REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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En la revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 58, de enero/marzo 200, fue publicada la siguiente carta del Sr. Enrique Picotto, dirigida al entonces funcionario Sr. Larriqueta, por el cuál este último afirmaba que el libro nacional debería haber sido el Facundo y no el Martín Fierro tal como lo propiciaba Borges.
Martes, 15 de febrero de 2000
Estimado Sr. Larriqueta:
He leído su nota de hoy en “La Nación” y estoy en principio de acuerdo
con su enunciado: no puede haber política sin cultura. No obstante, al
proseguir con su análisis, esta epigramática sentencia pareciera cobrar visos
de perogrullada.
Uno de los males que aqueja a la Argentina es la extensión y uno de los
que aquejan a los mortales que en ella viven es la mentira. Su culto entre
nosotros tiene tradición, Sr. Larriqueta —no sé si sabrá jugar al truco— y quienes mejor practicaron ese culto, que en
el truco es pintoresco y hasta inocente llegaron a ocupar los cargos más
elevados sin exceptuar la Presidencia de la Nación.
Dice Ud.
“No en vano nuestro contemporáneo Borges abogó por que el libro
nacional fuese el Facundo en lugar del Martín Fierro. Borges conocía con penetración
ejemplar ese papel cimentador de la cultura, que con su acción leal y profunda
termina condicionando la política”.
También opinó este, nuestro contemporáneo, que mejor sería para los
niños del Litoral aprender latín que guaraní, con lo que demostró que su
sabiduría, si bien grande, no pasaba de ser libresca. Si Borges sabía latín,
con toda seguridad desconocería el guaraní y toda su importancia sociológica.
Todo era cuestión de que en Taragüí sepan latín y que en Ataminski dejen de
hablar el quichua, y listo el pollo: ya tenemos cultura. Disponer morir y ser
inhumado bien lejos de la Argentina indica acaso el amor y apego que Borges
sentía por nosotros. De la consustancialidad de estas grandes figuras con
nuestra realidad nacional nos dice Ernesto Sábato:
“[...] Yo no fui antiperonista por defender los privilegios, sino
porque no podía soportar el despotismo y la expulsión de maestras y profesores
por no someterse a las directivas del gobierno. En aquel movimiento hubo un
justificado anhelo de justicia y de dignidad, frente a una sociedad fría y
egoísta que explotaba a los pobres de la manera más denigrante, esclavizándolos
en esa especie de campos de concentración que eran los yerbales y los
quebrachales.
Mientras tanto muchos intelectuales [¿Ocampo, Borges & Co.?], en
lugar de responder al drama de estos hombres, se habían entregado a sus propios
y mezquinos intereses.
A todos estos desamparados, como los llamó Evita, que luchó verdadera y
heroicamente por ellos, los supo movilizar Perón. Medio siglo después, la
desvaída foto de Evita preside, junto a la de la Virgen, los hogares más pobres
del país. Simboliza la devoción y la gratitud por aquellos años únicos de
prosperidad y respeto para los más humildes. Con los errores que todos
conocemos, hubo allí gente tan honrada como Scalabrini y Jauretche, de quienes
fui amigo [...].
Antes del fin
Hermosa confesión, pero volvamos a la mentira; a la que va implícita al
anteponer el Facundo al Martín Fierro, con lo que tocamos entonces nuestra gran
“problemática”: unitarios y federales. Porque unitario era Sarmiento y
Hernández, federal.
¿Y quién miente más aquí, Sr. Larriqueta: el unitario o el federal?
Si se trata de abogar como lo hizo Borges, no hay duda de que éste se
decidió por la mentira al preferir el Facundo al Martín Fierro. Se sabe muy
bien que el último es un relato épico, acaso toda una epopeya; que su
protagonista no existió, que muchos de sus pasajes tienen sabor oriental o
riograndense, pues su mayor parte no se escribió en la Argentina sino en el
exilio, o en el más abnegado ostracismo, que dice Ud. conocer:
“La fidelidad a las ideas democráticas me llevó al ostracismo —dentro y
fuera de la Argentina— y también a destacadas funciones de gobierno, en
particular durante la presidencia del Dr. Raúl Alfonsín”. Daniel Larriqueta,
Nueva Mirada a la Historia, “Universidad y Encuentro”, 14.11.96.
No dejo de ver aquí un parangón con las tan conocidas “cárceles y
cadenas” —esta vez en versión radical— que habrá sabido Ud. también “perdonar”
al dictador de turno.
Más volviendo al Martín Fierro, está muy lejos de ser una mentira. Pero
el Facundo, recomendado por Borges e indirectamente por Ud., fue desde su
nacimiento una falacia que se presentó intencionadamente como realidad, y así
lo afirmó su autor. Decía Sarmiento en carta al general Paz del 22 de diciembre
de 1845, que acompañaba al ejemplar de Facundo que le obsequiaba:
“Remito a S. Excia un ejemplar de Facundo qe e escrito con el objeto de
favorecer a la revolucion y preparar los espíritus. Obra improvisada, llena por
necesidad de inesactitudes, a designio a veces, no tiene otra importancia qe la
de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo,
i preparar otro nuevo”.
