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viernes, 8 de septiembre de 2023

Carta de Manuelita Rosas a Antonino Reyes

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

Reproducimos a continuación la carta enviada el 18 de setiembre de 1890 por Manuelita Rosas a su amigo Antonino Reyes.

Carta de manuelita Rosas

Antonino Reyes


Inglaterra

Royal Norfolk Hotel

Bognor

Septiembre, 18 de 1890

Mi queridísimo amigo Reyes

El 2 del presente, recién llegados a este lugarcito, te escribí avisándote recibo de la tuya querida 5 de agosto y ahora lo hago de la del 21 del mismo, que hace media hora me llegó y he leído encantada con tus zalamerías y cariños. Te lo pago avisándote sin demora, aunque no podré hacerlo en la extensión que deseo, pues de aquí es preciso despachar las cartas para la Mala del continente (sic), con anticipación y sólo puedo disponer de media hora. Así, esta vez pasaremos por alto galanteos que quedarán pendientes, pero no menos afectuosos etc., etc.

Convenimos con tus opiniones respecto del estado de nuestro país y aun del que hoy habitas y las publicaciones que hemos leído en los diarios de aquí, en los últimos días particularmente, nos hacen conocer que la Administración Gubernativa (sic), tiene entre manos muy ardua empresa para establecer el orden requerido para el bien de esos países. No sabíamos que nuestro amigo Saldías, también había tomado parte en la empresa, pero Máximo creía fuese así.

Mucho nos alegramos que se encuentre completamente restablecido de su molestia en la vista. Díselo así, con nuestros amistosos saludos y que pronto he de tener el gusto de escribirle. No puedo concluir sin pedirte me digas lo que te haya escrito Tinita respecto al párrafo en que le hablo de ti, en mi última. Me finjo celosa, aunque reconociendo la ventaja que tiene sobre mí, para sus coqueteos, desde que ambos se encuentran disponibles.

Máximo me pide, está encargándome, no la concluya sin abrazarte en su nombre. Manuel y su Janie que están también aquí, te saludan cariñosos. Rodrigo y su Ina, muy buenos en Londres. La nieta riquísima progresando satisfactoriamente. Ayer cumplió un mes.

A Dios picarón, pero más querido que nunca de tu afectuosa amiga que te abraza muy fuerte.

                                                        Manuela de Rosas de Terrero

PS. Es realmente incomprensible la pérdida de mi carta a ti de mayo.

Felizmente nuestra correspondencia no nos trae compromiso. Solamente verán nuestros coloquios y como mi marido los consciente, estamos limpios de conciencia y libres de acusación injusta. Gracias mil por los periódicos que leemos con mi Máximo, ansiando siempre conocer lo que pasa por allá.

lunes, 1 de marzo de 2010

Hábitos de trabajo de Rosas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pag. 16 


Anécdotas

Antonino Reyes cuenta los hábitos de trabajo de Juan Manuel de Rosas

Antonino Reyes
Es de destacar la dedicación a la tarea administrativa que se imponía Rosas, en el duro y fatigoso trabajo que le demandaba gran parte del día. Fue sumamente puntilloso, estando en cada cuestión y en cada detalle, tanto en las cuestiones puramente administrativas, como en las políticas, militares y en aún en las diplomáticas.

Nos cuenta Carlos Ibarguren:

“La correspondencia militar con la vanguardia del ejército y la política con las provincias y con sus amigos de Bs. As. (N del D.: en le época de la expedición al desierto) le absorbía constantemente, “la poníamos en limpio –recuerda su secretario Antonino Reyes– en la tienda del general donde estábamos para no salir sino cuando Su Excelencia dejaba el trabajo, que era siempre después de la media noche o a la madrugada…”

…“No tenía –recuerda Antonino Reyes– hora fija para dejar de escribir, y sus empleados debían ser dotados de buena salud para soportar la tarea”. La abrumadora labor iniciábase a las tres de la tarde y continuaba sin tregua hasta las ocho o nueve de la mañana del día siguiente, en que se acostaba a dormir. Así que se despertaban –anota Antonino Reyes– “abría la puerta de su despacho y dormitorio, me mandaba llamar y ya empezaba de nuevo a trabajar. Jamás he visto al general Rosas de tertulia”. Los escribientes se turnaban; ninguno podía seguirle durante gran parte del día y toda la noche. Se había reservado atender directamente, sin asistencia de sus ministros, las cuestiones políticas, los asuntos de las provincias y de la campaña, los militares y la correspondencia con los gobernadores, jueces de paz y jefes del ejército. Los numerosísinios chasquis iban y venían, como de un hormiguero; llegaban directamente hasta el secretario, que recibía los oficios, los extractos y los presentaba para su estudio y contestación.

Rosas pasaba las horas escribiendo, a ratos dictaba a los pendolistas, paseándose como un león enjaulado por la sala del despacho. Era tan personal que no delegaba en nadie la redacción de las innumerables cartas que diariamente debía responder. “Tengo que hacer yo mismo toda la correspondencia, y no me es posible entregar a otro un trabajo que es de absoluta necesidad que yo personalmente lo haga” (N. del D.: comentará en carta a Urquiza). Su minuciosidad no descuidaba el detalle más mínimo. Todo lo reglamentaba, hasta las líneas de la escritura, o la forma de compaginar o numerar los pliegos: “que cada oficial tome un pliego y saque una copia de él; lo que no importa que unos pliegos se acaben de copiar más acá y otros más allá, siempre que vayan numerados, etc., etc.”

