lunes, 4 de octubre de 2021

Revolución de Mayo - Tomás Guido

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

35 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En la revista mensual Magazine Atlanta publicada en Buenos Aires en mayo de 1914, se reprodujo un artículo que había escrito Tomás Guido sobre la Revolución de Mayo publicada el 25 de mayo de 1855 en la Gaceta de Buenos Aires.

Revolución de Mayo


La Revolución de Mayo
Interesante artículo de don Tomás Guido aparecido en la “Gaceta de Buenos Aires” del 25 de mayo de 1855


La preponderancia que adquirió el regimiento de patricios de Buenos Aires, el 1° de enero de 1809, sobre los tercios españoles bajo la dirección de don Martín de Álzaga, decididos a defender al general Liniers, defendido por los patricios, reveló al pueblo de Buenos Aires la existencia de un poder que hasta entonces no había tenido ocasión de ensayar, y la autoridad del virrey vino a quedar bajo la única salvaguardia de los batallones nacionales.
Resuelto así un problema que pendiera de este hecho, empezaron a trabajar más desahogadamente, aunque en reuniones secretas, los pocos ciudadanos preocupados de la idea grandiosa de la emancipación de su patria. La casa del doctor Vieytes, en la calle Venezuela, la de don Nicolás Rodríguez Peña, en la calle de la Piedad, tras la iglesia de San Miguel, servían frecuentemente de punto de reunión de los iniciados en el pensamiento de formar un gobierno independiente de la antigua metrópoli. Se Inventaban excursiones al campo y partidas de caza para disfrazar el verdadero intento de este figurado pasatiempo.
Los concurrentes a esos memorables paseos, apenas se encontraban reunidos, sea bajo los árboles o al abrigo de una choza campestre, se ocupaban exclusivamente en combinar los medios de llevar a buen término la obra de sus ensueños y esperanzas.
“El pueblo, decían ello, no está preparado para un cambio violento en la administración. La masa de los propietarios que constituyen la fuerza de la provincia, consagran una especie de culto al general Liniers, en quien no ven el odioso instrumento del absolutismo peninsular, sino al libertador de Buenos Aires, al triunfador de la última invasión extranjera, atacar esa autoridad sería concitar contra nosotros una fuerza invencible”.
No carecían tampoco del sentimiento de la gratitud los hombres generosos dedicados a la libertad de su patria. En sus combinaciones íntimas, en sus expansiones recíprocas, no soñó jamás ni el rencor, ni la ambición, ni la venganza. Una sola pasión les dominaba, la de la independencia de su país, y a ella sacrificaban sin reservas su vida y su fortuna.
Pero ¿cómo procurarse prosélitos para derribar el poder español sin aventurar el sigilo, y arriesgar sin fruto la propia existencia de los confabulados, una vez que llegara a descubrirse por la autoridad el designio secreto de sus trabajos? ¿Cómo iniciar en el misterio al coronel don Cornelio Saavedra, jefe del regimiento patricios, sin cuyo concurso fuera inútil y temeraria toda tentativa, cuando tenía de su parte el favor de Liniers y cuando blasonaba de su lealtad probada, sosteniéndole contra las intrigas de los españoles ?
La desacordada política de la corte de España, se encargó de sacar a los patriotas de este amargo conflicto. El general Liniers, de origen francés, denunciado subrepticiamente a la corte por el Cabildo de Buenos Aires como connivente con el Emperador de los franceses, y acusado de haberse entendido con su emisario imperial para traicionar la causa del Rey, fue depuesto súbitamente y substituido en el mando del virreinato por el general de marina don Baltasar Hidalgo de Cisneros. Esta medida inconsiderada del Gobierno de España vino a satisfacer en cierto modo a los magnates españoles derrotados en la armada del 1° de enero; pero descontentó al propio tiempo a los patricios, lastimó su lealtad y desairó a los que, fieles a sus deberes militares, habían sostenido al virrey atacado por aquellos mismos a quienes más importaba la conservación de la autoridad peninsular.
