miércoles, 20 de septiembre de 2023

Revolución Francesa

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Con motivo del Bicentenario de la Revolución Francesa en 1989 se publicaron en el diario La Prensa diversos artículos relativos a ese tema, el que a continuación publicamos, si bien no tenemos registro el día exacto de su edición pero estimasmos que lo fue en agosto de 1989. 

La Revolución Francesa y el sentido común
por Patricio H. Randle 

Excesos en la Revolución Francesa




No hace falta ser muy versado en historia, ni siquiera ser un avezado revisionista para tener dudas en adherirse a los homenajes en curso a la Revolución Francesa. Basta con haber conservado el sentido común.
En primer lugar, resulta bastante lógico tener reservas frente a cualquier revolución. Las revoluciones —no los alzamientos o la desobediencia civil por causa justa— implican siempre un voluntarista trastoque del orden sin la menor consideración por lo que se pierde con él. Revolución y subversión son sinónimos. Y ambas participan tanto de la malsana intención de torcer los cursos naturales como la de entregarse a ensueños que nunca llegan y dejan el tendal por el camino.
Precisamente, el tendal dé muertos fue fenomenal durante la Revolución Francesa y no podría haber sido de otro modo por más que algunos espíritus excesivamente sutiles se empeñen en discernir entre unos principios luminosos y unas aplicaciones sanguinarias. Pero por muy impresionante que sea la anécdota de crueldad de 1789, no debería hacernos olvidar de que de ningún modo fue su nota peculiar. Toda revolución profunda entraña inevitablemente violencia y sangre para imponer un supuesto nuevo orden producto artificial de algunas mentes calenturientas o bien de algunas inteligencias frías e inhumanas.
Por eso tal vez sea que, en el fondo, ninguna revolución haya triunfado verdaderamente. Se habrá impuesto, pero jamás ha logrado la conversión de los espíritus, esa metanoia que no se verifica a nivel social —como pretenden los revolucionarios— sino estrictamente en el fuero íntimo de las personas. Lo que en todo caso logran algunas revoluciones es difundir una ideología, esto es, un esquema cerrado y rígido de ideas que funciona con la precisión de un mecanismo en la medida que se aparta de la realidad y arrastra afuera de ella a quien se entrega dócilmente a sus especulaciones simplistas.

El triunfo del ideologismo
En el caso de la Revolución Francesa habría que decir que lo que verdaderamente triunfó fue —genéricamente— el ideologismo; una especie intelectual jamás conocida antes por nuestra civilización. Y a partir de ella ha venido haciendo estragos durante dos siglos en Europa y su periferia cultural y política. Los ideólogos dela Revolución Francesa fueron los primeros en reelaborar esquemáticamente, en forma escrita, una serie de valores que integran la tradición de Occidente desde su raíz greco-latina. Verdaderamente no descubrieron nada. Sólo redactaron fórmulas. Hicieron un culto de la letra y, desgraciadamente, indujeron a que se pensase que eran los autores del espíritu. En realidad no inventaron nada; como que después del Decálogo es imposible que exista norma moral que no esté implícita o explícitamente en él, a menos que se la dicte desacralizando al hombre.
Por eso, una de las características de la ideología es su laicismo. Por su propia razón de ser rechaza toda trascendencia de la cual somos tan sólo partícipes. Las ideas, conforme a su soberbia, serían el producto supremo de los hombres y con ellas solas se podría construir un mundo mejor. ¡Craso error! Como si las ideas solas tuviesen un valor comparable a los universales; como si el mundo hubiera marchado desde la Creación al ritmo de ideas y no de significaciones.
La revolución, como el “cambio”, padecen de un defecto común. El de creer que por la mera acción de invertir el orden de las cosas o por la sencilla vía de hacer algo radicalmente diferente a lo anterior aparecerá un nuevo orden mejor. Igualmente padecen de la miopía según la cual para cambiar algo hay que cambiarlo todo, aun corriendo el riesgo de por mejorar algunas cosas empeoren otras.
Pero el error principal sigue siendo el de pretender cambiar al hombre desde lo social, desde las estructuras, desde la cultura manipulada a gusto. Por eso es esencialmente laicista. Para la revolución no existe la interioridad del hombre. Y por eso son sus más eficaces detractores quienes la reivindican. Los “filósofos” inspiradores de 1789 son los grandes responsables de este atropello al espíritu y de sus consecuencias prácticas. De allí que exista una relación directa y necesaria entre la Constitución Civil del Clero y los mártires que murieron en nombre de la Libertad.

