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viernes, 19 de junio de 2026

Filiación Ideológica de la Revolución de Mayo - Vicente D. Sierra - Juntas en España y América

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En esta oportunidad publicamos en forma facsimilar La Filiación Ideológica de la Revolución de Mayo, transcripción de una conferencia dada por Vicente D. Sierra en 1960.

Revolución de Mayo


Vicente D. Sierra

Las Juntas

Las Juntas en América

La invasión napoleónica en España

Napoleón y España

La Junta de Cádiz

Fernando VII

Carlos IV

Invasión a España

la tendencia religiosa en la Primera Junta

Invasión de Napoleón en España

Fernando VII

Juntas en América

Junta Provisoria a nombre de Fernando VII

Juntas en América

Cabildo Abierto del 22 de mayo

Juntismo en España

Invasión napoleónica a España

Juntas en España y América

Carlos IV y Fernando VII


Vicente D. Sierra

lunes, 3 de abril de 2023

Moreno - Plan Revolucionario de Operaciones

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

163

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 20 de mayo de 2007, se públicó en el suplemento Memoria del país "La revolución de Mayo" del diario La Prensa, sobre el Plan de Operaciones redactado por Mariano Moreno.

 Moreno trazó el plan de operaciones 

El siguiente texto es parte del ‘Plan Revolucionario de Operaciones’, concebido y redactado por Mariano Moreno y que representa uno de los documentos históricos más importantes de 1810

Moreno, Plan de operaciones
Mariano Moreno en su mes de trabajo. Óleo de Subercaseaux. 1908

“Señores de la Excelentísima Junta Gubernativa de las Provincias Unidas del Río de la Plata
“Volar a la espera de la alta y digna protección de V.E. los pensamientos de este Plan, en cumplimiento de la honorable comisión con que me he honrado, si no es ambición del deseo, es a lo menos un reconocimiento de gratitud a la Patria; ella solamente es el objeto que debe ocupar las ideas de todo buen ciudadano, cuya sagrada causa es la que me ha estimulado a sacrificar mis conocimientos en obsequio de su libertad, y desempeño de mi encargo. Tales son los justos motivos que al prestar el más solemne juramento ante ese Superior Gobierno hice presente a V.E., cuando, en atención a las objeciones que expuse, convencido de las honras, protestó V.E. que nunca podrían desconceptuarse mis conocimientos, si ellos no llegaban a llenar el hueco de la grande obra.
“En esta atención y cumplimiento de mi deber, sería un reo de lesa patria, digno de la mayor execración de mis conciudadanos, indigno de la protección y gracias que ella dispensa a sus defensores, si habiéndose hecho por sus representantes en mi persona, la confianza de un asunto en que sus ideas han de servir para regir en parte móvil de las operaciones que han de poner a cubierto el sistema continental de nuestra gloriosa insurrección, no me desprendiese de toda consideración aun para con la Patria misma, por lisonjear sus esperanzas con la vil hipocresía y servil adulación de unos pensamientos contrarios, que en lugar de conducirla a los grandes fines de la obra comenzada, sólo fuesen causa de desmoronar los débiles cimientos de ella; y en esta virtud, el carácter de la comisión y el  mío, combinando un torrente de razones,  las más sólidas y poderosas, uniformando sus ideas, me estrechan indispensablemente a manifestarme con toda la integridad propia de un verdadero patriota.
“La verdad es el signo más característico del hombre de bien; la resignación, el honor y la grandeza de ánimo en las arduas empresas, son las señales más evidentes de un corazón virtuoso, verdadero amante de la libertad de su patria; tales son los principios que me he propuesto seguir para desenvolver el cúmulo de reflexiones que me han parecido más conducentes para la salvación de la Patria, en el presente plan, sin que preocupación alguna política sea capaz de trastornar ni torcer la rectitud de mi carácter y responsabilidad.
“El emprendimiento de la obra de nuestra libertad, a la verdad, es tan grande, que por su aspecto tiene una similitud con los palacios de Siam, que con tan magníficas entradas, no presentan en su interior sino edificios bajos y débiles; pero la Providencia que desde lo alto examina la justicia de nuestra causa, la protegerá, sin duda, permitiendo que de los desastres saquemos lecciones las más importantes. Porque aunque algunos años antes de la instalación del nuevo gobierno se pensó, se habló, y se hicieron algunas combinaciones para realizar la obra de nuestra independencia; ¿diremos que fueron medios capaces y suficientes para realizar la obra de la independencia del Sud, pensarlo, hablarlo y prevenirlo? ¿Qué sacrificios hemos hecho, ni qué emprendimientos, que sean suficientes para que podamos tributarnos loores perpetuos por la preferencia de la primacía? ¿Qué planos y combinaciones han formado más laboriosas áreas, para evitar que se desplome un edificio que sin pensar en la solidez que debe estribar sus cimientos, queremos levantar con tanta precipitación? Permítaseme decir aquí, que a veces la casualidad es la madre de los acontecimientos, pues si no se dirige bien una revolución, si el espíritu de intriga y ambición sofoca el espíritu público, entonces vuelve otra vez el estado a caer en la más horrible anarquía. Patria mía, ¡Cuántas mutaciones tienes que sufrir!.
“La moderación fuera de tiempo no es cordura, ni es una verdad; al contrario, es una debilidad cuando se adopta un sistema que sus circunstancias no lo requieren; jamás en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada por los gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pensamiento de un hombre que sea contrario a un nuevo sistema, es un delito por la influencia y por el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable.
“Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentado sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos; pudiera citar los principios de la política y resultados que consiguieron los principales maestros de las revoluciones, que omito el hacerlo por ser notorias sus historias y por no diferir algunas reflexiones que se me ofrecen acerca de la justicia de nuestra causa, de la confianza que debemos tener en realizar nuestra obra, de la conducta que nos es más propicia observar, como igualmente de las demás máximas que podrán garantizar nuestros emprendimientos”.

sábado, 30 de julio de 2022

Juan Larrea - Omar López Mato

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


Encontramos un artículo muy interesante publicado en la columna Umbrales del Tiempo del diario La Prensa del 26 de diciembre de 2010.

Juan Larrea el financista de la Revolución de Mayo
por Omar López Mato

Revolución de Mayo
El catalán era ducho para los negocios, qué duda cabe. Había llegado al país junto a su madre viuda y un modesto capital. Al cabo de diez años, gracias a sus habilidades, se había hecho de un buen capital. Se hablaba de 200.000 pesos, aunque esas cosas nunca se saben. Sus negocios se extendieron por las provincias y allende los mares porque además fue armador. En 1806, junto a Nadal y Alaguer, crearon el Batallón de Voluntarios Catalanes, luciéndose en la guerra contra los ingleses, tanto en la primera como durante la segunda invasión. Para entonces ya lucia los galones de capitán. En 1809 adhirió a la Revuelta de Álzaga, pero al fracasar esta fue condenado al exilio. No sería el último.
Pocos meses después recuperaba el puesto de síndico del Cabildo.
De allí en más frecuentó a los gestores de los días de Mayo en las reuniones que realizaban en la quinta de Rodríguez Peña, aunque no asistió al Cabildo del 22. Sin embargo, fue incluido en la Primera Junta por sus dotes de financista y sus aceitadas relaciones con comerciantes ingleses y franceses. Junto a Manuel Sarratea se encargó de proyectar un nuevo reglamento de comercio. Asistió a Mariano Moreno en sus tareas y solía acompañarlo en sus largas jornadas. Con él asistió a la celebración por la victoria de Suipacha, que terminó con la corona de azúcar sobre la testa de Saavedra y ese famoso “Ni ebrio ni dormido”. Al igual que otros miembros de la Junta había renunciado a su sueldo y de su propio peculio saldaba algunos gastos del incipiente gobierno patrio. Por otro lado, fue acusado de beneficiarse con el viaje en el que Cisneros volvía a España para aprovechar el flete a fin de enviar sus mercaderías a Europa. Destituido después de la Revolución de los Orilleros, fue preso a Luján y más tarde confinado a San Juan hasta 1812.
El ascenso de sus aliados como integrantes del Segundo Triunvirato le otorgó nuevo protagonismo participando en el Congreso de 1813. Fue triunviro en reemplazo de José Julián Pérez y ministro de Hacienda durante el directorio de Posadas. Preocupado por conquistar a la vecina Montevideo, a fin de alejar la amenaza del poderío español sobre las costas patrias, Larrea concentró todos sus esfuerzos en la formación de una escuadra nacional. Esta, dirigida por el almirante Brown, coronó sus esfuerzos con la victoria de Buceo. Sitiados por tierra y por mar, Montevideo no tuvo otra alternativa más que rendirse ante las tretas de Alvear.
Después de la Revolución de 1815 pesaron sobre Larrea graves acusaciones, como la de contrabando, la de deber cánones aduaneros (230.000 pesos según algunas fuentes) y haber vendido con suculentos sobreprecios armas al ejército nacional. Los sables se vendían con ganancias del 500%, o al menos eso decían los enemigos del financista, que no dudaron en apresarlo y encerrarlo engrillado por “delitos de facción”. A raíz de este juicio sus bienes fueron expropiados y Larrea, una vez más, debió seguir el camino del exilio. Esta vez cambió la aridez cuyana por el glamour de Bourdeos, ciudad donde trató de rehacer su patrimonio, sin fortuna. La Ley del Olvido de 1822 (ya precozmente en nuestra historia patria debemos recurrir a la amnesia) le permitió un regreso con gloria, ya que gracias a las relaciones adquiridas en Francia pudo establecer una línea de vapores con sede en Le Havre. Sin embargo, y a pesar del comienzo auspicioso, la empresa terminó en fracaso. De los vapores pasó al saladero. En 1828 Dorrego lo nombró cónsul en Francia y hacia allá se dirigió para volver un año más tarde con el Acta de Reconocimiento de nuestra independencia por el país galo.
La llegada al poder de Rosas le complicó las cosas al catalán. Evidentemente el Restaurador lo tenía entre ceja y ceja. Las continuas multas e impuestos gravosos que debió soportar llevaron a la quiebra sus negocios.
Larrea no pudo tolerar este nuevo fracaso, viejo y deprimido se cortó el cuello con una navaja. “¡Pobre las Larrea!”, exclamó Margarita Sánchez de Mendeville al enterarse del desenlace final.
El cuerpo de Larrea fue enterrado en el Cementerio de la Recoleta en un lugar no precisado, con el tiempo se ha extraviado. Los diario de la época no dieron cuenta de su muerte. Larrea había sido olvidado hacía tiempo, aunque fuera, en opinión de Vicente Fidel López, “el financista más hábil de su tiempo”.

jueves, 28 de julio de 2022

Cabildo Abiero del 22 de Mayo - Obispo Lué - Castelli - Omár López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del escritor Omar López Mato,  aparecido en el diario La Prensa del día 16 de mayo 2010, en la columna Umbrales del tiempo.

