miércoles, 22 de julio de 2026

Seguridad en Buenos Aires en la época de Rosas

 Cuando Buenos Aires era más segura que Londres

                    Por Norberto Jorge Chiviló


Una de las preocupaciones actuales de los habitantes de nuestro país, especialmente del AMBA, es el tema de la seguridad.

Robos y asaltos a todas horas del día, realizados en forma individual o en bandas, incluso por menores, cada vez más violentos y agresivos, con saldos trágicos de muertos y heridos, que son ya habituales, y a los cuales desgraciadamente la población se va acostumbrando, viéndose obligados a cambiar sus hábitos de vida, evitando las salidas nocturnas, tomar determinadas precauciones al ir a trabajar y al entrar y salir de sus casas y otras.

El desinterés de parte de las autoridades al combate y la represión -palabra ésta que pareciera maldita- del delito, influidas por ciertas posiciones y doctrinas “garantistas”, han llevado a esta grave situación, que ha perjudicado y complicado la vida diaria del ciudadano decente y trabajador, quien debe estar encerrado en su casa, tras altos muros y rejas, con alambre de púas, electrificados, alarmas de todo tipo, que en muchos casos no han servido de nada ante la cada vez más avezados y desinhibidos delincuentes, quienes se desplazan con total impunidad por las calles, en desafío a toda ley y autoridad, que además se exhiben con total desparpajo por las redes sociales, mostrando sus armas y el producto de sus “trabajos y hazañas”.

Pero como se verá a continuación, no siempre fue así.

Allá por mediados de la segunda década del siglo XIX, comienza a destacarse un joven llamado Juan Manuel de Rosas, amante de la seguridad y el orden, que con el tiempo, mediante el empeño y el trabajo, llegará a ser un avezado estanciero y saladerista, logrando hacer gran fortuna. Comienza administrando estancias ajenas, después compra campos y los explota económicamente. En sus establecimientos prima la disciplina y sus órdenes son seguidas no solo por la peonada, sino por él mismo dando el ejemplo.

Con los peones de sus estancias y muchos vecinos de la campaña formó a su costa, un cuerpo de caballería de cívicos, llamado los Colorados del Monte, que más tarde pasarán a ser el 5to. Regimiento de Caballería. Se destacaban por ser un cuerpo disciplinado a tal punto que cuando algún miembro cometía un delito era severamente castigado. Su consideración entre la población fue creciendo día a día. Era considerado “hombre de orden”.

En los aciagos momentos de la llamada “anarquía del año 20”, los Colorados se destacaron en el restablecimiento del orden en Buenos Aires, sobresaliendo por el respeto hacia la población de la ciudad, diferenciándose de los cuerpo de línea, indisciplinados y que cometían todo tipo de tropelías. Esa diferenciada actuación mereció el elogio de la prensa y de importantes figuras de la época, como por ejemplo Fray Cayetano Rodríguez quien en un verso que les dedicó, los llamó “Nobles hijos del sur, bravos campeones” y la calle por la cual ingresaron a la ciudad, pasará a llamarse del “Buen Orden”.

El representante chileno Miguel José de Zañartú, en carta al gobernador de Mendoza, Godoy Cruz, dedicó estas palabras de elogio hacia las tropas de Rosas en aquella ocasión: “El denuedo, bizarría y coraje del Batallón de Rosas, harían honor a las tropas mismas de Napoleón”. (1)

Ya restablecido el orden, en el Manifiesto del 10 de octubre de 1820 que el Comandante Rosas, dirigió al “Benemérito pueblo de Buenos Aires” se destacaba entre otros pedidos que hacía: “…Sed sumisos a la ley”. (2)

Ocho años después, el 1° de diciembre de 1828, por el motín dirigido por el general Juan G. Lavalle y el grupo unitario que lo secundaba, vuelve el quiebre del orden y lo que es aún peor, este jefe, alentado por el grupo unitario y sin motivo legal alguno, dispuso el asesinato mediante fusilamiento del legítimo gobernador, coronel Manuel Dorrego, desencadenándose una cruenta guerra civil entre sus fuerzas unitarias y las milicias bonaerenses federales bajo el mando del ya coronel Rosas. Un cronista de la época, Juan Manuel Beruti, cuyas observaciones fueron compiladas en un libro titulado Memorias curiosas, describe el actuar anárquico de las fuerzas unitarias y las compara con el orden y disciplina imperantes en el ejército de Rosas, restauradoras del orden y la legalidad, quienes se impusieron en la lucha. (3)

