lunes, 17 de abril de 2023

12 de Octubre - Idea de raza

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 12 de octubre de 1987, se públicó en el diario La Prensa, el artículo siguiente sobre la idea de raza.

 Ante un nuevo 12 de    octubre 

 Meditaciones sobre la   idea   de raza 

 por Cristobal  R. Garro 

Idea de raza


El concepto de raza es uno de los más discutidos en nuestros días y los “prejuicios originados en él —que conocemos con la denominación de racismo—, tuvieron y tiene dolorosas consecuencias para la Humanidad.
Están vivos los recuerdas del aniquilamiento de más de seis millones de judíos, muertos durante la Segunda Guerra Mundial, luego de impuesto un concepto de raza superior. La democracia de los estados Unidos de América del Norte sufre todavía el estigma que le impone la desigualdad de hecho que afecta a los negros en su territorio. En algunos países de América, los indios sufren un “apartheid” similar al de los negros de Sudáfrica.

Definición de raza
Es curioso, pero a pesar de haber buscado una definición precisa sobre raza, hasta hoy no he hallado una que me satisficiera. Unas definiciones señalan los diversos colores de piel: negra, blanca y amarilla; otras, hablan del ángulo formado por ejes craneanos según el cual unos hombres son dolicocéfalos, otros mesocéfalos y otros braquicéfalos. Una clasificación separa a los hombres en prognatos y ortognatos, según sea agudo o recto el ángulo formado entre la horizontal que sale del arranque de los huesos nasales con la línea los incisivos.
Otro critero está basado en la forma de la nariz. Así, los hombres estaríamos separados en longorrinos (de nariz alargada) y platirrinos (de nariz achatada).
La forma de los ojos permite la clasificación de ojos rasgados, oblícuos y saltones.
Todavía hay más: pueden considerarse la estatura, el perímetro torácico y otros de índole anatómica. Los descubrimientos de la ciencia permiten aventurarse y algunos tienden a estudiar las diferencias que pueden existir entre las ramas respecto de los grupos sanguíneos, el factor Rh y el metabolismo basal.
Trascribo a continuación un párrafo obtenido de una obra que se comenta por sí salo: “existe una sustancia llamada feniltiocarbamida que para ciertos individuos es muy amarga mientras que para otros resulta insípida. La sensibilidad de esta sustancia permite una división general de los seres humanos. Normalmente, de cada 100 personas, 70 la encuentran muy amarga y 30 no le hallan sabor. Ahora bien, entre los indios del Brasil esta última proporción no llega a 1,5 %”.
Declaración de los hombres de ciencia
Mientras unos buscan diferencias entre los seres humanos, y parecen encontrarlas por millares, otros —y me refiero al IV Congreso Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnología, celebrado en Viena, en el año 1956—, encaran el tema desde otro punto de vista, en declaraciones que se pueden citar así: “Los hombres de ciencia están de acuerdo en reconocer que la Humanidad es una y que todos los hombres pertenecen a la misma especie, la del “Homo sapiens”. Admiten, además, y salvo raras excepciones, que todos los hombres descienden de un mismo tronco común, y que las diferencias existentes entre los diversos grupos humanos se deben a factores evolutivos de diferenciación”.

Definición de la Iglesia Católica
En 1963, la Iglesia Católica, en la encíclica “Paz en la Tierra” definió que “por dignidad natural, todos los hombres son iguales”.

Los oprimidos
Antiguamente resultó natural que un hombre fuera esclavo de otro hombre y que un pueblo (al que llamaremos colonia) fuera gobernado por otro pueblo (llamado metrópoli). También se toleró que el hombre ejerciera un poder omnímodo sobre la mujer. Amanecido el siglo XIX, las colonias americanas lograron emanciparse y el mismo ciclo iniciaron y concluyeron en el siglo XX las colonias africanas y asiáticas. En muchos países los esclavos dejaron de ser objetos para ser reconocidos como personas y las mujeres se liberaron de las cadenas del prejuicio y la ignorancia para ir a la universidad y destacarse como juezas, legisladoras y gobernantes.

Evolución del pensamiento
¿Qué ha pasado? Simplemente, que el mundo cambió, evolucionó. Dice la historia de los Estados Unidos, que cuando Lincoln creyó llegado el momento de proclamar la emancipación de los esclavos, llamó al grupo de consejeros, entre los cuales algunos disentían de la medida propuesta, y les comunicó la decisión, diciéndoles, poco más o menos, que ese día era fatal para ellos pasar a la historia; nadie la podía eludir, y la única opción que a todos les quedaba era la de pasar a ella eon honor o con oprobio. Comentó Sebastián Soler: “En momentos así, se ve bien que la historia no es una divinidad consagrada a la equitativa distribución de coronas de laurel: es una fuerza que nos arrastra muchas veces contra nuestra voluntad”.

Justificación de la esclavitud
Sigamos mirando hacia atrás en el tiempo y encontraremos que para Aristóteles, la esclavitud es una condición de la existencia humana. Luego dirá San Agustín que la esclavitud no correspondía al estado original sino que fue la consecuencia del pecado.
Para Montesquieu la esclavitud es un efecto necesario de la temperatura. Puffendorf la cree un producto del libre consentimiento de las dos partes expresado por medio del contrato originario. Voltaire, con su gracia penetrante, dice que le creerá a Puffendorf cuando le muestre ese primitivo contrato.

Ideas antiguas en argentinos preclaros
Grandes argentinos del siglo pasado continuaron con las doctrinas de Aristóteles, San Agustín y otros maestros. Citaré algunos ejemplos: el reglamento de la Escuela de Dibujo del Consulado, que lleva la firma de Manuel Belgrano, dice en su artículo “1°.- Que sólo se haya de admitir en esta escuela a españoles e indios netos, sin que por ningún motivo entre más negro o mulato, que aquel que se destinase al aseo de la sala, limpiado de candeleros y tener cuidado de espabilar las luces mientras dure la Escuela”.
Cuando leemos a Mitre encontramos párrafos como éste, vinculado con la sociabilidad argentina: “Los indígenas sometidos, se amoldaban a la vida civil de los conquistadores, formaban la masa de sus poblaciones, se asimilaban a ellos; sus mujeres constituían los nacientes hogares, y los hijos de este consorcio formaban una nueva y hermosa raza, en que prevalecía el tipo de la raza europea, con todos sus instintos y con toda su energía, bien que llevara en su seno los malos gérmenes de su doble origen”.
Sarmiento y Alberdi compartieron estas ideas. El primero las expuso en
flictos y armonías de las razas en América”. El segundo —y nuestros constituyentes— llevaron su influencia hasta el corazón de la Constitución Nacional, ya que la misma Carta que en su Preámbulo ofreció nuestro país a “todos los hombres del mundo que quieran habitar en en el suelo argentino”, dijo imperativamente en su artículo 25: “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea”.
En el “Martín Fierro”, José Hernández insertó esta “coplita fregona”: “A los blancos hizo Dios,/ A los mulatos, San Pedro,/ A los negros hizo el diablo/ Para tizón del infierno”.
José Ingenieros —mucho más cercano— a nosotros en el tiempo admitió la superioridad racial en su “Sociología argentina”, aunque en ella hizo jugar especial papel al determinismo geográfico.

Documentos universales
Es importante ahora repetir lo que ya dijimos: el mundo cambió, evolucionó. En nuestras escuelas, por ejemplo, se estudia Educación Cívica, no como una casualidad, sino como una necesidad de nuestro modo de vida. Así como la Instrucción Cívica tiene la misión de hacernos conocer el contenido de nuestra Constitución Nacional y de su historia local en especial, Educación Cívica lleva la función de explicar y trasmitir los fundamentos filosóficos e históricos de la democracia, y al tratar su estado actual en el mundo, indicar los marcos ideales dentro de los cuales debe moverse, tales como la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948, la Declaración de los Derechos del Niño, proclamada el 20 de noviembre de 1959 por el mismo órgano y la Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial, del 20 de noviembre de 1963.
A través de estos documentos observamos la coincidencia oficial de los pueblos del orbe acerca de la igualdad de los seres humanos, apreciación que podríamos señalar en conceptos de las tres declaraciones, pero que sintetizaremos en uno solo: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

¿Día de la Raza o Día del Descubrimiento de América?
En su libro “Recordando a Yrigoyen”, Gabriel del Mazo señaló que el famoso decreto del 4 de octubre de 1917 —or el que se declaró feriado el 12 de octubre— nunca fue considerado, por el presidente Yrigoyen, relativo al “Día de la Raza”, sino al “Descubrimiento de América”, gloria de España, “descubridora y conquistadora” del “Continente enigmático y magnífico”. La expresión “raza” —anotó del Mazo— no aparece en su contexto, aunque si queda señalada la grandeza ante el mundo, de aquella Nación autora del “acontecimiento de mayor trascendencia que haya realizado la humanidad”.
Si el mundo cambió, si las ideas vinculadas con la superioridad de unas razas sobre otras o sobre la pureza de las razas, ya no tienen vigencia ni para los teóricos, ni para los hombres de ciencia, ni para los políticos, entonces, ¿por qué se celebra el “Día de la Raza”?
Seamos sinceros. Aceptamos esta fiesta como recordación del día del descubrimiento de América, con admiración hacia Cristóbal Colón y con gratitud hacia los Reyes Católicos, que tuvieron fe en Dios y en los sueños del visionario.

Crisol de razas
Celebramos el día como homenaje a España, crisol de razas, en cuyo territorio reconocemos el paso de celtas y de iberos; de griegos, de fenicios y de cartagineses; de latinos y de godos; de vascos y de árabes. La España hidalga y valiente del Cid y del Quijote. La España religiosa de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa. La España de los adalides: de Pizarro y de Cortés. La España maestra de San Martín, en la disciplina de las armas, y de Belgrano, en el Derecho y en la Economía. Celebramos a España en las contradicciones de Unamuno: en los muñecos vivientes de Galdós y también en esos pilluelos que se llaman Lazarillo de Tormes y Crispín.
Todos ellos viven hoy entre nosotros, mezclados con los quichuas del Noroeste, con los guaraníes del Litoral, con los araucanos del Sur y con los centenares de pueblos que llegaron a nuestra Argentina en décadas de inmigración, esperanza y libertad.
Vamos por nuestras calles y encontramos su creatividad en las arcadas del Cabildo y en la forma de las torres; los percibimos en los colores de un barco que descansa en la ribera, en el rasguido de una guitarra y en el centelleo de una mirada.

Todos los a alimentos espirituales
Cuando estamos a solas, sentimos esa enrarecida mezcla de razas y tradiciones en la falta de absoluto que nos caracteriza, en la inestabilidad de nuestras decisiones y en la duda constante de nuestros corazones.
Nos ocurre entonces que buscamos una explicación para aferrarla y creemos hallarla en el pensamiento del filósofo (que a la vez es canto de poeta) y oímos la voz de Rabindranath Tagore, que sigue repitiendo: “Ningún país puede sentirse orgulloso de vivir aislado y sumido en su propia cultura”: “ahora son míos todos los alimentos espirituales del mundo”.