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martes, 22 de agosto de 2023

La destrucción del caserón de Rosas en Palermo de San Benito

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En la revista El Federal N° 96 del 29 de setiembre de 2005, en la sección Historia, se publicó el siguiente artículo.

Construir sin destruir

por la periodista y escritora Araceli Bellota

Caserón de Rosas
Araceli Bellotta


En 1874, una ley pretendía construir un parque y derribar la quinta del exiliado Rosas. Avellaneda dijo que se podía enfrentar al caudillo sin destruir sus cosas.

 


El 23 de junio de 1874 se discutió en el Senado de la Nación un proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo para la construcción de un parque en los terrenos de Palermo, en el mismo sitio donde el ex gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, había levantado su quinta, abandonada luego de su derrocamiento. En esa sesión, el recientemente incorporado senador por Tucumán, Nicolás Avellaneda, demostró que era posible sostener la oposición a Rosas, entonces en el exilio, sin necesidad de destruir aquello que él había construido y que era digno de aprovechar.

Contra el monumento

El senador por San Juan, Guillermo Rawson, se opuso al proyecto y entre sus argumentos esgrimió que Rosas escribía en Southampton dos libros: uno sobre la historia del país y otro sobre medicina, y expresó su temor de que en alguno de esos escritos el ex gobernador se refiriera al lugar elegido para el Parque con la ironía de que “el pueblo que se titula civilizado y libre ha adoptado aquel monumento del atraso”. A su turno, Avellaneda sostuvo una conclusión opuesta: “El tirano es muy anciano ya y debemos apresurarnos; es necesario que ese libro por él escrito no concluya diciéndonos: ‘¿Veis ese Palermo de San Benito? ¡Hoy es el paseo de Buenos Aires después de 30 años! ¡Y con qué diferencias! Han destruido los árboles, han dejado crecer la hierba en los caminos, han desecado las aguas del lago hasta convertirlo en un pantano!’. Es necesario apresurarse; es necesario que esa ironía sangrienta no se encuentre escrita en la página final del libro de Rosas. Es necesario, por el contrario, que le obliguemos a retractarla, mostrándole que el Palermo de San Benito, aquel viejo Palermo, no es el paseo favorito de Buenos Aires, sino otro Palermo mejorado, y embellecido por todos los maravillosos encantamientos de las artes, de las ciencias, de la elegancia y del buen gusto”.

Respecto al consejo de Rawson de “no asociar nuestros paseos, nuestras distracciones públicas al horrible recuerdo de la tiranía”, Avellaneda respondió: “Es santo, es bueno, es noble, el horror a la tiranía; pero no basta el horror a la tiranía; es necesario amar a la libertad. El horror a la tiranía por sí mismo, sin ser vivificado por el amor a la libertad, puede convertirse en un sentimiento de destrucción”.

El nuevo presidente

Un año después, Avellaneda fue consagrado presidente de la República. En ese carácter le tocó inaugurar la primera parte del Parque que él había defendido en el Senado y en ese discurso completó su idea: “Era mejor convertir la mansión sombría del tirano cauteloso en jardines cultivados para el uso del pueblo. ¿Dónde hay, a la verdad, otro espectáculo igualmente democrático, demostrando mejor nivelados los rangos, y que cada hombre por fin es siempre igual a otro hombre, como el que presenta cada día un paseo público? El hijo del pobre y el hijo del rico mezclarán bajo estos árboles al grito jubiloso de los pájaros sus juegos igualmente inocentes”.

El Presidente cerró su arenga con una idea que no estaría nada mal tomar para el presente: “Los paseos públicos, ejerciendo una atracción irresistible sobre la masa de los habitantes, sirven para mejorar, ennoblecer y elevar los sentimientos de las multitudes; y pueden contribuir a dar formas cultas y suaves a las luchas duras y severas que engendra la vida democrática”.

miércoles, 1 de junio de 2011

Pic-nic en los bosques de Palermo

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 19 - Junio 2011 - Pags. 6 y 7 

Anécdotas

Un pic-nic en los bosques de Palermo

residencia de Rosas en Palermo
Vista del estanque, Acuarela de Camaña


Nos cuenta Manuel Bilbao (h) en “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires”

Se improvisaban picnics en el bosque o conciertos en el buque encallado en el río, transcurriendo las reuniones en medio de la más franca alegría.

Los hermosos montes naturales y los que había plantado Rosas atraían concurrentes de la ciudad que se internaban en ellos con sus provisiones para almorzar y pasar el día como ocurre hoy, con la diferencia de que entonces el paseo era particular y hoy es público.

Confirma esto una anécdota que conocemos, firmada por N. N. y publicada hace cerca de veinte años, que no sólo da una idea de lo que era el ambiente sino que pone de relieve cómo procedía Rosas en esos casos.

Dice así:

El 16 de diciembre de 1843, cumpleaños de mi padre, fuimos a comer en Palermo. Ajustamos las dos carretillas más aseadas que tenía el alquilador, y embaulamos en una de ellas los mejores fiambres y vinos de Valencia y Cataluña que se vendían en el país. Pero el principal regalo consistía en un canasto de duraznos precoces cuyos únicos ejemplares habíamos principiado a cosechar desde el verano anterior. Arrancamos cien, hermosísimos y bien maduros; mejor dicho, ciento dos, pues yo sustraje el pico para dejar la centena redonda. Los convidados eran veinticinco franceses que consiguieron escapar a la proscripción, aunque no a las sospechas de Rosas. Olvidaba decir a ustedes que mi padre también era francés. ¿Qué idea le ocurrió a aquella liebre de ir a ostentarse junto a la cueva del galgo? Tal vez pretendía adormecer su desconfianza con esas pruebas de su inocencia.