Leía despacio los artículos, muchísimos inspirados por él, que debían publicarse en la prensa, pasando bajo su censura, y hacía correcciones escribiéndolas al margen…

 

Antonino Reyes cuenta los hábitos de trabajo de Juan Manuel

“El tiempo corrido desde que entré al servicio del general Rosas y muy cerca de su persona, me da derecho a juzgar al hombre... No tenía hora señalada para su despacho: cuando se acababa lo del día se dejaba el trabajo y se despachaban los escribientes; generalmente la noche se pasaba en el trabajo. Se llamaba del Ministerio cuatro o seis escribientes cuando estábamos muy apurados. A estos escribientes se les despachaba a las cuatro de la tarde y se les daba a cada uno cinco pesos para ir a comer a la fonda: a los de la oficina, nada; éstos comían, si no había trabajo, en la mesa general de la familia, y si había que hacer no se movían. A mí jamás me mandaba a comer, y cuando iba, al momento me llamaba para que hiciese el trabajo que correspondía a los demás. Se comprende el motivo: era que como él quedaba trabajando, no podía estar solo, pues tenía que hacer copiar lo que escribía… El domingo o día de fiesta era lo mismo que el día de trabajo. Generalmente dejaba el trabajo a la madrugada, a veces a las ocho o nueve de la mañana, y lo retornaba a las tres o cuatro de la tarde. Inmediatamente se despertaba y abría la puerta de su despacho y dormitorio, si aún no había llegado me mandaba llamar y ya empezaba el trabajo... Tengo la convicción que nunca usó en beneficio propio de los dineros del Estado durante su gobierno. Era celoso defensor de los caudales públicos y no permitía que los encargados de la distribución de dineros rindieran cuentas dudosas. Sólo había descanso cuando el general iba a Palermo y nos dejaba en la ciudad, y muchas veces al marcharse nos dejaba trabajo. No había que separarse mucho porque solía llamar de Palermo por algún trabajo urgente. Sabido es que entonces iba a Palermo a respirar después de un largo encierro, y allí sólo recibía con gusto determinadas personas. Allí no estaba el gobernador, allí era simplemente el ciudadano, era la casa particular donde el servicio y lo que consumía era costeado por don Juan Manuel, para lo cual prevenía lo necesario al proveedor don Pablo Santillán y era todo pagado con su dinero particular. En estos paseos no molestaba, como él decía, a ningún edecán, ni ayudante: llevaba a dos ordenanzas y el servicio particular. He oído muchas veces que salía disfrazado. No es cierto: no salía sino de particular, embozado en su capa, sin que nadie lo acompañara, algunas veces lo acompañaba yo; sus salidas eran a lo del doctor don Tomás de Anchorena. Otras veces iba solo, daba una vuelta y volvía  después de una hora. La puerta quedaba apretada sin pasador y yo en la pieza siguiente".

Fuentes: 

Carlos Ibarguren, “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo”.

Julio Irazusta, “Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia”, Edic. 1975, Tº 7, pág. 185.

Los Santos Lugares de Rosas

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pags. 8 a 11 

Los Santos Lugares de Rosas

Por el Federal Apostólico

                                        

Como el lector podrá apreciar a través de la lectura del presente artículo, la actual Ciudad de Gral. San Martín y la localidad vecina de San Andrés, son lugares ricos en acontecimientos históricos, desconocidos por la mayoría de la población.

 

Los antecedentes de nuestra ciudad

A principios del siglo XIX había pocos pobladores en lo que hoy es la planta urbana de la Ciudad de Gral. San Martín y su vecina localidad de San Andrés. Aproximadamente a principios de 1800 había una capilla en el lugar que actualmente ocupa la Escuela Nº 1 frente a la actual plaza San Martín, que fue levantada por la orden de los Franciscanos de los Santos Lugares de Jerusalén y en sus alrededores había un pequeño poblado y en sus inmediaciones estaba el cementerio. Aproximadamente en 1807 se estableció una posta.

A mediados del S. XVIII, habían arribado a la zona, monjes de la orden de los Mercedarios, quienes realizaron unas construcciones que le sirvieron de alojamiento, denominadas “Las Crujías”, ubicadas a trescientos metros aproximadamente de la actual estación de San Andrés y otras en donde actualmente se encuentra el Liceo Militar Gral. San Martín y que eran las mas importantes de la época. Según algunos historiadores un túnel unía ambos edificios. A la zona se la conocía entonces con el nombre de los Santos Lugares de Jerusalén, ya que los monjes franciscanos que levantaron el primer templo –como ya se dijo– tenían como uno de sus fines el recoger limosnas para destinarlas a la construcción de templos en Tierra Santa.  

Con motivo de la reforma religiosa promovida por Rivadavia en 1822 y la secularización de las órdenes religiosas que fueron una de sus consecuencias, esas construcciones se expropiaron y pasaron a ser propiedad del gobierno y se destinaron a cuarteles, conociéndose el primero de los mencionados como “Cuartel de las Crujías” y el otro como “Cuartel de los Chacareros”.

Entrada al edificio de Las crujías. Fotografía de 1901

En 1834, la Capilla, pasó a ser Parroquia bajo la advocación de “Jesús Amoroso”, construyéndose un nuevo edificio en el lugar que hoy ocupa la Catedral de San Martín.

 

La creación del pueblo Los Santos Lugares de Rosas

En el año 1835 una Comisión de Vecinos de Santos Lugares de Jerusalén, se dirigieron a las autoridades provinciales para que se le diera categoría de pueblo a toda esta zona “…y que de accederse a este pedido el pueblo lleve el nombre del mismo gobernador”. Por un decreto del 25 de marzo de 1836, se ordenó su trazado al agrimensor Marcos Chiclana, –quien proyectó el pueblo sobre 81 manzanas rectangulares de 140 varas de largo cada una–, y se designó al pueblo o pago como “Santos Lugares de Rosas” y se estableció que la plaza principal debía estar situada frente al templo existente. El trazado se inició en abril del año siguiente, pero después quedó paralizado, pues debido a los conflictos políticos y militares que se sucedieron a partir de dicha fecha, llevaron a esta zona a ser el centro militar del gobierno de Buenos Aires.

