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viernes, 13 de noviembre de 2020

Traición en el sur - Beatriz Celina Doallo

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 
El que ahora damos a conocer corresponde a un artículo de la profesora Beatriz Celina Doallo, que apareció en la "Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas" N° 61 de octubre/diciembre de 2000.

TRAICION EN EL SUR

                                                                                                por Beatriz Celina Doallo

 

Coronel Prudencio Ortiz de Rozas

A lo largo de la historia argentina, la traición a la Patria ha tomado diversas formas y se ha revestido de muchos rostros. Curiosamente, casi todos los episodios de traición ocurridos a partir del 25 de mayo de 1810 y hasta fines del siglo diecinueve, al pasar por la hábil pluma de célebres historiadores se convirtieron en hechos heroicos, merecedores de figurar en los textos en la misma categoría que la batalla de San Lorenzo o el cruce de los Andes por el Ejército Libertador.

La traición a la Patria es de por sí un acto horrendo. Cuando quien la comete es un militar que ha combatido valientemente por la independencia de esa misma patria, el acto es aberrante. El general Juan Galo de Lavalle, patriota que se destacó por su coraje desde Chacabuco hasta el Perú, lanzó por una simbólica borda todos sus principios, primero con la insensata rebelión contra Dorrego y el fusilamiento de este mandatario en 1828 y, diez años más tarde, asociándose con los franceses para obtener dinero, armas y barcos a fin de derrocar a don Juan Manuel de Rosas. Por aquello de “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, en diciembre de 1838 Lavalle escribió a Martiniano Chilavert opinando sobre la emigración argentina en Montevideo y su convicción de que no buscaría una alianza con los franceses para “no ser maldecida con el dictado de vil traidora”.

Lavalle, a quien uno de sus amigos muy acertadamente calificó de “espada sin cabeza”, no podía avanzar en su ambición de presidir la Confederación Argentina con la sola ayuda de Francia. Necesitaba quintacolumnistas en Buenos Aires, un material humano fácil de hallar cuando existe de por medio la tentación del poder. Con promesas de esta índole consiguió ganarse en Buenos Aires el apoyo del coronel Ramón Maza, íntimo de la casa del Restaurador e hijo de uno de los más antiguos amigos de éste, el doctor Manuel Vicente Maza, presidente de la Sala de Representantes.

El hermano de Lavalle, José, hacía de recadero entre el general y Maza, que prometió la adhesión de su antiguo regimiento, que en 1839 comandaba el coronel Nicolás Granada y estaba acantonado en Azul. Como lo demostrarían los acontecimientos, era un compromiso que Maza nunca hubiera podido cumplir e indudablemente hizo con extrema irresponsabilidad: el regimiento —tropa, oficialidad y comandante— permaneció fiel al gobernador desde el principio al fin de los sucesos.

Con todo, algo de vergüenza conservaba Maza por cuanto, según con Lavalle, por su intermedio “que apareciera en cualquier punto de la costa, previo aviso, y allí estaría él a sus órdenes, pero sin bandera francesa, ni de Rivera, éste fue un escrúpulo constante a que nunca quiso renunciar”.

Es sabido que un secreto deja de serlo cuando son más de dos quienes lo conocen. Maza, por fuerza, tuvo que buscar copartícipes para el plan y creyó contar con un aliado seguro en el coronel Nicolás Martínez Fontes. Fontes, leal al Restaurador, pero indeciso ante el dilema de delatar a su compañero de armas, se confió a su padre, militar retirado, quien no dudó en referir lo que ocurría a un viejo amigo, el general Manuel Corvalán, edecán de Rosas. De esta manera, la que pasó a la historia como la conspiración de Maza fue conocida oficialmente a fines de junio de 1839 en el despacho del gobernador. Y hay que recalcar lo de “oficialmente” por cuanto, aún sin la intervención de los Martínez Fontes, la conjura no habría progresado. En efecto, desde meses atrás Rosas sabía de la existencia del complot. Según testimonio de Máximo Terrero a Saldías, 50 años después, en febrero de 1839 el Restaurador comentó a su gran amigo, ex socio y futuro consuegro, Juan Nepomuceno Terrero:

“¿Sabes que conspiran contra mí en Buenos Aires? Sí: el plan es asesinarme; y están en combinación con los unitarios de Montevideo, quienes auxiliados por los franceses desembarcarán por algún punto de la costa para completar el golpe de mano. Lo peor es que hay algunos federales en el complot. Pero quiero saber quiénes son todos estos. No temo por mi vida, sino por los horrores que va a presenciar Buenos Aires si me matan”.

Cuando el general Corvalán expuso a Rosas lo que acababa de conocer de labios de Martínez Fontes, el gobernador se vio impelido a terminar de una vez con una confabulación que ya prácticamente había tomado estado público. El general José María Paz, hecho prisionero tras el combate en Tío, Córdoba, el 11 de mayo de 1831, y que en 1839, merced a la benevolencia del Restaurador, gozaba de libertad bajo palabra en la ciudad de Buenos Aires, escribió en sus Memorias:

“Yo sabía positivamente de lo que se trataba, pues se obraba con tan poca reserva que he oído en un estrado hacer mención delante de dos señoras de los puntos más reservados”.

En la noche del 26 de junio el coronel Maza fue arrestado. En la noche siguiente, 27 de junio, el doctor Maza, solo en su despacho de la Sala de Representantes, fue asesinado por dos individuos mal entrazados a quienes un ordenanza entrevió en momentos que huían. El presidente de la Legislatura no fue fusilado ni degollado, como equivocadamente indican algunos cronistas del hecho, sino muerto a puñaladas. Los unitarios se apresuraron a adjudicar la autoría intelectual del crimen a Rosas, quien en 1869 escribió desde Southampton:

“[...] Los autores del asesinato del doctor Manuel V. Maza fueron de los primeros hombres del partido unitario. Cuando supieron que se preparaba a descubrirme con los documentos que tenía todo el plan de la revolución, sus autores y cómplices se creyeron perdidos si no hacían desaparecer sin demora al doctor Maza. Fue entonces que lo descubrieron a los federales exaltados como el principal agente de la conspiración, ligada y pagada por las autoridades francesas. Así que se empezó el sumario y me impuse de las muchas personas unitarias y federales notables que aparecieron figurando como autores y cómplices, lo mandé suspender, y pasados algunos días, ordené la ejecución del que, pagado, fue el ejecutor de ese espantoso asesinato. De otro modo habría sido preciso ordenar la ejecución de no pocos federales y unitarios de importancia [...]”.

En la madrugada del 28 de junio, a pocas horas del horrendo final del su padre, el coronel Maza era fusilado en el Fuerte. El complot del que se le consideró cabecilla en la ciudad de Buenos Aires, tenía ya ramificaciones en la provincia. Lavalle había demandado varios lugares seguros y opcionales para desembarcar con la gente que traería desde la Banda Oriental y para eso era necesario contar con la complicidad de estancieros con establecimientos a lo largo de la costa, desde el Tuyú hasta Dolores.

A fines de 1838 Maza visitó a Pedro Bonifacio Sabino Castelli hijo del vocal de la Primera Junta Juan José Castelli. Pedro Castelli había sido sargento mayor del regimiento que comandaba Maza y tenía una estancia en el Cerro de Paulino. Sobre este hacendado no se ponen de acuerdo los historiadores: Ángel Justiniano Carranza en su libro La revolución del '39 en el sur de Buenos Aires hace un retrato muy desfavorable del hombre y del dirigente en que los hechos le convirtieron, en tanto que Juan B. Selva, en su obra El Grito de Dolores comenta que Castelli era poseedor de una brillante foja de servicios. Sea como fuere, era para Maza un individuo de fiar por cuanto le confió el proyecto y lo agenció para la conjura. De ahí en más Maza, a quien no convenía ausentarse de Buenos Aires porque significaba perder su privilegiada posición de visitante habitual en la casa del Restaurador, con lo que ello implicaba para conocer los movimientos de éste, delegó en un joven, Jacinto Rodríguez Peña, la tarea de continuar reclutando hacendados con Castelli como consejero. Rodríguez Peña, integrante de un cisma de la Asociación de Mayo llamado El Club de los Cinco, cuyos otros miembros eran Enrique de la Fuente, Carlos Tejedor, Santiago Albarracín y Daniel Corvalán, solamente consiguió incorporar a Marcelino Martínez Castro, dueño de una estancia en Laguna de los Padres. Pero Martínez Castro resultó un elemento valioso para los conspiradores, ya que además de ofrecer sus tierras para el desembarco de Lavalle, se ocupó de atraer a otros hacendados. Así quedaron incorporados a la conspiración José Ferrari (Samborombón), Francisco Ramos Mejía y sus hijos Francisco, Matías y Exequiel (Kakel), Domingo Lastra y su hijo Domingo Fermín (Las Lagunas) y Felipe y Benito Miguens (Las Cinco Lomas).

