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viernes, 7 de julio de 2023

Vicente Pérez Rosales - Recuerdos del Pasado - El reencuentro con San Martín - Rosas en el exilio

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En esta oportunidad ofrecemos a los seguidores de este blog, partes del libro Recuerdos del pasado, cuyo autor fue el chileno Vicente Pérez Rosales.

Recuerdos del Pasado



En la página anterior de este Blog -Recuerdos del Pasado 193- dimos en breve síntesis la biografía de Pérez Rosales y también las experiencias vividas referidas  a los tiempos previos a la batalla de Cancha Rayada, el traslado de la familia a Mendoza y los hechos correspondientes al momento del fusilamiento de los hermanos Carrera.

En esta página se transcriben sus experiencias siendo estudiante en París y su reencuentro con el general San Martín. Después relatará su visita a Juan M. de Rosas, a quien conoció en Southampton. 

Recuerdos del pasado
1814 -1860
por Vicente Pérez Rosales
(Tercera edición - Santiago de Chile - Imprenta Gutenberg - 1886)

…había  ya entrado el año de 1829, sin que hasta  entonces nada hubiese perturbado la tranquila marcha que llevaba el  colegio Silvela, cuando un acontecimiento inesperado vino a sembrar en aquel templo de  instrucción la discordia de un verdadero campo de Agramante.

El general San Martin, el héroe de los Andes en 1817, el soldado que desechó en Chile una Presidencia y en el Perú una corona, aquel abnegado patriota que, según emponzoñadas lenguas,  había  acumulado en el Banco de Inglaterra caudales debidos a su puesto y a sus no muy honrados manejos durante la brillante epopeya de nuestra independencia, prolongaba aun en Europa, ‘solo, ignorado y pobre, el voluntario destierro que con tanta fuerza de voluntad se  había  impuesto, cuando ya no tuvo en América enemigos que vencer.

San Martin acababa de volver de un  colegio de Bruselas, donde  había  conseguido una beca de gracia para su única e interesante hija, Mercedes, que llevó consigo cuando salió de Buenos Aires para Europa; y en cuanto supo que existía en Paris un  colegio español-americano en el cual se educaban muchos argentinos, chilenos y peruanos, se dirigió presuroso a visitar en él a los hijos de sus antiguos compañeros de glorias y de trabajos.

La presencia de San Martin en el  colegio causó a los chilenos y a los argentinos la más viva alegría; a los peruanos taciturnidad, y a los españoles descontento. El general llegó a pie al  colegio, a pesar de la distancia que le separaba de su modesta habitación; vestía levitón gris rigurosamente abotonado; llevaba guantes de ante del mismo color, y se apoyaba sobre un grueso bastón. Al principio no me conoció, mas como viese que yo me lanzaba a abrazarle, llamándole, con gritos de contento: «¡Mi general!» Después de abrazarme con efusión, de separarme un poco, de mirarme con atención y de preguntarme de dónde era y a qué familia pertenecía, con mi contestación, me pareció ver brillar en aquellos ojos tan serenos y altaneros con que tantas veces supo despreciar a la muerte en los campos de batalla, una lágrima de ternura. Fue aquella escena de demostraciones de cariño, en la cual uno a uno iba estrechando en sus brazos a los colegiales que acudieron a saludarle, la más perfecta imagen de lo que acontece en una familia cuando inesperadamente vuelve a la casa un padre querido. Maravilloso era el alcance de la memoria de este hombre singular; pues casi no quedó miembros de nuestras familias por el cual no preguntase con solicito interés.

Habiendo dejado de ser estos Recuerdos del Pasado, obras póstuma, como yo me lo tenía presupuesto, fuerza ha sido separar de ellos, muchas fojas que por relacionadas con la historia, son todavía de inoportuna publicación.

Sin embargo, restituyo ahora las siguientes a su primitivo lugar, porque bien pensado, ni ellas se apartan de mi charla íntima, ni tampoco invaden los dominios de la adusta Clio.

Nunca dejé de acompañar hasta su alojamiento al: general- querido, siempre que iba a visitarnos; y un día tuvimos, entre otras, la siguiente conversación, pasando el sol a la sombra de los hermosos árboles de las Tullerías. El general, que parecía complacerse en hacerme saltar la taravilla, me dijo: con que también tocó al colegial echar armas al hombro en Mendoza, eh! Vaya, mucho que me alegro de tener a mi lado, después de tanto tiempo, a tan amable colega. —General, repuse, me parece que el colega que acaba usted de descubrir, no es de aquellos que más honor pueden hacer al arte de matar a compas y a son de música; porque, si en calidad de simple recluta suplementario y de virgen  espada, entré o me entraron al servicio, en la misma calidad lo terminé; así es que ni siquiera se me ha ocurrido hacer lo que tantos otros militares de mi calaña, esto es ocultar esa virginidad y darme aires de mujer corrida, para mejor optar a premios. —Soltó, al oír esto, el viejo veterano, una estrepitosa carcajada, y sin dejarme proseguir, me dijo: ¿Qué se decía en Chile de los argentinos, cuando usted salió para acá? ¿Se acordaban del Ejército de los Andes? —Señor, le contesté, acontecimientos hay que no pueden ser olvidados y el paso de los Andes es uno de ellos. —Bien está, repuso; pero eso no era precisamente lo que quería averiguar. ¿Me quedan aún en Chile los pocos amigos sinceros que dejé al salir? Porque amigos de nombre, amiguito, prosiguió poniéndome con cariño la mano en el hombro, rodean con tanta abundancia al que dispone de empleos que poder repartir, cuanta es la escasez de los sinceros.—

Con la entrada de Freire al poder, contesté, conmovido por el aspecto que asumió el semblante del general al terminar su frase, muchos de los amigos íntimos de usted, por serlo también de O'Higgins, han enmudecido, y otros como Solar, cuya casa frecuentaba usted tanto, han sido arrancados entre gallos y medía noche del seno de sus familias, para hacerles pagar en el destierro el crimen de la amistad que profesaban al héroe de Rancagua. —De manera, repuso San Martin, con viveza, mi pobre reputación, por igual motivo, no andará de lo mejor parada por allá?

Así es la verdad, contesté, porque... no me atrevo... Atrévase, usted, querido, dijo  entonces, animándome, haga usted cuenta que está hablando con un condiscípulo suyo. ¿Por qué... decía usted? Porque así como O'Higgins, proseguí diciendo con timidez, tiene sus enemigos por ella, a usted tampoco le faltan, pues son contados los hijos de la Patria Vieja que no atribuyan a usted y a don Bernardo, la desastrosa muerte de los Carrera, cuya ejecución califican de inútil y de atroz asesinato; ni faltan tampoco males lenguas que atribuyan a usted poca pureza en la administración de los dineros que Chile ponía en sus manos para que atendiese con ellos a la libertad del Perú,

