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domingo, 27 de agosto de 2023

Volver al pasado - Armando Alonso Piñeiro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 26 de setiembre de 2003, en la columna Los fantasmas del pasado del diario La Prensa se publicó el siguiente artículo. 

Sátiras del eterno retorno 

por Armando Alonso Piñeiro


Vengo observando con interés no exento de estupefacción las obsesiones argentinas de reciente data por volver al pasado, a partir de los años setenta. Aparentemente, este retorno -que justifica como pocas veces el título de mi entrega quincenal- visto por lo general con el ojo izquierdo, cuando lo deseable sería evitar el estrabismo.

Recurrir al pretérito tiene sus riesgos. Porque retroceder tres décadas habilita para retrogradar en el túnel del tiempo quién sabe hasta cuándo. Y a alguien se le ocurrió, a comienzos de este mes, ingresar en tan alarmante subterráneo. Una ignota entidad se presentó ante el juez federal Sergio Torres abriendo una causa de lesa humanidad: delitos cometidos a partir de 1492. El expediente se titula “Denuncia contra el reino de España por su responsabilidad en la matanza de indígenas argentinos y el despojamiento de sus tierras tras el descubrimiento de América”.

Espléndido intento. No sería mala idea pedir fuertes indemnizaciones al gobierno de Madrid, que tal vez pudieran solucionar el default argentino. Y extender las reclamaciones jurídicas a los descendientes de Cristóbal Colón, que afortunadamente residen en la península y sobre quienes sin duda alguna el juez Garzón no tendrá ningún reparo en conceder su extradición a nuestro país para que respondan por los aberrantes crímenes cometidos por el Gran Descubridor.

Sobre este tema tengo algunas propuestas dirigidas a los defensores de derechos humanos y de reivindicaciones seudohistóricas. Por ejemplo, el virrey Sobremonte, que en la Segunda Invasión Inglesa llevó los tesoros reales hasta Luján y luego desaparecieron para reaparecer en España. Así como los argentinos somos dueños de nuestras tierras, también tenemos derecho a ver restituidos aquellos dineros.

Deberíamos investigar, por otra parte, la tragedia de Navarro. Algunos la definen como el “asesinato” de Lavalle. Otros, como el fusilamiento. Reabramos el proceso y establezcamos las responsabilidades, porque este hecho es gravísimo y divide a nuestra sociedad de 2003. ¿O no?

Nadie dudará de la necesidad de investigar las revoluciones o, mejor dicho, golpes de Estado. La mal denominada Revolución del 90 dio origen al radicalismo. Los descendientes de las víctimas del Parque son acreedores a la justicia, es decir a una indemnización adecuada.

En este tema del golpismo, ¿no habrá llegado el momento de inaugurar sendos atestados contra el radicalismo por haber incurrido reiteradamente en la violación constitucional de alzarse contra las autoridades constituidas? ¿Qué fueron si no las revoluciones de 1893 -en la que el flamante senador nacional Leandro Alem asumió la paternidad de la asonada de San Luis- y de 1905, minuciosamente organizada por el sobrino del ya suicidado Alem, es decir don Hipólito Yrigoyen?

Tenemos mucho material para reabrir el pasado. Ya que de Yrigoyen hablamos, ¿por qué no investigamos su actitud en la triste Semana Trágica de 1919? ¿Por qué las centrales obreras y piqueteras no amenazan con encontrar culpables y marcar a sus autores y descendientes?

Podríamos seguir hasta el fin de los tiempos. Sólo bastará con recordar que los defensores de los derechos humanos clamantes contra los militares de los años setenta, se han olvidado de quién era en aquel momento presidente de la Nación y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Me refiero a María Isabel de Perón, firmante del decreto que ordenó “aniquilar” (sic) a las bandas subversivas.

La razón es simple. Quien abre la caja de Pandora se encuentra con incómodos fantasmas del pasado.

domingo, 13 de agosto de 2023

9 de Julio - Independencia argentina - Armando Alonso Pïñeiro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

223

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El artículo que publicamos a continuación, corresponde a la columna Fantasmas del pasado del diario La Prensa del 9 de julio de 2006.

A 190 años del acta bautismal de la Argentina

por Armando Alonso Piñeiro


Hoy se cumplen 190 años de la Declaración de la Independencia. El 25 de Mayo de 1810 había nacido la patria. Seis años más tarde el hecho fue legalizado por el acta bautismal del 9 de Julio, que legitimó la campaña militar llevada a cabo, cada uno por su parte, por los generales José de San Martín y Manuel Belgrano, quienes no por mero azar venían reclamando este documento fundamental.

Fue un año de grandes acontecimientos, no sólo para nuestro país. Mientras Rossini estrenaba su obra maestra El barbero de Sevilla, un tal Napoleón Bonaparte escapaba de su prisión en la isla de Elba para retornar triunfalmente a Paris.

Por esa misma época, en los tétricos calabozos españoles de Las Cuatro Torres dejaba este mundo Francisco de Miranda, fundador de Venezuela, precursor e ideólogo de la independencia hispanoamericana e inspirador de figuras preclaras de nuestra historia.

Como ya lo dijeran ilustres colegas hace más de medio siglo, la Declaración del 9 de Julio fue el coronamiento de la Revolución de Mayo. Joaquín V. González, por su parte, sintetizó admirablemente: “La Nación Argentina nació el 25 de Mayo y tuvo su estado civil y espiritual el 9 de Julio por la sanción irrevocable de su personalidad histórica”.

Es necesario reparar que el 9 de Julio se fue más allá de la mera e importante Declaración de la Independencia Argentina. En el extraordinario documento original -que se perdió para siempre, en otra historia que contaré oportunamente- no se hablaba de la Argentina ni de las Provincias Unidas de Sudamérica, con el fin de que sirviera de ejemplo al resto de las naciones en esta parte del continente, así como seis años atrás el grito de Mayo fue utilizado de modelo para la emancipación de otras naciones.

No todos los 471.000 habitantes con que entonces contaba nuestro país pudieron enterarse al unísono del acto memorable celebrado en Tucumán. El Soberano Congreso tenía un órgano oficial -El Redactor-, que informó escuetamente y sin comentarios sobre el episodio crucial del 9 de Julio. A su vez, La Crónica Argentina -al no ser formalmente un órgano oficialista- pudo juzgar que el documento bautismal traducía “un concepto de sabiduría, de prudencia y de previsión política”, definiéndolo ajustadamente como “la piedra angular de nuestra regeneración”.

El 25 de julio, el semanario El Censor estampó en su primera plana un titular en tipo catástrofe: Independencia. Y anunciaba que la ciudad quedaba iluminada a partir de esa noche y durante diez días sucesivos.

El 27 de agosto el gobierno ordenó que la Independencia fuera jurada en Buenos Aires el viernes 13 de septiembre, lo cual se hizo con el entusiasmo popular y periodístico ya indetenible: “El sol de hoy amaneció hermoso sobre nuestro orizonte” (sic), para celebrar el grande día de América”.

Como se ve, no se hablaba en argentino, sino en americano. El 9 de Julio de 1816 fue un grito estruendoso para llamar la atención de todo el continente hispanoamericano, enfervorizar a las tropas sanmartinianas que se jugaban la vida desde el Alto Perú hacia arriba e inspirar a los pueblos a imitar un modelo de libertad.

¿Cuáles son los fantasmas de aquel pasado que hoy podemos evocar con orgullo? La entonces Argentina que no llegaba al medio millón de habitantes estaba hundida en la anarquía, que se profundizaría en los años siguientes, hasta el fatídico 1820. Pero a pesar de todos los problemas políticos y sociales, las dificultades económicas, la incertidumbre cotidiana, la siempre latente amenaza de un retorno hispano, la Argentina ofreció un paradigma que 190 años más tarde da la impresión de haberse anquilosado.

domingo, 30 de abril de 2023

Escritores mediáticos - Armando Alonso Piñeiro

  REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

186

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa del día 26 de junio de 2005, fue publicado este artículo referido a los historiadores mediáticos, en la columna Los fantasmas del pasado.

