Manuel A. Bilbao -hijo del escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.
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Dr. Norberto Jorge Chiviló
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jueves, 27 de noviembre de 2025
Una fiesta en los Cerrillos - Estanislado López - Manuel Bilba0 - Manuel A Bilbao Rivero - Rosas
Manuel A. Bilbao -hijo del escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.
Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires".
Reproducimos ahora el capítulo 95 de esta última obra.
miércoles, 19 de noviembre de 2025
Camila O'Gorman - Época de Rosas - Manuel Bilbao - Manuel A. Bilbao - Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires
Manuel A. Bilbao -hijo del escritor Manuel
Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires".
Reproducimos ahora el capítulo 62 de esta última obra.
martes, 18 de noviembre de 2025
El asesinato de Achinelly - Época de Rosas - Manuel Bilbao - Manuel Bilbao Rivera - Tradiciones y costumbres de Buenos Aires
Manuel A. Bilbao -hijo del escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.
Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires".
Reproducimos ahora el capítulo 61 de esta última obra.
Facundo Quiroga - Tumba de Quiroga - Manuel Bilbao - Manuel A. Bilbao - Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires
Manuel A. Bilbao -hijo del escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.
Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires".
Reproducimos ahora el capítulo 60 de esta última obra.
domingo, 1 de junio de 2014
El asesinato de Achinelly
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pags. 12 y 13
EL ASESINATO DE ACHINELLY
En 1934, Manuel Bilbao (h) escribió el libro
Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires,
en el cual cuenta distintos hechos ocurridos en Buenos Aires, muchos de ellos
en la época de Rosas.
El que transcribimos a continuación corresponde al
asesinato de Felipe Achinelly (o Accinelli, según otros autores), agente de
bolsa, crimen que durante mucho tiempo fue atribuido a Rosas y ejecutado por la
Mazorca. He aquí el relato de cómo ocurrieron en la realidad esos hechos y del
castigo impuesto al asesino.
Existe la leyenda de este asesinato,
como sobre muchos otros análogos de la época de Rosas, de que fueron mandados a
ejecutar por el Restaurador, por medio de
![]() |
| (1) |
Fue Achinelly el primero que
estableció un escritorio en la calle Florida, al lado de donde está el Banco de
Boston, precisamente en el sitio que hoy ocupa la avenida Diagonal Roque Sáenz
Peña, en donde se compraban y vendían onzas, lo que daba motivo a un gran
movimiento de clientes, que entraban y salían, lo que a su vez fue causa de que
se aplicase a este escritorio la palabra camoatí,
que en guaraní significa “colmena”.
Los concurrentes a este escritorio
fueron, poco después, en 1846, los que fundaron
Una tarde se presentó en el
Departamento de Policía un niño muy afligido, que deseaba hablar con el jefe de
la repartición. El empleado con quien habló lo atendió y puso en conocimiento de
su superior los deseos del niño.
Don Juan Moreno, que era el jefe de
policía, viendo la aflicción de su interlocutor, lo hizo sentar, lo tranquilizó
y le pidió le contara lo que le pasaba y que tuviese confianza en él, que haría
todo lo que fuese posible por complacerlo y remediar lo que le ocurría.
Así fue. El niño, sollozando, le dijo
que venía de parte de su mamá a avisarle que su papá había desaparecido contra
su costumbre, pues no había llegado a su casa hasta ese momento, sin que en
ninguna parte se le hubiera visto, ni sus amigos dieran noticias de él. Que
había salido de su casa entre las dos y tres de la tarde, acompañado por un
hombre que no conocían, alto, de capa, sin decir a dónde iban, llevando su
padre en la mano un paquete que debía ser dinero, porque momentos antes lo
había sacado de la caja de hierro. Que su papá se llamaba Felipe Achinelly, que
era corredor de bolsa, siendo muy conocido. Que él era su hijo Felipe y tenía
diez años de edad.
El jefe le preguntó si recordaba las
facciones del desconocido y si lo reconocería, si lo encontrase, al primer
golpe de vista, a lo que el chico contestó que sí, porque su fisonomía no se le
despintaba.
