lunes, 1 de junio de 2009

Un brazo vigoroso

    Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 11 - Junio 2009 - Pags. 1 a 4 

UN BRAZO VIGOROSO

                                                                            Por Norberto J. Chiviló

José Francisco de San Martín. Óleo, c. 1825
Fran
çois Joseph Navez. Museo Histórico Nacional


    Después de producida la conferencia o entrevista de Guayaquil –actual Ecuador– (26 y 27 de julio de 1822) entre los Libertadores, Simón Bolívar y José de San Martín, y debido a desavenencias entre estos dos personajes, acerca de la forma de terminar la campaña libertadora de la América Hispana, este último decide dejar el camino libre a Bolívar para que la concluya. Al regresar San Martín al Perú, encuentra la ciudad de Lima (20 de agosto de 1822) convulsionada y en estado de revolución y a su ejército debilitado y con disensiones internas. Resuelto a dejar en manos de los peruanos sus propios destinos por considerar que su misión en el Perú había terminado, convoca a un Congreso General, ante el cual renuncia y entrega las insignias de mando como “Protector del Perú” y se embarca hacia Chile. Arriba a Valparaíso, de allí se traslada a Santiago y después de cruzar por última vez la cordillera de los Andes, llega a Mendoza el 4 de febrero de 1823, instalándose en su chacra, permaneciendo en ella casi durante diez meses. En el ínterin recibe carta desde Buenos Aires de su joven y enferma esposa, Remedios de Escalada, a quien no veía hacía ya mas de cuatro años, requiriendo su presencia. La situación política de Buenos Aires y las intrigas que se tejen a su alrededor por el gobierno porteño de Rivadavia, poniéndole espías, dificultan su regreso.

    Años después en carta que envía a O’Higgins desde Bruselas el 20 de octubre de 1827, le expresará las intrigas que se tejieron a su alrededor y que le llevaron a emigrar:

Remedios Escalada de San Martín.
Miniatura sobre marfil de Carlos Durand

“…Confinado en mi hacienda de Mendoza, y sin más relaciones que con algunos de sus vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías; mi correspondencia era abierta con grosería; los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc., etc., en fin, yo ví claramente me era imposible vivir tranquilo en mi patria ínterin la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fue la que me decidió a pasar a Europa”. Las mismas expresiones las manifiesta también en carta a su amigo Tomás Guido el 6 de abril de 1829: “…que en el año 23 cuando por ceder a las instancias de mi mujer de venir a darle el ultimo adiós, resolví en mayo venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el camino para prenderme como un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración…”

Remedios fallecerá -3 de agosto de 1823- sin poder ver a su esposo.

En octubre, llega a Mendoza un enviado del caudillo federal Estanislao López, con una carta dirigida al Libertador, haciéndole saber que en Buenos Aires, se lo estaba esperando para juzgarlo: “Sé de una manera positiva por mis agentes en Buenos Aires –le dice López– que a la llegada de V.E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno por un consejo de guerra de oficiales, por haber desobedecido sus órdenes de 1817 y 1820, realizando en cambio, las gloriosas campañas de Chile y el Perú.

“Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de gratitud, mía y del pueblo que presido, por haberse negado V.E. tan patrióticamente en 1820 a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V.E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V.E. en El Desmochado, para llevarlo en triunfo hasta la Plaza de la Victoria.

“Si V.E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos hasta Montevideo”.

El encono de los hombres del partido unitario que gobernaban en Buenos Aires hacia San Martín, tuvo su origen en la negativa del héroe de inmiscuirse con su ejército de los Andes en las luchas civiles que enfrentaron ese gobierno con los caudillos federales en 1817 y 1820, San Martín, no quiso abandonar la empresa libertadora y marchar con su ejército a Buenos Aires, para sostener al gobierno y combatir a los caudillos, lo cual hubiera dado por tierra con la empresa emancipadora que San Martín estaba gestando ya en 1817 preparando en Mendoza su ejército para cruzar a Chile y posteriormente en 1820, cuando se encontraba en Lima, se negó nuevamente a regresar con el ejército con la misma finalidad. La historia, debemos decirlo, le dio la razón a San Martín.

