REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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Año 1933: el 3 de julio muere Hipólito Yrigoyen. Tras renovadas manifestaciones, el día 6 de julio su sepelio congrega a vastas multitudes que —desde Sarmiento 944, su última vivienda— lo acompañan tumultuosamente rechazando las honras oficiales decretadas por el gobierno del general Justo. Numerosos discursos despiden sus restos en el monumento levantado en Homenaje a los Caídos en la Revolución de 1890 donde habría de juntarse, para siempre, con su tío Leandro Alem.
Atrás quedan largas décadas de luchas tenaces, impregnadas de un irrenunciable espíritu nacional que fue siempre, aun en tiempos de derrota o de transitoria declinación, un signo permanente y distintivo del radicalismo.
Siempre fue destacable y así lo reconocieron sus más acérrimos adversarios que la Unión Cívica Radical —obra indiscutible de esos tío y sobrino, reconocidos como sus únicos profetas— intentó con raro éxito que a más clara definición de su apostolado cívico fuera una insobornable adhesión a la gran causa de la nacionalidad, como legítima herencia de viejos caudillos federales que conquistaron la Independencia y organizaron la República.
Cada vez que los desencuentros políticos alcanzan, en la Argentina, fuertes ecos, debe recurrirse al ejemplo de los constructores de la nacionalidad para comprender que su lucha consistió en unir a poblaciones alejadas que asimilaron embates de contingentes inmigratorios nada homogéneos pero cuyos aglutinantes poderosos (como lo fueron su común historia, su idioma español y su predominante religión) otorgaron a la Nación un carácter distintivo y particular.
Por eso Yrigoyen y Alem resultan fundamentales para establecer distingos. Es oportuno destacar gestos del ex presidente —que alcanzó los mayores porcentajes de adhesión electoral— frente al desconcierto que producen iniciativas de inspiración sospechosa tanto como réplicas o resistencias que desbordan prácticas republicanas necesarias para el correcto desenvolvimiento de todo proceso democrático.
La conquista y el concepto de la raza
Por iniciativa de sociedades españolas y adhesión de numerosas entidades científicas y literarias, Yrigoyen instituye el 12 de octubre como Día de la Raza; la simple lectura de los considerandos que se trascriben (cuyos subrayados ayudan a desentrañar el mensaje buscado por su firmante) basta. para comprender el pensamiento del ilustre presidente, quien respetó y fomentó la incorporación de corrientes inmigratorias, grupos de pensadores y reconocimiento de religiones que llegaban a estas tierras del Plata y de la pampa sin tener la más mínima idea de sus particulares características pero —en cambio— sabían de su proverbial generosidad para permitir el arraigo y la asimilación de quienes vivían marginados de toda legalidad o deseaban trabajar, estudiar y adorar a sus dioses sin el riesgo de la persecución. En tal sentido, Yrigoyen, como noble señor de su época —inspirado en la generosidad de nuestros recordados caudillos criollos como en la de quienes constituyeron la República— respetó las ideas y acción de quienes la condujeron hasta la irrupción popular en los estrados del gobierno.
Era, por otra parte, la política nacional de todos los tiempos inspirada en la conducta impuesta por los soberanos Reyes Católicos, de la España descubridora y conquistadora, al almirante Colón y sus posteriores enviados. Veamos:
Considerandos
“1° — Que el descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores se derivan de este asombroso suceso que, al par que amplió los lindes de la Tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu;
“2° — Que se debió al genio hispano —al identificarse con la visión sublime del genio de Colón—, efemérides tan portentosa, cuya obra no quedó circunscripta al prodigio del descubrimiento, sino que la consolidó con la conquista, empresa ésta tan ardua y ciclópea que no tiene términos posibles de comparación en los anales de todos los pueblos;
“3° — Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con la aleación de todos estos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.
La nacionalidad
Yrigoyen, heredero de esa gran estirpe y continuador de tan nobles tradiciones así como celoso defensor de nuestra soberanía y de la heredad territorial (que nace del Descubrimiento y la Conquista) no podía ignorar la presencia de contingentes humanos que se asimilaban a la nacionalidad y —por ello—sin menoscabos ni prejuicios se cree en el deber de señalar, para su honesto y pacífico cumplimiento, cuáles serán (porque ya lo eran) las particularidades rectoras de la nacionalidad argentina. Todos los documentos de Yrigoyen reconocen esa constante.
Sin perjuicio del respeto que merecían todos los hombres de buena voluntad que al amparo de nuestra Constitución habían llegado al suelo argentino, el decreto que impone el Día de la Raza señala, sin posibilidades de error o desviación, el derrotero unico y auténtico de la nacionalidad.
Exaltación del sentido legítimo de argentinidad
Enero de 1919: nadie ignora los hechos originados en la huelga de los talleres Vasena. Mucho se ha escrito sobre el tema con evidente exageración en cuanto a las represalias y víctimas pero sería ocioso negar que ello constituyó una seria advertencia para el país respecto del propósito y sentimiento de sectores populares sometidos a inhumanas condiciones de trabajo, vivienda y alimentación. Es evidente que el altísimo porcentaje de extranjeros (poco inclinados a tomar la ciudadanía de su nuevo país de adopción), que dominaban los sectores obreros y artesanales representaban una especie de “país paralelo” dentro de los límites territoriales pero, sobre todo, en el gran puerto capital de la República. Ninguna duda cabe de que la gravedad de esos hechos impactó profundamente en el ánimo del presidente Yrigoyen cuya devoción por los desposeídos resultaba ínsita con su militancia radical puesto que ése era —precisamente— un postulado fundamental de su tío Alem, incorporado, sin apelación ni renunciamiento posible, al ideario de quienes venían de la Revolución de 1890.
Pero es necesario señalar —siempre es tiempo para ello— que las cosas no fueron tan absolutas como pretendieron los sectores izquierdistas o maximalistas de aquel entonces aunque hayan sido quienes más escribieron y profundizaron sobre el tema. No es cierto que sólo los reaccionarios y explotadores de obreros apoyaron la actitud de Yrigoyen que culminó con la acción militar desplegada por el Gral. Dellepiane y terminó con la sublevación. Numerosos grupos fueron solidarios con la acción del primer gobierno elegido por el pueblo; desde luego que la Unión Cívica Radical fue solidaria con Yrigoyen pero otros partidos políticos y numerosas entidades de bien público —insospechadas de arbitrariedad y reaccionarismo— aprobaron su actuación. Fuera de los sectores de la izquierda política y sindical, el resto del país consideró plausible la acción militar que devolvió la calma al país y llama la atención que sedicentes pensadores de la izquierda nunca hayan reparado en que la Federación Universitaria —en los primeros tiempos de la reforma y en plena agitación estudiantil— fue solidaria con Yrigoyen. Lo mismo habría de ocurrir pocos años después (cuando la actuación del Cnel. Varela, en la Patagonia) y no conozco (nadie lo exhibió aún) ningún documento reformista reprobando a Yrigoyen por esos hechos. Comprendo que a muchos causará disgusto esta apreciación pero es necesario aventar numerosas mentiras vinculadas con la auténtica historia de la República que se exhiben como cucos o mitos y resultan falsedades.