Los hacendados conspiradores

El plan de Lavalle era un levantamiento simultáneo en la ciudad y la campaña, objetivo que quedó cancelado con la detención y fusilamiento de Maza, el arresto de los jóvenes del Club de los Cinco, y la precipitada huida a Montevideo de todos los que en la ciudad de Buenos Aires habían tenido alguna participación en la conjura. El 29 de junio, en tanto en el Cementerio del Norte, sin ceremonia alguna, eran enterrados los cuerpos de don Manuel Vicente Maza y su hijo Ramón, un grupo de alicaídos complotados llegaba a la Banda Oriental con auxilio de las naves francesas, llevando las malas nuevas, que de inmediato fueron transmitidas a Lavalle.

Es harto conocida la inestabilidad de carácter del jefe unitario, personaje de explosivos entusiasmos, veloces desalientos y riesgosas indecisiones. La noticia del fracaso del complot en Buenos Aires la recibió en la isla de Martín García, adonde se había trasladado el 2 de julio de 1838, amparado por los cañones de la escuadra francesa, junto con unos 160 hombres que hasta entonces acamparan en la falda del Cerro de Montevideo y estaban preparados para la invasión a la provincia de Buenos Aires.

Este movimiento de Lavalle obedeció a la feroz interna política que se desarrollaba en la Banda Oriental y en la que estaban mezclados los intereses de la Comisión Argentina, cuyo portavoz principal era el doctor Florencio Varela, y los del general Fructuoso Rivera, gobernante de facto del país luego de defenestrar al general Pascual Oribe. Rivera buscaba la manera de hacer la paz con Rosas —que le había apodado “El Pardejon“— y mal podía demostrar buena voluntad hacia el gobernador de Buenos Aires manteniendo en Montevideo una tropa armada pronta a invadir la Confederación Argentina.

En Martín García, proscripto de la Banda Oriental y carente de aliados en la ciudad de Buenos Aires, Lavalle se dedicó a lamentarse por la muerte del coronel Maza, estado depresivo del que pareció librarlo una misiva que le hizo llegar Pedro Castelli. En esa carta el hacendado del Cerro de Paulino reafirmaba su intención de facilitar al jefe unitario el desembarco en un punto de la costa, le aseguraba contar con gente amiga dispuesta a secundarlo y le solicitaba el pronto envío de armas.

Lavalle escribió con fecha 21 de julio a su secretario, Félix Frías, que seguía en Montevideo:

“Lo que ha sucedido en Buenos Aires me induce a hacer una observación: yo pensaba desembarcar en el Norte por la incertidumbre en que he estado desde el asesinato de Maza, pero estando libre Castelli me voy al Sur llevándome yo mismo las armas si las encuentro”.

Pero, luego de explicar su nuevo designio, Lavalle, como en tantas otras oportunidades, no hizo movimiento alguno para ponerlo en ejecución, limitándose a pedir consejo a amigos y subordinados. El doctor Julián Agüero, delegado de la Comisión Argentina, opinó que convenía invadir por Entre Ríos, en tanto el jefe de estado mayor, Cirinel Chiilavert, defendió la idea de desembarcar en Laguna de los Padres. Aún no se decidía Lavalle por un lugar u otro, cuando el ejército federal a las órdenes del general Pascual Echagüe cruzó el río Uruguay entrando en la Banda Oriental para derrocar a Rivera. Esto brindó al “León de Riobamba” un excelente pretexto para zanjar la cuestión. Con fecha 10 de agosto escribió al doctor Andrés Lamas, hijo del intendente de policía de Montevideo:

“[...] Todo ha cambiado desde que el ejército enemigo ha pasado el Uruguay en el Salto y desde que encuentro cooperación en el gobierno oriental y simpatía en el pueblo. A mí me es indiferente empezar por una o por otra parte, pero no al pueblo oriental invadido. Yo tengo pues que obedecer a su interés, que es el interés de todos, el de nuestra hermosa causa. Querido, me voi a Entre-Ríos; en Buenos Aires se van a desesperar, pero así lo exije el bien público”.

De esta manera Lavalle se desentendió de los estancieros que aguardaban su desembarco en el sur de Buenos Aires, y al frente de lo que denominaba ampulosamente “Legión Libertadora” se hizo a la vela desde Martín García hacia la costa de Entre Ríos, transportado por buques franceses. A principios de septiembre todos los efectivos dispuestos para la invasión de Buenos Aires se hallaban en la provincia entrerriana, donde Lavalle lanzaba una proclama tras otra haciendo hincapié en que no llegaba con divisa alguna, pese a haber aceptado el transporte, las armas y el dinero —nada menos que 200.000 patacones, según documentos— por cuenta y orden de Francia. 

Castelli y los demás estancieros complotados, que ya llevaban dos meses aguardando el aviso de desembarco de Lavalle y comenzaban a desesperar, enviaron a Marcelino Martínez Castro a Martín García para que “fijara fecha”. Castro llegó a la isla los últimos días de agosto, encontrándose con que las tropas del jefe unitario ya se habían marchado y éste se disponía a imitarlas embarcando en el navío “Bordelaise”. Lo único que el hacendado de Laguna de los Padres pudo lograr fue una vaga promesa de acudir desde el Litoral con sus fuerzas en apoyo de la revuelta en el Sur, que Lavalle incitó a realizar pese a su ausencia.

En los sesenta días transcurridos desde el fusilamiento de Maza, Castelli se había visto obligado a tomar decisiones por cuenta propia, y recordando la insistencia de aquél en fortalecer la rebelión con militares, había mantenido conversaciones con los comandantes Pedro Lacasa, José Mendiola y Francisco Villarino, de la zona de Chascomús. Lacasa insistió en contactar al coronel Narciso del Valle, del Quinto Regimiento, con asiento en Dolores, y a coronel Granada, del Tercer Regimiento, que había sido menester mover de Azul a Tapalqué a causa de un malón perpetrado a ese pueblo de frontera el 20 de agosto por el indio blanco Baigorria, un antiguo oficial del general unitario José María Paz.

Al coronel Granada nadie osó irle con proposiciones y en cuanto a del Valle, se lo dejó de lado al aparecer en escena, por intervención del estanciero Juan Ramón de Ezeiza, el ex-Juez de Paz de Dolores y segundo comandante del Quinto Regimiento, coronel Manuel Rico. Lacasa, Mendiola y Rico —Villarino era comandante de cívicos— tenían dos rasgos en común: eran militares ambiciosos y se consideraban injustamente relegados de categoría. Rico detestaba a su superior del Valle y aspiraba no solamente a mandar su regimiento sino que sus miras estaban puestas en la comandancia general de la ciudad de Buenos Aires. Suya fue la idea de atraer a la conspiración al coronel Ambrosio Crámer. Crámer, de honroso historial, había nacido en Francia en 1792, integró el ejército de Napoleón Bonaparte y marchó al exilio tras la derrota de Waterloo en 1815.

Ambrosio Crámer

Llegó a Buenos Aires y ofreció sus servicios al gobierno patrio; le dieron un cargo en el Ejército Libertador del General San Martín, junto a quien participó en la batalla de Chacabuco, más tarde fue ayudante de campo del General Belgrano y en 1824 solicitó su retiro. Obtuvo el título de agrimensor y adquirió una estancia cerca de Chascomús, pastoral refugio de donde, en mala hora, vino a sacarlo el coronel Rico para ofrecerle el mando de la revuelta que se gestaba. Crámer aceptó poner su veteranía guerrera al servicio de los complotados, pero rehusó el liderazgo de los mismos, arguyendo que ello correspondía a un nativo de este país. En esas circunstancias quedó consagrado Pedro Castelli como jefe del movimiento, elección insólita por cuanto la lógica indicaba que para una revolución contra el poder central era imprescindible contar con la guía de un militar experto. Que Rico, Mendiola y Lacasa hayan otorgado la máxima jerarquía a un ex-sargento devenido estanciero siembra fuertes dudas sobre si los militares desleales no le estaban convirtiendo en el “cabeza de turco” de la insurrección. Estas sospechas se acrecientan ya que para entonces los tres militares conocían que, por gestiones del estanciero Antonio Pillado, se habían unido a la conjura otros dos coroneles, Juan Francisco Olmos y Zacarías Márquez, y dos comandantes, José Antonio López Calveti y Jacinto Machado, este último propietario de una estancia en proximidades de Chascomús. Así las cosas, hartos de aguardar las armas que Lavalle había prometido enviar desde el Litoral y de recibir mensajes del general instándolos a tener paciencia —“yo por el Norte y ustedes por el Sur nos damos la mano”, le escribía en tanto se alejaba más y más de la provincia de Buenos Aires—, hacendados y militares se reunieron a mediados de octubre en la estancia “El Durazno”, de Ezeiza, y decidieron iniciar la revuelta el 6 de noviembre.

