martes, 18 de agosto de 2026

Rosas: ¿dictador o tirano? - Dictadura - Tiranía - Diferencia entre "dictadura" y "tiranía" -

Dictadura y Tiranía
Este retrato litográfico sobre papel, ilustró la obra “Causa criminal seguida contra el ex-gobernador Juan Manuel de Rosas…” (Buenos Aires. Imprenta de La Tribuna, 1864).

Rosas: ¿dictador o tirano?

                    Por Norberto Jorge Chiviló


El común de la gente, como también políticos, funcionarios, periodistas, etc., estos últimos que deberían tener una cultura y conocimientos más elevado que cualquier ciudadano –o por lo menos eso debiera ser lo deseado–, suelen confundir ambos términos, cuando tienen un significado distinto.

El 4 de noviembre de 2023 en un acto de campaña, realizado en la localidad de El Palomar, el por entonces candidato presidencial Javier Milei, se refirió al general Urquiza, a la batalla de Caseros, a Alberdi y a Rosas y a este último lo tildó de “tirano”. (1)

Una persona que va a ocupar la más alta Magistratura Nacional, puede o no gustarle un personaje histórico, pero lo que no tendría que ignorar, es el significado del término “tirano” y desconocer la historia patria, como lo hizo en esa arenga.

Según el diccionario (2) es “tirano” el “Que obtiene contra derecho el Gobierno de un Estado”. Esto es bien claro y no hay que hacer mayores observaciones.

Ahora cabría la siguiente pregunta, para quienes consideran a Rosas un “tirano”: ¿En qué momento obtuvo Rosas contra derecho el Gobierno de la provincia de Buenos Aires? Quien sabe algo de historia, podría contestar que nunca, pues su acceso al gobierno, siempre lo fue por los medios legítimos de aquel momento, siempre fue un gobierno de iure. Durante todo su gobierno, gozó del consenso y beneplácito del total de la población.

El madrileño Benito Hortelano, quien por cuestiones políticas abandonó España y recaló por Buenos Aires en 1850, donde instaló una librería y editó distintos periódicos, así opinó sobre el “tirano” Rosas y su “tiranía”: “Mucho se ha escrito sobre la tiranía del general Rosas. Si no todo lo que se ha dicho, algo debe de haber de verdad. ¿Pero puede haber tiranía de un hombre sobre un pueblo que está armado en masa? Comprendo la tiranía de los Reyes, que, apoyados en miles de bayonetas mercenarias, tiranizan a los pueblos desarmados, y además de desarmados, con fuertes castillos, ciudadelas y otras fortificaciones colocadas estratégicamente en las grandes ciudades, apuntando sus cañones a la población, que al menor síntoma de insurrección popular son barridas con la metralla las principales calles y bombardeadas las casas desde los castillos, con lo que es, si no imposible, al menos muy difícil derrocar a un tirano”.

“¿Pero sucedía esto en Buenos Aires? No; porque esta capital es abierta, no tiene castillos ni ciudadelas, ni aun edificios que puedan servir de defensa u ofensa. Los tiranos no consultan al pueblo; éste no es nada para ellos; no es más que una manada de esclavos que deben trabajar para sostener las cargas del Estado, para pagar a sus verdugos, sin injerencia ninguna en la confección de las leyes, ni voto en los Consejos, ni, en fin, vida propia, pues están a la voluntad del tirano, para que de ellos y sus bienes disponga como se le antoje, hasta que llega un día en que, cansado de sufrir, se lanza a las calles, y, no teniendo armas, se vale de las naturales o se apodera de las de sus verdugos, pulverizando a éstos y a su jefe”.

“Rosas subió al Poder por la libre y espontánea voluntad del pueblo, por el voto universal, como no ha habido ejemplo en ninguna nación, firmando el pueblo en un libro en que constaba el acta de las facultades extraordinarias, delegando en la persona del general Rosas todos los derechos e inmunidades que la naturaleza da al hombre”. (3)

“Con arreglo a la ley fundamental, todo ciudadano, desde la edad de diecisiete años, está obligado a inscribirse en la Guardia Nacional, y Rosas fue inflexible en esto. ¿Cómo esta fuerza ciudadana toleró por veintiún años a un tirano? ¿Para qué le servían las armas que tenía? ¿Era o no tirano el general Rosas? Si lo era, el pueblo fue un cobarde, indigno de los derechos que tenía e indigno de tener un fusil a su disposición. Pero esto no es posible en un pueblo, ni menos el argentino, que tantas pruebas de valor ha dado en los campos de batalla en mil combates. Luego Rosas no era tirano; el pueblo se encontraba bien con su Gobierno cuando no lo derrocó”.

“Por otra parte, cuando un tirano ha despotizado a un pueblo, cuando el tirano muere es maldecido; si es derrocado del Poder por una insurrección popular, no le quedan más amigos que aquellos que recibían sueldo de él o se han enriquecido a su sombra; pero el pueblo que ha sufrido lo aborrece, no quiere ni saber de él”.

“¿Sucede esto con Rosas? No, porque pocos se enriquecieron, y el pueblo, que es el que debía aborrecerlo, lo respetó, y cuantas veces se han presentado en campaña los jefes militares de su época han encontrado al pueblo en masa dispuesto a seguirlos; y si esto ha acontecido con jefes subalternos, si Rosas hubiese aparecido en la campaña de Buenos Aires levantando la bandera de la insurrección contra el Gobierno establecido, ¿qué no habría sucedido? Rosas ha sido más patriota que todos sus paisanos, más que todos los déspotas y caudillos que son derrocados del Poder, pues ha preferido el ostracismo a encender la guerra civil en su patria”. (4)

“Por otra parte, cuando cayó Rosas no dio esta población muestras de alegría, al menos tantas como se debían esperar de un pueblo que ha estado veintidós años sufriendo una espantosa tiranía y que le viene la libertad cuando menos lo esperaba y sin contribuir en nada para obtenerla; antes al contrario, ya el tirano estaba derrotado y se había refugiado en la ciudad para, desde ella, embarcarse, y la Guardia Nacional seguía en los cantones esperando la orden para defender al tirano que estaba impotente para tiranizar. El pueblo que quiere ser libre lo es: Buenos Aires, si sufrió tiranía, la sufrió con gusto, pues o no hubo tiranía o, si la hubo, esta República se conformaba con aquel sistema de gobierno cuando no lo derrocó”. (5)

"…No sé cómo calificar lo ocurrido en esta época en Buenos Aires, [ después de la batalla de Caseros ] pues no se comprende como una ciudad que se decía oprimida y tiranizada por veinte años, ya que no pudo o no tuvo valor para hacer la reacción cuando se aproximó el ejército libertador, al menos después de perderse la batalla y en ella todo su ejército, no dio este pueblo la más mínima muestra de regocijo ni la menor prueba de que deseaba la caída del tirano. La historia del mundo nos describe los regocijos con que los pueblos oprimidos han recibido siempre a los ejércitos libertadores, y yo prácticamente lo había visto en Madrid, en donde una compañía que entrase a auxiliarnos en las diferentes peripecias porque allí pasamos del 34 al 38, los soldados eran recibidos con un entusiasmo que rayaba en delirio, regalándolos y obsequiándoles el pueblo con toda clase de demostraciones; pero aquí, ni hubo quien saliese a dar un peso ni convidar a una copa a los pobres soldados; todos se encerraron en sus casas. Como si fuese un enemigo el que había triunfado". (6)

El sobrino del dictador, Lucio Victorio Mansilla, cuenta la siguiente anécdota “Rozas en los primeros tiempos de su gobierno no vivía aislado. Su aislamiento vino después de la muerte de su mujer. Salía, circulaba; hasta de noche era fácil hallarlo solo por barrios apartados. Él mismo parece que hacia su policía, tomándole el pulso a la ciudad. Una vez, tarde ya, se encontró con el ministro de Chile, Pérez Mascallano, que lo ha referido, entre otros, al señor Barros Luco. La vereda era alta; tras el ministro venían dos hombres. Rozas les gritó "iAbajo!" y obedecieron. ¿Por qué? ¿Porque le conocieron o porque la voz de toda autoridad tiene un no sé qué que predispone a inclinar la cabeza? El ministro manifestó su sorpresa. Rozas le dijo:

Salgo a dar mi paseíto de cuando en cuando.

-¿Quiere usted que lo acompañe?

-No, gracias; no hay cuidado.

Y se separaron, siguiendo rumbos opuestos. De aquí concluía el señor Pérez Mascallano, era su comentario: Rozas debía ser muy valiente”. (7)

Leyendo lo que narró Mansilla, podemos preguntarnos ¿Podría un tirano, un malvado aborrecido por la población, recorrer solo, sin escolta y de noche las solitarias calles de los barrios de la ciudad?

Un ejemplo actual de la caída de una tiranía, ocurrió en Siria a fines de noviembre y principios de diciembre de 2024, con el derrocamiento del autócrata Bashar al-Ássad, quien amasó una enorme fortuna y gozó de una vida principesca, en sus palacios llenos de lujos y abarrotados de ostentosos bienes, con gran cantidad de autos de altísima gama, todo ello a costa del erario público y del sufrimiento de la población, odiado por sus conciudadanos por sus excentricidades y crueldades. Quienes lo derrocaron fueron recibidos como libertadores y el pueblo en masa salió a festejar su caída y saqueó sus palacios, derribó sus estatuas y se manifestó de todas formas contra el tirano derrocado. Otro tanto podríamos decir del Nicolás Maduro, el autócrata venezolano y chavista, quien no obstante haber perdido las elecciones el 28 de julio de 2024, se ha negado a entregar el poder a quien el pueblo había elegido y el 10 de enero de 2025 juró su tercer mandato como presidente “constitucional” siendo un presidente de facto y se mantuvo apoyado solo por un poderosísimo ejército, mandado por generales corruptos y cómplices de la tiranía, que no han tenido la más mínima consideración cuando tuvieron que reprimir a ciudadanos pacíficos que se habían manifestado contra el tirano y su régimen. A él se lo nombra como “dictador”, cuando en realidad el calificativo que le cabe, es el de “tirano” Y existen más casos en nuestro mundo actual, que no voy a mencionar, porque estos dos ejemplos son más que elocuentes. Yo pregunto: Maduro ¿podría circular por Caracas, solo, sin escolta, sin que el pueblo lo atacara y despreciara?

