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lunes, 27 de julio de 2026

Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

 BROWN, MANSILLA, VUELTA DE OBLIGADO

Pedro de Ángelis

En el año  2009, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, publicó “Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo (Primera Serie 1843-1847) Pedro de Ángelis”.

La compilación, estudio preliminar y notas estuvo a cargo de Paula Ruggeri. Lo que publicamos a continuación corresponde a dos de los capítulos del Estudio preliminar, titulados "Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado" y "El crimen de la guerra".


Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

Algunos historiadores o divulgadores de la historia, en un afán desmitificador digno de encomio pero que a veces cae en excesos, han cometido el error de subestimar el esfuerzo bélico de la escuadra y las baterías argentinas en la Vuelta de Obligado. Nos hemos cansado, mientras hacíamos este estudio, de leer sobre la “ingenua tentativa de atar cadenas a barquitos a lo largo del río” y otras expresiones semejantes. La natural tendencia argentina a la autohumillación se acentúa en algunos reclamos desmitificadores, y esta tendencia se profundiza cuando los adversarios son aquellos a quienes tanto se admira como modelo: los flemáticos británicos, los finísimos franceses. Los poderosos. Las crónicas que presentamos en esta antología dan cuenta de la escasa flema con que un oficial inglés descendió a las aguas poco templadas del río para limar las tres gruesas cadenas que impedían el paso de la escuadra combinada bajo la poco inocente metralla de las baterías argentinas. En realidad, la estrategia de Rosas se basaba en esas baterías enclavadas en tierra y no en la cadena, estorbo que permitía cañonear a gusto a la escuadra anglo-francesa. No olvidemos el hecho de que la sencilla pero eficaz cadena fue colocada a lo largo del río a los barquitos por los marinos, luego de que la auténtica escuadra, la que conducía el almirante Brown, fuera sitiada mientras se abastecía, y capturada. Este hecho inaudito, en el que los británicos manifestaron tan poca flema inglesa, es relatado sucintamente en el Archivo Americano, publicación que no gustaba de derrotas, pero contado en detalle por su protagonista, Guillermo Brown, con ese estilo “entre ingenuo y verídico” (así lo califica Adolfo Saldías), que le era característico, en un parte que transcribimos en un apéndice. La captura de la escuadra es un hecho que no se puede ignorar al hablar de la Vuelta de Obligado. Hacerlo implica ofrecer una versión de la historia recortada y simplificada al extremo de llegar a la falsedad. Ese momento en que los buques de Brown son sitiados y su tripulación amenazada con la horca fue el primer paso de las fuerzas bloqueadoras para su posterior y brutal incursión: se deshicieron entonces del más incómodo obstáculo por métodos completamente inusuales para las normas de la época, aunque coherentes con las que regían en otros tiempos en la Isla de la Tortuga. El relato realizado por Guillermo Brown es elocuente; no deja de manifestar su estupor, pero también su sangre fría: luego de diez días de sitio en medio del río, iza la bandera portuguesa para festejar el cumpleaños de una duquesa, en una bravata digna de su humor irlandés o de un personaje de Dumas.

Pero este hecho, bravatas aparte, deja a Guillermo Brown lejos de la escena y es Lucio Mansilla quien prepara la defensa para enfrentar la incursión extranjera decisiva: con sus cañones a tope, frente a la improvisada pero inteligente defensa argentina (recursos humanos y accidentes topográficos aprovechados al máximo en una defensa plenamente sanmartiniana), una escuadra jamás vista en los ríos de la Mesopotamia se lanzó al ataque para abrir paso a vapores cargados de mercadería para vender. Con muchas bajas en ambos bandos, la escuadra pasó; pero los barcos mercantes se fueron como llegaron: con toda su mercadería sin tocar. Nadie la compró. Luego siguieron otras batallas, pero Vuelta de Obligado fue el comienzo del fin de la incursión anglo-francesa: victoria militar completa, fracaso político estrepitoso. Luego de esto, ambos gobiernos europeos consideraron que los informes que durante años habían recibido de sus agentes y el apoyo de los emigrados unitarios les habían costado tal vez demasiado caro y la inversión hecha en el intento de colonización, una pérdida de dinero, hombres y esfuerzos.

Las palabras de San Martín son más que elocuentes:

Los interventores habrán visto por esta echatillon que los argentinos no son empanadas que llevarse a la boca.

 

El crimen de la guerra

La profundidad y el largo de orilla a orilla en ese lugar del Paraná mejor conocido como Vuelta de Obligado lo convertía en el sitio ideal para esperar a la escuadra anglo-francesa, así como el barranco de San Lorenzo era el sitio perfecto para que una fuerza inferior tuviera oportunidades frente a un enemigo muy superior.

Hoy en día no se eligen campos de batalla como la Vuelta de Obligado, el barranco de San Lorenzo o el Paso de las Termópilas. Hoy día no se eligen campos de batalla porque no hay batallas, hay matanzas, y no hay ejércitos enemigos, hay blancos, un punto rojo en la mira, civiles sin defensa. Un almirante Brown, un San Martín, un Leónidas tenían que poner en juego su inteligencia a la par que su vida. Tratándose de matanzas, la inteligencia no se precisa. No necesitamos a Clausewitz para leer las noticias del Oriente Medio. A Clausewitz lo reemplazaron imágenes monstruosas, frente a las cuales cualquier paralelo con el ajedrez es un rapto psicótico que ni Lewis Carroll podría admitir. La diferencia entre la matanza y la batalla está en que la batalla contiene un adversario, un otro, considerado como un igual, aun si es inferior. Por eso la batalla tiene reglas. Los juegos basados en las guerras napoleónicas difieren en mucho de los juegos basados en la guerra actual y no hace falta decir por qué. No hace falta señalar la diferencia entre un tablero donde se ordenan batallones (flanco derecho, flanco izquierdo) y una mira con un punto rojo y figuras que se estrellan en sangre en una fracción de segundo.

Entonces la batalla, decíamos, implicaba reglas, reglas que el comodoro Purvis infringía, cuenta De Angelis. Pero la existencia de reglas implica, decíamos también, un otro, un adversario. Se mata, pero aquel a quien se mata tiene defensa. Cuando hay matanza no hay reglas, el otro existe sólo como víctima. Es la principal condición del genocidio: su ausencia de reglas. Por eso hoy no tenemos a Clausewitz ni a De Angelis, tenemos clamores indignados o relatos estúpidamente fascinados que convierten en insultos las imágenes en vivo y en directo del crimen y la tragedia.