No obstante las mencionadas advertencias que le hizo López, el Libertador, partió de Mendoza a fines de noviembre y llegó a Buenos Aires a principios de 1824, donde solo encontró ingratitud y desconsideración, ante lo cual decidió partir al exilio a Europa, con su pequeña hija Mercedes Tomasa, radicándose en Bruselas. No obstante, siempre tuvo la intención de volver a “…América para concluir mis días en mi chacra y separado de todo cargo público, y si es posible, de la sociedad de los hombres” según le manifestó en una carta a su amigo O’Higgins.

Debido a las penurias económicas que sufrió en Europa y con su deseo de regresar a su patria para “vivir tranquilo y morir en paz” se embarcó a fines de noviembre de 1828 en el paquebote (paquete o paquebote: buque a vapor, mercante, que lleva correspondencia pública y pasajeros) inglés Countess of Chichester.

Cuando el barco recala por algunas horas en Río de Janeiro para descargar mercaderías y pasajeros, San Martín se entera por los periódicos que el 1º de diciembre se había producido en Buenos Aires el motín unitario, iniciado por un ex subordinado suyo, el Gral. Juan Lavalle, que había derrocado al legítimo gobernador de la provincia, Manuel Dorrego.

Días después el navío llega a balizas del puerto de Montevideo y allí se entera del infeliz desenlace de la situación, con el fusilamiento de Dorrego en el pueblo de Navarro. Todo ello entristece a San Martín, ya que víctima y victimario fueron sus camaradas de armas en la lucha emancipadora, y también por la situación tan grave por la que atravesaba nuestro país y siempre él contrario al desorden, el caos y la anarquía.

Cuando el vapor recala en Buenos Aires, la prensa porteña publica conceptos agraviantes hacia su persona, por lo que nuestro héroe decide no desembarcar e ir a la otra orilla del Plata y radicarse momentáneamente en Montevideo.

Así, el mismo día que llega a Buenos Aires, en una carta que dirigió al Ministro Secretario General de la Provincia de Buenos Aires, Don José Miguel Díaz Vélez, acompañada de otra pidiendo pasaporte para Montevideo, le dice: “A los cinco años justos de separación del país, he regresado a él con el firme plan de concluir mis días en el retiro de una vida privada; mas para esto contaba con la tranquilidad completa, que me suponía debía gozar nuestro país, pues sin este requisito sabía muy bien que todo hombre que ha figurado en la revolución, no podría prometérsela, por estricta que sea la neutralidad que quiera seguir en el choque de las opiniones. Así es que en vista del estado en que se encuentra nuestro país, y por otra parte, no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos en cuestión, he resuelto para conseguir este objeto pasar a Montevideo, desde cuyo punto dirigiré mis votos por el pronto restablecimiento de la concordia…”

En conversación con Manuel Olazábal, quien lo fue a visitar al buque, San Martín le dijo: “Yo supe en Río de Janeiro la revolución encabezada por Lavalle; en Montevideo el fusilamiento del coronel Dorrego; entonces me decidí a venir hasta balizas, permanecer en el Paquete y no desembarcar, haciendo desde aquí algunos asuntos que tenía que arreglar y regresar a Europa. Mi sable… no… ¡jamás se desenvainará en guerras civiles!”.

Pocos días mas tarde -13 de febrero- San Martín, desembarca en Montevideo, donde es recibido cálidamente -lo contrario de lo ocurrido en Buenos Aires- donde permanecerá poco menos de tres meses ya que el 6 de mayo se embarca nuevamente para Europa, para no regresar más en vida a su querida América.

Bernado O'Higgins

Lavalle, sintiendo ya que su empresa declinaba ante la acometida de Estanislao López y Rosas, como una tabla de salvación, tentó al General, a quien consideró que con su solo prestigio podía salvar la revolución decembrista por ser el único capaz de imponer orden, y así a principios de abril mandó a dos comisionados a entrevistarlo a Montevideo. El mismo San Martín, en una carta que le remitió a O’Higgins desde Montevideo del 13 de abril de 1829, le cuenta que es lo que le propusieron: “El objeto de Lavalle era el que yo me encargase del mando del ejército y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir, por mi parte y la de los demás gobernadores, a los autores del movimiento del 1° de Diciembre; pero usted conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones, era absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos. Por otra parte, los autores del movimiento del 1° son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este país, sino al resto de la América, con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”. 