Debemos considerar también la total adhesión del Brigadier General de la Confederación Argentina, don José de San Martín a la política de Rosas, apoyo que nunca decreció, sino que por el contrario se acrecentó a través de los años y siempre lo puso de manifiesto no solo en su correspondencia con el Restaurador –a quien colmó de elogios en varias oportunidades– sino también con otros personajes de la época como Tomás Guido y el chileno Bernardo O'Higgins.

En la cláusula 3ra. de su testamento, legó su sable corvo libertador a Juan Manuel de Rosas. Si hubiera considerado a Rosas como “tirano”, seguro que no lo hubiere hecho. Por el contrario en su última carta que le envió el 6 de mayo de 1850 –tres meses antes de su fallecimiento– manifestó una vez más, su total apoyo a la política rosista sintiéndose orgulloso como argentino de la marcha seguida por la Confederación expresándose en estos términos: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado…", felicitando también a Rosas de la siguiente forma "Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina" y terminando su misiva, con un deseo que es un mandato moral para todos los argentinos cuando le dijo: "Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota". Esos no son términos de una carta cuyo destinatario hubiera sido un “tirano”. (8)

Pastor Obligado, cuenta que en 1849, cuando los unitarios Manuel Guerrico y Domingo F. Sarmiento, fueron a visitar al Libertador, en su pequeña granja cercana a París, se produjo el siguiente diálogo:

[San Martín] “–Pero, al fin, ese tirano Rosas, que los unitarios odian tanto, no debe de ser tan malo como lo pintan, cuando en un pueblo tan viril se puede sostener veinte años”.

“–Sí, general; pero veinte años de viva protesta armada, diseminada por toda el haz de la tierra la mejor parte de los argentinos. Fácil le fue asaltar el poder por nuestras divisiones, como sostenerse en el mismo por la falta de unidad. Paz y Lavalle, y Lamadrid, peleando por su cuenta hacia los extremos de la república, quejándose de que el comité revolucionario pretende mandar batallas desde Montevideo; y éste, a su vez, de que cada uno de los generales unitarios campea por sus respetos, –contestó alzando la voz y exaltado el señor Sarmiento”.

“–A tan larga distancia y por tantos años alejado de la escena, no me es fácil saber la verdad; pero por los ecos que hasta aquí llegan, si bien no he conocido al general Rosas, me inclino a creer: que Vv. exageran un poco, y que sus enemigos lo pintan más arbitrario de lo que sea. Sí, conocí en sus mocedades a los generales que V. recuerda. Paz; Lavalle, el más turbulento; Lamadrid, si no más valiente que éste, sin duda con menos cabeza, y si todos ellos, y lo mejor del país, como ustedes dicen, auxiliados por extranjeros, no logran desmoronar a tal mal gobierno, sin duda es porque la mayoría convencida está de la necesidad de un gobierno fuerte y de mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 20, ni que el comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al gobernador del estado”.

“Sobre todo, tiene para mí el general Rosas QUE HA SABIDO DEFENDER CON ENERGÍA y en toda ocasión el pabellón nacional”.

“Por esto, después del combate en Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a fundar la independencia americana, POR AQUEL ACTO DE ENTEREZA, en que con cuatro cañones hizo conocer a la escuadra anglo francesa que, pocos o muchos, sin contar sus elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”. (9)

Durante toda su actuación como gobernador, Rosas siempre llegó al gobierno por medios legítimos, no como sus adversarios que asaltaron el poder en toda ocasión que pudieron. Incluso hasta 1916, año de asunción como presidente de Hipólito Yrigoyen, quien por la ley Sáenz Peña, fue electo mediante el sufragio universal, obligatorio y secreto, sus antecesores, los mandatarios de los llamados gobiernos “constitucionales” lo hicieron en manera no democrática, mediante el fraude, componendas políticas en las que el pueblo tuvo poco que ver.

Para quienes afirman que Rosas fue “tirano”, cabe aquí preguntarles qué calificativo le cabe entonces al general Juan G. Lavalle, que con el motín del 1° de diciembre de 1828, se hizo del poder de facto del gobierno, y el día 13 de ese mes, fusiló sin causa ni juicio alguno al legítimo gobernador, coronel Manuel Dorrego, hecho que debe calificarse sin lugar a dudas de asesinato y que desató una represión tremenda en la campaña bonaerense contra el pueblo federal, que los registros parroquiales dan cuenta, ya que por única vez en nuestra historia en ese año de 1829 las defunciones superaron ampliamente a los nacimientos. Ese desborde de represión indiscriminada que no respetó edades, ni condición social y que fue una verdadera orgía de sangre, originó una guerra civil, que se extenderá por muchas décadas en nuestro país, ¿fue o no, tirano? La misma pregunta corresponde hacer con respecto a los jefes unitarios José María Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, entre otros, por nombrar a personajes de aquella época, que asaltaron el poder, haciéndose otorgar de facto facultades extraordinarias.

También el “presidente” oriental Fructuoso Rivera, a quien Rosas llamaba “el pardejón”, se hizo del gobierno de su país, por la fuerza, ayudado por las fuerzas francesas y expatriados argentinos en Montevideo. Estos últimos que llamaban al gobernador porteño como “tirano”, eran aliados al tirano –y aquí no pongo comillas– Rivera. Contradicción? Y sí, contradicción evidente, como muchas otras de los llamados salvajes unitarios, denominados así por la gran mayoría del pueblo argentino de aquella época, por su proceder violento y salvaje, que no reparaban en medios, incluso la alianza con extranjeros, para hacerse del poder.

Los enciclopedistas llamaban “tirano” a quien se hacía del poder por la fuerza y se beneficiaron del mismo. Ninguna de estas dos condiciones se dieron en Rosas, ya que nunca accedió al gobierno, ni se mantuvo en el mismo por la fuerza y en contra de la voluntad de su pueblo; y menos aún se benefició del poder que ejerció, sino muy por el contrario, fue un servidor público ejemplar, que puso en juego todo su patrimonio, el que le fue quitado cuando los unitarios se hicieron del gobierno, después de su derrocamiento.

Evidentemente y por lo expuesto, Rosas no fue tirano, ni oprimió al pueblo, ni se sirvió de él y menos aún se enriqueció a costa del erario público.

Al comienzo de este artículo, manifesté que muchos confunden los términos “tirano” y “dictador”.

Si no fue “tirano” como acabo de demostrarlo, ¿fue entonces “dictador”?. A esa pregunta, sí puedo contestar que efectivamente fue dictador.

La dictadura, es una institución que proviene del derecho romano, ya desde tiempos de la República romana, varios siglos antes de la era Cristiana.

“Esta magistratura extraordinaria (se refiere al término dictadura), a cuyo poseedor se le concedía en la antigua Roma una autoridad suprema, en los momentos difíciles, sobre todo en los casos urgentes de guerra, nació la dictadura en el año 498 antes de J.C… El dictador era nombrado por una orden del Senado… El magistrado investido de tal omnímodo poder recibió los nombres de dictador y señor del pueblo (dictator magister populi)… Fue una autoridad revestida de una gran fuerza colectiva y enteramente nacional, que lo reunía todo para disipar los grandes huracanes… Montesquieu ha dicho a propósito de la dictadura ‘El uso de los pueblos más libres que jamás han existido sobre la tierra me hace creer que hay casos en los que es preciso correr, por un momento un velo sobre la libertad, como se ocultan las estatuas de los dioses’”. (12) 

En la antigua Roma, el dictador era elegido por sus cualidades, para sortear momentos difíciles como una guerra, una confrontación civil u otras calamidades y por ello era quien debía tomar el timón del Estado, como un capitán de barco en el medio de una tempestad, para llevarlo a buen puerto y para eso gozaba de amplias y absolutas facultades.

En la provincia de Buenos Aires, después de una lucha encabezada por el comandante de Campaña Juan Manuel de Rosas, contra las tropas unitarias al mando del motinero Lavalle, a las que venció, se restableció la Legislatura –con los mismos integrantes– que había sido disuelta por el motín decembrista la fuerza en aquella oportunidad, la que reunida exactamente un año después de aquella triste jornada, reanudaba así sus sesiones, quedando restablecidas así las instituciones bonaerenses. En la sesión del 5 de diciembre de 1829, se solicitó que quien fuese elegido nuevo gobernador, fuera investido de las facultades extraordinarias que este “juzgue indispensables”, lo que se aprobó el día después. Horas más tarde, Rosas, persona de orden y amante de la legalidad, vencedor de la anarquía en el año 20 y ahora vencedor de Lavalle, fue elegido para ejercer ese cargo, que asumió el día 8 al mediodía, en medio de salvas de artillería y repique de campanas, con el beneplácito general y gran regocijo popular.

En su arenga al pueblo congregado en la plaza de la Victoria, manifestó: “Compatriotas, el camino de la ley se ha abierto. No se recuerde el tiempo funesto que ya pasó, sino para reproducir los juramentos de ser fieles a las instituciones patrias, y de que no vuelva a sentirse entre nosotros el soplo maléfico de la discordia. Ved, mis amigos, la expresión de mis deseos: ser vuestro, y que los días de mi mando sean paternales. La salud de la provincia es mi única aspiración; y el bien, el reposo y la seguridad de todos, mi principal desvelo” (13).

Se iniciaba así el primer gobierno de Rosas que duró tres años.