 Los días de Mayo

por Omar López Mato

Cabildo Abierto del 22 de Mayo
Obispo Benito Lué y Riega ( 1753 - 1812 )


El Cabildo Abierto del 22 de mayo comenzó a las nueve de la mañana en punto; entonces se repartió una proclama que fue leída por el actuario. Después de esta lectura se adoptó el sistema de fijar una proposición para absorberla respectivamente y acordar la siguiente.
El primer voto correspondió al obispo Lué, que ocupaba un estrado rodeado de sus acólitos. Todos escucharon la exposición del obispo, un personaje poco querido por sus feligreses debido a su carácter fuerte y espíritu poco diplomático.
El historiador Vicente Fidel López, que tuvo referencia de este episodio por su padre -el autor de nuestro Himno Nacional- concurrente al congreso general del 22 de mayo, pinta en páginas animadas la escena del discurso impertinente del obispo: “Habló con voz trémula, como si estuviese conteniendo su natural, conocidamente rudo y grosero -y olvidado de toda prudencia-, para defender al virrey cayó en el tema más desventurado con modales y palabras agresivas, dijo que estaba asombrado de que hombres nacidos en una colonia se creyesen con derecho de tratar asuntos que eran privados de los que habían nacido en España, por razón de la conquista y de las bulas que los papas habían declarado que las Indias eran propiedad exclusiva de los españoles; dijo que era un desacato insolente ese de querer negarle a la ciudad de Cádiz el derecho de imponer un gobierno general de las Indias. Desconocer la Regencia que allí se había erigido era un crimen de alta traición: porque mientras quedara un punto libre de la España en donde se defendiera la causa del rey cautivo, aunque no fuese más que un pedazo de tierra o una aldea, ese pedazo de tierra o aldea, por pequeña que fuera, tenía el derecho innegable de tomar el nombre del soberano, para crear un gobierno provisional, y para nombrar o autorizar todos los empleados y virreyes que debían gobernar las colonias; los americanos tenían la obligación natural y canónica de obedecerlos, y dado el caso de que toda la península cayese en poder de los malditos franceses, los españoles, que en América estuviesen constituidos en dignidad, por sus empleos civiles y eclesiásticos, eran los únicos que tenían derecho a concertarse, para erigir el gobierno que debía conservar estos dominios a S.M. Fernando VII o a sus sucesores”.
La indignación de los patriotas ante la manifestación poco feliz del obispo fue inmediata. Se escucharon gritos entre la concurrencia. El fiscal Villota, temiendo que se produjera un escándalo, o que la multitud, que esperaba ansiosa en la plaza, incurriese en actos de violencia, pretendió intervenir en el debate pero terció entonces el doctor Castelli. Mientras en la plaza se escuchaban gritos: ¡Abajo Cisneros!
El orador se paró sobre una banca y con voz de trueno dijo que según el señor obispo, los españoles que habían conquistado y poblado a la América no habían engendrado hombres sino carneros, puesto que los nacidos de esos padres eran simple cosa semoviente, simples siervos de los nacidos en España de otros padres, y no hijos ni herederos de los españoles de América. Entretanto, los que se habían quedado en España, ni habían conquistado, ni habían poblado; mientras que los que habían tenido hijos en América eran quienes ocupaban el país. “El señor Lué nos trae una novedad: los hijos no heredan a sus padres; los extraños, los prójimos, los mercaderes que no han hecho jamás otras cosa que chupar el jugo de nuestra tierra, esos son los herederos; aquí no hay más herederos ni más conquistadores que nosotros, es falso que el derecho de disponer de nuestra herencia, hoy que la madre patria ha sucumbido, pertenezca a los españoles de Europa y no a los americanos”. Grandes aplausos, dice López, ahogaron la voz del orador, quien rebatió al obispo la teoría del derecho de conquista, diciendo que según tal argumento, en cuanto Napoleón se apoderase de España, habría que reconocerle el derecho de apropiarse también de América, y agregó: “Los españoles de España han perdido su tierra; los españoles de América tratan de salvar la suya. Los de España, que se entiendan allá como puedan; los americanos sabemos lo que queremos, lo que podemos y a donde vamos”. Terminó su discurso con una proposición imprudente, la primera fórmula que no fue aceptada: subrogar a la autoridad de virrey, dependiendo de la Metrópoli si ésta se salva, o independiente de ella si queda subyugada. Los mismos americanos consideraron demasiado avanzada esta proposición que ponía en descubierto sus intenciones antes de conseguir el poder.
Antonio de Escalada trató de apaciguar los ánimos, mientras seguían oyéndose claramente los gritos de la calle: ¡Abajo Cisneros!

viernes, 10 de junio de 2022

Revolución de Mayo - Cornelio Saavedra

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la revista El Tradicional  N° 95 de mayo-junio de 2010, se publicó un interesante artículo sobre Cornelio Saavedra.




Bicentenario

Cornelio Saavedra y la impronta militar de la Revolución de Mayo 

por Ismael Pozzi Albornoz (Magister en Historia de la Guerra)

 

Revolución de Mayo
Cornelio Saavedra

EI martes 31 de marzo de 1829 los habitantes de Buenos Aires conocieron que dos días antes había dejado de existir quien fuera principal protagonista de los sucesos de Mayo de 1810. En su edición de aquella fecha “El Tiempo” publicó este escueto suelto: “A las ocho de la noche del domingo murió repentinamente el brigadier general Cornelio de Saavedra. Los buenos patriotas deben sentir su pérdida, por los servicios que aquel ciudadano ha prestado al país”. Así, en apenas tres líneas, se anoticiaba el final de uno de los prohombres de nuestra nacionalidad. Ningún acto oficial hubo ni tampoco rendición de honores, pues por entonces los asesinos de Manuel Dorrego usurpaban el poder y su política era una continuación ideológica de la que, a su tiempo, había inaugurado Mariano Moreno, visceral enemigo del difunto que había truncado su alocado proyecto político de una transformación sangrienta como el mismo Saavedra, en carta del 15 de enero de 1811 a Feliciano Chiclana, lo ratifica con estas palabras “...el sistema robespierrano que se ha querido adoptar en ésta, y la imitación de la Revolución Francesa que se intentaba tener como molde, gracias a Dios ha desaparecido” no obstante, aquella conducta jacobina alcanzó para cobrarse la vida de Santiago de Liniers y sus compañeros. Por lo demás, el silencio ominoso frente al óbito del ejemplar patriota obedecía también a que se buscaba desdibujar en los relatos de los sucesos de 1810 la fundamental intervención que en ellos tuvo el estamento militar encarnado por Saavedra, sosteniendo que dicho proceso fue obra de un grupo intelectual imbuido por aquel ideario y que su protagonismo operó: como un verdadero acicate del mismo. Y esto, conviene reiterarlo, fue lo que más tarde la historia liberal impuso como paradigma de enseñanza, partiendo del parcial relato de los hechos que Bartolomé Mitre plasmó en sus libros (“Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”), prolijamente distorsionado más tarde por Vicente Fidel López en los suyos (“Evocaciones Históricas”) y definitivamente canonizado, a partir de 1893, en los “manuales” de estudio escritos por Alfredo Bartolomé Grosso. De tal suerte la fabulación sustituyó a la verdad en una progresión de mentiras, que iba desde la jocosa de los paraguas en aquel día “que amaneció gris y lluvioso”, a la voluntariosa de las “cintas celestes y blancas” repartidas por French y Beruti, para concluir con la dañosa que exaltaba como motor revolucionario, y cito a Mitre, “...al pueblo de la plaza pública, que no discute pero que marcha en columna cerrada apoyando y a veces iniciando por instinto los grandes movimientos que deciden de sus destinos”. Felizmente, todos esos macaneos no quedaron impunes y tuvieron su oportuna rectificación a partir de investigaciones serias y responsables realizadas por figuras señeras como Gustavo Martínez Zuviría con su inigualable “Año X” y Roberto H. Marfany con la saga iniciada por “La Semana de Mayo. Diario de un testigo” y concluida con “Episodios de la Revolución de Mayo”. En la línea de pensamiento de esos verdaderos maestros realizamos hoy este modesto aporte.

