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jueves, 27 de noviembre de 2025

Intimidades de Rosas - Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires - Manuel Bilbao - Manuel Bilbao Rivero


Manuel A. Bilbao -hijo del  escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.

Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires". 

Reproducimos ahora el capítulo 97 de esta última obra.















Una fiesta en los Cerrillos - Estanislado López - Manuel Bilba0 - Manuel A Bilbao Rivero - Rosas

 

Manuel A. Bilbao -hijo del  escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.

Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires". 

Reproducimos ahora el capítulo 95 de esta última obra.








miércoles, 19 de noviembre de 2025

Camila O'Gorman - Época de Rosas - Manuel Bilbao - Manuel A. Bilbao - Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires

 

Manuel A. Bilbao -hijo del 
 escritor Manuel
 Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.

Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires". 

Reproducimos ahora el capítulo 62 de esta última obra.



martes, 18 de noviembre de 2025

El asesinato de Achinelly - Época de Rosas - Manuel Bilbao - Manuel Bilbao Rivera - Tradiciones y costumbres de Buenos Aires

Manuel A. Bilbao -hijo del  escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.

Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires". 

Reproducimos ahora el capítulo 61 de esta última obra.




Facundo Quiroga - Tumba de Quiroga - Manuel Bilbao - Manuel A. Bilbao - Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires

 

Manuel A. Bilbao -hijo del 
 escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.

Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires". 

Reproducimos ahora el capítulo 60 de esta última obra.




domingo, 1 de junio de 2014

El asesinato de Achinelly

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pags. 12 y 13 

EL ASESINATO DE ACHINELLY

En 1934, Manuel Bilbao (h) escribió el libro Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires, en el cual cuenta distintos hechos ocurridos en Buenos Aires, muchos de ellos en la época de Rosas.

El que transcribimos a continuación corresponde al asesinato de Felipe Achinelly (o Accinelli, según otros autores), agente de bolsa, crimen que durante mucho tiempo fue atribuido a Rosas y ejecutado por la Mazorca. He aquí el relato de cómo ocurrieron en la realidad esos hechos y del castigo impuesto al asesino.

 

Existe la leyenda de este asesinato, como sobre muchos otros análogos de la época de Rosas, de que fueron mandados a ejecutar por el Restaurador, por medio de La Mazorca, lo que no es de extrañar, dada la versión que sobre muchas de estas cosas existe, y que la pasión ha dado como hechos consumados, pero que el tiempo viene aclarando y poniéndolos en su lugar.

Bolsa de Comercio de Buenos Aires
(1)


La Bolsa de Comercio, cuya historia hemos hecho en nuestro libro Buenos Aires, tiene en sus orígenes un episodio trágico, cuya víctima fue precisamente, uno de los primeros corredores, don Felipe Achinelly, quien fue bárbaramente asesinado y robado el 16 de junio de 1845, en una casa de la calle Bartolomé Mitre entre Maipú y Esmeralda (el nombre de estas calles corresponde a la fecha de la redacción del libro), en una de cuyas piezas vivía Juan Larrea o Elizague, quien, con el pretexto de realizar una operación de cambios, lo llevó hasta allí, donde, mientras contaba unos billetes lo asesinó por la espalda.

Fue Achinelly el primero que estableció un escritorio en la calle Florida, al lado de donde está el Banco de Boston, precisamente en el sitio que hoy ocupa la avenida Diagonal Roque Sáenz Peña, en donde se compraban y vendían onzas, lo que daba motivo a un gran movimiento de clientes, que entraban y salían, lo que a su vez fue causa de que se aplicase a este escritorio la palabra camoatí, que en guaraní significa “colmena”.

Los concurrentes a este escritorio fueron, poco después, en 1846, los que fundaron la Bolsa de Comercio, a la que se le llamó El Camoatí.

Una tarde se presentó en el Departamento de Policía un niño muy afligido, que deseaba hablar con el jefe de la repartición. El empleado con quien habló lo atendió y puso en conocimiento de su superior los deseos del niño.

Don Juan Moreno, que era el jefe de policía, viendo la aflicción de su interlocutor, lo hizo sentar, lo tranquilizó y le pidió le contara lo que le pasaba y que tuviese confianza en él, que haría todo lo que fuese posible por complacerlo y remediar lo que le ocurría.

