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domingo, 1 de junio de 2014

Combate de Las Vizcacheras - Batalla de Puente de Márquez - Testigo presencial - Prudencio Arnold

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pag. 6  a 9 

El relato de un testigo presencial

El coronel Prudencio Arnold (ver ER N° 12) fue testigo presencial de las acciones de las Vizcacheras y Puente de Márquez, en las que combatió siendo entonces un joven teniente de las fuerzas federales y que muchos años más tarde escribió sus memorias tituladas "Un soldado argentino" (editadas por EUDEBA) dejándonos el siguiente interesante relato sobre ambas acciones:


"... el general Lavalle abandonaba la campaña de Buenos Aires, pasando a la de Santa Fe, a batir al gobernador don Estanislao López, de esa provincia y al general Rosas, dejando en el Sur al comandante Estomba, con bastante fuerza para atender a nosotros, que éramos pocos, y de comandante general de campaña al coronel don Federico Rauch, que era el jefe del regimiento “Húsares del Plata” y también de otras fuerzas más, las suficientes para concluirnos con mejores disposiciones que las que ellos ejecutaron.

El coronel Rauch nos miró con desprecio por nuestra inferioridad numérica y también por la composición de nuestros elementos de guerra y porque el general Lavalle había recorrido en triunfo la campaña Sur, destrozando la división, que comandaba Meza en “La Colorada” y los restos que escaparon, fueron sorprendidos por las fuerzas del mismo Rauch en “Las Palmitas” y Arroyo del Medio, en el partido del Pergamino.

Cuando supo el contraste que habían sufrido los atrincherados de la Guardia del Monte, se puso en marcha precipitada hacia ese punto, donde creyó tomarnos por sorpresa durmiendo sobre nuestros laureles, lo que hubiera sido difícil, si la suerte de las armas no se hubiese interpuesto.

Después del triunfo que obtuvimos en la Guardia del Monte, los jefes no quisieron subordinarse a Miranda por justas razones y Miranda tuvo que conformarse con esa resolución de la mayoría, aunque de mala gana.

Se reunieron todos en “Las Perdices”, distante como a una legua del pueblo, para acordar sobre el que debía ser elegido y no pudiendo satisfacer las aspiraciones de los ambiciosos, la división se deshizo, tomando cada jefe con su fuerza para donde mejor le pareció.

Los comandantes Castro y Leandro Ibáñez se fueron para Chascomús, distante de allí 17 leguas. Eran los que estaban mejor armados, siendo a consecuencia de esta separación que no se encontraron en la batalla de “Las Vizcacheras”.

Los demás jefes se conservaban a poca distancia, y, volviendo a nueva reunión, se convinieron en obedecer al comandante don Juan Aguilera, como superior y a don Bernabé Sal, como segundo jefe, quedando así nuevamente organizada la dirección de las fuerzas.

Fui nombrado con una partida para hacer guardar el orden por las orillas del pueblo y encontrando a un hombre de campo, que me pareció no ser de los nuestros, lo interrogué sobre su procedencia y me contestó así:

“Me manda don Luis Dorrego a avisar a la primera partida de federales que encuentre, que Rauch viene a atacarlos. Anoche quedó en la laguna de ‘Colis’ y tal vez esté a la madrugada por aquí”.

Todo era verdad, lo que decía este hombre desconocido.

Los jefes, en conocimiento de esta noticia dudaron al principio de la veracidad del desconocido, pues suponían que éste fuese algún bombero del enemigo. Mas de todos modos era necesario ponernos en marcha, como efectivamente lo hicimos, pasadas las doce de la noche, ordenándole al desconocido y por vía de precaución, permaneciese en el pueblo, hasta después de salir el sol, bajo pena de la vida. Nos dirigimos hacia el Salado para pasarlo por el desplayado.

Después que aclaró el día, nos llegó la noticia de que las partidas del coronel Rauch habían entrado al pueblo, matando a los hombres que encontraron por las calles y algunos a la legua y media, donde fueron alcanzados; al mismo tiempo se nos avisaba que estaba acampado en la laguna de “Las Perdices”, distante de la Guardia del Monte una legua hacia el Sur.

El desconocido no nos había engañado, pues. Nosotros hicimos alto para comer, como a tres leguas del Salado.

Serían las cuatro o cinco de la tarde, cuando recibimos el parte en que se nos comunicaba que la fuerza enemiga venía en marcha hacia el mismo paso del Salado, dejando en “Las Perdices” siete hombres fusilados.

En vista de este aviso, marchó el comandante don Pedro Lorea, con su escuadrón a impedirle el pasaje, del modo que mejor pudiera.

El resto de las fuerzas marchamos en dirección a “Las Vizcacheras”, buscando la incorporación de los indios que venían del arroyo Azul, con el coronel Miñana dejando los fogones encendidos y como 30 hombres en movimiento en torno de ellos, para que el resplandor los hiciera aparecer ante el enemigo como un grueso ejército y al mismo tiempo, con el fin de formar ante él el concepto para sus bomberos. De esta manera le haríamos perder tiempo hasta la madrugada, mientras nosotros nos aprovechábamos.

Pero a Rauch no se engañaba con estos simulacros.

Los 30 hombres fueron a avisarnos que los enemigos nos seguían por el rastro.

Las fuerzas con que contaban era el regimiento Húsares, al inmediato mando del coronel Rauch; el de coraceros y número 2, comandados por el coronel don Anacleto Medina; el número 4, al mando del coronel Nicolás Medina; el regimiento Mingorena y milicias obedeciendo todas estas fuerzas al mando en jefe del coronel Rauch.

