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viernes, 4 de febrero de 2022

Alberto Mondragón - Felipe Arana

A mediados de la década del '60 Alberto Mondragón redactó unas breves biografías bajo el título "Figuras rosistas", que fueron publicadas en distintos periódicos y revistas (Revista o períódico El Puente, Revista Doctrina, entre otras). 


FIGURAS ROSISTAS

(El Puente)


Sexta figura

FELIPE ARANA


Arana
La estampa de DON FELIPE —llamado así por sus contemporáneos— llenaba todo el escenario de actividades forenses, jurídicas, ministeriales, legislativas, sociales y políticas de 1810 a 1852; pues sobre su talento y capacidad nadie puede oponerle otra personalidad tan completa como lo fue el Doctor en Jurisprudencia, Camarista y Ministro de Relaciones Exteriores y de Gobierno: el Doctor Don FELIPE ARANA.

Su figura esbelta, alto, moreno y delgado, de andar apacible, de rostro sereno con profundos ojos llenos de cariño, su conversación lenta y pausada, daban al todo una irradiación de bondad y ternura, que sumado a su saber e inteligencia hacían de él una auténtica figura del patriciado argentino.

Nació en Buenos Aires el 23 de agosto de 1786, de rancia nobleza vizcaína y de estirpe de Conquistadores y Fundadores, pasó a estudiar a Chile los primeros conocimientos de filosofía ascolástica y clásica, recibiéndose de abogado —en grado meritorio— en 1810 en la Real Academia de San Carlos de Santiago de Chile.

Para 1813 de regreso a Buenos Aires revalidó su título e integrando la Junta de Observación, como Miembro Informante, fue uno de los redactores del Estatuto Provisional del 5 de Mayo de 1815. En 1819 el Dr. Don FELIPE ARANA formó parte de la Primera Legislatura provincial que tuvo Buenos Aires, destacándose en sus opiniones federales que quedaron firmemente arraigadas en su tesis político-social; llegó a la Presidencia de la Asamblea Legislativa en el trágico año de 1828.

En su determinante fijación federalista estuvo al lado de Dorrego, Rosas, Anchorena, Maza, Terrero y demás prohombres del partido Federal enfrentando al despótico v breve gobierno unitario de Bernardino Rivadavia en la frustrada “Presidencia de Buenos Aires” —al decir del propio Arana—; sus fundadas opiniones, tanto en los círculos políticos y como en la Legislatura, pesaban, dada su inteligencia superior nutrida por su extraordinario caudal de conocimientos filosóficos y jurídicos.

Para 1832 desempeñaba el cargo de Camarista del Superior Tribunal de Justicia, y en este alto cargo que llenaba una máxima aspiración para la modestia de DON FELIPE, fue llamado por el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores, General Don Juan Manuel de Rosas, al honroso y difícil cargo de Ministro de Relaciones Exteriores y de Gobierno, ocupándolo desde el 13 de abril de 1835 hasta el 3 de Febrero de 1852 —¡17 años!!— actuando en todo el álgido período de Rosas pleno de complicaciones internacionales, únicas de importancia en los anales diplomáticos de la República Argentina.

Historiar las intervenciones injustas y humillantes de Francia en 1838, de Francia e Inglaterra en 1843 y del Brasil en 1851, es historiar al propio ARANA en su extraordinaria responsabilidad ministerial como defensor del honor nacional; como destacada figura rosista en sostener la integridad territorial y como argentino el orgullo de ser el firmante de los tratados —ARANA-Mackau, ARANA-Southern y ARANA-Le Predeour—, que al decir del Tratadista Dr. Moreno Quintana son los “pactos jurídicos únicos en los anales diplomáticos favorables a la tesis de la Argentina”.

Es que la pasión y el fervor de Patria, eran en el Dr. Don FELIPE ARANA —auténtica figura rosista— y el culto y la lealtad al Caudillo de la Soberanía Nacional Don Juan Manuel de Rosas, los títulos máximos de su acrisolada argentinidad.

Alberto A. Mondragón

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Convención Mackau-Arana

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 17 - Diciembre 2010 - Pags. 6 a 8 

La convención Mackau-Arana *

                                                                                            Por Alberto Ezcurra Medrano

 

Bloqueo francés
Almirante Mackau
El  29 de octubre de 1840, el vicealmirante Angel René Armando de Mackau, Barón de Mackau, plenipotenciario de Francia, y Don Felipe Arana, ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, firmaron a bordo de la “Bolonnaise”, el tratado que ha pasado a la historia con el nombre de Convención Mackau-Arana. Con ello se ponía fin a una guerra de más de dos años, motivada por las exigencias francesas –injustas en el fondo e improcedentes en la forma–  acerca del tratado de los súbditos de Francia en la Confederación Argentina; guerra en que las armas federales, en Martín García, Arroyo del Sauce y Atalaya, habían demostrado a los franceses  que la conquista no era empresa fácil en América.
La convención Mackau-Arana constaba de siete artículos que analizaremos brevemente.

Decía el artículo 1°: “Quedan reconocidas por el Gobierno de Buenos Aires las indemnizaciones debidas a los franceses que han experimentado pérdidas o sufrido perjuicios en la República Argentina; y la suma de estas indemnizaciones, que solamente queda para determinarse, será arreglada en el término de seis meses, por medio de seis árbitros nombrados de común acuerdo, y tres por cada parte, entre los dos Plenipotenciarios. En caso de disenso, el arreglo de dichas indemnizaciones será deferido al arbitramento de una tercera potencia, que será designada por el Gobierno Francés”.

