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martes, 1 de septiembre de 2015

Anécdotas - Elpidio González

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IX N° 36 - Setiembre 2015 - Pag. 8 

 Anécdotas.

revista Qué
(A)

Se conocen algunas anécdotas sobre Elpidio González, que lo muestran tal cual era.

Caras y Caretas
(B)

La primera la encontramos en Internet y no podemos certificar el origen de la misma, pero de todas formas está de acuerdo a la personalidad que tenía González.

Dice así:

"Cierto domingo de un frío invierno, al mediodía, un anciano, pesándole más los años que el maletín de gastado cuero cargado de betún y anilinas Colibrí para los zapatos con que se ganaba la vida, vistiendo un  traje gris, pobre y limpio y la barba, larga pero cuidada, subió a un tranvía.

Después de sacar el boleto se sentó al lado de un señor que venía leyendo un libro.

-“Cantos de vida y esperanza”, un buen libro de Rubén Darío. -le dijo el anciano al pasajero lector, y luego se enfrascó en sus cosas sin prestarle más atención.

El anciano contaba ahora, algunas monedas que había obtenido de la venta del día…

-Y sí, es él, -pensó el lector; ese al que ahora se le caía  una moneda y se levantaba cansinamente a recogerla. Era él, el mismo que decían que vivía en un cuarto de la calle Cerrito que se venía abajo; el mismo que había rechazado una pensión que le correspondía; el amigo de Yrigoyen; el vicepresidente de Alvear... el que tampoco aceptó una casa que el gobierno quiso darle para que viviera como merecía. Sí, era Elpidio González.

El viejo político, con la moneda recuperada en su mano, jadeó un poco. Se había agitado al agacharse a recogerla. Y, como justificándose, dijo a su vecino al sentarse nuevamente junto a él:

-Si no la uso para limosna, la usaré para comer.

  Y en la siguiente parada se alejó hacia la puerta trasera, como un espectro, para irse.

- ¡Oiga, señor González! -le dijo el viajero-, sírvase guardar el libro que le agrada con usted. Sería un honor para mí que lo aceptara.

El anciano le miró agradecido y, cerrando los ojos, le dijo con convicción y humildad:

-Un funcionario, aunque ya no lo sea, no acepta regalos, hijo. Y, además, recuerdo bien a Darío, mejor que a los precios de las pomadas: 

“...y muy siglo diez y ocho, y muy antiguo, y muy moderno; audaz, cosmopolita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de ilusiones infinita…”

Después de recitar su estrofa, tras la parada, el anciano bajó del tranvía y se perdió en la historia, con toda la riqueza de su pobreza, guardada en un maletín viejo, lleno de pomadas, y de unas pocas monedas escurridizas.

Caras y Caretas
(C)
Otra nácdota contada por el que fuera brigadier general de la Fuerza Aéra Argentina, Eduardo Schiaffino.

"Mi familia tuvo un negocio durante la década del 40, hasta 1955, en Santa Fe y Paraná. Un día un vendedor ambulante con su portafolio pasó ofreciendo anilinas Colibrí.

Mi abuela Rosario Schiaffino le compró y luego del pago le dijo: «Muchas gracias, señor González». El hombre, sorprendido, dijo: 

«¡Usted me conoce!» Mi abuela le contestó: «Cómo no lo voy a conocer si usted fue vicepresidente de la Nación, señor Elpidio González»".

(A) Tapa de la revista "Qué sucedió en 7 días" N° 45 del 10 de junio de 1947. Aquí se ve a Gonzalez con su larga barba que lo caracterizó en su ancianidad.

(B) Tapa de la revista "Caras y Caretas" N° 1255 del 21/10/1922.

(C) Tapa de la revista "Caras y Caretas" N° 1307 del 6/10/1923. 

viernes, 1 de junio de 2012

Anécdotas - Mercedes Rosas de Rivero

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 23 - Junio 2012 - Pag. 16  

ANECDOTAS.