Encontrándose nuevamente la patria convulsionada por el asesinato de Facundo Quiroga y la conspiración unitaria, el 7 de marzo de 1835, Rosas fue elegido por la Legislatura para desempeñarse por segunda vez como Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires, esta vez con la suma del poder público, “sin más restricciones que las de conservar y proteger la religión católica y la de sostener la causa nacional de la federación que habían proclamado los pueblos de la república” (14).

El 16 de marzo, Rosas solicitó a la Sala de Representantes "... En esta virtud, el infrascripto ruega a los señores representantes que para poder deliberar sobre la admisión o renuncia del elevado cargo y de la extraordinaria confianza con que se han dignado honrarle, tengan a bien reconsiderar en sala plena tan delicado negocio, y acordar el medio que juzguen más adaptable, para que todos y cada uno de los ciudadanos de esta ciudad, de cualquiera clase y condición que sean, expresen su voto precisa y categóricamente sobre el particular, quedando este consignado de modo que en todos tiempos y circunstancias se pueda hacer constar el libre pronunciamiento de la opinión general". (15)

La consulta al pueblo se llevó a cabo los días 26, 27 y 28 de ese mes. De 9320 hombres aptos que concurrieron a votar –la cifra más alta hasta ese entonces–, menos de una decena votaron negativamente.

Dirá Sarmiento sobre esta cuestión: “El 5 de abril, la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo estipulado, elige gobernador de Buenos Aires, por cinco años, al general don Juan Manuel de Rosas… Pero no le satisface la elección hecha por la Junta de Representantes; lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso tomarse antes todas las seguridades imaginables; no sea que más tarde se diga que el pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la Suma del Poder Público. Rosas, gobernador, le propone a las mesas electorales esta cuestión: ¿conviene en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por cinco años con la suma del Poder Público?  Y debo decirlo, en obsequio de la verdad histórica: nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más bien sostenido por la opinión... principiáronse las elecciones o ratificaciones de todas las parroquias y la votación fue unánime, excepto tres votos que se opusieron a la delegación de la Suma del Poder Público. ¿Concíbese cómo ha podido suceder que en una provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la Gaceta, sólo hubiesen tres votos contrarios al gobierno? Sería acaso que los disidentes no votaron? ¡Nada de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar… La votación aquella es única en los anales de los pueblos civilizados”. (16)

Fue la primera vez que en nuestro país se requería la expresión democrática de la población para la elección de su gobernante. ¿podría considerarse a Rosas, el padre de la democracia argentina?

Coincidiendo con lo manifestado por Sarmiento, Hortelano, también así lo refiere: "Rosas subió al poder por la libre y espontánea voluntad del pueblo, por el voto universal, como no ha habido ejemplo en ninguna nación, firmando el pueblo en un libro en que constaba el acta de las facultades extraordinarias, delegando en la persona del general Rosas todos los derechos e inmunidades que la naturaleza da al hombre". (17)

Nadie puede negar que las veces que Rosas accedió al poder fue por el reclamo popular, desprendiéndose de las distinciones con las que el pueblo lo honró.

Debo decir que el Restaurador, nunca abusó de esas facultades ni de la suma del poder público otorgado, ya que la Legislatura y los Tribunales, siguieron funcionando con normalidad.

Incluso, anualmente y mientras ejerció el poder, sometió las cuentas públicas a la consideración de la Legislatura, ya que en este punto, como decía en el Mensaje que le remitió el 27 de diciembre de 1844 "El Gobierno os presenta las cuentas de la Provincia en 1844. Examinadlas y pronunciad, honorables representantes, vuestro soberano fallo. Sabéis que no me considero investido con la suma del poder en la administración del caudal público” (18).

Nunca tuvo ínfulas de grandeza, sino que fue de una sencillez republicana, se hacía llamar como “Ciudadano Brigadier Juan Manuel de Rosas”, rechazando títulos y honores para él y su familia, que la Legislatura bonaerense le había conferido.

Gozaba de buen prestigio entre sus conciudadanos, quienes tenían con él verdadera veneración y respeto.

Cuando en 1873, Vicente Quesada y su hijo Ernesto, visitaron al Rosas, exiliado en Southampton  el joven tomó nota de lo conversado y en esa oportunidad, Rosas, entre otros conceptos, expresó lo siguiente: “Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otras en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos: un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestro gran país se diluiría definitivamente en una serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre el porvenir: pues demasiado se había ya fraccionado el Virreynato Colonial”.

“La provincia de Buenos Aires tenía, con todo, un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados: me propuse organizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás Provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar, no dudo que, en poco tiempo, habría llevado al país hasta su completa normalización; pero ello no fue posible porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir a los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollados en veinte años de verdadero desquicio gubernamental, no podía modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que permitiera la práctica real de la vida republicana”.

“Es lo que me ha pasado a mí, y me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que usted ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna, hecha antes de entrar en política, y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo, quizá, que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes. Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa goces vulgares y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio escondidos en la sombra; he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Este es mi gran título: he querido siempre servir al país, y si he acertado o errado, la posteridad lo dirá, pero ese fue mi propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una Constitución era asunto secundario; lo principal era preparar al país para ello ¡y esto es lo que creo haber hecho!” (19).

Cabe aclarar, que Rosas no fue el primero en recibir facultades extraordinarias, ya que desde el primer gobierno patrio y los sucesivos, gozaron de las mismas, por lo que no es extraño, que en 1829 se otorgaren facultades al Ejecutivo, encontrándose las Provincias Unidas, en estado de anarquía y desorden institucional y de guerra civil, creyendo poner a salvo los intereses que se invocaban. Recuerda Saldías que “Por lo demás, los poderes ejecutivos nacionales que surgieron en 1811, 1812, 1815, tuvieron facultades extraordinarias. Facultades extraordinarias se otorgó a los gobernadores don Manuel de Sarratea y don Juan Ramón Balcarce en 1820; las otorgó también la legislatura de Córdoba al gobernador Bustos; la de Santa Fe al gobernador López, y posteriormente, la de Corrientes al gobernador Ferré, y con las mismas facultades fue investido el general Paz en 1830 para desempeñar el supremo poder militar de las nueve provincias del interior” (20).

Por último, Emilio Ravignani, afirmó que el dictador supo “mantener en los más graves momentos la dignidad e integridad de la República. Y no poco le valieron las facultades extraordinarias y la suma del poder público para ello” (21).

 

Referencias

1. https://www.youtube.com/watch?v=48P9PfT0b8M

2. Diccionario Enciclopédico Salvat Alfa, Edic. 1987.

3. 4. 5. 6. Hortelano, Benito. Memorias,  Edit. Espasa-Calpe, Madrid, 1936, (3) págs. 199 y 200; (4) pág. 201; (5) pág. 203; (6) pág. 210 respectivamente.

7. Mansilla, Lucio Victorio. Rozas, ensayo histórico-psicológico. A-Z editora S.A., Bs. As., 1994, pág. 81.

8. Gras, Mario César. San Martín y Rosas. Una amistad histórica, Bs. As., 1948, pág. 57.

9. Obligado, Pastor. ¿Para qué sirve la gloria?, artículo publicado en el diario La Nación, 9 de julio de 1894.  

10. Beruti, Juan Manuel. Memorias curiosas, Emecé editores S.A., Bs. As., 2001, pags. 399 y sgtes. y 407 y sgtes.

11. Iriarte, Tomás de. Memorias de general Iriarte, textos fundamentales, selección y comentaros por Enrique de Gandía, T° II, Compañía General Fabril Editora, Bs. As. 1962, págs. 49 y sgtes.

12. Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, Establecimiento Tipográfico Editorial Montaner y Simon, Barcelona, 1912, T° VII, pág. 579.

13. Crónica histórica argentina. Editorial Codex S.A., Bs. As. 1969, T° III, pág. 75.

14. 15. Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación Argentina, El Ateneo, Bs. As. 1951, T° 2, (14) pág. 8 y (15) pág. 10.

16. Sarmiento Domingo Faustino. Facundo, Biblioteca La Nación, Editorial Planeta DaGostini S.A., edic.2000, págs. 252 y 253.

17. Hortelano, ob. cit., pág. 200.

18. Mensajes de los gobernadores de la provincia de Buenos Aires 1822-1849, Archivo Histórico de la provincia de Buenos Aires “Ricardo Levene”, La Plata, 1976, T° 1, pág. 252.

19. Quesada, Ernesto. La época de Rosas, Ediciones del Restaurador, Bs. As. 1950, págs. 241 y sgtes.

20. Saldías… ob. cit., T° 1 pág. 266.

21. Ravignani, Emilio.  Rosas, interpretación real y moderna, Editorial Pleamar, Bs. As, 1970, pág. 15.

lunes, 27 de julio de 2026

Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

 BROWN, MANSILLA, VUELTA DE OBLIGADO

Pedro de Ángelis

En el año  2009, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, publicó “Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo (Primera Serie 1843-1847) Pedro de Ángelis”.

La compilación, estudio preliminar y notas estuvo a cargo de Paula Ruggeri. Lo que publicamos a continuación corresponde a dos de los capítulos del Estudio preliminar, titulados "Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado" y "El crimen de la guerra".


Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

Algunos historiadores o divulgadores de la historia, en un afán desmitificador digno de encomio pero que a veces cae en excesos, han cometido el error de subestimar el esfuerzo bélico de la escuadra y las baterías argentinas en la Vuelta de Obligado. Nos hemos cansado, mientras hacíamos este estudio, de leer sobre la “ingenua tentativa de atar cadenas a barquitos a lo largo del río” y otras expresiones semejantes. La natural tendencia argentina a la autohumillación se acentúa en algunos reclamos desmitificadores, y esta tendencia se profundiza cuando los adversarios son aquellos a quienes tanto se admira como modelo: los flemáticos británicos, los finísimos franceses. Los poderosos. Las crónicas que presentamos en esta antología dan cuenta de la escasa flema con que un oficial inglés descendió a las aguas poco templadas del río para limar las tres gruesas cadenas que impedían el paso de la escuadra combinada bajo la poco inocente metralla de las baterías argentinas. En realidad, la estrategia de Rosas se basaba en esas baterías enclavadas en tierra y no en la cadena, estorbo que permitía cañonear a gusto a la escuadra anglo-francesa. No olvidemos el hecho de que la sencilla pero eficaz cadena fue colocada a lo largo del río a los barquitos por los marinos, luego de que la auténtica escuadra, la que conducía el almirante Brown, fuera sitiada mientras se abastecía, y capturada. Este hecho inaudito, en el que los británicos manifestaron tan poca flema inglesa, es relatado sucintamente en el Archivo Americano, publicación que no gustaba de derrotas, pero contado en detalle por su protagonista, Guillermo Brown, con ese estilo “entre ingenuo y verídico” (así lo califica Adolfo Saldías), que le era característico, en un parte que transcribimos en un apéndice. La captura de la escuadra es un hecho que no se puede ignorar al hablar de la Vuelta de Obligado. Hacerlo implica ofrecer una versión de la historia recortada y simplificada al extremo de llegar a la falsedad. Ese momento en que los buques de Brown son sitiados y su tripulación amenazada con la horca fue el primer paso de las fuerzas bloqueadoras para su posterior y brutal incursión: se deshicieron entonces del más incómodo obstáculo por métodos completamente inusuales para las normas de la época, aunque coherentes con las que regían en otros tiempos en la Isla de la Tortuga. El relato realizado por Guillermo Brown es elocuente; no deja de manifestar su estupor, pero también su sangre fría: luego de diez días de sitio en medio del río, iza la bandera portuguesa para festejar el cumpleaños de una duquesa, en una bravata digna de su humor irlandés o de un personaje de Dumas.

Pero este hecho, bravatas aparte, deja a Guillermo Brown lejos de la escena y es Lucio Mansilla quien prepara la defensa para enfrentar la incursión extranjera decisiva: con sus cañones a tope, frente a la improvisada pero inteligente defensa argentina (recursos humanos y accidentes topográficos aprovechados al máximo en una defensa plenamente sanmartiniana), una escuadra jamás vista en los ríos de la Mesopotamia se lanzó al ataque para abrir paso a vapores cargados de mercadería para vender. Con muchas bajas en ambos bandos, la escuadra pasó; pero los barcos mercantes se fueron como llegaron: con toda su mercadería sin tocar. Nadie la compró. Luego siguieron otras batallas, pero Vuelta de Obligado fue el comienzo del fin de la incursión anglo-francesa: victoria militar completa, fracaso político estrepitoso. Luego de esto, ambos gobiernos europeos consideraron que los informes que durante años habían recibido de sus agentes y el apoyo de los emigrados unitarios les habían costado tal vez demasiado caro y la inversión hecha en el intento de colonización, una pérdida de dinero, hombres y esfuerzos.

Las palabras de San Martín son más que elocuentes:

Los interventores habrán visto por esta echatillon que los argentinos no son empanadas que llevarse a la boca.

 

El crimen de la guerra

La profundidad y el largo de orilla a orilla en ese lugar del Paraná mejor conocido como Vuelta de Obligado lo convertía en el sitio ideal para esperar a la escuadra anglo-francesa, así como el barranco de San Lorenzo era el sitio perfecto para que una fuerza inferior tuviera oportunidades frente a un enemigo muy superior.

Hoy en día no se eligen campos de batalla como la Vuelta de Obligado, el barranco de San Lorenzo o el Paso de las Termópilas. Hoy día no se eligen campos de batalla porque no hay batallas, hay matanzas, y no hay ejércitos enemigos, hay blancos, un punto rojo en la mira, civiles sin defensa. Un almirante Brown, un San Martín, un Leónidas tenían que poner en juego su inteligencia a la par que su vida. Tratándose de matanzas, la inteligencia no se precisa. No necesitamos a Clausewitz para leer las noticias del Oriente Medio. A Clausewitz lo reemplazaron imágenes monstruosas, frente a las cuales cualquier paralelo con el ajedrez es un rapto psicótico que ni Lewis Carroll podría admitir. La diferencia entre la matanza y la batalla está en que la batalla contiene un adversario, un otro, considerado como un igual, aun si es inferior. Por eso la batalla tiene reglas. Los juegos basados en las guerras napoleónicas difieren en mucho de los juegos basados en la guerra actual y no hace falta decir por qué. No hace falta señalar la diferencia entre un tablero donde se ordenan batallones (flanco derecho, flanco izquierdo) y una mira con un punto rojo y figuras que se estrellan en sangre en una fracción de segundo.

Entonces la batalla, decíamos, implicaba reglas, reglas que el comodoro Purvis infringía, cuenta De Angelis. Pero la existencia de reglas implica, decíamos también, un otro, un adversario. Se mata, pero aquel a quien se mata tiene defensa. Cuando hay matanza no hay reglas, el otro existe sólo como víctima. Es la principal condición del genocidio: su ausencia de reglas. Por eso hoy no tenemos a Clausewitz ni a De Angelis, tenemos clamores indignados o relatos estúpidamente fascinados que convierten en insultos las imágenes en vivo y en directo del crimen y la tragedia.

Esos tiempos de salvajes unitarios y salvajes federales, corsarios italianos y piratas ingleses, por no hablar de franceses brutales, tienen mucho que enseñarnos.

miércoles, 22 de julio de 2026

La mentira mapuche - Rolando Hangling

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el portal de INFOBAE, sección Opinión del 22 de octubre de 2021, fue publicado el siguiente artículo.


La verdad sobre la mentira mapuche, por Rolando Hanglin

La mirada del vicepresidente del Instituto de Estudios Históricos Julio Argentino Roca sobre los últimos acontecimientos y los atentados incendiarios en la Patagonia



Casi todos los sabihondos se esmeran en traducir la palabra “mapuche” y deletrean “mapu” (tierra) y “che” (gente) por lo tanto “gente de la tierra”. Muy interesante pero: ¿De cuál tierra están hablando? 

La traducción literal sería “paisano”. No es una nacionalidad, ni los araucanos fueron jamás una nación. Se trata de los habitantes de la región del río Arauco, en Chile. Grupo humano aguerrido, de temperamento militar, que resistió valientemente al imperio incaico y luego al español, obligándole a reconocer una frontera, que era el río Bío-Bío, en Chile. 

Los primeros europeos que llegaron a la Costa Atlántica de América (es decir acá, en nuestro Sur) encontraron a un nativo que era casi un gigante. Lo llamaron “patagón” por el tamaño descomunal de sus pies. Conviene recordar que el porte corporal de los europeos, en aquel entonces, era más bien chico. Como puede verificar el que visite el museo de la Lidia en la Plaza de Toros de Ronda, Andalucía, donde se exhiben las minúsculas chaquetillas de los toreros de otros siglos. El caso es que estos tehuelches grandotes eran pacíficos y tal vez bohemios: al parecer las mujeres eran a veces más altas que los varones. Con el tiempo se supo que su verdadero nombre era “guenaken” y que los araucanos pertenecían al tipo “ándido” en términos antropológicos, de estatura mediana y cuerpo compacto. Los apacibles tehuelches recibieron muy bien a los cristianos, incluyendo a los galeses que hace siglos desembarcaron cerca de Madryn. Incluso algunos paisanos hablaban algo de galés. 

Mientras tanto, la Cordillera de los Andes no era un paso infranqueable. Muchos indios, en el siglo XV, la cruzaban con el propósito de cazar, comerciar o explorar la pampa infinita. Algunas comunidades de origen araucano se instalaron (es difícil precisar la fecha) como los ranquilches o ranqueles, los vorogas de Vorohué (chile) y otros grupos que comerciaban con los tehuelches. Tal vez estuvieron en guerra, tal vez se mestizaron: estamos hablando de Sudamérica antes de la instalación del caballo español, que cambió totalmente las costumbres y las posibilidades físicas de unos y otros. 

Siguiendo el preciso estudio de Estanislao Zeballos en “Callvucurá y la dinastía de los Piedra”, (1928) el gran lonco (jefe militar) Piedra Azul cruzó la Cordillera en 1833, con un batallón montado, y anunció mediante mensajeros su visita para intercambiar tejidos, Pullcu (licor) y artesanías con sus lejanos parientes vorogas. Esto era en Chilihué (Pequeño Chile) cerca de Salinas Grandes. El jefe Rondeau le dijo que sí, y Callvucurá avanzó. Pero en el camino los forasteros, a traición, mudaron caballos y montaron los potros de pelea (los mejores) y entraron a la toldería de Rondeau, pasando a degüello a todos los loncos y capitanejos. Así se estableció don Juan, que al poco tiempo era llamado el Napoleón de las Pampas. Una vez dijo: ”Soy chileno pero estoy hace 30 años en esta tierra porque me mandó llamar Rosas, el gobernador”. 

¿Qué autoridad podía tener Rosas en 1833 y en Chile? 

El caso es que durante siglos se desarrolló la industria del malón. Asaltar las estancias, degollar hombres y raptar mujeres jóvenes, arreando miles de cabezas de ganado en un campo sin alambrados. Frecuentemente era vendido en Chile. Pero también en localidades argentinas. 

En tiempos de Callvucurá, existió la Confederación de Salinas Grandes, con su papelería y su sello que funcionaba como una frontera bélica y una tortura para el paisano argentino. Los tehuelches y otras etnias argentinas como los querandíes (tal vez parientes de los charrúas, chanáes o guaraníes del litoral) habían sido absorbidos entre guerras y malones. 

El remedio argentino fue cruel: dos conquistas del desierto, una de Rosas y otra de Roca, completada en 1879, pero allí nació un gran país, abierto a la inmigración, la agricultura y el progreso. 