Así fue. El niño, sollozando, le dijo que venía de parte de su mamá a avisarle que su papá había desaparecido contra su costumbre, pues no había llegado a su casa hasta ese momento, sin que en ninguna parte se le hubiera visto, ni sus amigos dieran noticias de él. Que había salido de su casa entre las dos y tres de la tarde, acompañado por un hombre que no conocían, alto, de capa, sin decir a dónde iban, llevando su padre en la mano un paquete que debía ser dinero, porque momentos antes lo había sacado de la caja de hierro. Que su papá se llamaba Felipe Achinelly, que era corredor de bolsa, siendo muy conocido. Que él era su hijo Felipe y tenía diez años de edad.

El jefe le preguntó si recordaba las facciones del desconocido y si lo reconocería, si lo encontrase, al primer golpe de vista, a lo que el chico contestó que sí, porque su fisonomía no se le despintaba.

-Pues bien -dijo Moreno-: si es así, saldremos juntos pero antes voy a llamar a los comisarios de sección para que les repita la filiación del sujeto de la capa y tomar otras medidas para asegurar el éxito de la pesquisa.

Así fue, en efecto. Los comisarios recibieron sus instrucciones y fueron despedidos en seguida.

Al mismo tiempo, ordenaba a los sargentos del cuerpo de policía de toda su confianza, Aquino y Hornos, se vistiesen de particular, armados de pistolas y se preparasen para salir con él.

Listos ya todos. Moreno dijo al niño Achinelly que lo acompañase a hacer una gira por el centro de la ciudad, indicándole que cuando viese a una persona parecida al hombre de la capa, le apretase la mano y mirase al hombre y no a él, para no despertar sospechas.

Así anduvieron, hasta que Moreno se dirigió a la joyeria de don Carlos Lanatta, que era también cambista, y estaba situada en la calle Victoria 57, a inmediaciones de la plaza de este nombre.

Al llegar a ella, el niño apretó fuertemente la mano de Moreno, diciéndole en voz baja:

- ¡Es él, señor! ¡Ese! mismo! ¡Tiene la misma capa y son sus propias facciones!

-Bueno, muchacho -le dijo el jefe de policía-, vamos a entrar, y si lo reconoce de nuevo me oprime otra vez la mano.

Antes de entrar, Moreno llamó a Aquino y a Hornos, y les dijo:

-Cuando yo saque mi pañuelo será la señal para que ustedes caigan sobre ese hombre que nos da la espalda y lo sujeten sin darle tiempo para nada.

Moreno penetró primero, y se puso a mirar distraídamente los escaparates, al propio tiempo que el chico entraba también, clavando su vista en el hombre de la capa, al que reconoció en seguida como al mismo que había salido con su padre.

De acuerdo con las indicaciones de Moreno, el chico se acercó a éste y le apretó la mano nerviosamente con los ojos llenos de lágrimas.

Inmediatamente Moreno sacó su pañuelo, y los dos agentes cayeron como un rayo sobre el hombre de la capa, cuyos fornidos brazos sujetaron con grandes esfuerzos, al propio tiempo que Moreno sacaba su revólver, abocándoselo al detenido, diciéndole que si se resistía lo mataría, con lo que terminó la resistencia del detenido, conduciéndosele a la comisaría de órdenes, donde se le interrogó y se le registró, no protestando durante la primera parte de esta operación; pero al querer registrársele el bolsillo izquierdo del pantalón se resistió, arrojando al suelo al agente que lo registraba, lo que dio intervención a otros agentes, que lo maniataron, continuando la operación minuciosamente, encontrando en el mencionado bolsillo izquierdo unos billetes de papel moneda, notando en el fondo un costurón, por lo que ordenó Moreno se arrancara el bolsillo entero, cortando con un cuchillo la jareta del mismo, apareciendo entonces el reloj de Achinelly.

No cabía duda de que el detenido era el ladrón o el asesino.

Se le interrogó cómo se encontraba ese objeto en su poder y dónde se hallaba su dueño.

No pudo justificar nada de lo que se le preguntaba, por lo cual se le condujo a su casa, abriéndose en su presencia la puerta de su habitación, y encontrándose la autoridad ante un espectáculo horrible.

Todos los muebles estaban en desorden, las ropas revueltas, las paredes estampadas con la sangre de las manos de la víctima y del victimario, lo que demostraba la lucha desesperada del asesinado, cuyo cuerpo, inerte, estaba al fondo de la pieza, sobre el suelo, rodeado de la sangre salida de sus heridas.

