miércoles, 29 de marzo de 2023

Los bóers y la Argentina - Omar López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


Encontramos un artículo muy interesante publicado en la columna Umbrales del Tiempo del diario La Prensa del 5 de octubre de 2008 sobre los campos del concentración instalados por los ingleses en sudáfrica en la guerra contra los bóeres y el afincamiento de un grupo de ellos en nuestra Patagonia.
Si bien en el artículo se hace referencia a los "Bóers", la designación correcta sería "Bóeres".

Los bóers y la Argentina
por Omar López Mato

Los primeros campos de concentración no salieron de la imaginación mefistofélica de Hitler, ni del espíritu perverso de los nipones, sino de los flemáticos británicos, que han cometido algunos de los desmanes más notorios de la historia (las divisiones étnicas en África o el conflicto israelita-palestino, entre muchos otros) con la habilidad de saber retirarse con altiva indiferencia y cara de ‘yo no fui’. Este ‘invento britanico’ estaba destinado a los rebeldes bóers que se resistían a la invasión inglesa de Sudáfrica. Ya los bóers habían herido el orgullo británico dándoles una paliza en la batalla de Colenso (el 15 de diciembre de 1899). Un grupo de tropas irregulares, tan sólo munidas de sus Mauser, y algo de ingenio, habían desairado a las tropas profesionales del Imperio. A las derrotas en el campo de batalla debemos agregarles los golpes de mano de estos guerrilleros de origen holandés, jóvenes granjeros conocedores del terreno, excelentes jinetes y mejores tiradores. Para desalentar esta lucha de partisanos, los ingleses aprehendieron a las esposas e hijos de los bóers y los encerraron en campos rodeados de alambres de púa y custodiados por tropas fuertemente armadas para evitar cualquier intento de rescate. Allí murieron muchos de estos reclusos por mala alimentación y enfermedades, mientras que sus hombres, desalentados, fallecían en los enfrentamientos contra el invasor o se entregaban para unirse a sus familias prisioneras. Un grupo de colonos bóers, cansados de esta guerra, miraron el mapa e imaginaron que del otro lado del Atlántico había tierras como las sudafricanas, y hacia allá fueron, instalándose en Comodoro Rivadavia, donde el rugido del león fue reemplazado por el bramido del puma. Crecieron en una colectividad cerrada; muchos de ellos recién aprendieron a hablar el castellano años más tarde. De su gesta dejaron la carreta patagónica, igual a la que usaron para conquistar el Transvaal, tal como la que se ve a la entrada de Comodoro. 
En el ínterin el el gobierno de esta joya rutilante de la Corona Británica (léase Argentina) le vendió caballos al ejército inglés para continuar su lucha en Sudáfrica, pero en uno de esos alardes de viveza criolla, las partidas fueron tan malas (matungos, les decían) que nuestros pingos se crearon una pésima fama en el mundo. Tuvo que ir don Alfredo Martínez de Hoz a Inglaterra a competir con sus purasangre para recuperar nuestro alicaído prestigio equino.
Han pasado cien años, lo colonos sudafricanos aún desfilan en cada Día del Inmigrante por las calles de Comodoro Rivadavia, tienen un restaurante Rada Tilly, donde pueden degustarse sus exquisiteces, y aún persisten algunos criollos (que nunca aprenden) vendiendo matungos como si se tratase de ganadores del Pellegrini. No aprendemos... ¡Qué le vamos a hacer!