Cuando Buenos Aires era más segura que Londres
Por Norberto Jorge Chiviló
Una de las preocupaciones actuales de los habitantes de
nuestro país, especialmente del AMBA, es el tema de la seguridad.
Robos y asaltos a todas horas del día, realizados en forma
individual o en bandas, incluso por menores, cada vez más violentos y agresivos, con
saldos trágicos de muertos y heridos, que son ya habituales, y a los cuales
desgraciadamente la población se va acostumbrando, viéndose obligados a cambiar
sus hábitos de vida, evitando las salidas nocturnas, tomar determinadas
precauciones al ir a trabajar y al entrar y salir de sus casas y otras.
El desinterés de parte de las autoridades al combate y la
represión -palabra ésta que pareciera maldita- del delito, influidas por
ciertas posiciones y doctrinas “garantistas”, han llevado a esta grave
situación, que ha perjudicado y complicado la vida diaria del ciudadano decente
y trabajador, quien debe estar encerrado en su casa, tras altos muros y rejas, con
alambre de púas, electrificados, alarmas de todo tipo, que en muchos casos no
han servido de nada ante la cada vez más avezados y desinhibidos delincuentes,
quienes se desplazan con total impunidad por las calles, en desafío a toda ley
y autoridad, que además se exhiben con total desparpajo por las redes sociales,
mostrando sus armas y el producto de sus “trabajos y hazañas”.
Pero como se verá a continuación, no siempre fue así.
Allá por mediados de la segunda década del siglo XIX,
comienza a destacarse un joven llamado Juan Manuel de Rosas, amante de la
seguridad y el orden, que con el tiempo, mediante el empeño y el trabajo,
llegará a ser un avezado estanciero y saladerista, logrando hacer gran fortuna.
Comienza administrando estancias ajenas, después compra campos y los explota
económicamente. En sus establecimientos prima la disciplina y sus órdenes son
seguidas no solo por la peonada, sino por él mismo dando el ejemplo.
Con los peones de sus estancias y muchos vecinos de la
campaña formó a su costa, un cuerpo de caballería de cívicos, llamado los
Colorados del Monte, que más tarde pasarán a ser el 5to. Regimiento de
Caballería. Se destacaban por ser un cuerpo disciplinado a tal punto que cuando
algún miembro cometía un delito era severamente castigado. Su consideración
entre la población fue creciendo día a día. Era considerado “hombre de orden”.
En los aciagos momentos de la llamada “anarquía del año 20”,
los Colorados se destacaron en el restablecimiento del orden en Buenos Aires, sobresaliendo
por el respeto hacia la población de la ciudad, diferenciándose de los cuerpo
de línea, indisciplinados y que cometían todo tipo de tropelías. Esa diferenciada
actuación mereció el elogio de la prensa y de importantes figuras de la época,
como por ejemplo Fray Cayetano Rodríguez quien en un verso que les dedicó, los llamó
“Nobles hijos del sur, bravos campeones” y la calle por la cual ingresaron a la
ciudad, pasará a llamarse del “Buen Orden”.
El representante chileno Miguel José de Zañartú, en carta al
gobernador de Mendoza, Godoy Cruz, dedicó estas palabras de elogio hacia las
tropas de Rosas en aquella ocasión: “El denuedo, bizarría y coraje del Batallón
de Rosas, harían honor a las tropas mismas de Napoleón”. (1)
Ya restablecido el orden, en el Manifiesto del 10 de octubre
de 1820 que el Comandante Rosas, dirigió al “Benemérito pueblo de Buenos Aires”
se destacaba entre otros pedidos que hacía: “…Sed sumisos a la ley”. (2)
Ocho años después, el 1° de diciembre de 1828, por el motín
dirigido por el general Juan G. Lavalle y el grupo unitario que lo secundaba,
vuelve el quiebre del orden y lo que es aún peor, este jefe, alentado por el
grupo unitario y sin motivo legal alguno, dispuso el asesinato mediante
fusilamiento del legítimo gobernador, coronel Manuel Dorrego, desencadenándose una
cruenta guerra civil entre sus fuerzas unitarias y las milicias bonaerenses federales
bajo el mando del ya coronel Rosas. Un cronista de la época, Juan Manuel Beruti,
cuyas observaciones fueron compiladas en un libro titulado Memorias curiosas, describe el actuar anárquico de las fuerzas
unitarias y las compara con el orden y disciplina imperantes en el ejército de
Rosas, restauradoras del orden y la legalidad, quienes se impusieron en la
lucha. (3)
Cuenta, que unos soldados de Rosas, ingresaron a una
vivienda donde estaba de visita el sacerdote Mariano Medrano, a quien
desnudaron de sus vestidos, “los que aprehendidos, les quitaron la ropa, se
devolvió al cura y el ladrón o ladrones, de orden de Rosas fueron fusilados”,
cuenta también el caso de otra partida, que habían robado a un vecino “la que
antes de salir de la casa fue presa y desarmada por otra… que al mismo tiempo
llegó…” se devolvió lo robado y “llevaron al ejército de Rosas a los
delincuentes que fueron diez los aprehendidos e inmediatamente todos fueron
fusilados”. (4)
Restablecida la legislatura provincial, un año después que
había sido disuelta por el motín del 1° de diciembre, fue nombrado Rosas como
gobernador de la provincia, cargo que asumió el 8 de diciembre de 1829.