Lo cierto es que a eso de las nueve ya habíamos descendido a la orilla del río para sentarnos sobre la hierba y debajo de unos ceibos. Mientras desbanastaban los comestibles, mi madre me dijo. “Alejo, a ver si nos traes algunas charamuscas. Si das con algún trozo de sauce seco, mejor“. Yo me puse en camino con una celeridad que sorprendió a mi padre, que siempre me reprendía por poca diligencia. Internéme entre los árboles y mordisco acá, mordisco allá sobre uno de los duraznos que saqué del seno, me fui deslizando con la hierba hasta la cintura hasta que llegué a una explanada o islote formado por un arroyo al amor de cuyas quietas aguas crecía un plantío de mimbres, confundido su flexible ramaje con el lujuriante verdor de unas jugosas cañas. En medio del islote elevábanse dos sauces gigantescos trepando por el rugoso estribo de sus troncos varias enredaderas de amarillas flores, que hacían de aquel sitio, con su sombra deliciosa, un vergel solitario y ameno.

Observé a poco que las ramas se agitaban de una manera constante y regular. Orillé el arroyo y tirándome de bruces en el suelo, columbré a un hombre que se columpiaba sobre una soga atada de uno a otro sauce. Estaba de pantalón de nankin y chaqueta azul. No le veía la cara porque me daba las espaldas. Volvía a tomar impulso, casi tocando la copa del sauce con los pies, que hacía temblar y crujir en el horcón donde tenía atado su columpio. De repente dio una voltereta como el volatinero más consumado, girando sobre la soga, y se me puso de frente. Reconocí a Rosas sin banda, sin peto carmesí, sin entorchados, como lo representaban en las iglesias y en las procesiones por las calles. Rosas alegre pero siempre incógnito e incomprensible. Era la primera vez que lo veía al natural, de cerca y en sus expansiones más íntimas. Me pareció bello y siniestro. Siniestro por su leyenda, pues fuera de la expresión dura de sus ojos no había nada repulsivo en sus facciones, cuyo principal carácter era no tener ninguno. Su boca proyectaba una línea sonrosada y su silencio, sin hablar, parecía que hablaba. Su barba pétrea, cimentada en un cuello de toro, indicaba una voluntad tenaz y formidable. Su nariz saliente y aquilina, como la de Julio César, Napoleón y don Pedro de Castilla, parecía decir “póstrate a mis pies de rodillas“. Extrañé no haberle visto pálido.

[...] Y continuaba columpiándose como un niño. Una vez clavó en la espesura que me ocultaba sus mansos ojos de juglar. Entonces huí.

Acababa yo de llevar una brazada de leña cuando vimos llegar una cabalgata de damas y caballeros, entre ellos a Manuelita vestida de amazona. Por la izquierda cuatro o cinco soldados de caballería arreaban unas vacas de pastoreo.

Palermo de Rosas
San Benito de Palermo (1)
Agitóse la espesura y apoco vimos aparecer a don Juan Manuel, que montó en uno de los caballos enjaezados de su guardia, desprendió el lazo que llevaba a la grupa y tirándolo al descuido sobre el brazo, apresó una ternera por sus nacientes defensas. Otro soldado la degolló y en cinco minutos sacaron las calientes mantas que echaron sobre unas brasas, mientras la comitiva diseminábase por entre los senderos perdidos de los bosquecillos.

Mi padre entonces escogió los cincuenta duraznos más hermosos y poniéndolos sobre una bandeja se los mandó con mi hermano el mayor. Le vimos cruzar el trozo de pradera que servía de lecho al río en sus crecientes periódicas y a la sazón arcado por el día y cubierto de menudo césped: vímosle hablar con Rosas. Rosas le interrogaba y mi hermanito, con el gorro en la mano, indicaba con el dedo el punto formado por nosotros, mudos y palpitantes.

- Qué te preguntó? - fue la interrogación de mi padre cuando el chico estuvo de vuelta.

-Que quiénes éramos nosotros. Al saber que ustedes eran franceses sonrió, añadiendo enseguida: “Diles que descansen y almuercen tranquilos”.

Una hora más tarde se presentó un soldado con una manta de carne bien asada, y chirriando todavía.

-¡De parte de su excelencia!- dijo. 


(1) Imagen de San Benito de Palermo, de 65 cm., tallada en madera, que  perteneció a la Capilla privada de Rosas.

Palermo de San Benito

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 19 - Junio 2011 - Pags. 1 a 5 

PALERMO DE SAN BENITO

                                                                       Por Norberto J. Chiviló

Litografía de Rosas


En varios números anteriores de este periódico –Nº 6, 8, 13 y 17– nos referimos al conflicto que nuestro país mantuvo con Francia, durante dos años y medio, a raíz del bloqueo impuesto por aquella potencia europea. La construcción de una residencia en Palermo, por parte del gobernador de la provincia, y encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas, tuvo mucho que ver con aquel conflicto.

Lo que ahora conocemos como Palermo, Palermo de San Benito o sencillamente como los “bosques de Palermo”, fue adquirido por Rosas en el año 1838 y en esos terrenos construyó su residencia.