El nuevo edificio de la Parroquia de Jesús Amoroso se inauguró el día 8 de diciembre de 1836, en celebración del Día de la Inmaculada Concepción, con grandes festejos populares, a los que concurrieron la esposa del Gobernador doña Encarnación Ezcurra de Rosas y la viuda del Gral. Juan Facundo Quiroga, doña Dolores Fernández de Quiroga, quienes hicieron donación de una imagen de la Virgen tallada en madera, que actualmente existe, oportunidad también en que se adjudicó nombre al nuevo pueblo: SANTOS LUGARES DE ROSAS.

El 29 de enero de 1839 en la iglesia de Jesús Amoroso se realizó un oficio religioso por el eterno descanso del alma de la esposa del Gobernador –doña Encarnación Ezcurra– fallecida el día 19 de octubre anterior. 


La instalación del Campamento Militar

El 28 de marzo de 1838 se estableció el bloqueo francés por el Almirante Louis Leblanc y a raíz de ese conflicto internacional, el Gobernador de la provincia, Juan M. de Rosas, considerando a esta zona –actual San Andrés– como estratégica, ya por su altura y que existía un cruce de caminos reales que lo convertía en un punto geográfico de importancia, decidió instalar un campamento militar, para lo cual no solo utilizó las construcciones existentes, sino también se construyeron varias casas y caballerizas, estableciendo en una de ellas la Comandancia militar del campamento, que actualmente es lo único que existe y que se conserva y que se conoce como Casa de Rosas.

El Campamento o Cuartel General de los Santos Lugares, ocupaba aproximadamente diez cuadras por doce y era de forma irregular, sus límites estaban entre las actuales Av. Pte. Perón, la Ruta nacional Nº 8, la calle Leandro N. Alem, incluyendo el Liceo Militar y las vías del ferrocarril, aproximadamente.

Para la alimentación de la caballada también se establecieron varios alfalfares, situados estos en los terrenos que actualmente pertenecen al San Andrés Golf Club.

La entrada del campamento estaba ubicada aproximadamente en lo que hoy es la Av. Pte. Perón y la Av. Ayacucho y el camino que debía seguirse hasta llegar a la comandancia –aprox. cuatrocientos metros– se encontraba bordeada por sauces. Antes de llegar a la comandancia, el camino tenía un desvío hacia la derecha, para llegar al edificio de Las Crujías.

Según refiere el historiador local José Vicente Valdez Tritti, Las Crujías “Era una só­lida construcción de ladrillos de una sola planta, de unos 70 metros de frente por 60 de fondo (entre Av. Ayacucho, La Crujía, Riobamba y Libertad) con pare­des de 0,70 cm. de espesor, 24 habitaciones de pare­des dobles, para alojamiento de tropas, maestranza, cuartos para los oficiales, depósito de municiones, ca­pilla y cárcel. La entrada al edificio de Las Crujías era ancha, de medio punto en su parte superior para per­mitir la entrada de hombres a caballo, accediendo a un amplio pasadizo cubierto hasta el primer patio, el más grande de los tres del edificio. Hacia la izquierda del pasadizo estaban las entradas de las habitaciones de jefes y oficiales y hacia la derecha oficinas, capilla y guardia. En el lado izquierdo del patio y en el segun­do pasadizo hacia el segundo patio, –que también era cu­bierto y bastante ancho–, estaban las cuadras de las tro­pas. En el costado derecho se hallaba instalada la maestranza y al fondo el depósito de municiones y los calabozos. Al tercer patio se entraba desde el primero (costado derecho del edificio) y era conocido como “el de las ejecuciones”.

Teniendo en cuenta la meticulosidad de Rosas, el Campamento se encontraba cuidado, en total orden y limpieza.

En este centro militar que llegó a ser el más importante de la Confederación Argentina, fue un lugar de reclutamiento, instrucción y remonta; aquí se formaba y entrenaba el ejército federal, realizándose ejercicios de infantería, caballería y prácticas de artillería.

En la casa construida en el campamento en 1840 que es lo único que se mantiene de todo aquello y que actualmente como ya dijimos, se conoce como Casa de Rosas, –actual calle Diego Pombo, entre Ayacucho y Morello– sirvió de habitación al Gobernador Rosas desde 1840 en adelante cuando concurría al lugar, permaneciendo allí durante largas temporadas, atendiendo todo lo que tenía que ver con las cuestiones políticas y militares de la Confederación Argentina: el bloqueo francés, la invasión de Lavalle en el año 1840, la dirección de la Guerra del Paraná en 1845 en adelante y la segunda Guerra con el Brasil en 1851 y principios de 1852.

Aquí, en este lugar, el día 31 de octubre de 1840 fue ratificado por el “Gobernador y Capitán Gral. de la Provincia de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de las Provincias de la Confederación Argentina” Juan Manuel de Rosas, la Convención Arana-Mackau que había sido suscripta dos días entes por el Ministro de Relaciones Exteriores y Canciller de la Confederación Argentina, el Camarista, Dr.  Felipe Arana y el Plenipotenciario francés, Vice-Almirante Barón Angel René Armand de Mackau y que puso fin al primer conflicto de nuestro país con la nación gala.

En este lugar también, el 2 de febrero de 1841, Rosas designó al Alte. Guillermo Brown como Jefe de la escuadra naval de la Confederación.

Dibujo de Jules Daufresne

En 1844, fueron trasladados en carácter de prisioneros a la cárcel de Las Crujías, el Cacique ranquel Painé, junto a su hijo de nombre Mariano de 18 años; este último se convirtió al catolicismo y al ser bautizado, fue su padrino el mismo Rosas, quien le dá su apellido. Muchos años después Mariano Rosas será también Cacique ranquel. Tanto Painé como Mariano, fueron amigos de Rosas.

A mediados de la década del 1840, llegan al lugar inmigrantes canarios, quienes se instalan en el lugar, dedicándose muchos de ellos a la agricultura y otros como artesanos trabajando en los talleres militares.