Echó San Martin, al oír esto, su rostro con violencia entre ambas manos, y tanto rato permaneció, en esta nerviosa situación, que así podía significar evocación de dolorosos recuerdos, como el disgusto amargo que siempre causa en corazones bien puestos la humana ingratitud; y ya comenzaba yo a arrepentirme de haber sido tan sobradamente franco al contestarle, cuando enderezándose y aspirando el aire con violencia, y fija la vista como distraído, en las copas de los árboles, exclamó, a medía voz, y como hablando para sí: ¡Gringo badulaque, Almirantito, que cuanto no podía embolsicar lo consideraba robo!... Dispénseme, usted, querido colegial, continuó, no sé dónde se me  había  ido la cabeza. Con que todo eso dicen por allá? Eh! razones tendrán para ello, y ahora dígame usted ¿qué hubieran hecho ustedes en Chile con tres argentinos, que por haber sido, con razón y sin ella, no solo mal recibidos sino hasta perseguidos por el gobierno chileno, se hubiesen metido, aunque llenos de las más patrióticas intenciones, dos de ellos a revolucionarios y el tercero a sangriento montonero? ¿Qué hubieran hecho ustedes ante el peligro de la pública tranquilidad y ante el aspecto de la sangre chilena derramada por las armas de éste, hasta en las puertas del mismo Santiago, si esos tres argentinos hubiesen caído en sus manos? ¿Hubieran necesitado ustedes de los consejos de un O'Higgins o de un pobre San Martin para hacerlos fusilar?... En cuanto a lo de la poca pureza, prosiguió con triste sonrisa, después de echar una sarcástica mirada sobre su ropa y de contemplar, dándolos vuelta sus gruesos guantes de gamuza, ya lustrosos por el uso: ¡A la vista está!

Pobre amigo! Pésame aun haber pulsado en aquella conversación tan repugnante cuerda; pues de todo podría la maledicencia acusar a San Martin menos de peculado. Yo conocía la pureza de San Martin en el manejos de los dineros que corrían por su mano; pero ignoraba muchos de sus rasgos  generoso desprendimiento en obsequio del mismo país, por cuya libertad lidíaba. Ignoraba que los diez mil pesos, suma enorme  entonces, obsequiados al héroe por el cabildo de Santiago para costear su viaje a Buenos Aires, después de la batalla de Chacabuco, los  había  éste cedido para que, con ellos, se echasen los primeros cimientos de nuestra actual Biblioteca Nacional, y entre otras generosidades de aquella hermosa alma, ignoraba también que hasta el fomento de la vacuna costaba a San Martin la tercera parte de los productos de un fundo rústico que poseía en Santiago, y San Martin era pobre!

Con mi vuelta a Chile a fines del año de 30, terminaron mis relaciones íntimas con este viejo y respetado amigo, cuya conversación me instruía y agradaba al mismo tiempo. Perdile desde  entonces de vista, para tener veintinueve años después el sentimiento de encontrar tan solo patentes y dolorosos rastros suyos, en casa de su yerno Balcarce, situada a algunos kilómetros de Paris, sobre la margen del turbio Marne. En ella y a cargo de las preciosas nietas de aquel prócer de nuestra independencia, no solo se conservaba con religioso cuidado el orden de colocación que  había  dado a sus modestos muebles en el pequeño cuarto que ocupaba, sino que hasta se veía, sobre el velador que acompañaba su lecho de campaña, un braserillo para fumar, en cuya fría ceniza se ostentaba clavado el resto de un último cigarro! Lucíanse en las paredes de aquel aposento, que toda la familia apellidaba «el cuarto de Padre», algunas armas y entre ellas aquel sombrero de hule y aquella corva espada con cadenilla en vez de guardapuño, que sirvieron de enseña de gloria a los patriotas de Chacabuco y de Maipú, y que reproduce, con rara perfección, la estatua ecuestre que engalana la entrada de nuestra ancha y conocida calle del Dieciocho.

Triste es, sin duda, la suerte de los grandes servidores de la humanidad, cuando la relación histórica de sus laudables hechos corre a cargo de miopes plumas que, a semejanza de las pedantes críticas literarias, se atreven, muy orondos, a juzgar lo que ni son capaces de idear ni mucho menos de escribir.

Poco tienen que agradecer los heroicos hechos de San Martin a sus intrusos comentadores, y para colmo de necedades veo que, en el día, cunde el maniático empeño de juntar a Bolívar con San Martin, no para erigir altares a esos venerados padres de la patria americana, sino para sentarlos en el banco de los acusados; para parangonarlos, para deducir del parangón conclusiones sacrílegas, y para establecer entre ellos hasta comparaciones lugareñas, como si la patria de Bolívar fuese otra que la patria de San Martin.

San Martin y Bolívar no son más que las dos sublimes mitades de aquel sagrado todo único e indivisible, que la mano del siglo diez y nueve formó para la redención americana. Colocadas cada una de estas dos mitades en opuestos hemisferios, cada una de por si desempeñó con decisión y gloria en el campo que le cupo en suerte, la tarea que la abnegación y el patriotismo les impusiera. Bolívar no habría hecho más en el Sur del Continente, que lo que el hijo de Yapeyú hubiera podido hacer en el Norte. ¿Qué hubiera sido del uno sin el otro? Esas dos sublimes mitades, pues, nacieron para completarse y nunca para ser con justicia parangonadas.

Pero veo que mis recuerdos me apartan de la hilación que me imponen las fechas; vuelvo, pues, a las consecuencias de la visita de San Martin al  colegio de Silvela.

Los peruanos, los españoles, de cuya alianza contra los chilenos y los argentinos, no he podido darme hasta ahora razón, comenzaron a separarnos y aun a hostilizarnos a hurtadillas; pero el mal no hubiera pasado de allí si otro incidente, tan casual como el de la presencia de San Martin en el  colegio, no hubiese, pocos días después, venido a agravar la situación, aumentando los combustibles, cuya explosión debía hacer cerrar para siempre las puertas de tan notable establecimiento.

El general Morillo, aquel valiente y feroz militar que luchó contra Bolívar en Colombia, héroe para los españoles, monstruo de crueldad y de ignominia para los americanos, vino también a visitar nuestro colegio.

Este sargento de recia constitución y de desembarazado mirar, en quien las palas de general no alcanzaban a encubrir la burda cáscara de sus feroces instintos, tenía el cuerpo lleno de cicatrices. Mi condiscípulo Torres, colocado por él en el  colegio, me decía que era imposible conciliar el sueño durmiendo cerca de él, en los cambios atmosféricos, pues más que simples quejidos, eran bramidos los que, durmiendo, le arrancaban el dolor de sus antiguas heridas, La presencia de este militar en el  colegio causó tanto contento a los españoles, y sin saber por qué a los peruanos, —que sin salirle a recibir, se regocijaban con ella—, cuánto disgusto a los chilenos, argentinos y colombianos, entre los cuales hubo uno a quien fue preciso contenerle para que no fuese a insultar a Morillo en la misma sala de recibo.

El resultado de estas dos visitas no podía ser dudoso, y si la revolución de julio de 1830 no hubiese venido a dar a los encontrados ánimos de los ciento ochenta alumnos del  colegio otro giro, sin duda alguna, ese año hubiera terminado con escándalo sus no ha mucho ordenadas, pacíficas e instructivas tareas, un establecimiento cuya importancia aun conmemoran cuantos le conocieron.

....................

El 3 de mayo de 1855, fecha de mi llegada par tercera vez a Buenos Aires, distaba solo tres años y tres meses del notable acontecimiento que  había  obligado al dictador Rosas, vencido en Monte Caseros, a buscar en la lejana Inglaterra la seguridad individual que no podía ya encontrar en su propia patria.