Un potosino notable

Pero volviendo a lo anunciado en “El Tiempo” ¡quién era ese al que “los buenos patriotas” debían llorar como una pérdida? Una rápida semblanza lo señala como oriundo de Potosí, más precisamente de Santa Ana de Otuyo, en cuya iglesia recibió las aguas bautismales el 20 de febrero de 1761. Seis años después sus padres, don Santiago Saavedra y doña Teresa Rodríguez, resolvieron afincarse en Buenos Aires trayendo con ellos al pequeño Cornelio Judas Tadeo. Iniciado en las primeras letras, posiblemente por un maestro particular, se matriculó luego en el Real Convictorio Carolino distinguiéndose en los cursos de Filosofía que lo acercaron al pensamiento de los clásicos y a la sana doctrina de la Iglesia, leyendo a sus autores en un latín fluido. En cuanto a su personalidad, los estudios grafológicos realizados por el profesor Enrique Mosquera, analizando científicamente manuscritos originales del prócer, permiten concluir que Saavedra fue hombre sumamente reservado, cauteloso y prudente. Rígido en la emisión de juicios y respetuoso, en todo momento, de su sentido del honor y del deber. Dueño de un perfil signado por la precisión de ideas y conceptos, resultó idóneo en la organización de tareas, por ser meticuloso incluso en los menores detalles. Cerebralmente activo, con una propensión al aislamiento y cierta tendencia a imponer su criterio, era en extremo disciplinado y no se apartaba de sus principios, llegando incluso en esto hasta la intransigencia. Justamente ese perfil le ganó pronto el respeto y la confianza de sus contemporáneos, que no dudaron en promoverlo a importantes tareas de responsabilidad en la administración de la cosa pública, ocasión en la que, dice Enrique Ruiz Guiñazú, “...cumpliendo su cargo de procurador y alcalde se atuvo a las enseñanzas cristianas de los escritos de San Agustín y de Santo Tomás, que venían a su memoria frecuentemente por su gran saber teológico”. Pero no fue solo en el medio civil donde destacó su figura pues, a imperio de las circunstancias, Saavedra se hizo militar y quedó al frente de una emblemática unidad de infantería: la Legión de Patricios Voluntarios Urbanos, relatando que ellos “...me proclamaron por su primer jefe y comandante”. El antiguo edil y comerciante devino así en soldado, y pronto los acontecimientos convertiría a ese ámbito castrense en el campo donde desarrollaría una intensa y eficaz acción política. En lo inmediato, se consagró por entero a la organización del flamante Cuerpo, que en la primera revista pudo exhibir alistadas en sus tres batallones 22 compañías, todas perfectamente uniformadas y provistas del respectivo armamento; pero además congregando a su alrededor a un grupo de noveles oficiales cuyo protagonismo cobraría dimensión con el paso del tiempo, pues en esa forja se templaron, entre otros, el sargento mayor Manuel Belgrano y los capitanes Feliciano Chiclana, Juan José Viamonte, Antonio Luis Beruti y Eustaquio Díaz Vélez.

Revolución de Mayo

El estamento militar

Derrotada en 1806 la primera intentona británica para apoderarse de estas tierras la inminencia de una nueva agresión llevó a que Liniers lanzara su proclama del 6 de septiembre convocando a los vecinos de Buenos Aires para que —decía— “...uniendo vuestra voluntad a mis deseos, vengáis a dar el más constante testimonio de vuestra lealtad y patriotismo reuniéndoos en Cuerpos separados y por provincias, y alistando vuestro nombre para la defensa sucesiva del suelo que poco hace habéis reconquistado”. La trascendencia de la misma fue señalada por el Dr. Carlos Alberto Pueyrredón, al sostener que tal Proclama ”...constituye la partida oficial de nacimiento de nuestro glorioso Ejército Nacional [pues] todos concurrieron con puntualidad al llamado y en cuanto se organizaron con sus uniformes y armamento marchaban en correcta formación a las iglesias para la bendición de sus banderas... Con ese espíritu patriótico no es de extrañar el fracaso de la nueva expedición llegada al mando del teniente general Whitelocke en 1807...que tuvo repercusión inmensa, y constituye una de las grandes etapas de la vida de nuestra Nación... Pues sin esto no habría habido Revolución de Mayo, sin Revolución de Mayo no habría habido Independencia, sin Independencia no habría habido Patria, y sin Patria seríamos una factoría”.

En la cronología de los hechos, le siguió una Orden hecha pública el martes 9 de septiembre donde se fijaba un cronograma para los voluntarios. En ella Liniers les recordaba que “Uno de los deberes más sagrados del hombre es la defensa de la patria que lo alimenta” y que los habitantes de Buenos Aires habían dado siempre “…las más relevantes pruebas de que conocen y saben cumplir con exactitud esta preciosa obligación”, y deseando verlos ahora “...alistados y condecorados con el glorioso título de Soldados de la Patria” les pedía que concurrieran a la Real Fortaleza en los días que a ese efecto les designaba “...a fin de arreglar sus batallones y compañías, nombrando los Comandantes y sus segundos, los Capitanes y sus Tenientes a voluntad de los mismos Cuerpos”. Admonitoriamente, concluía “Ninguna persona en estado de tomar las armas dejará de asistir sin justa causa a la citada reunión, so pena de ser tenida por sospechosa y notada de incivismo, quedando en tal caso sujetos a los cargos que deban hacérseles”.

Al respecto, sostiene Ricardo Zorraquín Becú que “Los batallones criollos estaban compuestos por jóvenes de todas las clases sociales, reunidos por un común sentimiento patriótico que los impulsaba a defender su tierra de los enemigos exteriores. Sus jefes, elegidos por ellos mismos, pertenecían también según sus respectivas categorías a todos los sectores de la población... Sin embargo, la vida común fue creando entre todos ellos una especie de conciencia de clase que los apartó progresivamente de su pertenencia a las demás”. Esta observación es exacta, porque al elegir voluntariamente esos ciudadanos hacer vida de cuartel, subordinándose a una disciplina castrense, terminaron por configurar una nueva élite con códigos propios, donde la adhesión sin retaceos a ideales comunes y un respeto absoluto por el honor empeñado marcaban la diferencia; hermanando a sus miembros en una férrea fraternidad cuyos pilares descansaban en la lealtad y camaradería. Esto se hizo tan notorio que terminó por despertar la suspicacia de otros factores de poder, las denominadas “viejas categorías”, que no tardaron en descalificar a quienes ahora veían como un peligroso adversario para sus propios intereses, apelando a todo tipo de crítica incluso las más peyorativas. Ubicados en la época comprenderíamos mejor la enorme valoración que se daba al sentido de pertenencia social y cómo ciertos sectores rechazaban que un individuo cumpliera un rol para el cual, según esos rígidos patrones imperantes, no estaba capacitado por su origen. En el caso concreto del militar, esa condición se heredaba o, excepcionalmente, se ganaba por privilegio real; de allí que en el nuevo Ejército creado por Liniers el orden de cosas se había alterado radicalmente, al quedar desplazados de la conducción los antiguos jefes veteranos españoles y muy desprestigiada sus tropas por el deslucido cuando no inepto papel desempeñado durante 1806 y 1807. En contraposición, esas funciones habían recaído en un núcleo de oficiales caracterizados por dos notas relevantes: eran recién llegados a la milicia y, dato clave, mayoritariamente americanos. De allí el protagonismo que cobraron Saavedra, porque estando al frente de la Unidad con mayor poder de fuego abroqueló a su alrededor al resto de los comandantes de Cuerpos, y ese núcleo militar que comenzó a interesarse por todo lo que acontecía en esa caja de resonancia que era la capital virreinal conservando, de paso, el monopolio de la fuerza tal como lo demostrara el 1° de enero de 1809 haciendo fracasar la asonada que lideró el alcalde Martín de Álzaga pretendiendo destituir al virrey Liniers.

Revolución de Mayo
El primer Gobierno Patrio

El complejo marco internacional que se vivía en el Viejo Mundo, donde por primera vez los ejércitos napoleónicos se enfrentaban a una verdadera resistencia popular en la Península seguido de la proclamación del fugaz José I como monarca, que provocó la constitución de una Junta Central Gubernativa a nombre de Fernando VII con asiento en Sevilla, dejaría sentir su influencia en el Río de la Plata. Sobre todo, al conocerse un decreto emanado del organismo metropolitano elevando a las colonias a categoría de “provincias de ultramar” y reconociendo a sus habitantes como “iguales a los peninsulares y con derecho a participar en el gobierno central por medio de sus diputados”; también, cuando poco después se supo que otorgándole a Liniers un título condal se lo reemplazaba por un valiente y prestigioso marino: don Baltasar Hidalgo de Cisneros. La llegada del nuevo virrey a Buenos Aires fue aplaudida por el partido españolista pero tomada con mucha prevención por los criollos, actitud que mudó a total desconfianza cuando Cisneros, invocando razones presupuestarias, ordenó en septiembre de 1809 una profunda reforma militar que en verdad apuntaba a disminuir el poder de fuego de las unidades americanas: los “Patricios” se transformaron en el Batallón 1 y 2, los “Arribeños” en el N° 3, los “Andaluces” en el N° 5, el de “Indios, Pardos y Morenos” quedó convertido en el de Castas y los “Granaderos del Señor Liniers” en los “de Fernando VII”; en cuanto a los escuadrones de caballería de cuatro fueron reducidos a uno, porque los antiguos “Húsares de Pueyrredón” mutaron en los “del Rey”; y finalmente los “Patriotas de la Unión” devinieron en “Artillería Volante”. Fue a partir de esta medida que otro clima comenzó a percibirse, polarizándose las opiniones acerca de la legitimidad del mando en cabeza del virrey, pero siendo notorio que ningún cambio, y mucho más de orden político, podría operarse sin el respaldo de las tropas. En referencia a todo esto, y años después, Saavedra expresó en una “Solicitada” aparecida en “La Gaceta Mercantil” del 25 de mayo de 1826 que “La Revolución la prepararon gradualmente los sucesos de Europa. Los patriotas en ésta nada podían realizar sin contar con mi influjo y el de los jefes militares que teníamos armas en la mano. Cuando llegó el momento de sazón di los pasos para verificarla con toda la circunspección y energía que es sabida por notoriedad, y el voto público lo acreditó en destinos que me colocó, presidiendo el país, pues afortunadamente viven muchos de aquellos días; [y] el que se atreva a desmentir esta aserción, preséntese”. Y, a mayor abundamiento, sostiene en sus “Memorias” que “a la ambición de Napoleón y a la de los ingleses de querer ser señores de esta América se debe atribuir la Revolución de Mayo de 1810”, poniendo especial énfasis en esta última causa, porque —remarca— de no haberse rechazado a los británicos en sus dos ataques “...si hubieran triunfado de nosotros, si se hubieran hecho dueños de Buenos Aires ¿qué sería de la causa de la Patria, dónde estaría su libertad e independencia?... Sí, a esos sucesos es que debemos radicalmente atribuir el origen de nuestra Revolución, y no a algunos presumidos de sabios y doctores que en las reuniones de café y sobre las carpetas hablaban de ella, mas no se decidieron hasta que nos vieron a mis compañeros y a mí mismo con las armas en las manos resueltos a verificarla”.