La profunda angustia que provocó en el espíritu de Hipólito Yrigoyen la Semana Trágica con sus innegables connotaciones antinacionales (por lo menos para el ideario de la Unión Cívica Radical) lo indujo a dictar otro célebre decreto conocido como “de Exaltación del Sentimiento Nacional” para que la enseñanza pública de todos los niveles encarara la necesidad de reafirmar los conceptos patrióticos y de argentinidad para exaltar el espiritu de las nuevas generaciones... buscando en el ejemplo de sus próceres...hacia lo que constituye nuestro patrimonio histórico.
“Considerando:
“Que corresponde esencialmente a la escuela intensificar la educación cívica y patriótica del pueblo, poniendo de manifiesto la alta significación que ella tiene en los destinos de la República; Que la historia argentina y la vida misma de la Nación, en su desenvolvimiento progresivo, encierran páginas inmortales cuyo recuerdo ha de servir en todo tiempo para exaltar el espírtu de las nuevas generaciones, no sólo en la idea de su glorificación, sino en el sentido legítimo de argentinidad que nace espontáneamente del concepto de su propia grandeza y del convencimiento de que el país marcha con paso firme y seguro hacia la conquista de las finalidades superiores de la humanidad.
“Que los nuevos y amplios horizontes abiertos a la democracia, en esta hora de renovaciones, exige que las instituciones docentes realicen su alta misión educadora con fervorosos estímulos, para mantener siempre vivos los ideales y las normas de nuestra nacionalidad, perpetuando el culto sacrosanto de la tradición gloriosa que nos ha sido legada por nuestros mayores.
“Por estas razones, el Poder Ejecu- tivo de la Nación
“Decreta:
“Artículo 1° — Las direcciones de los Colegios Nacionales, Escuelas Normales e Institutos Especiales, adoptarán las medidas conducentes para estimular al profesorado a fin de que sistemática y consecutivamente, aproveche todo hecho o circunstancia favorable que se presente en el curso de sus lecciones o conferencias, en el sentido de despertar y mantener vivo en los alumnos el amor y respeto hacia lo que constituye: nuestro patrimonio histórico. ‘
“Art. 2° — Procurarán igualmente, inculcarles, como base indispensable de su acción ciudadana, al par que un espíritu de veneración a las tradiciones argentinas, nobles y elevados pensamientos de bien público, y anhelos de verdad, de justicia y de progreso, buscando en el ejemplo de sus próceres las virtudes y enseñanzas que han de servirles para contribuir con honroso y altivo patriotismo a la felicidad y grandeza de la República.
“El concurso de los hogares a la obra e realicen los Colegios y las Escuelas, ha de procurarse tan frecuente y eficazmente como sea posible”.
Lamentablemente, estas cosas no se han difundido convenientemente y hasta algunos ciudadanos que se creen distraídamente radicales las ignoran. La trascripción permite observar que el presidente Yrigoyen reclamaba el concurso de los hogares para la difusión de tales preceptos sin que ninguna colectividad se manifestara, en contrario; felizmente para la Nación no había —en aquel entonces— quienes se negaban a cumplir con las obligaciones ciudadanas ni se negaban a saludar la enseña patria o cantar el Himno ni deseaban la derrota argentina en guerras ni en contiendas de ninguna naturaleza ...hoy, por rara simulación de las inteligencias y so pretexto de vulneración de la Democracia, pequeños grupos abogan por la derrota nacional o fomentan el desprestigio de instituciones de la Nación.
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 49 - Diciembre 2018 - Pag. 8 a 11
Por la Prof. Beatriz Celina Doallo
Para examinar los dolorosos sucesos que en enero de 1919 conmovieron y enlutaron a la Argentina, hay que situarse en el contexto de la turbulenta época que atravesaba la sociedad por las secuelas de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y de la Revolución Rusa de Noviembre de 1917. Secuelas que tuvieron fuerte impacto en nuestro país debido a la carencia de materias primas importadas y la impunidad con la que actuaban elementos anarquistas. Estos ya no se limitaban a la prédica de las doctrinas del nuevo régimen que gobernaba Rusia. Desde sus periódicos – La Protesta y Bandera Roja entre otros – incitaban a la revolución social e, infiltrados en los sindicatos, organizaban huelgas y manifestaciones callejeras en las que eran habituales los incidentes con la policía.
La falta de insumos causó la caída de la producción y el cierre de industrias y comercios, y derivó en crisis socio-económica por el constante incremento del costo de vida y el desempleo. Hicieron su aparición las primeras viviendas precarias, antecedentes de las Villas actuales y creció el descontento popular. La oposición – los Partidos Socialista y Conservador – vetaba en el Congreso los proyectos de leyes, entre ellos el de “Descanso dominical”, que presentaba el presidente Hipólito Yrigoyen para atenuar las malas condiciones de trabajo de los obreros, agobiados por salarios insuficientes y jornadas agotadoras.
En ese peligroso escenario sobrevino en Buenos Aires en noviembre de 1918 una huelga en los grandes Talleres Metalúrgicos de Pedro Vasena e Hijos, que empleaban a 2500 obreros. La planta industrial de la empresa estaba en las calles Cochabamba y La Rioja y los depósitos en Pepirí y Santo Domingo, cerca del Riachuelo. Los huelguistas reclamaban 20 a 40% de aumento en los salarios, jornadas de 8 horas en lugar de 11, pago de horas extras, descanso dominical y reingreso de algunos delegados despedidos. Inicialmente la huelga fue pacífica y no se paralizó del todo la producción ya que unos 500 operarios continuaron con sus tareas.
El 19 de diciembre de 1918 una manifestación anarquista en la Avenida de Mayo, con banderas rojas y negras, fue disuelta sin mucho esfuerzo por la Policía Federal, cuyo jefe, desde el 13 de septiembre de 1918, era el Dr. José Casas. Varios manifestantes se parapetaron tras las rejas de acceso al subterráneo, efectuaron disparos de armas de fuego que hirieron a tres agentes, y fueron detenidos. Ese mismo día el Dr. Casas envió su renuncia al presidente Yrigoyen y fue sustituido interinamente por el comisario Dr. Miguel L. Denovi hasta el 9 de enero de 1919 en que el Dr. Elpidio González fue designado jefe de Policía por el Poder Ejecutivo.