No conozco hombre de Estado que haya merecido a la literatura y a la prensa americana, recuerdos tan vivamente apasionados, como los que corren consignados sobre Rosas. Los verdaderos o los supuestos hechos que se atribuyen a este hombre singular, que retó a la Francia, escupió a la Inglaterra, despreció al Brasil, y supo al mismo tiempo luchar y sostener su inaudito poderío contra los implacables enemigos que existían en su patrio hogar, han sido cantados en todos los tonos que recorren ocho de las nueve musas del Parnaso, solo la novena ha enmudecido; la severa Historia, que hasta ahora por no ser aun tiempo de hablar, ha observado el más rígido silencio.

Y, en verdad, que el hombre de fuera, el hombre imparcial, en presencia de los hechos que se cuentan, y en la de las muchas contradicciones que ellos mismos envuelven, para merecer el nombre de justo, hasta estar mejor informado, debe suspender su fallo,

He aquí los hechos descarnados que no han sido hasta ahora desmentidos, y que confiesan los más encarnizados enemigos de Rosas.

La mayoría de los habitantes de los grandes centros poblados del vasto Estado platense, tanto por las grandes distancias en que se encuentran unas de otras las poblaciones, cuanto por su amor al selfe government, no han querido, ni quieren vivir bajo el régimen de los gobiernos unitarios.

El propósito solo de pretender plantear un gobierno unitario en las provincias argentinas, obligó al esclarecido estadista Rivadavia, recién nombrado presidente de la República, por la convención constituyente del 16 de diciembre de 1826, a resignar el mando el 5 de julio de 1827. Desde ese día cada provincia se gobernó por sí sola, y la de Buenos Aires se dio por gobernador al desventurado Dorrego, jefe  entonces del partido federal, Dorrego contaba con pocas simpatías en el ejército; éste se insurreccionó, y la revolución del 1° de diciembre de 1828, encabezada por el general Lavalle; obligó al gobernador a refugiarse en la campaña,

Oigamos ahora, para darnos cabal cuenta de lo que sucedió después, las palabras con que refiere estos sucesos la comisión para la Exposición de Filadelfia en su obra República Argentina, publicada por orden y cuenta del Estado en el año 1876, pág. 20.

«Allí (Dorrego en la campaña) encontró el apoyo del comandante general de los partidos de la campaña, Juan Manuel Rosas, y formó un pequeño ejército con el objeto de marchar sobre Buenos Aires; pero Lavalle triunfó, lo hizo prisionero y lo fusiló sin proceso, el 13 de diciembre de 1828. Lavalle se arrepintió más tarde de esta precipitación, porque Dorrego, hombre estimado, era el jefe del partido federal; y este por la muerte violenta de aquél, que consideraba un crimen abominable, resolvió usar la ley del Talión con los unitarios. No solo toda la campaña de Buenos Aires se levantó, con Rosas a la cabeza, contra Lavalle, sino también una gran parte de las otras provincias. Considerando este hecho como una declaración de guerra, la asamblea reunida  entonces en Santa Fe, declaró ilícito el gobierno de Lavalle».

Por perversa que sea la redacción de los párrafos que acabo de copiar, bastará tal cual buena voluntad para comprender lo que quisieron decir los literatos argentinos cuando los escribieron.

Prosigo citando hechos incuestionables.

Después de una lucha encarnizada, fue investido Rosas por la asamblea provincial de Buenos Aires, gobernador de la provincia; con facultades extraordinarias, en diciembre de 1829.

No aceptó, tres años después, la reelección que se le ofrecía en diciembre de 1832. Se retiró a la campaña, y solo en marzo de 1835 aceptó la dictadura casi ilimitada que se le ofreció y que continuó ejerciendo hasta que el levantamiento de Entre Ríos dio por resultado su derrota en Monte Caseros, el 3 de febrero de 1852. Se retiró después a bordo de un navío de guerra inglés, marchó en él a Inglaterra, y allí «fue recibido por las autoridades inglesas con demostraciones honorificas».

De lo expuesto se desprende:

1.° Que dos partidos que se aborrecían entre sí, lucharon por el predominio de sus ideas;

2.° Que Dorrego, gobernador legal de Buenos Aires y jefe del partido federal, fue derrocado del poder por tropas insurrectas, mandadas por el general Lavalle, jefe  entonces del partido unitario;

3.° Que Dorrego vencido y hecho prisionero, fue fusilado por Lavalle, sin proceso alguno; y

4.° Que a consecuencia de este bárbaro atentado, quedó de hecho proclamada la ley del Talión.

Ahora bien, se pregunta; dado que fuesen ciertos cuantos horrores se atribuyen a Rosas, lo que dista bastante de la verdad ¿por qué no han de ser copartícipes de ellos, los que primero que él y sin ningún antecedente que autorizase el acto de asesinar sin causa previa, los promovieron? Sí, como se asegura que Rosas mataba, complaciéndose con el tormento de cuantos enemigos caían en su poder, lo que también es inexacto, ¿qué hubieran hecho los unitarios con Rosas, si éste hubiese caído en sus manos?

Cuando se llega a inhumanos extremos, a los sangrientos horrores de una guerra a muerte, ninguna de las dos fieras que se despedazan entre si, tiene derecho para achacar a la otra la responsabilidad de la sangre que se derrama, a menos que una de las dos, por actos incalificables, haya obligado a la otra a echar mano de represalias, y en este caso el partido unitario debería enmudecer,

Además, cómo no suspender el juicio antes de emitir un fallo definitivo, sobre los actos de un hombre a quien no se le ha oído aun; actos que para atribuírselos a Rosas, han sido rebuscados en el corazón de los tigres, y que representados en pinturas, se ve en ellos a un hombre estrujando con sus propias manos en una copa la sangre de un corazón humano, para bebérsela enseguida! La misma exageración u enormidad impone a la prudencia, el deber de detener su fallo antes de estar mejor informada,

Lo que hay de cierto y muy averiguado, entre otras muchas cosas que omito, es que Rosas supo muy mal escoger sus amigos; pues, aquellos a quien este hombre extraordinario dispensó más cariño y más confianza, fueron después sus más encarnizados detractores, y los ejemplos los hemos tenido en Chile; pues, cuando publicaban la fama y la prensa con descaro, que las hijas del general Lavalle, atadas a un poste, con los párpados cortados por orden de Rosas, sufrían con los rayos del sol sobre sus indefensas retinas, los tormentos que la más bárbara y extraviada mente pudo inventar, esas hermosas victimas del tirano, bailaban regocijándose en las tertulias del alegre Santiago.

Yo que desde el principio sabía todo esto, y que  había  disfrutado varias veces en Buenos Aires de la misma seguridad que se disfrutaba en nuestra capital, movido por la curiosidad, pregunté a la señora de Mendeville, matrona respetable y respetada de la alta sociedad bonaerense, en cuya casa se me dispensaba la más cordial y franca hospitalidad, si después de la salida de Rosas quedaban aun en la ciudad algunos miembros de su familia, porque deseaba conocerles, y por toda contestación mandó un recado a......, parienta inmediata del dictador, diciéndola que la esperaba.

No tardó en llegar a la casa, con los atavíos de la más sencilla elegancia, una de las más hermosas mujeres que he tratado en el curso de mi vida. Juventud, atractivos, franqueza, educación y fino trato, adornaban a ese ser privilegiado; la cual, oyéndome decir que deseaba saludar al señor don Juan Manuel a mi pasada por Southampton, tuvo la bondad de entregarme una tarjeta suya, en cuyo respaldo escribió con lápiz una sola palabra. Tuve después ocasión de ver dos veces en el teatro a esta señora, y la de observar los cordiales saludos que la dirigían los concurrentes desde sus palcos.

