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jueves, 1 de diciembre de 2011

Atentado presidencial a Hipólito Yrigoyen

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 21 - Diciembre 2011 - Pag. 16 

Crónica de atentados (última parte) 

Por la Prof. Beatriz C. Doallo

 

Atentados presidenciales
Yrigoyen saludando al pueblo desde la carroza presidencial

Un anarquista contra Yrigoyen 

El 12 de octubre de 1928 Hipólito Yrigoyen asumió su segundo mandato como Presidente. A su primera presidencia (1916-1922), se la había estimado reparadora, en parte, de los males sociales que impedían a la Argentina convertirse en una democracia bien consolidada. Pero en 1928 Yrigoyen, ya de 77 años, carecía de energía y la toma de decisiones, lenta en el primer período, resultó nula en el segundo, ocasionando su desprestigio y gran malestar social. En esas críticas circunstancias, que conducirían a la revolución del 6 de septiembre de 1930, tuvo lugar un atentado contra su vida. El presidente vivía en una modesta casa de la calle Brasil 1039 donde, a las 11:30 de la mañana del 24 de diciembre de 1929, subió a un auto con su chofer habitual, Eudosio Giffi, para ir a la Casa Rosada. Junto a Yrigoyen se sentó su médico particular, el Dr. Osvaldo Meabe, y al lado del chofer se ubicó el subcomisario Alfredo Pizzia Bonelli, jefe de la custodia. Seguido por otro auto en el cual viajaba el personal policial de custodia, Giffi condujo por Brasil hasta cruzar la calle Bernardo de Irigoyen, donde estaba de facción el agente Carlos María Sicilia. Al pasar frente al Hotel “Tigre”, Brasil 924, un individuo salió del zaguán revólver en mano y disparó cinco tiros contra el automóvil. El chofer zigzagueó para no presentar blanco mientras el subcomisario Pizzia, herido en el abdomen, y los custodios, repelían el ataque. El agente Sicilia corrió al lugar y fue herido en una pierna, y el atacante resultó muerto de cinco balazos. El sujeto fue identificado como Gualterio Marinelli, italiano, de 44 años, residente desde 1905 en el país y de profesión mecánico dental.

La policía constató que integraba un grupo anarquista llamado “Nueva Era”, y que había practicado tiro al blanco con el revólver incautado, comprado 20 días antes. El proyectil extraído al subcomisario Pizzia y otro de la puerta del auto procedían de esa arma. En el taller del mecánico dental, que éste había vendido dos semanas antes del hecho, depositando el dinero en un Banco, se halló un testamento escrito de su puño y letra en el que dejaba cuanto poseía a su concubina “pues circunstancias de la vida pueden colocarme en situación de no volverla a ver”.

El juez que intervino en la causa pidió al Presidente un informe sobre lo ocurrido, e Yrigoyen, que había sido comisario desde 1872 a 1877, lo envió con muy clásico y preciso estilo policial.

Atentados presidenciales
(1)
Pese al cúmulo de pruebas acerca de la culpabilidad de Marinelli en el atentado, su muerte abrió paso a muchas suposiciones que supo aprovechar la prensa opositora. Se insistió en que no era el autor del ataque sino un transeúnte casual al que la custodia del Presidente había acribillado en tanto el auténtico culpable huía. En algunos periódicos se informó que, además de Marinelli, habían sido muertos dos custodios, lo cual no era exacto: el subcomisario Pizzia y el agente Sicilia, que no integraba la custodia presidencial, se recuperaron de sus heridas. Otra versión afirmaba que Marinelli intentaba acercarse al auto para entregar a Yrigoyen una carta del personal de un hospital en que estuviera internado, pidiendo una mejora salarial. La carta no se encontró y la dotación del hospital aseguró no haber confiado al ex paciente reclamo alguno. Las dudas persistieron al punto de que un año después, ya depuesto el gobierno y bajo la presidencia de facto del general José Félix Uriburu, la Corporación de Protésicos Dentistas, a la que había pertenecido el mecánico dental ultimado, lo homenajeó colocando sobre su tumba una placa con la inscripción “ A Gualterio Marinelli -  Vox populi, vox dei. ¡Salve!”

El atentado contra Yrigoyen fue el último acaecido en la Argentina contra un mandatario.