Por otra parte, la vida entera del general Liniers, sus eminentes servicios a la corona de España, su índole caballeresca y noble, protestaban contra la calumnia de que era víctima y despertaban en los hijos del país, aversiones y desprecios a los instigadores de una vil intriga. El mismo gobierno español, tan débil para contemporizar en América con las preocupaciones bastardas de los enemigos de su fiel servidor, hubo de limitarse, empero, a exonerarle sin destituirlo de su rango va la marina de guerra.
Demarcóse, pues, fácilmente la línea divisoria entre los naturales y los españoles, siquiera no fuese para la generalidad sino el resultado de rivalidades locales, no habiendo aún cundido entre el pueblo las ideas que agitaban a los promovedores de la revolución de mayo. De un lado estaba el número y la confianza en las propias fuerzas; del otro los peninsulares enardecidos contra el agresor de la España, y engreídos de la aquiescencia de la metrópoli a un cambio personal en la administración del virreinato.
No escapó esta circunstancia feliz a los que velaban por aprovechar todos los elementos favorables a su grande empresa.
Con menos recelos se aproximaron entonces a los jefes de los cívicos, para sentar su ánimo, explotando su resentimiento contra los que, no habiendo podido triunfar a mano armada, habían, socabado por manejos sombríos el prestigio de los patrios.
Ninguno de aquellos jefes negó su simpatía a la reacción premeditada.
Con habilidad y cautela se predisponía el ánimo de los ciudadanos a favor del derecho inconcuso de América para cuidar de su propia suerte, desde que la prisión del rey y la ocupación de la península por tropas francesas había desquiciada la máquina gubernativa y dejado a los pueblos a merced de sus propios instintos. La España había dado el ejemplo erigiendo sus juntas y proclamando la mayor parte de las provincias una especie de soberanía independiente, hasta que se instaló la junta central, cuya legitimada, sin embargo, fue disputada y contrariada por alguna de las secciones de la misma España.
A nombre de esta junta, representante del rey cautivo, se presentó en Buenos Aires el virrey Cisneros, haciéndose preceder del general Nieto como delegado, mientras él se desembarazaba de algunas atenciones en la Banda Oriental. Faltaban a Nieto todas las condiciones para fijar una situación, y mucho más para detener o neutralizar el progreso de la propaganda de las nuevas ideas fomentadas por las doctrinas de la prensa española.
El general Nieto, de inteligencia estrecha, fascinado por los errores de consejeros apasionados, y meramente agente transitorio de la política de España, alarmado también por falsas o exageradas denuncias, puso en movimiento los resortes de una política inhábil, más a propósito para enajenar partidarios que para alcanzar por tales medios la afección del pueblo.
El virrey Cisneros no tardó en subrogar a Nieto y posesionarse del mando. Su delegado marchó al Perú con órdenes de sofocar por las armas la explosión generosa de los patriotas Chuquisaca en el año anterior. El periodo de la administración de Cisneros se señaló al principio por cierto espíritu de conciliación, que hubiera sido ventajoso a su causa, si las precauciones graves en que le traían la política y la guerra no le hubieran desviado de la moderación y calma con que empezó su gobierno. Hízose entender al virrey que se preparaba una conspiración a que estaba afiliado don Juan Martín de Pueyrredón, reputado entre los españoles por partidario acérrimo de la independencia.
Decretóse su prisión y transporte a España. Desde entonces ningún patriota se consideró seguro. Para que se forme una idea de la impresión que produjo la conducta del virrey, bueno será recordar la importancia del personaje sobre el cual habían caído sus sospechas. La popularidad de aquel distinguido argentino venía desde su intrépida decisión a levantar un cuerpo de caballería para concurrir con él a la reconquista de su ciudad natal, sorprendida en 1806 por una división británica.