Palermo de San Benito
Camino de entrada, Acuarela de Camaña, 1855


A mediados del siglo XVI, esas tierras habían pertenecido al italiano Juan Domínguez Palermo, quien así le habría dado el nombre a esa zona, a la que se la llamó “Los campos de Palermo”, que se extendía desde lo que hoy es la zona de Retiro hasta Palermo. El lugar era anegadizo, con suelos arcillosos y arenosos, y que por ser lindero al río de la Plata, cuando éste crecía por la sudestada, se inundaba.

Rosas habría comprado los primeros terrenos –tres quintas–  a Juan Bautista Peña “en el bañado de Palermo”, tal como figura en la escritura que se realizó por ante el Escribano Luís López, el 12 de enero de 1838, día este que se celebra San Benito Biscop.

De ahí que algunos escritores, afirmen que el nombre que Rosas le da a su residencia: “Palermo de San Benito”, tiene que ver, lo primero por la zona y lo segundo por el onomástico correspondiente al día de la compra. Para otros, el nombre tendría su origen en la existencia en ese lugar, de una pequeña capilla dedicada a San Benito de Palermo, un santo que vivió en el Siglo VI originario de la localidad italiana de Palermo, de raza negra, de origen etíope y musulmán, convertido al cristianismo y que formó parte de la orden franciscana. Fue el primer santo de raza negra canonizado por la Iglesia y que ha sido desde entonces el patrono de la gente de color en no pocos países. Según esos autores, y por la razón señalada, esa capilla era muy frecuentada por esclavos africanos de la zona y debido a la simpatía que Rosas siempre sintió por ellos, decidió ponerle ese nombre a la residencia y por ende a la zona. La discusión acerca del origen del nombre del barrio de Palermo no ha terminado, siendo las hipótesis señaladas las más difundidas.

Residencia de Rosas en Palermo
Palermo de San Benito. 1850. Acuarela de Carlos Sívori (2) 

Si bien los habitantes mas acomodados de Buenos Aires, buscaban la zona sur para vivir que en aquella época estaba más de moda, Rosas eligió la zona ribereña –al norte de la ciudad–, inhóspita y abandonada, donde llegó a adquirir 451 hectáreas. Allí, en esos terrenos que hizo rellenar y sanear, como veremos mas adelante, hizo construir su residencia, que estaba ubicada en lo que ahora es la intersección de las Avenidas Del Libertador y Sarmiento.

De esa forma, Juan Manuel, acostumbrado al campo y a la soledad –ya que desde niño había vivido en los campos de sus padres y lejos de la ciudad–, quería alejarse un poco de la “Gran aldea” que era Buenos Aires, donde residía en la casa que había sido de sus suegros, ubicada en la calle Restaurador Rosas entres las calles Universidad y Representantes  (actual calle Moreno entre Bolívar y Perú – ver fotografía en ER Nº 11, pág. 11). Debemos tener  también en cuenta que en aquella época la ciudad terminaba en lo que en la actualidad es Av. Callao y Av. Santa Fe, por lo cual Palermo se encontraba distante.

Desde el momento de la adquisición de esas tierras, Rosas se encargó personalmente del cuidado y supervisión de las tareas de rellenado y nivelación de estos terrenos bajos y anegadizos y lo hizo trayendo desde las barrancas de Belgrano tierras ricas en humus. Infinidad de carros y carretas en un ida y vuelta trasladaron la tierra, tardando años en completar la tarea –Sarmiento ha calculado en un millón doscientas mil las carretadas de tierra transportada–. Los árboles y las plantas morían debido a la excesiva humedad del suelo, que pudrían sus raíces, por lo que fue necesario además de las tareas de relleno, realizar desagües y trazar una red de canales y zanjas hechas con paredes y pisos de ladrillos, para el escurrimiento del agua. En ese bañado que le llevó muchos años en sanearlo, había diversas especies vegetales como sauces llorones, cítricos, álamos, ceibos, talas, mimbres, espinillos y otras y habitado también por varias especies de animales, que su propietario siempre trató de incrementar, todo lo cual fue posteriormente convertido en jardín y fue el entorno de su casa.

La quinta de Rosas en Palermo
La quinta de Rosas en Palermo. Acuarela de F. Fortuny

En esas tierras había una pequeña y humilde casilla que Rosas utilizaba y le servía de habitación cuando estaba en el lugar controlando el relleno de las tierras y la construcción de su casa, y que para él tenía un valor afectivo, por lo que fue posteriormente arreglada y conservada, aún vacía, y que formaba parte del paisaje.

La casa que Rosas mandó construir en Palermo, sobre planos de Felipe Senillosa, y dirigida la obra por el maestro Santos Sartorio, fue realizada con buenos materiales, barro y argamasa –extraída de una calera de Belgrano– y llegó a ser considerada la mejor casa de América, no solo por su sólida construcción, sino también por el orden y cuidados que se le prodigó. La obra se terminó en 1838 si bien en 1843 se efectuó una segunda construcción por el maestro Miguel Cabrera.

El edificio era un caserón cuadrado, de una sola planta de 78 x 76 mts, con un pabellón –o baluarte– rectangular en cada vértice. Contaba con 16 habitaciones –cada una de las cuales tenía su estufa– que daban a un gran patio central. La edificación estaba rodeada en su totalidad por una galería exterior con arcadas en recova. En las galerías había bancos de caoba y sillones.

Residencia de Rosas en Palermo
Vistas de San Benito de Palermo (3)


Los muros estaban hechos de ladrillo. El techo tenía azotea y barandas de hierro, sostenida a intervalos regulares por pilares, sirviendo alguno de ellos de chimeneas. Desde la azotea se podía tener una linda vista del río. Los pisos eran de baldosas y los cielos rasos de madera pintada de color blanco. El alumbrado era mediante lámparas de aceite, lo más moderno de la época.