En el año 1948, durante la primera presidencia del general Perón, civiles disidentes gestaron un complot que incluía el asesinato de Perón y de su esposa, María Eva Duarte, la ocupación de radios, la toma de Teléfonos del Estado y de oficinas públicas, etc., todo ello destinado a sembrar desconcierto en la población y, con la ventaja de la sorpresa, adueñarse del poder por medio de una “Junta Revolucionaria”. Para la intentona era imprescindible a los conjurados contar con personal de las fuerzas armadas. Una mujer, amiga de un brigadier, llevó a éste a una reunión de la “Junta Revolucionaria”, donde le explicaron el plan subversivo y le pidieron su colaboración. El militar fingió estar de acuerdo, pero de inmediato comunicó lo que ocurría a sus superiores y éstos a la Presidencia. El Ministerio del Interior dispuso que personal policial se infiltrara entre los subversivos y se solicitó a un juez federal autorización para instalar micrófonos y aparatos de grabación en una casa y un departamento. A una nueva reunión de la “Junta Revolucionaria”, el brigadier concurrió acompañado de cuatro oficiales de policía,  a los que presentó como militares de alta graduación.

En un principio se había elegido el 12 de octubre para la insurrección, pero luego se decidió que el 23 de octubre se fijaría la fecha definitiva. Ese día el juez federal que estaba al tanto de la investigación dictó órdenes de arresto contra los conspiradores.

En una casa de la calle Tinogasta al 3000 se detuvo a la mayoría de ellos, ocupados en redactar la Proclama Revolucionaria, a otros en un departamento de la avenida Quintana, y al resto en una finca de las afueras de la Capital, donde se halló gran cantidad de armas, granadas y explosivos que pensaban utilizar durante el alzamiento.

Así concluyó un intento de sedición contra el poder constitucional, que, de acuerdo a los planes, comenzaría con el asesinato del Presidente y de su esposa.

La quimera de cambiar formas de gobierno recurriendo al crimen ha dado origen a una sabia frase del intelectual español Juan Goytisolo -escritor y periodista, considerado uno de los mejores exponentes de la narrativa española en el siglo XX-. “Matar a un hombre para defender a una idea no es defender una idea, es matar a un hombre”.

(1) Hipólito Yrigoyen asomado a la ventanilla de un tren en viaje proselitista hacia Santa Fe en 1926.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Atentados presidenciales a Figueroa Alcorta y de la Plaza

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 20 - Setiembre 2011 - Pag. 16 

Crónica de atentados (3ª. parte)

En la reseña de atentados a presidentes argentinos, que se publicaron en los dos últimos números de este periódico, se han detallado cronológicamente aquellos realizados contra Sarmiento (22/8/1873), Roca (1/5/1886) y Quintana (11/8/1905). El efectuado contra Quintana fue el primer acto de violencia anarquista hacia uno de nuestros mandatarios. La anarquía, sistema político y social según el cual el individuo debe liberarse de toda tutela gubernativa, y el comunismo, doctrina tendiente a colectivizar los medios de producción, a la repartición de bienes de consumo según las necesidades de cada uno y a la supresión de las clases sociales, saturaron muchas mentes europeas desde una treintena de años antes del fin del siglo XIX. La corriente inmigratoria iniciada en 1880 trajo a nuestro país, junto con miles de hombres y mujeres que buscaban paz y trabajo, a individuos portadores de ambas ideologías, que hallaron aquí fácil expansión a causa de los conflictos desatados por la insensibilidad de sucesivos gobiernos, interesados en el progreso económico de la nación pero indiferentes al reclamo popular por una mejor calidad de vida.

Atentados contra presidentes
Figueroa Alcorta


1) Una bomba para Figueroa Alcorta 

El Dr. Quintana falleció el 12 de marzo de 1906; le sucedió el vicepresidente, Dr. José Figueroa Alcorta, quien residía con su familia en una casa de la calle Tucumán 848. En el mes de febrero de 1908, en el interior de una canasta con frutas enviada a la esposa del Presidente se encontró una bomba rudimentaria, lista para estallar a determinada hora, cuyo mecanismo -un reloj despertador, papel de lija y fósforos- no funcionó. Al atardecer del 28 de febrero llegó el Dr. Figueroa Alcorta desde la Casa de Gobierno y al apearse del coche, un individuo que, fingiendo resguardarse de la  llovizna, estaba en el zaguán de la casa lindera, le arrojó un paquete y echó a correr. Del bulto salía humo y el Presidente atinó a alejarlo de sí con un golpe del pie y entrar rápidamente en su casa. El cochero, viendo que el  sujeto huía por la calle Tucumán, alertó con sus gritos a un policía, el oficial Luís Ayala, que caminaba por esa arteria. Ayala detuvo al agresor, que intentó herirlo con un cuchillo; logró desarmarlo y, con dos agentes que acudieron a su silbato, lo condujo a la comisaría. El paquete se estaba quemando, lo apagaron con un baldazo de agua y, examinado en la dependencia policial, resultó ser un cilindro de latón con clavos, remaches, balas de  revólver y frascos con ácidos; el artefacto pesaba 6 kgs. y no estalló porque el choque contra la acera no rompió los frascos, aunque los gases causaron el humo y el incendio de los papeles de diario en que estaba envuelto.