-Pues bien -dijo Moreno-: si es así,
saldremos juntos pero antes voy a llamar a los comisarios de sección para que
les repita la filiación del sujeto de la capa y tomar otras medidas para
asegurar el éxito de la pesquisa.
Así fue, en efecto. Los comisarios
recibieron sus instrucciones y fueron despedidos en seguida.
Al mismo tiempo, ordenaba a los sargentos
del cuerpo de policía de toda su confianza, Aquino y Hornos, se vistiesen de
particular, armados de pistolas y se preparasen para salir con él.
Listos ya todos. Moreno dijo al niño
Achinelly que lo acompañase a hacer una gira por el centro de la ciudad,
indicándole que cuando viese a una persona parecida al hombre de la capa, le
apretase la mano y mirase al hombre y no a él, para no despertar sospechas.
Así anduvieron, hasta que Moreno se
dirigió a la joyeria de don Carlos Lanatta, que era también cambista, y estaba
situada en la calle Victoria
Al llegar a ella, el niño apretó
fuertemente la mano de Moreno, diciéndole en voz baja:
- ¡Es él, señor! ¡Ese! mismo! ¡Tiene la misma capa y son
sus propias facciones!
-Bueno, muchacho -le dijo el jefe de policía-, vamos a
entrar, y si lo reconoce de nuevo me oprime otra vez la mano.
Antes de entrar, Moreno llamó a Aquino
y a Hornos, y les dijo:
-Cuando yo saque mi pañuelo será la
señal para que ustedes caigan sobre ese hombre que nos da la espalda y lo
sujeten sin darle tiempo para nada.
Moreno penetró primero, y se puso a
mirar distraídamente los escaparates, al propio tiempo que el chico entraba
también, clavando su vista en el hombre de la capa, al que reconoció en seguida
como al mismo que había salido con su padre.
De acuerdo con las indicaciones de
Moreno, el chico se acercó a éste y le apretó la mano nerviosamente con los
ojos llenos de lágrimas.
Inmediatamente Moreno sacó su pañuelo,
y los dos agentes cayeron como un rayo sobre el hombre de la capa, cuyos
fornidos brazos sujetaron con grandes esfuerzos, al propio tiempo que Moreno
sacaba su revólver, abocándoselo al detenido, diciéndole que si se resistía lo
mataría, con lo que terminó la resistencia del detenido, conduciéndosele a la
comisaría de órdenes, donde se le interrogó y se le registró, no protestando
durante la primera parte de esta operación; pero al querer registrársele el
bolsillo izquierdo del pantalón se resistió, arrojando al suelo al agente que lo
registraba, lo que dio intervención a otros agentes, que lo maniataron,
continuando la operación minuciosamente, encontrando en el mencionado bolsillo
izquierdo unos billetes de papel moneda, notando en el fondo un costurón, por
lo que ordenó Moreno se arrancara el bolsillo entero, cortando con un cuchillo
la jareta del mismo, apareciendo entonces el reloj de Achinelly.
No cabía duda de que el detenido era
el ladrón o el asesino.
Se le interrogó cómo se encontraba ese
objeto en su poder y dónde se hallaba su dueño.
No pudo justificar nada de lo que se
le preguntaba, por lo cual se le condujo a su casa, abriéndose en su presencia
la puerta de su habitación, y encontrándose la autoridad ante un espectáculo
horrible.
Todos los muebles estaban en desorden,
las ropas revueltas, las paredes estampadas con la sangre de las manos de la
víctima y del victimario, lo que demostraba la lucha desesperada del asesinado,
cuyo cuerpo, inerte, estaba al fondo de la pieza, sobre el suelo, rodeado de la
sangre salida de sus heridas.
