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lunes, 13 de abril de 2026

El Facundo y el Martín Fierro - Sarmiento - Hernández - Borges - Larriqueta - Picotto

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.




En la revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 58, de enero/marzo 2000, fue publicada la siguiente carta del Sr. Enrique Picotto, dirigida al entonces funcionario Sr. Larriqueta, por el cuál este último afirmaba que el libro nacional debería haber sido el Facundo y no el Martín Fierro tal como lo propiciaba Borges.





Martes, 15 de febrero de 2000

Estimado Sr. Larriqueta:

He leído su nota de hoy en “La Nación” y estoy en principio de acuerdo con su enunciado: no puede haber política sin cultura. No obstante, al proseguir con su análisis, esta epigramática sentencia pareciera cobrar visos de perogrullada.

Uno de los males que aqueja a la Argentina es la extensión y uno de los que aquejan a los mortales que en ella viven es la mentira. Su culto entre nosotros tiene tradición, Sr. Larriqueta —no sé  si sabrá jugar al truco— y quienes mejor practicaron ese culto, que en el truco es pintoresco y hasta inocente llegaron a ocupar los cargos más elevados sin exceptuar la Presidencia de la Nación.

Dice Ud.

“No en vano nuestro contemporáneo Borges abogó por que el libro nacional fuese el Facundo en lugar del Martín Fierro. Borges conocía con penetración ejemplar ese papel cimentador de la cultura, que con su acción leal y profunda termina condicionando la política”.

También opinó este, nuestro contemporáneo, que mejor sería para los niños del Litoral aprender latín que guaraní, con lo que demostró que su sabiduría, si bien grande, no pasaba de ser libresca. Si Borges sabía latín, con toda seguridad desconocería el guaraní y toda su importancia sociológica. Todo era cuestión de que en Taragüí sepan latín y que en Ataminski dejen de hablar el quichua, y listo el pollo: ya tenemos cultura. Disponer morir y ser inhumado bien lejos de la Argentina indica acaso el amor y apego que Borges sentía por nosotros. De la consustancialidad de estas grandes figuras con nuestra realidad nacional nos dice Ernesto Sábato:

“[...] Yo no fui antiperonista por defender los privilegios, sino porque no podía soportar el despotismo y la expulsión de maestras y profesores por no someterse a las directivas del gobierno. En aquel movimiento hubo un justificado anhelo de justicia y de dignidad, frente a una sociedad fría y egoísta que explotaba a los pobres de la manera más denigrante, esclavizándolos en esa especie de campos de concentración que eran los yerbales y los quebrachales.

Mientras tanto muchos intelectuales [¿Ocampo, Borges & Co.?], en lugar de responder al drama de estos hombres, se habían entregado a sus propios y mezquinos intereses.

A todos estos desamparados, como los llamó Evita, que luchó verdadera y heroicamente por ellos, los supo movilizar Perón. Medio siglo después, la desvaída foto de Evita preside, junto a la de la Virgen, los hogares más pobres del país. Simboliza la devoción y la gratitud por aquellos años únicos de prosperidad y respeto para los más humildes. Con los errores que todos conocemos, hubo allí gente tan honrada como Scalabrini y Jauretche, de quienes fui amigo [...].

Antes del fin

Hermosa confesión, pero volvamos a la mentira; a la que va implícita al anteponer el Facundo al Martín Fierro, con lo que tocamos entonces nuestra gran “problemática”: unitarios y federales. Porque unitario era Sarmiento y Hernández, federal.

¿Y quién miente más aquí, Sr. Larriqueta: el unitario o el federal?

Si se trata de abogar como lo hizo Borges, no hay duda de que éste se decidió por la mentira al preferir el Facundo al Martín Fierro. Se sabe muy bien que el último es un relato épico, acaso toda una epopeya; que su protagonista no existió, que muchos de sus pasajes tienen sabor oriental o riograndense, pues su mayor parte no se escribió en la Argentina sino en el exilio, o en el más abnegado ostracismo, que dice Ud. conocer:

“La fidelidad a las ideas democráticas me llevó al ostracismo —dentro y fuera de la Argentina— y también a destacadas funciones de gobierno, en particular durante la presidencia del Dr. Raúl Alfonsín”. Daniel Larriqueta, Nueva Mirada a la Historia, “Universidad y Encuentro”, 14.11.96.