Luego participó de la gloriosa defensa de 1807 bajo las órdenes del general Liniers. Además de eso, sus maneras afables y su gentil porte dábanle un ascendiente entre sus compatriotas, que Cisneros, por inspiración propia o ajena, creyó deber cortar enviándole a España, bajo partida de registro.
Y aquí es el caso de narrar un acontecimiento que, a la par de una grande acción, revela justamente los progresos del espíritu revolucionario que en vano se pretendía ahogar en germen. Apenas circuló la noticia de hallarse preso Pueyrredón en el cuartel de Patricios, su hermana doña Juana Pueyrredón de Sáenz Valiente, matrona de altas prendas, se presentó a la guardia que le custodiaba, y con la elocuencia del alma, y con palabra fácil e insinuante, rodeada de oficiales y soldados, increpóles por servir de instrumento de la tiranía contra un paisano, sin otro crimen que su entusiasmo por la libertad de su patria. “¿Consentiréis, les dijo, que sea sacrificado nuestro compatriota y amigo por la cruel injusticia de un gobernante? ¿Consentiréis que sea expulsado de su país, tal vez para siempre, sin hacerle un cargo, sin oírle, sin juzgarle? ¡Nó, patricios! ¡ Dejad que huya mi hermano, si no queréis haceros cómplices de una iniquidad que amenguaría vuestra fama!!”

Revolución de Mayo
La tropa escuchaba silenciosa estas y otras razones; los oficiales hablaban en secreto, fijando la vista llenos de admiración y respeto en aquella ilustre argentina. En sus semblantes traducían fácilmente la impresión del espíritu y su resolución tomada de libertar al prisionero. Dos horas después de esta escena, evadíase el comandante Pueyrredón por una de las ventanas del cuartel, sin ser detenido por ningún centinela. La amistad se encargó en seguida de ofrecerle un refugio. Cúpole al señor Arana esta noble misión. Los patriotas que acechaban todas las circunstancias que pudieran favorecer sus intentos, apresuráronse a sacar partido de estos incidentes. Las simpatías por la desgracia subían a punto de que se exagerasen las violencias del mandón español y la opinión de los naturales se predisponía gradualmente contra un orden de cosas que empezaba a irritarles.
Entretanto, el puñado de patriotas que había tomado a su cargo dirigir la revolución, reuníanse frecuentemente en los parajes que llevo mencionados. Es tiempo ya de indicar aquí los nombres de los más insignes, de aquellos varones fuertes, nombres para siempre venerables, que no escribe mi pluma jamás sin que mi memoria se ilumine a la luz de su gloria y sus recuerdos, sin que mi corazón les tribute un homenaje más puro de reconocimiento, de admiración y de afecto.
Los principales son:
Don Nicolás Rodríguez Peña, don Manuel Belgrano, don Juan José Paso, don Miguel Irigoyen, don Francisco Paso, doctor Vieytes, don Agustín Donado, don Antonio Luis Beruti y otros argentinos de feliz recordación. Discutíase en la reunión de estos ilustres patriotas la cuestión de oportunidad de una revolución, cuando fue presentado y recomendado a ellos por el doctor don José Darragueira, un confidente íntimo y muy digno colaborador. Decíase a la sazón: “Cuando el monarca español ha abdicado su corona y todos los derechos dinásticos en la persona de un príncipe extranjero; cuando el territorio español se halla invadido de tropas vencedoras, y cuando apenas la ciudad de Cádiz ha quedado para refugio de los infortunados españoles ¿deberemos permanecer sometidos a la voluntad de un mandón irresponsable, después de caducado el poder de que emanó su autoridad? ¿Permaneceremos a merced de la fortuna de la guerra, resignados a pasar de colonos de España a colonos del Imperio francés? ¿Nuestros derechos naturales y políticos no nos autorizan a lo menos a imitar ni aun a la última de las provincias de España, que en la conflagración común de la monarquía se ha organizado separadamente? ¿Será delito en nosotros practicar en resguardo de nuestros derechos lo que se aplaudiría en el último ángulo de España?.