El show de la historia

por Armando Alonso Piñeiro


Desde hace unos pocos años se ha registrado entre nosotros un despertar y una gran curiosidad de los lectores argentinos por la historia. Los libros se venden en tiradas de miles de ejemplares, los autores son entrevistados por los medios de comunicación y los próceres parecen convivir con el presente.
Todo esto debería ser motivo de aplauso. Pero en cuanto se profundiza en el fenómeno, uno se encuentra con Sorpresas.
Los relatos del pasado argentino han seguido la línea editorial de las revistas del corazón. ¿Cuántas amantes tuvo San Martín? ¿Era Manuel Belgrano homosexual? ¿Nuestros próceres fueron verdaderos descendientes de españoles blancos o en realidad mestizos sospechosos?
La renovada historiografía argentina a cargo de nuevos historiadores es una frase que contiene dos falsedades. Ni es historiografía ni sus autores son historiadores.
Hay dos clases de responsables en esta inmensa farsa cuyo daño a las generaciones bisoñas se registrará, lamentablemente, dentro de algunos años. Así como hubo en el pretérito historiadores apegados a una línea tradicional y conservadora a la que pronto se opuso la llamada corriente revisionista, hoy nos encontramos con mercachifles de la escritura, empeñados en destruir las normas sacramentales y levantar esquemas fabuladores de pródiga imaginación.
Estos mercaderes del fraude, que escriben sus libros al solo efecto de abultar sus cuentas corrientes, no han advertido que la historiografía es una ciencia con reglas precisas. Y se dividen en dos ramas. Están los que directamente se dedican a plagiar a terceros con una impudicia e impunidad que llaman la atención, y aquellos que leen medio centenar de libros, hacen resúmenes tomando un poco de aquí y un poco de allá, pero con la discutida honestidad de citar las fuentes bibliográficas.
Señores: esto no es historiografía. Los historiadores sólo deben llamarse así cuando fatigan los archivos y descubren nuevos documentos, los cuales tienen que ser cotejados en extenuantes trabajos con otros infolios, establecer una hermenéutica y citar, sí, bibliografía ajena, pero no para repetirla, sino para respetar, ratificar o modificar las fuentes.
El distinguido historiador Miguel Ángel De Marco señaló hace mucho: “Entre los historiadores que han hecho de su disciplina una profesión que los obliga a interrogar constante y honradamente el pasado hay conciencia de la dignidad de la disciplina que cultivan, más allá de los métodos que utilicen y de las ideas que posean. Y sus aportes, por lo general serios y documentados, se convierten en campo propicio para el saqueo de los que no lo son. Si uno se atribuye la condición de abogado, médico, odontólogo, ingeniero, y no lo es, cae fulminado por las prescripciones del Código Penal, que protege a la sociedad contra la usurpación de títulos. Pero, desgraciadamente, el título de historiador lo usa cualquiera, impunemente, para escribir sobre lo que no sabe”.
No pude menos que felicitarlo a mi esclarecido colega, quien en carta personal me añadió: “Desgraciadamente, ese tipo de historiadores cuentan con una apoyatura mediática que los acerca a un público poco informado y a la vez predispuesto a consumir cuanto sea descalificador y escabroso con respecto a hechos y figuras de nuestra historia. En fin, sigamos trabajando como lo hemos hecho a lo largo de nuestras vidas, en cumplimiento de una vocación”.
Semejante perseverancia profesional quizá podría, en el futuro, alejar los fantasmas de un pasado en el que se convertirán estos traficantes del papel impreso.

viernes, 21 de abril de 2023

Juan Bautista Bustos - Armando Alonso Piñeiro

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

181

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 30 de agosto de 2009, se públicó en el diario La Prensa, en la columna Los fantasmas del pasado, un artículo de autoría del historiador Alonso Piñeiro

 Un prócer cordobés 

por Armando Alonso Piñeiro


Brigadier general Juan Butista Bustos

Ayer se han cumplido 230 años del nacimiento de Juan Bautista Bustos, uno de los próceres cordobeses más preciados de la rica historia mediterránea. Había nacido, en efecto, el 29 de agosto de 1779 en Punilla. Muerto tempranamente a la edad de cincuenta años, desplegó una intensa y multiforme actividad como militar, astuto político y gobernante destacado.
Las Invasiones Inglesas lo llevaron a participar de la defensa de Buenos Aires como comandante del cuerpo de Arribeños en 1806. Su intrépida actuación en estas heroicas jornadas al capturar una columna enemiga le permitió ascender a capitán de línea.
La Revolución de Mayo, a la que se plegó de inmediato con fervor, lo encontró con el grado de teniente coronel y segundo jefe del Regimiento III de Infantería. Poco después, y ya coronel, actuó en el Ejército del Norte trasladando refuerzos militares desde Buenos Aires para auxiliar a Rondeau, que acababa de ser derrotado en Sipe-Sipe. Al año siguiente, 1816, Manuel Belgrano confió en él para reprimir la sublevación de Borges en Santiago del Estero, que además ponía en peligro la estabilidad de su provincia natal.
Jefe de Estado Mayor en el Ejército del Norte, este cuerpo se sublevó el 8 de enero de 1820, pero Bustos actuó con energía, logrando la gobernación de Córdoba de inmediato, con lo que comenzó a distanciarse del unitarismo a la sazón alimentado desde Buenos Aires.
Durante ocho años ejerció el mando de la provincia, lo que no le impidió actuar simultáneamente en otros frentes con sagacidad. Intervino en el Tratado de Benegas, se hizo amigo del general San Martín y desarrolló tan intensa actividad que se justifica la opinión de uno de sus biógrafos: “Su labor al frente del gobierno de Córdoba fue fecunda. Preocupáronle la instrucción pública y la organización judicial y política. El 26 de septiembre de 1822 creó la Junta Protectora de Escuelas. La educación era gratuita y debía comprender, además de las primeras letras, conocimientos de agricultura; también dotó a los colegios de rentas propias. Procuró renovar los estudios universitarios y dispuso que el doctor José Gregorio Baigorri proyectase la reforma del plan de estudios y constituciones. Este trabajó en las ideas de su paisano, el doctor Gregorio Funes, que había insistido en la necesidad de imprimir un carácter moderno a los estudios. Se deben a este magistrado las gestiones para llevar la segunda imprenta a Córdoba y asegurar los beneficios de la libertad de prensa, conforme había propuesto Funes en el decreto promulgado el 20 de abril de 1811 por la Junta. El 18 de mayo de 1823 puso en vigencia un reglamento de administración de justicia. Bustos luchó en el orden económico a favor de la libertad de comercio interior, pero insistió en que era necesario proteger las industrias nacionales.
Como es fácil advertir, el prócer cordobés tenía, casi un siglo atrás, las ideas de progreso y civilización que luego fueron conformando la institucionalidad argentina.
Pero como era natural en aquellos tiempos, la Nación se caracterizaba por agudos problemas internos, actuación de caudillos regionales, dificultades con el gobierno central porteño, hasta el punto de que Córdoba desconoció la autoridad del presidente Bernardino Rivadavia. Bustos mantuvo una áspera relación con su comprovinciano y ex amigo José María Paz, quien intentaba desalojarlo del gobierno provincial, lo que finalmente logró, venciéndolo en el encuentro de San Roque.
El derrocado magistrado huyó y se plegó a Facundo Quiroga, pero en La Tablada experimentó otra derrota crucial. Amargado, se retiró a Santa Fe, y con la salud severamente deteriorada, finalmente murió el 18 de septiembre de 1830.
Pese a estos avatares, Juan Bautista Bustos ha quedado tanto en la historia de su terruño como en la historia nacional como figura destacada de valiosos relieves.