Manuel Bilbao (h) en "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires" (1934), cuenta la siguiente anécdota que tuvo por protagonista a la hermana de Juan Manuel de Rosas, la Sra. Mercedes Rosas de Rivero.

Manuel Bilbao (h)
Abanico de la época de la Confederación

         
Después de Caseros, el general Urquiza estableció su cuartel general en Palermo, adonde le llegaban las noticias del saqueo a que, con todo desenfreno, se había entregado el populacho.

Esto le hizo pensar en la situación en que se encontrarían las familias y ciudadanos federales que podían ser víctimas de esos sucesos, lo que le decidió a enviar guardias especiales para la custodia de sus personas y propiedades. Entre las personas a quienes resolvió resguardar, especialmente, se encontraba doña Mercedes Rosas de Rivera.

De acuerdo a esos propósitos, ordenó se enviasen a la ciudad varias patrullas con este fin.

En esas circunstancias se presentó a las puertas de esta casa un piquete de soldados con un oficial a su frente, el que anunció su presencia, siendo atendido por una persona del servicio, la que transmitió la novedad a su patrona.

Esta dispuso se hiciera entrar al oficial a la sala, en donde le recibió doña Mercedes de pie, quien después de saludarla con todo respeto y con su kepis en la mano, le manifestó “que tenía orden del excelentísimo señor capitán general don Justo José de Urquiza de presentarse a ella y quedar en su casa para resguardo y cuidado, dadas las anormales circunstancias por que atraviesa la ciudad”.

Después de agradecer al oficial la parte que personalmente le correspondía en el desempeño de su comisión, le contestó: “Diga usted al excelentísimo señor general Urquiza que agradezco su atención; pero que no la acepto, porque tengo más confianza en mis fieles criados que me acompañan que en todo lo que pueda venir de él, después de lo que ha hecho traicionando a mi hermano Juan Manuel.”

Acto continuo el oficial se retiró con la misma cortesía con que había entrado, para dar cuenta del resultado de su misión.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Anécdotas - Ña María la carretera

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 21 - Diciembre 2011 - Pag. 5 

ANÉCDOTAS

Ña María la carretera

Por Bernardo Lozier Almazán

 

Anécdotas de Rosas
Carreteros preparando su comida. William Mac Cann

Corría el lluvioso mes de abril de 1843, cuando por el camino que conducía desde el pueblo de San Fernando de Buena Vista a Buenos Aires avanzaba trabajosamente Ña María la carretera. Había pasado la Posta de San Isidro con gran dificultad por la pantanosa huella hasta que, llegando a las cercanías del arroyo Maldonado, la enorme carreta quedó empantanada de tal manera que los extenuados bueyes se dieron por vencidos.

Ña María, que llevaba en su carreta una pesada carga de bultos, correspondencia para Buenos Aires y, como pasajeros, a una señora con varios niños, comenzó a preocuparse ante la perspectiva de que los sorprendiera la noche en tal peligrosa situación, dado los bandidos que merodeaban la región. Como corresponde en estos casos, la carretera comenzó a despotricar contra las autoridades, dedicándole todo tipo de improperios a los jueces de Paz, Alcaldes y hasta al mismísimo gobernador don Juan Manuel de Rosas por el pésimo estado de los caminos.

En eso estaba, con toda la furia, cuando apareció por el camino un jinete muy bien montado, a quien pidió ayuda mientras seguía protestando contra el gobernador y toda la manga de inútiles que lo rodeaban. El paisano muy sonriente acompañó en sus protestas a la pobre carretera que, sintiéndose estimulada iba aumentando sus insultos a la autoridad.

Al fin, el jinete –demostrando una gran destreza criolla– puso su caballo a tiro y logró desencajar la carreta. La alegría de Ña María era indescriptible, por lo que llegó a ofrecerle una propina al paisano que la había sacado de tan mal trance, dádiva que no aceptó de ninguna manera. El gaucho se despidió y partió al galope mientras la carretera quedó observándolo y diciendo: “¡Que paisano tan güeno y bien montao!”.