El dormitorio y las habitaciones de Rosas miraban al río, mientras que las cuatro de Manuelita estaban orientadas para el lado opuesto –oeste–, esto es a lo que actualmente es la Av. Del Libertador. En la habitación del Gobernador había una cama de bronce, un armario en la pared, además de un escritorio, una mesa siempre llena de papeles y expedientes y dos chifoniers de caoba –en uno guardaba su dinero particular y en el otro el del Estado y un gran espejo sobre la estufa.

En el frente norte que daba a lo que actualmente es la Av. Sarmiento, estaba ocupada por oficinas destinadas a la actividad del gobierno, un gran comedor y otras dependencias.

Algunos autores difieren acerca de la distribución y orientación de tales dependencias.

El caserón también contaba con salones de atención y honores, donde abundaban los espejos y muebles de caoba y los cortinados de seda, de los techos colgaban arañas de caireles con fanales, los pisos estaban cubiertos por diferentes alfombras. Algunos de estos salones contaban hasta con 16 sofás. El color predominante era el rojo.

En esos salones tenían lugar las tertulias organizadas por Manuelita –quien oficiaba de verdadera anfitriona–, a las que raras veces concurría su padre, ya que este escapaba de la vida mundana. En esas reuniones se tomaba el mate de leche aromatizado con canela o vainilla y también abundaba el chocolate y en las que el baile y recitado de poesías eran infaltables, y a las cuales concurrían amigos y allegados a la hija del Restaurador, funcionarios, diplomáticos residentes en Buenos Aires, personajes de la cultura y visitantes importantes que pasaban por la Ciudad, entre otros. Los instrumentos mas usados en esas veladas, eran el piano, la flauta y el violín, ejecutados por maestros, músicos y concurrentes. También en esos salones eran recibidos los diplomático extranjeros. Fue también en Palermo durante el gobierno de Rosas, el lugar donde se trataban y se resolvían las grandes cuestiones de la Confederación. Fue el sitio que frecuentaron los personajes nacionales y extranjeros, funcionarios y diplomáticos acreditados en Buenos Aires, y los hombres de gran cultura de la época.

Léonie Matthis
La oración de Manuelita (donde se aprecia la habitación de la hija de Rosas)
Acuarela de por Léonie Matthis

En la parte sur de la construcción había una pequeña capilla, cuyo patrono era San Benito y en el que había una imagen de la Purísima. Cuenta Manuel Bilbao que “Después de la misa de los domingos, el capellán entonaba el cántico siguiente que los oyentes, al finalizar, decían ¡Ave María!:

Las cuentas de este rosario / son balas de artillería / Que todo el infierno tiembla / en diciendo ¡Ave María!”

En una oportunidad y por una creciente del río de la Plata o por una tormenta, un bergantín norteamericano que estaba fondeado en las inmediaciones, quedó varado sobre la propiedad de Palermo lindera al río y frente al caserón. Rosas compró la nave a la que hizo asegurar a unos árboles por medio de sogas y cadenas, la hizo arreglar sacándole mamparas y divisiones internas formándose así un gran salón que amuebló, puso un piano y en la bodega hizo colocar una mesa de billar. Ese navío fue pintado también de color rojo, como era costumbre en esa época y le fue regalado a Manuelita por su padre. Ese lugar fue para descanso, donde también se realizaban reuniones y fiestas y durante las tardes de verano desde su cubierta se tomaba fresco.

La casona estaba rodeada por amplios jardines y parques, –los mas importantes de Buenos Aires– donde se podían ver plantas ornamentales, florales y árboles del país, bosquecillos de sauces, naranjos, cipreses, paraísos, nogales y otros árboles vistosos, como así también animales como monos, llamas, tigres de Corrientes, entre otros y diversos tipos de aves como ser avestruces, ñandúes, pavos reales, gavilanes, gansos, aves lacustres, pájaros de hermoso plumaje, teros, aves de presa, etc. Los animales que no eran salvajes deambulaban libremente por el lugar.

También se construyeron numerosas jaulas, y pajareras donde había animales salvajes y aves autóctonas del país, para solaz de los visitantes. Podríamos decir que todo ello fue el primer zoológico con el que contó la ciudad.

En medio del jardín también había una glorieta con techo en cúpula, en su interior había estatuas y bustos de yeso y mármol.

Esos jardines si bien eran de propiedad de Rosas, eran de acceso público, ya que podían ser visitados y disfrutados por quienes quisieran porque el lugar carecía de verjas y guardias en su alrededor (ver en este número “Anécdotas”), así, los domingos la gente de la ciudad se corría a Palemo, ya en carruajes como a caballo, para pasear y hacer picnics, siendo este un paseo habitual.

En las actuales avenidas Alvear y Sarmiento estaba la maestranza ocupada por una escolta compuesta de hombres de confianza de Rosas, la mayor parte de ellos peones de sus estancias y próximos a este edificio había otros, destinados a la habitación de la peonada, caballerizas y talleres de herrería y carpintería. También se contaba con un lugar destinado a la jardinería, donde se almacenaban semillas –clasificadas y ordenadas– y otro a veterinaria, para el cuidado de los animales. Había una enfermería para peones y soldados y una farmacia. Tengamos en cuenta que para el mantenimiento de la propiedad, los jardines y animales era necesario un verdadero “ejército” de peones.

