En el N° 673 de la revista Todo es Historia del mes de Febrero de 2024, fué publicado el siguiente artículo sobre el carnaval porteño, de autoría del director de este Blog, Norberto J. Chiviló
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sábado, 2 de marzo de 2024
martes, 1 de marzo de 2016
Ramos Mejía y los carnavales de la época de Rosas
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año X N° 38 - Marzo 2016 - Pag. 16
Bicentenario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América el 9 de Julio de 1816
Carnaval en la época de Rosas
Descripción de Ramos Mejía sobre el carnaval en la época de Rosas
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| José María Ramos Mejía |
José María Ramos Mejía, escritor antirrosista, en Rosas y su tiempo -publicado originalmente en 1907, reeditado por Emecé Editores, Buenos Aires, 2001- así describe el Carnaval de Rosas.
Su entrenamiento favorito (de la "plebe rosina") era el carnaval. La licencia y la impunidad, usada durante esos tres mortales días, se hacían sentir sobre las clases cultas con crueldad y permitía ejercer todas sus pequeñas venganzas: entrar en las casas hasta los dormitorios, manosear a las mujeres, cortar los faldones de las levitas y castigar la soberbia de las señoras y cajetillas…
El "Carnaval de Rosas", como se le ha llamado después, era la
institución popular por excelencia. El estado de cultura y la libertad usada por el pueblo
bajo está pintado allí con viva elocuencia. Llegó a tal punto el brutal
desborde que el mismo dictador se vio obligado a reglamentarlo en un decreto
lleno de considerandos, en el cual él mismo revelaba cierto respetuoso temor ante el empuje
del indomable populacho. Si alguna diversión en los anales de la locura, ha
superado a las bacanales, ha sido aquella, sin duda alguna. Este extraño género
de sport concentraba a todo el fuego de las pasiones populares y en ocasiones debió ser una
especie de emuntorio que daba escape a todas las fuerzas reprimidas durante el curso del
año por la disciplina y el trabajo. Era necesario ver aquella
plebe usando del placer, para explicársela en la venganza y el motín.
Como actores
de la infernal orgía, tomaba parte principal todo
lo que el pueblo tenía de menos pacífico. De las orillas y de los pueblitos
inmediatos, la gente afluía a caballo o en carreta y llenaba los fondines y
pulperías en un hacinamiento desagradable. Tres o cuatro días duraba la
preparación espiritual, durante los
cuales se bebía en abundancia, se combinaban las agresiones y en medio de la
excitación de tanta locura se organizaban los más extraños instrumentos de
combate: carros adornados con abundancia de sauce y paraíso, grandes pipas para
el agua, tristeles monumentales,
vejigas llenas de aire, en cuya confección el ingenio demoníaco del guarango y
del orillero se complacía en agregar el detalle maligno. Era lo menos la pica-pica
en e! ramo de flores, el agua sucia en el tristel,
la pólvora en el cigarro, cuyo éxito llenaba el ambiente con el estruendo de la
carcajada popular, una vez producida la grave lesión que se esperaba. Los
candombes empezaban a fermentar con la alegría gritona y agitante de los negros
en libertad. La pulpería y el burdel tomaban su lugar y trascendía hasta los barrios
tranquilos del centro la más profunda alarma. Porque la fauna séptica se insinuaba
en el alma de todos, despertando aquellos apetitos que el voluptuoso presentimiento del manoseo de las niñas y
señoras movilizaba de un modo brutal. Podía decirse que la revoltosa animalidad
tenía en esa fiesta como una segunda época del celo. Vaga impresión de
bestialidad comenzaba a circular en el ambiente. Las casas de familia percibían
en la agitada alegría de la servidumbre las promesas que aquellos días de
enajenación ofrecerían. Esa revolución
saturnal del bajo instinto, libre de todo reato, dejaba en el ánimo de la gente
culta la sensación anticipada de todas las vejaciones que iba a sufrir y, sin
embargo, tenía que disimular tras de la plácida fisonomía que en estos casos mandaba
la liturgia oficial. Podríamos decir, como el himno homérico de las procesiones
de Baco, que todas las energías de la savia, todas las obscenidades del celo
universal tomaban en ese día forma y aliento, figura y disfraz para agruparse
alrededor su ídolo, tipo soberano de la vida física.
Sonaba el cañonazo y
estallaba el acceso. Los carros comenzaban
a rodar por el mal empedrado, llevando enormes toneles llenos de agua,
escaleras para el asalto, sandías, zapallos, huevos de pato y avestruz llenos de agua infecta, bermellón o harina
para los balcones de los unitarios; y detrás o a los lados, trepados o a pie,
una turba de pilluelos de todas las edades y aspectos atronando el aire con sus
silbidos, gritos y palmoteos salpicados del infaltable "¡Viva la
Federación, mueran los salvajes inmundos unitarios!". Pelotones
pintorescos de hombres a caballo, medio disfrazados y pintarrajeados, con
ponchos y chalecos colorados, barbas postizas de crines y colas de caballo. A
tan desaforada peregrinación que iba a sujetar frente a la casa elegida para el
festín o para el ultraje, servíanle de orquesta los tachos y calderas más
sonoras, cornetas desafinadas, pitos, tambores, bombas, cencerros colosales, en
montones, agitados nerviosamente y golpeados por la turba desenfrenada. Allí
era recibida con palmoteos y gritos de entusiasmo. Las mujeres arremangábanse las
polleras, el cabello iba a la espalda con caluroso garbo y empezaba el torneo.