La carretera retomó la marcha apurando el lerdo paso de los bueyes para llegar al anochecer a Buenos Aires, poniendo fin al tan accidentado viaje en la Plaza Nueva, donde se concentraban las carretas que venían de tierra adentro.

A la mañana siguiente, Ña María se encontraba preparando el regreso, cuando se le presentó un soldado, muy ataviado de color punzó, para comunicarle que don Antonino Reyes, comandante de las tropas federales, la citaba en San Benito de Palermo. El susto de la pobre carretera fue tal que casi llega al desmayo mientras recordaba las críticas que había proferido contra don Juan Manuel.

No obstante, se hizo presente en la residencia de San Benito, siendo conducida ante Rosas. Fue en aquel momento que creyó desplomarse, cuando descubrió que se encontraba ante el mismísimo paisano que en la víspera la había ayudado a salir del pantano.

Según nos relata el recordado historiador sanfernandino, Héctor Adolfo Cordero, el Restaurador mantuvo un cordial diálogo con Ña María, admitiéndole que tenía razón en cuanto que había que reparar los caminos. La entrevista tuvo el final feliz de los buenos cuentos, ya que la carretera salió de San Benito encantada con el Gobernador quien, le obsequió doscientos pesos de aquellos, que no eran pocos, y le prometió que libraría a sus hijos del servicio militar, para que la ayudaran en su pesada tarea de carretera.

Ña María había nacido el 18 de febrero de 1792 en el pueblo de Santa María de las Conchas (actualmente Tigre), en cuya parroquial pila bautismal le impusieron los nombres de María de los Santos, quedando registrado que sus padres fueron don Marcelino Sayas y doña María Zárate, ambos de antiquísima raigambre criolla.

Enrique Udaondo refiere que María de los Santos Sayas “era la persona que hacía el correo desde la época en que se estableció por decreto del 6 de diciembre de 1821 […] ya que habían desempeñado el mismo oficio sus ascendientes desde el año 1747…”. 

De tal manera rescatamos del olvido a aquella criolla que se había dedicado durante toda su vida a la abnegada tarea de Carretera y Correo, transportando dos veces por semana pasajeros, bultos y correo entre los pueblos de las Conchas, San Fernando de Buena Vista, San Isidro y Buenos Aires, hasta que el cóleras le quitó la vida el 11 de febrero de 1868. También recreamos esta simpática anécdota federal trasmitida por tradición oral por los descendientes de Ña María.     

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Anécdotas - Tomada de pelo de Rosas al Almirante francés

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 17 - Diciembre 2010 - Pag. 8 

Anécdotas

La “tomada de pelo” de Rosas al Almirante francés


Ya en otros números de este periódico nos referimos a las bromas que hacía Juan Manuel de Rosas a familiares y extraños, algunas un poco “pesadas”, demostrativos del buen humor del gobernante porteño, que a lo mejor le ayudaban a sobrellevar las cargas pesadas y complicadas de las tareas de gobierno.

Gabriel Puente en “La intervención francesa en el Río de la Plata”, relata la siguiente anécdota.

El 29 de octubre de 1840, a bordo de la cañonera francesa La Boulonaise, se protocoliza el tratado entre la Confederación Argentina y el reino de Francia, primera potencia mundial, firmado en representación de esta última por el embajador y enviado plenipotenciario del rey Luis Felipe, el vicealmirante Ange René Raymond, barón de Mackau, y en representación de la Confederación su ministro de Relaciones Exteriores, el doctor Felipe Arana.

El tratado significó un triunfo diplomático verdaderamente espectacular para el país y fue recibido con bombas de estruendo en la alameda, grandes manifestaciones populares y enorme orgullo y reconocimiento en toda hispanoamérica.