Hablando algunos días después en Montevideo con el señor Mendeville, comerciante acreditado de aquella importante plaza, me indicó la posibilidad de echarnos pronto al bolsillo algunos pesos fuertes, si yo me resolvía a escribir un folleto sobre Rosas, y a mandarle diez mil ejemplares. Aseguraba se vendería en el acto y a muy buen precio, con tal que el escrito contuviese un examen analítico-moral del corazón del ex-dictador, sus actuales tendencias y el fundamento de sus futuras esperanzas de volver a ejercer el poder en Buenos Aires. «No descuide usted, me decía, los movimientos de su fisonomía; repare usted si los actos de benéfica humanidad le son indiferentes o le entristecen; sígalo usted al teatro cuando se representen dramas horribles o tragedias, y apunte con minucioso esmero el carácter que asume su rostro en los momentos de las catástrofes; exprese, como usted sabe hacerlo, cómo en esos momentos le brillan los ojos de alegría, y cómo las demostraciones de duelo por el crimen consumado, solo le merecen desprecio».

Pareciéronme un si es no es apasionadas las  instrucciones que me daba aquel honrado comerciante del pintoresco Montevideo, y mucho más me lo parecieron después, cuando mostrándole yo aquellas mentadas «Tablas de Sangre,» que los enemigos de Rosas lanzaron como un brulote por toda la América, para atestiguar los crímenes que se atribuían a ese mandatario, y cuestionándole sobre ellas, reparé que pasaba como por sobre brasas encendidas al llegar a muchos hechos que, sin dárselo yo a entender, me constaba que eran falsos.

Llegado después de un viaje feliz a Southampton, pregunté al dueño de mi posada si sabía dónde vivía Rosas; y con su respuesta afirmativa, si sabía en qué se ocupaba, o qué hacía en aquella ciudad, y me respondió estas textuales palabras:

—Esa fruta de horca, solo se ocupa en hacer mal, y si no mata gente aquí como mataba en Buenos Aires, es porque en Inglaterra del asesinato a la horca no hay más que un paso.

Espantado con semejante juicio, quise profundizar algo el cimiento «sobre que se apoyaba, y no tardé en descubrir que ni de vista conocía a Rosas, y que si llegaba a saber que existía un Buenos Aires en América, era más por la línea de vapores que entre Southampton y aquella plaza navegaba, que por sus conocimientos geográficos.

Los fundamentos de su inconsciente fallo no traían más calificado origen, que el que dejaban en su memoria las hablillas más o menos apasionadas de los argentinos que, de paso, alojaban como yo en su posada,

Se comprende que cuanto se decía de Rosas debía interesar vivamente mi curiosidad; así fué que en cuanto instalé mis trevejos en mi alojamiento y di una vuelta para recorrer la ciudad, que vi con gusto por segunda vez, me dirigí a casa de Rosas.

Vivía éste en el segundo cuarto de una modesta casa de cinco pisos, altura muy común de los edificios de aquel pueblo. Llamé, y habiendo entregado al portero que acudió al llamado, muchacho que por el color de la tez me pareció americano, una tarjeta mía, no tardé en oír la voz entera de un hombre que parecía acostumbrado a mandar, que ordenaba se me franquease entrada,

Un instante después se adelantó a recibirme el mismo Rosas. Era éste entonces un hombre como de sesenta y dos años de edad, de estatura más que mediana y de robusta complexión. Lucia su rostro, sobre una tez blanca y sanguínea, dos hermosos ojos azules, una nariz aguileña, y un par de labios, aunque finos, perfectamente diseñados. Nada encontré en su traje que llamase mi atención, vestía como viste un honrado y modesto inglés de mediana fortuna. Ni vi en él chiripá, ni tampoco el grueso pantalón con vivos lacres, ni mucho menos el chaleco de lana colorado y la divisa que afectaba lucir en Buenos Aires, ya en las revistas o ya en los campos de batalla, como me aseguraron en América que encontraría al ex-dictador vestido aquí.

Recibióme con afectuosa cortesía, sin olvidar aquella prudente reserva, forzosa compañera del hombre de mundo cuando trata por ver primero a un desconocido; mas, ésta duró poco, pues no hizo más que recibir la tarjeta de su parienta y leer lo que en el respaldo de ella iba escrito, cuando levantándose de su asiento, me tendió con efusión los brazos, apellidándome paisano!

Seis días estuve en Southampton, y en esos seis días tuve ocasión, uno de almorzar con él, y los cinco restantes de acompañarle a tomar mate, bebida sin azúcar, que parecía serle favorita,

Noté, en mis conversaciones con este hombre excepcional, que se había apoderado de su ánimo cierta manía de creer que era imposible que los argentinos pudiesen vivir en paz, bajo otro sistema de gobierno que el absoluto: que él era el hombre indispensable para contener los desbordes de las pasiones tan propias de esos locos, a quienes tanto seguía queriendo, sin saber por qué, y que era también imposible, que el escaso juicio, que aún se complacía en reconocerles, no les obligase a llamarle de un instante a otro. Por cada vapor que llegaba esperaba este llamado, y por cada vapor sufría decepciones su creencia, pero esas decepciones más le inspiraban lástima que cólera, pues, según él decía, mas perdían ellos en no llamarle, que él permaneciendo donde estaba.

Hablábame con calor sobre la enormidad de los crímenes que se le atribuían, ¡recuerdo que, paseándose con exaltación la víspera del día en que debí proseguir mi viaje, me cogió de la mano y llevándome a una pieza atestada de cajones abiertos y de sacos de legajos y papeles me dijo: «Ve usted todo esto, paisano? Pues aquí tiene usted el archivo privado de mi gobierno; aquí puede usted encontrar no solo los documentos que justifican mis actos, sino también muchos de aquellos que acreditan la desleal conducta de mis enemigos, ingratos unos y malos cuasi todos. Ya vendrá el día en que todos estos documentos vean la luz pública y de ello me ocupo ahora, agregó señalándome con la mano multitud de papeles borrajeados que tenía sobre su escritorio... Todo lo comprendo, paisano, agregó con despecho, porque conozco las aspiraciones de los chasqueados; pero lo que no comprendo, lo que nunca he podido comprender, es que los chilenos, sin oírme siquiera hayan amuchado el número de mis enemigos, cuando el solo examen de la conducta que ha observado en Chile esa tropa de baguales, dispénseme la expresión, que se refugiaron en aquella república, sobraba para conocer la calidad de los testigos que deponían contra mi».

Preguntado, por qué no  había  promovido en Chile la creación de un diario encargado de rectificar las calumnias de sus detractores, me contestó: «porque los primeros pasos que di en este sentido fueron desgraciados... Promoví en la ciudad de Valparaíso la creación de un diario, de cuya redacción se encargó un señor Espejo... don Juan Nepomuceno, recuerdo que era su nombre; pero no surtió efecto esta medida; porque los diarios de ese país estaban todos en poder de argentinos. Hice ir  entonces a su tierra, a un joven cuya familia me debía servicios, y que hasta  entonces me  había dado a entender que era un ardiente partidario mío, y en cuanto no más se encontró en Chile, influenciado por su padre, me volvió la espalda: y también, señor don Vicente, hablemos claro, no hice más diligencias porque cometí la chambonada de presumir más de lo que debía, de la penetración de los chilenos para deducir de las mismas exorbitancias que se contaban de mí, y de la conducta de mis detractores, la poca fe que sus relatos merecía. 

domingo, 14 de marzo de 2021

Fallecimiento de Rosas

 Revista Caras y Caretas N° 1814 del 8 de julio de 1933


 FALLECIMIENTO DE ROSAS


En el N° 1814 de la revista Caras y Caretas publicada el 8 de julio de 1933, apareció este interesante artículo que corresponde a las traducciones de dos noticias necrológicas aparecidas en el The Hampshire Advertiserd que se editaba en Southampton, referentes a la muerte y al funeral del general Rosas.

