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martes, 18 de agosto de 2026

Rosas: ¿dictador o tirano? - Dictadura - Tiranía - Diferencia entre "dictadura" y "tiranía" -

Dictadura y Tiranía
Este retrato litográfico sobre papel, ilustró la obra “Causa criminal seguida contra el ex-gobernador Juan Manuel de Rosas…” (Buenos Aires. Imprenta de La Tribuna, 1864).

Rosas: ¿dictador o tirano?

                    Por Norberto Jorge Chiviló


El común de la gente, como también políticos, funcionarios, periodistas, etc., estos últimos que deberían tener una cultura y conocimientos más elevado que cualquier ciudadano –o por lo menos eso debiera ser lo deseado–, suelen confundir ambos términos, cuando tienen un significado distinto.

El 4 de noviembre de 2023 en un acto de campaña, realizado en la localidad de El Palomar, el por entonces candidato presidencial Javier Milei, se refirió al general Urquiza, a la batalla de Caseros, a Alberdi y a Rosas y a este último lo tildó de “tirano”. (1)

Una persona que va a ocupar la más alta Magistratura Nacional, puede o no gustarle un personaje histórico, pero lo que no tendría que ignorar, es el significado del término “tirano” y desconocer la historia patria, como lo hizo en esa arenga.

Según el diccionario (2) es “tirano” el “Que obtiene contra derecho el Gobierno de un Estado”. Esto es bien claro y no hay que hacer mayores observaciones.

Ahora cabría la siguiente pregunta, para quienes consideran a Rosas un “tirano”: ¿En qué momento obtuvo Rosas contra derecho el Gobierno de la provincia de Buenos Aires? Quien sabe algo de historia, podría contestar que nunca, pues su acceso al gobierno, siempre lo fue por los medios legítimos de aquel momento, siempre fue un gobierno de iure. Durante todo su gobierno, gozó del consenso y beneplácito del total de la población.

El madrileño Benito Hortelano, quien por cuestiones políticas abandonó España y recaló por Buenos Aires en 1850, donde instaló una librería y editó distintos periódicos, así opinó sobre el “tirano” Rosas y su “tiranía”: “Mucho se ha escrito sobre la tiranía del general Rosas. Si no todo lo que se ha dicho, algo debe de haber de verdad. ¿Pero puede haber tiranía de un hombre sobre un pueblo que está armado en masa? Comprendo la tiranía de los Reyes, que, apoyados en miles de bayonetas mercenarias, tiranizan a los pueblos desarmados, y además de desarmados, con fuertes castillos, ciudadelas y otras fortificaciones colocadas estratégicamente en las grandes ciudades, apuntando sus cañones a la población, que al menor síntoma de insurrección popular son barridas con la metralla las principales calles y bombardeadas las casas desde los castillos, con lo que es, si no imposible, al menos muy difícil derrocar a un tirano”.

“¿Pero sucedía esto en Buenos Aires? No; porque esta capital es abierta, no tiene castillos ni ciudadelas, ni aun edificios que puedan servir de defensa u ofensa. Los tiranos no consultan al pueblo; éste no es nada para ellos; no es más que una manada de esclavos que deben trabajar para sostener las cargas del Estado, para pagar a sus verdugos, sin injerencia ninguna en la confección de las leyes, ni voto en los Consejos, ni, en fin, vida propia, pues están a la voluntad del tirano, para que de ellos y sus bienes disponga como se le antoje, hasta que llega un día en que, cansado de sufrir, se lanza a las calles, y, no teniendo armas, se vale de las naturales o se apodera de las de sus verdugos, pulverizando a éstos y a su jefe”.

“Rosas subió al Poder por la libre y espontánea voluntad del pueblo, por el voto universal, como no ha habido ejemplo en ninguna nación, firmando el pueblo en un libro en que constaba el acta de las facultades extraordinarias, delegando en la persona del general Rosas todos los derechos e inmunidades que la naturaleza da al hombre”. (3)

“Con arreglo a la ley fundamental, todo ciudadano, desde la edad de diecisiete años, está obligado a inscribirse en la Guardia Nacional, y Rosas fue inflexible en esto. ¿Cómo esta fuerza ciudadana toleró por veintiún años a un tirano? ¿Para qué le servían las armas que tenía? ¿Era o no tirano el general Rosas? Si lo era, el pueblo fue un cobarde, indigno de los derechos que tenía e indigno de tener un fusil a su disposición. Pero esto no es posible en un pueblo, ni menos el argentino, que tantas pruebas de valor ha dado en los campos de batalla en mil combates. Luego Rosas no era tirano; el pueblo se encontraba bien con su Gobierno cuando no lo derrocó”.

“Por otra parte, cuando un tirano ha despotizado a un pueblo, cuando el tirano muere es maldecido; si es derrocado del Poder por una insurrección popular, no le quedan más amigos que aquellos que recibían sueldo de él o se han enriquecido a su sombra; pero el pueblo que ha sufrido lo aborrece, no quiere ni saber de él”.