lunes, 17 de abril de 2023

12 de Octubre - Armando Alonso Piñeiro - Indigenismo

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

175    


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 12 de octubre de 2008, se públicó en el diario La Prensa, en la columna Los fantasmas del pasado, un artículo de autoría del historiador Alonso Piñeiro

 Ante el 12 de octubre

por Armando Alonso Piñeiro


 
Armando Alonso Piñeiro
Festejos por el 12 de octubre en la Plaza de Mayo a principios del S. XX

Hoy, ante un nuevo aniversario del Descubrimiento de América, se multiplican las polémicas y los misterios sobre Cristóbal Colón y su épica empresa. Por ejemplo, no hace mucho el Inadi -una institución gubernamental que se supone debe actuar contra la discriminación- ha incurrido en un serio acto de discriminación al señalar que el 12 de Octubre no debe ser reconocido como Día de la Raza porque éste sería un concepto racista. La aseveración es increíble, en tanto la raza humana es una, y atentar contra su concepción es el peor acto de racismo en que pueda incurrirse.
Tal antecedente prosigue así la campaña anticolombina y antiespañola en que se han envuelto desde hace algún tiempo determinados círculos, embarcados en la defensa de un indigenismo que se caracterizó, hasta el siglo XV -y aún algo después-, por incurrir en discriminaciones, torturas, la práctica de la esclavitud, las guerras intertribales y ferocidades sin cuento.
Los pueblos que habitaban nuestro continente carecían de unidad lingüística, étnica, cultural y religiosa. Solamente con el transcurso de las décadas la original hazaña colombina devino en una unidad, que con las diferencias actuales implica sin embargo el resultado de una gesta que a más de cinco siglos de distancia se agiganta a pesar de los intentos desmañados de intereses políticos determinados.
En mis libros, artículos y conferencias he escrito bastante sobre el gran genovés. Siempre queda mucho por decir. Por ejemplo, la añosa polémica en cuanto a dónde están sus restos ya no tiene sentido luego de las verificaciones científicas efectuadas. Las mismas fueron realizadas por diversos grupos especializados, pero uno de los principales fue el Laboratorio de Identidad Genética de la Universidad de Granada, cuyo director es el doctor José Antonio Lorente Acosta. Los resultados obtenidos señalan sin lugar a duda que los restos auténticos son los existentes en la catedral de Sevilla, por oposición a la tesis que sostiene a la catedral de Santo Domingo como su depositaria.
Pasando a otro tema menos importante pero muy curioso: ¿cuánto costó el Descubrimiento de América? El estudioso español Francisco Grandmontagne se dedicó a investigar el intríngulis, a comienzos del siglo pasado. Y al realizar una equivalencia de monedas se tomó el arduo trabajo de equiparar los maravedíes del siglo XV con los dólares de la década de 1920, precisamente cuando realizó el análisis de marras.
Sus conclusiones son interesantes. La empresa colombina costó 7.250 dólares, cuya composición resulta no menos atractiva. He aquí los resultados: Honorarios del Descubridor, 320 dólares. A 260 dólares ascendieron los estipendios de Martín Alonso y su hermano Vicente, capitanes, respectivamente, de las naves “La Pinta“ y “La Niña”. Por Ultimo, cada marinero fue recompensado con 29 dólares.
El viaje de Colón siempre estuvo rodeado de enigmas, algunos resueltos, otros aún incógnitos y unos terceros simples leyendas. Entre estas últimas figura el falso empeño de las joyas de Isabel la Católica para financiar la expedición. No hubo tal cosa, sino una manifestación verbal de que sí lo haría para el caso de que no se encontraran los dineros. Estos, finalmente, aparecieron, gracias al escribano de la Corona aragonesa, don Luis de Santángel, quien aportó un millón de maravedíes -es decir, los famosos 7.250 dólares-. Eso sí: la cifra no fue una donación, sino un rentable préstamo que le aportó nada menos que 17.100 maravedíes de intereses.
Y para concluir esta entrega, vuelvo al comienzo. La campaña anticolombina ha suscitado muestras tan curiosas como detestables. En el año 2003 un fiscal federal argentino propuso someter a juicio la expedición descubridora del Nuevo Mundo alegando que la misma era culpable de numerosos actos de matanzas indígenas, que el curioso funcionario clasificó como “violaciones de los derechos humanos”.
En 2004 una diputada nacional propuso no solamente abolir los festejos del 12 de Octubre, sino instituir el 13 de octubre como Día de la Resistencia Indígena y Popular, “en homenaje a las víctimas de la conquista y colonización de América”.
Por su parte, en 2006 el gobierno de la provincia argentina de La Pampa dispuso que la fecha del Descubrimiento fuera declarada “de duelo”. Consecuentemente, en aquel año -ignoro si el procedimiento continúa- la bandera nacional flameó a media asta.
Afortunadamente, estos fantasmas del presente no conmueven a los fantasmas del pasado colombino, y la gloria de Cristóbal Colón sigue siendo una de las grandes enseñanzas de la humanidad.
Afortunadamente, estos fantasmas del presente no conmueven a los fantasmas del pasado colombino, y la gloria de Cristóbal Colón sigue siendo una de las grandes enseñanzas de la humanidad.

domingo, 16 de abril de 2023

Día de la Raza - Armando Alonso Piñeiro . Hipólito Yrigoyen

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Armando A. Piñeiro,  aparecido en el diario La Prensa del día 11 de octubre de 2009, en la columna Los fantasmas del pasado.


 El Día de la Raza

por Armando Alonso Piñeiro


Día de la Raza
Aquí estamos, una vez más, en vísperas del aniversario del Descubrimiento de América. Es decir, se celebrará mañana el Día de la Raza, lo quieran o no los racistas que irónicamente reivindican el imperialismo de las civilizaciones precolombinas. Incas, aztecas, apaches, sioux, mapuches eran agrupaciones divididas en castas y caracterizadas por sus ritos sanguinarios, sus luchas fratricidas y sus bárbaras expansiones imperiales en detrimento de sus vecinos.
Muchos siglos más tarde, un presidente argentino, -el radical Hipólito Yrigoyen- firmó en 1916 un decreto fundamental, declarando el 12 de octubre como fiesta nacional. Curiosa y lamentablemente, en ninguna parte del documento, en ninguna parte de sus tres considerandos, se menciona la expresión “Día de la Raza”, que surgiría espontáneamente al poco tiempo como expresión de la voluntad popular. Sí reconoce el decreto que “El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu”. De manera que, en primer lugar, quienes afirman que Yrigoyen bautizó el 12 de octubre como Día de la Raza adolecen, por cierto, de ignorancia elemental.
Pero vaya y pase la insipiencia. Lo grave es que aquellos opuestos a la conmemoración se basan en la pretendida creencia de un “genocidio” español sobre los aborígenes, algo que nunca existió y que no puede ser probado documentalmente. Por añadidura, ni siquiera existía la necesidad de tal genocidio -palabra mal empleada, puesto que nació a mediados del siglo XX-, ya que en la época precolombina no existían elementos aplicables a una matanza generalizada e indiscriminada, salvo las que hicieron los propios pueblos indigenistas. Como lo escribiera Julián Marías, los habitantes de este continente “no tenían noción de su existencia, de su conjunto, de su alcance. No se conocían, no habían recorrido su cuerpo, no podían hablar entre sí. Se hablaban centenares, acaso millares de lenguas, la mayoría de las cuales se reducían a pequeños territorios, a tribus aisladas que no tenían nada en común”.
Ahora bien. Quienes están en contra del Día de la Raza incurren en una grave actitud racista, y deben ser denunciados ante el Instituto Nacional contra la Discriminación (INADI) al cometer un acto de discriminación en perjuicio de la raza, es decir, de la raza humana. Equivocar raza por racismo es otro acto de ignorancia. Hace exactamente dos años, Hipólito Solari Yrigoyen afirmó con acierto que intentar cambiar la denominación tradicional del 12 de Octubre perpetra el aludido delito, pues no existe ningún fundamento que “autorice a invocar que el Día de la Raza que se recuerda en la Argentina exalte a alguna etnia en desmedro de otras, sino que las incluye a todas como integrantes de la raza humana. La denominación lleva implícita, por lo tanto, un reconocimiento de nuestro pluralismo étnico y cultural”. 
El Día de la Raza es, por otra parte, el nacimiento de la etnia criolla, que no se hubiera creado si no fuera por la empresa colombina, por el respeto escrupuloso -entre otros méritos- del gobierno peninsular ante las costumbres indígenas. Tan es así que un siglo después del Descubrimiento, el  gobierno de Felipe II, por intermedio del Consejo de Indias, se negó a imponer obligatoriamente el idioma castellano -luego conocido como español- con estas sabias palabras del monarca refiriéndose a los aborígenes: “No parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural; sólo habrá que disponer unos maestros para los que quieran aprender”. 
Cuando elementos ajenos a la concordia y la comprensión de la historia pretenden enarbolar pendones de hostil oposición, cuando se intenta deslucir la gesta inmortal con bastardas apelaciones a falsas reivindicaciones indigenistas, el 12 de Octubre nos viene a recordar que el heroísmo de la España eterna significó fundar un Nuevo Mundo a la faz del mundo clásico y sentar los principios humanos de una nueva dignidad humana, basada en la fusión de dos razas ávidas de mutuo conocimiento. Sobre este hecho se erige toda la grandeza del Descubrimiento y la Colonización, regados con la roja sangre común de ambos linajes, el talento y el empuje, la fiera convicción y la honda pulsación, en definitiva el secreto latido de la historia que nos impone su legado desde los arcanos ancestrales del pasado solidario.