Había plantaciones de frutales, especialmente cítricos e higueras a los cuales se les prodigaba mucha atención y cuidado. Durante las noches de invierno los cítricos eran tapados para evitar los daños que pudieran ocasionarles las heladas.

La propiedad estaba dividida en cuatro por dos avenidas (actualmente Avenidas Del Libertador y Sarmiento) que se cortaban en ángulo recto, frente a la residencia. Una serie de senderos rectilíneos que se cortaban con otros en línea recta, permitían recorrer los jardines. Las curvas no existían en el lugar.

Se hizo un camino que unía la Ciudad con la residencia, bordeados de naranjos y sauces. Los intransitables caminos de entrada y laterales, fueron rellenados y arreglados, cubriéndoselos con un macadán de conchillas blancas, que le daban solidez y los hacían durables. El camino de entrada estaba adornado por postes pintados de rojo y unidos por cadenas.

La capa de conchillas que cubrían los senderos, si bien le daban un agradable aspecto, también ocasionaban inconvenientes, pues el ir y venir de los carruajes, en los momentos de sequía y viento, llenaba y cubría todo de un fino polvillo blanco. Tan es así que se disponía de gran cantidad de peones, que subidos a escaleras, lavaban y cepillaban las copas de los árboles para sacar el polvo y volver al verdor natural cuando ello era necesario (Según Sarmiento, serían mil quinientos los peones encargados de esas tareas, cifra esta un poco exagerada). Esos peones también se ocupaban de recoger las hojas secas y de realizar el cuidado y mantenimiento del lugar, que siempre lució prolijo y ordenado. Se tenía especial cuidado por la aparición de insectos y pestes que pudieran afectar la vegetación. Todo el lugar estaba cuidado y aseado, en forma esmerada y controlado personalmente por su propietario, quien con su vestimenta habitual de pantalón y chaqueta color azul oscuro y chaleco punzó y gorra de plato de color azul recorría la zona ordenando las tareas a realizar.

Otra de las obras hechas en el lugar, fue la canalización de un arroyo que circulaba en línea recta hacia el Río de la Plata, profundizándolo y creando también un estanque –de 100 varas de largo– siendo este el primer lago artificial de la Ciudad. El estanque tenía piso y paredes de ladrillo y una baranda perimetral de hierro, con una escalera que penetraba en el agua. Una parte de ese lago fue destinado para que las mujeres pudieran tomar un baño, con una mampara de madera que le aseguraba al lugar el recato y la privacidad propio de aquella época. En ese estanque se podía navegar a remo y  había también un pequeño navío a vapor con su tripulación, con el cual se podía dar un pequeño paseo.

La residencia de Rosas, se fue convirtiendo con el tiempo en la verdadera casa de gobierno, ya que el Gobernador muy poco concurría a su casa de la Ciudad y al Fuerte. Desde la residencia de Palermo había caminos que comunicaban con los Santos Lugares de Rosas (actual localidad de San Andrés, Ptdo. de Gral. San Martín), donde estaban acantonadas la principales fuerzas militares y de allí se empalmaba con otro camino que conducía a la Guardia de Monte.

Todo ello constituyó para aquella época una obra importante y titánica, que fue realizada con una visión futurista y con un concepto paisajístico no común. Se cambió una zona inhóspita y descuidada, por otra totalmente embellecida y forestada. Esa obra realizada por Rosas, fue ocultada por la historia oficial, ya que un “bárbaro” como él fue tildado, no podía haber hecho tales mejoras y construcciones; otros personajes como Sarmiento, la criticaron por no haber seguido el ex gobernante porteño con los modelos paisajísticos europeos (por no haber tenido al frente “un prado inglés”). En toda esa obra paisajística Rosas utilizó la flora autóctona y en cuanto a los animales, también fueron los del país.

Mucho le costó monetariamente al Restaurador, realizar toda esta obra edilicia, ambientalista y de saneamiento y su posterior mantención, volcando en ella el producido por sus estancias.

Cuando el inglés Mac Cann visitó a Rosas en Palermo en 1848 (ver ER Nº 13, pág. 10 y 11), el Gobernador, le comentó que alguien podría preguntarle para qué se había edificado esa casa en esos lugares a lo cual él le contestaría que lo había hecho con el propósito de vencer dos grandes obstáculos. Uno de ellos para demostrar la confianza en un porvenir sólido, ya que el edificio se había empezado a construir durante el bloqueo francés y que como el pueblo se encontraba en gran agitación, él también había querido dar esa muestra de confianza y calmar los ánimos. El otro era que al erigir su casa en un sitio poco favorable, quería dar a sus conciudadanos un ejemplo de lo que podía hacerse cuando se trataba de vencer obstáculos y se tenía la voluntad para vencerlos. Efectivamente, Rosas era una persona emprendedora, a la cual no le arredraban y asustaban los obstáculos que pudieran aparecerle.

La residencia fue convirtiéndose con el tiempo en el centro político de la Confederación, ya que Rosas había trasladado allí lo que sería la sede de su gobierno y administración. Tenía gran cantidad de escribientes que se turnaban para atenderlo en las largas jornadas de trabajo, según lo ha contado Antonino Reyes (ver ER Nº 14, pág. 16).

El 27 de enero de 1852, Rosas se alejó por última vez Palermo, ya que en esa fecha partió para los Santos Lugares de Rosas, para comandar su ejército en las vísperas de Caseros.