La nuestra era compuesta de los cuerpos siguientes: escuadrón Francisco Sosa, escuadrón Pedro Lorea, escuadrón José González, escuadrón Miguel Miranda, e indios mandados por el coronel Miñana obedeciendo todos a las órdenes del comandante don Juan Aguilera, como primer jefe, y don Bernabé Sal como segundo, como queda ya dicho. El número total de estas fuerzas era aproximadamente de 600 hombres, siendo las del enemigo más o menos de igual número aunque no lo éramos en armamentos, pues ellos estaban perfectamente armados y eran en su mayoría, soldados veteranos que venían de vencer al Imperio del Brasil.

Nosotros, por el contrario, contábamos con pocas armas de fuego, con chuzas de caña con clavos y tijeras rotas que servían de moharras. Además, la tropa no era bien disciplinada en el manejo de las armas, e iba entreverada; algunos soldados solo tenían como arma boleadoras.

Completaba nuestro escaso armamento un cañón de los tomados en la Guardia del Monte, el cual contaba por toda dotación un negro infante de los que aprisionamos también allí.

Marchamos toda la noche sabiendo que el enemigo nos seguía de cerca.

Multiplicábamos los chasques al comandante Miñana, para que apresurase la marcha con sus indios, hasta que al despuntar el día tuvimos aviso de que ese jefe se acercaba con las tribus capitaneadas por Mariano unos y por Nicasio Maciel otros, este último valiente cacique que murió después en Caseros.

Entonces redoblamos la marcha para incorporarnos cuanto antes con ellos. Rauch hacía otro tanto para alcanzarnos.

Por fin llegamos a la laguna de “Las Vizcacheras” casi a un mismo tiempo nosotros y los indios, entregándole nuestra caballada en seguida para que mudasen caballos de refresco inmediatamente.

En tales circunstancias el enemigo se avistó. Sin tiempo que perder, formamos nuestra línea de combate de la manera siguiente: los escuadrones Sosa y Lorca formaron nuestra ala derecha, llevando de flanqueadores a los indios de Nicasio; los escuadrones Miranda y Blandengues el ala izquierda y como flanqueadores a los indios de Mariano; el escuadrón González y milicianos de la Guardia del Monte al centro, donde yo formé.

Rectificada la formación, avanzamos sobre el enemigo, que venía apresuradamente a encontrarnos, dejando el inservible cañón y a su dotación que, como queda dicho, era compuesta del negro prisionero.

Como a 20 cuadras de nuestro punto de partida y en un campo cubierto de pajas y cortaderales altos y tupidos, chocamos con el enemigo, que venía dividido en tres columnas de ataque. 

Rauch, que venía al centro, nos arrolló acuchillándonos hacia el Este, y en dirección a la laguna “Las Vizcacheras”, sin atender a sus dos costados, que eran derrotados y perseguidos hacia el Oeste.

Rauch perdió tiempo conversando con una mujer y el negro prisionero, suponiéndose ya completamente vencedor, cuando oyó a nuestro trompa que tocaba a reunión en el campo del combate.

Rauch lo tomó por el suyo y dijo a la mujer y al prisionero: “me llaman; voy a traer mi gente, pues aquí está bueno para acampar; no se muevan de aquí, ya vengo!” y diciendo esto partió.

Cuando estuvo dentro de nosotros, reconoció que eran sus enemigos apercibiéndose recién del peligro que lo rodeaba. Trató de escapar defendiéndose con bizarría; pero los perseguidores le salieron al encuentro, cada vez en mayor número, deslizándose por los pajonales, hasta que el cabo de Blandengues, Manuel Andrada le boleó el caballo y el indio Nicasio lo ultimó.

Así acabó su existencia el coronel Rauch, víctima de su propia torpeza militar.

Este combate fue reñido y sangriento. A más de Rauch, murió el coronel Medina y el coronel Mingorena, contándose también entre los heridos muchos jefes y oficiales subalternos.

Por nuestra parte tuvimos también muchas bajas, empezando por nuestro segundo jefe que fue muerto por el enemigo o por los mismos indios, a causa del distintivo que llevaba, o bien por la mala fe de los indios.

El distintivo consistía en una cintilla del largo que ocupaban los caracteres de imprenta siguientes: “Viva la federación”, que llevábamos en el sombrero y como no alcanzasen a rodear todo el sombrero, no podían verse del lado opuesto al frente y mucho menos si el sombrero por cualquier incidente se caía.

De esto se aprovecharon los indios para matar a sus mismos compañeros, según se supo por los partes pasados por oficiales heridos por aquéllos.

Dos días después de este combate, se elevó al rango de alférez al cabo Manuel Andrada (se ha dicho antes teniente por equivocación), haciéndolo así saber a las fuerzas. Cuando se rompió filas dije a Andrada: “ya es usted oficial” y contestó:

“En ocasión un tiro de bolas vale un galón”.

Este ascenso era en premio de haber boleado el caballo al jefe de los enemigos, a quien se le cortó la cabeza y llevó hasta la Guardia del Monte, ocho leguas de distancia del lugar donde los derrotamos y tirándola de improviso por la puerta a los pies de mi señora madre y asustando la familia, le dijeron: "aquí está señora la cabeza del que iba a azotar a usted y quemarla en la plaza con su familia".

Esta amenaza la hizo el coronel Rauch en el campamento donde recibía burlas de sus compañeros, por no haber ejecutado sus primeras amenazas habiendo sido burlado por mi señora madre y que eran azotarla por el solo motivo de ser yo su contrario y ella muy estimada por los vencedores y la población a donde el día de su llegada entró matando todo el hombre que encontraba a su paso, hasta llegar a casa de mi madre donde, en vía de su intención, observóle que su casa estaba llena de heridos compañeros de él, donde el comandante Romero al morir valientemente, dejara tendidos en las calles de donde recogiólos y en los cuales se encontraba el trompa de órdenes del mismo, herido de un balazo en la mano y el vientre, producido en momentos que tocaba la corneta y quien, ya instruido por mi madre para contestar y no revelar al coronel Rauch que eran federales los que allí había, salvó sus compañeros de alojamiento, de un fusilamiento seguro y de los vejámenes a mi madre, diciendo al coronel Rauch: "estos todos son nuestros compañeros encontrándose muchos de ellos moribundos y que esta señora (indicando a mi madre) nos ha hecho el favor de recogernos de la calle para curarnos en su casa a donde casi ni cabemos, atendiéndonos como hijos, frustrando de este modo las negras intenciones del coronel Rauch, que prometió nuevamente ejecutarla; con más crueldad".

