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domingo, 14 de marzo de 2021

Fallecimiento de Rosas

 Revista Caras y Caretas N° 1814 del 8 de julio de 1933


 FALLECIMIENTO DE ROSAS


En el N° 1814 de la revista Caras y Caretas publicada el 8 de julio de 1933, apareció este interesante artículo que corresponde a las traducciones de dos noticias necrológicas aparecidas en el The Hampshire Advertiserd que se editaba en Southampton, referentes a la muerte y al funeral del general Rosas.

Southampton, es una ciudad ubicada al sur de Inglaterra, sobre el Canal de la Mancha, en la que vivió exiliado Juan Manuel de Rosas y en la que falleció el 14 de marzo de 1877.

A continuación el artículo.


Muerte y funeral de Rosas

Muerte y funeral de Rosas


Rosas en el destierro

Por Liborio Justo (Lobodon Garra)

 

Extraordinarios detalles desconocidos de su vida y de su muerte, revelados por las notas necrológicas de un diario inglés de la época

 

Muerte del general Rosas

"Su excelencia general Juan Manuel de Rosas ex gobernador y dictador de la Confederación Argentina, falleció a las 7 del miércoles en su casa-quinta en Swathling, distante alrededor de 3 millas de Southampton. Había nacido el 30 de marzo de 1793 y, por consiguiente, dentro de una quincena hubiera alcanzado los 84 años de edad. El difunto, que había residido en Southampton y sus alrededores durante los últimos 25 años, fué atacado por una inflamación a los pulmones el sábado último después de haberse expuesto imprudentemente a la inclemencia del tiempo y, no obstante la sabia y constante atención del doctor John Wiblin, F. R. C. S. (1), quien había sido su médico y amigo confidencial durante todo el período de su residencia en este país, sucumbió al ataque a la hora mencionada. Doña Manuelita de Rosas de Terrero, la devota hija y compañera del ex gobernador, llegó a Londres el lunes y estuvo en constante cuidado de su padre durante sus últimas horas. Su esposo, don Máximo Terrero, salió de Southampton para Buenos Aires hace apenas unas semanas, el 24 de febrero, en el vapor "Minho" de la Royal Mail Company, con documentos auténticos y todo lo necesario para recobrar las propiedades de su esposa y las del general, que ellos habían heredado. El fallecido tenía un hijo (coronel Rosas) quien residió en Southampton por algún tiempo, habiendo muerto en Buenos Aires hace ya algunos años. Tenía una hija (doña Manuelita de Rosas de Terrero) y esta señora tiene dos hijos de 18 y 20 años, respectivamente, el mayor de los cuales ha rendido el miércoles sus exámenes en la Escuela de Minas de Londres.

El general Rosas fué derrocado de la dictadura el 3 de febrero de 1852 por un Ejército al mando del general Urquiza. Sus tropas fueron completamente derrotadas y e! general y su hija Manuelita tuvieron que refugiarse en la ciudad de Palermo, de donde escaparon durante la noche, llegando en seguridad a bordo del H. M. S. "Locust", y al día siguiente fueron transbordados al H. M. S. "Centaur", Almirante Henderson. Se dijo entonces que se trasladaría a los Estados Unidos, pero el general Rosas llegó a este país en el mes de abril siguiente, habiendo sido traído en un barco de guerra inglés comandado por el capitán Day, miembro de una familia de Southampton. Cuando llegó a esta ciudad el general tomó departamentos en el Wíndsor Hotel hasta que pudo obtener una residencia conveniente. Esta fué encontrada en Rockstone-place, Carlton-terrace, donde residió por muchos años. Mientras estuvo en la ciudad el general acostumbraba a cabalgar por las calles casi diariamente en un hermoso caballo negro y su majestuosa forma y porte militar, junto con los arneses de su cabalgadura, siempre atraía mucha atención y admiración. Más tarde se trasladó a la quinta donde permaneció hasta su muerte. Este lugar, llamado Burgess - street - farm, de una extensión de 300 a 400 acres, fué tomado en alquiler al difunto míster John Flemming, de Stoneham Park, y en el invirtió mucho dinero, encontrando su mayor diversión y placer en cuidarlo personalmente. El general había estado muy enfermo de gota por algunos años, pero se le podía ver constantemente cabalgando por los campos y su mayor entretenimiento parecía ser montar a caballo y dar órdenes a los hombres que ocupaba. Su pasión de mando era tan grande, que a nadie le estaba permitido hablar una palabra, excepto para dar a comprender que había entendido una orden dada o para hacer preguntas. El general Rosas pagó siempre a los empleados y peones de su quinta alrededor de un tercio más de los salarios corrientes en el distrito, pero tenía la peculiaridad de tomarlos únicamente día por día. Cada hombre era pagado diariamente e informado si se le necesitaba o no al día siguiente. Este aspecto algo extraño de su carácter era originado por su determinación de no encontrarse atado nunca por compromisos permanentes, pero en la práctica los hombres estaban en empleo regular, y pocos cambios eran hechos. Tan estrictamente disciplinarios fueron sus hábitos, que el tiempo de trabajo de cada hombre era calculado hora por hora. Tenía siempre un sereno, invierno y verano para que tocase cada media hora, durante la noche, una gran campana colocada bajo la ventana de su dormitorio. Fue siempre una característica del fallecido pagar bien por el trabajo que contrataba, pero era rígido en comprobar que el trabajo se cumpliera.