No dejo de ver aquí un parangón con las tan conocidas “cárceles y cadenas” —esta vez en versión radical— que habrá sabido Ud. también “perdonar” al dictador de turno.

Más volviendo al Martín Fierro, está muy lejos de ser una mentira. Pero el Facundo, recomendado por Borges e indirectamente por Ud., fue desde su nacimiento una falacia que se presentó intencionadamente como realidad, y así lo afirmó su autor. Decía Sarmiento en carta al general Paz del 22 de diciembre de 1845, que acompañaba al ejemplar de Facundo que le obsequiaba:

“Remito a S. Excia un ejemplar de Facundo qe e escrito con el objeto de favorecer a la revolucion y preparar los espíritus. Obra improvisada, llena por necesidad de inesactitudes, a designio a veces, no tiene otra importancia qe la de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo, i preparar otro nuevo”.

Esta obra improvisada, llena por necesidad de “inesactitudes, a designio a veces, que no tiene otra importancia qe la de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo”, fue lectura recomendada y en parte obligatoria de seis generaciones de argentinos y esta traducida a varios idiomas, entre ellos al latín (pero no creo que al guaraní):

“Umbram Facundi tembilem evocabo

Ut cruentum excutiens pulverem

Qui cineres tuos velat eriges...” (1)

Hasta ahora no voy citando nada menos que al mismo Sarmiento, (y brevemente a Ud.), quien defendiéndose de las “inesactitudes”, del Facundo decía: “Cuando hay que mentir, se miente”, afirmación que ratifica en carta a Rafael García del 28 de octubre de 1868:

“Si miento, lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la veracidad”. Acotemos que en esa fecha Sarmiento era ya presidente de la Nación. Figúrese Ud., Sr. Larriqueta, a Fernando de la Rúa escribiendo algo similar. Realmente, no lo podría creer, puesto que lo conozco de épocas en que éramos todavía jóvenes, cuando salió a la liza en defensa de Latella Frías, a quien quizá Ud. recuerde, allá en la Docta de 1953, en tiempos aciagos de la “segunda tiranía”.

Sobre Sarmiento dice Juan Bautista Alberdi, analizando el Facundo en su trabajo “Facundo y su biógrafo” (1880):

“[...] Es el primer libro de historia que no tiene fecha ni data para los acontecimientos que refiere. Es verdad que esa omisión procura al autor una libertad de movimientos muy confortable, por la cual avanza, retrocede, se detiene, va para un lado, vuelve al lado opuesto, todo con el método lógico con que un pescado rompe la onda del mar, o una mosca la del aire”.

Modelo incomparable de pedantismo y de charlatanerismo, en que el autor cree de necesidad empezar por una introducción, una dedicatoria, capítulos preliminares sobre el suelo, clima, razas, costumbres, caracteres, industrias, para contar y explicar la vida de un caudillo de una provincia, de un país sin unidad, ni gobierno, ni intereses generales de ninguna especie.

“[...] ¿Qué idea tiene de la civilización este autor de Civilización y Barbarie? La civilización, para él, es estar solo en las ciudades, porque, según él, consiste en el traje, en las maneras, en el tono, en los modales, en los libros, en las escuelas, en los juzgados.

[...] El libro no me inspira respeto; el autor no me interesa mucho como hombre de libertad. El libro es pernicioso, como calumnia y sátira contra la República Argentina y su sociedad; y como manual, que es de los caudillos y del caudillaje, está lleno de máximas inmorales y maquiavélicas, y de herejías contra la República Argentina.

[...] Lejos de ser las campañas argentinas las que representan la barbarie, son ellas, como lo hemos notado ya, las que representan la civilización del país, expresada por la producción de la riqueza rural, en que la riqueza del país consiste.