Southampton, es una ciudad ubicada al sur de Inglaterra, sobre el Canal de la Mancha, en la que vivió exiliado Juan Manuel de Rosas y en la que falleció el 14 de marzo de 1877.

A continuación el artículo.


Muerte y funeral de Rosas

Muerte y funeral de Rosas


Rosas en el destierro

Por Liborio Justo (Lobodon Garra)

 

Extraordinarios detalles desconocidos de su vida y de su muerte, revelados por las notas necrológicas de un diario inglés de la época

 

Muerte del general Rosas

"Su excelencia general Juan Manuel de Rosas ex gobernador y dictador de la Confederación Argentina, falleció a las 7 del miércoles en su casa-quinta en Swathling, distante alrededor de 3 millas de Southampton. Había nacido el 30 de marzo de 1793 y, por consiguiente, dentro de una quincena hubiera alcanzado los 84 años de edad. El difunto, que había residido en Southampton y sus alrededores durante los últimos 25 años, fué atacado por una inflamación a los pulmones el sábado último después de haberse expuesto imprudentemente a la inclemencia del tiempo y, no obstante la sabia y constante atención del doctor John Wiblin, F. R. C. S. (1), quien había sido su médico y amigo confidencial durante todo el período de su residencia en este país, sucumbió al ataque a la hora mencionada. Doña Manuelita de Rosas de Terrero, la devota hija y compañera del ex gobernador, llegó a Londres el lunes y estuvo en constante cuidado de su padre durante sus últimas horas. Su esposo, don Máximo Terrero, salió de Southampton para Buenos Aires hace apenas unas semanas, el 24 de febrero, en el vapor "Minho" de la Royal Mail Company, con documentos auténticos y todo lo necesario para recobrar las propiedades de su esposa y las del general, que ellos habían heredado. El fallecido tenía un hijo (coronel Rosas) quien residió en Southampton por algún tiempo, habiendo muerto en Buenos Aires hace ya algunos años. Tenía una hija (doña Manuelita de Rosas de Terrero) y esta señora tiene dos hijos de 18 y 20 años, respectivamente, el mayor de los cuales ha rendido el miércoles sus exámenes en la Escuela de Minas de Londres.

El general Rosas fué derrocado de la dictadura el 3 de febrero de 1852 por un Ejército al mando del general Urquiza. Sus tropas fueron completamente derrotadas y e! general y su hija Manuelita tuvieron que refugiarse en la ciudad de Palermo, de donde escaparon durante la noche, llegando en seguridad a bordo del H. M. S. "Locust", y al día siguiente fueron transbordados al H. M. S. "Centaur", Almirante Henderson. Se dijo entonces que se trasladaría a los Estados Unidos, pero el general Rosas llegó a este país en el mes de abril siguiente, habiendo sido traído en un barco de guerra inglés comandado por el capitán Day, miembro de una familia de Southampton. Cuando llegó a esta ciudad el general tomó departamentos en el Wíndsor Hotel hasta que pudo obtener una residencia conveniente. Esta fué encontrada en Rockstone-place, Carlton-terrace, donde residió por muchos años. Mientras estuvo en la ciudad el general acostumbraba a cabalgar por las calles casi diariamente en un hermoso caballo negro y su majestuosa forma y porte militar, junto con los arneses de su cabalgadura, siempre atraía mucha atención y admiración. Más tarde se trasladó a la quinta donde permaneció hasta su muerte. Este lugar, llamado Burgess - street - farm, de una extensión de 300 a 400 acres, fué tomado en alquiler al difunto míster John Flemming, de Stoneham Park, y en el invirtió mucho dinero, encontrando su mayor diversión y placer en cuidarlo personalmente. El general había estado muy enfermo de gota por algunos años, pero se le podía ver constantemente cabalgando por los campos y su mayor entretenimiento parecía ser montar a caballo y dar órdenes a los hombres que ocupaba. Su pasión de mando era tan grande, que a nadie le estaba permitido hablar una palabra, excepto para dar a comprender que había entendido una orden dada o para hacer preguntas. El general Rosas pagó siempre a los empleados y peones de su quinta alrededor de un tercio más de los salarios corrientes en el distrito, pero tenía la peculiaridad de tomarlos únicamente día por día. Cada hombre era pagado diariamente e informado si se le necesitaba o no al día siguiente. Este aspecto algo extraño de su carácter era originado por su determinación de no encontrarse atado nunca por compromisos permanentes, pero en la práctica los hombres estaban en empleo regular, y pocos cambios eran hechos. Tan estrictamente disciplinarios fueron sus hábitos, que el tiempo de trabajo de cada hombre era calculado hora por hora. Tenía siempre un sereno, invierno y verano para que tocase cada media hora, durante la noche, una gran campana colocada bajo la ventana de su dormitorio. Fue siempre una característica del fallecido pagar bien por el trabajo que contrataba, pero era rígido en comprobar que el trabajo se cumpliera.

El general Rosas huyó de su país sin nada en forma de propiedad, pero poco tiempo después de su huida el general Urquiza, uno de los generales de Rosas que se había vuelto contra él, sitió con éxito la ciudad de Buenos Aires y levantó entonces la confiscación sobre las propiedades de Rosas, lo cual permitió al exilado obtener por la venta de una de sus fincas 16.000 a 20.000 libras. Urquiza fué posteriormente expulsado de Buenos Aires y las propiedades del general Rosas fueron nuevamente confiscadas. Su mano fué, en general, extendida a todos los que estuvieron en contacto con él, y sus actos de generosidad fueron ilimitados mientras duró su dinero. En los últimos años de su vida, el ex gobernador, dependía enteramente de los amigos de su familia y del esposo de su hija. Por muchos años el general Rosas y el difunto lord Palmerston cambiaron visitas frecuentemente en Rockstone-place, en la quinta de Swathling y en el solar de Broadlands, y la más amistosa correspondencia fué mantenida entre ellos.

Por voluntad del difunto general sus estados y propiedades en la Confederación Argentina han sido dejados a su hija y a su yerno, quienes son también los ejecutores de su última voluntad y testamento. El muerto era católico romano. Su funeral, que será estrictamente privado, tendrá lugar en el cementerio de Southampton el próximo martes, habiendo sido confiados los arreglos pertinentes a Mrrss. Mayes and Son, de High-street."

("The Hampshire Advertiser", Southampton, Saturday. March 17, 1877).