El general Rosas huyó de su país sin nada en forma de propiedad, pero poco tiempo después de su huida el general Urquiza, uno de los generales de Rosas que se había vuelto contra él, sitió con éxito la ciudad de Buenos Aires y levantó entonces la confiscación sobre las propiedades de Rosas, lo cual permitió al exilado obtener por la venta de una de sus fincas 16.000 a 20.000 libras. Urquiza fué posteriormente expulsado de Buenos Aires y las propiedades del general Rosas fueron nuevamente confiscadas. Su mano fué, en general, extendida a todos los que estuvieron en contacto con él, y sus actos de generosidad fueron ilimitados mientras duró su dinero. En los últimos años de su vida, el ex gobernador, dependía enteramente de los amigos de su familia y del esposo de su hija. Por muchos años el general Rosas y el difunto lord Palmerston cambiaron visitas frecuentemente en Rockstone-place, en la quinta de Swathling y en el solar de Broadlands, y la más amistosa correspondencia fué mantenida entre ellos.

Por voluntad del difunto general sus estados y propiedades en la Confederación Argentina han sido dejados a su hija y a su yerno, quienes son también los ejecutores de su última voluntad y testamento. El muerto era católico romano. Su funeral, que será estrictamente privado, tendrá lugar en el cementerio de Southampton el próximo martes, habiendo sido confiados los arreglos pertinentes a Mrrss. Mayes and Son, de High-street."

("The Hampshire Advertiser", Southampton, Saturday. March 17, 1877).


Funeral de general Rosas

El funeral de Su Excelencia el general Juan Manuel de Rosas, ex Gobernador y Dictador de la Confederación Argentina, cuyo fallecimiento en su casa quinta de Swathling el miércoles pasado fué anunciado en el Advertiser del sábado, tuvo lugar ayer (martes), habiendo sido enterrados sus restos en una bóveda en el cementerio de Southampton. El difunto era católico romano, y el Lunes a la tarde, entre las 7 y las 8, el féretro fue trasladado de la casa-quinta a la Capilla Católica Romana de la calle Bugle, Southampton, donde se verificaron las ceremonias usuales de la Iglesia Romana y donde permaneció hasta ayer por la mañana. Alrededor de las 11 se celebró un servicio completo, conducido por el Rev. (aquí se repite un renglón que seguramente reemplazó a otro que hacía comprensible el relato) Rev. Padre Mount, el párroco, quien se encuentra actualmente en el continente. A la conclusión del servicio, el cual fué de carácter más impresionante, el féretro (cubierto con un paño negro con una gran cruz blanca) fué colocado en una carroza tirada por cuatro caballos con mantas de terciopelo. El resto del cortejo consistía en dos coches fúnebres y el carruaje del doctor Wiblin, F. R. C. S., quien había sido el médico y amigo confidencial del general en todo el período de su residencia en este país. En el primer coche iba el Barón de Lagatinerre (Capitán de Estado Mayor, agregado al Estado Mayor General del 2° cuerpo de Ejército y sobrino del fallecido), señor Manuel Terrero (nieto del fallecido) y el Rev. Padre Gabriel. En el segundo iban los sirvientes del difunto general y de la señora Terrero, y en el carruaje del doctor Wiblin, este y míster Flemming, procurador de Londres. El servicio en el cementerio fué muy corto y, como el funeral era de naturaleza estrictamente privada, la concurrencia a la tumba no fué tan numerosa como sin duda hubiera sido de otra manera. El féretro era de roble inglés macizo, lustre francés, con espléndidos ornamentos. En la tapa llevaba una placa de bronce con la siguiente inscripción hermosamente iluminada:

Juan Manuel de Rosas

Born 30th March 1793

Died 14th March 1877

Los arreglos fueron confiados a Mrrss.Mayes and Son, de High-street y conducidos bajo vigilancia personal en una forma enteramente satisfactoria".

("The Hampshire Advertiser", Southampton, Wenesday, March 21, 1877).

Copiado y traducido en Southampton, en diciembre de 1930, por LIBORIO JUSTO.


(1) F.R.C.S. es la sigla de Fellow of de Royal College of Surgeons, que en castellano significa Miembro del Real Colegio de Cirujanos.

domingo, 1 de marzo de 2009

Anécdotas - Las visitas a Rosas

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 10 - Marzo 2009 - Pag. 16  

Anécdotas

 Las visitas a Rosas en el exilio

"Cuando ustedes estudien la personalidad del gene­ral Rosas, dirijan las investigaciones a destacar la nobleza y la altivez de la vida solitaria que llevó en el extranjero. Es para mí ese período de su existencia azarosa, el que ilumina con mejor luz el fondo de su recia personalidad"...

Dicho por Hipólito Irigoyen en 1914 en conversación con el Dr. Ricardo Caballero y el Coronel Ricardo Pereyra Rosas.

Casa de Juan Manuel de Rosas en Swaythling, 10 kms. de Southampton

En su largo exilio en Inglaterra -25 años- Rosas recibió en su casa a innumerables visitantes: amigos, familiares, adversarios políticos, personalidades extranjeras, etc. Todos dan cuenta de la sencillez de la vida que llevaba, atada al diario trabajo. Muchos de ellos se asombraron de la cultura del ex dictador. En este número ofrecemos el relato de dos visitantes, el primero, el célebre poeta español (nacido en Buenos Aires) Ventura de la Vega, cuya madre había tenido vinculación con la familia Rosas, que lo visitó al inicio del exilio, en 1853, quien en carta a su esposa –que figura en las Cartas Intimas del escritor– le relata el encuentro con el exiliado y el otro corresponde a Alejandro Valdez Rozas, hijo de María Dominga Rozas, hermana de Juan Manuel, quien lo visitó en 1873, ya en la ancianidad, y que incluyó el relato en su libro “Relatos de viaje”

 

Carta a su mujer (Fragmento) de Ventura de la Vega.

… A las once salí de aquí (Londres) y a la una y cuarto estaba en Southampton; me bajé del coche y me encaminé, por señas que me habían dado, a la casa que habita el general Rosas. Me recibió una criada inglesa, la cual pasó un recado de que un sujeto de Buenos Aires, deseaba ver al general: salió un negrito y me dijo que su amo estaba en cama y no podía recibir. Entonces le dije que pasara recado a doña Manuelita, y volvió a salir conduciéndome a una sala donde me dijo que aguardase.

…A poco rato de esperar sentí pasos, se abrió la puerta y se presentó una señora que, por el retrato que había visto, conocí era Manuelita…Yo la saludé y ella se quedó parada mirándome como si quisiera reconocerme.

- Es usted de Buenos Aires?

- Sí, señora -le contesté- soy Ventura de la Vega.

No puedes figurarte la impresión que le hizo; se acercó a mi y me dio la mano, diciéndome:

- Dios mio, cómo se parece usted en la cara a su madre! ¿Y qué sorpresa tan agradable es ésta que usted nos da? ¿Cómo se halla usted aquí?

Yo le dije que hacía este viaje a Southampton tan sólo por verlos, porque no me hubiera perdonado, estando a dos horas de distancia de ellos, haber dejado de ir a conocerlos y darles las gracias por las distinciones que les ha merecido mi madre.

- Tampoco yo le hubiera perdonado a usted -me dijo- el que nos hubiera privado de conocer a un argentino que hace tanto honor a su patria, etcétera, etcétera.