viernes, 14 de abril de 2023

El primer periodista argentino - Armando Alonso Piñeiro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

167    


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Armando A. Piñeiro,  aparecido en el diario La Prensa del día 25 de Junio de 2006, en la columna Los fantasmas del pasado.
En ese artículo el autor realiza una serie de consideraciones sobre quien debe considerarse el primer periodista. 

 ¿Belgrano o Moreno?

por Armando Alonso Piñeiro


El martes pasado se recordó -aunque la efeméride turística burocrática insiste en celebrarlo un lunes- un nuevo aniversario de la muerte de Manuel Belgrano, y por ende, del Día de la Bandera.
En 1903, siendo Miguel de Unamuno rector de la Universidad de Salamanca, envió una carta al historiador argentino Adolfo Saldías, en uno de cuyos párrafos recordaba: "Mitre ha hecho que me enamore de Belgrano, que parece un personaje plutarquiano, un héroe de la antigüedad, sereno, ingenuo, sencillo y noble, aunque algo cándido".
Periodismo Manuel Belgrano
La ajustada definición del gran escritor español no podía ser más exacta, precisamente cuando lo califica de "cándido". Tan ingenuo era, que nunca se le ocurrió trabajar para la posteridad, sin que este pensamiento pueda ser endosado, por favor, a ningún otro prócer. Militar, abogado, educador, periodista -y ya se verá por qué insisto en esta última profesión-, mereció del citado Bartolomé Mitre, en ocasión de descubrirse la estatua del gran patricio, el 24 de septiembre de 1873, la siguiente reflexión: "El general Belgrano es una de aquellas figuras históricas que, lo mismo con una bandera o una espada, podría ser representada con la pluma del escritor o con el libro de la ley en las manos, o bendiciendo con ambas la cabeza de un niño deletreando en una cartilla; porque fue hombre de acción y hombre de pensamiento y porque a la vez que combatió por su creencia derramó a lo largo del surco de la vida la semilla fecunda de la instrucción y de la virtud".
Ahora bien. Hay una actividad en la existencia del creador de la enseña nacional no debidamente reconocida. Fue, en realidad, el primer periodista argentino. Lejos de mi ánimo desmerecer a Mariano Moreno, en cuyo honor se consagró el Día del Periodista el 7 de junio, por decisión del primer congreso del gremio, en 1938.
En 1973 publiqué mi libro “Manuel Belgrano, periodista”, en cuyas páginas demostré palmariamente que fue el primer periodista argentino al fundar y dirigir en el significativo año 1810 el Correo de Comercio, periódico de notable valor profesional, político y filosófico que hasta se dio el lugar de lanzar alguna vez una edición bilingüe.
Periodismo Mariano Moreno
Mariano Moreno fue uno de los redactores -no existe ninguna prueba documental de que haya sido su director- de La Gaceta de Buenos Aires, Órgano oficial de la Junta de Gobierno, vale decir, era un periódico gubernamental.
Pero Manuel Belgrano ya había afilado su oficio de diarista -como gustaba decirse en la época- en El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiográfico del Río de la Plata, dirigido por el coronel y abogado Francisco Antonio Cabello y Mesa. Pero antes aún, en 1804, y en su calidad de secretario del Real Consulado de Buenos Aires, como redactor de las actas del organismo realizó una extensa entrevista al cacique Juan Caniulangien, invitado por Belgrano el 6 de octubre a visitar el consulado. Allí aprovechó para interrogarlo con respeto y habilidad sobre temas tan disímiles como el conocimiento toponímico de la Colonia, el estado de las relaciones entre españoles e indígenas, qué abras tenía la cordillera de los Andes, los ríos que conocía y la descripción de nuevas regiones, ignoradas por los consulares.
Primer cronista argentino, sin duda. Podría darse también el honroso título de primer periodista a Juan Hipólito Vieytes, pero en todo caso sería una polémica abierta. Con todo respeto, de todos modos creo que Mariano Moreno ha quedado bastante atrás en estas primacías.

En este Blog -Revolviendo la biblioteca 123- podrá leerse un artículo sobre este tema titulado "El primer periodista argentino", del mismo autor, en el siguiente link: 

https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2023/07/belgrano-y-moreno-el-primer-periodista.html

lunes, 20 de marzo de 2023

Simón Bolívar - Opinión sobre indios, negros y mulatos

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

155

      En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


En el diario La Prensa, del 26 de abril de 2009, se publicó en la columna "Los fantasmas del pasado" un artículo sobre la opinión que Bolívar tenía de indios, negros y mulatos.

Simón Bolívar, Hugo Chávez y Evo Morales

por Armando Alonso Piñeiro  


Opiniones de Simón Bolívar
Simón Bolívar
Algunos actuales protagonistas del mundo político latinoamericano que se declaran profundos admiradores de Simón Bolívar -casos del boliviano Evo Morales y del venezolano Hugo Chávez- deberían volver a las fuentes bolivarianas. ¿Sería posible que ello significara revisar la posición proindigenista de ambos presidentes? Lo dudo, pero al menos deberían intentarlo.

Lo expreso así porque acaba de aparecer un libro sin duda apasionante, pese a que deja flotar algunas reticencias. Se trata de una obra del historiador francés Pierre Vaissière: Simón Bolívar, el sueño americano.

Sin duda polémico, este trabajo de quinientas páginas le ha exigido al autor una vasta investigación documentada. Surge de ellas la reproducción de asombrosos pensamientos del Libertador del norte sudamericano, vinculados con etnias autóctonas, especialmente las indias y las negras.

Para el caraqueño, “los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio moral que los guíe”. Calificándolos como poseedores de una “indolencia natural”, no vacilaba en postular las más tremendas condenas: “Esos demonios merecen la muerte”. Refiriéndose a los nativos de Pasto, ciudad ubicada en el actual departamento colombiano de Nariño, no vacilaba en asegurar que “deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte”.

Bolívar era de ideas monárquicas, y por lo tanto, abominaba del republicanismo y de la democracia, considerando que las elecciones eran “fuente de anarquía”. Todo es perfectamente lógico dentro de las ideas generales imperantes en su tiempo, y otros personajes como San Martín y Belgrano coincidían en ello, aunque el primero se avino a corregirse tras la Declaración de la Independencia argentina de 1816. Pero llama la atención el racismo bolivariano, reiterado en muchos documentos escritos de su puño y letra: “De todos los países -dejó estampado cierta vez-, Sudamérica es la menos apta para gobiernos republicanos. ¿En qué consiste su población sino en indios y negros más ignorantes que la vil raza de los españoles de la que acabamos de emanciparnos? Un país representado y gobernado por gente así tiene que ir a la ruina”.