Palermo de San Benito - Colegio Militar
Colegio Militar en el Caserón de Palermo

Después de ser derrotado en esa batalla, su residencia y las propiedades de Rosas en Palermo, fueron ocupadas por Urquiza y sus tropas, destruyendo éstas mucho de lo que en allí había. También, en Palermo, fueron fusilados por orden del entrerriano, los integrantes del Batallón Aquino –quienes habían integrado el ejército urquicista y pasados al ejército de Rosas–, siendo colgados sus cuerpos de los árboles que se encontraban al costado del camino de entrada a la residencia, despertando el horror de quienes en los días posteriores a la batalla concurrían al lugar para presentarse ante el Jefe vencedor. Al margen de este relato, podemos decir que en esos días inmediatos a la batalla, se fusilaron a más personas que durante toda la época rosista.

En ese lugar Urquiza convocó a los gobernadores de Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe, donde se firmó el Protocolo de Palermo el 6 de abril de 1852, acordándose que Urquiza se encargaría del manejo de las relaciones exteriores de la Confederación y se invitaban al resto de gobernadores provinciales a reunirse en San Nicolás de los Arroyos para discutir la Constitución.

Las autoridades que se hicieron cargo del gobierno después de Caseros no se ocuparon en lo más mínimo en mantener el lugar, sino todo lo contrario, ya que había que borrar todo lo que representara al régimen del antiguo Gobernador, quedando la que había sido la residencia de Rosas y la zona de Palermo descuidada y abandonada (ver en este número “Recuerdos de una viajera”).

A los trece días de producida la batalla de Caseros, las autoridades provinciales dispusieron la confiscación de todos los bienes de Rosas, existentes en la provincia de Buenos Aires –entre ellas las de Palermo–, declarándoselos de “pertenencia pública”. Si bien esas confiscaciones fueron dejadas sin efecto por Urquiza posteriormente, ello lo fue durante poco tiempo, pues las autoridades provinciales surgidas de la revolución liberal del 11 de setiembre de 1852, –por la cual se provocó la secesión de la provincia de Buenos Aires de la Confederación Argentina–, restablecieron de nuevo tales confiscaciones.

La residencia de Rosas en Palermo, tuvo posteriormente diferentes destinos.

Palermo de San Benito de Palermo
Caseron de Rosas. Fotografía de fines del S. IX o principios del XX 

En el año 1858 se realizó la Primera Exposición Agrícola-Ganadera, luego hubo allí una escuela de artes y oficios. Posteriormente, en 1870 se instaló, el Colegio Militar, hasta que en 1892 esta institución mudó al pueblo de Gral. San Martín –lugar donde actualmente está el Liceo Militar General San Martín– para ser ocupado posteriormente por la Escuela Naval.

El 27 de junio de 1874 se sancionó la ley creando un paseo público, que a propuesta del diputado por Buenos Aires, Vicente Fidel López y en recordación de la batalla de Caseros se le dio el nombre de “Tres de Febrero”, destinándose los terrenos de Palermo de San Benito para tal fin, que fue inaugurado en noviembre del año siguiente por el Presidente Nicolás Avellaneda.

Finalmente también un 3 de febrero pero del año 1899 –haciendo coincidir nuevamente la fecha con el aniversario de la batalla de Caseros– y durante la segunda presidencia de Julio A. Roca, –siendo Adolfo Bullrich intendente de la Ciudad–, con el ánimo revanchista imperante en esa época, como queriendo borrar todo vestigio que recordara a Rosas y ese pasado argentino, la residencia fue dinamitada. Hace pocos años fueron descubiertos bajo tierra los restos de sus cimientos, siendo ello lo único que quedó de aquél caserón.

También y siguiendo con aquél ánimo revanchista, el 25 de mayo de 1900 se inauguró la estatua a Sarmiento realizada por el escultor francés Auguste Rodin, que se ubicó en el mismo lugar donde había estado el dormitorio de Rosas.  

Recién pasado un siglo, en 1999, se inauguró un monumento a Juan Manuel de Rosas obra del escultor Ricardo Dalla Lastra (ver ER Nº 13 pág. 16), frente a la que había sido su casa.

El trazado definitivo de los parques de Palermo, que sin muchas variantes han trascendido al presente, se debieron a los trabajos paisajísticos realizados en 1890 por el arquitecto francés Carlos Thais.

Lucio V. Mansilla compararía el Palermo de Rosas con el Palermo posterior o Parque Tres de Febrero: “…el hecho es que el Palermo de entonces me parecía a mi más bello, bajo ciertos aspectos, que el Palermo de ahora. A no dudarlo, el suelo del Palermo de entonces era mejor que el suelo del Palermo de ahora, como el Palermo de entonces, incuestionablemente, tenía un aspecto más agreste, más de bosque de Boulogne que el de ahora, y en el que la simetría, hasta para pasearse, comienza a ser de una monotonía insoportable.”

En el Capítulo 119 “¿Está usted tomando partido?” de la obra “Juan Manuel de Rosas. El maldito de nuestra historia oficial” el escritor Pacho O’Donnell, pregunta al lector:

“Cuando usted se refiere al pulmón verde de la Capital Federal, ¿qué nombre le da, el oficial de Parque 3 de Febrero, en conmemoración de la batalla de Caseros, o el censurado de Palermo, como se llamaba la vivienda del Restaurador?

¿Estará usted tomando partido?”

 

Fuentes:

“El estanque de Rosas y el baño de Manuelita en Palermo” de Jorge Ramos y Daniel Schávelzon, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, número 28.

Miguel Angel Scenna, “Palermo, ese confín porteño”, Revista Todo es Historia Nº 36.

El desván de Clío, Revista Todo es Historia Nº 285.