Rico partió hacia Madariaga para tratar de incorporar al movimiento a un escuadrón de veteranos a sus órdenes, Lacasa se aproximó a Tapalqué para “tantear” a oficiales y soldados al mando de Granada y los estancieros reunieron sus respectivas peonadas para tenerlas dispuestas el día señalado. Como lo demostrarían los hechos, estos tres objetivos conformaron tres garrafales errores. El regimiento de Divisadero que pretendió sublevar Rico, justamente por estar compuesto de veteranos y no de bisoños, no aceptó sumarse a la rebelión, Lacasa hizo el viaje de balde, puesto que las tropas de Granada estaban enfurecidas por el daño causado en Tapalqué por los indios del unitario Baigorria, y los peones de las estancias pertenecientes a los conjurados no compartían las ideas de éstos y marcharon de mala gana con los rebeldes, por lo que, a la postre, no fueron de utilidad y generaron confusión.

En los mejores proyectos el diablo mete la cola y en el complot de los estancieros del Sur quiso el destino que alguien extraviara en plena calle del pueblo de Dolores una carta con detalles comprometedores. Quien la halló fue un guitarrero oriental, medio payador y medio delincuente, Juan Cuello, al que 40 años después le llegó la celebridad, al igual que a Juan Moreira, gracias a la pluma de Eduardo Gutiérrez. Cuello, buen federal, entregó la misiva al Juez de Paz, Manuel Sánchez, que a su vez la remitió al Restaurador. La respuesta, firmada por el general Corvalán, fue la orden de enviar engrillados al Fuerte de Buenos Aires a cuatro unitarios prominentes, a su elección. Simultáneamente, el Juez de Paz de Lobería, José Otamendi, recibió una nota del edecán de Rosas ordenándole detener al comandante Pedro Lacasa, a Pedro Castelli, a Juan Ramón de Ezeiza y a su propio hermano, Fernando Otamendi, que formaba parte de la conjura, lo que demuestra que el Restaurador tenía excelente información sobre las derivaciones de la conspiración de Maza en la provincia de Buenos Aires. Sánchez temiendo perder su cargo si no obedecía, y la vida si engrillaba a cuatro unitarios cualesquiera de la zona, ya que por la famosa carta conocía que se gestaba una revolución, optó por enviar una nota a Rosas solicitando le indicaran los nombres de los que debía remitir a Buenos Aires. Otamendi se apresuró a avisar a su hermano Fernando para que huyera, pero éste corrió a comunicar la nueva a Lacasa, quien a su vez informó a Castelli. Este último cabalgó frenéticamente hasta los Montes Grandes, donde se hallaba Rico, quien comprendió que ya no podía dilatarse el pronunciamiento. Junto con Castelli y otros complotados marcharon hacia Dolores, adonde llegaron en la madrugada del 29 de octubre. Se batió un tambor por las calles para convocar al vecindario a la plaza y cuando la concurrencia fue apreciable —unas 170 personas— Rico le dirigió la palabra en un discurso improvisado que los escritores de la historia oficial han titulado ampulosamente “grito de Dolores”. No está de más recordar que el primigenio “grito de Dolores” fue el pronunciamiento del cura párroco Miguel Hidalgo el 15 de septiembre de 1810, con el que comenzó la guerra de la independencia en México. Otro grito célebre fue el de Ypiranga, lanzado. por el regente Don Pedro el 7 de septiembre de 1822 y por el cual se declaró la independencia del Brasil. Pero si el “grito de Dolores” de Hidalgo es una proclama cuyo texto —que no ha variado en 190 años— se enseña en las escuelas mexicanas, y el “grito de Ypiranga” fueron tres decisivas palabras: “¡Independencia o muerte!”, el “grito de Dolores” del coronel Manuel Rico, al pasar de un historiador a otro, ha cambiado de manera notable. Según unos, la arenga de Rico fue: “Este pueblo heroico, cansado de tanta humillación y amenazado en vida y en los intereses de sus hijos, se pone en armas. Juremos todos no dejarlas mientras no hayamos dado en tierra con el amo y el último de sus esclavos. Patriotas del Sur, ¡viva la libertad! ¡abajo el tirano Rosas!”. Otra versión, menos épica, asegura que Rico se dirigió a la población de Dolores en estos términos: “Compañeros: Nos hemos reunido aquí con el objeto de elegir para el partido de Dolores un nuevo comandante militar y otro juez de campaña que respondan y apoyen el levantamiento de la campaña del Sur contra el gobernador don Juan Manuel de Rosas”. Existen otras versiones del “grito de Dolores”, cuyas primeras consecuencias fueron la redacción de un acta, la destitución del juez de paz Manuel Sánchez, el nombramiento en su reemplazo de don Tiburcio Lenz, la asunción del orador como nuevo comandante militar del partido, la rotura a puñaladas del retrato del Restaurador que ornaba una pared del juzgado, y el asalto a la estancia Las Víboras, de la familia Anchorena, para proveer a los insurgentes de gran cantidad de lanzas que allí guardaba el mayordomo, como recuerdo de los malones o para defenderse de éstos.

Rico despachó un chasque a Chascomús para comunicar a Villarino y a Mendiola que había sido necesario adelantar la fecha del alzamiento.Mendiola no perdió el tiempo: el 2 de noviembre convocó al vecindario en la plaza, hizo arrestar el Juez de Paz, Felipe Girado, leal a Rosas, lo reemplazó por el comandante de cívicos Jacinto Machado, procedió a hacer “fusilar” un retrato y destrozar un busto de yeso del Restaurador que se hallaban en el juzgado, todo ésto luego de una arenga. La alocución de Mendiola también ha sido objeto de diferentes versiones y la más divulgada es la siguiente “Libres hemos nacido, libres queremos vivir, y si la suerte nos traiciona, quedaremos tendidos en el campo de honor con la muerte más linda, que es la que se sufre por la Patria”.

Crámer había llegado a Dolores y a la primera ojeada a las fuerzas rebeldes le espantó la desorganización que entre ellas existía y la carencia de armamento. A sus instancias, Rico envió partidas a saquear todas las estancias cuyos dueños no se habían plegado a la revuelta; de esta expedita manera fueron confiscadas armas y caballos y obligados, capataces y peones, a sumarse a los insurrectos. El efecto visual del paso por las poblaciones de huestes cada vez más numerosas de revolucionarios hizo que algunos estancieros apolíticos o decididamente federales prefirieran ofrecer su colaboración para evitar los latrocinios. En realidad, la mayoría de los presuntos rebeldes era rehén de unos pocos, y estaban bajo el mando de no más de una veintena de militares que, a excepción de los cabecillas, eran tenientes, sargentos o alfereces.

Por la costa hasta Quequén y en el interior hacia el Tandil había varios establecimientos que pertenecían a hermanos del gobernador. Esas estancias tuvieron un tratamiento especial por orden de Rico, según cartas de éste que luego fueron halladas y publicó La Gaceta Mercantil a mediados de noviembre. Una de las misivas, dirigida a Zacarías Márquez y fechada 3 de noviembre, decía textualmente: “Don Gervasio Rozas fue prendido por López (Calveti) y éste sorprendió “El Tala” tomando toda la gente de esos establecimientos, lo mismo que el armamento y municiones. A Camarones he mandado a Pedro Nanzo con una partida para que me traiga la gente de esas estancias, municiones, armas, etcétera...”. Esta carta fue enviada desde Chascomús, donde Rico había entrado ese mismo día 3 al frente de la vanguardia de sus tropas.

En tanto, Castelli, cuyo protagonismo como hipotético jefe del movimiento había quedado diluido a causa de las actuaciones de Mendiola y Rico, se dedicaba a escribir cartas buscando adherentes a la revolución y, lo más importante, procurando que Lavalle o los franceses vinieran en ayuda de los amotinados. Una de las cartas fue enviada al general Eustaquio (o Eustoquio, según otras grafías) Díaz Vélez, que hiciera la campaña del Ejército del Norte junto al General Belgrano. Se había expatriado en 1820 y regresó al país en 1822, dedicándose a administrar sus varias estancias cercanas a Chascomús. Castelli le ofreció el liderazgo de la revolución, aparente honor que Díaz Vélez se apresuró a rechazar pero, cuidadoso de sus bienes terrenos, ofreció su colaboración a la causa y marchó a unirse a la gente de Rico con sus peones.