El agua corría a mares; abalanzábanse a los carros enardecidas por las
flagelaciones del agua y el bárbaro y obsceno entrevero se hacía general. Todo
contribuía a estimular rabiosamente los más bajos deseos: los pechos rumbosos de
las jóvenes, las caderas y los muslos proyectando sus formas sobre los sentidos
a cada instante más voraces; porque el agua pegaba la ropa ligera al cuerpo,
desnudándolo con cierto descuido de insolente impudor. La carne mirada así
parecía palpitar con más luz bajo el fresco manto de agua. Caían al suelo rodando
entre el barro de los charcos, precipitábanse vereda abajo medio asfixiadas por
aquel diluvio incesante o en brazos de hombrones musculosos, embriagados por el
olor de su cuerpo y de su aliento, iban a la tina a recibir el baño final que
indicaba la capitulación.
Divinidad fúnebre la que en ocasiones presidió a esta fiesta, proyectando sombras de muerte sobre los triunfos brutales de la vida: las bacantes solían transformarse en manes y su rostro blanco y lívido mezclarse con frecuencia a los gestos alegres de las máscaras. Su voz atiplada parecía en ocasiones balbucear sordamente, la lengua inarticulada de algún inquieto fantasma que buscara el reposo de la tumba. Cuando el asalto era a la familia enemiga, la comedia tenía sabor más acre, porque el agua parecía sangrienta en los jarros y detrás del vejigazo iba la puñalada o las rebenqueaduras famosas, con las cuales los unitarios, larvados detrás de su mimetismo previsor, saldaban sus cuentas viejas con los federales. El muerto del carnaval, en aquellas calles sin luz y sin eco para los gritos de auxilio, se cargaba en la cuenta de los naturales excesos populares, fueran uno, dos o cuatro, como en el del año 1840. Era precisamente para esas familias sindicadas, que el carnaval de Rosas tenía aquella cola bestial que Pratinas cortó a la tragedia griega. Enharinaban de pies a cabeza las niñas, les arrojaban agua pestífera o las volteaban de una pedrada; llenaban de bermellón los muebles, los tapices, las paredes, reservando para la negra sirvienta el huevo perfumado y el ramo de las mejores flores...
Crónica sobre el carnaval de British Packet and Argentine News
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año X N° 38 - Marzo 2016 - Pags. 13 y 14
Bicentenario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América el 9 de Julio de 1816
Carnaval en la época de Rosas
Crónicas sobre el carnaval porteño publicadas en el British Packet and Argentine News
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| British Packet |
En el periódico semanal, de lengua inglesa, The British Packet and Argentine News, fundado por el inglés George Thomas Love, publicado en Buenos Aires desde 1826 a 1858 (ver ER 28 pág.4), cuya recopilación, traducción y notas fueron realizadas por Graciela Lapido y Beatriz Spota de Lapieza Elli, editado en 1976 por la Edit. Solar/Hachette de Buenos Aires, en la Colección Dimensión Argentina, bajo el título "The British Packet - De Rivadavia a Rosas 1826-1832", encontramos las siguientes crónicas sobre los carnavales en Buenos Aires, en los años 1828 a 1832, es decir durante las gobernaciones de Manuel Dorrego, Juan Lavalle y Juan M. de Rosas (en su primer período).
De su lectura, el lector, podrá
tener una idea, sobre las costumbres y las diversiones de los habitantes de la
antigua y ya lejana Buenos Aires.
18 de febrero de 1828, N°
80
La policía ha comunicado a la
población que se prohíbe arrojar agua y huevos en las calles, desde las
terrazas y ventanas de las casas
durante las fiestas, por ser contrario a la decencia y a las buenas costumbres;
solicita que los padres de familia controlen a sus hijos y sirvientes y
advierte que los contraventores serán encarcelados hasta que haya terminado el
carnaval. La música, los bailes y cualquier otro entretenimiento racional serán
permitidos en la plaza y en las calles. De acuerdo con la actividad demostrada
por el actual jefe de policía, señor Perdriel, se descuenta que las anteriores
disposiciones serán estrictamente cumplidas. Nosotros, en general, somos
decididos enemigos de cuanto impida el entretenimiento de la gente, pero la
práctica seguida hasta ahora de arrojar agua, huevos, etc., es indigna de una
nación civilizada, Es a la vez desagradable y torpe y confiamos en el buen
sentido de la población para que se suprima por completo y los encantos de la
música y el baile ocupen su lugar, como en otros países. La costumbre de
arrojar agua en las calles ha decrecido mucho en los últimos años y ha quedado
confinada solamente al interior de unas pocas casas.
El carnaval comenzará mañana y
terminará el martes. Antes, toda la "gente tranquila" se veía
obligada a trasladarse al campo o a permanecer en su casa durante estos días, para
evitar escenas desagradables.