El obrero productor de esa riqueza, el obrero de los campos, es el gaucho, y ese gaucho a que Sarmiento llama bárbaro, comparable al árabe y al tártaro del Asia arruinada y desierta, representa la civilización europea mejor que Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio, que vive como un doméstico de los salarios del Estado, su patrón[...].”

Estas no son palabras del revisionismo, Sr. Larriqueta, sino de un unitario. ¿Y esta obra nos recomienda Borges en lugar del Martín Fierro, al igual que el latín en vez del guaraní? ¿Sabría de qué estaba hablando...? Como no era inadvertido, debió haberlo sabido. Podría inferirse entonces que acaso compartiera el culto a la mentira con el ilustre sanjuanino, “maestro de América y padre del aula”: ambos argentinos hasta la muerte, que para ese trance eligieron uno la Asunción que había ayudado a destruir y el otro su añorada Confederación, la Helvética.

Cordiales saludos

Enrique C. Picotto 

D - 71067 Sindelfingen –Alemania

Otrosi: Ceterum (2), ¿leyó Ud. el Facundo con algo de atención alguna vez...? Reparo, por ejemplo, en este pasaje del Cap. I, donde habla de la pasta de que estaban hechos los soldados argentinos...?

“Añádase que desde la infancia están habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria los familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece el corazón contra los gemidos de las víctimas”.

¿Cómo concilian entonces esos pensamientos con estas otras “ideas” dirigidas por Sarmiento a Mitre?:

“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”. Archivo Mitre, IX, 360, carta de Sarmiento, 20.09.1861.

Los pobres soldados no habrán podido quizá “con el genio”, pero Sarmiento hablaba francés e inglés, dicen, y se piensa que tenía cultura. Así como Borges sugería el Facundo como libro nacional, debería haber propuesto igualmente mencionar las demás citas, de las que hay muchísimas, y no tratar de ofrecer solo un Sarmiento ad usum Delphini (3), pues eso es también mentir. Y de la mentira no habría que hacerse eco, Sr. Larriqueta.

Otra cosa: sus apreciaciones y estilo en “Nueva Mirada a la Historia” me trajeron a la memoria al amigo de Ernesto Sábato, don Arturo Jauretche. ¿Leyó Ud. de él por casualidad “El medio pelo...”? Vale.


Significado de las palabras en latín:

(1) "Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas..."

(2) Por lo demás

(3) para uso del Delfín

martes, 3 de diciembre de 2024

Sarmiento - La Nación - Carta de Chiviló

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.
A fines de abril de 2014, en un acto en la ciudad de Piriápolis, Uruguay, el Ministro de Defensa Eleuterio Fernández Huidobro se refirió a la historia argentina, en un discurso, donde expresó que Domingo Faustino Sarmiento, fue "un grandísimo hijo de puta" debido a que promovió la matanza de gauchos "diciendo que eran un buen abono para las pampas". La noticia fue publicado por todos los diarios y comentados en radio y televisión.
En algunos diarios hubo cartas de lectores, que se refirieron al tema y criticaron los dichos del Ministro.
A continuación una de las cartas publicadas en el diario La Nación y mi contestación publicada también en ese matutino


CARTA PUBLICADA EN EL DIARIO LA NACION, EL 3 DE JUNIO DE 2014


SARMIENTO

La Asociación Sarmientina no ha podido permanecer ajena al agravio que, semanas atrás, perpetró el ministro de Defensa de la República Oriental del Uruguay contra la memoria del prócer argentino Domingo Faustino Sarmiento. Tamaña ofensa amerita, necesariamente, volver la vista a la acción de Sarmiento como educador, escritor, político, humanista y presidente de la Argentina. En esta carta sólo manifestaremos, como acto de reparación, la reflexión que el propio Sarmiento ofreció al pueblo uruguayo un día de 1887: "Me complazco en repetirme que orientales es un calificativo de argentinos. Ese Mar Dulce, como lo llamó Solís, lejos de separarnos, tiende sus brazos a ambos lados de su lecho, para pasar sobre su blando y ondulado seno".