Pocos días antes de que concluyera el interinato del Dr. Denovi ocurrieron hechos de extrema gravedad, preludio de lo que sería la Semana Trágica (6 al 12 de enero). El sábado 4 de enero, en inmediaciones de los depósitos de la empresa Vasena, varios carros cargados con materiales, conducidos por obreros que no adherían a la huelga y custodiados por un pelotón de agentes de la Guardia de Seguridad de Caballería –a los que se apodaba ”los cosacos” – fueron interceptados por huelguistas. Se produjo una refriega con pedradas y disparos que causaron la muerte de un Cabo y heridos por ambas partes. Los días 5 y 6 continuaron los incidentes alrededor de las instalaciones de Vasena y el martes 7 el intento de detener otro convoy con materiales en las calles Pepirí y Almafuerte dejó el saldo de 7 integrantes de la custodia policial heridos y 4 hombres muertos.
Pronto se supo que estos últimos eran víctimas inocentes: dos recolectores de residuos, un operario que se dirigía a su empleo en otra fábrica, un joven que tomaba mate en su casa...
El miércoles 8 en el Congreso, el diputado socialista Nicolás Repetto responsabilizó a la empresa Vasena por “su incomprensión” y a los huelguistas y a la Policía por “su falta de serenidad”. Para evitar la aplicación del estado de sitio, en la sesión del jueves 9 la bancada socialista restó importancia a los hechos, y los diputados radicales y conservadores sostuvieron que no podía culparse a la policía por apelar a sus armas cuando era atacada.
La Federación Obrera Regional Argentina (F.O.R.A.) declaró para el 9 de enero, en que se realizaría el sepelio de las 4 víctimas del día 7, una huelga general que paralizó al país, en gran parte por el acatamiento del gremio ferroviario a la medida de fuerza. Desde la madrugada de ese día 9 se sucedieron actos de vandalismo en la ciudad de Buenos Aires: quema de tranvías y otros vehículos, ataque e incendio de viviendas en barrios donde predominaba la colectividad hebrea, rotura de faroles de alumbrado público, saqueo de armerías, levantamiento de rieles de tranvías y barricadas con el empedrado para impedir el paso de bomberos y ambulancias. También hubo intentos de toma de comisarías, entre ellas la 27º donde se registraron 4 atacantes muertos y varios heridos. En conocimiento de estos hechos, el presidente Yrigoyen dispuso que fuerzas militares y navales patrullaran las calles.
El entierro de las 4 víctimas, en ataúdes cubiertos por banderas rojas y llevados a pulso desde Nueva Pompeya hasta el cementerio de Chacarita, fue acompañado por una columna de unas 20.000 personas. En la entonces calle Corrientes, entre las de Yatay y Pringles, de la columna se desprendió un grupo que saqueó e incendió el Convento e Iglesia del Sagrado Corazón; las monjas y los sacerdotes pudieron huir con dificultad por los fondos de la calle Humahuaca.
Alrededor de las 5 de la tarde, la ceremonia de inhumación era interrumpida en Chacarita por una masacre. Según refirió el comunicado oficial, para impedir que, al dispersarse la multitud, ocurrieran incidentes, se había dispuesto que fuerzas de seguridad policiales y militares rodearan el cementerio. Atacadas con armas de fuego, debieron hacer uso de las suyas para defender su vida, resultando 12 atacantes muertos y varios policías heridos.
Según los diarios, hubo 12 muertos y casi 200 heridos; la prensa anarquista denunció 100 muertos y más de 400 heridos. Los periódicos concordaron en que se había disparado a mansalva desde los muros hacia el interior del cementerio, sin que mediara agresión alguna ni víctimas entre los efectivos policiales y militares. Mientras esto sucedía en Chacarita, cerca de 10.000 manifestantes atacaban, con intención de incendiarlos, los talleres y depósitos de Vasena, donde seguían trabajando unos 400 operarios con custodia policial. Intervino el Regimiento 3 de Infantería, cuyos disparos causaron 20 muertos y 60 heridos.
A esas horas, ya el Dr. Elpidio González se había hecho cargo de la Jefatura de Policía y decidió iniciar sus funciones actuando como pacifista: acudió a los depósitos de Vasena cercanos al Riachuelo para apaciguar a la multitud enardecida, no lo logró, tuvo que escudarse tras los efectivos militares, su automóvil fue volcado e incendiado y un subteniente resultó muerto.
El viernes10 de enero el Departamento de Policía estuvo a punto de ser tomado por asalto, atacado desde casas vecinas con armas largas; 15 agentes y un número no determinado de atacantes resultaron heridos. Ese día 10 y también el sábado 11, varias comisarías resistieron intentos de asalto; en la 24º murieron dos agentes. Para añadir más violencia al caos reinante, grupos de jóvenes armados, integrantes de la Liga Patriótica Argentina y que se autodenominaban “Defensores del Orden”, entraron en sinagogas, locales obreros y bibliotecas populares, causando grandes destrozos.
Ante la gravedad de la situación, el presidente Yrigoyen dispuso ese miércoles 10 que las tropas de Campo de Mayo, comandadas por el general Luis J. Dellepiane, ocuparan la ciudad con cerca de 30.000 hombres. Establecido el cuartel general en el Departamento de Policía, aunque hasta el día 12 hubo algunos choques de grupos pequeños con las patrullas militares, la calma retornó paulatinamente a la ciudad. El día 11 la firma Vasena, presionada por el gobierno, accedió a reunirse con una comisión interna y anunció la reducción de la jornada de trabajo de 11 a 8 horas, aumento de salarios del 20 al 40%, 50% para las horas extras y 100% para los días feriados, además del reingreso de los delegados cesanteados. Con estas concesiones los obreros decidieron retomar sus tareas y el lunes 13 la actividad en Vasena fue casi normal.
Por su parte, el gobierno, a fin de pacificar los espíritus, ordenó dejar en libertad a los más de 2000 detenidos durante los disturbios y que el jueves 16 las tropas regresaran a los cuarteles de Campo de Mayo.
Unos párrafos finales sobre el Dr. Elpidio González. Nacido en Rosario, Santa Fe, el 1º de agosto de 1875, cursó estudios de Derecho primero en Córdoba y luego en La Plata, donde se recibió de abogado. Militante de la U.C.R., intervino en la fracasada sublevación radical de febrero de 1905. Era Ministro de Guerra del gabinete de Yrigoyen antes de ser nombrado Jefe de Policía. Renunció a ese cargo el 2 de septiembre de 1921 para actuar en política en la provincia de Córdoba. Yrigoyen se limitó a designar Jefes de Policía interinos hasta el 1º de diciembre de 1921 en que el Dr. González retomó la Jefatura de Policía. Esta vez ocupó el cargo por una corta etapa: dimitió el 14 de marzo de 1922 para dedicarse a la campaña electoral junto al Dr. Marcelo Torcuato de Alvear. Triunfante Alvear en las elecciones, el Dr. González fue Vicepresidente de la Nación entre 1922 y 1928. En la segunda presidencia de Yrigoyen, iniciada en 1928, fue nombrado Ministro del Interior. Tras el golpe del 6 de septiembre de 1930 que derrocó al gobierno radical, estuvo preso durante dos años. Rara avis en los anales de la política nacional, no se enriqueció en ninguno de sus cargos públicos, y para subsistir en la vejez realizó un modesto corretaje para las anilinas Colibrí. Falleció en la pobreza el 18 de octubre de 1951, a los 76 años.
