BROWN, MANSILLA, VUELTA DE OBLIGADO
La compilación, estudio preliminar y notas estuvo a cargo de Paula Ruggeri. Lo que publicamos a continuación corresponde a dos de los capítulos del Estudio preliminar, titulados "Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado" y "El crimen de la guerra".
Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado
Algunos historiadores o divulgadores de la historia, en un
afán desmitificador digno de encomio pero que a veces cae en excesos, han
cometido el error de subestimar el esfuerzo bélico de la escuadra y las baterías
argentinas en la Vuelta de Obligado. Nos hemos cansado, mientras hacíamos este
estudio, de leer sobre la “ingenua tentativa de atar cadenas a barquitos a lo
largo del río” y otras expresiones semejantes. La natural tendencia argentina a
la autohumillación se acentúa en algunos reclamos desmitificadores, y esta
tendencia se profundiza cuando los adversarios son aquellos a quienes tanto se
admira como modelo: los flemáticos británicos, los finísimos franceses. Los
poderosos. Las crónicas que presentamos en esta antología dan cuenta de la
escasa flema con que un oficial inglés descendió a las aguas poco templadas del
río para limar las tres gruesas cadenas que impedían el paso de la escuadra
combinada bajo la poco inocente metralla de las baterías argentinas. En
realidad, la estrategia de Rosas se basaba en esas baterías enclavadas en
tierra y no en la cadena, estorbo que permitía cañonear a gusto a la escuadra
anglo-francesa. No olvidemos el hecho de que la sencilla pero eficaz cadena fue
colocada a lo largo del río a los barquitos por los marinos, luego de que la
auténtica escuadra, la que conducía el almirante Brown, fuera sitiada mientras
se abastecía, y capturada. Este hecho inaudito, en el que los británicos
manifestaron tan poca flema inglesa, es relatado sucintamente en el Archivo
Americano, publicación que no gustaba de derrotas, pero contado en detalle por
su protagonista, Guillermo Brown, con ese estilo “entre ingenuo y verídico”
(así lo califica Adolfo Saldías), que le era característico, en un parte que
transcribimos en un apéndice. La captura de la escuadra es un hecho que no se
puede ignorar al hablar de la Vuelta de Obligado. Hacerlo implica ofrecer una
versión de la historia recortada y simplificada al extremo de llegar a la
falsedad. Ese momento en que los buques de Brown son sitiados y su tripulación
amenazada con la horca fue el primer paso de las fuerzas bloqueadoras para su
posterior y brutal incursión: se deshicieron entonces del más incómodo
obstáculo por métodos completamente inusuales para las normas de la época,
aunque coherentes con las que regían en otros tiempos en la Isla de la Tortuga.
El relato realizado por Guillermo Brown es elocuente; no deja de manifestar su
estupor, pero también su sangre fría: luego de diez días de sitio en medio del
río, iza la bandera portuguesa para festejar el cumpleaños de una duquesa, en
una bravata digna de su humor irlandés o de un personaje de Dumas.
Pero este hecho, bravatas aparte, deja a Guillermo Brown lejos
de la escena y es Lucio Mansilla quien prepara la defensa para enfrentar la
incursión extranjera decisiva: con sus cañones a tope, frente a la improvisada
pero inteligente defensa argentina (recursos humanos y accidentes topográficos
aprovechados al máximo en una defensa plenamente sanmartiniana), una escuadra
jamás vista en los ríos de la Mesopotamia se lanzó al ataque para abrir paso a
vapores cargados de mercadería para vender. Con muchas bajas en ambos bandos,
la escuadra pasó; pero los barcos mercantes se fueron como llegaron: con toda
su mercadería sin tocar. Nadie la compró. Luego siguieron otras batallas, pero
Vuelta de Obligado fue el comienzo del fin de la incursión anglo-francesa:
victoria militar completa, fracaso político estrepitoso. Luego de esto, ambos
gobiernos europeos consideraron que los informes que durante años habían
recibido de sus agentes y el apoyo de los emigrados unitarios les habían costado
tal vez demasiado caro y la inversión hecha en el intento de colonización, una
pérdida de dinero, hombres y esfuerzos.
Las palabras de San Martín son más que elocuentes:
Los interventores habrán visto por esta echatillon que los
argentinos no son empanadas que llevarse a la boca.
El crimen de la guerra
La profundidad y el largo de orilla a orilla en ese lugar
del Paraná mejor conocido como Vuelta de Obligado lo convertía en el sitio
ideal para esperar a la escuadra anglo-francesa, así como el barranco de San
Lorenzo era el sitio perfecto para que una fuerza inferior tuviera oportunidades
frente a un enemigo muy superior.
Hoy en día no se eligen campos de batalla como la Vuelta de Obligado,
el barranco de San Lorenzo o el Paso de las Termópilas. Hoy día no se eligen
campos de batalla porque no hay batallas, hay matanzas, y no hay ejércitos
enemigos, hay blancos, un punto rojo en la mira, civiles sin defensa. Un
almirante Brown, un San Martín, un Leónidas tenían que poner en juego su
inteligencia a la par que su vida. Tratándose de matanzas, la inteligencia no se
precisa. No necesitamos a Clausewitz para leer las noticias del Oriente Medio.
A Clausewitz lo reemplazaron imágenes monstruosas, frente a las cuales
cualquier paralelo con el ajedrez es un rapto psicótico que ni Lewis Carroll
podría admitir. La diferencia entre la matanza y la batalla está en que la
batalla contiene un adversario, un otro, considerado como un igual, aun si es inferior.
Por eso la batalla tiene reglas. Los juegos basados en las guerras napoleónicas
difieren en mucho de los juegos basados en la guerra actual y no hace falta
decir por qué. No hace falta señalar la diferencia entre un tablero donde se
ordenan batallones (flanco derecho, flanco izquierdo) y una mira con un punto
rojo y figuras que se estrellan en sangre en una fracción de segundo.
Entonces la batalla, decíamos, implicaba reglas, reglas que
el comodoro Purvis infringía, cuenta De Angelis. Pero la existencia de reglas
implica, decíamos también, un otro, un adversario. Se mata, pero aquel a quien
se mata tiene defensa. Cuando hay matanza no hay reglas, el otro existe sólo
como víctima. Es la principal condición del genocidio: su ausencia de reglas.
Por eso hoy no tenemos a Clausewitz ni a De Angelis, tenemos clamores
indignados o relatos estúpidamente fascinados que convierten en insultos las
imágenes en vivo y en directo del crimen y la tragedia.
Esos tiempos de salvajes unitarios y salvajes federales,
corsarios italianos y piratas ingleses, por no hablar de franceses brutales,
tienen mucho que enseñarnos.