Funeral de general Rosas

El funeral de Su Excelencia el general Juan Manuel de Rosas, ex Gobernador y Dictador de la Confederación Argentina, cuyo fallecimiento en su casa quinta de Swathling el miércoles pasado fué anunciado en el Advertiser del sábado, tuvo lugar ayer (martes), habiendo sido enterrados sus restos en una bóveda en el cementerio de Southampton. El difunto era católico romano, y el Lunes a la tarde, entre las 7 y las 8, el féretro fue trasladado de la casa-quinta a la Capilla Católica Romana de la calle Bugle, Southampton, donde se verificaron las ceremonias usuales de la Iglesia Romana y donde permaneció hasta ayer por la mañana. Alrededor de las 11 se celebró un servicio completo, conducido por el Rev. (aquí se repite un renglón que seguramente reemplazó a otro que hacía comprensible el relato) Rev. Padre Mount, el párroco, quien se encuentra actualmente en el continente. A la conclusión del servicio, el cual fué de carácter más impresionante, el féretro (cubierto con un paño negro con una gran cruz blanca) fué colocado en una carroza tirada por cuatro caballos con mantas de terciopelo. El resto del cortejo consistía en dos coches fúnebres y el carruaje del doctor Wiblin, F. R. C. S., quien había sido el médico y amigo confidencial del general en todo el período de su residencia en este país. En el primer coche iba el Barón de Lagatinerre (Capitán de Estado Mayor, agregado al Estado Mayor General del 2° cuerpo de Ejército y sobrino del fallecido), señor Manuel Terrero (nieto del fallecido) y el Rev. Padre Gabriel. En el segundo iban los sirvientes del difunto general y de la señora Terrero, y en el carruaje del doctor Wiblin, este y míster Flemming, procurador de Londres. El servicio en el cementerio fué muy corto y, como el funeral era de naturaleza estrictamente privada, la concurrencia a la tumba no fué tan numerosa como sin duda hubiera sido de otra manera. El féretro era de roble inglés macizo, lustre francés, con espléndidos ornamentos. En la tapa llevaba una placa de bronce con la siguiente inscripción hermosamente iluminada:

Juan Manuel de Rosas

Born 30th March 1793

Died 14th March 1877

Los arreglos fueron confiados a Mrrss.Mayes and Son, de High-street y conducidos bajo vigilancia personal en una forma enteramente satisfactoria".

("The Hampshire Advertiser", Southampton, Wenesday, March 21, 1877).

Copiado y traducido en Southampton, en diciembre de 1930, por LIBORIO JUSTO.


(1) F.R.C.S. es la sigla de Fellow of de Royal College of Surgeons, que en castellano significa Miembro del Real Colegio de Cirujanos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Comentamos estos libros recibidos

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 24 - Setiembre 2012 - Pags. 14 a 16 

Comentamos estos libros recibidos


Beatriz Doallo

Hace catorce años, en la colección Estrella Federal -cuyo director era el recordado historiador y escritor Fermín Chávez-  se publicó  “El exilio del Libertador”, ensayo de la autoría de la profesora Beatriz Celina Doallo.

Ahora ve la luz “El exilio del Restaurador”, publicada por Ediciones Fabro, otra obra de la misma escritora, redactada en 2004, y que hasta este momento se encontraba inédita.

Mucho se ha escrito sobre la vida de Juan Manuel de Rosas, tanto por panegiristas cuanto por detractores, ya sea en nuestro país, como en el extranjero, muestra del interés que despertó y despierta este personaje de nuestra historia. Se habla de la época de Rosas, como no se habla de una época de Sarmiento, de una época de Mitre, o de otra figura histórica del siglo XIX. Recién un siglo después se hablará de la  época de Perón. Como dijera el escritor Guillermo E. Hudson,  Rosas era “el más interesante de los caudillos de América”.

La derrota de Rosas en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852 originó un cambio en el devenir histórico de nuestro país, que ya no será el mismo a partir de ese día. Y esa mutación en la historia patria también ocurre en la vida del Restaurador. Rosas era hasta entonces el hombre fuerte de la Confederación Argentina y uno de los más ricos estancieros de su tierra, admirado y apoyado por su pueblo y por otros países de América. Lo comparaban con las más destacadas personalidades de ese momento en el mundo, y lo respetaban por su férrea defensa de los intereses nacionales frente a las grandes potencias de aquella época. Y desde esa altura, de un día para otro, pasa a ser un desterrado, un simple granjero en Inglaterra, olvidado por parte de su familia y por los numerosos “amigos” que lo rodeaban cuando estaba en el poder. No ocurrió así con el pueblo, sus gauchos e indios, quienes siempre lo recordaron. En Inglaterra, se vio inmerso en problemas para sobrevivir dignamente de su trabajo, ya que sus bienes y los de sus dos hijos, que le acompañan en el exilio, fueron confiscados en la Argentina por sus enemigos políticos.

Si mucho se ha escrito sobre el Restaurador de las Leyes, no lo ha sido tanto con respecto a su forzado ostracismo en particular, por lo que este ensayo es un valioso aporte para conocer ese tercio de su vida en que se vio obligado a vivir lejos de su querida Pampa.

Como escribía el siempre recordado y leído autor Manuel Gálvez: “La vida de Rosas nos deja algunas enseñanzas”, y son muchas las enseñanzas que nos proporciona su vida en el destierro.

En el año 1914, Hipólito Yrigoyen encontrándose en Rosario, les dijo al político radical Ricardo Caballero  y al coronel Ricardo Pereyra Rosas: “Cuando ustedes estudien la personalidad del general Rosas, dirijan las investigaciones a destacar la nobleza y la altivez de la vida solitaria que llevó en el extranjero. Es para mí ese período de existencia azarosa, el que ilumina con mejor luz el fondo de su recia personalidad…”

Rosas, en lugar de llevarse su dinero, que había sido bien habido, sólo se preocupó por hacer transportar a Inglaterra cajones con la documentación relativa a su gobierno, lo que permitió, luego de su fallecimiento, salvar su honor ante la posteridad. De no haber actuado así, sus enemigos hubieran destruído todo ese material documental. Para ello hay que tomar en cuenta lo referido por el escritor Ernesto Quesada acerca de que esa destrucción o escamoteo, que previó y evitó Rosas, habría impedido a las sucesivas generaciones de argentinos y a los historiadores revisionistas como Adolfo Saldías y el propio Quesada, conocer y reconstruir la verdadera historia de aquellos tiempos.

No se tienen noticias de otro caso igual a nivel mundial, de que un gobernante forzado a exiliarse, se marche de su país llevándose papeles y documentos de su gestión sin valor económico alguno, en lugar de riquezas que le aseguren una vida confortable en el extranjero. Esa actitud, que lo honra, conmueve y es similar, a mi criterio, a la gloria que le cabe por la obstinada defensa de la  soberanía nacional.

Los lectores de este periódico ya conocen a la Profesora Doallo quien ha colaborado desde sus primeras ediciones con interesantes artículos.

Este ensayo describe, con prosa clara y amena, los difíciles años del exilio de Rosas, y, en forma paralela, nos hace conocer los hechos contemporáneos a nuestro personaje, ocurridos en nuestro país y Europa.

Esta obra no es un libro más sobre Rosas, es una contribución de gran interés para aquellos que quieran conocer un poco más su vida.

Dr. Norberto Jorge Chiviló

 

Miguel A. Lentino

Vivimos un proceso, largo por cierto, de una sistemática degradación en lo que tiene que ver con el estudio e investigación de nuestra historia y sus protagonistas.

A la ya conocida y sesgada historia oficial se agregó en las últimas décadas la publicación de libros pseudo históricos escritos por historiadores que hicieron prevalecer sus personales posiciones ideológicas sobre el profesionalismo académico que debe servir de marco cuando se quiere presentar a los lectores acontecimientos de nuestro pasado.