En ese país, los araucanos son ciudadanos argentinos. En toda la Patagonia se saluda con el “mari-marí” y se habla el mapudungún. El último argentino que habló “tehuelche” (lengua de esta tierra) fue don Rodolfo Casamiquela. Los paisanos tienen sus campos, sus vecinos, sus propias creencias, y no quieren saber nada de formar una Nación Mapuche independiente. Son argentinos y muy patriotas. En la expulsión de Callvucurá intervinieron los loncos argentinos Catriel y Coliqueo. 

Esa es la historia. Perdón si la simplifico: hay que “agarrar los libros”, como decía el Ñato Desiderio. 

En el futuro , si le choca la palabra “indio” piense que la tierra en que vivimos se conocía como “las Indias” y nosotros sus habitantes como “los indianos”... y a mucha honra.

 

Pd: a mi juicio, don Juan Calfucurá, su hijo don Manuel Namuncurá y otros grandes como Cipriano Catriel e Ignacio Coliqueo deben ser estudiados en la Enseñanza Argentina. Ellos, sus creencias y sus fechas sagradas pertenecen a nuestro país.

Florencio Varela - Desmembraciones territoriales

 PERLITAS HISTÓRICAS

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En esta sección que llamamos "PERLITAS HISTÓRICAS", nos referimos a distintos personajes y  hechos de nuestra historia.

FLORENCIO VARELA

En El Comercio del Plata de Montevideo en su edición del 20 de junio de 1846, es decir, tres años después de su viaje a Europa para promover el desmembramiento de las provincias del Litoral, escribió sobre las provincias de Entre Ríos y Corrientes: "Nada importa que sean provincias argentinas o un Estado independiente... Quisiéramos que la cuestión que empieza a ocupar los espíritus, de si convendría o no la separación de las dos provincias entrerrianas, no produjese embarazos ni tropiezos; nosotros ni apoyamos ni combatimos la idea; si hubiera conformidad de pareceres, nada tendríamos que objetar".

Justo José de Urquiza - Opinión de Alberdi sobre Urquiza

 PERLITAS HISTÓRICAS

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En esta sección que llamamos "PERLITAS HISTÓRICAS", nos referimos a distintos personajes y  hechos de nuestra historia.

JUSTO JOSÉ DE URQUIZA

Justo José de Urquiza
Justo José de Urquiza

Juan Bautista Alberdi, en sus Escritos Póstumos -Tomo IX, pág. 328- estampó estas impresiones sobre el vencedor en Caseros: "Rosas tuvo el mérito de ver algo más alto que la fortuna, pues hoy soporta una pobreza honorable y vive de su industria en Londres. Urquiza ha puesto la patria, la amistad, la religión, el honor a los pies de su fortuna y no tiene más Dios que ella. Él se ha vendido y ha vendido su ídolo, sus millones, como el tesorero de la primera Iglesia. Y después de entregar la patria en manos de sus fariseos, goza tranquilo del provecho de su felonía, como algunos creen que acabó sus días el falso apóstol de la religión cristiana. Pero su nombre, en la historia, tendrá el mismo honor y será tan respetado como el de Iscariote". 

José Rivera Indarte - Vicente Fidel López, su opinión sobre Rivera Indarte

 PERLITAS HISTÓRICAS

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En esta sección que llamamos "PERLITAS HISTÓRICAS", nos referimos a distintos personajes y  hechos de nuestra historia.

JOSÉ RIVERA INDARTE

Vicente Fidel López -único hijo de Vicente López y Planes- integrante importante del partido unitario y destacado componente de la llamada Generación del 37, autoexiliado en Montevideo, en su Autobiografía escrita en 1896, habla de sus compañeros de estudios y expresa unas lapidarias palabras sobre Rivera Indarte -quien posteriormente, en Montevideo, también fue compañero en su lucha contra Rosas- "Este Rivera Indarte —un canalla, cobarde, ratero, bajo, husmeante y humilde en apariencia como un ratón cuya cueva nadie conocía, tenía mucho talento y un alma de lo más vil que pueda imaginarse".

Seguridad en Buenos Aires en la época de Rosas

 Cuando Buenos Aires era más segura que Londres

                    Por Norberto Jorge Chiviló


Una de las preocupaciones actuales de los habitantes de nuestro país, especialmente del AMBA, es el tema de la seguridad.

Robos y asaltos a todas horas del día, realizados en forma individual o en bandas, incluso por menores, cada vez más violentos y agresivos, con saldos trágicos de muertos y heridos, que son ya habituales, y a los cuales desgraciadamente la población se va acostumbrando, viéndose obligados a cambiar sus hábitos de vida, evitando las salidas nocturnas, tomar determinadas precauciones al ir a trabajar y al entrar y salir de sus casas y otras.

El desinterés de parte de las autoridades al combate y la represión -palabra ésta que pareciera maldita- del delito, influidas por ciertas posiciones y doctrinas “garantistas”, han llevado a esta grave situación, que ha perjudicado y complicado la vida diaria del ciudadano decente y trabajador, quien debe estar encerrado en su casa, tras altos muros y rejas, con alambre de púas, electrificados, alarmas de todo tipo, que en muchos casos no han servido de nada ante la cada vez más avezados y desinhibidos delincuentes, quienes se desplazan con total impunidad por las calles, en desafío a toda ley y autoridad, que además se exhiben con total desparpajo por las redes sociales, mostrando sus armas y el producto de sus “trabajos y hazañas”.

Pero como se verá a continuación, no siempre fue así.

Allá por mediados de la segunda década del siglo XIX, comienza a destacarse un joven llamado Juan Manuel de Rosas, amante de la seguridad y el orden, que con el tiempo, mediante el empeño y el trabajo, llegará a ser un avezado estanciero y saladerista, logrando hacer gran fortuna. Comienza administrando estancias ajenas, después compra campos y los explota económicamente. En sus establecimientos prima la disciplina y sus órdenes son seguidas no solo por la peonada, sino por él mismo dando el ejemplo.

Con los peones de sus estancias y muchos vecinos de la campaña formó a su costa, un cuerpo de caballería de cívicos, llamado los Colorados del Monte, que más tarde pasarán a ser el 5to. Regimiento de Caballería. Se destacaban por ser un cuerpo disciplinado a tal punto que cuando algún miembro cometía un delito era severamente castigado. Su consideración entre la población fue creciendo día a día. Era considerado “hombre de orden”.

En los aciagos momentos de la llamada “anarquía del año 20”, los Colorados se destacaron en el restablecimiento del orden en Buenos Aires, sobresaliendo por el respeto hacia la población de la ciudad, diferenciándose de los cuerpo de línea, indisciplinados y que cometían todo tipo de tropelías. Esa diferenciada actuación mereció el elogio de la prensa y de importantes figuras de la época, como por ejemplo Fray Cayetano Rodríguez quien en un verso que les dedicó, los llamó “Nobles hijos del sur, bravos campeones” y la calle por la cual ingresaron a la ciudad, pasará a llamarse del “Buen Orden”.

El representante chileno Miguel José de Zañartú, en carta al gobernador de Mendoza, Godoy Cruz, dedicó estas palabras de elogio hacia las tropas de Rosas en aquella ocasión: “El denuedo, bizarría y coraje del Batallón de Rosas, harían honor a las tropas mismas de Napoleón”. (1)

Ya restablecido el orden, en el Manifiesto del 10 de octubre de 1820 que el Comandante Rosas, dirigió al “Benemérito pueblo de Buenos Aires” se destacaba entre otros pedidos que hacía: “…Sed sumisos a la ley”. (2)

Ocho años después, el 1° de diciembre de 1828, por el motín dirigido por el general Juan G. Lavalle y el grupo unitario que lo secundaba, vuelve el quiebre del orden y lo que es aún peor, este jefe, alentado por el grupo unitario y sin motivo legal alguno, dispuso el asesinato mediante fusilamiento del legítimo gobernador, coronel Manuel Dorrego, desencadenándose una cruenta guerra civil entre sus fuerzas unitarias y las milicias bonaerenses federales bajo el mando del ya coronel Rosas. Un cronista de la época, Juan Manuel Beruti, cuyas observaciones fueron compiladas en un libro titulado Memorias curiosas, describe el actuar anárquico de las fuerzas unitarias y las compara con el orden y disciplina imperantes en el ejército de Rosas, restauradoras del orden y la legalidad, quienes se impusieron en la lucha. (3)

Cuenta, que unos soldados de Rosas, ingresaron a una vivienda donde estaba de visita el sacerdote Mariano Medrano, a quien desnudaron de sus vestidos, “los que aprehendidos, les quitaron la ropa, se devolvió al cura y el ladrón o ladrones, de orden de Rosas fueron fusilados”, cuenta también el caso de otra partida, que habían robado a un vecino “la que antes de salir de la casa fue presa y desarmada por otra… que al mismo tiempo llegó…” se devolvió lo robado y “llevaron al ejército de Rosas a los delincuentes que fueron diez los aprehendidos e inmediatamente todos fueron fusilados”. (4)

Restablecida la legislatura provincial, un año después que había sido disuelta por el motín del 1° de diciembre, fue nombrado Rosas como gobernador de la provincia, cargo que asumió el 8   de diciembre de 1829.

El nuevo gobernador comenzó a recorrer los pueblos de la campaña, donde se interiorizó de graves problemas, entre ellos, edilicios de escuelas e iglesias como así también de seguridad de sus habitantes.

Pero no solo la provincia, sino también todo el país se encontraba anarquizado, por lo cual se propuso imponer orden en todos los aspectos. En este artículo solo me referiré al tema de la seguridad, represión de la delincuencia y el orden logrado durante sus dos períodos de gobierno: 1829-1832 y 1835-1852.

Uno de los primeros actos de gobierno fue confirmar al jefe de policía, coronel Gregorio I. Perdriel, que había sido nombrado por el anterior gobernador Viamonte.