El contraalmirante Leblanc, quien el 28 de marzo de 1838 declarara “el puerto de Buenos Aires y todo el litoral del río perteneciente a la República Argentina en estado de riguroso bloqueo por las fuerzas navales francesas”, también recibió cartas de Castelli instándolo a realizar un desembarco en la franja costera que, supuestamente, tenían los sublevados bajo su dominio y solicitándole que las naves de su mando facilitaran la llegada de exiliados que, seguramente, querrían acudir desde la Banda Oriental para sumarse a la revolución.

El Juez de Paz de Azul, don Manuel Capdevila, se enteró de lo sucedido el 29 de octubre en Dolores y de inmediato envió un correo a Buenos Aires notificando al Restaurador. Lo que este buen federal ignoraba es que el gobernante ya conocía lo que estaba ocurriendo en la provincia, pero tenía sus razones para tomarse su tiempo antes de ordenar reprimir la insurrección.

Mientras la vanguardia de los rebeldes salía de Dolores en dirección a Chascomús y, por orden de Rico y Crámer, las diferentes partidas enviadas a recolectar gauchos y armas tomaban el mismo rumbo, el coronel Prudencio Rosas, desde Azul, despachaba grupos de soldados para observar el engrosamiento de las filas revolucionarias.

El 1° de noviembre estuvo en condiciones de mandar un chasque a su hermano el gobernador informándole que los cabecillas de la revuelta contaban con alrededor de mil hombres que, a excepción de las dos compañías que integraban un regimiento de caballería sublevado por el coronel Olmos, eran a todas luces inexpertos y estaban mal armados.

Coronel Nicolás Granada

El correo llegó a Buenos Aires en la mañana del 2 de noviembre. Era lo que Rosas había estado aguardando antes de remitir órdenes de movilizarse a las tropas leales al gobierno. Los coroneles Granada, del Valle, Vicente González (Monte), Antonio Ramírez (Morón), Quesada (Mulitas) y Aguilera (San Vicente), fueron avisados de que los rebeldes se dirigían a Chascomús y partieron hacia allí con sus tropas. A Prudencio Rosas, que comandaba el 62 de Caballería, le aconsejó el Restaurador que esperara a que se le uniera la División del Sur al mando de Granada, la más numerosa y que disponía de armamento más moderno. Fue así como el coronel Rosas salió de Azul en la tarde del 3 de noviembre, al frente de mil cuatrocientos soldados, muchos de ellos veteranos de la Campaña del Desierto, y con Granada como segundo jefe.

Díaz Vélez había marchado a Tandil al frente de una partida compuesta por un capitán, dos alfereces y un centenar de peones, y logró apoderarse del fuerte Independencia. La escasa guarnición del fortín estaba justificada: la mayor parte de las tropas que lo custodiaban se hallaba de camino para reprimir a los rebeldes.

El 5 de noviembre Castelli arribó a Chascomús. Con él llegaron el resto de las partidas y los militares que se habían ocupado de expropiar gente, caballos y armas. Rico, Mendiola y Crámer llevaron al estanciero a inspeccionar el campamento rebelde —establecido mirando hacia el este y de espaldas a la laguna— presentándolo como el líder de la revolución. Ya les habían llegado informaciones acerca de los diversos regimientos que convergían hacia esa zona, de los cuales los más cercanos eran los de Prudencio Rosas y Granada, y el del coronel Vicente González, a quien apodaban Carancho del Monte, que tenía mucha y temible indiada de lanza en sus filas. La esperanza de los insurgentes estaba puesta en las armas que la Comisión Argentina remitía desde Montevideo, y Rico, sensatamente, aconsejó no presentar batalla hasta recibirlas. La vista del campamento pseudo-militar poblado por algo más de mil hombres aumentó el alboroto que originaron en Chascomús los episodios del 2 de noviembre. Doña Carmen Machado de Deheza, a quien varios cronistas describen como “distinguida niña chascomucense” o “dama patricia”, y que casualmente era hija del recién designado Juez de Paz, Jacinto Machado, brindó un espectáculo singular galopando entre las tropas a lomos de un caballo overo (pelaje formado por manchas blancas y negras), colocando una guirnalda de flores en el asta de la bandera que sostenía el joven Domingo Fermín Lastra y prendiendo cintas celestes sobre la pechera de militares y civiles de cierta categoría. Este acto desató la habitual cuota de emulación en el mundillo femenino y a otra dama se le ocurrió organizar un baile para homenajear a los cabecillas revolucionarios. En la noche del 6 de noviembre, mientras las fuerzas de los coroneles Rosas y Granada vivaqueaban en Ranchos, junto al río Salado y a ocho leguas de Chascomús, Crámer, Márquez, Rico, Villarino, Lacasa, Mendiola y otros oficiales, junto con los estancieros Castelli, Ramos Mejía, Gándara, Ezeiza, Barragán, Madero, Pillado, Ferrari, Mujica y Otamendi —según consigna una crónica posterior de los hechos— fueron agasajados con una velada danzante en la que menudearon los brindis por la victoria de las fuerzas revolucionarias.

Los jefes del movimiento no habían permanecido inactivos; luego de su llegada a Chascomús, enviaron correos a todo aquel que podía sumar fortaleza a la rebelión. Uno de los que recibieron carta fue el cacique Cipriano Catriel, que tenía su toldería cerca de Azul y cumplía lealmente su pacto de paz con Rosas. Le informaron que, tras el asesinato del Restaurador, Buenos Aires estaba en poder de unitarios y que las tropas de Granada y del Valle se habían plegado a esta revolución, aconsejándole que marchara con su gente en auxilio de las “fuerzas leales” reunidas en Chascomús. Estas falsas nuevas provocaron conmoción en los indios; Catriel se preparó para vengar la muerte de Rosas, y costó grandes esfuerzos al comandante Echevarría, al frente de la guarnición de Azul en ausencia del coronel Rosas, convencerlo de que había sido engañado.

El contraalmirante Leblanc recibió otras misivas de los insurgentes. Una de ellas, firmada colectivamente por Manuel Rico, Pedro Castelli, Tiburcio Lenz, Zacarías Márquez, Juan Ramón de Ezeiza, Jacinto Machado, Matías Ramos Mejía y otros, decía textualmente:

“Invocando la afinidad que reina entre los principios que nos animan y los de los súbditos de S.M. Luis Felipe, pedimos libre tránsito y un salvoconducto para que el portador de esta comunicación llegue al campo del general Lavalle.

Nos es grato comunicar al señor contraalmirante que no reconociendo los ciudadanos que suscriben ninguna clase de enemigo en el extranjero, esperamos que los puertos del Salado y del Tuyú que están en nuestro poder, abriguen cualquier pabellón ultramarino, por más enemigo que sea del tirano que domina nuestra patria”.

Con la sola firma de Francisco Villarino, el jefe naval recibió otra carta solicitando, en nombre de los revolucionarios, que barcos de la escuadra francesa se apostaran en la desembocadura del río Salado o en las costas del Tuyú, lo que hizo Leblanc.

En un despejado y temprano amanecer del 7 de noviembre de 1839 tuvo lugar el fin de la aventura. El coronel Rosas conocía que muchos soldados del regimiento que el coronel Juan Francisco Olmos remolcara a la insurrección no participaban de las ideas de su jefe. En el bando rebelde, Rico y Crámer se hicieron eco de rumores acerca de que Granada se sublevaría, aportando toda su división, lo que aseguraría el triunfo. Esta suposición de ambos militares se propagó por el campamento rebelde, ocasionando que, al aproximarse el ejército federal a un cuarto de legua de Chascomús, varios revolucionarios le salieran al paso vivando a Granada y recibieron la primera descarga de fusilería de la jornada.

Parte de la caballería de Olmos cargó contra los federales y la batalla se generalizó. Las tropas bajo el mando de Mendiola y Márquez siguieron a las de Olmos, para ser inmediatamente arrasadas por una embestida federal que también concluyó con la vida de ambos comandantes y, a los pocos minutos, con la del coronel Crámer. Tocó entrar en escena, y espectacularmente, a la indiada de lanza que trajeran el coronel Rosas y Granada desde Azul, no muy numerosa pero aguerrida y bien montada, que sembró desorden y terror en las filas rebeldes. Rico dio orden de cargar a la segunda compañía del regimiento de Olmos, pero ésta se negó a entrar en batalla y su capitán, Francisco Javier Funes, ató un pañuelo blanco en la punta de su sable en señal de rendición a las fuerzas leales. Sobrevino el ¡Sálvese quien pueda! Los peones compelidos a meterse en el entrevero tiraron las armas, otros se lanzaron al galope para alejarse de Chascomús y fueron muchos, militares y civiles, quienes cruzaron la laguna para ponerse a salvo. El combate duró menos de tres horas, si en ese lapso se cuenta el desbande en el campo revolucionario, éxodo que imitaron en el pueblo de Chascomús todos aquellos que habían participado de los agasajos a los rebeldes.

