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sábado, 12 de febrero de 2022

San Martín y la educación

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

57

El Tradicional


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En el N° 63 del periódico El Tradicional del mes de enero de 2006 se publicó un artículo de  José A. Gaillardou, que consideramos importante incluirlo en este Blog. 


VOLVER A SAN MARTÍN

por José Adolfo Gaillardou (Presidente de la Asociación Sanmartiniana de Hurlingham)


Leíamos en los diarios capitalinos y como notas de tapa en alguno de ellos, que los estudiantes de las escuelas en la ciudad de La Plata hacían actos de protesta negándose a rendir exámenes y de inmediato la memoria recurrió a la gran preocupación que sobre éste tema le robara horas de descanso a nuestro Libertador el General José de San Martín, ya que los pueblos que su espada había liberado del yugo esclavista que imponían los españoles, tratando con eso de despertar con conocimientos en la mente de los ciudadanos, el derecho que les asistía de conocer sus obligaciones.
Siendo Gobernador Intendente de la Provincia de Cuyo el entonces Coronel Mayor D. José de San Martín, el 17 de octubre de 1815, enterado del poco espíritu o carácter que los señores preceptores ponían ante el alumnado que recién comenzaba a funcionar en algunas escuelas de Mendoza, les envía una nota desde su Campamento del Plumerillo, diciendo; “La educación formó el espíritu de los hombres. La naturaleza misma, el genio, la índole, ceden a la acción fuerte de este admirable resorte de la sociedad. A ello han debido siempre las naciones las varias alternativas de su política. La libertad de los pueblos libres es aún despreciada por los siervos porque no la conocen. Nosotros palpamos con dolor esa verdad. La Independencia de América habría sido obra de momentos si la educación española no hubiera enervado en la mayor parte de nuestro genio. Pero aún hay tiempo. Los pobladores del nuevo mundo son susceptibles de las mejores luces. El destino de preceptor de las primeras letras que Ud. ocupa le obliga íntegramente  a suministrar estas ideas a sus alumnos. Recuerde Ud. que esos tiernos renuevos dirigidos por manos maestras formarán algún día una Nación culta, libre y gloriosa.
El Gobierno le imprime el mayor esmero y vigilancia en inspirarles el patriotismo y virtudes cívicas, haciéndoles entender en lo posible que ya no pertenecen al suelo de una colonia miserable, sino a un Pueblo Libre y Virtuoso.
 A cuyo fin para excitar este espíritu en los niños, cómo en el común de las gentes, cumplirá Ud. exactamente desde la semana actual la superior orden relativa a que todos los jueves se presenten las escuelas en la Plaza Mayor a entonar la Canción Nacional.
                                                José de San Martín”.
(El original de este documento se encuentra en el archivo Histórico de Mendoza, publicado en la revista “San Martín”. Año II, Número 9, Página 40. Buenos Aires, diciembre de 1937).
Es muy poco lo que resta agregar a esta nota, donde vemos que el señor Director de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires quizá ignore la existencia de esta valiosa circular dictada por el mismo San Martín en 1815 y que nos hace ver que por algo es el padre de LA PATRIA. De otro modo le serviría de muy buena herramienta para hacer cambiar de ideas a los alumnos que se niegan rendir exámenes para lograr un día a ser dignos ciudadanos de ésta hermosa Argentina que aún no conocemos en su inmenso capital histórico.

Daniel Zorrilla - Un sospechoso robo en los toldos

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

56

El Tradicional


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En el N° 63 del periódico El Tradicional del mes de enero de 2006 se publicó un artículo del Dr. Daniel C. Zorrilla, sobre un hecho no aclarado en una toldería india.