Hasta entonces, la campaña estaba dividida en diez distritos, que contaba cada uno con un comisario y cinco efectivos; el nuevo gobernador creó en enero de 1830, once distritos más, nombrando los comisarios y elevando el número de efectivos a nueve en cada uno de los veintiún distritos. Posteriormente sustituyó a los Comisarios por Jueces de Paz.

Guillermo Enrique Hudson, cuenta en su libro Allá lejos y hace tiempo, que siendo niño, durante los últimos años del gobierno de Rosas, su padre, era “un admirador ferviente de Rosas” y que el gobernante porteño era “terrible en su cólera para con los malhechores”. (5)

Rosas combate al delito
Decreto del 20 de febrero de 1830


A dos meses y medio de la asunción del mando de la provincia, Rosas dictó un decreto el 20 de febrero de 1830, refrendado por su ministro Tomás Guido, cuyos considerandos son elocuentes sobre el problema de la inseguridad en la que se encontraba la provincia y coinciden con lo que hoy día ocurre en parte de nuestro país y que por la claridad de sus conceptos exime de mayores comentarios y dice así:

 “Considerando al Gobierno que nada conviene tanto para morigerar los habitantes de la campaña e inspirarles amor al trabajo y al orden que una protección decidida al ciudadano laborioso, y un castigo imponente a los malhechores;

“Que por una experiencia constante, una gran parte de verdaderos y clásicos delincuentes eluden la ley, desde que se les somete a juicios ordinarios, y tornan a acechar la seguridad y el reposo del vecino pacífico, y aun amargar la existencia de las mismas autoridades, que les han perseguido en la campaña;

“Y que el uso más saludable que puede hacer el Gobierno de las facultades ordinarias y extraordinarias que le estén concedidas por la ley, es el de hacer sentir una poderosa protección a la vida y fortuna de los honestos ciudadanos, o una severidad inflexible contra los infractores de la ley…”, y por lo tanto decretaba:

“Art. 1° –El coronel D. Gervasio Rosas, comisionado especial para la organización de la sección sud de la Campaña, es autorizado, con las facultades que la ordenanza general del Ejército acuerda, para obrar en casos extraordinarios con toda la plenitud de ellas, contra los asesinos, ladrones y salteadores.

“Art. 2°.- Aprehendidos que sean se les formará un breve sumario, y con audiencia verbal del reo, y demás formalidades prevenidas, será castigado hasta con la última pena, según la naturaleza del delito, dando cuenta con el sumario y diligencia de ejecución.

“Art. 3°.- Los decretos y órdenes generales contra los ladrones y asesinos, serán  puntualmente observados, obrando con arreglo a ellos el comisionado coronel D. Gervasio Rosas.

“Art. 4° -Imprímase, publíquese y circúlese a las justicias civiles y militares de la sección Sud…”

En la campaña eran frecuentes las pulperías volantes que iban de un lugar a otro, fomentando la ebriedad y el juego. Por decreto del 18 de febrero de 1831, fueron prohibidas, estableciendo sanciones, como el decomiso de mercaderías y el arresto para los pulperos para el caso de incumplimiento.

En marzo de 1831, se creó la Compañía de Caballería Auxiliar de la Policía, que fue sustituida cinco años después por los Vigilantes a Caballo.

Al fallecimiento del coronel Perdriel en marzo de 1832, fue nombrado interinamente al frente de la jefatura de la Policía, el uruguayo Bernardo Victorica.

Podemos consignar que la cárcel en la ciudad, funcionaba en dependencias del Cabildo y desde 1823, el edificio de la Casa Central de la Policía, (o Jefatura de la Policía), se encontraba lindero al Cabildo, frente a la por entonces Plaza de la Victoria. Después de la instalación del campamento militar en los Santos Lugares de Rosas, había también un lugar destinado a cárcel.

Cuando Rosas asumió su segundo período de gobierno el 13 de abril de 1835 con la suma del poder público, Victorica se encontraba en forma interina al frente de la Policía y Rosas lo mantuvo en el cargo hasta 1845.

El combate al delito
Aviso de Policía sobre el
Decreto del 8 de marzo de 1836


El 8 de marzo de 1836, se dispuso mediante decreto que “a todo individuo a quien se le oyera por las calles, pulperías o en cualquier otra parte, hablar o proferir alguna palabra o palabras obscenas o descorteses, los jóvenes muchachos serán destinados a tambores y trompas en los cuerpos de línea, con recomendación para que no se les afloje ejercicio tarde y mañana, a fin de que sean corregidos en un vicio tan perjudicial a la sociedad, y los hombres destinados al servicio de las armas en los referidos cuerpos por 4 años… Del mismo modo serán destinados a tambores y trompas los muchachos que se encuentren por las calles y demás lugares públicos, jugando a la cañita, al hoyito, changuita, montoncitos o en alguna otra cosa mal entretenidos…”

José María Ramos Mejía en el libro Rosas y su tiempo, comenta que “Las que los aprovechaban mejor [estas incorporaciones de jóvenes], eran las bandas lisas que con tanto orgullo ostentaban todos los regimientos. Treinta y hasta cincuenta lindos muchachos atronaban el aire de la tranquila ciudad con el violento y acompasado ritmo de las cajas y el ruido agudo de sus pitos, admirablemente coordinados en el concierto marcial de tan pintorescos desfiles. Esas bandas lisas eran el lujo de los cuerpos de línea. Había algunas, como las del regimiento de Restauradores, que durante mucho tiempo costeó de su propio peculio el coronel don Félix de Álzaga, que tenía un numeroso personal de corpulentos efebos blancos y ´negros destinados´. Algunas llegaban hasta setenta y cinco entre pitos, tambores y cornetas. Bien enseñados por el Tambor Mayor, difundían por toda la ciudad una viva sensación de belicosa alegría, cuando pasaban atronando los aires con sus cajas monumentales. El ruido y la curiosidad que despertaban en el pueblo, la dura disciplina a que estaban sujetos y las naturales tendencias del pilluelo criollo a la guerra y al arte musical, hizo de ellos los maestros de banda que después se distribuyeron en el ejército”. (6)

 En 1840 se dictó un nuevo reglamento para el cuerpo de los Serenos de la ciudad, sobre “Obligaciones que deben llenar”. Oficialmente no eran un cuerpo oficial de policía, pues si bien dependían funcionalmente del jefe de Policía, su paga estaba costeada por el vecindario mediante el “Impuesto de Serenos”, administrado por una Comisión Directiva, a la cual también estaban subordinados.

En ese Reglamento se detallaban cada una de sus obligaciones, entre las cuales se encontraban algunas de carácter administrativo como la relación con la Comisión Directiva, sueldo, elementos que se le proveían y otras referidas al servicio, como horarios, forma de vigilancia, procedimiento ante determinadas circunstancias, señales que debía hacer por medio del pito, atención que debía prestarle al vecino que le requiriera como llamar al médico o al sacerdote, controlar que las puertas de las casas y comercios estuvieran bien cerradas, como así también que los faroles estuvieren encendidos, mantener y controlar el orden, cada treinta minutos debían cantar la hora y el tiempo, siendo estas algunas de sus obligaciones; sobre el uso de su arma aclaraba que debía hacerlo “con la prudencia posible”, “recomendándole muy especialmente que cuando usare de ellas, tendrá que probar haber sido atacado”. Mientras durasen en el cargo estaban eximidos de todo servicio militar. (7)

Después de algunos intentos realizados por el gobierno de Rosas, para reencausar los juegos del Carnaval, que con sus excesos y abusos que crecían año tras año y que tanto malestar ocasionaban tales desenfrenos a parte de la población que no querían participar de los mismos, los prohibió mediante decreto del 25 de febrero de 1844, por considerarlos opuestos a la cultura social. Me remito al artículo de mi autoría, ya publicado en esta revista. (8)

A fines de enero de 1845, Victorica se retiró de la institución policial, siendo reemplazado por el general Pablo Alemán, quien falleció ocho meses después, siendo entonces designado interinamente para cumplir tal función el Oficial 1° Juan Moreno, quien se desempeñó hasta el final del gobierno rosista.

El 12 de mayo de 1848, se creó una casa-cárcel para corrección de mujeres, disponiéndose que “Se buscará una casa aparente y segura con la comodidad y extensión necesaria, en un punto saludable y con suficiente terreno aparente para huerta y jardín, que se alquilará por cuenta del Estado”. En el decreto se establecía que el lugar contaría con un Alcaide y una Alcaidesa, para el cuidado, orden y moralidad, y “no podrá introducirse ninguna persona que no sea de los empleados que la custodien y las sirvan, ni licores de ninguna clase, y estará sujeta al reglamento y órdenes vigentes respecto de la cárcel de Cabildo”. Una pieza sería destinada a Capilla, para que un sacerdote capellán confesara y diera Misas los domingos y días de guardar. También contaría con un médico. Las internas recibirían a su entrada un vestuario y demás elementos para el descanso y el aseo y debían trabajar en la confección de prendas, cuyo corte los efectuaría un sastre y los géneros serían proveídos por el Estado y por esa tarea las reclusas recibirían un salario mensual. También estaba previsto que una mujer les enseñara “los rezos necesarios, hacer coro en la oración y el rosario por la noche en la capilla”. (9)   

Todas estas medidas, tomadas durante el largo período del gobierno de Rosas, fueron dando los resultados esperados, con una disminución de los delitos, tanto en la ciudad como en la campaña, con el consiguiente castigo de sus autores.