Esos tiempos de salvajes unitarios y salvajes federales, corsarios italianos y piratas ingleses, por no hablar de franceses brutales, tienen mucho que enseñarnos.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Combate de Vuelta de Obligado

 Con motivo de conmemorarse un nuevo aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado, en la sección  Sociedad del portal INFOBAE del 18 de noviembre de 2023, se publicó el siguiente artículo, que compartimos con nuestros lectores.

Vuelta de Obligado

"¿Estamos en guerra con Buenos Aires?": el debate que la Vuelta de Obligado suscitó en los parlamentos de Inglaterra y Francia

Hubo interpelaciones a los responsables de la política exterior de esas potencias coloniales, porque unos no podían entender y otros explicarse cómo no habían triunfado en su intento de imponer su voluntad en este rincón del mundo

por Pablo Yurman

La guerra que sostuvo nuestro país, por espacio de cinco años, contra la armada anglo-francesa en la década de 1840, y que tuvo como fecha icónica el 20 de noviembre de 1845, día del Combate de Vuelta de Obligado, sobre el río Paraná, fue cubierta con marcado interés por la prensa internacional, y además constituyó tema de permanente debate en los parlamentos tanto en Inglaterra como de Francia. 

Para comprender los motivos por los que ambas potencias decidieron financiar una armada que superaba el centenar de buques, en su mayoría mercantes, escoltados por una veintena de naves de guerra, debe tenerse en cuenta el contexto internacional de mediados del siglo XIX.

Eran años en los que en varias partes del mundo se asistía a una expansión del colonialismo británico, y también francés, que por la vía diplomática o por el uso de la fuerza -recordemos que se trataba de las principales potencias militares y económicas de la época- obtenían en todos lados las más variadas concesiones de diversos pueblos sometidos. Por ejemplo, el primer ministro Lord Robert Peel logró la firma del Tratado de Nankín con China en 1842 por el cual se puso fin a la primera guerra del opio, y le permitió a Inglaterra apoderarse de la célebre isla de Hong Kong (cuyo control retuvo hasta su cesión en 1997) y la apertura económica de China a sus productos industriales. Era una época en la que la diplomacia británica no aceptaba de buen grado una negativa a sus demandas por parte de otros países.

Combate de Vuelta de Obligado
La firma del Tratado de Nankin, 1842

Los franceses no se quedaban muy atrás. Y en tren de reivindicaciones territoriales sostenían un vasto imperio colonial en todos los continentes. Al tiempo que inventaban el término “Latinoamérica” (jamás usado en los siglos precedentes), no se privaron ni de bombardear el puerto mexicano de Veracruz (1838) ni de instalar a un emperador dócil a la sugerencia de establecer un tutelaje galo sobre México, como fue el caso del  desdichado Maximiliano (1864-1867).

Era, por tanto, cuestión de esgrimir una buena excusa para iniciar formalmente hostilidades contra una nación que, como la Argentina, controlaba la comercialmente estratégica boca del estuario del río de la Plata, la que a su vez constituía el paso previo para la navegación por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, que eran la llave de ingreso al interior del continente.

Máxime cuando había un punto débil para la Argentina de aquellos años que será astutamente aprovechado por las potencias invasoras: nuestra guerra civil entre unitarios y federales que había provocado el exilio de muchos de los primeros en Montevideo, desde donde prestarían su ayuda a los enemigos externos del país.

Raúl Roux
Francia usó como excusa el reclamo al gobierno presidido por Juan Manuel de Rosas de que a sus ciudadanos se les diera el mismo trato privilegiado que ya tenían los residentes británicos en nuestro país (concesión que venía de tiempos de Bernardino Rivadavia). Por su parte Inglaterra reclamaba que los ríos internos en territorio argentino fuesen de libre navegación internacional, es decir, que naves de bandera británica circularan por ellos sin necesidad de autorización del gobierno argentino.

Años antes habíamos mantenido un conflicto militar similar con Francia, entre 1838 y 1840, que se concluyó con la firma del Tratado Arana-Mackau. Al respecto señala Edmundo Heredia (en Un conflicto regional e internacional en el Plata. La vuelta de Obligado) que “la prepotencia francesa desnudó su imperialismo al mezclar sus pretensiones comerciales con su apoyo a los unitarios proscriptos, entrometiéndose así en una cuestión interna de los rioplatenses. Las concretas intervenciones de fuerzas navales francesas acompañadas de declaraciones y otras actitudes nada amistosas del gobierno de Francia, eran una demostración ostensible de su decisión de mantener siempre una presencia activa en el continente”.

La negativa argentina, expresada en un incesante intercambio de notas diplomáticas entre nuestro canciller, Felipe Arana, y los funcionarios europeos, se mantuvo incólume, lo que derivó en el inicio de hostilidades. La resistencia militar argentina en la Vuelta de Obligado fue saludada por los pueblos americanos que la reivindicaron al nivel de una segunda guerra por nuestra independencia. Resultó que nuevamente ingleses y franceses deberían lidiar con uno de los pocos pueblos del planeta dispuesto a hacerles frente.

Dice Vicente Sierra en su Historia de la Argentina que “ya en enero de 1846 en el Parlamento inglés se hizo escuchar la voz de la oposición liberal ante un desarrollo de los hechos del Plata que no se ajustaba a lo que la mayoría había supuesto.” (tomo IX, pág. 275). Y agrega respecto de las bases para una salida negociada a la crisis, propuesta formulada por Rosas a través del representante argentino en Londres, Manuel Moreno, que “Lord Aberdeen dijo ante la Cámara de los Lores, el 19 de febrero de 1846, que si bien se trataba de proposiciones inadmisibles, ‘podían muy prontamente conducir a un arreglo amistoso de toda la cuestión.”

El 23 de marzo de 1846 Lord Peel fue interpelado en el parlamento, sitio en el que tuvo que responder las preguntas del vocero de la oposición, Lord Aberdeen (tiempo después pasará de la oposición al gobierno). A las preguntas relacionadas con el estado de la cuestión del Plata, a saber: si existía un estado de guerra entre Gran Bretaña y la Confederación Argentina, y fundamentalmente, sobre las perspectivas que razonablemente tendría el asunto, Peel respondió diciendo: “¿Estamos en guerra con Buenos Aires? No ha habido declaración de guerra. Hay un bloqueo de ciertos puertos del Río de la Plata pertenecientes a Buenos Aires; pero no entiendo que el establecimiento de un bloqueo importe necesariamente un estado de guerra. La segunda pregunta del noble Lord es si las operaciones de carácter más hostil en las márgenes del río Paraná tenían la sanción previa del Gobierno. Dije ya que no había dado instrucciones ningunas al representante del gobierno o al comandante de las fuerzas navales además de las que fueron comunicadas a la Cámara, y aunque parezca singular hasta hoy no se ha recibido aún una explicación amplia o satisfactoria de los motivos que hubo para la expedición del Paraná…”(citado por Vicente Sierra en Historia de la Argentina).