“¿Sucede esto con Rosas? No, porque pocos se enriquecieron, y el pueblo, que es el que debía aborrecerlo, lo respetó, y cuantas veces se han presentado en campaña los jefes militares de su época han encontrado al pueblo en masa dispuesto a seguirlos; y si esto ha acontecido con jefes subalternos, si Rosas hubiese aparecido en la campaña de Buenos Aires levantando la bandera de la insurrección contra el Gobierno establecido, ¿qué no habría sucedido? Rosas ha sido más patriota que todos sus paisanos, más que todos los déspotas y caudillos que son derrocados del Poder, pues ha preferido el ostracismo a encender la guerra civil en su patria”. (4)

“Por otra parte, cuando cayó Rosas no dio esta población muestras de alegría, al menos tantas como se debían esperar de un pueblo que ha estado veintidós años sufriendo una espantosa tiranía y que le viene la libertad cuando menos lo esperaba y sin contribuir en nada para obtenerla; antes al contrario, ya el tirano estaba derrotado y se había refugiado en la ciudad para, desde ella, embarcarse, y la Guardia Nacional seguía en los cantones esperando la orden para defender al tirano que estaba impotente para tiranizar. El pueblo que quiere ser libre lo es: Buenos Aires, si sufrió tiranía, la sufrió con gusto, pues o no hubo tiranía o, si la hubo, esta República se conformaba con aquel sistema de gobierno cuando no lo derrocó”. (5)

"…No sé cómo calificar lo ocurrido en esta época en Buenos Aires, [ después de la batalla de Caseros ] pues no se comprende como una ciudad que se decía oprimida y tiranizada por veinte años, ya que no pudo o no tuvo valor para hacer la reacción cuando se aproximó el ejército libertador, al menos después de perderse la batalla y en ella todo su ejército, no dio este pueblo la más mínima muestra de regocijo ni la menor prueba de que deseaba la caída del tirano. La historia del mundo nos describe los regocijos con que los pueblos oprimidos han recibido siempre a los ejércitos libertadores, y yo prácticamente lo había visto en Madrid, en donde una compañía que entrase a auxiliarnos en las diferentes peripecias porque allí pasamos del 34 al 38, los soldados eran recibidos con un entusiasmo que rayaba en delirio, regalándolos y obsequiándoles el pueblo con toda clase de demostraciones; pero aquí, ni hubo quien saliese a dar un peso ni convidar a una copa a los pobres soldados; todos se encerraron en sus casas. Como si fuese un enemigo el que había triunfado". (6)

El sobrino del dictador, Lucio Victorio Mansilla, cuenta la siguiente anécdota “Rozas en los primeros tiempos de su gobierno no vivía aislado. Su aislamiento vino después de la muerte de su mujer. Salía, circulaba; hasta de noche era fácil hallarlo solo por barrios apartados. Él mismo parece que hacia su policía, tomándole el pulso a la ciudad. Una vez, tarde ya, se encontró con el ministro de Chile, Pérez Mascallano, que lo ha referido, entre otros, al señor Barros Luco. La vereda era alta; tras el ministro venían dos hombres. Rozas les gritó "iAbajo!" y obedecieron. ¿Por qué? ¿Porque le conocieron o porque la voz de toda autoridad tiene un no sé qué que predispone a inclinar la cabeza? El ministro manifestó su sorpresa. Rozas le dijo:

Salgo a dar mi paseíto de cuando en cuando.

-¿Quiere usted que lo acompañe?

-No, gracias; no hay cuidado.

Y se separaron, siguiendo rumbos opuestos. De aquí concluía el señor Pérez Mascallano, era su comentario: Rozas debía ser muy valiente”. (7)

Leyendo lo que narró Mansilla, podemos preguntarnos ¿Podría un tirano, un malvado aborrecido por la población, recorrer solo, sin escolta y de noche las solitarias calles de los barrios de la ciudad?

Un ejemplo actual de la caída de una tiranía, ocurrió en Siria a fines de noviembre y principios de diciembre de 2024, con el derrocamiento del autócrata Bashar al-Ássad, quien amasó una enorme fortuna y gozó de una vida principesca, en sus palacios llenos de lujos y abarrotados de ostentosos bienes, con gran cantidad de autos de altísima gama, todo ello a costa del erario público y del sufrimiento de la población, odiado por sus conciudadanos por sus excentricidades y crueldades. Quienes lo derrocaron fueron recibidos como libertadores y el pueblo en masa salió a festejar su caída y saqueó sus palacios, derribó sus estatuas y se manifestó de todas formas contra el tirano derrocado. Otro tanto podríamos decir del Nicolás Maduro, el autócrata venezolano y chavista, quien no obstante haber perdido las elecciones el 28 de julio de 2024, se ha negado a entregar el poder a quien el pueblo había elegido y el 10 de enero de 2025 juró su tercer mandato como presidente “constitucional” siendo un presidente de facto y se mantuvo apoyado solo por un poderosísimo ejército, mandado por generales corruptos y cómplices de la tiranía, que no han tenido la más mínima consideración cuando tuvieron que reprimir a ciudadanos pacíficos que se habían manifestado contra el tirano y su régimen. A él se lo nombra como “dictador”, cuando en realidad el calificativo que le cabe, es el de “tirano” Y existen más casos en nuestro mundo actual, que no voy a mencionar, porque estos dos ejemplos son más que elocuentes. Yo pregunto: Maduro ¿podría circular por Caracas, solo, sin escolta, sin que el pueblo lo atacara y despreciara?