Después de este triunfo, no quedó enemigo nuestro en toda la campaña, y marchamos hasta el arroyo de "Las Conchas", próximo a Buenos Aires, con el fin de atacar la ciudad, lo que no se efectuó por mayoría de los jefes en junta de guerra y allí se dio el mando en jefe de todas las fuerzas al coronel don Prudencio O. Rosas.

Del general Rosas, ninguna orden habíamos recibido después de la derrota de Navarro. Sólo sabíamos que se hallaba en la provincia de Santa Fe, y que un chasque de él había sido tomado por los húsares en las fronteras, tomándole las comunicaciones bajo cubiertas por una trenza puesta como cabo de un "rebenque viejo".

Por simpatías a él todo lo hacíamos de nuestra cuenta y por considerarlo también autoridad legal que secundaba al gobernador fusilado. Así es que, para nosotros, en aquel tiempo nada había, faltando Rosas, ni poder humano que nos detuviera en nuestra marcha en su busca.

Juan Galo Lavalle
Juan Galo Lavalle - Litografía de Charles Decaux


Cuando el general Lavalle supo la derrota en "Las Vizcacheras" y nuestra aproximación a Buenos Aires, dejó de perseguir al gobernador López y al general Rosas, que iban en retirada hacia el Norte de Santa Fe. Contramarchó para venir en protección de la ciudad de Buenos Aires y entonces los generales perseguidos también volvieron, picándole la retaguardia. 

Nosotros nos hallábamos, como he dicho, próximos a Buenos Aires y nada de esto sabíamos en aquellos días.

Una noche, como a las ocho o nueve, recibimos orden de formar círculo a caballo. Cuando estuvo cumplida, penetró el coronel don Prudencio Rosas con un papel en la mano y nos dirigió las palabras siguientes: "El comandante general don Juan Manuel de Rosas acaba de llegar a "La Turbia" (partido de Navarro) y me ordena marchemos a incorporarnos en ese punto". Cuando llegó aquí, toda la fuerza prorrumpió en gritos de ¡viva Rosas, viva Rosas! ¡Marchemos, marchemos!... El jefe ordenaba guardar silencio; pero sus voces eran ahogadas por aquellos vivas a Rosas. Con los vivas, pronto empezaron los tiros de carabina, que nadie pudo contener hasta la media noche en que, casi concluida la pólvora que teníamos, se nos ordenó marchar, ejecutándolo hasta el arroyo de "La Choza", donde paramos antes de amanecer.

El general Lavalle, en su vuelta de Santa Fe, se había ya aproximado a nosotros aunque lo ignorábamos.

Al venir aclarando el día, Jueves Santo, sentimos al enemigo, arroyo de por medio y sobrevino una niebla tan densa que no nos alcanzábamos a ver en distancia de media cuadra. Las guerrillas empezaron a operar asimismo...

Debido a todo ello, creo que pudimos continuar en orden la marcha hasta "La Turbia".

Allí estaba el comandante general de campaña don Juan Manuel de Rosas, el hombre de nuestra predilección que con tanto gusto y sacrificio veníamos buscando desde la derrota de Navarro.

Cuando se acercó a nosotros, nuestro inmediato jefe tomó la palabra en alta voz y dijo: ¡Viva la patria, etc.!, fue contestado con entusiasmo vulgar; pero cuando llegó al viva Rosas, fue un trueno que salió del corazón de aquella muchedumbre, que hacía estremecer la tierra, demostrando claramente el entusiasmo que traíamos en el alma por aquel hombre y con el mismo brío fuimos hasta el puente de Márquez, a estrellarnos contra un ejército de las tres armas, aguerrido, valiente y considerado como el mejor, que tenía nuestra patria entonces, por la composición y antecedentes de sus jefes y tropa, reconocidos en la guerra de nuestra independencia y del Brasil, encabezado por el valiente entre los valientes de primera línea, general argentino don Juan Lavalle, y que a pesar de ser nosotros caballería y mal armada, la victoria se pronunció en nuestro favor.

Era el 26 de abril de 1829.

En la noche anterior había hecho el general Lavalle con su ejército una marcha forzada, montando sus infanterías con la intención de sorprender el campamento del general Rosas: maniobra importante para el triunfo que venía buscando aquel arrojado jefe.

Contrariado por la fortuna, lo llevó a dar equivocadamente el golpe en la vanguardia, santafecina, al mando del general don Pascual Echagüe, causándole bastantes bajas.

Aclaró el día y a poco más empezó el combate, que fue sangriento.

El general Lavalle perdió casi todas sus caballerías y cabalIadas, viéndose obligado a formar cuadro de infantería, concentrando en él la poca caballada que le había quedado.

En este estado la batalla, largaron los santafecinos un gran trozo de caballos, con cueros a la cola unos y otros atados al pescuezo, en derechura al cuadro. El enemigo se vio obligado a variarles de rumbo a cañonazos, con mal resultado, porque con este motivo salió del cuadro casi toda la caballada ensillada, siendo la más, con monturas nuevas de tropa que dijeron ser las que habían montado los infantes en la noche anterior, para llegar a tiempo a la sorpresa. 

Otros santafecinos empezaron a destruir el puente. Pero faltándoles las herramientas, no pudieron realizar su intento.