Dentro de este panorama nada alentador por cierto, los que sentimos la necesidad de saber cada vez más de nuestra historia, de sus hombres, de sus aciertos y errores, de todo aquello que nos ayude a saber de dónde venimos y del porqué de nuestras virtudes y miserias como sociedad recibimos la buena nueva que nos acercó el historiador Miguel Ángel Lentino al poner a nuestra disposición su última obra titulada “Sarmiento, mentirosa es su historia”.

Domingo Faustino Sarmiento, tal como lo expresa el autor, es uno de los personajes que más ha sido endiosado por la historia oficial. Es por ello que se hace imprescindible separar la paja del trigo, como decimos en el campo, para saber a qué debemos ceñirnos cuando nos plantamos ante su figura.

Esta tarea se puede lograr respetando el concepto de imparcialidad y honrando a la verdad.

Estos dos atributos, no frecuentes en quienes escriben sobre historia y otras disciplinas, adornan a la persona del escritor e historiador Lentino.

A partir de ellas, el autor con maestría e inteligencia hace un atinado uso de los escritos, discursos y correspondencias que lo tuvieron a Sarmiento como protagonista.

Las citas documentales, que por cierto abundan y no cansan en la obra, se encuentran enlazadas entre sí con pinceladas breves pero de gran contenido que el autor nos presenta para hacernos pensar sobre los temas a que hacen referencia.

Al final de su obra pide “disculpas” por creer que “…mis relaciones parecen perder seriedad”… Creo que una de las virtudes de esta obra pasa precisamente por esa supuesta y no cierta pérdida de seriedad.

Finalmente me cabe decir que Miguel Ángel Lentino supo, con esta obra, honrar a su padre, Don Sabino, quien le “enseñó a vivir con los puños llenos de verdades”.

Ing. Alberto José Bondesío

 

Leonardo Castagnino

Valioso libro de investigación histórica escrito por el Ing. Leonardo Castagnino, quien es además el autor de "Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades" y "La guerra de la Triple Alianza".

La obra comprende el desarrollo y actuación de la vida política de Juan Manuel de Rosas hasta su muerte. La bibliografía citada por el Ing. Castagnino como antecedente, revela un profundo estudio de las fuentes documentales y los archivos originales y, en ese punto es con exactitud donde se pueden constatar cartas y escritos que resultan de imperdible lectura.

La proclama de la Ley y el Orden efectuada en ocasión de asumir ante la Legislatura el segundo mandato, es reproducida en forma textual y es una clara definición de su pensamiento, en respuesta a la carta que le dirigieran Manuel G. Pinto y Eduardo Lahite, autoridades de la Honorable Sala de Representantes, solicitándole que asumiera con premura el cargo de Gobernador.

La correspondencia citada y reproducida de las cartas cursadas a Juan Facundo Quiroga desde la Hacienda de Figueroa en 1834, es otro documento que describe con claridad la situación de grave conflicto que existía en un clima de guerra civil en crecimiento.

Debe ser también estudiada la extensa carta dirigida en abril de 1835 al Brigadier Estanislao López, que contiene entre otras consideraciones las sospechas de Juan Manuel de Rosas sobre los Hermanos Reinafé.

El ataque de 1838 a 1840 contra la Confederación Argentina, junto con la Misión Cullen son receptadas en la correspondencia cursada a Estanislao López desde la Posta de Vergara,y las cartas enviadas a Felipe Ibarra solicitando la extradición de Domingo Cullen y a Pascual Echagüe describiendo la actuación de Francia en el conflicto en la Banda Oriental y la alianza que Cullen y Astrada tramaron sin éxito y que fueran totalmente derrotados por el caudillo entrerriano a quien felicita por su victoria contra los unitarios.

Significativo tratamiento tiene el tema del indulto autorizado a Justo José de Urquiza en relación a Pedro Ferré, una clara muestra de cómo pensaba Rosas a pesar de la alianza establecida por el Gobernador correntino con Paz y Lavalle, y de la hostilidad que ejercitó y declamaba contra la Confederación Argentina.

Un párrafo aparte que merece analizarse es el tratamiento que se dio en 1842 y 1843 al pedido de independencia del Paraguay y la posición negativa de Rosas a reconocer la independencia a un territorio que había integrado el Virreinato del Río de la Plata -que siempre pensó en reconstruir- ,se suma en este capítulo el VATICINIO sobre el padecimiento que sufrirá el Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza.

Se pueden consultar también los textos extraídos del Archivo General de la Nación de las cartas dirigidas al General Ángel Pacheco en 1841, sobre la Guerra contra la Confederación Peruano Boliviana. Asimismo se describen, las actuaciones del Coronel Ramón Rodríguez y Juan B. Thorne relatadas por el Almirante Sullivan con motivo del Combate de Vuelta de Obligado y la posterior recuperación de las banderas efectuada en Londres en 1883. Finalmente sorprende el texto de la carta de Carlos María de Alvear en 1845 desde Nueva York a Tomás Guido, en su carácter de representante argentino, que menciona la desaprobación norteamericana respecto al “episodio de la Fragata norteamericana Lexington”, calificando de "atentado" la actitud del capitán de la nave en Malvinas.

Resumiendo, es un gran texto de estudio para los interesados en incorporar conocimientos sobre episodios desconocidos y héroes olvidados que acompañaron la vida de Juan Manuel de Rosas.

                                                Guillermo M. Masciotra


lunes, 1 de marzo de 2010

Antonino Reyes - Una actitud hacia su jefe

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pag. 2  

Una actitud de Antonino Reyes con su antiguo Jefe.

La Sra. Josefa (Pepita) Gómez, leal amiga del exiliado Juan Manuel de Rosas, quien se había encargado de promover la suscripción de los amigos de Rosas para girarle dinero al exilio y socorrerlo en la emergencia, en carta que le remitió el 11 de julio de 1867, cuyo original se encuentra en Archivo General de la Nación (Sección Fariní, legajo 23), dándole cuenta de su cometido, le comenta de la actitud de Antonino Reyes y de su deseo de colaborar, con las siguientes palabras: “…Sabedor, Antonino Reyes, de las cartas de V. a algunos de sus amigos fue in continenti a la casa donde yo paré, y me dijo: textuales palabras, que aunque él no era invitado a formar parte de la suscripción, pero que él se consideraba obligado en conciencia, atento los grandes beneficios que a V. debe, y por el gran amor que le profesa auxiliarlo a salir de sus necesidades subscribiéndose con 300 patacones al año los que empezarán, o entregará en los primeros días del próximo año 68, pero si V. los precisa antes serán remitidos con el primer aviso que le dé, y también que espera que en cualquier necesidad en que V. se encuentre que libre contra él que será satisfecha a la vista…”

martes, 1 de septiembre de 2009

Rosas, itinerario final

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 12 - Setiembre 2009 - Pag. 6 

Del libro “Curiosidades de la ciudad vieja” de Jorge Vilella (Gentileza de su hijo Mariano Vilella Sánchez Viamonte)

ITINERARIO FINAL DE ROSAS  (1852)

Rosas y sus acompañantes, embarcan en la fragata Centaur el 4 de febrero de 1852.
Grabado de la época


EN SU RETIRADA DE LA BATALLA de Caseros, Rosas fue herido en la mano derecha por una bala de fusil, aunque levemente, cuando abandonaba el campo de batalla, apenas pasada la una de la tarde. Le quedaban fuerzas bravas y leales, pero dado el desastre de la mayoría de las tropas que comandaba y el caos que el enemigo había producido entre sus filas en cuanto comenzaron las hostilidades, al mediodía la dio por perdida y enfiló hacia Buenos Aires cruzando las líneas enemigas con la división de gauchos veteranos que días antes habían desertado del ejército de Urquiza, matando al coronel Aquino. Acaso el grupo era demasiado vistoso para un hombre que ya tenía otros planes. En cuanto pudo, lo que equivale a decir en cuanto quiso, se los sacó de encima y siguió acompañado solamente por su asistente de confianza Lorenzo López.