Y ya te puedes figurar lo que añadiría en elogios…

Después de hablar mucho, como puedes figurarte, de Buenos Aires, de los acontecimientos de aquel país, de mi madre, de mi hermano, etc., fué al cuarto de su padre, y vino a decirme que en cuanto había sabido que era yo, (Rosas) quería verme, y que le perdonase que me recibiera en la cama. Me levanté para ir allá; pero antes de salir de la sala, se acercó Manuelita a una bandeja con vino generoso y bizcochos que había hecho traer, y llenando tres copas, nos dió una á cada uno, y me dijo: - Antes de bajar, vamos á brindar por la salud de su mamá de usted. Me enterneció aquel recuerdo; porque aunque algunas veces me hago ilusión de que he de volverla a ver... ¡sabe Dios si será! Bajamos por una escalera interior a un cuartito pequeño, donde había una mesa con muchos papeles, y a un lado una cama de caoba, en la cual estaba Rosas. Tenía por colcha un poncho americano: él estaba incorporado, en mangas de camisa, y tenía puesto un chaleco de pana azul, de solapa, y abrochado de arriba abajo. Con decirte que es idéntico al retrato, te lo he dicho todo. -Venga acá, me dijo, que no sabe cuanto gusto tengo en conocerlo. Y abrió los brazos y me dió dos abrazos muy apretados, diciéndome: -Ha de saber que tenía pensado ir á Madrid, solo por verle. Me senté en una silla a su lado. Manuelita se sentó sobre la cama, y empezó de nuevo nuestra conversación de Buenos Aires.

Rosas es el carácter más original, más raro, más sorpren­dente que te puedes imaginar. No sé si para cortar cuando le parece alguna conversación, ó para disimular su pensamiento, ó para desconcertar al que le habla, te encuentras con que pasa repentinamente del tono más elevado, del discurso más serio, á una chapaldita de lo más vulgar, a la cual siguen otra y otra, entre muchas carcajadas, y de allí a un rato vuelve insensible­mente a entrar en el tono serio, y entonces dice, hablando de política, cosas admirables. Decían que solo tenía talento natural y que era poco culto; no es cierto. Es un hombre instruidísimo, y me lo probó con las citas que hacía en su conversación; conoce muy bien nuestra literatura, y sabe de memoria muchos versos de los poetas clásicos españoles.

Con él me estuve hasta las seis y media, en que me levanté para marcharme, porque el convoy salía a las siete; él mandó que arrimaran su coche, y en él fui al camino de hierro, acompaña­do del marido de Manuelita. Al despedirme de Rosas me dio un abrazo, y cuando yo me marchaba, me llamó y me dijo dándome otro “Este por su madre”. Manuelita me acompañó hasta el portal, y me ofreció que pronto irían a hacerme una visita a Madrid…

 

“Diario de Viaje” de Alejandro Valdez Rozas

SOUTHAMPTON agosto 17 de 1873. Esta mañana fui a casa de mi tío Juan Manuel y no lo encontré... Llegué al Farm y salió un peón, en seguida su sirvienta y me dijo que estaba en casa de Manuelita en Worthing y que ésta volvería a Londres en dos semanas. ¡Otro día perdido!...

Día 19. Anoche traté un cochero, al parecer muy bueno que, por dos shillings ha quedado en llevarme al Farm de mi tío... Llevóme el cochero por un lindísimo bosque de inmensos árboles y entramos en el Old London Road, camino viejo de Londres... Llegamos al Farm y esta vez la sirvienta salió corriendo hasta sin sombrero, que es cuanto se puede decir. Abrió la puerta y me hizo entrar, con las mayores demostracio­nes de respeto y amabilidad, a un pequeño saloncito de recibo, con una mesa de comer y una alfombra de la misma fábrica y gusto de la que tenemos en la sala y antesala de casa. Subió la sirvienta una escalera angosta, y volvió diciéndome que la siguiera; al fin de la escalera me pareció ver en una puerta, a la derecha, que estaba mi tío, por la parte de adentro, pero la sirvienta seguía por una puerta al frente; entonces recordé al momento cuán aficionado era mi tío a esa clase de sorpresas, y seguí a la sirvienta; pero al pasar la dicha puerta me salió mi tío al encuentro, con una gran exclamación: "¡Oh!..." y me tendió los brazos.