Este artículo ha sido invocado por los enemigos de Rosas, para demostrar  que la Convención Mackau-Arana no fue un triunfo de éste. Mariano Pelliza, por ejemplo lo comenta en la siguiente forma:

“De este modo vergonzoso llegó Rosas a terminar aquella primera desinteligencia con la Francia, cediendo lo que había negado dos años antes, después de someter la provincia  a los efectos desastrosos del bloqueo.

“Si mejor aconsejado o mejor inspirado, ya que no escuchaba consejos de nadie,  hubiera reconocido a la Francia en 1838 las reclamaciones que fueran justas,  habría ahorrado a la provincia de Buenos Aires la vergüenza de que su nombre figurara en tan triste negociación!” (1).

Esta interpretación unitaria del artículo 1°, fruto de la obcecación y del apasionamiento, no resiste un análisis objetivo. Dicho artículo no hace más que sentar el principio general del derecho a la indemnización por perjuicios sufridos. Ahora bien: Rosas  nunca negó ese derecho a los súbditos franceses. Léase, sino, la nota del ministro Arana al contraalmirante Leblanc, donde expresa que “lejos de considerar las reclamaciones a que alude V.E. como desatendidas o repelidas, importa solamente la materia de una cuestión no discutida; porque según queda manifestado, el señor Gobernador nada ha contestado acerca de ellas, y ha reservado discutirlas y considerarlas cuando ellas, según el uso recibido en todas las naciones, sean deducidas por medio de un ministro o agente diplomático enviado ad hoc, bajo las formas establecidas”. Lo que no quería Rosas era que tales indemnizaciones fuesen exigidas por un vicecónsul sin atribuciones apoyado en una escuadra. Lo que quería, que se respetara en la Confederación Argentina la dignidad de una nación independiente. Y eso lo consiguió en la Convención de 1840. El arbitraje que establecía el artículo 1°, estaba bien lejos de las irritantes imposiciones del vicecónsul Roger en el ultimátum del 23 de septiembre de 1838, que exigía la inmediata oblación en el consulado de determinadas sumas de dinero que en el mismo ultimátum se especificaban. Francia tuvo que ceder, enviar un plenipotenciario en forma, como lo era el Barón de Mackau, y someter la cuestión a árbitros. ¿Dónde está, pues, la “humillación” argentina?

El propio Florencio Varela se encargó de desmentir por anticipado a los que luego hablarían de tal pretendida humillación. En su estudio titulado: “Desenvolvimiento y desenlace de la cuestión francesa en el Río de la Plata”, dice así:

“Bochornoso (sic) es comparar el ultimátum de la Francia, denunciado el 23 de septiembre de 1838 –cuando Rosas era omnipotente, cuando Oribe mandaba, por él y para él, en el Estado Oriental, cuando ninguna provincia  ni ciudadano ninguna argentino amenazaba su poder–, con lo que de él se ha conseguido en un tratado en octubre de 1840, teniendo contra sí ocho provincias argentinas y el Estado Oriental, todo en armas…

“En el ultimátum de 23 de septiembre de 1838 se exigió, como condiciones sin las cuales no podría tener lugar el restablecimiento de la armonía, 20.000 duros para la familia de Bacle, 10.000 para Lavié, pagaderas ambas sumas inmediatamente, el reconocimiento del crédito de Despouy, con el compromiso de pagar su capital dentro de un año, y de liquidar los premios en tres meses.

“Se fijaban allí las personas perjudicadas, las cantidades que había de dárseles por reparación, y los términos del pago.

“Pues bien: el restablecimiento de la armonía ha tenido lugar sin que la Francia obtenga ni el reconocimiento de acción alguna de determinada persona, ni el monto de ninguna cantidad, ni los términos siquiera en que hayan de hacerse los pagos.

“En una palabra, lo único que se había conseguido es el reconocimiento de un principio que no hay necesidad de registrar en tratado: porque sabido es que, con tratado o sin él, el que perjudica a otro sin razón, le debe indemnizaciones” (2).

He aquí, pues, cómo la disposición del artículo 1°, que para Pelliza, Ingenieros, y otros, era “vergonzosa” y “depresiva” para la Confederación Argentina, resulta ser, según Varela, “bochornosa” para Francia. Alejémonos un poco de los extremos y reconozcamos que Rosas, en ella, consiguió hacer respetar los derechos argentinos.

Bloqueo francés
Felipe Arana
El artículo 2° de la Convención disponía lo siguiente: "El bloqueo de los Puertos Argentinos será levantado, y la Isla de Martín García evacuada por las fuerzas francesas en los ocho días siguientes  a la ratificación de la presente Convención por el Gobierno de Buenos Aires. El material del armamento de dicha Isla será repuesto tal como estaba el 10 de octubre de 1838. Los dos buques de guerra argentinos capturados durante el bloqueo u otros dos de la misma fuerza y valor, serán puestos en el mismo término, con su material de armamentos completo, a la disposición del dicho Gobierno”.