Fue entonces, ante este cúmulo de pruebas, que Larrea confesó su crimen, declarándose autor del mismo, manifestando que por medio de un engaño llevó a Achinelly a su pieza, al cual, mientras contaba unos billetes sobre su catre, le metió el puñal por la espalda, ultimándolo después de una obstinada resistencia, robándole todo lo que llevaba sobre si. Lavándose y cerrando después la habitación, se marchó a la calle, para preparar su rápido regreso a Montevideo, de donde había llegado hacía poco. Dijo llamarse Juan Larrea o Elizague, y ser vasco francés.

Con todos estos elementos el jefe de policía inició el proceso criminal, el que, una vez terminado, lo elevó al secretario del ministerio de Gobierno, don Pedro Regalado Rodríguez, por estar vacante de titular esa cartera en esos días.

Hay que tener presente que en ese tiempo la policía ejercía las funciones que hoy desempeñan los jueces de instrucción, lo que explica la minuciosa intervención que tomaba en todos estos casos.

La noticia de este crimen produjo gran sensación, y enterado Rosas de todo esto, dispuso prescindir de las formas legales por lo claro del caso y para rápido y ejemplar castigo de lo ocurrido y para escarmiento y ejemplo de los que les pasaría a los que intentasen hacer lo mismo.

Antes de las cuarenta y ocho horas de consumado este crimen el asesino Juan Larrea era ejecutado en la plaza del Retiro, junto al paredón del Cuartel, y su cuerpo colgado durante cuarenta y ocho horas a la expectación pública.

La cabeza del reo fue entregada al doctor Francisco de Paula Almeyra, presidente del Tribunal de Medicina, con fines de estudio.

Al mismo tiempo, Rosas dispuso que el cuerpo de Achinelly fuese entregado a su viuda, doña Antonia Bayá, costeando el gobierno el entierro y mandando se levantase una suscripción popular, encabezada por Rosas, para regalar una casa a la viuda. 

Como se ve, las versiones sobre este triste hecho que lo dan como producido por orden o instigación de Rosas por medio de La Mazorca. y que hasta en la Historia de la Bolsa de Comercio aparece como tal, es completamente incierto, razón por la cual hemos escrito esta narración.  

(1) En 1846 se constituye una sociedad de corredores formada inicialmente por 80 socios, cuyas primeras sesiones de realizan en la calle Florida 21, que era una casa de cambio fundada en 1830 por Felipe Acchinelly, dando origen al "Camoatí", primera bolsa de comercio y antecesora de la Bosa de Comercio de Buenos Aires.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Estanislao López

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 28 - Setiembre 2013 - Pags. 1 a 4 

Estanislao López en Buenos Aires

Por El Federal Apostólico

Se han cumplido 175 años del fallecimiento del llamado Patriarca de la Federación, el Gobernador de la provincia de Santa Fé, Brigadier General Estanislao López. Como homenaje a tan insigne personaje de la historia nacional, publicamos estas crónicas sobre las dos oportunidades en las que estuvo en Buenos Aires, invitado por su amigo Juan Manuel de Rosas.

La primera se trató de una visita de cortesía a raíz de una invitación que le había hecho quien años más tarde será elegido Gobernador de la provincia de Buenos Aires y que habría tenido lugar aproximadamente en el año 1822, según lo refiere Manuel Gálvez en su obra  Vida de Juan Manuel de Rosas.

Los pormenores de las fiestas con las que se homenajeó al visitante las dio a conocer el escritor Manuel Bilbao (h) en Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires publicada en 1934, cuyo capítulo Una fiesta en Los Cerrillos, se transcribe a continuación.

Patriarca de la federación
Estanislao López. 22 de noviembre de 1786 - 15 de junio de 1838


Mediaba ya una buena amistad personal entre Rosas y López cuando los acontecimientos del año veinte los encontraron en campos adversos.