Un personaje que portaba en su sangre bastantes gotas de sangre negra parece incompatible con estas manifestaciones. El historiador francés lo subraya una y otra vez: “mostró una gran desconfianza hacia los negros y los mulatos, considerados obstáculos para el funcionamiento de la república colombiana”.

Muchas veces se ha comparado a los gauchos argentinos y orientales con los llaneros colombianos y venezolanos, elogiándose la coincidencia de sus respectivos méritos. En Sudamérica varios ilustres personajes no estuvieron concordes con esas presuntas características positivas. Primero Manuel Belgrano y luego Domingo Faustino Sarmiento no armonizaron con ello. Y Simón Bolívar tuvo también acres juicios sobre los llaneros. Señala Vaissière que “en el fondo, siempre desconfió de las masas mestizas que constituían la parte esencial de la población andina. A él, el revolucionario liberal, el apóstol de la libertad política, le costaba entender y apoyar un movimiento social latente que emanaba de las clases tradicionalmente oprimidas: esclavos, llaneros, mulatos y mestizos, a quienes percibía como potenciales enemigos”.

Vuelvo a los contemporáneos presidentes bolivarianos Hugo Chávez y Evo Morales, este último de la más rancia estirpe indígena y el primero de indisimulable origen mulato. Ambos nunca desaprovechan la ocasión para ensalzar a Bolívar -lo cual es estrictamente meritorio-, pero no han leído nada ni del Libertador ni sobre el Libertador. Si lo hicieran, ¿cómo se sentirían desde lo alto de su soberbia coronada por la ignorancia?

miércoles, 18 de enero de 2023

Malvinas - Armando Alonso Piñeiro - Creación de la Comandancia en Malvinas

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

149      

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 7 de junio de 2009, se publicó en la columna "Los fantasmas del pasado" un artículo sobre el decreto de creacinó de la Comandancia política y militar en Malvinas

A 180 años de otro aniversario malvinense

por Armando Alonso Piñeiro 


Con motivo de cumplirse el próximo miércoles 180 años de haber sido creada la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas, resulta oportuno su recuerdo para reconfirmar por enésima vez la larga pertenencia del archipiélago a la soberanía argentina.

Fue el gobernador Martín Rodríguez quien, el 10 de junio de 1829, firmó el decreto correspondiente, haciéndose eco de lo cual el periódico “La Gaceta Mercantil” diría: “Una de las medidas más importantes del gobierno actual ha sido la organización política y militar de las islas Malvinas y de los terrenos adyacentes al estrecho de Magallanes”.

Por aquella época el archipiélago tenía un fértil territorio poblado por cuarenta mil cabezas de ganado, cuyos primeros antecesores habían sido soltados por los españoles siglos antes. Miles de caballos salvajes retozaban por su áspera geografía y los lobos marinos constituían una tentación para posteriores explotaciones.

El gobierno de Buenos Aires designó en la fecha antes citada a Luis Vernet como comandante político y militar. Se trataba de un personaje tan curioso como polémico, de nacionalidad francesa. Luego de peripecias por Alemania y Estados Unidos, recaló en Buenos Aires en 1817, donde se hizo empresario y al poco tiempo compró tierras ¡en las islas Malvinas! Parecía evidente que su destino estaba inevitablemente entroncado con ellas, pues fue quién informó puntillosamente al gobierno sobre las características geográficas y zoológicas antes resumidas.

En su carácter de funcionario oficial de la Argentina, Vernet cuidaba celosamente de los intereses territoriales, vigilando la pesca y la caza clandestinas, a pesar de que carecía de poder militar. Sin embargo, en enero de 1831 se dio el lujo de apresar a una goleta estadounidense -la ‘Harriet’-, y siete meses después se apoderó de otra nave pesquera -‘Beakwater’-, brevemente, porque pudo huir. Otra goleta, la ‘Superior’, no tardó en caer en sus manos.

En su momento me ocupé de estos episodios, manifestando que “estos hechos, particularmente el incidente con la “Harriet”, motivaron finalmente un incidente diplomático con el gobierno norteamericano. En Buenos Aires, el encargado de negocios Jorge Slacum tomó cartas en el asunto, pero encontró una firme resistencia en nuestro ministro de Relaciones Exteriores, Tomás Manuel de Anchorena, quien no se dejó amedrentar por el tono insolente y desmedido del diplomático norteamericano”.

Se produjeron otros acontecimientos, como la incursión bucanera de otra nave de los Estados Unidos, la “Lexington”, que apenas si pudo llevarse parcialmente una carga de pesca ilegal.

Pero llama la atención que tales acontecimientos no hayan sido centro de la preocupación de Gran Bretaña, cuyo gobierno no intervino ni ante Washington ni ante Buenos Aires, lo que debía haber hecho si sus pretensiones de soberanía hubieran sido legales, como lo diría efectivamente años después -luego de 1833, con la invasión del archipiélago-, al afirmar que el mismo había sido descubierto por exploradores ingleses.

Ya está suficiente y largamente probado que tales exigencias eran insanablemente nulas. Ni siquiera habían protestado cuando, en 1820, la fragata argentina “Heroína”, al mando del coronel de marina David Jewett, enarbolara la enseña nacional en territorio malvinense (Jewett había sido oficial de los Estados Unidos, pero luego prestó oficialmente servicios al gobierno de Buenos Aires, comandando la citada nave, declarada “al servicio del Estado argentino”).

Son todos hechos históricos significativos que deberían ser evocados oficialmente en ocasión de cada aniversario, porque esto constituiría una campaña permanente y sin vacíos, reiterando la indeclinable soberanía de nuestro país en el archipiélago que -aunque el autor de esta columna y sus lectores no lo veamos- pasará inexorablemente a integrar de hecho el ya extenso territorio nacional. Son, pues, los fantasmas del pasado que se alían solidariamente para hacer realidad un sueño de 176 años.

Malvinas - La desmalvinización - Opinión de Alfonsín - Armando Alonso Piñeiro

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

148 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 28 de marzo de 2003, se publicó en la columna "Los fantasmas del pasado" un artículo sobre Malvinas

La desmalvinización argentina

por Armando Alonso Piñeiro 


El próximo lunes 31 será feriado, puesto que siguiendo una detestable costumbre inaugurada hace algunos años, el Día de las Malvinas -miércoles 2 de abril- se traslada a un lunes como casi todas las conmemoraciones, para incitar al turismo largo de fin de semana, mucho más importante que las tradiciones de la patria.

A comienzos de este mes, precisamente, un diario porteño publicó los resultados de una encuesta realizada por el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano entre 591 estudiantes de 18 carreras de universidades nacionales y privadas. El estudio intentaba indagar sobre los conocimientos de los jóvenes en torno a la Guerra de las Malvinas, de la que no habían sido protagonistas ni testigos en función de su juventud, así como tampoco lo habían sido de la Revolución de Mayo ni de otras gestas nacionales.

Reproduzco algunos datos sugestivos de la pesquisa universitaria: “Así, casi el 40% de los encuestados no pudo identificar el principal argumento de la Argentina para reclamar la soberanía sobre las islas. Sólo el 36% supo que los problemas de soberanía involucran otras áreas del Atlántico Sur, mientras el 38,4% no pudo indicar cuántos años los británicos llevan ocupando las islas”. Hay muchas otras informaciones equivocadas, que no es del caso reproducir en función de este espacio, pero basta con una de las conclusiones: “Los datos dejan entrever que la educación formal, en sus distintos niveles, no ha logrado transmitir adecuadamente los conceptos fundamentales vinculados con el conflicto”.

