martes, 24 de mayo de 2022

Rosas, el Gobernador gaucho

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

88




En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la revista El Tradicional  N° 86 de junio de 2008, se publicó el siguiente interesante artículo sobre Rosas.





Rosas, el Gobernador gaucho 

por Oscar J. C. Denovi  


No existen documentos conocidos, que nos hablen de la vida de nuestro gaucho en su niñez. Lo que se sabe de ella, son algunos datos que permiten reconocer aspectos de su vida infantil y, adolescente, sus estudios sistemáticos y su inserción en un medio social y geográfico, que permiten inferir, junto a las características de su temperamento puesto en evidencia también por algunos actos aislados conocidos, su formación propia del hombre de campo argentino. No hay testimonios que relaten tales o cuales hechos de su joven vida de niño, salvo que en su época escolar pasaba la temporada de receso, en la estancia de su abuelo materno, Rincón de López, y que terminado sus estudios elementales, fue a vivir en aquella estancia, ejerciendo las tareas de campo propias a la técnica de la época. Se conoce que participó sirviendo en el traslado de abastecimientos a un cañón, en las luchas libradas en Ja Reconquista de Buenos Aires en 1806, luego al año siguiente, incorporado al Regimiento de Migueletes, en la Defensa de Buenos Aires. (1)

Tenía para entonces trece años en 1806 y catorce en 1807 -nació el 30 de marzo de 1793- edad en la que entonces era habitual que los adolescentes (calificación contemporánea) intervinieran oficialmente o extraoficialmente —así lo hizo nuestro actor como muchos otros— ya que las leyes con respecto a la milicia establecían quince años para los que podían entrar en combate, no así para los que se entrenaban en los “alardes”, destinados a disuadir a los enemigos ya que se efectuaban a campo abierto, con la finalidad de ser vistos por los eventuales atacantes, debiendo saber montar y “blandir” algún tipo de arma, blanca (lanza, sable, machete) o de fuego (pistola, carabina o fusil). Era y es normal, que las autoridades frente al hecho que menores tomen las armas frente a la agresión de un enemigo externo —y aun ocurre cuando el enfrentamiento es interno— hagan caso omiso de las normas, sobre todo cuando los acontecimientos están en los momentos más álgidos, es decir la lucha en la inminencia de iniciarse, o ya iniciada.

Revista El Tradicional
Poncho de vicuña bordado
perteneciente a Rosas
El lector de historia, ya sabe que nos estamos refiriendo a Juan Manuel de Rosas, que luego de los hechos de la agresión inglesa de 1806/1807, continuará su vida campestre en la estancia del Rincón de López, donde bajo la mirada de sus padres, y la hábil conducción de un capataz mestizo de Pampa (tehuelche guenaken), aprendió las técnicas del trabajo agrícola. Pialar, enlazar, pechar el vacuno cimarrón, domar el caballo, herrar, carnear, conducir un arado, uncir los bueyes, en fin todos los secretos del rudo trabajo de la cría vacuna o equina, la vaquería, o el acondicionamiento de los elementos auxiliares a la vida rural —poner el tiro a una galera, un carro o una carreta, u otros vehículos de tire, ensillar un recado—. Su fortaleza física, su vivacidad captadora de reflejos que permitían rápidas respuestas ante la circunstancia imprevista, y sobre todo su destacada inteligencia, pronto lo pusieron a la cabeza de los más hábiles y osados. Era el mejor de los gauchos. Por su carácter, basado en un temperamento tenaz, era el jefe, el caudillo que ua se insinuaba. Ya aparecía el hombre joven de varonil belleza física, que con su cabellera rubia y ojos azules, coronando una altura mediana —1,76 m.— complementaba aquellas dotes, provocando en el medio social que constituia su peonada y la de establecimientos vecinos, una suerte de magnetismo que hacía una obediencia ciega. (2) El medio que exigía una suerte de militarización de esos mismos peones, donde aquel joven se destacaba por su inteligencia, valor y fortaleza, probad aen más de una decena de ocasiones, estableció la simbiosis perfecta del jefe y sus soldados, una milicia que más parecía por su disciplia, un ejército europeo, que un conjunto de hombres armados, milicias criollas que abundaban en los campos, de un país bárbaro como era la Argentina de entonces.

En 1811, Juan Manuel pasa a administrar la estancia de su familia por decisión de su padre, que consideró al joven con la madurez y el saber suficientes para comandar las actividades de la propiedad. Esta última función es el campo experimental que modela el jefe. Impone una férrea disciplina que lo abarca, es ante la “ley” que él concibe, un “primun inter pares”. Si él la infringe —lo que hace exprofeso—recibe igual castigo que sus peones. Con esto logra una rígida disciplina inconcebible entre personajes levantiscos, bravíos, carentes de todo freno. Pero esto lo logra porque es “gaucho”. Viste, vive, cabalga, tiene habilidades como sus subordinados, no es de sorprender que esa gente haya asombrado en 1820 al habitante de la ciudad de Buenos Aires, por su desacostumbrada postura disciplinaria en comparación con los cuerpos vistos por esa población. La comparación se hacía más contrastante, por la fiereza del tipo humano rural. Mezcla de indio en primero, segundo o tercer grado (en ocasiones con más generaciones antecedentes) sus facciones denotaban la tosquedad que Darwin describió con cierta prevención en su visita al campamento de la columna izquierda del ejército, al llamado desierto, en 1833. Sus rasgos patibularios según el naturalista británico, se suavizaban si en el transcurso del linaje —desde el primer apareamiento mixto hasta el último eslabón de aquel— se habían introducido otras mezclas de origen europeo (español o de otro origen) o acentuaban esa fiereza si por el contrario la introducción era de otros elementos indígenas en ese proceso. (3)

En ese año ante el orden y disciplina de los soldados “Colorados del Monte” se encontraron con indios o casi indios, pulcros, uniformados impecablemente, respetuosos del ciudadano, guardianes de los bienes y de la vida, y además bravíos combatientes que habían vencido a los rebeldes, o contenido las montoneras.

En 1819 ha sido nombrado Capitán de milicias, rango logrado por sus méritos en la campaña de Buenos Aires en la que aconseja al gobierno formar una Comisión de Hacendados y Labradores, cuya misión es organizar la seguridad de las haciendas que se encuentran en el territorio de la Pcia. de Bs. As. que tiene como límite al sur el río Salado. Esto lo ha hecho desde su establecimiento “Los Cerrillos”, levantado en 1814 después de abandonar la administración de los bienes familiares, y de casarse con Encarnación Ezcurra.

Cuando se casó, tenía Juan Manuel 23 años, 18 su esposa, ambos se irán a vivir a aquel campo cercano a la guardia de San Miguel del Monte, fuerte de la línea de frontera interior que comenzaba en Chascomús, se continúa en Ranchos, pasaba por Monte, y continúa paralelo al Salado, hasta que después de sus nacientes, hacía punta en Melincué, ya en la Pcia. de Santa Fe.

La ruda vida del campo continuó, como prolongación natural de la vida en el Rincón de López. Es el joven gaucho junto a su compañera —de carácter fuerte como él— que experimenta la dureza del clima, intensos calores en verano, intensos fríos en invierno, otoños grises y lluviosos, primaveras ventosas, y bajo esas condiciones el trabajo en el campo ganadero y agrícola. El medio social, que el dueño de la estancia iba modelando a las reglas de vida que aseguraban el mayor equilibrio para la convivencia, seguía siendo el mismo, los peligros de ataques de malones se repetían de vez en cuando. Desde allí, en sus recorridas por los campos cercanos, en las salidas “alardes” (4) para alejar algún peligro, o en las visitas a la ciudad, Rosas iba recogiendo la experiencia de sus observaciones, las observaciones del gaucho, que todo lo aprendía a partir de la experiencia absorbida por medio de la mirada de tales o cuales hechos o prácticas.

Un paréntesis se provoca en 1820, por los hechos que se producen en la ciudad de Buenos Aires según ya vimos someramente, y por el enfrentamiento posterior de la Provincia con las fuerzas de Estanislao López, que lleva a Rosas a tratar el pacto de Benegas, que firmará por Buenos Aires Martín Rodríguez. Esto obliga a Rosas y su gente a una vida volcada a lo militar, que lo aparta de sus prácticas gauchescas solo en las tareas y en forma parcial en la vestimenta. Su forma de vida en esencia, la de toda su vida hasta entonces, solo que ahora alejado de las prácticas regulares rurales, porque tampoco el ejército podía hacerlo totalmente, ya sea para alimentarse, o para guarecerse de las inclemencias del tiempo.

Pero en 1821, un desacuerdo grave que surge con el gobernador Martín Rodríguez por un malón que sufre la ciudad de Salto, hace que Rosas renuncie a la jefatura de campaña de la Pcia. y se retire a sus establecimientos para atender sus negocios.

La experiencia recogida en este tiempo en que ha intervenido en política, le permite valorar en los años venideros los aciertos y desaciertos administrativos, las medidas económicas y financieras de la Capital que repercuten en el país entero (que llegan a sus oídos, pues conoce apenas el sur de Santa Fe y el este de la actual provincia de La Pampa), las quejas de las provincias en orden a la absorción por el puerto de recursos que podían contribuir a un mayor desahogo económico de ellas, al sector social que se beneficiaba de las prácticas monopólicas porteñas, el predicamento federal y el unitario, el pensamiento de los caudillos, de Dorrego, etc.

En 1825 es encomendado por el gobernador Las Heras integrar una Comisión con el Gral. Juan Lavalle y el ing. Felipe Senillosa, para trazar una nueva frontera con punto de apoyo en el Cabo Corrientes, lo que implica una negociación con los indios, enojados con el gobierno por la expedición punitiva injustamente llevada contra ellos por Martín Rodríguez, que él deberá llevar a buen término, lo que conseguirá en un famoso “parlamento” celebrado en Tandil en ese año.

Más adelante, en 1827, durante el interinato de Vicente López por renuncia de Rivadavia a raíz del tratado con Brasil de Manuel García, es repuesto como jefe de la Campaña de Buenos Aires por el autor del Himno.

Es entonces que en esa función, consolidando el trabajo de amojonamiento realizado por Senillosa y Rosas en el seno de la comisión formada por Las Heras, fundará varios fortines que se convertirán en pueblos con el correr del tiempo: 9 de julio, 25 de Mayo, Junín, Bahía Blanca son, entre otros, esas fundaciones.

En los tristes acontecimientos que se suceden a partir del 1 de diciembre de 1828, en que el gobernador Dorrego fue derrocado, Rosas combate al lado del gobernador depuesto en Navarro, a pesar de la falta de convicción de Juan Manuel de poseer fuerzas aptas para enfrentar las veteranas al mando de Lavalle. Luego tratará de convencer al gobernador de reunirse con López en Santa Fe, pero éste insiste en procurar reunirse con tropas del ejército, que la espera adictas a la legalidad. Por ello caerá prisionero de los tenientes coroneles Escribano y Acha, oficiales a las órdenes de Pacheco, que se habían sublevado a este general.

Consecuentemente, Rosas, investido por Estanislao López como jefe del ejército que intentará recuperar la provincia de Buenos Aires de las manos unitarias, después de derrotar a Lavalle en Puente de Márquez. Lo logrará hacia fines de 1829, y los inspiradores del asesinato del coronel Manuel Dorrego, fusilado en Navarro el 13 de diciembre de 1828, se retiran de la ciudad de Buenos Aires y se refugian en Montevideo, constituyendo el embrión de la Comisión Argentina, que hostilizará el gobierno argentino desde la ciudad oriental del Río de la Plata, en los años siguientes hasta 1852, y acentuaran su hostilidad a partir de 1835 hasta conseguir en 1852 el derrocamiento del gobierno partidario del federalismo.


La experiencia adquirida

Lo que decimos a continuación, en parte está inferido de los actos los pensamientos conocidos, la acción pública y las actitudes de Juan Manuel de Rosas.

El cúmulo de la experiencia de vida, lo dio, a fines de 1827, su prolongado contacto con el sector rural, el gaucho y el indio por un lado, el estanciero y el tenedor (5) de la tierra por el otro. Digamos que nuestro gaucho infantil, joven después, hombre más tarde, ha madurado su vida sin cambiar su hábitat, su cultura.

Ha tenido una experiencia militar sin tener una escuela que lo profesionalizara en la táctica y la estrategia (en realidad son muchos los que no hicieron escuela militar por la época).

Ha iniciado una organización productiva que se va integrando en forma sucesiva y coloca su principal establecimiento, “Los Cerrillos”, en la cúspide de la perfección de su época en la explotación agropecuaria. Este último aspecto se debe a su inteligencia sobresaliente, a su fortaleza y a su tenacidad. Es, sin duda, el “primun inter pares” de los gauchos. En ese estado de situación personal lo encuentra cuando renuncia Rivadavia, Vicente López asume interinamente la falsa Presidencia de la República, institución que disuelve, convocando a elecciones de Gobernador para Buenos Aires, que determina el advenimiento de Dorrego.

La caída de Rivadavia va a traerle la restitución de la autoridad formalmente investida de jefe de la campaña bonaerense, uniendo la realidad de su autoridad real sobre la sociedad rural de la Provincia, con la de la investidura. Además de profundizar su prestigio, y de acrecentar su experiencia militar, ya que en la práctica lo colocaba en posición de jefe de todas las milicias provinciales, posición que se extendía al ejército asentado en el territorio de la provincia. Prueba de ello lo será la construcción de los Fortines, Fuertes y Guardias, luego poblaciones, que hemos enunciado más arriba, construidos con intervención del ejército de la época, cuya institucionalización estaba aún en forma embrionaria, a pesar de su creación en mayo de 1810. Rosas ha conocido en profundidad, la mentalidad de la gente de su estrato social, es decir de la clase principal, que se bifurca entre la burguesía enriquecida por la especulación comercial, y la aristocracia de sangre a la que pertenecía naturalmente, pero que ostentaba con la simpleza propia de los grandes, sin entrar en el “amiguismo” y la complicidad, manteniendo su jerarquía de jefe, no por su clase, sino por su autoridad intrínseca que mostraba su humanidad. No era postura ni investidura formal, era la encarnación misma de la rectitud y la hombría, era el dominio del superior moral sobre el más débil, el que buscaba cobijarse bajo esa fortaleza. Todo lo contrario, del que se encontraba en su posición acomodada por la tenencia de riquezas, o del perteneciente al sector de abolengo, que hacía de su posición social, materia de superioridad humana sobre otros individuos.

Lo primero, se manifestaba en su espíritu gaucho que inundaba toda su personalidad.


El gaucho y la lucha por la libertad 

El instinto gaucho hizo de este tipo humano un personaje aferrado al terruño, a las tradiciones, a las costumbres y prácticas lugareñas, a una forma de vida adaptada a su medio geográfico, climático, etnológico, folklórico y biosíquico (estrictamente este último término engloba a los otros, total o parcialmente, pero siendo poco usual su utilización, preferimos incluirlo.) Rosas, culturalmente, ha absorbido lo que el instinto gaucho hizo en su medio, lo ha comprendido después de asumirlo como propio. El querer popular por Dorrego, que es el mismo que sienten por él, debió operar como refuerzo de su conducta protectora de esas mesnadas de fieles dispuestos a dar su vida por el jefe político, y por el patrón severo y jefe de las fuerzas del orden que integraban. Haya sido así, o por los distintos caminos que identificaron a Dorrego y Rosas políticamente, (desde mucho atrás de este momento entre fines del 27 y transcurso del 28), con tan distintas personalidades, suscitaban la misma devoción por su comportamiento social y patriótico. Porque el federalismo de ambos era el sentimiento gaucho de la Patria, y el gaucho era la Patria encarnada en los hombres que por ella luchaban.

Cuando la conspiración criminal derroca a Dorrego, Rosas ya conoce a los unitarios y a quienes colocándose en el extremo de la cosmovisión europeísta de éstos, llegan al extremo de pretender la eliminación de los dirigentes federales (las cabezas de la Hidra, según la conocida figura usada por Salvador María del Carril).

Esto lleva a Rosas a constituirse en el jefe militar de la Confederación en la provincia de Buenos Aires (ya era llamada así, la unión política de provincias que reconocía en Estanislao López su conductor, que delega en Rosas el mando del ejército para sofocar a Lavalle). En menos de un año, sin lucha después de la batalla de Puente de Márquez, Rosas doblega a los unitarios (Lavalle, jefe militar y gobernador de facto, busca la paz con Rosas en un memorable encuentro en el campamento del Restaurador).

¿Qué ha empleado Rosas, sino la astucia? Encerró la fuerza unitaria en la ciudad, y la obligó a permanecer inactiva, hasta que los políticos perdieran la paciencia, y creyendo que tenían una situación favorable, hicieron practicar violencia en una elección convenida entre el jefe unitario y el jefe federal. Astucia de quien conoce el oponente, y tiene una superioridad arraigada en la voluntad de sus seguidores.

Comprendiendo que el país no estaba maduro en ese momento para celebrar una compleja ley organizadora de la vida nacional, instruye a los representantes de Buenos Aires en la Liga Litoral, para lograr un acuerdo de unión de las provincias, que plasmara formalmente la unión de hecho que había predominado desde 1820. El 4 de enero de 1831 se firma el Pacto Federal por las provincias de la Liga, que en el término de poco más de un año logra ser suscripto por las restantes existentes en la Argentina de entonces. Nace la Confederación. Veintiún años había esperado el país para tener una ley suprema aceptada por las provincias, y esto se concreta finalmente, por obra de las provincias federales del Litoral. Por obra de un gobernante con pensamiento gaucho, que comprende que la evolución que ha visto en la naturaleza, el crecimiento paulatino de sus criaturas, las transformaciones del suelo según las circunstancias climáticas, era la ley que debía primar en la transformación de la ruda sociedad, en otra, era la maduración que debía generar las instituciones republicanas que el país necesitaba, conservando su Independencia, su “Imperium” sobre lo propio, sea esto territorio, río, lengua, cultura, religión, costumbres.

Había nacido gaucho, en el seno de la aristocrática familia Ortiz de Rozas, se había criado gaucho —lo dijimos anteriormente— había evolucionado gaucho, y moriría como gaucho en tierra extranjera, demostrando sus dotes personales más extendidas que las del gaucho —especialmente las intelectuales— pero más extendidas, más profundas, más omnicomprensivas, que cualquier otro hombre de su época en la Argentina, y posiblemente en América del Sur.


Notas

1) Es pertinente recordar que la negativa documentada por el profesor “Celesia” sobre esta última actuación, fue rebatida por el Dr. Alberto Gonzalez Arzac en 2006, por el simple expediente de ampliar la imagen de la documentación consultada por aquel, comprobándose que el profesor leyó un término corregido en el documento, cuyo significado denotaba ausencia, cuando en realidad decía lo contrario. Celesia careció de la tecnología que en cambio sí dispuso González Arzac para interpretar correctamente lo que estaba escrito. Ver Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 66, págs. 8 a 25, cuyo autor es mencionado más arriba.

2) El tipo rubio, hombre o mujer, ejercía particular atracción en el medio social gaucho eindígena y ello se manifestaba en una suerte de subordinación psicológica de estos elementos humanos al que poseía esas características, salvo cuando era contrariado en sus intereses, creencias o amores, en cuyo caso solía adquirir un odio extremo.

3) Esta observación debe tomarse como una ley general, proviene en este caso de relatos de cronistas del pasado que se refieren a los tipos humanos de esta parte de América, a ciertas costumbres que deformaban particularmente la cabeza, descriptas por dichos cronistas, a las que se refiere José Hernández en su Martin Fierro, y que seguramente provocaban deformaciones en el rostro. A ello hay que sumarle las características propias de la raza amarilla que originó el mal llamado indio americano, y la etnia propia de las pampas de la Argentina, del Uruguay, del Paraguay y del este de la Patagonia. En menor medida, alguna mezcla con Ranquel (sur de San Luis) y con nativos del norte de Santa Fe, Córdoba y Mendoza, se entiende, siempre en la región “gaucha”. Esta imagen, predominante entre los pueblos cazadores y recolectores de esta región de las estancias, estaba más o menos conforme con sus expresiones culturales, religiosas, morales y políticas. Los primeros gauchos (gauderios) provenían seguramente del primer tipo de mestizaje, y sus costumbres, ampliamente difundidas por Azara, tenían mucho de la vertiente india. El contacto de este elemento con la sociedad en los pueblos y ciudades, donde tomó contacto con otras formas culturales y fundamentalmente religiosas, fue transformando paulatinamente sus costumbres.

4) La doctrina de defensa española, practicada en la Reconquista de la Península frente a los moros había ya establecido entonces (siglo X) el “alarde”, que consistía en salir al campo con armas y bagajes, con el objeto de practicar maniobras de combate. Una segunda finalidad era la disuasiva, el enemigo podía ver el número de combatientes que debía enfrentar, las armas que poseían, etc., solía ser suficiente para postergar un combate. En esos tiempos, época de murallas fortalecidas, este segundo aspecto solía dar resultado, porque la movilidad de los contendientes era limitada. La costumbre militar pasó a América, y se empleaba en la Argentina en las fronteras internas para enfrentar a los indios, cuando éstos merodeaban un fortín o una población. Desapareció en el primer cuarto del siglo XIX, porque los indios preferían el ataque sorpresivo. El alarde dio origen al vocablo más moderno que se refiere a una persona que hace ostentación de su peligrosidad, cierta o simulada.

5) El estanciero era un propietario por ser beneficiado por una “Merced de Estancia” en la época en que reinaban los reyes de España. Después de Mayo de 1810, el Estado encontró en las tierras públicas una fuente de recursos con los que sufragar los gastos corrientes, y los requerimientos económicos de la guerra por la independencia. La tierra se vendió hasta que las exigencias hipotecarias a favor de la Banca Baring, (o sus representantes) obligaron a mantener la tierra pública en manos del gobierno de la Provincia de Buenos Aires, y promover la entrega en concesión: Esto fue la Ley de Enfiteusis. Hacia 1830 había en la Provincia tres tipos de propietarios, los antiguos beneficiarios de Mercedes de Estancia, los compradores de tierras después de 1810, y los enfiteutas que habían adquirido una concesión por veinte años (ese lapso establecía la ley) a partir de 1825/26. La tierra tenía escasísimo valor, y el estanciero no se diferenciaba en su vida y confort del que tenía el gaucho. Como el peón, debía trabajar a la par de él, solo lo distinguía la calidad de jefe y del dominio de las rudimentarias técnicas sobre los animales, bovinos, equinos y ovinos. Esta situación comienza a cambiar a partir de la explotación de la salazón de carnes hacia 1815, para los campos más cercanos de Buenos Aires y Atalaya (cerca de Magdalena), donde se establece un puerto para embarcar dichas carnes y otros subproductos. Muchos años después y más allá de la mitad del siglo XIX, un importante saladero se estableció en el Tuyu, haciendo que su puerto (actual Gral. Lavalle) fuera el segundo del país en tonelaje embarcado.

El simple tenedor de la tierra, era aquel que por los mismos métodos de obtención de los tres expuestos más arriba, tenía dominio sobre tal o cual predio, pero no ejercía ninguna tarea sobre él. Generalmente vendía el permiso de “vaquería” que podía ejercer sobre cualquier animal que se encontrara dentro de la propiedad, que como no tenía límites precisos, tal permiso de accionar contra “mostrencos”, muchas veces caía sobre territorio que pertenecía a otro.

Mientras el primero era un productor primario y rudimentario, el segundo era un simple especulador, mentalidad que lo asemejaba en mucho, a la burguesía que se había formado a partir de la riqueza brindada por el comercio, en gran medida ilegal (contrabando) o inmoral (tráfico de esclavos), que en el siglo XVIII ocupaba el centro de la ciudad, de donde había desalojado a los descendientes de los fundadores, que debieron mudarse a las antiguas propiedades de tierras otorgadas por los fundadores fuera del ejido urbano.

Bibliografía: 

“Rosas en el destierro”, Antonio Dellepiane. Bs. As. 1936. Talleres Gráficos Argentinos.

“Vida de Don Juan Manuel de Rosas”, Manuel Gálvez. 3ra. edición. Editorial Tor. 

“Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, Carlos Ibarguren. Roldán editor. 

“Rosas”, Antonio Dellepiane. Santiago Rueda Editor. Avellaneda. 1950.