La batalla de Pavón, librada el 12 de agosto de ese año, entre López y Dorrego, terminó con la derrota del primero. Rosas, con sus colorados, estaba con el segundo. Envalentonado Dorrego con su éxito, invadió Santa Fe contra la opinión de Rosas y Rodríguez, que se retiraron. Dorrego fue batido en el combate del Gamonal, el 2 de septiembre, lo que trajo la paz del 24 de noviembre, en cuyo trato López no dejaba de exigir auxilios que compensaran sus erogaciones, llegando a un punto tal, que don Martín Rodríguez manifestó no ser posible acceder a todo lo que pedía el caudillo santafesino. Tomaban mal cariz las cosas, cuando Rosas, allí presente, hizo que López aceptase lo que se le ofrecía, bajo su garantía personal, lo que aquél aceptó enseguida, firmando el arreglo con la garantía oficial del gobierno de Córdoba.

Fue en esta ocasión en la que López aceptó la invitación que le hizo Rosas para que le visitara en Los Cerrillos ese verano, cuando el horizonte político se despejara.

Cuando López lo creyó conveniente, anunció su visita y se puso en marcha con una regular comitiva. Fue recibido por Rosas con toda clase de agasajos.

Los Cerrillos, en cuyos campos inició su poderío Rosas, estaba de gala. Corrida la voz entre el paisanaje de que don Juan Manuel tenía huéspedes a quienes agasajar, empezó a caer de todas partes, como obedeciendo a una voz de mando, reuniéndose en tres días más de un millar de gauchos, número extraordinario para los tiempos en que la población de la campaña, además de ser escasa, vivía diseminada, cosa que no dejó de llamar la atención del huésped, quien preguntó a Rosas cómo podía hacer eso. A lo que éste contestó de que pasándoles la voz de que los precisaba; y que si les hubiera recomendado urgencia, en mucho menos tiempo los hubiera reunido.

El caudillo santafesino no creyó encontrar tanta riqueza y poder, lo que hizo exclamar que “aquello valía más que todo Santa Fe”, a lo que Rosas le contestó que “todo lo que allí veía estaba a la disposición de sus amigos, en cuya primera línea estaba él”.

En el galpón grande de la estancia se improvisó un gran salón, destinado a la gente de categoría, y afuera, bajo los árboles, otros con cuerdas y lazos de árbol a árbol, techándolos con ponchos y cueros, y teniendo como asientos cabezas de vaca y todo género de apoyos. Por la noche eran alumbrados con profusión de candiles de todo tamaño.

Después de cenar, Rosas a la cabeza de sus invitados se dirigió al salón, donde asumió el papel de bastonero; y a una señal que dio rompió con un gran pericón una orquesta compuesta de cincuenta guitarras. Fue bailado por las parejas que el mismo Rosas había formado y que también dirigió, terminando entre los aplausos y vítores más entusiastas.

Rosas tocando la guitarra
"Rosas tocando la guitarra y Prudencio bailando el gato", Antigua pintura al óleo sobre tela. Sin firma.


Terminado el pericón, don Juan Manuel, en medio de la expectativa general, tomó una guitarra, en la que punteó un gato: y llamando a una criollita, Nicolasa, apodada la Colorada, muy bonita y vivaracha, que además de reunir estos encantos físicos era una eximia bailadora de gato, la presentó a don Estanislao y le invitó a que bailara. Este no se hizo rogar, revelándose en el primer escobilleo un gran bailarín. En la segunda figura, la Nicolasa se superaba a sí misma, lo que entusiasmaba más a López, cuyos pies parecían igualar la agilidad pasmosa de los dedos del gran guitarrista. López terminó el baile con una figura de punta y talón, que fue la novedad de aquella memorable fiesta. A continuación don Juan Manuel bailó un malambo, que fue la admiración de todos, especialmente de López, que declaró que nunca había visto bailar de aquella manera, ni zapatear con más gracia ni originalidad. El baile terminó por la madrugada, retirándose todos a descansar.

Al día siguiente continuaron las fiestas con una gran corrida de sortijas, en la que participaron todos los concurrentes, iniciándola Rosas, quien no erró ninguna, volviéndolas a colocar para que los paisanos las sacaran.

En este juego López se reveló un gran chambón, por lo que dispuso Rosas que se corriera una especial, con jinetes escogidos por él, con la consigna de que nadie sacase la sortija sino López. Como premio colocó un anillo de su uso particular, que tenía un solitario de gran valor y que como estaba previsto sacó López, cuya satisfacción exteriorizaba de todas maneras.