Manuel Bilbao (h), “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires”.

www. palermonline.com.ar

www. lagazeta.com.ar/palermo.htm 

www.edesideriogarcia.com.ar/index2.htm 


(1) El retrato corresponde a una litografía con la leyenda “Rosas el Grande”, de Julien, sobre dibujo de Cayetano Descalzi, editada en París por la casa “Lemercier, Benard et Cie”. 

(2) Palermo de San Benito en 1850, acuarela de Carlos Sívori. En esta obra se aprecia la residencia y otras construcciones, el canal o estanque, paseantes en carruajes, a caballo y a pie, bosques y plantaciones y aves grandes en libertad. 

(3) Publicado en una revista de fines de S. XIX o principios del XX. Fue reproducida como ilustración en el libro “El Tirano Juan Manuel de Rosas” de Javier A. Silvestre, edic. 1914.

martes, 1 de diciembre de 2009

Mac Cann y su conversación con Rosas

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 13 - Diciembre 2009 - Pag. 10 y 11

Anécdotas

El inglés Mac Cann y su conversación con Rosas en Palermo en 1848

Residencia de Rosas en Palermo, hacia 1850. Acuarela de Carlos Sívori, MHN 


William Mac Cann, era un hombre de negocios inglés, que vino a estas tierras en 1842. En un largo viaje a caballo, visitó las estancias del sur de Buenos Aires, propiedad de sus connacionales, llegando hasta la frontera con los indios. Cuando regresó a Buenos Aires, fue acusado en la Sala de Representantes, de ser espía inglés. Se entrevistó con Rosas en Palermo (1848), quien le dio toda clase de seguridades para realizar su viaje a caballo por el litoral y Córdoba. En 1853 publicó en Londres sus impresiones sobre el estado general de la Confederación, finanzas, población y costumbres, que tituló “Two Thousand miles’ride through te Argentine Provinces”. A continuación transcribimos la parte pertinente de su visita a la residencia de Rosas en Palermo y su conversación con el gobernante argentino.

 

…Cuando me presenté de visita en su residencia, en­contré reunidas, bajo las galerías y en los jardines, a mu­chas personas de ambos sexos que esperaban despachar sus asuntos. Para todo aquel que deseaba llegar hasta el gene­ral Rosas en carácter extraoficial, la hija del Dictador, doña Manuelita, era el intermediario obligado. Los asuntos personales de importancia, como confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas de muerte, se ponían en sus ma­nos como postrer esperanza de los caídos en desgracia. Por su excelente disposición y su influencia benigna, doña Manue­lita era para con su padre, lo que la emperatriz Josefina fue para Napoleón.

En la casa del general Rosas se conservaban algunos resabios de usos y costumbres medioevales. La comida se servía diariamente para todos los que quisiesen participar de ella, fueran visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones, (uno de ellos norteamericano) divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas. El general Rosas rara­mente concurría y cuando aparecía por allí, su presencia era señal de alegría y regocijo general porque en esos momentos se despreocupaba de las cuestiones de gobierno, pe­ro no participaba de la mesa porque sólo hacía una comida diariamente. La vida de Rosas era de ininterrumpida labor: personalmente despachaba las cuestiones de Estado más nimias y no dejaba ningún asunto a la resolución de los demás si podía resolverlo por sí mismo. Pasaba de ordinario las no­ches sentado a su mesa de trabajo; a la madrugada, hacia una ligera refacción y se retiraba a descansar. Me dijo un vez doña Manuelita que sus preocupaciones más amargas provenían del temor de que su padre se acortara la vida por su extremosa contracción a los negocios Públicos.

Mi primera entrevista con el general Rosas tuvo lugar en una de las avenidas de su parque, donde, a la sombra de los sauces, discurrimos por algunas horas. Al anochecer me llevó bajo un emparrado y allí volvió sobre el interminable tema político. Vestía en esta ocasión una chaqueta de marino, pantalones azules y gorra, llevaba en la mano una larga vara torcida. Su rostro hermoso y rosado, su aspecto macizo (es de temperamento sanguíneo), le daban el aspecto de un gentilhombre de la campaña inglesa. Tiene cinco pies y tres pulgadas de estatura y cincuenta y nueve años de edad. Se refirió al lema que llevan todos los ciudadanos: '''Viva la Confederación Argentina! Mueran los salvajes unitarios!", y me dijo que lo había adoptado contra el parecer de los hombres de alta posición social, pero que, en momentos de excitación popular, había servido para economizar muchas vidas; que era un testimonio de confraternidad, y para afirmado, me dió un violento abrazo. La palabra "mueran" quería expresar el deseo de que los unitarios fueran destruidos como partido político de oposición al gobierno. Era verdad que muchos unitarios habían sido ejecutados, pero solamente porque veinte gotas de sangre, derramadas a tiempo, evitaban el derramamiento de veinte mil. No deseaba, dijo, ser considerado un santo, ni tampoco que se hablara mal de él ni deseaba ninguna clase de alabanzas.

Aludiendo a mis propósitos de viajar a través de las provincias y juzgar por mí mismo del estado del país, me dijo que todo lo que él quería y lo deseaba el país entero era que se hablara con positiva verdad; no era él hombre de secretos, él hablaba a la faz del mundo, y aquí se irguió con orgullo, echó la gorra hacia atrás y levantó la frente como diciendo: "Yo desafío al mundo todo".