Cabe recordar que el féretro que encerraba los restos de Sarmiento arribó a la Argentina proveniente del Paraguay cubierto, por expresa disposición del prócer, de las banderas de aquellas naciones que habían recogido su lucha en pos de una América mejor, los pabellones argentino, uruguayo, chileno y paraguayo.

Mónica Dacharry Sánchez

Presidenta Asociación Sarmientina

DNI 3.179.780


CARTA PUBLICADA EN EL DIARIO LA NACION, EL 8 DE JUNIO DE 2014


SARMIENTO

Días atrás leí la carta de lector que remitió la señora Dacharry Sánchez, presidenta de la Asociación Sarmientina, relacionada con los dichos del ministro de Defensa uruguayo sobre Sarmiento, que ella califica como "agravio" y "tamaña ofensa".

Las palabras recordadas por el ministro como dichas en su momento por Sarmiento ("...no ahorre sangre de gauchos...") fueron verdaderas y decir la verdad no es ofender ni agraviar a nadie. Decía Artigas que "con la verdad no ofendo ni temo" y creo que ello es el centro de la cuestión.

Al recordar el ministro uruguayo esas palabras de Sarmiento, a nadie ofendió ni menos aún agravió. Lo que sí resultaron una calamidad fueron las palabras de Sarmiento.

Norberto Jorge Chiviló

DNI 8.260.897

martes, 1 de marzo de 2016

Crítica de Sarmiento a los carnavales porteños

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año X N° 38 - Marzo 2016 - Pags. 15 y 16 

 Bicentenario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América  el  9 de Julio de 1816  


Carnaval en la época de Rosas

Crítica de Sarmiento a los carnavales porteños

Pa los carnavales
Pa los carnavales. Florencio Molina Campos


El 10 de febrero de 1842, salió publicado en "El Mercurio" de Santiago de Chile, un artículo de Domingo F. Sarmiento, con el título "Los postreros días", en el cual hace una crítica a los carnavales de Buenos Aires.

