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sábado, 19 de agosto de 2023

José Hernández, hacendado

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el Suplemento cultural N° 10  de El Cronista, cuya fecha no podemos precisar porque la publicación no lo dice, pero de acuerdo a otros artículos que contiene, podemos precisar que corresponde al año 1975.





El liberal José Hernández

por León Pomer


José Hernández
Hernández es famoso, luego nos interesan sus ideas, su acción. Pudo haber sido un tipo oscuro: uno más entre los muchos de existencia rica y movida entre los que anduvieron en nuestra historia del siglo pasado. Pero ocurre que escribió “Martín Fierro”, y el indagar en sus trabajos y pensamientos, no nos es indiferente. Pero, cuando digo indagar, debo agregar esto otro: todo lo que sea posible en una corta nota. En el mejor de los casos, llamar la atención sobre esto o aquello que hacen a su ideario.

En “Instrucción del estanciero" (1882) instruye al hacendado criador de ganados: es un libro sabio. Habla de pastos y construcciones; advierte sobre cómo cuidar los animales, como marcarlos, alecciona sobre las relaciones con las peonadas. Anota que el casco de la estancia debe estar rodeado por un cuadro de tierra cercado con alambre: “... los peones del establecimiento: no deben tener jamás el derecho de penetrar en él sin que se les llame; desde el principio debe infundírseles este respecto y a ninguna hora del día, ni de la noche deben entrar a este departamento, donde nada tienen que hacer ni que buscar". Es que “…por ahí empieza –opina don José- el respeto hacia el mayordomo, respeto que luego se manifiesta en lodos los trabajos diarios del establecimiento..."

De modo que cada cual en su lugar, y el del peón no es la casa del patrón. Para él están los ranchos y sobre todo la cocina, que Hernández reputa sitio principalísimo para el hombre que trabaja. En esta nada debe omitirse para la comodidad de los que en ella comen y duermen. “Cuanto sean mejor tratados han de ser ellos más celosos en el cuidado de los intereses del establecimiento”,

Hernández es un liberal del 80, pero un soplo popular y democrático humaniza sus ideas, las distingue. Entre tanto, en “Instrucción”, les explica a sus contemporáneos que “...por muchísimos años todavía, hemos de continuar enviando a Europa; nuestros frutos naturales para recibir en cambio los productos de sus fábricas, que satisfagan nuestras necesidades, nuestros gustos o nuestros caprichos”. Está persuadido que “... la América es para la Europa la colonia rural”. Y al revés, que “Europa es para la América la colonia fabril”.

No le parece malo que ello ocurra, ya que con su industria ganadera (la única que menciona), nuestro país “... gira y se desenvuelve dentro del círculo de las naciones civilizadas”. Con las vacas nos alcanza para ser ricos, nos sobra para ser fuertes. Dejemos que otros se devanen los sesos fabricando, elaborando nuestras materias primas. Que el precio de esta división del trabajo podía costarnos caro Hernández ni lo imagina. Vive en el mejor de los mundos e ignora que ya en el 80 somos una semicolonia, ignora incluso (al menos así lo parece) que más allá de las tierras ganaderas hay otro país argentino que transcurre sus días en una suerte de agonía postcolonial. Exclama exultante “¡Nadie puede tener una visión clara del crecimiento y de las mejoras a que hemos de llegar muy pronto!”. Y muy pronto apenas ocho años más tarde -el país crujía brutalmente bajo el peso, de la crisis juarezcelmanista.

Pero ya quedó dicho: el liberalismo de Matraca (que así lo llamaban sus amigos por el vozarrón formidable) es más humano que el de otros. Le preocupan de continuo “los hijos del país”, para los cuales postula la formación de colonias, algo más de justicia, un algo de protección. Él quiere un criollo incorporado al trabajo permanente, bien tratado, con tierras y semillas y máquinas a su alcance. Pero en función, claro, del proyecto liberal que viene hipertrofiando la ganadería en detrimento de la colonización agraria, del desarrollo industrial, que está inflando desmesuradamente una parte del país a costa del  resto.

Años antes, en 1869, había adherido don José al "Club de los libres”, constituido con fines electorales y con un programa decididamente progresista para su medio. Pretendía “combatir la oligarquía"; exigía el juicio por jurados como medio de que el pueblo fuera juzgado por sus iguales. Pedía también la descentralización de la campaña para impedir que los gobiernos fueran poderes electorales; la elección por voto directo de los empleos importantes; el mejoramiento de los habitantes del campo organizando las fronteras, otorgando facilidades para acceder a la tierra, evitando que la Guardia Nacional continuara padeciendo las penalidades de los contingentes. El Club creía -y con él Hernández- que “... la primera necesidad de la actualidad..." son las autonomías provinciales.

Firmaron este programa, entre otros, Álvaro Barros, Carlos Pellegrini, Vicente A. Quesada y por supuesto nuestro hombre. Que algunos de los, firmantes abominaron más tarde de él parece indiscutible; de don José puede decirse que pasados los años no le fue enteramente fiel.

Pero seamos justos, en el 69 y en su diario “El Rio de la Plata”, peleó fieramente por “... la división y distribución de la tierra sin más condiciones que la de explotarla y poblarla...” abogó por “... medidas de protección eficaz a las industrias decaídas...” En el 82 se había olvidado de las industrias.

En el 69 el futuro autor de “Martin Fierro!" deploraba que la tierra estuviera “aglomerada” en pocas manos: “No hay países más pobres y más atrasados que aquellos donde la propiedad está repartida en unas cuantas clases privilegiadas. De esa desigualdad se originan los privilegios odiosos que imponen al pobre un pesado tributo”. En el 82 seguirá pidiendo tierra y protección para el pobre; pero su condena del latifundio se habrá esfumado.

Pero siempre fue fiel al criollo de abajo. A su manera. En 1880, y en tanto diputado provincial, se opone a la enajenación de los Montes del Tordillo: “Se va a desalojar de allí a miles de personas, cuya miseria, necesidades y pobrezas, van a lanzarlas tal vez en sendas criminales”. Agregará: "...vamos  al despoblar los Montes del Tordillo y vamos a poblar la penitenciaría”.