También hacia este lugar se efectuaban cabalgatas desde la residencia del Gobernador en Palermo, de la cual participaban agentes diplomáticos de distintas naciones, realizándose en el lugar fiestas y agasajos, siendo en consecuencia un lugar de mucha importancia no solo militar, sino también social y diplomático.

En 1850 aproximadamente se instaló en la entrada del campamento con una escuela particular el maestro español Diego Pombo; escuela a la cual concurrió en ese entonces el adolescente José Hernández, nacido en 1834 en la chacra de Pueyrredón –ex caseríos de Perdriel–, ubicada en la cercanía.

En la llamada batalla de Caseros, un extremo de la línea de la defensa del ejército de la Confederación estaba ubicada justamente en los Santos Lugares –aproximadamente en las intersecciones de las actuales Avs. Ayacucho y Pte. Perón–.

En este campamento y hasta la caída de Rosas –3 de febrero de 1852–, vivieron en el lugar aproximadamente 5.000 soldados con sus familiares, personal civil encargado de la confección de uniformes, del arreglo de armas, además de herreros, carpinteros, talabarteros y diversos artesanos, etc. que se ocuparon de muchas actividades, todo ello para el abastecimiento del ejército. El lugar se convirtió así en un gran taller para el Ejército, encontrándose aquí también el Arsenal. A consecuencias de tal asentamiento y centro militar, en la zona se establecieron diversos negocios, tahonas y pulperías, con lo cual se incrementó el comercio del lugar, lográndose un desarrollo del mismo, a la par que la población creció notablemente, como lo demostró el escritor local el Sr. Aníbal Morello –quien escribió sobre la historia de nuestra Ciudad–, con los registro parroquiales, que los nacimientos se incrementaron en este período decreciendo mucho después de la caída del Restaurador.

 

Después de Caseros

Después de la batalla de Caseros, el Coronel Martín Santa Coloma fue tomado prisionero en la Iglesia de los Santos Lugares, donde fue lanceado y degollado por orden y en presencia de Urquiza y del Boletinero del Ejército Grande, Domingo F. Sarmiento.

Este campamento fue escenario en esos días del saqueo y la represión de los vencidos,

También el lugar sirvió para mantener prisioneros a cerca de diez mil combatientes del derrotado ejército nacional.

La casa también fue ocupada días después de la batalla por la división brasileña al mando de Marqués de Sousa, tropa que acampó en el lugar en su marcha hacia Palermo.

Días después Urquiza, se trasladó con un séquito desde Palermo al lugar donde se había desarrollado la batalla y luego agasajó a sus acompañantes con un asado en los Santos Lugares, participando también del evento el pintor uruguayo Juan M. Besnes e Irigoyen, quien realizó cuatro pinturas de la zona, entre ellas el del templo de Jesús Amoroso.

Iglesia de los Santos Lugares. Acuarelña de Juan M. Besnes
El 2 de mayo de 1852, Urquiza volvió al lugar para presenciar unas carreras cuadreras, en las que participaba un caballo de su propiedad, en esta oportunidad, lo acompañó el Jefe del Gabinete del Imperio del Brasil, Honorio Hermeto Carneiro Leão.

A consecuencia de la derrota de Caseros, sufrida por el ejército argentino de la Confederación, el campamento fue desmantelado y abandonado y la zona se despobló, los edificios, entre ellos el de Las Crujías, se fue deteriorando a través del paso de los años como consecuencia del abandono y fueron demolidos en la primera década del siglo XX.

Vista de los Santos Lugares de Rosas a principios del siglo XX


Ruinas de los Santos Lugares de Rosas (c. principios siglo XX)

Cuartel de los Santos Lugares de Rosas antes de su demolición

1. Frente noroeste del cuartel. - 2. Calabozo grande . Fotos de principios del siglo XX

En la que había sido sede de la Comandancia –Casa de Rosas– se instaló en 1853 una escuela de varones, a cargo del Maestro Diego Pombo, que funcionó hasta 1857 y posteriormente pasó a manos privadas quienes hicieron algunas reformas, la más importante fue que le pusieron un techo de tejas francesas, tal cual se puede observar en la actualidad.

La sede de la Comandancia, antes de que se le colocara el techo de tejas en el siglo XX. (1)

En el año 1988, la propiedad fue comprada por la Municipalidad de Gral. San Martín y declarada de interés Histórico y Municipal y también fue declarado Lugar Histórico Nacional por la Ley 24.965.

En el lugar funciona desde entonces, el Museo Histórico Regional Brigadier Gral. Don Juan Manuel de Rosas.

Frente a dicha casa y a escasos cincuenta metros –actual calle Diego Pombo por medio– existía otra edificación de la misma antigüedad, que fue demolida hace aproximadamente diez años y que fue propiedad del Sr. Antonio Porchetto y de sus descendientes, en la cual funcionó la Capitanía de la Guardia y al fondo estaban los establos.

 

Dibujo de Jean Baptiste Henri Durand Brager

El nuevo nombre

El 6 de diciembre de 1856, se le da un nuevo nombre a estos pagos de los Santos Lugares, pasaría a llamarse a partir de entonces: General San Martín, doce días después se aprueba la traza urbana y se nombra una Comisión de Vecinos.

Evidentemente este pueblo no podía seguir ostentando el nombre de los Santos Lugares de Rosas, ya que el Estado de Buenos Aires –como se la llamó a nuestra provincia escindida de la Confederación en aquel momento–, como en el resto del país, se trató de borrar todo lo referente al “execrable tirano” y por ello se le dio un nuevo nombre. Pero las autoridades antirrosistas de entonces, no tuvieron en cuenta que una vez más el nombre del Libertador, quedaba indisolublemente unido por su historia al nombre del Restaurador de las Leyes, en un pago que honra la memoria de ambos Padres de la Patria y del cual todos los sanmartinenses, por haber nacido aquí y por seguir los ideales del Gran Capitán, nos enorgullecemos.

