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| Este retrato litográfico sobre papel, ilustró la obra “Causa criminal seguida contra el ex-gobernador Juan Manuel de Rosas…” (Buenos Aires. Imprenta de La Tribuna, 1864). |
Rosas: ¿dictador o tirano?
Por Norberto Jorge Chiviló
El común de la gente, como también políticos,
funcionarios, periodistas, etc., estos últimos que deberían tener una cultura y
conocimientos más elevado que cualquier ciudadano –o por lo menos eso debiera
ser lo deseado–, suelen confundir ambos términos, cuando tienen un significado
distinto.
El 4 de noviembre de 2023 en un acto de
campaña, realizado en la localidad de El Palomar, el por entonces candidato
presidencial Javier Milei, se refirió al general Urquiza, a la batalla de
Caseros, a Alberdi y a Rosas y a este último lo tildó de “tirano”. (1)
Una persona que va a ocupar la más alta
Magistratura Nacional, puede o no gustarle un personaje histórico, pero lo que
no tendría que ignorar, es el significado del término “tirano” y desconocer la
historia patria, como lo hizo en esa arenga.
Según el diccionario (2) es “tirano” el
“Que obtiene contra derecho el Gobierno de un Estado”. Esto es bien claro y no
hay que hacer mayores observaciones.
Ahora cabría la siguiente pregunta, para
quienes consideran a Rosas un “tirano”: ¿En qué momento obtuvo Rosas contra
derecho el Gobierno de la provincia de Buenos Aires? Quien sabe algo de
historia, podría contestar que nunca, pues su acceso al gobierno, siempre lo
fue por los medios legítimos de aquel momento, siempre fue un gobierno de iure. Durante todo su gobierno, gozó
del consenso y beneplácito del total de la población.
El madrileño Benito Hortelano, quien por
cuestiones políticas abandonó España y recaló por Buenos Aires en 1850, donde
instaló una librería y editó distintos periódicos, así opinó sobre el “tirano”
Rosas y su “tiranía”: “Mucho se ha escrito sobre la tiranía del general Rosas.
Si no todo lo que se ha dicho, algo debe de haber de verdad. ¿Pero puede haber
tiranía de un hombre sobre un pueblo que está armado en masa? Comprendo la
tiranía de los Reyes, que, apoyados en miles de bayonetas mercenarias,
tiranizan a los pueblos desarmados, y además de desarmados, con fuertes
castillos, ciudadelas y otras fortificaciones colocadas estratégicamente en las
grandes ciudades, apuntando sus cañones a la población, que al menor síntoma de
insurrección popular son barridas con la metralla las principales calles y
bombardeadas las casas desde los castillos, con lo que es, si no imposible, al
menos muy difícil derrocar a un tirano”.
“¿Pero sucedía esto en Buenos Aires? No;
porque esta capital es abierta, no tiene castillos ni ciudadelas, ni aun
edificios que puedan servir de defensa u ofensa. Los tiranos no consultan al
pueblo; éste no es nada para ellos; no es más que una manada de esclavos que
deben trabajar para sostener las cargas del Estado, para pagar a sus verdugos,
sin injerencia ninguna en la confección de las leyes, ni voto en los Consejos,
ni, en fin, vida propia, pues están a la voluntad del tirano, para que de ellos
y sus bienes disponga como se le antoje, hasta que llega un día en que, cansado
de sufrir, se lanza a las calles, y, no teniendo armas, se vale de las
naturales o se apodera de las de sus verdugos, pulverizando a éstos y a su
jefe”.
“Rosas subió al Poder por la libre y
espontánea voluntad del pueblo, por el voto universal, como no ha habido
ejemplo en ninguna nación, firmando el pueblo en un libro en que constaba el
acta de las facultades extraordinarias, delegando en la persona del general
Rosas todos los derechos e inmunidades que la naturaleza da al hombre”. (3)
“Con arreglo a la ley fundamental, todo
ciudadano, desde la edad de diecisiete años, está obligado a inscribirse en la
Guardia Nacional, y Rosas fue inflexible en esto. ¿Cómo esta fuerza ciudadana
toleró por veintiún años a un tirano? ¿Para qué le servían las armas que tenía?
