Mostrando entradas con la etiqueta Juan lavalle. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan lavalle. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de julio de 2021

La grieta entre unitarios y federales - Ignacio Zubizarreta - Norberto J. Chiviló


El día sábado 5 de junio ppdo. se publicó en el suplemento Ideas del diario La Nación, un artículo del historiador Ignacio Zubizarreta, sobre el origen de la grieta actual de los argentinos, que su autor trata de encontrar en la lucha entre unitarios y federales.

A continuación el artículo:Diario La Nación



Cabe hacer algunas consideraciones al artículo que antecede. 

Zubizarreta hace referencia a las luchas entre unitarios y federales, mencionando especialmente “la brutalidad con la que los unitarios Ramón B. Estomba y Federico Rauch ‘pacificaron’ la provincia de Buenos Aires durante la gobernación de Lavalle (1828/29)” y “La ‘pacificación’ que realizó Rosas algunos años más tarde en las provincias del norte y Cuyo en busca de la erradicación de la facción opuesta fue en extremo sanguinaria”. Más adelante el autor afirma que “Luego de la batalla de Caseros y el fin de la gobernación de Juan Manuel de Rosas (1852), los dirigentes de entonces no solo se encontraron con el desafío de reducir una ‘grieta’ política, sino que debían tratar de armonizar una sociedad en extremo violenta que había vivido décadas de sangrientas guerras fratricidas”.

“Tanto Justo J. de Urquiza en la Confederación Argentina como los gobernadores del Estado de Buenos Aires tuvieron que aplicar medidas conciliatorias”.

También señala que el gobernador de la provincia de Buenos Aires Pastor Obligado, tomó medidas para reducir la grieta.

Sin entrar a considerar el fondo de la cuestión, que daría para mucho, a mi entender al artículo le faltan varios hechos que ocurrieron y que deben ser tomados en el contexto histórico en el cual ocurrieron. También entiendo que posiblemente el autor del artículo, no tuvo el espacio suficiente para explayarse sobre el tema.

A mi entender, la grieta habría comenzado con el fusilamiento de Santiago de Liniers el 26 de agosto de 1810 junto a otros compañeros que se habían complotado en una contrarrevolución que ya se encontraba vencida y que no representaba ningún peligro para el gobierno patrio surgido en mayo de 1810. La ejecución del héroe de la Reconquista, ordenada por la Junta de Buenos Aires, fue fogoneada por la facción jacobina que encarnaban Mariano Moreno y Juan José Castelli.

También el desempeño  de las tropas que actuaron en el Alto Perú, mandadas por la Junta de Buenos Aires, a cargo de oficiales y personajes políticos –Juan José Castelli– integrantes de aquella facción política, que con el fusilamientos de jefes realistas y actitudes antirreligiosas que escandalizaron a la sociedad altoperuana, –a la par que a la larga provocará la pérdida de aquellos territorios–, profundizó la grieta.

Años después con el motín del general Juan G. Lavalle contra el legítimo gobernador de Buenos Aires, coronel Manuel Dorrego y la represión que se desató en el interior de la provincia contra la población adicta al gobernador depuesto y a Juan Manuel de Rosas, por parte del propio Lavalle, disponiendo el fusilamiento de Dorrego y la actuación despiadada de sus subalternos, los mencionados Estomba y Rauch, la grieta se ensanchó y provocó la guerra civil que se desató a continuación.

Es muy revelador lo escrito por Juan Manuel Beruti, cronista destacado de aquellos momentos, quien en sus Memorias (Memorias curiosas), destacó el comportamiento salvaje de las fuerzas lavallistas, en contraposición al proceder correcto de las tropas federales bajo el mando de Rosas.

Pero los atropellos contra sus opositores, no fue solamente por parte de Lavalle, sino por otros jefes unitarios como José María Paz y Gregorio Aráoz de Lamadrid, para nombrar a los más importantes. Todos ellos alzados contra los legítimos gobernadores Dorrego primero y Rosas después, quienes detentaban el manejo de las RREE de nuestro país en aquellos momentos, como así también contra gobernadores de otras provincias. No debe perderse de vista ni tomado como algo menor, que tanto Dorrego como Rosas y los otros gobernadores, detentaban legalmente su poder, mientras que los jefes unitarios mencionados accedían al poder mediante la fuerza que le daban los ejércitos bajo su mando, derrocando a las autoridades legítimas de las provincias, desatando represiones de las que ni siquiera se salvaba la población civil.

El autor del artículo se equivoca cuando afirma que “La ‘pacificación’ que realizó Rosas algunos años más tarde en las provincias del norte y Cuyo…”, ya que esa afirmación daría a entender que los ejércitos que combatieron en Cuyo y en el norte, fueron comandadas por Rosas. Ese es un error. Dejando de lado la batalla de Caseros, el comando de tropas en combate por parte de Rosas, tuvo lugar en último término con motivo de la conquista de los desiertos del sur de la provincia de Buenos Aires entre 1833/1834.

Los ejércitos federales que actuaron en Cuyo y el norte, estuvieron bajo el mando de otros jefes federales –principalmente Quiroga, Pacheco, Oribe–, pero no de Rosas.

Cabe aclarar que el mote de “salvajes” que se les dio a los unitarios, surgió del propio pueblo, motivado por el actuar –valga la redundancia– “salvaje” de aquél grupo político.

No es ningún descubrimiento que las guerras civiles –entre “hermanos”– son más crueles que las contiendas que se dan entre dos naciones y provocan grietas profundas.

Inmediatamente después de Caseros, por orden de Urquiza se fusilaron a cientos de soldados federales, cuyos cuerpos fueron colgados de los árboles a lo largo del camino que llevaba a la que había sido la residencia de Rosas en Palermo de San Benito. Ello escandalizó al pueblo de Buenos Aires, que nunca había visto nada así, como lo cuenta el mismísimo Domingo F. Sarmiento. La represión fue tremenda. Por lo que aquello del lema “Ni vencedores ni vencidos”, fue solamente eso: un lema.

Poco tiempo después de Caseros, la provincia de Buenos Aires se secesionó de la Confederación Argentina.

En el artículo se muestra al gobernador de la provincia Pastor Obligado como un funcionario con intención de cerrar la “grieta”, como si todo hubiera sido color de rosa. Durante su mandato, se fusilaron a militares federales como Jerónimo ó Gerónimo Costa –héroe éste de la defensa de la isla de Martín García en 1838, contra los franceses– entre otros, quienes habían invadido la provincia con la intención de destituirlo y que Buenos Aires, volviera al seno de la Confederación. Costa y su grupo fueron vencidos e inmediatamente fusilados sin juicio alguno, en lo que la historia se conoce como la matanza de Villamayor, acaecida el 2 de febrero de 1856, hecho éste que fue aplaudido entre otros por el mismo Sarmiento.

Por último, no quiero dejar pasar las distintas actitudes asumidas, por un lado la de los jefes militares de la Nación –todos ellos de nacionalidad oriental como Wenceslao Paunero, Venancio Flores, Ignacio Rivas, Ambrosio Sandes, José M. Arredondo, Pablo Irrazábal, entre otros–, mandados por el gobierno de Bartolomé Mitre para reprimir los levantamientos federales en las provincias norteñas, y por el otro el proceder del general Ángel Vicente Peñaloza, el “Chacho”, quien estaba al mando de las fuerzas federales.

Cuando se firmo la paz entre ambas fuerzas en el tratado de La Banderita (así se llamaba la estancia en la que se firmó el acuerdo)  el 20 de mayo de 1862 y llegó el momento de intercambio de prisioneros, Peñaloza entregó en perfectas condiciones la totalidad de los prisioneros que había tomado, mientras que los federales que habían sido hecho prisioneros por las fuerzas nacionales, habían sido todos pasados por las armas.

Los “bárbaros” se habían comportado civilizadamente y los “civilizados” como bárbaros.

                                                        Norberto Jorge Chiviló

 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Salvajes unitarios y bárbaros federales

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 32 - Setiembre 2014 - Pags. 1 a 7 

SALVAJES UNITARIOS Y BÁRBAROS FEDERALES

por Norberto Jorge Chiviló

Don Juan Manuel de Rosas. Óleo sobre tela de García del Molino (A)


En la guerra civil que tuvo lugar en nuestro país, a partir de diciembre de 1828 y principalmente durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, los federales llamaban "salvajes" a los unitarios y estos últimos se referían a aquellos como "bárbaros", ello en la generalidad, pues muchas veces esos términos se intercambiaban. 

Las banderas federales ostentaban las inscripciones "¡Viva la Confederación Argentina!" o "¡ Viva la federación" y "¡Mueran los salvajes unitarios!". Esas frases también encabezaban los documentos oficiales y la llevaban impresas las divisas que los federales ostentaban sobre su pecho.

Finalizada la guerra contra el Brasil (1825-1828), las tropas argentinas regresaron al país, con sus uniformes convertidos en andrajos. Carecieron y les fueron negados los recursos necesarios -por el gobierno rivadaviano- para llevar la guerra al corazón del Imperio y para imponer una paz beneficiosa a los intereses de nuestro país. Se encontraban descontentas, pues a pesar de haber batido a los brasileros y haber ganado la guerra en el campo de batalla, la Argentina, la perdió en el campo diplomático y se vio obligada a la firma de un tratado de paz, a raíz del cual la Provincia de la Banda Oriental fue segregada del tronco común y se independizó. 

En esos momentos gobernaba la Provincia de Buenos Aires el coronel Manuel Dorrego quien también había sido encargado por las demás provincias para el manejo de las relaciones exteriores de la República. 

Los unitarios responsabilizaron de esa derrota diplomática a Dorrego quien pasará a ser el "pato de la boda" y quién pagará los platos rotos, cuando en realidad había sido el gobierno de Rivadavia el que no se ocupó debidamente del abastecimiento -en todo sentido- del ejército republicano en operaciones.

El 1° de diciembre de 1828, las tropas recién llegadas a Buenos Aires, se rebelaron contra el gobernador legítimo al que destituyeron, designándose "gobernador" al general Juan Galo de Lavalle y disponiéndose la disolución de la legislatura, en una elección a viva voz que se realizó en el atrio de una iglesia, en el cual solo participó todo el partido unitario.

El depuesto gobernador Dorrego, huyó de la ciudad, para encontrarse con el Comandante de Campaña, Juan Manuel de Rosas, quien le aconsejó no presentar batalla contra los amotinados, sino retirarse a Santa Fe para unir fuerzas con Estanislao López. Dorrego rechazó el consejo y enfrentó a Lavalle y como era previsible fue derrotado el día 9. Al día siguiente fue detenido por un batallón de Húsares, quienes lo entregan a Lavalle. 

El consejo que le había dado Rosas a Dorrego, como lo demostrarían los hechos posteriores, era el acertado, ya que las fuerzas a cargo de ambos, eran en su gran mayoría milicias que de ninguna forma podían oponerse a las veteranas y experimentadas tropas nacionales que habían peleado contra el Brasil y por lo tanto no tenían ninguna posibilidad de imponerse en la lucha.

Alentado por conspicuos miembros del partido unitario, Lavalle ordenó el fusilamiento de Dorrego, sin proceso ni justificación válida alguna, convirtiéndolo así en mártir de la causa federal.

Manuel Dorrego
El fusilamiento tuvo lugar el día 13 en el pueblo de Navarro (Ver ER N° 13). Ese inaudito e injustificado crimen dará prácticamente inicio a una despiadada guerra civil que durará varias décadas de nuestra historia, incluso durante la época mal llamada de la "Organización Nacional".

Tanto Lavalle como los miembros del partido unitario creyeron que con la muerte de Dorrego, estaba acabado el partido federal, comenzando también una despiadada persecución contra todo aquel que se manifestara federal.

A principios del año 1829 el gobierno ilegítimo de Lavalle inventó el sistema de las "clasificaciones" formándose listas de los adversarios políticos a fin de ponerlos en prisión o desterrarlos, lo que ocurrió con miembros destacados del partido federal como los hermanos Juan José y Tomás Manuel de Anchorena, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza, Máximo Terrero, Victorio García de Zúñiga,  Manuel H. Aguirre, Epitacio del Campo, los generales Juan Ramón Balcarce, Enrique Martínez, el coronel Tomás de Iriarte, entre muchos otros, quienes en algunos casos fueron desterrados a Bahía Blanca y Montevideo y en otros fueron puestos en prisión en barcos y pontones. También sus propiedades quedaron incautadas temporariamente por el gobierno.

La injusta muerte de Dorrego llenó de indignación a los pueblos del interior, quienes se pronunciaron unánimemente desconociendo la legitimidad al gobierno de Lavalle.

Paralelamente los amotinados, aplicando métodos de terror trataron de acallar la reacción que se producía en la campaña de Buenos Aires.

El mayor Manuel Mesa, a las órdenes de Rosas continuó en la campaña bonaerense junto a otros la resistencia a los amotinados. A principios de febrero los federales son derrotados en Las Palmitas y Mesa fue tomado prisionero y el día  16, fue fusilado en la plaza del Retiro con otros prisioneros de guerra. Antes de ser asesinado, Mesa se dirigió a los espectadores, recordando la usurpación de Lavalle y la muerte de Dorrego y gritó "¡Lavalle es un asesino!".

En el diario unitario El Pampero del 31 de mayo de 1829, se promovía la represión: "...no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo... ahora sangre y fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos... Palo..., palo y de otro modo nos volveremos a ver como hemos visto el año 20 y el año 28; palo, porque solo el palo, reduce a los que hacen causa común con los salvajes; palo y de no, los principios se quedan escritos, y la República sin Constitución".

El general Tomás de Iriarte, -primero a las órdenes de Rosas y luego pasado al bando unitario-, años más tarde de aquellos sucesos escribió sus Memorias, donde relató todos los excesos cometidos en aquellos oscuros y trágicos días: “...después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos: se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra. Semejante conducta grabó un odio profundo en los oprimidos: hombres acostumbrados a la vida semisalvaje de los campos y a una libertad análoga a la del hombre en el primitivo estado de la naturaleza, los gauchos no era posible que soportasen largo tiempo tan pesado yugo. Así es que la derrota que sufrieron en Las Palmitas no pudo apagar el incendio que, aunque parcial, empezaba a manifestarse en distintos puntos de la extensa llanura de la Provincia de Buenos Aires. Era una antipatía recíproca, un odio torpemente fomentado por los hombres de la ciudad -los unitarios- la que existía entre las tropas de Lavalle y los habitantes de la Pampa: los gauchos".

Más adelante, continúa Iriarte: "Durante la contienda civil los jefes y oficiales de Lavalle cometieron en la campaña las mayores violencias, las más inauditas crueldades, -crueldades de invención para gozarse en el sufrimiento de las víctimas-, la palabra de guerra era muerte al gaucho y efectivamente como a bestias feroces trataban a los desgraciados que caían en sus manos. Era el encarnizamiento frenético, fanático y descomunal de las guerras de religión. El coronel don Juan Apóstol Martínez, hizo atar a la boca de un cañón a un desgraciado paisano: la metralla lo hizo pedazos y sobre algunos restos que pudieron encontrarse, el mismo Martínez esparció algunas flores. Otra vez el mismo jefe hizo que unos prisioneros abriesen ellos mismos la fosa en que fueron enterrados”. "En el período de Lavalle este jefe y su círculo cometieron inauditas crueldades, la vida no estaba garantida -dígalo el asesinato del desgraciado Dorrego- las leyes estuvieron en receso, ni había otra regla de conducta que la del soldado gobernador. Se dejó ver en el corto período que ejerció la autoridad pública, que tenían por sistema hacer uso del terror: ellos fueron los primeros que establecieron en dogma la máxima antisocial «el que no está conmigo es mi enemigo»; y si no hubieran estado tan distraídos en su defensa propia por la guerra que el partido federal les hizo, si hubieran triunfado, bien se puede asegurar, sin temor de formar un juicio aventurado, que muchos cadalsos habrían levantado en Buenos Aires, al menos así debe conjeturarse si se tiene presente el espíritu de intolerancia y de exclusivismo que dominaba en aquel círculo, y sus hechos violentos y despiadados en el corto espacio de tiempo que pudieron mandar, bien que rodeados más a defenderse de sus enemigos, que a consolidarse en el poder”.

Refiere el historiador Manuel Cervera en su Historia de Santa Fe que “Las partidas federales comenzaron a molestar a Estomba (jefe lavallista) en Dolores. Este, cansado de las marchas y contramarchas del enemigo que obligábanles a dar golpes en falso, irritóse, y mandó llamar al señor Segura, mayordomo de la estancia de Las Víboras, de Anchorena, para que le diera datos sobre la situación de las partidas. No sabiéndolos darlos Segura por no conocerlos, Estomba lo ató a la boca de un cañón y lo fusiló: iguales procederes efectuó con algunos prisioneros que no podían declarar lo que no sabían, matándolos a hachazos por sus propias manos. La sangre corría con toda barbarie y ahogado en ella murió Estomba”. (Estomoba murió loco) 

Iriarte dice también: “Sería nunca acabar, si me propusiese consignar aquí todas las crueldades y torpezas que perpetraron (los unitarios): ellas han dejado en la campaña un indeleble recuerdo en el corazón de los gauchos; un odio reconcentrado contra sus perseguidores: odio que más tarde Rosas hizo servir en provecho de sus tiránicos planes”. Aquí Iriarte no puede dejar de tirar por elevación a Rosas, "olvidando", que los unitarios, fueron usurpadores del poder, ya que conspiraron e ilegítimamente depusieron al gobernador Dorrego, haciéndose dueños por la fuerza del gobierno de la provincia, desatando el terror indiscriminado como método para acabar con la oposición de los bonaerenses -como él mismo lo relata-, no reparando en cometer todo tipo de atrocidades y salvajadas, mientras que por el contrario Rosas en su momento fue elevado al gobierno por el voto de la Legislatura, y años más tarde al volver al poder, fue ratificado por el voto unánime de sus conciudadanos expresado en plebiscito y que Rosas no había sido el iniciador de la violencia que existía en el país, violencia que habían iniciado los unitarios, de la que siempre se sirvieron no solo en su lucha contra el gobernador porteño, sino también muchos años después de su derrocamiento, como se verá más adelante.

“Esta revolución cubrió de oprobio al partido unitario -sigue Iriarte-, y puso en transparencia sus miras ambiciosas de exclusivo dominio. Ellos habían, durante el período que ocuparon la silla del poder, difundido la saludable doctrina de las vías legales, pusieron en horror las vías de hecho a punto que el cabecilla más revolucionario no se habría atrevido a emplearlas por temor del descrédito que refluiría contra él: tan profundas raíces había echado en Buenos Aires la propaganda política, y la antipatía al empleo de la fuerza para derribar el poder. Pero desde que descendieron del mando y entraron en la arena de la oposición empezaron a patentizar la inconsecuencia de sus principios: la revolución del 1 de Diciembre acabó de desenmascararlos. Aparecieron violando la misma doctrina que con tanto empeño habían difundido: anatematizaron las vías de hecho cuando dirigían la marcha de la administración, porque se proponían en pro de los intereses de su partido perpetuarse en el poder, pero luego que se les escapó de las manos, emplearon las mismas vías para recuperarlo. Esta es la historia de todas las facciones: sacrificando constantemente el bien general, sus principios y sus más íntimas convicciones, a sus intereses de partido, sin pararse en los medios, sin arredrarse por las funestas consecuencias de sus aberraciones: el objeto es mandar y en comparación de este bien supremo, la causa política, la prosperidad del país es un bien secundario. Los hechos han acreditado que tal era el espíritu dominante, el programa político del partido unitario: dominar a todo trance. Y no obstante sus hechos mismos, su conducta injustificable, no han cesado desde aquella época malhadada de vituperar los medios que empleó Dorrego para subir a la silla del gobierno: tienen el descaro de proscribirlos, cuando el medio por ellos empleado es tan réprobo que deja muy atrás y hasta hace válidos los de su antagonista".

Los unitarios sumergieron a las poblaciones del interior en el terror y sus habitantes sufrieron todo tipo de vejámenes, como hemos visto.

Mientras todo esto ocurría en Buenos Aires, el general José María Paz, en combinación con Lavalle trató de hacerse del gobierno de las provincias del interior, para posteriormente someter a las del litoral. Después de derrotar al gobernador de Córdoba Juan Bautista Bustos en la batalla de San Roque, se hizo nombrar gobernador de esa provincia y posteriormente se enfrentó al caudillo, Brigadier General de las fuerzas de La Rioja, Juan Facundo Quiroga, quien encabezaba la reacción federal del interior. Paz también derrotó a Quiroga en las batallas de La Tablada y Oncativo, haciéndose del control de las provincias del interior: Córdoba, San Luis, San Juan, Mendoza, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero, Salta y Jujuy, formándose la Liga del Interior o Liga Unitaria, de la cual es designado como Supremo Jefe Militar, con amplios poderes dictatoriales como los que con posterioridad le serán conferidos a Rosas cuando fue designado gobernador de la provincia de Buenos Aires. 

Rosas fue y es criticado por haber recibido poderes dictatoriales, "olvidando", quienes así lo hacen que los contrarios -entre ellos Paz- cuando usurpaban el gobierno de una provincia, lo primero que hacían era hacerse dar también facultades extraordinarias, "olvidándose" también que siempre Rosas recibió esas facultades extraordinarias por decisión de la Legislatura de la provincia, ratificada en 1835 por el voto unánime de sus conciudadanos, mientras que sus oponentes se hacían dar tales facultades por la fuerza, después de haber asaltado el gobierno. La dictadura que ejerció Rosas, siempre fue legal, lo que no se puede decir de sus contrarios.

Volviendo a las violencias ejercidas por los unitarios, el Jefe del Estado Mayor de Paz, coronel Román Deheza hizo fusilar a 23 oficiales y a 115 soldados de los 500 aproximadamente que habían sido tomados prisioneros en La Tablada lo que repitió después de la batalla de Oncativo. Otros lugartenientes de Paz, también empleaban en aquellas provincias los métodos de terror para vencer toda resistencia, así al oficial Vázquez Novoa, se lo conocerá como el "Cortaorejas" y otro oficial, Campos Altamirano como "Cortacabezas", siendo estos apodos más que elocuentes sobre los métodos "civilizados" que empleaban estos jefes para vencer y doblegar la resistencia de los federales. El general Lamadrid, en La Rioja, también hizo de las suyas, con fusilamientos, confiscaciones y actos de terror, que fueron comunes en todas las provincias en las cuales los unitarios se hicieron del poder.   

Prueba de la violencia ejercida por los unitarios, lo es, que en el año 1829, el crecimiento vegetativo en la ciudad de Buenos Aires, fue negativo, ya que murieron más personas de las que nacieron, producto ello del terror ejercido por los hombres de Lavalle.

Un oficial de Paz, según lo relata el Sargento Mayor Domingo Arrieta en su libro Memorias de un soldado explicó cómo habían aplicado la medida de "no dejar vivo a ninguno de los que pillásemos", de la siguiente forma "mata aquí, mata allá, mata acullá y mata en todas partes, fueron tantos los que pillamos y matamos que, al cabo de unos dos meses, quedó todo sosegado". 

Estos son solo algunos de los casos del terror empleados por los unitarios desde fines de 1828 y principios del año siguiente, contra el grupo político oponente, los federales.

A raíz de esos métodos salvajes y terroríficos empleados por los unitarios, justamente el pueblo comenzó a llamarlos "salvajes" y "salvajes unitarios", a pesar de que ellos se creían paladines de la "civilización".

Si bien Bernardo Frías en Tradiciones Históricas, dice que mucho antes de la sublevación de Lavalle y de la posterior llegada de Rosas al gobierno, ya en Catamarca se hablaba de los "salvajes unitarios", debido a la salvaje campaña que Aráoz de Lamadrid y sus lugartenientes habían llevado a cabo en las provincias de Tucumán, Salta y Catamarca para unitarizarlas.

Juan Manuel de Rosas
Juan M. Beruti

Juan Manuel Beruti, en Memorias curiosas, relata lo ocurrido año tras año y así con respecto al tema tratado en este artículo, refiriéndose al motín del 1° de diciembre, dice: "El pueblo de Buenos Aires ha tomado muy mal esta convulsión por el mal ejemplo que han dado las tropas, sin anuencia del pueblo que estaba pacífico, y que mañana, u otro día la fuerza armada, y ambición de otro jefe, querrá ser gobernador y hará lo mismo con este mal ejemplo, haciéndose revoluciones militares a la voz del pueblo, que está inocente; y últimamente sintiéndose de que el pueblo va a tener que sufrir muchos males, por las consecuencias fatales que se esperan...". Recibida en la ciudad  la noticia sobre la injusta muerte de Dorrego en Navarro, relata Beruti: "Esta infausta noticia la ha recibido la mayor parte del pueblo con desagrado y sentimiento, porque en el tiempo que gobernó no hizo mal a ninguno, no entró en su gobierno por revolución sino por la junta de la provincia que lo nombró; y así cuanto dicen los papeles públicos contra él son falsos, y sólo por cubrir el atroz atropellamiento que ha ejecutado Lavalle los estampan para alucinar a los incautos; pero aunque hubiera tenido causa, es un borrón que se ha echado sobre sí Lavalle y sus tropas; lo uno por el mal ejemplo que ha dado en matar a un gobernador en su provincia, y lo otro por su orden sin formarle causa ni oírlo en justicia, pues a los mayores facinerosos se les deja el derecho natural de su defensa; por lo que ni en Turquía se ve mayor despotismo que éste. Dorrego ha sido un hombre gran patriota...

(Las tropas que regresaron de la guerra contra el Brasil) al segundo día de su llegada, faltando a la obediencia al gobierno, por medio de una revolución militar, lo atropellan a su persona le quitan la vida; pero este mal ejemplo hará que otro haga lo mismo, y en cada mudanza de gobierno, hecho con estos mismos medios, será sacrificado el que mande, para cubrir el sublevado su iniquidad calumniándolo, aunque Dorrego si padeció fue porque le temían, y de haber existido, en cualquier lugar donde se hallase les había de hacer la guerra, y el modo fue para evitarlo desaparecerlo, mandándolo sepultar en la Iglesia o cementerio de Navarro". 

"El 29 de abril de 1829. En este día y noche siguieron los ciudadanos sobre las armas, con motivo de las muchas partidas anarquistas (así llamaban a los federales) que circulaban las inmediaciones de la ciudad, llegando su atrevimiento a tanto que tomaron la pólvora del almacén de Cueli, sacaron las armas y se llevaron al oficial comandante de la guardia y soldados; se llevaron la caballada del estado, que estaba pastoreando en el bajo de la Recoleta, y el ganado de novillos de los corrales del abasto de la ciudad, que está en el alto e inmediaciones de la misma Recoleta; todo a las nueve de la mañana, y sin oposición alguna; siendo la partida que avanzó de los enemigos sobre 400 hombres, que en su entrada y salida (los federales) no hicieron daño a ningún vecino". 

Beruti se refiere al comportamiento de las tropas a cargo de los jefes unitarios: "Van dos ocasiones que han sacado las tropas voluntarias auxiliadas con las de línea a la distancia de una o dos leguas de la ciudad, diciendo que son para ensayarlas y que se hagan a las fatigas militares por si se ofrece verse con los enemigos; pero el objeto no ha sido otro sino el robo y saqueo de las casas del  campo de Palermo, arroyo de Maldonado y la Calera hasta donde han llegado, y desde donde el mismo día antes del amanecer que salían, regresaban a la tarde trayendo gallinas, pavos, huevos, grasa, carne salada (de los saladeros), ganado, muebles, trapos y cuanto encontraban en las casas de campo, que las más se hallaban abiertas y desamparadas por sus dueños; y en las que en ellos estaban a su presencia eran insultados y saqueados, trayendo a los peones y cuantos hombres encontraban en sus casas o ranchos en su compañía y diciendo, para engañar al pueblo, ser montoneros que tomaban incluso entre ellos algunos niños de 12 o 13 años, que los traían con sus padres, porque no quedasen a perecer. También salieron carretas con la misma división, ¡y para qué!, para entrar en las quintas de alfalfares, de donde cortaron el que quisieron, llenáronlas de pasto y conducirlas a la ciudad, como lo hicieron, para los caballos de las tropas, en número de 80 carretas, con perjuicio de sus pobres dueños; estas escenas se van repitiendo por el punto de Barracas, para donde han salido otras divisiones de tropas, bajo la capa de paseo militar, las que van mandadas por jefes, nada menos que de coronel arriba, como el brigadier Alvear, actual ministro de guerra, el mayor coronel don Ignacio Álvarez y el inspector general coronel don Blas Pico". 

"Lo que los montoneros (se refiere así a los federales), en las muchas veces que han entrado en estos puntos, han respetado y dejado a sus vecinos pacíficos, sin dañarlos ni robarlos; a no ser sino uno u otro que en la soldadesca es irremediable, fuera de la vista de sus jefes, lo han hecho los nuestros a presencia de los suyos; esto prueba que unos llevan la fama y otros cargan la lana; así sucede nuestro gobierno, proclama el orden, protección y seguridad en las propiedades individuales, pero autoriza el robo, ¡qué mal se compadece de lo dicho al hecho! por lo que se ve que la guerra no se ha vuelto sino una piratería y que tanto padece el amigo del gobierno unitario como el enemigo federal, pues por lo que se experimenta todos los bienes son comunes. Pobre patria que siendo tan rica y poderosa, va a quedar totalmente arrasada por la ambición de mandar en algunos de sus hijos. El plan que se formaron los de la facción del 1° de diciembre de 1828 fue sujetar todas las provincias al gobierno de unitario, creyendo lograrlo por las fuerzas militares que tenían a su mando; pero les va saliendo la mona capada, y lo que sus famosos soldados no perecieron con los brasileños, van muriendo en manos de sus paisanos que según se ve concluirán con todos, y sus planes quedarán frustrados, como se va viendo, yendo por lana y salen trasquilados, porque lo más florido de sus jefes, oficiales y soldados han perecido, bajo la cuchilla de los gauchos de la campaña, y al fin tendrán que ceder, que no triunfa quien ataca los pueblos". 

"Pasajes sueltos, que se me han contado por dos sujetos respetables, el presbítero don Manuel Ascorra y doctor don Pedro Ignacio Rivero, abogado de la superior cámara de justicia, quienes me lo han asegurado por ciertos y son los siguientes. Estando el señor Lavalle con su ejército, en las inmediaciones del lugar llamado de Álvarez dos leguas del puente de Márquez para el campo, entró en una casa y en ella encontró una divisa de los que llevan los federales para distinguirse de los unitarios; y por esto mandó pasar a cuchillo a toda la infeliz familia". 

"El coronel comandante general de la campaña del Sur don [Juan] Ramón Estomba tomó a un hombre, y creyéndolo federal lo puso en la boca de un cañón: le hizo pegar fuego y con la metralla lo levantó por los aires dividido en cuartos. Este señor estaba loco por lo que lo trajeron a la ciudad; en donde ha muerto en este estado por no haber querido comer; y cuando cometió este hecho, dicen, ya estaba tocado de su razón y no lo habían conocido". 

"El comandante general de campaña del Norte, coronel don Federico Rauch, a cuantos hombres tomaba prisioneros los fusilaba, cuyo hecho cometió con más de sesenta". 

"Estos son pasajes sueltos cometidos por los señores generales sin contar otros muchos cometidos por sus soldados que omito relacionarlos por no llenar tanto papel con hechos tan horrorosos". 

A continuación Beruti destaca el comportamiento de los federales:

"Siguen otros pasajes, que me han contado los mismos sujetos, hechos por los federales". 

Juan manuel de Rosas
Oficial del ejército de Rosas. Autor anónimo
"Habiendo sabido don Juan Manuel de Rosas, coronel y comandante general de las fuerzas de la campaña, que por la escasez de carne se hallaban los hospitales y gente pobre de la ciudad en mucha necesidad; bajo de un parlamento mandó al ejército de Lavalle 700 cabezas de ganado vacuno y 3.000 ovejas para que fueran socorridos; pero éstas se aplicaron por dicho Lavalle a otros objetos diversos, por lo que se prohibió sabido por Rosas el permitir totalmente la introducción en la ciudad de carnes, omitiendo hacer nuevas generosas remesas". 

"El cura de la parroquia de la Piedad, doctor don Mariano Medrano, se hallaba de visita en casa de su feligrés don Tomás Rebollo, cuando entró una partida de montoneros (federales), quienes desnudaron al cura de sus vestidos, los que aprehendidos, les quitaron la ropa, se devolvió al cura, y el ladrón o ladrones de orden de Rosas fueron fusilados". 

"Igualmente fue robado por otra partida el doctor don Rafael Casagemas (abogado de esta excelentísima Cámara), el que habiendo quejádose de haberle quitado 600 pesos sus soldados, no habiendo podido ser averiguado quiénes lo hicieron, el mismo Rosas pagó al doctor perjudicado los 600 pesos luego que lo supo". 

"Un vecino llamado don Manuel Moya, que vivía frente la pólvora de Cueli, fue robado por una partida, la que antes de salir de la casa fue presa y desarmada por otra que la mandaba un oficial que al mismo tiempo llegó; se le devolvieron sus prendas robadas, llevaron al ejército de Rosas a los delincuentes que fueron diez los aprehendidos e inmediatamente todos fueron fusilados". 

"Compárese unos hechos con otros de los dos contenedores y véase quién de los dos obra mejor".

....."Un comandante (unitario) de partida llamado don Manuel Ramírez en el barrio del hospicio, encontró dos paisanos medio embriagados, que iban sin armas, y pareciéndole montonero (federales), contra una zanja los fusiló, sin embargo de que uno de los que lo acompañaban le decían no eran tales montoneros". 

"Un soldado robó una niña, la madre se presentó a Lavalle contra el soldado reclamándola, y le contestó que eran críticas las circunstancias para hacerle justicia, y así que esperase a que concluyese la guerra, que entonces podría repetir". 

Pero semejantes salvajadas de los unitarios, siguieron durante todo el gobierno de Rosas y no cesaron con la batalla de Caseros, ya que inmediatamente y a los pocos días se fusilaron más personas que en toda la época de Rosas. 

Durante la confrontación entre el secesionado Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina, fueron fusilados en Villamayor (2 de febrero de 1856) por orden del gobierno liberal y "civilizado" de Buenos Aires más de 120 combatientes federales prisioneros, entre los que se encontraba el héroe de Martín García, Jerónimo Costa (ver ER N° 8). 

También y ya muchos años después del derrocamiento de Rosas y durante la presidencia de Mitre, las matanzas continuaron, ya que se lanzaron contra el interior federal (años 1861/1863), regimientos de represión y exterminio mandados por oficiales uruguayos como Arredondo, Flores, Paunero, Rivas, Sandes y otros, quienes sembraron el terror en todas aquellas poblaciones de ls provincias interiores por las cuales pasaban. No quiero extenderme en el relato de estos hechos, lo que ya hice en el N° 29 de este periódico, dedicado en su casi totalidad al 150°Aniversario de la cruenta e injusta muerte del Chacho Peñaloza, a quién después de ser ultimado se le cortó la cabeza, la que fue expuesta insertada en un palo en la plaza del pueblo de Olta. 

Todo esto prueba el salvajismo del "civilizado" partido unitario y ya durante la vigencia de los derechos individuales garantizados por Constitución de 1853, que ellos eran los primeros en no respetar. 

Tampoco somos incautos para creer que durante toda la cruenta guerra civil en la que se vieron inmersos los argentinos desde el segundo cuarto del siglo XIX en adelante los federales no hubieren incurrido también en violencias. 

Mayormente, durante las guerras civiles, se dan los hechos más sanguinarios y de mayor crueldad y hay pruebas más que elocuentes de ello en toda la historia de la humanidad. 

En la llamada historia oficial, prácticamente los hechos mencionados en este artículo, no solo no fueron dados a conocer, sino que por el contrario se ocultaron cuidadosamente, presentándose a los jefes unitarios -entre otros- Lavalle, Paz, Lamadrid, y a otros personajes del mismo partido como honorables y pundonorosos, amantes de las leyes y la civilización cuando su desempeño dejó mucho que desear. Por el contrario siempre se mostró a los federales y a su máximo exponente, Rosas, como brutos, sanguinarios y sedientos de sangre, con mentiras magnificadas. 

Fue, sin lugar a dudas, aquel proceder salvaje de los unitarios contra sus oponentes, lo que motivó la reacción de los federales, ya que como dijo Iriarte: "Semejante conducta (de los unitarios) grabó un odio profundo en los oprimidos (federales): hombres acostumbrados a la vida semisalvaje de los campos y a una libertad análoga a la del hombre en el primitivo estado de la naturaleza, los gauchos no era posible que soportasen largo tiempo tan pesado yugo".


Fuentes:

Beruti, Juan Manuel. "Memorias curiosas", Emecé Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 2001.

Ezcurra Medrano, Alberto. "Las otras Tablas de Sangre", Editorial Haz, Buenos Aires, 1952.

"José María Paz, de la colección Grandes Protagonistas de la Historia", dirigida por Félix Luna, Editorial Planeta Argentina S.A., Buenos Aires, 2000.

Marco, Carlos R. "Don Juan Manuel de Rosas, sus detractores y sus panegiristas", T° I, Mendoza, 1953.

Massot, Vicente. "Matar y morir - La violencia política en la Argentina (1806-1980)". Emecé Editores S.A., Buenos Aires, Abril 2003.

O'Donnell, Pacho. "Juan Manuel de Rosas. El maldito de la historia oficial", Editorial Planeta, Buenos Aires, 2001.

Pigna, Felipe. "La historia en foco - Mujeres en las guerras civiles", Revista Viva N° 1954 del 13/10/2013.

Sierra, Vicente D. "Historia de la Argentina", Tomo VIII, 1828-1840, Editorial Científica Argentina, Buenos Aires, 1969.

(A) “DON JUAN MANUEL DE ROSAS”. Pintura al óleo sobre tela de García del Molino, 1873 (Ref. Esta obra es otra versión original del cuadro que se encuentra en el Museo Histórico Nacional). Catálogo Agosto 2010, J.C. Naón y Cía. S.A.

domingo, 1 de junio de 2014

Convención de Cañuelas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pag. 9  

Entrevista Lavalle - Rosas

En la noche del 16 de junio Lavalle salió acompañado solamente por un oficial, desde su campamento de Los Tapiales, para dirigirse al campamento de Rosas. A una legua de distancia fue rodeado por un grupo de soldados federales a quienes les gritó "¡Soy el general Lava­lle!; digan al oficial que los manda que se aproxime sin temor, pues estoy solo". Los soldados estupefactos, obedecieron. 

Lavalle siguió su marcha acompañado del oficial federal, presentándose al destacamento del campamento de Rosas, pidiéndole al oficial que le atendió: "Diga Ud. al coronel Rosas que el general La­valle desea verlo al instante..." El oficial le respondió que el coronel no se encontraba en ese momento allí, pues Rosas estaba de recorrida por los retenes de las inmediaciones. "Entonces le esperaré, indíqueme usted el alojamiento del coronel". Y al llegar al casco de la estancia El Pino, agregó: "Bien, puede Ud. retirarse; estoy bastante fatigado y tengo el sueño ligero..." y se acostó en la cama de Rosas, quedándose dormido.

Enterado Rosas de la inesperada visita y que Lavalle lo esperaba dormido en su lecho, se dirigió prontamente al lugar.

El ayudante de campo del general Lavalle comenta este singular episodio de la guerra civil que realzan el valor de su jefe: "Por cierto que los que no tengan idea exacta de la naturaleza de nuestras guerras civiles, y muy particularmente del carácter de la lucha que la ciudad de Buenos Aires sostenía con la masa inculta de los campos dirigida por don Juan Manuel de Rosas en 1829, no darán a esta anécdota todo el valor que tiene en sí. Juzgando por los principios generales de la guerra, ellos deben suponer que el general Lavalle ningún peligro corría al presentarse solo en el campo enemigo; pero para los que sepan que el ejército de Rozas se componía casi en su tota­lidad, de hordas vandálicas que él mismo no podía subordinar; que días antes la población de la Guardia del Monte había sido saquea­da; que la cabeza del infortunado coronel Rauch había andado atada a las monturas de los satélites del caudillo Molina, la cosa da una idea más cabal del temerario arrojo del general Lavalle".

Si bien es digno de destacarse la valentía del general unitario para dirigirse en busca de su oponente sin llevar escolta, también hay que destacar que el ejército federal no estaba compuesto por "hordas vandálicas", pues de lo contrario distinta hubiera sido la actitud de los soldados federales ante la presencia del jefe enemigo. También hay que señalar que justamente, los actos de vandalismo cometidos por las tropas unitarias por aquellos días, sumado al anterior fusilamiento sin causa del gobernador Dorrego, seguramente habían exaltado el ánimo del pueblo de la campaña, mayoritariamente federal. Tampoco el ultimado coronel Rauch, había sido modelo de tolerancia y respeto por la vida de sus enemigos.

Ya exiliado en Southampton, en una carta que Rosas remitió a su amiga Josefa Gómez, de 10 de marzo de 1869, le comentaba acerca de cómo había sido aquél encuentro con el general Lavalle: "Al entrar, me retiré, dejando dos jefes de mi mayor confianza encargados de que no hubiese ruido alguno mientras durmiera el general Lavalle y de que cuando lo sintiesen levantado me avisasen sin demora. Cuando recibí el mensaje, le envié un mate y el aviso de que iba a verle y tener el gran placer de abrazarlo. Cuando el general Lavalle me vio, se dirigió a mí con los brazos abiertos y lo recibí del mismo modo, abrazándonos enternecidos". y continúa "...hablamos con franqueza has­ta que solos los dos dejamos todo arreglado, escrito por nosotros mismos y firmado. Después de esto fueron invitadas varias personas de ambos partidos, las que asistieron a las conferencias".

Así se llegó a la firma de la convención de Cañuelas entre el general Lavalle, a nombre del gobierno de la ciudad, y el coronel Rosas, a nombre del pueblo armado de la campaña.

Estancia San Martín o El Pino

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pags. 4 y 5 

  

Estancia San Martín o El Pino

Estancia El Pino
Estancia El Pino


La estancia El Pino, instalada a fines del siglo XVIII, durante los primeros años del Virreinato, fue uno de los primeros y antiguos establecimientos de su tipo en la región bonaerense que dio inicio a la actividad agropecuaria. En los primeros años de la década de 1820, fue adquirida por la sociedad "Rosas, Terrero y Compañía", que Juan Manuel de Rosas formaba con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego. Rosas decidió cambiarle el nombre por San Martín, como un homenaje al Libertador. Rosas sintió predilección por esa estancia, tanto por la calidad de sus pastos, como por la aguadas, y por su cercanía a la ciudad de Buenos Aires. La convirtió en un verdadero complejo productivo por las diversas actividades que allí se desarrollaban y fue uno de los establecimientos más importantes del país, especialmente por su producción agropecuaria. Además tenía la ventaja de estar próxima a otros establecimientos de su propiedad y cercana también al mercado de la ciudad. En 1837, la sociedad se dividió y Rosas quedó como único propietario -entre otros bienes- de esa estancia.

Como en todos los establecimientos rurales propiedad de Rosas, el orden imperaba en el lugar, siendo todas modelos de organización.

Esta estancia, como toda gran propiedad rural, tenía varios puestos en los bordes del campo, llamados San Miguel, San Juan, San Pedro, San Antonio, San Pablo y La Recoleta.

El edificio principal o casco de estancia, fue mejorado y ampliado por Rosas, quien hizo construir en la planta alta dos habitaciones, azotea y mirador, al cual se accedía por una escalera caracol de hierro forjado, también hizo construir dos cocheras, caballerizas y galpones. Constaba de doce habitaciones, escritorio, comedor, gran baño, cocina, antecocina, distribuidas en cuadro, con una galería que daba sombra a algunas habitaciones. La mayoría de las habitaciones convergen a un patio central con aljibe. También había una pequeña capilla, dedicada a la Sagrada Familia y luego a la Virgen de las Mercedes.

La construcción, propia de aquella época tenía anchos muros de ladrillos -algunos de hasta 80 cm.- asentados en barro. Las habitaciones tenían puertas de madera -más bien bajas- y con ventanas que dan al parque. El comedor y algunas habitaciones conservan los primitivos pisos de ladrillos y los techos cuya estructura de madera son sostenidos por gruesas vigas de madera, estaba cubierto de tejas de las llamadas "musleras".  A aproximadamente 100 mts. de la construcción principal se encontraba la vivienda del mayordomo y un poco más alejado, un edificio para los huéspedes.

Había una magnífica  avenida con fila de ombúes en sus costados que le daban sombra, a más de espinillos.

Rosas hizo plantar decenas de miles de árboles de distintas especies, como paraísos, talas, acacias, álamos, nogales, olivos, durazneros, perales, cítricos, granados, guindos, damascos, manzanos, higueras, entre otros.

En el lugar había numerosos corrales cercados por postes, palos clavados en el suelo, unidos con tientos de cueros y también se utilizaba el "cerco vivo" hechos con especies vegetales como espinillos, cactus, árboles como talas, acacias y paraísos. También se cavaban zanjas para contener el desplazamiento de animales y preservar las zonas sembradas con diversos cultivos y hortalizas.

La actividad pecuaria en esta estancia tenía que ver principalmente con la cría de ovejas y en menor cantidad con el ganado vacuno y yeguarizos.

En el lugar también se fabricaban ladrillos, con una producción aproximada de 30.000 al mes.

La producción tan variada  de  esta estancia, tales como frutas, maderas, ladrillos, lana, cuero de vacunos y carnero, sebo, aspas, cerda, ganado vacuno y ovino, entre otros, estaban destinadas al consumo en la ciudad de Buenos Aires. El ganado en pie era faenado en los mataderos que existían en la ciudad.

En la estancia trabajaban gran cantidad de personas, de todas las razas: blancos, negros, indios, siendo estos últimos más difíciles de retener. Rosas también contrató jóvenes españoles, traídos de la Madre Patria, al cual les adelantaba el costo del pasaje. Esos peones "gallegos", eran quienes por lo general debían cuidar los cítricos, ya que munidos de largas escaleras, les quitaban los bichos canastos y limpiaban las hojas, tratando de mantenerlos en perfectas condiciones.

Después de la acción de Puente de Márquez, en la cual se impusieron los federales mandados por López y Rosas contra los unitarios de Lavalle, las tropas de Rosas se establecieron en este lugar, convirtiéndolo en un campamento.

Fue en este lugar al cual se dirigió Lavalle el día 16 de junio de 1829, para encontrarse con Rosas.

Inmediatamente después de Caseros, el día 16 de febrero, las autoridades de la provincia, procedieron a confiscar la totalidad de los bienes del gobernante depuesto, como así también los de sus hijos.

El Director Provisorio de la Confederación Urquiza, hizo un pedido para que se dejara sin efecto el embargo de bienes de Rosas y el 7 de agosto el gobierno provincial dejó sin efecto el embargo de los bienes que se había dispuesto el 16 de febrero y dispuso la entrega de los mismos a Juan Nepomuceno Terrero -exsocio y amigo de Rosas- quien de esa forma pudo vender esa estancia el 8 de noviembre de ese año a un cuñado de Rosas, don José María Ezcurra y Arguibel, girándole el dinero producido de esa venta -1.500 onzas de oro- a Rosas, quien vivía exiliado en Southampton -Inglaterra-. Al poco tiempo, el gobierno de la provincia, ya secesionada de la Confederación Argentina, a raíz de la revolución del 11 de setiembre de 1852, confiscó nuevamente los restantes bienes de Rosas. Es decir que la única propiedad que se pudo vender, fue la estancia San Martín.

Con el paso del tiempo la extensión de la estancia fue reduciéndose, por los loteos y la urbanización de la zona y lo que quedó del casco se fue deteriorando con el paso del tiempo y no obstante que en el año 1942, fue declarada solar histórico nada se hizo por mantenerla y mejorarla. Fue adquirida en el año 1970 por la Municipalidad de La Matanza, cuando esta propiedad no tenía ya más que dos hectáreas, en las cuales se encontraba el casco de la antigua estancia en una de cuyas habitaciones en el año 1829 se habían entrevistado Rosas y Lavalle.

En el año 2000 el museo fue reabierto, después de haberse reconstruido el lugar.

Actualmente funciona allí el "Museo Histórico Municipal (de La Matanza) Brig. Gral. Don Juan Manuel de Rosas", sobre la calle Máximo Herrera 5700, Ruta Nacional N° 3, Km. 40/200, en la localidad de Virrey del Pino, Ptdo. de La Matanza. El teléfono del Museo es: 02202-494757 pudiéndose concertar visitas guiadas para grupos. El horario de visita es de martes a viernes de 9 a 16 hs. y sábados y domingos de 10 a 17 hs. encontrándose cerrados los lunes y días festivos.              .

Estancia San Martín
Estancia El Pino


Convención de Cañuelas y Pacto de Barracas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pags. 1 y 2 

185 años de la Convención de Cañuelas y del Pacto de Barracas

Por el Dr. Guillermo M. Masciotra

Charles Decaux
Juan Manuel de Rosas. Lit. de Charles Decaux

En el año 1829 el drama argentino de la anarquía de los años veinte continuaba. A mediados de diciembre del año anterior había muerto Manuel Dorrego fusilado en Navarro, por la conjura unitaria y los restos del partido directorial.

Juan Lavalle y José María Paz, ambos unitarios, habían pactado operar en la provincia de Buenos Aires y en el interior respectivamente, frente a Estanislao López y Juan Manuel de Rosas, cabezas del partido federal. 

El 26 de abril de 1829, las fuerzas unitarias constituidas por coraceros y lanceros veteranos de la guerra contra el Imperio de Brasil son completamente derrotadas en Puente de Márquez, por las tropas combinadas de López y Rosas. En este combate, librado a las puertas de Buenos Aires participó activamente la caballería entrerriana al mando de Pascual Echagüe.

Lavalle, derrotado se refugió en Buenos Aires. López preocupado por Santa Fe, -su provincia- que era amenazada por Paz se retiró del escenario bonaerense rumbo al norte. Juan Manuel de Rosas, sólidamente fortalecido por el triunfo en Puente de Márquez, dominaba la campaña, y estaba en situación de dictar condiciones y de asediar a la ciudad de Buenos Aires, para imponer la hegemonía federal.

Paz a pesar de haber perdido a su más importante aliado, se afirmaba en Córdoba -su provincia-. Es un brillante estratega y hábil político que también teje alianzas con el mariscal Santa Cruz de Bolivia y Fructuoso Rivera del Uruguay y no faltan por supuesto, los contactos con el Imperio del Brasil, siempre interesado en intervenir en el Río de la Plata.

Pero Lavalle comprende que para lograr la paz, debe pactar con Rosas.

Así, Lavalle, en su carácter de gobernador provisorio y Rosas, como comandante general de campaña, firman el 24 de junio de 1829 la Convención de Cañuelas.(1)

Esa convención, contemplaba el cese de hostilidades y la elección de gobernador, además de indemnizaciones y liberación de presos. En una cláusula secreta se establecía la conformación por ambos jefes de una lista única de electores y acordándose también quien sería el gobernador y los ministros que lo acompañarían.

Lavalle desistió de ser gobernador y además no aceptó la proposición que le hicieron algunos unitarios para incorporar voluntarios franceses para defender Buenos Aires, que se encontraba prácticamente sitiada por las fuerzas federales, y Rosas por su parte, garantizaba el orden en la campaña y la situación institucional.

Los unitarios no aceptaron que Lavalle hablara favorablemente de Rosas, ni que lo calificara de patriota y ello sumado a la llegada de noticias de la victoria de Paz sobre Quiroga en Córdoba, determinó el fracaso de la Convención de Cañuelas.

Sin embargo, Lavalle inició un período de acercamiento con Rosas manteniendo un continuo intercambio epistolar, tendiente a cumplir lo pactado entre ambos. Llamó a elecciones para el día 12 de julio, aplazadas para el 26 del mismo mes por pedido de Rosas. 

En esas elecciones los unitarios porteños votaron e impusieron sus propios candidatos, contradiciendo lo que habían pactado ambos jefes. En resumen, no se cumplió en votar a Félix de Álzaga que era el candidato propuesto por Lavalle y Rosas. Lavalle, decepcionado por la conducta de los unitarios y comprendiendo que la campaña era totalmente leal a Rosas, reorganizó el gabinete integrándolo con hombres más flexibles y se propuso buscar nuevos acuerdos con Juan Manuel de Rosas.

Así nació justamente -como lo denomina Manuel Gálvez- "el gran triunfo de Rosas", que es el Pacto de Barracas, firmado por Rosas y Lavalle, el 24 de agosto de 1829  en la quinta de Piñeiro (2). Con el mismo, se afirmaba la autoridad del Partido Federal, ahora con la incorporación definitiva del Partido Urbano de Manuel Dorrego.

Se establecía que el nuevo gobernador debía surgir del acuerdo de ambos jefes, coincidiéndose en el nombre del General Juan José Viamonte para ocupar provisoriamente ese cargo y se estableció un equilibrio para elegir los cargos en la Legislatura; no se realizarían nuevas elecciones, sino que sería responsabilidad legislativa la elección del nuevo gobernador.

En la parte secreta del Pacto de Barracas se pronunciaba sobre el peligro de la guerra civil y la necesidad de establecer un gobierno estable que organizara el país. Se inicia así el "interinato" de Viamonte. Vuelve a funcionar la Legislatura que dictará el 6 de diciembre de 1829 la llamada ley Fundamental, en concordancia con la sancionada en 1823, que establecía facultades extraordinarias similares a las otorgadas a Estanislao López, Ferré, Sarratea, Balcarce y Bustos en sus respectivas provincias.

Comenzaba una nueva etapa de paz y orden. El gran mérito político de Rosas es haber podido avanzar en la solución política de Buenos Aires y dominar la situación sin lucha ni enfrentamientos, y así lo comprende Lavalle que finalmente deja el cargo de jefe de la caballería, que le otorgara el Gobernador Interino Viamonte y se radica en la Banda Oriental.

En diciembre de 1829, se reunió la Legislatura y por 32 votos favorables sobre un total de 33 legisladores presentes se eligió a Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Referencias

(1) La Convención de Cañuelas se firmó en la Estancia "La Caledonia" de John Miller, estanciero escocés, casado con una dama criolla de la familia Balbastro.

(2) En las conversaciones previas al Pacto de Barracas participó el padre Diego Zavaleta, de gran prestigio entre los unitarios y amigo de Felipe y Francisco Piñeiro, propietarios de la quinta, donde tienen lugar las conversaciones y la firma del documento. Ese predio estaba ubicada en lo que es la actual localidad de Piñeiro, cercana a la Estación Avellaneda, del Partido de Avellaneda.


Fuentes:

Busaniche, Jose Luis. "Historia Argentina". 

Galmarini, Hugo. "Tomás Guido".

Gálvez, Manuel. "Vida de Juan Manuel de Rosas".

Irazusta, Julio. "Vida Política de Juan Manuel de Rosas".

Saldías, Adolfo. "Historia de la Confederación Argentina".

martes, 1 de marzo de 2011

Lavalle y de Angelis

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 18 - Marzo 2011 - Pag. 4 

Controversia entre Lavalle y de Angelis (año 1829)

 Señor Angelis

Quiero acordarme una vez más que he sido cadete para decirle que si Ud. vuelve a escribir una palabra que me incomode, le he de hacer dar una paliza tal que no ha de bastar, para curarse, todo lo que ha ganado en este país con sus charlatanerías.

Inserte Ud. mañana este comunicado.

LAVALLE.

 

Señor general Lavalle:

La frase de que Ud. se queja nada tiene de insultante en una República, es muy natural que vuelva a su hogares el que deja el mando. No he querido decir más.

Ud. se equívoca sobre mi persona como sobre mis palabras. El Redactor actual de la Gaceta es un antiguo oficial de artillería y caballero. Mi educación no me permite agraviar a los que no me ofenden, pero tampoco soporto agravios, y aguardo una simple indicación del general Lavalle para probárselo.

PEDRO DE ANGELIS.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Ejercito Libertador visto por el Gral. Paz

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 17 - Diciembre 2010 - Pags. 4 y 5 

 El general Lavalle y su Ejército Libertador, vistos por José María Paz

 

El general unitario José María Paz, en sus Memorias, se refiere al general Lavalle y a su Ejército Libertador, con las siguientes palabras:

“Educado en la escuela militar del general San Martín, se había nutrido con los principios de orden y de regularidad que marcaron todas las operaciones de aquel General… El general Lavalle, el año 1826, que lo conocí, profesaba una aversión marcada no sólo a los principios del caudillaje, sino a los usos, costumbres y hasta el vestido de los hombres de campo o gauchos, que eran los partidarios de ese sistema: era un soldado en toda forma.

Imbuido de estas máximas, presidió la revolución de Diciembre del año 28, y tanto que quizá fue vencido por haberlas llevado hasta la exageración. Despreciaba en grado superlativo las milicias de nuestro país y miraba con el más soberano desdén a las puebladas. En su opinión la fuerza estaba sólo con las lanzas y los sables de nuestros soldados de línea, sin que todo lo demás valiese un ardite.

Cuando las montoneras de López y Rosas lo hubieron aniquilado en Buenos Aires, abjuró de sus antiguos principios y se plegó a los contrarios, adoptándolos con la misma vehemencia con que los había combatido. Se hizo enemigo de la táctica y fiaba todo el suceso de los combates al entusiasmo y valor personal del soldado. Recuerdo que en Punta Gorda, hablando del entonces comandante Chenaut, le conté que había organizado en años anteriores y disciplinado hasta la perfección un regimiento en la provincia de San Juan, pero que desgraciadamente este regimiento, por causas que no es del caso analizar, se condujo muy mal en la acción de Rodeo del Chacón. “Por eso mismo” -me contestó-, “que se habían empeñado en darle mucha disciplina, es que se condujo cobardemente”. Hasta en su modo de vestir había una variación completa. Años antes lo había conocido haciendo alarde de su traje rigurosamente militar y atravesándose el sombrero a lo Napoleón; en Punta Gorda y en toda la campaña vestía un chaquetón si era invierno y andaba en mangas de camisa si era verano, pero sin dejar un hermoso par de pistolas con sus cordones pendientes del hombro. Llegó a decir que no volvería a ponerse corbata.

Esta vez quería el general Lavalle vencer a sus contrarios por los mismos medios con que había sido por ellos vencido, sin advertir que ni su educación, ni su genio, ni sus aptitudes podían dejarlo descender a ponerse al nivel de ellos.

Al través del vestido y de los modales afectados del caudillo se dejaban traslucir los hábitos militares del soldado del ejército de la independencia”.

 

EL EJERCITO LIBERTADOR

        “En el ejército libertador (de Lavalle), en tiempo de la campaña de Entre Ríos, y juzgo que lo mismo fue después, no se pasaba lista, no se hacía ejercicio periódicamente, no se daban revistas. Los soldados no necesitaban licencia para ausentarse por ocho o quince días, y lo peor es que estas ausencias no eran inocentes, sino que las hacían para ir a merodear y devastar el país. Eran unas verdaderas expediciones militares en pequeño, para las cuales los soldados nombraban oficiales que los mandasen de entre ellos mismos, cuya duración era la de la expedición. De aquí resultaba que una cuarta parte del ejército estaba fuera de las filas, porque andaba a seis, doce, veinte o más leguas; de modo que cuando se quería que estuviese reunido era preciso ocurrir a arbitrios ingeniosos… El juego era la diversión universal, y me han asegurado que se hizo distribución de naipes a los cuerpos No se crea que el general Lavalle obraba sin objeto, pues lo tenía y llegó a conseguir lo que se proponía, que ere atraer a los correntinos, embriagándolos con una abundancia, con una licencia que no habían conocido para hacerlos pasar el Paraná sin que se acordasen de su tierra. Al mismo tiempo quería presentarse en las otras provincias como un caudillo popular y condescendíente, como un hombre, en fin, que era todo lo contrario del Lavalle de los años 1828 y 1829.

La distribución de vestuarios se hacía de dos modos: alguna vez se le daban al jefe de división, que los repartía bien o mal, según se le antojaba, y otras muchas venían los cuerpos formados al Cuartel General, donde el general en persona iba dando a cada soldado poncho, chaqueta, camisa, etc. He oído mil veces celebrar, como un acto de extraordinaria habilidad, el fraude que hacían algunos soldados retirándose de las filas después que habían recibido un vestuario, para formarse en otro lugar, adonde no había llegado la distribución, para que se le diese otro; hubo alguno que obtuvo tres, cuatro o más vestuarios, logrando además los aplausos de sus jefes por este raro rasgo de ingenio... La distribución de raciones participaba del mismo desorden que todo lo demás; la yerba y el tabaco se sacaban por tercios y sin cuenta ni razón. ¿Y la carneada? Se hacía a discreción; no hay idea de tal desperdicio, ni será fácil imaginarse cuánto se perdía inútilmente. Basta decir que donde campaba el ejército desaparecían como por encanto numerosos rebaños y se consumían, sin aprovecharlo, rodeos enteros...”