Fue entonces, ante este cúmulo de
pruebas, que Larrea confesó su crimen, declarándose autor del mismo,
manifestando que por medio de un engaño llevó a Achinelly a su pieza, al cual,
mientras contaba unos billetes sobre su catre, le metió el puñal por la
espalda, ultimándolo después de una obstinada resistencia, robándole todo lo
que llevaba sobre si. Lavándose y cerrando después la habitación, se marchó a la
calle, para preparar su rápido regreso a Montevideo, de donde había llegado
hacía poco. Dijo llamarse Juan Larrea o Elizague, y ser vasco francés.
Con todos estos elementos el jefe de
policía inició el proceso criminal, el que, una vez terminado, lo elevó al
secretario del ministerio de Gobierno, don Pedro Regalado Rodríguez, por estar
vacante de titular esa cartera en esos días.
Hay que tener presente que en ese
tiempo la policía ejercía las funciones que hoy desempeñan los jueces de
instrucción, lo que explica la minuciosa intervención que tomaba en todos estos
casos.
La noticia de este crimen produjo gran
sensación, y enterado Rosas de todo esto, dispuso prescindir de las formas
legales por lo claro del caso y para rápido y ejemplar castigo de lo ocurrido y
para escarmiento y ejemplo de los que les pasaría a los que intentasen hacer lo
mismo.
Antes de las cuarenta y ocho horas de
consumado este crimen el asesino Juan Larrea era ejecutado en la plaza del
Retiro, junto al paredón del Cuartel, y su cuerpo colgado durante cuarenta y
ocho horas a la expectación pública.
La cabeza del reo fue entregada al
doctor Francisco de Paula Almeyra, presidente del Tribunal de Medicina, con
fines de estudio.
Al mismo tiempo, Rosas dispuso que el cuerpo de Achinelly fuese entregado a su viuda, doña Antonia Bayá, costeando el gobierno el entierro y mandando se levantase una suscripción popular, encabezada por Rosas, para regalar una casa a la viuda.
Como se ve, las versiones sobre este
triste hecho que lo dan como producido por orden o instigación de Rosas por
medio de
(1) En 1846 se constituye una sociedad de corredores formada inicialmente por 80 socios, cuyas primeras sesiones de realizan en la calle Florida 21, que era una casa de cambio fundada en 1830 por Felipe Acchinelly, dando origen al "Camoatí", primera bolsa de comercio y antecesora de la Bosa de Comercio de Buenos Aires.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Estanislao López
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 28 - Setiembre 2013 - Pags. 1 a 4
Estanislao López en Buenos Aires
Por
El Federal Apostólico
Se
han cumplido 175 años del
fallecimiento del llamado Patriarca de la Federación, el Gobernador de la
provincia de Santa Fé, Brigadier General Estanislao López. Como homenaje a tan
insigne personaje de la historia nacional, publicamos estas crónicas sobre las dos
oportunidades en las que estuvo en Buenos Aires, invitado por su amigo Juan
Manuel de Rosas.
La primera se trató de una visita de cortesía
a raíz de una invitación que le había hecho quien años más tarde será elegido
Gobernador de la provincia de Buenos Aires y que habría tenido lugar
aproximadamente en el año 1822, según lo refiere Manuel Gálvez en su obra Vida de Juan Manuel de
Rosas.
Los pormenores de las fiestas con las que se
homenajeó al visitante las dio a conocer el escritor Manuel Bilbao (h) en Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires publicada en 1934, cuyo capítulo Una fiesta en Los Cerrillos, se transcribe a continuación.
![]() |
| Estanislao López. 22 de noviembre de 1786 - 15 de junio de 1838 |
Mediaba ya una buena amistad personal entre Rosas y López
cuando los acontecimientos del año veinte los encontraron en campos adversos.
La batalla de Pavón, librada el 12 de agosto de ese año,
entre López y Dorrego, terminó con la derrota del primero. Rosas, con sus
colorados, estaba con el segundo. Envalentonado Dorrego con su éxito, invadió
Santa Fe contra la opinión de Rosas y Rodríguez, que se retiraron. Dorrego fue
batido en el combate del Gamonal, el 2 de septiembre, lo que trajo la paz del
24 de noviembre, en cuyo trato López no dejaba de exigir auxilios que
compensaran sus erogaciones, llegando a un punto tal, que don Martín Rodríguez
manifestó no ser posible acceder a todo lo que pedía el caudillo santafesino.