Un sospechoso robo en los toldos
por el Dr. Daniel Claudio Zorrilla


Cuando esa noche serena de mayo Martín Montenegro resolvió salir, en dudosa compañía, a “divertirse”, no sospechó cuán amargos serían los días venideros, particularmente el siguiente, que lo sorprendió en calidad de detenido en el Hospital de la Fortaleza Argentina reponiéndose de numerosas y, algunas de ellas, graves heridas.
Ocurrió en el mes de mayo de 1848 en las vecindades de la ciudad de Bahía Blanca, con intervención de su Alcaldía de Paz, Sección Primera, en la provincia de Buenos Aires. El entonces juez de Paz y comisario D. José María Hidalgo, solicitaba al comandante del Fuerte Argentino, teniente coronel José Luis Palavicino, la designación de un oficial “...para q’ proceda a las correspondientes diligencias en el esclarecimiento del hecho”. Se trataba de la denuncia formulada el día 2 de mayo en el mismo Fuerte por el capitanejo amigo Ancalao contra el paisano Martín Montenegro, quien fuera sorprendido en el interior de su toldo robándole varias pertenencias (“Unas espuelas grandes de plata, un puñal con bayna y cavo de plata, una daga con su bayna, un poncho inglés, un mandil de algodón y un retaso de lienzo...”). El pedido implicaba la delegación y comisión para instruir el pertinente sumario, “no habiendo en este pueblo un paisano inteligente...” para hacerlo. Es entonces designado “juez fiscal” el teniente coronel D. Juan Francisco Díaz, segundo al mando de la fortaleza, quien solicita inmediatamente informe sobre el estado de Montenegro al médico Sixto Laspiur. Este contesta: “haber curado en el Hospital de la Fortaleza al paisano Martín Montenegro de heridas contusas en la cabeza, una herida de más consideración en la cara, abajo del arco zigomático del lado izquierdo, vertical más profunda en la parte superior en la extensión de una pulgada que interesa la piel, el elevador del labio superior, el buccinador y el ángulo orbicular de los labios, y trozada las arterias labial superior y infraorbitaria. Además otra herida de poca consideración que ha trozado transversalmente la oreja del mismo lado. Todas estas heridas son hechas con instrumentos contundentes, esta circunstancias y la mucha pérdida de sangre lo tiene al herido en un estado delicado, de todo lo cual el que firma pone en su conocimiento a los fines que sean de superior aprobación”.
De inmediato el sumariante convoca y toma declaración al denunciante Ancalao -indio amigo que es de edad “como de 35 años” y habla regularmente el idioma español-, recibiendo sus dichos “bajo promesa de decir verdad por el sol que nos alumbra, a quien adora”. Declara que la noche anterior se encontraba durmiendo en su toldo siendo despertado por unos ruidos. Vio entonces a su mujer que perseguía a un hombre que huía con unas prendas robadas que guardaba en un cajón junto a su cama. Cuando hubo alcanzado al ladrón lo tiró al suelo y “... se le puso en sima, le quitó las prendas robadas tirandolas á un lado incluso el puñal, el facón y las espuelas de plata y agarrando una de dichas espuelas con la mano izquierda le apretó la garganta al ladrón (quien no decía palabra -como para decirla, i.m.-) y con la derecha le pegó con la espuela por la cara y la cabeza en términos que la rompio: que en tanto el ladron se defendia á mordiscones: resultando el declarante con tres mordiscones en su cuerpo: que este caso comenso á llamar a gritos á Fermín, que en inmediatamente llegó hallí así co- mo su muger y varias Chinas y condujeron al ladron al toldo del declarante.” Su declaración fue corroborada por la China Micaela, mujer de Ancalao, y por Fermín (indio fiero y célebre), quienes también juraron por el “sol que nos alumbra” a quien adoran, agregando este último que el capitanejo quería degollar al paisano pero él se opuso y lo llevaron al toldo atándolo a un palo.