Conversando con Rosas sobre los caballos de éste, López reiteraba a don Juan Manuel su admiración por los mismos: y Rosas que conocía por donde venía su huésped y para salvar a un tordillo negro de su predilección, que según las crónicas era el mismo que montaba cuando el año veinte hizo su entrada en Buenos Aires por la calle Buen Orden al frente de sus colorados, para reponer a Rodríguez, le dijo: “Este es el único que me reservo, porque es de la silla de Encarnación: sino le diría “tómelo”, como puedo hacerlo con los otros; “elija el que más le guste”. No se hizo rogar López y eligió un pangaré1 de una pintura y ligereza poco comunes, que ese día había montado Rosas, mandando que le pusieran su recado

La corrida de sortijas terminó a la hora del almuerzo, al que siguió una buena siesta, pareciendo aquello un campamento militar por el orden y disciplina que reinaba, no viéndose ningún borracho, a pesar de circular el vino, lo que no había dejado de llamar la atención de López, acostumbrado a sus santafesinos, poco respetuosos y subordinados.

Al toque de la gran campana de Los Cerrillos, que llamaba a carnear, toda aquella gente se puso en movimiento, enrollando sus recados, apareciendo al poco rato los asadores con los trozos de carne ensartados. Después del almuerzo se dirigieron a los sitios de baile, que duró hasta que el sol estaba bien alto. Ese día fue el descanso hasta la noche, en que continuó el baile.

Otro de los números preparados por Rosas fue un simulacro de combate entre trescientos indios dirigidos por dos caciques y cien colorados, dirigidos por Rosas.

Los indios con sus lanzas y los colorados con sus sables maniobraron admirablemente a toda carrera, no pudiendo los indios, a pesar de todo su empeño, soportar el empuje de los colorados. Admirábase López de la destreza y defensa del sable contra la lanza. Llegó un momento en que los indios empezaron a tomar en serio la cosa y echaron mano de las boleadoras y bolas, lo que visto por Rosas, y para evitar un combate real, mandó terminar las maniobras, declarando que no había vencidos ni vencedores. Este número fue muy del agrado de López, que así se lo manifestó a Rosas.

Estas fiestas duraron ocho días, y a su terminación hubo un descanso de tres días, que se emplearon en los preparativos para el regreso de los huéspedes.

El día de la partida dispuso don Juan Manuel que de sus tropillas de caballos se le agregasen otros al pangaré de López, lo que hizo el encanto de éste, que emprendió su viaje de regreso como un general en jefe después de haber obtenido grandes triunfos. Rosas y el doctor Maza, que había ido a las fiestas los últimos días, le acompañaron un largo trecho del camino, seguidos de la comitiva que había llevado a López y un regimiento de paisanos que iban quemando cohetes y corriendo carreras A cierta altura del viaje hicieron alto para despedirse. Adelantándose López a Rosas, le dijo: “No lo olvidaré nunca, y cuando usted necesite el apoyo de mi provincia sabrá usted cuánto le estimamos yo y mis santafesinos”. “Lo mismo digo yo”, contestó Rosas, estrechándole ambas manos, “en Los Cerrillos siempre habrá un rancho para el amigo y un par de mil hombres para el aliado”.

El tiempo confirmó esta amistad, que fue inalterable durante la vida de ambos…

 

La otra visita, tuvo lugar en el año 1837, un poco más de un año antes del fallecimiento de López ocurrido el 15 de junio de 1838.

A raíz de una congestión pulmonar que había sufrido en una de sus campañas, el Patriarca de la Federación había enfermado de tuberculosis.

A fin de ayudarlo a su restablecimiento, Rosas envió a su médico personal, el Dr. Santiago Lepper, quien le aconsejó realizara un viaje a Buenos Aires para lograr un mejoramiento en su salud.

La estadía duró desde mediados  de enero a principios de abril.

El gobernador de Santa Fe, vino a Buenos Aires acompañado por su esposa y cinco hijos, además de otros funcionarios, en carruajes que mandó Rosas, quien lo espera en el anochecer del domingo 15 de enero en San José de Flores. Los seis carruajes conduciendo a López y su comitiva y a Rosas y a varios de sus funcionarios, a su llegada al fuerte de Buenos Aires -donde se alojará durante su estadía el visitante- son recibidos con las tropas formadas y una salva de veintiún cañonazos en honor al huésped, después de atravesar la ciudad con las casas embanderadas y con gran recibimiento que le hacen los vecinos de la ciudad, quienes vitorean al santafesino y le arrojan flores a su paso.

Estanislao López

La crónica de la partida se publicó en el periódico editado en Buenos Aires The British Packet and Argentine News, conocido comúnmente como British Packet, el 8 de abril de 1837, cuya traducción fue publicada por José L. Busaniche en Lecturas de Historia Argentina, publicado en Buenos Aires en 1938, cuyo capítulo La despedida oficial a Estanislao López - 1837, dice:

El miércoles último tuvo lugar la partida del general López y su familia; lo que dio motivo a singulares demostraciones.

La calle de la Federación (antes Plata) había sido engalanada, en ambos costados, con ramos de laurel y otros adornos. Las tropas, con sus respectivas bandas de música, formaban a lo largo de la dicha calle, y en los frentes de las casas ondeaban numerosas banderas con que las habían adornado.

A las tres de la tarde llegó Su Excelencia el general Rosas, en su carruaje, a la casa de gobierno en el Fuerte, donde se alojaba el general López con su familia. Iba acompañado Su Excelencia por su escolta de caballería, mandada por el coronel Bustos. Al pasar por frente al Cabildo, la guardia presentó armas y batieron los tambores. Cuando Su Excelencia hubo llegado al Fuerte, sonaron tres cañonazos anunciando su arribo y como señal para que las tropas tomaran las armas.

A las tres y media la comitiva dejó el Fuerte, siendo saludada desde él por veintiún cañonazos y una descarga de camaretas2 que se hizo en el patio. Formaban la comitiva varios carruajes: En el primero iban los gobernadores Rosas y López con una escolta de caballería bajo el mando del coronel Bustos; los coches restantes fueron ocupados por la señora esposa del general López, miembros de su familia y acompañantes de Santa Fe, con sus equipajes. Seguían, a caballo, la comitiva, varios jefes de Estado Mayor, entre los que vimos al Inspector del Ejército, general Pinedo, los generales Guido, Pacheco y Mansilla, los coroneles Eréscano y Planes; se encontraban también el jefe de policía, altos empleados de la administración y un numeroso grupo de ciudadanos. Todos los concurrentes acompañaron a los viajeros hasta San José de Flores.

El Ministro plenipotenciario de Su Majestad Británica, Mr. Mandeville, y Mr. Russell Elliot, Capitán del buque Fly, de la Armada de Su Majestad Británica, presenciaron la partida del cortejo desde el balcón de la casa de don Miguel Riglos, en la plaza de la Victoria.

Uno de los detalles más interesantes del acto lo constituyó la presencia de la hija del general Rosas, doña Manuelita, que se presentó a caballo gentilmente, montada y en compañía de doña Mercedes Fuentes de Rosas, esposa del hijo del general. Ambas iban ataviadas con rigurosos trajes de amazonas y con un velo rojo flotante alrededor del sombrero y marchaban atrás de la cabalgata, recibiendo efusivos saludos de la concurrencia. Con ellas iban también el hijo del general Rosas y otros caballeros de la familia. Doña Manuelita Rosas es conocida como una experta amazona y en esta ocasión lucía todos los encantos de una Diana. Es verdad que sus modales atrayentes y desprovistos de toda ostentación, la han hecho extremadamente popular en Buenos Aires.

El gobernador López llegó a Buenos Aires el 15 de enero último y, según lo hemos oído decir, su salud ha mejorado notablemente. Todo aquel que ha tenido la fortuna de conocerlo, elogia sobre todo sus modales francos y sencillos.

 

1Pangaré: Es el caballo de cualquier pelo con las verijas, el hocico y las entrepiernas de un color más claro que el resto del cuerpo.

2Camareta: Mortero usado en las fiestas populares y religiosas para disparar bombas de estruendo. 


The British Packet and Argentine News, era un periódico semanal  editado en Buenos Aires, en inglés, entre los años 1826 hasta 1858. Se reflejaban en sus páginas, no solo los acontecimientos políticos, sino también vivencias sobre las costumbres, funciones teatrales, recepciones, ceremonias religiosas y militares, y otros hechos ocurridos en el Buenos Aires de entonces, redactados con gran minuciosidad y competencia.

En el año 1976, la editorial Solar/Hachette, publicó en su colección Dimensión Argentina, una recopilación de notas titulado The British Packet - De Rivadavia a Rosas - 1826-1832, efectuada por Graciela Lapido y Beatriz Spota de Lapieza Elli, siendo ese el primer tomo de los que se iban a publicar, pero lamentablemente ese fue el único tomo editado.