El Dr. Arana envía a los pocos días al embajador la Convención, ratificada por la Junta de Representantes de Buenos Aires. Los almirantes y oficiales franceses de la flota bajaron a tierra y fueron agasajados en el Fuerte, en donde se alojaron. Don Juan Manuel de Rosas los visitó también para agasajarlos el 8 de noviembre (lo cortés no quita lo valiente), circunstancia en la que mantuvo una curiosa conversación en tono de cargada con el embajador francés.

Efectivamente, el barón de Mackau que “chapurreaba” bastante bien el castellano, le preguntó a Rosas si en la Patagonia sus habitantes, los indios patagones, sabían montar a caballo.

En tono muy solemne, Rosas le contestó que los indios patagones no podían hacerlo porque llevaban un gran rabo en el trasero, por lo que deberían tener monturas con un gran agujero para meterlo.

El poderoso embajador miró a Rosas entre extraño e incrédulo, pero Rosas siguió imperturbable con su fantástica explicación: “...este inconveniente (el rabo) está compensado por otras ventajas, como la de poder hacerse fresco agitando el rabo durante el verano y espantarse las moscas cuando hace calor”.

El unitario Daniel Torres, que conoció la “cargada” por un oficial francés presente en la desopilante reunión, concluyó medio amargado en su carta a su amigo Florencio Varela exilado en Montevideo:

“...No es extraño que Rosas pensase que después de hacerle tragar a Mackau el tratado, podría hacerle engullir lo de la cola o rabo de los patagones. Entre tanto, el Almirante no comprende que ha recibido tanta burla y un insulto”.

Nosotros nos preguntamos si algún mandatario actual de algún país “en vías de desarrollo”, se atrevería a hacerle semejante “tomada de pelo” a un Ministro Plenipotenciario de la mayor potencia mundial.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Anécdotas - Lucio V. Mansilla

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 5 - Diciembre 2007 - Pag. 16 




Anécdotas

Esta anécdota, la publicó Lucio V. Mansilla
en “Entre Nos. Causeries de los jueves”, 
relatando lo que le contó Mariano Miró.



"Dígame amigo, ¿no quiere que seamos compadres?...

Estamos en la estancia "del Pino". Mejor dicho: están tomando el fres­co bajo el árbol que le da su nombre a la estancia, don Juan Manuel Rosas y su amigo el señor don Mariano Miró (el mismo que edificó el gran pala­cio de la plaza Lavalle, propiedad hoy día de la familia de Dorrego).

De repente (cuento lo que me contó el señor Miró) don Juan Manuel interrumpe el coloquio, tiende la vista hasta el horizonte, la fija en una nubecilla de polvo, se levanta, corre, va al palenque donde estaba atado de la rienda su caballo, prontamente lo desata, monta de salto y parte... diciéndole al señor Miró: "Dispense, amigo, ya vuelvo".

Al trote rumbea en dirección a los polvos, galopa; los polvos parecen moverse al unísono de los movimientos de don Juan Manuel. Miró mira: nada ve, Don Juan Manuel apura su flete que es de superior calidad; los polvos se apuran también. Don Juan Manuel vuela; los polvos huyen, en­volviendo a un jinete que arrastra algo. Don Juan Manuel con su ojo ex­perto, ayudado por la milicia gauchesca, tuvo la visión de lo que era la nubecilla de polvo aquella, que le había hecho interrumpir la conversa­ción. "Un cuatrero", se dijo, y no titubeó.

En efecto, un gaucho había pasado cerca de una majada y sin detener­se había enlazado un capón y lo arrastraba, robándolo. El gaucho vio desprenderse un jinete de las casas. Lo reconoció, se apuró. Don Juan Ma­nuel se dijo: "Caray..." De ahí la escena... Don Juan Manuel castiga su caballo. El gaucho entonces suelta el capón con lazo y todo, comprendien­do que a pesar de la delantera que llevaba no podía escaparse por bien montado que fuera si no largaba la presa.