Batalla de Chascomús

Rico se destacó por su sangre fría y mente lúcida. En cuanto comprendió que la contienda estaba perdida para su bando, reunió alrededor de doscientos hombres: —algunos historiadores indican quinientos, otros ascienden la cifra a mil, o sea casi el total de las fuerzas rebeldes, lo cual es un disparate— y los condujo hasta las playas del Tuyú, donde el 9 de noviembre los recogieron los lanchones de la flota francesa para transportarlos a la Banda Oriental. Por esas ironías del destino, mientras los derrotados se embarcaban para el exilio, llegaba al Tuyú el navío fletado por la Comisión Argentina con las armas que tanto reclamaban los rebeldes.

En el campo de batalla quedaron más de cien muertos, y fueron tomados cerca de cuatrocientos prisioneros. El coronel Rosas, refiere Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación Argentina, “dio inmediatamente libertad a estos últimos, haciéndoles saber que el gobernador de la Provincia prefería creer que habían sido engañados y obligados por la fuerza a tomar las armas, a castigarlos como rebeldes y traidores unidos a los franceses que hostilizaban la República”.

El principal responsable de esta traición a la Patria en los campos de la provincia de Buenos Aires, Pedro Castelli, huyó hacia el mar con la sola compañía de un asistente de color, de nombre Gabino. Al llegar a un monte en proximidades de lo que hoy es la localidad de General Lavalle, Castelli desmontó para descansar, en tanto Gabino merodeaba en busca de algo para comer. En esas circunstancias, pasó una partida de soldados del coronel Rosas que sorprendió y tomó prisionero al asistente, quien, asustado, se apresuró a indicar el lugar donde descansaba su jefe, y que éste era nada menos que el caudillo de la revuelta. Los soldados rodearon a CasteIli y uno de ellos, José Durán, lo degolló. La cabeza fue llevada al coronel Rosas, quien ordenó remitirla a Dolores y exponerla en la plaza pública en una pica de 7 metros de alto. Allí estuvo el macabro despojo hasta 1847, en que desapareció. Juan B. Selva, en su libro ya citado, El grito de Dolores, manifiesta que la cabeza de Castelli fue ocultada por una mulata correntina, Mama Pancha, y su hijo José, quienes la escondieron en un colchón y tiempo después la enterraron en terreno consagrado.

Entre los muertos en el combate de Chascomús figuraron los Lastra, padre e hijo, y el comandante López Calveti. Jacinto Machado huyó junto con su familia al Brasil, cometiendo la imprudencia de regresar en marzo de 1840 a su estancia Las Lomas, donde fue aprehendido por el comandante militar del partido trasladado a Dolores y fusilado en la plaza, El general Díaz Vélez dejó presurosamente el Fuerte Independencia tratando de llegar al Tuyú para embarcarse, pero fue interceptado por soldados federales y sometido a juicio en Dolores por un tribunal del que formó parte el repuesto Juez de Paz Manuel Sánchez. En Buenos Aires intercedió por él Mr. Slade, el cónsul norteamericano, quien consiguió que Rosas liberara al general y le permitiera exiliarse en Montevideo. Díaz Vélez regresó a cuidar de sus estancias en 1852, tras la batalla de Caseros.

Algunos de los insurrectos —los coroneles Rico y Olmos, el comandante Lacasa, los hermanos Francisco, Matías y Exequiel Ramos Mejia— se unieron a la “Legión Libertadora” de Lavalle, que peregrinó por el norte de la provincia de Buenos Aires para rumbear luego hacia Santa Fe, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, siempre perseguida por Oribe y las tropas de los gobiernos provinciales, y de derrota en derrota. El fin llegó para el jefe unitario de una forma impensada: el 9 de octubre de 1841 en San Salvador de Jujuy una partida federal pasó frente a la casa de un conocido unitario, Ramón Alvarado, y por diversión, disparó contra la puerta. En ese momento cruzaba un corredor tras la puerta el general Lavalle, quien, desoyendo el consejo de Félix Frías, había insistido en alojarse en la ciudad, y recibió un balazo mortal. Su séquito, en el que figuraba Lacasa, llevó sus restos, que fue necesario descarnar, a través de la quebrada de Humahuaca para enterrarlos en Bolivia.

Otros complotados volvieron a la chita callando con sus peones a sus estancias, alegando haber sido obligados a punta de fusil a seguir a los revolucionarios. Como esto era verdad en varios casos, hubo una suerte de amnistía para los civiles, de la que se beneficiaron algunos que habían adherido a la revuelta sin coacción de ninguna especie.

La rebelión de 1839 en la provincia de Buenos Aires ingresó a las páginas de la historia argentina con el título de “La Revolución de los Libres del Sur”. La única libertad que anhelaban los estancieros conjurados era la de vender tasajo a ultramar, algo que les estaba vedado por el bloqueo francés. Esta pérdida de ganancias originó disgusto contra el mandatario que rehusaba aceptar las condiciones impuestas por Francia para retirar su flota. Resentimiento que sirvió para captar a Pedro Castelli y a un puñado de terratenientes cuya avidez de lucro no reparó en que estaban en juego la defensa de nuestra soberanía y los legítimos intereses de nuestra Patria.

La codicia, de rango en los militares, de dinero en los hacendados, fue la causante de la revolución de 1839 en el Sur de la provincia de Buenos Aires. Todo lo demás, es historia oficial. 

jueves, 6 de agosto de 2020

Corsarios de la Independencia sudamericana

Thomas Cochrane 

Corsarios de la 
Independencia sudamericana

Thomas Cochrane

Por la Prof. Beatriz C. Doallo 

En la ardua lucha del general José de San Martín para ayudar a tres países a liberarse del dominio de España, el marino Thomas Cochrane protagonizó el doble papel de héroe y de villano.


Mientras el Ejército del Norte comandado por el general Belgrano triunfaba en Tucumán y Salta y era derrotado en Vilcapugio y Ayohuma, San Martín, por entonces gobernador de Cuyo, daba forma a su gran proyecto de liberación continental. El 22 de abril de 1814 escribió a Nicolás Rodríguez Peña: "...La patria no hará camino por este lado del Norte que no sea una guerra defensiva y nada más: para eso bastan los valientes gauchos de Salta con dos escuadrones de buenos veteranos. Pensar en otra cosa es empeñarse en tirar al pozo de Ayrón hombres y dinero. Ya le he dicho a Vd. mi secreto. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos para concluir también con la anarquía que reina: aliando las fuerzas pasaremos por el mar para tomar Lima. Ese es el camino y no éste, mi amigo".

Tal como afirmaba San Martín, la anarquía se había enseñoreado de Chile luego que el 18 de septiembre de 1810 se proclamara un gobierno autónomo. Tras el cruce de los Andes por el Ejército Libertador y el triunfo en la batalla de Chacabuco, pudo declararse la independencia el 12 de febrero de 1818 y sellarla el 5 de abril de ese año con la victoria de Maipú. Pero el sur de Chile, con importantes plazas fuertes y puertos, seguía en poder de tropas realistas bajo las órdenes del brigadier Mariano Osorio, yerno del general Joaquín de la Pezuela, virrey del Perú. Este, veterano de las guerras napoleónicas, reagrupó con ayuda de los indios, y reorganizó en tierra peruana, a las tropas que huían de Chile y solicitó a la restaurada corona española el envío de naves y soldados.


A mediados de 1818 zarpó de Cádiz, escoltada por una fragata de 50 cañones, una flota de 11 barcos, dos de ellos de guerra, transportando hacia El Callao 2.080 soldados. Por diversas causas -escorbuto, motines, tormentas- esa escuadra tuvo tan mala fortuna como la Armada Invencible enviada por Felipe II contra Inglaterra en 1588. De los buques que lograron llegar al Pacífico, cinco transportes y la fragata artillada cayeron en poder de la embrionaria flota chilena.


Luego que San Martín rehusara el cargo para continuar al mando de las fuerzas conjuntas de Argentina y Chile, el general Bernardo O'Higgins había asumido como Director Supremo y ponía su mayor empeño en constituir una armada para contrarrestar los ataques por mar que se sucedían desde Perú. Se enviaron agentes a Europa para contratar marinos y, comprando algunos y usurpando otros con argucias, cuando el 28 de noviembre de 1818 desembarcaron en ese puerto Thomas Cochrane, su esposa y su hijo, había ya trece buques republicanos en Valparaíso -según algunos historiadores, los Cochrane arribaron el 17 de junio de 1818-. 