Volviendo a la intervención del Lord Howden. Rosas se mostró asombrado de que Inglaterra hubiera olvidado a tal punto su propio interés para darse la mano con Francia en una cruzada contra la República Argentina, enajenándose las simpatías del pueblo, que siempre fueron mayores por los ingleses que por los franceses. Me hizo presente que el reconocimiento de la independencia de la República por la Gran­ Bretaña, quince años antes de que lo hiciera Francia, había despertado en este pueblo sentimientos de gratitud hacia Inglaterra y observó que el carácter de los ingleses era más abierto y sus costumbres más morales que las de los franceses. Luego se extendió sobre las ventajas que ofrecía el país para la emigración de todo el exceso de población de Gran Bretaña y habló de la excelente situación en que colocaba a los inmigrantes el tratado de 1825, por el cual, en realidad, ­gozaban de mayores ventajas que los ciudadanos nativos.

Al referirse a la misión de Mr. Hood, advirtió que el gabinete de Londres decía "no abrigar ningún interés ni propósito egoísta", no obstante lo cual los franceses habían omitido la palabra "egoísta" y él consideraba esto muy significativo porque Francia tenía designios ulteriores en favor de ciertos miembros de su real familia, con relación a estos países. Todo lo que estas repúblicas necesitan –prosiguió– ­es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa como Gran Bretaña, la cual, en recompensa de los beneficios comerciales, podría beneficiados con su influencia moral. Esto era lo que querían, y nada más. No querían nada que oliera a protectorado ni afectara en lo más mínimo su libertad e independencia nacional, de las que eran muy celosas y no renunciarían un solo átomo. Este sentimiento lo exteriorizó vigorosamente en su lenguaje y ademanes. Al terminar la frase apretó el dedo pulgar de la mano derecha contra el dedo índice, como si tomara un pelo entre las uñas, y como diciendo: "No, ni tanto como ésto".

Como siguiéramos caminando por el parque, levantó la vista y observó las refacciones de albañilería que se hacían ante nosotros. Alguien podría preguntar –me dijo– para qué se edificó esta casa en estos lugares. El la había edificado con el propósito de vencer dos grandes obstáculos: ese edificio empezó a construirse durante el bloqueo francés; como el pueblo se encontraba en gran agitación, él había querido calmar los ánimos con una demostración de confianza en un porvenir sólido, y, erigiendo su casa en un sitio poco favorable, quería dar a sus conciudadanos un ejemplo de lo que podía hacerse cuando se trataba de vencer obstáculos y se tenía la voluntad para vencerlos.

Había notado mi desconfianza en punto a la seguridad personal de que podría gozar en mi proyectado viaje al norte, y reconoció que era muy natural, puesto que me aprestaba a visitar regiones adonde los ingleses habían llevado la guerra y donde sin duda existiría alguna indignación contra los ex­tranjeros, pero me dió la seguridad de que ningún extranjero sería insultado ni molestado, porque el gobierno había impartido órdenes estrictas a ese respecto. Refiriéndose a los representantes que habían mirado con desconfianza mis investigaciones, me dijo que él, en cierto sentido, se alegraba de lo ocurrido porque eso probaba que los miembros de la Sala te­nían el coraje de decir lo que pensaban, siempre que no hicieran ataques de carácter personal. Hizo largos comentarios a este propósito, refiriéndolo a las especies corrientes de que no había libertad de palabra en la Sala de Representantes. Y, por otra parte –agregó riendo–, si uno o dos han hablado contra usted, y los demás no lo han hecho, quiere decir que usted tiene la mayoría en su favor.

Si, con todo, yo me encontraba decidido a dar un galope a través del país, de unas mil o dos mil millas, lo cual, ni me lo aconsejaba ni me lo desaconsejaba –me ofrecía todas las facilidades que yo quisiera y con ello cumplía un acto de justicia corriente porque había dado facilidades semejantes a otros individuos.

El trato del general Rosas era tan llano y familiar, que muy luego el visitante se sentía enteramente cómodo, y la facilidad y tacto con que trataba los diferentes asuntos, ganaban insensiblemente la confianza de su interlocutor. El extranjero más prevenido, después de apartarse de su presencia, debía sentir que las maneras de ese hombre eran espontáneas y agradables. Me relató varios episodios de su vida juvenil y me dijo que su educación había costado a sus padres unos cien pesos, porque solamente fué a la escuela por espacio de un año y su maestro acostumbraba a decirle: –Don Juan, no se haga mala sangre por cosas de libros; aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una estancia, no se preocupe mucho por aprender.

La hija de Rosas, que posee grandes atractivos, dispone de muchos recursos para cautivar a sus visitantes y ganar su confianza.

Manuelita. Daguerrotipo
En una de mis visitas a la casa, como su padre se encontrara ocupado, montó en seguida a caballo, y juntos nos echamos a galopar a través del bosque. Es una excelente amazona y me dejaba atrás con tanta frecuencia, que se me hacía imposible espantarle los mosquitos del cuello y los brazos, como me lo ordenaba la cortesanía. Ya anochecido se nos reunió Rosas y continuó hablando de política hasta la media noche. Mientras nos paseábamos por los corredores del patio, vino doña Manuelita corriendo hacia su padre, y rodeándole el cuello con sus brazos, le reconvino cariñosamente por haberla dejado sola y por quedarse hasta esas horas en el frío de la noche. Se llamó entonces a un empleado de la casa para que me acompañara hasta la ciudad y, antes de que yo mon­tara a caballo, doña Manuelita corrió a buscar una capa de su padre e insistió en que me la pusiera para abrigarme, porque amenazaba un viento pampero.

Fuente: José L. Busaniche, “Lecturas de historia argentina”, Bs. As. 1938.