Aquí ya están casi encima el uno del otro.

El gaucho mira para atrás y rebenquea su pingo (a medida que don Juan Manuel apura el suyo) y corta el campo en diversas direcciones con la esperanza de que se le aplaste el caballo a don Juan Manuel.

Entran ambos en un vizcacheral. Primero, el gaucho; después, don Juan Manuel; pero el obstáculo hace que don Juan Manuel pueda acercársele al gaucho. Rueda éste; el caballo lo tapa. Rueda don Juan Ma­nuel; sale parado con la rienda en la mano izquierda y con la derecha lo alcanza al gaucho, lo toma de una oreja, lo levanta y le dice:

-Vea, paisano, para ser buen cuatrero es necesario ser buen gaucho y tener buen pingo...



Y, montando, hace que el gaucho monte en ancas de su caballo; y se lo lleva, dejándolo a pie, por decirlo así; porque la rodada había sido tan fe­roz que el caballo del gaucho no se podía mover. La fuerza respeta a la fuerza; el cuatrero estaba dominado y no podía escurrírsele en ancas del caballo de don Juan Manuel, sino admirarlo, y de la admiración al miedo no hay más que un paso. Don Juan Manuel volvió a las casas con su gaucho, sin que Miró por más que mirara, hubiera visto cosa alguna dis­cernible...



- Apéese, amigo - le dijo al gaucho, y en seguida se apeó él, llamando a un negrito que tenia.

El negrito vino, Rosas le habló al oído, y dirigiéndose enseguida al gaucho, le dijo:

- Vaya con ese hombre, amigo.

Luego volvió con el señor Miró, y sin decir una palabra respecto de lo que acababa de suceder, lo invitó a tomar el hilo de la conversación in­terrumpida, diciéndole:

- Bueno, usted decía...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Salieron al rato a dar una vuelta, por una especie de jardín, y el señor Miró vio a un hombre en cuatro estacas.

Notado por don Juan Manuel, le dijo sonriéndose.

- Es el paisano ése...

Siguieron andando, conversando... La puesta del sol se acercaba; el se­ñor Miró sintió unos como palos aplicados en cosa blanda, algo parecido al ruido que produce un colchón enjuto, sacudido por una varilla, y miró en esa dirección. Don Juan Manuel le dijo entonces, volviéndose a sonreír, haciendo con la mano derecha ese movimiento de un lado a otro con la palma para arriba, que no dejaba duda:

-Es el paisano ése...

Un momento después se presentó el negrito y dirigiéndose a su patrón, le dijo:

- Ya está, mi amo.

- ¿Cuántos?

- Cincuenta, señor.

- Bueno, amigo don Mariano, vamos a comer...

El sol se perdía en el horizonte iluminado por un resplandor rojizo, y habría sido menester ser casi adivino para sospechar que aquel hombre, que se hacia justicia por su propia mano, sería en un porvenir no muy lejano, señor de vidas, famas y haciendas, y que en esa obra de predominio serían sus principales instrumentos algunos de los mismos azotados por él. Don Juan Manuel le habló al oído otra vez al negrito, que partió, y tras de él, muy lentamente, haciendo algunos rodeos, ambos huéspedes.

Llegan a las casas y entran en la pieza que servía de comedor. Ya era oscuro. En el centro había una mesita con mantel limpio de lienzo y tres cubiertos, todo bien pulido. El señor Miró pensó: "¿quién será el otro...?

No preguntó nada. Se sentaron, y cuando don Juan Manuel empezaba a servir el caldo de una sopera de hoja de lata, le dijo al negrito que había vuelto ya:

- Tráigalo, amigo -. Miró no entendió.

A los pocos instantes entraba, todo entumido, el gaucho de la rodada.

- Siéntese, paisano - le dijo don Juan Manuel, endilgándole la otra silla. El gaucho hizo uno de esos movimientos que revelan cortedad; pero don Juan Manuel lo ayudó a salir del paso, repitiéndole - : Siéntese no más, paisano, siéntese y coma.