En  diciembre del 83, se duda en el senado nacional “,,,hace muchos años que vengo viendo a una parte importante de la sociedad argentina, lanzada en una peregrinación sin asilo, sin hogar, sin protección, sin familia”. Hernández no objeta la esencia del sistema; su verba vigorosa clama por mejorarlo, humanizarlo. Es un liberal sensible al padecer de los de abajo. Tampoco el inmigrante le es indiferente. Ve a la ciudad de Buenos Aires repleta de gringos que lustran botas y venden números de lotería: “Mientras subsistan los sistemas viciosos que nos hemos dado, mientras subsista el desequilibrio entre la población y la riqueza, mientras no se abra un ancho campo a la avidez de las especulaciones individuales, la inmigración que afluye a nuestras playas se encontrará sin dirección y sin rumbo...” “... Es que en tanto las gentes de ultramar carezcan de condiciones para el trabajo, de los instrumentos que se requieren y de los recursos indispensables, para explotar la tierra en beneficio propio y en beneficio del país...”, sólo han de padecer y hacer padecer a otros. Hernández señala un mal muy grave la “disminución de los salarios”, por excesiva oferta de trabajo. Esa inmigración, así planteada, “¿no es más bien la amenaza para el proletariado?”.

Los temas de la milicia y sus penurias, el servicio de fronteras, están presentes en su pluma: ya sabemos el lugar qué ocupan en “Martin Fierro”. También los jueces de paz y la administración de justicia le saltan de la pluma en parrafadas indignadas.

Pero esta sensibilidad social se compadece en él perfectamente con los peores renuncios del liberalismo: del que es parte. En diciembre de 1869 apoya el proyecto presentado por el diputado Melchor Rom, disponiendo la venta a particulares del Ferrocarril del Oeste. Rom es gerente de la Bolsa de Comercio y colabora con el diario de Hernández.

Diez años más tarde, siendo diputado, se manifiesta partidario de proteger y fomentar el ferrocarril bonaerense. Pero agrega que se opone a que el gobierno realice las obras públicas; prefiere que se favorezca a los capitales particulares. Poco después, discutiendo un despacho de las comisiones de Hacienda y Obras Públicas sobre el proyecto de ley general de ferrocarriles, hace saber que se ha tenido principalmente en cuenta el facilitar la entrada al país de capitales ferroviarios; expresa su preocupación de que en el exterior no se conozcan suficientemente las leyes que rigen en materia ferroviaria. Todo debe ir dirigido a atraer capitales foráneos.

Largo se podría escribir sobre el pensamiento y la acción de Hernández. Basten por ahora estas apuntaciones; habrá oportunidad para volver.

domingo, 24 de abril de 2022

José Hernández - Martín Fierro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

69





En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchos años.


El artículo publicado a continuación apareció en la revista El Tradicional  N° 93 de enero del año 2010.





- MARTÍN FIERRO -

EL HIJO QUE DIO NOMBRE A SU PADRE 

Por el Dr. José Citrino


Martín Fierro
Así como José Hernández escribió una carta para presentarle sus versos del “Martin Fierro” a su amigo y editor José Zoilo Miguenz, el Dr. José Citrino, como fino detalle, le ha enviado a nuestro director, “en homenaje a nuestra amistad”, sobre la base de la célebre misiva, sus consideraciones acerca de la nota solicitada para El Tradicional, donde el autor desgrana los pensamientos de Hernández en favor de la patria.

Al fin me he decidido a que mi pobre “Ensayo de Hernández, José” me ha ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del Ministerio salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre.

No le niegue su protección, Ud. Que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esta clase desheredada de ensayistas.

Es un pobre ensayo, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía entre ellos; y con toda la falta de enlace en sus expresiones, en la que no existe siempre una sucesión lógica.

Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un hombre que personificara el carácter de nuestra identidad, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que le era peculiar.

Mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque fielmente, sus ideas, valores y principios; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral, en retratar en fin, lo más fielmente que me fuera posible, ese pensamiento, tan poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, que expresa la recia contextura intelectual, política y moral de José Hernández; en dibujar al poeta y Martín Fierro, en procura de una interpretación y valoración adecuadas del autor y su criatura.

Sin duda que todo esto ha sido demasiado desear para tan pocas páginas, pero no se me puede hacer un cargo por el deseo, sino por no haberlo conseguido”.

Su verdadero amigo

José Citrino

PD. Estimado Raúl, la libertad que me he tomado, ajustando el texto a la carta que Hernández le enviara a José Zoilo Miguens, no es una falta de respeto para el autor, sino, un homenaje a nuestra amistad.

Un fuerte abrazo.


El mes de noviembre, para los criollistas, es sinónimo de tradición, ése eco que, reflejando, resucita el pasado al exhibir sucesos y protagonistas, y que para los tradicionalistas es sinónimo de pertenencia e identidad, promocionando el pensamiento nacional, la identidad cultural y constituyendo un compromiso con las ideas, los valores y los sentimientos que inspiraron la lucha de nuestros mayores por una nación para todos, sin exclusiones de ninguna naturaleza, con autonomía y justicia, animados por la confianza de saberse hacedores de su propio destino. Y es en él en que se honra el nacimiento de José Hernández, que al decir de Carlos Paz (ex presidente de la SADE) “pocos argentinos deben estar presentes en la memoria de las generaciones que los sucedieron como José Hernández”, popularmente conocido por Martín Fierro, pues como decía él mismo, era ese un hijo que había dado nombre a su padre. Hernández, pertenecía a una generación que soñaba con una Argentina abundante, quería participar en el desarrollo histórico de la nación y ser uno de sus constructores. Eran tiempos de crecimiento, de crisis, en los que un pueblo cuestiona su modo de ser, es decir, su identidad.