El enemigo en cuadro, se dirigió a dicho puente y así que lo pasó, hizo alto.

En este estado fui mandado a ver al señor general Rosas; lo encontré en la costa del río, cerca del puente, montado en su caballo colorado pampa, con una pierna encima del pescuezo del corcel, mirando las infanterías enemigas que empezaban a desfilar por la banda opuesta del río tiroteando a las caballerías que se aproximaban.

Me despachó, dejándolo en la misma posición. En la noche marchó el ejército vencido hasta los tapiales, quinta de Ramos Mejía, en el bañado y allí se encerró.

El señor gobernador don Estanislao López se retiró con sus tropas a Santa Fe.

El señor comandante general don Juan Manuel de Rosas, con los porteños, siguió la guerra.

El señor general don Juan Lavalle se vio obligado a salir por la noche al malón para llevar mantención para su ejército como lo hacían los indios. Tomaba en la noche lo que podía, hasta los animales caseros y contramarchaba en cuadro a volverse a encerrar en la quinta. Cuando aclaraba el día marchaba, rodeado por nosotros, con guerrillas insignificantes, llegando al bañado donde se engrosaban más durante el tiempo preciso para entrar las haciendas por el portón. Concluida esta operación, se cerraba la puerta y sólo alcanzábamos a ver algunos hombres que nos observaban desde el altillo de la casa quinta y así permanecíamos hasta la noche, hora en que nos retirábamos.

En una de estas salidas se trajo las haciendas "Del Pino", propiedad del señor general Rosas, calculadas en 8 mil vacas. Cuando el general Rosas lo supo, dijo: "Déjenlas que las lleve para que coma tanto pobre que hay en la ciudad"...

Con estas medidas de oportunidad y con la de no presentar combate decisivo en las salidas del general Lavalle, ganaba mucho Rosas, que conocía la táctica a que debía sujetar sus operaciones. No así el general Lavalle, que estaba acostumbrado a operar con ejércitos regulares, donde impera la rígida disciplina del soldado; la misma que seguía en sus salidas y regresos, sin comprender que su enemigo le iba quebrando las armas con la guerra de recursos que él no entendía, haciendo de manera que se quebrantara el espíritu de sus veteranos y más en cada salida en que verificaba en clase de malones, que no estaban en conformidad con la moral que debe hacerse observar al veterano.

martes, 1 de septiembre de 2009

Arnold y su ascenso

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 12 - Setiembre 2009 - Pag. 4 

Arnold y su ascenso a coronel 

de caballería de línea


 Nos dice Arnold en su autobiografía “Un soldado argentino”:

“Con motivo de estos acontecimientos (previos a la batalla de Caseros) y del resultado que se obtuvo mediante mi oportuna cooperación supe, después, que el señor general Rosas había acordado ascensos a mi favor, extendiéndome despachos de coronel de caballería de línea; despachos que no llegaron a mi poder a consecuencia de los sucesos de Caseros.

Como de estos despachos no tuviera yo mismo certidumbre pude, al cabo de muchos años, saberlo positivamente por cartas del mismo general Rosas, que me escribió desde Inglaterra, contestando a otras que con motivo de amistad y de averiguar que hubo al respecto le escribiera yo, las cuales fueron como sigue:

 

San Nicolás, abril 20 de 1873.

Señor Br. General D. Juan M. de Rosas.

Mi querido General.

Ni la ausencia, ni la distancia, ni el largo período de tiempo transcurrido desde su viaje a Europa, han borrado un momento de mi memoria el hombre de mi predilección y mis simpatías y cada vez que se pronuncia el nombre de Rosas mi corazón palpita a impulsos de estos mismos sentimientos.

Sabe Vd. que he sido militar y no político; como tal, mi adhesión siempre es profunda hacia Vd. y mi más íntimo deseo sería verlo y abrazarlo, pero ya que esto es imposible desde aquí tengo el placer de saludarlo, deseándole toda felicidad y que cuente con el profundo cariño de su más afectísimo servidor y amigo.

Prudencio Arnold.

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Burges farm Near Southampton, octubre 16 de 1873.

Señor Coronel Don Prudencio Arnold.

Mi querido Arnold.

La interesante de Vd., Abril 20, es para mí tan querida como satisfactoria.

Es un calmante a mi mal estar por la pobreza en que vivo. No he olvidado a Vd. ni lo olvidaré jamás.

Lo he seguido y lo seguiré siempre constante, con mis votos, por su mejor felicidad.

Respetaba su silencio, en tantos años, atento a las circunstancias del país.

Pero aun cuando no lo extrañaba, lo sentía.

Pocos días antes de la batalla de Caseros, tuve a Vd. como a sus hechos buenos, bien presente, cuando entre otros varios despachos de ascensos, firmé también, en Palermo de la Encarnación, el que a Vd. corresponde en justo premio a sus servicios.

Vivo, puedo repetirlo, pobre, con la suma con que me auxilian algunas fieles personas amigas, que se compadecen de mi situación.

Así solamente puedo continuar en esta Chacrita y tener campo y caballo para distraerme, en la soledad de mi destino.

Adiós, mi querido Arnold.

Sí abrazémonos y mande Vd. en la fina amistad, de su afectísimo amigo.

Rosas.

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San Nicolás, octubre 5 de 1875.

Sr. Br. General D. Juan Manuel de Rosas.

Mi querido General:

He recibido con todo gusto su contestación muy apreciable para mí, 16 de Octubre de 1873.

No he recibido los Despachos de ascenso a que se refiere Vd. en su citada apreciable contestación.

Pero desde que el Gobierno legal de mi país presidido por Vd., señor General, ha reconocido que yo cumplí con mi deber en servicio de la Patria, es el más alto honor a que he podido aspirar.

Si el despacho de mi ascenso se ha extraviado, no es más que un papel escrito subalterno del deber cumplido.

V., mi General, aprobó mi conducta militar y eso es para mí más honroso que el ascenso.

Su retrato de bulto es el único que hay en la salita de mi casa, en esta ciudad, frente a las ventanas de la calle.

Digo esto para que calcule V. el placer que yo recibiría, toda vez que quisiera favorecerme con sus cartas.

……

Que Dios nuestro Señor le conceda buena salud, mi general, son los deseos invariables de su muy afecto compatriota, subalterno y obsecuente amigo.

Prudencio Arnold.

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Burges farm Near Southampton enero 7 de 1876.

Señor Coronel D. Prudencio Arnold

Mi querido Coronel Arnold:

 Reciba Vd. mi más íntima gratitud, por las diez onzas de oro que con su muy apreciable Octubre último me ha remitido y que sin demora recibí de auxilio por conducto de nuestro amigo Federico. Por el mismo remito a Vd. el correspondiente recibo, por separado, para que lo envíe con la presente a Vd.

Es adjunto el Despacho de Coronel de caballería de línea, que como otros firmé en Palermo de la Encarnación, pocos días antes de la batalla en Caseros.

Así quedaron, a virtud de mis urgentes ocupaciones, sin espera en esos días. Y así vinieron a este país, como otros, en el mismo caso, entre papeles de mi despacho inmediato.

“Su retrato de bulto dice Vd. es el único que hay en la salita de mi casa, en esta ciudad, frente a las ventanas de la calle”

“Digo esto para que calcule Vd. el placer que yo recibiría, toda vez que quisiera favorecerme con sus cartas”.

En justa correspondencia y testimonio de mi reconocimiento, a ese y demás hechos nobles de Vd., que acreditan su fidelidad y amor patriótico, iré enviando a Vd. cuando pueda y según me pudiera ir siendo posible, algo en copias, de algunos de los rasgos, de las épocas, todo en reducido compendio, de la vida del general Rosas, cuyos hechos sean del dominio público.

Así podrá Vd., con esos antecedentes, de la verdadera historia de Rosas, contestar a preguntas referentes a los cargos, que se han seguido y siguen inventándole los que lo juzgan por el tiempo que presidió la Confederación Argentina, como a un hombre gobernando en épocas las más tranquilas y serenas.

En mi protesta, de la que incluyo a Vd. un ejemplar, digo tener en la provincia de Santa Fe unas tierras. Esas tierras no son en el departamento del Rosario, pero sí en su frontera al Sud.

Digo esto, porque, en los primeros meses de su promulgación, me dijeron que un señor vecino del Rosario había publicado ser suyas, creyendo fueran en dicho departamento. Pero aun cuando así hubiera sido, jamás yo habría recibido una donación tan distinguida y honrosa, con perjuicio de persona alguna.

Son, repito, en la frontera inmediata a la línea divisoria, entre Buenos Aires y Santa Fe.

Disponga Vd. mi querido Arnold, del íntimo afecto con que soy su agradecido amigo.

Rosas.

Memorias de "Un soldado argentino"

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 12 - Setiembre 2009 - Pags. 2 y 3  

Memorias de "Un soldado argentino"

Entrevero

Transcribimos a continuación, parte del capítulo VII de “Un soldado argentino” en la que se describen costumbres indias en el arte de la guerra y otras, diversas acciones contra los ranqueles, etc., narraciones que consideramos interesantes y creemos que nuestros lectores coincidirán en ello.

 

Los indios ladrones, después de los tres últimos golpes recibidos, no se atrevieron a hacer nuevas excursiones numerosas. Creyeron prudente hacer la guerra de partidas como sistema más ventajoso para escaparse y más difícil para nosotros darles alcance.

Los salvajes fundan el buen éxito de sus correrías en no hacerse sentir a su entrada y, como consecuencia, el no ser alcanzados en su salida.

Algunas ocasiones se valen de cierta estrategia guerrera para obtener mejor resultado. Invaden con cierto reposo al principio, sin establecer guardias en puntos estratégicos; no tienen caballerizos, cuidando cada cual su caballo. Cuando los hacen pastar en campos vírgenes, les ponen la manea haciéndolos comer casi a su lado. Algunos días no marchan y así continúan hasta que se aproximan al campo que recorren nuestras descubiertas. Una vez allí se establece un riguroso servicio cual lo requiere el peligro. Su objeto principal es observar ocultamente los movimientos de las partidas exploradoras desprendidas de los fortines.

Como cada cual se esmera en desempeñar bien su papel, el servicio se hace en toda regla.

Es práctica en ellos destacar de avanzada un solo indio, procurando para esta comisión los que tienen vista clara y habi­tuada a distinguir en el desierto los objetos a largas distancias.

El indio se desliza agazapándose y procurando siempre que el borde ondulado del terreno le sirva de antemural para ocultar su presencia. Cuando llega al pie de una cuchilla, se baja del caballo y la asciende despacio y con toda precaución, para descubrir el campo del lado opuesto explorándolo con la vistas hasta donde ella alcanza y si nada le llama la atención se arrastra de barriga hasta la cima; allí vuelve a practicar una segunda exploración de ojo y si nada ve que pueda ofrecer peligro, se sienta y observa en contorno; luego se pone de pie y hace la misma operación.

Asegurado entonces de su situación, desciende de la altura, monta en su caballo y vuelve a ascenderla en esta forma. Allí se hinca sobre el recado, después se pone de pie y observa y si nada le llama la atención sigue avanzando e investigando con su mirada, hasta llegar a otra ondulación, donde se repite la misma operación y así continúa explorando el campo sin fatigarse.

Naturalmente, de tan sigilosa investigación resulta que por lo general es el indio quien descubre primero al enemigo y como ésta es una ventaja innegable, resulta que obtiene las consiguientes ventajas de su campaña.

