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martes, 25 de mayo de 2010

Revolución de Mayo - Grupos políticos

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 15 - 25 de Mayo de 2010 - Pags. 12 a 14  

 EDICION DEL BICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO 


Grupos políticos y sociales en Buenos Aires hacia 1810

Por el Dr. Sandro F. Olaza Pallero

Óleo de Juan Manuel Blanes
Cabildo Abierto, Óleo de Juan Manuel Blanes


1. Introducción

Como bien dijo Ricardo Zorraquín Becú: “Todo acontecimiento político es la obra de un grupo humano que lo prepara y lo realiza, y que también procura justificarlo ante los demás”. Ya, en los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, es necesario investigar como estaba formada la población porteña y cuales fueron los sectores que intervinieron en ese movimiento, ya para dirigirlo o para oponerse.

2. Las fuerzas sociales tradicionales

En las provincias del Río de la Plata la población era extraordinariamente heterogénea, a pesar de su bajo número y su reducida densidad. La sociedad hispánica se dividía en múltiples clases que poseían diversos estatutos jurídicos.

Pueden reducirse a tres las fuerzas que gravitaron permanentemente en las provincias de la América española, y que asumieron la función directiva. Estas fuerzas sociales fueron la Iglesia, el gobierno y los cabildos.
a) La Iglesia, como corporación formada por la jerarquía eclesiástica y las órdenes religiosas, constituía en América un poder que daba normas de vida conformes a la verdad revelada. Sus ministros tenían la principal función de convertir a los indios a la fe católica.   
b) La segunda fuerza social que mantenía la cohesión y dirigía la existencia de las comunidades indianas fue la administración real. En forma similar a todo sistema de gobierno, existía en el nuevo mundo una organización burocrática en contacto más o menos estrecho con la población.  
c) La tercera fuerza social, con presencia en el régimen indiano estaba formada por los vecinos principales y por los cabildos, que eran su órgano de expresión. El derecho de vecindad era un estado social respetable. Se obtenía siendo domiciliado en una ciudad, como jefe de familia y propietario urbano. Para desempeñar oficios concejiles no podía “ser elegidas ningunas personas, que no sean vecinos, y el que tuviere casa poblada, aunque no sea encomendero de indios, se entienda ser vecino” (Recop., 4, 10, 6).

 

Óleo de Ceferino Carnacini
El pueblo quiere saber de qué se trata. Óleo de Ceferino Carnacini

3. Los grupos sociales porteños a principios del siglo XIX

El equilibrio se perdió bruscamente en el último tercio del siglo XVIII. Sus causas fueron la expulsión de la Compañía de Jesús, la secularización de muchas rentas eclesiásticas, el creciente centralismo administrativo impuesto desde la metrópoli, el régimen de las intendencias con su superioridad sobre los cabildos, los nuevos servicios públicos y los organismos administrativos recientemente creados.

Todo ello obligó al fortalecimiento del Estado y a ampliar la maquinaria burocrática –medidas típicas de los Borbones descendientes de Luis XIV– en detrimento de la Iglesia y de los grupos sociales que hasta entonces habían ejercido su poder. Desde fines del siglo XVIII se produce un enfrentamiento entre el cabildo porteño, la Real Audiencia y el virrey.

La rivalidad se agudiza en las épocas del marqués de Sobre Monte y Santiago de Liniers, a lo largo de un proceso que conduce al motín del 1° de enero de 1809. Esta última fue una tentativa realizada por los integrantes más encumbrados de la sociedad porteña para lograr la exclusividad de un poder que consideraban peligrosamente detentado.

Los miembros del cabildo desterrado fueron Martín de Álzaga, alcalde de primer voto; Esteban Villanueva, síndico procurador; Olaguer Reynals, comandante de catalanes y alférez real; Francisco Neyra y Arellano, capitán de gallegos, y Juan Antonio de Santa Coloma, capitán de vizcaínos, ambos regidores. El fracaso del movimiento produjo el desprestigio del cuerpo capitular y la dispersión de sus miembros, quienes no pudieron gravitar mayormente en los sucesos de 1810.

Una carta anónima, dirigida a Francisco Juanicó el 26 de mayo de 1810, dice que “Álzaga no quiso asistir [al cabildo] por estar arrestado, aunque los patricios lo fueron a convidar”. Es digno de destacar que, ese grupo estaba constituido casi exclusivamente por comerciantes que dirigían a la vez el cabildo y el consulado, aunque accidentalmente fueran también comandantes de los cuerpos formados por peninsulares.

El episodio del 1° de enero de 1809 puso en evidencia las transformaciones que se produjeron durante los últimos años de la dominación hispánica entre los sectores dirigentes de la vida bonaerense. Si los vecinos más destacados fuero vencidos –y con ellos las tropas peninsulares que los apoyaban y que fueron disueltas–, no por ello quedó prestigiado el gobierno, cuya incapacidad para defenderse fue notable.

Los ganadores indiscutibles fueron los militares agrupados en los batallones criollos, es decir, un elemento social nuevo que hasta entonces no figuraba como factor real de poder. El ejército en la época colonial estaba formado por milicias constituidas por los mismos vecinos o por sus familiares, o bien lo integraban tropas regulares cuyos mandos –ya profesionales– pertenecían naturalmente a la organización administrativa y a la clase de los funcionarios.

Además, eran los virreyes quienes tenían el mando de esas tropas, diseminadas generalmente a lo largo de las fronteras para prevenirse de los ataques portugueses. La aparición de aquella nueva fuerza militar obedece a un conjunto de factores que al ubicarlos en posición tan destacada la convirtió en el árbitro de los acontecimientos.

Las invasiones inglesas provocaron la militarización de la sociedad en cuerpos militares organizados por su procedencia y etnias. Sus jefes fueron nombrados por elección, convirtiendo a esa organización en una democracia militar, a decir de Bartolomé Mitre.

Por último, la falta de comunicación fluida con la metrópoli y la imposibilidad de ésta de enviar tropas –por ser indispensables para luchar contra los franceses– hicieron que el ejército regular en Buenos Aires quedara reducido a muy pocas plazas. El 24 de mayo de 1810, las fuerzas de los regimientos Fijo y Dragones ascendían a 371 hombres, mientras que los regimientos urbanos tenían en la misma fecha, un total de 2979 hombres.

Este cúmulo de circunstancias convirtió naturalmente a los cuerpos de Patricios y Arribeños en un factor de poder con el cual tenían que contar las autoridades para defenderse y los revolucionarios para triunfar. Pero su misma importancia, y la gravitación que habían tenido sus jefes en sucesos anteriores, dieron a esos grupos la sensación de que ellos podían dejar de ser un elemento dirigido para convertirse realmente en un factor de dirección.        

Los batallones criollos estaban formados por jóvenes de todas las clases sociales, reunidos por un común sentimiento patriótico que los impulsaba a defender su tierra de los enemigos exteriores. En 1810 estos grupos militares van a ser el factor decisivo en la conquista del poder.

No fue este último el único elemento nuevo que surge en el virreinato, y sobre todo en Buenos Aires, al final de la dominación hispánica. Otros núcleos, que no identifican ni confunden con el vecindario capitular y que tampoco son exclusivamente criollos, aparecen en el cambiante escenario social aportando su mayor cultura y notorias preocupaciones políticas.  

La mayor riqueza, el boato de los funcionarios y las comunicaciones más frecuentes con Europa despertaron un ansia de progreso y de elevación que, en muchos casos, trató de satisfacerse con el grado universitario. Entonces, dentro de una población cada vez más numerosa y más rica, aparecen personalidades que se elevan gracias a su preparación, capacidad o fortuna, hasta firmar todas ellas –a veces sin advertirlo– un sector que trataba de igualar a los más encumbrados de la sociedad.         

Se puede afirmar que es la clase media, o bien, adoptando una terminología universalmente aceptada, son los burgueses que aspiran a sobresalir. Este cambio se había dado en Europa y no extraña que sucediera también en Buenos Aires de principios del siglo XIX, auspiciado por una literatura que critica los privilegios de la nobleza y exalta en cambio los valores intelectuales.

Los nuevos elementos son generalmente universitarios –abogados, médicos, escribanos y también sacerdotes– imbuidos del ideario de la Ilustración. No se confunden con los sectores más elevados, pues muchos de ellos carecen de arraigo en la población y no pertenecen a las familias tradicionales.           

Tampoco son militares, sino excepcionalmente, constituyen una fuerza distinta que va a destacarse por su cultura y por la difusión de un pensamiento modernista e innovador, en medio de una sociedad que hasta entonces carecía de preocupaciones intelectuales. Belgrano y Castelli eran hijos de italianos; Moreno y Vieytes de inmigrantes españoles; Larrea y Matheu eran catalanes.

La superioridad de su cultura les daba argumentos suficientes para querer participar en la conducción del país, al cual veían dirigido por funcionarios o grupos con menos capacidad sin la formación que ellos consideraban indispensable. Entre tanto, ocupaban cargos secundarios o desempeñaban sus respectivas profesiones, sin dejar por ello de difundir la ideología iluminista en los periódicos que fundaron.

Mientras los criollos, que generalmente integraban los cuadros miliares, pretendían ya la emancipación de su país y la exclusividad de su gobierno, los burgueses sólo aspiraban a participar del poder, con el objeto de aplicar el ideario reformista que simultáneamente estaban aprendiendo y divulgando. En el primero de esos grupos es fácil ubicar a quienes lucharon contra los ingleses y luego defendieron a Liniers frente al cabildo (Cornelio de Saavedra, Juan Martín de Pueyrredón, Martín Rodríguez, los Balcarce, Viamonte, etc.).

Los más activos, y los que evidenciaron mayor decisión en su empeño por lograr un cambio político, estaban dirigidos por Belgrano y Castelli, y sus reuniones se verificaban en las residencias de Rodríguez Peña y Vieytes. Paralelamente otros, como Moreno, Larrea y Matheu, intervenían en el movimiento del 1° de enero de 1809, tendiente a formar una junta de gobierno similar a las de España, manteniendo el influjo del grupo capitular.     

Y mientras éstos últimos se atraían, por esa misma actitud, la inquina de los militares, Belgrano y los suyos lograban aproximarse a los jefes patricios a raíz de la tentativa –efectuada en julio de 1809– de resistir la asunción del mando por Baltasar Hidalgo de Cisneros. Martín Rodríguez en su Memoria, da la lista de las personas que se reunieron en su casa y luego en la de Rodríguez Peña los días 19 y 20 de mayo.

En ella figuran Saavedra, Francisco Antonio Ocampo, Florencio Terrada, Viamonte (todos jefes militares), Belgrano, Castelli, Beruti, Chiclana, Juan José y Francisco Paso, Vieytes y Donado. Cabe aclarar que no es posible establecer una absoluta separación entre cada uno de esos grupos políticos y sociales, en una población diminuta y compacta como lo era Buenos Aires.

Pero es evidente que si se trata de analizar con cierta precisión el ambiente de 1810, no es posible dejar de tener en cuenta la influencia respectiva de esos sectores más elevados, ni la aparición de un grupo que responde a un fenómeno entonces universal que se ha llamado, precisamente, la revolución burguesa del siglo XVIII.

Primera Junta de Gobierno
4. Los grupos políticos revolucionarios

Jorge María Ramallo, al profundizar el estudio de los grupos políticos revolucionarios, distingue tres corrientes, que se fueron delineando a partir de las invasiones británicas y dieron cuenta, en distintas ocasiones, de sus objetivos.

Un primer grupo, conducido por Álzaga, estaba integrado principalmente por españoles europeos –como Larrea y Matheu–, pero contaba con adherentes criollos –como Moreno y Julián de Leiva–. Su objetivo era la defensa del virreinato contra la dominación extranjera y su plan de independencia estaba condicionado a la pérdida de España o al predominio de los españoles europeos.

El segundo grupo, liderado por Castelli –integrado por Belgrano, Vieytes y Paso–, intentó llegar a la independencia utilizando vías distintas, según las ocasiones. Ya sea entrando en contacto con los jefes de la invasión británica, o posteriormente propiciando el plan de la princesa Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII, para finalmente coincidir con el tercer grupo en mayo de 1810.

El tercer grupo era liderado por Cornelio Saavedra, el de los “Patricios”, originado en la lucha contra los ingleses y fortalecido en la defensa del virrey Liniers durante los sucesos del 1° de enero. Este grupo tuvo papel decisivo en mayo de 1810, junto con el anterior.

Ramallo al estudiar la composición de la Junta Patria del día 25 y las siguientes designaciones civiles y militares, advierte cómo aparecen representados los tres grupos revolucionarios.

Según Víctor Tau Anzoátegui y Eduardo Martiré, se discute acerca de la intervención del pueblo en este movimiento, y aunque el problema no ha sido enfocado en todos los casos desde un mismo punto de vista, conviene en señalar algunas opiniones de nuestros historiadores.

Para Ricardo Levene, fue una “minoría dinámica…con capacidad de irradiación sobre la inmensa masa”. Ricardo Zorraquín Becú dijo que el pueblo no tenía función alguna dentro de los resortes legales, salvo el hecho de que con su número pudiera ejercer presiones sobre las autoridades. Roberto H. Marfany reduce los alcances del hecho a un “pronunciamiento militar”, dado que fue en los cuarteles donde se incubó el movimiento, y sostiene que tanto la instalación de la Junta del 24 y su destitución, como la elección de la Junta Patria, fueron provocadas por la actividad castrense.

 


5. Conclusión

Del cabildo abierto cuya doctrina política era acorde a la tradición espiritual e intelectual española, surgió la Junta Patria, adornada con esos principios para el cumplimiento del mandato soberano. La poesía anónima de la época que publicó Roberto H. Marfany en su estudio El cabildo de Mayo dice:

La Provisional / Y Gubernativa / Junta que ha formado / Buenos Ayres, viva.

Para libertarnos / de las Anarquías / y los Francmasones / de la Francia impía.

La Provisional / Y Gubernativa / Junta que ha formado / Buenos Ayres, viva.

 

Fuentes:
MARFANY, Roberto H., El cabildo de Mayo, Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1961.

TAU ANZOÁTEGUI, Víctor y MARTIRÉ, Eduardo, Manual de Historia de las Instituciones Argentinas, Librería Histórica Perrot, Buenos Aires, 2005.

ZORRAQUÍN BECÚ, Ricardo, “Los grupos sociales en la Revolución de Mayo”, en Historia N° 22, Buenos Aires, 1961.

lunes, 1 de septiembre de 2008

En el 70° aniversario del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 1938-2008

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 8 - Setiembre 2008 - Pags. 12 y 13 

En el 70º aniversario del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 1938-2008

                                                                     Por el Dr. Sandro F. Olaza Pallero 

José M. Rosa y John W.Cook en una conferencia en el instituto Rosas

El 6 de agosto de 1938 un grupo de militantes nacionalistas fundó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. En la asamblea convocada en el restaurante Edelweiss con la participación de Julio Irazusta, Rodolfo Irazusta, Alberto Contreras, Juan Bautista Ithurbide, Ernesto Palacio, Evaristo Ramírez Juárez, Pedro Vignale, Alberto Ezcurra Medrano, Isidoro García Santillán y Raúl de Labougle, resolvieron “provocar un movimiento de revisión histórica” para investigar y esclarecer la época de nuestra historia que comprende el ascenso, gobierno y caída del brigadier Juan Manuel de Rosas. “No se trata –aclaraba la institución- de invitarlo a Rosas a participar en el festín de 1853 y de incorporarlo al panteón haciéndole un lugar junto a Sarmiento, Mitre, Urquiza. Por lo contrario, los blasones de Rosas son completamente distintos a los de aquéllos, y el primero, por no decir el único es el de servir como ejemplo de todo lo que debe afirmarse, y enfrentarse contra una experiencia de 85 años que ha sido destronada para la integridad y soberanía de la Argentina”.

Revista del Instituto

Fue el “rosismo” la rehabilitación del caudillo federal, a quien la tradición liberal había caracterizado desde tiempo atrás como el maldito de la historia oficial. El revisionismo no venía a innovar ni a resultar original, sino a retomar una historia deliberadamente inconclusa tras la derrota de Caseros, y a recordarles a sus compatriotas las raíces que les habían tergiversado u omitido. Pero sin proponerlo fue innovador, y fue original, del mejor modo que se puede ser: restituyéndose al origen. El logró hacer pesar ante la opinión pública, y aún ante los estudiosos del pasado, ese valioso legado rectificador que yacía silente en algún archivo privado o en ciertos círculos restringidos de especialistas. La primera importante recusación de la escuela liberal surgió en la década de 1880, en forma de una restringida y moderada exhortación a favor de un juicio equilibrado sobre la época rosista. Un presupuesto esencial del derecho a la identidad es el acceso a la verdad histórica, hecho que nos obliga a revisar ciertos aspectos de la nuestra y a recuperar parte sustancial de nuestro pasado común.

En la primera etapa del Instituto Juan Manuel de Rosas, que abarcó 46 años, desde 1938 a 1974 en que se logró la promulgación de leyes que reivindicaron al Restaurador y dispusiera la repatriación de sus restos, el Instituto realizó una tarea fundamental en el esclarecimiento histórico de la Argentina. Durante ese tiempo pasaron figuras como José María Rosa quien fue Presidente en varias ocasiones, Ramón Doll, Justo Díaz de Vivar, Carlos Ibarguren (h), Juan Pablo Oliver, Federico Ibarguren, Rodolfo Lestrade, Atilio García Mellid, Enrique Guerrero Balfragón, Vicente D. Sierra, Jorge María Ramallo, Gabriel A. Puentes, Carlos Ibarguren, Manuel Gálvez, Carlos Steffens Soler, Jorge Luna Valdés, Daniel García Mansilla, Mario Amadeo, Lucio Moreno Quintana, Bruno Jacovella, Pedro de Paoli, Arturo Jauretche, Raúl Roux, Fernando García Della Costa, Alberto A. Mondragón, Ricardo Font Ezcurra, Héctor Sáenz Quesada, Víctor Saá, Fermín Chávez, Benjamín Villegas Basavilbaso, Lauro Lagos, Enrique Pavón Pereyra, Josué T. Wilkes, Juan Manuel de los Ríos, Julio Castellanos, Homero Saldeña Molina, Eduardo Corvalán Posse, Julio César Corvalán Mendihalarzu, Mario César Gras, Luis Soler Cañas, Jaime Gálvez, Félix G. Barreto,  Enrique Stieben, Juan Miguel Hogan, Francisco Compañy, José Luis Muñoz Azpiri, Marcos P. Rivas, Raúl Oyhanarte, Leonardo Castellani, Roberto de Laferrère, Orlando Sanguinetti, Alfredo Ortiz de Rozas, Diego Luis Molinari, Rómulo D. Carbia, Manuel Benito Somoza, Roberto Tamagno, Guillermo Furlong, Guillermo Losteau Heguy y John W. Cooke.

La segunda etapa del Instituto se inició en 1984, cuando un grupo de intelectuales y militantes nacionales reunidos en el café Tortoni y encabezados por Alberto Contreras resolvieron retomar las actividades interrumpidas por motivos políticos hacía una década. Recién se había salido de un gobierno de facto que había cambiado por decreto el nombre de la avenida “Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas” por “Monroe”, más afín al pensamiento de los civiles y militares del Proceso. En el Boletín Nº 1 del Instituto, del 1º de noviembre de 1984 se afirmaba: “Mucho sucedió en el país en estos diez años. Equívocos, frustración, sectarismos y represiones demenciales, intentos de reculadas como si el tiempo fuera reversible, manipuleos de ignominia que dejaron la República como al cabo de una guerra perdida, manoseo de anhelos populares irredentos, una perpleja manera de querer administrar los hechos, sin poderlo”.

La comisión directiva encabezada por Contreras e integrada por varios de los asistentes al Tortoni estaba integrada por Jorge Francisco Perrone, René Orsi, Enrique Oliva Vélez (Francois Lepot), José Alberto Pradelli, Carlos Alberto Abalsamo, Carlos French, Valentín Thiebaut, Luis Angel Cersócimo, Arturo Jorge Podestá, Juan Carlos Elizalde, Ariel Keller, Enrique Alberto Breccia, Víctor Tosto Valenzuela, Luis Fernando Calviño. Otros destacados colaboradores en la reorganización del Instituto fueron Luis Soler Cañas, Arturo Peña y Lillo, Fernando García Della Costa, Enrique Arturo Bonomi quien fue más tarde Presidente del Instituto Nacional y Fermín Chávez.

Al poco tiempo el Instituto se mudó a la sede de Hipólito Yrigoyen 788 y se sostenía por el aporte patriótico de sus socios y amigos.

En 1989 el P.E.N. junto a la Comisión de Repatriación de los Restos de Rosas presidida por el Dr. Manuel de Anchorena y el Instituto lograron retornar los restos de don Juan Manuel. Culminando así el largo exilio a que fue sometido en vida y después de muerto el que fuera gobernador de la provincia de Buenos Aires, Jefe de la Confederación Argentina y campeón de la soberanía, y culminó asimismo uno de los cometidos esenciales que dieron nacimiento al Instituto en 1938. Volvió a salir la Revista del Instituto Nº 24 en mayo de 1991, realizándose el Primer Congreso Nacional de Institutos Juan Manuel de Rosas en Mar del Plata, con la asistencia de Rubén Bini, Alberto Molfino, Miguel Ortiz de Rozas, Romano López Osorio, Humberto Fernández, Laura Giacnacovo de Gallardo, Alfredo Elizagaray, Carlos Bosano Ansaldo, Ricardo Elorza, etc. Se realizaron dos veces al año las clásicas Jornadas de Historia de los Gobernadores Bonaerenses con la colaboración del Archivo y Museo Históricos del Banco de la Provincia de Buenos Aires, donde participaron destacados expositores como Fermín Chávez, Lauro Destéfani, Alberto de Paula, Carlos Pesado Palmieri, Jorge Bohdziewicz, entre otros.

El 10 de enero de 1997 por el decreto Nº 26/27 del P.E.N., el Instituto fue nacionalizado dependiendo de la Secretaría de Cultura de la Nación. Se constituyó un cuerpo académico presidido pro el Brig. Carlos Rubén French y por el cual pasaron Enrique Bonomi, José Castiñeira de Dios, Oscar J. C. Denovi, Jorge Oscar Sulé, Luis C. Alén Lascano, Arturo Pellet Lastra, Norberto Chindemi, Roberto Liñares, Haydeé Frizzi de Longoni, Carlos Tagle Achával, Héctor Julio Martinoti, Manuel de Anchorena, Carlos Ortiz de Rozas, Roberto Fernández Cistac, Roque Aragón, Rubén González, Enrique Mayochi, Mario Tesler, Carlos Pesado Palmieri, Enrique Oliva Vélez (Francois Lepot), Miguel Unamuno, José Pradelli, Francisco Hipólito Uzal, Alberto Gelly Cantilo, Aurora Venturini, Carlos Steffens Soler, Federico Ibarguren, etc.

Han colaborado con el Instituto y la Biblioteca Popular Adolfo Saldías, inaugurada el 12 de agosto de 1993, año del bicentenarario del nacimiento de Rosas, las siguientes personas: Nicolás Antonio Carrizo, Robín Víctor Mezquida, Ernesto Vieytes, Néstor Walter Alauzet, Guillermo Greig, César María Castex, María Eugenia Varas de Ferrante, Miguel Angel Lentino, Filomena Dabusti de Tomassini, Fernando Irigaray, Diego Bras Harriot, Eduardo Rosa, Francisco Pestanha, Graciela French, René Orsi, Norberto J. Chiviló, José Luis Muñoz Azpiri (h), Gustavo Lambruschini, Pedro García Mansilla, Miguel Angel Ramírez, Carlos Torreira, Fernando Hrycak, entre otros.

La Comisión Directiva de la Biblioteca Popular Adolfo Saldías y el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas (Asociación civil), están presididos por Antonio Testa, por otra parte creador y director de la Muestra Itinerante La Guerra del Paraná y sus banderas que ha sido declarada de interés cultural por los municipios de San Miguel del Monte, Campana, Las Flores, Puerto Gral. San Martín (Santa Fe), Córdoba, Salta, etc.

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ACTIVIDADES CULTURALES DEL INSTITUTO

A través de sus 70 años de fecunda vida, el Instituto realizó una importante tarea cultural, ya mediante conferencias desarrolladas en sus distintas sedes que fue teniendo a través del tiempo en la Ciudad de Buenos Aires, como también en las distintas filiales y otras instituciones en las ciudades del interior de nuestro país. Fueron y son importantes los cursos desarrollados sobre historia nacional.

No estuvo ajena a la vida del Instituto el conmemorar periódicamente las distintas fechas patrias como así también la realización y participación en exposiciones y la organización de bibliotecas para la utilización de sus asociados y del público en general. (La actual Biblioteca Popular Adolfo Saldías –con un importante acervo bibliográfico-, funciona en la sede del Instituto de la calle Montevideo Nº 641 de la Ciudad de Buenos Aires).

Fue importantísimo el aporte a la historiografía nacional, que realizó mediante la edición de su famosa Revista, la primera de las cuales apareció en el año 1939, habiéndose editado hasta el presente 66 números y en las cuales escribieron importantísimos historiadores y ensayistas. También fueron publicados distintos Boletines, con artículos más breves. Tanto las Revistas como los Boletines, fueron de distribución limitada a asociados y personas vinculadas al área cultural. En el año 1959 se editó la revista “Revisión”, de venta al público en puestos de diarios y revistas, los dos primeros números en tamaño “tabloide”, habiéndose editado hasta el año 1966 un total de 22 números.

Se efectuaron también diversas ediciones de libros, separatas, folletos y ensayos. En la década del 90 se realizó una importante edición de obras que integraron la colección Estrella Federal.

También se promovió el turismo histórico, organizándose periódicamente excursiones a distintos sitios de interés histórico (Vuelta de Obligado, isla de Martín García, Navarro, San Miguel del Monte, etc.)

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Por el Decreto del PEN Nº 52795, del 12 de enero de 1940, se aprobó un proyecto y presupuesto para "llevar a cabo el revestimiento del morro de tierra existente sobre la playa del Río Paraná en la Vuelta de Obligado, Partido de San Pedro, provincia de Buenos Aires; y… Teniendo en cuenta que las obras de referencia han sido solicitadas por el Instituto de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas" con el objeto de proteger al citado morro de las crecientes del Río Paraná y conservarlo como reliquia histórica de la acción naval desarrollada en sus inmediaciones el 20 de noviembre de 1845…"

En ese morro habrían sido amarradas las cadenas que cruzaron el Paraná en aquella memorable jornada, cerrando el paso del río a la flota anglofrancesa.

La obra se realizó (según da cuenta la fotografía adjunta) y el monumento se inauguró el 20 de noviembre de ese mismo año, pero debido a la desidia de las autoridades (nacionales, provinciales y municipales) a través del tiempo, ese monumento ya no existe…

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ACTO REALIZADO EN LA CIUDAD DE GENERAL SAN MARTÍN

En la Revista Nº 20 correspondiente al segundo semestre del año 1959, salió publicado la crónica de un acto realizado por la filial de nuestra Ciudad en la Plaza central.

SAN MARTIN

Vuelta de Obligado

Conmemoró la filial San Martín también con un acto público el 114 aniversario del Combate de Vuelta de Obligado. El acto se realizó en la plaza principal de la localidad de San Martín y en el mismo hicieron uso de la palabra los Sres. González Polero, Jorge Perrone y el Dr. José María Rosa, quienes pusieron de relieve la importancia del hecho histórico que se conmemoraba. La numerosa concurrencia aplaudió los discursos de los distintos oradores.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Los Escritores : Alberto Ezcurra Medrano

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 5 - Diciembre 2007 - Pag. 11 

ALBERTO EZCURRA MEDRANO

Por el Dr. SANDRO F. OLAZA PALLERO


Alberto Ezcurra Medrano nació en Buenos Aires el 28 de junio del año 1909, vástago de una familia de antiguo linaje vascongado que fue protagonista de la historia patria. Sus padres fueron Alberto Ezcurra y Sara Medrano. Educado en el Colegio Champagnat, se graduó de bachiller en 1927. Ingresó en la carrera de abogacía de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, pero abandonó esos estudios. En las postrimerías de 1927 fundó con Francisco Bellouard Ezcurra y Eugenio Frías Bunge el “Comité Monárquico Argentino”, que adquirió forma orgánica en febrero del año siguiente. 

En abril de 1928, la agrupación se disolvió y sus integrantes pasaron a integrar la publicación “La Nueva República”, dirigida por Rodolfo Irazusta y con la colaboración de Julio Irazusta, Ernesto Palacio, César E. Pico, Juan E. Carulla, Tomás D. Casares y Mario Lassaga. 

En abril de 1929 fundó con Juan Carlos Villagra, Emilio Méndez Paz y Mario Amadeo la “Liga Universitaria de Afirmación Católica”, movimiento que tuvo como asesor espiritual al cura jesuita Mariano Clavell.

A los dos meses de su creación, esta agrupación desapareció. Entre los autores que tuvieron influencia en Ezcurra Medrano se destacaron Joseph de Maistre, Juan Vázquez de Mella y Juan Donoso Cortés Marqués de Valdegamas. 

En esa época nació su vocación por la historia, colaborando en “El Baluarte”, “La Nueva República” y “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas”. 

En esta última publicación fue autor de “El centenario del asesinato del general Alejandro Heredia” (Revista N° 1, 1939); “Rosas en los altares” (Revista N° 4, 1939); “La Convención Mackau-Arana” (Revista N° 6, 1940); “Cómo se escribió la historia” (Revista N° 15-16, 1951) y “La Vuelta de Obligado” (Revista N° 18, 1958). 

Como otros dirigentes nacionalistas, Ezcurra Medrano apoyó a la Revolución de 1930, encabezada por el general José Félix Uriburu. 

Integró en 1934 la “Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los restos del Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas” y en 1938 fue uno de los fundadores del Instituto Juan Manuel de Rosas y formó parte de su Comisión Directiva. 

Ezcurra Medrano buscó en su inmenso amor a la patria, la devoción a su pasada grandeza, la consagración a su presente y la fe en su futuro venturoso.

Falleció en Buenos Aires el 19 de febrero de 1982 y un asiento académico para los Miembros de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas lleva su nombre.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Roberto de Laferrère, una pasión Argentina

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año I N° 4 - Septiembre 2007 - Pag. 11 



ROBERTO DE LAFERRERE

UNA PASIÓN ARGENTINA 


Por el Dr. SANDRO F. OLAZA PALLERO 

Roberto de Laferrère fue un digno exponente de la generación que actuó entre las décadas del 20 y el 30, cuando los cambios operados en el mundo repercutieron en nuestra patria. Nació en Buenos Aires el 10 de enero de 1900, hijo del escritor y político Gregorio de Laferrère y de Teodosia Leguineche Ezcurra, descendiente ésta de la familia de la esposa del Restaurador. Sus antepasados lucharon contra los invasores ingleses, en la guerra de la Independencia y en las luchas civiles.



Roberto se inició como periodista en La Fronda –periódico conservador- y El Fortín –publicación nacionalista-, donde dio rienda suelta a su agudeza para burlarse de los hombres solemnes o grotescos, y de los aspectos ridículos de la vida. Entre los años 1921 y 1922, Roberto escribió asiduamente en Tribuna Demócrata órgano del Partido Demócrata Progresista.
La situación política del país, con su sistema electoral que elevaba al gobierno y al parlamento a los hombres más mediocres e ineptos –sacados del comité-, que no representaban ningún valor social, cultural, económico o laboral, ni defendían las aspiraciones legítimas populares, lo llevaron al convencimiento de lo nefasto del régimen imperante.

En febrero de 1928 publicó un suelto en La Fronda titulado “Larreta vs. Larreta”, que ocasionó una reacción negativa de Enrique Larreta, quien lo retó a duelo. Por esos años, La Fronda contó también con un escogido plantel de redactores y colaboradores: Alfonso de Laferrère; Ernesto Palacio; Fausto de Tezanos Pintos; Leopoldo Lugones; Alberto Contreras y otros.

Laferrère fue uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas el 6 de agosto de 1938 y formó parte de su comisión directiva y del Cuerpo Académico de esta entidad. En el segundo y tercer número de la Revista del Instituto Rosas publicó el artículo “El nacionalismo de Rozas” (1939), donde contestaba al doctor Lavalle Cobo quien fue autor de un artículo ofensivo a Rosas en el diario La Nación: “En su artículo de La Nación, -dice Laferrère- el doctor Lavalle Cobo ha intentado demostrarnos que el nacionalismo de Rosas era una impostura. Los verdaderos nacionalistas, los patriotas auténticos de su época, serían los unitarios que se aliaron a los extranjeros de seis países en una guerra contra el suyo propio que duró 17 años…”

En su otro trabajo “Cómo ofreció Rosas las Malvinas” (misma Revista N° 12, 1946) analizó la actuación de Rosas en este tema ante la presión de los acreedores ingleses para cobrar compulsivamente la deuda por el empréstito tomado por Rivadavia a la banca Baring Brothers Brothers y Cía y cuya garantía era todo el territorio nacional.

El patriotismo de Laferrère –profundamente enraizado en la “vieja Argentina”– no era de esos que se empeñan en resucitar añoranzas pretéritas. Concebía la patria como heredad de los argentinos; exclusivamente de los argentinos: rancios o crudos; a fin de que éstos y aquéllos continuaran, en estrecha comunidad, el derrotero abierto por los capitanes de la conquista que incorporaron el territorio a la civilización; el de los primeros pobladores y colonizadores que nos dieron la etnia, la religión y la cultura.

Durante diciembre de 1942, celebró sus sesiones el “Congreso de la Recuperación Nacional”, que se había constituido por inspiración de Laferrère y Alberto Caprile (h). Su objetivo fue convocar a un futuro Congreso del Nacionalismo, a reunirse el año siguiente con una Junta Ejecutiva integrada por conspicuos miembros de esa corriente política. Pero este congreso no se llevó a cabo a raíz de los sucesos del 4 de junio de 1943, que dieron por tierra con la ficticia legalidad imperante en el país.

Laferrère y su amigo, el historiador Guillermo Gallardo, participaron de la conspiración del general Benjamín Menéndez en 1951 contra el gobierno de Juan Domingo Perón, pero esta asonada fracasó y ambos terminaron presos en la Penitenciaría de la calle Las Heras más de tres meses.

Este ilustre patricio falleció el 31 de enero de 1963. Al día siguiente Carlos Ibarguren (h) pronunció unas palabras de homenaje a Laferrère: “Un deber de amistad me impulsa a decir estas palabras de despedida frente al cadáver de Roberto Laferrère, en nombre de aquellos viejos muchachos que fundamos con él, allá por 1929, en vísperas de la revolución del 30, la Liga Republicana, y algo más tarde El Fortín, anticipándonos al pronunciamiento militar de 1943. Con Roberto descubrimos nosotros, a los veinte años, esa actividad desinteresada y noble de servir al país que, a pesar de todo, se llama Política...En ese sentido todos luchamos juntos sin pedir cuartel. Y si al final de la jornada no llegó el triunfo sino el fracaso y la incomprensión, el ejemplo de quien supo quedarse solo, seguro de haber cumplido con su deber, fue la lección moral que disipó en nosotros cualquier estéril amargura. Del gran espíritu de este periodista y escritor extraordinario que acaba de llevarse la muerte, otros dirán lo que se merece. Al despedir al amigo entrañable, despedimos también –sin olvidarla- a nuestra propia juventud, que ya se nos había ido cronológicamente, pero que reverdecía, cada vez, con la presencia querida de Roberto Laferrère”.