El ofrecimiento que implicaba asumir la dictadura total y una mano fuerte para terminar con  la situación caótica, no fue aceptado por San Martín. En contestación a Lavalle, que hizo llegar por los mismos comisionados le dijo: “…por mi parte, siento decir a usted que los medios que me han propuesto no me parece tendrán las consecuencias que usted se propone para terminar los males que afligen a nuestra patria desgraciada… en la situación en que usted se halla, una sola víctima que puede economizar a su país, le servirá de un consuelo inalterable, sea cual fuere el resultado de la contienda en que se halla usted empeñado, porque esa satisfacción no depende de los demás, sino de uno mismo”.

Evidentemente, San Martín, no quiso inmiscuirse en las luchas políticas y de guerra civil, ni ser el verdugo de sus conciudadanos. 

¿Pero entonces, cuál era la solución para encarrilar esa situación de anarquía y caos?

Estando todavía en Montevideo, San Martín le envía el 6 de abril una extensa carta a Tomás Guido, en la cual le manifestará: “…Las agitaciones de 19 años de ensayos (1810-1829, agregado mío) en busca de una libertad que no ha existido y más que todo las difíciles circunstancias en que se halla en el día nuestro país, hacen clamar a lo general de los hombres (que ven sus fortunas al borde del precipicio y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre), no por un cambio en los principios que nos rigen (y que en mi opinión es donde está el verdadero mal) sino por un gobierno vigoroso: en una palabra, militar, porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra; igualmente convienen (y en esto todos) en que para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca; al efecto, se trata de buscar un salvador, que reuniendo al prestigio de la victoria, el concepto de las provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan: la opinión presente este candidato, él es el general San Martín. Para establecer esta aserción yo no me fundo en el número de cartas que he recibido de personas de respeto de ésa y otras que en ésta me han hablado sobre este particular; yo apoyo mi opinión sobre las circunstancias del día…”

Tomás Guido (1)

En esa carta se vislumbra cual era la idea de San Martín: la patria necesitaba un gobierno vigoroso y que uno de los dos partidos (Unitario ó Federal) desapareciera de la escena,  en definitiva “se trata de buscar un salvador, que reuniendo al prestigio de la victoria, el concepto de las provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan”.

San Martín, de mente clara y profética, vislumbraba para la Argentina de aquella época, que era imposible la organización sin la existencia de un “brazo vigoroso” y que la única forma de solución era la instauración de una dictadura que “salve a la patria de los males que la amenazan”.

Ese “brazo vigoroso”, no será otro sino Juan Manuel de Rosas, quien después de vencer a Lavalle y restablecer a la antigua Legislatura, será designada por ésta como Gobernador de la provincia de Buenos Aires, a principios de diciembre de 1829.

Juan Manuel de Rosas.
Miniatura de autor desconocido


Enterado San Martín de todo ello y ya residiendo nuevamente en Bruselas, le escribe a Guido el 6 de abril de 1830:

“Aunque no sea fácil juzgar a la distancia; y aunque carezco de un exacto conocimiento del carácter de los hombres más influyentes de Buenos Aires, me atrevo a extender mi juicio (apoyándome solamente en la experiencia de nuestra revolución y en la moral que caracteriza a nuestro bajo pueblo) para opinar que jamás se ha hallado esa provincia en situación más ventajosa para hacer su prosperidad que la presente. Me explicaré en pocas palabras: todos los movimientos acaecidos en Buenos Aires desde el principio de la revolución han sido hechos contando con la dilatada campaña que habría de seguir la impulsión de la Capital, como ha sucedido, hasta la revolución del 1° de Diciembre. La causa de esta ciega obediencia ha sido porque ninguno de los anteriores gobernantes depuestos ha tenido influencia en ella. Más en el día, que se halla a la cabeza del Gobierno un hombre que reúne la opinión de un modo inequívoco ¿quién es el guapo que se atreverá a ponerle el cascabel al gato? Si con esta base se repite otra revolución en Buenos Aires, digo que el Gobernador y sus Ministros no tienen perdón; no crea usted por esto soy de opinión de emplear medios violentos para mantener orden; no mi amigo, estoy muy distante de dar tal consejo. Lo que deseo es que el Gobierno, siguiendo una línea de justicia severa, haga respetar las leyes, como igualmente a sí mismo, de un modo inexorable; sin más que esto, yo estoy seguro que el orden se mantendrá: Yo no conozco al señor Rosas, pero según tengo entendido tiene un carácter firme y buenos deseos; esto basta, pues la falta de experiencia en el mando la adquirirá (que no es mala escuela mandar ese pueblo) bajo la dirección de sus buenos Ministros.”