Sostiene Heredia que “las razones por las cuales, entre otras alternativas, la flota conjunta decidió forzar el paso fluvial en lugar de atacar un puerto o llevar a cabo alguna otra medida de fuerza, o hasta declarar la guerra, son por ahora objeto de conjeturas. Resulta extraña la pretensión de colocar mercaderías contenidas en casi una centena de barcos, en un mercado incierto y de escasa población; es poco creíble que comerciantes y fuerzas armadas creyeran realizar un buen negocio, en términos estrictamente comerciales. La hipótesis que parece más plausible, que puede inferirse por los hechos ocurridos, es que la opción procuraba movilizar en contra de Rosas a las provincias situadas al Norte (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes) y al Paraguay; es decir, producir un hecho detonante que provocara una reacción generalizada contra Rosas.”

En efecto, varios documentos y testimonios de la época dan cuenta del interés por parte del Brasil de sacar ventajas de la intervención europea en perjuicio de la Argentina, procurando su debilitamiento en combinación con el Paraguay. Llegó a manejarse la posibilidad de crear una artificial República de la Mesopotamia, es decir, el desmembramiento del territorio argentino.

Las tensiones parlamentarias en Francia estaban a la orden del día a raíz de los sucesos en Sudamérica. François Guizot era el ministro de relaciones exteriores francés y será poco tiempo después primer ministro coincidiendo con el reinado de Luis Felipe. Al comparecer a la Asamblea Nacional fue duramente interpelado por un viejo adversario, Adolfo Thiers, en línea similar a la de los parlamentarios ingleses.

Al respecto expresa Sierra que “Guizot no podía defenderse muy eficazmente, pues su política rioplatense distaba de ser coherente, revelaba contradicciones, de manera que se limitó a exponer que no se podía aún hablar de que la intervención hubiera fracasado. La verdad era, en cambio, que ni Guizot ni Aberdeen lograban explicarse cómo no habían triunfado.”

Constituye un lugar común en ciertos sectores de nuestra historiografía, guiados más por prejuicios que por rigor y exhaustividad histórica, considerar a la actitud argentina de resistir las demandas extranjeras como un capricho de Rosas. Además de omitir decir que ese conflicto culminó con una victoria diplomática de nuestro país, olvidan que al tiempo que fue una guerra internacional, también lo fue regional, en la que por una suma de intereses y circunstancias se jugaba nuestro destino: o salvaguardar nuestra integridad y dignidad, o atomizarnos en un mosaico de pequeños estados irrelevantes en el tablero internacional.

martes, 19 de septiembre de 2023

Combate de la Vuelta de Obligado - Pacho O'Donnell - Luis A. Romero

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario Clarín del 9 de diciembre de 2014, fue publicado un artículo referido al combate de Vuelta de Obligado de autoría del escritor Luis A. Romero. Siete días después, fue publicado otro cuyo autor fue el historiador Pacho O'Donnell.
El debate está abierto y en esta página del Blog, publicamos ambos artículos.


Polémica por el Combate de Vuelta de Obligado
 

Delirio nacionalista: el mito del combate de Obligado
por Luis Alberto Romero *

¿Quién ganó el Combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845? Muchos argentinos creen que fue una victoria nacional. Para los ingleses fue solo un pequeño combate, pero sus historiadores, como John Lynch, serios saben bien cómo fueron las cosas. En cambio los franceses lo han recordado. En 1868, en tiempos de los sueños imperiales de Luis Napoleón, la Rue de la Pelouse fue rebautizada como Rue d’Obligado. La calle desemboca en la Avenue de la Grande-Armée, la de Napoleón y de Austerlitz, a pocas cuadras del Arco de Triunfo, que celebra las grandes victorias. Más aún, en 1900 el nombre se impuso a la nueva estación del Metro. Así fueron las cosas hasta 1947, cuando Eva Perón visitó Francia y pidió que ambas fueras rebautizadas como Argentina.

A fuerza de leer a José María Rosa, a Pacho O’Donnell o a sus repetidores, muchos argentinos han quedado envueltos en un mito que, comenzando por exaltar la “gesta heroica” concluyó convirtiendo la derrota en victoria. Desde 2010, asesorados por el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico, celebramos su aniversario como el Día de la Soberanía Nacional, con feriado incluido.

Los hechos son claros. En noviembre de 1845 la flota anglo francesa, que en ese momento sitiaba Buenos Aires, decidió remontar el Paraná y llegar hasta Corrientes, acompañando a buques mercantes cargados de mercaderías. Para impedirlo, el gobernador de Buenos Aires, J.M. de Rosas, dispuso bloquear el río Paraná en la Vuelta de Obligado, con cadenas protegidas por dos baterías. Se intercambiaron disparos, los buques cortaron las cadenas y siguieron su navegación hasta Corrientes.

Los mitos se desentienden de los hechos simples y comprobables, pero en cambio interpelan a los sentimientos y las emociones. El relato revisionista de Obligado, que se viene perfeccionando desde los años treinta, incluye algunas verdades, otras tergiversaciones y muchas cosas inventadas.

Con respecto al resultado, no hay duda de que fue una derrota: los ingleses pasaron, y llegaron felizmente a Corrientes. Se dice que fue una victoria “pírrica”, por las bajas ocasionadas; pero los ingleses y franceses perdieron solo siete hombres y los porteños doscientos. Podrá aceptarse que fue una gesta heroica y hasta una victoria moral -una especialidad argentina-, pero en los hechos fue una derrota.

En el núcleo del mito está la idea de que en Obligado Rosas resistió al imperialismo y defendió los intereses nacionales. Es cierto que el gobernador de Buenos Aires enfrentó a la “diplomacia de las cañoneras” y defendió la soberanía de su provincia. La tergiversación consiste en identificar esta forma de imperialismo, propia de mediados del siglo XIX, con la idea posterior de imperialismo -popularizada inicialmente Lenin- que aplicada a nuestro caso identifica toda la relación anglo argentina con la dominación y la explotación. Por ejemplo, muchos argentinos están convencidos de que los ferrocarriles han sido el peor de los instrumentos de esa explotación. Pero en tiempos de Rosas nadie confundía la agresión militar con las relaciones económicas. Toda la prosperidad de Buenos Aires se basó en una estrecha relación con Gran Bretaña, y el propio Restaurador, que la cultivó cuidadosamente, eligió exiliarse en Southampton.