Por ello, y porque es en la política donde se da, más que en cualquier otro campo de la realidad, la sensibilidad para producir el cambio y actuar en consecuencia, es que creemos conveniente realizar un homenaje a esa generación de políticos, a través de una interpretación y valoración no lineal (múltiples vertientes) de la vida y obra de Hernández; por cuanto a medida que avanzamos en el análisis, la vida se va mostrando en la obra y, correlativamente, la obra va señalando los objetivos de una vida, que contribuyeron a la construcción de una Argentina diferente.

Para ello debemos renovar la importancia que se le concedió a la generación del 80, difundiendo aquellas personalidades que son paradigmáticas a partir de su cultura, su pensamiento democrático, la conducta cívica, la conciencia nacional y su acción, constituyéndose por sí solas en modelos cívicos.

En este orden, Hernández guiaba su mente por distintos rumbos, sin distracción ni confusiones y así fue sucesiva y a veces juntamente:

* Contador, taquígrafo, guerrero, revolucionario y legislador.

* Miembro del Consejo Nacional de Educación, consejero del Monte de Piedad y del Banco Hipotecario.

* Protector de las industrias, estanciero, periodista, orador y poeta.

* Hombre de espada y de pluma, del bosque y del salón, de tribuna y de espuela.

* En el campamento como en el gabinete sirvió a su país en el orden Nacional y Provincial.

De su poema “Martín Fierro” dijo el doctor Navarro Viola: “es una lección de lo que debe ser la poesía, es decir: Una moral y un arte”.

SU INFATIGABLE ACTIVIDAD LA PODEMOS SINTETIZAR EN LOS ASPECTOS SIGUIENTES:

I - Referidos a la comunicación: En el campo del periodismo redactó muchos periódicos, “El argentino” en Entre Ríos, como corresponsal político de la “Reforma Pacifica”, y en varios del Rosario. Redactó con Soto “La Patria” en Montevideo y fundó en Buenos Aires, “El Río de la Plata”, donde fue co-redactor el ilustrado Agustín de Vedia y colaboraron los señores: Navarro Viola, José Tomás Guido, Vicente G. Quesada, C. Guido y Spano, J. Siena Carranza, M. A. Pelliza, Tomás Moncada Avellan, Simón Bolívar Camacho y otros escritores de nota e iniciaron sus primeras armas literarias Estanislao Zeballos, Aurelio Herrera (Teseo), Cosme Mariño, Oscar Liliedad, Ocampo (Salvador Mario), Mariano Espina, Gerónimo Montero, Samuel Albert, Nicasio Dibur, Rómulo Gazcón, Enrique Serantes, Vicente Hernández, Horacio Mendizábal, Sixto Rodríguez y otros.

Como director/periodista, llevó a cabo actividades, con persistente labor, que permitieron volver a la vida pública a los señores Vicente López, Bernardo de Irigoyen, Luis Sáenz Peña, Alvear, Lahitte, Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Navarro Viola y Tomás Guido.

II.- Referidos a sus ideas políticas:

Autonomía de las localidades.

Municipalidades electivas.

  La abolición del contingente de frontera, generando una revolución en las ideas sociales y en la política.

Elegibilidad popular de jueces de Paz.

Elegibilidad popular de comandantes militares y consejeros escolares.

El culto “de la libertad” como bien supremo.

Defensor de la justicia social.

La mayor garantía que puede darse a los intereses de todos, es que los poderes públicos tomen la menor intervención posible en los negocios de los particulares.

Una política sin justicia, nos aleja de la democracia.

La oposición es siempre útil a los pueblos y a los gobiernos, por más que muchas veces sea apasionada e injusta. Ella es un testimonio de la liberalidad de las instituciones y del respeto de la autoridad hacia los derechos que consagran. Negarle su razón de ser, sería suicidarse. Los derechos son solidarios.

“El concurso a que deben aspirar los gobernantes republicanos, es el de la opinión, libremente manifestada; y éste se adquiere marchando siempre por la vía recta y teniendo por únicos aliados la libertad y la justicia. Más sirve a los gobiernos la prensa opositora que la prensa oficial, porque aquella señala siempre los errores y los escollos, mientras que ésta se empeña en facilitar el camino y en oscurecer la verdad que hiere y deslumbra”.

“Una política alta y generosa, conciliadora sin debilidad, protectora sin privilegios, es lo que se necesita para vencer la crisis, es lo que reclama el país por medio de sus órganos caracterizados. Abordar la solución de todos los difíciles problemas sociales y económicos, dar seguridad a la vida, al derecho, ala propiedad, estimulando el respeto a la ley, reprimir con mano fuerte el abuso de funcionarios despóticos, fomentar la industria, el comercio, eso es lo que necesitamos, ese antídoto contra las reacciones del mal.”

“La historia, eco de los acontecimientos pasados, debe servirnos de ejemplo para el porvenir: Ocupémonos del porvenir; entreguemos a la generación que viene una Patria grande, libre, fuerte, organizada y respetada. Y habremos cumplido la misión de nuestros padres”.

III.- Referidos a los aspectos sociales:

La emancipación del criollo, cuidar con empeño la condición, la suerte de los paisanos, por cuanto, las sociedades que olvidan la suerte de sus pobres están condenadas a ser siempre pobres.

La defensa de los usos, costumbres y el lenguaje popular (españolismo, sabiduría profunda y moral exquisita).

La defensa exacerbada de los derechos individuales.

La lucha contra todo tipo de discriminación (social, política, económica etc).

Defensa de la sociabilidad en que se desarrollaba la gauchesca: la familia y la popular “milpa” (ayuda entre vecinos).

La educación no es una cosa mecánica. Ha llegado la época feliz, de poner término a la educación vegetativa, que ha habido tanto en las provincias que componen la República. Edificios estrechos, inadecuados para su objeto; falta de útiles, falta de personal docente, la educación pública se resiente de todas estas deficiencias. Una de las causas que más influye en el espíritu y en la inteligencia del niño es el local en el que se educa. Los niños se adhieren generalmente a las primeras impresiones. Y no es lo mismo formar ciudadanos de elevadas ideas en casas oscuras, pequeñas, malsanas, que formarlos en buenos edificios. 