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La Semana Trágica en la crónica de la revista “Caras y Caretas”
En el N° 1059 de la
importante revista “Caras y Caretas”, del 18 de enero de 1919, editada en
Buenos Aires, se publicó la crónica de los trágicos sucesos de la Semana
Trágica, que se transcribe a continuación. Esa crónica insumió 28 páginas de la
publicación –lo que da una idea de la importancia de los hechos acaecidos–,
profusamente ilustrada con fotografías y dibujos y el tema siguió tratándose en
los dos números siguientes.
Desde hace tiempo circulaban noticias en
Buenos Aires de que el elemento obrero preparaba un movimiento huelguista, para
pedir mejoras de salarios y disminución de horas de labor. Varios eran los
gremios que se indicaban para el caso, así que a nadie sorprendió la huelga de
metalúrgicos, y menos se pudieron prever las consecuencias que derivaron
después por el movimiento iniciado en los talleres de Alfredo Vasena.
Buenos
Aires ha presenciado varias huelgas, donde los obreros, en defensa de lo que
creían su derecho, abandonaron el trabajo para lograr, por ese medio,
resultado; a veces también, en la exaltación, se empleó la violencia, pero una
huelga sangrienta, como la que hemos tenido que tolerar, eso nadie lo hubiera imaginado,
ni puede atribuirse a trabajadores.
La
causa de que se hayan producido demasías a las que no estábamos acostumbrados,
y de que la violencia se haya llevado al extremo, ha sido porque a este
movimiento se han mezclado, no ya obreros que pugnan por imponer un pliego de
condiciones, o socialistas que desean hacer triunfar lo que creen su buena
causa, sino ese elemento sin patria que aunque constituye por fortuna, minoría,
quiso imponerse por la violencia; nos referimos a los maleantes, esos hombres
ajenos a toda disciplina social, y extraños también a toda organización obrera.
A ellos únicamente debemos los días de incertidumbre porque ha pasado nuestra
capital. Los mismos socialistas así lo declararon, lanzando un manifiesto, y la
Federación Obrera Regional Argentina Sindicalista, aceptando un temperamento
conciliador ante el Poder Ejecutivo, y dando la huelga por terminada.
Urge
que los elementos sanos del país nos pongamos en guardia contra ciertos
exaltados, que aprovechando de cualquier desavenencia entre patrones y obreros,
ejercen presión para llevar las cosas a la violencia y cometer desmanes que
repugnan a todo hombre honrado.
El
derecho de petición es justo; pero el de imposición que los ácratas propalan,
no puede aceptarse de ningún modo.
Creemos
que el gobierno tomará medidas oportunas para curarnos de esta plaga que
estamos padeciendo. El honor del país así lo exige.
La
crónica de los hechos nos la han referido los diarios, pero dada la situación
anormal porque hemos pasado, ella ha sido muchas veces deficiente. Nosotros,
periodistas gráficos, y obligados por lo tanto a presentar los hechos de una
manera gráfica, hemos tenido que hacer verdaderos esfuerzos para multiplicarnos
y encontrarnos allí donde la información nos señalaba una nota interesante, y
ello teniendo que improvisar medios de locomoción, y tanto en automóvil, en
motocicleta o de a pie, armados de nuestras máquinas fotográficas, hemos ido
recorriendo los lugares más lejanos de la ciudad para impresionar nuestras
placas. Ello nos costó más de un disgusto; por dolorosa experiencia sabemos que
los huelguistas revolucionarios son enemigos de la fotografía, pero la
profesión tiene exigencias y como nosotros no podemos hacer periodismo por
versiones, tuvimos que ser heroicos por fuerza y atrevernos a todo para presentar
una serie de fotografías interesantes, que esperamos que nuestros lectores apreciarán,
pues representa un esfuerzo grande, dado el estado de anormalidad para
conseguirse medios de locomoción, y de hallar fotógrafos dispuestos a mezclarse
con su máquina en lugares donde la vida estaba expuesta a cada momento.
Un
dato corroborará cuanto decimos: En el momento del incendio de los talleres de
Vasena, uno de nuestros muchos fotógrafos, después de haber impresionado buen
número de placas, fué obligado por un grupo de pseudo huelguistas, no sólo a
entregar su máquina, sino también los pesos que llevaba. Su llegada a la
redacción, en lastimoso estado, nos apenó grandemente; pero él, más que los
golpes, sentía haber perdido su nota gráfica.
A
los demás émulos de Daguerre (1), tuvimos la suerte de verlos llegar, cansados
y destrozados por las enormes caminatas, dignas de campeones de pedestrismo a
que habían tenido que someterse, pero orgullosos por el triunfo alcanzado.
A
muchos les favoreció la suerte, otros no la tuvieron tanto; pero entre todos
aportaron un buen contingente como para que el público pueda apreciar todas las
fases del triste drama en que ha estado envuelta la ciudad.
Esto,
en cuanto a lo que se refiere a nuestros repórters fotográficos, pero en lo que
respecta a nuestros redactores, a quienes también lanzamos de sabuesos a que
recogieran noticias y las comunicasen a la redacción para mandar allí un
fotógrafo, nos trajeron versiones curiosas. En la Avenida de Mayo el ruido que
produjo el cierre de una cortina metálica, el miedo hizo que se confundiera con
la descarga de una ametralladora, y provocó un "sálvese quien pueda".
En
los grupos que se formaban, no faltaba un incansable charlatán, que poseía el
modo de terminar con el movimiento en pocas horas.
El
público se mostraba impresionado por todo, las mentiras circulaban a más y
mejor: éste había visto quemar un convento; aquél otro; el de más allá, otro también;
y aunque se trataba del mismo, para los efectos de la gente, resultaban
quemados todos los conventos de la ciudad, y ello ocurría porque los que aseguraban
tal cosa, no lo habían visto, sino recogido la versión sin tener antes la
precaución de enterarse del lugar del siniestro. En fin, que los alarmistas,
dado el estado de ánimo del público, hallaron el terreno propicio para propalar
sus exageraciones. La prueba es, que muchas versiones que circularon, tratamos
de comprobarlas y resultaron falsas.
La
verdad tardaremos en saberla. La crónica gráfica es siempre fiel; pero para
recoger todos los hechos producidos, hubiera sido necesario que hubiesen entrado
en acción todas las máquinas fotográficas existentes en Buenos Aires, y eso
hubiera sido peligroso para los fotógrafos; habrían aumentado el número de
muertos y de heridos, dadas las intenciones de los revoltosos contra los
discípulos de Daguerre.