El gaucho obedeció, y entre bocado y bocado hablaron así: 

- ¿Cómo se llama, amigo?

- Fulano de tal.

- Y, dígame, ¿es casado o soltero?... ¿o tiene hembra?...

- No señor - dijo sonriéndose el guaso - ¡si soy casado!

- Vea, hombre, y... ¿tiene muchos hijos?

- Cinco, señor.

- Y ¿qué tal moza es su mujer?

- A mi me parece muy regular, señor...

- Y usted ¿es pobre?

- ¡Eh!, señor, los pobres somos pobres siempre...

- Y ¿en qué trabaja?...

- En lo que cae, señor...

- Pero también de cuatrero, ¿no?...

El gaucho se puso todo colorado y contestó:

- ¡Ah!, señor, cuando uno tiene mucha familia suele andar medio apurado...

- Digame amigo, ¿no quiere que seamos compadres? ¿No está preñada su mujer? 

El gaucho no contestó. Don Juan Manuel prosiguió :

-  Vea, paisano; yo quiero ser padrino del primer hijo que tenga su mujer y le voy a dar unas vacas y unas ovejas. Y una manada y una tropilla, y un lugar por ahí, en mi campo, y usted va a hacer un rancho, y vamos a ser socios a medias. ¿Qué le parece?...

- Como usted diga, señor.

Y don Juan Manuel, dirigiéndose al señor Miró le dijo:

- Bueno, amigo don Mariano, usted es testigo del trato, ¿eh?...

Y luego, dirigiéndose al gaucho agregó:

- Pero aquí hay que andar derecho, ¿no?...

- Sí, señor.

La comida tocaba a su término. Don Juan Manuel, dirigiéndose al negrito y mirándolo al gaucho, prosiguió:

- Vaya amigo, descanse; que se acomode este hombre en la barraca, y si está muy lastimado que le pongan salmuera… Mañana hablaremos; pero tempranito, vaya y vea si campea ese matungo, para que no pierda sus pilchas... y degüellelo... que eso no sirve sino para el cuero, y estaquéelo bien, así como estuvo usted por zonzo y mal gaucho... - Y el paisano sa­lió.

Y don Mariano Miró, encontraba aquella escena del terruño propia de los fueros de un señor feudal de horca y cuchillo, muy natural, muy argentina, muy americana, nada vio...

…………………………………………………………………………………………………...

Un párrafo más, y concluyo.

El cuatrero fue compadre de don Juan Manuel, su socio, su amigo, su servidor devoto, un federal en regla. Llegó a ser rico y jefe de graduación.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Carta a su amigo el coronel Hilario Lagos

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año I N° 4 - Septiembre 2007 - Pag. 2 


Carta a su amigo 
el coronel Hilario Lagos

Después del Combate de la Vuelta de Obligado, Thorne desde la Estancia de Gómez, -el 27 de noviembre de 1845-, le dirige una carta a su amigo, el coronel Hilario Lagos: "Querido amigo: Estos renglones no llevan otro objeto que comunicar a V. el desagradable y fatal encuentro que tuvimos el día 20 del presente con las escuadras anglo francesas, en el punto de Obligado, a las 10 de la mañana. Rompieron los infames sus fuegos sobre nuestras baterías las cuales contestaron con todo el ánimo federal, y duró un fuego duro y mortífero hasta las 4 de la tarde, a cuya hora cesaron los fuegos de las baterías "Restaurador", "General Brown" y "General Mansilla" por su falta de municiones y mal estado de las piezas, sosteniendo todavía a la batería "Manuelita" que tuve el honor de mandar hasta las 6 de la tarde a cuya hora me ví obligado a abandonar por falta de municiones. Como cuatro horas batieron los enemigos nuestras baterías a tiro de pistola con 125 piezas de calibre 24 hasta de 80. Las escuadras se componían de 12 buques, tres vapores, dos corbetas, cinco bergantines y dos bergantines goletas, contra nuestras baterías que se componían de los siguientes: La derecha, "Restaurador", 6 piezas; centro "General Brown" y "Mansilla", 8 piezas; izquierda" Manuelita", 7 piezas y dos de tren volante. Nuestras pérdidas han sido considerables y la de los enemigos han sido mucho más porque hasta la fecha están en compostura y todavía no pueden moverse, pero tal vez dentro de pocos días los ha de tener por aquellos destinos a estos malvados. Es cuanto tengo que decirle a V. sobre el particular".