A mí me había enseñado, desde chico, mi buena madre, a pedirle la bendición: no porque fuera gobernador de la Repú­blica Argentina, sino porque era el hermano mayor de la familia; y en mis cartas, después que él emigró a Inglaterra, yo seguí la misma costumbre. He crecido, llegué a hombre y siempre lo mismo, esta vez no tenía por qué alterarla, así fue que le pedí la bendición. ¡Ah! ¡mis buenos y queridos padres! Después de ellos sólo mi tío a quien pedir la bendición; después de él nadie me la dará ya... doble motivo para guardar esa práctica de mis primeros años.

Mi tío me bendijo con mucho gusto, y me hizo entrar; era aquel su dormitorio y su cuarto de trabajo; allí hay de todo. Es una pieza como de siete varas de largo más o menos, por seis de ancho, con dos ventanas al frente; su puerta de entrada a la izquierda y otra a la derecha que va a un pequeño retrete, una gran mesa llena de periódicos, papeles, libros, impresos, manuscritos y otros objetos, la punta de la derecha está libre para las horas del almuerzo y comida. Alrededor de la pieza, en forma de estantes, unas tablas llenas de libros. Su cama está entre la puerta de entrada y la del retrete, contra la pared, y allí también hay tablas en forma de estantes, llenas de libros. Una chimenea, sobre cuyo marco hay dos relojes de sobremesa y una virgen de Nuestra Señora de las Mercedes. Ningún otro objeto o adorno que llame la atención. Mi tío me hizo entrar cerca de la cama, y él se recostó: me dijo que estaba en mi casa, que podría hacer lo que me diera la gana. Llamó a la sirvienta y le dijo: This gentleman comands here more than I, y la dicha sirvienta (Mariana), a quien ha enseñado a repetir sus órdenes para que no se equivoque, repitió en inglés: Este caballero manda aquí más que usted...

-Ya vez -me dijo mi tío- si puedes estar aquí como en tu casa. Ahora te mostraré las habitaciones todas y no te faltará donde dormir.

Yo no aproveché de estas ofertas, por espíritu de pruden­cia, sabiendo que él se levanta a las cuatro de la mañana y sale a trabajar con sus peones hasta las nueve o diez y que a la una o dos de la tarde vuelve a su tarea hasta la oración. En fin, todo lo que hablamos es puramente privado y asuntos de familia que llenarían todo este diario si lo fuera a escribir aquí, cuando éste es sólo como un extracto.

domingo, 1 de junio de 2008

Anécdotas - General Ignacio Hamilton Fotheringham

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 7 - Junio 2008 - Pag. 16 

General Ignacio H. Fotheringham

Anécdotas

“Cállese, cállese... No hable usted así del mejor hombre que haya yo conocido”

Relato del General Ignacio Hamilton Fotheringham, en sus memorias “La vida de un soldado o Reminiscencias de las Fronteras”.

 

Los señores Juan Nepomuceno Terrero e hijos (la firma social del año 1864), poseían varias estancias con muchas leguas de campo flor. ¡Qué espléndidas fincas! Hoy habrán pasado a manos ajenas, tal vez a dueños extranjeros.

"Los Cerrillos", la antigua guarida de don Juan Manuel, era el establecimiento principal: llena de recuerdos de ese hombre misterioso que, a pesar de tanto historiador, hoy nadie conoce bien y yo menos que nadie.

Allá en mi tierra, en mi pueblo (Southampton) lo creíamos un general español desterrado por asuntos de alta política. Un hermoso tipo, de aspecto varonil y enérgico. Vivía en The Crescent, frente a la casa de familia de Lawe, muy amiga nuestra. Una gran mansión de aspecto serio, silencioso y triste. Nada de ruidos. Más tarde me han referido muchas anécdotas a su respecto.

Al venirme, su "Doña Manuelita" me regaló una hermosa frazada, grande, abrigada, con un letrero central en bordado rojo: Federación o Muerte, Independencia. Rosas. Viva Manuelita. La conservé por mucho tiempo. Pero, resuelto a decir la verdad, aunque con vergüenza, confieso que la cambié en Paso de la Patria (1) por tableta mendocina... Más pudo el hambre que el venerado recuerdo.