Con relación a esos ideólogos “de café”, un contemporáneo de los sucesos y actor de los mismo, el doctor Tomás Manuel de Anchorena en carta a su primo Juan Manuel de Rosas, fechada el 4 de diciembre de 1845, le expone la ninguna influencia ideológica que en la Revolución tuvo el pensamiento de los iluministas franceses, concretamente Juan Jacobo Rousseau, de cuyo “Contrato Social” -“ traducido al castellano por el famoso señor don Mariano Moreno”- es totalmente crítico pues afirma que su contenido solo podía “...servir para disolver los pueblos y formarse de ellos grandes conjuntos de locos furiosos y bribones”. Incluso, el mismo Rosas con ocasión de un nuevo aniversario de la fecha patria, el 25 de Mayo de 1836, expresó en su discurso que la Revolución “...no se hizo para introducir anarquía sino para preservarnos de la anarquía y para no ser arrastrados al abismo de males en que se hallaba sumida la misma España. Pero ¿quién lo hubiera creído?, un acto tan heroico de generosidad y de patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación española fue interpretado en algunos malignamente como una rebelión disfrazada por los que debieron haber abocado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente”.

Yendo ahora a los sucesos puntuales de aquella trascendental semana culminada el día 25, luego de conocido aquí por los periódicos llegados de Europa, que ocupada por los franceses prácticamente toda España la Junta Central se había disuelto formándose en su lugar un denominado Consejo de Regencia, integrado por unos pocos miembros, esa novedad conmovió de tal manera los espíritus que inteligentemente, Cisneros decidió adelantarse a los acontecimientos para liderarlos y evitar una crisis mayor. Comenzó por hacer pública la difícil situación en que se encontraba la metrópoli, a través de una proclama aparecida el 18 en donde descontando “...toda la amargura que debe produciros su inexcusable conocimiento” alertaba al pueblo en contra “...de aquellos genios inquietos y malignos que os procuran inspirar celos y desconfianza recíproca contra los que os gobiernan”, de los que aconsejaba “...huid como de áspides, los más venenosos”, e invocando “...los sagrados derechos de nuestro amado Monarca” instaba a todos a que respetaran el orden establecido. Pero sabía muy bien que la clave de todo exigía conocer qué pensaban los jefes militares, y para ello los convocó a su despacho en la noche del 20 de mayo. Nuevamente es Saavedra quien nos relata lo acontecido en esa significativa reunión, que comenzó cuando el virrey inquirió “...si están resueltos a sostenerme en el mando como lo hicieron el año de 1809 con Liniers o no”. A lo que el jefe de los “Patricios” respondió “Señor, son muy diversas las épocas del 1 de enero de 1809 y la de mayo de 1810 en que nos hallamos. En aquella época existía la España aunque ya invadida por Napoleón; en ésta toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la Isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V. E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, Señor? ¿Cádiz y la Isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas han recaído en Cádiz y la Isla de León que son parte de una de las provincias de Andalucía? No, Señor; no queremos seguir la suerte de España y ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V. E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; por consiguiente tampoco V. E. la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella”.

Pensamos que en esa noche, y merced a tal decisión de los mandos criollos, se selló la suerte del poder español en esta parte de América, porque los sucesos consiguientes sólo reforzaron la tesitura enunciada por Saavedra hasta darle el reconocimiento legal con la proclamación de la Junta Provisional Gubernativa, previo su fundamentación jurídica en los importantes debates del Cabildo abierto del día 22. Nuestra aseveración no hace sino recoger el parecer que por entonces se difundió internacionalmente, y de lo que da prueba, por ejemplo, el N° 240 de un periódico francés, la “Gaceta Nacional o Monitor Universal”, que en su edición del 28 de agosto de 1810 publicó con referencia a los sucesos porteños “... Hombres ilustres de este país, anticipándose a los acontecimientos, habían reflexionado largamente en las medidas que convendría tomar cuando recibieran de Europa noticias que los autorizaran a reclamar el ejercicio de sus derechos... Como los autores de este proyecto tenían a su lado a los militares, a varios jefes de Regimiento y como tomaron una actitud activa, el Virrey se vio obligado a ceder... el 25 [de mayo] se procedió a una nueva elección y se nombró a siete miembros (sic) que formaron la Junta provisoria, cuya presidencia fue confiada a don Cornelio Saavedra, hombre muy popular y que es jefe de un Cuerpo compuesto por nativos de Buenos aires, llamado Cuerpo de Patricios. Esta última elección ha conformado a todo el mundo, y como el Virrey quedó despojado de toda su autoridad, la Junta empezó enseguida a ejercer sus funciones”. Nadie mejor que el mismo Cisneros para corroborarlo y al respecto, en un informe reservado a la Corte, señaló que el 22 de mayo, día del célebre Cabildo abierto, habiendo dado orden que en cada boca calle de la plaza se apostaran efectivos para impedir el ingreso de todos los que no exhibieran la invitación oficial “...las tropas y sus oficiales hacían lo que sus comandantes les prevenían secretamente... negaban el paso a los vecinos honrados y lo franqueaban a los de la confabulación, tenían algunos oficiales copias de esquelas de convite sin nombre y con ellas introducían a la casa del Ayuntamiento a sujetos no citados por el Cabildo...”, frustrando así su jugada tendiente a contar en el recinto con un número suficiente de votos capaz de impedir el menor cambio político.

Y cuando el 23 se anunció la caducidad de la autoridad del Virrey proclamándose una Junta que formada por dos criollos y dos españoles presidía el mismo Cisneros con retención de la Comandancia de Armas, la reacción fue incontenible. Confesando sin ambages el español que encontrándose exaltados en los cuarteles “oficiales y paisanos” esa actitud tornaba su autoridad “precaria y aparente”, quedando la misma “…pendiente de la voluntad de los Comandantes, quienes en la misma noche anduvieron por sus respectivos cuarteles juntando a viva diligencia firmas de sus oficiales, sargentos y cabos, para pedir con este aparato mi entera separación a nombre del pueblo”. En efecto, ese documento existió y se conserva. Dirigido al Cabildo lo rubricaron 401 firmas, de las que 95 son de civiles y 16 de sacerdotes pues todas las restantes corresponden a militares alistados en las diferentes Unidades criollas.

En esa verdadera acta fundacional de nuestra nacionalidad se expone que “Los vecinos, Comandantes y oficiales de los Cuerpos voluntarios de esta capital de Buenos Aires que abajo firmamos por nosotros y a nombre del Pueblo hacemos presente que hemos llevado a entender que la voluntad de este resiste la Junta y vocales que V. E. se sirvió erigir y publicar a consecuencia de las facultades conferidas a este excelentísimo Congreso en el cabildo abierto del 22 del corriente, y porque pudiendo el Pueblo como lo hace reasumir la autoridad y facultades que había conferido en uso de ella, y mediante la renuncia que ha hecho el señor Presidente nombrado y demás vocales, revoca y da como de ningún valor la Junta erigida y anunciada en el bando de ayer veinticuatro del presente; y quiere que V. E. proceda a manifestar por medio de otro bando público la nueva elección de vocales que hace de la Junta de Gobierno que ha de regir y gobernar compuesta de los señores Don Cornelio Saavedra para Presidente de dicha Junta de Gobierno y Comandante General de Armas, Dr. D. Juan José Castelli, Dr. D. Manuel Belgrano, D. Miguel Azcuénaga, Dr. D. Manuel Alberti, D. Domingo Matheu y D. Juan Larrea, y para Secretarios al Dr. D. Juan José Paso y Dr. D. Mariano Moreno; entendiéndose esta elección bajo la expresa y precisa condición de que instalada la Junta se ha de publicar en el término de quince días una expedición de quinientos hombres para auxiliar las Provincias Interiores del Reino... porque esta es la manifiesta voluntad del Pueblo lo hacemos presente a V. E a los fines expresados. Buenos Aires, veinticinco de mayo de mil ochocientos diez años”.