Pero
haciendo un relato de los hechos, diremos. que la chispa que ha provocado el
incendio, y que ha servido de pretexto para alarmar a Buenos Aires, fué
ocasionada porque los obreros de Vasena, que estaban en huelga, se opusieron a
que otros continuaran el trabajo, y según versiones, por tiros disparados de la
fábrica, murieron unos obreros. Esto dio motivo para tomar represalias y exaltó
a todos los obreros, decretando, por consecuencia, los gremios, la huelga
general.
El día
9, en ocasión de ser conducidas las victimas a la Chacarita, se presentaron los
ácratas al sepelio, armados de garrotes y profiriendo gritos destemplados. La
policía intervino, queriendo contener los más violentos, pero al pasar el
cortejo por los talleres de Vasena, fué imposible, y los anarquistas aprovecharon
para quemar la fábrica, lo que se quiso impedir a todo trance.
Un
grupo de diez mil obreros, continuó hasta el cementerio. Allí, algunos
exaltados por los hechos presenciados, y por los discursos de los anarquistas
que los incitaron a la violencia, se lanzaron a cometer desmanes, los que al
ser repelidos por la fuerza pública, ocasionaron gran número de víctimas.
Desde
ese instante, la huelga fué francamente revolucionaria, y los rebeldes no
permitieron la circulación, quemando tranvías, carros, automóviles y obligando
a todo el comercio a un cierre forzoso.
El
Poder Ejecutivo se vio en la necesidad de tomar medidas y pidió fuerzas de
línea para guardar la ciudad de atropellos que cometían los exaltados.
Hubo
choques en todos los barrios obreros de la ciudad, llegando a levantarse
barricadas, desde las que se hacía fuego contra los bomberos y vigilantes, armados
de fusiles y revólveres.
Por
fortuna, el movimiento no estaba organizado, y fué posible atajar el mal, por
medio de las tropas.
El
domingo 12, a pesar de ser día de descanso obligatorio, la población se sentía
tan feliz, después de los días de ansiedad transcurridos, que desde por la
mañana llenaba las calles y al adquirir la seguridad de que el movimiento de
desorden estaba circunscripto a barrios extremos, y ya vencidos los elementos
maleantes que se habían cobijado bajo la bandera obrera para entregarse a
excesos condenables, todo el mundo se felicitaba y fraternizaba con los
soldados y vigilantes que habían sabido protegerlos y les demostraban su
agradecimiento de todas maneras, aplaudiendo su acción y tratando de hacerles
lo más llevadero posible la penosa tarea, facilitando alimentos y bebida a los vigilantes
de facción en los diversos establecimientos públicos.
Cuando
empezaron, a las 9 de la mañana, a circular los tranvías, poniendo en la calle
su simpática nota de normalidad, los viajeros daban seguridad a los guardias y
motoristas, de defenderlos y hacer causa común con ellos si elementos extraños
a nuestro ambiente pretendían atacarlos, lo que no sucedió, a pesar de no estar
protegidos los coches por fuerza armada.
Solamente
las líneas 22 y 74, tardaron en circular por temor a incidentes en los barrios
de Boca y Barracas, donde todavía resistían al orden algunos elementos
maleantes que no tenían nada que ver ni con obreros ni con trabajadores, sino
que buscaban confusión para medrar con sus instintos perversos.
El
público no ha hecho sino confirmar con su protesta unánime la absoluta falta de
previsión del Intendente Municipal, que no ha estado ni un solo instante a la
altura de su misión -ni limpieza ni orden en sus servicios, nada, sino abandono-
las calles en un estado imposible. Las basuras arrojadas a la calzada, recién
el domingo a mediodía se empezó a recogerlas en el centro, cuando el proceso de
fermentación había convertido cada montón de desperdicios en un foco infecto.
La
Asistencia Pública, que tiene su autonomía, se ha hecho acreedora al más franco
aplauso, y el nombre del doctor González del Solar y todo su personal, ha
adquirido títulos altos a la gratitud del pueblo y de la clase médica, cuya
abnegación han sabido enaltecer, y el cuerpo médico argentino tiene que
sentirse orgulloso de contar con elementos de tanto relieve moral en su seno.
Siempre
y en todas las circunstancias, los médicos han sabido cumplir con su deber en
nuestro país, pero ello no disminuye el mérito de los que en un momento tan
trágico no perdieron su serenidad y en medio de peligros supieron todos estar a
la altura de su situación.
Los
médicos y practicantes de la Asistencia Pública, han demostrado que unen
a su ciencia, el coraje necesario para afrontar cualquier
responsabilidad y cualquier sacrificio que les imponga su deber, y bueno es que
se acuerden de esto los altos poderes públicos cuando en las horas tranquilas
se deslinden posiciones, y los que suelen hacer chistes de los médicos recuerden
los respetos y consideraciones que nunca aquéllos reclaman, pero que saben
conquistar con su conducta cuando llega el momento.
Terminado
el paro, fué restableciéndose la normalidad, poco a poco, y cuando los primeros
tranvías aparecieron por Buenos Aires, el público se lanzó a las calles, ávido
de recoger impresiones.
Por
todas partes se hallaban grupos que comentaban los sucesos; todo llamaba la
atención: el paso de un carro de carne, un cochero que tomaba viaje, un almacén
que se abría, cualquier hecho, por insignificante que fuera, resultaba
novedoso.
No
faltaron tampoco los curiosos que deseaban comprobar si las crónicas de los
sucesos, hecha por los diarios era fiel, y se iban a averiguar: si en tal edificio
existían los balazos, si en tal calle quedaban restos de barricadas, y si la
basura de las calles había sido recogida, y cuando satisfacían su curiosidad,
lanzaban un suspiro de alivio; su ciudad, su Buenos Aires, estaba
afortunadamente intacta, y podía pasearse por ella sin temor a tropezar con una
bala perdida.
Pero,
donde los comentarios se sucedían sin interrupción, era en los conventillos;
las mujeres, sobretodo, tenían mucho que contar: que si el almacenero había
vendido el arroz a precios fabulosos, aprovechándose de la ocasión; que si el
panadero tal, había vendido a noventa centavos el kilo, que si el carbonero no
había querido servir carbón, que si tal familia lo había pasado con pan y
queso, y luego, los pobres niños, sin leche, en fin, da lástima oír contar a
ésas pobres gentes los apuros y privaciones porque han tenido que pasar.
Tampoco
han faltado los heroicos que han paseado impunemente por todos lados, en razón
de no tener nada que perder; ni los que poseídos del don de ubicuidad han
estado en todas partes para verlo todo y poder mentir a su sabor. Algunos, en
su afán de exagerar, creían que había llegado el apocalipsis. Otros habían oído
tiros por todas partes; éstos, por desgracia, confundían el ruido de un cajón,
al caer, con el disparo de un cañón del 42. Algunos habían sentido gente armada
en la azotea, a causa de haberse entusiasmado más de lo debido con la grapa, y
a causa de todas estas gentes que tenían los nervios desequilibrados, la cosa
más trivial, daba origen a alarmas infundadas.
Debemos
confesar que muchos perdieron la cabeza y, por lo tanto, no pudieron
reflexionar que no era posible, que una ciudad de cerca de dos millones de
habitantes, pudiese caer en manos de unos forajidos. Porque no debemos
confundir la causa de los obreros en huelga, con los
actos de vandalismo a que se entregaron algunos sujetos, que seguramente, no
teniendo nada que perder, se declaraban pescadores para pescar en río revuelto.
Esperamos que ahora, que la serenidad se ha impuesto, y que los nervios se han calmado, todos tendremos una sonrisa para disculpar nuestros temores: al fin y al cabo, la cosa era natural; era la primera vez que se nos presentaba una confusión tan grande, azuzada por elementos extraños; pero aquí no tenemos nada que temer de ningún exaltado; nuestro país goza de vida democrática, y en cuanto a la burguesía, no es patrimonio de ninguna clase privilegiada; cualquier obrero trabajador puede prosperar libremente. Podrá haber diferencias por cuestiones de salarios entre patrones y obreros, pero con buena voluntad por ambas partes, pronto se arreglan esos conflictos; no faltan ejemplos para el caso.
De cuantos hechos se han producido, no debemos inculpar a nadie: quizá es culpa de todos, pues con nuestra apatía, hemos tenido abiertas las puertas a todo elemento maleante del mundo entero, sin considerar que esa liberalidad de nuestras leyes no puede se apreciada por gentes que desconocen todo sentimientode patria, y que en la mayoría de los casos, si los estudiamos de cerca veríamos que ese elemento extraño que viene a nuestra tierra a provocar conflictos sangrientos, son gentes que en su mismo país son considerados indesiderables, y por lo tanto no tienen más recurso que la expatriación para escapar de la cárcel.
Nuestro
gran Alberdi, dijo, en hora sagrada: "gobernar es poblar"; si, cierto;
pero debemos saber con quién. No hemos estado formando nuestra nacionalidad durante
años para verla destruida por hombres a quienes nada debemos, y que no son
elementos útiles ni recomendables.
(1) Nota
del Director: El francés Louis Daguerre (1787-1851), fue quien en el siglo XIX
inventó el daguerrotipo, antecesora de la fotografía.
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XII N° 45 - Diciembre 2017 - Pags. 10 y 11
El cumplimiento de una deuda de honor del Reich alemán
Por Norberto Jorge Chiviló
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| Postal de época |
Debido a las contingencias militares que se fueron desarrollando durante la última etapa de la Gran Guerra, contrarias a las armas de los ejércitos alemanes y especialmente en lo que respecta a su armada imperial, impidieron que un buque de esa nacionalidad pudiera trasladarse al Río de la Plata a fin de proceder al desagravio de la bandera argentina, tal como se había obligado esa potencia ante nuestro país, por el hundimiento de la goleta Monte Protegido y del vapor Toro, por parte de submarinos alemanes, no pudiendo así realizarse tal ceremonia en tiempo y forma.
Un par de años después de finalizada la guerra y vencida Alemania, en agosto de 1921 y durante la República de Weimar, la Cancillería alemana hizo saber a su par argentina de la intención de realizar aquel desagravio y cumplir con una deuda de honor que tenía hacia un país que había mantenido una total neutralidad en el conflicto pasado.
En razón de las dificultades de agitación social y política por la que estaba aravesando ese país en aquellos momentos, hacía dificultosa también el desplazamiento de un buque de guerra hasta nuestro país para cumplir con el acto reparador y por ello ofrecía realizarlo en tierra alemana, en la base naval de Kiel, sobre el Báltico y a bordo de un acorazado de su marina. El ministro Honorio Pueyrredón aceptó el ofrecimiento.
El detalle de la ceremonia, tratado con solemnidad, fue pasado a nuestra embajada en Berlín y de ahí a Buenos Aires para ser aprobada por el Ejecutivo.
Tal trascendental acto fue fijado para ser efectuado el 22 de setiembre de dicho año.
Los diarios argentinos de aquellos días, anoticiaban a sus lectores de tal trascendente acontecimiento: La Nación anunciaba “Hoy será saludada en Kiel la bandera argentina” y al día siguiente: “Fue saludada la bandera argentina en Kiel”, por su parte el diario oficialista La Época, publicaba “Hoy se realizó en Kiel el saludo a la bandera argentina”.
En ambos diarios, que pude consultar en la Hemeroteca de la Biblioteca del Congreso de la Nación, se hizo una crónica, bastante completa de la ceremonia realizada.
La Nación, informaba que “El corresponsal de La Nación se había dirigido a Kiel para asistir a la ceremonia que resultó imponente.
No habiendo sido recibida la prensa a bordo del acorazado, el corresponsal debió fletar una canoa-automóvil, con lo cual pasó en derredor del acorazado, para presenciar de ese modo la ceremonia.
El tiempo primeramente sombrío, aclaróse, y la celebración cumplióse con buen éxito”.
La comisión argentina presidida por el ministro Dr. Luis B. Molina e integrada por funcionarios de la embajada y del consulado, agregados militares y representantes de la colectividad argentina, fue acompañada desde Berlín a Kiel por una importante comitiva designada por el Departamento de negocios extranjeros del Reich, presidida por el Secretario de Estado von Simons.
El puerto de Kiel, fue engalanado para tan trascendente ocasión y para recibir a la delegación argentina se encontraban presentes los comandantes de la estación naval, de la escuadra del Báltico y del acorazado Hannover, donde se iba a llevar a cabo la solemne ceremonia de desagravio y demás funcionarios y autoridades alemanas.
Al abordar la nave, la delegación argentina fue saludada por la oficialidad del navío, ataviados con sus uniformes de gala, mientras que una guardia de honor y la marinería presentaban armas, en esos momentos la bandera argentina era izada en el palo mayor a la cual los marinos alemanes saludaron militarmente, mientras se escuchaban los acordes de nuestro himno, todo ello envuelto en un clima solemne y de gran emotividad.
Ambas comitivas pasaron al salón principal del acorazado, donde se sirvió un lunch, en cuyo transcurso, el representante del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reich, Von Simons en nombre de su país dirigió las siguientes palabras al ministro Molina y los restantes miembros de la delegación argentina:
“Como representante del gobierno del Reich, tengo la honra de saludar a su excelencia como representante del gobierno argentino a bordo de este buque de guerra alemán... El origen de este acto data de más de cuatro años. En esa época fueron hundidos por fuerzas navales alemanas los buques argentinos Monte Protegido y Toro y por ese entonces expresó al gobierno argentino que los sucesos no se basaban en manera alguna en una falta de consideración al pabellón nacional argentino, que como símbolo de la soberanía del pueblo amigo es honrado y respetado por todos los alemanes.
Por consiguiente el gobierno alemán no vaciló en dar su promesa de que se aprovecharía la primera oportunidad para hacer saludar la bandera argentina por la marina alemana.
El gobierno alemán cumple con la obligación, tiempo atrás aceptada con el mayor agrado, máxime cuando se trata de dar una justa satisfacción a la nación que observara, respecto de Alemania y hasta la terminación de la guerra, la más estricta neutralidad.
Desgraciadamente no ha sido posible llevar a la práctica el deseo primordial de enviar a aguas argentinas un buque de guerra alemán.
Pero no han de perder su importancia las demostraciones en honor del pabellón argentino que se efectuarán en la zona marítima alemana.
Fórmense con ellas un nuevo lazo de las estrechas y amistosas relaciones que siempre existieron entre la Argentina y Alemania”.
Ese discurso fue muy aplaudido, contestándole visiblemente emocionado el Dr. Molina:
“Mi gobierno valora altamente el homenaje que el gobierno alemán tributa al pabellón argentino en virtud del compromiso contraído con motivo del hundimiento de los buques Monte Protegido y Toro.
En horas tristes para la humanidad y la defensa de los principios y derechos que conceptúa indeclinables, el gobierno argentino tuvo todas las exigencias que las circunstancias imponían.
El gobierno alemán respondió dignamente acordando las satisfacciones pedidas con la declaración de que los sucesos como acabáis de recordarlo, no se basaban en modo alguno en una falta de consideración a la bandera argentina que es hoy honrada y estimada por todos los alemanes y cumple fielmente las promesas hechas entonces.
El desagravio hecho hoy en forma solemne en un buque de guerra alemán, da plena satisfacción al gobierno y llena de júbilo al pueblo argentino, que se halla deseoso de estrechar cada vez más los vínculos de amistad con Alemania. Al agradecer el saludo que habéis dirigido como representante del gobierno del Reich, cúmpleme expresar en nombre del Presidente de la Nación, que el gobierno argentino aprecia en todo su valor las demostraciones que se hacen en honor de las amistosas y tradicionales relaciones entre vuestro país y el mío”.
Cuando finalizado el acto y al retirarse la delegación argentina, fue saludada con una salva de quince cañonazos y la bandera argentina fue izada en el palo de proa del Hannover.
Alemania había cumplido así, con el compromiso oportunamente asumido.
Nuestra embajada en Berlín comunicó de inmediato a la Cancillería de la “inolvidable ceremonia realizada” en desagravio a la bandera nacional y recién entonces el gobierno de Hipólito Yrigoyen, dio por cerrado el incidente, originado cuatro años antes con motivo del hundimiento de aquellos dos navíos.
La Época, en un artículo titulado “La moral de un episodio”, publicado el mismo día 22 de setiembre, destacaba la actitud diligente del gobierno de Yrigoyen con respecto a los hechos relatados, comparándola con la asumida por el anterior gobierno de Victorino de la Plaza, con respecto al apresamiento del vapor “Presidente Mitre”, por barcos de la Royal Navy: “…Si justa fue la reclamación argentina, ampliamente satisfactoria es la actitud de las autoridades alemanas, que han reconocido la procedencia incuestionable de tal reclamación. Por lo que hace a esta misma, se sabe bien con que diligente actividad y franca energía supo demostrar nuestro gobierno que velaba por el decoro del país, contrastando su conducta con la pasividad de otros días, tan cercanos ellos que no puede olvidarlos el sentimiento nacional, que experimentó una lesión profunda ante los vandalismos de Dinant (1) y el atropello contra el vapor ‘Presidente Mitre’. Destacamos la información del acontecimiento hoy celebrado como la probanza concluyente de que el actual gobierno ha velado por la honra de la Nación con el religioso escrúpulo que exigía su misma dignidad. Así se cumplen los deberes superiores. El episodio es un timbre de altivez que define toda una conciencia”.
Esta fue la tercera vez que nuestra bandera fue desagraviada y saludada por potentes potencias de su época. Las dos primeras veces tuvieron lugar durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, con motivo del bloqueo francés primero y años más tarde con relación a la intervención anglofrancesa.
Estos son hechos que nunca debemos olvidar los argentinos, ya que honran nuestra historia y forman parte de las glorias de la Nación.
(1) Se refiere al fusilamiento del ciudadano francés Remy Himmer, vicecónsul argentino en la ciudad belga de Dinant, por parte de las tropas alemanas, hecho ocurrido el 23 de agosto de 1914. Además de este desgraciado acontecimiento, las tropas germanas destruyeron los archivos del Consulado y arriaron la bandera argentina. Pero el gobierno de Victorino de la Plaza, en una actitud muy tibia, cerró el caso sin exigir las reparaciones correspondientes.
Bibliografía.
Alén Lascano, Luis C. “Argentina y la Gran Guerra”, revista Todo es Historia N° 69, enero de 1973.
La Época, diario, Año VI, N° 2003.
La Nación, diario, Año LII, N° 17957, 19758
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XII N° 45 - Diciembre 2017 - Pags. 8 y 9
Por la Prof. Beatriz C. Doallo
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| Goleta Monte Protegido |
Dos potencias en conflicto durante la primera Guerra Mundial –Inglaterra y Alemania- tomaron poco en cuenta la neutralidad de la República Argentina, anunciada el 5 de agosto de 1915 por el presidente Victorino de la Plaza y ratificada por su sucesor, Hipólito Yrigoyen. Y en 1917, el primer año de su gobierno, a don Hipólito le costó mucho mantener a nuestro país fuera de la conflagración. En noviembre de 1915 un crucero británico apresó al barco argentino Presidente Mitre, agresión que originó encendidos artículos de la prensa pero no alborotó mucho a la ciudadanía (1). Fue en abril de 1917 cuando se enardecieron los ánimos al conocerse que el día 4 la goleta mercante con pabellón argentino Monte Protegido había sido torpedeada por un submarino alemán y hundida en el Atlántico a 45 km. de la costa inglesa. La goleta llevaba a Holanda un cargamento de lino y su tripulación, a la que se obligó a desembarcar en las islas Solingas, que eran de Noruega, país neutral.
La tecnología para la destrucción había agregado al terror del tanque el submarino, que los alemanes usaban en todos los mares actuando como corsarios. En enero de ese año Alemania había informado que su Marina obstruiría a barcos de países neutrales una gran parte del Atlántico Norte frente a las costas de Francia e Inglaterra, bloqueo que luego se extendió al litoral italiano sobre el mediterráneo.
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| Honorio Pueyrredón |
Esta actitud apaciguadora cerró el incidente en lo tocante a la diplomacia, pero ya era tarde para frenar la indignación popular, espoleada por el Comité de la Juventud Pro Ruptura, había derivado el 14 y 15 de abril en el destrozo y saqueo de comercios y periódicos de la colectividad alemana, en tanto la policía se esforzaba para proteger la Embajada de ese país.