Vayan ahora algunas precisiones. No es la educación formal la responsable de esta ignorancia generalizada de la juventud argentina. El culpable es el proceso de desmalvinización operado a partir de 1984 con sospechoso entusiasmo, motorizado por personajes que habían aplaudido la recuperación del archipiélago el 2 de abril de 1982. El doctor Raúl Alfonsín -quien dos años más tarde sería presidente de la Nación y principal inocente de la campaña anti-Malvinas- había dicho tras el 2 de abril de aquel año: “Este hecho militar tiene el respaldo de todo el país. Es una reivindicación histórica que tiene el asentimiento y la unanimidad de los argentinos”. Y cuarenta y ocho horas más tarde insistía: “La ocupación de las islas Malvinas es una vieja aspiración de los argentinos sin distinción de bandera política (...) El episodio pone de manifiesto que los argentinos sabemos unirnos para la defensa de las causas grandes”.

Tengo recopiladas otras apasionadas opiniones sobre la guerra, de personajes como Carlos Manuel Muñiz, Oscar Camilión, Rodolfo Terragno, Saúl Ubaldini, Jorge Triacca, Amalia Lacroze de Fortabat, la CGT, el Consejo Empresario Argentino, la DAIA, la Federación de Entidades Argentino-Árabes y todos los partidos políticos, sin excepción alguna.

Pero con la derrota militar, concluyó el exitismo. Toda había sido una loca aventura y los derechos argentinos sobre las Malvinas estaban muertos. No era esa la opinión de los más lúcidos responsables de Gran Bretaña, como el Comité Especial de la Cámara de los Comunes, que en 1984 emitió el siguiente dictamen: “Este Comité reconoce su incapacidad para determinar si el archipiélago pertenece a Londres o a Buenos Aires”.

En todo el mundo se tiene conciencia de lo que significó la Guerra de las Malvinas. El historiador inglés Paul Johnson señaló: “Malvinas fue parte de algo que se hizo en Granada, Panamá y en el raid a Libia. Eso permitió que se llegase al Golfo [1991]; como se llegó”.

En todo el mundo, menos en la Argentina. No le echemos la culpa a los estudiantes, sino a los gobernantes. Los fantasmas del pasado algún día pedirán rendición de cuentas.

Malvinas - Armando Alonso Piñeiro - Manifestaciones británicas a favor de la posición argentina

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

147 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 1 de abril de 2007, se publicó en la columna "Los fantasmas del pasado" un artículo sobre los 25 años de Malvinas, en el cual se señalan las opiniones inglesas sobre el derecho argentino hacia las islas. 

A 25 años de Malvinas

por Armando Alonso Piñeiro 


Mañana se cumplirá un cuarto de siglo de la Guerra de Malvinas, es decir, desde que los argentinos intentamos reconquistar el archipiélago pirateado por los ingleses en 1833.

Quienes después de 1982 abominaron de esta gesta -y lo continúan haciendo hasta el presente- olvidan la importancia histórica de aquel hecho, prolongado hasta la rendición del 14 de junio del gobernador de la época, general Mario Benjamín Menéndez, desobedeciendo las órdenes en contrario del general Leopoldo Galtieri.

En los últimos tiempos los británicos no insisten mucho en subrayar sus falsos derechos sobre las islas Malvinas, porque saben que tienen en contra, más que las justas alegaciones nuestras, posiciones de los propios ingleses de los siglos XIX y XX.

Un contemporáneo de la agresión de 1833, el duque de Wellington -a la sazón primer ministro del Reino Unido-, confesó haber “revisado los papeles relacionados con las islas Malvinas. No me resulta nada claro que alguna vez hayamos poseído la soberanía de estas islas”. En 1848 William Maleswon manifestó públicamente en la Cámara de los Comunes que era necesario devolver “las islas al gobierno de Buenos Aires, que justamente las reclama”. El acuerdo anglo-hispano de 1771 contenía una cláusula secreta que implicaba el reconocimiento de los derechos españoles. Ello motivó una sorda polémica en el gobierno inglés, que pidió al prestigioso escritor y lexicógrafo Samuel Johnson ocuparse del tema para dilucidar la cuestión afondo. Johnson escribió entonces un trabajo titulado “Consideraciones sobre las últimas transacciones con respecto a las islas Falkland”, donde su desprecio por el archipiélago era patente: “Hemos mantenido el honor de la Corona y la superioridad de nuestra influencia. ¿Y qué hemos adquirido además de esto? Nada, sino una soledad yerma y triste, una isla inadecuada para cualquier uso humano, de inviernos tormentosos y áridos veranos; una isla que ni siquiera los salvajes sureños se han dignado habitar; donde hay que mantener una guarnición en tales condiciones que llegan a envidiar a los exiliados en Siberia, cuyo gasto será eterno y el uso especialmente ocasional, y que, si la suerte se apiada de nuestros apuros, puede convertirse en nido de contrabandistas en tiempos de paz y en los de guerra en refugio de futuros bucaneros”.

Cuesta creer que un país tenga tan deplorable opinión de su eventual propio territorio, de manera que la conclusión es obvia. Pero hay más aún. En 1910, el titular del Departamento América del Foreign Office, Sidney Spicer, escribió textualmente: “Es difícil evitar la conclusión de que la actitud del gobierno argentino no es enteramente injustificada y que nuestra acción ha sido algo despótica”.

Veintiséis años más tarde, el consejero legal de la Cancillería inglesa, George Fitzmaurice, señaló: “Nuestro caso posee cierta fragilidad”. Y su dictamen era, simplemente, “sentarse fuerte sobre las islas, evitando discutir, en una política para dejar caer el caso”.

Al mismo año de 1936 corresponde un comentado y demoledor párrafo de John Tortbeck, otro alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico: “La dificultad en nuestra posición radica en que nuestra toma de posesión de las islas Malvinas en 1833 fue tan arbitraria a los ojos de procedimientos legales actuales, que no es por lo tanto fácil de explicar nuestra posición sin mostrarnos a nosotros mismos como bandidos internacionales”.

Se conservan otros documentos diplomáticos de similar envergadura, todos ellos existentes en el Archivo Público Oficial (PRO) del Foreign Office, pero existe la perturbadora circunstancia de que este archivo se encuentra cerrado hasta el año 2015. Es el mismo repositorio donde se encuentra un memorándum de 1940: “Oferta propuesta por el gobierno de Su Majestad para volver a unir las islas Malvinas a la Argentina y aceptación de arrendamiento”. Este documento fue escrito en una época particular, cuando al Reino Unido le interesaba el apoyo argentino, en plena Guerra Mundial. No sólo el contenido del memorándum sino aun su propio título no tiene desper- dicio, puesto que “volver a unir las islas Malvinas a la Argentina” implica un paladino reconocimiento de que el archipiélago estaba unido a nuestro país.

¿No habrá llegado el momento de utilizar las pruebas británicas -y otras muchas que conservo en mis archivos- a fin de que se les vuelvan en contra? 

Malvinas - Derrota inglesa en Malvinas - Armando Alonso Piñeiro

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

146 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 6 de junio de 2003, se publicó en la columna "Los fantasmas del pasado" un artículo sobre la primera derrota inglesa en las islas Malvinas. 

La primera derrota inglesa en las Malvinas

por Armando Alonso Piñeiro 


El martes próximo se cumplirán 233 años de la primera derrota británica en las islas Malvinas, hecho producido el 10 de junio de 1770. Un lustro antes, el primer lord del Almirantazgo, lord Egmont, había advertido de manera textual que el archipiélago es “indiscutiblemente la llave de todo el océano Pacífico. Esta isla debe dominar los puertos y el comercio de Chile, Perú, Panamá, Acapulco y, en una palabra, todos los territorios que dan sobre el mar. Hará que en adelante todas nuestras expediciones a esos lugares nos resulten muy lucrativas, de carácter fatal para España”.