Esta obra improvisada, llena por necesidad de “inesactitudes, a
designio a veces, que no tiene otra importancia qe la de ser uno de tantos
medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo”, fue lectura
recomendada y en parte obligatoria de seis generaciones de argentinos y esta
traducida a varios idiomas, entre ellos al latín (pero no creo que al guaraní):
“Umbram Facundi tembilem evocabo
Ut cruentum excutiens pulverem
Qui cineres tuos velat eriges...”
Hasta ahora no voy citando nada menos que al mismo Sarmiento, (y
brevemente a Ud.), quien defendiéndose de las “inesactitudes”, del Facundo
decía: “Cuando hay que mentir, se miente”, afirmación que ratifica en carta a
Rafael García del 28 de octubre de 1868:
“Si miento, lo hago como don de familia, con la naturalidad y la
sencillez de la veracidad”. Acotemos que en esa fecha Sarmiento era ya
presidente de la Nación. Figúrese Ud., Sr. Larriqueta, a Fernando de la Rúa
escribiendo algo similar. Realmente, no lo podría creer, puesto que lo conozco
de épocas en que éramos todavía jóvenes, cuando salió a la liza en defensa de
Latella Frías, a quien quizá Ud. recuerde, allá en la Docta de 1953, en tiempos
aciagos de la “segunda tiranía”.
Sobre Sarmiento dice Juan Bautista Alberdi, analizando el Facundo en su
trabajo “Facundo y su biógrafo” (1880):
“[...] Es el primer libro de historia que no tiene fecha ni data para
los acontecimientos que refiere. Es verdad que esa omisión procura al autor una
libertad de movimientos muy confortable, por la cual avanza, retrocede, se
detiene, va para un lado, vuelve al lado opuesto, todo con el método lógico con
que un pescado rompe la onda del mar, o una mosca la del aire”.
Modelo incomparable de pedantismo y de charlatanerismo, en que el autor
cree de necesidad empezar por una introducción, una dedicatoria, capítulos
preliminares sobre el suelo, clima, razas, costumbres, caracteres, industrias,
para contar y explicar la vida de un caudillo de una provincia, de un país sin
unidad, ni gobierno, ni intereses generales de ninguna especie.
“[...] ¿Qué idea tiene de la civilización este autor de Civilización y
Barbarie? La civilización, para él, es estar solo en las ciudades, porque,
según él, consiste en el traje, en las maneras, en el tono, en los modales, en
los libros, en las escuelas, en los juzgados.
[...] El libro no me inspira respeto; el autor no me interesa mucho
como hombre de libertad. El libro es pernicioso, como calumnia y sátira contra
la República Argentina y su sociedad; y como manual, que es de los caudillos y
del caudillaje, está lleno de máximas inmorales y maquiavélicas, y de herejías
contra la República Argentina.
[...] Lejos de ser las campañas argentinas las que representan la
barbarie, son ellas, como lo hemos notado ya, las que representan la
civilización del país, expresada por la producción de la riqueza rural, en que
la riqueza del país consiste.
El obrero productor de esa riqueza, el obrero de los campos, es el
gaucho, y ese gaucho a que Sarmiento llama bárbaro, comparable al árabe y al
tártaro del Asia arruinada y desierta, representa la civilización europea mejor
que Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de empleado
vitalicio, que vive como un doméstico de los salarios del Estado, su
patrón[...].”
Estas no son palabras del revisionismo, Sr. Larriqueta, sino de un
unitario. ¿Y esta obra nos recomienda Borges en lugar del Martín Fierro, al
igual que el latín en vez del guaraní? ¿Sabría de qué estaba hablando...? Como
no era inadvertido, debió haberlo sabido. Podría inferirse entonces que acaso
compartiera el culto a la mentira con el ilustre sanjuanino, “maestro de
América y padre del aula”: ambos argentinos hasta la muerte, que para ese
trance eligieron uno la Asunción que había ayudado a destruir y el otro su
añorada Confederación, la Helvética.
Cordiales saludos
Enrique C. Picotto
D - 71067 Sindelfingen –Alemania
Otrosi: Ceterum, ¿leyó Ud. el Facundo con algo de atención alguna
vez...? Reparo, por ejemplo, en este pasaje del Cap. I, donde habla de la pasta
de que estaban hechos los soldados argentinos...?
“Añádase que desde la infancia están habituados a matar las reses, y
que este acto de crueldad necesaria los familiariza con el derramamiento de
sangre, y endurece el corazón contra los gemidos de las víctimas”.
¿Cómo concilian entonces esos pensamientos con estas otras “ideas”
dirigidas por Sarmiento a Mitre?:
“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es
preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”.
Archivo Mitre, IX, 360, carta de Sarmiento, 20.09.1861.
Los pobres soldados no habrán podido quizá “con el genio”, pero
Sarmiento hablaba francés e inglés, dicen, y se piensa que tenía cultura. Así
como Borges sugería el Facundo como libro nacional, debería haber propuesto
igualmente mencionar las demás citas, de las que hay muchísimas, y no tratar de
ofrecer solo un Sarmiento ad usum Delphini, pues eso es también mentir. Y de la
mentira no habría que hacerse eco, Sr. Larriqueta.
Otra cosa: sus apreciaciones y estilo en “Nueva Mirada a la Historia” me trajeron a la memoria al amigo de Ernesto Sábato, don Arturo Jauretche. ¿Leyó Ud. de él por casualidad “El medio pelo...”? Vale.
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