Desde las cercanías de su campamento de Santos Lugares, al noroeste de la ciudad, tomó la dirección sureste, y una vez que cruzó cañadas, riachos y mucho campo tendido, llegó según Saldías al almacén de Montero, en plena campaña, cerca del Paso de Burgos sobre el Riachuelo, un poco más arriba de donde hoy queda el puente Uriburu. Entró así a los arrabales del sur de la ciudad, y tiene que haberse acercado a la desembocadura del río costeándolo por la que era zona de saladeros, de una y otra ribera, hasta encontrar la calle Sola, actual Vieytes, que terminaba en un puente de madera que unía Barracas al Norte con Barracas al Sur, comúnmente llamado Puente de Barracas, reemplazado luego en su estructura y en el nombre por el que hoy se llama Victorino de la Plaza. Lo conocía bien, porque por allí se salía de la ciudad hacia la quinta de Piñeiro, donde el 24 de agosto de 1829 había firmado con el general Juan Lavalle el Pacto de Barracas, por el que se nombró Gobernador Provisional de la provincia de Buenos Aires al general don Juan José Viamonte, primer paso o maniobra política que efectuó el futuro dictador en su camino al poder supremo.

Allí tomó la calle Sola hacia el N para dirigirse al pleno centro de la ciudad. En el plano de Adolfo Sourdeaux, que no tiene año de realización pero se calcula casi con certeza que fue dibujado por 1850, figura esa calle, o más bien camino, “con una población de apenas una docena de ranchitos”.

Galopó por Sola más o menos 1,5 km hasta encontrarse con los “Mataderos del Sud”, diseñados en el plano hasta con sus corrales “de palo a pique”. Estaban ubicados exactamente en el triángulo verde que el Jardín Botánico del Sur y la Plaza España ocupan hoy en el encuentro de las calles Amancio Alsina y Caseros. Para llegar, pasó por el costado de “La Convalecencia”, un lugar cuyo nombre lo dice todo y sigue destinado a los servicios sanitarios puesto que es el enorme predio ocupado hoy por el Instituto Borda y el Hospital Braulio Moyano, o, para mayor claridad, el frenopático de hombres y el frenopático de mujeres. Tiene que haberse dirigido hacia el O por la calle Caseros para hacer 500 m hasta la actual Solís, y otros 500 m por ésta última hasta desembocar en el Hueco de los Sauces, hoy Plaza Garay; o, de otra manera, haber tomado Salta hasta Garay, y por allí hacia el O hasta llegar al Hueco, donde encontró cobijo bajo unos frondosos árboles.

Con la aparición de la sombra se explica el desvío, aunque pequeño, realizado en su búsqueda, puesto que no debemos olvidar que eran alrededor de las cuatro de la tarde de un 3 de febrero, pleno verano fuerte en Buenos Aires, y venía galopando desde la una un hombre corpulento respetablemente entrado en kilos, alejado del ejercicio físico desde hacía rato, que el siguiente 30 de marzo cumpliría cincuenta y nueve años y traía el sabor amargo de la derrota en su caballo preferido, cuyo nombre parecía esa tarde un sarcasmo, “Victoria”, regalo de la reina británica de igual nombre. ¿O sería una yegua? Desmontó y pidió a su asistente una hoja de papel, en la cual escribió con lápiz, unos dicen que apoyándose sobre el recado, otros bajo un ombú, la conocida nota de su renuncia. Luego cambió la chaqueta por el poncho rojo del soldado que lo acompañaba y, calándose el gorro punzó de éste, se dispuso a entrar en el centro de la ciudad.

No estaba lejos de su objetivo y aún era temprano. Para alcanzarlo se dirigió directamente al E, hacia el Río de la Plata por una zona no demasiado poblada porque no tenía ningún interés en que lo reconocieran. Por Garay llegó hasta Santa Rosa, llamada de la Trinidad a partir de 1769; Victoria, en 1808; Universidad, en 1822; Santa Rosa desde 1849 y, finalmente, Bolívar desde 1857. Eran las cinco de la tarde cuando llegó a la casa del encargado de negocios británico, Mr. Robert Gore.

El diplomático no estaba, pero cuenta que cuando llegó de regreso a su casa encontró a Rosas en su cama, “cubierto con el humo y polvo de la batalla y sufriendo fatiga y hambre”.

De inmediato dispuso su traslado a un buque de guerra antes de que se conociese su paradero, y arregló lo necesario para el embarque con la ayuda de Manuelita y en contra del parecer de Rosas, que quería permanecer dos o tres días en la casa para arreglar sus cosas.

Después de vestir al general Rosas con un gran capote y gorro de marino, a su hija como si fuese un joven y al hijo con las propias ropas de Gore, partieron a la medianoche y llegaron al río, donde encontraron las aguas muy bajas, teniendo que caminar unas 400 yardas (370 metros) antes de poder subir a la lancha francesa “Le Bon Père”, la que los condujo al buque de guerra inglés “Locust”, listo para zarpar a Montevideo. Al llegar a la rada, trasbordaron a los refugiados al “Centaur”, nave capitana de la flotilla inglesa en el Plata bajo el mando del almirante W.W.Henderson, quien había combinado con Gore los detalles de la huída de Rosas.

De este buque pasaron el 10 de febrero al “Conflict”, a cargo del comandante Jenner, como el descubridor de la vacuna, en el cual partieron a su destino.

La travesía se hizo muy larga y duró más de cuarenta días, ya que a medio camino explotó una de las calderas y debieron seguir a vela. Llegaron a Cork, Irlanda, el 19 de abril, y desembarcaron finalmente en Plymouth unos días después, el 26, “donde temporariamente y por primera vez pisó (Rosas) suelo inglés”, y tomó habitaciones en el Moorshead’s Royal Hotel, en la cercana Devonport, sobre el mar. El arribo fue saludado por la batería del Fuerte con una salva de cañonazos; lo esperaban al pie de la planchada varios dignatarios e hicieron pasar por la aduana rápidamente su equipaje, para que no pudiera tener ninguna molestia. Un reportero de The Times se convirtió en testigo asombrado de este despliegue de honores, y al día siguiente el periódico comentó: “Ha sido maravillosa la ansiedad de estos caballeros ingleses, de alto rango militar y naval, por estrechar su mano teñida de sangre”. Tres meses después, el exiliado ya estaba viviendo en Southampton.

Entre los integrantes del reducido grupo de compañía estaban su hija Manuelita, que se casaría el 22 de octubre del mismo año con Máximo Terrero; su hijo Juan con su esposa, Mercedes Fuentes Arguibel, y el joven Juan Manuel Ortiz de Rozas Arguibel, de 13 años, que luego sería gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1913, año de su fallecimiento.

Los militares eran el brigadier general Pascual Echagüe, el coronel y edecán Jerónimo Costa, el coronel Manuel Febre y el sargento trompa José Machado.