Había sido precisamente en 1765 que el comodoro Byron fundó Puerto Egmont, en homenaje al citado estadista. Pero como en 1767 se produjo el reconocimiento francés de los derechos españoles sobre el archipiélago, el gobierno de Madrid enfrentó, con toda justicia, la acción británica de dos años antes. Desocupado el archipiélago por los franceses, el territorio se hallaba en manos del gobernador Felipe Ruiz Puente, quien dependía del gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli. Enterado del levantamiento de Puerto Egmont -ubicado en la isla de la Cruzada o Trinidad, según la nomenclatura española-, el gobernador malvinense comisionó a su segundo, el teniente de navío Mario Plata, para entrevistar al comandante británico, titular a la sazón de la fragata ‘Tamar’, Anthony Hunt, con instrucciones para invitarlo a retirarse de la posesión española. Como era de esperar, Hunt no reaccionó con la hidalguía anteriormente demostrada por Francia, y el gobernador Bucarelli fue puesto en conocimiento de la resistencia británica.

Para Bucarelli había llegado la hora de la verdad. Envió entonces al capitán de navío Juan Ignacio Madariaga, quien zarpó de Montevideo con destino a las Malvinas, al mando de una escuadra integrada por cuatro fragatas - ‘Industria’, ‘Santa Rosa’, ‘Santa Barbara’ y ‘Santa Catalina’- y un jebeque o chambequín: ‘Andaluz’.

Ausente Hunt de Puerto Egmont, lo reemplazaba el comandante Guillermo Maltby, de la fragata ‘Favorite ’, quien rechazó la intimación española. El 10 de junio de 1770, Madariaga disparó dos cañonazos como prevención. “Mientras las naves españolas cañoneaban a los buques ingleses -nos recuerda un historiador- la ‘Industria’ y la ‘Santa Rosa’ despacharon lanchas a tierra con soldados armados, que comenzaron a tirar contra el torreón. Los ingleses, por su parte, descargaban sus baterías por mar y tierra. La lucha fue mucho más reñida de lo que trasuntan las breves crónicas de época. Hubo bajas de ambas partes. En la contienda resultó herido el teniente coronel Vicente de Reyna.”

La nave inglesa se rindió, y poco después Madariaga partía con dirección a España para informar sobre la primera victoria española en el sur del continente americano.

Comienza aquí la etapa diplomática, no muy firmemente inaugurada por la corona de Madrid, que comenzó la triste tradición de perder en la mesa de negociaciones lo que los soldados y marinos ganaban en las batallas. Una tradición no menos firmemente sostenida por sus herederos, los argentinos, en muchos otros encuentros de parecida envergadura.

Porque, en efecto, ante la airada protesta del gobierno británico, la corte española terminó por transigir. Es cierto que al comienzo ensayó una resistencia, pero debió negociar para evitar un conflicto armado. Según el tratado del 22 de enero de 1771, el gobernador Bucarelli fue desautorizado y Puerto Egmont, devuelto a las fuerzas inglesas. Es cierto, sin embargo, que el mismo pacto aclara puntillosamente que “no puede ni debe afectar en nada la cuestión del derecho anterior de soberanía de las islas Malvinas”, como que por una cláusula secreta los británicos se comprometían a retirarse definitivamente de las Malvinas, lo cual se cumplió -aunque no definitivamente- en 1774.

jueves, 12 de enero de 2023

Los colores de la bandera - Armando Alonso Piñeiro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

144 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 22 de enero de 2006, fue publicado en la columna "Los fantasmas del pasado" un artículo sobre los colores de la enseña patria. 

La bandera argentina en unión y libertad

por Armando Alonso Piñeiro

Jura de la bandera
Creación de la bandera argentina por Manuel Belgrano


En mi entrega anterior prometí ocuparme de los colores de la bandera argentina, producto de agudas discusiones durante muchos años aun desde el siglo XIX.

Cuando en 1812 Manuel Belgrano crea la enseña nacional, no era como la que conocemos ahora, sino que estaba formada por dos franjas horizontales, una blanca y la inferior azul. Desautorizado por Bernardino Rivadavia, el vencedor de Suipacha no la destruyó, sino que la ocultó.

Hubo luego otros símbolos, como la bandera de los Andes, bendecida y jurada en 1817 por orden de José de San Martín, que ostentaba el escudo nacional rodeado por una corona de laureles. A Juan Manuel de Rosas le correspondió el símbolo federal: dos franjas azules -más bien azul turquí- y una blanca en el centro, las tres horizontales.

En realidad, aquí comenzó la polémica. ¿Azul o celeste? Como bien lo dijera el profesor Aníbal Luzuriaga, presidente del Instituto Nacional Belgraniano, “es un problema puramente ideológico: durante el gobierno rosista se utilizó el azul turquí o azul intenso, y el celeste era el color que distinguía a los unitarios”.

Hay muchos tonos de azul, aparte del turquí: el azul-celeste, el azul oscuro, el azul claro, el azul marino, el azul de Prusia. La documentación histórica, ciertamente, introduce confusiones en el tono del lábaro argentino, porque se habla de manera indistinta de azul, azul-celeste y celeste.

Otro miembro del Instituto Nacional Belgraniano, el distinguido especialista Guillermo Palombo, escribió dos libros sobre el tema: “La expresión técnica usada desde 1812 en adelante -señaló en su oportunidad- es azul-celeste, y el color es el azul, del que el celeste es un matiz”.

Sin duda, la entidad que evoca eternamente las glorias de Manuel Belgrano es la más autorizada para definir el problema. De manera que abocándose a un estudio profundo, elaboró un dictamen, cuyos fundamentos -señala- son concordantes con los emanados de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia Nacional de Bellas Artes. Para el estudio se solicitó el aporte del Instituto Argentino de Normalización (IRAM), del Instituto Nacional de Tecnología Industrial, de laboratorios militares y entidades independientes.

El documento es extenso, pero la conclusión impecable: “Desde 1816 hasta la época de Rosas, la bandera nacional fue, ininterrumpidamente, blanca y celeste, como la creada por Belgrano en 1812, que tomó su color de la escarapela nacional azul celeste, conforme lo preceptuara el Triunvirato al crearla oficialmente”.

¿Los colores del cielo? No. Más precisamente, los tonos del manto de la Virgen, que coinciden con las ideas de unión y libertad.

Por otra parte, y como elemento de curiosidad, cabe recordar que la bandera siempre debe ser enarbolada a la derecha de cualquier portal o de cualquier otra enseña que la acompañe. También es bueno señalar que debe izarse aproximadamente a las ocho de cada mañana, pero arriarse al caer la noche, aun en días de lluvia. Existe también un rito para su doblez, como lo tienen casi todas las liturgias ceremoniales del mundo. En Estados Unidos, por ejemplo, tiene precisas reglas para su plegado. En la Argentina, en realidad no puede doblarse, sino que, convertida en una especie de bollo, el sol siempre debe quedar hacia arriba.

Son fantasmas del pasado que afortunadamente inspiran las costumbres del presente.


En este Blog -Revolviendo la biblioteca 122- podrá leerse un artículo sobre este tema titulado "Celeste y blanca", del mismo autor, en el siguiente link: 

https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2023/07/los-colores-de-la-bandera-armando.html


Sacerdotes en la historia argentina - Armando Alonso Piñeiro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

142 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 24 del mes de diciembre de 2006, fue publicado en la columna "Los fantasmas del pasado"un importante artículo sobre la intervención de sacerdotes en varios acontecimientos de nuestra historia. 

Hombres de sotana en la historia argentina

por Armando Alonso Piñeiro


El reciente triunfo de monseñor Piña en Misiones había desatado -antes de conocerse la victoria- un caudal de críticas por el hecho de que un miembro de la Iglesia actuara en política, apelando inclusive a mal entendidas manifestaciones del Sumo Pontífice.

Pero más allá de esta prevención, es bueno recordar que desde el nacimiento de la Argentina, ya en los prolegómenos de la Revolución de Mayo, los hombres de sotana tuvieron activa participación en hechos cruciales de nuestro pasado.