Meses mas tarde el 1° de Noviembre de 1831, enterado de que Rosas comienza a pacificar el país, vuelve a escribir a su amigo Guido:

“…ha habido almas caritativas que me han puesto al corriente de los acaecimientos. Por ellos puede calcularse que la guerra fratricida que tanto ha deshonrado y destruido esas desgraciadas provincias es concluida…que la Paz sea duradera y larga…”

En otra carta que envía, siempre a Guido, pero esta vez desde  París, el 1° de Febrero de 1834, le dice: “El foco de las revoluciones, no sólo en Buenos Aires, sino de las provincias, ha salido de esa Capital: en ella se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, de los que no viven más que de trastornos, porque no han tenido nada que perder, todo lo esperan ganar en el desorden; porque el lujo excesivo, multiplicando las necesidades, se procura satisfacer sin reparar en los medios; ahí es en donde un gran número quiere vivir del Estado y no trabajar, etc….”

“…¡Libertad! Para que un hombre de honor sea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan, y si existen se hagan ilusorias…¡Libertad! Para que me carguen de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja, por vía de especulación, hacer una revolución y quedar impunes…¡Libertad! Para verme expatriado y sin forma de juicio y tal vez por mera divergencia de opinión. ¡Libertad! para que el dolo y la mala fe encuentren completa impunidad como lo comprueba lo general de las quiebras fraudulentas acaecidas en ésa. Maldita sea esa libertad; no será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporcione. Hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llaman tirano y me proteja contra los bienes que me brinda la actual libertad. Tal vez usted dirá que esta carta está escrita con humor bien soldadesco. Usted admitirá que tengo razón que a los 53 años no puede transigir uno, de buena fe, el que se le quiera dar gato por liebre. No hay una sola vez que escriba sobre nuestro país que no sufra una irritación. Dejemos este asunto y concluyo diciendo que el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cual sean los medios que emplee para ello, es el que merecerá el noble título de su libertador”.

En otra carta al mismo Guido, fechada en Grand Bourg, el 17 de diciembre de 1835, ratifica su complacencia por el gobierno de Rosas al expresarle:

“Hace cerca de dos años escribí a usted que no se encontraba otro arbitrio para cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada tierra, que el establecimiento de un gobierno fuerte, o más claro, Absoluto, que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer. Yo estoy convencido que los hombres, cuando no quieren obedecer a la Ley, no hay otro arbitrio que el de la fuerza, 25 años en busca de una Libertad que no sólo no ha existido, sino que en este largo período la opresión, la inseguridad individual, destrucción de fortunas, desenfreno, venalidad, corrupción y guerra civil, han sido el fruto que la Patria ha recogido después de tantos sacrificios. Ya era tiempo de poner término a males de tal tamaño, y para conseguir tan loable objeto, yo miro como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y estable. Y no dudo que su opinión y la de todos los hombres que amen a su país pensarán como yo.”

Y una última carta de la extensa correspondencia cambiada con su dilecto amigo, enviada desde Grand Bourg, el 26 de octubre de 1836, reafirma:

“Veo con placer la marcha que sigue nuestra Patria: desengañémonos, nuestros países no pueden (a lo menos por muchos años) regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro despóticos...”

La Argentina que encontró Rosas cuando llegó al poder estaba anarquizada y en caos; su dictadura, otorgada por la Legislatura y el pueblo mediante plebiscito, tenía así su justificación y razón de ser. No fue una dictadura para someter al pueblo, sino por el contrario lo fue para terminar con la anarquía y comenzar de una vez por todas con la ansiada organización nacional que el país tanto necesitaba. Rosas fue el “brazo vigoroso” que profetizó el General San Martín.

 

FUENTES: Eros Nicola Siri, “San Martín, los unitarios y federales”; Agustín Pérez Pardella, “José de San Martín. El Libertador cabalga”; Colección Grandes Protagonistas de la Historia Argentina, dirigida por Félix Luna, “José de San Martín”; Patricia Pasquali, “San Martín confidencial”;  Jorge Sulé Tonelli, “La coherencia política de San Martín”.

(1) Durante el gobierno de Rosas, Tomás Guido fué Ministro Plenipotenciario en la Corte del imperio del Brasil.