Como prueba de lo manifestado podemos considerar la opinión de personajes importantes como el del Padre Anthony Dominic Fahy, irlandés que arribó al país en 1843, capellán de la numerosa población irlandesa, que realizó una proficua actividad apostólica. En 1847, hubo en su tierra natal una gran hambruna por la pérdida de la cosecha de papa, que sumada a una epidemia, produjo muchísimas víctimas. Julio Castellanos, relata que Fahy mandó a Irlanda un importante donativo y en la carta que remitió a sus connacionales los invitaba y recomendaba a emigrar hacia nuestro país “donde encontrarán una amplia recompensa de su trabajo… El gobierno extiende la máxima protección al extranjero, y los nativos son proverbialmente hospitalarios y generosos". (10)          

En marzo de 1849 la revista trimestral católica Dublin Review (Revista de Dublin), editada en Londres, que contaba con el patrocinio de las autoridades eclesiásticas católicas, publicó un artículo crítico hacia el gobernador de Buenos Aires, a quien atacaba atribuyéndole todo tipo de crueldades y arbitrariedades. Ese artículo había sido inspirado por el cónsul general del gobierno de Montevideo en Londres, el general Juan O'Brien.

El Padre Fahy considerando que los cargos hacia el gobernante porteño eran infundadas e injustas, mandó una carta a las autoridades eclesiásticas patrocinantes de aquella publicación y también al director de la Gaceta Mercantil, el 7 de noviembre de 1849, que se publicó al día siguiente. La edición se agotó y la carta fue publicada nuevamente pocos días más tarde. El día 19 el periódico sacó una nueva edición con la transcripción de la carta en español, inglés y francés, en tres columnas paralelas; concebida esa edición para su distribución, principalmente en Europa.  En cuatro números del Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo fue reproducido en su totalidad el texto de aquella publicación y la carta de Fahy.

En esa carta, califica de “inexacta y engañosa” y “fábula”, los términos de aquella publicación, y en referencia a la persona y al gobierno de Rosas decía: “…Este recto magistrado que extiende tanta y tan ilustrada protección a todos los habitantes de este país que ha establecido el imperio de orden…”, y califica su administración como “…íntegra, benéfica y protectora de los derechos y propiedades de todos. Su protección se ha extendido siempre y se extiende del modo más amplio a los irlandeses católicos, a los demás súbditos británicos, a todos los extranjeros, así como a los naturales del país que en la lucha pasada fueron adversarios del Gobierno y de la nación, unidos a empresas extrañas. Una de las cualidades que más sobresalen en la conducta de S. E. el Sr. Gobernador, Brigadier D. Juan Manuel de Manuel de Rosas, y en su sistema de Gobierno, es la clemencia hacia los que quedaron vencidos y la más generosa liberalidad respecto de los extranjeros y su comercio”.

“No hay desórdenes de ninguna clase ni prisión, ejecuciones o destierros por atentados políticos, desde hace más de seis años. Los delitos ordinarios son muy pocos; y los que ocurren son castigados”.

“El elevado carácter, los hechos, los actos gubernativos del Excmo. Sr. General D. Juan Manuel de Rosas, de que he sido testigo, reprimiendo siempre los desórdenes y delitos y la opinión y convicciones de los habitantes de este país que ha tenido tantas ocasiones de saber, desmienten altamente aquellas fábulas cuya absurdidad quedó en mayor transparencia por la contradicción oficial que les dió en 1845 el Cuerpo Diplomático Extranjero residente en esta ciudad”. (11)

El 10 de mayo de 1847 arribó a nuestro país la Misión francesa a cargo del Conde Alexandre Colonna Walewsky, para tratar con el gobierno de la Confederación Argentina el restablecimiento de la paz. Oficiaba como Secretario de la Misión, Alfred de Brossard.

Un poco más de dos meses regresaron a Francia y en 1850 Brossard publicó en París cinco libros sobre las Repúblicas del Plata y sus relaciones con Francia e Inglaterra. En 1942 se tradujeron y publicaron en Buenos Aires tres de sus libros bajo el título Rosas visto por un diplomático francés.

Con respecto a la seguridad, manifestó: “…el terror que inspira la severidad bien conocida del general Rosas y la vigilancia de su policía, [ha hecho] que los crímenes contra las personas y aun contra las propiedades son infinitamente raros. Así es como se han registrado sólo tres condenas de muerte por homicidio en todo el curso del año 1846”.

“…La administración de policía desempeña un gran papel bajo la administración del general Rosas y hay que hacerles a los dos el elogio de reconocer que cumplen admirablemente con su deber. La mayor seguridad reina en la ciudad y en el campo y el más ligero desorden es reprimido de inmediato”. (12)

El comerciante inglés Willian Mac Cann, persona con una gran cultura, arribó en 1842 para afincarse y desarrollar sus actividades en Buenos Aires. Al tiempo regresó a Inglaterra.     En su país, había gran inquietud y alarma, sobre la suerte que hubieran podido correr los compatriotas residentes en la Confederación Argentina, teniendo en cuenta que en aquél momento estaba en apogeo el bloqueo anglofrancés, por lo cual se temía que les hubiera podido ocurrir algo grave, por lo cual decidió volver para recorrer las  provincias argentinas y constatar la veracidad de aquellas inquietudes.

Ya en nuestro país, realizó dos travesías a caballo. En la primera desde el 29 de abril al 11 de junio de 1847, recorrió 200 leguas hacia el sur, donde visitó las estancias de Buenos Aires, propiedad de sus connacionales pasando por Magdalena, Chascomús, Dolores, Azul, Tapalquén y Tandil, siendo ésta la frontera con los indios. Cuando regresó a Buenos Aires, se entrevistó con Rosas, que lo invitó a su residencia de Palermo y quien le dio toda clase de seguridades para realizar su viaje a caballo por el litoral y Córdoba. En esa segunda travesía recorrió 570 leguas más.

De esa conversación con el Gobernador, cuenta que “Aludiendo a mis propósitos de viajar a través de las provincias y juzgar por mí mismo del estado del país, me dijo que todo lo que él quería y lo deseaba el país entero era que se hablara con positiva verdad…”

“Había notado mi desconfianza en punto a la seguridad personal de que podría gozar en mi proyectado viaje al norte, y reconoció que era muy natural, puesto que me aprestaba a visitar regiones adonde los ingleses habían llevado la guerra y donde sin duda existiría alguna indignación contra los extranjeros, pero me dio la seguridad de que ningún extranjero sería insultado ni molestado, porque el gobierno había impartido órdenes estrictas a ese respecto”.

En esas dos travesías sufrió los rigores del clima, la soledad de la llanura y estuvo expuesto a muchas penurias y peligros, teniendo contactos con indios, gauchos y pobladores extranjeros quienes lo hospedaron en sus estancias, donde las modestas casas rurales le hicieron recordar las viviendas de las afueras de Sheffield.

Ese extenso viaje “…había dejado en mí un sentimiento de gratitud, tanto por haberme visto libre de todo daño, como por la bondad y hospitalidad que tan espontáneamente se me había brindado en todas partes. …durante varias semanas, viajando por esas vastas llanuras escasamente pobladas, había encontrado la más bondadosa acogida en todas partes, sin distinción de razas ni clases, tratárase del indio menesteroso, del paisano pobre o del estanciero acaudalado”, sintiéndose agradecido por “la hospitalidad recibida”.

Se admiró de la tranquilidad que reinaba en la campaña de la provincia: “Los dueños de pulperías, residentes en lugares apartados de todo centro de población, viven -al parecer- sin ninguna protección ni garantía en cuanto a sus personas y bienes, siendo de admirar la confianza con que dichos mercaderes llevan una vida de peligros expuestos a los ataques de merodeadores y ladrones. Se me ha asegurado que no ocurría lo mismo en tiempos anteriores al gobierno de Rosas. Sea como fuere el sistema implantado por este último -que somete a la pena capital a todos cuantos violan las leyes del país, sin distinción de clases- ha terminado casi por completo los robos y tropelías”. También pudo comprobar “la paz y prosperidad en que vivían los pobladores ingleses”. (13)

Se cree que después de la caída de Rosas abandonó nuestro país y en 1853 en Londres publicó Two Thousand miles’ride through the Argentine Provinces (Dos mil millas a caballo, a través de las Provincias Argentinas) una obra que en realidad es un libro de viajes donde volcó sus atentas y agudas observaciones y las experiencias recogidas durante su viaje, describiendo las costumbres del pueblo de nuestro país conocidas a través de su travesía, como así también sobre el sistema imperante en la Confederación Argentina y sobre la personalidad y costumbres de Rosas, apreciaciones de lo que vio y escuchó, lo que hizo con sencillez, sin apasionamientos, sujetándose a la verdad y alejado de toda fantasía. Esa obra fue traducida en nuestro medio por José Luis Busaniche y se publicó con el nombre de Viaje a caballo por las provincias argentinas.

Otro viajero incansable, el francés Xavier Marmier, vino a Buenos Aires en abril de 1850 y en agosto se trasladó a Montevideo. Al año siguiente publicó en Bruselas una obra Lettres sur l'Amerique, donde narró las experiencias de sus numerosos viajes por muchos lugares, entre ellos el que realizó en ambas orillas del Plata. Este libro fue traducido por José Luis Busaniche y publicado en Buenos Aires en 1948 con el título Buenos Aires y Montevideo en 1850.

En el Prólogo, Busaniche describió el porqué del viaje de este viajero a Buenos Aires, “No cuesta mucho advertir que el atractivo principal del Río de la Plata para Xavier Marmier, en aquel año de 1850, lo constituía el dictador Juan Manuel de Rosas, cuyos triunfos diplomáticos frente a los dos países más poderosos de Europa, eran comentados en América y en el viejo mundo. Y con Rosas, Montevideo, la Nueva Troya, donde luchaban cantidad de franceses y donde Francia tenía considerables intereses materiales. Por eso Buenos Aires resultaba para el viajero, ciudad de tantos atractivos”.

