domingo, 1 de junio de 2008

El espíritu de verdad...¿lo respetamos?

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 7 - Junio 2008 - Pag. 14 


“Levántate y combate por la verdad, la piedad y la justicia”. Salmo 44.


El espíritu de verdad....¿lo respetamos?

Por el Ing. Alberto Bondesío

 

Cuando los que quieren “arrimarse” a conocer los pormenores de nuestro pasado, el pensamiento y el proceder de sus protagonistas, como así también el contexto en el que se debieron  desenvolver, suelen tropezarse con lo que podríamos definir la “conjura contra la verdad”.

Esta conjura diabólica contra la verdad no arranca, por cierto, de ayer. La perversión de los criterios morales ha desembocado en el recurso sistemático de la estrategia de la mentira.

José Orlandis, un pensador de nuestro tiempo, nos decía que “para amplios sectores de la humanidad, tan celosa de una pretendida autenticidad, la verdad objetiva, el valor verdad, no está de moda”.

El mal que padece el mundo, de siempre, es la falta de verdad, la falsedad.

En tanto, el Papa Juan XXIII nos decía: “la causa y la raíz de todos los males que, por decirlo así, envenenan a los individuos, a los pueblos y a las naciones y perturban las mentes de muchos, es la ignorancia de la verdad. Y no sólo su ignorancia, sino a veces hasta el desprecio y la temeraria aversión a ella. De aquí proceden los errores de todo género, que penetran como peste en lo profundo de las almas y se infiltran en las estructuras sociales, tergiversándolo todo, con peligro de los individuos y de la conciencia humana”.

Sentimos que la falta de veracidad, el empleo frío y premeditado de la mentira, de la falsedad, del engaño, se ha convertido en táctica habitual en la sociedad, de ayer y de hoy.

La “insinceridad”, es causa de disgregación y de decadencia. Esta aparece elevada a la categoría de estrategia, en la que la mentira, la deformación de las palabras y de los hechos, el engaño, se han convertido en clásicas armas ofensivas, que algunos manejan con maestría, orgullosos de su “habilidad”.

Muchos, particularmente los historiadores y políticos, parecieran identificarse con el pensamiento de Voltaire, que en una de sus cartas a M. Thierot, le decía: “La mentira no es un vicio sino cuando causa un mal; es una gran virtud cuando hace el bien...; mentid, amigos míos, mentid!”.

Quizá algunos al leer esas recomendaciones de Voltaire, se espanten ante la idea de suscribirlas, pero...¿no la profesan, acaso, de un modo vergonzante, en el terreno de los hechos, cuando se enfrentan con la concreta realidad de sus actividades profesionales, cuando están en juego sus intereses económicos o cuando les ciega el apasionamiento en la lucha política e ideológica ?.

Conviene aquí decir que la verdad es, según nos la define J. Orlandis, en su acepción  profunda,  “una virtud eminentemente social, en cuanto que es virtud que el hombre debe tanto a Dios como a su prójimo, a los otros hombres que conviven con él y constituyen una misma comunidad. Es por tanto, el único cimiento firme de la unidad entre los hombres”.

Los que desean constituir una sociedad seria, están obligados a observar mutuamente el deber de veracidad. Debe la verdad regir las actuaciones públicas que desarrollen los ciudadanos de una sociedad políticamente organizada.

Así como los gobernantes deben defender el imperio de la verdad en la vida pública, los historiadores deben registrarla y transmitirla con rigor académico

Ambos deben garantizar que esa verdad inspire las instituciones políticas que hayan de informar y servir de cauce a la convivencia nacional. Las instituciones públicas, la Academia de Historia entre ellas, se falsean cuando se las reduce a letra muerta, vaciándolas de contenido.

Es fácil constatar el innato sentimiento de desconfianza que muchas gentes buenas y sencillas suelen sentir hacia la política, los políticos y los historiadores que escriben respondiendo a los intereses o conveniencias de los primeros.

No tenemos que olvidar que el derecho a la verdad es anterior y superior a todo derecho y exigencia. En virtud de este derecho, los ciudadanos debemos aspirar a que quienes intervienen en la vida pública y en la formación académica sean verdaderos en sus actitudes. Nadie tiene el derecho a recurrir a la estrategia de la mentira. Es por ello que afirmamos que sólo una íntegra y clara veracidad garantiza la moralidad en todas las actividades públicas y privadas.

Muchos hombres ni la respetan ni la estiman. La crisis de la verdad acarrea fatales consecuencias a las sociedades.

