lunes, 1 de marzo de 2010

Opiniones - Félix Luna

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pags. 4 y 5 

Opiniones, Félix Luna


Félix Luna, recientemente fallecido -5 de noviembre ppdo.-, había nacido en Buenos Aires el 30 de setiembre de 1925. En su época de estudiante en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, fue dirigente de la Juventud Radical, enfrentándose al primer gobierno peronista. Por su militancia política, estuvo preso en la cárcel de Olmos durante tres meses. Se recibió de abogado en 1951, ejerciendo la profesión durante poco tiempo. En el gobierno del Dr. Arturo Frondizi, a quién definió como “el político mas completo de su época, un hombre brillante”, se desempeñó como consejero en las embajadas argentinas en Suiza y luego en Uruguay. Después del derrocamiento de Frondizi, comenzó a trabajar como editorialista en el diario Clarín y posteriormente en el suplemento de Cultura.

En el año 1967, fundó la revista “Todo es Historia”, de la cual fue su Director y Editor, habiendo cumplido ya esa revista los 42 años de ininterrumpida publicación, con más de 500 ediciones. La revista estuvo abierta a la colaboración de historiadores de prestigio de todas las tendencias historiográficas (liberales, revisionistas, marxistas, etc.).

La pasión de Luna fue la historia, escribió numerosas obras: Los Caudillos, El 45, Soy Roca, Breve historia de los argentinos, entre muchas otras. También realizó un ciclo televisivo sobre la historia nacional. En 1986, fue designado Secretario de Cultura de la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y diez años después fue designado Ciudadano Ilustre de esa Ciudad. A través de toda su vida recibió innumerables premios y distinciones nacionales y extranjeras. Con el fallecimiento de Félix Luna, nuestro país ha perdido un destacado historiador.

Todo es Historia N° 1


Félix Luna eligió la imagen de Juan Manuel de Rosas, para ilustrar las tapas del número de prueba (Nº 0) y el Nº 1 (Mayo de 1967) de “Todo es Historia”. La elección de esa tapa era demostrativo del interés que despertaba esa imagen en los compradores de la revista y la importancia que le daba Luna al Restaurador en la historia nacional.

Dirá Luna en el Nº 2 de su revista, al comentar las repercursiones ocasionadas por la tapa del número inicial:

“HEMOS RECIBIDO muchas expresiones amistosas con motivo de la aparición del N° 1 de TODO ES HISTORIA…También hemos recibido críticas. La mayoría se refería a la tapa del número inicial.

–Por qué Rosas? – nos han dicho muchos amigos. ¿Por qué iniciar la publicación de una revista tan objetiva, tan ajena a banderías políticas o historiográficas, con la imagen de un personaje que todavía suscita polémicas agrias?

–Por eso mismo…–contestamos ahora–. Porque era necesario romper los tabúes de nuestra historia. En la “Intención” publicada en el Nº 1 dijimos que trabajaríamos sin tener en cuenta tabúes, temas vedados e prejuicios. Poner a Rosas en la cubierta era afirmar, sin jactancia pero sin cobardía, la urgente necesidad de no hacer de la historia argentina un campo de batalla ideológica. Rosas es un personaje de nuestro pasado, digno, como cualquier otro de su nivel, de señalarse en lo que tenga de interesante: un personaje que protagonizó un cuarto de siglo pleno de acontecimientos fundamentales, al que debe tratarse desapasionadamente, con objetividad, sin exaltaciones absurdas ni detracciones anacrónicas, tomándole como lo que fue, es decir, como una figura llena de interés en muchas de sus facetas públicas y privadas. Pero nada más. Ni nada menos…

El público así lo entendió, dando a nuestra revista una acogida excepcional. Nadie puede pretender que los compradores que agotaron lo edición de TODO ES HISTORIA en su primer número eran todos rosistas… Simplemente es gente que se interesa por nuestra historia. Una historia de la que Rosas es parte insoslayable. Este hecho es, en realidad, una manifestación de madurez popular. Revela que el público lector ha superado los enfrentamientos suscitados en el plano de la interpretación historiográfica en torno o algunos personajes o algunos hechos del pasado. Los argentinos quieren conocer su historia como una forma de conocer mejor a su país…

Nosotros nos alegramos de habernos arriesgado con esa tapa “escandalosa”. Porque nos ha permitido tener lo certeza de que la Argentina lectora ha dejado de manejarse con prejuicios. Y donde no hay prejuicios es más fácil que se detecte la verdad, esa verdad que nos haré libres…”

Si bien Luna no fue rosista y fue crítico a la actuación del Gobernador de Buenos Aires, reconoció a este como gran defensor de la independencia nacional y como forjador de la unidad nacional en la Confederación Argentina.

He aquí su opinión sobre Rosas, publicada en “Mayoría” el 20 de noviembre de 1974, bajo el título “La victoria de Rosas”:

“Por fin, terminó la lucha. Una lucha que, como todas las que se llevan con pasión, derivó a veces en exageraciones y malas mañas o permitió que algunos se enancaran en ella para promover sus propios intereses. Pero al fin terminó. Fue muy prolongada y hubo en su parábola etapas muy diferentes.