Tomaban mal cariz las cosas, cuando Rosas, allí presente, hizo que López
aceptase lo que se le ofrecía, bajo su garantía personal, lo que aquél aceptó
enseguida, firmando el arreglo con la garantía oficial del gobierno de Córdoba.
Fue en esta ocasión en la que López aceptó la invitación
que le hizo Rosas para que le visitara en Los Cerrillos ese verano, cuando el horizonte
político se despejara.
Cuando López lo creyó conveniente, anunció su visita y se
puso en marcha con una regular comitiva. Fue recibido por Rosas con toda clase de
agasajos.
Los Cerrillos, en cuyos campos inició su poderío Rosas,
estaba de gala. Corrida la voz entre el paisanaje de que don Juan Manuel tenía
huéspedes a quienes agasajar, empezó a caer de todas partes, como obedeciendo a
una voz de mando, reuniéndose en tres días más de un millar de gauchos, número
extraordinario para los tiempos en que la población de la campaña, además de
ser escasa, vivía diseminada, cosa que no dejó de llamar la atención del
huésped, quien preguntó a Rosas cómo podía hacer eso. A lo que éste contestó de
que pasándoles la voz de que los precisaba; y que si les hubiera recomendado
urgencia, en mucho menos tiempo los hubiera reunido.
El caudillo santafesino no creyó encontrar tanta riqueza
y poder, lo que hizo exclamar que “aquello valía más que todo Santa Fe”, a lo que
Rosas le contestó que “todo lo que allí veía estaba a la disposición de sus
amigos, en cuya primera línea estaba él”.
En el galpón grande de la estancia se improvisó un gran
salón, destinado a la gente de categoría, y afuera, bajo los árboles, otros con
cuerdas y lazos de árbol a árbol, techándolos con ponchos y cueros, y teniendo
como asientos cabezas de vaca y todo género de apoyos. Por la noche eran
alumbrados con profusión de candiles de todo tamaño.
Después de cenar, Rosas a la cabeza de sus invitados se
dirigió al salón, donde asumió el papel de bastonero; y a una señal que dio
rompió con un gran pericón una orquesta compuesta de cincuenta guitarras. Fue
bailado por las parejas que el mismo Rosas había formado y que también dirigió,
terminando entre los aplausos y vítores más entusiastas.
![]() |
| "Rosas tocando la guitarra y Prudencio bailando el gato", Antigua pintura al óleo sobre tela. Sin firma. |
Terminado el pericón, don Juan Manuel, en medio de la
expectativa general, tomó una guitarra, en la que punteó un gato: y llamando a
una criollita, Nicolasa, apodada
Al día siguiente continuaron las fiestas con una gran
corrida de sortijas, en la que participaron todos los concurrentes, iniciándola
Rosas, quien no erró ninguna, volviéndolas a colocar para que los paisanos las
sacaran.
En este juego López se reveló un gran chambón, por lo que
dispuso Rosas que se corriera una especial, con jinetes escogidos por él, con
la consigna de que nadie sacase la sortija sino López. Como premio colocó un
anillo de su uso particular, que tenía un solitario de gran valor y que como
estaba previsto sacó López, cuya satisfacción exteriorizaba de todas maneras.
Conversando con Rosas sobre los caballos de éste, López
reiteraba a don Juan Manuel su admiración por los mismos: y Rosas que conocía
por donde venía su huésped y para salvar a un tordillo negro de su
predilección, que según las crónicas era el mismo que montaba cuando el año
veinte hizo su entrada en Buenos Aires por la calle Buen Orden al frente de sus
colorados, para reponer a Rodríguez, le dijo: “Este es el único que me reservo,
porque es de la silla de Encarnación: sino le diría “tómelo”, como puedo
hacerlo con los otros; “elija el que más le guste”. No se hizo rogar López y
eligió un pangaré1 de una pintura y ligereza poco comunes, que ese día había montado
Rosas, mandando que le pusieran su recado
La corrida de sortijas terminó a la hora del almuerzo, al
que siguió una buena siesta, pareciendo aquello un campamento militar por el
orden y disciplina que reinaba, no viéndose ningún borracho, a pesar de
circular el vino, lo que no había dejado de llamar la atención de López,
acostumbrado a sus santafesinos, poco respetuosos y subordinados.