El pueblo se hizo mito en 1789
Para legitimar las revoluciones siempre se ha apelado a su popularidad. Es una manera de respaldar la fuerza suprema de lo social cuya culminación desemboca en la peligrosa abstracción absoluta de la soberanía popular. Mucho más peligrosa que la creencia en el poder divino de los reyes que, al menos, era un condicionamiento: el de ser meros ejecutores de la voluntad divina; no sus autores, como con mala fe se ha sostenido. En el primer caso, la soberanía popular puede entender de todo (hasta de la misma existencia de Dios, como fue en ocasión de una sesión parlamentaria en la República Española), en el segundo, el rey se niega a sí mismo cuando actúa en contradicción con la religión y su moral.
Como quiera que sea, la Revolución Francesa no fue casualmente laicista. Los altares consagrados a la diosa Razón no obedecieron a un pedido ferviente del populacho y la persecución de clérigos (por mucha complicidad que tuviese de algunos ciudadanos resentidos) tuvo un origen ideológico bien neto. De allí que es imposible sostener —como algunos lo hacen— que los principios de la revolución eran buenos pero se tradujeron imperfectamente en los sucesos revolucionarios.
Jamás las revueltas populares son tan espontáneas como para carecer de jefes, o de —como se dice precisamente a partir del auge del ideologismo— de ideas-fuerza; expresión lamentable en tanto y en cuanto sería admitir que unas meras ideas pudieran justificar acciones humanas que vulneran la libertad, la dignidad y el respeto de hombres semejantes. ¡Y todo en nombre de derechos inalienables!
Toda revolución es, por naturaleza, inestable y por eso mismo no puede librarse de la amenaza interna de una revolución posterior más virulenta. Esto sucedió en 1792 con los jacobinos y en 1918 en Rusia con los bolcheviques. Si fuera verdad que esas revoluciones fueron hechas contra el despotismo, pronto se vio que terminaron imponiendo un nuevo despotismo de peor laya e intensidad.
Poca duda debe caber de que de nada vale alterar el orden intempestivamente. La continuidad social es un valor irreemplazable y sólo el pensamiento artificial de los ideólogos puede haber dado lugar al mito de que el enunciado de derechos abstractos o de constituciones escritas a priori y sin base empírica alguna sirve de algo en la práctica.
Pero, insistimos, no es verdad que la Revolución Francesa haya sido de sana inspiración y que sólo una banda de forajidos la hayan desvirtuado. Este pensamiento se está haciendo lugar común en ocasión del bicentenario y se corre el riesgo de que muchos caigan en el engaño. No; mucho más grave que la carnicería que desató (¡han habido tantas en la historia!), es el haber desatado el Prometeo de la ideología, el cual, de paso, ha provocado muchas otras revoluciones como la de la Comuna, la comunista, la de Mao Tse-Tung, la de Ho-Chi-Min, la de Fidel Castro, la de Ortega y numerosos émulos africanos. Porque cuando se mata en nombre de ideas —y no simplemente por pasiones— se está haciendo un sistema del asesinato colectivo y, para peor, disfrazándolo de altos principios.

Sangre y frivolidad
Sólo un ideologismo deliberadamente estratégico o una frivolidad sin nombre pueden haberse sumado alegremente a la conmemoración a-critica de este bien llamado “Bisangtenaire” (por lo de “sang” que supone) de la Revolución Francesa. Una cosa es ser un enamorado de Francia, de su cultura y de su tradición, de su moda y hasta de su genio culinario y otro no distinguir entre estas inocentes aficiones y la perniciosa voluntad de hacer de la revolución un paradigma; cuando en la vida política de las naciones lo deseable es lo contrario: su continuidad natural, su evolución gradual.
Claro que para aceptar esto hay que estar convencido previamente de que es inútil confiar en el cambio de las estructuras o de que de nada sirve si no se modifican las costumbres en el hombre. Porque las instituciones no nacen de principios abstractos sino de hábitos consuetudinarios; sin los cuales de nada sirve el enunciado de los más altos ideales,
De allí que resulte una inaceptable contradicción, como se ha hecho en ocasión de este aniversario, afirmar que paradójicamente, sobre un crimen comenzó una nueva era de la libertad. Más allá de que huele a una cínica “boutade” volteriana muy francesa pero muy despiadada (como son todos los panegíricos prorevolucionarios), resulta indemostrable en los hechos. Ciertamente lo de “nueva era”, tan fácil de decir, no se corresponde institucionalmente con los eventos que experimentó Francia a partir de 1789: primero terror, después imperio (autoritario), de nuevo monarquía y república alternativamente hasta rehacer su integridad nacional maltrecha gracias a la aceptación de un arbitrario como el general De Gaulle, que redactó a su gusto la Constitución de la V° República. ¡Que no se diga que la Revolución Francesa inauguró ninguna era porque para ello debería de haber habido una estabilidad que, obviamente, faltó!
Pero hay más. Y es que los resabios del ideologismo parecen haber contagiado a quienes no quisieran ser tildados de tales. Porque resulta inaudito hablar de una nueva era que habría esclarecido la moral pública. ¿Se puede honestamente pensar que en dos mil años de Europa cristiana, de pronto, un día a fines del siglo XVIII se descubrieron nuevos valores personales, sociales o políticas que no estuvieran ya vivos en los dieciocho siglos anteriores?
 Hay que tener un concepto muy estrecho de la libertad para convencerse de que un acontecimiento absolutamente contingente como la Revolución Francesa pueda haberlo enriquecido un ápice siquiera. Lo que hizo, en todo caso, fue elevarla a la categoría de abstracción, de semidiosa (subordinada a la diosa Razón), desde cuyo altar se la ha utilizado con la mayor discrecionalidad en los casos concretos (¡cuántos crímenes no se cometieron en tu nombre!)
Las libertades específicas, consagradas por la tradición greco-romana y enriquecidas por el soplo cristiano, no ganaron nada con esta explosión que en nombre dela razón hizo trizas con todos los demás valores del hombre. Por lo cual pareciera que se necesita ser demasiado “racionalista” para rendir tributo a 1789 y a todas sus secuelas revolucionarias. Porque, si como dijera Chesterton, el loco es aquel que ha perdido todo menos la razón, aplaudir todo aquello hoy tiene mucho de acto demencial. Sin contar que algunos la divinizan.
En cuanto a la Igualdad y a la Fraternidad, no resulta necesario distinguir la enorme cuota de error y de utopía que su proclamación ha difundido. Aquí, como en todo lo relativo a la Revolución Francesa, entonces como ahora, parece haberse perdido el sentido común.

NOTA BENE: En todo esto hay una moraleja para los argentinos contemporáneos que acaban de sufrir casi seis años de gobierno jacobino. Es verdad que casi no hubo sangre y eso es consuelo para muchos que no penetran el fondo de la política. Pero hubo una carga ideológica abrumadora; tal vez mayor que la de la Revolución Francesa si pensamos en el poder arrasador de los modernos medios de comunicación masiva en manos de un Estado abusivo.
Conforme a ello, la mentalidad del hombre-masa argentino (que no son pocos) fue despegada de la realidad y modelada de acuerdo a prejuicios ideológicos mediante los cuales la guerra de las Malvinas fue trasformada en algo infamante, la insurrección marxista fue condonada con el pretexto de haber sido reprimida violentamente y la política cultural entregada a una deliberada apertura para la disolución del alma nacional.
Después de esta experiencia, realmente cuesta poco darse cuenta de la perniciosa fuerza de una política subordinada a una ideología que, entre otras cosas (y por lo mismo), impidió que el gobierno viera que la realidad —especialmente la económica— era distinta de lo que sus ideas fijas habían concebido. Pero la gente lo vio y no voy a decir que por eso perdieron las elecciones (factor meramente cuantitativo) sino que muchísimos que votaron a Alfonsín en 1983 votaron en su contra este año. Y ahora, libres de esta pesada carga mental, están redescubriendo la realidad argentina tal cual es y ha sido siempre. No como la hubiera querido cambiar el artificial doctor Alfonsín, el presidente que no pudo concluir su mandato.

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