Esta cláusula significaba para Francia algo así como un mea culpa del bloqueo. Era volver las cosas a su estado inicial. Mientras en 1838 un simple vicecónsul exigía perentoriamente y una escuadra apoyaba sus exigencias, en 1840 el vicecónsul  es reemplazado por un plenipotenciario en forma que negocia de igual a igual los asuntos en cuestión y revoca los actos de guerra realizados.

El artículo 3°, verdadero triunfo de Rosas, dice así: “Si en el término de un mes, que ha de contarse desde la dicha ratificación, los argentinos que han sido proscriptos de su país natal en diversas épocas después del 1° de Diciembre de 1828, abandonan todos, o una parte de entre ellos, la actividad hostil en que se hallan actualmente contra el gobierno de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, el referido Gobierno, admitiendo desde ahora, para este caso, la amistosa interpretación de la Francia, relativamente a las personas de estos individuos, ofrece conceder permiso de volver a entrar en el territorio de su Patria a todos aquellos cuya presencia sobre este territorio no sea incompatible con el orden  y seguridad pública, bajo el concepto de que las personas a quienes este permiso se acordare, no serán molestadas ni perseguidas por su conducta anterior. En cuanto a los que se hallan con las armas en la mano dentro del territorio de la Confederación Argentina, tendrá lugar el presente artículo sólo a favor de aquellos que las hayan depuesto en el término de ocho días, contados desde la oficial comunicación que a sus Jefes se hará de la presente convención, por medio de un Agente Francés y otro Argentino, especialmente encargado de esta misión. No son comprendidos en el presente artículo los Generales y Jefes Comandantes de cuerpos, excepto aquellos que por sus hechos ulteriores se hagan dignos de la clemencia y consideración del Gobierno de Buenos Aires”.

Para comprender el verdadero sentido de este artículo, es preciso no olvidar que los franceses no actuaron solos contra la Confederación, sino coaligados con los riveristas y con los unitarios. La invasión de Lavalle a Entre Ríos y Corrientes primero, y luego a Buenos Aires, fue financiada por Francia y facilitada por la escuadra bloqueadora. Existía entre Francia y los enemigos políticos de Rosas una alianza de hechos, que el propio Thiers había reconocido pública y solemnemente y que llegó a convertirse en protocolo diplomático por el Acta del 22 de julio de 1840, firmada por el plenipotenciario francés Martigny y por la “Comisión Argentina” compuesta de Agüero, Cernadas, Gómez, Alsina, Portela y Varela. Con la Convención Mackau-Arana, Rosas consiguió romper esa alianza. Y el artículo que comentamos al señalar a los unitarios que luchaban en territorio argentino un plazo de 8 días para acogerse a la amnistía, los reducía al dilema de aceptarlo, lo que significaba para Rosas la paz interna, o de continuar la lucha sin el apoyo de Francia, lo cual era y fue su hundimiento. Es sabido, en efecto, que Lavalle rechazó la propuesta de amnistía que le llevaron el marino Halley y el General Mansilla. Al año siguiente era vencido en Famaillá.

“El artículo sobre los salvajes unitarios los concluye”, decía Rosas comentando el tratado. Y añadía: “No volverán en América a unirse sus hijos a los extranjeros, sin acordarse de lo que les ha pasado”. Desgraciadamente, Rosas era mejor estadista que profeta. Dos años después, Francia unida a Inglaterra, a Rivera y a los emigrados, volvió a la carga. Pero sólo fue para encontrar la misma resistencia y dar a Rosas la oportunidad de un triunfo aún más amplio y definitivo.

Con el artículo 4°, Francia trataba de no dejar en posición excesivamente desairada a sus ex aliados orientales. Decía así:

“Queda entendido que el Gobierno de Buenos Aires seguirá considerando en estado de perfecta y absoluta independencia la República Oriental del Uruguay, en los mismos términos que estipuló en la Convención preliminar de paz ajustada en 27 de agosto de 1828 con el Imperio del Brasil, sin perjuicio de sus derechos naturales, toda vez que los reclamen la justicia, el honor y la seguridad de la Confederación Argentina”.

Los términos de este artículo eran sumamente amplios y dejaban a Rosas en cómoda situación. La Confederación Argentina nunca había desconocido la independencia del Uruguay, ni había pretendido considerarla provincia, como al Paraguay. Es cierto que el triunfo de Oribe hubiera conducido a una alianza y estrecha unión entre ambos estados;  pero eso era ya otro asunto. El hecho es que Oribe era el “presidente legal” del Uruguay y tenía derecho a aliarse con quien mejor le pareciese. No podía decir lo mismo el Brasil, que a los dos años de firmado el tratado de 1828 había enviado a Europa al Marqués de Santo Amaro, para convencer a Inglaterra y a Francia de que el Estado Oriental debía volver a formar parte del Imperio. El Brasil no abandonó nunca ese propósito. El triunfo de Rivera hubiera sido su triunfo. Y “la justicia, el honor y la seguridad de la Confederación Argentina” hubieran quedado seriamente comprometidos. “Intervenir en el Uruguay  –dice Carlos Pereyra–  no era sólo un derecho: era un deber en el caso de Rosas”.

Esto lo sabían tanto Francia como Rosas al acordar la redacción del artículo 4° por eso dicho artículo se refiere a la independencia del Uruguay; pero no a la guerra existente. Y por eso Rosas, el mismo día de la Convención, le hace decir a Oribe que “el artículo sobre la República Oriental nos deja en libertad  para continuar la guerra”.