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La simpatía de Thorne por el partido federal,
lo llevaba a pintar de rojo los mástiles
de los barcos bajo su jefatura
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Cuando Thorne fue separado del servicio después de Caseros por el gobierno de Buenos Aires, solicitó a Valentín Alsina su pase a inválidos –contaba con 45 años–, para recibir una merecida pensión.

El petitorio que se encuentra en el Museo Naval (Ciudad de Tigre), estaba encabezado como sigue: “El teniente Coronel D. Juan B. Thorne, norteamericano de origen, pero argentino por simpatía, por adopción, y por haber adquirido con mi sangre tan glorioso título… He servido a ésta Patria mía 27 años, le he sacrificado mi juventud toda entera, he sufrido por ella prisiones en el extranjero, por ella estoy cubierto de cicatrices, por ella la salud y el perfecto uso de mis sentidos corporales me faltan…”

Después de señalar su actuación militar y mencionar cada uno de los combates en los que actuó y las heridas que recibió, continua diciendo “En muy costoso compendio he extractado mi hoja de servicios: muchos pliegos ocuparía si intentase detallar mis trabajos y mis fatigas… permítame gloriarme de ellas porque las he dedicado todas a la República Argentina…”

“…estoy cierto de ser bien comprendido cuando afirmo que mi entusiasmo ardía más puro en los combates que defendía a la Patria contra el extranjero. Llevo en mi cuerpo las severas impresiones del plomo del Brasil, del plomo de la Francia, del plomo de la Gran Bretaña, y estos signos me hermosean a mi vista, y estos signos me recrean al contemplarlos. Sin uso de un brazo y del oído podía hace tiempo haber pedido ir a descansar a inválidos: pero aspirando todavía a servir a mi patria, soportaba con paciencia mi desventajosa situación en las fatigas…”

Thorne falleció el 1º de agosto de 1885, en su casa de la calle Tucumán 1482, por un ataque de bronconeumonía según algunos historiadores. Se contaba que su médico, Dr. Castillo necesitaba hacerle una cura de ventosas, pero no pudo hacerlo porque se lo impedían las cicatrices en el cuerpo del Héroe.

El diario “Tribuna Nacional", en su edición del día siguiente, publica esta noticia "Juan Bautista Thorne. Ayer a las 7 de la mañana dejó de existir, víctima de un ataque de corazón, el anciano jefe de la Armada, coronel D. Juan Bautista Thorne, el cual sirvió a las órdenes del almirante Brown en diferentes combates navales. Por el ministerio respectivo se decretaron los honores militares que corresponden a su rango. Hoy a las 4 de la tarde serán conducidos sus restos mortales al cementerio del Norte. Paz en la tumba de ese buen servidor de la Patria".

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 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año I N° 4 - Septiembre 2007 - Pag. 4 


ANECDOTAS

Un gesto de Thorne
Durante el bloqueo a Buenos Aires en la revolución del Gral. Lagos (diciembre de 1852), su hermana Carlota Thorne lo visitó en la embarcación "Enigma", acompañada de la esposa de un abogado porteño.

El motivo de la visita era lograr la defección de su hermano, que por toda respuesta rechazó la oferta y reprendió duramente a Carlota por no conocer la conducta incorruptible del marino.