Seguramente que los salvajes no tienen mejor vista que nosotros; pero es indudable que al método empleado se agrega la práctica de observación en el desierto y con esto nos superan indispensablemente.

Las capas de aire en el campo producen al reflejo del sol efectos de espejismo, que a lo lejos semejan lagos inmensos que confunde, aumenta o disminuye los objetos aparentemente.

Entre otro de los conocimientos que da la práctica de observación, también tiene su significado lo que nuestros paisanos llaman "campo alborotado".

Entiéndese por campo alborotado una agitación inusitada que se observa en los animales pobladores de las pampas, tales como los avestruces, gamas, liebres y yeguas alzadas, que en tro­pel surcan los campos, como si presintiesen un peligro cercano.

¿Por qué se produce este movimiento en esos animales?

En este caso, la buena vista práctica vale mucho.

Generalmente se produce ese movimiento cuando uno o más jinetes los corren o espantan con su presencia. Una cuadrilla de avestruces asustada huye hasta muy lejos, y en su tránsito agitado inquieta a todos los demás animales, que se asustan y huyen a su vez.

Muchas veces la alarma producida en un punto dado, se ha extendido hasta una distancia de más de seis leguas.

También sucede que una cuadrilla de avestruces (los alarmistas de la pampa) se refocilan (retozan); otras las ven huir y otras sienten solamente el tropel; bastando una u otra cosa para producir la alarma en toda una zona de varias leguas.

Entre las verdaderas o falsas alarmas se produce pues, la duda.

Es en esto precisamente que estriba el peligro.

El indio que se apercibe de estos movimientos se echa de barriga sobre el suelo levantando la cabeza lo suficiente para observar en todas direcciones y si su desconfianza aumenta, echa también su caballo al suelo y no se mueve de allí hasta no practicar una exploración satisfactoria.

Nuestras partidas salen diariamente de sus cantones a recorrer el campo, faltándoles de todo, hasta de buen caballo para escapar. Fastidiado el soldado por el mal trato, escasez o recargo en el servicio, los primeros días teme al peligro y va con cautela; pero después de un mes se familiariza con el peligro, recorriendo los mismos parajes que antes temiera, sin precaución alguna y sin observar nada; creo que aun de su existencia misma se ol­vida, pues sólo piensa en los avestruces para correrlos, siendo esta y otras causas las que motivan las sorpresas dadas por los indios a las poblaciones que descansan en la confianza de las guarniciones de las fronteras.

Por eso el indio bombero, que bien oculto lo ha observado y visto todo, se ríe diciendo: "Cristiano sonso."

Huampelen
Sus observaciones son trasmitidas a sus compañeros, esperando que la partida, cuyos movimientos han observado, se reconcentre al fuerte, para emprender su marcha bien descansa­dos, tanto las cabalgaduras como los jinetes. Caminan casi siem­pre durante la noche, haciendo jornadas de 20 leguas. Y así sorprenden las primeras poblaciones y los vecinos que en ellas encuentran, obligados por la actitud amenazante de los invasores, les dan datos de todo lo que necesitan saber para orientarse bien. Es por esto que jamás desprenden bomberos después de pasar los fortines.

Cuando por caso imprevisto son apercibidos por alguien, emprenden una tenaz persecución sobre el descubridor; de ma­nera que si éste se escapa no pueda llevar el aviso a las guar­niciones y cuando las lleve, ellos han retrocedido lo suficiente para ponerse fuera de alcance de toda persecución.

Pocas veces avanzan después de aclarar el día, para no perder tiempo, calculan sus jornadas con el despuntar de la aurora para llegar a puntos convenidos y de allí regresar llevando las haciendas, las familias y cuanto encuentran lo más ligero posible; de manera que todo aviso que por alguien pudiera lle­varse a las guarniciones, cuando llegue, los invasores se en­cuentran a gran distancia.

Complementa su plan de retirada dejar a su retaguardia los mayores obstáculos para embarazar la marcha de sus perseguidores.

Así burlan la vigilancia de las fronteras y sorprenden las poblaciones fronterizas, probando con esto que no son tan igno­rantes y descuidados como nosotros les creemos, en el arte de la guerra y, mucho menos, cuando de 50 excursiones que nos ha­cen, en una salen mal parados y esto debido tal vez a inconve­nientes ajenos a todo cálculo.

El indio, en el combate, es de empuje terrible; choca con violencia incalculable. De ahí que se considere su caballería sin igual en el mundo; ni tampoco hay caballería que ocasione más bajas al enemigo. Me fundo en la superioridad del caballo que monta y en la hábil destreza de la lanza que maneja, que es de una largura extraordinaria, casi el doble de la nuestra, que es o debe ser de tres varas por la táctica. Además el indio usa espuelas, prenda que nunca le falta aunque sea de madera y construida por ellos mismos. Con ella aguijonean al caballo obligándolo a avanzar hasta hacer chocar la cabeza con los del enemigo; pero poco antes que esto suceda entra a operar la chuza que como es tan larga va a herir primeramente la cabeza del caballo de su contrario, el cual, sintiendo la punzada, se abalanza por lo regular hacia atrás, desorganizando la forma­ción de sus compañeros inmediatos, quienes sin querer y sin cobardía presentan la espalda al enemigo, por cuanto el caballo, por espíritu de propia conservación, tiende a huir en retirada. Rota así la línea de formación, se produce la derrota antes que el entrevero, único en el que el indio puede quedar inde­fenso, por el largo regatón de su lanza. Pero ocurre preguntar: ¿Cómo contar entonces con esa oportunidad para batir a los salvajes, si antes que ella se produzca ya somos derrotados?

El indio, en último caso, pone en juego sus cuatro armas favoritas: el caballo, la chuza, las boleadoras y las espuelas de que dispone, para hacer más terrible la mortandad. Éstas son las razones por que en una derrota que ellos nos hacen, ocasionan más bajas que lo que nosotros les hagamos, como está probado por los muItiplicados acontecimientos luctuosos de esa larga guerra que hemos mantenido con las tribus de las pampas.