El detenido era un salteño de 21 años, de nombre Francisco Solano Rojas, obrero de la construcción y ex afiliado a una asociación gremial de índole comunista. La bomba, preparada en la habitación que alquilaba en la calle Avellaneda 352, la había llevado esa tarde en tranvía hasta la Casa de Gobierno para arrojarla al Presidente cuando ingresara a la misma. No pudo hacerlo porque el Dr. Figueroa Alcorta ya estaba dentro y decidió intentar el ataque en su domicilio de la calle Tucumán. Lamentó haber fallado en su propósito: eliminar al Presidente para que un cambio de gobierno solucionara la penosa situación de la clase obrera.

Enjuiciado, Solano Rojas recibió una condena a 20 años de prisión, reforzada con 10 días de reclusión solitaria en los aniversarios del atentado. En la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras trabó relación con Salvador Planas y Virella, el tipógrafo catalán que atentara contra el Presidente Manuel Quintana. El 6 de enero de 1911 Planas y Solano Rojas, junto con otros 12 presos, se fugaron por un túnel cavado en el jardín y nunca fueron recapturados.


Victorino de la Plaza - El doctor Confucio


2) Un “justiciero” contra “El doctor Confucio”

El 9 de agosto de 1914 falleció el presidente Roque Sáenz Peña y se hizo cargo del Ejecutivo el vicepresidente, Dr. Victorino de la Plaza. Ultimo representante del llamado “Régimen presidencialista” o simplemente “Régimen” -período que concluiría al entregar la presidencia a Hipólito Yrigoyen en 1916-  de la Plaza era una persona introvertida; su costumbre de hablar en voz muy baja y con los ojos entrecerrados le valió el apodo de “Doctor Confucio”.

El 9 de julio de 1916, en ocasión de cumplirse el primer centenario de la Independencia, presenciaba desde la Casa Rosada el desfile militar. Eran las tres y media de la tarde y pasaba la última formación del desfile cuando, de entre la multitud que llenaba la Plaza de Mayo, salió un hombre que disparó un tiro de revólver hacia el balcón en que estaba el Presidente. La bala dio contra una moldura, el individuo intentó disparar otra vez pero ya algunos circunstantes se apresuraban a desarmarlo. El agresor estuvo a punto de ser linchado y la policía debió esforzarse para rescatarlo, en tanto “el doctor Confucio” seguía presidiendo, inmutable, los actos conmemorativos.

En la comisaría, el sujeto, de nombre Juan Mandrini, porteño y soltero, alegó que su intento de asesinar al Dr. de la Plaza tenía por motivo vengar a Lauro y a Salvatto, a quienes consideraba injustamente ejecutados.

El caso de Lauro y Salvatto, dos pescadores, que, por encargo de la esposa de un  hombre adinerado, Carlos Livingston, asesinaron a éste de manera atroz y fueron condenados a muerte, había conmocionado a la opinión pública. La explicación de Mandrini ante las autoridades hizo dudar de su cordura; le hicieron pericias médicas que concluyeron en que padecía de poca capacidad de raciocinio pero tenía conocimiento de sus actos. Se le enjuició, no por tentativa de homicidio sino por disparo de arma de fuego, y lo condenaron a 1 año y 4 meses de cárcel. 

Algunos historiadores señalan que el Presidente ordenó liberar a su agresor por considerarlo un hombre enfermo. No fue así. Mandrini no estuvo en una cárcel sino que se lo mantuvo preso en una Alcaidía policial; el 1º de febrero de 1918, habiendo cumplido su condena, se lo puso en libertad. 

miércoles, 1 de junio de 2011

Atentados contra Julio A. Roca y Manuel Quintana

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 19 - Junio 2011 - Pag. 15 

Crónica de atentados (2° parte) por la Prof. Beatriz C. Doallo 


Piedra contra Roca.

José Manuel Blanes
Julio A. Roca (1)


El general Julio Argentino Roca asumió la primera magistratura el 12 de octubre de 1880, instaurando un Poder Ejecutivo fuerte, dirigido sólo por el Presidente por sobre los otros Poderes, período que Leandro N. Alem llamó despectivamente “Régimen presidencialista” y pasó a la historia como “El régimen”, a secas.

El 1º de mayo de 1886 a las 3 de la tarde, Roca se dirigía a pie, junto con ministros y funcionarios, por la Plaza de Mayo para inaugurar el período de sesiones del Congreso. El paso de la comitiva estaba bordeado por tropas que presentaban armas y contenían a la multitud, de entre la cual salió un hombre que se abalanzó hacia Roca. El individuo llevaba en la mano derecha una gran piedra con la que, ante el estupor de todos, golpeó al Presidente en la sien derecha, causándole una herida de 7 cms. que llegaba hasta el hueso. Intentó golpear otra vez pero entre el Dr. Carlos Pellegrini, Ministro de Guerra y Marina, y el senador David Argüello, lo inmovilizaron hasta que la policía se hizo cargo y lo condujo a la comisaría. Se trataba de Ignacio Machado, un albañil correntino, quien declaró que había intentado matar a Roca para salvar a la Patria con un cambio de gobierno. Enjuiciado por tentativa de homicidio, agravada por ser la víctima una autoridad pública, fue condenado a 10 años de prisión.


Un anarquista contra Quintana 

Atentado contra Manuel Quintana
Manuel Quintana


El 12 de octubre de 1904 el Dr. Manuel Quintana asumió la Presidencia, sucediendo al segundo período de mandato del general Roca.

El 11 de agosto de 1905, en un carruaje tirado por dos caballos y acompañado por el edecán de turno, un Capitán de Fragata, el Dr. Quintana se dirigía desde su casa en la calle Artes (actual Carlos Pellegrini), por la calle Santa Fe hacia la Casa de Gobierno. Al llegar a la Plaza San Martín, un sujeto que, pese a la llovizna que caía, estaba sobre la escalinata con las manos en los bolsillos del sobretodo, bajó corriendo y desde menos de dos metros apuntó a la ventanilla del coche con un revólver que sacó de un bolsillo y disparó, sin que saliera el proyectil. Mientras el carruaje seguía su marcha, el individuo, corriendo a la par del mismo, gatilló nuevamente, sin éxito, luego tiró el arma y huyó a la carrera. El edecán se arrojó a la calzada desde el vehículo en marcha para capturar al agresor, pero resbaló y cayó. Detrás del coche presidencial venía otro en el que viajaba un comisario, responsable de la custodia del Dr. Quintana. El policía hizo perseguir al atacante, y con ayuda de un vigilante que estaba de facción en la esquina de Santa Fe y Esmeralda, lo detuvo y lo condujo al Departamento de Policía.

El Dr. Quintana siguió viaje, pero, para añadir más confusión a lo ocurrido, en la calle Florida patinó uno de los caballos de su carruaje arrastrando en la caída al otro. Finalmente, con un coche de alquiler, pudo el Presidente llegar a destino. No había perdido la serenidad en ningún momento.

Caricatura del presidente Quintana en PBT
Manuel Quintana (2)

- He resuelto no tener miedo - declaró a la prensa. El suceso no asombró a la ciudadanía porque el país estaba infestado de anarquistas y poco antes había tenido lugar un atentado en París contra el rey de España, Alfonso XIII, y el presidente francés, Emile Loubet. El autor del atentado contra Quintana resultó ser Salvador Planas y Virella, tipógrafo catalán de 23 años, con 3 de residencia en nuestro país, quien confesó ser anarquista y haber actuado sin cómplices, motivado por el deseo de cambiar un Presidente por otro que mejorara las condiciones de la clase obrera. Había estudiado las idas y venidas del coche presidencial, que seguía rutinariamente un mismo camino desde el domicilio del Dr. Quintana a la Casa de Gobierno.

Como en el caso del atentado a Roca, la justicia impuso al joven catalán 10 años de prisión por tentativa de homicidio, agravada por ser la víctima persona que ejercía la autoridad pública.