¿Era o no tirano el general Rosas? Si lo era, el pueblo fue un cobarde, indigno
de los derechos que tenía e indigno de tener un fusil a su disposición. Pero
esto no es posible en un pueblo, ni menos el argentino, que tantas pruebas de
valor ha dado en los campos de batalla en mil combates. Luego Rosas no era
tirano; el pueblo se encontraba bien con su Gobierno cuando no lo derrocó”.
“Por otra parte, cuando un tirano ha
despotizado a un pueblo, cuando el tirano muere es maldecido; si es derrocado
del Poder por una insurrección popular, no le quedan más amigos que aquellos
que recibían sueldo de él o se han enriquecido a su sombra; pero el pueblo que
ha sufrido lo aborrece, no quiere ni saber de él”.
“¿Sucede esto con Rosas? No, porque
pocos se enriquecieron, y el pueblo, que es el que debía aborrecerlo, lo respetó,
y cuantas veces se han presentado en campaña los jefes militares de su época
han encontrado al pueblo en masa dispuesto a seguirlos; y si esto ha acontecido
con jefes subalternos, si Rosas hubiese aparecido en la campaña de Buenos Aires
levantando la bandera de la insurrección contra el Gobierno establecido, ¿qué
no habría sucedido? Rosas ha sido más patriota que todos sus paisanos, más que
todos los déspotas y caudillos que son derrocados del Poder, pues ha preferido
el ostracismo a encender la guerra civil en su patria”. (4)
“Por otra parte, cuando cayó Rosas no
dio esta población muestras de alegría, al menos tantas como se debían esperar
de un pueblo que ha estado veintidós años sufriendo una espantosa tiranía y que
le viene la libertad cuando menos lo esperaba y sin contribuir en nada para
obtenerla; antes al contrario, ya el tirano estaba derrotado y se había
refugiado en la ciudad para, desde ella, embarcarse, y la Guardia Nacional
seguía en los cantones esperando la orden para defender al tirano que estaba
impotente para tiranizar. El pueblo que quiere ser libre lo es: Buenos Aires,
si sufrió tiranía, la sufrió con gusto, pues o no hubo tiranía o, si la hubo,
esta República se conformaba con aquel sistema de gobierno cuando no lo
derrocó”. (5)
"…No sé cómo calificar lo ocurrido
en esta época en Buenos Aires, [ después de la batalla de Caseros ] pues no se
comprende como una ciudad que se decía oprimida y tiranizada por veinte años,
ya que no pudo o no tuvo valor para hacer la reacción cuando se aproximó el
ejército libertador, al menos después de perderse la batalla y en ella todo su
ejército, no dio este pueblo la más mínima muestra de regocijo ni la menor
prueba de que deseaba la caída del tirano. La historia del mundo nos describe
los regocijos con que los pueblos oprimidos han recibido siempre a los
ejércitos libertadores, y yo prácticamente lo había visto en Madrid, en donde
una compañía que entrase a auxiliarnos en las diferentes peripecias porque allí
pasamos del 34 al 38, los soldados eran recibidos con un entusiasmo que rayaba
en delirio, regalándolos y obsequiándoles el pueblo con toda clase de
demostraciones; pero aquí, ni hubo quien saliese a dar un peso ni convidar a
una copa a los pobres soldados; todos se encerraron en sus casas. Como si fuese
un enemigo el que había triunfado". (6)
El sobrino del dictador, Lucio Victorio
Mansilla, cuenta la siguiente anécdota “Rozas en los primeros tiempos de su
gobierno no vivía aislado. Su aislamiento vino después de la muerte de su
mujer. Salía, circulaba; hasta de noche era fácil hallarlo solo por barrios
apartados. Él mismo parece que hacia su policía, tomándole el pulso a la
ciudad. Una vez, tarde ya, se encontró con el ministro de Chile, Pérez
Mascallano, que lo ha referido, entre otros, al señor Barros Luco. La vereda
era alta; tras el ministro venían dos hombres. Rozas les gritó
"iAbajo!" y obedecieron. ¿Por qué? ¿Porque le conocieron o porque la
voz de toda autoridad tiene un no sé qué que predispone a inclinar la cabeza?
El ministro manifestó su sorpresa. Rozas le dijo:
Salgo a dar mi paseíto de cuando en
cuando.
-¿Quiere usted que lo acompañe?
-No, gracias; no hay cuidado.
Y se separaron, siguiendo rumbos opuestos.
De aquí concluía el señor Pérez Mascallano, era su comentario: Rozas debía ser
muy valiente”. (7)
Leyendo lo que narró Mansilla, podemos
preguntarnos ¿Podría un tirano, un malvado aborrecido por la población,
recorrer solo, sin escolta y de noche las solitarias calles de los barrios de
la ciudad?
Un ejemplo actual de la caída de una
tiranía, ocurrió en Siria a fines de noviembre y principios de diciembre de
2024, con el derrocamiento del autócrata Bashar al-Ássad, quien amasó una
enorme fortuna y gozó de una vida principesca, en sus palacios llenos de lujos
y abarrotados de ostentosos bienes, con gran cantidad de autos de altísima
gama, todo ello a costa del erario público y del sufrimiento de la población,
odiado por sus conciudadanos por sus excentricidades y crueldades. Quienes lo
derrocaron fueron recibidos como libertadores y el pueblo en masa salió a
festejar su caída y saqueó sus palacios, derribó sus estatuas y se manifestó de
todas formas contra el tirano derrocado. Otro tanto podríamos decir del Nicolás
Maduro, el autócrata venezolano y chavista, quien no obstante haber perdido las
elecciones el 28 de julio de 2024, se ha negado a entregar el poder a quien el
pueblo había elegido y el 10 de enero de 2025 juró su tercer mandato como
presidente “constitucional” siendo un presidente de facto y se mantuvo apoyado solo por un poderosísimo ejército,
mandado por generales corruptos y cómplices de la tiranía, que no han tenido la
más mínima consideración cuando tuvieron que reprimir a ciudadanos pacíficos
que se habían manifestado contra el tirano y su régimen. A él se lo nombra como
“dictador”, cuando en realidad el calificativo que le cabe, es el de “tirano” Y
existen más casos en nuestro mundo actual, que no voy a mencionar, porque estos
dos ejemplos son más que elocuentes. Yo pregunto: Maduro ¿podría circular por
Caracas, solo, sin escolta, sin que el pueblo lo atacara y despreciara?
Debemos considerar también la total adhesión
del Brigadier General de la Confederación Argentina, don José de San Martín a
la política de Rosas, apoyo que nunca decreció, sino que por el contrario se
acrecentó a través de los años y siempre lo puso de manifiesto no solo en su
correspondencia con el Restaurador –a quien colmó de elogios en varias
oportunidades– sino también con otros personajes de la época como Tomás Guido y
el chileno Bernardo O'Higgins.
En la cláusula 3ra. de su testamento, legó
su sable corvo libertador a Juan Manuel de Rosas. Si hubiera considerado a
Rosas como “tirano”, seguro que no lo hubiere hecho. Por el contrario en su última
carta que le envió el 6 de mayo de 1850 –tres meses antes de su fallecimiento–
manifestó una vez más, su total apoyo a la política rosista sintiéndose
orgulloso como argentino de la marcha seguida por la Confederación expresándose
en estos términos: "…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al
ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en
nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de
circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallado…",
felicitando también a Rosas de la siguiente forma "Por tantos bienes
realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la
Confederación Argentina" y terminando su misiva, con un deseo que es un
mandato moral para todos los argentinos cuando le dijo: "Que goce Ud. de
salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo
reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor
de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota". Esos no son términos de
una carta cuyo destinatario hubiera sido un “tirano”. (8)
Pastor Obligado, cuenta que en 1849,
cuando los unitarios Manuel Guerrico y Domingo F. Sarmiento, fueron a visitar
al Libertador, en su pequeña granja cercana a París, se produjo el siguiente
diálogo:
[San Martín] “–Pero, al fin, ese tirano
Rosas, que los unitarios odian tanto, no debe de ser tan malo como lo pintan,
cuando en un pueblo tan viril se puede sostener veinte años”.
“–Sí, general; pero veinte años de viva
protesta armada, diseminada por toda el haz de la tierra la mejor parte de los
argentinos. Fácil le fue asaltar el poder por nuestras divisiones, como
sostenerse en el mismo por la falta de unidad. Paz y Lavalle, y Lamadrid,
peleando por su cuenta hacia los extremos de la república, quejándose de que el
comité revolucionario pretende mandar batallas desde Montevideo; y éste, a su
vez, de que cada uno de los generales unitarios campea por sus respetos,
–contestó alzando la voz y exaltado el señor Sarmiento”.
“–A tan larga distancia y por tantos
años alejado de la escena, no me es fácil saber la verdad; pero por los ecos
que hasta aquí llegan, si bien no he conocido al general Rosas, me inclino a
creer: que Vv. exageran un poco, y que sus enemigos lo pintan más arbitrario de
lo que sea. Sí, conocí en sus mocedades a los generales que V. recuerda. Paz;
Lavalle, el más turbulento; Lamadrid, si no más valiente que éste, sin duda con
menos cabeza, y si todos ellos, y lo mejor del país, como ustedes dicen,
auxiliados por extranjeros, no logran desmoronar a tal mal gobierno, sin duda
es porque la mayoría convencida está de la necesidad de un gobierno fuerte y de
mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 20, ni que el
comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al
gobernador del estado”.
“Sobre todo, tiene para mí el general
Rosas QUE HA SABIDO DEFENDER CON ENERGÍA y en toda ocasión el pabellón nacional”.
“Por esto, después del combate en
Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a fundar la
independencia americana, POR AQUEL ACTO DE ENTEREZA, en que con cuatro cañones
hizo conocer a la escuadra anglo francesa que, pocos o muchos, sin contar sus
elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”. (9)
Durante toda su actuación como
gobernador, Rosas siempre llegó al gobierno por medios legítimos, no como sus
adversarios que asaltaron el poder en toda ocasión que pudieron. Incluso hasta
1916, año de asunción como presidente de Hipólito Yrigoyen, quien por la ley
Sáenz Peña, fue electo mediante el sufragio universal, obligatorio y secreto, sus
antecesores, los mandatarios de los llamados gobiernos “constitucionales” lo
hicieron en manera no democrática, mediante el fraude, componendas políticas en
las que el pueblo tuvo poco que ver.
Para quienes afirman
que Rosas fue “tirano”, cabe aquí preguntarles qué calificativo le cabe entonces
al general Juan G. Lavalle, que con el motín del 1° de diciembre de 1828, se
hizo del poder de facto del gobierno,
y el día 13 de ese mes, fusiló sin causa ni juicio alguno al legítimo
gobernador, coronel Manuel Dorrego, hecho que debe calificarse sin lugar a
dudas de asesinato y que desató
una represión tremenda en la campaña bonaerense contra el pueblo federal, que
los registros parroquiales dan cuenta, ya que por única vez en nuestra historia
en ese año de 1829 las defunciones superaron ampliamente a los nacimientos. Ese
desborde de represión indiscriminada que no respetó edades, ni condición social
y que fue una verdadera orgía de sangre, originó una guerra civil, que se
extenderá por muchas décadas en nuestro país, ¿fue o no, tirano? La
misma pregunta corresponde hacer con respecto a los jefes unitarios José María
Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid, entre otros, por nombrar a personajes de
aquella época, que asaltaron el poder, haciéndose otorgar de facto facultades extraordinarias.
También el
“presidente” oriental Fructuoso Rivera, a quien Rosas llamaba “el pardejón”, se
hizo del gobierno de su país, por la fuerza, ayudado por las fuerzas francesas
y expatriados argentinos en Montevideo. Estos últimos que llamaban al
gobernador porteño como “tirano”, eran aliados al tirano –y aquí no pongo
comillas– Rivera. Contradicción? Y sí, contradicción evidente, como muchas
otras de los llamados salvajes unitarios, denominados así por la gran mayoría
del pueblo argentino de aquella época, por su proceder violento y salvaje, que
no reparaban en medios, incluso la alianza con extranjeros, para hacerse del
poder.
Los enciclopedistas
llamaban “tirano” a quien se hacía del poder por la fuerza y se beneficiaron
del mismo. Ninguna de estas dos condiciones se dieron en Rosas, ya que nunca
accedió al gobierno, ni se mantuvo en el mismo por la fuerza y en contra de la
voluntad de su pueblo; y menos aún se benefició del poder que ejerció, sino muy
por el contrario, fue un servidor público ejemplar, que puso en juego todo su
patrimonio, el que le fue quitado cuando los unitarios se hicieron del gobierno,
después de su derrocamiento.
Evidentemente y por lo expuesto, Rosas
no fue tirano, ni oprimió al pueblo, ni se sirvió de él y menos aún se
enriqueció a costa del erario público.
Al comienzo de este artículo, manifesté
que muchos confunden los términos “tirano” y “dictador”.
Si no fue “tirano” como acabo de
demostrarlo, ¿fue entonces “dictador”?. A esa pregunta, sí puedo contestar que efectivamente
fue dictador.
La dictadura, es una institución que
proviene del derecho romano, ya desde tiempos de la República romana, varios
siglos antes de la era Cristiana.
“Esta magistratura extraordinaria (se
refiere al término dictadura), a cuyo poseedor se le concedía en la antigua
Roma una autoridad suprema, en los momentos difíciles, sobre todo en los casos
urgentes de guerra, nació la dictadura en el año 498 antes de J.C… El dictador
era nombrado por una orden del Senado… El magistrado investido de tal omnímodo
poder recibió los nombres de dictador y señor
del pueblo (dictator magister populi)…
Fue una autoridad revestida de una gran fuerza colectiva y enteramente
nacional, que lo reunía todo para disipar los grandes huracanes… Montesquieu ha
dicho a propósito de la dictadura ‘El uso de los pueblos más libres que jamás
han existido sobre la tierra me hace creer que hay casos en los que es preciso
correr, por un momento un velo sobre la libertad, como se ocultan las estatuas
de los dioses’”. (12)
En la antigua Roma, el dictador era
elegido por sus cualidades, para sortear momentos difíciles como una guerra,
una confrontación civil u otras calamidades y por ello era quien debía tomar el
timón del Estado, como un capitán de barco en el medio de una tempestad, para
llevarlo a buen puerto y para eso gozaba de amplias y absolutas facultades.
En la provincia de Buenos Aires, después
de una lucha encabezada por el comandante de Campaña Juan Manuel de Rosas,
contra las tropas unitarias al mando del motinero Lavalle, a las que venció, se
restableció la Legislatura –con los mismos integrantes– que había sido disuelta
por el motín decembrista la fuerza en aquella oportunidad, la que reunida exactamente
un año después de aquella triste jornada, reanudaba así sus sesiones, quedando restablecidas
así las instituciones bonaerenses. En la sesión del 5 de diciembre de 1829, se
solicitó que quien fuese elegido nuevo gobernador, fuera investido de las
facultades extraordinarias que este “juzgue indispensables”, lo que se aprobó el
día después. Horas más tarde, Rosas, persona de orden y amante de la legalidad,
vencedor de la anarquía en el año 20 y ahora vencedor de Lavalle, fue elegido para
ejercer ese cargo, que asumió el día 8 al mediodía, en medio de salvas de
artillería y repique de campanas, con el beneplácito general y gran regocijo
popular.
En su arenga al pueblo congregado en la
plaza de la Victoria, manifestó: “Compatriotas, el camino de la ley se ha
abierto. No se recuerde el tiempo funesto que ya pasó, sino para reproducir los
juramentos de ser fieles a las instituciones patrias, y de que no vuelva a
sentirse entre nosotros el soplo maléfico de la discordia. Ved, mis amigos, la
expresión de mis deseos: ser vuestro, y que los días de mi mando sean
paternales. La salud de la provincia es mi única aspiración; y el bien, el reposo
y la seguridad de todos, mi principal desvelo” (13).
Se iniciaba así el primer gobierno de
Rosas que duró tres años.
Encontrándose nuevamente la patria
convulsionada por el asesinato de Facundo Quiroga y la conspiración unitaria, el
7 de marzo de 1835, Rosas fue elegido por la Legislatura para desempeñarse por
segunda vez como Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires,
esta vez con la suma del poder público, “sin más restricciones que las de
conservar y proteger la religión católica y la de sostener la causa nacional de
la federación que habían proclamado los pueblos de la república” (14).
El 16 de marzo, Rosas solicitó a la Sala
de Representantes "... En esta virtud, el infrascripto ruega a los señores
representantes que para poder deliberar sobre la admisión o renuncia del
elevado cargo y de la extraordinaria confianza con que se han dignado honrarle,
tengan a bien reconsiderar en sala plena tan delicado negocio, y acordar el
medio que juzguen más adaptable, para que todos y cada uno de los ciudadanos de
esta ciudad, de cualquiera clase y condición que sean, expresen su voto precisa
y categóricamente sobre el particular, quedando este consignado de modo que en
todos tiempos y circunstancias se pueda hacer constar el libre pronunciamiento
de la opinión general". (15)
La consulta al pueblo se llevó a cabo
los días 26, 27 y 28 de ese mes. De 9320 hombres aptos que concurrieron a votar
–la cifra más alta hasta ese entonces–, menos de una decena votaron
negativamente.
Dirá Sarmiento sobre esta cuestión: “El
5 de abril, la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo estipulado, elige
gobernador de Buenos Aires, por cinco años, al general don Juan Manuel de
Rosas… Pero no le satisface la elección hecha por la Junta de Representantes;
lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso tomarse
antes todas las seguridades imaginables; no sea que más tarde se diga que el
pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la Suma del Poder Público. Rosas,
gobernador, le propone a las mesas electorales esta cuestión: ¿conviene en que
don Juan Manuel Rosas sea gobernador por cinco años con la suma del Poder
Público? Y debo decirlo, en obsequio de
la verdad histórica: nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más bien
sostenido por la opinión... principiáronse las elecciones o ratificaciones de
todas las parroquias y la votación fue unánime, excepto tres votos que se
opusieron a la delegación de la Suma del Poder Público. ¿Concíbese cómo ha
podido suceder que en una provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo
asegura la Gaceta, sólo hubiesen tres votos contrarios al gobierno? Sería acaso
que los disidentes no votaron? ¡Nada de eso! No se tiene aún noticia de
ciudadano alguno que no fuese a votar… La votación aquella es única en los
anales de los pueblos civilizados”. (16)
Fue la primera vez que en nuestro país
se requería la expresión democrática de la población para la elección de su
gobernante. ¿podría considerarse a Rosas, el padre de la democracia argentina?
Coincidiendo con lo manifestado por
Sarmiento, Hortelano, también así lo refiere: "Rosas subió al poder por la
libre y espontánea voluntad del pueblo, por el voto universal, como no ha
habido ejemplo en ninguna nación, firmando el pueblo en un libro en que
constaba el acta de las facultades extraordinarias, delegando en la persona del
general Rosas todos los derechos e inmunidades que la naturaleza da al
hombre". (17)
Nadie puede negar que las veces que
Rosas accedió al poder fue por el reclamo popular, desprendiéndose de las
distinciones con las que el pueblo lo honró.
Debo decir que el Restaurador, nunca
abusó de esas facultades ni de la suma del poder público otorgado, ya que la
Legislatura y los Tribunales, siguieron funcionando con normalidad.
Incluso, anualmente y mientras ejerció
el poder, sometió las cuentas públicas a la consideración de la Legislatura, ya
que en este punto, como decía en el Mensaje que le remitió el 27 de diciembre
de 1844 "El Gobierno os presenta las cuentas de la Provincia en 1844.
Examinadlas y pronunciad, honorables representantes, vuestro soberano fallo.
Sabéis que no me considero investido con la suma del poder en la administración
del caudal público” (18).
Nunca tuvo ínfulas de grandeza, sino que
fue de una sencillez republicana, se hacía llamar como “Ciudadano Brigadier
Juan Manuel de Rosas”, rechazando títulos y honores para él y su familia, que
la Legislatura bonaerense le había conferido.
Gozaba de buen prestigio entre sus
conciudadanos, quienes tenían con él verdadera veneración y respeto.
Cuando en 1873, Vicente Quesada y su
hijo Ernesto, visitaron al Rosas, exiliado en Southampton el joven tomó nota de lo conversado y en esa
oportunidad, Rosas, entre otros conceptos, expresó lo siguiente: “Subí al
gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y
hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otras en vías de desmembrarse,
sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional,
sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un
verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose
furiosamente los partidos políticos: un infierno en miniatura. Me di cuenta de
que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestro gran país se diluiría
definitivamente en una serie de republiquetas sin importancia y malográbamos
así para siempre el porvenir: pues demasiado se había ya fraccionado el
Virreynato Colonial”.
“La provincia de Buenos Aires tenía, con
todo, un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados: me
propuse organizar la administración, consolidar la situación económica y, poco
a poco, ver que las demás Provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario
me hubiera dejado respirar, no dudo que, en poco tiempo, habría llevado al país
hasta su completa normalización; pero ello no fue posible porque la
conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados
organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en
defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones
navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir a los
caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos
de anarquía, desarrollados en veinte años de verdadero desquicio gubernamental,
no podía modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte
para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la
campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que permitiera la
práctica real de la vida republicana”.
“Es lo que me ha pasado a mí, y me
considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que usted ve,
ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios
me han confiscado mi fortuna, hecha antes de entrar en política, y la heredada
de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo, quizá, que
repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes.
Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como
yo lo practiqué, importa goces vulgares y sensualismos, cuando en realidad no
se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los
tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio escondidos en la sombra; he
admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros
servidores de sus pueblos. Este es mi gran título: he querido siempre servir al
país, y si he acertado o errado, la posteridad lo dirá, pero ese fue mi
propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para
realizarlo. Otorgar una Constitución era asunto secundario; lo principal era
preparar al país para ello ¡y esto es lo que creo haber hecho!” (19).
Cabe aclarar, que Rosas no fue el
primero en recibir facultades extraordinarias, ya que desde el primer gobierno
patrio y los sucesivos, gozaron de las mismas, por lo que no es extraño, que en
1829 se otorgaren facultades al Ejecutivo, encontrándose las Provincias Unidas,
en estado de anarquía y desorden institucional y de guerra civil, creyendo
poner a salvo los intereses que se invocaban. Recuerda Saldías que “Por lo
demás, los poderes ejecutivos nacionales que surgieron en 1811, 1812, 1815,
tuvieron facultades extraordinarias. Facultades extraordinarias se otorgó a los
gobernadores don Manuel de Sarratea y don Juan Ramón Balcarce en 1820; las
otorgó también la legislatura de Córdoba al gobernador Bustos; la de Santa Fe
al gobernador López, y posteriormente, la de Corrientes al gobernador Ferré, y
con las mismas facultades fue investido el general Paz en 1830 para desempeñar
el supremo poder militar de las nueve provincias del interior” (20).
Por último, Emilio Ravignani, afirmó que
el dictador supo “mantener en los más graves momentos la dignidad e integridad
de la República. Y no poco le valieron las facultades extraordinarias y la suma
del poder público para ello” (21).
Referencias
1. https://www.youtube.com/watch?v=48P9PfT0b8M
2. Diccionario Enciclopédico Salvat
Alfa, Edic. 1987.
3. 4. 5. 6. Hortelano, Benito.
Memorias, Edit. Espasa-Calpe, Madrid,
1936, (3) págs. 199 y 200; (4) pág. 201; (5) pág. 203; (6) pág. 210
respectivamente.
7. Mansilla, Lucio Victorio. Rozas, ensayo
histórico-psicológico. A-Z editora S.A., Bs. As., 1994, pág. 81.
8. Gras, Mario César. San Martín y
Rosas. Una amistad histórica, Bs. As., 1948, pág. 57.
9. Obligado, Pastor. ¿Para qué sirve la
gloria?, artículo publicado en el diario La Nación, 9 de julio de 1894.
10. Beruti, Juan Manuel. Memorias
curiosas, Emecé editores S.A., Bs. As., 2001, pags. 399 y sgtes. y 407 y sgtes.
11. Iriarte, Tomás de. Memorias de
general Iriarte, textos fundamentales, selección y comentaros por Enrique de
Gandía, T° II, Compañía General Fabril Editora, Bs. As. 1962, págs. 49 y sgtes.
12. Diccionario Enciclopédico
Hispano-Americano, Establecimiento Tipográfico Editorial Montaner y Simon,
Barcelona, 1912, T° VII, pág. 579.
13. Crónica histórica argentina.
Editorial Codex S.A., Bs. As. 1969, T° III, pág. 75.
14. 15. Saldías, Adolfo. Historia de la
Confederación Argentina, El Ateneo, Bs. As. 1951, T° 2, (14) pág. 8 y (15) pág.
10.
16. Sarmiento Domingo Faustino. Facundo,
Biblioteca La Nación, Editorial Planeta DaGostini S.A., edic.2000, págs. 252 y
253.
17. Hortelano, ob. cit., pág. 200.
18. Mensajes de los gobernadores de la
provincia de Buenos Aires 1822-1849, Archivo Histórico de la provincia de
Buenos Aires “Ricardo Levene”, La Plata, 1976, T° 1, pág. 252.
19. Quesada, Ernesto. La época de Rosas,
Ediciones del Restaurador, Bs. As. 1950, págs. 241 y sgtes.
20. Saldías… ob. cit., T° 1 pág. 266.
21. Ravignani, Emilio. Rosas, interpretación real y moderna, Editorial Pleamar, Bs. As, 1970, pág. 15.
