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domingo, 1 de junio de 2008

Los escritores - Juan Bautista Alberdi - La República Argentina 37 años después de su revolución de Mayo

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 7 - Junio 2008 - Pags. 6 y 7 


  Los escritores - Juan Bautista Alberdi

La República Argentina 37 años después de su Revolución de Mayo

En el texto transcripto a continuación y para facilitar su lectura no se ha respetado literalmente al  original (En el original de la obra aparecen las palabras “Arjentina”, “arjentino”, “estranjero”, “soi”, etc.)

La obra completa en su redacción original, se puede leer en la página web de la Biblioteca Nacional: www.bibnal.edu.ar/webpub/digital.asp


Hoy más que nunca, el que ha nacido en el hermoso país situado entre la Cordillera de los Andes y el Río de la Plata, tiene derecho a exclamar con orgullo: soy argentino

En el suelo extranjero en que resido, no como proscripto, pues he salido de mi patria según sus leyes, sino por franca y libre elección, como puede residir un inglés o un francés alejado de su país por conveniencia propia; en el lindo país que me hospeda y que tantos goces brinda al que es de fuera; sin agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verles más ufanos y dignos que nunca.

La verdad sea dicha sin mengua de nadie: los colores del Río de la Plata no han conocido la derrota ni la defección. En las manos de Rosas o de Lavalle, cuando no han patrocinado la victoria, han presidido a la libertad. Si alguna vez han caído en el polvo, ha sido ante ellos propios: en guerra de familia, nunca a la planta de extranjero.

Guarden, pues, sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias; que a pesar de ellas, ningún pueblo de esta parte del Continente tiene derecho a tributarnos piedad.

La República Argentina no tiene un hombre, un suceso, una caída, una victoria, un acierto, un extravío en su vida de nación, de que deba sentirse avergonzada. Todos los reproches, menos el de villanía. Nos viene este derecho de la sangre que corre en nuestras venas; es la Castellana; es la del Cid, la de Pelayo.

Lleno de efusión patriótica y poseído de esa imparcialidad que da el sentimiento puro del propio nacionalismo, quiero abrazarlos todos y encerrarlos en un cuadro; cegado alguna vez, del espíritu de partido, he dicho cosas que han podido halagar el oído de los celos rivales; que me oigan ellos hoy algo que no les parecerá tan halagüeño ¿no habrá disculpa para el egoísmo de mi patriotismo local, cuando la parcialidad a favor del propio suelo es un derecho de todos?

…Rosas no es un simple tirano a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas, bajo ciertos aspectos.

Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre, como el actual Gobernador de Buenos Aires.

Sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo, pero no más conocido que el de Rosas.

Los Estados Unidos, a pesar de su celebridad, no tienen hoy un hombre público más espectable que el general Rosas. Se habla de él popularmente de un cabo a otro de América, sin haber hecho tanto como Cristóbal Colón. Se le conoce en el interior de Europa, más o menos como a un hombre visible de Francia o Inglaterra; y no hay lugar en el mundo donde no sea conocido su nombre, porque no hay uno a donde no llegue la prensa inglesa y francesa, que hace diez años le repiten día por día. ¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo XIX no le ha nombrado, no ha hablado de él muchas veces? Guizot, Thiers, O’Conell, Lamartine, Palmerston, Aberdeen ¿cuál es la celebridad parlamentaria de esta época que no se haya ocupado de él, hablando a la faz de Europa?

…Así yo diré con toda sinceridad una cosa que considero consecuente con lo que dejo expuesto: Si se perdiesen los títulos de Rosas a la nacionalidad argentina, yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de su rescate. Me es más fácil declarar que explicar el motivo porqué me complazco en pensar que Rosas pertenece al Río de la Plata.

Pero, cuando hablando así, se nombra a Rosas, se habla de un general argentino, se habla de un hombre del Plata, o más propiamente, se habla de la República Argentina. Hablar de la espectabilidad de Rosas, es hablar de la espectabilidad del país que representa. Rosas no es una entidad que pueda concebirse en abstracto y sin relación al pueblo que gobierna. Como todos los hombres notables, el desarrollo extraordinario de su carácter, supone el de la sociedad a que pertenece. Rosas y la República Argentina son dos entidades que se suponen mutuamente: él es lo que es, porque es argentino; su elevación supone la de su país; el temple de su voluntad, la firmeza de su genio, la energía de su inteligencia, no son rasgos suyos, sino del pueblo, que él refleja en su persona. La idea de un Rosas boliviano o ecuatoriano, es un absurdo. Solo el Plata podía dar por hoy, un hombre que haya hecho lo que Rosas. Un hombre fuerte supone siempre otros muchos de igual temple a su alrededor. Con un ejército de ovejas, un león a su cabeza sería hecho prisionero por un solo cazador.

Suprimid Buenos Aires, y sus masas, y sus innumerables hombres de capacidad, y no tendréis Rosas…

Rosas, óleo de Fernando García del Molino.
Museo Histórico Nacional



sábado, 1 de marzo de 2008

Los Escritores - Carlos Pereyra

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 6 - Marzo 2008 - Pag. 4 

LOS ESCRITORES
Carlos Pereyra

Carlos Pereyra nació en Méjico en 1871. Estudió derecho y ejerció el periodismo entre 1892 y 1897; a los 21 años fundó su propio diario. Fue embajador de su país en Cuba, Bélgica y España.

Cuando en 1910 estalló la revolución mejicana se encontraba en Madrid, y sintiéndose incompatible con los postulados revolucionarios, dimitió de sus cargos, pasando a residir desde entonces en la capital de España. 

Fue miembro del Tribunal Internacional de Arbitraje de La Haya en 1913. Fue un destacado y prolífico historiador. Escribió numerosas obras, en la mayoría de las cuales pretendió rechazar la indocumentada visión que había contribuido a engrandecer la llamada leyenda negra, apoyando la tesis de los beneficios que la magna empresa colonizadora española supusieron para América. 

En 1920, publicó Obra de España en América y, desde 1920 hasta 1924, aparecieron los ocho volúmenes que componen su Historia de la América española. 

Otro de los aspectos de su labor como historiador, estuvo marcado por su crítica al accionar de los Estados Unidos en su relación con la América hispana. 

El Mito de Monroe escrito en 1916, y El fetiche constitucional americano, publicado en el año de su muerte, acaecida en Madrid, en 1942, fueron dos de sus libros que dedicó al tema. Seis años después, sus restos fueron trasladados a su ciudad natal. 

Otras de las más importantes obras que escribió, son: La huella de los conquistadores, De Washington a Roosevelt, Francisco Solano López y la Guerra del Paraguay, La conquista de las rutas oceánicas, Breve Historia de América, Hernán Cortés y la epopeya del Anauac, Francisco Pizarro, México falsificado. 

En la Revista de Indias se publicaron varios de sus vibrantes artículos en defensa de la Hispanidad. 

En el año 1944, fue publicada en Buenos Aires, otra de sus obras, titulada Rosas y Thiers (La diplomacia europea 1838-1850), algunos de cuyos capítulos ofrecemos a nuestros lectores a continuación y que se relacionan con el conflicto franco-argentino de 1838/1840.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Los escritores: Alberto Ezcurra Medrano

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 5 - Diciembre 2007 - Pags. 12 a 15 



Le ofrecemos al lector parte del 1er. Capítulo de “Las Otras Tablas de Sangre” de Alberto Ezcurra Medrano, Edit Haz, 2da. Edic., 1952.



EL JUICIO HISTORICO SOBRE ROSAS 

Lenta, pero firmemente, la verdad sobre Rosas se abre camino. 

La causa de esa lentitud se explica. A Rosas le tocó actuar en pleno auge del romanticismo y del liberalismo. Sus enemigos, libres de la pesada tarea de gobernar, empuñaron la pluma e “inundaron el mundo -como dice Ernesto Quesada- con un maëlstrom de libros, folletos, opúsculos, hojas sueltas, periódicos, diarios y cuantas formas de publicidad existen”. Supieron explotar la sensiblería romántica dando a ciertas ejecuciones y asesinatos una importancia que no les corresponde dentro del cuadro histórico de la época. Los famosos degüellos de octubre del año 40 y abril del 42 pasaron a la historia hipertrofiados, como si los 20 años de gobierno de Rosas se hubiesen reducido a esos dos meses y como si su acción gubernativa no hubiese sido otra que ordenar o tolerar degüellos. Rosas, para ellos, fué un monstruo, y desde este punto de vista, que no permiten discutir, juzgan su época, sus hechos y sus intenciones. Si Rosas fusiló, no fue porque lo creyó necesario, sino para satisfacer su sed de sangre. Si luchó -aunque sea con el extranjero-, no fue por patriotismo, sino por ambición personal, o para distraer la atención del pueblo y mantenerse en el poder. Si expedicionó al desierto, fue para formarse un ejército. Si efectuó un censo, fue para catalogar unitarios y perseguirlos. Si ordenó una matanza de perros, que se habían multiplicado terriblemente en la ciudad, lo hizo para instigar una matanza de unitarios. Y así, mil cosas más. Naturalmente, de todo esto resultó un Rosas gigantesco por su maldad, “un Calígula del siglo XIX”, es decir, el Rosas terrible que necesitaban los unitarios para justificar sus derrotas y sus traiciones. 

Como la historia la escribieron los emigrados que regresaron después de Caseros, ese Rosas pasó a la posteridad, y desde entonces todas las generaciones han aprendido a odiarlo desde la escuela. Sólo así se explica que aun perdure en el pueblo el prejuicio fruto del manual de Grosso y de las horripilantes escenas de la Mazorca conocidas a través de Amalia o de alguna recopilación de “diabluras del Tirano.” 

Afortunadamente, en la pequeña minoría que estudia la historia se evidencia una reacción. Los libros nuevos que tratan seriamente el debatido tema lo hacen con un criterio cada vez más imparcial. Tal es el caso de las interesantes obras publicadas en 1930 por Carlos Ibarguren y Alfredo Fernández García. 

“Donde hay un hombre, hay una luz y una sombra”, se ha dicho. Rosas, como hombre que fue, cometió errores, pero no crímenes, porque “el delito -como él mismo escribió en su juventud- lo constituye la voluntad de delinquir”, y es absolutamente infundada la afirmación de que él la tuvo. Cuando se habla de su reivindicación, no se trata de presentarlo sin mancha a los ojos de la posteridad, como han querido presentarse sus enemigos, ni tampoco de “disculparlo”, como dicen algunos con cierto retintín cada vez que oyen hablar de cualquiera de sus innegables aciertos. El perdón supone el crimen, y la facultad de concederlo no pertenece a la historia, sino a Dios. De lo que se trata es, simplemente, de presentarlo tal cual fué, con sus errores y con sus aciertos, ya que los primeros no tienen la propiedad de borrar los segundos, tal como los numerosos fusilamientos ordenados por Lavalle y Lamadrid en sus campañas no extinguen ni una partícula de la gloria que les corresponde por el valor legendario de que dieron pruebas en la guerra de la independencia. La vida pública de esos hombres no es un todo indivisible que se pueda condenar o glorificar en globo. Por eso es absurda en nuestros días esa fobia oficial antirrosista que, haciéndose cómplice de lo que podríamos llamar conspiración del olvido, excluye sistemáticamente el nombre de Rosas de las calles y paseos públicos mientras se le concede ese honor a una porción de personajes anodinos, cuando no traidores o enemigos de la patria. (No sólo se excluye el nombre de Rosas, sino que se procura excluir el de todo personaje rosista o hecho de armas favorable a Rosas. Para citar un ejemplo, ninguna calle de Buenos Aires lleva el nombre de Costa Brava, combate en que se cubrió de gloria la armada argentina derrotando a la oriental, que mandaba José Garibaldi. Sin embargo, este aventurero, saqueador e incendiario tiene hoy varias calles y monumentos, y -parece increíble- lleva su nombre un guardacostas de esa armada nacional contra la cual luchó pérfida y deslealmente. A ese extremo ha llegado la pasión antirrosista.) 

La “tiranía” no fue un hombre sino una época en que todos emplearon cuando pudieron los mismos métodos. Rosas no “abrió el torrente de la demagogia popular”, como se ha dicho con más literatura que acierto. Lo tomó desbordado como estaba, tal como no quisieron tomarlo ni San Martín ni otros hombres de valer; lo encauzó dirigiéndolo hacia un buen fin, lo siguió unas veces y otras lo contuvo con su acostumbrada energía. 

Es muy cómodo, pero muy injusto, cargar sobre Rosas toda la responsabilidad de una época semejante. 

Cuando se habla del terror, de los abusos, de los crímenes, es preciso averiguar, no sólo lo que hizo Rosas, sino también lo que hicieron sus enemigos, algo de lo cual hemos de bosquejar en el presente ensayo. Dentro de lo hecho en el campo federal, hay que delimitar bien lo que ordenó Rosas, lo que se hizo con su tolerancia y lo que se hizo contra su voluntad. Y finalmente, dentro de lo que ordenó Rosas, es preciso establecer cuándo hubo abuso, cuándo obró justamente -porque al fin y al cabo, era autoridad legal (Esta circunstancia parece haber sido olvidada por los severos juzgadores de la “tiranía” Una cosa es el fusilamiento ordenado por quien ha sido investido por la ley con la suma del poder público y desempeña el gobierno cumpliendo la misión que se le encomendó, y otra es el fusilamiento por orden de un general levantado en armas contra la autoridad legítima. Cuando Rosas, los gobernadores de provincias o los generales gubernistas en campaña daban muerte a los unitarios sublevados, no hacían más que aplicar los artículos de las ordenanzas españolas, que establecían lo siguiente: “Art.26- Los que emprendieren cualquier sedición, conspiración o motín, o indujeron a cometer estos delitos contra mi real servicio, seguridad de las plazas y países de mis dominios, contra la tropa, su comandante u oficiales, serán ahorcados, en cualquier número que sean.” ((Colón reformado, tomo III, pág. 278))  “Art.168.- Los que induciendo y determinando a los rebeldes hubieren promovido o sostuvieren la rebelión, y los caudillos principales de ésta, serán castigados con la pena de muerte.” ((Colón reformado, tomo III, pág. 43)) Igual pena establecían las ordenanzas para los desertores. Esas eran las leyes penales que regían entonces. Y Rosas -autoridad legal con la suma del poder público- las aplicaba. Pero sus detractores parecen creer que en esos tiempos estaba en vigencia el Código Penal de 1921.)- y cuándo obró de manera que sería condenable en circunstancias normales, pero que en las suyas era una legítima defensa contra iguales métodos de sus contrarios. Sólo así tendremos la base sobre la cual se ha de asentar el juicio definitivo. Con repetir a priori que Rosas fué el “principal responsable”, nos habremos ahorrado ese trabajo previo, pero no probaremos nada. 

Además, por encima de esa investigación imparcial, es necesario que varíe el criterio con que se juzga esa época. Antes se la juzgaba con criterio romántico y liberal. Hoy, que el romanticismo está en decadencia, priva un criterio objetivo, pero aún no despojado de la influencia liberal. Por eso, al juzgar a Rosas, muchos creen condenarlo, y en realidad condenan, no al hombre, sino al sistema: la dictadura. No se contentan con juzgar lo que hizo Rosas, sino que le señalan también lo que debió hacer, y como tienen prejuicios liberales, concluyen: Rosas debió dar al país una constitución liberal y democrática. Pudo hacerlo y no lo hizo. Luego: su gobierno fué estéril. 

Tal razonamiento es muy discutible. Sería preciso averiguar si Rosas realmente hubiera podido constituir al país. Y suponiendo que hubiera podido, aún quedaría por averiguar si hubiese debido hacerlo. Para los liberales, eso no admite dudas. Para los que creen que era preciso consumar previamente la unidad política y geográfica del país y dejar luego que la tradición presidiese su constitución natural, la cuestión varía de aspecto. 

No condenemos, pues, a Rosas por haber omitido hacer lo que el liberalismo juzga que debió haber hecho. Juzguémoslo a través de lo que hizo: consolidar la unión nacional y mantener la integridad del territorio, preparándolo para la organización definitiva. Ésa es su gloria. Cuando se lo juzgue con simple buen sentido y, por consiguiente, sin prejuicios liberales, le será reconocida. 

I.- 

El régimen del terror tiene en nuestra historia antecedentes muy anteriores a la época de Rosas. 

Desde la independencia argentina, fué aplicado por casi todos los gobiernos. La Junta de 1810 ya había formado su doctrina en el Plan de las operaciones que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia, atribuido a Mariano Moreno. En este célebre documento se sostiene que con los enemigos declarados: ”...debe observar el gobierno una conducta, las más cruel y sanguinaria; la menor especie debe ser castigada. La menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa, debe castigarse con pena capital, principalmente cuando concurran las circunstancias de recaer en sujetos de talento, riqueza, carácter...” Y luego añadía: “No debe escandalizar el sentido de mis voces; de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa...Y si no, ¿porqué nos pintan a la libertad ciega y armada de un puñal?. Porque ningún Estado envejecido o provincias pueden regenerarse ni cortar sus corrompidos abusos sin verter arroyos de sangre.” 

El plan revolucionario no quedó en el papel. En su cumplimiento cayeron en Córdoba, el 26 de agosto de 1810, Liniers, Gutiérrez de la Concha, Allende, Rodríguez y Moreno, en virtud del siguiente decreto de la Junta, obra del mismo autor del Plan: 

“Los sagrados derechos del Rey y de la Patria han armado el brazo de la justicia. Y esta Junta ha fulminado sentencia contra los conquistadores de Córdoba, acusados por la notoriedad de sus delitos y condenados por el voto general de todos los buenos. La Junta manda que sean arcabuceados don Santiago de Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el obispo de Córdoba, don Victoriano Rodríguez, el coronel Allende y el oficial real Juan Moreno. En el momento en que todos o cada uno de ellos sea pillado, sean cuales fueren las circunstancias, se efectuará esta resolución, sin dar lugar a minutos que proporcionen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y honor de V.S. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los jefes del Perú, que se abandonan a mil excesos por la esperanza de la impunidad, y es, al mismo tiempo, la prueba fundamental de la utilidad y energía con que llena esa expedición los importantes objetos a que se destina.” 

Vencidos los realistas en Suipacha, la tragedia de Córdoba se repitió en el Alto Perú. El 15 de diciembre del mismo año cayeron, en la Plaza Mayor de Potosí, el mariscal Vicente Nieto, el capitán de navío y brigadier José de Córdoba y Rojas y el gobernador intendente Francisco de Paula Sanz, fusilados por orden del representante de la Junta, Juan José Castelli. 

Mientras tanto, en Buenos Aires, era ejecutado don Basilio Viola, sin formación de causa, por creérsele en correspondencia con los españoles de Montevideo. 

Pero no es sólo en virtud del Plan de Moreno que se fusila, ni son sólo españoles los que caen. En 1811 se produce una sublevación del regimiento criollo de Patricios. La causa remota fué el descontento producido por el alejamiento de Saavedra; la próxima, la orden de suprimir las trenzas. Como consecuencia del motín fueron condenados a muerte cuatro sargentos, tres cabos y cuatro soldados, y sus cuerpos se exhibieron al vecindario colgados en horcas en la Plaza de la Victoria. Esta represión fué obra de Bernardino Rivadavia, alma del primer Triunvirato. 

Al año siguiente, 1812, se produce la conspiración de Álzaga, y también es ahogada en sangre por Rivadavia. Después del fusilamiento del jefe y los principales cabecillas, se realiza una matanza popular de españoles. 

“Las partidas -dice Corbiere- buscaban a los españoles prestigiosos y sospechados de monárquicos, en sus casas, para matarlos, sin que autoridad alguna les detuviera la mano. Bastaba ser godo, apodo dado a los peninsulares, para que el populacho, formado de gauchos, mulatos, negros, indios y mestizos, capitaneado por caudillos del momento, se arrojase sobre la víctima y la ultimase a golpes, siendo arrastrado el cadáver hasta la Plaza de la Victoria, donde quedaba colgado de la horca; exactamente como habían procedido, en situación semejante, los populachos de Quito y Bogotá, tres años antes. Durante varios días se practicó <la caza de españoles> y la fobia de los cazadores siguió celebrándose con explosión patriótica justificada por el crimen que significaba la fracasada conspiración...Un mes duró el terror. La Plaza de la Victoria mostró más de cuarenta víctimas del fanatismo popular, que los victimarios miraron con la satisfacción del deber cumplido.” 

Puso fin a este mes trágico un decreto-proclama del Triunvirato, cuyo texto comenzaba así: “¡Ciudadanos, basta de sangre! perecieron ya los principales autores de la conspiración y es necesario que la clemencia substituya a la justicia.” Y terminaba en la siguiente forma: “El gobierno se halla altamente satisfecho de vuestra conducta y la patria fija sus esperanzas sobre vuestras virtudes sin ejemplo. Buenos Aires, 24 de julio de 1812.- Feliciano Antonio Chiclana, Juan Martín de Pueyrredón, Bernardino Rivadavia. Nicolás de Herrera, secretario.” 

Cuando en octubre de 1840 se repitieron escenas semejantes, no constituyeron, pues, una novedad para Buenos Aires. Ni siquiera el decreto del 31 de octubre, con que Rosas puso fin a las mazorcadas, pudo sorprender a nadie. Rosas no innovaba. Seguía el ejemplo de su antecesor Bernardino Rivadavia. (Debemos hacer notar aquí una diferencia, las víctimas de este último no eran argentinos unidos al enemigo extranjero; eran españoles, fieles a su patria y a su rey. Con todo, mientras a Rivadavia se le alaba su energía, a Rosas se le reprocha su crueldad. Tal es la lógica sobre la cual se pretende fundamentar el odio a Rosas, cuando ella misma está falseada por este odio.) 

No terminó con el primer Triunvirato el régimen del terror. Un decreto del 23 de diciembre del mismo año ordena lo siguiente: “1° Ninguna reunión de españoles europeos pasará de tres, y en caso de contravención serán sorteados y pasados por las armas irremisiblemente, y si ésta fuese de muchas personas sospechosas a la causa de la patria, nocturna, o en parajes excusados, los que la compongan serán castigados con pena de muerte. 2° No podrá español alguno montar a caballo, ni en la Capital ni en su recinto, si no tuviere expresa licencia del Intendente de Policía, bajo las penas pecuniarias u otras que se consideren justas, según la calidad de las personas en caso de contravención. 3° Será ejecutado incontinenti con pena capital el que se aprehenda en un transfugato con dirección a Montevideo, ese otro punto de los enemigos del país, y el que supiere que alguno lo intenta y no lo delatare, probado que sea será castigado con la misma pena.” Este decreto lleva las firmas de Juan José Passo, Nicolás Rodríguez Peña, Antonio Álvarez de Jonte y José Ramón de Basavilbaso. 

Los gobiernos revolucionarios posteriores no se mostraron más suaves en la represión de las actividades subversivas. Alvear, el 28 de marzo de 1815, dicta un decreto terrorista en que se pena con la muerte a los españoles y americanos que de palabra o por escrito ataquen el sistema de libertad e independencia; a los que divulguen especies alarmantes de las cuales acaezca alteración del orden público; a los que intenten seducir soldados o promuevan su deserción, y reputa como cómplices a quienes, teniendo conocimiento de una conspiración contra la autoridad no la denuncien. Diez días después de este decreto, el 7 de abril, domingo de Pascuas, amanecía colgado frente a la Catedral el cadáver del capitán Marcos Ubeda. Acusado de conspirar, había sido juzgado en cinco horas y fusilado dos horas después. Las familias porteñas que concurrían a misa pudieron presenciar el espectáculo, y ello influyó no poco en la estrepitosa caída de Alvear, que se produjo a los ocho días de la terrorífica exhibición. Pero el método ya había sido introducido en la vida política argentina y era imposible detenerlo. Actos como éste traían otros, a título de represalia. Caído Alvear, le sucede Álvarez Thomas, quien designa una comisión militar y otra civil para juzgar los delitos cometidos bajo el breve período que en documentos públicos -15 años antes de Rosas- se llamó la “tiranía” de Alvear. La comisión militar, presidida por el general Soler, procesó al coronel Enrique Payllardel por haber presidido el consejo de guerra que condenó a Ubeda. Payllardel fué también condenado a muerte, ejecutándose la sentencia. 

Transcurren los primeros años de la independencia y se sigue derramando sangre. En 1817 son fusilados Juan Francisco Borges y algunos compañeros, por orden de Belgrano. En 1819, a raíz de una sublevación de prisioneros españoles en San Luis, son degollados el brigadier Ordóñez, los coroneles Primo de Rivera y Morgado y todos los jefes y oficiales. En 1820, Martín Rodríguez ordena el fusilamiento de dos cabecillas del motín del 5 de octubre del mismo año. 

En 1823, Rivadavia, como ministro de Rodríguez, y a raíz de la intentona revolucionaria del 19 de marzo, motivada por su reforma religiosa, ordena el fusilamiento de Francisco García, Benito Peralta, José María Urien, doctor Gregorio Tagle y comandante José Hilarión Castro. García fué ejecutado el día 24, al borde del foso de la Fortaleza, Peralta y Urien lo fueron el 9 de abril. El comandante Castro logró escapar, e igualmente el doctor Tagle, a quien facilitó la fuga, en nobilísimo gesto, el coronel Dorrego. 

En este mismo año de 1823 gobernaba en Tucumán don Javier López, el general unitario que en 1830 solicitaría al gobierno de Buenos Aires la entrega del “famoso criminal” Juan Facundo Quiroga. El general López ejerció en Tucumán una dictadura sangrienta, de la cual Zinny hace el siguiente comentario: “Raro fué el ciudadano de Tucumán que no hubiera sido vejado y oprimido; todas las garantías públicas y privadas fueron atacadas; más de cuarenta víctimas se inmolaron al deseo obstinado de sostenerse en el mando contra la voluntad general; más de mil habitantes útiles al país desaparecieron de su suelo desde que este jefe encabezara la guerra civil. He aquí -añade Zinny- la lista de los fusilados sin formación de causa: 

“Don Pedro Juan Aráoz, comandante Fernando Gordillo, general Martín Bustos, capitán Mariano Villa, fusilados en un día, con dos horas de plazo. Don Agustín Suárez, don Manuel Videla, azotados y, a las dos horas, fusilados. Don Basilio Acosta. Don Baltazar Pérez. General Bernabé Aráoz, fusilado clandestinamente en Las Trancas. Don Vicente Frías. Don Beledonio Méndez, descuartizado en la plaza. Don N. Piquito, descuartizado en Montero. Don Isidro Medrano. Don Eusebio Galván, degollado por el oficial S... Don Romualdo Acosta. Don Félix Palavecino. Don Baltazar Núñez. Comandante Luis Carrasco, con sus dos asistentes, y muchos otros.” 

He aquí cómo, en aquel remoto año de 1823, cuando aún no se había iniciado francamente la lucha entre federales y unitarios, ya sientan el precedente sangriento nada menos que el padre del unitarismo, en Buenos Aires, y uno de sus principales generales, en Tucumán.

Los Escritories: Alfredo Tarruella

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 5 - Diciembre 2007 - Pags. 11 y 12 



Le ofrecemos al lector el Prólogo 
–de Alfredo Tarruella– 
 del libro “Las Otras Tablas de Sangre” de Alberto Ezcurra Medrano, Edit Haz, 2da. Edic., 1952.


P R O L O G O

El revisionismo histórico argentino ha realizado una labor científica, hondamente patriótica, en favor de la verdadera historia argentina. Todos los años se publican libros y folletos que destruyen la leyenda negra difundida por los historiadores liberales, heterodoxos todos ellos, y que por su misma heterodoxia combatieron desde las logias y luego desde el gobierno lo más profundo del ser tradicional argentino, para desarraigar nuestras antiguas y nobles costumbres, nuestras ideas y sentimientos esenciales católicos.

Y esta labor revisionista, que se ha intensificado hace algo menos de treinta años a esta parte, y que se desarrolla en la cátedra, en el libro, en periódicos y conferencias por todo el país, continúa la obra que a fines del siglo pasado inició con su Historia de la Confederación Argentina Adolfo Saldías, y luego, en su libro intitulado La época de Rosas, Ernesto Quesada.

El período más intenso, de más grandeza y que da la verdadera razón de nuestra nacionalidad fué y es negado hasta hoy por los historiadores liberales, que se copian unos a otros en su deleznable tarea de difundir una historia falsificada. De esta manera la investigación histórica se estanca y pierde total vitalidad. ¿Y qué podríamos decir de los textos de historia argentina destinados a los establecimiento de segunda enseñanza?. Hemos leídos los aprobados por el Ministerio de Educación en esta asignatura, y en todos, salvo alguna rara excepción, no sólo encontramos los absurdos más grotescos respecto a la época de Rosas, sino que surge enseguida, en volúmenes destinados a los jóvenes, exacerbado, el antiguo odio de unitarios y liberales a la política rosista. Habría que añadir, además, que la falsificación de la historia no se reduce a estos textos escolares al período en que gobernó Juan Manuel de Rosas; los siglos de la dominación española han sido también falseados, como asimismo todo aquello que de algún modo nos define como nación esencialmente católica e hispánica.

Frente a una enseñanza oficial de la historia argentina que es perniciosa para la formación de los jóvenes, a quienes se les debe explicar solamente la verdad, justipreciamos la intensa obra de los historiadores revisionistas, que en la cátedra y el libro están demostrando dónde están los verdaderos y los falsos próceres, riñendo una batalla que ya ha sido ganada, porque el fraude histórico inventados por los vencedores de Caseros y Pavón no resiste la fuerza incontrastable de la verdad histórica.

Y es con ese espíritu de justicia que revelan los historiadores revisionistas que Alberto Ezcurra Medrano publica la segunda edición de su libro Las otras Tablas de Sangre, libro magnífico, claramente escrito, de alta polémica, totalmente documentado, que tiene la ventaja sobre el de su antagonista, el del lamentable e infelicísimo Rivera Indarte, de que no inventa ni fantasea ni agrega adjetivos insultantes ni comentarios malévolos, sino que expone los hechos para que el lector juzgue, valiéndose muchas veces de los mismos historiadores liberales para demostrar cómo los unitarios, con sus olas de crímenes, de degollaciones, de fusilamientos a granel, superaron las atrocidades y desafueros de los enemigos de la “civilización.”

El mérito de este volumen reside precisamente en su valor científico, que destruye la leyenda unitaria, construída sobre la propaganda periodística, el libelo de Rivera Indarte y ese otro, en forma de novela, de José Mármol.

Las otras Tablas de Sangre constituyen un documento incontrovertible y se advierte en él la verdad objetividad histórica, que es la que tiene el sentido de justicia. Esta obra ha sido completada durante largos años de paciente tarea investigadora, formando así un volumen que supera extraordinariamente al que conocíamos por la primera edición. Todo lo que la historia liberal ha callado, aquello que permanecía oculto en documentos y libros, ha sido reunido por Ezcurra Medrano en su búsqueda de la verdad, con afán de historiador, sobreponiéndose al espíritu de partido o de bandería.

Es curioso observar cómo el sectarismo liberal, en su anhelo de trastocarlo todo con fines de sectarismo político, no se le ocurrió advertir que la falsificación de la historia en la forma grosera en que lo hicieron no podía persistir indefinidamente, ya que, frente a los crímenes que se atribuyen a Rosas, las atrocidades del terror celeste -a pesar de la destrucción de documentos que hicieron los unitarios- son tan evidentes, que sólo el odio, la ceguera y la mala fe de varias generaciones de gobernantes liberales han podido ocultarlas. Y con este sistema de criminal ocultación han padecido también hechos gloriosos, acontecimientos de la época rosista, como la lucha por la soberanía argentina contra Francia e Inglaterra, ocultación que revela el grave delito de traición contra la patria y el espíritu de los argentinos.

El proceso del terror celeste, desde Rivadavia hasta Sarmiento, está relatado por Ezcurra Medrano. Los fusilamientos en masa e individuales mandados a ejecutar por órdenes de Lavalle, Lamadrid, Paz, Mitre, Sarmiento y los demás jefes unitarios, son incontables. Pero la guerra civil, provocada por los unitarios en unión con los extranjeros, suscitadora de los odios más enconados y la venganzas más cruentas, continuó después de la caída de Rosas, y el terror liberal que reemplazó al unitario pudo proseguir con sus asesinatos y degollaciones, hasta que el triunfo definitivo de la heterodoxia, encarnada en figuras masónicas como Mitre y Sarmiento, inició la era de un crudo y persistente materialismo.

El régimen de terror, anterior y posterior al gobierno de Rosas, ha sido estudiado por Ezcurra Medrano, atestiguándolo con hechos concretos. En cuanto a los procedimientos que utilizaban los unitarios para matar a sus enemigos, nadie ignora que Lavalle y Lamadrid cumplían al pie de la letra lo que exaltaban en su furor de degolladores; aconsejaban o daban órdenes de lancear o de degollar sin perdonar a nadie. Lavalle, en 1839, consigna Ezcurra Medrano, en su proclama dirigida a los correntinos decía refiriéndose a los federales: “es preciso degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de estos monstruos. Muerte, muerte sin piedad.” No hay jefe unitario que utilice otros procedimientos frente a los federales. Era una lucha sin cuartel, y nadie lo daba. El culto y civilizado Paz no se quedaba corto en las matanzas y ejecuciones de prisioneros. He aquí una descripción de lo que el general Paz llamaba actos de severidad: “Los prisioneros son colgados de los árboles y lanceados simultáneamente por el pecho y por la espalda...A algunos les arrancan los ojos o les cortan las manos. En San Roque le arrancan la lengua al comandante Navarro. A un vecino de Pocho, don Rufino Romero, le hacen cavar su propia fosa antes de ultimarlo, hazaña que se repite con otros. Algunos departamentos de la Sierra son diezmados. Por orden, si no del general, de algunos de sus lugartenientes, ciertos desalmados, como Vázquez Nova, apodado Corta Orejas, el Zurdo y el Corta Cabezas Campos Altamirano, lancean a los vecinos de los pueblos, en grupos hasta de cincuenta personas.” “Los coroneles Lira, Molina y Cáceres rindieron la vida entre suplicios atroces. Sus cadáveres despedazados fueron exhibidos en los campos de Córdoba y expuestos insepultos.”

Como dijimos, el jacobinismo liberal continuó después de la caída de Rosas y durante todo el siglo XIX su política de crueldades inauditas, degollando prisioneros, exterminando a los vencidos donde quiera que se encontrasen, mandando asesinar a los gobernadores que no obedecían a la política central.

El libro que comentamos será sumamente útil a la juventud argentina. Todo él da una idea clara de lo que fué el terror celeste a lo largo de la centuria decimonovena. Necesitábamos esta segunda edición, completa con nuevos aportes indubitables, y donde se prueba a una vez más el talento de investigador de Alberto Ezcurra Medrano, que huye de lo farragoso para buscar la síntesis, y, sobre todo, su honradez y el espíritu de justicia que definen su obra.

ALFREDO TARRUELLA

Los Escritores : Alberto Ezcurra Medrano

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 5 - Diciembre 2007 - Pag. 11 

ALBERTO EZCURRA MEDRANO

Por el Dr. SANDRO F. OLAZA PALLERO


Alberto Ezcurra Medrano nació en Buenos Aires el 28 de junio del año 1909, vástago de una familia de antiguo linaje vascongado que fue protagonista de la historia patria. Sus padres fueron Alberto Ezcurra y Sara Medrano. Educado en el Colegio Champagnat, se graduó de bachiller en 1927. Ingresó en la carrera de abogacía de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, pero abandonó esos estudios. En las postrimerías de 1927 fundó con Francisco Bellouard Ezcurra y Eugenio Frías Bunge el “Comité Monárquico Argentino”, que adquirió forma orgánica en febrero del año siguiente. 

En abril de 1928, la agrupación se disolvió y sus integrantes pasaron a integrar la publicación “La Nueva República”, dirigida por Rodolfo Irazusta y con la colaboración de Julio Irazusta, Ernesto Palacio, César E. Pico, Juan E. Carulla, Tomás D. Casares y Mario Lassaga. 

En abril de 1929 fundó con Juan Carlos Villagra, Emilio Méndez Paz y Mario Amadeo la “Liga Universitaria de Afirmación Católica”, movimiento que tuvo como asesor espiritual al cura jesuita Mariano Clavell.

A los dos meses de su creación, esta agrupación desapareció. Entre los autores que tuvieron influencia en Ezcurra Medrano se destacaron Joseph de Maistre, Juan Vázquez de Mella y Juan Donoso Cortés Marqués de Valdegamas. 

En esa época nació su vocación por la historia, colaborando en “El Baluarte”, “La Nueva República” y “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas”. 

En esta última publicación fue autor de “El centenario del asesinato del general Alejandro Heredia” (Revista N° 1, 1939); “Rosas en los altares” (Revista N° 4, 1939); “La Convención Mackau-Arana” (Revista N° 6, 1940); “Cómo se escribió la historia” (Revista N° 15-16, 1951) y “La Vuelta de Obligado” (Revista N° 18, 1958). 

Como otros dirigentes nacionalistas, Ezcurra Medrano apoyó a la Revolución de 1930, encabezada por el general José Félix Uriburu. 

Integró en 1934 la “Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los restos del Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas” y en 1938 fue uno de los fundadores del Instituto Juan Manuel de Rosas y formó parte de su Comisión Directiva. 

Ezcurra Medrano buscó en su inmenso amor a la patria, la devoción a su pasada grandeza, la consagración a su presente y la fe en su futuro venturoso.

Falleció en Buenos Aires el 19 de febrero de 1982 y un asiento académico para los Miembros de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas lleva su nombre.

jueves, 1 de marzo de 2007

Los Escritores: José María Rosa

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año I N° 2 - Marzo 2007 - Pags.10 a 15 


Los escritores:
José María Rosa




En nuestro número anterior (pág. 9) efectuamos una breve reseña biográfica de José María “Pepe” Rosa. A continuación, transcribimos un Capítulo de su obra “LA CAÍDA DE ROSAS”, publicado en el año 1958.


ROSAS. ÓLEO DE MONVOISIN - Periódico El Restaurador
ROSAS. ÓLEO DE MONVOISIN



“La Confederación Argentina, su pueblo y su jefe”



Falta de clase dirigente



La Argentina nunca tuvo una clase dirigente: una minoría capacitada por conciencia de su tiempo y comprensión de su medio para dirigir la nación que surgía. La Revolución de mayo de 1810 había sido un estallido popular, pero los políticos que tomaron a poco el gobierno en los triunviratos y directorios descreyeron de la nacionalidad para buscar en Inglaterra, Francia o Portugal la tutela de sus privilegios de clase contra la "anarquía" del pueblo naciente. Pertenecían a una clase social que no era una aristocracia; una clase que ignoraba o despreciaba a la nación gobernada. Una minoría gobernante sin "virtud política" (como llamó Aristóteles al arte de identificarse con los gobernados) no es una clase dirigente porque nada dirige. Impone o medra. No es una aristocracia; es una oligarquía.


José María Rosa - Periódico El Restaurador
José María Rosa

Los directoriales de 1814, los principistas de 1820, los alumbrados de 1824, los unitarios de 1826 (como más tarde los mayos de 1838 y los liberales de 1852) vivieron de espalda a la Argentina, sordos y ciegos a la realidad que los rodeaba. Sus hombres no comprendieron los intereses nacionales. Su acción política -valga el ejemplo de Rivadavia- se consagró a reformas edilicias, mejoras educativas o beneficios comerciales foráneos, mientras San Martín no podía continuar, falto del apoyo y el dinero de Buenos Aires la campaña del Perú, Brasil se incorporaba la provincia Oriental, se segregaba el Alto Perú y se consolidaba el alejamiento del Paraguay. Sus congresos discutían la excelencia de ésta o de aquella constitución a copiar de Francia o de Estados Unidos, mientras las provincias combatían entre sí y el enemigo exterior arrebataba las fronteras. No era el momento de reformar el Estado, sino de salvar y consolidar la Nación. No podían saberlo porque no sentían la nacionalidad: su concepción política no iba más allá del Estado es decir, lo formal, lo transitorio; no veían a la Nación la esencia, lo perdurable. Su gran problema era importar una constitución que dejare -a trueque de la entrega a la economía extranjera- intactos sus beneficios sociales y políticos de clase privilegiada.



Durante el predominio de la oligarquía -de 1811 a 1827-, la poderosa nación del Plata se escindió en cuatro fracciones al parecer insoldables. La actual Argentina -la mayor de ellas- se debatió en una constante anarquía que amenazó convertirla en una Centroamérica de catorce republiquetas enemistadas desde afuera.


Unitarios y federales

La oligarquía chocó con esa realidad que se obstinaba en no ver. La nación, incomprendida o rebajada en los de arriba, se manifestaba precisa y fuerte en los de abajo: las reservas de la nacionalidad se dieron más en el pueblo que en la clase superior. Los gauchos de la campaña, hortelanos y matarifes de las orillas, artesanos o pequeños comerciantes de las ciudades -todos aquellos que los decentes calificaban con desprecio de chusma-, fueron tesoneramente argentinos. El pueblo había sido el verdadero autor de la revolución del 25 de mayo de 1810, imponiéndose los patricios -sublevados contra sus jefes y oficiales- a las vacilaciones de los señores del Cabildo. Como más tarde serían también San Martín y Belgrano -comandantes de los ejércitos de los Andes y del Perú- y las milicias gauchas de Güemes, quienes obligaron al vacilante Congreso de Tucumán a la independencia del 9 de julio de 1816.

El pueblo se expresaba por sus caudillos: José de Artigas en el litoral, y Martín de Güemes en el Norte durante el primer decenio de la Revolución. Conductores de muchedumbres hecha montonera en las milicias, defendieron la autonomía de sus provincias contra la prepotencia de Buenos Aires, asiento de Directorios. De allí que se los llamara "federales", como acabaron llamándose "unitarios" los integrantes de la clase gobernante.

A unitarios y federales los separó algo más que una polémica por centralismo o descentralismo; no fue la suya una división teórica, sino viva y profunda. Dos concepciones antagónicas de la realidad, dos maneras opuestas de sentir la patria: "civilización" y "barbarie", dice Sarmiento. Civilizados se llamaban los unitarios que admiraban e imitaban a Europa; bárbaros les decían a los federales arraigados a la tierra y a su propia defensa.

La designación unitario en el lenguaje oligárquico no significaba partidario de la unidad, sino de la exclusividad; gobierno de doctores en beneficio de la clase decente durante los tiempos de Rivadavia; predominio de espíritus universales que no temían al extranjero en los años que siguieron. La patria para ellos no estuvo en la tierra, ni en la historia, ni en la sangre, ni en la comunidad. La patria era la civilización: "Nadie es extranjero en la patria universal, la patria es el Universo", dijo Echeverría en 1846; "llamar hermanos a los nacidos en el mismo suelo es un despropósito; los espíritus universales no somos hermanos de las bestias nacidas en América", bramaba Alberdi en 1839; "nuestro patriotismo no es el patriotismo del pampa, no es la incrustación del hombre sobre la tierra, que respetamos solamente en el ombú" razonaba Mármol en 1851.

Federal en el habla del pueblo equivalió a argentino; el grito "¡Viva la santa Federación!" exaltaba a la Confederación Argentina. La patria era la tierra, los hombres que en ella habitaban, su pasado y su futuro: un sentimiento que no se razonaba, pero por el cual se vivía y se moría. Defender la patria de las apetencias extranjeras era defenderse a sí mismo y a los suyos; mantener o lograr un bienestar del que estaban despojados los pueblos sometidos.


La incomprensión argentina

Comprender es amar; incomprender es odiar. Unitarios y federales separados tan profundamente, formaron dos Argentinas opuestas y enemigas. El primer estallido federal en Buenos Aires -de 1820- fue sofocado por una represión hasta entonces nunca vista. Al segundo -el gobierno de Dorrego entre 1827 y 1828- seguiría el fusilamiento del gobernador, sus principales colaboradores y la sistemática acción en la ciudad y la campaña de las comisiones especiales creadas por el ministro Carril. Algo más que un intento frío de amedrentar por el terror al partido del pueblo; era la explosión de un odio incontenible.

El odio empezó de arriba abajo: de unitarios a federales. No lo hay en la oposición de Dorrego a Rivadavia, ni en sus actos de gobierno perdonando las graves faltas de la presidencia. Sí, en la revolución unitaria de 1828. No existe en la primera administración de Rosas: se encuentra alegría en las manifestaciones populares por el advenimiento de éste, y ningún acto de venganza, ninguna manifestación popular de agravio sigue al sepelio de Dorrego en diciembre de 1829.

Pero el terror engendra el terror. Al de arriba acabará por suceder el de abajo. Después de contemplar a los "decentes" unidos a los franceses, después de sobrellevar dos años de bloqueo y advertir la alegría de los unitarios por suponer en setiembre de 1840 el desembarco de las fuerzas de Mackau, el estallido del odio federal sería terrible. Octubre de 1840 fue el mes rojo que serviría en adelante a los periodistas unitarios para quejarse de la crueldad de la chusma y del tirano. El "¡Mueran los salvajes unitarios!", revela el apasionamiento alcanzado.

En la posición de los federales hacia los unitarios no había una repulsión de clases, una animadversión de la chusma a los decentes, no obstante algunas expresiones despectivas (cajetillas, paquetes de frac) que podrían darlo a entender, pero que solamente traducen el desprecio a los extranjeristas, a quienes imitaban a los de afuera en trajes, manera y habla. El aristócrata que se mantenía argentino era tratado por gauchos y orilleros con respetuosa estima. Era un rechazo nacional. En cambio hubo resentimiento de clase por parte de los unitarios: de la ignorancia o negación de la clase plebeya, pasaron al desprecio cuando los montoneros de 1815 fueron tras sus caudillos a defender la argentinidad, al temor cuando irrumpió la chusma en las calles de Buenos Aires de 1820, al odio cuando llegó al gobierno con Dorrego en 1827. Odio que tenía de incomprensión y de impotencia: la más fuerte de las pasiones. Hacia los estancieros aristócratas y hombres de sólida cultura que formaban en las filas federales, el partido de la barbarie y la ignorancia, el odio alcanzaba proporciones implacables. En su limitado esquema social podían explicarse que el pueblo fuera "bruto", pero no encontraban justificativo al federalismo de quienes traicionaban a su clase intelectual al no pensar en fórmulas acuñadas y empeñarse en vivir espiritualmente volcados hacia la bárbara tierra natal o adoptiva. La burguesía y la mediocridad nunca pudo comprender por qué la aristocracia y la inteligencia podían formar en las filas repudiadas. Después de Caseros, perdonaron a quienes por debilidad o conveniencia, atribuyeron su federalismo a ambición o temor. Pero ante la sinceridad insobornable de Juan Manuel de Rosas fueron implacables.


Juan Manuel de Rosas

No había creído que su destino fuera la política. La tenía por cosa de la ciudad, de reuniones públicas donde peroraban doctores. El era de otra pasta: buscaba el campo, la soledad y el trabajo.

Desde niño rehuyó la casona urbana para aquerenciarse en la estancia donde eran suyos los caballos, las gentes, el horizonte. Montaba admirablemente y llegó a ser el mejor jinete de la pampa: lo que es decir el mejor del mundo. El campo fue su escuela. Aprendió la lección de cosas que le transmitía la naturaleza, oyó narraciones maravillosas de labios de gauchos analfabetos, jugó con los niños indios arriesgadas partidas donde la astucia y la paciencia daban el triunfo. Comprendió la pampa y sus habitantes. Y comprender es amar.

A una edad en que los jóvenes de su edad se atiborraban en Buenos Aires de latines y frases retóricas, -y llamaban a eso aprender-, la existencia agreste le enseñó a meditar y formar sus propios juicios y razonamientos. Sus padres, esperanzados por su inteligencia y laboriosidad, le planearon el porvenir de los jóvenes decentes: o la universidad en Córdoba o Charcas, o el comercio como dependiente en una tienda de la calle del Cabildo. No quiso dejar el campo y prefirió administrar la estancia paterna. Su afición a las labores rurales, incansable actividad y ascendiente sobre gauchos e indios, le abrieron el éxito: a los dieciséis años trabaja por su cuenta, a los veinte había llenado la pampa de estancias prósperas y atesorado la fortuna más sólida de la provincia.

Eran los años del librecambio impuesto por los ingleses en 1809. Los negocios pecuarios prosperaban; traían los in gleses a Buenos Aires manufacturas de Liverpool y se llevaban el cuero y el sebo de la pampa, si bien a un precio inferior a la cotización efectiva. Los estancieros tenían que resignarse con la "ley" de los únicos compradores o no vender a nadie. El joven Rosas -de veinte años en 1813- comprendió la debilidad de los criollos ante los británicos. Comprendió que las leyes perfectas de la economía liberal no rigen en los países pequeños, y no siempre los precios se establecen por la oferta y la demanda. Había que hacerse fuertes, oponiendo a la solidaridad de los compradores una acción coordinada de los vendedores, y tal vez producir algo que pudiera venderse fuera del monopolio comprador inglés.

Al poco tiempo se llenan los alrededores de Buenos Aires de "saladeros" para faenar la carne y llevarla a Brasil, Cuba o Estados Unidos. Había empezado una guerra por la independencia económica, paralela a la guerra de la independencia política. Pero Inglaterra no se resignaba a perder su colonia económica: por mil medios se obstaculiza la naciente industria, dirigida con tesón por la "unión de estancieros", a cuyo frente figuran el padre y el socio del joven Juan Manuel. Los buques ingleses se niegan a transportar las barricas de carne salada; no importa, la "unión" adquiere o fleta embarcaciones para llevarlas a su destino. En 1814 los compradores ingleses de cueros y sebo tienen que resignarse a aceptar la "ley" que ahora ponen los estancieros argentinos.

Mientras se desenvuelve esta lucha orientada por él y conducida por los suyos, el joven Rosas agranda sus estancias y funda saladeros. Puebla más allá de la frontera valido de su ascendiente sobre los indios y el conocimiento de su idioma (escribiría una Gramática pampa, algunos Vocabularios y un Diccionario). En 1819 -el mismo año de sus primeros Vocabularios- el joven estanciero aficionado a escribir vuelca conocimientos rurales y experiencia de administrador en las Instrucciones para los mayordomos de estancias.

Ha llegado a ser el amo indiscutible del sur de la provincia, el Señor de Los Cerrillos (su principal establecimiento) cuyo consejo y apoyo buscan todos: Aristócrata de raza y temperamento sencillo se sintió en un principio ligado a los directoriales, sus parientes: en 1820 marchará al frente de las milicias del Sur -el 5° Regimiento, llamado de los Colorados del Monte- a restablecer al gobernador volteado por una revolución de "anarquistas" federales. Es hombre de trabajo y de orden y quisiera acabar con las puebladas y motines: "Desde hoy -dice al licenciar los colorados-, la campaña será la columna de la provincia". Pero el joven Rosas, como todos los estancieros, como los patriotas de los primeros tiempos de la independencia, acabará por distanciarse de Rivadavia y los unitarios. No comparte, no puede compartir, los desaciertos de la oligarquía: la persecución a los indios, la desunión nacional mantenida a conciencia, el exilio de San Martín, la desintegración del país; mas tarde las leyes centralizadoras del congreso, la guerra civil fomentada por el presidente, la entrega económica a los ingleses, la constitución antipopular de 1826, el desastre diplomático de la guerra con Brasil, los negociados de minas y de tierras, el rebajamiento sistemático y oficial del hombre criollo. Verdadero aristócrata comprendía que la verdad está en el pueblo y los gobernantes de Buenos Aires parecían encerrados en su orgullo, ajenos a la realidad, como si toda la Argentina fuera Buenos Aires y una sola clase social. Fraterniza con Dorrego, el líder de la chusma de manolos y chisperos de las orillas, y le brinda su apoyo cuando éste ocupa el gobierno en legítima elección.




El Restaurador (1829)



Dorrego es fusilado por los unitarios, triunfantes un momento en la revolución del 1° de diciembre de 1828: "Hay que acabar con la cabeza de la hidra para atemorizar a los federales", aconseja Carril a Lavalle. Nunca entendieron al pueblo argentino, y su deliberado terror de 1828 y 1829 es una muestra elocuente. El terror no lo amedrenta. En lugar de asustarse, Facundo Quiroga brama de indignación desde Los LIanos, y Estanislao López de Santa Fe, como León Sola de Entre Ríos, se aprestan a ayudar a Rosas -Comandante General de Campaña de Dorrego, y ahora jefe de los federales de Buenos Aires- a recuperar el gobierno.

Sucede lo inexplicable: las milicias gauchas corren a los veteranos de Ituzaingó, y Lavalle héroe de Río Bamba es batido por Estanislao López en las mismas puertas de Buenos Aires. La revolución unitaria está perdida y LavaIle trata en Cañuelas con Rosas. ¿Era posible disponer un "aquí no ha pasado nada", después de tantos horrores? ¿Es posible la concordia entre federales y unitarios? San Martín cree imposible la armonía entre gentes tan dispares y separadas por hondos resentimientos: a su juicio es inevitable y hasta patriótico que "un partido extermine totalmente al otro". Rosas, sin embargo, tienta la posibilidad: resuelve en Cañuelas con Lavalle el olvido de los agravios y la designación de un gobierno neutral.

Fracasa la conciliación. No será posible el gobierno neutral porque los unitarios rompen el pacto apenas creen encontrarse en condiciones de reiniciar la guerra. "No hay más que combatir nuevamente" escribe Rosas desengañado a Estanislao López. Le hace decir a Lavalle: "Si la fe de los pactos se destruye, se dejará escapar la mejor ocasión de afianzar para siempre los destinos y prosperidad de nuestro suelo"; en adelante "todo será desolación y muerte en nuestra patria". Pero no hay guerra; los unitarios han medido mal sus fuerzas y no pueden combatir. Capitulan definitivamente en Barracas el 24 de agosto. Buenos Aires se alboroza de manifestaciones populares que vivan al Restaurador de las leyes.



PEONES CARRETEROS 
EN LOS ALREDEDORES 
DE BUENOS AIRES. 
LITOGRAFÍA DE CARLOS MOREL

Rosas no entra en Buenos Aires. Licencia su ejército y se vuelve a sus estancias; cree haber cumplido con su deber y espera como premio que lo dejen tranquilo. Pero no podrá sustraerse al gobierno; nadie sino él debe ocuparlo. Se resigna, convencido de evitar las venganzas populares y conseguir la "concordia" entre los argentinos. El día antes de asumir el gobierno deshace su sociedad con Terrero y abandona todos sus negocios. Como prenda de "unión" lleva conspicuos unitarios a su gabinete: entre ellos, al doctor Manuel José García.





La Confederación Argentina (1831)



Por una paradoja, los federales reconstruyeron la unidad que los unitarios habían destrozado.



Rosas restablece el orden en Buenos Aires. Con Quiroga y Estanislao López consigue dominar la revolución unitaria, que se mantenía fuerte en Córdoba, y crea con las provincias litorales el Pacto Federal del 4 de enero de 1831 -realizado por su iniciativa-, que por accesión de todas las provincias constituirá la sólida y definitiva Confederación Argentina. Las provincias quedan plenamente autónomas y se regirán por sus constituciones y leyes constitucionales. Ante el exterior la Confederación es representada por el gobernador de Buenos Aires que puede levantar ejércitos, hacer la guerra y la paz, firmar tratados y convenir la política internacional.





La suma del poder (1835)



En 1835 Rosas -que ha terminado su primer período en 1832 sin aceptar una reelección- vuelve al gobierno, ahora con la suma de poderes. Son graves momentos: una oscura conspiración donde aparecen mezclados federales cordobeses y santafesinos con unitarios porteños ha dado muerte a Facundo Quiroga, el fuerte caudillo del interior y puntal más firme de Rosas; el ministro argentino en Londres, Manuel Moreno, denuncia un plan de agresión francesa sabido por denuncias de París. Rosas, que se ha negado con reiteración al gobierno -en 1834 renunció cuatro veces-, poco menos que lo pide en abril de 1835. Un plebiscito casi unánime -nueve mil votos contra cuatro- faculta a la junta a conferirle la suma de poderes; en esta junta, las dos únicas voces contrarias son de dos íntimos amigos de Rosas -Anchorena y Senillosa-, por "no ser justo cargar a un hombre honesto con tan tremenda responsabilidad" .

Valido de la suma de poderes, Rosas confisca el Banco Nacional (que, no obstante su nombre y su capital era dirigido por particulares y dependiente de la voluntad del ministro inglés) detentador de la enorme atribución de emitir papel moneda y, por lo tanto, reglar la economía. Lo transforma en una institución fiscal: la Casa de Moneda o Banco de la Provincia. Y el 18 de diciembre de 1835 dicta la ley de Aduana, reemplazando el librecambio impuesto por Inglaterra en 1809 por un sistema proteccionista de las manufacturas artesanales argentinas y las harinas, vino, azúcar y tabaco, de que el país podía abastecerse. La Ley de Aduana consolida la unidad nacional al significar el renacimiento de la artesanía del interior. Los recelos de las provincias contra el "puerto" enriquecido por el librecambio, desaparecen con la prosperidad de los tejidos de Córdoba y Catamarca, azúcar de Tucumán, alcoholes de Cuyo, embarcaciones y manufacturas del litoral, tabacos y aguardientes del Norte.

El orden y la prosperidad se traducen en buenos salarios. Llega la primera inmigración masiva a Buenos Aires: vascos que vienen a trabajar en los saladeros, genoveses entregados al cabotaje fluvial, infinidad de artesanos italianos, franceses, españoles, alemanes, que abren talleres remunerativos amparados en la protección industrial.

Con el poderoso Restaurador prospera la nación entera. Tras sus decretos de gobierno se adivina la voluntad de la población en masa. El caudillo es la multitud misma hecha símbolo y acción; justamente por identificarse con su pueblo es que ha logrado ese ascendiente. Por su boca y su gesto habla y se expresa la Argentina; es un verdadero "socialismo" el gobierno del dictador. Así lo llama el autor del himno:

"Testigo de las conmociones sin término que agitaron mi patria desde 1810 a 1819 -le escribe Vicente López el 15-3-51- testigo de la firmeza del gobierno de V. E. desde la última época hasta el presente, período de más de veinte años, he aprendido a distinguir las efímeras autoridades que daba la época del individualismo, a la firme y duradera que da la época del socialismo o de la población en masa".


El "Sistema Americano"

De 1835 en adelante la Confederación Argentina toma aspecto y conciencia de nación. Las Provincias Unidas de 1816 o la República Argentina de 1826 habían sido un caos de guerras internas, ensayos constitucionales, fracasos exteriores, sometimiento económico, pobreza interior, que llevaron a la disgregación de la patria de 1810. En 1831, las catorce provincias que agrupa Rosas en el Pacto Federal fundan el instrumento de la nacionalidad. Desde 1835 la férrea mano del Restaurador construye a la nación: la unidad que será firme pese a muchas cosas que vendrán, la independencia económica, la riqueza equilibrada, la posición internacional respetada, el anhelo de lograr la unidad de América latina.

PLAZA DE LA VICTORIA CON LA PIRÁMIDE
DURANTE LA ÉPOCA DE ROSAS
Había que llevarse por delante muchas cosas, pero Rosas estaba dispuesto a todo. La independencia económica de la Ley de Aduana y el apoderamiento del Banco Nacional herían los intereses comerciales ingleses. Era presumible que una escuadra inglesa no tardaría en presentarse a cobrarse con la aduana, la tierra y demás garantías, los créditos impagos del empréstito a Rivadavia; y de paso exigir en nombre de la libertad el ingreso libre de sus mercaderías. Si Rosas no se allanaba auxiliaría a sus opositores a sacar del gobierno a un hombre que osaba darle a su pequeño país una política nacional.

No fue una escuadra inglesa la que llegó al Plata; fue una francesa. En 1838, la entente cordiale de Gran Bretaña con Francia era la política que regía al mundo; en marzo se presentó el almirante Leblanc frente a Buenos Aires a exigir, "en nombre del honor de Francia", se derogara para los franceses la ley obligatoria para los extranjeros afincados de prestar servicios de milicias. No era hombre Rosas de aceptar imposiciones.

Empezó el grave conflicto con Francia. Queda bloqueado el puerto de Buenos Aires y el litoral argentino; hay bombardeos a Martín García, cambios de gobierno en el Estado Oriental, los unitarios preparan su ejército libertador en Martín García bajo la bandera francesa, con dinero francés, armas y transportes franceses. Rivera, gobernante impuesto por los interventores al Estado Oriental, declara la guerra a la Argentina cumpliendo indicaciones del cónsul Roger; viajeros misteriosos franceses recorren las provincias distribuyendo oro y complotando la eliminación de los gobernadores federales. Algunos intentan segregarse de la Confederación bajo estas influencias.

Más de diez millones de francos oro fueron invertidos por Francia para intentar la caída de Rosas. ¿Qué interés real tenía en ello? ¿Qué ganaba de tangible con la eliminación de los federales argentinos y el regreso de los unitarios? La simpatía espiritual hacia los afrancesados criollos no podía llegar a tanto.

Es posible que el almirante Leblanc no iniciara la aventura cumpliendo órdenes inglesas; es posible que el suyo de marzo de 1838 fuera uno de los tantos arrestos de prepotencia de los marinos de Luis Felipe en América y en Africa. Después de la negativa de Rosas, no pudo decorosamente volver atrás. Pero ni el bloqueo de Buenos Aires, ni la intervención abierta en los asuntos orientales, ni la dirección, armamento y financiación de la guerra civil unitaria hubiera sido posible sin contarse con la anuencia inglesa.

Rosas lo suponía y daba un valor entendido a las protestas de adhesión del ministro inglés MandevilIe. Como supo también, al quebrarse en Egipto en 1840 la entente cordiale, que, pese a las enfáticas declaraciones de Thiers -primer ministro francés- y al envío de una expedición de desembarco "para terminar gloriosamente la cuestión", el almirante jefe de esa escuadra haría necesariamente la paz. Sin el apoyo de Inglaterra, Francia se alejaría del Plata pese "al honor de la tricolor". El almirante Mackau, inesperadamente para sus "auxiliares" unitarios trató con Rosas en octubre de 1840 el retiro de la intervención. Primera victoria internacional del que empezaba a ser llamado el Gran Americano.

Desde esa primera defensa contra la agresión extranjera data la política del "americanismo" de Rosas. Por defender la neutralidad oriental en el conflicto, el presidente Oribe había sido obligado por los franceses a abandonar Montevideo. Rosas y Oribe tienen que luchar juntos contra los europeos y sus auxiliares, y en ese hecho quedan entrelazados los pueblos argentino y oriental. Al frente de un ejército común irá Oribe a expulsar de Montevideo a los gobernantes impuestos por Francia en 1838. El hecho es grave para los europeos, pues el prestigio de Rosas se ha afirmado con la victoria contra Francia, e Inglaterra cree que debe presentarse de frente para frenarlo. La entente cordiale se ha reanudado. En diciembre de 1842 los ministros de Inglaterra y Francia -Mandeville y De Lurde- notifican a Rosas la prohibición de sus países a la invasión del ejército de Oribe al Estado Oriental. Rosas da la callada por respuesta, y el ejército cruza el Uruguay.

¿Qué se proponía el "americanismo" de Rosas? Sus enemigos le atribuyeron el propósito de reconstruir el virreinato. Es posible que acariciara el proyecto de volver a la unidad del Plata, disgregada por influencias extranjeras que no por voluntad de los platinos. Si tal fue su propósito debe reconocerse que obró con tino y diplomacia y dejando que las cosas fueran por sí mismas una vez libre de presiones exteriores. Llegaría la unidad del Plata, como llegó la unidad de la Confederación Argentina: sin prepotencias de Buenos Aires, sin herir susceptibilidades, por propia y decidida voluntad de los segregados. 

En los hechos su política fue más allá de la reconstrucción de la antigua unidad administrativa española. El "sistema americano" que propagaba por el continente significaba la defensa de los pequeños países de origen español ante la ingerencia de las grandes potencias comerciales. Esa solidaridad hispanoamericana podía conducir a una unión efectiva de toda América española: la idea de Bolívar, de San Martín, de Artigas. 

Esa lucha tenía dos aspectos: el externo de rechazar las imposiciones de Europa, especialmente de Inglaterra; el interno, para acabar con las oligarquías criollas divorciadas del medio donde convivían. Sólo con gobiernos populares en América podrían volver a reunirse los Estados desunidos del Sur de América. Alguna vez se dijo en la junta de representantes de Buenos Aires que un Brasil democrático y republicano tendría títulos para integrar la Federación de América latina. En parecida forma se expresaba el brasileño Hollanda Cavalcanti de Albuquerque, recelando no obstante del prestigio de Rosas, pues quería para su patria el puesto rector en la Federación Democrática Americana.


El solitario

El drama argentino fue carecer de una clase dirigente. Un gran jefe y un gran pueblo no bastan para cumplir un destino. Solamente con una categoría de hombres capaces, consagrados y plenamente identificados con su patria, puede cristalizar una gran política.

En 1834 Rosas se negaba a aceptar el gobierno "porque la administración es unitaria, y los federales no tienen aptitudes para la función pública": un partido de gentes muy altas o muy bajas no daba colaboradores eficientes, y a la burguesía le faltaba la primera virtud -el patriotismo- para usarla en beneficio del país. De allí, tal vez, la omnipresencia de Rosas en todos los actos de gobierno. Sus ministros eran amanuenses y no tuvieron gravitación mayor en su obra, estrictamente personal. Muerto Tomás de Anchorena en 1847 -su pariente y consejero escuchado- la soledad de Rosas sería completa.

Sin embargo lograría formar la mejor representación diplomática tenida jamás por la Argentina: Guido en Río de Janeiro, Sarratea en París, Manuel Moreno en Londres, Alvear en Washington. Tuvo excelentes diputados en la junta de representantes (Lorenzo Torres, Baldomero García) y jueces íntegros en la cámara de justicia (Vicente López, Roque Sáenz Peña). Pero le faltaron colaboradores eficientes en las tareas administrativas que interpretaran y comprendieran su pensamiento político. Manuel Insiarte o Felipe Arana no siempre acertaban que el móvil de la política es algo más que detentar el poder. La verdad es que la poderosa personalidad de Rosas y su enorme capacidad de trabajo eran toda la administración en la casona de la calle de San Francisco o en la quinta de Palermo. De Angelis lo advertía a Guido con excesiva sinceridad el 12 de abril de 1849:

"El señor gobernador tiene sobrados motivos para mandarnos a todos a la p... que nos parió. Es el único hombre puro, patriota y de buena voluntad que tenemos. Si él falta, todo se lo lleva la trampa, y no es posible que él lo desconozca. ¿Qué sería del país?"

Un hombre solo por grande que sea, su laboriosidad, inteligencia o penetración de los negocios públicos, no puede sustituir a la labor coordinada, metódica, dedicada, de un equipo de hombres capaces y patriotas. Carece de su eficiencia y es incentivo para los ambiciosos que quieran heredarlo. Esa fue la ventaja de la aristocracia de Brasil, categoría de hombres movidos por su amor al Imperio y defensa de su posición social y económica.

Descansaba sobre el jefe todo el trabajo administrativo, pero no era posible otra forma de gobernar. Angelis escribe a Guido el 27-1-50, comentando la renuncia de Rosas de ese año:

"El general Rosas no puede sustraerse al peso que lo oprime. Este es su destino, y por más duro que sea, tiene que cumplirlo. Lo que él dice es cierto: su salud desfallece y su vida misma está amenazada. Todo el peso de la administración, en sus pequeños y grandes detalles, descansa sobre sus hombros y, lo que es más, sobre su responsabilidad. Las faltas de los empleados, los abusos que cometen, su misma ineducación, todo se pone en cuenta del gobierno y se atribuye a su descuido, y hasta a su connivencia."

Su sistema de trabajo era agotador. Laboraba desde mediodía hasta las tres de la mañana sin pausas ni descanso; fatigaba tres turnos de cuatro escribientes cada uno en un dictado continuo, interrumpido por la lectura de la correspondencia o los expedientes. Todo pasaba por sus manos: la correspondencia diplomática, notas de los gobernadores, pruebas de los artículos de periódicos, resoluciones administrativas, consultas de la aduana, la policía o el jefe del puerto, trámites militares, servicio de postas, peticiones particulares. Quince horas de jornada continuas, pues su hija Manuela atendía a las audiencias en su nombre, y a los Ministros solamente de tarde en tarde los veía, entendiéndose con ellos por escrito. Era un recluso el hombre que hacía estremecer el continente. Veinte años de esa labor le perjudicaron física y mentalmente pero no tanto como decía él mismo y repetían con fruición sus enemigos."

En el Restaurador laborioso, leal, arrogante, temerario y justiciero se plasmaron las mejores posibilidades de la raza. Pero también los mayores defectos de los argentinos: el personalismo, que lo hacía asumir toda la tarea; la obstinación, que le impedía "retroceder un tranco de pollo" según su conocida frase; y la pasión por el azar que le hacía "jugarse entero" (también frase suya) en cada oportunidad.

Nunca "retrocedió un tranco de pollo", nunca dejó de "jugarse entero" contra los enemigos más poderosos. Y en todo momento se cortó solo, obstinadamente. Pudo triunfar contra Francia e Inglaterra, pero no pudo vencer a un grupo de brasileños, inteligentes, patriotas y coordinados dispuestos a echar mano de la falta de conciencia patriótica de muchos argentinos para salvar a su Imperio de un enemigo peligroso. Vuelvo a repetirlo: un gran pueblo y un gran jefe no bastan para consolidar una gran política. Pero Rosas no podía sacar de la nada una clase dirigente. Sin ella la Argentina no podía cumplir su destino. No lo podrá mientras no cree y eduque una clase directora con conciencia de su posición; los hombres providenciales serán siempre relámpagos en su noche.

Por la Confederación, por el pueblo federal, por el sistema americano, jugó Rosas su fama, fortuna y honra. La perdió, como necesariamente tenía que ocurrir: "Creo haber llenado mi deber -escribiría la tarde de Caseros con tranquilidad de conciencia-; si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es que más no hemos podido." Y dolido por su Argentina ya sin gravitación internacional y presa de la voracidad. extranjera, dolido por su pueblo castigado, por la quiebra del sistema americano, por las hecatombes que siguieron a Pavón y la injusticia de la guerra del Paraguay, moriría calumniado y pobre en su exilio de Southampton el 14 de marzo de 1877, pidiendo que sus restos descansaran en la pampa nativa "cuando el gobierno argentino reconozca mis servicios".


No se cumplió todavía.


  • Nota de la Dirección: En el año 1989 fueron repatriados los restos del Restaurador y actualmente descansan en el Cementerio de La Recoleta