           

Fuentes:

José Vicente Valdez Tritti, “Historia del pueblo de Gral. San Martín, desde el Virreinato del Río de la Plata hasta el 2000”, publicado en sucesivos números del Periódico Informaciones durante el año 2003.

Dr. Carlos M. Torreira, “Casa de Rosas”, folleto del “Mojón Cultural de la Soberanía Nacional, Santos Lugares de Rosas”.

Jaime González Polero, “La Historia del Pueblo de General San Martín, Año 1790-1995”, Edit. Por la Municipalidad de Gral. San Martín.

“Historia del Pueblo de San Andrés”, Coordinadora María del Carmen Redlich; pexto y presentación: José V. Valdez Tritti.

Anibal Morello, “Reseña Histórica de la Ciudad y Partido de Gral. San Martín”

 www.revisionistas.com.ar

(1) Contrariamente a lo que dice el texto debajo de la foto (Palermo), esta construcción era la de la Comandancia de los Santos Lugares de Rosas, actual museo Casa de Rosas, ubicada en la localidad de San Andrés.

Antonino Reyes - Polémica con Vicente Fidel López

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pag. 3 

Reyes y su polémica con Vicente Fidel López

Revista Caras y Caretas N° 75, 10/03/1900

Señor Director de EL ARGENTINO.

No era mi ánimo, a pesar de los empeños de mis amigos, entrar a desautorizar las falsedades que presenta como hechos históricos el Dr. Vicente F. López; pero como este señor con un lenguaje que deja mucho desear en un historiógrafo, me hiere alevosamente, voy a tratar de demostrar como con malicia tergiversa e inventa los hechos, y glosa a su antojo lo que está escrito, torciendo su sentido y convirtiéndose en un triste continuador de la obra de Rivera Indarte y Barbará.

Relego al mas profundo desprecio el epíteto de camarero que me dá el Sr. López, porque no me alcanzan sus injurias gratuitas. No he sido camarero, ni mucho menos, del general Rosas, porque nunca me he rebajado y he sabido conservar mi posición decorosa; he sido simplemente oficial de secretaría, a mucha honra; y tengo para mí que esto es más digno que el haber hecho profesión de servilismo y de servilismo bien retribuido, como lo hizo alguien a quien el señor don Vicente conoció muy de cerca (1), y a quien no quiero nombrar, porque al fin y al cabo, fue un patriota, un buen hombre que admiraba mucho al tirano, tanto que hasta un himno le cantó.

Para desautorizar la fábula que escribe sobre el asesinato del general Quiroga, me limito a reproducir la carta que en 15 de Setiembre de 1881 escribí al Dr. Adolfo Saldías (f. 398 y 408 de su Historia de la Confederación Argentina) y cuya carta contiene un párrafo de otra del señor general Rosas dirigida a mí desde Southampton.

Lo que en ella se narra es la fiel expresión de la verdad, dicha por un hombre que no tiene interés en ocultarla, y cuya palabra no puede ser puesta en duda, porque ha ajustado sus hechos y sus dichos, durante toda su vida, a la más estricta moral y ha salido como una patena del crisol en que quisieron fundir su honra sus más encarnizados enemigos, en días de oprobio en que a la tiranía del general Rosas, habían sustituido con otra más ominosa, cruel y desconocida. Mal puede ser creído el Sr. López, puesto que no funda sus asertos en documento alguno, sinó sobre simples cuentos, que bien pueden ser forjados por él mismo, cuando se vé que con la más asombrosa audacia tergiversa párrafos clarísimos de documentos conocidos.

……………………

(1) Reyes se refiere aquí al Dr. Vicente López y Planes, -padre de Vicente Fidel López-, quien después de la batalla de Caseros de rosista pasó a ser un furibundo antirosista (Nota del Director)

Antonino Reyes - Una actitud hacia su jefe

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pag. 2  

Una actitud de Antonino Reyes con su antiguo Jefe.

La Sra. Josefa (Pepita) Gómez, leal amiga del exiliado Juan Manuel de Rosas, quien se había encargado de promover la suscripción de los amigos de Rosas para girarle dinero al exilio y socorrerlo en la emergencia, en carta que le remitió el 11 de julio de 1867, cuyo original se encuentra en Archivo General de la Nación (Sección Fariní, legajo 23), dándole cuenta de su cometido, le comenta de la actitud de Antonino Reyes y de su deseo de colaborar, con las siguientes palabras: “…Sabedor, Antonino Reyes, de las cartas de V. a algunos de sus amigos fue in continenti a la casa donde yo paré, y me dijo: textuales palabras, que aunque él no era invitado a formar parte de la suscripción, pero que él se consideraba obligado en conciencia, atento los grandes beneficios que a V. debe, y por el gran amor que le profesa auxiliarlo a salir de sus necesidades subscribiéndose con 300 patacones al año los que empezarán, o entregará en los primeros días del próximo año 68, pero si V. los precisa antes serán remitidos con el primer aviso que le dé, y también que espera que en cualquier necesidad en que V. se encuentre que libre contra él que será satisfecha a la vista…”

Antonino Reyes, Evasión de la cárcel

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pag. 2 y 3  

La evasión de la cárcel del Cabildo, contado por el mismo Antonino Reyes


Residencia de Reyes en los Santos Lugares (de Rosas)

Después de todo esto, me encontraba autorizado a pensar en mi fuga.  

Para ello estaba provisto de lo principal: llaves de las puertas de mi calabozo: llave de la puerta que iba a los corredores de Cabildo para dejarme caer de los balcones en un momento dado y sin que me viese la guardia, o correrme por las azoteas de la Policía para las casas de familias ya advertidas entre ellas la del Sr. Don Miguel Riglos.

Para el caso que todo saliese bien había mandado comprar una ballenera y entregarla a un soldado Flores que se me había ofrecido muchas veces, para que se situase con ella en el bajo de la quinta de Laprida, bajada Norte del callejón de Ibáñez. Para que no hubiese equivocación, mandé a Manuel Bazo, que había sido mi asistente en muchos años y que siempre me manifestó cariño, que le señalase el punto fijo en que debía esperarme.