Sin embargo, al prestar declaración Montenegro -quien sólo logra hacerlo después de cuatro días, repuesto un poco de sus heridas-, ofrece una distinta versión de los sucesos. El paisano es un mozo de 23 años, ocupado en tareas rurales y presta su juramento haciendo una señal de la Cruz. Dice que la noche del hecho había estado bebiendo y jugando a los naipes en una pulpería donde ganó mucha plata, pero terminó totalmente embriagado no recordando nada más a partir de ese momento, hasta que despertó en el toldo de Ancalao, herido, atado y desnudo. Agrega respecto de la denuncia “que es un falso testimonio que le han levantado, pues á demás que tiene dicho que no tenía conocimiento en dichos toldos no era posible que hubiera acertado tan bien encontrar dichas prendas reunidas robarlas y salir con ellas corriendo, cuando dicen Ancalao lo perseguía: que mas bien el declarante salió robado, pues al otro días se encontró atado, herido y desnudo”. Identifica a sus compañeros de la juerga de esa noche como Juan Peralta e Ignacio Becerra (este último soldado del Regimiento de Dragones), a quienes califica de patibularios arguyendo que deben ser ellos quienes lo robaron llevándolo luego a los toldos, que él no conocía, dejándolo abandonado a merced de los indios quienes lo estropearon. Rubrica su declaración con una cruz por no saber firmar.
Peralta no es encontrado para prestar declaración y Becerra dice que lo llevó a Montenegro a la casa donde el mismo vive, por caridad y para que durmiera la borrachera, yéndose a su vez a seguir juergueando y que no lo encontró al volver porque ya se había ido, justificando la tenencia de una buena suma de dinero en su poder por haberla ganado, a su vez, en el juego luego de dejar a Montenegro. Su declaración es apoyada por la dueña de la casa y por otros soldados (del Regimiento de Blandengues esta vez), que dijeron haber estado con Becerra.
El “juez fiscal comisionado” consideró llegado este punto, estancada la investigación, sin probabilidades de mayor esclarecimiento, elevando lo actuado al Jefe de la Guarnición sentando así su conclusión: “... á juicio del Fiscal se cré no haber habido tal robo, y si que los indios para cubrir la gravedad del delito que habían cometido, han inventado el robo: pues de ningún modo el Acusado pudo haber entrado en un toldo obscuro, robar rapidamente tantas prendas y escapar con ellas sin tener antesedente ni conocimiento alguno en los toldos...”. Seguidamente, el comandante Palavicino elevó un oficio al juez de Paz dictaminando: “El Infrascripto remite a U. La indagación seguida al Paisano Martín Montenegro por la que no resultan pruebas para proceder en juicio contra dicho Paisano, por no haber testigos presenciales; por cuyo motivo el Infrascripto es de opinión que le lebante el Arresto al Paisano Montenegro, y después de sanar de sus dolencias, sea apercibido seriamente para los Subsecivo en andar bagando noturnamente por los Toldos de los indios amigos, por lo que sehá hecho sospechoso y digno de un castigo ejemplar, sin embargo de no habersele podido probar el robo, tampoco se puede decir que no lo ha cometido, por cuando hecha por disculpa la embriaguez”. “Las prendas de su referencias pertenecientes al Capitanejo Amigo Ancalao, le han sido entregadas por el conducto del Sargento Mayor Dn. Francisco Iturra.”. “Dios guarde á V.M.A.”.
Suponemos, porque no consta en las actuaciones que se conservan, que habrá el juez de Paz dictado el pertinente sobreseimiento provisorio de aquel pobre paisano Montenegro que “fue por lana... y salió esquilado”. 