El famoso deán Gregorio Funes fue el autor del Reglamento Orgánico destinado al Primer Triunvirato. Fue el mismo que por decreto del 1 de julio de 1812 de ese mismo Triunvirato aceptó la misión de “escribir la historia filosófica de nuestra feliz revolución”, lo que dio pie en el año 2002 a que el Congreso Nacional estableciera aquella fecha como Día Nacional del Historiador, a propuesta de la revista Historia -que dirige el autor de esta columma- según ley N° 25.566.

La Declaración de Independencia de 1816 rubricada en la ciudad de Tucumán lleva las firmas de otros ilustres sacerdotes: Cayetano Rodríguez, Colombres, Castro Barros, Molina, Pacheco, Acevedo, Del Corro, Gallo, Aráoz, Thames, Sáenz, Iriarte, Oro, López, Uriarte. Cinco sacerdotes -Juan Solá, Alberti, Gorriti, Funes e Iriarte- tuvieron destacada actuación en tres asambleas fundamentales de la nacionalidad: la Junta del 24, la del 25 de mayo de 1810 y la Junta Grande.

Otro cura, José Amenábar, fue el primer titular de la Legislatura santafesina, quedando a su cargo la redacción de la primera Constitución, y de paso fundó y dirigió el inicial colegio secundario de la provincia.

El primer rector que tuvo la Universidad de Buenos Aires fue el sacerdote Antonio Sáenz. Otro cura, Gómez, asumió el vicerrectorado. Este último tuvo a su cargo la redacción del Estatuto Provisional de 1815.

Valentín Gómez fue, acaso, uno de los más notables hombres de la Iglesia que se destacaron por su fervor patriótico y su consagración a tareas políticas fundamentales. Al presidir la Asamblea Constituyente de 1813 firmó los decretos de aprobación de nuestra bandera y de lo que luego sería el escudo nacional. La Logia Lautaro lo propuso, aunque inútilmente, como presidente de la Nación, pero al menos escribió un proyecto de Constitución Nacional. Educador rígido, fue maestro de Vicente López, Alvarez Jonte, Dorrego, Rivadavia, Manuel García. Y en 1807 organizó, con Pueyrredón, la Reconquista de Buenos Aires de los invasores ingleses.

Otro no menos destacado sería Luis Chorroarín, a quien se le debe la creación de la bandera de guerra, simbolizada por el sol en su centro, y se le ocurrió también que la imagen de Febo figurara en la banda presidencial. Inauguró y dirigió la Biblioteca Nacional.

La Gaceta de Buenos Aires -considerado el primer periódico argentino, aunque en realidad era órgano oficial del gobierno de turno- fue organizada por el sacerdote Manuel Alberti, siendo Mariano Moreno su redactor, pero al renunciar éste, su puesto se cubrió con otro hombre de la Iglesia: el deán Funes, ya citado anteriormente,

Prácticamente no hubo provincia, en los primeros años de la Revolución, que no tuviera entre sus líderes y gobernantes a sacerdotes. Así ocurrió con San Luis (el padre Lucero), con San Juan (Pedro Fernández), Jujuy (Zegada), Salta (Gorriti), Mendoza (Aldao), Santa Fe (Amenábar y Zaballa) y Catamarca (con Centeno, Cardoso y Tolosa, sucesivamente). Y aún faltan otros territorios en esta lista.

Fantasmas bienhechores de nuestro pasado común, esta incompleta lista de ilustres sacerdotes se integra también, entre otros, con dos grandes historiadores: el padre Guillermo Furlong y Cayetano Bruno, autor este último de un libro en dos tomos con sugestivo titulo: La Argentina nació católica.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Alonso Piñeiro - Malvinas - Diario La Prensa

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

138 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Encontramos este artículo que fue publicado en el diario La Prensa el 6 de junio de 2006, en la columna "Los fantasmas del pasado" de Armando Alonso Piñeiro. 

La primera derrota inglesa en las Malvinas
por Armando Alonso Piñeiro

Malvinas
Francisco de Paula Bucarelli

El martes próximo se cumplirán 233 años de la primera derrota británica en las islas Malvinas, hecho producido el 10 de junio de 1770. Un lustro antes, el primer lord del Almirantazgo, lord Egmont, había advertido de manera textual que el archipiélago es “indiscutiblemente la llave de todo el océano Pacífico. Esta isla debe dominar los puertos y el comercio de Chile, Perú, Panamá, Acapulco y, en una palabra, todos los territorios que dan sobre el mar. Hará que en adelante todas nuestras expediciones a esos lugares nos resulten muy lucrativas, de carácter fatal para España”. 
Había sido precisamente en 1765 que el comodoro Byron fundó Puerto Egmont, en homenaje al citado estadista. Pero como en 1767 se produjo el reconocimiento francés de los derechos españoles sobre el archipiélago, el gobierno de Madrid enfrentó, con toda justicia, la acción británica de dos años antes. Desocupado el archipiélago por los franceses, el territorio se hallaba en manos del gobernador Felipe Ruiz Puente, quien dependía del gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli. Enterado del levantamiento de Puerto Egmont -ubicado en la isla de la Cruzada o Trinidad, según la nomenclatura española-, el gobernador malvinense comisionó a su segundo, el teniente de navío Mario Plata, para entrevistar al comandante británico, titular a la sazón de la fragata ‘Tamar’, Anthony Hunt, con instrucciones para invitarlo a retirarse de la posesión española. Como era de esperar, Hunt no reaccionó con la hidalguía anteriormente demostrada por Francia, y el gobernador Bucarelli fue puesto en conocimiento de la resistencia británica.

Para Bucarelli había llegado la hora de la verdad. Envió entonces al capitán de navío Juan Ignacio Madariaga, quien zarpó de Montevideo con destino a las Malvinas, al mando de una escuadra integrada por cuatro fragatas - ‘Industria’, ‘Santa Rosa’, ‘Santa Bárbara’ y ‘Santa Catalina’- y un jebeque o chambequín: ‘Andaluz’.

Ausente Hunt de Puerto Egmont, lo reemplazaba el comandante Guillermo Maltby, de la fragata ‘Favorite ’, quien rechazó la intimación española. El 10 de junio de 1770, Madariaga disparó dos cañonazos como prevención. “Mientras las naves españolas cañoneaban a los buques ingleses -nos recuerda un historiador- la ‘Industria’ y la ‘Santa Rosa’ despacharon lanchas a tierra con soldados armados, que comenzaron a tirar contra el torreón. Los ingleses, por su parte, descargaban sus baterías por mar y tierra. La lucha fue mucho más reñida de lo que trasuntan las breves crónicas de época. Hubo bajas de ambas partes. En la contienda resultó herido el teniente coronel Vicente de Reyna.”

La nave inglesa se rindió, y poco después Madariaga partía con dirección a España para informar sobre la primera victoria española en el sur del continente americano.

Comienza aquí la etapa diplomática, no muy firmemente inaugurada por la corona de Madrid, que comenzó la triste tradición de perder en la mesa de negociaciones lo que los soldados y marinos ganaban en las batallas. Una tradición no menos firmemente sostenida por sus herederos, los argentinos, en muchos otros encuentros de parecida envergadura.

Porque, en efecto, ante la airada protesta del gobierno británico, la corte española terminó por transigir. Es cierto que al comienzo ensayó una resistencia, pero debió negociar para evitar un conflicto armado. Según el tratado del 22 de enero de 1771, el gobernador Bucarelli fue desautorizado y Puerto Egmont, devuelto a las fuerzas inglesas. Es cierto, sin embargo, que el mismo pacto aclara puntillosamente que “no puede ni debe afectar en nada la cuestión del derecho anterior de soberanía de las islas Malvinas”, como que por una cláusula secreta los británicos se comprometían a retirarse definitivamente de las Malvinas, lo cual se cumplió -aunque no definitivamente- en 1774.