7 de marzo de 1829, N° 135
Los encantadores deportes
de esta festividad terminaron ¡gracias a Dios! la noche del martes pasado,
dándonos un respiro hasta el año próximo. Los que jugaban con agua, y con cáscaras de huevo llenos de agua, tuvieron
carta blanca por algunos días más de lo acostumbrado en muchos años, para
infinito deleite de los admiradores de estos "elegantes" entretenimientos
y completo disgusto de los que son menos
refinados. Ocurrieron muchos accidentes serios; cerca de la playa, un marinero inglés
recibió un pistoletazo en la cara, de un oficial de policía al que según se
dijo, le había arrojado agua. El herido fue llevado al hospital. Muchachos y muchachas
de toda condición, tipo y calidad, se reunieron, armados con jeringas y
cáscaras de huevo cargadas, formando un grupo… (que) Valientemente acosaban a todas las damas que se ponían a su camino.
Cerca de nosotros una recibió en la cara un huevazo que la aturdió por un
momento y la multitud que contemplaba la escena se rió. Las damas patrocinan y se unen a espectáculos que dejarían perplejo
aún a un incivilizado neozelandés.
Cabe preguntarse si la ley
no puede actuar en estos casos, dado que todos los otros medios parecen haber
fracasado. Un amigo con buen humor observó que a él no le importaba una
mojadura de una linda joven, pero que lo asaltaran muchachos superaba toda su
paciencia, olvidando que estos personajes integran la tropa de los jugadores de
Carnaval, de la cual las damas son los oficiales generales. Es bastante humillante
para un hombre orgulloso ser mojado con un baldazo de agua sin poder quejarse;
esto lo hace parecer muy tonto, pero debe correr ese riesgo o recluirse durante
los tres días de Carnaval, como lo hacen muchos.
No pretendemos pecar de cínicos en
nuestras opiniones y haríamos cualquier cosa para promover el entretenimiento
de la gente, pero cualquier persona racional debe admitir que los juegos de
Carnaval, como lo practican aquí, son a veces más que desagradables, brutales,
porque provocan peleas y otros perjuicios. Si personas respetables los
practican, no deben ser suprimidos, sino sustituidos por alguna otra
recreación, que dé satisfacción a todos excepto al infatuado tirador de agua.
Las contingencias a las que hemos
estado sujetos durante los juegos eran insignificantes si uno se cuidaba de
apartarse, en lo posible, del "campo de las hostilidades"; nosotros,
sin embargo, no escapamos enteramente; por ejemplo, el domingo por la mañana,
en la calle, una dama nos tiró un huevo que nos dio en el lugar "más
cercano al corazón"; demostró ser, sin embargo, un mal tiro y cayó sin
hacer daño; otra dama cruzó la calle, al anochecer, y arrojó el contenido de
una jarra llena de agua sobre nuestra sagrada persona, acompañándolo con la exclamación
"Recuerdos de Marcelina", confundiéndonos con otro. El lunes y martes
recibimos algunas pocas salpicaduras, de las que nuestra dignidad no nos
permite informar.
27 de febrero de 1830, N° 184
El Carnaval comenzó el 21del
corriente y concluyó el 23. Los que jugaron con agua fueron numerosos, tantos
como los del año pasado. Esta costumbre, sin embargo, ha declinado en forma
evidente en comparación con años anteriores, aunque todavía falta bastante para
que quienes no gustan tener su traje mojado o recibir una andanada de huevos
llenos de agua no se vean obligados a permanecer encerrados durante los tres
días de Saturnalia. En estos días, las representantes del bello sexo, blanco y
negro, se convierten en verdaderas Amazonas, ayudadas en este encantador
deporte por el otro sexo, desafiando los reproches de los malhumorados que se
han atrevido a calificar al modo de "jugar al Carnaval" en este país,
como deplorable, degradante e indecente. Por nuestra parte, no siendo nativos,
no tenemos ninguna opinión que ofrecer, pero, de todos modos, estaríamos de
acuerdo con la respuesta de Hamlet a Horacio:
"Aunque
he nacido en este país y estoy hecho a sus estilos, me parece que sería más
decoroso quebrantar esta costumbre que seguirla".
Unas pocas tentativas se hicieron en
el Carnaval de este año, por grupos de enmascarados, para desfilar por las
calles con música, etc., como se practica en varias partes del continente
europeo, pero no fueron alentados por los más civilizados, que, por el
contrario, los empaparon con agua y los acosaron.
No tenemos noticia de ningún
accidente grave. El último día fue, como de costumbre, el peor -perdón- el
mejor de los tres días de diversión y son muchos, en esta ciudad, nativos y
extranjeros, los que se regocijarían de corazón si no se repitieran nunca más.
Nosotros escapamos a todas las asechanzas, excepto a un huevazo arrojado con
mucha puntería desde la azotea de una casa situada sobre la playa, en momentos en
que nos vanagloriábamos de haber eludido todas las emboscadas. Nuestra dignidad
nos impidió acusar recibo de este tiro, aunque nos golpeó cerca de una parte
vital, c'est à dire, el corazón.
19 de febrero de 1831, N° 235
Los tres días saturnales comenzaron
el domingo y terminaron el último martes. Abundaron los huevos llenos de agua y
las mojaduras.
Hombres y muchachos recorrían las
calles vendiendo proyectiles.