Así como la generosidad es el más noble castigo de la ingratitud, la práctica de la virtud es la derrota del vicio y de la iniquidad”.

IV.- Referidos a los aspectos económicos:

Sostener el desarrollo tecnológico y la investigación científica.

La inserción en el movimiento científico, comercial y económico del mundo.

La colonización de las tierras públicas.

La concepción del trabajo como elemento dignificante del hombre libre.

Defensa, desarrollo y afianzamiento del sentido de la propiedad privada.

Defensa de la libertad de comercio.

Un país que tiene por única base de su riqueza pública la ganadería y la agricultura, debe preocuparse por estudiar con acierto y con prudencia los medios que otros países tan adelantados como nosotros, o más adelantados quizá, ponen en ejercicio para obtener buenos resultados de estos elementos primordiales de riqueza.

Ateniéndonos al orden general, como buena doctrina económica, es bueno todo comercio que lleva la mercadería adonde está la necesidad: aproximar la mercadería a donde está la necesidad, y no llevar la necesidad adonde está la mercadería. Así se multiplica el consumo. Es decir, se llega al consumismo como ideología del consumo.

“Demos franquicias, ofrezcamos alicientes a los capitales y todo vendrá pronto. Alentemos a las empresas, no trabemos la iniciativa individual, no llevemos la acción oficial más allá de su misión y de su órbita, y veremos cómo las fuerzas vigorosas de la Provincia se desenvuelven con increíble rapidez.”

“Las riquezas naturales aguardan la época en que deben ser explotadas bajo la influencia fecunda de la paz, del capital y del trabajo”.

“No es un principio admisible, pero es una verdad práctica y reconocida, que donde hay hambre no hay honradez”.

“Al colono extranjero le ofrece la ley Nacional, tierra, semilla, implantes, herramientas, animales de labranza y mantención por un año para él y su familia. Bienvenidos sean esos obreros del progreso. Pero, si el país necesita la introducción del elemento europeo, necesita también como único, como mejor y más eficaz remedio a todos los males, fundar colonias agrícolas con hijos del país”.

“El problema económico que actualmente llama la atención de mayor número de sabios y pensadores europeos, es el que se refiere a la alimentación del género humano. A pesar de los grandes progresos de la agricultura, la producción anual es insuficiente en las primeras naciones del viejo mundo. Nuestro país puede producir en abundancia los elementos de subsistencia que Europa reclama, abriendo así un vasto campo al trabajo, un empleo provechoso a los capitales, y una útil aplicación a la inteligencia y a la actividad industrial.”

“No nos descuidemos, no nos quedemos atrás del movimiento científico, comercial e industrial del mundo, si aspiramos a ser, lo que nos corresponde por legítimo derecho, es decir, la Nación más grande, más fuerte, y más próspera del Continente Sud Americano”. Con el enunciado acerca del peso de las ideas para la transformación de la sociedad, Hernández muestra y demuestra el calado de su percepción política. Esta alcanza ámbitos que el habitual lector de su poema está lejos de sospechar.

Por ello, la difusión de la vida y obra de Hernández como político y legislador, se orienta a fortalecer la conciencia nacional, refirmar nuestra fe en la democracia e informar, enseñar y persuadir en libertad.

En este marco, el valor de las ideas, claramente expuesto por Hernández en toda su obra (política/literaria), sobrepasa la percepción habitual de los hombres públicos, generalmente más preocupados por la solución de los problemas parroquiales, que la conjugación de la acción política con el entendimiento de los fenómenos que, desde diversos planos, asedian al hombre y a la sociedad. La evolución de sus ideas lo convierte en un auténtico hombre de la Organización Nacional.

En esta línea de análisis, el Martín Fierro nos muestra dos épocas. La primera de la paz social, cuando los estancieros y sus peones realizaban “grandes trabajos de los que hoy no se tiene idea”, fue sustituida por la protesta política. Por eso en la segunda parte del poema, no se canta a la vida en las estancias sino la expoliación de los gauchos libres o de los ocupantes de tierras que carecen de título formal sobre ellas. La respuesta al contraste de las épocas, la encontramos colocando el poema en el terreno histórico. La primera época, en donde se abordó el problema social de las relaciones de trabajo, se corresponde con los recuerdos juveniles de Hernández sobre la estancia federal en la cual vivió. En la segunda sucede a la inversa; el fondo, en cuanto culpa a las autoridades (siempre en abstracto) es esencialmente político.

Está claro que la crítica política contra las autoridades unitarias que sobrevinieron a Caseros está presente en la segunda parte. Y así, históricamente quedan en descubierto las raíces federales del pensamiento hernandiano, que sostienen todo el poema en su espíritu y construcción.

No debemos olvidar que en vida de Hernández y ya editado el Martín Fierro todavía persistía “la papeleta” de trabajo, la utilización de los cepos y las estaqueadas, se aplicaba indiscriminadamente el Código Rural (al solo criterio del juez de Paz), se utilizaban los apaleamientos y cundían el hambre y la miseria.

La lucha de Hernández contra todo ello fue incansable hasta obtener el decreto del 8 de noviembre de 1881, que abolió el uso de los cepos y los otros castigos corporales. Pareciera un decreto un poco tardío, en una República que se preciaba de su Constitución, de sus ferrocarriles, de su crédito exterior y de su universidad; pero así aconteció, para desgracia de la formación de una raza democrática, libre, culta y de trabajo.

Podemos asegurar, luego de ubicar el poema en su época y teatro de acción, que fue contra este tipo de justicia “persistente”, aplicada en detrimento de los derechos humanos y las libertades constitucionales que dirigió Hernández su poema; más valioso como requisitoria contra la expoliación de libertades esenciales para la vida humana, que reinaba en las campañas, que como simple obra literaria.

Es importante destacar la coherencia entre el poeta y el legislador, puesto que Hernández funda sus intervenciones en sus conocimientos y en su experiencia.