El punto central del mito reside en la idea de que allí se defendieron los intereses nacionales. Pero en 1845 la nación y el Estado argentinos no existían. Había provincias, guerra civil y discusión de proyectos contrapuestos, basados en intereses distintos. El Combate de Obligado, y todo el conflicto en la Cuenca del Plata, es un ejemplo de esas diferencias. Rosas aspiraba a someter a las provincias, incluyendo a la Banda Oriental y a Paraguay, cuya independencia no reconocía. Corrientes defendía su autonomía y pretendía comerciar directamente con ingleses y franceses. En cambio Rosas quería que todo el comercio pasara por el puerto de Buenos Aires y su Aduana. El río Paraná, abierto o cerrado, estaba en el epicentro de las diferencias.

En Corrientes creían en el federalismo y la libre navegación de los ríos. La flota anglo francesa fue recibida amistosamente; hubo fiestas, los hombres admiraron los buques de vapor -los primeros que veían- y las señoras correntinas se empeñaron en hacer grata la estadía de los marinos. Rosas, que también trataba muy amistosamente a los ingleses de Buenos Aires, parece haber tenido una idea unitaria de la nación, construida en torno de la hegemonía porteña. ¿Cuál de los dos era el auténticamente nacional? Admitamos que sea opinable. Pero cuando las provincias acordaron en 1853 crear un Estado nacional, establecieron que el interés de la nación incluía la libre navegación de los ríos. Y así quedó.

Es curioso que sobre esta situación, que puede leerse en cualquier libro serio, se haya constituido el mito de la victoria -una verdadera trampa cazabobos- y el de la defensa de la soberanía nacional. Celebrar una derrota -como ocurre hoy con Malvinas- es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo, soberbio y paranoico. Se encuentra en el sustrato de nuestra cultura política, y aflora cuando es adecuadamente convocado. Este gobierno, que vive envuelto en su propio mito, ha apelado con éxito al relato del revisionismo, adecuado a su política de enfrentamiento.

Desmontar estos mitos es una parte de la batalla cultural que deberemos encarar.

* Historiador. Club Político Argentino

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¿Triunfo o derrota en Vuelta de Obligado ?
por Pacho O'Donnell *

A raiz del artículo publicado en esta sección por Luis Alberto Romero es necesario puntualizar que la conmemoración del día 20 de noviembre con feriado y monumento abrió un debate acerca de si el combate librado en el río Paraná, en el paraje conocido como “Vuelta de Obligado”, se había resuelto a favor o en contra de nuestras tropas conducidas por Lucio N. Mansilla en tiempos de la Confederación Argentina del gobernador Juan Manuel de Rosas. El malentendido surge de la equivoca denominación de una guerra que transcurrió a lo largo del río Paraná, que la armada invasora recorrió de ida y vuelta, con el nombre de su primer combate.
Sin duda la “Guerra del Parana”, que así debería recordársela, es, junto al Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas de nuestra Patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos. 
Corría 1845. Las dos más grandes potencias de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto fue una causa “humanitaria”: terminar con el gobierno supuestamente tiránico de Rosas, que los desafiaba poniendo trabas al libre comercio con medidas aduaneras que protegían a los productos nacionales y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.
Los reales motivos de la “intervención en el Río de la Plata”, como la llamaron los europeos, fueron de índole económica. Deseaban expandir sus mercados a favor del invento de los barcos de guerra a vapor que les permitían internarse en los ríos interiores sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Dichas intenciones eran denunciadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Otro objetivo de la gigantesca armada era desnivelar el conflicto armado entre la Argentina y la Banda Oriental a favor de ésta, que los franceses consideraban entonces protectorado propio. También independizar Corrientes, Entre Rios y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la “Republica de la Mesopotamia”, que empequeñecería y debilitaría a la Argentina y haría del Paraná un río internacional de navegación libre. Es éste un argumento decisivo que pone fin al debate si se ganó o si se perdió. La derrota hubiera significado una pérdida territorial irremontable.
Los invasores contaron con el antipatriótico apoyo de argentinos enemigos dela Confederación rosista, que se identificaban como “unitarios”, muchos de ellos emigrados en Montevideo. El fin de las guerras civiles, ellos escribieron una historia adaptada a sus intereses. 
Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados, y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados como acababa de suceder con China. Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente.
Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era “arruinarles el negocio”, provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente. De allí la estrategia de las tres gruesas cadenas tendidas de orilla a orilla en el lugar conocido como “Vuelta de Obligado”, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Durante el tiempo que tardaron en cortarlas, los enemigos sufrieron numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. Es clave señalar, para despejar lo de triunfo o derrota, que Rosas y Mansilla sabían que los invasores lograrían superar esa primera barrera: era imposible detenerlos debido a su superioridad bélica y tecnológica. Pero se consideraban satisfechos si, como sucedió, las fuerzas enemigas se convencían de que, lo que anticiparon como una acción sin inconvenientes, iba a transformarse en una pesadilla. El calvario de las armadas europeas y los convoyes mercantes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de “Quebracho”, del “Tonelero”, de “San Lorenzo”, por lo que debe ser claro que la denominación “Vuelta de Obligado” alude en realidad a la “Guerra del Paraná”, con lo que se hace justicia con quienes lucharon y murieron en los combates en distintos emplazamientos a lo largo de nuestro rio.
La estrategia de Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias finalmente se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina, aunque Francia logró postergar la aceptación de sus diputados hasta más allá de Caseros, y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar veintiún cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.
Desde su destierro en Francia, don José de San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomas Guido el 10 de mayo de 1846: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. Y felicitaría al Restaurador: “La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia”. Se refería a Gran Bretaña. Y al morir le legó su sable libertador.

* Presidente Honorario del Inst. Nac. de Revisionismo Histórico "Manuel Dorrego".

viernes, 8 de septiembre de 2023

Combate de Vuelta de Obligado - Comics

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

La edición N° 108 de la revista Soldados de diciembre de 2004, se integraba con el Cuaderno N° 5 de Comics Argentinos, dedicado a la Vuelta de Obligado.