Es una obra de gran interés, indispensable para conocer más de cerca la historia de aquella época.

viernes, 1 de junio de 2012

Anécdotas - Mercedes Rosas de Rivero

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 23 - Junio 2012 - Pag. 16  

ANECDOTAS.

Manuel Bilbao (h) en "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires" (1934), cuenta la siguiente anécdota que tuvo por protagonista a la hermana de Juan Manuel de Rosas, la Sra. Mercedes Rosas de Rivero.

Manuel Bilbao (h)
Abanico de la época de la Confederación

         
Después de Caseros, el general Urquiza estableció su cuartel general en Palermo, adonde le llegaban las noticias del saqueo a que, con todo desenfreno, se había entregado el populacho.

Esto le hizo pensar en la situación en que se encontrarían las familias y ciudadanos federales que podían ser víctimas de esos sucesos, lo que le decidió a enviar guardias especiales para la custodia de sus personas y propiedades. Entre las personas a quienes resolvió resguardar, especialmente, se encontraba doña Mercedes Rosas de Rivera.

De acuerdo a esos propósitos, ordenó se enviasen a la ciudad varias patrullas con este fin.

En esas circunstancias se presentó a las puertas de esta casa un piquete de soldados con un oficial a su frente, el que anunció su presencia, siendo atendido por una persona del servicio, la que transmitió la novedad a su patrona.

Esta dispuso se hiciera entrar al oficial a la sala, en donde le recibió doña Mercedes de pie, quien después de saludarla con todo respeto y con su kepis en la mano, le manifestó “que tenía orden del excelentísimo señor capitán general don Justo José de Urquiza de presentarse a ella y quedar en su casa para resguardo y cuidado, dadas las anormales circunstancias por que atraviesa la ciudad”.

Después de agradecer al oficial la parte que personalmente le correspondía en el desempeño de su comisión, le contestó: “Diga usted al excelentísimo señor general Urquiza que agradezco su atención; pero que no la acepto, porque tengo más confianza en mis fieles criados que me acompañan que en todo lo que pueda venir de él, después de lo que ha hecho traicionando a mi hermano Juan Manuel.”

Acto continuo el oficial se retiró con la misma cortesía con que había entrado, para dar cuenta del resultado de su misión.

miércoles, 1 de junio de 2011

Pic-nic en los bosques de Palermo

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 19 - Junio 2011 - Pags. 6 y 7 

Anécdotas

Un pic-nic en los bosques de Palermo

residencia de Rosas en Palermo
Vista del estanque, Acuarela de Camaña


Nos cuenta Manuel Bilbao (h) en “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires”

Se improvisaban picnics en el bosque o conciertos en el buque encallado en el río, transcurriendo las reuniones en medio de la más franca alegría.

Los hermosos montes naturales y los que había plantado Rosas atraían concurrentes de la ciudad que se internaban en ellos con sus provisiones para almorzar y pasar el día como ocurre hoy, con la diferencia de que entonces el paseo era particular y hoy es público.

Confirma esto una anécdota que conocemos, firmada por N. N. y publicada hace cerca de veinte años, que no sólo da una idea de lo que era el ambiente sino que pone de relieve cómo procedía Rosas en esos casos.

Dice así:

El 16 de diciembre de 1843, cumpleaños de mi padre, fuimos a comer en Palermo. Ajustamos las dos carretillas más aseadas que tenía el alquilador, y embaulamos en una de ellas los mejores fiambres y vinos de Valencia y Cataluña que se vendían en el país. Pero el principal regalo consistía en un canasto de duraznos precoces cuyos únicos ejemplares habíamos principiado a cosechar desde el verano anterior. Arrancamos cien, hermosísimos y bien maduros; mejor dicho, ciento dos, pues yo sustraje el pico para dejar la centena redonda. Los convidados eran veinticinco franceses que consiguieron escapar a la proscripción, aunque no a las sospechas de Rosas. Olvidaba decir a ustedes que mi padre también era francés. ¿Qué idea le ocurrió a aquella liebre de ir a ostentarse junto a la cueva del galgo? Tal vez pretendía adormecer su desconfianza con esas pruebas de su inocencia.