Ello, se observa en la sesión del 19 de noviembre de 1880, donde se generó uno de los debates parlamentarios de mayor importancia que tuvieron lugar en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, y es el referido al proyecto del Senado, cediendo el municipio de la ciudad de Buenos Aires para Capital de la República.

La intervención de Hernández constituyó una pieza memorable dentro de la historia parlamentaria argentina, de la cual extractamos: “Una vez resuelta la cuestión de la capital en el sentido que debe ser resuelta, no habremos hecho una evolución; habremos completado nuestro camino; y entonces, los grandes hechos de nuestra historia política podrán completarse en estas fechas notables:

- 1810, la emancipación;

- 1816, la declaración de la Independencia;

- 1853, la Constitución Federal;

- 1862, la integridad nacional, incorporándose Buenos Aires;

- 1880, la organización de la República, definitivamente constituida, con Buenos Aires por Capital.

Tenía Hernández en su origen sangre sin mezcla, y una obstinada identificación con la patria, perpetuada sin desfallecer a lo largo de las generaciones. La vocación de servir que incluía el tributo de la propia vida. Todo ello unido a la dignidad en la conducta, a la falta de empaque, al corazón en su quicio y a la modesta sencillez de las costumbres, signo y cifra de un genuino y ejemplar patriciado criollo. Hoy más que nunca, frente a la magnitud de la crisis social, económica y política que atraviesa la Nación, cobra relevancia el pensamiento y la actitud de estos hombres de la denominada “generación del 80”, cuya lucidez y coraje transformó profundamente la sociedad de su tiempo. Por ello, al decir de Leopoldo Lugones: “... Puede que José Hernández, ya crecido, se mirara en el espejo de sus mayores, de aquellos hombres que en la bella y difícil conciencia del deber, Para honra de la Patria dicen como hay que ser”.

Fuentes

“Tiempo y Vida de José Hernández”, Horacio Zorraquín Becú. 

“Instrucción del estanciero”, José Hernández.

“José Hernández, el senador Martín Fierro”, José Isaacson, Círculo de Legisladores de la Nación Argentina.

“Fierro y la Expoliación del Gaucho”, Juan Carlos Vedoya.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Adolfo Saldías y José Hernández

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IX N° 33 - Diciembre 2014 - Pags. 3 y 4 

Adolfo Saldías y José Hernández

Como un homenaje a Adolfo Saldías a 100 años de su desaparición física y a los 180 años del nacimiento del gran y máximo poeta nacional, publicamos la carta que el primero le remitió a Hernández a fin de manifestarle sus impresiones sobre el Martín Fierro.


Buenos Aires, Noviembre 16 de 1878.

Señor D. José Hernández.

Mi amigo: Le prometí a Vd. últimamente manifestarle mis impresiones sobre su «Martin Fierro», y paso a hacerlo.

Está demás anticiparle que yo no puedo, ni debo emitir un juicio crítico acerca de ese libro con que Vd. ha enriquecido nuestra literatura Nacional.

Adolfo Saldías
Imagínese Vd. que a cualquiera, a H... a mi, se le ocurriera hacer algunas de esas indicaciones que se suelen dejar caer sobre un autor con todo el peso del sentimiento paternal que las inspira, (el sentimiento paternal (sic) suele traducirse en palos aplicados sin ninguna ceremonia) analizar el bagaje literario de su libro; apuntar incorrecciones; someter al bueno de «Martin Fierro» al tormento de esas mil reglas y preceptos que los críticos nunca acaban de inventar, porque esto les da eterno pretexto para disertar sobre el modo cómo se han desnaturalizado las unas o violado las otras.

Todo esto sería música celeste. Cualquier criollo estaría tentado a responder lo que respondió uno de ellos al caballero inglés que le preguntaba: ¿Do you know where is Cochabamba street? — si no dijera demasiado con estas palabras: amigo es matarse; nosotros hemos leído a «Martin Fierro» en once letras diferentes.

He aquí mi amigo Hernández, el mejor juicio acerca de su libro. Once ediciones de un libro son como para llenar de orgullo un autor en Buenos Aires. Vd. solo puede blasonar de ello. Ni la Constitución Argentina ha merecido este honor. Se ensayó dos veces en 1811, se varió en 1815, en 1817, 1819, en 1826 y en 1853-60: ocho publicaciones mi amigo. Su «Martin Fierro» le lleva tres todavía; y recorre a caballo la llanura, las pulperías y los ranchos, haciendo por la vida, esto es, por otras tantas ediciones.

Y se va lejos, se hunde en el Sud — en ese Sud de tiernos y dolorosos recuerdos para el gaucho, donde este se deja ver todavía arrogante y hermoso como ahora cincuenta años, cuando imponía su voluntad y su ley a todos aquellos a quienes en vano clamó, durante otros tantos años, para que lo sacaran del mísero desamparo en que vivía.

Porque el gaucho, — y esto es lo que hace buscar con cierto amor todo libro que a él se refiere, — tiene su noche en nuestra historia; noche larga, sin otra luz que la de las cuatro estrellas que indican ese Sud en nuestra Pampa. Su huella ha sido la del martirio abnegado, — su vida la del combate con la adversidad, su destino, el de los eternamente desheredados, su único consuelo el desierto inmenso, que siempre revivió bajo sus plantas prodigando a su rey desventurado sus flores, sus brisas y sus aguas para que recuperara sus fuerzas, allí, a la sombra del ombú, bajo el cual se levantó alguna vez su rancho de paja en que desapareció con su mujer y con su hijos!....

Es un poema de lágrimas que solo el Pampero ha recogido.... flores silvestres de rara fragancia que sepultó el progreso que pretendemos cimentar con remedios de civilizaciones ajenas, y que amenaza privar el gaucho hasta del consuelo de ver en un día no lejano, el espectáculo de nuestras libertades arraigadas, de nuestros derechos dignificados, de nuestra prosperidad asegurada por las que el gaucho luchó durante cincuenta años con su lanza y a caballo. 