El agente chileno Antonio Álvarez Condarco, que lo había contratado, escribió a San Martín para informarle acerca de la brillante carrera naval, valentía personal y prestigio como innovador y estratega de Cochrane, añadiendo "...a la cabeza de la marina de ese país será el terror de los españoles, y el respeto de todos...” 


Hubo un detalle que Álvarez Condarco sin dudas conocía y omitió comunicar a San Martín: que lord Cochrane estaba dotado de un mal carácter que le originaba problemas. Y ese detalle silenciado causaría a San Martín grandes disgustos durante la continuación de su gesta libertadora.


Thomas Alexander Cochrane nació en Amsfield, Escocia, el 14 de diciembre de 1775 en el seno de una familia aristocrática venida a menos. En 1786 lo alistaron como grumete en un barco de guerra inglés; en 1793, al inicio de la Revolución Francesa, ya era guardiamarina, en 1796 teniente de navío, y entre 1799 y 1801 tuvo comando temporal de varios buques de guerra. Uno de ellos fue apresado por los franceses y pudo regresar a Inglaterra mediante un canje de prisioneros. Capturar dos naves francesas le valió ascender a capitán de navío, a tiempo para enemistarse con el Lord Almirante, quien, en represalia, lo destinó a conducir un barco de abastecimiento hasta que en 1804 otro Lord Almirante lo puso al mando de la fragata Pallas, y en 1806 al de la fragata Imperieuse con la orden de vapulear la costa mediterránea en poder de los franceses. Cochrane sembró tal pánico entre Marsella y Barcelona que lo apodaron El lobo de los mares. En 1808 ayudó a guerrilleros españoles a capturar un fuerte en territorio francés y ese mismo año ocupó un fortín costero y copió los códigos militares franceses.


De regreso en Inglaterra, criticó al Lord Almirante Gambier por su floja dirección de una batalla contra la flota napoleónica. Gambier, furioso, lo destinó a guerrear contra los estadounidenses, del otro lado del Atlántico, con la fragata Tonnant , pero la nave partió sin él: Cochrane estaba siendo sometido a una corte marcial acusado de desafiar a duelo a un oficial. Se le declaró inocente pero fue amonestado.


En 1812 se casó con Catherine Celia Barnes, de madre española. El matrimonio con Kitty Barnes irritó a los padres de Cochrane, que lo desheredaron, lo cual no debe haberle inquietado porque ya nada quedaba para heredar: hasta la mansión familiar de Amsfield había sido vendida para saldar deudas. De todas maneras, el título de conde era por ley hereditario y lo recibió al morir su padre, convirtiéndose en el 10º Earl de Dundonald.


Cochrane también intervenía en política. Desde 1806 era miembro del Parlamento como diputado electo por el distrito de Honiton. En aquella época el soborno era habitual al punto que ganaba el candidato que comprara más votos. Cochrane ganó pagando a diez guineas por voto, para de inmediato aplicarse a denunciar la corrupción y a sanear el sistema electoral; su prédica inició la reforma que prohibió el cohecho. Los ciudadanos liberales lo aplaudieron y se le reeligió para diputado desde 1807 hasta 1815. Ese año ocurrió un escandaloso fraude contra la Casa de Cambio, en el que Cochrane, al parecer injustamente, se vio involucrado. Llevado a juicio, lo condenaron a un año de cárcel con cepo y 1.000 libras de multa. El Almirantazgo lo expulsó de la armada, degradándolo, y el Parlamento lo inhabilitó como diputado. El pueblo acudió en su auxilio: la multa se pagó con una colecta pública y, reelecto como diputado en 1816, quedó anulada la sentencia a prisión.


Cochrane y Álvarez Condarco se conocieron en 1817 en un astillero donde se ofrecía un barco a Chile y cuando el arruinado lord se estaría preguntando qué hacer con su vida, sin título de nobleza ni lugar en la armada y anclado en Londres por su diputación. Aceptó la oferta de combatir en Chile contra España y a su llegada al país trasandino O'Higgins lo nombró vicealmirante de la flota chilena.



Manuel Blanco Encalada 
(1790-1876) 
Primer Presidente de la república de Chile en 1826

El almirante era Manuel Blanco Encalada, un argentino de 28 años, de madre chilena, alférez en la armada española durante la guerra con Francia. Enviado a luchar en el Pacífico, adhirió a la causa revolucionaria, se enroló en el ejército, ascendió a teniente coronel, y O'Higgins le encomendó constituir una flota. Blanco Encalada, quien sería presidente de Chile en 1826, había reunido los trece buques y entablado algunos combates con los realistas cuando llegó Cochrane. Admitió la superioridad táctica del lord inglés y aceptó quedar como segundo jefe de la escuadra, con lo que el recién llegado pasó a ser almirante. Decidido a insuflar disciplina, desembarazó a la flota de su dotación de piratas y presidiarios, sustituyéndola por soldados y campesinos provistos de uniformes. Previsor, pidió patente de corso y más barcos; le dieron la patente y consiguió más buques haciendo una mala jugada al corsario francés Hipólito Bouchard al quitarle en julio de 1819 las cuatro naves que el marino francés traía a Valparaíso para unirlas a las fuerzas republicanas en el ataque a El Callao. (Ver ER N° 23, pág. 14)


En septiembre de 1819 partieron cinco naves de guerra de Valparaíso hacia El Callao, al mando de Cochrane, quien utilizó cohetes para atacar esa fortaleza, pero éstos, de mala calidad o saboteados, no llegaron a destino. Desalentado, el almirante bloqueó el puerto, sostuvo algunos combates, apresó una goleta realista, siguió hacia el norte, capturó tres naves mercantes cerca de Guayaquil, ocupó la ciudad de Pisco por unos días, y concluyó la campaña regresando a Valparaíso con su flota intacta, sus presas, y el apodo de El diablo otorgado por los españoles. Y decidido a desquitarse por el fiasco de El Callao tomando Valdivia, puerto del sur chileno llamado El Gibraltar de América y reputado inexpugnable por su sistema de fuertes al norte, al sur y otro en una isla, todo dentro de una bahía.



Ataque a la fragata María Isabel en Talcahuano
Ataque a la fragata María Isabel en Talcahuano

El 17 de enero de 1820 la fragata María Isabel, con pabellón hispano, entró a esa bahía pidiendo piloto. Los realistas ignoraban que la nave, escolta de la expedición enviada desde Cádiz en 1818, había sido capturada, rebautizada O'Higgins, y la comandaba Cochrane. Capturando un bote que acudió a recibirlo obtuvo informes sobre las fortificaciones y se marchó tras apresar un buque mercante que entraba al puerto. En Talcahuano, el almirante pidió al general Ramón Freire, gobernador de Concepción, 250 soldados, dos barcos que allí estaban -el bergantín argentino Intrépido y la goleta chilena Moctezuma- y retornó a Valdivia. La O'Higgins encalló antes de entrar a la bahía; Cochrane pasó la comandancia a la goleta, desembarcó las tropas, que, bajo intenso fuego enemigo, tomaron los fuertes del sur y al día siguiente los del norte, y capturó el fuerte de la isla. El 5 de febrero los patriotas ocuparon la ciudad de Valdivia; San Martín, con el Pacífico libre de enclaves realistas, tenía el camino expedito para atacar nuevamente El Callao y llegar a Lima.


Hasta la toma de Valdivia, San Martín había dejado obrar libremente a Cochrane.