En esta obra, Marmier trata bastante mal a Rosas, a quien no duda en designarlo como “tirano”, “sanguinario” y otros epítetos del mismo estilo, pero destacó también el trato correcto que recibieron los residentes extranjeros durante su gobierno, cuando dice: ”…Rosas se ha hecho un deber en proteger a los extranjeros de un modo muy especial. Cuando la diplomacia europea entra en negociaciones con él, ese es uno de sus principales argumentos. 'Considere usted -le dice al ministro de Inglaterra-, considere usted  -le dice al ministro de Francia- todo lo que yo hago por sus compatriotas. ¿No gozan de privilegios? ¿Han sufrido la menor injusticia o el menor vejamen?'…esta benigna política, seguida fielmente -hay que decirlo- por Rosas con los extranjeros…”. 

Resaltó: “…También debo decir, si he de ser justo para con él, que ha organizado un excelente servicio de policía en las calles de Buenos Aires y que, como consecuencia de sus expediciones contra los indios, el camino que va de Buenos Aires a la Cordillera de los Andes, ofrece ahora más seguridad que nunca”. (14)            

Ese estado de seguridad que se vivía en la Confederación Argentina, no solamente surge de lo relatado por diversos personajes como hemos señalado precedentemente, sino que la prensa en el mundo se hacía eco de tal estado de cosas.

En el artículo “Rosas” publicado en el periódico parisino La Presse del 21, 23 y 24 de setiembre de 1843, puede leerse “En Buenos Ayres… nadie es asesinado hoy o robado… Podéis hoy atravesar las Pampas, descansar a la sombra del Ombú, cuyo tramos gigantescos pueden abrigar una aldea… podéis internaos a trescientas leguas delante de vos, hacia el pie de los Andes; pedir la hospitalidad en las chacras (cabañas) a los estancieros, esparcidos en las llanuras en pos de sus inmensas haciendas; en fin, dormir o viajar en seguridad sin tener un solo encuentro desagradable”.

“¿Cuál es, pues, el prestigio tan poderoso para garantir con su inviolabilidad en un espacio de unas mil leguas cuadradas, donde poco ha no se podía dar un paso sin tener que temer por su bolsillo o por su vida?: El solo nombre de Rosas”. (15)

El 16 de diciembre de 1845, el Journal of Commerce de Nueva York, publicó: “La Policía de la ciudad y de la campaña no puede ser mejor. El robo es casi desconocido. Nuestros oficiales de marina y los extranjeros recorren solos las Pampas, y en perfecta seguridad. El crimen es castigado allí, y sus juzgados del crimen son tan regulares como los de cualquiera parte de nuestro país… El Gobernador Rosas es hombre muy firme, que raras veces perdona los crímenes…” (16)

También en el debate de la Cámara de Pares de Francia, en la sesión del 14 de enero de 1846 para tratar sobre los “negocios del Río de la Plata”, el Marqués de Grabiac, expresó: “[Rosas]…Encontró a Buenos Aires y las provincias asoladas por las guerras civiles; en las ciudades ladrones y asesinos; en el campo salteadores y tiranuelos; el país arruinado… los extranjeros asustados, y el comercio destruido. Ha contenido a los asesinos, a los tiranuelos… se ha podido andar en Buenos Aires de día y de noche, ha restituido al comercio y a la agricultura la seguridad de que precisaban…“ (17)

Hubo casos muy resonantes y que registra la historia, sobre graves crímenes y delitos cometidos en Buenos Aires, por ejemplo el caso del robo y asesinato del agente de bolsa Felipe Achinelly cometido por un supuesto cliente en junio de 1845 (18); en noviembre de ese año un jardinero que trabajaba en el caserón de Rosas en Palermo de San Benito, el gallego Antonio Pose, fue asesinado por un matrimonio con el cual compartía la habitación de una pensión, quienes se quedaron con la suma de $ 2.100 que la víctima tenía ahorrado y para deshacerse del cadáver, procedieron a descuartizarlo, diseminando partes del cuerpo por distintos lugares de la ciudad (19) y por último mencionaré el caso de la estafa a la Casa de la Moneda, hecho cometido a fines de diciembre de 1851, por el cual un tal Andrés Villegas, quien valiéndose de un documento con la firma apócrifa -bien lograda- de Rosas, se hizo entregar la suma de $ 2.000.000. (20) Esos delitos fueron resueltos en pocos días, por no decir horas, por la eficiente actuación policial y castigados los hombres con la pena capital y la mujer interviniente en el caso del descuartizado recibió la pena de cinco años de cárcel.

Por último voy a referirme al comentario que dio origen al título de este artículo y que pertenece al teniente inglés Lauchlan Bellingham Mackinnon, quien participó como oficial de la corbeta a vapor HMS Alecto de todas las acciones de la Guerra del Paraná, posteriores al combate de Vuelta de Obligado, ya que arribó a la rada de Montevideo en enero de 1846.

El 31 de agosto la corbeta trasladó a Buenos Aires, a Mr. Thomas Samuel Hood, plenipotenciario enviado por Londres con la misión de negociar la paz con la Confederación Argentina, lo que les permitió a los oficiales de la Alecto bajar a tierra, pasear y moverse por la ciudad con total libertad y seguridad, constatando “la felicidad de país”.

Sus experiencias vividas en 1846, las volcó dos años después en su libro Steam Warfare in the Paraná, A narrative of Operations by the Combined Squadrons of England and France in Forcing a Passage up that river, que fue traducido al castellano por José Luis Busaniche, con el título La escuadra anglofrancesa en el Paraná, 1846.         

Como testigo imparcial y presencial, hizo una interesante comparación sobre la situación de la sitiada Montevideo y Buenos Aires, destacando sobre la primera que “Los altos funcionarios de los dos países más poderosos del mundo eran, de facto, los gobernantes de la ciudad, porque los gobernantes nominales dependían enteramente de ellos”.

 “Chocante era el contraste. En Montevideo con toda la civilización que se supondría traída por los jefes, militares y civiles, de las dos grandes potencias europeas, la ciudad era excesivamente sucia y la policía peor que inútil; constantemente cometíanse crímenes en pleno día, así contra los habitantes como contra marineros y soldados europeos”.

"En Buenos Aires, por lo contrario, reinaba la mayor seguridad de vida y propiedades; la policía estricta y eficaz hacía que la ciudad resultara tan segura, sino más, que las calles de Londres. Un gobierno vigoroso imponía el debido respeto a las leyes; y los oficiales británicos se sentían no sólo más seguros en sus personas, por más que estuvieran en ciudad enemiga, sino aún tratados con más cortesía que en Montevideo. Sean cuales fueren las fallas de Rosas, él puede jactarse de que su ciudad es la del orden y seguridad, mientras que Montevideo, bajo otras influencias, es presa de la anarquía”. (21)

 

Referencias.

(1) BUSANICHE, José Luis. “Rosas visto por sus contemporáneos”, Hyspamérica, Bs. As., 1985, pág. 15.

(2) BILBAO, Manuel. “Historia de Rosas”, Editorial Losada Argentina, 2da. Edición, Bs. As., 1940, págs. 48 y 49.

(3)  BERUTI, Juan Manuel. “Memorias curiosas”, Emecé Editores S.A., Bs. As., 2001, págs. 418 a 421.

(4) BERUTI… ob. cit., pág. 420.

(5) HUDSON, William Henry. “Allá lejos y hace tiempo”,  Emecé Editores S.A., Bs. As., 1999, pág. 105.

(6) RAMOS MEJIA, José María. “Rosas y su época”, Emecé Editores S.A., Bs. As., 2001, págs. 550/551.

(7) Puede leerse este reglamento en la página web: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/search?q=reglamento+de+serenos

(8) CHIVILO Norberto Jorge. “Juegos y excesos en los carnavales porteños”, Revista Todo es Historia de febrero de 2024, pág. 37 y sgtes.

(9) Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 4, Bs. As., 1939, pág. 176 a 178. Se puede leer la totalidad del decreto en: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2007/12/documentos-decreto-mayo-12-de-1848-rosas.html

(10) CASTELLANOS Julio. “Rosas Juzgado por los extranjeros”, segunda parte, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 7, Bs. AS., 1941, pág. 57 a 59). La carta completa puede leer en su totalidad en: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2020/07/sobre-el-gobernador-rosas-por-antonio.html

(11) “Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo” N° 19 del 7 de setiembre de 1850, pág. 54 y sgtes.; N° 20 del 21 de setiembre  de 1850, pág. 56 y sgtes.; N° 21 del 16de diciembre de 1850, pág. 15 y sgtes- y N° 22 del 8 de enero de 1851, pág.1 y sgtes.

(12) BROSSARD Alfred. “Rosas visto por un diplomático francés”, Editorial Americana, Bs. As., 1942, págs.324, 325.

(13) MAC ANN William. “Viaje a caballo por las provincias argentinas”, 2da. Edición, Imprenta Ferrari Hnos., Bs. As., págs. 136, 157, 159.

(14) MARMIER Xavier. “Buenos Aires y Montevideo en 1850”, Edit. El Ateneo, Bs. As., 1948, págs. 9, 36 y 108.

(15)  “Archivo…” N° 13 del 20 de julio de 1844, pág. 366 y sgtes. Se puede leer el artículo completo en el siguiente link: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2025/12/rosas-segun-el-diario-parisino-la.html

(16) “Archivo…” N° 27 del 13 de junio de 1846, pág. 18 y sgtes. Se puede leer el artículo completo en el siguiente link: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/08/rosas-visto-por-un-periodico.html

(17) “Archivo…” N° 28 del 30 de julio de 1846, pág. 33 y sgtes. Se puede leer el discurso completo en el siguiente link: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/09/debate-en-la-camara-de-pares-de-francia.html 

(18), BILBAO Manuel (h) ó BILBAO RIVERA Manuel. “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires”, Edic. Dictio, Bs. As., 1981, pág. 187 y sgtes.

(19) BILBAO… Ob cit, pág. 139 y sgtes.

(20) BILBAO… Ob. cit., pág. 151 y sgtes. 

(21) MACKINNON Lauchlan Bellingham. “La escuadra anglo-francesa en el Paraná 1846”, Librería Hachette S.A., Bs. As., año 1957, págs. 36, 37, 224.