Al toque de la gran campana de Los Cerrillos, que llamaba
a carnear, toda aquella gente se puso en movimiento, enrollando sus recados,
apareciendo al poco rato los asadores con los trozos de carne ensartados.
Después del almuerzo se dirigieron a los sitios de baile, que duró hasta que el
sol estaba bien alto. Ese día fue el descanso hasta la noche, en que continuó
el baile.
Otro de los números preparados por Rosas fue un simulacro
de combate entre trescientos indios dirigidos por dos caciques y cien
colorados, dirigidos por Rosas.
Los indios con sus lanzas y los colorados con sus sables
maniobraron admirablemente a toda carrera, no pudiendo los indios, a pesar de
todo su empeño, soportar el empuje de los colorados. Admirábase López de la
destreza y defensa del sable contra la lanza. Llegó un momento en que los
indios empezaron a tomar en serio la cosa y echaron mano de las boleadoras y
bolas, lo que visto por Rosas, y para evitar un combate real, mandó terminar
las maniobras, declarando que no había vencidos ni vencedores. Este número fue
muy del agrado de López, que así se lo manifestó a Rosas.
Estas fiestas duraron ocho días, y a su terminación hubo
un descanso de tres días, que se emplearon en los preparativos para el regreso
de los huéspedes.
El día de la partida dispuso don Juan Manuel que de sus
tropillas de caballos se le agregasen otros al pangaré de López, lo que hizo el
encanto de éste, que emprendió su viaje de regreso como un general en jefe
después de haber obtenido grandes triunfos. Rosas y el doctor Maza, que había
ido a las fiestas los últimos días, le acompañaron un largo trecho del camino,
seguidos de la comitiva que había llevado a López y un regimiento de paisanos
que iban quemando cohetes y corriendo carreras A cierta altura del viaje
hicieron alto para despedirse. Adelantándose López a Rosas, le dijo: “No lo
olvidaré nunca, y cuando usted necesite el apoyo de mi provincia sabrá usted
cuánto le estimamos yo y mis santafesinos”. “Lo mismo digo yo”, contestó Rosas,
estrechándole ambas manos, “en Los Cerrillos siempre habrá un rancho para el
amigo y un par de mil hombres para el aliado”.
El tiempo confirmó esta amistad, que fue inalterable
durante la vida de ambos…
La otra visita, tuvo
lugar en el año 1837, un poco más de un año antes del fallecimiento de López
ocurrido el 15 de junio de 1838.
A raíz de una congestión
pulmonar que había sufrido en una de sus campañas, el Patriarca de la
Federación había enfermado de tuberculosis.
A fin de ayudarlo a su
restablecimiento, Rosas envió a su médico personal, el Dr. Santiago Lepper,
quien le aconsejó realizara un viaje a Buenos Aires para lograr un mejoramiento
en su salud.
La estadía duró desde mediados
de enero a principios de abril.
El gobernador de Santa
Fe, vino a Buenos Aires acompañado por su esposa y cinco hijos, además de otros
funcionarios, en carruajes que mandó Rosas, quien lo espera en el anochecer del
domingo 15 de enero en San José de Flores. Los seis carruajes conduciendo a
López y su comitiva y a Rosas y a varios de sus funcionarios, a su llegada al
fuerte de Buenos Aires -donde se alojará durante su estadía el visitante- son
recibidos con las tropas formadas y una salva de veintiún cañonazos en honor al
huésped, después de atravesar la ciudad con las casas embanderadas y con gran
recibimiento que le hacen los vecinos de la ciudad, quienes vitorean al
santafesino y le arrojan flores a su paso.
El miércoles último tuvo
lugar la partida del general López y su
familia; lo que dio
motivo a
singulares demostraciones.