Bastantes problemas tenía ya con la renuencia de Buenos Aires y la precariedad del gobierno chileno, para reaprovisionar el ejército unido que comandaba. Al regreso del almirante inglés a Valparaíso, le encomendó preparar el transporte por mar de las tropas hacia el Perú. Cochrane, henchido de orgullo luego de su triunfo y deseoso de echar mano al oro de los Incas -o lo que quedara de ello luego del saqueo hispano- alegó la inutilidad de tomar El Callao y presentó al gobierno un plan que incluía “800 hombres y provisiones, armas y municiones para hacer la guerra de corso durante cuatro meses y exigir contribuciones a los enemigos en el Perú”. Leído entre líneas, pedía carta blanca para asaltar y despojar poblaciones costeras peruanas, tal como hiciera su compatriota Francis Drake en el siglo XVI. El Senado chileno rechazó el proyecto. El almirante solicitó entonces “2000 hombres para ocupar Guayaquil y transportar luego a la misma fuerza de un punto a otro del Perú hasta agotar al enemigo”. También esta propuesta fue denegada y el 6 de mayo de 1820 se confirmó a San Martín en la jefatura de la expedición al Perú. De inmediato Cochrane exigió “el mando en jefe de la escuadra y del ejército expedicionario de tierra” aduciendo que Chile tenía “el deber de confiar en mis solas manos la suerte del Perú”. Tal pretensión movió al Senado a destituirlo, pero San Martín intercedió por él y sólo se le formuló un aviso: se prescindiría de sus servicios si no se ponía a las órdenes del Libertador, existiendo otros buenos marinos para comandar la flota. La hidalguía de San Martín, que viajó a Valparaíso para convencerlo de buena manera, logró que Cochrane aplacara su codicia y se ocupara del transporte de 4314 soldados en la escuadra de 8 buques de guerra con dotación de 1600 marineros. Al zarpar de Valparaíso el 20 de agosto de 1820 a Cochrane, a la vanguardia en la fragata O´Higgins y al Libertador en el navío San Martín cerrando la marcha, les llegaron sendos oficios enviados por el Director Supremo. El de San Martín le nombraba capitán general del ejército de Chile, y se le remitía a último momento para que no tuviera tiempo de rechazar el cargo. El de Cochrane decía: “El capitán general don José de San Martín es el jefe a quien el gobierno de la república ha confiado la exclusiva dirección de las operaciones de esta grande empresa. No podrá V.S. por sí mismo obrar con el todo a parte de los buques de guerra de su dependencia, sino que observará absolutamente la línea de conducta que respecto de las operaciones de la escuadra le trazare y fuera trazando el general, según él lo creyese conveniente.”


El 8 de septiembre comenzó el desembarco de tropas en Pisco y otros lugares, a fin de hacer creer al enemigo que la invasión era más numerosa. El virrey Pezuela entabló negociaciones y pactó con San Martín una tregua hasta el 4 de octubre, finalizada la cual se iniciaron los combates en tierra. Una parte de la flota bloqueó El Callao, defendido por cañones del fuerte y los castillos que lo rodeaban y cerrado por valla de maderos flotantes y cadenas. Dentro, rodeadas por 27 lanchas cañoneras, estaba anclada la fragata Esmeralda de 44 cañones y 320 tripulantes, junto a otras 5 naves de guerra de menor tonelaje y 3 buques mercantes.


Cochrane concibió un plan que, por incluir un fingido desbloqueo del puerto, comunicó a San Martín, quien lo aprobó. El 5 de noviembre la escuadra patriota salió mar afuera, para alegría de los realistas, que esa noche festejaron el fin del asedio con un banquete a bordo de la fragata. Cochrane, con 14 botes, llegó en silencio al costado de la Esmeralda, la abordó, y tras cruenta lucha salió del puerto con la fragata y dos cañoneras. Luego envió un emisario a Pezuela ofreciendo canje de prisioneros, que el virrey aceptó, liberándose a 200 soldados argentinos y chilenos presos en el fuerte. San Martín quiso dar a la fragata el nombre de Cochrane pero éste prefirió que la rebautizaran Valdivia.


Se sucedieron las batallas, los patriotas cercaron Lima y los realistas, desmoralizados, obligaron a Pezuela a dimitir y entregar el mando al general José de la Serna. Mientras seguía el bloqueo a El Callao, Cochrane, con tres barcos, marchó a Arica, bombardeó y capturó ese puerto y luego la cercana ciudad de Tacna, apoderándose de abastecimientos y de 100.000 pesos que se repartió con sus capitanes, enlodando la reputación de las fuerzas republicanas invasoras.


El 7 de julio de 1821 La Serna decidió evacuar las tropas de Lima y el 10 de julio San Martin ingresó a la ciudad capital. Luego de restablecer el orden, el 28 de julio se proclamó la independencia peruana en la plaza principal y el 2 de agosto San Martín informó en un bando que asumía “el mando político y militar de los departamentos libres del Perú, bajo el título de Protector”.


El 10 de agosto Cochrane escribió a O'Higgins: “El Callao se sostiene todavía encerrado en sus murallas con cinco millones de pesos, de cuya suma ni el gobierno de Chile ni la marina recibirán un real aunque los esfuerzos de ésta han impedido que se abastezca de víveres y acarrearán al fin su rendición. Si yo puedo inducir al gobernador a entregarlo al pabellón de Chile, lo haré para pagar sus justos derechos a Chile y a la escuadra...” En otros párrafos, la misiva afirmaba que San Martín ya no era amigo de Chile sino del país del que se había hecho nombrar Protector y al que tenía intenciones de vender la flota chilena para recobrar las considerables sumas que Chile debía a Buenos Aires.


San Martín había optado por negociar con el gobernador de El Callao; el 19 de septiembre se firmó la capitulación y el día 21 los realistas evacuaron esa plaza.


Ante el avance de un rearmado ejército español al mando del general José Canterac, el Libertador hizo llevar a buques mercantes anclados en Ancón el dinero que estaba en la Casa de la Moneda de Lima. Cochrane se apropió por la fuerza de esos caudales; San Martín le ordenó por escrito devolver lo usurpado y zarpar hacia el norte a la caza de tres naves realistas que aún jaqueaban el litoral del Perú.


Cochrane no devolvió el dinero, pagó a las tripulaciones los sueldos adeudados y zarpó con la O'Higgins hacia Guayaquil, donde supo que los tres barcos que buscaba, las fragatas Prueba y Venganza y la corbeta Alejandro, se habían rendido al gobierno del Perú y la Prueba ya era capitaneada por Bouchard.


De regreso en El Callao, recibió la orden de San Martín de marcharse a Chile. El díscolo lord filibustero, como lo llamó el Libertador, intentando recuperar el control de la escuadra se situó amenazante en la boca del puerto, pero al enterarse de que llegaba Bouchard con la Prueba zarpó rumbo a Valparaíso, donde arribó en junio de 1822. Recibido como un héroe, con medallas y homenajes, pidió el dinero prometido al contratarlo, y le entregaron una hacienda como pago.


El 7 de diciembre de 1822 Don Pedro, regente del Brasil, se coronó emperador con el nombre de Pedro I, luego de lanzar el 7 de septiembre el grito de Ypiranga proclamando la independencia brasileña. Entablada la guerra con Portugal, envió emisarios para contratar a Cochrane, quien, considerándose defraudado por Chile, aceptó trasladarse a Río de Janeiro. Desde 1823 a 1825 luchó, en ocasiones con un solo barco, contra la flota lusitana, logrando grandes victorias, entre ellas la liberación de Bahía y de Maranhao. En reconocimiento, el emperador le nombró marqués de Maranhao pero omitió pagarle sus servicios; Cochrane se apoderó de dos barcos, los vendió a los holandeses y regresó a Inglaterra, donde lo aguardaba otra oportunidad de reivindicarse: la guerra independentista griega.


Dominada por los turcos desde 1453, Grecia luchaba desde 1821 por liberarse del imperio otomano. Comisionados griegos ofrecieron a Cochrane el comando de 6 buques a vapor a construirse. Para dotarlos de tripulación le entregaron £ 35.000. Dos buques no se construyeron, los demás fueron inservibles por mala construcción y el dinero se esfumó, según algunos historiadores, en manos de Cochrane, según el marino inglés, en las de ciertos patriotas griegos.


Recién en 1827 zarpó Cochrane al mando de dos corbetas a vela con las que poco pudo hacer excepto participar en la decisiva batalla de Navarino. El entusiasmo internacional se había solidarizado con Grecia, y la intervención de tropas y naves de Inglaterra, Francia y Rusia obligó al imperio otomano, tras esa derrota de la flota turco-egipcia, a reconocer la independencia griega en 1830.


Cochrane obtuvo en 1834 el indulto real y la restitución de su título de conde de Dundonald. En 1848 se le nombró almirante y se le confió el comando de la flota inglesa destacada en el norte de América y el Mar Caribe; en 1854 fue nombrado Contraalmirante. Murió en Londres a los 85 años, el 31 de octubre de 1860; enterrado en la Abadía de Westminster, sobre su lápida están los escudos de Chile, Perú, Brasil y Grecia junto al blasón de su familia.