El nuevo gobernador comenzó a recorrer los pueblos de la
campaña, donde se interiorizó de graves problemas, entre ellos, edilicios de
escuelas e iglesias como así también de seguridad de sus habitantes.
Pero no solo la provincia, sino también todo el país se
encontraba anarquizado, por lo cual se propuso imponer orden en todos los
aspectos. En este artículo solo me referiré al tema de la seguridad, represión
de la delincuencia y el orden logrado durante sus dos períodos de gobierno:
1829-1832 y 1835-1852.
Uno de los primeros actos de gobierno fue confirmar al jefe
de policía, coronel Gregorio I. Perdriel, que había sido nombrado por el
anterior gobernador Viamonte.
Hasta entonces, la campaña estaba dividida en diez
distritos, que contaba cada uno con un comisario y cinco efectivos; el nuevo
gobernador creó en enero de 1830, once distritos más, nombrando los comisarios
y elevando el número de efectivos a nueve en cada uno de los veintiún distritos.
Posteriormente sustituyó a los Comisarios por Jueces de Paz.
Guillermo Enrique Hudson, cuenta en su libro Allá lejos y hace tiempo, que siendo
niño, durante los últimos años del gobierno de Rosas, su padre, era “un
admirador ferviente de Rosas” y que el gobernante porteño era “terrible en su
cólera para con los malhechores”. (5)
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| Decreto del 20 de febrero de 1830 |
A dos meses y medio de la asunción del mando de la
provincia, Rosas dictó un decreto el 20 de febrero de 1830, refrendado por su
ministro Tomás Guido, cuyos considerandos son elocuentes sobre el problema de
la inseguridad en la que se encontraba la provincia y coinciden con lo que hoy
día ocurre en parte de nuestro país y que por la claridad de sus conceptos
exime de mayores comentarios y dice así:
“Considerando al
Gobierno que nada conviene tanto para morigerar los habitantes de la campaña e inspirarles
amor al trabajo y al orden que una protección decidida al ciudadano laborioso,
y un castigo imponente a los malhechores;
“Que por una experiencia constante, una gran parte de
verdaderos y clásicos delincuentes eluden la ley, desde que se les somete a
juicios ordinarios, y tornan a acechar la seguridad y el reposo del vecino
pacífico, y aun amargar la existencia de las mismas autoridades, que les han
perseguido en la campaña;
“Y que el uso más saludable que puede hacer el Gobierno de
las facultades ordinarias y extraordinarias que le estén concedidas por la ley,
es el de hacer sentir una poderosa protección a la vida y fortuna de los
honestos ciudadanos, o una severidad inflexible contra los infractores de la
ley…”, y por lo tanto decretaba:
“Art. 1° –El coronel D. Gervasio Rosas, comisionado especial
para la organización de la sección sud de la Campaña, es autorizado, con las
facultades que la ordenanza general del Ejército acuerda, para obrar en casos
extraordinarios con toda la plenitud de ellas, contra los asesinos, ladrones y
salteadores.
“Art. 2°.- Aprehendidos que sean se les formará un breve
sumario, y con audiencia verbal del reo, y demás formalidades prevenidas, será
castigado hasta con la última pena, según la naturaleza del delito, dando
cuenta con el sumario y diligencia de ejecución.
“Art. 3°.- Los decretos y órdenes generales contra los
ladrones y asesinos, serán puntualmente
observados, obrando con arreglo a ellos el comisionado coronel D. Gervasio
Rosas.
“Art. 4° -Imprímase, publíquese y circúlese a las justicias
civiles y militares de la sección Sud…”
En la campaña eran frecuentes las pulperías volantes que iban
de un lugar a otro, fomentando la ebriedad y el juego. Por decreto del 18 de
febrero de 1831, fueron prohibidas, estableciendo sanciones, como el decomiso
de mercaderías y el arresto para los pulperos para el caso de incumplimiento.