viernes, 11 de febrero de 2022

Hacia un proyecto de Nación - Diego Sarcona

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

55




En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En el N° 63 del periódico El Tradicional del mes de enero de 2006 se publicó el interesante artículo del Dr. Diego I. Sarcona, que ofrecemos a nuestros lectores.

Hacia un proyecto de Nación
por el Dr. Diego Ignacio Sarcona


Francisco Fortuny





Primera Junta por
Francisco Fortuny










Argentina no nació espontáneamente en mayo de 1810 y en el largo camino de construcción de nuestro país se fueron sucediendo con variada suerte, los distintos intentos de erigir una nación. Distintas experiencias que fueron evolucionando a partir de traumáticos ensayos. Es que el gran desafío de la revolución fue el reemplazo de la burocracia colonial por una dirigencia criolla capaz de manejar el aparato estatal e integrar los distintos territorios del ex Virreinato del Río de la Plata. Los reveses, luchas y desencuentros en su transcurso hablan de un proceso en constante evolución que nos hace pensar en la revolución como un proceso y no como un mero “acontecimiento”, estático y recluido temporalmente en la llamada “semana de Mayo”.
La construcción de una nueva nación, aquel reto de los primero revolucionarios demorado por más de medio siglo encontró diversos obstáculos que explicarían el fenómeno. La inestabilidad política y el caos económico de los primeros años. La obstinada negación de la realidad de parte de una dirigencia que entendía que la mejor organización jurídica e institucional era aquella que impostaba formulas traídas de Europa, desconociendo así la realidad socio-económica de nuestro país, la pertinaz insistencia de formulaciones teóricas pensando en el país ideal y no en el país real que tenían ante sus ojos los “doctorcitos de Buenos Aires”, como llamaban despectivamente en el interior a los promotores de este pensamiento. Es por ello que quizá la razón de mayor peso la encontremos en la ríspida relación entre Buenos Aires y el resto del país, la negación del derecho de éstas de participar en la construcción de un gobierno nacional y el desconocimiento de la preexistencia de aquellas frente a una entidad central.
Cronológicamente, la primera experiencia de organizar un gobierno nacional surgió con la Revolución y se extendió por una década. El movimiento revolucionario. -con claros objetivos emancipadores- fue llevado a cabo con exclusividad por Buenos Aires, existiendo en muchos lugares del interior indiferencia y hasta oposición. Por ello, en el seno mismo de la Primera Junta de Gobierno comenzaron las diferencias entre aquellos que querían integrar al interior y aquellos que le negaban participación. Esta exclusividad en el manejo de las decisiones políticas por parte de Buenos Aires -que tenía como claro objetivo preservar los privilegios e intereses de la capital aunque este se disfrazara en la excusa de preservar la revolución- se hizo evidente con el rechazo a las ideas federativas de José Gaspar de Francia en el Paraguay o de José Gervasio Artigas en la Banda Oriental, pensamiento que en ningún caso significaba rechazo a la existencia de un poder central. También serían silenciadas las voces de diputados de las provincias como José García de Cossio, representante de Corrientes o Juan Ignacio Gorriti, diputado de Jujuy, reclamando la participación de las provincias con fundamento en que todos los pueblos debían tener representación en el gobierno. La guerra de la independencia y la necesidad de la defensa de la revolución dilataron y enmascararon un tanto este conflicto volviendo a primer plano luego de la declaración de la Independencia. En aquella ocasión, en momentos de disentir la forma de gobierno, Buenos Aires impuso un marcado centralismo que, entre otras cosas negaba al interior el básico derecho a elegir a sus gobernantes, disposiciones todas plasmadas en la Constitución de 1819, Carta que daba la espalda a una realidad social distinta. La reacción no se hizo esperar y provino del litoral. No sólo se desconoció dicha Carta y con ella la forma de organización nacional que imponía sino que la presión de los caudillos López y Ramírez concluyeron con el enfrentamiento de las fuerzas directoriales (nacionales) y las provincias en la batalla de Cepeda, siendo derrotadas las primeras y con ello la intención de crear una autoridad nacional sobre estas bases.
La segunda, conocida como “la feliz experiencia” comenzó a gestarse a partir del año 20. Disuelta la autoridad del Directorio, las provincias tomaron forma institucional. Algunas de ellas nacieron de la fractura de las antiguas intendencias virreinales y definieron sus imprecisos límites. En algunos casos, bajo la tutela de hombres vehementes y en otros de déspotas y demagogos que utilizaron el apoyo popular para satisfacer sus intereses hegemónicos, organizaron precariamente sus instituciones, algunas dictaron constituciones y otras pretendieron erigirse en estados independientes. Buenos Aires, en una situación de ventaja sobre el resto por su situación geográfica y recursos económicos provenientes de los ingresos de una Aduana cuyas arcas se ensanchaban con el aporte de los excedentes exportables derivados de la ganadería, encaró profundas reformas en materia económica, política, institucional, social y administrativa. El propulsor de estas reformas, Bernardino Rivadavia, encarnaba el ser y sentir de la ciudad porteña, que orgullosa y altanera, vislumbró la posibilidad de retomar bajo su tutela la idea de formar un gobierno nacional. Obligada por los tratados firmados y llamada a un Congreso General en la ciudad de Córdoba para organizar el gobierno central se retiró para propiciar la reunión de uno en Buenos Aires. Comprando voluntades, duplicando el número de los representantes porteños, y a partir de otros ardides el Congreso de 1826 sancionó otra constitución en la que el centralismo se acentuaba aún más. Rivadavia, designado en el ejecutivo con el cargo de Presidente de la Nación llevó adelante una política que mereció el rechazo de las provincias, al igual que la flamante constitución, aspectos que sumados al desastroso manejo diplomático de la victoria en la guerra contra el Brasil, precipitaron su caída y con ella esta segunda oportunidad de organización. Buenos Aires no había aprendido la lección. En la tercera oportunidad, el proyecto de Rosas significó el reconocimiento de las autonomías provinciales. Era un proyecto nacional pero bajo la forma de una federación de Estados o confederación (con la dificultad que implica la utilización de estos equívocos términos) bajo la forma de una unidad de hecho. La Nación allí tenía una presencia difusa que radicaba fundamentalmente en la cesión por parte de las provincias de específicas facultades, principalmente el manejo de las relaciones exteriores.