Todo esto tenía en perspectiva y pronto para el momento preciso.

Los soldados que montaban la guardia habían sido soldados míos antes; les había hablado y todos ellos, sin inquirir cosa alguna, se pusieron a mis órdenes con una fidelidad ejemplar.

De antemano había mandado prevenir al general Don Venancio Flores la resolución que tenía de asilarme en la República Oriental.

Contaba con amigos abnegados, a los cuales no tenía necesidad de prevenirles mi resolución. En primera línea se encontraba don Juan Argüelles, mi ahijado, y del cual estaba seguro que se haría matar por salvarme. Éste fue mi principal agente para preparar mi evasión.

Con grande interés y abnegación se me brindaban mis amigos don Martín Sarratea, don Santiago Torres y don Marcelino Martínez Castro, al cual comuniqué mi plan que mereció su aprobación.

Ocurría la circunstancia de ser el Sr. Martínez mi enemigo político y por lo tanto sus compromisos eran mayores para con sus correligionarios.

Debo aprovechar esta oportunidad para hacer pública manifestación de mi gratitud a estos amigos.

Las circunstancias apremiaban y era necesario obrar.

Llegó al fin el día señalado para mi evasión, que era el 6 de junio de 1854.

El día antes había estado mi esposa y me había despedido de ella obteniendo su consentimiento para salir; consentimiento que necesitaba de la madre de mis hijos, porque había resuelto no volver a mi calabozo, ni caer con vida en poder de mis enemigos, y no quería que ella, la que había sido modelo de virtud y que había sufrido tanto durante mi prisión, me culpase del paso que había resuelto dar, cuando ya estaba ella como yo persuadidos que lo que se quería era mi desaparición.

El día lo pasé en gran agitación y sobresalto. Todo era una novedad, una aflicción. El más insignificante ruido me llamaba la atención, hasta que llegó la noche que era de luna, clara, limpia, como para alumbrar mi libertad. La primera puerta de mi calabozo me la dejaban abierta y esto favorecía mi salida; así es que no tenía que abrir más que una puerta la interior. La guardia era del 2 de línea, en cuyos soldados tenía más confianza. Ese día vinieron muchos de los míos y a cuyo cargo estaba el teniente don Carlos Larravide el mismo que estaba la noche que el cabo Lezica vino para hacerme fugar. Entonces estaba al cargo de ellos y no del alcalde, y ahora era la inversa, pues éste tenía las llaves.

A las 8 de la noche tuve necesidad de salir de mi calabozo para ver por mí mismo las centinelas que había y si estaba en la puerta un Rojas, a quien tenía que decirle cambiase sus turnos, quedase de plantón hasta media noche y me dejase entrar a Argüelles, quien debía venir hasta los corredores de enfrente a mi calabozo, y con un pañuelo blanco hacerme la señal para salir.

Así sucedió. A la una de la noche del referido día, don Juan Argüelles se encontraba frente a mi calabozo y me hizo la señal convenida.

Abrí la puerta con la llave que había hecho, me metí en la garita que se encontraba cerca de mi calabozo. Tomé el fusil al centinela que allí estaba y que estaba convenido conmigo; me dio su gorra, su capote, la consigna. En seguida me reuní con el fiel Argüelles y con él salí a la puerta de la cárcel.

Al llegar a la puerta que daba al zaguán, en cuyo medio había un gran farol, que daba una luz fuerte, divisé a mi Rojas paseándose con el arma al brazo. Lo que nos vio, nos hizo señas que saliésemos. La noche era clara como el día. Estaba acordado que este centinela y el del calabozo, Caraballo, habían de venir conmigo porque eran los comprometidos. El otro que había en el patio de mi calabozo, quedaba durmiendo o haciendo que dormía.

Salimos, pues, sin novedad, y al bajar la vereda empedrada que circundaba la plaza de la Victoria, sentimos un grito de Rojas, llamando al cabo de guardia para que lo relevase. No dejó de sorprendernos el grito, pero como oímos el motivo, seguimos para el medio de la plaza. Ya frente a la pirámide, en dirección a la calle Defensa, vimos que se destacaba un hombre encapado debajo los arcos de la recova nueva. Me sorprendió, pero muy luego reconocí a mi amigo don Santiago Torres, que me abrió los brazos y me alentó, diciéndome que todo estaba bien preparado y que los caballos me aguardaban, por la calle Venezuela, cerca de la antigua cancha de pelota al cuidado de Manuel Baso. Reunido a este amigo y a Marcelino Martínez, que nos esperaba frente a San Francisco, seguimos solos conversando con tranquilidad.

Pasé por mi casa, golpeé la ventana y avisé que ya iba libre.

Mientras tanto, el amigo Argüelles se había separado de nosotros al llegar a la botica de San Francisco y regresado a la cárcel en busca de los dos centinelas que debían fugar conmigo.

En el lugar donde estaban los caballos, nos reunimos con soldados y Argüelles que los conducía, y de allí, bien montados, nos dirigimos al puente Maldonado para de allí seguir en busca del bote que debía esperarme frente al monte Laprida.

Desgraciadamente no estaba el bote y sea por temor o por torpeza, el hecho era que nos faltaba lo principal y trastornaba mi plan. Consultamos allí mismo y convinimos en que era preciso proporcionarnos una embarcación. Don Marcelino Martínez se encargó de ir a buscarla en persona a la ciudad, quedando nosotros ocultos en unos pajonales y juncales en la orilla del río, a los fondos de la quinta de don José María Castillo, donde el mismo Martínez nos llevó. Allí permanecimos todo ese día y esperamos inútilmente hasta la oración del 7 de junio. No apareció ninguna embarcación y como veíamos algunas balleneras a lo lejos, hicimos una bandera con un trapo y la atamos a una vara larga de sauce. Con ella hicimos señales para que supiesen dónde estábamos. Esto había sido advertido por las lavanderas que estaban en la costa y otros individuos, lo que hizo que preparase el juez de Paz o comisario una partida para venir a registrar los lugares donde nos encontrábamos; pero un soldado que había sido mío, llamado Madariaga, se anticipó y me dijo: que debíamos salir inmediatamente, lo que efectuamos, reteniendo yo a este individuo para que me acompañase; pues a los demás que estaban conmigo los había mandado a Punta Chica, para embarcasen en una chalana que había mandado aprontar desde la tarde.