ADVERTENCIA.
Este cuadernillo o comic -que a continuación ofrecemos a nuestros seguidores-, muy bien editado, con lindos dibujos, una temática interesante y con un adecuado relato, parte de un error histórico.
Este error consiste en considerar que el Libertador San Martín, redactó su testamento en el cual legó su sable al general Rosas, en el año 1848 y que el legado tuvo su origen en el hecho de la defensa de la soberanía nacional en el Combate de Vuelta de Obligado. 
Este error no fue solo cometido por quien redactó el guión del comic, sino que también incurrieron en él, no pocos historiadores, p.e. Félix Luna, quien en su obra "Historia Integral de la Argentina", Tomo 9 "La Santa Federación" (Editorial Planeta de Argentina SA, año 2000) en la página 723, expresó: "...Instalado en Grand Bourg desde 1834, (San Martín) no dejó de pensar en su patria. Cuando se produjo la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata durante el mandato de Juan Manuel de Rosas, San Martín, impedido de combatir por su avanzada edad y su precaria salud, envió su espada como acto simbólico de defensa de la soberanía". Si bien Luna, nada dice del testamento sanmartiniano, afirmó que San Martín "envió" su espada...
El testamento ológrafo de San Martín, fue redactado por éste en Grand Bourg, el 23 de enero de 1844, es decir un año y medio antes del Combate de Vuelta de Obligado. La cláusula 3ra. de dicho testamento en la cual lega su sable a Rosas, lo fue como consecuencia de la defensa de la soberanía que efectuó Rosas, con motivo del Bloqueo Francés de 1836-1840. Además Rosas recibió el sable libertador, después del fallecimiento de San Martín.

He aquí el comic:

Revista Soldados

Cuaderno N° 5 de la revista Soldados

testamento de San Martín

El legado del sable sanmartiniano

Comics de San Martín

Combate de Vuelta de Obligado

Lucio Norberto Mansilla

Intervención anglofrancesa

Guerra del Paraná

Comics Juan Manuel de Rosas

El gaucho Rivero en Vuelta de Obligado

San martín y la Vuelta de Obligado

El testamento de San Martín

San Martín y la intervención anglofrancesa

La Guerra del Paraná

Guerra del Paraná

domingo, 20 de noviembre de 2022

Vuelta de Obligado - Rosas - Mansilla - Chiviló

 

20 de noviembre de 2022

UN DÍA COMO EL DE HOY, HACE 177 AÑOS. 

Combate de Vuelta de Obligado 

Rosas
Combate de Vuelta de Obligado


Hoy conmemoramos el 177° aniversario del Combate de Vuelta de Obligado, hecho de armas que tuvo lugar el 20 de noviembre de 1845, en las costas del río Paraná, muy cerca del pueblo de San Pedro. 

En el lugar que se conoce como Vuelta de Obligado –lo de Obligado” viene por el nombre del propietario de aquellas tierras don Antonio Obligado–, tuvo lugar un bravo combate entre las fuerzas nacionales de la Confederación Argentina, al mando del general Lucio Norberto Mansilla, quien con una fuerza de más o menos 1.250 hombres, intentó cerrar el paso de la flota anglofrancesa, compuesta por aproximadamente 100 navíos, 11 de los cuales eran de guerra –5 franceses y 6 ingleses–, muchos de ellos vapores de última generación –los primeros que navegaron el Paraná–, fuertemente armados y algunos con blindajes, seguidos por barcazas carboneras –para abastecer a los navíos a vapor– y el resto mercantes entre los cuales también había de otras nacionalidades –sardos, dinamarqueses, hamburgueses, norteamericanos, entre otros–, quienes contrariando las leyes argentinas pretendían ingresar impunemente por el río Paraná que era un río interior de la Confederación, y por lo tanto sujeto a su jurisdicción, para llegar a las ciudades de Corrientes y Asunción –esta última en ese entonces y como provincia argentina, también perteneciente a la Confederación– para vender sus productos manufacturados y establecer nuevos mercados para su producción industrial. Así decidieron “abrir el río a cañonazos”, como lo expresó uno de sus diplomáticos. Estaban envalentonados por sus victorias logradas en circunstancias parecidas en otras partes del mundo.

Tiempo antes y ante la presunción por parte del gobernador de nuestra provincia y encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación, Juan Manuel de Rosas, que se estaba formando una flota por parte de aquellas dos potencias, con aquél propósito, había dado instrucciones a su cuñado, el General Mansilla, que era un veterano de la guerra de la Independencia, para que les impidiera el paso, que les demostrara que los ríos interiores argentinos tenían dueño y que no se podría navegar impunemente sus aguas.

Mansilla, eligió “Obligado”, justamente porque allí el río se angosta (aproximadamente 800 mts. en aquella época), disminuye su calado y hace una curva, lo cual dificultaba la navegación de los navíos a vela para virar. El lugar ofrecía también ciertas características naturales como las barrancas altas de aproximadamente 20 mts de altura, que posibilitaban que se pudiera intentar una eficaz defensa.

Con 35 piezas de artillería que se disponían, antiguos –algunos fundidos en 1663 y otros en 1780–, de bronce, utilizados en la época de la Independencia y de distintos calibres no mayor al 20 , se instalaron cuatro baterías, sobre la costa bonaerense, que de sur a norte llevaban los nombres de Restaurador Rosas al mando del capitán Álvaro José de Alzogaray, Guillermo Brown al mando del hijo del Almirante, Teniente de marina Eduardo Brown;  Gral. Mansilla al mando del Teniente de artillería Felipe Palacios y Manuelita al mando del norteamericano, el Teniente coronel Juan Bautista Thorne.

La primera se encontraba sobre el ángulo de la costa, las otras dos rasantes – a nivel del río- y la cuarta sobre la cresta de una loma, dirigía sus fuegos a lo lejos. El paso del río fue cerrado con 24 barcazas desarboladas, ancladas, amarradas entre sí y por cuyas cubiertas pasaban tres líneas de fuertes cadenas de hierro, que habían sido forjadas en los talleres de herrería que se encontraban  en los Santos Lugares de Rosas y que se encontraban amarradas en sus extremos a la costa

En el extremo, sobre la costa entrerriana, se había anclado el navío El Republicano, al mando del irlandés, Capitán  Tomas Craig, con 6 cañones, apoyado por dos naves menores artilladas el Restaurador y Lagos, con un cañón cada una, cuya misión principal era la de hostigar al enemigo e impedir que los navíos enemigos pudieran acercarse a las barcazas, con la intención de cortar las cadenas que las unían. También se habían dispuesto 10 brulotes que eran pequeños navíos no tripulados, que contenían material inflamable y que dejados arrastrar por la corriente río abajo podían llegar a provocar incendios en las naves agresoras.