En Montevideo "se manejan mejor
estas cosas". Allí la policía previno que toda persona sorprendida
arrojando estos huevazos será arrestada.
Sería perder el tiempo argumentar
contra el desagradable modo de jugar al carnaval en Buenos Aires; bastará decir
que hombres y mujeres de todas las
clases, todos los colores y todas las edades participan de este deporte. Existe
una perfecta igualdad, la gente educada se codea con la que no lo es, de tal
manera que se confunden, dando lugar a un espectáculo de locura y extravagancia
que asombraría aún a los salvajes.
Una cantidad de extranjeros de ambos
sexos se mezcla en la batahola y son más entusiastas tiradores de agua que los
nativos mismos. Esto puede sorprender a muchos, pero no por eso es menos
cierto.
Muchachos, chicos y niños "ya
muy crecidos" tienen 3 días de combate, los que, gracias a Dios, han
concluido por este año.
Sin embargo, algunos tiros fortuitos
se cambiaron la noche siguiente.
Las calles estaban muy concurridas,
en especial en la vecindad de la plaza de la Victoria, y varios jóvenes, con
botellas de agua perfumada, rociaban a las traviesas niñas; las que no tenían
la protección de sus casas eran hermoso objeto de castigo. Pero varias de ellas
estaban pertrechadas de igual modo con pequeñas botellas de agua, escondidas
bajo sus chales; una batalla animada comenzó y muchos de los asaltantes fueron
obligados a refugiarse en las tiendas.
Las calles, en la noche del jueves,
presentaban un singular contraste con las de días anteriores.
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| Candombe. Pedro Figari (1) |
10 de marzo de 1832, N° 290
Si Byron hubiera visto un
carnaval de Buenos Aires, su musa, sin duda, se habría inclinado a denunciar su
grosería.
Nosotros, como extranjeros
y extraños a estas costumbres, nos abstendremos, por el momento, de expresar la
opinión que nos merecen y nos limitaremos sólo a dar los detalles. Los que
participan de los juegos de carnaval en Buenos Aires han tenido tres hermosos
días de batalla. Por la ley del carnaval éste no debería haber comenzado hasta
el domingo pero, ya el viernes a la noche, algunos jóvenes negros y negras,
como francotiradores, arrojaban agua y otros se dedicaron a hacerlo el sábado por
la noche, víspera del importante día.
Durante la semana
prepararon para la acción depósitos de agua y de cáscaras de huevos, bañadas en
yeso. Se agregaron, del mismo modo, jeringas, como una especie de artillería
para cubrir el ataque. El domingo comenzaron las operaciones activas y por la
tarde rugían con considerable furia hombres y mujeres, muchachos y muchachas de todas las clases, de todos
los tamaños y de todos los colores, desde el negro azabachado del Congo a otros
de tinte más claro; ocupaban las azoteas, los balcones, las ventanas, etc., de
casi todas las casas, arrojando agua sobre los transeúntes y recibiendo, en
respuesta, descargas de huevos, en medio de la confusión y desconcierto que
como se puede suponer crearía tal escena. Esto continuó el lunes y el martes.
En la tarde del lunes, algunas damas de tez crepuscular, pertenecientes a una
brigada que había tomado posiciones en la casa de un profesor de música,
decidieron dejar su trinchera e invadieron la calle, armadas de cántaros y
latas llenas de agua, con el propósito de perseguir a algunos jóvenes de su
mismo color indeleble, que habían estado jugando con ellas con jeringas y con
cáscaras de huevos. Fue una salida mal aconsejada, pues las bellas damiselas se
vieron obligadas a retroceder, pero les cortaron la retirada y se refugiaron en
el patio de nuestra residencia, adonde fueron instantáneamente seguidas por sus
rivales. Una movida acción tuvo lugar entonces. Una tina con agua ubicada en el
patio, se convirtió en objeto de gran disputa entre los beligerantes; las damas
fueron sumergidas bien a fondo y debieron pedir clemencia. Ambas partes estaban
demasiado entusiastamente trenzadas en la guerra, como para escuchar nuestros
reclamos por esta intempestiva irrupción en territorio neutral, pero después de
la batalla se retiraron tranquilamente, con sus armas y pertrechos.
El apasionamiento de las mujeres
carnavaleras es asombroso. Les parece imposible resistir la tentación de
arrojar agua y lanzarse al asalto con ardor
nelsoniano.
Vimos una negra, entrada en años, a
la que creeríamos incapaz de reír en toda su vida, arrojando agua sobre cada
uno de los que pasaban por la calle, como si fuera algo natural, como parte de
un credo o como si le hubiera sido impuesto a manera de penitencia, conservando
al mismo tiempo el más impenetrable semblante.
Los huevos llenos de agua se vendían
en las calles durante el carnaval. El martes por la mañana, una copiosa lluvia
empañó estos deportes, pero amainó por la tarde y recomenzaron con vigor. Unos
pocos enmascarados y disfrazados recorrieron las calles, pero fueron empapados.
El espíritu de la mascarada parece no haber llegado a esta parte del mundo. El carnaval
da lugar a una cantidad de visitas entre los jugadores, que se reúnen en una
casa favorablemente ubicada para la diversión o lo que podría llamarse una
posición estratégica. Si las mujeres de Buenos Aires dieran el ejemplo y se
abstuvieran de esta insensata diversión de arrojar agua pronto desaparecería la
costumbre.
No hemos sabido que ocurriera ningún
percance. Esto, por lo menos honra a Buenos Aires, considerando lo agitado y rudo del juego. Nos sentimos muy felices
cuando llegó el martes y la máscara de la noche se cerró sobre esta escena tan
incivil, al menos por este año.
No tenemos motivos para quejamos de ninguna agresión durante la campaña, salvo unos pocos huevos que nos fueron arrojados, pero erraron la puntería; recibimos algunas ligeras salpicaduras, principalmente cuando nuestra casa se convirtió en campo de batalla, como relatamos más arriba.
(1) Candombe. Óleo sobre cartón (60 x 80,5 cm, Circa 1922-33) de
Pedro Figari. Museo Histórico Nacional de Montevideo.
Carnaval en la época de Rosas
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año X N° 38 - Marzo 2016 - Pags. 10 a 12
Bicentenario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América el 9 de Julio de 1816
Carnaval en la época de Rosas
por Norberto
Jorge Chiviló
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| Candombe. Pedro Figari (1) |
Se llama carnaval -también conocido como carnestolendas- a la fiesta popular que tiene lugar durante los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma cristiana.
En los cuarenta días de la Cuaresma
que preceden al Sábado Santo, los cristianos se preparan -con actos de
penitencia y reflexión- para la celebración de la Pascua, fecha esta que se
fija teniendo en cuenta determinadas posiciones del sol y la luna y por ello la
fecha varía cada año en el calendario, por lo cual el inicio de la Cuaresma y
el carnaval tienen lugar entre los meses de febrero o marzo.
Es una fiesta de permisividad y
descontrol que tiene su origen en las fiestas paganas romanas llamadas
bacanales o saturnales, que se realizaban en honor a los dioses, como Baco dios
del vino y Saturno. En esos días los esclavos eran liberados de sus
obligaciones y tenían ciertas libertades. Esas fiestas se extendieron luego a
toda Europa.
Algunos historiadores remontan el
origen de la festividad a Egipto y Sumeria, miles de años antes del inicio de
la era cristiana.
El carnaval, se llama así a partir
del cristianismo, ya que como fiesta de diversión y descontrol fue admitida
como compensación a los sacrificios que la Cuaresma exigía a los creyentes.
Lo que se podría llamar el carnaval
moderno apareció en Italia durante la Edad Media, donde consistía
principalmente en fiestas realizadas en las calles, con desfiles de disfraces y
máscaras que usaban los participantes para no ser reconocidos.
El carnaval en la Gran Aldea
Con la llegada de españoles y
portugueses al nuevo continente a fines del siglo XV y principios del XVI, la
costumbre se instaló también aquí.
En Buenos Aires, los bailes con
disfraces y máscaras allá por 1771, por disposición del gobernador Juan José de
Vértiz y Salcedo, se desarrollaron en La
Ranchería, construcción de madera y paja, que fue el primer teatro con el que
contó la incipiente ciudad.
Algunos excesos en las diversiones
carnavalescas, molestaron a algunos habitantes, quienes se dirigieron en queja
al mismísimo Carlos III, rey de España, quien expidió dos reales órdenes, una
de las cuales prohibía los bailes y por la otra encomendaba al gobernador
prevenir y reprimir el "escandaloso desarreglo de costumbres", que
tales bailes ocasionaban.
Vértiz apeló, invocando que en
España, los bailes no estaban prohibidos y que él no había advertido que se
hubieren producido actos escandalosos o contrarios a la moral.
Tres años después Carlos III hizo
saber al virrey que los bailes de carnaval en La Ranchería debían concluir.
Pero esas medidas no significaron el
fin de las fiestas carnavalescas.
También el hecho de que en el
hemisferio sur, los carnavales se daban en el verano, se popularizaron los juegos
con agua.
Ésta sacada del pozo o del aljibe, era
acopiada desde días antes a la fiesta y en esos días, era arrojada desde las
azoteas o desde las ventanas con jarras, baldes, cántaros, latas, jeringas de
desproporcionadas dimensiones, vejigas y otros utensillos que fueran aptos para
tal fin. Pero no siempre se utilizaba el agua limpia, ya que a veces se usaba
también aguas servidas o con basura. También se usaron huevos hechos de cera, o
bien de gallina, de pato o de avestruz, vaciados y luego llenados con agua y
perfume, llamadas "aguas de olor", que eran los objetos más
"finos" que se utilizaban en la ocasión. La diversión no estaba
exenta de excesos, ya que los huevos muchas veces eran arrojados sin vaciar, es
decir tal como los proveía la naturaleza o aún podridos… o llenados con aguas sucias
o fétidas… o aún cocidos. La harina y las cenizas eran también infaltables en
las lides carnavalescas.
En esos días de fiesta, los
aguateros eran muy solicitados para la provisión del "vital" líquido.
Toda persona que se aventuraba a
salir a la calle recibía los inevitables
baldazos de agua u otros elementos con las mojaduras y enchastres
consiguientes y que puede el lector imaginarse, ello no obstante las
advertencias que las autoridades hacían cada año en el sentido que debían ser
respetados los individuos que no se plegaban al juego.
Las personas que no querían
"disfrutar" del carnaval, esos días abandonaban la ciudad y se iban
al campo, mientras que otros que no tenían esa posibilidad, se encerraban en
sus casas.
No obstante que el virrey Arredondo
a fines del siglo XVIII había prohibido "los juegos con agua, harina,
huevos y otras cosas", por lo visto las prohibiciones de nada sirvieron,
pues según las crónicas, los que más se divertían eran los que debían velar por
el cumplimiento de estas disposiciones, esto es los empleados de policía.
Muchas veces los huevos se
convertían en verdaderos "proyectiles", que ocasionaron lesiones, lo
que provocaba advertencias de la policía.
La fiesta no hacía distingo de sexo,
edad, raza, educación o condición social ya que todos participaban y se
divertían por igual. También nadie se salvaba de los baldazos y mojaduras, ya
sean doctores, militares, comerciantes, mujeres, ancianos, niños, etc.
Las niñas de la "sociedad",
con gran acopio desde muchos días antes de suficiente material
"bélico" -léase: cualquier objeto que pudiere contener agua- , ayudadas
por las sirvientas negras y mulatas se enfrascaban en verdaderas batallas a
baldazo limpio defendiendo las azoteas de sus casa, convertidas en verdaderos
"cantones", contra los jóvenes disfrazados que en grupos recorrían la
ciudad, tratando de tomar esas "fortalezas", penetrando en las casas
y cometiendo alguna "tropelía" contra las "niñas", actos que
ofendían el pudor entonces vigente.
No faltaban las personas que
montadas a caballo, llegaban a la ciudad con la intención de divertirse a costa
del prójimo y que al recibir mojaduras desde ventanas o azoteas, no dudaban en
penetrar en la casa con la cabalgadura, con los daños que ello ocasionaba en
las viviendas.
Durante el gobierno de Balcarce se
había dispuesto "que todo individuo puede regocijarse y divertirse sin
faltar al decoro, ni cometer excesos que son opuestos a la civilización del
pueblo de Buenos Aires; y que al mismo tiempo que es permitido a todo individuo
el jugar con la moderación debida, le es prohibido usar de máscaras, dirigirse
contra persona que no se manifieste dispuesta a esta diversión, y acometer aún
las que lo estén de un modo que pueda inferirles grave mal; asaltar de modo
alguno ninguna casa o azotea; pues siempre de esto provienen riñas y desgracias
que deben precaverse".
Existían disposiciones anteriores
-de fines de noviembre de 1821- que imponían castigos a los infractores, como
el de trabajos forzados llamados "trabajos públicos" por determinada
cantidad de días según la falta cometida, como también era sancionado el de uso
de armas o proferir insultos a transeúntes o decir palabras obscenas en la vía
pública.
Hombres expectables, como el
gobernador Manuel Dorrego, los generales Carlos María de Alvear, Enrique Martínez,
Miguel E. Soler, Lucio Norberto Mansilla y el mismo Rosas y otros, en su
juventud, gustaban de los juegos de carnaval.
Octavio C. Battolla cuenta en La sociedad de antaño: "Una tarde
el general Mansilla [se refiere a Lucio Norberto] acertó, con mano diestra y admirable vista, un huevazo al único diente
de una vieja que asomaba en ese instante por una ventanilla de enfrente.
Excusado es decir que tan bamboleante reliquia le quedó colgando y que la
curiosa vecina solo pudo vengarse llamándolo ¡bandido! a pulmón lleno, en medio de lágrimas y maldiciones".
Especial participación tuvieron los habitantes de procedencia
africana, quienes reunidos en "naciones negras", según su origen (Congo,
Angola, Moros, Benguela, Mozambiques, etc.), se reunían en sus sitos o
sociedades, ubicados principalmente en los barrios de Monserrat, Mondongo, San
Telmo, del Tambor, donde celebraban sus ritos de origen africano y bailaban los
candombes y danzaban al ritmo de los tamboriles y otros instrumentos de aquél origen
en las calles de la ciudad con sus sensuales danzas y movimientos, denunciado
por sacerdotes y funcionarios como pecaminosos.
Cada año, ante la proximidad de la
fiesta, el debate se reiniciaba, con las advertencias del juez de policía que
señalaba las penas a que se harían pasibles quienes cometieran excesos, y también
con las quejas de muchos vecinos por las costumbres "detestables", como
los pedidos hechos por diarios y periódicos para que la población se comportara
de manera más civilizada y evitara los excesos. Así, la Gaceta Mercantil en 1823, publicaba "Esta saturnalia empieza
mañana, y es de esperar que en ella no tengamos que lamentar ningún exceso que
refluya en desdoro de la civilización argentina".
Pero a pesar
de todo, los porteños se negaban a dejar de lado costumbres ya muy arraigadas.
Alberdi, en el semanario La Moda, saludaba la llegada del carnaval “Gracias a Dios que nos
vienen tres días de regocijo, de alegría”, para concluir, en el mismo artículo,
redoblando la apuesta: “Ni que fuera de cristal la moral para romperse de un
huevazo”
El carnaval se cerraba el día martes
con una denominada ceremonia llamada "Día del Entierro", donde en
cada barrio se colgaba un muñeco hecho de paja y género, que representaba a
Judas, que luego era quemado con regocijo de todos los vecinos.
Los hermanos John y William Parish Robertson, de nacionalidad inglesa,
estuvieron en nuestro país en las dos décadas posteriores a la revolución de
Mayo. A su regreso a su país y en 1843 publicaron las experiencias que habían
vivido en estas tierras. Definieron al carnaval porteño como un "corto período de locura", locura que se
acrecentaba al paso de los días, según contaron. "Empezaba con
solapada moderación. Iba uno por la calle y de pronto una bonita mujer, sentada
tras la reja de su ventana, lo rociaba con agua de colonia; poco después podía
verse algún dandy arrojando
agua de rosas hacia el interior de un balcón …De pronto el pasante se sentía
literalmente empapado, no con agua de mille fleurs, sino con agua común.
Y apenas se detenía de mal humor tratando de secarse, otra descarga súbita del
otro lado de la calle le caía como una ducha… las señoras bajaban de la azotea a la puerta de calle, para estar más
seguras de poder empapar algún determinado
individuo, elegido
de antemano entre los que veían en la calle… Pero debo decir que
el domingo y el lunes, aquello no era nada en comparación con el martes,
verdadero Derby de la semana de Carnaval. Como si los dos primeros días
se hubieran empleado simplemente en un ensayo de fuerzas, la terrible batalla
se daba el tercero y último día. Hubiérase dicho entonces que Buenos Aires era
una ciudad de manicomios y que todos los ocupantes de estos últimos hubiesen
sido puestos en libertad".
Según estos viajantes,
en esos días, la sensualidad de las mujeres afloraba pues "los vestidos de
las mujeres [a raíz de las
mojaduras] se adherían al cuerpo y a sus formas".
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| Candombe federal. Martín Boneo (2) |
El carnaval durante el gobierno de Rosas
La fiesta de carnaval principiaba
cada día cerca del mediodía, con el estruendo del cañón, disparado desde el
Fuerte y finalizaba con otro cañonazo disparado a la hora de la oración,
aproximadamente a las 6 de la tarde.
Durante el primer gobierno del
Restaurador (1829-1832) y en los primeros años del segundo (a partir de 1835),
las costumbres de los habitantes de Buenos Aires, siguieron siendo las mismas,
en cuanto a lo que al juego con agua se refiere, con todos los excesos
imaginables.
En esta época, el Judas que se quemaba el Día del entierro, representaba a algún enemigo del Restaurador, generalmente a un unitario exiliado. El lugar principal donde se desarrollaba este acto, era la plaza de Monserrat, lugar al que llegaban las carretas cargadas de productos que provenían de las provincias.
La "ceremonia" era
presenciada por los conductores de las carretas, la numerosa peonada que se
encontraba siempre en el lugar, reseros, payadores, familias que vivían en las
inmediaciones, gente de color que vivía en el barrio del Mondongo, soldados y
donde no faltaban funcionarios y aún el mismísimo Restaurador luciendo muchas
veces su poncho pampa, montados éstos en caballos que tenían adornos de plata y
recados criollos y llevando en sus testeras de plumas rojas y cintas del mismo
color también en la cola.
Cuenta Battolla, que en aquella
época: "Los huevos de olor, pregonábalos los vendedores a los gritos de:
¡Huevitos de olor / Pá las niñas que tienen calor! ¡Huevitos de cera / Pá las
niñas que tiene pulsera!".
El Decreto reglamentando la fiesta del carnaval
Pese a las exhortaciones a la
prudencia, que se hacía a los habitantes de la ciudad, evidentemente los
festejos y extralimitaciones fueron en aumento, por lo que el gobernador Rosas,
por medio de un decreto del 8 de julio de 1836, -por lo demás, muy detallista y
que demuestra la participación personal del gobernante en su redacción, intentó
encauzar las aguas hacia una fiesta civilizada-, reglamentó la fiesta y juegos
del carnaval. El decreto decía así:
"Artículo 1°: El juego de carnaval solo será permitido
en los tres días que preceden al de Ceniza, principiando en cada día a las dos de la tarde, cuya hora se anunciará por
tres cañonazos en la Fortaleza, y concluyendo al toque de la
oración, tendrán lugar otros tres cañonazos.
"Artículo 2°: En las casas en que se juegue desde
las azoteas o ventanas, deberá, mantenerse la puerta de calle cerrada durante las horas de diversión, y abrirse tan solamente en los momentos precisos para los casos de servicio necesario.
"Artículo 3°:
El juego que se haga desde las azoteas, ventanas ó puertas de calle, solo podrá ser con agua sin ninguna otra mezcla, o con los huevos comunes de olor, y de
ninguna manera con los de avestruz.
"Artículo 4°:
Los que jueguen por las calles a caballo o a pié, o en rodado, solo podrán usar
de los expresados huevos comunes de olor. Los mismos, como también los que
jueguen desde las azoteas, ventanas o puertas para usar de cohetes y buscapiés,
deberán sacar permiso por escrito
al Jefe de Policía bajo su firma.