En marzo de 1831, se creó la Compañía de Caballería Auxiliar
de la Policía, que fue sustituida cinco años después por los Vigilantes a Caballo.
Al fallecimiento del coronel Perdriel en marzo de 1832, fue
nombrado interinamente al frente de la jefatura de la Policía, el uruguayo Bernardo
Victorica.
Podemos consignar que la cárcel en la ciudad, funcionaba en
dependencias del Cabildo y desde 1823, el edificio de la Casa Central de la
Policía, (o Jefatura de la Policía), se encontraba lindero al Cabildo, frente a
la por entonces Plaza de la Victoria. Después de la instalación del campamento
militar en los Santos Lugares de Rosas, había también un lugar destinado a
cárcel.
Cuando Rosas asumió su segundo período de gobierno el 13 de
abril de 1835 con la suma del poder público, Victorica se encontraba en forma
interina al frente de la Policía y Rosas lo mantuvo en el cargo hasta 1845.
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| Aviso de Policía sobre el Decreto del 8 de marzo de 1836 |
El 8 de marzo de 1836, se dispuso mediante decreto que “a todo individuo a quien se le oyera por las calles, pulperías o en cualquier otra parte, hablar o proferir alguna palabra o palabras obscenas o descorteses, los jóvenes muchachos serán destinados a tambores y trompas en los cuerpos de línea, con recomendación para que no se les afloje ejercicio tarde y mañana, a fin de que sean corregidos en un vicio tan perjudicial a la sociedad, y los hombres destinados al servicio de las armas en los referidos cuerpos por 4 años… Del mismo modo serán destinados a tambores y trompas los muchachos que se encuentren por las calles y demás lugares públicos, jugando a la cañita, al hoyito, changuita, montoncitos o en alguna otra cosa mal entretenidos…”
José María Ramos Mejía en el libro Rosas y su tiempo, comenta que “Las que los aprovechaban mejor [estas
incorporaciones de jóvenes], eran las bandas lisas que con tanto orgullo
ostentaban todos los regimientos. Treinta y hasta cincuenta lindos muchachos
atronaban el aire de la tranquila ciudad con el violento y acompasado ritmo de
las cajas y el ruido agudo de sus pitos, admirablemente coordinados en el
concierto marcial de tan pintorescos desfiles. Esas bandas lisas eran el lujo
de los cuerpos de línea. Había algunas, como las del regimiento de
Restauradores, que durante mucho tiempo costeó de su propio peculio el coronel
don Félix de Álzaga, que tenía un numeroso personal de corpulentos efebos
blancos y ´negros destinados´. Algunas llegaban hasta setenta y cinco entre
pitos, tambores y cornetas. Bien enseñados por el Tambor Mayor, difundían por
toda la ciudad una viva sensación de belicosa alegría, cuando pasaban atronando
los aires con sus cajas monumentales. El ruido y la curiosidad que despertaban
en el pueblo, la dura disciplina a que estaban sujetos y las naturales
tendencias del pilluelo criollo a la guerra y al arte musical, hizo de ellos
los maestros de banda que después se distribuyeron en el ejército”. (6)
En 1840 se dictó un
nuevo reglamento para el cuerpo de los Serenos de la ciudad, sobre
“Obligaciones que deben llenar”. Oficialmente no eran un cuerpo oficial de
policía, pues si bien dependían funcionalmente del jefe de Policía, su paga
estaba costeada por el vecindario mediante el “Impuesto de Serenos”,
administrado por una Comisión Directiva, a la cual también estaban
subordinados.
En ese Reglamento se detallaban cada una de sus obligaciones,
entre las cuales se encontraban algunas de carácter administrativo como la relación
con la Comisión Directiva, sueldo, elementos que se le proveían y otras
referidas al servicio, como horarios, forma de vigilancia, procedimiento ante determinadas
circunstancias, señales que debía hacer por medio del pito, atención que debía
prestarle al vecino que le requiriera como llamar al médico o al sacerdote, controlar
que las puertas de las casas y comercios estuvieran bien cerradas, como así también
que los faroles estuvieren encendidos, mantener y controlar el orden, cada
treinta minutos debían cantar la hora y el tiempo, siendo estas algunas de sus
obligaciones; sobre el uso de su arma aclaraba que debía hacerlo “con la
prudencia posible”, “recomendándole muy especialmente que cuando usare de
ellas, tendrá que probar haber sido atacado”. Mientras durasen en el cargo
estaban eximidos de todo servicio militar. (7)
Después de algunos intentos realizados por el gobierno de
Rosas, para reencausar los juegos del Carnaval, que con sus excesos y abusos
que crecían año tras año y que tanto malestar ocasionaban tales desenfrenos a
parte de la población que no querían participar de los mismos, los prohibió
mediante decreto del 25 de febrero de 1844, por considerarlos opuestos a la
cultura social. Me remito al artículo de mi autoría, ya publicado en esta
revista. (8)
A fines de enero de 1845, Victorica se retiró de la institución
policial, siendo reemplazado por el general Pablo Alemán, quien falleció ocho
meses después, siendo entonces designado interinamente para cumplir tal función
el Oficial 1° Juan Moreno, quien se desempeñó hasta el final del gobierno
rosista.