La infantería es indudablemente menos adecuada para per­seguirlas. Es pesada y eso dificulta el fácil alcance, pues los indios son livianos y todo su afán consiste en salvar el botín a todo trance, fiados únicamente en su agilidad y buenos caballos, sin comprometer combate. Por esta razón no conviene cargar al soldado de caballería con armas pesadas como las que usa el infante. Muchas veces es bastante un facón para combatir contra el que maneja una caña. Es indudable que llegan casos en que el arma de fuego es indispensable, sobre todo para la for­mación y defensa de los cuadros, compuestos de infantes im­provisados de caballería desmontada.

Esta maniobra es previa y solamente sirve para apoyar guerrillas armadas con armas de fuego, y desprendidas para escopetear al enemigo, con la seguridad de no poder ser arrolladas por éste, sino hasta donde está situado el cuadro, cuyo punto de apoyo es formidable y el indio no puede destruir fácilmente.

Estas maniobras son sangrientas, pero indispensables para la defensa de las armas de la civilización.

Cuando los indios se alistan para el combate, forman naturalmente su línea y la única maniobra que conocen es la de procurar los flancos al enemigo. Cuando acometen emplean esta especie de interjección: ya, ya, equivalente en cierto modo a nuestra voz de: a la carga.

Al empuje irresistible de las cargas de la caballería indí­gena solo queda el apoyo de los cuadros únicos que el indio respeta, más por conveniencia que por falta de valor para acometerlos.

Soy del 5°
Depende, sin embargo, de la pericia de los jefes la economía de sangre y de vidas, cuando el éxito de las armas no lo considere absolutamente indispensable o inútil.

Muchas veces conviene repetir las maniobras dos o tres veces, para conseguir cambiar la faz de la lucha.

El indio no tiene interés de matar donde corre él el peligro de ser muerto. Pelea regularmente por defender lo que lleva, procurando llegar con el botín íntegro a sus tolderías.

Cuando en las cargas no consiguen producir la derrota del enemigo, sus filas empiezan a ralearse y desmoralizarse por falta de disciplina. Atinan a apresurar el alejamiento del robo, mientras una cuarta parte de sus lanceros hacen resistencia en retirada para protegerlo.

Procurar que los bárbaros sólo entretengan en el combate una cuarta parte de sus fuerzas es indudablemente una exce­lente ventaja.

En tales circunstancias, el jefe debe aprovechar para que el enemigo no quede dueño del campo, lo que importa, en caso contrario, dejarle triunfante con sus haciendas y cautivos.

De todo esto resulta que cualquiera formación para nuestras caballerías, que no sea en cuadro, es inconveniente, porque no puede batirse con ventaja, ni guardar cada cual su caballo. En este caso ocurre que los indios, dividiéndose en grupos, llevan unos el ataque por el frente, mientras otros les pican los caba­llos por retaguardia, para que éstos produzcan la desorganización en las filas.

Lo más prudente y mejor en estos casos es, si hay tiempo, voltear y manear los caballos, para que no puedan levantarse, colocándolos lo más cerca posible los unos de los otros y for­mando con ellos un círculo o corral que sirva de trinchera.

La guerra con los indios era necesario, pues, conocerla prácticamente, habituándose a vivir en las guarniciones de frontera. Su sistema de espionaje y sus elementos y hábitos para las luchas contra los cristianos se conocían solamente allí.

Yo, conocedor ya de los medios que el indio empleaba en su guerra de recursos, tenía mis partidas corredoras de campo, compuestas generalmente de un baqueano y tres soldados cada una. Las situaba por ocho días, quince ó 20 leguas a vanguardia, en los lugares más peligrosos.

Iban a hacer aprendizaje sobre las prácticas guerreras indigenas.

Cuando, en fuerza de observaciones constantes, aprendie­ron del indio sus maniobras, con su caballo en el desierto, empezaron a desconfiar del suyo no adiestrado y por la larga dis­tancia que los separaba de toda protección. Yo también pensé como ellos sobre el peligro que corrían y les ordené enseñar a otro caballo a correr enfrenado, a la par del que montaban y en toda la furia pasar el jinete del lomo del uno al lomo del otro.

Quedaron satisfechos en que esos dos caballos podían competir con uno de los indios, pero nos quedaba otro inconveniente y era el modo de tomar animales silvestres para comer sin al­borotar el campo; es decir, sin correr.

Supe que en Chivilcoy se poseía un perro galgo, mestizo, bien enseñado. Lo mandé comprar; pero sus dueños me lo enviaron de regalo.

Este perro, se llevaba al tiro por los cañadones, y cuando se encontraba un avestruz, liebre o gama, se lo soltaba, guardando el jinete cierta distancia y marchando siempre al trote, hasta que aquél hacía su presa y la conservaba hasta que éste llegara.

En las fronteras, un perro de esa clase era una verdadera adquisición, sobre todo para las partidas exploradoras a que me refiero.

Todos estos recursos procuraba con toda la fuerza de mi voluntad, para conseguir sentir y batir a los invasores de la pampa, antes de que entrasen en las poblaciones, porque después no es posible remediar los males que ocasionan, aunque sean derrotados ventajosamente.

Así continué, en este servicio peligroso de las fronteras, por espacio de más de nueve años, sin abandonar mi campamento para ir a los pueblos inmediatos, ni aun siquiera a las estancias cercanas. Para mí no había más que el cuidado de la frontera, el patria y el soldado con el cartucho en la canana y con la brida en la mano.