Chile continúa honrando al que considera uno de los fundadores de su Marina Nacional. Cinco naves de guerra -dos acorazados, dos destructores y en 2006 una fragata- recibieron el nombre de Almirante Cochrane.

domingo, 1 de septiembre de 2019

El polémico tratado Roca-Runciman

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 52 - Setiembre 2019 - Pags. 8 y 9 

El polémico tratado Roca Runciman

Por la Profesora Beatriz C. Doallo

Beatriz Doallo

El 20 de febrero de 1932, triunfante en elecciones viciadas de fraude, el General Agustín Pedro Justo asumió la primera magistratura de la República Argentina, con Julio Argentino Roca (h) como vicepresidente. Aliado del General José Félix Uriburu en la revolución que el 6 de septiembre de 1930 derrocara al presidente Hipólito Yrigoyen, al acceder a la Presidencia el General Justo ponía un aparente fin constitucional al gobierno de facto castrense, llamado Provisoriato. Y se enfrentaba a una labor compleja en un contexto de democracia restringida, con el ex-presidente Yrigoyen preso en la isla Martín García y la Unión Cívica Radical en estado de abstención revolucionaria.

La crisis económica mundial desatada en 1929 por la caída de la Bolsa de Nueva York repercutía de manera dolorosa en nuestro país. Desde 1931 el gobierno había recurrido a medidas drásticas e impopulares para aligerar el presupuesto y acrecentar los magros ingresos del fisco: cesantías en la superpoblada administración pública, incremento de impuestos sobre inmuebles, derechos aduaneros, combustibles, franqueo postal y tarifas telegráficas y telefónicas. En un intento por paliar los despidos se apeló a planes viales que dieron origen al dicho popular: “Andá a hacer caminos”. El primer año de gobierno del general Justo estuvo marcado por el encarecimiento de los consumos indispensables –la palabra ”inflación” aún no figuraba en nuestro vocabulario– el desempleo y el aumento de la población en los barrios pobres suburbanos. La desocupación y las secuelas de las bajas remuneraciones eran temidas tanto por el obrero o el peón de campo como por el empleado de oficina o el dependiente de almacén.

Los sectores de altos ingresos también estaban asustados, y con razón. Se hallaba paralizada casi por completo la exportación de nuestros productos agropecuarios, la deuda externa era enorme y se carecía de mercaderías y maquinarias para mantener el comercio interno y una actividad industrial mediana. Inglaterra era –o había sido– el principal importador europeo de carnes argentinas. El desastre financiero que significaría para Argentina la posible pérdida de ese mercado tradicional era algo que se veía venir desde la conferencia de Ottawa en julio de 1932, donde se acordó un círculo económico proteccionista entre Londres y los Dominios británicos.

A fines de 1932 el gobierno dispuso que una misión encabezada por el Vicepresidente Roca viajara a Londres a negociar nuevas condiciones deI intercambio comercial argentino–británico. El hijo del Conquistador del Desierto partió el 11 de enero de 1933 en el vapor Arlanza, acompañado de destacados asesores, entre ellos el economista Raúl Prebisch y el ministro de Agricultura Miguel Ángel Cárcano.

Las negociaciones se iniciaron a mediados de febrero, tras los agasajos protocolares ofrecidos por el príncipe de Gales, el Primer Ministro Ramsay Mac Donald, el canciller John Simon y el Ministro de Comercio Walter Runciman.

Fue en un convite en el palacio de Saint James donde uno de los párrafos de un discurso que pronunció Roca encendió la chispa de la controversia en nuestro país: “La geografía política no siempre logra en nuestros tiempos imponer sus límites territoriales a la actividad económica de las naciones. Así ha podido decir un publicista de celosa personalidad que la Argentina, por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”.

Aunque se trataba del concepto más contrario al nacionalismo que se podía expresar, fuerza es reconocer que era la verdad. Desde la mitad del siglo XIX, el comercio entre Argentina y el Reino Unido había sido fundamental para nuestra economía, y el innegable soporte del desarrollo del país. Se calcula que en 1933 las inversiones inglesas en Argentina sobrepasaban los 600 millones de libras esterlinas, de las cuales el 50% correspondían a la cada vez más extensa red de ferrocarriles.

El 1° de mayo de 1933 Roca y Runciman firmaron la “Convención y Protocolo entre el gobierno del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y el gobierno de la República Argentina”. Redactado en español e inglés, la Convención constaba de cinco artículos, el Protocolo de once Declaraciones de los plenipotenciarios de cada gobierno. El artículo 1° establecía:

“El gobierno del Reino Unido, reconociendo plenamente la importancia de la Industria de la carne vacuna enfriada “chilled beef” en la vida económica de la República Argentina, no impondrá ninguna restricción a las importaciones en el Reino Unido de carne vacuna enfriada proveniente de la Argentina, en cualquier trimestre del año, que reduzca las importaciones a una cantidad inferior a la importada en el trimestre correspondiente del año terminado el 30 de junio de 1932, a menos y tan sólo, cuando a juicio del Reino Unido, después de haber consultado al gobierno Argentino e intercambiado con éste toda información pertinente, ello fuera necesario para asegurar un nivel remunerativo de precios del mercado del Reino Unido; la restricción no será mantenida si resultara que las importaciones así excluidas fueron reemplazadas por aumentos de las importaciones en el Reino Unido de otras clases de carnes (siempre que no se trate de embarques experimentales de carne vacuna enfriada de otras partes de la Comunidad Británica de Naciones) que vinieran a neutralizar el efecto deseado sobre los precios”.

Por este comienzo era fácil deducir hacia donde soplaba el viento. Los opositores al gobierno de Justo y gran parte de la ciudadanía calificaron el Tratado de “una manera de entregarnos atados de pies y manos a los ingleses”. También hubo desacuerdos en el Gabinete: el Ministro de Hacienda, Alberto Hueyo, renunció, disconforme con las condiciones del convenio.

Puesto en términos sencillos el farragoso documento, el Tratado autorizó a Inglaterra el manejo del 85% de la carne exportable argentina. La exportación de esas carnes se hizo por intermedio de frigoríficos ingleses instalados en nuestro país y se cargó en barcos ingleses. Además, se rebajaron las tarifas aduaneras para determinadas mercaderías procedentes del Reino Unido y se dieron facilidades a capitalistas ingleses para inversiones y radicaciones. 

Esto último derivó en la creación de varias empresas, entre ellas la Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires. A raíz de los compromisos contraídos por la misión en Inglaterra, en 1933 vino a Buenos Aires el financista inglés Otto Niemeyer con el propósito de estudiar nuestras finanzas y asesorarnos en el destino que debíamos dar a nuestro dinero. Como resultado de esta visita se estableció el control de cambio y quedaron asentadas las bases para la creación del Banco Central.

A fin de sancionar el acuerdo, el Senado se reunió el 27 de julio de 1933, sesión en la que el líder de la oposición y fundador del Partido Demócrata Progresista, Lisandro de la Torre, expresó en su discurso: “Alguna explicación hay que buscar ante el hecho enorme de que en la Argentina podrán trabajar persiguiendo lucro privado las empresa extranjeras, Y no lo podrán hacer las empresas nacionales. (…) El gobierno inglés dice: “Le permito que fomente la organización de los frigoríficos cooperativos y no le permito que fomente la organización de compañías individuales que le hagan competencia a los frigoríficos extranjeros”. En estas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un Dominio británico, porque Inglaterra no se tomó la libertad de imponer a los Dominios británicos semejantes humillaciones. (…) Inglaterra tiene respeto a esas comunidades de personalidad internacional restringida que forman parte de su imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de eso podremos seguir diciendo: ¡Al gran pueblo argentino, salud!”

El Tratado fue sancionado el 28 de julio de 1933 y promulgado el 31 de ese mes. Lisandro de la Torre no cejó en sus protestas y, un par de años después, investigó y denunció en el Senado las consecuencias onerosas para Argentina del monopolio inglés en el comercio de carnes. En medio del violento debate, Ramón Valdez Cora, del Partido Conservador, le efectuó varios disparos que causaron la muerte de Enzo Bordabehere, compañero de banca de de la Torre, a quien trató de proteger. En 1939, desalentado por su lucha impotente contra la corrupción, Lisandro de la Torre renunció a su cargo de Senador y se suicidó. 

Aún hoy el llamado Pacto Roca-Runciman da tema para la discusión.

¿Hubo influencia de intereses particulares argentinos e ingleses? ¿Fue revelación de dependencia comercial? Dejemos el análisis a un historiador: “Las críticas formuladas contra el gobierno de Justo ante la aceptación de estos términos tendían a ignorar el hecho de que carecía de alternativa. En las condiciones dadas, el tratado Roca-Runciman disipó una sombría nube que se cernía sobre toda la economía, y no sólo sobre los intereses de los grandes terratenientes – hecho reconocido aún por los dirigentes sindicales de la época. Pero la severidad de los términos del tratado contribuyó a provocar una reacción nacionalista, especialmente en los miembros de la generación más joven, que habría de influir sobre los hechos de la década siguiente”. (*)

 

(*) Robert A. Potash: “El ejército y la política en la Argentina.1928-1945 de Yrigoyen a Perón”. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1971.