lunes, 1 de junio de 2009

Opiniones - Carlos Sánchez Viamonte

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 11 - Junio 2009 - Pag. 5  

OPINIONES

Carlos Sánchez Viamonte
Carlos Sánchez Viamonte, nació en La Plata en 1892 y falleció a los 80 años en Buenos Aires en el año 1972. Siendo muy joven -1914- se recibió de abogado y ya en 1923 fue profesor universitario en la Universidad de La Plata; en 1956, fue designado titular de la cátedra de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Fue un destacado jurista, especialmente en Derecho Constitucional. Comenzó a militar en el Partido Socialista a partir de 1931, siendo elegido diputado provincial y nacional. Escribió muchas obras, la mayoría jurídicas, como “Derecho Político” (1925), “Tratado sobre el «habeas corpus»” (1927), “El último caudillo” (1930), “Manual de Derecho Constitucional” (1934), “Vísperas del 4 de junio” (1943), “Manual de derecho político” (1960), “Juicio de Amparo” (1963), “Teoría del Estado” (1968), entre otras. Fue un escritor contrario al rosismo.

En el año 1930, Sánchez Viamonte escribió el prólogo del libro de Alfredo Fernández García “La leyenda de Rosas”, parte de cuyo texto se transcribe a continuación.

 

Puede decirse, usando una expresión un tanto atrevida, que la dictadura de Rosas produjo un fenómeno de “democratización antirrepublicana” si se admite para “democracia” la acepción simplista del concepto opuesto a “aristocracia”; en efecto: la dictadura abolió prácticamente la división en clases propia de la colonia, cosa que no había podido hacer la Revolución de Mayo repentinamente y que no habían podido conseguir los pocos hombres de doctrina que actuaron hasta entonces.

La inversión de valores sociales que implica el gobierno de Rosas es una consecuencia del predominio rural y del alzamiento, fomentado por él, del bajo fondo popular urbano. Como siempre, el autócrata es resistido por la “élite” aristocrática o plutocrática, y su triunfo se debe al apoyo de la masa popular cuyo mandato implícito consiste en la nivelación de las clases destruyendo los más arraigados privilegios.

Mas el Problema histórico no está ahí. La voluntad social que se impuso usando como instrumento la dictadura no puede contemplarse únicamente en sus aspectos formales, a través de aquel entronizamiento de la chusma rural y urbana que tanta repugnancia causó a nuestros abuelos, y hoy sería ridículo todo remilgo aristocrático si se quisiera convertirlo en lente de nuestro juicio.

Aún hay más. Rosas quebró y anuló la actitud reservada y despectiva de Buenos Aires hacia el resto del país, que tantas suspicacias y enconos había provocado. De todos los porteños, Rosas fue el menos porteñista. Su hondo sentido de la vida rural le aproximaba a los caudillos de las provincias y le permitía entenderse con ellos de igual a igual, hablando su mismo lenguaje y concertando su acción, si Federal como tendencia política, unitaria desde un punto de vista estrictamente nacional.

Esto, en cuanto al problema interno. En lo exterior, la misión de la dictadura adquiere mucho mayor relieve todavía. La gente culta de la ciudad -lo mismo en Buenos Aires que en Montevideo- obligada a escoger entre la chusma criolla y el europeo inglés o francés, no vacilaba, no podía vacilar. Prefría el dominio extranjero, y si por ella hubiera sido, aún se hallarían las escuadras imperialistas ocupando el estuario.

Además no se le puede imputar al Dictador la supresión de una libertad que no existía en aquel caos, como lo declara San Martín 1829, y sorprenden las palabras que acompañan esa declaración, porque contienen el diagnóstico y el propósito de aquel estado político-social.

Y aquí podemos volver sobre la diferencia entre el ideal y el arquetipo. San Martín representa el ideal con su virtud de hombre que renuncia al poder por escrúpulos de conciencia. Rosas es el arquetipo que asume el poder con o sin escrúpulos, pero, en todo caso, venciéndolos.

Fernández García tiene razón, Rosas no es un monstruo. Colocado en su sitio y visto de tamaño natural es el hombre que el país necesitaba y vino a cumplir la profecía de San Martín. Restauró las leyes y estableció el orden (sus leyes y su orden por supuesto). Obra de buen burgués la suya, carece de heroísmo, de inquietudes ideológicas y de exaltaciones sentimentales.

En definitiva: un Sancho que se vió obligado a no doblar la vara de su justicia por el peso de la misericordia, pero que tampoco la dobló por el peso de la dádiva extranjera.