Aunque la contundencia de este texto prueba que la Revolución tuvo en Saavedra -como cabeza militar visible- a su verdadero numen y gestor, a poco otros pretendieron hacerse con tal mérito; llevando a que aquel reflexionara sobre ello y se sincerara en carta a su amigo Viamonte con un relato que permite tener un cabal conocimiento de lo verdaderamente acontecido. Así, en esa singular misiva, le escribe “...es verdad que Peña, Vieytes y otros querían de antemano hacer la Revolución, esto es desde el 1° de enero de 1809 y que yo me opuse porque no [lo] consideraba tiempo oportuno. Es verdad que ellos y otros, incluso Castelli, hablaron mucho de esto antes que yo, pero también lo es que ninguno se atrevió a dar la cara en lo público, aun cuando yo les decía que lo hiciesen y que aseguraba no hacer oposición a nada. En sus tertulias hablaban, trataban planes y disponían; más personarse para realizar lo mismo que aconsejaban o querían ¿quién lo hizo? ¿Se acuerda Usted cuántas veces me tocó [atender] estos negocios movidos por estos hombres? ¿Se acuerda usted que mi respuesta fue siempre que no es tiempo, y que lo que se hace fuera de él no sale bien? ¿Se acuerda usted que cuando el 20 de Mayo me llamó de San Isidro mostrándome los papeles públicos y proclamas que el mismo Cisneros dio a luz; dije a Usted ya es tiempo y manos a la obra? ¿Quién desde aquel momento dio más la cara que yo? ¿Quién movió al Cabildo para que se hiciese Cabildo Abierto, en que se oyese al pueblo? ¿Quién habló al virrey Cisneros con tal carácter y firmeza que en aquella época se requería sino yo? ¿Quién ...pero para que me canso en recordar hechos con un sujeto que es testigo presencial de todos ellos? ...No tenga Vuestra merced reparo en hacer correr esta carta; le suplico la lea a todos los oficiales pues de nada de cuánto digo me retracto ni arrepiento”. Ciertamente nunca podría Saavedra haberse arrepentido de ser el precursor de nuestra libertad, ni tampoco de haber presidido el primer gobierno patrio surgido de la gloriosa Revolución cuya innegable impronta castrense quedó marcada en cada una de las jornadas vividas durante esa inmortal semana de Mayo.

Colofón

Concluyo convencido de aportar con estas líneas un enfoque veraz acerca de los orígenes del magno acontecimiento cuyo Bicentenario celebramos, reivindicando el esencial protagonismo que en 1810 tuvieron los Cuerpos militares existentes y, en particular, la figura del brigadier general Cornelio de Saavedra. Esa certeza nace a sabiendas que la Historia opera siempre como eficaz herramienta de esclarecimiento y justicia vindicativa a condición de enfocarla con una perspectiva ética, cuya premisa enunció su santidad León XIII, de feliz memoria, cuando proclamó “La primera ley de la Historia es no atreverse a mentir, la segunda, no temer decir la verdad”.

viernes, 27 de mayo de 2022

Revolución de Mayo - La máscara de Fernando VII

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Omar López Mato,  aparecido en el diario La Prensa del día 26 de mayo de 2010, en la columna Umbrales del pasado.

 Las razones detrás de la máscara

por Omar López Mato


Continuando con la zaga del Bicentenario, hoy les voy a contar las razones de por qué nuestros hombres de Mayo eligieron ocultar sus intenciones independentistas tras la máscara de Fernando VII. Este joven abúlico y rastreo se había ganado el afecto del pueblo español al oponerse a los designios de Manuel Godoy, apodado “el príncipe de la paz”, y a sus adhesiones a la causa de los franceses. Se decía, además, que el tal Godoy era amante de la madre de Fernando, María Luisa de Parma. La reina, en convivencia con Godoy, regía los destinos del Imperio Español ante la pasividad de Carlos IV. Este rechazo a toda ideología foránea le ganó el aprecio de la gente del pueblo que lo proclamó “el deseado”, y se inspiró en su imagen para luchar contra el invasor francés, mientras Fernando vivía un dorado cautiverio a manos de Napoleón. Para granjearse la simpatía del Gran Corso cortejaba a una de las hermanas del emperador francés, mientras su gente moría peleando contra las tropas de Murat. Realmente “el deseado” dejaba mucho que desear.
Mientras tanto, aquí a orillas del Plata, un grupo de criollos trataba de sacárselo a Cisneros de encima, invitando a la princesa Carlota a gobernar a sus súbditos porteños. Esta infanta era hermana de Fernando y cónyuge del príncipe Juan VI de Portugal, que a la sazón se habían desplazado a Río de Janeiro corridos por Napoleón. La princesa sufría por las injusticias y persecuciones de las que era objeto dentro de la corte lusitana, ya que su marido había descubierto un complot urdido por ella para destituirlo. La princesa, recluida en su palacio de Río, veía el ofrecimiento de los revolucionarios con buenos ojos y a tal fin escribió una carta a la Junta de Sevilla ofreciendo sus servicios para esta causa y, más aun, se ofrecía para ser regente de España mientras su hermano continuase en cautiverio. La idea le gustó a Juan VI, que ni corto ni perezoso proclamó que si su esposa era regente de España esto le daba a Portugal derechos sobre el Virreinato del Río de la Plata. La Junta de Sevilla, alarmada por esta siniestra simplificación, prontamente envió un representante a Río de Janeiro, el marqués de la Casa Irujo, para sacarle de la cabeza esas ideas a Carlota y agradecerle su ofrecimiento, pero ya los españoles tenían bastante con los franceses y era mejor, mucho mejor, que Carlota se quedara en Río tomando sol (bueno, es una expresión; entonces no se acostumbraba pero cualquier excusa era buena para tenerla lejos de la Península).
Aparece entonces en escena el joven Percy Clinton Sydney Smythe, alías lord Strangford, un viejo conocido delos Braganza que había organizado la huida de la casa reinante portuguesa a Brasil ante la amenaza napoleónica. Fue tan coordinada la evacuación que los franceses vieron impotentes cómo la flota británica cruzaba el Atlántico con los reyes a bordo. Con este antecedente, la corona británica no dudó en enviarlo a Río de Janeiro como embajador de su graciosa majestad. De hecho, Sydney Smythe se convirtió en el árbitro de la política americana.
Resulta que ahora España e Inglaterra eran aliados y que el virrey Cisneros había abierto el puerto de Buenos Aires a los productos ingleses después del pedido de los comerciantes Dillon y Twaites. A Inglaterra ya no le interesaba que el Río de la Plata pasase al dominio portugués y menos aún que se independizara.
En una larga carta al marqués de Wellesley, el futuro duque de Wellington, Strangford, detalló su propuesta a los insurgentes americanos al aclararles que Inglaterra, la reina de los mares, no habría de ofrecerse como “amiga eficiente y protectora de las colonias españolas” en caso de intentar declararse independiente de la madre patria. Para evitar esa circunstancia, les aconsejaba continuar fieles a don Fernando, aunque estuviese preso de Napoleón. Se cubrían las formas, Inglaterra se hacía la distraída y seguía con sus negocios a la espera de los acontecimientos.
La propuesta le llegó a los confabuladores a principio de mayo de 1810 a través de enviados especiales, La idea los convenció y todos abrazaron la máscara de Fernando VII con entusiasmo. De hecho, el deseo de independizarse se sofrenó hasta después de 1815 cuando Strangford volvió a su querida y blonda Albión. Con los años, y a pensar de jamás haber puesto su pie en esta ciudad, el buen lord fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires.

sábado, 14 de mayo de 2022

Semana de Mayo - Armando Alonso Piñeiro

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Armando A. Piñeiro,  aparecido en el diario La Prensa del día 22 de mayo de 2011, en la columna Los fantasmas del pasado.

 La voluntad popular en la Semana de Mayo

por Armando Alonso Piñeiro


Cabildantes, militares y protagonistas en general de la Semana de Mayo, muy poco pudieron descansar en aquellos días memorables. Todos pasaron jornadas de tensas reuniones, a consecuencia de las cuales fueron emitidos los primeros documentos del país naciente. El mismo 25, la corporación municipal celebró tres acuerdos, según ha quedado constancia en las minuciosas actas de la época. Por el primero, tomó conocimiento de la agitación popular y de oficios a las autoridades.
Por el segundo, se enteró de la disolución de la Junta formada por el mismo Cabildo y de la constitución de la Segunda Junta, que ha pasado ala posteridad con el primer número ordinal. Por el tercero, tomó juramento y puso en posesión de sus cargos a los miembros del nuevo órgano gubernamental.
También el 25 el Cabildo emitió el primer bando de la época argentina, en realidad un mero documento formal. Y al día siguiente, las flamantes autoridades dieron a conocer la proclama inicial del gobierno independiente, fechada en la Real Fortaleza de Buenos Aires, con las firmas de todos los miembros de la Junta e intitulada: “La Junta Provisional Gubernativa de la Capital del Río de la Plata a los Habitantes de ella, y de las Provincias de su Superior Mando”.
La proclama, impresa en la Real Imprenta de Niños Expósitos, comenzaba afirmando el establecimiento de la “autoridad que renueve la incertidumbre de las opiniones y calme todos los recelos”. El promedio aventaba dudas todavía albergadas en algunos espíritus del sector españolista y ratificaba el imperio de su mandato. “Las aclamaciones generales -continuaba- manifiestan vuestra decidida voluntad; y solo ella ha podido resolver nuestra timidez a encargarnos del grave empeño a que nos sujeta el honor de la elección. Fijad pues vuestra confianza y aseguraos de Nuestras intenciones”. Es decir, que se aprovechaba la oportunidad para dejar claramente sentado el hecho de que la Junta era tal por voluntad de los habitantes de la capital rioplatense, exhortándolos a un mínimo con- trol sobre los procedimientos de las mismas autoridades. Lo cual importaba cierta incipiente práctica democrática, algo verdaderamente revolucionario en el clima monarquista vivido durante casi tres siglos.
“Un deseo eficaz -proseguía el documento-, un celo activo, y una contracción viva y asidua a proveer por todos los medios posibles la conservación de nuestra religión santa, la observación de las leyes que nos rigen, la común prosperidad”. Ergo, la Junta no dejaba lugar a dudas sobre la inamovilidad de las instituciones jurídicas y la continuidad del catolicismo como fe natural. Más adelante, la proclama exhortaba a reposar en los desvelos y fatigas de las nuevas autoridades, dejando a cuidado de ellas “todo lo que en la causa pública dependa de nuestras facultades y arbitrios; y entregaba a la más estrecha unión y conformidad recíproca en la tierna erupción de estos efectos”. En la parte final, el documento pedía llevar el acatamiento a la autoridad “a las provincias todas de nuestra dependencia, y aún más allá, si puede ser, hasta los últimos términos de la tierra, la persuasión del ejemplo de vuestra cordialidad y del verdadero interés con que todos debemos cooperar a la consolidación de esta importante obra. Ella afianzará de un modo estable la tranquilidad y bien general a que aspiramos”. Con lo cual -es preciso destacarlo- la Junta establecía a sólo veinticuatro horas de su constitución, el propósito de expansión geo- gráfica y política del movimiento revolucionario. En sólo 236 palabras, la primera proclama de la Junta de Gobierno consolidaba su poder, plantaba la semilla de la voluntad popular, ratificaba la continuidad tradicional de algunas instituciones y proclama- ba la necesidad de la dilatación emancipadora más allá del Virreinato rioplatense. Aquellos prohombres eran parcos en sus expresiones y generosos en el accionar. Vale la pena recordar esas características a más de 200 años de manifestadas.

lunes, 4 de octubre de 2021

Revolución de Mayo - Tomás Guido

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

35 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En la revista mensual Magazine Atlanta publicada en Buenos Aires en mayo de 1914, se reprodujo un artículo que había escrito Tomás Guido sobre la Revolución de Mayo publicada el 25 de mayo de 1855 en la Gaceta de Buenos Aires.

Revolución de Mayo


La Revolución de Mayo
Interesante artículo de don Tomás Guido aparecido en la “Gaceta de Buenos Aires” del 25 de mayo de 1855


La preponderancia que adquirió el regimiento de patricios de Buenos Aires, el 1° de enero de 1809, sobre los tercios españoles bajo la dirección de don Martín de Álzaga, decididos a defender al general Liniers, defendido por los patricios, reveló al pueblo de Buenos Aires la existencia de un poder que hasta entonces no había tenido ocasión de ensayar, y la autoridad del virrey vino a quedar bajo la única salvaguardia de los batallones nacionales.
Resuelto así un problema que pendiera de este hecho, empezaron a trabajar más desahogadamente, aunque en reuniones secretas, los pocos ciudadanos preocupados de la idea grandiosa de la emancipación de su patria. La casa del doctor Vieytes, en la calle Venezuela, la de don Nicolás Rodríguez Peña, en la calle de la Piedad, tras la iglesia de San Miguel, servían frecuentemente de punto de reunión de los iniciados en el pensamiento de formar un gobierno independiente de la antigua metrópoli. Se Inventaban excursiones al campo y partidas de caza para disfrazar el verdadero intento de este figurado pasatiempo.
Los concurrentes a esos memorables paseos, apenas se encontraban reunidos, sea bajo los árboles o al abrigo de una choza campestre, se ocupaban exclusivamente en combinar los medios de llevar a buen término la obra de sus ensueños y esperanzas.
“El pueblo, decían ello, no está preparado para un cambio violento en la administración. La masa de los propietarios que constituyen la fuerza de la provincia, consagran una especie de culto al general Liniers, en quien no ven el odioso instrumento del absolutismo peninsular, sino al libertador de Buenos Aires, al triunfador de la última invasión extranjera, atacar esa autoridad sería concitar contra nosotros una fuerza invencible”.
No carecían tampoco del sentimiento de la gratitud los hombres generosos dedicados a la libertad de su patria. En sus combinaciones íntimas, en sus expansiones recíprocas, no soñó jamás ni el rencor, ni la ambición, ni la venganza. Una sola pasión les dominaba, la de la independencia de su país, y a ella sacrificaban sin reservas su vida y su fortuna.
Pero ¿cómo procurarse prosélitos para derribar el poder español sin aventurar el sigilo, y arriesgar sin fruto la propia existencia de los confabulados, una vez que llegara a descubrirse por la autoridad el designio secreto de sus trabajos? ¿Cómo iniciar en el misterio al coronel don Cornelio Saavedra, jefe del regimiento patricios, sin cuyo concurso fuera inútil y temeraria toda tentativa, cuando tenía de su parte el favor de Liniers y cuando blasonaba de su lealtad probada, sosteniéndole contra las intrigas de los españoles ?
La desacordada política de la corte de España, se encargó de sacar a los patriotas de este amargo conflicto. El general Liniers, de origen francés, denunciado subrepticiamente a la corte por el Cabildo de Buenos Aires como connivente con el Emperador de los franceses, y acusado de haberse entendido con su emisario imperial para traicionar la causa del Rey, fue depuesto súbitamente y substituido en el mando del virreinato por el general de marina don Baltasar Hidalgo de Cisneros. Esta medida inconsiderada del Gobierno de España vino a satisfacer en cierto modo a los magnates españoles derrotados en la armada del 1° de enero; pero descontentó al propio tiempo a los patricios, lastimó su lealtad y desairó a los que, fieles a sus deberes militares, habían sostenido al virrey atacado por aquellos mismos a quienes más importaba la conservación de la autoridad peninsular.
Por otra parte, la vida entera del general Liniers, sus eminentes servicios a la corona de España, su índole caballeresca y noble, protestaban contra la calumnia de que era víctima y despertaban en los hijos del país, aversiones y desprecios a los instigadores de una vil intriga. El mismo gobierno español, tan débil para contemporizar en América con las preocupaciones bastardas de los enemigos de su fiel servidor, hubo de limitarse, empero, a exonerarle sin destituirlo de su rango va la marina de guerra.
Demarcóse, pues, fácilmente la línea divisoria entre los naturales y los españoles, siquiera no fuese para la generalidad sino el resultado de rivalidades locales, no habiendo aún cundido entre el pueblo las ideas que agitaban a los promovedores de la revolución de mayo. De un lado estaba el número y la confianza en las propias fuerzas; del otro los peninsulares enardecidos contra el agresor de la España, y engreídos de la aquiescencia de la metrópoli a un cambio personal en la administración del virreinato.
No escapó esta circunstancia feliz a los que velaban por aprovechar todos los elementos favorables a su grande empresa.
Con menos recelos se aproximaron entonces a los jefes de los cívicos, para sentar su ánimo, explotando su resentimiento contra los que, no habiendo podido triunfar a mano armada, habían, socabado por manejos sombríos el prestigio de los patrios.
Ninguno de aquellos jefes negó su simpatía a la reacción premeditada.
Con habilidad y cautela se predisponía el ánimo de los ciudadanos a favor del derecho inconcuso de América para cuidar de su propia suerte, desde que la prisión del rey y la ocupación de la península por tropas francesas había desquiciada la máquina gubernativa y dejado a los pueblos a merced de sus propios instintos. La España había dado el ejemplo erigiendo sus juntas y proclamando la mayor parte de las provincias una especie de soberanía independiente, hasta que se instaló la junta central, cuya legitimada, sin embargo, fue disputada y contrariada por alguna de las secciones de la misma España.
A nombre de esta junta, representante del rey cautivo, se presentó en Buenos Aires el virrey Cisneros, haciéndose preceder del general Nieto como delegado, mientras él se desembarazaba de algunas atenciones en la Banda Oriental. Faltaban a Nieto todas las condiciones para fijar una situación, y mucho más para detener o neutralizar el progreso de la propaganda de las nuevas ideas fomentadas por las doctrinas de la prensa española.
El general Nieto, de inteligencia estrecha, fascinado por los errores de consejeros apasionados, y meramente agente transitorio de la política de España, alarmado también por falsas o exageradas denuncias, puso en movimiento los resortes de una política inhábil, más a propósito para enajenar partidarios que para alcanzar por tales medios la afección del pueblo.
El virrey Cisneros no tardó en subrogar a Nieto y posesionarse del mando. Su delegado marchó al Perú con órdenes de sofocar por las armas la explosión generosa de los patriotas Chuquisaca en el año anterior. El periodo de la administración de Cisneros se señaló al principio por cierto espíritu de conciliación, que hubiera sido ventajoso a su causa, si las precauciones graves en que le traían la política y la guerra no le hubieran desviado de la moderación y calma con que empezó su gobierno. Hízose entender al virrey que se preparaba una conspiración a que estaba afiliado don Juan Martín de Pueyrredón, reputado entre los españoles por partidario acérrimo de la independencia.
Decretóse su prisión y transporte a España. Desde entonces ningún patriota se consideró seguro. Para que se forme una idea de la impresión que produjo la conducta del virrey, bueno será recordar la importancia del personaje sobre el cual habían caído sus sospechas. La popularidad de aquel distinguido argentino venía desde su intrépida decisión a levantar un cuerpo de caballería para concurrir con él a la reconquista de su ciudad natal, sorprendida en 1806 por una división británica.
Luego participó de la gloriosa defensa de 1807 bajo las órdenes del general Liniers. Además de eso, sus maneras afables y su gentil porte dábanle un ascendiente entre sus compatriotas, que Cisneros, por inspiración propia o ajena, creyó deber cortar enviándole a España, bajo partida de registro.
Y aquí es el caso de narrar un acontecimiento que, a la par de una grande acción, revela justamente los progresos del espíritu revolucionario que en vano se pretendía ahogar en germen. Apenas circuló la noticia de hallarse preso Pueyrredón en el cuartel de Patricios, su hermana doña Juana Pueyrredón de Sáenz Valiente, matrona de altas prendas, se presentó a la guardia que le custodiaba, y con la elocuencia del alma, y con palabra fácil e insinuante, rodeada de oficiales y soldados, increpóles por servir de instrumento de la tiranía contra un paisano, sin otro crimen que su entusiasmo por la libertad de su patria. “¿Consentiréis, les dijo, que sea sacrificado nuestro compatriota y amigo por la cruel injusticia de un gobernante? ¿Consentiréis que sea expulsado de su país, tal vez para siempre, sin hacerle un cargo, sin oírle, sin juzgarle? ¡Nó, patricios! ¡ Dejad que huya mi hermano, si no queréis haceros cómplices de una iniquidad que amenguaría vuestra fama!!”

Revolución de Mayo
La tropa escuchaba silenciosa estas y otras razones; los oficiales hablaban en secreto, fijando la vista llenos de admiración y respeto en aquella ilustre argentina. En sus semblantes traducían fácilmente la impresión del espíritu y su resolución tomada de libertar al prisionero. Dos horas después de esta escena, evadíase el comandante Pueyrredón por una de las ventanas del cuartel, sin ser detenido por ningún centinela. La amistad se encargó en seguida de ofrecerle un refugio. Cúpole al señor Arana esta noble misión. Los patriotas que acechaban todas las circunstancias que pudieran favorecer sus intentos, apresuráronse a sacar partido de estos incidentes. Las simpatías por la desgracia subían a punto de que se exagerasen las violencias del mandón español y la opinión de los naturales se predisponía gradualmente contra un orden de cosas que empezaba a irritarles.
Entretanto, el puñado de patriotas que había tomado a su cargo dirigir la revolución, reuníanse frecuentemente en los parajes que llevo mencionados. Es tiempo ya de indicar aquí los nombres de los más insignes, de aquellos varones fuertes, nombres para siempre venerables, que no escribe mi pluma jamás sin que mi memoria se ilumine a la luz de su gloria y sus recuerdos, sin que mi corazón les tribute un homenaje más puro de reconocimiento, de admiración y de afecto.
Los principales son:
Don Nicolás Rodríguez Peña, don Manuel Belgrano, don Juan José Paso, don Miguel Irigoyen, don Francisco Paso, doctor Vieytes, don Agustín Donado, don Antonio Luis Beruti y otros argentinos de feliz recordación. Discutíase en la reunión de estos ilustres patriotas la cuestión de oportunidad de una revolución, cuando fue presentado y recomendado a ellos por el doctor don José Darragueira, un confidente íntimo y muy digno colaborador. Decíase a la sazón: “Cuando el monarca español ha abdicado su corona y todos los derechos dinásticos en la persona de un príncipe extranjero; cuando el territorio español se halla invadido de tropas vencedoras, y cuando apenas la ciudad de Cádiz ha quedado para refugio de los infortunados españoles ¿deberemos permanecer sometidos a la voluntad de un mandón irresponsable, después de caducado el poder de que emanó su autoridad? ¿Permaneceremos a merced de la fortuna de la guerra, resignados a pasar de colonos de España a colonos del Imperio francés? ¿Nuestros derechos naturales y políticos no nos autorizan a lo menos a imitar ni aun a la última de las provincias de España, que en la conflagración común de la monarquía se ha organizado separadamente? ¿Será delito en nosotros practicar en resguardo de nuestros derechos lo que se aplaudiría en el último ángulo de España?.
No era posible vacilar sobre el partido señalado por los sucesos sin estar privado de sentido común. La hora ha sonado, dijeron todos, de tomar a nuestro cargo muestro destino, la providencia que rige los imperios ha predispuesto los acontecimientos de manera que la separación del muevo mundo venga a ser la obra de la generación presente. ¿Nos faltará valor para obedecer a su voz y para lanzarnos al sacrificio que la patria exige de nosotros?
¡Quién dudara de la resolución de aquellos hombres eminentes!
Su deber era arrostrar todos los peligros, allanar todos los obstáculos para llegar al término deseado; y lo cumplieron con firmeza y denuedo.
En esta y otras reuniones semejantes la fe y el entusiasmo se mezclaban en todos los discursos. Ninguna titubeaba: contábanse a menudo y reconocían su impotencia para resistir a un golpe de una autoridad alarmada ya. Pero a la presencia de la patria esclava se retemplaba el ánimo de todos, fiados en la excelencia de su cansa y la cooperación de sus conciudadanos cuando llegare el momento de invocar su aprobación.
Adolescente aún, apenas salido del colegio, sentía latir mi corazón de gozo al escuchar por primera vez la expresión calurosa de los autores de la independencia y libertad de mi país. Sentía ir borrándose de una en una las impresiones de la educación doméstica y escolar, amoldada a las prácticas de dominio inveterado, y mi imaginación fascinada con las gratas ilusiones de la primera edad, se transportaba llena de esperanzas a la República de Platón.
Mientras corrían así las cosas, flaqueaban y empalidecían la autoridad del Virrey y de la Audiencia, a medida que se debilitaba la metrópoli con los reveses de su heroica lucha con el conquistador francés. No obstante los hábitos del coloniaje, la influencia de los magistrados peninsulares, las poderosas relaciones mercantiles y políticas con España, el gran número de empleados españoles, una extensa población del mismo origen, ciegamente orgullosa de su dominio tradicional, la veneración respetuosa al monarca, la indiferencia o inercia inseparables en los naturales de una servidumbre secular, y, por último, dos cuerpos de línea del Fijo y de Dragones, levantaban una bandera al parecer insuperable, para un círculo pequeño de hombres, que, si bien animosos, apenas contaban con el apoyo de una parte de la fuerza armada.
Sin embargo, entrábase en relaciones con los jefes don Cornelio Saavedra, don Eustaquio Díaz Vélez, hoy benemérito general de la República, el comandante Romero, don Feliciano Chiclana y otros de menor graduación. Catequizábanse individuos de diversas clases, se consultaba. secretamente a algunos miembros del alto clero, cuyo sufragio fue siempre propicio a nuestras libertades, y procurábase el mayor número de adictos, para exigir por un movimiento imponente un cambio en la administración y una Junta de Gobierno, por voto popular.
¿Impondríase por programa del cambio proyectado la declaración inmediata de la independencia del territorio del virreinato? ¿Convendría desafiar las preocupaciones y los intereses compactos de una oposición fundada en la conciencia de los unos y en la conveniencia de los otros? Por íntimo que fuese este deseo en los promotores de la revolución, ninguno tuvo por sensata la idea de una separación absoluta. Se convino en aplazar un hecho que la vista menos perspicaz divisaba en el horizonte, y se acordó promover la instalación de una Junta que gobernase el virreinato a nombre de Fernando VII. Los votos profundos de los autores de la revolución no quedaron cumplidos sino el 9 de julio de 1816, con la solemne declaración de la independencia nacional. 
Afortunadamente, los talentos del doctor Castelli fueron llamados a consejo del virrey en distintas ocasiones, habiendo en ellas considerádose su estimación. Este jurisconsulto consumado, patriota entusiasta, consiguió persuadir de la necesidad de obtemperar a la opinión creciente de la población, entreteniendo su esperanza con la perspectiva de un nuevo orden de cosas, que afianzaría los vínculos del virreinato con la metrópoli española.
Un acta de energía del virrey hubiera podido frustrar por entonces toda y cualquier alteración. Llegábanle noticias frecuentes de los amaños empleados para conmover a la población. Indicábanle el taller donde se complotaban los patriotas y nombrábasele no pocos de ellos. Faltóle valor para un golpe de mano a que le autorizaban todas las circunstancias, y dejó correr los acontecimientos sin provisión de sus alcances.
Amaneció por fin el 24 de mayo de 1810 y la campana del Cabildo y una citación especial a vecinos notables convocaban al pueblo para resolver sobre su suerte, en medio de la agitación excitada de intento por los factores de la revolución. La multitud, atraída más bien por curiosidad que por la tendencia a innovaciones que no comprendía, servía grandemente a los agentes revolucionarios para imponer con su presencia, al propio tiempo que los conjurados seguidos de corta clientela, tratan de excitarla con sus instigaciones.
En la tarde del mismo día fue publicado por bando el acuerdo clasificado de popular, proclamando una junta gubernativa compuesta del virrey Cisneros, presidente, y de los señores Saavedra, Castelli, Solá e Inchaurregui.
El pueblo pareció satisfecho de esta elección y los españoles se felicitaban de haber salvado el peligro de un trastorno fundamental, viendo triunfante la autoridad del virrey. Muy diferente sensación produjo tan inesperado desenlace en el Club, reunido a las ocho de la noche en casa del señor Peña. Allí se analizó el carácter de los elegidos, se descubrió el origen de la candidatura Cisneros, se reconoció por unanimidad que dos de los miembros de carácter ascético y tímido se plegarían sin violencia a la política del presidente y hasta llegó a dudarse de la firmeza del coronel Saavedra, bajo la presión e influjo de un jefe superior. Contábase solemnemente con la persona del doctor Castelli, pero ninguno de sus amigos descubiertos como conspiradores, se reputó seguro continuando en el mando el general Cisneros.
Era, pues, necesario deshacer lo hecho, convocar nuevamente al pueblo y obtener del Cabildo se prestase a reconsiderar ante otra reunión popular la sanción de la víspera.
Pasóse parte de la noche en deliberar y ponerse de acuerdo con los jefes de patricios y otros cuerpos de la guarnición, y con los que llevaron la voz el 24 en la plaza de la Victoria y en las galerías del Cabildo. A todos estos trabajos andaba noblemente asociado el doctor don Manuel Moreno, uno de los pocos patriotas que restan de aquellos tiempos de perdurable recuerdo. Los honrados ciudadanos French, Cardoso y otros de menos nota, bien que muy dignos de alabanza, los comandantes militares, el honrado benemérito don Feliciano Chiclana, Romero y Díaz Vélez, contribuyeron eficazmente por su ardor patriótico, por su firmeza y perseverancia al mejor éxito de la jornada. Cada uno de ellos reunió a los suyos entre los oficiales subalternos de la guarnición, hallaron la cooperación más enérgica, circunstancia que no se debe olvidar, pues es un timbre honroso para la gallarda juventud, entonces dada al ejercicio de las armas.
Entre esos oficiales distinguióse el hoy brigadier general don Enrique Martínez, a quien entonces, como en el curso de la revolución, debió su patria señalados servicios.
Asegurado el club de la aquiesencia y del apoyo prometidos, llamaron al doctor Castelli para inducirlo a informar al virrey de la agitación pública, y del peligro de un tumulto si no se consultaba otra vez en cabildo abierto al pueblo, descontento con la elección del 24. Castelli explanó las dificultades de ese encargo, y procuró aquietar los ánimos, esperando en la influencia saludable de su persona sobre los complotados.
Pero su raciocinio desmayó ante la resolución del Club, de obtener a todo trance un cambio, y acabó prometiendo que se entendería con el presidente Cisneros.
Al mismo tiempo se enviaban emisarios en todas direcciones, y, a las doce de la noche, una comisión del Club, a la que acompañó, se encaminó a la casa del síndico procurador del Cabildo, el doctor Leiva, tocándome presenciar el diálogo que muy luego se entabló entre los empleados y el respetable anciano. 
El procurador, saltando de su cama, acudió a los golpes dados a la ventana de su habitación, y abriendo oyó la notificación de la voluntad de los patriotas, hecha en el lenguaje de una intimación perentoria.
La prudencia y circunspección del doctor Leiva, no podían reconciliarse llanamente con la iniciativa a otro llamamiento del pueblo para destruir lo que pocas horas antes se había sancionado con su beneplácito. Luchaban en él notoriamente sus sentimientos patrióticos y las responsabilidades de sus deberes oficiales. Negóse a la solicitud. Vencido, empero, por reflexiones calurosas, ofreció, en fin, que invitaría al Cabildo, a convocar al pueblo una vez más.
Era ya la alta hora de la noche cuando se tuvo la certeza de la citación a un nuevo Cabildo popular y la probabilidad de una nueva elección en la mañana siguiente, de acuerdo con los intereses del pueblo. 
Pero ¿quiénes serían los candidatos de la nueva junta? ¿Quiénes satisfarían las miras de aquellos hombres generosos, empeñados con rectitud de espíritu en fundar un gobierno ilustrado y patriota? Ninguno de los asociados se presentaba a ocupar puestos públicos. El desinterés de los pudientes, llevado hasta la prodigalidad de su fortuna, en servicio de la causa que abrazaron de corazón, se había convertido en religión común. Ninguno de ellos ambicionaba más que la ventura de la patria.
En tal perplejidad, redactaron varias listas, en que se leía uno a otro nombre aceptable, pero nadie completaba el número previsto para integrar la junta. Ansiaban, pues, por salir de unas vacilaciones, que podrían ser funestos, si la elección recaída en personas discordes con el fin de la revolución.
Se aproximaba el alba sin que aún se hubiese convenido sobre los elegibles. Hubo un momento en que se desesperó de encontrarlos.
¡Grande zozobra y desconsuelo para los congregados en ese gran complot, de donde nació la libertad de la República! La situación presentaba cada vez un aspecto más siniestro. En estas circunstancias, el señor don Manuel Belgrano, mayor del regimiento de patricios que, vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias, observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie súbitamente y, a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de su sangre generosa, entró en la sala del Club (El comedor de la casa del señor Peña) y lanzando una mirada altiva en rededor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada: “Juro, dijo, a la patria, y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas!”.
Profunda sensación causó en los circunstantes tan valiente y sincera resolución. Las palabras del noble Belgrano fueron acogidas con fervoroso aplauso.
Desde luego volvieron todos a ocuparse de los candidatos, y cuando parecía agotada la esperanza de poderse concertar, don Antonio Luis Beruti, pidió se le pasase un papel y tintero, y, como inspirado de lo alto, trazó sin trepidar los nombres de los miembros que compusieron la primera junta. Enseguida leyendo la lista por él confeccionada, dirigióse a sus colegas diciéndoles: “He aquí, señores, los hombres de que necesitamos”.
La aprobación y el contento de los asociados no pudo ser más unánime. Todos demostraban un grato asombro por el acierto de la elección propuesta por Beruti. Este era un empleado antiguo y probo de la contaduría del Tesoro, fogoso proclamador de los principios liberales, y uno de los agentes más activos de la libertad de su país.
Aceptada la lista de este ciudadano, mandóse circular rápidamente entre los llamados a cooperar para el triunfo. En la mañana del 25 de mayo la campana del cabildo llamaba al pueblo, y la Municipalidad citaba a los notables para su salón de despacho. Los ciudadanos de todas condiciones acudían en tropel, atraídos por la novedad. Las tropas permanecían en sus cuarteles y los invitados tomaban asiento en la sala capitular. El alcalde de primer voto anunció a los espectadores el objeto de aquel llamamiento. Se entablaron debates animados entre los adictos del antiguo régimen y entre los propugnadores de la resolución. El pueblo aguardaba impaciente; no pocas veces fue interrumpida la grave sesión por la vocería popular, animada por tribunos ardientes. La multitud no abandonó la plaza, corredores, aposentos del antiguo cabildo, sino cuando se anunció el acuerdo y se proclamó la nueva junta.
Revolución de mayo