Nota: Las ilustraciones corresponden a pinturas de Molina Campos

Prudencio Arnold

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 12 - Setiembre 2009 - Pag. 1 

 

Personajes de la Confederación Argentina

Un soldado argentino: Coronel Prudencio Arnold

                                                                               Por El Federal Apostólico

Prudencio Arnold


Prudencio Arnold, nació en Buenos Aires en 1809. Fue un destacado militar argentino al servicio de la federación. Siendo muy joven, teniendo 17 años, inició su carrera militar, incorporándose como alférez al Regimiento 3º de Milicias. A fines de 1828 formó en las fuerzas federales que enfrentaron a Lavalle a raíz del motín promovido por este último contra el legítimo gobernador de la provincia Manuel Dorrego. Peleó en Navarro –donde Dorrego fue derrotado– y también en los combates posteriores –Las Vizcacheras, Puente de Márquez– por los cuales recibió los despachos de teniente 1º.

Participó también en la Revolución de los Restauradores (1833), ganándose el grado de capitán. En 1839 en pleno bloqueo francés, actuó  en la campaña de Chascomús, contra los estancieros del sur, levantados contra el gobierno de Rosas y al año siguiente hizo campaña contra Lavalle, –auxiliar éste del agresor francés–. Intervino en la batalla de Quebracho Herrado (28/11/1840), donde las fuerza federales vencieron a las unitarias al mando de Lavalle. Fue ayudante en Córdoba del comandante general de Armas, coronel Vicente González, conocido como Carancho del Monte.

Posteriormente permaneció muchos años en el Boquerón, cercana a Rosario, para la defensa de las poblaciones contra los malones de los indios –mandadas muchas veces por el coronel unitario Manuel Baigorria y los dos coroneles Sáa–, teniendo destacada actuación en esas acciones, como así también en el rescate de cautivos y de cabezas de ganado robadas.

Participó también en diversas acciones de la guerra civil entre federales y unitarios.

Con motivo del Pronunciamiento de Urquiza, intervino y se destacó en diversos hechos de guerra previos a la batalla de Caseros, por lo que Rosas lo promovió al grado de coronel de caballería de línea, de lo que Arnold no se llegó a enterar, sino muchísimo tiempo después y del propio Rosas. Días antes de la batalla, se incorporó a la fuerzas federales de Pascual Echagüe, hostilizando al ejército urquicista. Un movimiento que hizo el ejército urquicista, impidió que Arnold pudiera incorporarse a las fuerzas de Rosas en Caseros, por lo que no participó en esa batalla. Así lo cuenta Arnold:

“Respecto de las operaciones, yo seguí hostilizando al ejército enemigo por su extremo derecho y retaguardia, de conformidad con lo que se me había ordenado”.

“Desde la Guardia de Luján, y por una conversión rápida, se fue el enemigo sobre su contrario en Caseros, cerrándonos el paso para nuestra incorporación”.

“Cuando esta sangrienta batalla tuvo lugar, lo supe por los derrotados, llegando a incorporarme, quienes me comunicaron el desastre sufrido por nuestras tropas”.

“Cierto del triunfo del enemigo, marché para la Guardia del Monte, punto que, según calculé, debían de tocar las tropas derrotadas”.

“Por aquel paraje permanecí tres días, hasta saber del paradero de los generales Rosas y Pacheco; mas nada conseguí, por que todo se rodeaba de la más completa incertidumbre. Mientras mas investigaciones hacía más era la confusión que se ofrecía…”

Producida así la derrota del ejército de la Confederación Argentina en la batalla de Caseros, ordenó a su columna que no se rindiese y dio fin a sus servicios. Escribió Arnold: “Fui el último de los capitanes que mandaban fuerza de los Ejércitos Argentinos que obedecían a este señor general (Rosas) y el único que no presentó armas al general vencedor” (Urquiza).

El nuevo hombre fuerte de la Confederación –Urquiza– le dio seis meses de licencia con orden de presentarse nuevamente en el ejército, pudiendo así seguir su carrera militar pero ya a las órdenes de Urquiza. Intervino en diversos hechos de armas entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires. En Pavón (17 de setiembre de 1861), fue ayudante de Urquiza. Días después el presidente Derqui lo nombró comandante de la Guardia Nacional en los Partidos de San Nicolás, Pergamino, Rojas, Salto y Junín, renunciando al poco tiempo.

Mitre, el “vencedor” de Pavón y hombre fuerte en esos momentos de la Argentina, lo autorizó a residir en su estancia o donde quisiere. Vivió así en Rosario y San Nicolás y después en su estancia Santa María en el sur de Santa Fé.

Fue leal y amigo de Rosas –aún en la época antirrosista–  con quien mantuvo intercambio epistolar. En una de sus cartas le dice al ex dictador: “Su retrato de bulto es el único que hay en la salita de mi casa, en esta ciudad, frente a las ventanas de la calle”.

Escribió muchos relatos históricos y en 1893 publicó en Rosario sus memorias autobiográficas tituladas “Un soldado argentino”, que son las más conocidas.

Apoyó políticamente al Dr. Bernardo de Irigoyen y falleció el 31 de marzo de 1896.

En el estudio preliminar “Acerca del ejército y la armada nacional en la época de Rosas” a la reedición de “Un soldado argentino” (Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1970), el Tte. Cnl. Fernando Baldrich, menciona la participación de Arnold en diversos hechos de armas y dice: “Desfilan en los recuerdos del coronel Arnold, hechos trascendentales… y la frontera sud de Santa Fe donde enviado por quince días debe permanecer nueve años y seis meses, combatiendo repetidamente contra los indios ranqueles y su célebre cacique Painé –fundador de la dinastía de los zorros–  y su aliado el exiliado oficial unitario Manuel Baigorria, que asolaba las fronteras destruyendo los hogares y apoderándose de cautivos y ganados que negociaban en Chile”.


Fuentes: Diccionario Histórico Argentino, Edit. Fabro / “Un soldado argentino” de Prudencio Arnold