Al mismo tiempo había mandado aprontar caballos en la chacra de un antiguo oficial, Olguín, hacia donde me dirigí. Desde los fondos de esta propiedad mandé a Madariaga para que me trajese los caballos, que suponía listos. La luna empezó a alumbrar en ese momento y con su claridad divisé un grupo de hombres que conversaban en la cuchilla. Esperando al que había enviado, vi venir un hombre como desprendido del grupo que había visto antes. Monté a caballo y cuando quiso acercárseme se lo impedí, ordenándole siguiese su camino.

Acto continuo me dirigí al bañado de San Fernando; el hombre sospechoso que se había dirigido hacia mí, debía ser soldado de alguna partida de campaña. De allí me encaminé a los tapiales de Ramos Mejía, en donde resolví dirigirme al Rosario por tierra.

En mi marcha, el guía me llevó a la chacra del coronel Pedro José Díaz. Allí me hice anunciar sin dar mi nombre. El coronel Díaz, tipo perfecto del caballero, al divisarme abrió la puerta de su dormitorio y me invitó a pasar adelante. Estaba amaneciendo.

Antes de entrar le expliqué la condición en que me encontraba. El coronel Díaz me respondió que era un deber de caballero y de amigo el recibirme en su casa, así como lo había recibido yo en la mía, sin mirar las consecuencias.

Allí quedé dos días en donde reuní hombres, caballos y me proveí de algunos útiles para el viaje. En seguida marché al Rosario por el camino de la costa. Al llegar al Arroyo del Medio, nos encontramos con una partida de indios de Pascual Rosas. Al reconocerme, quisieron llevarme a sus toldos, de cuyo convite me costó mucho librarme.

Me alojé en la estancia del Sr. Guascochea donde recibí hospitalidad; y allí fui reconocido. Se dio aviso al coronel Andrade de Santa Fe, jefe de aquel distrito, y éste me mandó cuatro soldados para que me acompañasen. De allí pasé al Rosario, al Diamante y en seguida al Paraná. Seguí hasta Gualeguay, en donde encontré al general Urquiza, quien me trató con la mayor franqueza y afecto.

Mucho hizo porque me quedase en Entre Ríos; pero me pareció más propio y conveniente el trasladarme a Montevideo, donde fui a reposar de tantas fatigas y a esperar el desenlace del juicio que se me seguía, y que se encontraba en la Exma. Cámara de Apelaciones.

Interior de la residencia de Reyes


Antonino Reyes

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pags. 1 y 2  

HECHOS Y PERSONAJES DE LA CONFEDERACION ARGENTINA

ANTONINO REYES, Edecán del Restaurador

                                                                                                                                       Por Norberto Jorge Chiviló

Antonino Reyes


Antonino Reyes, buen federal, edecán del Restaurador de las Leyes, amigo de éste y de su hija Manuelita en las horas de infortunio, había nacido en Buenos Aires en 1813. Durante niño se trasladó con sus padres a la Banda Oriental (actual República Oriental del Uruguay) donde realizó sus primeros estudios; más tarde, siendo adolescente volvió a su tierra natal y en 1832 ya se lo encuentra trabajando con personajes importantes de la Confederación Argentina, como el Dr. Manuel Vicente Maza y los militares Pedro Rosas y Belgrano –hijo de Manuel Belgrano– y Juan Antonio Garretón.

En la Expedición al Desierto, estuvo bajo el mando de Juan Manuel de Rosas, desempeñándose como Oficial de su Secretaría desde marzo de 1833 hasta marzo del año siguiente.

En 1835 y siendo ya elegido Rosas por segunda vez como Gobernador de la provincia, designó a Reyes como Capitán de Milicias de Caballería y desde el 1º de mayo de 1836, comenzó a desempeñarse en la Secretaría del Gobierno de Rosas. Dos años después fue ascendido a Sargento Mayor y en el año 1840 comenzó a desempeñarse como jefe de la Secretaría que funcionaba en el campamento de los Santos Lugares, realizando las funciones de Edecán del Restaurador, estando su lugar de trabajo muy cerca de lo que es la llamada Casa de Rosas en la calle Diego Pombo Nº 3324  de la actual localidad de San Andrés, Ptdo. de Gral. San Martín. En esos años difíciles en los que tuvieron lugar el bloqueo francés al puerto de Buenos Aires y todo el litoral del río perteneciente a la República Argentina, la invasión del Gral. Lavalle al frente del Ejército Libertador, la intervención franco-británica y la guerra del Paraná, entre otros hechos que se extendieron durante casi toda la década de 1840, Reyes, además de cumplir con sus funciones de Edecán, fue hombre de total confianza de Rosas.

A fines de abril del año 1848, fue designado Juez de Paz de San Fernando. En ese mismo año y debido a su desempeño en los Santos Lugares, recibió en calidad de presos a los amantes, la joven Camila O’Gorman –miembro de una familia de la aristocracia porteña– y al cura Uladislao Gutiérrez –sobrino éste del gobernador federal de Tucumán–, a quienes infructuosamente trató de salvarles la vida, debiendo cumplir posteriormente y muy a su pesar con el fusilamiento de tales reos por orden de su superior.

Participó en la batalla de Caseros –3 de febrero de 1852– en defensa de la Confederación Argentina.

A los pocos días de esa batalla, el vencedror y  nuevo hombre fuerte de la Confederación Argentina, el Gral. Justo José de Urquiza, le dio de baja del ejército, pero casi cinco meses después lo reincorporó con el grado de Teniente Coronel.