Lo cierto es que a eso de las nueve ya habíamos descendido a la orilla del río para sentarnos sobre la hierba y debajo de unos ceibos. Mientras desbanastaban los comestibles, mi madre me dijo. “Alejo, a ver si nos traes algunas charamuscas. Si das con algún trozo de sauce seco, mejor“. Yo me puse en camino con una celeridad que sorprendió a mi padre, que siempre me reprendía por poca diligencia. Internéme entre los árboles y mordisco acá, mordisco allá sobre uno de los duraznos que saqué del seno, me fui deslizando con la hierba hasta la cintura hasta que llegué a una explanada o islote formado por un arroyo al amor de cuyas quietas aguas crecía un plantío de mimbres, confundido su flexible ramaje con el lujuriante verdor de unas jugosas cañas. En medio del islote elevábanse dos sauces gigantescos trepando por el rugoso estribo de sus troncos varias enredaderas de amarillas flores, que hacían de aquel sitio, con su sombra deliciosa, un vergel solitario y ameno.

Observé a poco que las ramas se agitaban de una manera constante y regular. Orillé el arroyo y tirándome de bruces en el suelo, columbré a un hombre que se columpiaba sobre una soga atada de uno a otro sauce. Estaba de pantalón de nankin y chaqueta azul. No le veía la cara porque me daba las espaldas. Volvía a tomar impulso, casi tocando la copa del sauce con los pies, que hacía temblar y crujir en el horcón donde tenía atado su columpio. De repente dio una voltereta como el volatinero más consumado, girando sobre la soga, y se me puso de frente. Reconocí a Rosas sin banda, sin peto carmesí, sin entorchados, como lo representaban en las iglesias y en las procesiones por las calles. Rosas alegre pero siempre incógnito e incomprensible. Era la primera vez que lo veía al natural, de cerca y en sus expansiones más íntimas. Me pareció bello y siniestro. Siniestro por su leyenda, pues fuera de la expresión dura de sus ojos no había nada repulsivo en sus facciones, cuyo principal carácter era no tener ninguno. Su boca proyectaba una línea sonrosada y su silencio, sin hablar, parecía que hablaba. Su barba pétrea, cimentada en un cuello de toro, indicaba una voluntad tenaz y formidable. Su nariz saliente y aquilina, como la de Julio César, Napoleón y don Pedro de Castilla, parecía decir “póstrate a mis pies de rodillas“. Extrañé no haberle visto pálido.

[...] Y continuaba columpiándose como un niño. Una vez clavó en la espesura que me ocultaba sus mansos ojos de juglar. Entonces huí.

Acababa yo de llevar una brazada de leña cuando vimos llegar una cabalgata de damas y caballeros, entre ellos a Manuelita vestida de amazona. Por la izquierda cuatro o cinco soldados de caballería arreaban unas vacas de pastoreo.

Palermo de Rosas
San Benito de Palermo (1)
Agitóse la espesura y apoco vimos aparecer a don Juan Manuel, que montó en uno de los caballos enjaezados de su guardia, desprendió el lazo que llevaba a la grupa y tirándolo al descuido sobre el brazo, apresó una ternera por sus nacientes defensas. Otro soldado la degolló y en cinco minutos sacaron las calientes mantas que echaron sobre unas brasas, mientras la comitiva diseminábase por entre los senderos perdidos de los bosquecillos.

Mi padre entonces escogió los cincuenta duraznos más hermosos y poniéndolos sobre una bandeja se los mandó con mi hermano el mayor. Le vimos cruzar el trozo de pradera que servía de lecho al río en sus crecientes periódicas y a la sazón arcado por el día y cubierto de menudo césped: vímosle hablar con Rosas. Rosas le interrogaba y mi hermanito, con el gorro en la mano, indicaba con el dedo el punto formado por nosotros, mudos y palpitantes.

- Qué te preguntó? - fue la interrogación de mi padre cuando el chico estuvo de vuelta.

-Que quiénes éramos nosotros. Al saber que ustedes eran franceses sonrió, añadiendo enseguida: “Diles que descansen y almuercen tranquilos”.

Una hora más tarde se presentó un soldado con una manta de carne bien asada, y chirriando todavía.

-¡De parte de su excelencia!- dijo. 


(1) Imagen de San Benito de Palermo, de 65 cm., tallada en madera, que  perteneció a la Capilla privada de Rosas.