Testimonio y evidencia, dos criterios de verdad y dos caminos, cada uno con su propio método, para llegar al conocimiento de la realidad.

En ausencia de la verdad, se fraguan rumores y noticias sin fundamento, sobre apariencias e indicios insuficientes, que a veces son el origen de mil falsedades, quizá injuriosas y malévolas. Estas falsedades se extienden por que las difunde por doquier la cadena sin fin de los que repiten como un eco, y muchas veces fantásticamente exagerado, todo cuanto llega a sus oídos, sin preocuparse de comprobar la verdad, o aun siquiera la verosimilitud de aquello que oyeron.

Todo esto tiene especial gravedad cuando se da en personas que tienen a su disposición medios con los que actuar e influir sobre la opinión  pública. Los historiadores entre ellos.

Pensar la verdad es, por tanto, pensar con verdad, rectamente, sin prejuicios ni ánimo de falsear y por cierto con probidad intelectual. Hace falta, por tanto, adquirir la ciencia precisa sobre los hechos históricos que hayan de enjuiciarse, obtener adecuada información y valorarla debidamente.

Los historiadores, entre otros, formadores de la opinión pública, deberían descubrir el valor del silencio cuando por no haber pensado la verdad se encuentran incapacitados moralmente para comunicarla.

Este marco, abarcativo de principios y conceptos, es el que estuvo ausente cuando se empezó a escribir la historia de nuestra Patria y el desempeño de sus protagonistas.

Pedro de Paoli nos decía respecto a los inicios del estudio de los hechos históricos que eran “…tratados empíricamente, desde su importancia como episodios, y dentro de los límites puramente formales y estrechos de la crónica. Jamás se fue al contenido de los hechos históricos, como tampoco se los trató en su conjunto como raíz de un pueblo nuevo y como causas de un acontecer que se proyectaba hacia el futuro obedeciendo al sino de un momento histórico dado, y al que ninguna fuerza era capaz de detener”.

El “revisionismo histórico”, aquel que supo no contaminarse de intereses bastardos que obedecían y obedecen a fines puramente políticos, que supo imprimir en su investigación un férreo espíritu académico tomando distancia de las pasiones y actitudes obsecuentes, es el que al día de hoy nos da luz intensa y profunda sobre nuestro pasado y sobre aquellos hombres que supieron, con sus más y con sus menos, forjar los cimientos de nuestra nacionalidad.

La historia oficial es un mentís a lo que desarrollamos sobre la verdad. Claramente respondió y responde a intereses de familias, de grupos políticos, que no escatimaron esfuerzos para dinamitar todo lo que tuviera que ver con nuestras auténticas tradiciones y porqué no con nuestra religión.

Por cierto que en su tarea no estuvieron solos...contaron con el inestimable apoyo de la Masonería que después de Caseros se enseñoreó en la clase política y dirigente de la época.

Para ilustrar un poco lo que venimos señalando bástenos citar a un ex presidente argentino, Domingo Faustino Sarmiento, quien respecto a su obra “Facundo” al escribirle al Gral. Paz el 22 de Diciembre de 1845 le decía que era una “Obra improvisada, llena por necesidad de inexactitudes, a designio a veces”,...y en otra dirigida a Valentín Alsina del 7 de Abril de 1851 le confesaba que había sido escrita sin “Sin documentos a la mano y ejecutado con propósito de acción inmediata”.

Este argentino, prócer inmaculado de la Historia Oficial tenía un pobre concepto de la “verdad” y del “honor”, quedando ello manifestado claramente en los conceptos vertidos en su carta a M. R. García del 28 de Octubre de 1868: “Si miento lo hago con la naturalidad y la sencillez de la verdad”. ¡Palabra de honor del presidente de los argentinos e historiador nacional!

Valentín Alsina acusaba a Sarmiento de ser propenso a los “sistemas”, o sea preconceptos que como sabemos no son el mejor medio de arribar al conocimiento de la verdad.

Con estos preconceptos, con esos “sistemas” nacieron nuestros libros de historia argentina....en ellos queda en evidencia el objetivo claro de defender a los “padres de la historia” que fueron actores de importancia en algunos trascendentes hechos históricos...

Pero un día sucedió lo inevitable...una generación empezó a “bucear” en los archivos históricos y descubriendo y leyendo documentos históricos empezaron a resquebrajar los blandos cimientos de la monumental mentira que ciertos “señores” habían tejido para engañar a la posteridad.