El artículo 5°, reglaba la situación de los súbditos franceses en la Argentina y de los argentinos en Francia en la siguiente forma:

“Aunque los derechos y goces que en el territorio de la Confederación Argentina disfrutan actualmente los extranjeros en sus personas y propiedades, sean comunes entre los súbditos y ciudadanos de todas y cada una de las naciones amigas y neutrales, el Gobierno de S. M. el Rey de los Franceses, y el de la Provincia de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, declaran, que ínterin medie la conclusión de un tratado de comercio y navegación entre la Francia y la Confederación Argentina, los ciudadanos Franceses en el territorio Argentino, y los ciudadanos Argentinos en el de Francia, serán considerados en ambos territorios, en sus personas y propiedades, como lo son o lo podrán ser los súbditos y ciudadanos de todas y cada una de las demás naciones, aún las más favorecidas”.

Este artículo también ha sido invocado por los que, después de haber apoyado incondicionalmente a Francia en todas sus pretensiones, tuvieron el cinismo de criticar a Rosas por haber “cedido”. No reparan  –y hay que insistir en ello, a riesgo de parecer cargoso, porque es fundamental– en que la cláusula de la nación más favorecida fue exigida a Rosas por un vicecónsul en el ultimátum, en el que se le advertía: “Si no acepta, tendrá que esperar la resolución que dé al asunto el gobierno de Francia, y sufrir entre tanto la dura ley del bloqueo”. Ahora, en cambio, Rosas concede ese privilegio, en un tratado firmado por un plenipotenciario en forma, en que  Francia y la Argentina se colocan en un mismo pie de igualdad, ya que se otorga el mismo privilegio a los ciudadanos argentinos residentes en Francia.

Esta cláusula, como dice Saldías, “zanjaba el motivo ostensible de las dificultades que había suscitado la Francia, aunque no resolvía la cuestión relativa a los derechos de los franceses domiciliados en la Confederación, en los términos en que lo había exigido esa nación por la fuerza de las armas. Era más bien un modus vivendi, tal cual lo había propuesto Rosas antes y después del bloqueo” (3). Y nótese que ese modus vivendi quedaba subordinado a la conclusión de un tratado de comercio y navegación que Rosas, una vez levantado el bloqueo, podía negociar con entera libertad.

El artículo 6°, incluía una restricción a la cláusula de la nación más favorecida. “Sin embargo lo estipulado en el presente artículo –establecía refiriéndose al anterior– si el Gobierno de la Confederación Argentina acordase a los ciudadanos o naturales de algunos, o de todos los Estados Sud Americanos, especiales goces civiles o políticos, más extensos que los que disfrutan actualmente los súbditos de todas y cada una de las naciones amigas y neutrales, aún la más favorecida, tales goces no podrán ser extensivos a los ciudadanos Franceses residentes en el territorio de la Confederación Argentina, ni reclamarse por ellos”.

Esta restricción indignó a los unitarios y Varela le atribuyó a “ese espíritu mezquino, antisocial, que trata de levantar muros de separación entre los pueblos americanos y los europeos, y que ha dirigido siempre la negra política del Dictador”. Ellos, ofuscados con su pequeña política de factoría, no podían comprender la grandeza de la política imperial de Rosas, de neta filiación hispánica, que se reservaba derechos en América frente al imperialismo mercantil europeo.

Finalmente, el artículo 7°, contenía las disposiciones usuales acerca de las ratificaciones por parte de ambos gobiernos y de su respectivo canje, que debía hacerse en el plazo de  8 meses, “o más pronto si se pudiese verificar”. 

La Convención fue sometida a la Junta de Representantes, la que autorizó al Gobierno para ratificarla. Rosas lo hizo así el 31 de octubre de 1840. Al día siguiente, 1° de noviembre, el plenipotenciario de Francia mandó enarbolar la bandera argentina a bordo del “Alcmene” y saludarla con 21 cañonazos, saludo que fue retribuido por la plaza de Buenos Aires.

Tal fue la famosa Convención Mackau-Arana. Un tratado en que ambas potencias, colocadas, gracias a la energía de Rosas, en el mismo pie de igualdad, se hicieron concesiones mutuas. Pero detrás de las letras de ese tratado había algo más. Francia había venido al Río de la Plata hablando de establecer su “influencia” a la vez en Buenos Aires y en Montevideo (4), y se iba sin obtener siquiera el triunfo amplio de sus propósitos más ostensibles. Tal tratado significaba, por consiguiente, la derrota de las pretensiones francesas en el Río de la Plata. Era, en realidad, una victoria argentina. Así lo comprendió el pueblo de Buenos Aires, celebrándolo en forma que – como lo hace notar Héctor R. Ratto– “más sabía a triunfo de armas que a pacificación”, y que se manifestó  en descargas de mosquetería, fuegos artificiales, bandas militares, repique de campanas y entusiasmo popular sin límites. Así lo interpretó también el propio Rosas, cuando el mismo día de la Convención escribía a Pacheco:

“Mi querido amigo: Te felicito y abrazo con la expresión íntima de mi corazón americano, y en tu distinguida persona a todo ese valiente virtuoso ejército. Está concluída  la convención de paz con la Francia, hoy 29 de octubre del año del Señor de 1840. Es honrosa para la confederación y para el continente americano. Hemos logrado para dicho continente un artículo de un valor inmenso. Así corresponde la verdadera virtud a una ingratitud marcada solo de pura cobardía, no en los pueblos, sino en las personas que componen sus gobiernos. ¡Dios es infinitamente justo y misericordioso!” (5).

De 1840 en adelante, las potencias europeas pudieron saber a qué atenerse respecto a la posibilidad de establecer sus “influencias” en el Río de la Plata. Y si alguna duda pudo quedarles, debió desaparecer totalmente cinco años después, cuando el cañón de Obligado demostró a Francia e Inglaterra –al decir de San Martín– “que pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”.

(1) Mariano A. Pelliza, La Dictadura de Rosas, pág. 152.

(2) Citado por Aquiles B. Oribe, Brigadier General Don Manuel Oribe, tomo II,  pág.  395

(3) Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo III, pág. 221.

(4) Véase el acta del 16 de noviembre de 1838, citado por Font Ezcurra, La Unidad Nacional, pág. 30.

(5) Citada por Ernesto Quesada, Lamadrid y la Coalición del Norte,  pág. 174, nota 124. 

* Este artículo fue publicada en la  Revista del “Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas” Nº 6 del mes de diciembre de 1940.   

Convención Arana - Mackau

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 17 - Diciembre 2010 - Pags. 1 a 3 

Hechos y personajes de la Confederación Argentina

A 170 AÑOS DE LA FIRMA DE LA CONVENCION ARANA-MACKAU

                                                                       Por Norberto Jorge Chiviló

Convención Arana-Mackau
Felipe Arana (1)


El día 29 de octubre se han cumplido 170 años de la firma de la Convención (o Tratado) Arana-Mackau, por la cual se puso fin a la primera intervención francesa en el Río de la Plata, que se había iniciado a fines de marzo de 1838, con el bloqueo por una potente escuadra gala al “puerto de Buenos Aires y todo el litoral del río perteneciente a la República Argentina”.

Ese conflicto que duró dos años y medio fue una prueba de fuego para la Confederación Argentina –así se llamaba nuestro país en aquella época– .

En el número 6 de éste periódico relatamos las causas y alternativas que llevaron al inicio del primer enfrentamiento de nuestro país con esa potencia europea posterior a la guerra por la independencia. El conflicto además de una causa aparente cual era la pretensión francesa de que sus nacionales no prestaren el servicio en la milicia como sí lo prestaban otros extranjeros residentes, con excepción de los ingleses, eximidos por un tratado, y se diera a su país el trato de nación mas favorecida, también tenía otros antecedentes, como ser el apoyo brindado por Francia al mariscal Andrés Santa Cruz quien se encontraba al frente de la Confederación Peruana-Boliviana, y era enemigo del gobernante porteño Juan Manuel de Rosas; el expansionismo francés; las ansias de reverdecer las épocas napoleónicas, etc.

En el número 8, se analizó también parte del desarrollo del mismo; así historiamos el ataque francés a la pequeña guarnición argentina de la isla Martín García, comanda por Jerónimo Costa, secundado por Juan Bautista Thorne y el valeroso y honroso comportamiento de las tropas nacionales, que merecieron el reconocimiento del comandante francés. Siguiendo con el desarrollo histórico de los acontecimientos en el Nº 13 nos referimos al levantamiento de los hacendados del sur de la provincia, que la historia oficial denomina “Los libres de sud”, levantamiento que tuvo su origen en los perjuicios económicos que a esos hacendados, les ocasionaba el bloqueo, al impedirles la exportación de cueros y carne salada y el descontento originado entre los mismos por la política seguida por Rosas con respecto a la tierra pública.

Durante esos dos años y medio que duró el conflicto, nuestra patria vio amenazada su independencia y su honor nacional.

Fueron tiempos en el que la Confederación Argentina, a cuyo frente como encargado del manejo de la relaciones exteriores se encontraba en manos del Gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, debió enfrentar no solo a una de las potencias más importantes del mundo en esos momentos, con todos los medios militares y económicos que ella disponía, sino también a quienes en estas tierras fueron sus auxiliares, los integrantes del partido unitario, quienes no repararon en los medios y que con ayuda francesa promovieron todo tipo de conjuras, levantamientos y “expediciones libertadoras”, tendientes a desalojar del poder al gobernante porteño, –quien era el firme defensor de la independencia y el honor nacional–, para someter a nuestro país a una “condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española…” como dijera el Gral. José de San Martín en una carta dirigida a Rosas el día 10 de junio de 1839 (ver texto completo de la misma en ER Nº 6, pág. 3).

Con fuerza, coraje, determinación y patriotismo, Rosas, fue poco a poco venciendo a sus enemigos internos y haciendo frente a los externos, creciendo  su prestigio, logrando la adhesión de toda la población y de muchos de los que habían sido contrarios e indiferentes.

Ese prestigio no fue solo considerado en nuestro país, sino también en toda América y en Europa, donde no hubo diario que no hablara de él y de aquél pequeño país sudamericano, que osaba oponerse a las pretensiones de la segunda potencia marítima de aquél entonces.

Así “El Nacional” de Lisboa del 4 de enero de 1840 decía: “Admiramos la firme decisión con que el gobierno de la Confederación Argentina resiste a las injustas pretensiones del orgulloso gabinete de las Tullerías, y esperamos ver el día en que todas las repúblicas del continente americano formen entre sí una liga cerrando sus puertas a los buques de la nación que pretende oprimirlas”.

“La Liga Americana” de Río de Janeiro, del 30 de enero del ese año, también decía: “Estamos viendo a los franceses atacar la libertad e independencia de nuestros vecinos los argentinos y lo que es más, ir a Montevideo a dar auxilio a un partido político, para tener aliados que los ayuden en la empresa contra el heroico general Rosas, que no hace más que defenderse de una injusta invasión reconocida como tal por todas las naciones”. En España, “El Nacional” de Madrid expresaba: “No es con poca admiración que observamos los heroicos y felices esfuerzos que está haciendo la Confederación Argentina contra las injustas pretensiones de Luis Felipe, y ojalá que nuestra posición nos permitiese ayudarlos con otra cosa más que nuestros deseos”.

También el gobernador porteño recibió la adhesión de otros gobernantes del continente, así el presidente peruano Agustín Gamarra le dirá a Rosas: “He tenido dos ocasiones de admirar la constancia y el vigor de Ud. en medio de los conflictos interiores de que ha estado rodeada su administración. Son éstas las de sus esfuerzos contra Santa Cruz, y ahora la nobleza de su conducta en la guerra contra los franceses. Mucho se deben prometer la República Argentina y la América entera de hombres como Ud. de que en verdad necesita algunos”.

La firmeza de Rosas en no dejarse atropellar por ninguna potencia, por mas poderosa que fuera, haría recapacitar a la larga al gobierno francés –que en un principio no había previsto tal circunstancia–, de que no era la prepotencia y la fuerza el medio adecuado para tratar con el férreo gobernante argentino.

La prolongación del conflicto, –que en sus inicios los galos consideraron de fácil resolución– los gastos consiguientes y los nulos resultados obtenidos en esa guerra de conquista, los convencieron, que debían tomar otro camino, del que habían seguido hasta ese momento. Así el gobierno francés, después de dar vueltas y vueltas al asunto, decidió enviar como agente o ministro plenipotenciario al vicealmirante Ange René Armand, Barón de Mackau, para tratar, ahora sí, de igual a igual, como correspondía, con el Gobierno argentino, dando a la Confederación Argentina, el trato de un estado soberano.

Ya ello era una victoria para Rosas, porque él así ya lo había propuesto desde el principio del conflicto, pues nunca se había negado a negociar, por el contrario, pero para ello era necesario tratar con un agente diplomático debidamente acreditado y no con un simple agente consular, como lo era el    Vicecónsul Aimé Roger que carecía de las facultades diplomáticas que lo habilitaran para negociar y firmar un tratado con las autoridades argentinas y que sólo se amparaba detrás de una importante e impresionante escuadra al mando del vicealmirante Leblanc, y que fueron los responsables del establecimiento del bloqueo y con esa agresión, de la iniciación del conflicto.

Según lo consideraba Rosas y las prácticas diplomáticas de los países civilizados, los tratados debían firmarse entre dos potencias, en igualdad de condiciones como países soberanos, en plena libertad y sin ninguna presión de fuerza.

Rosas, gobernante de un país joven daba de esta forma una lección de diplomacia a una antigua y poderosa nación.

Juan Lavalle (2)
Mientras tanto, a mediados de 1840, Lavalle al frente de un ejército indisciplinado al que pomposamente se lo llama “Ejército Libertador” o “Legión Libertadora”, después de sufrir una derrota en el litoral, se embarcó con sus tropas en los navíos de la escuadra francesa, desembarcando el 5 de agosto al sur de San Pedro, en la provincia de Buenos Aires, y luego avanzó hacia el sur. Al enterarse el Restaurador de ese traslado de su adversario por la flota francesa y su desembarco en San Pedro, dirá: “El hombre se nos viene, y lo que es peor, se nos viene sin que podamos detenerlo”; ello en razón de que había despachado sus tropas al litoral para combatir contra Lavalle y que ya por algún tiempo no podría contar con ellas para enfrentarlo ahora en Buenos Aires. Así, la situación de Rosas, no era la mejor.

A fin de preparar la defensa, juntar hombres y adiestrarlos, y dirigir las operaciones militares, a partir del día 17 de agosto, el Restaurador se instaló en el campamento de los Santos Lugares de Rosas (actual localidad de San Andrés, Ptdo. de Gral. San Martín, ver ER Nº 14), dejando al frente del gobierno, a su Canciller Manuel Arana como gobernador delegado.

También en la ciudad de Buenos Aires, se había preparado un dispositivo de defensa para el caso que Lavalle hubiera intentado atacar la ciudad y así la situación no era distinta a la de los Santos Lugares, ya que faltaban tropas y se temía la acción de grupos de unitarios a favor de Lavalle y los franceses. Circulan patrullas y alguna tropa que siembran el terror entre quienes pueden ser adictos al general unitario. Se cometen crímenes que han sido espontáneos y colectivos. Algunas personas –aproximadamente 20– son asesinadas por federales fanáticos. Se viven días de gran tensión y convulsión donde se despiertan las pasiones y muchas veces, se producen también venganzas personales, ajenas a la política.

Pero en su marcha a lavalle no le va nada bien, el 9 de setiembre le escribe a su esposa: “Esta carta te va a hacer llorar…No encontré sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y muy contentos con sus cadenas… En medio de tierras sublevadas o indiferentes, sin bases, sin punto de apoyo, la moral empieza a resentirse”.

Sin el apoyo popular de la campaña, Lavalle avanza, alcanzando Merlo el día 23, –a 6 leguas de Buenos Aires y a 4 de los Santos Lugares–. Sorpresivamente allí detuvo su marcha, y no se decidió a atacar, porque la población se mantuvo leal al gobernador y no se sumó al ejército “libertador” como los emigrados en Montevideo le habían hecho creer. Se encuentra desmoralizado, porque sabe así que no podrá contar con ninguna sublevación de la población a su favor, sino que por el contrario, la misma le es totalmente adversa. Entonces a principios de setiembre, se repliega y retira lentamente hacia el norte, ocupando la ciudad de Santa Fe el día 25 la que saquea.

El 11 de octubre Lavalle ha vuelto a escribir a su mujer: “No concibas muchas esperanzas, porque el hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas sino entre la gente que habla; la que no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como puede. Este es el origen de tantas y tan engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas, que nadie conoce hoy como yo. Mi situación no es muy halagueña en medio de países contrarios, con un ejército muy debilitado que carece de todo, abandonado por los franceses y traicionado por el odio ciego y por la insensatez de los otros aliados, te figuras que hago un prodigio con solo mantenerme, prodigio que no podrá continuar muchos días... Espero abrazarte pronto... porque en estas tierras de m... no hay quien me mate por el terror que inspiramos”.

Cuando el unitario Villafañe le reprocha a Lavalle la falta de disciplina de su ejército, este le contestará: “…¡Disciplina en nuestros soldados! ¡No! ¿Quieren matar? ¡Déjelos que maten! ¿Quieren robar? ¡Déjelos que roben!”

Note el lector que en la primera carta transcripta, Lavalle dice no haber encontrado sino “esclavos… muy contentos con sus cadenas”, ¿que quiere decir esto?, que la población estaba muy contenta con el gobierno de Rosas y en la segunda carta habla del “terror que inspiramos”. El terror proveniente de las acciones de los unitarios, siempre será silenciado o minimizado por la llamada “historia oficial” y de otros historiadores y escritores, quienes si bien quieren distanciarse de tal corriente histórica, prácticamente siguen sus pasos.

Mientras tanto, Mackau había llegado a Montevideo el 23 de setiembre de 1840, después de dos meses de navegación –había salido el 24 de julio comandando una flota de 36 barcos y 6.000 hombres–, y allí, los emigrados unitarios y representantes del gobierno de esa ciudad, lo visitaron, con la intención de ponerlo de su parte, pero éste, considerándolos solamente como auxiliares, utilizables en determinadas circunstancias, solo se hallaba interesado en poner fin a la controversia con la Confederación Argentina, porque la situación europea se encontraba difícil para Francia, ya que enfrentaba una poderosa alianza de Inglaterra, Prusia, Rusia y Austria y en cualquier momento podría surgir allá una contienda que le obligara a volver a aquel continente y por ello se dirigió a Buenos Aires, a donde arribó el 12 de octubre.

Colección Rosatto
Plato con el retrato de Rosas (3)
Cuando Mackau llegó frente a Buenos Aires, invitó en correctos términos al Ministro Arana, –quien como ya se dijo se encontraba en ese momento a cargo del gobierno–, a conferenciar en la nave capitana. Así, desde el 14 al 29 de octubre de 1840 se realizaron negociaciones entre los dos gobiernos, Felipe Arana, Canciller de la Confederación, por un lado y el Vicealmirante Mackau, por el Reino de Francia, por el otro, a bordo del bergantín Boulonnaise, anclado cerca de la Recoleta, navío este que en sus mástiles ostentaba las banderas de ambos países, como signo de neutralidad.

Todos los días por la mañana un bote llevaba al Dr. Arana a bordo de la nave para realizar las conversaciones y lo devolvía a tierra por la noche, oportunidad en la que el Canciller argentino hablaba con Rosas sobre lo tratado durante la jornada, poniéndose de acuerdo en la estrategia a seguir en las conversaciones.

Por fin, el día 29 se firmó la Convención y Rosas la ratificó desde su campamento de los Santos Lugares de Rosas dos días después.

El pabellón argentino, izado al tope del navío Alcmene, fue saludado por toda la escuadra francesa con 21 cañonazos, los que fueron también contestados con descargas de artillería desde el Fuerte. En reciprocidad, también fue izado el pabellón francés en el campamento de los Santos Lugares de Rosas. El vicealmirante y demás personalidades francesas fueron recibidas y agasajadas en el Fuerte de Buenos Aires, y días después, el 8 de noviembre, Rosas y las autoridades argentinas retribuyeron la visita, donde también son recibidos y agasajados a bordo del Alcmene (ver en este número “Anécdotas”).

En Buenos Aires, la población se mostró jubilosa por el cese de las hostilidades y la paz firmada, realizándose manifestaciones populares con festejos en toda la ciudad, con bombas de estruendo en la alameda, bandas militares, repique de campanas, etc.

En cambio, en la otra orilla del Plata, en Montevideo, tanto las autoridades como los emigrados argentinos de la “Comisión Argentina”, criticaron la firma de la Convención, considerándola “ignominiosa para Francia y aleve para sus aliados”. El Nacional, calificará a la Convención de “horrible y traidora”.

Dos meses mas tarde de la firma de la Convención, Charles Lefebvre de Becourt fue reconocido como encargado de negocios interino y cónsul de Francia en la Confederación Argentina y en febrero de 1842 Manuel de Sarratea, fue designado por nuestro gobierno como Ministro Plenipotenciario ante el Reino de Francia.

El haber sido tratada la Confederación Argentina como una potencia soberana, por parte de Francia y haber firmado un tratado de igual a igual y entre dos potencias, significó una importante victoria para nuestro país y quien la gobernaba, transformando a Rosas en defensor de la independencia americana, reconocido como tal en el mundo entero.

También los ecos del conflicto resonaron en el norte del continente, el periódico “El Noticioso de Ambos Mundos”, de Nueva York, dijo lo siguiente: “Hemos visto al gobierno de Montevideo dar favor y ayuda a los injustos agresores (franceses), lo mismo que a los descontentos de Buenos Aires refugiados allí... En medio de esto un héroe vemos brillar: este héroe es el presidente de Buenos Aires, el general Rozas. Llámenle enhorabuena tirano sus enemigos; llámenle déspota, nada nos importa todo esto; él es un patriota, tiene firmeza, tiene valor, tiene energía, tiene carácter y no sufre la humillación de su patria”.

Finalizado el conflicto con la firma de la Convención, la Junta de Representantes de la provincia, dispone que se recopilen e impriman todos los antecedentes de la cuestión con la confederación peruana boliviana y el bloqueo francés. También dispone darle al gobernador los títulos de Gran Mariscal, creando el cargo con el título de “excelencia”, con un sueldo de seis mil pesos anuales y una escolta de un oficial, dos ayudantes y treinta hombres. Hay otros proyectos creando los títulos de Héroe del Desierto y Defensor heroico de la Independencia americana y designar el mes de octubre como mes de Rosas. Todos estos títulos son rechazados por el Gobernador.

Pero no podemos dejar de destacar la importante labor llevada a cabo también por el Canciller de la Confederación, el Dr. Felipe Arana, quien conjuntamente con Rosas formaban un equipo imbatible en cuestiones diplomáticas.

Arana había nacido en Buenos Aires el 23 de agosto de 1786, estudió en el Real Colegio de San Carlos, realizando entre otros, estudios de teología. En la Real Universidad de San Felipe de la Ciudad de Santiago de Chile, se recibió de Doctor en Leyes. Intervino en los sucesos revolucionarios de mayo de 1810, en el Cabildo Abierto del día 22, siendo uno de los patriotas mas decididos. Fue un jurista talentoso, muy respetado, habiendo sido miembro, como vocal, de la Cámara de Apelaciones -que era el tribunal superior de la provincia- a partir de 1830. Siempre perteneció al Partido Federal. En 1828 presidió la Sala de Representantes bonaerense apoyando a Manuel Dorrego y luego de su fusilamiento, siguió a Rosas.

Cuando el Restaurador asumió por segunda vez su cargo de gobernador de la provincia el 30 de abril de 1835, nombró a Arana como su Ministro de Relaciones Exteriores. Al frente de la Cancillería se desempeñó magníficamente, con gran sabiduría y patriotismo, diestro en el manejo diplomático. Además del tratado firmado con Mackau, intervino casi diez años después en la firma de otros dos tratados ampliamente favorables a los intereses de nuestra nación, tratados que pusieron fin a la intervención anglofrancesa iniciada en 1845 y me estoy refiriendo a los tratados Arana-Southern firmado con los ingleses el 24 de noviembre 1849 y el tratado Arana-Lepredour, suscripto con los franceses en 31 de agosto de 1850.

En varias oportunidades, fue Gobernador Delegado de la provincia, ante la ausencia en la Ciudad de Buenos Aires del Gobernador Rosas.

El cargo de Canciller lo ostentó hasta poco después de Caseros, ya que Urquiza lo mantuvo en el cargo hasta el 6 de abril de 1852, fecha en que fue nombrado miembro del Consejo de Estado. Al poco tiempo se retiró de la vida pública y pasó a residir en su estancia.

Fue una persona de bien, modesta en sus costumbres y respetado también por sus adversarios. Rosas, quien tenía gran aprecio por él, cariñosamente lo llamaba “Felipe Batata”.

Falleció en Buenos Aires el 11 de julio de 1865.

 

Fuentes:

“El gran bloqueo” de Antonio E. Castello, Revista “Todo es Historia” Nº 182, de julio de 1982.

“Historia de la Confederación Argentina” de Adolfo Saldías.

“Historia Argentina” de José M. Rosa.

Crónica Histórica Argentina”, Edit. Codex.

“Las otras Tablas de Sangre” de Alberto Ezcurra Medrano, Edit. Haz, Buenos Aires, 1952.

“Juan Manuel de Rosas” de Manuel Gálvez, Edit. Claridad, Buenos Aires, 1997.

(1) - Felipe Benicio de la Paz Arana y Andonaegui (Felipe Arana), Buenos Aires, Virreinato del Río de la Plata, 23 de agosto de 1789 - Buenos Aires, República Argentina, 11 de julio de 1865. Dibujo de Ch. Decaux.

(2) Juan Galo de Lavalle. 17 de octubre de 1797 – 9 de octubre de 1841. 

(3) Plato con la efigie de Rosas. Colección Rosatto.