Sigamos al gaucho, mi amigo, sigámoslo en esa noche tristísima para él y vergonzosa para nosotros Encierran misterios tan íntimos y tan mal comprendidos los senos generosos de esa Pampa, donde el gaucho nació como rey y donde apenas vivió como cuervo!... Tanta melancolía mezclada con cierto amor a la patria que conquistamos con ellos, cae al fondo del alma al evocar el recuerdo de esa noche!

A principio de este siglo el gaucho, con ser que ya había guerreado en nombre de su patria contra los ingleses, era el más desamparado de la suerte y de los hombres. — Después del esfuerzo de su patriotismo, solo le quedaba la inclemencia del desierto, al cual no dejaban los bienes relativos de que gozaban los hombres de las ciudades.

Requerido constantemente para el servicio militar que demandaba nuestra guerra de la Independencia ¿dónde se dio una batalla en la que el gaucho no lanceó, acuchilló, baleó y venció a los españoles, haciendo gala de ese heroísmo temerario que es aliento poderoso de su alma, algo como carne de su carne? ¿Dónde no estuvieron Güemes y Lavalle, Necochea, Balcarce, Pringles, Lamadrid, Suarez, Olavarría y tantos otros brazos armados constantemente en defensa de la República?

La Independencia se iba logrando, el bienestar se acariciaba, se comenzaba a gozar algunos bienes, y entre tanto ¿qué participación tenía el gaucho en este nuevo teatro de la democracia, que él había contribuido a cimentar?

Ninguna: seguía siendo soldado, ni hogar, ni familia que lo ligara a la patria ingrata que lo había engendrado para sacrificarlo, especie de Saturno que bebía sin saciarse la sangre de sus hijos.

La desgracia suele tener sus paroxismos. El alma estalla frenética desgarrando con salvaje complacencia los sentimientos que algún día le sirvieron de consuelo para borrar de sí, hasta el recuerdo de la esperanza maldita, que agotó las lágrimas y las fibras marchitó.

El infortunio del gaucho lo tuvo también. La ocasión le fue propicia y él la aprovechó para dar rienda suelta a sus instintos y a sus furias.

Al despuntar el año 20, los gauchos recorrían el desierto en todas direcciones, para aproximarse en medio a su desventura, y librar juntos ese combate tremendo que debía perpetuarse en nuestro país hasta que triunfara la idea que ellos estamparon, sin conocerla, en las banderolas rojas de sus lanzas húmedas con sangre.

La representación que asumían Ramírez, López, Bustos y después Facundo y Aldao en otras Provincias, la asumió Rosas en la de Buenos Aires.

Radicado en la campaña «sacrificando comodidades y dinero, haciéndose gaucho, hablando como tal, haciendo lo que los gauchos hacían, protegiéndolos, haciéndose su apoderado, cuidando de sus intereses, etc. etc.», según el mismo Rosas lo ha expresado en una confidencia —el descendiente de los Condes de Poblaciones fue como una Providencia que surgió de las entrañas de la Pampa en favor de los gauchos, que miraban con indecible asombro ese hombre para ellos extraordinario, y que era su proprio engendro y que ya los había hecho brillar sobre todos, conduciéndolos a ahogar la anarquía en esa ciudad de Buenos Aires, que nunca había tenido un eco de consuelo para ellos.

Rosas llegó a ser el gran señor de la campaña. El teatro era muy vasto; pero la admiración y el cariño hacia su persona era llevado en alas, por los gauchos, de pulpería en pulpería, donde templaban sus guitarras para cantar sus alabanzas a ese gaucho hermoso y arrogante que protegía sus hogares y los hacía felices dejándolos vivir de su trabajo al lado de su hijos. ¿Cómo pues el corazón de la campaña no había de abrirse con la espontaneidad de la flor del aire para elevar a Rosas al Gobierno?

Rosas adoptó en provecho de su Gobierno fuerte, la idea en nombre de la cual los gauchos y sus jefes vinieron a atar sus potros al pié de la Pirámide de Mayo en 1820. La federación que une a todos los argentinos bajo el glorioso pabellón de Mayo, ha sido pues la venganza que tomaron nuestros gauchos. La devastación y los males que esto ha causado antes de asentarse para siempre, están compensados con ese infortunio cruento del gaucho que también es hijo de esta tierra, y con el provenir venturoso que esa federación nos depara si sabemos perseverar en los propósitos que desde 1862, quedaron librados al patriotismo de los pueblos argentinos.

Tal es el tipo histórico y social de su «Martin Fierro».

El ha ido desapareciendo a medida que se han ido extendiendo y perfeccionando los principios que el gaucho proclamó y sostuvo durante nuestras peregrinaciones y contiendas.

Pero su condición no ha mejorado en razón de esos progresos. Todavía lo abate su infortunio, porque todavía tenemos mucho desierto desamparado y todavía tenemos alguna barbarie enmascarada en la República.

Todavía el gaucho llora la triste suerte que le cabe en la campaña, donde subsisten para él los rigores que han desaparecido para los demás.

Estos rigores de su suerte mezquina, esta desgracia, es lo que canta Vd., tomando a la Pampa como teatro y a un payador valiente y generoso como protagonista.

¿Como lo ha hecho Vd.? (Aquí debía empezar el juicio crítico). Ya queda dicho al principio, ya lo han dicho las once ediciones de su libro.

Permítame Vd., pues, que no añada más a lo que, sobre el particular han dicho las personas competentes que han leído su libro, tributándole a Vd. los elogios que merece su bien cortada pluma para esta clase de literatura tan poco explotada entre nosotros, a pesar de haber tenido precursores como Hidalgo, Lavardén y Ascasubi. Del Campo, el famoso Anastasio el Pollo y Vd., son los únicos que la han cultivado en nuestros días. Ambos han obtenido lauros que mañana figurarán en nuestros fastos literarios como frutos óptimos de esfuerzo nobilísimo que tiende a perpetuar en nuestra historia el tipo original y esforzado del rey de los desiertos argentinos.

Son los votos de su amigo.