"Artículo 5°:
Nadie jugando por la calle, podrá asaltar ninguna casa ni forzar alguna de sus
puertas o ventanas, ni pasar de sus umbrales para adentro, ni a pié ni a
caballo, en continuación del juego.
"Artículo 6°: Tampoco se podrá jugar
de casa a casa por los interiores de ella.
"Artículo 7°: Queda igualmente prohibido el uso de las máscaras, el
vestirse en traje que no corresponda á su sexo, el presentarse en clase de
farsante, pantomimo, o entremés, con el traje o insignias de eclesiástico,
magistrado, militar, empleado público o persona anciana.
"Artículo 8°: Para las diversiones públicas
que puedan tener lugar en la noche, de la oración para adelante, se
sacará previamente el correspondiente permiso del Jefe de Policía por escrito bajo su firma.
"Artículo 9°: El que infringiese cualquiera de los artículos de este decreto, será castigado a juicio y discreción del Gobierno, como corresponda
según las circunstancias del caso, y al mismo tiempo obligado a subsanar los daños y
prejuicios particulares que hubiere causado por su infracción, en caso de ser reclamados".
En
su mensaje anual a la Legislatura el Gobernador al dar cuenta del dictado del mencionado
decreto, decía: "Una de las máximas que presiden la marcha del Gobierno,
es, que ha sido instituido para hacer la felicidad presente, y abrir el camino
de la futura. Partiendo de este principio ha reglado el juego del carnaval, y
tiene la satisfacción de manifestar a los señores representantes, que las
disposiciones tomadas para precaver los excesos, no sólo han dado más amplitud
a la alegría, proporcionando que todas las clases puedan participar de la
diversión, sino que en el último, tan lejos de que se haya experimentado el
menor desorden de los acostumbrados, no hubo una sola queja. El mismo
Gobernador mezclado con el pueblo, tomó parte en su contento".
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| Baile de negros. Pedro Figari (3) |
La prohibición del carnaval
Evidentemente el ardor del porteño
no cejó pese al decreto que ponía límites a los juegos del carnaval, y los
atropellos seguían produciéndose cada año en aquellas fechas, por lo que el
gobierno se vio en la necesidad de prohibirlos mediante el decreto del 22 de
febrero de 1844, que decía:
"Las costumbres
opuestas a la cultura social y al interés del Estado suelen pertenecer a todos
los pueblos o épocas. A la Autoridad pública corresponde designarles
prudentemente su término
"Con perseverancia
ha preparado el Gobierno, por medidas convenientes, estos resultados respecto
de la dañosa costumbres del juego de Carnaval en los tres días previos al
Miércoles de Ceniza; y Considerando:
“Que esta preparación
indispensable ha sido eficaz por los progresos del país en ilustración y
moralidad.
“Que semejante
costumbre es inconveniente a las habitudes de un pueblo laborioso e ilustrado.
“Que el tesoro del
Estado se grava y son perjudicados los trabajos públicos.
“Que la industria, las
artes y elaboraciones en todos los respectos sufren por esta pérdida de tiempo
en diversiones perjudiciales.
“Que redundan notables
perjuicios a la agricultura y muy señaladamente a la siega de los trigos.
“Que se perjudican las
fortunas particulares, y se deterioran y ensucian los edificios en las ciudades
por el juego sobre las azoteas, puertas y ventanas.
“Que la higiene pública
se opone a un pasatiempo de que suelen resultar enfermedades.
“Que las familias
sienten otros males por el extravío indiscreto de sus hijos, dependientes o
domésticos.
“Por todas estas
consideraciones, el Gobierno ha acordado y decreta:
"Art. 1°: Queda abolido y prohibido para siempre el juego de Carnaval.
"Art. 2°: Los contraventores sufrirán la pena de tres años
destinados a los trabajos públicos del Estado. Si fuesen empleados públicos,
serán además privados de sus empleos".
Con esta resolución
quedó sellada por largo lapso la suerte del carnaval ya que la fiesta fue
restablecida 13 años después.
Fuentes:
"Archivo Americano y Espíritu de
la prensa del mundo" N° 12, mayo 31 de 1844
"Mensajes de los gobernadores de
la provincia de Buenos Aires 1822-1849", Vol. 1, Archivo Histórico de la
Provincia de Buenos Aires "Ricardo Levene", La Plata, 1976.
Battolla, Octavio C.,
"La sociedad de antaño", Emecé Editores, Bs. As., 2000.
Parish Robertson, John y
William, "Cartas de Sudamérica",
Buenos Aires, Emecé, 1950.
Sáenz Quesada, María. "Tristezas
y alegrías del carnaval", La Nación 18 de febrero de 2011.
Soler Cañas, Luis. "Viejos
carnavales porteños", Revista Todo es Historia N° 22, Buenos Aires,
febrero de 1969.
www.curiosamonserrat.com.ar
(1) Candombe, Óleo sobre cartón (61 x 81 cm, sin fecha) de Pedro Figari (1861 - Montevideo - 1938). Museo Histórico Nacional de Montevideo.
(2) Candombe federal en época de Rosas. Martín Boneo (1829-1915), Museo Histórico Nacional.
(3) Baile de negros. Óleo sobre cartón de Pedro Figari . Museo Histórico Nacional.















