúl Portal a LA SEMANA, mientras Darwin se tapaba la cara—. A partir de hoy los partidos políticos serán sólo líneas internas.”
Acto por la repatriación de los restos de Rosas

Al lado del Presidente y de Zulema Yoma se colocó la descendiente porteña de Rosas de mayor edad: María Molina Salas de Rivas Arguello, quien no cabía en sí de la emoción. El chozno más pequeño, Santiago Nazar Anchorena (9 años), contestaba de esta manera al reportaje: “No sé, no siento nada, no me acuerdo cuándo se murió él”. Marcos Gillie, otro chozno nieto de cabeza rapada y trencita hasta el hombro, en cambio, se declaró orgulloso de ser descendiente de Rosas, aunque aclaró que “en el colegio no lo podía decir”.
Al pasar los mazorqueros, con sus lanzas encintadas y su atavio de casaca y gorra coloradas, una nena le preguntó a su mamá: “Mami, ¿quiénes son los duendes de a caballo?” Y por primera vez, entre los gauchos del Rancho El Restaurador, se vio desfilar a una émula de Manuela Pedraza: fue la única mujer gaucho que siguió a Rosas hasta la Recoleta. Un Ejército Unitario, también por primera vez, rindió honores al adversario como símbolo y testimonio de la  reconciliación nacional. En la Recoleta, tres gendarmes y tres patricios, elegidos por su altura y su fuerza, transportaron a pulso el féretro de Rosas, de 140 kilos, acompañados por cuatro escoltas. Frente a la bóveda familiar se apostaron, además de las autoridades y de los familiares del Restaurador de las Leyes, los descendientes directos de Paz, de Iriarte, de Lavalle, de Viamonte y de Urquiza. Fue como decir que aquellos generales que le hicieron la guerra hoy sueñan con “la unidad nacional construida aun sobre nuestras propias discrepancias”.
 
Ana María Bertolini
Fotos: Carlos Abras
(Enviados especiales a Rosario)
En Buenos Aires: Informe: María Marta Sucarrat
Fotos: Osvaldo Dubini / Daniel Flores / Guillermo Gruben / Rudy Hanak / Carlos Lunghi / Héctor Villalba / Mario Gambetta / Marcelo Lombardi /
Daniel Giacometio

Revista La Semana


La Vuelta de Obligado no fue una derrota
Hacia 1845 la Argentina afrontaba el dilema de ser una factoría extranjera o una nación libre, y Obligado indica claramente cuál de las dos fue la decisión de Rosas. Ingleses y franceses pretendían navegar libremente el Paraná y convertir el litoral en una factoría. Su argumento era contundente: 28 barcos de guerra, 5.000 hombres y 562 cañones. Pero, Rosas, no se echó atrás y firmó los pasaportes de sir Ouseley y del barón Defraudis indicándoles claramente la ruptura de relaciones. Fue la guerra.
El gobierno argentino montó en la Vuelta de Obligado cuatro baterías con un total de 18 cañones, servidas por 160 artilleros. Lucio Mansilla ordenó cruzar el río con tres cadenas que corrían sobre una veintena de barcos desmantelados y fondeados en línea, bloqueando el paso. El bergantín “Republicano”, de seis cañones de 20, era el único buque de guerra encargado de cuidar las cadenas. Los Invasores atacaron el 20 de noviembre con 11 buques de guerra y 99 cañones, casi todos de 80. Se combatió encarnizadamente durante 7 horas, hasta acabar las municiones. Finalmente la flota anglofrancesa logró romper las cadenas, pero no pudo adueñarse de las costas: fueron corridos nuevamente hacia sus botes a fuerza de bayoneta. Pero a esa hora ya habían muerto 650 patriotas. Mansilla, herido, fue reemplazado por Crespo. Pero la batalla ya se había perdido.
¿Perdido? “Rosas está levantando baterías a lo largo de las barrancas entre Obligado y nosotros —escribia el teniente Robins desde Paraná—. Nos hemos internado muy pronto río arriba. Estamos en una situación que no podemos sostener.”
La paliza de El Quebracho les hizo comprender, casi enseguida, que nada habían ganado. Sobre Rosas decía el The Journal of Commerce de los EE.UU.: “Verdaderamente, él es un grande hombre y en sus manos ese país es la segunda república de América.”
Los interventores debieron optar por retirarse de la forma más digna que pudieron, ya que al cabo de un año de bloqueos y combates sangrientos sólo contaban con lo que tenían al comienzo: Montevideo. De las potencias agresoras partió la iniciativa de parlamentar. Thomas Samuel Hood vino en representación de Inglaterra y Francia como enviado confidencial. Llegó a Buenos Aires en julio del '46, teniendo como bases de negociación las mismas que Rosas imponía. Pero la misión Hood fracasó porque el bloqueo anglofrancés al puerto de Buenos Alres constituía un excelente negocio para Montevideo y el círculo de agiotistas que explotaban los derechos de aduana, de manera que había que hacerlo durar.
Tras el fracaso de esta tratativa de paz, Oribe restableció el sitio de Montevideo y la guerra recrudeció. Finalmente, Henry Southern comunicó la aceptación, por parte de Inglaterra, de un tratado cuyas cláusulas no diferían en mucho de las de Hood. Tenía cinco puntos esenciales: uno obligaba a la Confederación a retirar sus tropas de la Banda Oriental una vez que lo hubieran hecho los franceses. Otros tres se referían al compromiso de Inglaterra de devolver la isla Martín García y los barcos capturados; de reconocerle a la Confederación los derechos de beligerancia; y de declarar que el río Paraná quedaría sujetado a la soberanía nacional y su navegación sometida a sus propias leyes y reglamentos. El tratado fue firmado el 24 de noviembre de 1849 con los ingleses y el 31 de agosto de 1850 con los franceses. ¿Qué ordenaba el primer punto del documento? Mandaba a que las dos naciones más poderosas del mundo saludaran el pabellón nacional con una salva de 21 cañonazos de desagravio.
La Vuelta de Obligado no fue entonces, desde el punto de vista político, una derrota. Fue, sí, el triunfo de la patria sobre la colonia. Y el 30 de septiembre de 1989 se trató, precisamente, de no olvidarlo.
Ana Maria Bertolini
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