No era posible vacilar sobre el partido señalado por los sucesos sin estar privado de sentido común. La hora ha sonado, dijeron todos, de tomar a nuestro cargo muestro destino, la providencia que rige los imperios ha predispuesto los acontecimientos de manera que la separación del muevo mundo venga a ser la obra de la generación presente. ¿Nos faltará valor para obedecer a su voz y para lanzarnos al sacrificio que la patria exige de nosotros?
¡Quién dudara de la resolución de aquellos hombres eminentes!
Su deber era arrostrar todos los peligros, allanar todos los obstáculos para llegar al término deseado; y lo cumplieron con firmeza y denuedo.
En esta y otras reuniones semejantes la fe y el entusiasmo se mezclaban en todos los discursos. Ninguna titubeaba: contábanse a menudo y reconocían su impotencia para resistir a un golpe de una autoridad alarmada ya. Pero a la presencia de la patria esclava se retemplaba el ánimo de todos, fiados en la excelencia de su cansa y la cooperación de sus conciudadanos cuando llegare el momento de invocar su aprobación.
Adolescente aún, apenas salido del colegio, sentía latir mi corazón de gozo al escuchar por primera vez la expresión calurosa de los autores de la independencia y libertad de mi país. Sentía ir borrándose de una en una las impresiones de la educación doméstica y escolar, amoldada a las prácticas de dominio inveterado, y mi imaginación fascinada con las gratas ilusiones de la primera edad, se transportaba llena de esperanzas a la República de Platón.
Mientras corrían así las cosas, flaqueaban y empalidecían la autoridad del Virrey y de la Audiencia, a medida que se debilitaba la metrópoli con los reveses de su heroica lucha con el conquistador francés. No obstante los hábitos del coloniaje, la influencia de los magistrados peninsulares, las poderosas relaciones mercantiles y políticas con España, el gran número de empleados españoles, una extensa población del mismo origen, ciegamente orgullosa de su dominio tradicional, la veneración respetuosa al monarca, la indiferencia o inercia inseparables en los naturales de una servidumbre secular, y, por último, dos cuerpos de línea del Fijo y de Dragones, levantaban una bandera al parecer insuperable, para un círculo pequeño de hombres, que, si bien animosos, apenas contaban con el apoyo de una parte de la fuerza armada.
Sin embargo, entrábase en relaciones con los jefes don Cornelio Saavedra, don Eustaquio Díaz Vélez, hoy benemérito general de la República, el comandante Romero, don Feliciano Chiclana y otros de menor graduación. Catequizábanse individuos de diversas clases, se consultaba. secretamente a algunos miembros del alto clero, cuyo sufragio fue siempre propicio a nuestras libertades, y procurábase el mayor número de adictos, para exigir por un movimiento imponente un cambio en la administración y una Junta de Gobierno, por voto popular.
¿Impondríase por programa del cambio proyectado la declaración inmediata de la independencia del territorio del virreinato? ¿Convendría desafiar las preocupaciones y los intereses compactos de una oposición fundada en la conciencia de los unos y en la conveniencia de los otros? Por íntimo que fuese este deseo en los promotores de la revolución, ninguno tuvo por sensata la idea de una separación absoluta. Se convino en aplazar un hecho que la vista menos perspicaz divisaba en el horizonte, y se acordó promover la instalación de una Junta que gobernase el virreinato a nombre de Fernando VII. Los votos profundos de los autores de la revolución no quedaron cumplidos sino el 9 de julio de 1816, con la solemne declaración de la independencia nacional. 
Afortunadamente, los talentos del doctor Castelli fueron llamados a consejo del virrey en distintas ocasiones, habiendo en ellas considerádose su estimación. Este jurisconsulto consumado, patriota entusiasta, consiguió persuadir de la necesidad de obtemperar a la opinión creciente de la población, entreteniendo su esperanza con la perspectiva de un nuevo orden de cosas, que afianzaría los vínculos del virreinato con la metrópoli española.