La calle de la Federación
(antes Plata) había sido engalanada, en ambos costados, con ramos de laurel y otros adornos. Las tropas,
con sus respectivas bandas de música, formaban a lo largo
de la dicha calle, y en los frentes de las casas ondeaban numerosas
banderas con que las habían adornado.
A las tres de la tarde
llegó Su Excelencia el general Rosas, en su carruaje, a la casa de gobierno en
el Fuerte, donde se alojaba el general López con su familia. Iba acompañado Su
Excelencia por su escolta de caballería, mandada por el coronel Bustos. Al pasar por frente al Cabildo, la
guardia presentó armas y batieron los tambores. Cuando Su
Excelencia hubo llegado al Fuerte, sonaron tres cañonazos anunciando su arribo y como
señal para que las tropas tomaran las armas.
A las tres y media la
comitiva dejó el Fuerte, siendo saludada desde él por veintiún cañonazos y una
descarga de camaretas2 que se hizo
en el patio. Formaban la comitiva varios carruajes: En el primero iban los
gobernadores Rosas y López con una escolta de caballería bajo el mando del coronel Bustos; los coches restantes fueron ocupados por la señora esposa del general López,
miembros de su familia y acompañantes de
Santa Fe, con sus equipajes. Seguían, a caballo, la comitiva, varios jefes de
Estado Mayor, entre los que vimos al Inspector del Ejército, general Pinedo,
los generales Guido, Pacheco y Mansilla, los coroneles Eréscano y
Planes; se encontraban también el jefe
de policía, altos empleados de la administración
y un numeroso grupo de ciudadanos.
Todos los concurrentes acompañaron a los viajeros hasta San José de Flores.
El Ministro
plenipotenciario de Su Majestad Británica, Mr. Mandeville, y Mr. Russell
Elliot, Capitán del buque Fly, de la Armada de Su
Majestad Británica, presenciaron la partida del cortejo desde el balcón de la
casa de don Miguel Riglos, en la plaza de la Victoria.
Uno de los detalles más
interesantes del acto lo constituyó la presencia de la hija del general Rosas,
doña Manuelita, que se presentó a caballo
gentilmente, montada y en compañía de doña
Mercedes Fuentes de Rosas, esposa del hijo del general. Ambas iban ataviadas
con rigurosos trajes de amazonas y con un velo rojo flotante alrededor del
sombrero y marchaban atrás de la cabalgata, recibiendo efusivos saludos de la
concurrencia. Con ellas iban también el hijo del general Rosas y otros
caballeros de la familia. Doña Manuelita Rosas es conocida como una experta
amazona y en esta ocasión lucía todos los encantos de una Diana. Es verdad que
sus modales atrayentes y desprovistos de toda ostentación, la han hecho
extremadamente popular en Buenos Aires.
El gobernador López llegó
a Buenos Aires el 15 de enero último y, según lo hemos oído decir, su salud ha
mejorado notablemente. Todo aquel que ha tenido la fortuna de conocerlo, elogia
sobre todo sus modales francos y sencillos.
1Pangaré: Es el caballo de
cualquier pelo con las verijas, el hocico y las entrepiernas de un color más
claro que el resto del cuerpo.
2Camareta: Mortero usado en las fiestas populares y religiosas para disparar bombas de estruendo.
The British Packet and Argentine News,
era un periódico semanal editado en
Buenos Aires, en inglés, entre los años 1826 hasta 1858. Se reflejaban en sus
páginas, no solo los acontecimientos políticos, sino también vivencias sobre
las costumbres, funciones teatrales, recepciones, ceremonias religiosas y
militares, y otros hechos ocurridos en el Buenos Aires de entonces, redactados
con gran minuciosidad y competencia.
En
el año 1976, la editorial Solar/Hachette, publicó en su colección Dimensión Argentina, una recopilación de
notas titulado The British Packet - De
Rivadavia a Rosas - 1826-1832, efectuada por Graciela Lapido y Beatriz
Spota de Lapieza Elli, siendo ese el primer tomo de los que se iban a publicar,
pero lamentablemente ese fue el único tomo editado.