Debemos considerar también la total adhesión del Brigadier General de la Confederación Argentina, don José de San Martín a la política de Rosas, apoyo que nunca decreció, sino que por el contrario se acrecentó a través de los años y siempre lo puso de manifiesto no solo en su correspondencia con el Restaurador –a quien colmó de elogios en varias oportunidades– sino también con otros personajes de la época como Tomás Guido y el chileno Bernardo O'Higgins.

En la cláusula 3ra. de su testamento, legó su sable corvo libertador a Juan Manuel de Rosas. Si hubiera considerado a Rosas como “tirano”, seguro que no lo hubiere hecho. Por el contrario en su última carta que le envió el 6 de mayo de 1850 –tres meses antes de su fallecimiento– manifestó una vez más, su total apoyo a la política rosista sintiéndose orgulloso como argentino de la marcha seguida por la Confederación expresándose en estos términos: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado…", felicitando también a Rosas de la siguiente forma "Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina" y terminando su misiva, con un deseo que es un mandato moral para todos los argentinos cuando le dijo: "Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota". Esos no son términos de una carta cuyo destinatario hubiera sido un “tirano”. (8)

Pastor Obligado, cuenta que en 1849, cuando los unitarios Manuel Guerrico y Domingo F. Sarmiento, fueron a visitar al Libertador, en su pequeña granja cercana a París, se produjo el siguiente diálogo:

[San Martín] “–Pero, al fin, ese tirano Rosas, que los unitarios odian tanto, no debe de ser tan malo como lo pintan, cuando en un pueblo tan viril se puede sostener veinte años”.

“–Sí, general; pero veinte años de viva protesta armada, diseminada por toda el haz de la tierra la mejor parte de los argentinos. Fácil le fue asaltar el poder por nuestras divisiones, como sostenerse en el mismo por la falta de unidad. Paz y Lavalle, y Lamadrid, peleando por su cuenta hacia los extremos de la república, quejándose de que el comité revolucionario pretende mandar batallas desde Montevideo; y éste, a su vez, de que cada uno de los generales unitarios campea por sus respetos, –contestó alzando la voz y exaltado el señor Sarmiento”.

“–A tan larga distancia y por tantos años alejado de la escena, no me es fácil saber la verdad; pero por los ecos que hasta aquí llegan, si bien no he conocido al general Rosas, me inclino a creer: que Vv. exageran un poco, y que sus enemigos lo pintan más arbitrario de lo que sea. Sí, conocí en sus mocedades a los generales que V. recuerda. Paz; Lavalle, el más turbulento; Lamadrid, si no más valiente que éste, sin duda con menos cabeza, y si todos ellos, y lo mejor del país, como ustedes dicen, auxiliados por extranjeros, no logran desmoronar a tal mal gobierno, sin duda es porque la mayoría convencida está de la necesidad de un gobierno fuerte y de mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 20, ni que el comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al gobernador del estado”.

“Sobre todo, tiene para mí el general Rosas QUE HA SABIDO DEFENDER CON ENERGÍA y en toda ocasión el pabellón nacional”.

“Por esto, después del combate en Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a fundar la independencia americana, POR AQUEL ACTO DE ENTEREZA, en que con cuatro cañones hizo conocer a la escuadra anglo francesa que, pocos o muchos, sin contar sus elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”. (9)

Durante toda su actuación como gobernador, Rosas siempre llegó al gobierno por medios legítimos, no como sus adversarios que asaltaron el poder en toda ocasión que pudieron. Incluso hasta 1916, año de asunción como presidente de Hipólito Yrigoyen, quien por la ley Sáenz Peña, fue electo mediante el sufragio universal, obligatorio y secreto, sus antecesores, los mandatarios de los llamados gobiernos “constitucionales” lo hicieron en manera no democrática, mediante el fraude, componendas políticas en las que el pueblo tuvo poco que ver.

Para quienes afirman que Rosas fue “tirano”, cabe aquí preguntarles qué calificativo le cabe entonces al general Juan G. Lavalle, que con el motín del 1° de diciembre de 1828, se hizo del poder de facto del gobierno, y el día 13 de ese mes, fusiló sin causa ni juicio alguno al legítimo gobernador, coronel Manuel Dorrego, hecho que debe calificarse sin lugar a dudas de asesinato y que desató una represión tremenda en la campaña bonaerense contra el pueblo federal, que los registros parroquiales dan cuenta, ya que por única vez en nuestra historia en ese año de 1829 las defunciones superaron ampliamente a los nacimientos. Ese desborde de represión indiscriminada que no respetó edades, ni condición social y que fue una verdadera orgía de sangre, originó una guerra civil, que se extenderá por muchas décadas en nuestro país, ¿fue o no, tirano? La misma pregunta corresponde hacer con respecto a los jefes unitarios José María Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, entre otros, por nombrar a personajes de aquella época, que asaltaron el poder, haciéndose otorgar de facto facultades extraordinarias.

También el “presidente” oriental Fructuoso Rivera, a quien Rosas llamaba “el pardejón”, se hizo del gobierno de su país, por la fuerza, ayudado por las fuerzas francesas y expatriados argentinos en Montevideo. Estos últimos que llamaban al gobernador porteño como “tirano”, eran aliados al tirano –y aquí no pongo comillas– Rivera. Contradicción? Y sí, contradicción evidente, como muchas otras de los llamados salvajes unitarios, denominados así por la gran mayoría del pueblo argentino de aquella época, por su proceder violento y salvaje, que no reparaban en medios, incluso la alianza con extranjeros, para hacerse del poder.

Los enciclopedistas llamaban “tirano” a quien se hacía del poder por la fuerza y se beneficiaron del mismo. Ninguna de estas dos condiciones se dieron en Rosas, ya que nunca accedió al gobierno, ni se mantuvo en el mismo por la fuerza y en contra de la voluntad de su pueblo; y menos aún se benefició del poder que ejerció, sino muy por el contrario, fue un servidor público ejemplar, que puso en juego todo su patrimonio, el que le fue quitado cuando los unitarios se hicieron del gobierno, después de su derrocamiento.

Evidentemente y por lo expuesto, Rosas no fue tirano, ni oprimió al pueblo, ni se sirvió de él y menos aún se enriqueció a costa del erario público.

Al comienzo de este artículo, manifesté que muchos confunden los términos “tirano” y “dictador”.

Si no fue “tirano” como acabo de demostrarlo, ¿fue entonces “dictador”?. A esa pregunta, sí puedo contestar que efectivamente fue dictador.

La dictadura, es una institución que proviene del derecho romano, ya desde tiempos de la República romana, varios siglos antes de la era Cristiana.

“Esta magistratura extraordinaria (se refiere al término dictadura), a cuyo poseedor se le concedía en la antigua Roma una autoridad suprema, en los momentos difíciles, sobre todo en los casos urgentes de guerra, nació la dictadura en el año 498 antes de J.C… El dictador era nombrado por una orden del Senado… El magistrado investido de tal omnímodo poder recibió los nombres de dictador y señor del pueblo (dictator magister populi)… Fue una autoridad revestida de una gran fuerza colectiva y enteramente nacional, que lo reunía todo para disipar los grandes huracanes… Montesquieu ha dicho a propósito de la dictadura ‘El uso de los pueblos más libres que jamás han existido sobre la tierra me hace creer que hay casos en los que es preciso correr, por un momento un velo sobre la libertad, como se ocultan las estatuas de los dioses’”. (12) 

En la antigua Roma, el dictador era elegido por sus cualidades, para sortear momentos difíciles como una guerra, una confrontación civil u otras calamidades y por ello era quien debía tomar el timón del Estado, como un capitán de barco en el medio de una tempestad, para llevarlo a buen puerto y para eso gozaba de amplias y absolutas facultades.

En la provincia de Buenos Aires, después de una lucha encabezada por el comandante de Campaña Juan Manuel de Rosas, contra las tropas unitarias al mando del motinero Lavalle, a las que venció, se restableció la Legislatura –con los mismos integrantes– que había sido disuelta por el motín decembrista la fuerza en aquella oportunidad, la que reunida exactamente un año después de aquella triste jornada, reanudaba así sus sesiones, quedando restablecidas así las instituciones bonaerenses. En la sesión del 5 de diciembre de 1829, se solicitó que quien fuese elegido nuevo gobernador, fuera investido de las facultades extraordinarias que este “juzgue indispensables”, lo que se aprobó el día después. Horas más tarde, Rosas, persona de orden y amante de la legalidad, vencedor de la anarquía en el año 20 y ahora vencedor de Lavalle, fue elegido para ejercer ese cargo, que asumió el día 8 al mediodía, en medio de salvas de artillería y repique de campanas, con el beneplácito general y gran regocijo popular.

En su arenga al pueblo congregado en la plaza de la Victoria, manifestó: “Compatriotas, el camino de la ley se ha abierto. No se recuerde el tiempo funesto que ya pasó, sino para reproducir los juramentos de ser fieles a las instituciones patrias, y de que no vuelva a sentirse entre nosotros el soplo maléfico de la discordia. Ved, mis amigos, la expresión de mis deseos: ser vuestro, y que los días de mi mando sean paternales. La salud de la provincia es mi única aspiración; y el bien, el reposo y la seguridad de todos, mi principal desvelo” (13).