Este tácito reconocimiento de la existencia de una entidad central -que se tornaba en expreso en las voluntades de los mandatarios provinciales- fue ratificada por la suscripción el Pacto Federal de 1831, a partir del cual en base a una política personalista y firme -con ciertos rasgos de intolerancia en una época marcada por la violencia política- lo convirtió en el líder indiscutido de la Confederación permitiéndole el acceso al poder por segunda vez. Aún con la implacable resistencia en el país y desde el exterior de una férrea oposición que en algunos casos no dudó en utilizar el bajo recurso de traicionar los propios intereses con condicionantes alianzas externas, Rosas unificó el sentimiento de la existencia de la nación aspecto que nadie pudo lograr hasta ese momento, cualidad reconocida -tiempo después, claro está- por parte de sus más remisos enemigos políticos. Esto según las propias palabras de aquellos fue el cimiento fundamental para la organización posterior. Pero este logro resultó a través de la imposición de una política y no de una constitución que pudo haber organizado los poderes de una nación cuya existencia todos reconocían. En efecto Rosas no dictó una Carta Magna ni propició la reunión de un Congreso General para organizar el gobierno de la nación bajo la forma federal como lo establecía el Pacto Federal. Entendía que la situación de precario orden de las provincias no tenía el sustento suficiente para organizar un gobierno nacional a través de una constitución y no lo hizo, explicando su conducta a aquellos que estuvieron dispuestos a requerirlas: Estanislao López y Facundo Quiroga. En la carta a este último derivada de su encuentro en la hacienda de Figueroa expresaba “quién forma un ser viviente y robusto con miembros muertos o dilacerados y enfermos de la más corrupta gangrena, siendo así que la vida y robustez de éste nuevo ser no puede ser sino la que reciba de los propios miembros de que haya de componerse?” Cierto es que la organización nacional hubiera significado en ese caso la nacionalización de la Aduana y de sus recursos quitando así la mayor fuente de ingresos fiscales de la provincia y dejando huérfano la base de dónde provenía gran parte del poder del gobernante porteño. Nunca llegaría la oportunidad para la reunión del Congreso General y en 1852 Rosas sería vencido en Caseros por una alianza entre los gobernadores del Litoral, los unitarios exiliados, Brasil y los intereses extranjeros que siempre estuvieron al asecho.
A partir de allí, y en base a aquella unidad y el deseo intacto -aunque postergado- de organizar la Nación sobre una sólida base se echó mano a un esquema que había madurado con la experiencia -dolorosa casi siempre- de nuestros desencuentros. Una generación de hombres que había proyectado un pensamiento superador de las históricas divergencias entre unitarios y federales salía a la luz como una concepción práctica y realista. Muestro país tenía una realidad política, social y económica que debía ser observada y escrutada a la hora de plasmarla en un texto constitucional. Este pensamiento estuvo en las mentes de Echeverría, Gutiérrez. Alberdi y otros; el provecto de hacerlos ordenados y palpables en un texto estuvo a cargo del último. Así se reconoció la existencia de una doble jurisdicción. Por un lado las provincias en base al reconocimiento de su autonomía y el ejercicio de facultades y prerrogativas exclusivas entre ellas, por supuesto, la de elegir sus autoridades y por otro lado la Nación con una estructura administrativa constituida por tres poderes independientes en su funcionamiento -con un ejecutivo fuerte derivado de la práctica histórica-, recursos y con facultades y atribuciones propias y otras delegadas por las provincias. Todo ello en un equilibrio entre las dos entidades y con mecanismos de control.
Por otro lado la Constitución significó el reconocimiento de gran cantidad de derechos y garantías, el fomento de la inmigración, el desarrollo económico, la libertad religiosa, la forma de elegir a los representantes, etc. Pero Buenos Aires, celosa todavía de sus privilegios, no acudió al Congreso que sancionó la constitución en 1853 en Santa Fe, porque crear una autoridad nacional significaba nacionalizar y compartir los ingresos de la Aduana y contar de esa manera con recursos para crear y mantener esta estructura. Perdería así esta exclusividad y la base de su poder económico -y también político- y sus privilegios. Sumado a ello la libre navegación de los ríos interiores (fundamentalmente el Paraná y el Uruguay) pondrían en riesgo la exclusividad de su puerto y la comercialización de los productos importados. Buenos Aires advirtió las intenciones hegemónicas del gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, de que el Litoral se coloque a la cabeza del proyecto de construir la Nación y no dudó en separarse del resto del país por diez años. Comenzará así una guerra económica (enmascarada en los inverosímiles enfrentamientos armados de Cepeda y Pavón en 1859 y 1861, respectivamente) de la que finalmente saldrá victoriosa demostrando que por su capacidad económica y recursos fiscales era ella -y no un Litoral asfixiado por los inmensos gastos de la empresa-, la única en condiciones de llevar a cabo la organización nacional. Finalmente, ésta será efectuada en función de sus necesidades e intereses y con sus recursos.