"…Buenos Aires ha sido más feliz que nosotros en este punto, pues libre de innovaciones y de novedades, gracias al buen sentido de la restauración, y persuadida por conducto de su ilustre restaurador, que es el conducto legal y natural por donde se manifiesta la persuasión y la voluntad del pueblo, que el Carnaval es una necesidad imperiosa, una santa y cristiana costumbre, un goce sabroso de que no debe defraudarse a la sociedad, le ha dado fuerza de ley, y se le han impuesto reglamentos y condiciones que lo hacen la cosa más cómoda y agradable al mismo tiempo. A las nueve de la mañana suena un cañonazo en el fuerte, que prolongan los ecos como si se abrieran las puertas del infierno; mil gritos de alegría resuenan por todas partes, y el pueblo en masa se arroja tumultuariamente a las calles, ostentando la agradable y variada mezcla de negros, mujeres, niños, cargadores y jóvenes, de todas clases y condiciones, que se aprestan gozosos a los porfiados y reñidos combates que les aguardan. Las canastas de huevos, de aguas olorosas o hediondas, según las pida el marchante, proveen a todos de certeros misiles, y las jeringas y bolsas hacen el papel de cañones y metralla. Desgraciado el paquete, el magistrado, el tirano mismo, si intentasen cruzar las calles con fraques a la parisiense, o con vestidos de gala. El pueblo soberano, el pueblo degollador, no gusta de estas modas y esos fraques que se quieren elevar sobre el pueblo de chaqueta, y el pueblo compadrito. El sentimiento de la igualdad ultrajado se sublevaría a la vista de estos trajes europeos, y haría llover sobre ellos para humillarlos y hacerlos descender a la igual condición del pueblo, millones de huevos que se estrellarían en los hocicos, en los ojos, en la frente, en el pecho, en todas partes en fin, haciendo destilar de la aturdida persona anchos chorros de agua, de fango, de clara de huevo y de inmundicia. Y cuidado con enojarse, ni manifestar la más ligera señal de disgusto, porque entonces sería declarado canónicamente unitario, asqueroso, inmundo, y nadie respondería de que volvería a ponerse otra vez el provocativo fraque, ni los ajustados calzones. Principiada la general batahola, cada casa se convierte en una fortaleza, cada calle en un cerco formidable de sitiadores. De las azoteas llueven, como de otras tantas almenas, furibundas granizadas de huevos y cubos de agua que bañan una circunferencia de cuatro varas de la calle; y no faltan osados que apliquen escalas a las murallas para alcanzar en las ventanas y sobre las planas techumbres a las atrincheradas bellezas. Si un inglés acierta a pasar en estos momentos de lucha, no puede desechar el recuerdo de otro carnaval en que, en el año de 1806, hizo llover más chaya sobre sus cultas personas, que la que era de esperarse de un pueblo que, según nos lo asegura Walter Scott, en su historia de Napoleón Bonaparte, usa por todo amueblamiento en sus casas, cabezas de vaca y cueros colgados en lugar de puertas. Los jóvenes aguzan su ingenio en inventar aparatos y máquinas para diluviar los húmedos proyectiles sobre los ya empapados pasantes. De repente un espantoso estruendo viene a estallar sobre sus cabezas, como una granada que revienta; el asustado transeúnte mira despavorido hacia arriba y descubre entonces, en una bolsa que van izando y en la que aun suenan con el movimiento los tarros, piedras y morralla (1) que contiene, la causa ocasional de su alarma. Si hay algo tirado en el suelo, guárdese de levantarlo, es una red para estimularlo a agacharse y descargarle un gatazo (2) en la encorvada espalda. Se ve a veces en una esquina un enorme cartelón impreso, en que la tipografía ostenta sus más raros y abultados caracteres, y en el que se anuncian maravillas en estilo bufo y altisonante; los transeúntes se agrupan a imponerse de su contenido, hasta que un gordo chorro de agua disparado de una ventana fronteriza viene a aleccionarlos y hacerlos menos curiosos. Un tambor os acompaña, a veces por todos los extremos de la ciudad, y donde quiera que vayáis, oiréis a vuestro lado el eterno redoble de la diana que no cesará por más que corráis y os enojéis, mientras no busquéis en vuestra faltriquera (3) razones que lleguen al corazón de un tambor.

La bulla es infernal, la alegría está pintada en todos los semblantes, y la muchedumbre se explaya, viéndose entonces libre, igual, rotas todas las vallas, allanadas las pretensas jerarquías, y vengándose a sus anchas del trabajo diario, y los respetos y miramientos que los patrones y la necesidad le imponen.

Pueblo belicoso, poeta, alegre y bullanguero, se abandona con entusiasmo a esta incruenta guerra civil, a este simulacro de las luchas en que ha vivido siempre. Pero el cañón del fuerte suena y todos interrumpen su ataque o su defensa; el huevo que está en la mano a punto de ser lanzado vuelve al pañuelo de donde salió; las tinas de agua se vacían para meterlas al interior; las azoteas se despueblan, y el pueblo entra en sus domicilios, sin atreverse a importunar a nadie, sin dar voces ni tirar misiles. Las petimetras que hablan aprovechado la tarde para hacer su elegante, aunque .sencilla toilette, no bien oyen el cañonazo, que se presentan en revista en las humedecidas puertas, e infeliz de aquel que osase echar una ligera gota de agua en el blanco vestido de una niña, o en la lustrosa bota del pisaverde (4); no habría más que probar que había sido un segundo después del cañonazo de la tarde, para que la policía le echase el guante y le escarmentase severamente…"

Fuente: Obras de Domingo Faustino Sarmiento, T° 1, "Artículos críticos y literarios, 1841-1842". Félix Lajouane Editor, Buenos Aires, 1887.

Referencias

1. Morralla: Conjunto o mezcla de cosas inútiles y despreciables.

2. Gatazo: Engañar, timar.

3. Faltriquera: Bolsillo de las prendas de vestir. Bolsa de tela que se ata a la cintura y se lleva colgando bajo la vestimenta.

4. Pisaverde: Hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos.