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lunes, 26 de agosto de 2024

Guillermo Furlong, los gauchos y Charles Darwin - Roberto L. Elissalde

 Publicado en el diario La Nación/Campo el 15 de junio de 2024   


El Padre Guillermo Furlong rescató las observaciones de Charles Darwin sobre los gauchos argentinos
Por Roberto L. Elissalde
Guillermo Furlong


Se cumple el 50° aniversario del fallecimiento del sacerdote jesuita e historiador, que también fue un profundo conocedor del Martín Fierro


El R.P. Guillermo Furlong S.J., concurrió a la sesión privada de la Academia Nacional de la Historia en su nueva sede del Antiguo Congreso de la Nación. Llevaba más de tres décadas y media ocupando ese sitial, y era el cuarto académico en orden de precedencia; disciplinado y laborioso, había pedido el uso la palabra para leer una comunicación titulada: “Cómo juzgó Darwin a nuestros gauchos”.

El padre Furlong había nacido en Villa Constitución en 1889, en el medio rural. Hijo de irlandeses, estuvo ligado en esos años juveniles al campo; estudió al gaucho a través de las notas de algunos de los padres de la Compañía de Jesús, cuyo hábito hizo suyo. Era un profundo conocedor del Martín Fierro.

En esa sesión de la Academia, recordó que en 1914 en una tertulia en la casa de don Enrique Peña, con Samuel Lafone y Quevedo, estuvieron conversando sobre los indios y qué es civilización y qué cultura, y afirmó en forma tajante: “Es indiscutible que esa prosapia de hombres, llamados gauchos, a lo menos de la provincia de Buenos Aires, al sur del río Salado, no eran unos bárbaros, unos idiotas, unos tarados; no eran un insulto a la cultura y a la civilización. En la época hispana, si no eran apreciados ni tenidos en consideración tampoco fueron perseguidos, ni se trató jamás de eliminarlos por la fuerza de las armas, como tampoco se pensó jamás en acabar cruelmente con los indígenas”.

Recordó que después de 1810 se vio en el gaucho “la materia prima, ideal y abundante, para integrar los ejércitos y remitirlos a los fortines, donde, lejos de sus hogares, perecieron de miseria y melancolía”. Afirmó que después de Caseros fueron perseguidos como en la antigua Grecia se hizo con los ilotas, y rescató la voz de Nicasio Oroño en el parlamento denunciando procedimientos “bárbaramente antihumanos”. Rescató los escritos de Sarmiento, alguna vez simpáticos para con el gaucho, pero no omitió aquella carta a Mitre del 24 de setiembre de 1861: “Tengo odio a la barbarie popular… Mientras haya chiripá, no habrá ciudadanos…. ¿Son acaso las masas la única fuente de poder y de legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje”.

Exageración

En todas esas manifestaciones contra el gaucho, Furlong sentía que “debía haber exageración, ya que no era concebible que José Hernández, que durante tantos años vivió como gaucho entre los gauchos, hubiese idealizado en forma tan extraordinaria al gaucho, que llegara a ser el reverso de la medalla sarmientina”. En esas disgregaciones estaba nuestro buen cura cuando confesó que hacía pocos meses había leído el libro escrito por Charles Darwin durante su estadía entre nosotros entre fines de 1832 y comienzo del año siguiente en el que describe a nuestros gauchos con aquella frase: “los gauchos o gentes del campo son muy superiores a las gentes que residen en las ciudades, es siempre más agradable y más simpático, es más atento o educado, y es más hospitalario”.

Lo impresionó a Furlong esa frase “muy superior” y le vino a la mente el elogio del padre Castañeda, cuya biografía estaba escribiendo, y que había sido “rescatado del basurero por Saldías y por Capdevila”, en sus conceptos sobre el gaucho.

Furlong finalizó recordando que el crítico francés Nicolás Boileay “agudamente dijo que los hombres más sabios han sido aquellos que ignoraban que eran sabios, y tal fue el caso de nuestros gauchos, cuya modestia no estaba reñida con aquel vigor con que doblegaban las fuerzas de la naturaleza, cuyo bajo sentir de sí mismos no les amilanaba para las empresas más arriesgadas y bravías”.

Junto a los aplausos de rigor, no habrán faltado los comentarios de los colegas. Presuroso, el padre Furlong cruzó la Plaza de Mayo rumbo al subte, que lo iba a dejar a un par de cuadras del Colegio del Salvador. Lejos estaba de pensar que esa era la última vez que iba a estar en la Academia. El lunes 20 de mayo de 1974, poco después del mediodía, cuando volvía de dar una clase en el Seminario Metropolitano de Villa Devoto y marchaba al Archivo General de la Nación, la muerte lo sorprendió en el subterráneo en la proximidad a la estación Plaza de Mayo, curiosamente donde había instalado su primer templo en Buenos Aires, la Compañía de Jesús a la que consagró su existencia.

Hombre pródigo de su tiempo y de su saber, su generosidad intelectual fue uno de sus rasgos sobresalientes, no dudaba en orientar a veteranos historiadores y a dedicarle tiempo a noveles aspirantes, que a él se acercaban con inquietudes juveniles, entre los que me encuentro y evoco con gratitud y emoción.

lunes, 1 de septiembre de 2008

El gaucho según un cónsul francés - El gaucho federal

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 8 - Setiembre 2008 - Pag. 10 

El gaucho federal, óleo de Bernabé Demaría

EL GAUCHO SEGÚN UN CÓNSUL FRANCÉS

En el año 1834, el cónsul francés en Montevideo, Raymonde Baradere, redactó un informe a su gobierno en el cual incluyó la siguiente descripción sobre el gaucho oriental. Adjuntó al mismo dos dibujos, que él mismo hizo, uno de un gaucho antes de montar su caballo y el otro de las piezas que componen el recado. He aquí el relato.

"Se designa generalmente con el nombre de gauchos a esa parte de la población de la campaña que sólo posee como propio su choza o ran­cho, su caballo y su silla o recado. Lo más a menudo no tiene absolutamente nada.

Tal vez sea el gaucho el más independiente, el más libre, y el más feliz de todos los hombres; es de una com­pleta indiferencia por el porvenir, y vive absolutamente al día. Solo trabaja cuando ha agotado todos sus recur­sos para proveer a sus ne­cesidades. Entonces se pre­senta en la primera estan­cia que encuentra en su camino, se instala allí en virtud del derecho ilimitado de la hospitalidad, téngase o no necesidad de sus servi­cios. En tal caso trabaja sin salario, hasta que uno de sus camaradas suficientemen­te provisto de dinero para volver a emprender su vida ociosa le cede su lugar. Des­pués de algunos días de trabajo, hace otro tanto, y va a reunirse con sus camaradas. Su punto de reunión es por lo común una especie de taberna conocida en el país con el nombre de pulpería. Allí establecen su domicilio, pasan el tiempo bebiendo y cantando cielitos, acompa­ñándose con la guitarra, y jugando a las cartas. Cuando han gastado todo su dinero, la compañía se disuelve; y cada uno emprende de nuevo el camino de las estancias. Pero es raro que tal separa­ción se efectúe sin que ten­gan lugar numerosas riñas, peleas a cuchillo y sin que se derrame sangre.

Los gauchos rara vez se casan, lo que no les impide que tengan mujeres. Si tie­nen hijos, es raro que los abandonen. En tal caso cons­truyen una choza o rancho en el primer terreno que en­cuentran, pero lo más cerca posible de una estancia, donde esperan encontrar trabajo. El gaucho así instalado es muy hospitalario. El mejor lugar de su rancho y el mejor trozo de su asado, son siempre para el huésped; él cuida de su caballo y lo ata en el lugar donde el pasto es más abundante. Si se da cuenta que el caballo está cansado, le ofrece gustoso el suyo. Afecta el mayor desinterés y jamás acepta el precio de la hospitalidad que se ha recibido. Pero, repito, por una extrañeza inexplicable, ha sucedido varias veces que ha desvalijado a su huésped, el puñal al cuello, a sólo algunos centenares de pasos de su casa.

El gaucho es muy apegado a sus hijos; él se encarga de su educación, que consiste en montar a caballo, en ­arrojar las boleadoras y matar los animales. La mu­jer estéril está casi segura de ser abandonada.

El gaucho sin dinero ni trabajo se vuelve ladrón. Roba algunas pocas reses, que conduce a gran distancia, y que mata enseguida para vender los cueros a comer­ciantes ambulantes. Él no considera este acto como un robo;  parece que buscara disimular su ociosidad calificándola con la palabra changar. De manera que esta clase de ladrones es designada en el país con el nombre de changadores.­

Cuando el gaucho ha llegado a la edad en que las fuerzas comienzan a faltarle y no puede procurarse más lo ne­cesario, se retira entonces a la cocina de alguna estancia. Se lo considera como el Pe­nate de la cocina; se le cuida como un antiguo servidor, y concluye allí apaciblemente su carrera.

Después de muerto, se le co­loca, sin ceremonia, en una fosa abierta al borde de algún camino Importante, o de algún río. Una simple cruz de madera indica a los transeúntes el lugar en que ya­cen sus despojos.

Los gauchos constituyen una clase completamente aparte dentro de la población orien­tal. Ella es, tal vez, la más numerosa. Suministra obreros a las explotaciones agrícolas de la campaña y soldados al Estado cuando lo exigen las circunstancias. Constituyen, pues, la verdadera fuerza de la República, y puede trans­formarse en un instrumento peligroso para ella cuando se entrega a algún Jefe ambi­cioso.

Como ha podido verse, sus usos y costumbres tienen mucho más del hombre en estado salvaje que del civilizado. Sólo una línea meta­física separa al gaucho actual del indio indígena."

 

EL GAUCHO FEDERAL, según Ventura R. Lynch (1851-­1883)

"EI gaucho federal vestía con muy poca diferencia del gaucho primitivo, con el sombrero de embudo de aque­lla época que había sustituido al anterior y en el que lucía su ancha divisa punzó. El panta­lón había sido reemplazado por el chiripá, siendo los más usados los de paño, lana, lino o algodón. Al cuello usaba un pañuelo punzó. Su facón había crecido un medio palmo, pa­sando a colocarse sobre los ri­ñones en vez del costado izquierdo o delante como lo usa­ban sus antecesores. El tirador sustituía ya al ceñidor. Su música había sido aumentada con huellas, gatos, pericones, triunfos, medias cañas, tristes, estilos, cuecas, imperando en sus letras los gritos de muerte que lanzaban los seides del tirano contra sus enemigos y los elogios al Ilustre Restaurador de las Leyes, como él mismo pomposamente se hacía lla­mar.

La trenza de los primitivos gauchos había desaparecido, usándose el pelo cortado a la altura de la oreja. La barba ya había entrado en moda, deján­dose también crecer el bigote. El color del rostro era acen­tuado, semiachinado, mezcla todavía de la raza blanca y la cobriza, con el labio inferior un poco grueso, como los gau­chos anteriores".