                                                    Adolfo Saldías

domingo, 1 de diciembre de 2013

Vida del Chacho - José Hernández

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 29 - Diciembre 2013 - Pag. 12  

Vida del Chacho

Transcribimos de la Vida del Chacho, escrita por José Hernández el capítulo VIII, que se refiere al tratado de Las Banderitas, como así lo denomina el escritor.

José Hernández

No creemos necesario detenernos mucho para recordar a nuestros lectores la resistencia heroica que el general Peñaloza hizo por el espacio de muchos meses al Ejército que después de Pavón envió el general Mitre al Interior, y que fue a ensangrentar el suelo de las provincias. Aún están vivos esos hechos en la memoria de todos, y todos saben que ante su prestigio, su actividad y su arrojo, únicos elementos de que podía disponer, fue a estrellarse todo el poder de las huestes invasoras; política de ese partido, cuya ambición es su único fin, el asesinato su único medio. Nuestros lectores no deben haber olvidado que el supuesto Gobierno Nacional, persuadido de su impotencia para triunfar del general Peñaloza, en esa lucha en que se esterilizaban sus inmensos sacrificios y en que emplearon con igual ineficacia los medios más reprobados y criminales, Rivas, Sandes, Arredondo y demás, celebró entonces un tratado con él, por medio de su comisionado el doctor D. Eusebio Bedoya, cuyo tratado fue firmado en la Provincia de La Rioja, en el lugar llamado Las Banderitas. En ese sitio, y después de firmado dicho tratado, el general Peñaloza, dirigiéndose a los Coroneles Sandes, Arredondo y Rivas dijo: “es natural que habiendo terminado la lucha, por el convenio que acaba de firmarse, nos devolvamos recíprocamente los prisioneros  tomados en los diferentes encuentros que hemos tenido; por mi parte yo voy a llenar inmediatamente este deber”. Los mencionados jefes de Mitre, enmudecieron ante estas palabras y sólo se dirigieron entre sí una mirada de asombro o de vergüenza. El general Peñaloza que, o no se apercibió de lo que ese silencio significaba, o que, por el contrario, ya contaba de antemano con la muda respuesta que se le daba, no se dio por entendido de lo que sucedía. y llamando inmediatamente a uno de sus ayudantes (de apellido Cofré), le ordenó que llevase al lugar de la conferencia a los prisioneros porteños, fueron sus palabras, para ser devueltos a sus jefes.

No tardaron mucho en presentarse dichos prisioneros, y a su vista el general Peñaloza dijo: “Aquí tienen ustedes los prisioneros que yo les he tomado, ellos dirán si los he tratado bien, ya ven que ni siquiera les falta un botón del uniforme”. Un entusiasta viva, al general Peñaloza, dado por los mismos prisioneros, fue la única, pero la más elocuente respuesta que estas palabras recibieron.

El general Peñaloza, viendo el silencio de los jefes de Mitre, insistió en la devolución de los prisioneros que le habían tomado a él. “Y bien, dijo: ¿Dónde están los míos? ¿Por qué no me responden? ¡Qué! ¿Será cierto lo que se ha dicho? ¿Será verdad que todos han sido fusilados? ¿Cómo es, entonces, que yo soy el bandido, el salteador, y ustedes los hombres del orden y de principios? El general Peñaloza continuó en este sentido dirigiendo una enérgica y sencilla reprobación a los jefes de Mitre, a tal extremo, que el doctor Bedoya se llevó el pañuelo a los ojos, y lloraba a sollozos, quizá conmovido por la patética escena que presenciaba, tal vez avergonzado de encontrarse allí, representando a los hombres que había inmolado tantas víctimas, o acusado quizás por su conciencia de haber manchado su carácter de Sacerdote, aceptando el mandato de un partido de asesinos.

Entretanto, los jefes de Mitre, se mantenían en silencio, humillados ante las reconstrucciones de aquél héroe cuya altura de carácter, cuya nobleza de sentimientos, tanto contrastaba con la humildad de su condición.

El general Peñaloza devolvió a todos los prisioneros que había tomado, no faltaba uno solo, y no había uno solo entre ellos que pudiera alzar su voz para quejarse de violencias o malos tratamientos.

Y, ¿dónde estaban los prisioneros que se había tomado a él?

Habían sido fusilados sin piedad, como se persiguen y matan las fieras de los bosques.

Sandes había ensangrentado el “Puesto de Valdés” sacrificando a su rabia multitud de indefensos prisioneros.

Rivas había derramado también en el “Gigante”, la sangre de 35 prisioneros inermes, y entre las víctimas estaban los jefes y oficiales del general Peñaloza, Rojas, Bilbao, Quiroga, Moliné, Vallejo, Lucero, Gutiérrez y Videla.

Las mujeres e hijos de sus soldados habían sido arrebatadas por “los valientes soldados invasores”. Sus mejores servidores y sus compañeros más distinguidos habían sido sacrificados.

El correspondía a todo eso, con una acción generosa, que sus enemigos no han ejecutado nunca.

Hemos hecho conocer ya al hombre que acaba de ser sacrificado a la saña implacable, a la cobardía y a los instintos sanguinarios de un partido de asesinos.

No nos lisonjeamos de ofrecer a nuestros lectores una obra acabada; esta obra sería el fruto de una consagración y de un tiempo de que no podemos disponer.

Pero hemos recorrido ligeramente el largo y complicado período de nuestra revolución, y aunque no hemos trazado de él un cuadro completo, sino tocándolo apenas en sus más notables lineamientos, hemos hallado en todas partes el nombre del general Peñaloza ocupando posiciones y desempeñando papeles diversos, pero, como lo hemos dicho al principio, siempre de una manera distinguida y honorable para él.

Trazados estos rasgos al correr de la pluma, dejamos a la inteligencia de nuestros lectores el suplir con ella, la deficiencia de que han de adolecer naturalmente.