Unos merlones o terraplenes construidos con troncos, piedra y barro arcilloso compactado, eran una buena defensa para la infantería y artillería argentina y en la batalla soportaron bien el fuego enemigo. las troneras tenían una inclinación que le permitirían un buen tiro hacia el río, sobre todo la la batería Manuelita que se encontraba sobre las barrancas altas.

La invasión se inició cuando la flota, concentrada en Carmelo –Uruguay– se internó en el Paraná Guazú, el día 17 de noviembre, ingresando así a territorio argentino y se detuvo a dos leguas de Obligado. 

La mañana del día 20 amaneció brumosa pero despejó a las 8. Los vapores habían puesto a calentar calderas a las 7 y pasadas las 8 los barcos veleros comenzaron a largar paño. La flota militar enemiga con sus velas desplegadas y sus vapores echando humo, se dispuso remontar el río cerca de las 9 y enfrentar las defensas argentinas.

Enfrentaron a los invasores tropas de infantería del 2do. regimiento de Patricios al mando del Coronel Ramón Rodríguez además de los artilleros, todos los cuales –entre ellos había no pocos ingleses– estaban protegidos detrás de la trinchera. Cerca del lugar, en un monte de talas, se encontraban apostadas milicianos de San Nicolás y de otras localidades de la zona al mando de Luis Barreda. También intervinieron mujeres nicoleñas quienes asistieron a los heridos en la batalla y colaborando de todas formas con los defensores, destacándose en la acción.

Ante ese tremendo espectáculo de tantas naves navegando por el Paraná, nunca antes visto, Masilla arengó a sus tropas para que se defendiera el honor nacional y después de cantarse con fervor y emoción el himno nacional cuyos compases fueron ejecutados por la banda de músicos de Patricios, las fuerzas de la Confederación se aprestaron para la lucha.

El duelo de artillería comenzó a las 8 y media y como lo reconocieron los enemigos, la resistencia fue obstinada y eficaz. Los anglofranceses disponían de 113 modernos, de hierro, de ánima rayada, y de mayor calibre –de 80– que los argentinos, muchos de los cuales manejados por expertos artilleros, vencedores en cien combates, disparaban balas con espoleta y de fragmentación, que al explotar causaron muchísimas bajas entre los defensores. Cerca del mediodía el navío El Republicano agotó sus municiones y su comandante Craig, para impedir que la nave cayera en poder de los enemigos, decide volarla, pasando él con su tripulación a reforzar la batería Manuelita.

Al mediodía y casi en simultáneo con la voladura de El Republicano, y en medio de la lucha, el capitán inglés Hope con un grupo de marineros, abordó una de las barcazas y con un hacha cortó las cadenas, abriéndose así un pasaje, que permitió el paso de los primeros buques.

En las primeras horas de la tarde, las baterías argentinas, fueron quedándose sin municiones, contestándose el fuego enemigo en forma pausada hasta que a las 17 horas se disparó el último cartucho de los cuatro mil que se dispararon ese día por las fuerzas argentinas.

Los cañones de las baterías argentinas fueron desmontados y puestos fuera de combate uno a uno por el certero fuego del enemigo.

A las 6 y media de la tarde 12 lanchas con infantes tropas de desembarco se desprendieron de los buques enemigos, para tomar las posiciones ocupadas por nuestras baterías.

La infantería a cuyo frente se puso Mansilla, a su vez en una carga a la bayoneta calada, intentó frustrar la intentona enemiga, pero el apoyo de la artillería que recibían los desembarcados desde sus propios barcos que ocasionaron muertos y heridos entre las filas nacionales, inclusive el propio Mansilla fue herido en el pecho. Por la noche los invasores rechazaron un contraataque de la caballería gaucha, determinaron que nada más pudiera hacerse por parte de las fuerzas nacionales, por lo que se retiraron, estableciéndose el nuevo cuartel general en el Tonelero.

Los argentinos sufrieron aproximadamente 650 víctimas entre muertos y heridos y la pérdida de 19 piezas de artillería, pero pudieron salvar la artillería volante que posteriormente seguirían hostilizando desde las costas a los navíos que siguieron remontando el Paraná, en cuanta oportunidad pudieran.

Nuestros soldados dieron muestras de valentía y valor heroico en aquella memorable jornada de defensa de la soberanía ultrajada y en tan desigual lucha, que quedará grabada para siempre en nuestra historia y como una prueba gloriosa del sentimiento nacional argentino. Los comandantes enemigos en sus informes destacaron el arrojo, coraje, obstinación y en general el actuar de las fuerzas argentinas

Los interventores, si bien en definitiva pudieron sortear las defensas argentinas, no se la llevaron de arriba. Sus naves sufrieron importantes daños –el San Martín recibió 156 impactos, el Fulton y el HMS Dolphin, tuvieron más de 100 cada uno–, demostrativo de ello es que muchas de ellas demoraron 40 días en reacondicionarlas para poder seguir navegando, además de sufrir también gran cantidad de bajas entre muertos y heridos.

Obligado fue la primer batalla de unas cuantas que tuvieron lugar entre el 20 de noviembre y principios de junio del año siguiente, en el conflicto que se dio en llamar la “Guerra del Paraná”, que demostraron a los invasores que no podían navegar los ríos interiores argentinos sin ninguna consecuencia y que los argentinos aún con los pocos medios que tenían les hacían frente en cuanta oportunidad pudiesen.

La hazaña argentina, fue conocida en toda América y Europa, el mundo se admiró que un pequeño país casi desconocido pudiera enfrentar a las dos potencias más importantes de la época.

El Brigadier General de la Confederación Argentina, don José de San Martín, residente en Europa, comparó la trascendencia de esta gesta con la guerra de la Independencia que le cupo el honor de dirigir, “esta contienda –dijo– en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”, destacando también “la firmeza de nuestro Juan Manuel” que “ha sabido defender con toda energía y en toda ocasión el pabellón nacional” y que “con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglofrancesa, que pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia” y que “De todos modos los interventores habrán visto por esta muestra que los argentinos no son empanadas que se puedan comer sin dar más trabajo que abrir la boca”.

El primer Ministro inglés, Lord Palmerston reconoció como justa la posición argentina de impedir la libre navegación de sus ríos interiores, como también y en igual forma lo hacían las grandes potencias con los suyos.