El 12 de mayo de 1848, se creó una casa-cárcel para
corrección de mujeres, disponiéndose que “Se buscará una casa aparente y segura
con la comodidad y extensión necesaria, en un punto saludable y con suficiente
terreno aparente para huerta y jardín, que se alquilará por cuenta del Estado”.
En el decreto se establecía que el lugar contaría con un Alcaide y una
Alcaidesa, para el cuidado, orden y moralidad, y “no podrá introducirse ninguna
persona que no sea de los empleados que la custodien y las sirvan, ni licores
de ninguna clase, y estará sujeta al reglamento y órdenes vigentes respecto de
la cárcel de Cabildo”. Una pieza sería destinada a Capilla, para que un
sacerdote capellán confesara y diera Misas los domingos y días de guardar.
También contaría con un médico. Las internas recibirían a su entrada un
vestuario y demás elementos para el descanso y el aseo y debían trabajar en la
confección de prendas, cuyo corte los efectuaría un sastre y los géneros serían
proveídos por el Estado y por esa tarea las reclusas recibirían un salario
mensual. También estaba previsto que una mujer les enseñara “los rezos
necesarios, hacer coro en la oración y el rosario por la noche en la capilla”.
(9)
Todas estas medidas, tomadas durante el largo período del
gobierno de Rosas, fueron dando los resultados esperados, con una disminución
de los delitos, tanto en la ciudad como en la campaña, con el consiguiente
castigo de sus autores.
Como prueba de lo manifestado podemos considerar la opinión
de personajes importantes como el del Padre Anthony Dominic Fahy, irlandés que
arribó al país en 1843, capellán de la numerosa población irlandesa, que
realizó una proficua actividad apostólica. En 1847, hubo en su tierra natal una
gran hambruna por la pérdida de la cosecha de papa, que sumada a una epidemia,
produjo muchísimas víctimas. Julio Castellanos, relata que Fahy mandó a Irlanda
un importante donativo y en la carta que remitió a sus connacionales los
invitaba y recomendaba a emigrar hacia nuestro país “donde encontrarán una
amplia recompensa de su trabajo… El gobierno extiende la máxima protección al
extranjero, y los nativos son proverbialmente hospitalarios y generosos".
(10)
En marzo de 1849 la revista trimestral católica Dublin Review (Revista de Dublin), editada en Londres, que contaba con el
patrocinio de las autoridades eclesiásticas católicas, publicó un artículo
crítico hacia el gobernador de Buenos Aires, a quien atacaba atribuyéndole todo
tipo de crueldades y arbitrariedades. Ese artículo había sido inspirado por el
cónsul general del gobierno de Montevideo en Londres, el general Juan O'Brien.
El Padre Fahy considerando que los cargos hacia el
gobernante porteño eran infundadas e injustas, mandó una carta a las
autoridades eclesiásticas patrocinantes de aquella publicación y también al
director de la Gaceta Mercantil, el 7
de noviembre de 1849, que se publicó al día siguiente. La edición se agotó y la
carta fue publicada nuevamente pocos días más tarde. El día 19 el periódico
sacó una nueva edición con la transcripción de la carta en español, inglés y
francés, en tres columnas paralelas; concebida esa edición para su
distribución, principalmente en Europa. En cuatro números del Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo fue reproducido
en su totalidad el texto de aquella publicación y la carta de Fahy.
En esa carta, califica de “inexacta y engañosa” y “fábula”,
los términos de aquella publicación, y en referencia a la persona y al gobierno
de Rosas decía: “…Este recto magistrado que extiende tanta y tan ilustrada
protección a todos los habitantes de este país que ha establecido el imperio de
orden…”, y califica su administración como “…íntegra, benéfica y protectora de
los derechos y propiedades de todos. Su protección se ha extendido siempre y se
extiende del modo más amplio a los irlandeses católicos, a los demás súbditos
británicos, a todos los extranjeros, así como a los naturales del país que en
la lucha pasada fueron adversarios del Gobierno y de la nación, unidos a
empresas extrañas. Una de las cualidades que más sobresalen en la conducta de
S. E. el Sr. Gobernador, Brigadier D. Juan Manuel de Manuel de Rosas, y en su
sistema de Gobierno, es la clemencia hacia los que quedaron vencidos y la más
generosa liberalidad respecto de los extranjeros y su comercio”.
“No hay desórdenes de ninguna clase ni prisión, ejecuciones
o destierros por atentados políticos, desde hace más de seis años. Los delitos
ordinarios son muy pocos; y los que ocurren son castigados”.
“El elevado carácter, los hechos, los actos gubernativos del
Excmo. Sr. General D. Juan Manuel de Rosas, de que he sido testigo, reprimiendo
siempre los desórdenes y delitos y la opinión y convicciones de los habitantes
de este país que ha tenido tantas ocasiones de saber, desmienten altamente
aquellas fábulas cuya absurdidad quedó en mayor transparencia por la
contradicción oficial que les dió en 1845 el Cuerpo Diplomático Extranjero
residente en esta ciudad”. (11)
El 10 de mayo de 1847 arribó a nuestro país la Misión
francesa a cargo del Conde Alexandre Colonna Walewsky, para tratar con el
gobierno de la Confederación Argentina el restablecimiento de la paz. Oficiaba
como Secretario de la Misión, Alfred de Brossard.
Un poco más de dos meses regresaron a Francia y en 1850 Brossard
publicó en París cinco libros sobre las Repúblicas del Plata y sus relaciones
con Francia e Inglaterra. En 1942 se tradujeron y publicaron en Buenos Aires
tres de sus libros bajo el título Rosas
visto por un diplomático francés.
Con respecto a la seguridad, manifestó: “…el terror que
inspira la severidad bien conocida del general Rosas y la vigilancia de su
policía, [ha hecho] que los crímenes contra las personas y aun contra las
propiedades son infinitamente raros. Así es como se han registrado sólo tres
condenas de muerte por homicidio en todo el curso del año 1846”.
“…La administración de policía desempeña un gran papel bajo
la administración del general Rosas y hay que hacerles a los dos el elogio de
reconocer que cumplen admirablemente con su deber. La mayor seguridad reina en
la ciudad y en el campo y el más ligero desorden es reprimido de inmediato”. (12)
El comerciante inglés Willian Mac Cann, persona con una gran
cultura, arribó en 1842 para afincarse y desarrollar sus actividades en Buenos
Aires. Al tiempo regresó a Inglaterra. En
su país, había gran inquietud y alarma, sobre la suerte que hubieran podido
correr los compatriotas residentes en la Confederación Argentina, teniendo en
cuenta que en aquél momento estaba en apogeo el bloqueo anglofrancés, por lo
cual se temía que les hubiera podido ocurrir algo grave, por lo cual decidió
volver para recorrer las provincias
argentinas y constatar la veracidad de aquellas inquietudes.
Ya en nuestro país, realizó dos travesías a caballo. En la
primera desde el 29 de abril al 11 de junio de 1847, recorrió 200 leguas hacia
el sur, donde visitó las estancias de Buenos Aires, propiedad de sus
connacionales pasando por Magdalena, Chascomús, Dolores, Azul, Tapalquén y
Tandil, siendo ésta la frontera con los indios. Cuando regresó a Buenos Aires,
se entrevistó con Rosas, que lo invitó a su residencia de Palermo y quien le
dio toda clase de seguridades para realizar su viaje a caballo por el litoral y
Córdoba. En esa segunda travesía recorrió 570 leguas más.
De esa conversación con el Gobernador, cuenta que “Aludiendo
a mis propósitos de viajar a través de las provincias y juzgar por mí mismo del
estado del país, me dijo que todo lo que él quería y lo deseaba el país entero
era que se hablara con positiva verdad…”
“Había notado mi desconfianza en punto a la seguridad personal
de que podría gozar en mi proyectado viaje al norte, y reconoció que era muy
natural, puesto que me aprestaba a visitar regiones adonde los ingleses habían
llevado la guerra y donde sin duda existiría alguna indignación contra los
extranjeros, pero me dio la seguridad de que ningún extranjero sería insultado
ni molestado, porque el gobierno había impartido órdenes estrictas a ese
respecto”.
En esas dos travesías sufrió los rigores del clima, la
soledad de la llanura y estuvo expuesto a muchas penurias y peligros, teniendo
contactos con indios, gauchos y pobladores extranjeros quienes lo hospedaron en
sus estancias, donde las modestas casas rurales le hicieron recordar las
viviendas de las afueras de Sheffield.
Ese extenso viaje “…había dejado en mí un sentimiento de
gratitud, tanto por haberme visto libre de todo daño, como por la bondad y
hospitalidad que tan espontáneamente se me había brindado en todas partes.
…durante varias semanas, viajando por esas vastas llanuras escasamente
pobladas, había encontrado la más bondadosa acogida en todas partes, sin
distinción de razas ni clases, tratárase del indio menesteroso, del paisano
pobre o del estanciero acaudalado”, sintiéndose agradecido por “la hospitalidad
recibida”.
Se admiró de la tranquilidad que reinaba en la campaña de la
provincia: “Los dueños de pulperías, residentes en lugares apartados de todo
centro de población, viven -al parecer- sin ninguna protección ni garantía en
cuanto a sus personas y bienes, siendo de admirar la confianza con que dichos
mercaderes llevan una vida de peligros expuestos a los ataques de merodeadores
y ladrones. Se me ha asegurado que no ocurría lo mismo en tiempos anteriores al
gobierno de Rosas. Sea como fuere el sistema implantado por este último -que
somete a la pena capital a todos cuantos violan las leyes del país, sin
distinción de clases- ha terminado casi por completo los robos y tropelías”.
También pudo comprobar “la paz y prosperidad en que vivían los pobladores
ingleses”. (13)
Se cree que después de la caída de Rosas abandonó nuestro
país y en 1853 en Londres publicó Two
Thousand miles’ride through the Argentine Provinces (Dos mil millas a caballo, a través de las Provincias Argentinas) una
obra que en realidad es un libro de viajes donde volcó sus atentas y agudas observaciones
y las experiencias recogidas durante su viaje, describiendo las costumbres del
pueblo de nuestro país conocidas a través de su travesía, como así también
sobre el sistema imperante en la Confederación Argentina y sobre la
personalidad y costumbres de Rosas, apreciaciones de lo que vio y escuchó, lo
que hizo con sencillez, sin apasionamientos, sujetándose a la verdad y alejado
de toda fantasía. Esa obra fue traducida en nuestro medio por José Luis
Busaniche y se publicó con el nombre de Viaje
a caballo por las provincias argentinas.
Otro viajero incansable, el francés Xavier Marmier, vino a
Buenos Aires en abril de 1850 y en agosto se trasladó a Montevideo. Al año
siguiente publicó en Bruselas una obra Lettres
sur l'Amerique, donde narró las experiencias de sus numerosos viajes por
muchos lugares, entre ellos el que realizó en ambas orillas del Plata. Este
libro fue traducido por José Luis Busaniche y publicado en Buenos Aires en 1948
con el título Buenos Aires y Montevideo
en 1850.
En el Prólogo, Busaniche describió el porqué del viaje de
este viajero a Buenos Aires, “No cuesta mucho advertir que el atractivo
principal del Río de la Plata para Xavier Marmier, en aquel año de 1850, lo
constituía el dictador Juan Manuel de Rosas, cuyos triunfos diplomáticos frente
a los dos países más poderosos de Europa, eran comentados en América y en el
viejo mundo. Y con Rosas, Montevideo, la Nueva Troya, donde luchaban cantidad
de franceses y donde Francia tenía considerables intereses materiales. Por eso
Buenos Aires resultaba para el viajero, ciudad de tantos atractivos”.
En esta obra, Marmier trata bastante mal a Rosas, a quien no
duda en designarlo como “tirano”, “sanguinario” y otros epítetos del mismo
estilo, pero destacó también el trato correcto que recibieron los residentes
extranjeros durante su gobierno, cuando dice: ”…Rosas se ha hecho un deber en
proteger a los extranjeros de un modo muy especial. Cuando la diplomacia
europea entra en negociaciones con él, ese es uno de sus principales
argumentos. 'Considere usted -le dice al ministro de Inglaterra-, considere
usted -le dice al ministro de Francia-
todo lo que yo hago por sus compatriotas. ¿No gozan de privilegios? ¿Han
sufrido la menor injusticia o el menor vejamen?'…esta benigna política, seguida
fielmente -hay que decirlo- por Rosas con los extranjeros…”.
Resaltó: “…También debo decir, si he de ser justo para con
él, que ha organizado un excelente servicio de policía en las calles de Buenos
Aires y que, como consecuencia de sus expediciones contra los indios, el camino
que va de Buenos Aires a la Cordillera de los Andes, ofrece ahora más seguridad
que nunca”. (14)
Ese estado de seguridad que se vivía en la Confederación
Argentina, no solamente surge de lo relatado por diversos personajes como hemos
señalado precedentemente, sino que la prensa en el mundo se hacía eco de tal
estado de cosas.
En el artículo “Rosas” publicado en el periódico parisino La Presse del 21, 23 y 24 de setiembre
de 1843, puede leerse “En Buenos Ayres… nadie es asesinado hoy o robado… Podéis
hoy atravesar las Pampas, descansar a la sombra del Ombú, cuyo tramos
gigantescos pueden abrigar una aldea… podéis internaos a trescientas leguas
delante de vos, hacia el pie de los Andes; pedir la hospitalidad en las chacras
(cabañas) a los estancieros, esparcidos en las llanuras en pos de sus inmensas
haciendas; en fin, dormir o viajar en seguridad sin tener un solo encuentro
desagradable”.
“¿Cuál es, pues, el prestigio tan poderoso para garantir con
su inviolabilidad en un espacio de unas mil leguas cuadradas, donde poco ha no
se podía dar un paso sin tener que temer por su bolsillo o por su vida?: El
solo nombre de Rosas”. (15)
El 16 de diciembre de 1845, el Journal of Commerce de Nueva York, publicó: “La Policía de la
ciudad y de la campaña no puede ser mejor. El robo es casi desconocido.
Nuestros oficiales de marina y los extranjeros recorren solos las Pampas, y en
perfecta seguridad. El crimen es castigado allí, y sus juzgados del crimen son
tan regulares como los de cualquiera parte de nuestro país… El Gobernador Rosas
es hombre muy firme, que raras veces perdona los crímenes…” (16)
También en el debate de la Cámara de Pares de Francia, en la
sesión del 14 de enero de 1846 para tratar sobre los “negocios del Río de la
Plata”, el Marqués de Grabiac, expresó: “[Rosas]…Encontró a Buenos Aires y las
provincias asoladas por las guerras civiles; en las ciudades ladrones y
asesinos; en el campo salteadores y tiranuelos; el país arruinado… los
extranjeros asustados, y el comercio destruido. Ha contenido a los asesinos, a
los tiranuelos… se ha podido andar en Buenos Aires de día y de noche, ha
restituido al comercio y a la agricultura la seguridad de que precisaban…“ (17)
Hubo casos muy resonantes y que registra la historia, sobre
graves crímenes y delitos cometidos en Buenos Aires, por ejemplo el caso del
robo y asesinato del agente de bolsa Felipe Achinelly cometido por un supuesto
cliente en junio de 1845 (18); en noviembre de ese año un jardinero que trabajaba
en el caserón de Rosas en Palermo de San Benito, el gallego Antonio Pose, fue
asesinado por un matrimonio con el cual compartía la habitación de una pensión,
quienes se quedaron con la suma de $ 2.100 que la víctima tenía ahorrado y para
deshacerse del cadáver, procedieron a descuartizarlo, diseminando partes del
cuerpo por distintos lugares de la ciudad (19) y por último mencionaré el caso
de la estafa a la Casa de la Moneda, hecho cometido a fines de diciembre de
1851, por el cual un tal Andrés Villegas, quien valiéndose de un documento con
la firma apócrifa -bien lograda- de Rosas, se hizo entregar la suma de $
2.000.000. (20) Esos delitos fueron resueltos en pocos días, por no decir
horas, por la eficiente actuación policial y castigados los hombres con la pena
capital y la mujer interviniente en el caso del descuartizado recibió la pena
de cinco años de cárcel.
Por último voy a referirme al comentario que dio origen al
título de este artículo y que pertenece al teniente inglés Lauchlan Bellingham
Mackinnon, quien participó como oficial de la corbeta a vapor HMS Alecto de
todas las acciones de la Guerra del Paraná, posteriores al combate de Vuelta de
Obligado, ya que arribó a la rada de Montevideo en enero de 1846.
El 31 de agosto la corbeta trasladó a Buenos Aires, a Mr.
Thomas Samuel Hood, plenipotenciario enviado por Londres con la misión de
negociar la paz con la Confederación Argentina, lo que les permitió a los
oficiales de la Alecto bajar a tierra, pasear y moverse por la ciudad con total
libertad y seguridad, constatando “la felicidad de país”.
Sus experiencias vividas en 1846, las volcó dos años después
en su libro Steam Warfare in the Paraná,
A narrative of Operations by the Combined Squadrons of England and France in
Forcing a Passage up that river, que fue traducido al castellano por José
Luis Busaniche, con el título La escuadra
anglofrancesa en el Paraná, 1846.
Como testigo imparcial y presencial, hizo una interesante
comparación sobre la situación de la sitiada Montevideo y Buenos Aires,
destacando sobre la primera que “Los altos funcionarios de los dos países más
poderosos del mundo eran, de facto, los gobernantes de la ciudad, porque los
gobernantes nominales dependían enteramente de ellos”.
“Chocante era el
contraste. En Montevideo con toda la civilización que se supondría traída por
los jefes, militares y civiles, de las dos grandes potencias europeas, la
ciudad era excesivamente sucia y la policía peor que inútil; constantemente
cometíanse crímenes en pleno día, así contra los habitantes como contra
marineros y soldados europeos”.
"En Buenos Aires, por lo contrario, reinaba la mayor
seguridad de vida y propiedades; la policía estricta y eficaz hacía que la
ciudad resultara tan segura, sino más, que las calles de Londres. Un gobierno
vigoroso imponía el debido respeto a las leyes; y los oficiales británicos se
sentían no sólo más seguros en sus personas, por más que estuvieran en ciudad
enemiga, sino aún tratados con más cortesía que en Montevideo. Sean cuales
fueren las fallas de Rosas, él puede jactarse de que su ciudad es la del orden
y seguridad, mientras que Montevideo, bajo otras influencias, es presa de la
anarquía”. (21)
Referencias.
(1) BUSANICHE, José Luis. “Rosas visto por sus
contemporáneos”, Hyspamérica, Bs. As., 1985, pág. 15.
(2) BILBAO, Manuel. “Historia de Rosas”, Editorial Losada
Argentina, 2da. Edición, Bs. As., 1940, págs. 48 y 49.
(3) BERUTI, Juan
Manuel. “Memorias curiosas”, Emecé Editores S.A., Bs. As., 2001, págs. 418 a
421.
(4) BERUTI… ob. cit., pág. 420.
(5) HUDSON, William Henry. “Allá lejos y hace tiempo”, Emecé Editores S.A., Bs. As., 1999, pág. 105.
(6) RAMOS MEJIA, José María. “Rosas y su época”, Emecé
Editores S.A., Bs. As., 2001, págs. 550/551.
(7) Puede leerse este reglamento en la página web:
https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/search?q=reglamento+de+serenos
(8) CHIVILO Norberto Jorge. “Juegos y excesos en los
carnavales porteños”, Revista Todo es Historia de febrero de 2024, pág. 37 y
sgtes.
(9) Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan
Manuel de Rosas N° 4, Bs. As., 1939, pág. 176 a 178. Se puede leer la totalidad
del decreto en: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2007/12/documentos-decreto-mayo-12-de-1848-rosas.html
(10) CASTELLANOS Julio. “Rosas Juzgado por los extranjeros”,
segunda parte, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel
de Rosas N° 7, Bs. AS., 1941, pág. 57 a 59). La carta completa puede leer en su
totalidad en:
https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2020/07/sobre-el-gobernador-rosas-por-antonio.html
(11) “Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo”
N° 19 del 7 de setiembre de 1850, pág. 54 y sgtes.; N° 20 del 21 de
setiembre de 1850, pág. 56 y sgtes.; N°
21 del 16de diciembre de 1850, pág. 15 y sgtes- y N° 22 del 8 de enero de 1851,
pág.1 y sgtes.
(12) BROSSARD Alfred. “Rosas visto por un diplomático
francés”, Editorial Americana, Bs. As., 1942, págs.324, 325.
(13) MAC ANN William. “Viaje a caballo por las provincias
argentinas”, 2da. Edición, Imprenta Ferrari Hnos., Bs. As., págs. 136, 157,
159.
(14) MARMIER Xavier. “Buenos Aires y Montevideo en 1850”,
Edit. El Ateneo, Bs. As., 1948, págs. 9, 36 y 108.
(15) “Archivo…” N° 13
del 20 de julio de 1844, pág. 366 y sgtes. Se puede leer el artículo completo
en el siguiente link:
https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2025/12/rosas-segun-el-diario-parisino-la.html
(16) “Archivo…” N° 27 del 13 de junio de 1846, pág. 18 y
sgtes. Se puede leer el artículo completo en el siguiente link:
https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/08/rosas-visto-por-un-periodico.html
(17) “Archivo…” N° 28 del 30 de julio de 1846, pág. 33 y
sgtes. Se puede leer el discurso completo en el siguiente link:
https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/09/debate-en-la-camara-de-pares-de-francia.html
(18), BILBAO Manuel (h) ó BILBAO RIVERA Manuel. “Tradiciones
y recuerdos de Buenos Aires”, Edic. Dictio, Bs. As., 1981, pág. 187 y sgtes.
(19) BILBAO… Ob cit, pág. 139 y sgtes.
(20) BILBAO… Ob. cit., pág. 151 y sgtes.
(21) MACKINNON Lauchlan Bellingham. “La escuadra
anglo-francesa en el Paraná 1846”, Librería Hachette S.A., Bs. As., año 1957,
págs. 36, 37, 224.
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