Ángel Vicente Peñaloza
Casa de Olta donde fue muerto el Chacho



jueves, 1 de marzo de 2007

Palabras de José Hernández sobre las Islas Malvinas

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año I N° 2 - Marzo 2007 - Pag.7 

José Hernández - Sobre las Islas Malvinas
José Hernández
Palabras de José Hernández 
sobre las
Islas Malvinas

(Artículo "Islas Malvinas Cuestiones graves", publicadas en el diario "El Río de la Plata" N°92 del 26 de noviembre de 1869)



“…Los argentinos, especialmente, no han podido olvidar que se trata de una parte muy importante del territorio nacional, usurpada a merced de circunstancias desfavorables, en una época indecisa, en que la nacionalidad luchaba aún con los escollos opuestos a su definitiva organización.
“Se concibe y se explica fácilmente ese sentimiento profundo y celoso de los pueblos por la integridad de su territorio, y que la usurpación de un solo palmo de tierra inquieta su existencia futura, como si se nos arrebatara un pedazo de nuestra carne.

“La usurpación no sólo es el quebrantamiento de un derecho civil y político; es también la conculcación de una ley natural.

“Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita del aire para la libre expansión de nuestros pulmones. Absorberle un pedazo de su territorio, es arrebatarle un derecho, y esa injusticia envuelve un doble atentado, porque no sólo es el despojo de una propiedad, sino que es también la amenaza de una nueva usurpación.

“El precedente de la injusticia, es siempre el temor de la injusticia, pues si la conformidad o la indiferencia del pueblo agraviado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo o de usurpación?

“El pueblo comprende o siente estas verdades, y su inquietud es la intranquilidad de todos los pueblos que la historia señala como víctimas de iguales atentados.

“Allí donde ha habido un desconocimiento de la integridad territorial, hemos presenciado siempre los esfuerzos del pueblo damnificado por llegar a la reconquista del territorio usurpado…

“Entre tanto, deber es muy sagrado de la Nación Argentina, velar por la honra de su nombre, por la integridad de su territorio y por los intereses de los argentinos. Esos derechos no se prescriben jamás…”

viernes, 1 de diciembre de 2006

José Hernández


 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año I N° 1 - Diciembre 2006 - Pag. 11 


“Mi gloria es vivir libre / Como el pájaro en el cielo”



JOSÉ HERNÁNDEZ, poeta nacional.
A 120 años de su fallecimiento.





Hernández nació el 10 de noviembre de 1834 en la ”Chacra Pueyrredón”, caserío de Perdriel (actual localidad de Villa Ballester, Ptdo. de Gral. San Martín), falleciendo en el año 1886.



Fue autor de “El gaucho Martín Fierro”, aparecido en 1872, durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento, que completó en 1879 con “La vuelta de Martín Fierro”.



Además de escritor y máximo exponente de la poesía gauchesca, Hernández fue estanciero y cultivador, periodista, taquígrafo parlamentario, político, etc. Su obra máxima fue traducida a muchísimos idiomas y es considerada como un clásico de la literatura hispanoamericana.



“El Gaucho Martín Fierro, destapaba la corrupción administrativa y la inhumanidad de un gobierno que se decía vehículo de la civilización” (A. J. Pérez Amuchástegui)

En “El Mercantil” de Montevideo del 6 de febrero de 1873, se decía del “Martín Fierro”: “Es el hijo desheredado de una raza de centauros, envilecido, perseguido y menospreciado por la sociedad en que vive”.

En su obra, Hernández planteó la rebeldía de la barbarie contra el despotismo de la civilización, fue un grito de protesta para decir “MALES QUE CONOCEN TODOS, PERO QUE NAIDES CONTO”.

Un admirador de Hernández, dijo en 1873: “Martín Fierro no es un gaucho sabio, un gaucho apócrifo, de esos que nos marean con sus gracejos vulgares y con la crítica que hacen de una sociedad que no conocen. Martín Fierro es un gaucho legítimo, que sólo habla, pero bien, de lo que entiende, y que contándonos su historia, nos hace ver y comprender esos hombres tan numerosos, tan esparcidos en la base de la sociedad argentina, de quienes todo el mundo habla, pero muy pocos conocen”.

De muchas de las estrofas del Martín Fierro, surge el contraste entre la vida feliz del paisano en tiempo de Juan Manuel de Rosas, con las del paria perseguido por el régimen de los gobiernos de los “derechos constitucionales”.


El “Martín Fierro” recuerda tiempos mejores


El gaucho mas infeliz

Tenía tropilla de un pelo 

No le faltaba un consuelo 

Y andaba la gente lista… 

Tendiendo al campo la vista 
No via sino hacienda y cielo 

Yo he conocido esta tierra 
en que el paisano vivía 
y su ranchito tenía 
y sus hijos y mujer. . . 
era una delicia el ver 
cómo pasaban sus días. 

Ricuerdo ¡qué maravilla! 
cómo andaba la gauchada 
siempre alegre y bien montada 
y dispuesta pa el trabajo. . . 
pero al presente. . .barajo! 
no se le ve de aporreada. 

Venía la carne con cuero 
la sabrosa carbonada 
mazamorra bien pisada 
los pasteles y el buen vino... 
pero ha querido el destino 
que todo aquello acabara. 

Estaba el gaucho en su pago 
con toda seguridá: 
pero aura...¡barbarida! 
la cosa anda tan fruncida 
que gasta el pobre la vida 
en juir de la autoridá.





Martín Fierro protesta de su actual situación (1872)



No tiene hijos, ni muger
ni amigo ni protetores
pues todos son sus señores 
sin que ninguno lo ampare.
Tiene la suerte del güey
y dónde irá el güey que no are.

El anda siempre juyendo
siempre pobre y perseguido
no tiene cueva ni nido
como si juera maldito
porque el ser gaucho...barajo 
el ser gaucho es un delito.

Todos se güelven proyectos
de colonias y carriles
y tirar la plata a miles
en los gringos enganchados
mientras el pobre soldao
le pelan la chaucha ¡ah, viles!.

Hace mucho que sufrimos 
la suerte reculativa
trabaja el gaucho y no arriba 
porque a lo mejor del caso,
lo levantan de un sogazo 
sin dejarle ni saliva.

Tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el oyo
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar.