martes, 10 de mayo de 2022

La Independencia nacional

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 
En diciembre de 2017 la Junta de Estudios Históricos del Partido de General San Martín, editó una revista, en la cual encontramos este interesante artículo sobre la declaración de la Independencia. 





Un particular significado del Bicentenario

Por Horacio E. Morales 

(Vicepresidente 2° de la Junta de Estudios Históricos del Partido de General San Martín)

Congreso de Tucumán
No es el objetivo de estas líneas el efectuar un raconto histórico de estos episodios. Sí es el deseo el recordar a los argentinos de hoy, sometidos a un duro bombardeo que tiende a proclamar la necesidad, más ficticia que real, de consumir tal o cual producto y que pretende dejar fuera de lugar a quien ose expresar algún sentimiento patriótico, como si fuera cosa del pasado y sin lugar para nuestro tiempo.

La Patria es un sentimiento que para nada es cosa del pasado. El amor a la Patria es la única y permanente defensa para nuestra paz y nuestro progreso, por lo que debemos recoger el mensaje de la historia de aquellos días y tenerlo siempre presente.

Año a año pareciera ir desdibujándose la recordación del aniversario de la Declaración de la Independencia Nacional, la cual se llevó a cabo en un lejano 9 de julio de 1816. Y sin embargo son tantas y tan poderosas las lecciones que brinda, que deberíamos continuar iluminándonos de ese episodio vital de nuestra historia.

En momentos de la vida nacional en que parecieran prevalecer los individualismos y la pérdida de solidaridad, podríamos encontrar en esas páginas un ejemplo luminoso que imitar, porque los protagonistas de aquel hecho no fueron superhombres, sino que eran hombres, con sus más y sus menos. Algunos de ellos tenían sus cuerpos enfermos, pero en todos ellos alumbraba con enorme fuerza la llama sagrada de la decisión de dar lo mejor de ellos mismos por lograr una Patria libre y soberana.

La Nación que se estaba gestando, se encontraba aislada por los sucesivos triunfos de las armas del Rey, que uno a uno habían sofocado los movimientos patriotas en Chile, Bolivia y aún más al norte.

No es exagerado decir que había un cerco en torno a esta Argentina que nacía. Y cabe insistir en que tan humanos eran aquellos hombres y mujeres, que puede decirse que padecían las mismas debilidades y pasiones comunes a nosotros, pero ellos no sólo declararon su amor a la naciente Patria, sino que subordinaron a ella sus bienes y apetencias materiales y arriesgaron y dieron la vida por ella.

El alumbramiento del nuevo Estado tuvo doctores, frailes y soldados, los protagonistas tradicionales de la nueva historia nacional.

Los peligros de la decisión eran grandes, y seguramente hubiera hecho retroceder a espíritus menos valerosos.

Reunidos en Tucumán, acometieron la magna tarea. Sin embargo, aún entre estos espíritus decididos y reunidos en la común identificación por la libertad, había algunos que dudaban sobre si era o no el momento oportuno para declarar formalmente la Independencia Nacional.

La audacia de convocar al Congreso de Tucumán, a no mucha distancia del poderoso Ejército Realista del Alto Perú, vencedor no hacía demasiado tiempo en Sipe-Sipe, era un desafío y un grito de pelea.

Entre los reunidos congresales y los cañones y bayonetas del Rey, se alzaba un doble obstáculo. La heroica provincia de Salta con el paisanaje alzado en armas y decidido a morir por la libertad de su tierra, bajo el mando del estoico Güemes, contra los que se estrelló una y otra vez el Ejército del Rey. Esto lo advirtió un coronel realista, que a la cabeza de sus tropas se aproximaba a un rancho lleno de miseria, de donde salió al galope tendido y montando en pelo, un niño, que sin duda llevaba el alerta a las fuerzas patriotas sobre la cercanía de los españoles, lo que los obligó a decir: “A este pueblo no lo conquistaremos jamás”.

Como efectivamente así ocurrió. Y detrás del gauchaje estaban los sufridos veteranos del Ejército del Norte, bajo el comando de un abogado devenido en soldado, que es quizás la figura más noble y de sentimientos más profundos que haya participado en nuestra Guerra de la Independencia: el General Manuel Belgrano.

La otra frontera amenazada era el oeste, que tras la grave derrota chilena en Rancagua, dejaba a San Martín en Cuyo en la soledad de alto riesgo, en plena preparación de su fuerza expedicionaria para intentar la hazaña de cruzar los Andes y llevar la guerra al Perú una vez liberado Chile.

Las aguas del Rio de la Plata quedaron ya en manos argentinas, tras la gran victoria de El Buceo lograda por el Almirante Guillermo Brown.

Y finalmente estaba la conducción política de Juan Martín de Pueyrredón, que con notable y pocas veces vista percepción del problema como un todo, adoptó decisiones políticas que sellaron el mejor destino de generaciones argentinas por venir.

Ese era el “cuadrilátero” que servía de marco al Congreso que se reunió en San Miguel de Tucumán y llegó a decidir la Independencia. Ese era el marco referencial que sirvió para aventar las dudas de algunos congresales, sobre el tiempo y oportunidad para dar carácter formal y jurídico a lo que de hecho se había producido en el país a partir de mayo de 1810.

Todos coincidían en la necesidad de dar el gran paso que complementara la emancipación proclamada el 25 de mayo de 1810, pero algunos de ellos dudaban de la oportunidad y no estaban definidos en cuanto a la forma de gobierno a adoptar.

Es el momento en que Fernando VII tras recuperar el trono de España es apoyado por la Europa que emerge de la derrota napoleónica.

La pequeña ciudad de Tucumán, el escenario del glorioso hecho de armas de Belgrano, se hallaba convulsionada por ese Congreso que tardaba en declarar la Independencia.

Belgrano había vuelto de Europa tras su misión diplomática con Rivadavia y fue requerido por los congresales el 6 de julio de 1816, en sesión secreta, para escuchar su asesoramiento y consejo, nadie más indicado para darlo que el hombre que había formado la generación de mayo y que por su cultura, experiencia y amor a la Patria tenía sobrados títulos para ser reconocido como Padre de la Patria junto a San Martín, quien pidió en primer término, la declaración de la Independencia, tratando luego la forma de gobierno.

Ya en su informe al Director Supremo del 3 de febrero de 1816 sobre su misión a Europa, conocido por los congresales, dice Belgrano, que en Europa gana terreno el monarquismo constitucional y se rechaza por inestable el furor republicano.

Belgrano en su misión en Europa, junto con Rivadavia y Sarratea, abogó por la creación de un reino que comprendería las Provincias Unidas del Río de la Plata, Perú y Chile, y a su regreso a Buenos Aires sostuvo la instauración de una monarquía incaica, con el coronamiento de un rey de esa dinastía, idea que ya había sostenido el caraqueño Francisco Miranda.

Consideraba Belgrano que la monarquía constitucional podía ser bien vista por la Santa Alianza, caso contrario, la misma, que era una alianza de reyes podría volcarse en apoyo de Fernando VII pues si bien podían aceptar nuestra independencia, nos combatirían por liberales y republicanos, por la inestabilidad que asignaban a este tipo de gobierno.

El sentimiento monárquico había ganado muchos adeptos y de él participaba también San Martín, Pueyrredón, Rivadavia, Alvear y Sarratea, entre otros.

Tenían presentes estos hombres los conceptos de Montesquieu quien escribió: “Roma estaba hecha para engrandecer sus leyes que eran admirables para tal objeto. Así es que bajo cualquier régimen de gobierno, bajo el poder de los reyes, bajo los aristócratas o la democracia, nunca cejó en sus empresas, a prueba de constancia, y venció”.

Dice Belgrano apoyándose en esas palabras, que: “... nosotros debíamos transformar la legislación, vencer en la lucha de la independencia, buscar la paz interior y entonces engrandecernos por el camino del progreso económico y cultural”.

Belgrano teme que los conflictos profundamente arraigados en nuestro pueblo y los localismos amenacen la estabilidad de una autoridad republicana ejercida periódicamente por distintos hombres que se van renovando en el mando, lo que podría dar paso a levantamientos regionales de caudillos lugareños que podrían conducir al separatismo o la anarquía.

A Belgrano no se le pueden negar sentimientos republicanos por el hecho de propiciar una monarquía en ese momento, ni mucho menos su espíritu democrático, que se asentaba en los tres poderes.

Alberdi nos dice al respecto: “La idea de un gobierno independiente emanado del principio de la soberanía nacional y personificado en una dinastía americana, por adopción o por nacimiento, era la idea de Belgrano, San Martín, Alvear, Pueyrredón, Monteagudo, Posadas y de otros, fue profesado por Belgrano con franqueza y perseverancia, como medio eficaz de hacer triunfar la revolución y su gran meta que era la independencia”.

Pero la candidatura del vástago de los incas produjo mal efecto, especialmente entre los diputados de Buenos Aires.

Así las cosas, llegamos al 9 de julio en que prevalece el verbo encendido de Fray Justo Santa María de Oro dominando la Asamblea.

En el norte, en los Estados Unidos de América, tuvieron similares dudas, a tal punto que en la Asamblea Constituyente, la votación fue pareja, entre republicanos y monárquicos, ganando los primeros por un voto, pero ambos bandos tenían el mismo candidato para la primera magistratura que era Washington.

¿Tenía razón Belgrano y los que comulgaban con su idea monarquista?; no lo podemos decir, pues el devenir de los tiempos no contempla el resultado de las alternativas. Lo cierto es que la América Española se sumió en luchas intestinas que la desangraron, confirmando los temores de Belgrano, quien murió en medio de los enfrentamientos exclamando “Ay Patria Mia”.

Pero lo cierto es que nuestra Patria, ese día, 9 de julio de 1816, proclamó virilmente su independencia y escogió el curso de acción que con mayores o menores dificultades nos condujo a esta Argentina de hoy que siguiendo los derroteros de la historia, nos va permitiendo paulatinamente alcanzar nuestro destino de grandeza, con el que los hombres de 1816 soñaron con fe y esperanza en las generaciones futuras.

Al celebrar los doscientos años de la formal declaración de nuestra Independencia Nacional, realizada en un tiempo por demás azaroso, recordemos que el espíritu de sacrificio y de solidaridad no era sólo para aquellos tiempos, sino para todos los tiempos. Nuestro homenaje pues a esos varones que fijaron los cimientos de nuestra Patria y sometieron a prueba el temple de los argentinos.