Cuenta, que unos soldados de Rosas, ingresaron a una vivienda donde estaba de visita el sacerdote Mariano Medrano, a quien desnudaron de sus vestidos, “los que aprehendidos, les quitaron la ropa, se devolvió al cura y el ladrón o ladrones, de orden de Rosas fueron fusilados”, cuenta también el caso de otra partida, que habían robado a un vecino “la que antes de salir de la casa fue presa y desarmada por otra… que al mismo tiempo llegó…” se devolvió lo robado y “llevaron al ejército de Rosas a los delincuentes que fueron diez los aprehendidos e inmediatamente todos fueron fusilados”. (4)

Restablecida la legislatura provincial, un año después que había sido disuelta por el motín del 1° de diciembre, fue nombrado Rosas como gobernador de la provincia, cargo que asumió el 8   de diciembre de 1829.

El nuevo gobernador comenzó a recorrer los pueblos de la campaña, donde se interiorizó de graves problemas, entre ellos, edilicios de escuelas e iglesias como así también de seguridad de sus habitantes.

Pero no solo la provincia, sino también todo el país se encontraba anarquizado, por lo cual se propuso imponer orden en todos los aspectos. En este artículo solo me referiré al tema de la seguridad, represión de la delincuencia y el orden logrado durante sus dos períodos de gobierno: 1829-1832 y 1835-1852.

Uno de los primeros actos de gobierno fue confirmar al jefe de policía, coronel Gregorio I. Perdriel, que había sido nombrado por el anterior gobernador Viamonte.

Hasta entonces, la campaña estaba dividida en diez distritos, que contaba cada uno con un comisario y cinco efectivos; el nuevo gobernador creó en enero de 1830, once distritos más, nombrando los comisarios y elevando el número de efectivos a nueve en cada uno de los veintiún distritos. Posteriormente sustituyó a los Comisarios por Jueces de Paz.

Guillermo Enrique Hudson, cuenta en su libro Allá lejos y hace tiempo, que siendo niño, durante los últimos años del gobierno de Rosas, su padre, era “un admirador ferviente de Rosas” y que el gobernante porteño era “terrible en su cólera para con los malhechores”. (5)

Rosas combate al delito
Decreto del 20 de febrero de 1830


A dos meses y medio de la asunción del mando de la provincia, Rosas dictó un decreto el 20 de febrero de 1830, refrendado por su ministro Tomás Guido, cuyos considerandos son elocuentes sobre el problema de la inseguridad en la que se encontraba la provincia y coinciden con lo que hoy día ocurre en parte de nuestro país y que por la claridad de sus conceptos exime de mayores comentarios y dice así:

 “Considerando al Gobierno que nada conviene tanto para morigerar los habitantes de la campaña e inspirarles amor al trabajo y al orden que una protección decidida al ciudadano laborioso, y un castigo imponente a los malhechores;

“Que por una experiencia constante, una gran parte de verdaderos y clásicos delincuentes eluden la ley, desde que se les somete a juicios ordinarios, y tornan a acechar la seguridad y el reposo del vecino pacífico, y aun amargar la existencia de las mismas autoridades, que les han perseguido en la campaña;

“Y que el uso más saludable que puede hacer el Gobierno de las facultades ordinarias y extraordinarias que le estén concedidas por la ley, es el de hacer sentir una poderosa protección a la vida y fortuna de los honestos ciudadanos, o una severidad inflexible contra los infractores de la ley…”, y por lo tanto decretaba:

“Art. 1° –El coronel D. Gervasio Rosas, comisionado especial para la organización de la sección sud de la Campaña, es autorizado, con las facultades que la ordenanza general del Ejército acuerda, para obrar en casos extraordinarios con toda la plenitud de ellas, contra los asesinos, ladrones y salteadores.

“Art. 2°.- Aprehendidos que sean se les formará un breve sumario, y con audiencia verbal del reo, y demás formalidades prevenidas, será castigado hasta con la última pena, según la naturaleza del delito, dando cuenta con el sumario y diligencia de ejecución.

“Art. 3°.- Los decretos y órdenes generales contra los ladrones y asesinos, serán  puntualmente observados, obrando con arreglo a ellos el comisionado coronel D. Gervasio Rosas.

“Art. 4° -Imprímase, publíquese y circúlese a las justicias civiles y militares de la sección Sud…”

En la campaña eran frecuentes las pulperías volantes que iban de un lugar a otro, fomentando la ebriedad y el juego. Por decreto del 18 de febrero de 1831, fueron prohibidas, estableciendo sanciones, como el decomiso de mercaderías y el arresto para los pulperos para el caso de incumplimiento.

En marzo de 1831, se creó la Compañía de Caballería Auxiliar de la Policía, que fue sustituida cinco años después por los Vigilantes a Caballo.

Al fallecimiento del coronel Perdriel en marzo de 1832, fue nombrado interinamente al frente de la jefatura de la Policía, el uruguayo Bernardo Victorica.

Podemos consignar que la cárcel en la ciudad, funcionaba en dependencias del Cabildo y desde 1823, el edificio de la Casa Central de la Policía, (o Jefatura de la Policía), se encontraba lindero al Cabildo, frente a la por entonces Plaza de la Victoria. Después de la instalación del campamento militar en los Santos Lugares de Rosas, había también un lugar destinado a cárcel.

Cuando Rosas asumió su segundo período de gobierno el 13 de abril de 1835 con la suma del poder público, Victorica se encontraba en forma interina al frente de la Policía y Rosas lo mantuvo en el cargo hasta 1845.

El combate al delito
Aviso de Policía sobre el
Decreto del 8 de marzo de 1836


El 8 de marzo de 1836, se dispuso mediante decreto que “a todo individuo a quien se le oyera por las calles, pulperías o en cualquier otra parte, hablar o proferir alguna palabra o palabras obscenas o descorteses, los jóvenes muchachos serán destinados a tambores y trompas en los cuerpos de línea, con recomendación para que no se les afloje ejercicio tarde y mañana, a fin de que sean corregidos en un vicio tan perjudicial a la sociedad, y los hombres destinados al servicio de las armas en los referidos cuerpos por 4 años… Del mismo modo serán destinados a tambores y trompas los muchachos que se encuentren por las calles y demás lugares públicos, jugando a la cañita, al hoyito, changuita, montoncitos o en alguna otra cosa mal entretenidos…”

José María Ramos Mejía en el libro Rosas y su tiempo, comenta que “Las que los aprovechaban mejor [estas incorporaciones de jóvenes], eran las bandas lisas que con tanto orgullo ostentaban todos los regimientos. Treinta y hasta cincuenta lindos muchachos atronaban el aire de la tranquila ciudad con el violento y acompasado ritmo de las cajas y el ruido agudo de sus pitos, admirablemente coordinados en el concierto marcial de tan pintorescos desfiles. Esas bandas lisas eran el lujo de los cuerpos de línea. Había algunas, como las del regimiento de Restauradores, que durante mucho tiempo costeó de su propio peculio el coronel don Félix de Álzaga, que tenía un numeroso personal de corpulentos efebos blancos y ´negros destinados´. Algunas llegaban hasta setenta y cinco entre pitos, tambores y cornetas. Bien enseñados por el Tambor Mayor, difundían por toda la ciudad una viva sensación de belicosa alegría, cuando pasaban atronando los aires con sus cajas monumentales. El ruido y la curiosidad que despertaban en el pueblo, la dura disciplina a que estaban sujetos y las naturales tendencias del pilluelo criollo a la guerra y al arte musical, hizo de ellos los maestros de banda que después se distribuyeron en el ejército”. (6)

 En 1840 se dictó un nuevo reglamento para el cuerpo de los Serenos de la ciudad, sobre “Obligaciones que deben llenar”. Oficialmente no eran un cuerpo oficial de policía, pues si bien dependían funcionalmente del jefe de Policía, su paga estaba costeada por el vecindario mediante el “Impuesto de Serenos”, administrado por una Comisión Directiva, a la cual también estaban subordinados.

En ese Reglamento se detallaban cada una de sus obligaciones, entre las cuales se encontraban algunas de carácter administrativo como la relación con la Comisión Directiva, sueldo, elementos que se le proveían y otras referidas al servicio, como horarios, forma de vigilancia, procedimiento ante determinadas circunstancias, señales que debía hacer por medio del pito, atención que debía prestarle al vecino que le requiriera como llamar al médico o al sacerdote, controlar que las puertas de las casas y comercios estuvieran bien cerradas, como así también que los faroles estuvieren encendidos, mantener y controlar el orden, cada treinta minutos debían cantar la hora y el tiempo, siendo estas algunas de sus obligaciones; sobre el uso de su arma aclaraba que debía hacerlo “con la prudencia posible”, “recomendándole muy especialmente que cuando usare de ellas, tendrá que probar haber sido atacado”. Mientras durasen en el cargo estaban eximidos de todo servicio militar. (7)

Después de algunos intentos realizados por el gobierno de Rosas, para reencausar los juegos del Carnaval, que con sus excesos y abusos que crecían año tras año y que tanto malestar ocasionaban tales desenfrenos a parte de la población que no querían participar de los mismos, los prohibió mediante decreto del 25 de febrero de 1844, por considerarlos opuestos a la cultura social. Me remito al artículo de mi autoría, ya publicado en esta revista. (8)

A fines de enero de 1845, Victorica se retiró de la institución policial, siendo reemplazado por el general Pablo Alemán, quien falleció ocho meses después, siendo entonces designado interinamente para cumplir tal función el Oficial 1° Juan Moreno, quien se desempeñó hasta el final del gobierno rosista.

El 12 de mayo de 1848, se creó una casa-cárcel para corrección de mujeres, disponiéndose que “Se buscará una casa aparente y segura con la comodidad y extensión necesaria, en un punto saludable y con suficiente terreno aparente para huerta y jardín, que se alquilará por cuenta del Estado”. En el decreto se establecía que el lugar contaría con un Alcaide y una Alcaidesa, para el cuidado, orden y moralidad, y “no podrá introducirse ninguna persona que no sea de los empleados que la custodien y las sirvan, ni licores de ninguna clase, y estará sujeta al reglamento y órdenes vigentes respecto de la cárcel de Cabildo”. Una pieza sería destinada a Capilla, para que un sacerdote capellán confesara y diera Misas los domingos y días de guardar. También contaría con un médico. Las internas recibirían a su entrada un vestuario y demás elementos para el descanso y el aseo y debían trabajar en la confección de prendas, cuyo corte los efectuaría un sastre y los géneros serían proveídos por el Estado y por esa tarea las reclusas recibirían un salario mensual. También estaba previsto que una mujer les enseñara “los rezos necesarios, hacer coro en la oración y el rosario por la noche en la capilla”. (9)   

Todas estas medidas, tomadas durante el largo período del gobierno de Rosas, fueron dando los resultados esperados, con una disminución de los delitos, tanto en la ciudad como en la campaña, con el consiguiente castigo de sus autores.

Como prueba de lo manifestado podemos considerar la opinión de personajes importantes como el del Padre Anthony Dominic Fahy, irlandés que arribó al país en 1843, capellán de la numerosa población irlandesa, que realizó una proficua actividad apostólica. En 1847, hubo en su tierra natal una gran hambruna por la pérdida de la cosecha de papa, que sumada a una epidemia, produjo muchísimas víctimas. Julio Castellanos, relata que Fahy mandó a Irlanda un importante donativo y en la carta que remitió a sus connacionales los invitaba y recomendaba a emigrar hacia nuestro país “donde encontrarán una amplia recompensa de su trabajo… El gobierno extiende la máxima protección al extranjero, y los nativos son proverbialmente hospitalarios y generosos". (10)          

En marzo de 1849 la revista trimestral católica Dublin Review (Revista de Dublin), editada en Londres, que contaba con el patrocinio de las autoridades eclesiásticas católicas, publicó un artículo crítico hacia el gobernador de Buenos Aires, a quien atacaba atribuyéndole todo tipo de crueldades y arbitrariedades. Ese artículo había sido inspirado por el cónsul general del gobierno de Montevideo en Londres, el general Juan O'Brien.

El Padre Fahy considerando que los cargos hacia el gobernante porteño eran infundadas e injustas, mandó una carta a las autoridades eclesiásticas patrocinantes de aquella publicación y también al director de la Gaceta Mercantil, el 7 de noviembre de 1849, que se publicó al día siguiente. La edición se agotó y la carta fue publicada nuevamente pocos días más tarde. El día 19 el periódico sacó una nueva edición con la transcripción de la carta en español, inglés y francés, en tres columnas paralelas; concebida esa edición para su distribución, principalmente en Europa.  En cuatro números del Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo fue reproducido en su totalidad el texto de aquella publicación y la carta de Fahy.

En esa carta, califica de “inexacta y engañosa” y “fábula”, los términos de aquella publicación, y en referencia a la persona y al gobierno de Rosas decía: “…Este recto magistrado que extiende tanta y tan ilustrada protección a todos los habitantes de este país que ha establecido el imperio de orden…”, y califica su administración como “…íntegra, benéfica y protectora de los derechos y propiedades de todos. Su protección se ha extendido siempre y se extiende del modo más amplio a los irlandeses católicos, a los demás súbditos británicos, a todos los extranjeros, así como a los naturales del país que en la lucha pasada fueron adversarios del Gobierno y de la nación, unidos a empresas extrañas. Una de las cualidades que más sobresalen en la conducta de S. E. el Sr. Gobernador, Brigadier D. Juan Manuel de Manuel de Rosas, y en su sistema de Gobierno, es la clemencia hacia los que quedaron vencidos y la más generosa liberalidad respecto de los extranjeros y su comercio”.

“No hay desórdenes de ninguna clase ni prisión, ejecuciones o destierros por atentados políticos, desde hace más de seis años. Los delitos ordinarios son muy pocos; y los que ocurren son castigados”.

“El elevado carácter, los hechos, los actos gubernativos del Excmo. Sr. General D. Juan Manuel de Rosas, de que he sido testigo, reprimiendo siempre los desórdenes y delitos y la opinión y convicciones de los habitantes de este país que ha tenido tantas ocasiones de saber, desmienten altamente aquellas fábulas cuya absurdidad quedó en mayor transparencia por la contradicción oficial que les dió en 1845 el Cuerpo Diplomático Extranjero residente en esta ciudad”. (11)

El 10 de mayo de 1847 arribó a nuestro país la Misión francesa a cargo del Conde Alexandre Colonna Walewsky, para tratar con el gobierno de la Confederación Argentina el restablecimiento de la paz. Oficiaba como Secretario de la Misión, Alfred de Brossard.

Un poco más de dos meses regresaron a Francia y en 1850 Brossard publicó en París cinco libros sobre las Repúblicas del Plata y sus relaciones con Francia e Inglaterra. En 1942 se tradujeron y publicaron en Buenos Aires tres de sus libros bajo el título Rosas visto por un diplomático francés.

Con respecto a la seguridad, manifestó: “…el terror que inspira la severidad bien conocida del general Rosas y la vigilancia de su policía, [ha hecho] que los crímenes contra las personas y aun contra las propiedades son infinitamente raros. Así es como se han registrado sólo tres condenas de muerte por homicidio en todo el curso del año 1846”.

“…La administración de policía desempeña un gran papel bajo la administración del general Rosas y hay que hacerles a los dos el elogio de reconocer que cumplen admirablemente con su deber. La mayor seguridad reina en la ciudad y en el campo y el más ligero desorden es reprimido de inmediato”. (12)

El comerciante inglés Willian Mac Cann, persona con una gran cultura, arribó en 1842 para afincarse y desarrollar sus actividades en Buenos Aires. Al tiempo regresó a Inglaterra.     En su país, había gran inquietud y alarma, sobre la suerte que hubieran podido correr los compatriotas residentes en la Confederación Argentina, teniendo en cuenta que en aquél momento estaba en apogeo el bloqueo anglofrancés, por lo cual se temía que les hubiera podido ocurrir algo grave, por lo cual decidió volver para recorrer las  provincias argentinas y constatar la veracidad de aquellas inquietudes.

Ya en nuestro país, realizó dos travesías a caballo. En la primera desde el 29 de abril al 11 de junio de 1847, recorrió 200 leguas hacia el sur, donde visitó las estancias de Buenos Aires, propiedad de sus connacionales pasando por Magdalena, Chascomús, Dolores, Azul, Tapalquén y Tandil, siendo ésta la frontera con los indios. Cuando regresó a Buenos Aires, se entrevistó con Rosas, que lo invitó a su residencia de Palermo y quien le dio toda clase de seguridades para realizar su viaje a caballo por el litoral y Córdoba. En esa segunda travesía recorrió 570 leguas más.

De esa conversación con el Gobernador, cuenta que “Aludiendo a mis propósitos de viajar a través de las provincias y juzgar por mí mismo del estado del país, me dijo que todo lo que él quería y lo deseaba el país entero era que se hablara con positiva verdad…”

“Había notado mi desconfianza en punto a la seguridad personal de que podría gozar en mi proyectado viaje al norte, y reconoció que era muy natural, puesto que me aprestaba a visitar regiones adonde los ingleses habían llevado la guerra y donde sin duda existiría alguna indignación contra los extranjeros, pero me dio la seguridad de que ningún extranjero sería insultado ni molestado, porque el gobierno había impartido órdenes estrictas a ese respecto”.

En esas dos travesías sufrió los rigores del clima, la soledad de la llanura y estuvo expuesto a muchas penurias y peligros, teniendo contactos con indios, gauchos y pobladores extranjeros quienes lo hospedaron en sus estancias, donde las modestas casas rurales le hicieron recordar las viviendas de las afueras de Sheffield.

Ese extenso viaje “…había dejado en mí un sentimiento de gratitud, tanto por haberme visto libre de todo daño, como por la bondad y hospitalidad que tan espontáneamente se me había brindado en todas partes. …durante varias semanas, viajando por esas vastas llanuras escasamente pobladas, había encontrado la más bondadosa acogida en todas partes, sin distinción de razas ni clases, tratárase del indio menesteroso, del paisano pobre o del estanciero acaudalado”, sintiéndose agradecido por “la hospitalidad recibida”.

Se admiró de la tranquilidad que reinaba en la campaña de la provincia: “Los dueños de pulperías, residentes en lugares apartados de todo centro de población, viven -al parecer- sin ninguna protección ni garantía en cuanto a sus personas y bienes, siendo de admirar la confianza con que dichos mercaderes llevan una vida de peligros expuestos a los ataques de merodeadores y ladrones. Se me ha asegurado que no ocurría lo mismo en tiempos anteriores al gobierno de Rosas. Sea como fuere el sistema implantado por este último -que somete a la pena capital a todos cuantos violan las leyes del país, sin distinción de clases- ha terminado casi por completo los robos y tropelías”. También pudo comprobar “la paz y prosperidad en que vivían los pobladores ingleses”. (13)

Se cree que después de la caída de Rosas abandonó nuestro país y en 1853 en Londres publicó Two Thousand miles’ride through the Argentine Provinces (Dos mil millas a caballo, a través de las Provincias Argentinas) una obra que en realidad es un libro de viajes donde volcó sus atentas y agudas observaciones y las experiencias recogidas durante su viaje, describiendo las costumbres del pueblo de nuestro país conocidas a través de su travesía, como así también sobre el sistema imperante en la Confederación Argentina y sobre la personalidad y costumbres de Rosas, apreciaciones de lo que vio y escuchó, lo que hizo con sencillez, sin apasionamientos, sujetándose a la verdad y alejado de toda fantasía. Esa obra fue traducida en nuestro medio por José Luis Busaniche y se publicó con el nombre de Viaje a caballo por las provincias argentinas.

Otro viajero incansable, el francés Xavier Marmier, vino a Buenos Aires en abril de 1850 y en agosto se trasladó a Montevideo. Al año siguiente publicó en Bruselas una obra Lettres sur l'Amerique, donde narró las experiencias de sus numerosos viajes por muchos lugares, entre ellos el que realizó en ambas orillas del Plata. Este libro fue traducido por José Luis Busaniche y publicado en Buenos Aires en 1948 con el título Buenos Aires y Montevideo en 1850.

En el Prólogo, Busaniche describió el porqué del viaje de este viajero a Buenos Aires, “No cuesta mucho advertir que el atractivo principal del Río de la Plata para Xavier Marmier, en aquel año de 1850, lo constituía el dictador Juan Manuel de Rosas, cuyos triunfos diplomáticos frente a los dos países más poderosos de Europa, eran comentados en América y en el viejo mundo. Y con Rosas, Montevideo, la Nueva Troya, donde luchaban cantidad de franceses y donde Francia tenía considerables intereses materiales. Por eso Buenos Aires resultaba para el viajero, ciudad de tantos atractivos”.

En esta obra, Marmier trata bastante mal a Rosas, a quien no duda en designarlo como “tirano”, “sanguinario” y otros epítetos del mismo estilo, pero destacó también el trato correcto que recibieron los residentes extranjeros durante su gobierno, cuando dice: ”…Rosas se ha hecho un deber en proteger a los extranjeros de un modo muy especial. Cuando la diplomacia europea entra en negociaciones con él, ese es uno de sus principales argumentos. 'Considere usted -le dice al ministro de Inglaterra-, considere usted  -le dice al ministro de Francia- todo lo que yo hago por sus compatriotas. ¿No gozan de privilegios? ¿Han sufrido la menor injusticia o el menor vejamen?'…esta benigna política, seguida fielmente -hay que decirlo- por Rosas con los extranjeros…”. 

Resaltó: “…También debo decir, si he de ser justo para con él, que ha organizado un excelente servicio de policía en las calles de Buenos Aires y que, como consecuencia de sus expediciones contra los indios, el camino que va de Buenos Aires a la Cordillera de los Andes, ofrece ahora más seguridad que nunca”. (14)            

Ese estado de seguridad que se vivía en la Confederación Argentina, no solamente surge de lo relatado por diversos personajes como hemos señalado precedentemente, sino que la prensa en el mundo se hacía eco de tal estado de cosas.

En el artículo “Rosas” publicado en el periódico parisino La Presse del 21, 23 y 24 de setiembre de 1843, puede leerse “En Buenos Ayres… nadie es asesinado hoy o robado… Podéis hoy atravesar las Pampas, descansar a la sombra del Ombú, cuyo tramos gigantescos pueden abrigar una aldea… podéis internaos a trescientas leguas delante de vos, hacia el pie de los Andes; pedir la hospitalidad en las chacras (cabañas) a los estancieros, esparcidos en las llanuras en pos de sus inmensas haciendas; en fin, dormir o viajar en seguridad sin tener un solo encuentro desagradable”.

“¿Cuál es, pues, el prestigio tan poderoso para garantir con su inviolabilidad en un espacio de unas mil leguas cuadradas, donde poco ha no se podía dar un paso sin tener que temer por su bolsillo o por su vida?: El solo nombre de Rosas”. (15)

El 16 de diciembre de 1845, el Journal of Commerce de Nueva York, publicó: “La Policía de la ciudad y de la campaña no puede ser mejor. El robo es casi desconocido. Nuestros oficiales de marina y los extranjeros recorren solos las Pampas, y en perfecta seguridad. El crimen es castigado allí, y sus juzgados del crimen son tan regulares como los de cualquiera parte de nuestro país… El Gobernador Rosas es hombre muy firme, que raras veces perdona los crímenes…” (16)

También en el debate de la Cámara de Pares de Francia, en la sesión del 14 de enero de 1846 para tratar sobre los “negocios del Río de la Plata”, el Marqués de Grabiac, expresó: “[Rosas]…Encontró a Buenos Aires y las provincias asoladas por las guerras civiles; en las ciudades ladrones y asesinos; en el campo salteadores y tiranuelos; el país arruinado… los extranjeros asustados, y el comercio destruido. Ha contenido a los asesinos, a los tiranuelos… se ha podido andar en Buenos Aires de día y de noche, ha restituido al comercio y a la agricultura la seguridad de que precisaban…“ (17)

Hubo casos muy resonantes y que registra la historia, sobre graves crímenes y delitos cometidos en Buenos Aires, por ejemplo el caso del robo y asesinato del agente de bolsa Felipe Achinelly cometido por un supuesto cliente en junio de 1845 (18); en noviembre de ese año un jardinero que trabajaba en el caserón de Rosas en Palermo de San Benito, el gallego Antonio Pose, fue asesinado por un matrimonio con el cual compartía la habitación de una pensión, quienes se quedaron con la suma de $ 2.100 que la víctima tenía ahorrado y para deshacerse del cadáver, procedieron a descuartizarlo, diseminando partes del cuerpo por distintos lugares de la ciudad (19) y por último mencionaré el caso de la estafa a la Casa de la Moneda, hecho cometido a fines de diciembre de 1851, por el cual un tal Andrés Villegas, quien valiéndose de un documento con la firma apócrifa -bien lograda- de Rosas, se hizo entregar la suma de $ 2.000.000. (20) Esos delitos fueron resueltos en pocos días, por no decir horas, por la eficiente actuación policial y castigados los hombres con la pena capital y la mujer interviniente en el caso del descuartizado recibió la pena de cinco años de cárcel.

Por último voy a referirme al comentario que dio origen al título de este artículo y que pertenece al teniente inglés Lauchlan Bellingham Mackinnon, quien participó como oficial de la corbeta a vapor HMS Alecto de todas las acciones de la Guerra del Paraná, posteriores al combate de Vuelta de Obligado, ya que arribó a la rada de Montevideo en enero de 1846.

El 31 de agosto la corbeta trasladó a Buenos Aires, a Mr. Thomas Samuel Hood, plenipotenciario enviado por Londres con la misión de negociar la paz con la Confederación Argentina, lo que les permitió a los oficiales de la Alecto bajar a tierra, pasear y moverse por la ciudad con total libertad y seguridad, constatando “la felicidad de país”.

Sus experiencias vividas en 1846, las volcó dos años después en su libro Steam Warfare in the Paraná, A narrative of Operations by the Combined Squadrons of England and France in Forcing a Passage up that river, que fue traducido al castellano por José Luis Busaniche, con el título La escuadra anglofrancesa en el Paraná, 1846.         

Como testigo imparcial y presencial, hizo una interesante comparación sobre la situación de la sitiada Montevideo y Buenos Aires, destacando sobre la primera que “Los altos funcionarios de los dos países más poderosos del mundo eran, de facto, los gobernantes de la ciudad, porque los gobernantes nominales dependían enteramente de ellos”.

 “Chocante era el contraste. En Montevideo con toda la civilización que se supondría traída por los jefes, militares y civiles, de las dos grandes potencias europeas, la ciudad era excesivamente sucia y la policía peor que inútil; constantemente cometíanse crímenes en pleno día, así contra los habitantes como contra marineros y soldados europeos”.

"En Buenos Aires, por lo contrario, reinaba la mayor seguridad de vida y propiedades; la policía estricta y eficaz hacía que la ciudad resultara tan segura, sino más, que las calles de Londres. Un gobierno vigoroso imponía el debido respeto a las leyes; y los oficiales británicos se sentían no sólo más seguros en sus personas, por más que estuvieran en ciudad enemiga, sino aún tratados con más cortesía que en Montevideo. Sean cuales fueren las fallas de Rosas, él puede jactarse de que su ciudad es la del orden y seguridad, mientras que Montevideo, bajo otras influencias, es presa de la anarquía”. (21)

 

Referencias.

(1) BUSANICHE, José Luis. “Rosas visto por sus contemporáneos”, Hyspamérica, Bs. As., 1985, pág. 15.

(2) BILBAO, Manuel. “Historia de Rosas”, Editorial Losada Argentina, 2da. Edición, Bs. As., 1940, págs. 48 y 49.

(3)  BERUTI, Juan Manuel. “Memorias curiosas”, Emecé Editores S.A., Bs. As., 2001, págs. 418 a 421.

(4) BERUTI… ob. cit., pág. 420.

(5) HUDSON, William Henry. “Allá lejos y hace tiempo”,  Emecé Editores S.A., Bs. As., 1999, pág. 105.

(6) RAMOS MEJIA, José María. “Rosas y su época”, Emecé Editores S.A., Bs. As., 2001, págs. 550/551.

(7) Puede leerse este reglamento en la página web: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/search?q=reglamento+de+serenos

(8) CHIVILO Norberto Jorge. “Juegos y excesos en los carnavales porteños”, Revista Todo es Historia de febrero de 2024, pág. 37 y sgtes.

(9) Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 4, Bs. As., 1939, pág. 176 a 178. Se puede leer la totalidad del decreto en: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2007/12/documentos-decreto-mayo-12-de-1848-rosas.html

(10) CASTELLANOS Julio. “Rosas Juzgado por los extranjeros”, segunda parte, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 7, Bs. AS., 1941, pág. 57 a 59). La carta completa puede leer en su totalidad en: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2020/07/sobre-el-gobernador-rosas-por-antonio.html

(11) “Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo” N° 19 del 7 de setiembre de 1850, pág. 54 y sgtes.; N° 20 del 21 de setiembre  de 1850, pág. 56 y sgtes.; N° 21 del 16de diciembre de 1850, pág. 15 y sgtes- y N° 22 del 8 de enero de 1851, pág.1 y sgtes.

(12) BROSSARD Alfred. “Rosas visto por un diplomático francés”, Editorial Americana, Bs. As., 1942, págs.324, 325.

(13) MAC ANN William. “Viaje a caballo por las provincias argentinas”, 2da. Edición, Imprenta Ferrari Hnos., Bs. As., págs. 136, 157, 159.

(14) MARMIER Xavier. “Buenos Aires y Montevideo en 1850”, Edit. El Ateneo, Bs. As., 1948, págs. 9, 36 y 108.

(15)  “Archivo…” N° 13 del 20 de julio de 1844, pág. 366 y sgtes. Se puede leer el artículo completo en el siguiente link: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2025/12/rosas-segun-el-diario-parisino-la.html

(16) “Archivo…” N° 27 del 13 de junio de 1846, pág. 18 y sgtes. Se puede leer el artículo completo en el siguiente link: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/08/rosas-visto-por-un-periodico.html

(17) “Archivo…” N° 28 del 30 de julio de 1846, pág. 33 y sgtes. Se puede leer el discurso completo en el siguiente link: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/09/debate-en-la-camara-de-pares-de-francia.html 

(18), BILBAO Manuel (h) ó BILBAO RIVERA Manuel. “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires”, Edic. Dictio, Bs. As., 1981, pág. 187 y sgtes.

(19) BILBAO… Ob cit, pág. 139 y sgtes.

(20) BILBAO… Ob. cit., pág. 151 y sgtes. 

(21) MACKINNON Lauchlan Bellingham. “La escuadra anglo-francesa en el Paraná 1846”, Librería Hachette S.A., Bs. As., año 1957, págs. 36, 37, 224.