El 22 de abril, frente a la Casa de Gobierno, una manifestación integrada por miembros de las colectividades italiana, inglesa y francesa y liderada, entre otros, por el socialista Alfredo Palacios y el escritor Ricardo Rojas, había exigido el rompimiento de relaciones con Alemania. La firme posición de Yrigoyen, mantener la neutralidad pese a todo, tuvo también importantes seguidores, incluso entre los integrantes de la oposición. Se dispuso que un barco transportara sin cobrar pasaje a todo hombre que quisiera ir a Europa a enrolarse en el ejército aliado; el buque partió con gran cantidad de voluntarios, en su mayoría italianos.
Las cosas se volvieron a desmadrar en junio de ese año: el día 22 el barco mercante argentino Toro, que llevaba a Génova un cargamento de cueros, grasas, carne congelada y lana, fue torpedeado y hundido por un submarino en el Atlántico, pocas millas antes de Gibraltar.
El 4 de julio nuestra Cancillería envió a Alemania un enérgico reclamo: “El Gobierno argentino al contestar la nota del Gobierno imperial alemán anunciado la guerra submarina ilimitada, declaró que la República ajustaría su conducta, como siempre, a las normas y principios fundamentales del Derecho Internacional. Fue fundándose en este concepto que formuló su reclamación en el caso del ‘Monte Protegido’ y que aceptó las explicaciones del Gobierno imperial alemán en cuanto ellas reconocían la plenitud del derecho de la República y satisfacían la reclamación en todos sus términos. Al proceder así, este Gobierno entendía que aquella actitud tenía el alcance de colocar en lo sucesivo a los buques argentinos al amparo de las medidas de guerra de que había resuelto hacer uso del Gobierno imperial; pero, ante la reiteración del hecho, las satisfacciones morales y las indemnizaciones del daño material serían insuficientes para salvar el derecho vulnerado. En consecuencia se ve en el caso de formular nueva protesta y reclamar, además del desagravio moral y de la reparación del daño, la seguridad del Gobierno alemán de respetar en lo sucesivo los barcos argentinos en su libre navegación de los mares. La República desea mantener sus relaciones cordiales con el imperio Alemán, pero no podría, por las razones aducidas, aceptar soluciones cuyos términos no significaran la consagración definitiva de un derecho.
Espera el Gobierno argentino que el Gobierno imperial alemán reconocerá la razón que asiste a la república y le acordará las satisfacciones pedidas”.
Ante el nuevo hecho, el proceder de las autoridades alemanas distó de mantener el tono conciliador del caso anterior. Zimmermann respondió aduciendo que el barco estaba en una zona declarada interdicta en enero y que lo ocurrido “no es una consecuencia de la guerra submarina sin restricciones, sino de la aplicación de las reglas generales internacionales del derecho en la guerra marítima”. Añadió que la carga del Toro, carne y grasas, constituía “contrabando de guerra” y que la cercanía del buque a Gibraltar, fuerte enclave inglés, permitía suponer que su destino era un puerto enemigo. Pese a ello –agregaba la nota– el Imperio estaba dispuesto otra vez a indemnizar los daños materiales y desagraviar nuestra bandera, aunque previniendo que sería hundida toda nave argentina que se hallare en la zona del bloqueo.
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| Vapor Toro |
La respuesta de nuestro gobierno por intermedio del canciller Pueyrredón, el 4 de agosto, tuvo la energía que requerían las circunstancias.
“La República soporta como estado neutral las consecuencias mediatas de la guerra, pero no puede consentir como legítimo el daño directo, a base de convenciones que le son extrañas o por imposiciones de una lucha en que no participa.
No es concebible que sus productos naturales se califiquen en momento alguno como contrabando y jamás han figurado en tal carácter en los tratados celebrados por ella. Son el fruto del esfuerzo de la Nación en su labor vital, no para satisfacer exigencias de la guerra sino para las necesidades normales de la humanidad. El Gobierno argentino no puede así reconocer que el intercambio de la producción nacional del país sea motivo de una calificación bélica restrictiva de su libertad de acción y de evidente menoscabo de su soberanía.
En consecuencia, no cabe aceptar las proposiciones que formula Vuestra Excelencia, y de acuerdo con el derecho que sustenta insiste en la reparación requerida, y en la seguridad de respetar en lo sucesivo los buques argentinos en su libre navegación de los mares”.
En tanto se cruzaban estas notas entre nuestra Cancillería y la germana, el hundimiento del Toro había desatado nuevamente la furia de la ciudadanía. En esta ocasión se tradujo en el incendio del Club Alemán y de muchas cervecerías porteñas cuyos propietarios eran alemanes.
La tensión se incrementó a causa de que ese año Estados Unidos había declarado la guerra a Alemania y Brasil acababa de hacerlo. Vastos sectores populares exigían a Yrigoyen el rompimiento de relaciones; no se comprendía su conducta, mantener el statu quo a pesar de la magnitud del agravio a nuestra soberanía.
No obstante, en medio de ese clima impetuoso también eran muchos los que aprobaban la posición del Presidente, cuya acción más beligerante fue ordenar al Embajador alemán, conde Karl de Luxburg, que abandonara nuestro país de inmediato. Quienes no creían en la guerra y se oponían a que Argentina la declarara, consideraban que el aislamiento impuesto por Yrigoyen era la actitud que convenía.
El Imperio Alemán, por su parte, estaba en una situación complicada: avenirse a las exigencias argentinas significaba renunciar a la estratégica guerra submarina. Por último, el 28 de agosto nuestro Canciller recibió la respuesta alemana:
“Declaración: El Gobierno imperial alemán, no obstante las objeciones que puede hacer a los fundamentos de la reclamación del Gobierno argentino, en su deseo de mantener las buenas relaciones que siempre cultivaron y respondiendo a los sentimientos amistosos reiterados por las partes en esta oportunidad, para dar una sanción grande y elevada a la cuestión del hundimiento del vapor ‘Toro’, resuelve someter su solución a los mismos procedimientos observados en el caso del ‘Monte Protegido’, y está dispuesto a abonar al Gobierno argentino el monto del valor por el hundimiento del vapor ‘Toro’ en lo que exceda a la suma asegurada.
El Gobierno imperial reconoce la libertad de los mares a la navegación argentina, según las normas del Derecho Internacional, y garantiza una actitud concorde de su marina de guerra”,
En un acuerdo entre las dos Cancillerías que se mantuvo en secreto a la ciudadanía hasta mucho después de concluida la guerra, se dio palabra a Zimmermann de que ningún barco argentino navegaría dentro de la zona interdicta.
El final feliz del incidente internacional elevó la popularidad de Yrigoyen, sacudida ese primer año de su mandato por 80 huelgas. Como corolario, cabe consignar que el conde de Luxburg, de regreso en su país, aseguró conocer de buena fuente que el decreto de ruptura de relaciones con Alemania, firmado por el canciller Pueyrredón pero no por Yrigoyen, estaba en una cajón del escritorio del Presidente argentino, y esta aseveración del exembajador ejerció gran influencia en la redacción de la nota germana que puso fin al episodio.
(1) El apresamiento del vapor “Presidente Mitre”, El Restaurador N° 37 – Diciembre 2015.