La defensa argentina de sus ríos interiores se vio coronada pocos años más tarde con la firma de los tratados que nuestro país suscribió primero con Inglaterra –Convención Arana Southern– y más tarde con Francia –Convención Arana Lepredour– por los cuales estas potencias reconocían la soberanía argentina sobre sus ríos interiores y saludaron la bandera nacional con salvas de artillería.

De no haber sido por el combate de Obligado y la Guerra del Paraná, ganada en definitiva por nuestro país, posiblemente las provincias mesopotámicas, serían hoy un país segregado de nuestra Argentina, que era una de las pretensiones de aquellas potencias, para que el río Paraná dejara de ser un río interior de la Confederación Argentina y sujeto a su legislación.

El historiador brasilero Pedro Calmon, dijo sobre Rosas a quien llama “El caballero de la Pampa”: “…Por el error extranjero, [Rosas] se convirtió en el mayor criollo sudamericano. Hacia él toda la América del Sud volvía su mirada conmovida. Si necesitaba una espada para combatir al intruso, lo convocarían a él, el caballero de la pampa. La estatura titánica del Dictador argentino proyectaba una sombra extensa en el continente: tras los navíos del bloqueo tremolaba en el aire su poncho punzó. Desafiaba a las potencias del mundo”.

El escritor e historiador Octavio Amadeo, escribió sobre Rosas: “Defendió no sólo el honor sino también la integridad de su país con pericia enérgica; y fue él, quien mantuvo aquella decisión inquebrantable. Las dos naciones más fuertes de la tierra se inclinaron ante este minúsculo señor lejano, y al retirar Inglaterra sus tropas y sus naves, entre las que aún había algunas fragatas de Trafalgar y algunos soldados de Waterloo, los cañones de la Emperatriz de las Indias saludaron con 21 disparos de desagravio y homenaje a una humilde bandera, desconocida del mundo, pero no ignorada por ellos”.

¿Por qué celebramos el Día de la Soberanía? Si bien la batalla significó una “derrota”, fue el inicio de una serie de acciones bélicas que finalizaron con la victoria contundente de los argentinos.

Existió una voluntad inquebrantable del gobernante argentino, Rosas, seguido por todo un pueblo de no dejarse amedrentar por las dos más grandes potencias de la época y defender con uñas y dientes la soberanía e independencia nacional, sin especular si los medios materiales que se disponían eran suficientes para oponerse a los designios de los invasores.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Combate de Vuelta de Obligado

Infobae 20 de noviembre de 2021

Día de la Soberanía: cuando la diplomacia argentina se impuso a Inglaterra y Francia



Combate de Vuelta de Obligado

Muchos historiadores se empeñan -hasta se complacen- en subrayar que Vuelta de Obligado fue una derrota militar. Pero olvidan el desenlace final de la agresión anglofrancesa contra la Confederación, que fue la frustración de la nueva aventura colonial de las potencias europeas en el Río de la Plata



Por Pablo Yurman - Profesor, director del CEHCA


El famoso combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, fue apenas el inicio en términos bélicos de una guerra que nos enfrentó contra las dos principales potencias militares de la época, Francia e Inglaterra. Tras esa inicial derrota para las armas criollas, que pese a ello sirvió para encender el patriotismo local y el sentimiento de solidaridad continental, siguieron sucesivas acciones de hostigamiento a la flota anglo-francesa que remontaba el río Paraná con destino a Paraguay, con episodios memorables como, San Lorenzo y Punta Quebracho, entre otros.

Llama la atención el relativo olvido en el que ha caído el triunfo final argentino, sellado por los tratados conocidos como Arana- Southern y Arana- Le Predour, firmados por los delegados inglés y francés, respectivamente, haciéndolo en representación del gobierno argentino el canciller Felipe Arana. En realidad, acaso cabe una explicación: el período que va de 1835 en que Juan Manuel de Rosas asume la gobernación de Buenos Aires, hasta su derrota en Caseros en 1852 se resumió durante las décadas posteriores como “la tiranía”, sin matices ni atenuantes, y por supuesto sin hechos rescatables desde ningún punto de vista.

A mediados del siglo XIX, Gran Bretaña y Francia se lanzan, por razones similares aunque no idénticas, a aventuras colonialistas con el fin de consolidar sus respectivos imperios. La primera, indiscutida potencia naval y pionera industrial, necesitaba sí o sí que sus buques pudieran navegar libremente los ríos de la cuenca del Plata, única vía comercial de entonces para llegar al corazón del continente. Francia, humillada tras la caída de Napoleón, anhelaba recuperar su orgullo nacional con nuevas conquistas, aunque no descartaba asimismo beneficiarse con la obtención de mercados donde colocar sus manufacturas. En 1845 ambas naciones convendrán en formar una armada conjunta que puso proa rumbo al estuario del Plata. 

Para calibrar la verdadera dimensión de esta guerra, que habrá de prolongarse por cinco años, no puede dejarse de advertir que, sea por las buenas -presiones diplomáticas- o por las malas -a cañonazos-, desde el puerto de Veracruz en el Caribe, hasta China, ambas potencias europeas no estaban acostumbradas a recibir una negativa por los gobiernos locales en respuesta a sus intimidaciones. El único país que les hizo frente y que tras largos años de lucha y privaciones de todo tipo de su población pudo coronar con un triunfo diplomático semejante ataque será la República Argentina.


Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires y responsable
 del manejo de las relaciones exteriores de toda la Confederación Argentina

Una necesaria aclaración sobre la situación institucional de nuestro país durante el período que va de 1845 a 1850. El nombre más comúnmente utilizado era Confederación Argentina, constituida políticamente a partir del Pacto Federal de 1831, documento al que adhirieron todas las provincias. Cada provincia se administraba a sí misma y todas juntas estaban unidas en forma confederal. El gobernador de una de ellas, la de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, además del gobierno local, estaba a cargo del manejo de las relaciones exteriores de toda la Confederación. Es decir que en caso de conflicto internacional Rosas representaba a todas las provincias. Para el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores contará con Felipe Arana, abogado porteño, que obtuvo su título en la Real Universidad de San Felipe, en Chile. Ejemplo de un diplomático afortunadamente más pendiente de defender los intereses nacionales que de detalles de etiqueta, tal como se verá. 

Las hostilidades estallaron ante el ultimátum presentado por Inglaterra y Francia por el cual exigían que la Argentina reconociera que la navegación de los ríos Paraná y Uruguay era libre para naves de cualquier bandera, sin necesidad de autorización expresa del gobierno argentino.