Empezó hace casi un siglo con Adolfo Saldías, que era liberal hasta los tuétanos y participaba en todos los cargos que los hombres de su generación habían lanzado contra Rosas; pero que creía de estricta justicia reconocer los grandes servicios que el Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina había prestado a su país cuando enfrentó las agresiones extranjeras, preservó la unidad nacional y dio contenido a la conciencia americanista que había despertado junto a la Patria vieja. Saldías fue anatematizado, por su atrevimiento: había osado poner en cuestión la tradición antirrosista que –como dijera Avellaneda al asumir la presidencia en 1874– era la única que reputaban legítima los hombres que gobernaron después de Pavón. El anatema que cayó sobre Saldías detuvo durante tres décadas el movimiento de revisión de la figura y la trayectoria de Rosas: impuso un terrorismo intelectual sobre la generación de nuevos historiadores que empezó a gravitar después del Centenario –Levene, Molinari, Ravignani– y obligó al movimiento oblicuo que realizaron algunos investigadores del interior dando nueva luz a los caudillos locales que con diferentes matices, habían compartido el ideario federal y participado igual que Rosas de la virtud popular de su jefatura.

Pero ni aquella detención temporal ni estos operativos de distracción local (también útiles a la larga) podían evitar el redimensionamiento de la figura histórica de Rosas. Ello estaba impuesto por la lógica, la sana curiosidad histórica, la creciente madurez del público argentino, al que ya no podían satisfacer los estereotipos de las versiones clásicas, la “fidelidad a los viejos odios” que señalara Mitre. Y mediando la década del 30 empezó a cohesionarse el movimiento revisionista con un sentido de dinámica ofensiva contra los dictados de la historia académica. Originariamente nacionalista en su vertiente ideológica, el revisionismo incluyó progresivamente a expresiones de diferente signo y de la primitiva reivindicación a Rosas amplió sus objetivos a una reelaboración de todo el pasado argentino.

Han pasado más de tres décadas, desde entonces, y puede afirmarse que el saldo del revisionismo es enormemente positivo. Revalorizó el documento como fuente de la historia, derribó los mitos y tabúes de la historiografía clásica, adoptó una actitud fresca y desprejuiciada frente a tantos lauros impolutos y glorias inmarcesibles. Pero también cayó a veces en sus propios prejuicios y por momentos fueron demasiado copiosos sus débitos políticos. Sin embargo, repito, el saldo es positivo. Lo demuestra la generalizada conciencia asumida frente a Rosas y su significación, que acaba de ser consagrada legislativamente por la representación nacional. (N. del D.: Luna se refiere a la sanción de la ley  20.769/74 que dispuso la repatriación de los restos de Rosas).

Y aquí termina la lucha. De ahora en adelante, Rosas está en igualdad de condiciones con los otros personajes que pueblan los territorios de nuestra historia, ya no pesan sobre él leyes infamantes ni prejuicios escolares. Ya no es un proscripto histórico. Ahora puede defenderse solo, sin necesidad de ayudas. Recuerdo un drama de Valle Inclán: en un momento dado uno de los personajes arranca la lanza con que una imagen de San Jorge tiene al diablo a mal traer

–Para qué haces eso?– le preguntan.

–Para que peleen parejos…

Ahora Rosas puede pelear parejo. Ahí está su ingente documentación, ahí están los centenares de libros y millares de trabajos que se han escrito sobre él en una o otra actitud. Ahí está la ley que ordena la repatriación de sus restos. Está parejo para la pelea. Recuerdo que en mayo de 1967 apareció el primer número de la revista “Todo es Historia”. Su tapa traía la imagen de Rosas en una reproducción de la magnífica litografía de Julien. Fue un escándalo y hubo auténticos indicios de que podría clausurarse la publicación por haber osado presentarse con el personaje maldito de la historia... Todo eso ha pasado ahora al granero de las cosas viejas.

            Debo decirlo: yo no soy un rosista muy fervoroso. Hay demasiadas cosas del Restaurador que no me gustan. Creo que su política no dio salidas al interior, me parece que fue inútilmente represivo en muchos momentos, cayó en un peligroso anacronismo ideológico en no pocas ocasiones y sobre todo, no le perdono la anquilosis de su régimen en los últimos años, que imposibilitó la institucionalización que el país le reclamaba, inutilizó los esfuerzos del viejo partido Federal y puso la organización nacional en manos que no eran las mejores. Debo decir también que, a mi juicio, la memoria póstuma de Rosas no fue perjudicada tanto por los antirrosistas, como por muchos rosistas que mezclaron la historia con la política: a veces con la peor política.

Pero estas objeciones y reticencias pierden significación ante las contribuciones de don Juan Manuel a la formación de la Argentina como nación. Hay una única y decisiva pregunta que debe formularse respecto de los protagonistas mayores de la historia: qué dejaron al país?

Mucho fue lo que dejó Rosas. La noción de una nacionalidad que estaba casi desvanecida y que después de su capitanía quedó irrevocablemente afirmada. La fortaleza de espíritu para resistir –entonces y siempre– la agresión de las grandes potencias de la Tierra. La conciencia de una solidaridad que vincula a las provincias fundadoras, ricas o pobres, litorales o interiores, en torno de un objetivo nacional común. Lo tradición hispano-criolla revalorizada a través del reconocimiento de una realidad de la que  nunca se avergonzó como lo hicieron sus opositores. Y hasta me atrevería a agregar el colorido y la plasticidad de su época, que imprimió por primera vez un estilo característico a estas tierras nuestras, tan desabridas y despersonalizadas hasta entonces.

Estas son las justificaciones de su victoria final y lo que motiva nuestro apoyo al acto de justicia que acaba de sancionarse. De ahora en más, el debate sobre Rosas seguirá porque es figura conflictiva y de vigencia permanente. Pero seguirá en distintas condiciones y todo será más esclarecedor.