A las tres de la tarde un bando solemne publicaba el acuerdo del cabildo abierto, instalando una nueva junta gubernativa en nombre de don Fernando VII, compuesta de los populares ciudadanos citados a continuación: Presidente, don Cornelio Saavedra; vocales: los señores Azcuénaga, Castelli, Belgrano, Larrea, Matheu y Alberti.
Se han cumplido los votos de los verdaderos patriotas. El destino futuro de la patria pendía de la capacidad y virtudes de los elegidos del pueblo. A estos denodados campeones incumbía la difícil y honrosa tarea de encaminar la opinión pública hacia el sagrado fin promovido por un puñado de ciudadanos intrépidos.
A la primera junta tocaba el deber de descorrer el velo de la política opresora de la metrópoli europea; y de despertar el espíritu de independencia de una población aletargada por el abatimiento congenial a los pueblos despotizados por tres centurias. A ella incumbía la tarea de propagar los primeros elementos de los derechos sociales y políticos ignorados por la mayoría de los colonos y echar los fundamentos de una nueva nación.
Para la intrincada labor no bastaban intenciones puras, patriotismo exaltado y aventajada instrucción, era necesario el auxilio de las inspiraciones del genio elevado a la altura de las necesidades y peligros de la época.
La junta eligió para sus secretarios a los eminentes jurisconsultos don Mariano Moreno y don Juan José Paso. El primero, encargado del departamento de Gobierno; el segundo, de Hacienda. Ambos nombres, simpáticos a los promotores de la revolución; ambos ciudadanos eruditos y dignos de la confianza popular.
Pero estaba reservado al doctor Moreno simbolizar en su persona el espíritu de una grande regeneración. Elocuente como Mirabeau; ardiente como Junio Bruto, gozaba de una facilidad sorprendente para la expedición de los negocios de la administración. La vasta inteligencia abrazaba todas las peripecias de una situación erizada de dificultades. Luz del Gabinete, aclaraba todas las dudas y formulaba sin hesitación las más atrevidas reformas.
La prensa, bajo la dirección de su sobresaliente talento y copiosa instrucción, derramaba profusamente principios y nociones elementales sobre todos los ramos a que los pueblos de América eran llamados a intervenir al desligarse del dominio español. Obrero infatigable en la organización de su patria, familiar con la historia de los tiempos modernos y enriquecidos con la filosofía de los antiguos, comprendió su misión sublime y con firmeza incontrastable arrostró las preocupaciones, atacó los abusos y sentó las bases de la República Argentina.
Para ventura de la patria, la junta encerraba en su seno altas inteligencias, y las concepciones felices de su ministerio, hallaban en ella casi siempre ilustrados intérpretes y un acuerdo perfecto de sentimientos.
La junta iniciaba a la vez otros importantes trabajos administrativos y del concurso mutuo de vidas y de voluntades, levantábase la formidable potencia a cuyo impulso fueron derrotados los ejércitos alzados contra ella, fuera de la provincia, deshechas las conjuraciones, vencidas todas las resistencias, y fundada la República.
¡Oh! si esa santa unidad no hubiese sido turbada en los días críticos por las arterias de la envidia, de la ambición y de la ignorancia!
Graben los argentinos en el corazón y en su memoria los preclaros nombres de los autores y fundadores de la independencia de la patria, y para su recuerdo imperecedero de generación en generación, bajo las bendiciones de la República y del respeto que les tributa la historia.
Tomás Guido
Montevideo, mayo de 1855.