lunes, 27 de julio de 2026

Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

 BROWN, MANSILLA, VUELTA DE OBLIGADO

Pedro de Ángelis

En el año  2009, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, publicó “Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo (Primera Serie 1843-1847) Pedro de Ángelis”.

La compilación, estudio preliminar y notas estuvo a cargo de Paula Ruggeri. Lo que publicamos a continuación corresponde a dos de los capítulos del Estudio preliminar, titulados "Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado" y "El crimen de la guerra".


Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

Algunos historiadores o divulgadores de la historia, en un afán desmitificador digno de encomio pero que a veces cae en excesos, han cometido el error de subestimar el esfuerzo bélico de la escuadra y las baterías argentinas en la Vuelta de Obligado. Nos hemos cansado, mientras hacíamos este estudio, de leer sobre la “ingenua tentativa de atar cadenas a barquitos a lo largo del río” y otras expresiones semejantes. La natural tendencia argentina a la autohumillación se acentúa en algunos reclamos desmitificadores, y esta tendencia se profundiza cuando los adversarios son aquellos a quienes tanto se admira como modelo: los flemáticos británicos, los finísimos franceses. Los poderosos. Las crónicas que presentamos en esta antología dan cuenta de la escasa flema con que un oficial inglés descendió a las aguas poco templadas del río para limar las tres gruesas cadenas que impedían el paso de la escuadra combinada bajo la poco inocente metralla de las baterías argentinas. En realidad, la estrategia de Rosas se basaba en esas baterías enclavadas en tierra y no en la cadena, estorbo que permitía cañonear a gusto a la escuadra anglo-francesa. No olvidemos el hecho de que la sencilla pero eficaz cadena fue colocada a lo largo del río a los barquitos por los marinos, luego de que la auténtica escuadra, la que conducía el almirante Brown, fuera sitiada mientras se abastecía, y capturada. Este hecho inaudito, en el que los británicos manifestaron tan poca flema inglesa, es relatado sucintamente en el Archivo Americano, publicación que no gustaba de derrotas, pero contado en detalle por su protagonista, Guillermo Brown, con ese estilo “entre ingenuo y verídico” (así lo califica Adolfo Saldías), que le era característico, en un parte que transcribimos en un apéndice. La captura de la escuadra es un hecho que no se puede ignorar al hablar de la Vuelta de Obligado. Hacerlo implica ofrecer una versión de la historia recortada y simplificada al extremo de llegar a la falsedad. Ese momento en que los buques de Brown son sitiados y su tripulación amenazada con la horca fue el primer paso de las fuerzas bloqueadoras para su posterior y brutal incursión: se deshicieron entonces del más incómodo obstáculo por métodos completamente inusuales para las normas de la época, aunque coherentes con las que regían en otros tiempos en la Isla de la Tortuga. El relato realizado por Guillermo Brown es elocuente; no deja de manifestar su estupor, pero también su sangre fría: luego de diez días de sitio en medio del río, iza la bandera portuguesa para festejar el cumpleaños de una duquesa, en una bravata digna de su humor irlandés o de un personaje de Dumas.

Pero este hecho, bravatas aparte, deja a Guillermo Brown lejos de la escena y es Lucio Mansilla quien prepara la defensa para enfrentar la incursión extranjera decisiva: con sus cañones a tope, frente a la improvisada pero inteligente defensa argentina (recursos humanos y accidentes topográficos aprovechados al máximo en una defensa plenamente sanmartiniana), una escuadra jamás vista en los ríos de la Mesopotamia se lanzó al ataque para abrir paso a vapores cargados de mercadería para vender. Con muchas bajas en ambos bandos, la escuadra pasó; pero los barcos mercantes se fueron como llegaron: con toda su mercadería sin tocar. Nadie la compró. Luego siguieron otras batallas, pero Vuelta de Obligado fue el comienzo del fin de la incursión anglo-francesa: victoria militar completa, fracaso político estrepitoso. Luego de esto, ambos gobiernos europeos consideraron que los informes que durante años habían recibido de sus agentes y el apoyo de los emigrados unitarios les habían costado tal vez demasiado caro y la inversión hecha en el intento de colonización, una pérdida de dinero, hombres y esfuerzos.

Las palabras de San Martín son más que elocuentes:

Los interventores habrán visto por esta echatillon que los argentinos no son empanadas que llevarse a la boca.

 

El crimen de la guerra

La profundidad y el largo de orilla a orilla en ese lugar del Paraná mejor conocido como Vuelta de Obligado lo convertía en el sitio ideal para esperar a la escuadra anglo-francesa, así como el barranco de San Lorenzo era el sitio perfecto para que una fuerza inferior tuviera oportunidades frente a un enemigo muy superior.

Hoy en día no se eligen campos de batalla como la Vuelta de Obligado, el barranco de San Lorenzo o el Paso de las Termópilas. Hoy día no se eligen campos de batalla porque no hay batallas, hay matanzas, y no hay ejércitos enemigos, hay blancos, un punto rojo en la mira, civiles sin defensa. Un almirante Brown, un San Martín, un Leónidas tenían que poner en juego su inteligencia a la par que su vida. Tratándose de matanzas, la inteligencia no se precisa. No necesitamos a Clausewitz para leer las noticias del Oriente Medio. A Clausewitz lo reemplazaron imágenes monstruosas, frente a las cuales cualquier paralelo con el ajedrez es un rapto psicótico que ni Lewis Carroll podría admitir. La diferencia entre la matanza y la batalla está en que la batalla contiene un adversario, un otro, considerado como un igual, aun si es inferior. Por eso la batalla tiene reglas. Los juegos basados en las guerras napoleónicas difieren en mucho de los juegos basados en la guerra actual y no hace falta decir por qué. No hace falta señalar la diferencia entre un tablero donde se ordenan batallones (flanco derecho, flanco izquierdo) y una mira con un punto rojo y figuras que se estrellan en sangre en una fracción de segundo.

Entonces la batalla, decíamos, implicaba reglas, reglas que el comodoro Purvis infringía, cuenta De Angelis. Pero la existencia de reglas implica, decíamos también, un otro, un adversario. Se mata, pero aquel a quien se mata tiene defensa. Cuando hay matanza no hay reglas, el otro existe sólo como víctima. Es la principal condición del genocidio: su ausencia de reglas. Por eso hoy no tenemos a Clausewitz ni a De Angelis, tenemos clamores indignados o relatos estúpidamente fascinados que convierten en insultos las imágenes en vivo y en directo del crimen y la tragedia.

Esos tiempos de salvajes unitarios y salvajes federales, corsarios italianos y piratas ingleses, por no hablar de franceses brutales, tienen mucho que enseñarnos.