Se iniciaba así el primer gobierno de Rosas que duró tres años.

Encontrándose nuevamente la patria convulsionada por el asesinato de Facundo Quiroga y la conspiración unitaria, el 7 de marzo de 1835, Rosas fue elegido por la Legislatura para desempeñarse por segunda vez como Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires, esta vez con la suma del poder público, “sin más restricciones que las de conservar y proteger la religión católica y la de sostener la causa nacional de la federación que habían proclamado los pueblos de la república” (14).

El 16 de marzo, Rosas solicitó a la Sala de Representantes "... En esta virtud, el infrascripto ruega a los señores representantes que para poder deliberar sobre la admisión o renuncia del elevado cargo y de la extraordinaria confianza con que se han dignado honrarle, tengan a bien reconsiderar en sala plena tan delicado negocio, y acordar el medio que juzguen más adaptable, para que todos y cada uno de los ciudadanos de esta ciudad, de cualquiera clase y condición que sean, expresen su voto precisa y categóricamente sobre el particular, quedando este consignado de modo que en todos tiempos y circunstancias se pueda hacer constar el libre pronunciamiento de la opinión general". (15)

La consulta al pueblo se llevó a cabo los días 26, 27 y 28 de ese mes. De 9320 hombres aptos que concurrieron a votar –la cifra más alta hasta ese entonces–, menos de una decena votaron negativamente.

Dirá Sarmiento sobre esta cuestión: “El 5 de abril, la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo estipulado, elige gobernador de Buenos Aires, por cinco años, al general don Juan Manuel de Rosas… Pero no le satisface la elección hecha por la Junta de Representantes; lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso tomarse antes todas las seguridades imaginables; no sea que más tarde se diga que el pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la Suma del Poder Público. Rosas, gobernador, le propone a las mesas electorales esta cuestión: ¿conviene en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por cinco años con la suma del Poder Público?  Y debo decirlo, en obsequio de la verdad histórica: nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más bien sostenido por la opinión... principiáronse las elecciones o ratificaciones de todas las parroquias y la votación fue unánime, excepto tres votos que se opusieron a la delegación de la Suma del Poder Público. ¿Concíbese cómo ha podido suceder que en una provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la Gaceta, sólo hubiesen tres votos contrarios al gobierno? Sería acaso que los disidentes no votaron? ¡Nada de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar… La votación aquella es única en los anales de los pueblos civilizados”. (16)

Fue la primera vez que en nuestro país se requería la expresión democrática de la población para la elección de su gobernante. ¿podría considerarse a Rosas, el padre de la democracia argentina?

Coincidiendo con lo manifestado por Sarmiento, Hortelano, también así lo refiere: "Rosas subió al poder por la libre y espontánea voluntad del pueblo, por el voto universal, como no ha habido ejemplo en ninguna nación, firmando el pueblo en un libro en que constaba el acta de las facultades extraordinarias, delegando en la persona del general Rosas todos los derechos e inmunidades que la naturaleza da al hombre". (17)

Nadie puede negar que las veces que Rosas accedió al poder fue por el reclamo popular, desprendiéndose de las distinciones con las que el pueblo lo honró.

Debo decir que el Restaurador, nunca abusó de esas facultades ni de la suma del poder público otorgado, ya que la Legislatura y los Tribunales, siguieron funcionando con normalidad.

Incluso, anualmente y mientras ejerció el poder, sometió las cuentas públicas a la consideración de la Legislatura, ya que en este punto, como decía en el Mensaje que le remitió el 27 de diciembre de 1844 "El Gobierno os presenta las cuentas de la Provincia en 1844. Examinadlas y pronunciad, honorables representantes, vuestro soberano fallo. Sabéis que no me considero investido con la suma del poder en la administración del caudal público” (18).

Nunca tuvo ínfulas de grandeza, sino que fue de una sencillez republicana, se hacía llamar como “Ciudadano Brigadier Juan Manuel de Rosas”, rechazando títulos y honores para él y su familia, que la Legislatura bonaerense le había conferido.

Gozaba de buen prestigio entre sus conciudadanos, quienes tenían con él verdadera veneración y respeto.

Cuando en 1873, Vicente Quesada y su hijo Ernesto, visitaron al Rosas, exiliado en Southampton  el joven tomó nota de lo conversado y en esa oportunidad, Rosas, entre otros conceptos, expresó lo siguiente: “Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otras en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos: un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestro gran país se diluiría definitivamente en una serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre el porvenir: pues demasiado se había ya fraccionado el Virreynato Colonial”.

“La provincia de Buenos Aires tenía, con todo, un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados: me propuse organizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás Provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar, no dudo que, en poco tiempo, habría llevado al país hasta su completa normalización; pero ello no fue posible porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir a los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollados en veinte años de verdadero desquicio gubernamental, no podía modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que permitiera la práctica real de la vida republicana”.

“Es lo que me ha pasado a mí, y me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que usted ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna, hecha antes de entrar en política, y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo, quizá, que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes. Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa goces vulgares y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio escondidos en la sombra; he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Este es mi gran título: he querido siempre servir al país, y si he acertado o errado, la posteridad lo dirá, pero ese fue mi propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una Constitución era asunto secundario; lo principal era preparar al país para ello ¡y esto es lo que creo haber hecho!” (19).

Cabe aclarar, que Rosas no fue el primero en recibir facultades extraordinarias, ya que desde el primer gobierno patrio y los sucesivos, gozaron de las mismas, por lo que no es extraño, que en 1829 se otorgaren facultades al Ejecutivo, encontrándose las Provincias Unidas, en estado de anarquía y desorden institucional y de guerra civil, creyendo poner a salvo los intereses que se invocaban. Recuerda Saldías que “Por lo demás, los poderes ejecutivos nacionales que surgieron en 1811, 1812, 1815, tuvieron facultades extraordinarias. Facultades extraordinarias se otorgó a los gobernadores don Manuel de Sarratea y don Juan Ramón Balcarce en 1820; las otorgó también la legislatura de Córdoba al gobernador Bustos; la de Santa Fe al gobernador López, y posteriormente, la de Corrientes al gobernador Ferré, y con las mismas facultades fue investido el general Paz en 1830 para desempeñar el supremo poder militar de las nueve provincias del interior” (20).

Por último, Emilio Ravignani, afirmó que el dictador supo “mantener en los más graves momentos la dignidad e integridad de la República. Y no poco le valieron las facultades extraordinarias y la suma del poder público para ello” (21).

 

Referencias

1. https://www.youtube.com/watch?v=48P9PfT0b8M

2. Diccionario Enciclopédico Salvat Alfa, Edic. 1987.

3. 4. 5. 6. Hortelano, Benito. Memorias,  Edit. Espasa-Calpe, Madrid, 1936, (3) págs. 199 y 200; (4) pág. 201; (5) pág. 203; (6) pág. 210 respectivamente.

7. Mansilla, Lucio Victorio. Rozas, ensayo histórico-psicológico. A-Z editora S.A., Bs. As., 1994, pág. 81.

8. Gras, Mario César. San Martín y Rosas. Una amistad histórica, Bs. As., 1948, pág. 57.

9. Obligado, Pastor. ¿Para qué sirve la gloria?, artículo publicado en el diario La Nación, 9 de julio de 1894.  

10. Beruti, Juan Manuel. Memorias curiosas, Emecé editores S.A., Bs. As., 2001, pags. 399 y sgtes. y 407 y sgtes.

11. Iriarte, Tomás de. Memorias de general Iriarte, textos fundamentales, selección y comentaros por Enrique de Gandía, T° II, Compañía General Fabril Editora, Bs. As. 1962, págs. 49 y sgtes.

12. Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, Establecimiento Tipográfico Editorial Montaner y Simon, Barcelona, 1912, T° VII, pág. 579.

13. Crónica histórica argentina. Editorial Codex S.A., Bs. As. 1969, T° III, pág. 75.

14. 15. Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación Argentina, El Ateneo, Bs. As. 1951, T° 2, (14) pág. 8 y (15) pág. 10.

16. Sarmiento Domingo Faustino. Facundo, Biblioteca La Nación, Editorial Planeta DaGostini S.A., edic.2000, págs. 252 y 253.

17. Hortelano, ob. cit., pág. 200.

18. Mensajes de los gobernadores de la provincia de Buenos Aires 1822-1849, Archivo Histórico de la provincia de Buenos Aires “Ricardo Levene”, La Plata, 1976, T° 1, pág. 252.

19. Quesada, Ernesto. La época de Rosas, Ediciones del Restaurador, Bs. As. 1950, págs. 241 y sgtes.

20. Saldías… ob. cit., T° 1 pág. 266.

21. Ravignani, Emilio.  Rosas, interpretación real y moderna, Editorial Pleamar, Bs. As, 1970, pág. 15.

martes, 26 de abril de 2022

Bartolomé Mitre - Una época La tiranía

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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Diario La Prensa
En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la "Sección ilustrada de los domingos" del diario La Prensa del 12 de octubre de 1975, en la columna "Páginas para releer" se publicó este artículo de Bartolomé Mitre.

 


Una época 

por Bartolomé Mitre


La tiranía es más que un hecho aislado, es una época, se dice, pero, entonces la resistencia a la tiranía, ¿qué es? Nosotros decimos y éste es nuestro principio: la resistencia a la tiranía de Rosas es más que un hecho aislado, es una época. ¿Quién tiene razón?

El triunfo de la revolución ha resuelto este problema. La tiranía ha sido vencida, y ha sido vencida por el pueblo,

La resistencia contra Rosas ha triunfado y el actual orden de cosas es la continuación de esa resistencia, o más bien dicho, es el resultado de esa noble y fecunda resistencia, que se olvida y que no se cuenta por nada en la época de los veinte años de infortunio porque hemos pasado.

Se dice que la tiranía de Rosas, vaciando en un molde a dos generaciones, filtró en ellas sus vicios, el vicio de degollar, el vicio de confiscar, el vicio de falsear el sentido moral, y que ésta es la sociedad en que vivimos y con la cual gobernamos.

Pero se olvida que la resistencia a esa tiranía inoculó mayores virtudes en esas dos generaciones; la virtud del heroísmo, del sacrificio generoso de la vida, del entusiasmo sagrado por la libertad, del respeto por la dignidad humana, de la fortaleza en el infortunio, de la religión del deber, del culto de las tradiciones de Mayo y del horror contra toda opresión y toda violencia.

Jamás pueblo alguno sobre la tierra ha protestado con mayor energía contra la fuerza bruta que lo dominaba, que el pueblo argentino en general y el pueblo de Buenos Aires también, aunque más oprimido que sus hermanas.

Veinte años ha durado la tiranía; veinte años ha durado la resistencia. La resistencia ha triunfado y se consolida apoyada por ese mismo pueblo que con su corazón o con su brazo o con su inteligencia, cooperó a la caída del tirano.

Esto prueba la preponderancia del principio del bien en esa época, que se ha querido representar llena tan solo por la tiranía y sus vicios. Si así no fuera, Rosas o su sistema dominarían todavía en Buenos Aires.

La tiranía de Rosas nada nos ha legado sino el desorden consiguiente a toda tiranía, pero ese desorden no es lo que constituye una sociedad amasada al capricho, un pueblo fundido en el molde de una tiranía brutal. Ella ha dejado señalado en su pasaje el rastro de su contagio impuro con la sociedad, marcado por crímenes espantosos, pero la sociedad no ha quedado contaminada por el crimen. Protestan contra tal acusación veinte mil emigrados salidos del seno de Buenos Aires por no someterse al yugo del tirano.

Protestan contra tal acusación los millares de muertos que el pueblo de Buenos Aires ha dado por contingente al martirologio argentino; los huesos de sus hijos que yacen insepultos en los campos de batalla y ese reguero de sangre que se extiende desde el Plata hasta los Andes, que también es sangre de nuestra sangre.

Protestan los fusilados, los degollados, durante veinte años, en que el verdugo se cansó de degollar antes que el pueblo se cansase de odiar al verdugo.

Protestan ante esa acusación las “clasificaciones” que aún existen como un monumento a la extravagancia, y por las cuales medio pueblo fue calificado de salvaje unitario.

Protesta contra esa acusación el número diminuto de que se componía la mazorca, la ejecutora de las altas obras de la tiranía que nunca contó con más de cincuenta miembros sugestionados por el terror o movidos por los instintos feroces del crimen.

Protestan contra esa acusación los pocos cómplices de sangre de la tiranía que ha habido que levantar judicialmente a la horca, después de su caída.

Protestan contra esa acusación las madres argentinas que salvaron inmaculado el pudor de la virtud no asociándose a las orgías de la tiranía; que no enseñaron a sus hijos a tributar al crimen un culto sacrílego y que azotadas en los templos y en las calles, afrentadas con moños sangrientos como enemigas de la tiranía, se doblegaron como la débil caña al soplo del huracán, pero no se quebraron.

Protestan contra esa acusación, los que en Caseros arrojaron al suelo sus armas, sin disparar un tiro, por no sostener una tiranía que en el fondo de sus corazones habían sentenciado a muerte.

Protestan contra esa acusación: el espíritu de la guardia nacional, compuesta de las generaciones que se dicen amasadas y contaminadas por Rosas: la actitud decidida de la ciudad y la campaña en las reacciones mazorqueras que se han intentado, y esos discursos llenos de sentido moral, llenos de entusiasmo por lo bueno, lo justo y lo verdadero con que jóvenes criados en las tinieblas de la tiranía han derramado un torrente de luz sobre la conciencia pública, que se ha pretendido intimidar.

Podemos, pues, decir, con razón: “la resistencia a Rosas no es un hecho aislado, es una época, y esa época es la que continúa”.

La tiranía fue socialmente un hecho aislado, y ese hecho anormal ha sido vencido y sólo queda de él una terrible lección que debemos estudiar; una herencia de abusos que debemos extirpar y un nudo de intereses bastardos que hemos de desatar sin cortar, por más que se pretenda escudarlo con la teoría de los hechos consumados y la solidaridad del pueblo y de la tiranía.

Si así no fuese, debiéramos renegar del porvenir de la patria.

BARTOLOMÉ MITRE (1821-1906). Cuando más viva era la discusión entre lo que restaba del partido federal, partidarios de Rosas y los liberales, continuadores de los unitarios, Mitre publicó en el diario “Los Debates”, 1857, un artículo titulado “Una época”, al que pertenecen los fragmentos trascriptos.

lunes, 1 de junio de 2009

Acerca de la "tiranía" de Rosas

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 11 - Junio 2009 - Pag. 14 

 ACERCA DE LA “TIRANIA” DE ROSAS

                                                                          Por el Dr. Federico Manuel Julián Gamas

 

Comienzo por declarar que no soy rosista.

En el balance entre los hechos positivos y los negativos del gobierno de Rosas, pesan más para mí estos últimos.

Buena parte de nuestros historiadores se han referido a la época de Rosas como “La Tiranía”. Creo que tal calificativo no es correcto.

Tiranía es el abuso o imposición en grado extraordinario de cualquier poder. Para los antiguos griegos, era la concentración de poderes en manos de una persona, quien los había adquirido de un modo no constitucional; tirano es quien obtiene el gobierno de un Estado y lo rige sin justicia y a medida de su voluntad; por su parte, Mariano Grondona describe al tirano como quien ejerce el Poder de un Estado en beneficio propio.

Conviene puntualizar que todos los gobiernos patrios, a partir del 25 de mayo de 1810, ejercieron el mando con las facultades extraordinarias y que éstas sólo quedaron  vedadas en el art. 29 de la Constitución de 1853.

El fusilamiento de los conjurados de Córdoba (Concha, Liniers, Allende, Moreno y Rodríguez) en Cabeza del Tigre en junio de 1810, se produjo  sin forma alguna de juicio, atribuyéndose la Junta funciones judiciales, que le estaban expresamente vedadas por el Reglamento que le había impuesto el Cabildo el 25 de mayo de 1810.

El destierro perpetuo del Capitán Atanasio Duarte, dispuesto en el famoso “Decreto de Supresión de Honores” del 6 de diciembre de 1810, se resolvió sin darle oportunidad de descargo y vulnerando el derecho de defensa en juicio.

Tampoco se sujetó a forma alguna de juicio la destitución, seguida de confinamiento y ulterior ostracismo de don Cornelio Saavedra, resuelta por las autoridades de las Provincias Unidas en setiembre de 1811.

El destierro de Dorrego, French, Pagola y otros opositores a la política directorial fue dispuesto por Juan Martín de Pueyrredón en diciembre de 1816 (es uno de los primeros casos en nuestros Historia Institucional de la utilización de “Decretos de Necesidad y Urgencia”), fijando un plazo perentorio para su cumplimiento y limitándose a comunicar al Congreso, que todavía sesionaba en Tucumán, lo ya resuelto y cumplido.

El fusilamiento  en Navarro el 13 de diciembre de 1828 de don Manuel Dorrego “por orden de Lavalle”, ha sido suficientemente comentado y condenado por historiadores de todas las tendencias políticas.

Por lo que hace a don Juan Manuel de Rosas, es cierto que, particularmente entre 1835 y 1852 se impusieron fuertes restricciones a las libertades individuales y se implantó el culto a la personalidad; pero la Suma del Poder Público que se acumuló a las “Facultades Extraordinarias” le fue conferida por Ley de la Legislatura Provincial, convalidada por un plebiscito casi unánime (Sólo algo menos de 10 ciudadanos entre cerca de 10.000 se opusieron), la que fue renovada anualmente hasta las vísperas de Caseros en 1852. Todas las Provincias, salvo las del Norte durante el breve interregno del alzamiento de 1839-1840 y Corrientes en un par de ocasiones, le encomendaron libre y expontáneamente el manejo de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina.

La Legislatura Provincial continuó sesionando regularmente y ni un solo día dejó de funcionar el Poder Judicial. El propio Sarmiento en el “Facundo” reconoció que nunca hubo un gobierno más popular ni querido del pueblo. Años después, en “Argirópolis”, publicado en 1851, habría de propiciar que se le agradeciera la energía con que había defendido los intereses de nuestro país.

Se le ha enrostrado la extremada crueldad demostrada en el fusilamiento de Camila O’Gorman y el cura Uladislao Gutiérrez (1849); pero en este caso, no hizo sino aplicar la legislación vigente para el entonces considerado delito de sacrilegio, contando con el asesoramiento del Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield y atendiendo a la repulsa generalizada que el hecho había provocado (el propio Sarmiento desde Chile lo había condenado con dureza).

No se puede decir que se haya enriquecido en el ejercicio de la función pública, ni que se haya beneficiado. Si bien la Legislatura Bonaerense le otorgó la propiedad de la Isla de Choele Choel sobre el Río Negro al concluir la campaña de pacificación contra los indios de 1833-1834, también al general Julio Argentino Rosa y los principales jefes militares que lo secundaron en la Expedición al desierto de 1879 obtuvieron como premio vastas extensiones de tierra en las zonas más ricas de la provincia de Buenos Aires. 


El Dr. Gamas es abogado, ha escrito numerosos trabajos para la Junta de Estudios Históricos de la Pcia. de Buenos Aires y para la Revista del Instituto Belgraniano de San Miguel, del cual también es su Presidente. Es autor del libro “El otro Belgrano”.