Tirano, déspota, sanguinario... No lo niego, pero no lo afirmo. La pobreza en que vivía, demostraba, por lo menos, que era hombre honrado. Y un hombre honrado no puede ser un hombre perverso...

Años después, en 1885, me encontré en Southampton con mi mujer y dos hijos mayores, Inés y Roberto, de once y diez años, respectivamente.

El primero que me vino a visitar al Hotel Radley, fue Mr. Mount, nuestro antiguo capellán, el viejo sacerdote que me bautizó y me bendijo al venir­me, agregando: "Que tus ovejas, Ignacio, cubran las montañas del nuevo mundo…” Nunca pudo suponer el final dramático de mi tentativa de estanciero ni que mis ovejas desaparecerían substituidas por... una espada. Vino, pues, y nos invitó a comer. Fuimos. Sobre la chimenea de su modesto comedor había una hermosa talladura de flores en marfil, bajo gran fanal de cristal.                                                            

-Qué hermoso - dije.

-Ah, si -contestó-, me la regaló el general Rosas... Y yo:

- Un tirano sanguinario y criminal y…

- Cállese, cállese... -replicó-. No hable usted así del mejor hombre que haya yo conocido: caritativo, bondadoso, lleno de todas las virtudes cristianas.

Pues. ¿en qué quedamos?... Todavía está uno por saber qué es la historia. "Cobarde, tú dormías”…le dice Mármol en su tremenda oda...

Y conozco otro cuento al caso... Todos mis cuentos son fidedignos y garantidos. En plena batalla de Caseros, el éxito era aún dudoso. Rosas hablando con un jefe principal: "Mire, mire, esa caballería que avanza allá por la izquierda nos va a j...' (¡Perdón por la mala letra!) En ese momento pasa un bizarro soldado de caballería, gorra de manga, lanza, lazo y boleadoras. "Párese amigo…", dice Rosas. Bajóse el centauro. "Traiga las boleadoras. (Las midió con los brazos abiertos). Un poco cortas -dijo-. A caballo y dispare" -le gritó al soldado. De un brinco en la silla y a todo escape... Pero no hubo escape, pues con la habilidad suma sorprendente de que estaba dotado "el primer jinete", el "primer gaucho argentino", revoleando las boleadoras las lanzó con mano certera por encima del cráneo del jinete y boleando el caballo de las manos, lo hizo rodar; pero el paisano, sonriéndose, salió de pie, las riendas empuñadas… "Por lo menos -dijo Rosas- todavía tengo el pulso bueno".

Ya mí me parece que ningún "cobarde" haría tal hazaña.

Afuera de Southampton, en Shirley, tenia Rosas un pequeño farm o estancia. Cuatro vacas, algunas ovejas, pocos caballos: Los Cerrillos en miniatura, como para recordar, acaso, a la patria. En su salón, allá en la casa de The Crescent, tenia dos grandes sillones rojos; él ocupaba uno, el mismo siempre y a la visita que intentaba sentarse en el otro, la detenía con un… "Dispense, no se siente en ese sillón, pues espero al general Urquiza... "

En las carreras o cacerías del zorro, en Inglaterra, montaba en soberbios caballos que le prestaba lord Palmerston. Una vez rodó y salió corriendo... Asombro general. En otra ocasión enlazó un ciervo por las astas. Otra vez asombro. Nunca, jamás, iba a la iglesia, la única iglesia católica que había en Southampton y, sin embargo, el viejo cura lo calificaba de "hombre lo más bueno". Habrá que escribir sin pasión la historia de Rosas.

(1) Durante la guerra contra el Paraguay

IGNACIO HAMILTON FOTHERINGHAM, nació en 1842 en Southampton, (ciudad donde viviría exiliado Rosas a partir de 1852), en el sur de Inglaterra. Hijo de familia católica emigró a la Argentina cuando tenía 21 años y se incorporó al ejército, donde llegó a tener el grado de General. Intervino en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay y en la Conquista del Desierto; participó también en la represión de las revoluciones jordanistas. Fue también Gobernador del Territorio Nacional de Formosa. Falleció en 1925 a los 83 años. (Fuente: Diccionario Histórico Argentino de Fermín Chávez, Ediciones Fabro, Bs. As. 2005)