Es una obra de gran interés, indispensable para conocer más de cerca la historia de aquella época.
viernes, 1 de junio de 2012
Anécdotas - Mercedes Rosas de Rivero
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 23 - Junio 2012 - Pag. 16
ANECDOTAS.
Manuel Bilbao (h) en
"Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires" (1934), cuenta la siguiente
anécdota que tuvo por protagonista a la hermana de Juan Manuel de Rosas, la
Sra. Mercedes Rosas de Rivero.
![]() |
| Abanico de la época de la Confederación |
Después de Caseros, el general Urquiza estableció su cuartel general en Palermo, adonde le llegaban las noticias del saqueo a que, con todo desenfreno, se había entregado el populacho.
Esto le hizo pensar en la situación en que se encontrarían las familias y ciudadanos federales que podían ser víctimas de esos sucesos, lo que le decidió a enviar guardias especiales para la custodia de sus personas y propiedades. Entre las personas a quienes resolvió resguardar, especialmente, se encontraba doña Mercedes Rosas de Rivera.
De acuerdo a esos propósitos, ordenó se enviasen a la ciudad varias patrullas con este fin.
En esas
circunstancias se presentó a las puertas de esta casa un piquete de soldados
con un oficial a su frente, el que anunció su presencia, siendo atendido por
una persona del servicio, la que transmitió la novedad a su patrona.
Esta dispuso se
hiciera entrar al oficial a la sala, en donde le recibió doña Mercedes de pie,
quien después de saludarla con todo respeto y con su kepis en la mano, le
manifestó “que tenía orden del excelentísimo señor capitán general don Justo
José de Urquiza de presentarse a ella y quedar en su casa para resguardo y
cuidado, dadas las anormales circunstancias por que atraviesa la ciudad”.
Después de
agradecer al oficial la parte que personalmente le correspondía en el desempeño
de su comisión, le contestó: “Diga usted al excelentísimo señor general Urquiza
que agradezco su atención; pero que no la acepto, porque tengo más confianza en
mis fieles criados que me acompañan que en todo lo que pueda venir de él,
después de lo que ha hecho traicionando a mi hermano Juan Manuel.”
Acto continuo el oficial se retiró con la misma cortesía con que había entrado, para dar cuenta del resultado de su misión.
miércoles, 1 de junio de 2011
Pic-nic en los bosques de Palermo
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 19 - Junio 2011 - Pags. 6 y 7
Anécdotas
Un
pic-nic en los bosques de Palermo
![]() |
| Vista del estanque, Acuarela de Camaña |
Nos cuenta Manuel Bilbao (h) en “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires”
Se improvisaban picnics en el bosque o
conciertos en el buque encallado en el río, transcurriendo las reuniones en
medio de la más franca alegría.
Los hermosos montes naturales y los
que había plantado Rosas atraían concurrentes de la ciudad que se internaban en
ellos con sus provisiones para almorzar y pasar el día como ocurre hoy, con la
diferencia de que entonces el paseo era particular y hoy es público.
Confirma esto una anécdota que conocemos, firmada por N. N. y publicada hace cerca de veinte años, que no sólo da una idea de lo que era el ambiente sino que pone de relieve cómo procedía Rosas en esos casos.
Dice así:
El 16 de diciembre de 1843, cumpleaños de mi padre, fuimos a comer en Palermo. Ajustamos las dos carretillas más aseadas que tenía el alquilador, y embaulamos en una de ellas los mejores fiambres y vinos de Valencia y Cataluña que se vendían en el país. Pero el principal regalo consistía en un canasto de duraznos precoces cuyos únicos ejemplares habíamos principiado a cosechar desde el verano anterior. Arrancamos cien, hermosísimos y bien maduros; mejor dicho, ciento dos, pues yo sustraje el pico para dejar la centena redonda. Los convidados eran veinticinco franceses que consiguieron escapar a la proscripción, aunque no a las sospechas de Rosas. Olvidaba decir a ustedes que mi padre también era francés. ¿Qué idea le ocurrió a aquella liebre de ir a ostentarse junto a la cueva del galgo? Tal vez pretendía adormecer su desconfianza con esas pruebas de su inocencia.