Como se dijo, si los barcos europeos cargados de mercaderías industriales no podían remontar ambos ríos, sobre todo el Paraná, sería imposible llegar a importantes mercados compradores como ser, Paraguay, pero también Bolivia y la zona de Mato Grosso en Brasil. Hablamos por tanto del acceso al núcleo del continente no sólo en un sentido geográfico sino también demográfico (las zonas de Bolivia que habían constituido el Alto Perú eran por entonces más pobladas que nuestro Litoral) y económico, elementos indispensables para una aventura comercial como la que analizamos.

El argumento de nuestro país era lógico, coherente con el derecho internacional y hasta de sentido común: la navegación de un río que corre por territorio de un país no es libre como pretendían ingleses y franceses, sino sometida a la reglamentación que establezcan sus autoridades, tal como lo era la navegación por el río Támesis o el Sena, ambos interiores y que no podían ser surcados por barcos que no fueran ingleses y franceses, respectivamente, salvo expresa autorización de esas naciones. No es que Argentina rechazara la navegación de sus ríos interiores, sino que en ejercicio de su soberanía sostenía que debía ser previamente autorizada por nuestras autoridades. Y para el caso del río Uruguay, toda vez que la República Oriental del Uruguay era un estado independiente, la autorización debía ser de común acuerdo entre ésta y la Argentina. 

En virtud de la inferioridad militar evidente de Argentina frente al despliegue bélico de la flota invasora, Rosas adoptó la táctica de una guerra de desgaste. En definitiva, su astucia consistió en entender cuál era la lógica de la aventura colonial anglo-francesa: en esencia una empresa mercantil con fuertes intereses económicos de la City de Londres. Así, una de sus primeras medidas fue la suspensión del pago de los intereses del empréstito contraído con la casa Baring en tiempos de la presidencia de Rivadavia.

El paso del tiempo, sin que los buques mercantes de las potencias agresoras pudieran desembarcar adecuadamente sus mercaderías en los puertos prefijados, sumado a ello los daños ocasionados por las baterías móviles que Lucio Mansilla montaba según que la flota se dirigiera río arriba o en dirección contraria, jugaron su carta favorable a la posición argentina.

No fue menor la ayuda prestada al gobierno de Rosas por el general José de San Martín residente por entonces en Francia. Deliberadamente se interesó en la publicación, en diarios ingleses y franceses, de una carta por él dirigida al cónsul inglés en París, en la que daba las razones por las que, desde el punto de vista militar, la empresa anglo-francesa estaba condenada de antemano a un rotundo fracaso. La opinión del Libertador fue citada incluso cuando la continuidad de la guerra llegó a discutirse en la Asamblea Nacional de Francia y tuvo amplia repercusión en la opinión pública de ambas naciones interventoras en el Plata por el bien ganado respeto que un militar estratega como San Martín poseía. 

José de San Martín en 1948, a los 70. Un par de años antes, fue consultado sobre el conflicto en el Río de La Plata, su opinión fue publicada en la prensa inglesa y francesa y tuvo un fuerte impacto

Vale la pena leer un extracto de esa carta en la que San Martín vertió sus opiniones: “Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside la República Argentina (en referencia a Juan Manuel de Rosas): nadie ignora el ascendiente muy marcado que posee sobre todo en la vasta campaña de Buenos Aires y resto de las demás provincias; y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido [de que] la totalidad se le unirán y tomarán una parte activa en la actual contienda. (...) Yo no dudo un momento podrán (las dos potencias) apoderarse de Buenos Aires con más o menos pérdida de hombres y gastos (...), pero aun en este caso estoy convencido que no podrán sostenerse por mucho tiempo en posesión de ella (...). Sostener una guerra en América con tropas europeas, no sólo es muy costoso, sino más que dudoso su buen éxito. Tratar de hacerla con los hijos del país; mucho dificulto y aun creo imposible encuentren quien quiera enrolarse con el extranjero. En conclusión: con 8.000 hombres de caballería, del país y 25 o 30 piezas de artillería, fuerzas que con mucha facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires, sino también impedir que un ejército europeo de 20.000 hombres salga a 30 leguas de la capital, sin exponerse a una completa ruina por falta de todo recurso; tal es mi opinión y la experiencia lo demostrará…”

Guerra del Paraná
Felipe Arana
La primera en enviar un embajador plenipotenciario a negociar las condiciones del cese al fuego fue Inglaterra, en uso del proverbial pragmatismo de su élite política. El 24 de noviembre de 1849 Enrique Southern, enviado del gobierno británico a Buenos Aires, firmó con el canciller Arana el célebre tratado por el que Inglaterra se comprometía a devolver los pertrechos tomados durante la lucha, desocupar la isla de Martín García, saludar en desagravio a la bandera argentina y reconocer que la Argentina como país soberano posee el derecho de reglamentar como lo considere apropiado la navegación de sus ríos interiores. No se incluyó la ya por entonces espinosa disputa por Malvinas (ocupada por Inglaterra desde 1833) aunque la Argentina por documento separado volvió a reclamar su soberanía sobre el archipiélago. 

Dato curioso: en rigor, Southern había llegado muchos meses antes a Buenos Aires, pero al presentar sus credenciales a Rosas, éste juzgó insuficientes las facultades con las que venía investido. Fue necesario gestionar nuevas cartas que la reina Victoria firmó en su residencia veraniega, el castillo de Balmoral, en Escocia.

Francia, sacudida por la revolución interna de 1848 ya no estaba en condiciones de continuar con su aventura colonialista en Sudamérica, razón por la cual, tras días de debate parlamentario, debió aceptar las cláusulas del tratado firmado por el jefe de la escuadra en el Plata el almirante Fortunato Le Predour, que establecía términos similares al acuerdo con los ingleses. La victoria militar y diplomática de la Confederación Argentina fue saludada por todos los pueblos hispanoamericanos que la vivieron como un triunfo propio. Recordarlo permite reflexionar sobre algo siempre vigente: si fuimos capaces de eso, frente a las dos principales potencias militares del mundo, entonces somos capaces de cualquier cosa.

Decreto del 27 de noviembre de 1845

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo  N° 23, del 30 de noviembre de 1845, se publicó un decreto del 27 de dicho mes  por el cual se consideró piratas a los capitanes y tripulaciones de los barcos invasores.


Combate de Vuelta de Obligado

Combate de Vuelta de Obligado - Gaceta Mercantil

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo  N° 23, del 30 de noviembre de 1845, se reprodujo un artículo sobre el combate de Vuelta de Obligado -hecho acontecido días atrás-  que se había publicado en la Gaceta Mercantil.


Combate de Vuelta de Obligado

Gaceta Mercantil


Archivo Americano