La historia del primer anarquista que intentó matar a uno de nuestros Presidentes tuvo continuación el 6 de enero de 1911. Ese día huyó de la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, junto con otros 13 presos, por un túnel cavado en el jardín que rodeaba los edificios. Súpose tiempo después que había regresado a España usando documentación falsa proporcionada por una célula anarquista que actuaba en Buenos Aires.

(1) "El presidente Julio Argentino Roca inaugura el período legislativo del año 1886" del pintor de Uruguay Juan Manuel Blanes. Óleo exhibido en el "Salón de los Pasos Perdidos del Palacio del Congreso Nacional".

(2) Caricatura del Presidente Quintana, aparecido en la revista PBT en 1905.

martes, 1 de marzo de 2011

Atentado a Sarmiento.

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 18 - Marzo 2011 - Pag. 5 

Crónica de atentados (1° parte) por la Prof. Beatriz C. Doallo


Domingo Faustino Sarmiento
Domingo Faustino Sarmiento

El complot jordanista contra Sarmiento


Todos los países y todos los tiempos han sido testigos de atentados contra la vida de algún gobernante. Los actos criminales dirigidos contra la persona de quien detenta el poder, si no son obra de un insano, tienen una finalidad casi rutinaria: cambiar el gobierno de una nación. La Argentina no se ha visto excluida de esta insensatez: varios de nuestros mandatarios sufrieron atentados políticos o anarquistas, y el que tuvo el nada ansiado privilegio de encabezar la lista fue el Brigadier General Juan Manuel de Rosas en marzo de 1841(*).

A quien cupo en suerte continuar la nómina fue a Domingo Faustino Sarmiento. Había asumido la presidencia el 12 de octubre de 1868 y ya llevaba casi cinco años de mandato cuando a las 8 de la noche del 22 de agosto de 1873 le dispararon un trabucazo. Se dirigía en un carruaje tirado por dos caballos, conducido por el cochero José Morillo, desde su casa de la calle Maipú entre las del Temple (hoy Viamonte) y Tucumán, a la de Dalmacio Vélez Sarsfield, en la calle Cangallo. Al llegar a la calle Corrientes tres individuos se abalanzaron hacia el coche y uno de ellos, que esgrimía un trabuco en la mano derecha, lo apoyó sobre la izquierda para afirmar el tiro y disparó hacia el vehículo. Era tal la desproporción de  pólvora en la carga que el disparo despedazó la boca del arma y destrozó la mano del atacante, en tanto los perdigones se incrustaban en la pared de una casa al otro lado de la calle.

Sarmiento, que estaba sordo y abstraído en sus pensamientos, resultó ileso, y no se dió cuenta de lo ocurrido ni de los esfuerzos del cochero Morillo para dominar a los caballos, encabritados por el estampido. Calmados los animales, Morillo siguió viaje y al llegar a casa de Vélez Sarsfield y apearse el Presidente informó a ambos del episodio de minutos antes. El autor del Código Civil convocó de inmediato en su domicilio al Jefe de Policía, don Enrique O’Gorman.

O’Gorman había sido designado el 19 de noviembre de 1867 por el gobernador Adolfo Alsina. Un dato curioso: el Oficial 1º que secundaba a O’Gorman, ejerciendo la función que ahora corresponde al Subjefe de Policía, era Eladio Saavedra, el oficial de guardia que el 18 de agosto de 1848 interceptó en Palermo la carta que Antonino Reyes enviaba a Manuelita Rosas en su intento por salvar de la ejecución a Camila O’Gorman. (**)

La policía ya estaba en acción; mientras el carruaje de Sarmiento se alejaba, un oficial y un vigilante que habían escuchado la detonación corrieron hacia el lugar y vieron a dos sujetos que huían por la calle Corrientes. Los siguieron hasta su ingreso a una casa en el número 145 de esa arteria (numeración antigua) y los detuvieron. Se trataba de Francisco Guerri, herido en una mano (había perdido el pulgar) y Pedro Guerri, portador de un puñal envenenado con estricnina. Los arrestados eran italianos, marineros, de 21 años y, pese al mismo apellido y a ser originarios del mismo pueblo, sin parentesco entre ellos. Interrogados en la comisaría, en un principio negaron el atentado y explicaron que habían reñido con un hombre que les disparó y escapó. La explicación no satisfizo al comisario; continuó el interrogatorio, en tanto un examen químico de las balas que restaban en poder de los Guerri mostró que las habían contaminado con bicloruro de mercurio. Al día siguiente los acusados confesaron el intento de asesinar al Presidente y el complot del cual formaban parte.

Este se había iniciado un mes antes en el barrio de la Boca, en una reunión de la que participaron los Guerri, otro sujeto que dijo llamarse Aquiles, apodado “El austríaco”, y “Eva”, un “invertido”, término en uso en esa época para designar a un homosexual; “Eva” era la pareja de Pedro Guerri y quien los había conectado con “El austríaco”. Este ofreció $ 10.000, proveer las armas y sacar del país a quien ultimara a Sarmiento. Los Guerri aceptaron y recibieron un pago a cuenta de $ 3000.

Con esta confesión la policía inició la búsqueda de “El austríaco“ y de “Eva”, pesquisa cuyos avatares servirían de argumento a una novela policial. Para interpretar causas y efectos hay que situarse en el contexto político de la época, signado por la represión contra el caudillo Ricardo López Jordán, de Entre Ríos, a quien la opinión pública sospechaba de ser el ideólogo del atentado, y la oposición de Bartolomé Mitre a la inminente candidatura de Nicolás Avellaneda, apadrinado por Sarmiento, para la elección presidencial de 1874.

La policía averiguó que “El austríaco” era un italiano de 38 años llamado Aquiles Segabrugo y vivía con la esposa en casa de sus suegros, en la esquina de Belgrano y La Rioja. La familia de Segabrugo declaró que éste había viajado a Montevideo; dos comisarios se trasladaron a la capital uruguaya para detener al fugitivo sin lograr localizarlo. En tanto, se arrestó en el puerto a Luis Casimir, apodado “Eva”: era también italiano, marinero, de 21 años, y admitió su rol de nexo entre los Guerri y “El austríaco”. Un telegrama desde Montevideo comunicó a O’Gorman que se había ubicado a Segabrugo en el hotel portuario “El Vapor”, y se dispuso que el comisario Ireneo Miguens viajara para capturarlo. Misión que no pudo cumplir porque al llegar a Montevideo se enteró de que habían encontrado a Segabrugo muerto a tiros en una calle. Miguens se apresuró a ingresar al cuarto de hotel que ocupara “El austríaco” y revisar su equipaje, hallando cartas con pormenores de la conjura contra Sarmiento. La policía uruguaya detuvo e interrogó a un abogado, Carlos Querencio, señalado por testigos circunstanciales como autor del asesinato de Segabrugo. Querencio, notorio partidario de López Jordán, alegó “defensa propia”. Miguens, con la valiosa documentación en su poder, se embarcó en el “Porteña” para regresar a Buenos Aires. Durante la noche un grupo de jordanistas, comandado por el teniente coronel Luis Severo Bergara, abordó el barco, a excepción de Miguens hizo desembarcar al pasaje en la costa uruguaya, y perseguido por el aviso ” General Garibaldi”, de la Armada Argentina, remontó el río Uruguay hasta varar cerca de la frontera brasileña.

Antes de desembarcar y huir tierra adentro hacia Brasil, Bergara, que se había apoderado de las cartas comprometedoras, puso al comisario Miguens en la alternativa de no revelar el contenido de las mismas, bajo palabra de honor -algo que aún tenía valor en esa época- o ser fusilado sobre la cubierta del “Porteña” ; Miguens aceptó la primera opción, y respetó el compromiso. Pero las violentas acciones de Querencio y de Bergara, el primero silenciando a Segabrugo y el militar a Miguens, barrieron las pocas dudas que quedaban acerca de que López Jordán estaba detrás del atentado.

Sobrevino el juicio a los Guerri y a Casimir, para quienes el fiscal pidió pena de muerte, todavía vigente en nuestro país. El juez condenó a Francisco Guerri, autor del disparo, y a Pedro Guerri, a 20 años de cárcel, y a 15 años a Casimir. Posteriormente, otro tribunal rebajó la sentencia de Casimir a 10 años, que cumplió en su totalidad; Pedro Guerri falleció en prisión en 1883 y Francisco Guerri fue indultado en 1890 por el presidente Miguel Juárez Celman.

A manera de remate de estos episodios, en 1882 Sarmiento recibió una carta de los Guerri, rogándole interceder para que les conmutaran las penas; afirmaban que los habían embaucado con la oferta de dinero y obraron de manera alocada, de lo cual estaban arrepentidos. Sarmiento no tomó en cuenta la petición.

(*) (**) Ver “Es acción santa matar a Rosas” y “El retrato de Manuela” publicados respectivamente en los Nº 8 y 9 de “El Restaurador”.