Un acta de energía del virrey hubiera podido frustrar por entonces toda y cualquier alteración. Llegábanle noticias frecuentes de los amaños empleados para conmover a la población. Indicábanle el taller donde se complotaban los patriotas y nombrábasele no pocos de ellos. Faltóle valor para un golpe de mano a que le autorizaban todas las circunstancias, y dejó correr los acontecimientos sin provisión de sus alcances.
Amaneció por fin el 24 de mayo de 1810 y la campana del Cabildo y una citación especial a vecinos notables convocaban al pueblo para resolver sobre su suerte, en medio de la agitación excitada de intento por los factores de la revolución. La multitud, atraída más bien por curiosidad que por la tendencia a innovaciones que no comprendía, servía grandemente a los agentes revolucionarios para imponer con su presencia, al propio tiempo que los conjurados seguidos de corta clientela, tratan de excitarla con sus instigaciones.
En la tarde del mismo día fue publicado por bando el acuerdo clasificado de popular, proclamando una junta gubernativa compuesta del virrey Cisneros, presidente, y de los señores Saavedra, Castelli, Solá e Inchaurregui.
El pueblo pareció satisfecho de esta elección y los españoles se felicitaban de haber salvado el peligro de un trastorno fundamental, viendo triunfante la autoridad del virrey. Muy diferente sensación produjo tan inesperado desenlace en el Club, reunido a las ocho de la noche en casa del señor Peña. Allí se analizó el carácter de los elegidos, se descubrió el origen de la candidatura Cisneros, se reconoció por unanimidad que dos de los miembros de carácter ascético y tímido se plegarían sin violencia a la política del presidente y hasta llegó a dudarse de la firmeza del coronel Saavedra, bajo la presión e influjo de un jefe superior. Contábase solemnemente con la persona del doctor Castelli, pero ninguno de sus amigos descubiertos como conspiradores, se reputó seguro continuando en el mando el general Cisneros.
Era, pues, necesario deshacer lo hecho, convocar nuevamente al pueblo y obtener del Cabildo se prestase a reconsiderar ante otra reunión popular la sanción de la víspera.
Pasóse parte de la noche en deliberar y ponerse de acuerdo con los jefes de patricios y otros cuerpos de la guarnición, y con los que llevaron la voz el 24 en la plaza de la Victoria y en las galerías del Cabildo. A todos estos trabajos andaba noblemente asociado el doctor don Manuel Moreno, uno de los pocos patriotas que restan de aquellos tiempos de perdurable recuerdo. Los honrados ciudadanos French, Cardoso y otros de menos nota, bien que muy dignos de alabanza, los comandantes militares, el honrado benemérito don Feliciano Chiclana, Romero y Díaz Vélez, contribuyeron eficazmente por su ardor patriótico, por su firmeza y perseverancia al mejor éxito de la jornada. Cada uno de ellos reunió a los suyos entre los oficiales subalternos de la guarnición, hallaron la cooperación más enérgica, circunstancia que no se debe olvidar, pues es un timbre honroso para la gallarda juventud, entonces dada al ejercicio de las armas.
Entre esos oficiales distinguióse el hoy brigadier general don Enrique Martínez, a quien entonces, como en el curso de la revolución, debió su patria señalados servicios.
Asegurado el club de la aquiesencia y del apoyo prometidos, llamaron al doctor Castelli para inducirlo a informar al virrey de la agitación pública, y del peligro de un tumulto si no se consultaba otra vez en cabildo abierto al pueblo, descontento con la elección del 24. Castelli explanó las dificultades de ese encargo, y procuró aquietar los ánimos, esperando en la influencia saludable de su persona sobre los complotados.
Pero su raciocinio desmayó ante la resolución del Club, de obtener a todo trance un cambio, y acabó prometiendo que se entendería con el presidente Cisneros.
Al mismo tiempo se enviaban emisarios en todas direcciones, y, a las doce de la noche, una comisión del Club, a la que acompañó, se encaminó a la casa del síndico procurador del Cabildo, el doctor Leiva, tocándome presenciar el diálogo que muy luego se entabló entre los empleados y el respetable anciano. 
El procurador, saltando de su cama, acudió a los golpes dados a la ventana de su habitación, y abriendo oyó la notificación de la voluntad de los patriotas, hecha en el lenguaje de una intimación perentoria.
La prudencia y circunspección del doctor Leiva, no podían reconciliarse llanamente con la iniciativa a otro llamamiento del pueblo para destruir lo que pocas horas antes se había sancionado con su beneplácito. Luchaban en él notoriamente sus sentimientos patrióticos y las responsabilidades de sus deberes oficiales. Negóse a la solicitud. Vencido, empero, por reflexiones calurosas, ofreció, en fin, que invitaría al Cabildo, a convocar al pueblo una vez más.
Era ya la alta hora de la noche cuando se tuvo la certeza de la citación a un nuevo Cabildo popular y la probabilidad de una nueva elección en la mañana siguiente, de acuerdo con los intereses del pueblo. 
Pero ¿quiénes serían los candidatos de la nueva junta? ¿Quiénes satisfarían las miras de aquellos hombres generosos, empeñados con rectitud de espíritu en fundar un gobierno ilustrado y patriota? Ninguno de los asociados se presentaba a ocupar puestos públicos. El desinterés de los pudientes, llevado hasta la prodigalidad de su fortuna, en servicio de la causa que abrazaron de corazón, se había convertido en religión común. Ninguno de ellos ambicionaba más que la ventura de la patria.
En tal perplejidad, redactaron varias listas, en que se leía uno a otro nombre aceptable, pero nadie completaba el número previsto para integrar la junta. Ansiaban, pues, por salir de unas vacilaciones, que podrían ser funestos, si la elección recaída en personas discordes con el fin de la revolución.
Se aproximaba el alba sin que aún se hubiese convenido sobre los elegibles. Hubo un momento en que se desesperó de encontrarlos.
¡Grande zozobra y desconsuelo para los congregados en ese gran complot, de donde nació la libertad de la República! La situación presentaba cada vez un aspecto más siniestro. En estas circunstancias, el señor don Manuel Belgrano, mayor del regimiento de patricios que, vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias, observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie súbitamente y, a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de su sangre generosa, entró en la sala del Club (El comedor de la casa del señor Peña) y lanzando una mirada altiva en rededor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada: “Juro, dijo, a la patria, y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas!”.
Profunda sensación causó en los circunstantes tan valiente y sincera resolución. Las palabras del noble Belgrano fueron acogidas con fervoroso aplauso.
Desde luego volvieron todos a ocuparse de los candidatos, y cuando parecía agotada la esperanza de poderse concertar, don Antonio Luis Beruti, pidió se le pasase un papel y tintero, y, como inspirado de lo alto, trazó sin trepidar los nombres de los miembros que compusieron la primera junta. Enseguida leyendo la lista por él confeccionada, dirigióse a sus colegas diciéndoles: “He aquí, señores, los hombres de que necesitamos”.
La aprobación y el contento de los asociados no pudo ser más unánime. Todos demostraban un grato asombro por el acierto de la elección propuesta por Beruti. Este era un empleado antiguo y probo de la contaduría del Tesoro, fogoso proclamador de los principios liberales, y uno de los agentes más activos de la libertad de su país.
Aceptada la lista de este ciudadano, mandóse circular rápidamente entre los llamados a cooperar para el triunfo. En la mañana del 25 de mayo la campana del cabildo llamaba al pueblo, y la Municipalidad citaba a los notables para su salón de despacho. Los ciudadanos de todas condiciones acudían en tropel, atraídos por la novedad. Las tropas permanecían en sus cuarteles y los invitados tomaban asiento en la sala capitular. El alcalde de primer voto anunció a los espectadores el objeto de aquel llamamiento. Se entablaron debates animados entre los adictos del antiguo régimen y entre los propugnadores de la resolución. El pueblo aguardaba impaciente; no pocas veces fue interrumpida la grave sesión por la vocería popular, animada por tribunos ardientes. La multitud no abandonó la plaza, corredores, aposentos del antiguo cabildo, sino cuando se anunció el acuerdo y se proclamó la nueva junta.
Revolución de mayo

A las tres de la tarde un bando solemne publicaba el acuerdo del cabildo abierto, instalando una nueva junta gubernativa en nombre de don Fernando VII, compuesta de los populares ciudadanos citados a continuación: Presidente, don Cornelio Saavedra; vocales: los señores Azcuénaga, Castelli, Belgrano, Larrea, Matheu y Alberti.
Se han cumplido los votos de los verdaderos patriotas. El destino futuro de la patria pendía de la capacidad y virtudes de los elegidos del pueblo. A estos denodados campeones incumbía la difícil y honrosa tarea de encaminar la opinión pública hacia el sagrado fin promovido por un puñado de ciudadanos intrépidos.
A la primera junta tocaba el deber de descorrer el velo de la política opresora de la metrópoli europea; y de despertar el espíritu de independencia de una población aletargada por el abatimiento congenial a los pueblos despotizados por tres centurias. A ella incumbía la tarea de propagar los primeros elementos de los derechos sociales y políticos ignorados por la mayoría de los colonos y echar los fundamentos de una nueva nación.
Para la intrincada labor no bastaban intenciones puras, patriotismo exaltado y aventajada instrucción, era necesario el auxilio de las inspiraciones del genio elevado a la altura de las necesidades y peligros de la época.
La junta eligió para sus secretarios a los eminentes jurisconsultos don Mariano Moreno y don Juan José Paso. El primero, encargado del departamento de Gobierno; el segundo, de Hacienda. Ambos nombres, simpáticos a los promotores de la revolución; ambos ciudadanos eruditos y dignos de la confianza popular.
Pero estaba reservado al doctor Moreno simbolizar en su persona el espíritu de una grande regeneración. Elocuente como Mirabeau; ardiente como Junio Bruto, gozaba de una facilidad sorprendente para la expedición de los negocios de la administración. La vasta inteligencia abrazaba todas las peripecias de una situación erizada de dificultades. Luz del Gabinete, aclaraba todas las dudas y formulaba sin hesitación las más atrevidas reformas.
La prensa, bajo la dirección de su sobresaliente talento y copiosa instrucción, derramaba profusamente principios y nociones elementales sobre todos los ramos a que los pueblos de América eran llamados a intervenir al desligarse del dominio español. Obrero infatigable en la organización de su patria, familiar con la historia de los tiempos modernos y enriquecidos con la filosofía de los antiguos, comprendió su misión sublime y con firmeza incontrastable arrostró las preocupaciones, atacó los abusos y sentó las bases de la República Argentina.
Para ventura de la patria, la junta encerraba en su seno altas inteligencias, y las concepciones felices de su ministerio, hallaban en ella casi siempre ilustrados intérpretes y un acuerdo perfecto de sentimientos.
La junta iniciaba a la vez otros importantes trabajos administrativos y del concurso mutuo de vidas y de voluntades, levantábase la formidable potencia a cuyo impulso fueron derrotados los ejércitos alzados contra ella, fuera de la provincia, deshechas las conjuraciones, vencidas todas las resistencias, y fundada la República.
¡Oh! si esa santa unidad no hubiese sido turbada en los días críticos por las arterias de la envidia, de la ambición y de la ignorancia!
Graben los argentinos en el corazón y en su memoria los preclaros nombres de los autores y fundadores de la independencia de la patria, y para su recuerdo imperecedero de generación en generación, bajo las bendiciones de la República y del respeto que les tributa la historia.
Tomás Guido
Montevideo, mayo de 1855.