Lo cierto es que a eso de las nueve ya
habíamos descendido a la orilla del río para sentarnos sobre la hierba y debajo
de unos ceibos. Mientras desbanastaban los comestibles, mi madre me dijo. “Alejo,
a ver si nos traes algunas charamuscas. Si das con algún trozo de sauce seco,
mejor“. Yo me puse en camino con una celeridad que sorprendió a mi padre, que
siempre me reprendía por poca diligencia. Internéme entre los árboles y
mordisco acá, mordisco allá sobre uno de los duraznos que saqué del seno, me
fui deslizando con la hierba hasta la cintura hasta que llegué a una explanada
o islote formado por un arroyo al amor de cuyas quietas aguas crecía un plantío
de mimbres, confundido su flexible ramaje con el lujuriante verdor de unas
jugosas cañas. En medio del islote elevábanse dos sauces gigantescos trepando
por el rugoso estribo de sus troncos varias enredaderas de amarillas flores,
que hacían de aquel sitio, con su sombra deliciosa, un vergel solitario y
ameno.
Observé a poco que las ramas se agitaban de una manera constante y regular. Orillé el arroyo y tirándome de bruces en el suelo, columbré a un hombre que se columpiaba sobre una soga atada de uno a otro sauce. Estaba de pantalón de nankin y chaqueta azul. No le veía la cara porque me daba las espaldas. Volvía a tomar impulso, casi tocando la copa del sauce con los pies, que hacía temblar y crujir en el horcón donde tenía atado su columpio. De repente dio una voltereta como el volatinero más consumado, girando sobre la soga, y se me puso de frente. Reconocí a Rosas sin banda, sin peto carmesí, sin entorchados, como lo representaban en las iglesias y en las procesiones por las calles. Rosas alegre pero siempre incógnito e incomprensible. Era la primera vez que lo veía al natural, de cerca y en sus expansiones más íntimas. Me pareció bello y siniestro. Siniestro por su leyenda, pues fuera de la expresión dura de sus ojos no había nada repulsivo en sus facciones, cuyo principal carácter era no tener ninguno. Su boca proyectaba una línea sonrosada y su silencio, sin hablar, parecía que hablaba. Su barba pétrea, cimentada en un cuello de toro, indicaba una voluntad tenaz y formidable. Su nariz saliente y aquilina, como la de Julio César, Napoleón y don Pedro de Castilla, parecía decir “póstrate a mis pies de rodillas“. Extrañé no haberle visto pálido.
[...] Y continuaba columpiándose como
un niño. Una vez clavó en la espesura que me ocultaba sus mansos ojos de
juglar. Entonces huí.
Acababa yo de llevar una brazada de
leña cuando vimos llegar una cabalgata de damas y caballeros, entre ellos a Manuelita
vestida de amazona. Por la izquierda cuatro o cinco soldados de caballería
arreaban unas vacas de pastoreo.
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| San Benito de Palermo (1) |
Mi padre entonces escogió los
cincuenta duraznos más hermosos y poniéndolos sobre una bandeja se los mandó
con mi hermano el mayor. Le vimos cruzar el trozo de pradera que servía de
lecho al río en sus crecientes periódicas y a la sazón arcado por el día y
cubierto de menudo césped: vímosle hablar con Rosas. Rosas le interrogaba y mi
hermanito, con el gorro en la mano, indicaba con el dedo el punto formado por
nosotros, mudos y palpitantes.
- Qué te preguntó? - fue la
interrogación de mi padre cuando el chico estuvo de vuelta.
-Que quiénes éramos nosotros. Al saber
que ustedes eran franceses sonrió, añadiendo enseguida: “Diles que descansen y
almuercen tranquilos”.
Una hora más tarde se presentó un
soldado con una manta de carne bien asada, y chirriando todavía.
-¡De parte de su excelencia!- dijo.
(1) Imagen de San Benito de
Palermo, de

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