A producirse en Buenos Aires la revolución del 11 de setiembre de 1852, Reyes se fue de Buenos Aires y se exilió en Montevideo. Esa revolución fue realizada por elementos liberales, antiguos unitarios antirrosistas, algunos exrosistas, ahora devenidos en antiurquicistas, que produjeron la secesión de la provincia de Buenos Aires de la Confederación Argentina, creándose así el Estado de Buenos Aires, con ejército y marina propios, con su constitución y cuerpo diplomático diferenciados de la Confederación, actuando así como dos países distintos.

A tres meses de producida esa Revolución, en el mes de diciembre, se produjo el levantamiento federal del coronel Hilario Lagos (ver “El Restaurador” Nº 8, pág. 3), al cual adhirió Antonino, poniéndose sitio a Buenos Aires, con la finalidad de reincorporar la provincia a la Confederación. Vencido ese levantamiento y levantado el sitio a Buenos Aires, Reyes fue detenido en la Guardia de Luján y posteriormente le fue promovido un proceso por los “crímenes” que habría cometido en la década de 1840, cuando se encontraba al frente del cuartel de los Santos Lugares, acusándoselo de “criminal famoso”, embargándosele también todos sus bienes. En ese proceso tuvo destacados defensores a los Dres. Miguel E. Saguí y Manuel M. Escalada. Fue ese un juicio eminentemente político, en el que se mezclaron falsas acusaciones por su actuación en el campamento de los Santos Lugares –entre otros casos el de O’Gorman y Gutiérrez–, su participación en el levantamiento de Lagos y algunas denuncias de particulares. A principios de mayo de 1854 en primera instancia se lo condenó a la pena de muerte en calidad de “aleve”. Un mes después Reyes, con la ayuda de sus amigos, oficiales y soldados que lo custodiaban y que otrora habían sido sus subordinados, pudo fugarse del  Cabildo de Buenos Aires en el cual estaba preso y exiliarse en Montevideo. El juicio siguió en rebeldía y la Cámara de Apelaciones, a fines de junio de 1855, revocó la sentencia y lo declaró inocente, procediéndose al levantamiento del embargo sobre sus bienes. No obstante ello, Reyes no volvió a Buenos Aires y siguió residiendo en Montevideo, pero no siguió ajeno a los sucesos que se sucedían de este lado del Plata.

Tampoco guardó silencio ante las versiones falsas que se vertían en distintos medios periodísticos de la Argentina, sobre la época rosista y que eran bien conocidos por Reyes; sus cartas y refutaciones fueron también publicadas en diarios y revistas de la época.

A fines de 1881, Reyes se entrevistó con el escritor chileno Manuel Bilbao, quien años atrás había escrito la Vida de Rosas (publicada en Buenos Aires en 1866), a quien le presentó diversa documentación de la época rosista, como así también tuvo largas conversaciones que versaron sobre tal período, recordando hechos y acontecimientos vividos. Dijo Bilbao: “…Sin esfuerzo alguno se advertía que el hombre con quien conversaba era un hombre de bien, franco y sin temor al exámen de sus actos”. Fruto de esos documentos y esas charlas fue la publicación en 1883, de la obra de Bilbao: “Vindicación y memorias de don Antonino Reyes”.

También Reyes colaboró con Adolfo Saldías, en la preparación  de su “Historia de Rozas y su época”, cuyo título fue cambiado después por el de “Historia de la Confederación Argentina”.

En varios números del diario de la Unión Cívica Radical, “El Argentino”, pudo publicar sus refutaciones al historiador Vicente Fidel López vertidas por este en “Apuntes de otros tiempos”. Esos artículos fueron a su vez reunidos y editados en Rosario en 1895 por otro federal de ley, el Cnel. Prudencio Arnold (ver “El Restaurador Nº 12).

En 1895, volvió a Buenos Aires. En casa de Saldías conoció a Leandro N. Alem, a quien le contó los pormenores del fusilamiento de los federales Ciríaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén –padre este de Leandro N. Alem– y el posterior colgamiento de los cuerpos en la horca.

Mantuvo correspondencia con Juan Manuel de Rosas mientras este se encontraba exiliado en Southampton –Inglaterra– y posteriormente durante los años 1889 a 1897, con su hija Manuelita, siendo ambos ya ancianos y encontrándose ambos exiliados, ya que Manuelita se encontraba en Inglaterra y Reyes en Montevideo, cimentando así una estrecha amistad entre ellos, que había comenzado antes de Caseros. Incluso Reyes, fue una de las personas que ayudó monetariamente al ex Gobernador, girándole dinero, debido a las penurias que este pasaba en suelo extranjero.

Reyes fue también nuestro vecino, ya que fue propietario de una chacra en estos pagos de los Santos Lugares –actual localidad de San Andrés– que se extendía desde el fondo del actual Club de Golf, sobre el camino a Florida, entre las calles Tandil y Ecuador hacia la actual Av. de los Constituyentes y en la cual tenía una hermosa residencia; también era vecino de nuestra ciudad, el escritor Manuel Bilbao, quien en las proximidades del Hospital municipal Dr. Diego E. Thompson, tenía una residencia.

Reyes falleció en Montevideo el 6 de febrero de 1897.  

 

Fuentes:

“Iconografía de Rosas y de la federación – Nuevos aportes”, Fermín Chávez, Ed. Oriente, 1972

“Manuelita Rosas y Antonino Reyes – El olvidado epistolario (1889-1897)”, Archivo General de la Nación, 1998.    

“Vindicación y Memorias de Don Antonino Reyes”, Manuel Bilbao, Ed. El elefante blanco, 1998.

“Rosas y Urquiza – Sus relaciones después de Caseros”, Mario C. Gras, 1948.

“Artículos publicados en varios números de “EL ARGENTINO”, Colección Estrella Federal Nº 5, año 1994.