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domingo, 1 de marzo de 2020

La Constitución de 1853

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIV N° 64 - Marzo 2020 - Pags. 8 a 11   

 Año Belgraniano

 1770-3 de junio-2020, 250 años de su nacimiento / 1820-20 de junio- 2020, 200 años de su   fallecimiento 

La Constitución de 1853

Por Bernardo Lozier Almazán

Antonio Alice
Los constituyentes de 1853. Óleo de Antonio Alice. 1935


Antecedentes

Nuestros infructuosos intentos constitucionalistas, tuvieron su inicio en la llamada Constitución unitaria de 1819, (1) que fue sancionada el 20 de abril de 1819 y jurada el 25 de mayo de aquel mismo año. 

Carta Magna, nacida con el pecado original de ser inspirada en la Constitución liberal de las Cortes de Cádiz de 1812, la Constitución francesa de 1791 y en la Constitución norteamericana, en cuanto a la división de poderes. Como sabemos, nunca llegó a tener vigencia debido a su marcada orientación unitaria, de tan amañado texto que tanto podía adecuarse a un sistema republicano como monárquico constitucional.

Así fue como, la inspiración netamente centralista de la flamante Constitución de las Provincias Unidas de Sud América, originó la violenta reacción de las provincias, que no tardaron en pronunciarse contra Buenos Aires 

De tal manera, se iniciaba la disgregación nacional y la larga y conflictiva época de la anarquía, que entre otras calamidades produjo el advenimiento de la época rivadaviana, cuando el 8 de febrero de 1826, con mayoría unitaria, el Congreso eligió a Bernardino Rivadavia, Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Empeñado en llevar a cabo su plan centralista, Rivadavia obtuvo la sanción de una ley que declaraba a la ciudad de Buenos Aires Capital de la República, colocando todo el territorio de la Provincia “bajo la inmediata dirección de las autoridades nacionales”, a fin de resolver “el gran problema sobre la forma de gobierno, que ha inquietado la confianza de algunos y ha suscitado los temores de otros”. 

Proyecto que llevaba en su seno la semilla de su fracaso, cuando comprobamos por el examen de las fechas que no fue discutido ni en su estructura general ni en sus cláusulas esenciales. En cambio es notorio que la obra del norteamericano Alexander Hamilton, The Federalist (El Federalista), fue la fuente de inspiración de nuestros constituyentes. 

La Constitución rivadaviana, defraudaba una vez más las aspiraciones de las provincias cuando, en el artículo 7º, consagraba “para su gobierno la forma representativa, republicana, consolidada en unidad de régimen”, en alusión expresa a su orientación unitaria. También decía en su artículo 130: “En cada provincia habrá un gobernador que la rija, bajo la inmediata dependencia del Presidente de la República”, y en su artículo 132 determinaba que: “El Presidente nombra los gobernadores de las provincias”.

Finalmente, aprobada por 41 votos favorables y 11 en contra, la Constitución unitaria fue aprobada el 24 de noviembre y sancionada el 24 de diciembre de 1826, siendo sometida a la consideración de las provincias, obteniendo un rechazo generalizado, atizando con renovada furia la guerra civil. 

Así fue como Facundo Quiroga se levantó contra Buenos Aires, derrotando a las fuerzas unitarias, comandadas por el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, en la batalla de El Tala, el 27 octubre de 1826. De tal manera, en abril de 1827, casi todas las provincias se habían pronunciado por el federalismo, a la vez que rechazaron la flamante Constitución unitaria, rompiendo las relaciones con el gobierno de Buenos Aires.

Fueron estas graves circunstancias que obligaron a Rivadavia a que renunciara a la presidencia de las ya inexistentes Provincias Unidas del Río de la Plata. Dimisión que concretó, el 27 de junio de 1827, luego de apenas 16 meses de gobierno, dejando el país enfrentado, sin recursos económicos y fuertemente endeudado con Inglaterra.

El estado caótico legado por Rivadavia, requirió un gobierno fuerte para poder superar tan crítica situación, razón por la cual el Congreso resolvió, el 5 de julio de 1827, designar al doctor Vicente López y Planes, en carácter de Presidente provisional.

Durante su breve gobierno, López y Planes nombró, el 14 de julio de 1827, a Juan Manuel de Rosas Comandante General de las Milicias existentes en la campaña de la Provincia de Buenos Aires, por lo que surge ya definidamente en la escena política de aquel entonces.

López y Planes, para dar cumplimiento a los objetivos de su interinato, convocó a elecciones, el 11 de agosto de aquel mismo año, siendo electo Gobernador de Buenos Aires, el coronel Manuel Dorrego, cuyo corto mandato concluyó trágicamente, cuando en la mañana del 1º de diciembre de 1828 las tropas del general Lavalle irrumpieron en la Plaza de la Victoria, para provocar la deposición del gobernador.

Capturado, días después, el 13 de diciembre, fue ejecutado impíamente por orden de Lavalle, sin juicio previo. 

Así, como dijera el genial Ignacio B. Anzoátegui, “de tumbo en tumba”, llegamos al 6 de diciembre de 1829, cuando la Junta de Representantes procedió a elegir al Gobernador que condujera la convulsionada provincia de Buenos Aires, resultando electo Juan Manuel de Rosas, que asumió con el otorgamiento previo de “las facultades extraordinarias que juzgue necesarias”. 

Según la clara visión de la realidad política de Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas asumía la gobernación de Buenos Aires, en momentos en que: “… no había Nación, propiamente dicha; los Estados provinciales estaban separados y el sentimiento nacional quedaba subordinado al localista. Las provincias eran entidades soberanas o independientes en guerra unas contra otras, o en coaliciones beligerantes recíprocas. El complejo relajamiento de los vínculos que debían unir a las diversas partes componentes del país, fue efecto de la anarquía causada por la revolución de 1810” (2).

Nada más cierto, si recordamos que durante los 19 años transcurridos desde el pronunciamiento de Mayo de 1810, la Argentina venía soportando las sucesivas sacudidas revolucionarias que asolaban el interior del país, enfrentado con Buenos Aires.

Situación originada como lógica consecuencia del desmantelamiento de la estructura política virreinal y la inexistencia de un gobierno central que la sustituyera, dando lugar al surgimiento de la anarquía reinante. Así fue como surgió el caudillismo, fenómeno socio-político que asumió empíricamente la misión de restaurar el orden, construir y organizar un estado.

En consecuencia surgieron los caudillos, devenidos en Señores feudales, protectores y custodios de intereses locales o regionales, sin rendir vasallaje a nadie por carecer de un rey a quien tributar. 

Proceso que se remonta a la génesis de la monarquía como gobierno, cuando los reyes surgían de entre aquellos señoríos feudales, como primus inter pares, pero que en estas tierras generó una suerte de “Soberanos” territoriales. 

De tal manera, Juan Manuel de Rosas fue, por aquel entonces, la encarnación del caudillo surgido –como decíamos– “primero entre sus pares”, razón por la cual asumía su gobierno, muñido de “las facultades extraordinarias”, dispuesto a imponer el principio de autoridad para restaurar el orden, que sus antecesores no habían logrado imponer.


El Pacto federal, preludio de la Constitución Nacional

Con el propósito de poner fin a la ofensiva unitaria y dar comienzo a la pacificación del interior, el 18 de junio de 1830, Rosas le escribió al general José María Paz para proponerle una conciliación a fin de lograr la paz “necesaria para los pueblos. El país no puede soportar ya por más tiempo la desastrosa guerra que lo consume, y es necesario que todos hagamos sacrificios sin reserva para que los pueblos se vean libres de la espantosa escena que representan” (3). 

El general Paz desestimó la propuesta, por lo que Rosas debió iniciar una larga negociación para lograr una Liga federal, mediante el tratado llevado a cabo el 23 de febrero de 1830, entre Santa Fe y Corrientes, los arreglos del 24 de febrero entre Santa Fe y Buenos Aires, y el tratado del 3 de mayo, entre Corrientes y Entre Ríos. Acuerdos negociados mediante la mediación de Domingo Cullen por Santa Fe, José María Roxas y Patrón por Buenos Aires y Antonio Crespo por Entre Ríos, que tuvieron el cierre formal en la ciudad de Santa Fe, cuando el 4 de enero de 1831, suscribieron –excepto Corrientes– el memorable tratado recordado con el nombre de Pacto Federal.

Sin duda, el Pacto Federal fue el inicio de la tan anhelada organización nacional, objetivo testimoniado claramente en su artículo 14, cuando en la cláusula 5°, dispone: “Invitar a todas las demás provincias de la República, cuando estén en plena libertad y tranquilidad, a reunirse en federación con las litorales y a que por medio de un Congreso General Federativo se arregle la administración general del país bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior, su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales, y el pago de la deuda de la República, consultando del mejor modo posible la seguridad, y engrandecimiento general de la República, su crédito interior y exterior, y la soberanía, libertad e independencia de cada una de las provincias”. 

Mientras tanto, las fuerzas de la Confederación habían logrado vencer a las huestes unitarias conducidas por José María Paz, quien sorprendido por una partida federal fue hecho prisionero, en marzo de 1831. Ello dio lugar a que progresivamente las provincias restantes se fueran adhiriendo al Pacto Federal: Mendoza, el 9 de agosto de 1831; Corrientes, el 19 de agosto de 1831; Córdoba, el 20 de agosto de 1831; Santiago del Estero, el 20 de agosto de 1831; La Rioja, el 12 de Octubre de 1831; San Luis, el 13 de abril de 1832; San Juan, el 3 de mayo de 1832; Salta, el 4 de julio de 1832; Tucumán, el 8 de julio de 1832; Catamarca, el 3 de septiembre de 1832.

Fue por aquellos días que el gobernador de Santiago del Estero, Felipe Ibarra, creyendo que había llegado el momento de organizar constitucionalmente al país, promovía la realización de una Asamblea Constituyente. Rosas, con fecha del 16 de diciembre de 1832, le envió una carta, en la que le exponía su oposición a su propuesta, basándose en la precaria situación política del país, aduciendo que: “Si me dejara arrastrar por las inspiraciones de mi voluntad, sería el primero en clamar por una asamblea que, ocupándose de nuestros destinos y necesidades comunes, estableciese un sistema conforme a las opiniones de la mayoría de la República y centralizase la acción del poder. Pero la experiencia y los repetidos desengaños me han mostrado los peligros de una resolución dictada solamente por el entusiasmo, sin ser antes aconsejada por la razón y por el estudio práctico de las cosas […] mientras no hayan calmado las agitaciones internas y moderándose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido […] creo sería funesto ocuparnos de un Congreso federativo” (4). 

Sin duda, Rosas tenía una visión clara de la situación interna y externa de la Confederación, si recordamos que por aquellos días los unitarios exiliados en la Banda Oriental, conducidos por Lavalle, planeaban la invasión del litoral. Mientras que en el orden externo, el 31 de diciembre de 1831, el Puerto Soledad, perteneciente a las Islas Malvinas, había sido invadido y su población maltratada por la tripulación de la corbeta norteamericana, Lexington, a las órdenes del capitán Silas Duncan. Acontecimiento que originó la primera violación de la Doctrina Monroe.

Por vía de síntesis, podemos decir que Juan Manuel de Rosas, comenzaba su andadura por aquel largo camino, para lograr “que los pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares, para que después de promulgadas, entrásemos a trabajar los cimientos de la Constitución Nacional […] conservando cada uno su soberanía e independencia” (5), para luego instaurar un Gobierno federal representativo de cada estado provincial, soberano e independiente.

Como todos sabemos, sobrevinieron acontecimientos que le impidieron dar cumplimiento a su empírico proyecto de una constitución adecuada a la idiosincrasia rioplatense.

Pedro de Angelis, con su certero análisis de los acontecimientos, ya lo advertía en el Archivo Americano, cuando en 1845 decía que: “…hace ocho años que no dejamos las armas para repeler al bando rebelde unido a extranjeros enemigos de nuestra independencia; y una Nación no se construye en medio de la guerra, ella pelea y salva su nacionalidad primero; después naturalmente sanciona la Constitución que regirá en el país [de Angelis reconoce asimismo que] el Tratado del 4 de enero de 1831 es la base de la Constitución de la República. [En este mismo artículo afirma] La Constitución de un Estado, para que sea sólido, debe provenir de la creación progresiva de instituciones análogas, de las costumbres radicadas en los pueblos, de la acción lenta pero segura del orden y de las leyes especiales de cada Provincia” (6).

Por si falta hiciere mayor abundamiento, recordemos que el doctor Adeodato de Gondra, destacado jurista tucumano, también afirmaba en plena época federal que “Rosas prepara los elementos que deben formar la deseada Constitución Nacional, no como lo han pretendido los pérfidos violadores de todas las leyes, sino cual convenga a las necesidades, genio y costumbre de los argentinos” (7).

Es indudable, entonces, que Pedro de Angelis había bosquejado con la participación de Rosas un proyecto de Constitución para hacerla vigente cuando las condiciones políticas así lo permitieran. 

Fue por ello que, ocurridos los acontecimientos de Caseros, Urquiza, enterado de los profundos conocimientos de Angelis sobre la concepción constitucionalista, le solicitó la redacción de un proyecto de Constitución (8).

En los días de junio de aquel año de 1852, Pedro de Angelis, tuvo concluido el proyecto y lo editó en la Imprenta del Estado, con el título de Proyecto de Constitución para la República Argentina (9). De tal manera de Angelis demostró que ya había avanzado en la problemática constitucionalista, según lo testimoniara en 1845 cuando anunciaba que: “Cuando nuestra independencia esté consolidada y libre de todo riesgo, habremos fijado la base más sólida para la Constitución Nacional.[…] En medio de la guerra no hemos olvidado fijar instituciones preliminares a aquel objeto; y la Administración del General Rosas, fuerte por la Ley, ha hecho esas creaciones que no existían. Terminará éste su carrera pública, devolviendo el poder extraordinario que le ha confiado la Nación, y dejando establecidos fundamentos sólidos al orden constitucional de nuestra Patria” (10).


Luces y sombras de la Constitución de 1853

Según la acreditada opinión de Carlos Tagle Achaval: “Pareciera indudable que de Angelis tuvo su esquema pergeñado en Buenos Aires para cuando Rosas creyera oportuno consensuar una Constitución” (11).

A todo esto, Juan Bautista Alberdi, que se encontraba en la ciudad chilena de Valparaíso, tomó conocimiento de la deposición de Rosas, por lo que dijo que “yo me puse a escribir las Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina, que mi amigo [Juan María Gutiérrez] debía hacer sancionar por sus consejos persuadidos y persuasivos” (12).

Según el propio Alberdi, las Bases fue una obra improvisada, un “escrito ligero, hecho en 20 días de ocio”, por lo que, según Paul Groussac, “en su angustia optó por tomar la constitución de los Estados Unidos como base y punto de partida, agregarle capítulos del régimen chileno para reforzar las atribuciones del presidente, algunas reminiscencias de citas de Pellegrino Rossi leídas por Lastarria y media docena de artículos que traducían el gobernar es poblar tal como creyó verlo en la flamante constitución del Estado de California dictada en 1850” (13).

Sin duda, Alberdi no dispuso del tiempo suficiente para producir una obra meditada. Tan es así que Juan María Gutiérrez, luego de leer la primera versión de las Bases, le solicitó a Alberdi que le agregara un proyecto constitucional, para facilitar la tarea de los congresales, reprochándole que “poco se gana con disquisiciones en el aire” (14). 

Tres meses después, Alberdi, reeditó las Bases, según sus propias palabras, “aumentada de muchos parágrafos y de un proyecto de constitución según las bases propuestas”. Proyecto, en gran parte, nutrido ideológicamente en el influjo liberal, tan en boga a mediados del siglo XIX, la fallida y rechazada Constitución Argentina de 1826 y en la de los Estados Unidos de Norteamérica.

Al fin, el 24 de diciembre de 1852, el Congreso Constituyente, inauguró la Comisión de Negocios Constitucionales, encargada de redactar la Constitución, integrada por Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Pedro Ferré, Manuel Leiva y Pedro Díaz Colodrero, a la que luego se sumaron muchos más.

Si bien, el doctor José María Zuviría, secretario del Congreso Constituyente, anunció que ambos proyectos habían sido analizados por los constituyentes (15), el proyecto constitucional propuesto por Pedro de Angelis, fue desconsiderado por los antecedentes “rosistas” del autor. 

Las sesiones –como dijera Gorostiaga– no consistieron solo en “verter a un lenguaje llano los trabajos abstractos del doctor Alberdi”, sino que el proyecto fue largamente discutido y analizado en apasionados debates. 

Fue por ello que, apremiados por el tiempo transcurrido sin lograr consenso, los constituyentes debieron sesionar durante diez días corridos, entre el 21 y el 30 de abril de 1853, hasta obtener la aprobación de los 107 artículos del proyecto, “tan de prisa que se omitieron formalidades esenciales en las actas”. 

De manera tan precipitada, los constituyentes pudieron firmar, el 1º de mayo, el texto original de la constitución, que elevarían a consideración de Urquiza, quien la promulgó el 25 de mayo, en San José de Flores, disponiendo que se la jurase en toda la Confederación el 9 de julio de aquel año de 1853.

El desacuerdo y la desunión no tardo en manifestarse, si recordamos que el gobierno de Buenos Aires rechazó de plano la flamante Constitución Nacional y la anexa ley de federalización del territorio de la ciudad. Así fue como, siendo gobernador de Buenos Aires el doctor Pastor Obligado, el 11 de abril de 1854, se sancionó la Constitución del Estado de Buenos Aires, y pocos días después, el 23 de mayo, fue solemnemente jurada frente a la Pirámide de Mayo, en la Plaza de la Victoria. 

Constitución de 1853
Jura de la Constitución de Buenos Aires (1854) Daguerrotipo.

Carlos Ibarguren, sostiene que: “La Constitución de 1853 fue el resultado de una transacción entre provincias que se vincularon formando una entidad orgánica débil […] Fue necesaria una lucha civil de diez años entre las provincias y Buenos Aires, y la victoria militar de ésta sobre aquellas para consolidar políticamente al país” (16). Penoso capítulo de nuestra historia, que nos testimonia la vigencia del pensamiento de Juan Manuel de Rosas, cuando sostenía que “el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un `cuadernito´, para que se aplique y resuelva todas las dificultades; es preciso antes prepara al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación del país” (17). 


Epílogo

Luego de consagrarse como “el padre de la Constitución Republicana, Representativa y Federal de 1853”, Juan Bautista Alberdi, fue designado por Urquiza, con rango de Encargado de Negocios, para representar a la Confederación Argentina en Europa. Su misión diplomática tenía por objeto obtener el reconocimiento de la Confederación Argentina regida por la nueva Constitución, la designación de cónsules, vicecónsules y gestionar acuerdos comerciales (18).

Alberdi arribó a Inglaterra el 1º de julio de 1855, a fin iniciar su desempeño diplomático, actividad que le permitió frecuentar las Cortes europeas, la de Napoleón III, en Francia, la de la reina Victoria, en Inglaterra, la de la reina Isabel II, en España.

La imagen de aquellos reinos donde imperaban el orden, el progreso y la prosperidad, debieron deslumbrarlo, al mismo tiempo que la comparación con la anarquía reinante en su patria, le suscitaron la revisión de los fundamentos filosóficos de sus convicciones republicanas. Así se lo hizo saber a Félix Frías, cuando le decía: “Vergüenza me da el pensar que el federalismo argentino, que yo consideré como un régimen de transición hacia la consolidación, nos haya más bien llevado hacia la disolución”.

Alberdi, durante su larga permanencia en Europa, se mantuvo informado de los avatares políticos y el permanente caos que atormentaba a su país. 

Fue por aquellos días que Alberdi le escribía una carta a su entrañable amigo Juan María Gutiérrez, confiándole un velado anuncio: “Yo no he dicho aún la última palabra sobre la organización argentina. Tengo un libro, escrito bajo el dictado de la experiencia de los últimos siete años y de lo que he podido estudiar en Europa. Lo daré a luz cuando venga la oportunidad en que su doctrina se pueda volver ley” (19). 

Aquel libro, recién se dio a conocer luego de la muerte de Alberdi, ocurrida el 19 de junio de 1883.

Fue su hijo Manuel Alberdi, fruto de un romance juvenil, quien con subvención oficial, editó la obra en 1896, primeramente titulada Del Gobierno en Sudamérica, con el subtítulo Según su Revolución Fundamental. La obra, así editada, formó parte del volumen IV de sus Escritos Póstumos, que posteriormente se dio a conocer bajo el título de La monarquía como mejor forma del gobierno en Sud América (20). La dedicatoria contiene un sugestivo mensaje: “A San Martín, a Belgrano, a Bolívar, a Sucre: Vosotros sois los patrones naturales de este libro inspirado en vuestras ideas, animado de vuestros deseos”. Recordemos que los próceres mencionados, en su momento, apoyaron la solución monárquica para poner fin a la anarquía reinante. 

A lo largo de sus 653 páginas y en particular en el Capítulo IV, Alberdi proclama las ventajas que ofrecería el sistema monárquico, “lo más indicado por la idiosincrasia y tradición de estos pueblos y aun anhelada por la masa de su población”. 

Esta obra, curiosamente tan olvidada o soslayada, nos deja al descubierto graves interrogantes para resolver respecto al verdadero pensamiento filosófico alberdiano.

Notas

(1) Bernardo Lozier Almazán: La Constitución de 1819. Sus causas y consecuencias, El Restaurador, año XIII, nº 52, pp. 4-5.

(2) Carlos Ibarguren: Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo., Theoría, Buenos Aires, 1972, p. 149.

(3) Ídem. p. 152.

(4) Ídem. pp. 158-159. Carta de Rosas a Felipe Ibarra, del 16-12-1832.

(5) Carta de Rosas a Juan Facundo Quiroga, del 20-12-1834, en la Hacienda de Figueroa.

(6) Archivo Americano, Nº 19, del 21-6-1845, p.233.

(7) Ídem. Nº 16, del 11-12-1844, pp. 14-15.

(8) Carlos Tagle Achaval: Proyecto Constitucional de Pedro de Angelis. Su vida y su pensamiento, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Bs.As., 1989, p. 39.

(9) Ídem. El texto completo figura entre pp. 43 y 66.

(10) Archivo Americano, Nº 19, del 21-6-1845, p. 231.

(11) Carlos Tagle Achaval: op. cit. p. 80.

(12) Juan Bautista Alberdi: Juan María Gutiérrez. Biografías y autografías, en Obras selectas de Alberdi, t. IV, La Facultad, Bs.As. 1920, p. 392.

(13) José María Rosa: Historia Argentina, Ediciones Oriente, Bs.As. 1973, t. 6, pp.105-106.

(14) Bernardo Lozier Almazán: Pedro de Angelis. Cronista de Juan Manuel de Rosas. Patriarca de los historiadores rioplatenses, Sammartino Ediciones, Bs. As. 2018, p. 174.

(15) José María Zuviría: Estudios sobre la Historia Argentina Contemporánea, Imprenta de Pablo Coni, Bs. As. 1881, p. 144.

(16) Carlos Ibarguren: La reforma constitucional, sus fundamentos y su estructura, Ediciones Dictio, Bs.As. t. IV, p. 218.

(17) Ernesto Quesada: Los unitarios y la traición a la patria, Plus Ultra, Bs.As. 1965, p. 219. El autor visitó a Juan Manuel de Rosas, en febrero de 1873, en Southampton, Inglaterra. Durante el diálogo que mantuvieron, Rosas le expresó el comentario mencionado.

(18) Jorge M. Mayer: Alberdi y su tiempo, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1963, p. 475.

(19) Juan Bautista Alberdi: La monarquía como mejor forma de gobierno en Sud América, A. Peña Lillo editor, Bs.As. 1970, p. 25, Estudio preliminar de Juan Pablo Oliver.

(20) Ídem. p. 13.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Rosas y el Estrecho de Magallanes

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 25 - Diciembre 2012 - Pags. 12 a 16 

Rosas y el Estrecho de Magallanes

por Norberto J. Chiviló

Estrecho de Magallanes
Juan Manuel de Rosas. Litografía de la época (A)


En el anterior número de este periódico escribí sobre "Sarmiento y el Estrecho de Magallanes"; en éste  y como lo adelantamos en aquél artículo, me referiré a la actitud que Rosas asumió como encargado de la Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, sobre ese delicado tema.

En primer lugar voy a hacer una aclaración. Un lector, me preguntó si yo había estudiado los antecedentes jurídicos del conflicto que nuestro país tuvo con el de Chile sobre los derechos al Estrecho de Magallanes. Debo aclarar que la intención del artículo no fue el de historiar -salvo en forma muy breve- los antecedentes jurídicos del entredicho, en primer lugar porque no puedo adentrarme en temas que exceden lo que pueda incluirse en estas páginas, no solo por la extensión que el tratamiento de ellos puedan demandar, sino también que éste periódico, además de ser leído por personas que están en el tema histórico, en realidad se dirige principalmente a la gente común, que a lo mejor no tienen profundos conocimientos de la historia. Además, la cuestión de Magallanes ya fue resuelta -para bien o para mal- por tratados firmados por nuestro país, con nuestro vecino, hace ya muchísimo tiempo y no tiene sentido, salvo para el estudioso del tema, desarrollar los antecedentes jurídicos del conflicto.

Sí quise historiar la actitud de un hombre -Faustino D. Sarmiento- a quien la historia oficial y el común de la gente, tiene colocado en uno de los más altos pedestales de nuestra nacionalidad -injustamente a mi entender- y que fue uno de los responsables, -para no decir el principal-, quien con su prédica impulsó a Chile a ocupar territorios que nunca le habían pertenecido. Este personaje con posterioridad, llegó ocupar la más alta Magistratura de nuestra Nación. Cosas que pasan en nuestro país.

Escritores e historiadores contrarios a Rosas, a la par que lo critican, porque según ellos, nada hizo para defender tales territorios, se callan bien la boca para referirse a quien con su prédica y la campaña llevada a cabo desde la prensa trasandina instigó y promovió la ocupación de un territorio patrio por una potencia extranjera, que a la postre significó la pérdida para nuestro país de ese importante y estratégico territorio. Los acontecimientos históricos no son analizados por muchos con la mesura y objetividad que merecen, pues no ven que esa campaña desatada por Sarmiento, no dañaba a Rosas sino en realidad dañaba a nuestro país. Esta es otra cosa que pasa en nuestro país.

Además, los acontecimientos y hechos históricos no están desgajados entre sí o son hechos aislados unos de otros, sino que para analizarlos debemos adentrarnos en la época en la que ocurrieron y analizarlos con relación a otros que se daban en forma simultánea, más aún en la cuestión de Magallanes. 

Chile aprovechó las oportunidades históricas que se le presentaron, como ser las guerras civiles en los países limítrofes, cuestiones internacionales que les eran favorables, debilidad de los gobiernos vecinos, todo ello para realizar planteos con la finalidad de expandirse y agrandar su territorio... y vaya si lo logró!. El Chile de hoy nada tiene que ver con el Chile de la época de su independencia. Prácticamente durante dos siglos, nuestro vecino triplicó su territorio. 

La fundación de Fuerte Bulnes en el Estrecho de Magallanes, por parte de los chilenos se produjo el 21 de setiembre de 1843, procediendo a la realización de una serie de actos formales que señalamos en el artículo anterior, lo que es demostrativo que Chile nunca había tenido antes la posesión del Estrecho.

Pero, ¿cuál era la situación de la Confederación Argentina en aquellos momentos?. 

No obstante la firma del tratado Arana-Mackau (fines de 1840), los problemas internacionales de la Argentina no habían terminado, ya que por el contrario se fueron incrementando. Fructuoso Rivera, quien había desplazado al legal Presidente del Uruguay, Manuel Oribe y se había posesionado de Montevideo, se encontraba en guerra contra la Confederación, contando con la ayuda y complicidad de los franceses e ingleses -y también de la Comisión Argentina, formada por unitarios expatriados-, quienes no habían mantenido las normas de neutralidad que el conflicto imponía, sino que por el contrario tomaron partido por aquél. La situación de la Confederación era muy complicada, se habían suscitado continuos problemas entre navíos argentinos y los de otras potencias (ingleses, franceses, estadounidenses), como publicamos en la pág. 4 del número anterior, posteriormente se produjo el robo de la escuadra argentina en agosto de 1845 y unos meses más, se produjo la desembozada intervención anglofrancesa, con una situación de guerra no declarada que denominamos la "Guerra del Paraná". Rosas no quería ni podía abrir un segundo frente de conflicto con los chilenos, ni estaba en condiciones materiales de hacerlo, lo que fue aprovechado evidentemente por estos para afianzarse en aquellos lejanos territorios de Magallanes. Pero lo que sí es inconcebible, es que "argentinos" en aquellas circunstancias, tomaran partido por Chile en un conflicto con la Argentina e "historiadores" oculten ese hecho o lo justifiquen de cualquier forma. El lector sabrá darles el calificativo correcto.

Pero cuando las cosas ya comienzan a tomar otra dirección en el Plata, con el levantamiento del bloqueo, Rosas se decide a tomar cartas en el asunto de Magallanes y así, el 15 de diciembre de 1847, el gobierno argentino, por medio del Canciller Felipe Arana, reclama al chileno por la ocupación de aquellos territorios que se consideraban nuestros.  

En dicha protesta, el gobierno nacional, dice: 

"Repetidas veces, había llamado la atención del Gobierno... sobre una nueva colonia que el Excmo. Gobierno de esa República había mandado formar en las costas del Estrecho de Magallanes y la que se denominaba «Colonia Magallanes» o Fuerte Bulnes en honor de su actual digno Presidente. Las urgentes atenciones de que por algunos años se veía rodeado y la necesidad de atender con preferencia a la defensa nacional y la independencia de la República amenazada por la inhumana intervención europea, le impidieron tomar seguros actos y conocimientos sobre la posición geográfica de dicha colonia, y si ella estaba situada en territorio chileno, si se había traspasado sus límites naturales y fundándose en el de la República Argentina. Pero en el decurso de este tiempo el Gobierno del infrascripto ha llegado a convencerse que la enunciada Colonia se halla situada en territorio de esta República (Argentina), y que ocupando el mismo lugar que en el tiempo de la monarquía española tuvo el puesto de San Felipe, conocido hoy por la generalidad de los geógrafos por Puerto del Hambre, está en la parte más austral de la península de Brunswick y por consiguiente casi al centro del Estrecho. Siendo tal la colocación de la colonia, es claro que ella está fundada en territorio argentino, atendido los límites mismos que la República de Chile se da en su propia constitución nacional. La gran cadena de los Andes ha limitado sus territorios para la Confederación Argentina, y estos límites naturales han sido los que en todo tiempo se han reconocido a la República de Chile. En la cumbre oriental de esa cadena empieza a nacer el territorio argentino que confina en toda su extensión hasta el Cabo de Hornos. Situado el fuerte «Bulnes» en la península indicada, su posición geográfica demarca que ella ocupa una parte central de la Patagonia y por consecuencia natural, que en su fundación se ha destruido la integridad del territorio argentino y su pleno dominio en las tierras que comprende el estrecho desde el mar Atlántico hasta el Pacífico a cuya embocadura en este mar alcanza la gran cordillera de los Andes, límite reconocido de la República de Chile. El Gobierno del infrascripto está animado a creer que el Excmo. de la República de Chile no abrigará la menor duda sobre los indisputables derechos del Gobierno argentino al Estrecho de Magallanes y tierras que lo circundan. De los tiempos más remotos en que la monarquía española tomó posesión de esta parte de América y en que estableció las gobernaciones e intendencias, tanto de la actual República de Chile, como las de la Confederación, las órdenes para la vigilancia y policía del Estrecho de Magallanes como para otros objetos que le eran relativos así como las de sus islas adyacentes y la Tierra del Fuego, siempre fueron dirigidas a los gobernadores y virreyes de Buenos Aires como autoridad a la que estaba sujeta toda esa parte de territorio". 

"Las repúblicas de la América del Sur, al desligarse de los vínculos que las unían a la Metrópoli, y al constituirse en estados soberanos e independientes, adoptaron por base de su división territorial la misma demarcación que existía entre los varios Virreynatos que la constituían. Sentado este principio, que es, de suyo inconcuso y siendo sin la menor duda el hecho de la autoridad que han ejercido los gobernantes de la de Buenos Aires sobre la vigilancia del estrecho de Magallanes, es evidente entonces que la colonia mandada fundar por el Excmo. Gobierno de Chile en dicho Estrecho, ataca la integridad del territorio argentino, y se avanza sobre sus propios límites, con mengua de su perfecto dominio y de sus derechos de soberanía territorial...".

Asimismo el gobierno encomendó a Pedro De Ángelis, quien en 1836/1837 había publicado su Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las Provincias del Río de la Plata que contenía variada documentación de viajes y expediciones a las costas de la patagonia, que reuniera todos los antecedentes y redactara un trabajo sobre los derechos que le asistían a nuestro país, sobre la parte austral del continente hasta el Cabo de Hornos, instruyendo Rosas personalmente a De Ángelis, para que el trabajo fuera lo más completo posible "defendiendo la posesión y justo título que todos los gobiernos de América tienen a sus territorios, aun cuando no estén poblados hoy, y muy principalmente el de esta República, a todas las tierras de la  Patagonia hasta el Cabo de Hornos."

Así De Ángelis redactó una Memoria histórica sobre los derechos de soberanía y dominio de la Confederación  Argentina a la parte austral del continente americano. Afirmará De Ángelis en ese trabajo: "Si cada Estado, por ambición o egoísmo, abusase de su poder para ensanchar su territorio, muy luego todo este continente se convertiría en una palestra en que se verían combatir a los individuos de la misma familia, no para defenderlo contra los extranjeros que lo amagan, sino contra sus propios hermanos..." y allí reseña De Ángelis  las distintas intervenciones europeas en América para continuar "...Lejos de romper los lazos que unen a los Estados Americanos, deben esmerarse sus Gobiernos en hacerlos más firmes e indisolubles, para oponerse a las tendencias agresoras de la Europa. Sólo así pueden esperar librarse de sus acometimientos...". Ese argumento demostraba una posición americanista, como siempre la tuvo el gobierno de Rosas. La Memoria, estaba acompañada por casi un centenar de valiosos documentos de la Corona española, que daban sustento jurídico a la posición argentina. 

El jurista Dalmacio Vélez Sársfield, unitario, pero que residía en Buenos Aires -sin ser molestado e incluso era recibido en la casona de Rosas en Palermo, en las tertulias que organizaba Manuelita Rosas-, consultado por el gobierno acerca del trabajo realizado por De Ángelis, manifestó: "Yo, después de estudiar esa Memoria, contesté al Gobierno que la juzgaba una obra acabada, pues los documentos que su autor había reunido demostraban hasta la evidencia los indudables derechos de la república a todas las tierras que se extienden hasta el Cabo de Hornos". También manifestó que De Ángelis solo se había limitado a estudiar los derechos argentinos, pero no así los chilenos, seguramente porque en aquel momento no se conocían elementos de juicio que aparecieron posteriormente, fue entonces que el gobierno de Rosas en 1850 le encargó realizara ese trabajo que el jurista materializó en la obra Discusión sobre los títulos del gobierno de Chile a las tierras del estrecho de Magallanes, donde prueba que Chile nada había hecho -contrariamente a lo realizado por Buenos Aires- por explorar, colonizar y defender la Patagonia. A su trabajo -que fue finalizado un año y medio después de la caída de Rosas-, también suma una serie de Cédulas y Reales Ordenes para Buenos Aires sobre las tierras australes hasta el Cabo de Hornos. 

Lamentablemente todos esos trabajos que se prepararon para entablar una discusión con el país trasandino por los derechos a las tierras australes, prácticamente quedaron en la nada, ya que el gobierno de Rosas con posterioridad y al poco tiempo se vio inmerso en la segunda guerra contra el Imperio del Brasil, aliado éste de Justo José de Urquiza, que culminaría con la derrota argentina en Caseros y el exilio del Restaurador.   

"Pepita" Gómez (B)

Ya en el exilio y en su ancianidad, en carta que le envió a su amiga Josefa "Pepita" Gómez, el 9 de setiembre de 1872, Rosas le manifestó: 

"...En cuanto a la cuestión con Chile, son indudables los derechos de la Confederación Argentina a toda la región Patagónica, el Estrecho de Magallanes, las tierras de los Estados, las del fuego, Cabo de Hornos, y costas en ambos Océanos, hasta la intersección de la cordillera de los Andes. Todos los documentos originales que lo acreditan, se registran, con sus correspondientes carpetas relativas, y notas oficiales, en el Archivo general, y en el del Ministerio de R. Exteriores del Gobierno Bonaerense, encargado, entonces, de los correspondientes a la Confederación. Los redactores de la prensa chilena que han tratado sobre este asunto han escrito con mucho extravío, en orden a los principios del derecho de gentes, aplicables a la cuestión del estrecho de Magallanes, en ambos Océanos, y costa del Norte y Sud.

El Señor Dn. Francisco Xavier Rosales, en su carta en París a 13 de Enero de 1850, al redactor del Mercurio, dice:

«Si yo hubiera dicho que Chile no tenía derechos que hacer valer, o cosa parecida, justo sería la reprobación de esa aserción; pero cuando por el contrario digo, que no conozco los fundamentos en que el Gobierno se apoya, reconozco tácitamente los que haga valer, en defensa de ese dominio, y no vacilo en convenir desde ahora, que la Ley 12 de Indias, título 15, libro 2º de la Recopilación, de 17 de Febrero de 1606, bajo el Reynado de Felipe 3º, que la Crónica cita en uno de sus números, no deja duda de la legitimidad de nuestro dominio sobre el Estrecho, y que por consiguiente se debe sostener ileso el derecho de la República a colonizar el Estrecho».

Cuando eso escribió, no tuvo a la vista, o no se fijó, en que la Real Cédula de la Erección del Virreynato de Buenos Aires, del 1º de Agosto de 1777, publicada también en la “Crónica” de Chile el 29 de Julio de 1849, dice: «He venido en crearos por mi Virrey, Gobernador, y Capitán General, de las de Buenos Ayres, Paraguay, Tucumán, Santa Cruz de la Sierra, Charcas, y de todos los corregimientos, pueblos, y territorios a que se extiende la jurisdicción de aquella Audiencia, la cual podéis Presidir en el caso de ir a ella».

El Señor Dn. Baldomero García, hostilizado por sus contrarios políticos de un modo alarmante, se asustó de tal modo según su carácter tímido, que enfermó de miedo, nada hizo en cumplimiento de sus instrucciones, y suplicó encarecidamente a su Gobierno por el permiso para retirarse. El Gobierno, persuadido que el de Chile toleraba aquella licencia, concedió al Señor Ministro García el permiso para retirarse, y nombró en su lugar al Señor Otero.

El Gobierno, entonces, tan ocupado y contraído puramente a las atenciones de la Sublevación e invasión de S.E. el Señor General Urquiza, auxiliado por fuerzas extranjeras, y hechos coercitivos de otras naciones poderosas, no pudo ocuparse del envío del Señor Ministro Otero, y ese asunto, por ello, así quedó. Además de las cédulas  de la erección del Virreynato de Buenos Ayres; por la serie de Reales órdenes y cédulas, desde 1681 hasta 1792, se ve a clara luz que el Gobierno Español consideraba bajo la jurisdicción del Gobierno de Bs. As. las costas Patagónicas, el Estrecho de Magallanes, las tierras del fuego, y las de los Estados, en toda la extensión del Estrecho en ambos Océanos. Si no se rechazase, con claridad y firmeza, el título territorial alegado por Chile, como proveniente del dominio español, solamente con los del mismo origen se perjudicarían, además, la razón y principios sostenidos por el Gobierno Argentino, en la Guerra contra el General Santa Cruz, en la cuestión con el Paraguay, en la presente, con Chile; y que ha de servir de base siempre en cuantas cuestiones territoriales hayan de ventilarse, con el Brasil, Bolivia, y para la fijación de límites del Estado Oriental. Aún cuando por la ley Española, que cita la “Crónica” (se refiere a la del 17 de febrero de 1606), se adjudicaba por distrito a la Audiencia de Chile «lo que se redujere, poblare, y pacificare, dentro y fuera del Estrecho de Magallanes, y la tierra adentro, hasta la Provincia de Cuyo inclusive», esa disposición, repito, fue derogada posteriormente, así por la incorporación al virreynato de Buenos Ayres, de las Provincias de Cuyo, como por la jurisdicción, mando y dominio que el Gobierno Español dió a los virreyes de Buenos Ayres, por cédulas y órdenes reales posteriores, sobre la Costa Patagónica, Estrecho de Magallanes, tierras del fuego, y de los Estados, en toda la extensión del Estrecho, entre los dos Océanos; y por las expediciones posteriores, hasta la comandada por el General Rosas, que se hicieron por el Gobierno Argentino, en aquellas Regiones. En cuanto a los demás alegatos, unos son inaplicables al asunto en cuestión, otros totalmente contrarios al derecho natural, y de Gentes.

Entre los inaplicables se halla el principio equivocado de que, «un territorio limítrofe, pertenecerá a aquél de los Estados a quien aproveche su ocupación, sin dañar, ni menoscabar, los intereses del otro».

En el caso presente la ocupación aprovecha al Gobierno Argentino; la ocupación por Chile daña a los intereses de la Confederación; y por lo tanto el principio citado no es aplicable, y viene a ser negatorio, porque con el mismo se redarguye contra la ocupación que ha hecho Chile, contra la utilidad y daño de la Confederación. Y en cuanto al principio mismo, puede invocarse en todos los casos de usurpación, y conquista, constituyéndose un Estado, en Juez de los intereses de otro. Innovación inaudita en el derecho de las Naciones.

El principio de primer ocupante atribuido a Chile, no es aplicable a esta cuestión. El derecho de primer ocupante es reconocido por la Ley pública. Pero ese derecho perteneciente a la España se transmitió, y retrovertió, al Gobierno Argentino, al tiempo de la emancipación. Precisamente esa es la cuestión de los títulos territoriales, que se discute de parte de la Confederación y Chile, derivados del Gobierno Español. No es necesaria la posesión efectiva, desde que se sostenga el derecho de primer ocupante, o título primitivo, como le sucede a Chile, en los territorios desiertos de su descripción topográfica política, cuyo derecho sostiene, como derivado y transmitido del dominio Español. El principio de prescripción que también se alega en favor de Chile como el principio igualmente invocado de reconocimiento “tácito”, por parte del Gobierno de Buenos Ayres, son imaginarios, absolutamente desconocidos en la ley de las Naciones.

La posesión de un Estado sobre el derecho de otro es, por derecho de Gentes, una usurpación, y el título legal de la Nación despojada, no aparece aunque ésta, por motivos de necesidad, no puede reivindicarlo en largo tiempo. Debe, pues, tenerse en vista, que si la ley de Indias, citada por la Crónica de Chile, dice «lo que se descubriere, poblare, y pacificare, dentro, y fuera del Estrecho», eso sucedió en una época en que el Perú, Chile, y Buenos Ayres formaban una misma repartición Colonial, dependiente del Virrey del Perú. Tan cierto es esto, que los historiadores Dn. Jorge Juan, y Ulloa, al describir los límites del Perú, le dan por pertenencias, el Reino de Chile y la Gobernación y Capitanía General de Buenos Ayres; por límites los siguientes:

«Tiene principio el Virreynato del Perú, en la Ensenada de Guayaquil, desde la costa de Tumbez, que está en 3 grados 25 minutos de latitud Austral y llega hasta las tierras Magallánicas, en 45 grados, con corta diferencia de altura del mismo polo, que hacen 1012 leguas Marítimas. Por el Oriente confina, en parte, con el Brasil, sirviéndole de términos la celebrada línea, o meridiano de demarcación, que hace división a los dominios de las coronas de Castilla, y Portugal; y en parte las costas del mar del Norte, subiéndole las del Mar del Sud, de términos por la del Oriente».

Por consiguiente, el título que debe exhibir Chile, es alguno posterior a la separación de Buenos Ayres de la dependencia del Virrey del Perú, desde que el Gobierno de Buenos Ayres prueba que después de efectuada la separación, a él no al de Chile, lo erigió, y constituyó el Gobierno Español, con el mando y Océanos. Según el juicio que formé cuando estudié este asunto para las instrucciones que debió recibir el Señor Otero, nombrado Ministro Argentino cerca del Gobierno Chileno, pueden arreglarse pacíficamente las dificultades, de un modo honroso, digno y conveniente para las dos Naciones, si sus Gobiernos, poseídos de un espíritu amistoso, ceden, cada uno, algo, de sus pretensiones el Chileno, de sus derechos el Argentino”.

Después de la lectura de este artículo y el publicado en el número anterior, el lector podrá apreciar, cómo y en qué condiciones se perdió el Estrecho de Magallanes y si el gobierno de Rosas, comenzó o no a tomar las medidas correspondientes para lograr el reconocimiento de los derechos de nuestra República a esos territorios, los que se vieron truncados por su derrota en Caseros.

Fuentes:

Doallo, Beatriz C. "El exilio del Restaurador", Editorial Fabro, 2012.

Irazusta, Julio. "Vida política de Juan Manuel de Rosas, a través de su correspondencia, Tomo 7, La Confederación en su apogeo 1848-1849". Edición 1975

Sierra, Vicente. "Historia de la Argentina, Tomo IX, Gobierno de Rosas - Su caída - Hacia un nuevo régimen,1840-1852". Editorial Científica Argentina, 1972.


(A) Al concluir la campaña a los desiertos del sur, en la Proclama que Rosas dijo a sus soldados al licenciarlos, expresó "...las costas que se desenvuelven desde la cordillera de los Andes hasta el afamado Magallanes , quedan abiertas para nuestros hijos..."

(B) Josefa "Pepita" Gómez, la fiel amiga del Restaurador, con quien mantuvo una interesante correspondencia durante su exilio en Inglaterra.

martes, 1 de marzo de 2011

Lavalle y de Angelis

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 18 - Marzo 2011 - Pag. 4 

Controversia entre Lavalle y de Angelis (año 1829)

 Señor Angelis

Quiero acordarme una vez más que he sido cadete para decirle que si Ud. vuelve a escribir una palabra que me incomode, le he de hacer dar una paliza tal que no ha de bastar, para curarse, todo lo que ha ganado en este país con sus charlatanerías.

Inserte Ud. mañana este comunicado.

LAVALLE.

 

Señor general Lavalle:

La frase de que Ud. se queja nada tiene de insultante en una República, es muy natural que vuelva a su hogares el que deja el mando. No he querido decir más.

Ud. se equívoca sobre mi persona como sobre mis palabras. El Redactor actual de la Gaceta es un antiguo oficial de artillería y caballero. Mi educación no me permite agraviar a los que no me ofenden, pero tampoco soporto agravios, y aguardo una simple indicación del general Lavalle para probárselo.

PEDRO DE ANGELIS.

Pedro de Angelis

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 18 - Marzo 2011 - Pags. 1 a 4  

Personajes de la Confederación Argentina

Pedro de Angelis y su esposa Melanie Dayet.

Nuevos aportes sobre sus últimos días.

 

Por Bernardo Lozier Almazán *

Especial para El Restaurador

 

Pedro de Angelis

Breve semblanza de su personalidad

Fue aquel el 20 de junio de 1784, cuando Pedro Antonio Diego Henrique Estanislao de Angelis, pegó sus primeros berridos en el hogar napolitano de Domingo de Angelis (aunque algunos autores digan que fue Francisco de Angelis) y Julieta de Rossi.  

Durante su juventud cursó sus estudios primarios y secundarios en Nápoles su ciudad natal, demostrando tempranamente su marcada vocación por la docencia. Por aquellos tiempos tuvo en su hermano mayor, Andrés, un eficaz mentor en sus estudios, posteriormente en su formación intelectual e introductor en el ámbito social y político.

Así fue como, luego de su paso por la Real Escuela Politécnica Militar, donde alcanzó el grado de oficial de artillería, prestó servicios en la Corte de Joaquín Murat,  cuando éste reinaba en Italia, siendo maestro de italiano de las jóvenes princesitas Leticia y Luisa y ayo de los príncipes Aquiles y Luciano, todos pertenecientes a la flamante nobleza de creación napoleónica, tan despreciada por la ancienne noblesse, dicho sea de paso.

Debieron ser días de gloria para de Angelis quien, por su vocación docente, pudo trasmitir sus vastos conocimientos a aquellos que se preparaban para gobernar, al tiempo que se ganaba el respeto y la consideración de los más encumbrados personajes de aquel entonces.

Llegado el año de 1819, de Angelis abandonó Nápoles estableciéndose en Ginebra apenas un año, para luego radicarse en París, donde en 1820 obtuvo la designación de “Real  Secretario de la Legación cerca de la Imperial Corte de Petersburgo”, en representación del reino de Nápoles y las Dos Sicilias. Cargo al que no pudo acceder por razones políticas, motivo por el que continuó su permanencia en París, iniciando entonces una íntima relación con el conde Gregorio Vladimiro Orloff, diplomático ruso a cargo de la embajada de su país en la capital francesa.

Por aquel tiempo también conoció a madame Melanie Dayet, que “según algunos era rusa, afrancesada por la vida intensa y palaciega de París, suiza o francesa según otros, pero todos acordes en proclamarla una mujer extraordinaria”,  quien se desempeñaba como femme de chambre de la condesa Orloff. Pero francesa al fin, como ya veremos. 

Muy pronto, el joven de Angelis inició un idilio con la “dama de cámara” que -como generalmente ocurre en los buenos cuentos- terminó en matrimonio celebrado en París. Lamentablemente, no ha llegado a nuestros días algún retrato que nos pudiera brindar el aspecto físico de Melanie Dayet, pero según nos la describe uno de sus contemporáneos, José Antonio Wilde decía de ella que era “extremadamente afable, muy bonita y de esmerada educación”.

Respecto a Pedro de Angelis, su descripción física no ha sido tan favorable, si tomamos en cuenta que el ya mencionado Wilde decía que era “extremadamente feo, pero de modales finos y de vasta instrucción”. En cuanto a retrato pictórico de  Pedro de Angelis, se conoce hasta nuestros días solamente la litografía ejecutada en 1822 por el eximio retratista ruso, Oreste Kiprensky, durante su permanencia en París, retrato ampliamente difundido en nuestro medio.

Fue en Paris donde conoció a Bernardino Rivadavia, quien en 1824 se encontraba en aquella ciudad comisionado por Las Heras, dedicado –entre otras cosas– a la búsqueda de dos redactores periodísticos, dispuestos a establecerse en Buenos Aires para ponerse al servicio de la prensa oficial.

Sin duda, durante aquella entrevista, de Angelis debió producirle a Rivadavia una favorable valoración. Fue por ello que, cuando el 8 de febrero de 1825, asumió la presidencia de la República, le encomendó a su agente en París, Filiberto de Varaigne, que le propusiera a de Angelis un contrato para trasladarse con su esposa a Buenos Aires, a fin de emprender la edición de publicaciones periódicas.

 

Su arribo al Río de la Plata

Así fue como, el 19 de diciembre de 1826, el matrimonio de Angelis, llegaba al Río de la Plata, cuando el gobierno rivadaviano caía estrepitosamente víctima de sus desaciertos.

El bloqueo del Río de la Plata ocasionado por la guerra con el Brasil, fue motivo de que debieran permanecer por varios días en Montevideo, por lo que el matrimonio de Angelis debió alojarse en la residencia del encumbrado personaje de la sociedad montevideana, don Francisco Juanicó, hasta que, desde Carmelo, logró cruzar a Buenos Aires, donde llegaron el 29 de enero de 1827.

Instalado en Buenos Aires, rápidamente se vinculó a los círculos intelectuales porteños y, resuelto a quedarse en este nuevo destino, obtuvo la ciudadanía argentina, firmada el 24 de abril de 1827 por Rivadavia. Aquel mismo año se incorporó, como Codirector, al flamante periódico Crónica Política y Literaria de Buenos Aires, órgano oficial del gobierno.

Periodista talentoso, escribió al calor del gobierno de Rivadavia, hasta que el estado caótico del país exigió un gobierno de conciliación, por lo que debió renunciar, siendo reemplazado fugazmente por Vicente López y Planes, quien desconoció el contrato laboral firmado por Rivadavia, por lo que de Angelis se encontró, a poco de llegar a Buenos Aires, sin empleo y sin recursos económicos. 

Aquella triste circunstancia hizo que de Angelis, aprovechando sus conocimientos en el campo de la docencia, se dedicara a la enseñanza, por lo que fundó la “Escuela Lancasteriana”, para varones, mientras que su mujer, Melanie Dayet junto con Fanny de Mora, abrieron el “Colegio Argentino”, para niñas, probablemente el primero dedicado a la enseñanza de mujeres en el país. Pero indudablemente su frustrada primera experiencia en el turbulento Buenos Aires de la primera mitad del XIX, le permitió dedicarse a lo que sería su verdadera pasión, como lo fue la investigación histórica.

 

El patriarca de los historiadores argentinos

Como es bien sabido, de Angelis fue un eminente historiador, geógrafo, bibliófilo, numismático y coleccionista,  por cuyo motivo, a poco de instalarse en Buenos Aires, dedicó gran parte de su tiempo a indagar en cuanta biblioteca y archivo pudiera aportarle los testimonios que le permitieran conocer el pasado rioplatense e hispanoamericano. Como bibliófilo logró formar la biblioteca más importante del Buenos Aires de aquel entonces, considerada incluso superior a la de Mitre. Teodoro Becú, estudioso de la obra de de Angelis, lo consideraba “un geógrafo de fama universal, maestro en el arte de imprimir, bibliófilo destacado erudito y hombre de ilustración vastísima”. 

Indudablemente, de Angelis traía consigo un enorme bagaje intelectual, producto de su actividad en el campo de la historiografía y la literatura, desarrollada en Europa. 

Con tal acervo cultural, muy pronto pudo dedicarse a lo que fue su pasión, en adelante la historia americana, iniciando los primeros aportes importantes en el conocimiento de nuestro pasado. El primer fruto de sus estudios fue la publicación, en colaboración con José Joaquín de Mora, de la obra titulada Ensayo histórico y político sobre las Provincias del Río de la Plata, desde el 25 de mayo de 1810. También conviene recordar que de Angelis fue el autor de la primera biografía de Juan Manuel de Rosas, editada en 1830 con el título de Ensayo histórico sobre la vida del Exmo. Sr. D. Juan Manuel de Rosas. A esta biografía, le sucedió de inmediato una semblanza del caudillo santafesino, titulada Noticias biográficas del Exmo. Brigadier Estanislao López.

Luego vendrían trabajos de mayor envergadura, como lo fueron sus enjundiosos estudios e investigaciones, que fundamentaron la enorme cantidad de obras, editas e inéditas que produjo durante su fecunda existencia, que no mencionaremos en honor a la brevedad y respeto a los autores de las más importantes bibliografías referidas a la obra de de Angelis, como lo son: Enrique Arana (h), Teodoro Becú, Antonio Zinny, Rodolfo Trostiné, Josefa Emilia Sabor y Mario Tesler, a quienes le debemos nuestra gratitud. Solo diremos que –en nuestra opinión– su monumental Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, aparecida entre los años 1836 y 1837, en siete tomos, este último inconcluso, editados por la Imprenta del Estado, obra de obligada consulta para los estudiosos de nuestro pasado, bastaría para otorgarle nuestro perpetuo reconocimiento y gratitud.     

 

Su pluma al servicio de la causa federal

Actas capitulares
En un principio de Angelis no gozó de la simpatía de don Juan Manuel de Rosas, quien desconfiaba de aquel intelectual napolitano que había estado al servicio de Rivadavia. El tiempo y las circunstancias hicieron que Rosas valorara su erudición y buena pluma como columnista de la Gaceta Mercantil, por lo que le confió la redacción y publicación del periódico Archivo Americano y Espíritu de la Prensa en el Mundo,  editada en tres idiomas, castellano, francés e inglés. El Archivo Americano, con un tiraje de 1.500 ejemplares, tuvo la finalidad de contrarrestar la acción opositora de los exiliados y difundir una buena imagen en el exterior, pesada tarea que de Angelis llevó a cabo fielmente hasta la caída de Rosas en Caseros. No está demás recordar, que durante su desempeño como editor responsable del Archivo Americano, de Angelis llevó a cabo una firme defensa de nuestros derechos territoriales referentes a la cuestión de Malvinas y durante los largos conflictos limítrofes con Chile. Así lo testimonia su invalorable Memoria sobre la legítima soberanía y Dominio de la Confederación a la Parte Austral del Continente Americano, concluida en 1849 y publicada en 1852.

Sería absurdo negar que de Angelis tuvo simpatía por don Juan Manuel de Rosas, afecto y admiración que se lo reconocía al general Tomás Guido, en carta de diciembre de 1842, cuando le decía: “Digan lo que quieran contra el Señor Rosas, pero ese vivo sentimiento de nacionalidad que penetra en las clases más humildes de la sociedad, es exclusivamente suya”.

Como ferviente panegirista de Rosas, de Angelis se atrajo el más enconado odio de los más conspicuos unitarios, por lo general exilados en Montevideo, desde donde conspiraban, con el apoyo de las potencias extranjeras, para derrocar al régimen federal.

De Angelis, que tenía buen olfato político, en 1849 ya presentía el ocaso del gobierno de Rosas. Una carta que le enviara a su amigo Tomás Guido, manifiesta su grave preocupación, cuando le expresaba que: “El Sr. Gobernador tiene sobrados motivos para mandarnos a todos a la puta que lo parió. Es el único hombre puro, patriota y de buena voluntad, que tenemos. Si él nos falla, todo se lo lleva la trampa y no es posible que él lo desconozca o que insista en su renuncia, si no lo ignora. Qué sería del país, de sus amigos, y de él mismo, si dejase el mando? La sola idea de un cambio cualquiera en el gobierno, me anonada. Por supuesto, el mismo día en que el Sr. Gobernador se retirara al “descanso de su vida privada” yo haría mi petaca y me iría adonde me llevara el viento…” 

Llegado el año de 1850, la atmósfera política de Buenos Aires se había enrarecido, cuando la renuncia presentada por Rosas a la Legislatura porteña, le fuera aceptada poco después por Urquiza, dando inicio a la Campaña del Ejército Grande, que concluiría en la batalla de Caseros.

Probablemente, fue aquel tan inquietante panorama político lo que decidió al matrimonio de Angelis  a poner sus asuntos personales en orden, por lo que ambos testaron ante el escribano Mariano Cabral. Primero lo llevó a cabo “En el nombre de Dios Todopoderoso, […] Don Pedro Antonio Diego Henrique Estanislao de Angelis, natural de Nápoles […], estando sano en pie y en mis cinco sentidos y potencias cumplidas, temeroso de la muerte, he dispuesto otorgar mi testamento, bajo los auspicios divinos, protestando como protesto vivir y morir en la verdadera fe y conciencia de la Religión Católica, Apostólica  Romana que profeso […] Item 3º: Declaro que me casé en París con Doña Melania Dayet, hija legítima de Don José Dayet y Doña Teresa Reuill […] matrimonio contraído según el ritual romano, no tenemos sucesión; […] Item 4º: Declaro por bienes los que se reconozcan por tales al tiempo de mi fallecimiento […] Item 7º: Declaro que instituyo y nombro por única y universal heredera […] a mi esposa Doña Melania Dayet de Angelis….”.

Cinco días después, el 9 de mayo de  1850, testaba su esposa “Doña Melania Dayet de Angelis […] natural de Nozeroy en Francia, hija legítima de Don José Dayet y de Doña Teresa Reuill, finados”, nombrando “heredero universal a su esposo Don Pedro de Angelis”.   

La lectura de los dos testamentos nos testimonia que no tuvieron descendencia y que ambos se declaraban recíprocamente “herederos universales” de los bienes inventariados al momento de su fallecimiento.

Si bien, el testamento no menciona los bienes que a la sazón poseía el matrimonio de Angelis, poco tiempo después de testar, el 13 de julio de 1851, testimoniaba ante el escribano Cabral que había hipotecado su propiedad, consistente en una casa sita en “la esquina de Balcarce y Santa Clara [actualmente Alsina], con frentes al sur y al oeste, a una cuadra de la fortaleza para la aduana, con terreno de 33 y media varas de frente al sur y 35 y media varas de fondo al norte”. La propiedad había sido hipotecada a favor de Luis de Saavedra, quien le había prestado 34.000 pesos de moneda corriente a Pedro de Angelis, que se había comprometido a devolverlos en el término de nueve meses. Préstamo que pudo saldar en muy pocos días, ya que el 25 de julio de aquel mismo año ya lo había cancelado.

Según Lucio V. Mansilla, que frecuentaba aquella casa, decía que “era un verdadero museo, hermosamente decorada y arreglada y donde se custodiaban las preciosidades menos imaginables. Abarrotada de libros se adornaba todo con hermosos bibelots, cuadros de valor, platería autóctona, obras de arte indígenas,  antigüedades, curiosidades y libros por doquier”. Roberto Trostiné, con su reconocida erudición, opina que el catálogo de su biblioteca nos pone ante el más maravilloso conjunto de libros americanos que puede desear un estudioso.  

 

Caseros: El ocaso de Pedro de Angelis

Como todos sabemos, el triunfo de Urquiza en Caseros puso fin al gobierno de la Confederación Argentina. A partir de aquel momento de Angelis quedó en total desamparo a merced de los unitarios, de los emigrados que volvían cargados de rencores, y aquellos otros que rápidamente dejaron de lucir el chaleco y las cintas color punzó.

Así fue como nuestro personaje cayó en desgracia, siendo despreciado y escarnecido aún por sus antiguos amigos. Incluso acusado de haberse apropiado de libros y documentos ajenos. Triste situación que se vio agravada por la pobreza, el peso de los años y la desesperanza. Por aquellos días sólo le quedaba su magnífica biblioteca, el tan nutrido archivo y la colección numismática. Apremiado por la falta de dinero, de Angelis intentó en más de una oportunidad la venta de su biblioteca, en 1846 la ofreció al Brasil, por intermedio del Encargado del Consulado General de ese país en Buenos Aires. Aquella oferta fue desdeñada por el gobierno brasileño, razón por la cual la volvió a ofrecer, esta vez a Urquiza, que en un primer momento manifestó estar interesado en adquirir una biblioteca de esa importancia con destino al Colegio de Concepción del Uruguay.

Aquellas tratativas se llevaron a cabo a lo largo de los años 1849 y 1850, hasta que un sugestivo silencio puso fin a las ilusiones de de Angelis. Las consecuencias de aquel fracaso hizo posible que esta maravillosa biblioteca se perdiera para la Argentina, porque dos años después, en 1852, de Angelis inició otra nueva gestión ante el Brasil, que concluyó con su venta concretada durante su exilio en Río de Janeiro en 1853. No obstante, según lo afirmado por Josefa E. Sabor, se sabe que de Angelis, acuciado por las necesidades económicas, ya había vendido no pocas obras a distintos bibliófilos, “en especial al general Mitre, Manuel Ricardo Trelles, Juan María Gutiérrez, más Andrés Lamas en el exterior”.

Según lo informado por fray Camilo de Monserrate, director de la Biblioteca de Río de Janeiro, la cantidad de obras y documentos comprados a de Angelis fueron: 2.785 libros, 1291 documentos y mapas, que sumaron 4.076 piezas, al precio de tan solo 8.000 pesos fuertes.

 

El exilio

De Angelis debió buscar refugio, primeramente en Montevideo, para luego trasladarse a Río de Janeiro, donde arribó el 12 de diciembre de 1853, siendo muy bien recibido, circunstancia que le mitigó en algo su enorme tristeza.

La primera impresión que recibiera a su llegada la testimonió en la conocida carta que, el 21 de diciembre le envió a su amigo Florentino Castellanos narrándole que: “Al cabo de seis días de navegación, llegamos a esta ciudad, en donde todo me causa sorpresa. He pasado tantos años en medio de una sociedad anarquizada que el espectáculo de una población tranquila es sorprendente para mí”.

En Río de Janeiro fue objeto de homenajes y distinciones. El Instituto Histórico y Geográfico Brasilero le ofreció, en su calidad de Miembro Correspondiente, un solemne recibimiento, que contó con la presencia del gran aficionado a los estudios históricos, el emperador del Brasil, Pedro II, quien posteriormente, en 1858, le otorgaría la condecoración de la Orden de la Rosa.

           

Su regreso y el fin de sus días.

No obstante aquellos efímeros halagos, de Angelis extrañaba a su patria adoptiva, por lo que llegó a la conclusión de que prefería vivir pobre y desdeñado, pero en Buenos Aires, por lo que abandonó Río de Janeiro, estableciéndose previamente en Montevideo hasta tanto le autorizaran su regreso, cosa que logró por intercesión de Mitre.

Al fin, en octubre de 1855, llega a Buenos Aires y, con tal motivo, le escribe a Tomás Guido una emotiva carta, anunciándole su retorno, “extrañará V. –le decía– que yo me haya decidido a volver […] Lo he solicitado y lo he conseguido: dentro de pocos días estaré al lado de mi buena compañera y amiga, encerrado en mi quinta, y viviendo como viven los apocados y los tontos. Ya me era imposible permanecer en mi aislamiento: en mi edad no bastan los favores que le dispensa la amistad, o los momentos agradables…”. 

Analizando esta carta se infiere que su esposa, Melanie Dayet, había quedado en Buenos Aires durante su estadía en Río de Janeiro, y que se recluiría en su quinta. Sobre el particular, debemos recordar que, ut supra, hemos mencionado que, en 1851, habitaba en una casa ubicada en “la esquina de Balcarce y Santa Clara”. En consecuencia debemos aceptar que se refiere a otra propiedad ya que la denomina “su quinta”, aún no ubicada por los autores que han incursionado en la vida de este personaje. Al respecto, Josefa E. Sabor admite que: “Estos son los parcos datos que hemos podido reunir sobre las casas que habitó de Angelis en Buenos Aires con su esposa”. Carlos Enrique Pellegrini, por su parte le comentaba en una carta a de Angelis que, “he respirado el frescor en la más importante de las dos casas, que una traidora confianza en el porvenir os llevó a construir”. Como se ve, reconociendo y diferenciando ambas casas. 

El plano levantado por Adolfo Sourdeaux, nos ha permitido ubicar la quinta de de Angelis en las afuera de la ciudad, con una espaciosa casa con frente a la actual calle Azcuénaga, entre Córdoba y Paraguay, con dilatada extensión de terreno. De tal manera, ha quedado develada la tan prolongada incógnita de la verdadera ubicación de la quinta donde de Angelis vivió sus últimos años, hasta que la muerte le quitó la vida en febrero de 1859. 

Para retomar la ilación de nuestra reseña, debemos recordar que, en 1856, a propuesta de Bartolomé Mitre, de Angelis ingresó como miembro fundador del Instituto Histórico-Geográfico del Río de la Plata (Actual Academia Nacional de la Historia). Tan grato como merecido reconocimiento, fue comentado por de Angelis a su amigo Tomás Guido, en carta del 18 de junio de 1856, cuando le decía que, “yo vivo en mi quinta, como un triste patriarca, ni me quejo de mi suerte. Mucho me ha costado salir de mi retiro, para asistir a una sesión del Instituto Histórico y Geográfico que acaba de instalarse en esta ciudad”.  La carta, además nos testimonia que en 1856, de Angelis continuaba viviendo sus últimos años en su quinta, con la salud muy quebrantada, dedicado a la lectura y a recibir la visita de sus muy pocos amigos que le frecuentaban.    

El 9 de febrero de 1859, Manuel R. García le escribía a Juan María Gutiérrez, para informarle que había visitado a de Angelis unos días antes: “D. Pedro –le decía– ha estado muy malo. Los médicos decían que de una aneurisma, y él emperrado en que eran unos burros. Ha salido con la suya y está muy mejor”. Lo cierto es que Pedro de Angelis murió, en Buenos Aires, el 10 de febrero de 1859, un día después de aquella tan optimista carta. El acta de defunción, que fue librada en la parroquia de Balvanera, testimonia que “recibió el Sacramente de la Extremaunción”, que “murió de hígado”, y que se daba licencia para sepultarlo en el Cementerio del Norte. 

Melanie Dayet, sobrevivió a su marido casi veinte años, en la mayor pobreza pero con dignidad, sin dejar de frecuentar a sus viejas y consecuentes amistades porteñas, como lo fueron especialmente Juan María Gutiérrez y Miguel Navarro Viola. Octavio C. Battolla, en su obra La sociedad de antaño, menciona que “madame de Angelis”, frecuentaba las reuniones en lo de Mariquita Sánchez de Thompson. Pastor Obligado también recuerda en sus Tradiciones argentinas, que Melanie de Angelis concurría a las frecuentes tertulias en lo de Mariquita. No obstante sus escasos recursos, se dedicó a obras caritativas, como integrante de las Damas de Caridad de San Vicente de Paul, ocupando la primera presidencia, entre los años 1866-1869, época en que echó las bases de tan benemérita institución.

Por aquellos tiempos, Melanie Dayet, debió disponer de una cantidad importante de dinero, que conjeturamos proveniente de la venta de la tan mentada quinta de Buenos Aires, ya que el 1º de octubre de 1869, el acaudalado financista, Francisco Casiano Belaustegui, recibía “de la Señora Doña Melanie D. de Angelis la cantidad de trescientos mil pesos moneda corriente que me ha entregado para colocar al interés de nueve por ciento al año, que hacen al mes dos mil doscientos y cincuenta pesos moneda corriente…”.

Josefa Emilia Sabor, en su estupenda obra que venimos mencionando, refiriéndose a Melanie Dayet, plantea la siguiente incógnita, cuando se pregunta: “¿En donde murió? No parece posible que aún viviera en su antigua quinta. ¿Pudo retenerla o a manos de  quien fue a parar finalmente? Son interrogantes que no hemos podido aclarar”.

Según los testimonios expuestos, desde 1869 no habitaba aquella quinta, la cual –como veremos seguidamente– debió vender, ya que no figura entre sus bienes, en un hasta ahora desconocido testamento.

Por vía de síntesis diremos que, la viuda de de Angelis, pasados unos años, había otorgado un nuevo testamento, fechado esta vez “en el pueblo de San Isidro Labrador, hoy primero de Mayo de mil ochocientos setenta y ocho”. Testimonio que con la farragosa retórica notarial nos prueba, en forma indubitable, su permanencia en San Isidro, a la vez que declara que “sus bienes consisten únicamente en la cantidad de trescientos mil pesos”, en poder de Francisco C. Belaustegui, “cuyos intereses del nueve por ciento anual los he recibido de su Señora viuda Doña Damasia Carreras de Belaustegui […] a todo lo que se agrega mis muebles y ropas de uso y decencia, sin que deba nada a nadie, ni a mí se me deba cosa alguna”. Como vemos, por aquel entonces, no disponía de ninguna propiedad, pero en cambio contaba con una importante suma de dinero, probablemente de la venta de la quinta, que destinara a obtener una renta para sobrevivir decorosamente. En el mismo instrumento, la otorgante declara que “en atención a no tener herederos forzosos por ninguna línea, instituyo y nombro mi único y universal heredero a Don Juan Folco, para que los haya herede y goce con la bendición de Dios y mi voluntad […]. Para cumplir, guardar y ejecutar este mi testamento, nombro por mi albacea a Don Carlos Vernet”, como sabemos distinguido vecino de San Isidro, hijo de Luis Vernet, el primer gobernador de las Islas Malvinas, también vecino de este pueblo.   

El testamento concluye dejando constancia que Melanie Dayet, “no firmó por impedírselo el estado de su enfermedad, haciéndolo a su ruego uno de los testigos”, que lo fueron Manuel Boggio, Fernando Indart (quien firmó en lugar de la otorgante) y Santiago Boggio, todos destacados vecinos de San Isidro.

Un año y medio después, Melanie Dayet entregaba su alma al Señor, el 2 de noviembre de 1879, a los “90 años de edad, de “parálisis”; domiciliada en el “Cuartel 1º”, o sea en pleno pueblo de San Isidro, según nos revela el acta de defunción, extendida por el cura párroco de San Isidro, Diego Palma.

 

* Bernardo Lozier Almazán, fue Director del Museo, Biblioteca y Archivo Histórico Municipal de San Isidro “Dr. Horacio Beccar Varela” y del Museo “Brig. Gral. Juan Martín de Pueyrredón”. Entre otros, es Académico de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, de la Academia Provincial de Ciencias y Artes San Isidro, Presidente del Centro de Estudios Históricos Hispanoamericanos “Isabel la Católica”. Se ha dedicado a la investigación histórica, siendo autor de numerosas obras, alguna de las cuales son: “Liniers y su tiempo”; “Beresford, Gobernador de Buenos Aires”; “Reseña histórica de los proyectos monárquicos en el Río de la Plata”, “Mayo de 1810, la Argentina improvisada”, etc. En el año 1979, el Institut des Relations Diplomatiques, de Bruselas, Bélgica, le otorgó la orden del Mérito Diplomático, en Grado de Comendador.

Se puede tener acceso a la “Colección de obras y documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las provincias del Río de La Plata por Pedro de Angelis”, ingresando a la página correspondiente a la Academia Argentina de letras: www.cervantesvirtual.com/portal/aal/index.shtml