sábado, 1 de marzo de 2008

Rosas y Thiers

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 6 - Marzo 2008 - Pag. 4 al 7 y 11 a 13 

ROSAS Y THIERS

Rosas

A Rosas no se le ha historiado; se le ha novelado. Y se le ha novelado en folletín.

Después de más de medio siglo de terminado su gobierno, todavía se le juzga como al día de la batalla de Caseros.

Almirante Louis Leblanc
Para los tiranos de América no hay historia. Mientras dominan con la omnipotencia de su fuerza personal, no conocen otro lenguaje que el de la adulación, contrapuesto al de las diatribas de sus enemigos, generalmente publicadas en el extranjero. Y cuando caen, la adulación enmudece, los encomios quedan olvidados, y los enemigos del déspota registran como sentencia histórica la expresión de la venganza.

Por un fenómeno singularísimo, para Rosas no ha habido posteridad, y como queda dicho, la generación que sucedió a la de sus contemporáneos se aferra con obstinación en la condenación formulada por los enemigos de Rosas, obra exclusiva del odio personal, y presencia con atonía tal o cual tentativa aislada de rectificación.

El hecho tiene una explicación. Rosas es un hombre a quien le tocó desempeñar su papel después de un mito y antes de otro. Para que Rosas pueda tener jueces en su patria, es preciso que Rivadavia y Mitre recobren su naturaleza de seres morales y falibles.

Se ha intentado, es verdad, la rehabilitación de Rosas, y entre los libros que a este fin se han destinado, el de Saldías (Rosas y su Epoca) posee un rico fondo de sinceridad y de juicio, pero se le rechaza como apologético.

Mansilla ha pretendido hacer una obra imparcial, y en cierto modo lo consigue pero aparte del tono impertinente, no exento a veces de gracia, aunque más a menudo chabacano, el autor propende a lo anecdótico, y comparte el error común de no ver en Rosas sino el tipo pintoresco.

Otros hombres públicos odiados y maldecidos, han tenido la fortuna de no merecer en tal alto grado la atención preferente de las comadres de ambos sexos, amantes de explicarlo todo por la fístula…

Rosas leyó el Facundo de Sarmiento, y comprendió que allí estaba su reputación histórica. “Esto es lo más hábil que se ha escrito contra mí, dijo, y ya verá usted, señor, como nadie sabe defenderme”. Para borrar el Facundo, sería necesario escribir otro Facundo, y se ha escrito, no uno sino muchos Facundos, pero para corroborar el de Sarmiento ¿Qué es la Amalia de Mármol? ¿Y qué es la Mashorca de Ferry?

Para la memoria de Rosas pasaron los tiempos del romanticismo y de las fábulas anecdóticas recogidas por Sarmiento en Chile; pero vinieron otras modas, y el tirano siguió siendo un tipo interesante ante la curiosidad superficial y malévola.

Lombroso abrió su gabinete antropológico, se popularizaron los cuentos clínicos del Dr. Cabanés, y Rosas fue materia predilecta para los que quisieron divertirse y divertir al público, ya biografiando a Un Calígula del Siglo XIX, ya acumulando datos para concluir que Rosas es un caso de locura moral.

Yo no niego el interés, el encanto y la importancia de estas disquisiciones, y dejo a los competentes la tarea de refutarlas, si lo merecen, como no niego la belleza del Facundo; pero permítaseme recordar por vía de comparación ilustrativa que la historia clínica de los Césares no es la historia de la estupenda organización administrativa del Imperio Romano. Una de dos: o es mentira que de Augusto a Trajano, pasando por Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Galba, Othón, Vitelio, Vespasiano, Tito, Domiciano y Nerva, fueron conquistadas y reducidas a provincias la Galacia, la Panfilia, los Alpes Marítimos, Asturias; la región que se extiende entre los Alpes y el Danubio; la Capadocia y las tierra de la izquierda del Rhin; la Numidia, la Mauritania, la Tracia, la Bretaña y la Dacia; o hay algo más que lujuria, crueldad, pretorianismo y locura en los anales del Imperio. Ahora bien, si lo uno interesa, no deja de interesar lo otro, y más aún la relación entre una y otra serie de hechos.

Es justamente lo que se necesitaría hacer por lo que respecta a Rosas, y no ignorar el aspecto más importante del pasado histórico, o aceptar la curiosa actitud negativa del historiador Varela quien hace un paréntesis de todo lo acontecido desde la caída de los unitarios hasta la batalla de Caseros, declarando que durante la época de Rosas no hubo historia sino una horripilante crónica de sangre y de ignominia.

Justamente lo que convendría averiguar es quién derramó la sangre de que se hace responsable personal a Rosas, y estudiar no solamente la que él derramó, sino la que derramaron sus enemigos.

Y saliendo de la esfera de las violencias, después de explicarlas con un rigor histórico que no se ha empleado, ¿no queda todavía lugar para muchas investigaciones sobre la administración, sobre las relaciones de las provincias, sobre los asuntos exteriores y sobre el adelanto o el retroceso de la cultura social?

Para historiar los tiempos de Rosas, mal conocidos y peor interpretados, harían falta muchas investigaciones globales, emprendidas con serenidad y conducidas con método. …

El autor de estas líneas no tiene la pretensión de hacer un libro completo y definitivo sobre Rosas, y aun hay más: no se lo propone. Trata solamente de un punto especial de la historia argentina, y si ha hablado de las deficiencias en la investigación de muchos de los que han estudiado a Rosas, no es para señalar un avance hacia el perfeccionamiento, sino para indicar la conveniencia de iniciar trabajos de vulgarización que rectifiquen un error muy generalizado.

No se trata de la rehabilitación de Rosas. El autor pretende la rehabilitación de la verdad histórica. En cierto sentido, Rosas le es indiferente, y si lo considera desde un punto de vista más bien simpático, es porque después de estudiar sin perjuicio un aspecto de su gestión pública, lo encuentra dotado de serenidad, juicio, previsión y patriotismo.

Yo no pretendo corregir a otros, sino patentizar que en su conflicto con el extranjero, Rosas se mostró superior a los unitarios y a los discípulos de Echeverría, así en talento, como en serenidad y en rectitud patriótica. Tomada en conjunto, es admirable la obra diplomática de Rosas, y lejos de poderse explicar como resultado de una locura moral, no lo es sino como resultado de cordura y rectitud moral en todo lo que debe constituir el fondo de las preocupaciones de un hombre público.

Debo declarar que no considero a Rosas como un gran estadista. Para serlo le faltaron muchas condiciones. Pero tampoco lo fueron Rivadavia y Mitre. Si a estos dos hombres se les juzga como poseedores de méritos superiores a los que en realidad tuvieron. Rosas resulta necesariamente muy pequeño, y si además, no sólo se atribuye a sus émulos virtudes de que carecieron, sino que a él se le cubre con el fango de la calumnia, es imposible toda ponderación justiciera.

Hecha esta salvedad de que Rosas no fue un gran estadista, creo que fue un organizador más apto que Rivadavia y Mitre. Y creo que después de haber visto mejor que ellos los problemas fundamentales de su patria, porque tenía mayor potencia cerebral, contribuyó en más alto grado a resolverlos.

EL PROBLEMA INTERNACIONAL ARGENTINO EN TIEMPOS DE ROSAS

Rosas tuvo cuestiones internacionales con Bolivia, con el Brasil, con Francia y con Inglaterra.

El conflicto con Bolivia fue uno de tantos casos de fronteras, en el que no estaba empeñado ningún interés vital argentino, y Rosas abandonó todo empeño caprichoso, dejando la resolución a la fuerza espontánea de las cosas. En lo que sí tuvo mucha decisión fue en impedir que el poder personal del general Santa Cruz lograse la desmembración del Perú y constituyese un centro que carente de elementos propios tenía que ser instrumento de las ambiciones europeas y de las del Brasil. Pero el general Santa Cruz fue victoriosamente combatido por Chile y la Argentina en el transcurso de 1838. A principios de 1839, todo peligro había desaparecido, y Rosas dejó el territorio de Tarija en manos de Bolivia, prefiriendo una buena vecindad a un inútil avance de fronteras, en lo que obró muy acertadamente.

El Brasil era antes de Rosas, como lo fue más tarde, el peligro mayor para la República Argentina. Rosas lo vió, cosa que no había hecho Rivadavia y que no hizo Mitre. Rosas combatió el peligro del Brasil, y lo habría conjurado plenamente su victoria contra Urquiza en 1852, pero la derrota de Caseros dejó abierta una vía de penetración en el Río de la Plata, que la despreocupación y la miopía de Mitre pusieron francamente a disposición del Imperio. Rosas no pudo, pues, resolver este problema capital, y su caída fue precisamente un fracaso histórico para la República Argentina. Esta, en efecto había perdido su integridad a consecuencia de las turbulencias posteriores al 25 de Mayo, y la segregación del Paraguay, favorecida por el Brasil, y la independencia del Uruguay, facilitada por la política insensata de los directoriales y rivadavistas, constituía para Brasil otro de los coadyuvantes de una política tradicional que ha consistido en extender sus territorios y darles el río de la Plata como vía de acceso al Océano. Bolívar había visto con su genial penetración que una República Argentina sin el Paraguay, era un absurdo de geografía política, pero Buenos Aires no lo comprendió, y no tuvo política de integración nacional, causa de que después no haya tenido política internacional apropiada, sobre todo durante la presidencia de Mitre. Respecto del Uruguay no había sino una conducta posible: ya que el Uruguay había dejado de ser argentino, era preciso impedir, no como resultado sentimental de una simpatía, sino como exigencia imperativa de la patria, que el Brasil dominase bajo cualquier título o pretexto en la Banda Oriental y que Europa estableciese un protectorado. Ahora bien, justamente a fines de 1837, se propuso Francia dominar en el Río de la Plata, y el Brasil, demasiado débil para estorbarlo, se hizo auxiliar de Francia, aunque intrigando por su parte para recoger en alguna forma los beneficios de la pérdida de la soberanía que implicaba para la República Argentina el establecimiento de una factoría europea en la margen oriental del Río de la Plata…


LAS RECLAMACIONES FRANCESAS

Por la ley del 10 de abril de 1821, los extranjeros con más de dos años de residencia fija en las Provincias del Río de la Plata, y los que sin esta circunstancia fueran propietarios, tenderos, artesanos y profesores en ejercicio, estaban obligados a servir en la guardia nacional.

Thiers
El cónsul general de Francia, marqués de Vins de Paysac, reclamó contra esta ley, alegando que sus disposiciones envolvían el estatuto personal del extranjero, y que era contraria a los principios vigentes en Francia.

El ministro Anchorena contestó a esto en nota del 8 de noviembre de 1830, que el extranjero residente no podía equipararse al transeúnte, pues mientras éste conservaba todos sus derechos propios como extraño al país en que se encontraba de un modo accidental, el residente era miembro de la comunidad cuyo seno había elegido libremente para establecer su domicilio, con el ánimo de no abandonarlo, y que al adquirir por esto ciertas ventajas permanentes y fundamentales, que el Estado bien podía negar si quisiera, como la de poseer bienes raíces, la de ejercer un arte o profesión, la de explotar una industria o la de vivir del comercio, celebraba un contrato por el que se sometía a las condiciones impuestas por el soberano, y que si una de ellas era la de prestar servicios con el carácter de guardia nacional, únicamente para la defensa del orden, el extranjero debía someterse a tal condición, o retirarse del país, o entrar en la categoría de simple transeúnte.

El hecho de que los ingleses no estuviesen sometidos a este servicio, se debía a una concesión graciosa, otorgada por convenio expreso celebrado entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de la Gran Bretaña, y esta excepción de ningún modo podía entenderse como signo de poca consideración para los súbditos de la nación cuyo gobierno se hubiese abstenido de solicitar determinadas ventajas en beneficio de ellos.

El marqués de Vins de Paysac era un hombre prudente, y sobre todo, no tenía encargo especial de promover dificultades, así es que no insistió en sus reclamaciones, y la nota del ministro Anchorena fijó por entonces los términos de la cuestión.

A la muerte de Vins de Paysac, quedó encargado de los negocios consulares M. Aimé Roger, mozo de pocos años, empleado subalterno, sin experiencia, ni autoridad, ni aptitudes.

Este Roger, movido por el cónsul en Montevideo, llamado Baradère, …suscitó nuevamente la controversia de 1830, y con fecha 30 de noviembre de 1837, dictó una nota que marca los términos extremos de la insolencia. El gobierno francés, decía el casi amanuense Roger, pretendiendo tomar el tono de un Talleyrand, se consideraba con títulos suficientes para reclamar de la Confederación los mismos privilegios obtenidos por los ingleses en un tratado.

Hay que tener en cuenta que al hablar así, el regente del consulado francés se arrogaba la categoría y funciones de un agente diplomático. El marqués Vins de Paysac lo había sido, pero ni había trasmitido sus facultades a Roger, ni éste podía ser encargado de negocios por el hecho de que Vins de Paysac le hubiera querido dar tal carácter. Además Roger no entendía una sola palabra de derecho internacional. Suponiéndose portador de cartas de gabinete para el gobierno argentino, su pretensión era tan absurda que no podía ser tomada en cuenta por la secretaría de Relaciones Exteriores del general Rosas, Roger, por último, carecía de educación social, y estaba en la más absoluta impotencia para cruzar dos palabras con el jefe de una cancillería extranjera sin que se le señalase la puerta por donde salen de una casa respetable los que entran al salón llevando el sombrero puesto y las botas llenas de barro.

Sin embargo, el gobierno argentino contestó con la más irreprochable cortesía. En vez de rechazar la demanda, se limitaba a declinar toda discusión, aplazándola para cuando se hiciese un estudio de los antecedentes relativos a los casos concretos de la reclamación de Roger.

A falta de condiciones de negociador, tenía éste todas las necesarias para embrollador, y como precisamente el servicio que entonces pedía Francia a sus agentes diplomáticos y consulares en todos los países de la América Española, era el de promover dificultades, Roger fue un empleado ideal. Dirigió otra nota, plenamente aprobada por su gobierno, en la que exigió satisfacciones perentorias.

Los casos de la reclamación de Roger eran los que resumo:

1° Un tal Bacle, litógrafo suizo, empleado público del gobierno de Buenos Aires, era un ejemplar admirable de lo que se llama pretexto para molestar. Dotado de un gentil carácter, parecido al de Roger, fue adoptado con júbilo por el consulado francés, como hijo diplomático de Francia. Nunca se le había mostrado a Suiza un amor más grande por parte de la diplomacia francesa, y puede asegurarse que el esmero de Francia no volvió a desplegarse de un modo igual sino hasta el caso de la reclamación de un agiotista suizo, el Jecker cuyo crédito fraudulento sirvió de preámbulo a la intervención francesa en Méjico.

Bacle quiso conspirar y cobrar sueldo, acogerse a los beneficios de la ley 1821, y quedar exento no sólo de toda carga, sino de toda responsabilidad por sus actos en el caso de que fracasasen las maniobras políticas interiores en que estaba comprometido. Bacle era todo un suizo. Estaba convicto y confeso de manejos revolucionarios en país bárbaro, para los que se necesitaba emplear los medios bárbaros del país; pero a la hora de verse sin empleo y en la cárcel, se acordó de que era un civilizado, y exigió que se le exonerase de todo contacto impuro con aquel pueblo de gauchos. Excarcelado, murió en su casa, y al enterrarlo, hicieron los franceses una manifestación de protesta insultante contra los actos legítimos o ilegítimos, pero en todo caso pertenecientes al orden interno de la sociedad argentina, inatacables por lo mismo desde el punto de vista internacional que no podía tomar bajo su amparo al suizo gaucho. El tirano execrable toleró la manifestación con una ecuanimidad que no hubiera mostrado ningún poder civilizado. Bacle había estado en la cárcel, pero antes de estar en la cárcel había estado en un lugar del presupuesto. Además se había mezclado en asuntos políticos. Todos estos hechos constaban con toda evidencia. Pero había algo más evidente todavía: la debilidad del tirano ante los cañones de Francia, y la impunidad que podían tener como segura los franceses de la protesta.

2° Pierre Lavié, francés, era además de francés vivandero, y como tal, beneficiario del régimen odioso de Rosas. Como vivandero, había cometido algunos actos punibles, pero Lavie quería no sólo robar al país, sino burlarse de él y envolverse en los pliegues de la bandera francesa para quedar impune. Se le había condenado a una pena de seis meses de arresto, y esto era una iniquidad que el consulado francés, revisor de los actos de justicia argentina, no podía tolerar, como Deffaudis, no podía tolerar los actos de justicia de Méjico.

3° Blaise Despuys, francés, negociante, era agente del general Rivera, es decir, de un enemigo exterior del gobierno bajo cuya protección vivía y ganaba el sustento. Se le clausuró un establecimiento que explotaba para el beneficio de la grasa de potro, y reclamaba una indemnización exorbitante, que redujo después, quedando satisfecho con la suma modesta que se le asignó. Tan satisfecho quedó, efectivamente, que se hizo partidario del gobierno de Rosas.

4° Martín Sarre y N. Jourdan. Estos dos eran los únicos franceses a quienes se había exigido el servicio de guardias nacionales.

El gobierno de Buenos Aires obró con una moderación excesiva. Roger no era un agente diplomático capacitado para plantear cuestiones, y menos aún sobre puntos abandonados por Francia desde 1831; pero el Ministerio de Relaciones tuvo la complacencia de explicarle a Roger la naturaleza y alcance de los principios internacionales relacionados con sus improcedentes reclamaciones.

Roger como se ha dicho, era un empleado consular subalterno, sin cartas de gabinete que lo acreditasen con carácter diplomático. Regía interinamente el consulado por causas accidentales. Pero si no tenía personalidad ante el ministerio de Relaciones de Buenos Aires, ante la nación, y sobre todo, ante la oposición emigrada y armada, era la voz de Francia. De Francia que se proponía tener un conflicto en el Río de la Plata.

El contralmirante Leblanc, estacionado en Montevideo, apoyó la actitud del escribiente Roger, y éste dirigió una nota final exigiendo reparación amplísima, es decir, una respuesta humillante para el gobierno, o el envío inmediato de sus pasaportes.

El ministro de relaciones envió los pasaportes acompañados de una nota muy comedida (13 de marzo de 1838) en la que se manifestaba que el Gobierno abriría negociaciones con el vice–cónsul escribiente cuando éste se presentara a reanudarlas amparado por cartas que lo acreditasen con el carácter de encargado de negocios del gobierno de S.M. Burguesa.

Huelga discutir la cuestión internacional, puesto que Francia no se proponía establecer un punto de doctrina, sino alcanzar en América el puesto de potencia protectora y dejar establecido en su provecho que los agentes, diplomáticos o consulares, y hasta un simple marinero, podían tener en sus manos la dirección de los asuntos políticos, la legislación patria, la administración de justicia y el orden municipal de las barbaries americanas.

Como medio normal para el ejercicio de esta acción, se establecerían estaciones navales permanentes, cuyos jefes, de acuerdo con los agentes diplomáticos y consulares del gobierno francés declararían bloqueos pacíficos, y ejecutarían todos los actos de guerra necesarios para la consecución de los fines a que fuera necesario llegar.

Caricatura Anónima de la época,
Muestra a Rosas en su despacho trabajando
Durante la década anterior, Chateaubriand había alimentado el ensueño quimérico, pero generoso, de levantar tronos americanos. La burguesía grosera de Luis Felipe urdió una trama de mayor consistencia: su ministro Deffaudis, a quien veremos en Montevideo, estaba en Méjico preparando el bombardeo de San Juan de Ulúa; otro de esos agentes andaba por las planicies bolivianas, maquinando contra el Ecuador, Chile y Buenos Aires un plan de vastas proporciones; el contralmirante Leblanc, entretanto, fomentaba la insurrección riverista contra Oribe.

La Revue des Deux Mondes, en su número del 1° de julio de 1838, señalaba en estos términos, bien claros, la misión civilizadora de Francia: “Es preciso que las relaciones mercantiles y la seguridad de sus nacionales en el exterior no sufran durante un tiempo demasiado largo, a consecuencia de injusticias no reparadas, y que no sea necesario aguardar demasiado la satisfacción debida. A esta necesidad se une la de que los nuevos Estados de la América del Sur vean a menudo el pabellón de nuestra marina militar. Una ostentación más frecuente de nuestras fuerzas navales nos eximirá en muchos casos de tener que emprender una acción efectiva, y nuestra navegación de comercio, nuestras relaciones mercantiles y el establecimiento de los franceses en la costa opuesta del Atlántico, tomarán un inmenso desarrollo, útil para nuestros intereses y ventajoso, a la vez, para nuestra gloria; porque tenemos la convicción profunda de que el vasto continente de la América del Sur está llamado a grandes destinos, pero también estamos convencidos de que para llenarlos cumplidamente, necesita una continua infusión de las luces y de la actividad de la vieja Europa”.

Llegada del Barón de Mackau a Buenos Aires
La actividad y las luces de la vieja Europa llegarían sin duda a bordo de los buques mercantes y entrarían en las nuevas repúblicas con cada uno de los supercivilizados carpinteros, de los estupendos tenedores de libros y de los impareables curtidores que desembarcaran en Buenos Aires o en Montevideo; pero es necesario que no faltase ni un momento la acción tutelar de la marina de guerra, porque, “el sudamericano –proseguía la Revue des Deux Mondes–, raza mezclada de sangre india, negra y española o portuguesa, se cree la primera nación del mundo, y este inmenso orgullo no es el menor de sus defectos, pues produce y eterniza otros muchos. Habría que agregar que este orgullo no se justifica por cualidades suficientemente grandes, ya se trate de los individuos, ya de los pueblos, a pesar de la expulsión de los españoles. Habría que señalar en el sudamericano una deplorable falta de moralidad, que trasciende de la vida privada a la vida pública, y que es causa de la extinción de todo sentimiento patriótico. Habría que hablar de la molicie de espíritu y de cuerpo, causa de que la civilización material haya permanecido tan prodigiosamente atrasada en aquellos países, eminentemente favorecidos por la Naturaleza, y eso aun haciendo la comparación con los países menos adelantados de Europa. Sin duda habría que señalar excepciones muy honoríficas y decir que el rasero no pasa igualmente por todas las cabezas. Pero muy pocos son los que se elevan sobre aquel nivel, y los hombres que por su carácter y educación se distinguen del resto de sus conciudadanos, no son ni los más altivos, ni los más poderosos en aquellas sociedades donde domina más fácilmente el que participa de los defectos generales y el que halaga los perjuicios reinantes. Añadiríamos, sin embargo, para ser justos, que en la prolongada guerra de la independencia, que terminó con la emancipación de las antiguas colonias españolas, los americanos han dado muestras de valor frecuentemente; pero no tomaríamos a nuestro cargo la explicación de un hecho, y es que esa cualidad pueda conciliarse con el gran número de asesinatos que horrorizan a los extranjeros en la vasta extensión de la América del Sur. Por último, no emitiríamos sobre las facultades intelectuales de aquellos pueblos un juicio tan severo como el que debe recaer sobre su carácter moral, por más que estén todavía por salir a luz sus poetas, sus historiadores y sus oradores. Pero hay algo de mayor importancia que la insistencia sobre los defectos más o menos acentuados del carácter americano, y es indicar cómo y con qué deberán modificarse.”

Pero no es el momento de señalar de qué modo se proponían los europeos moralizar y civilizar a los inmorales y bárbaros americanos.

Antes de tratar este punto, conviene insistir sobre la significación de las acusaciones formuladas contra la sociedad rioplatense

LAS MEDIDAS DE RIGOR

La cuestión francesa pasó del terreno antidiplomático del pequeño burócrata Roger, al terreno extra diplomático del contralmirante Leblanc; de las palabras ofensivas a los hechos.

El 24 de marzo de 1838, el contralmirante dirigió una nota exigiendo:

1° Que se suspendiera respecto a los franceses la ley de 1821, y que el gobierno argentino tratara a los franceses como a los súbditos de la nación más favorecida en tanto que se concluía una convención;

2° Que se le reconociera al gobierno francés el derecho de entablar reclamaciones por los perjuicios irrogados a los franceses que protestaban contra actos del gobierno argentino;

3° Que se procediese sin tardanza a juzgar y sentenciar en el asunto Lavié.

El contralmirante amenazaba con las consecuencias de una negativa a escuchar las reclamaciones entabladas por el vice–cónsul.

El gobierno argentino contestó lo que debía contestar, esto es, que si no había entrado en arreglos con un empleadillo consular sin facultades para gestionar y sin capacidad intelectual para entender las cuestiones que trataba, menos aún podía dar oídos a un jefe que al frente de sus fuerzas navales pretendía arrancar resoluciones que ningún gobierno podía dictar sino después de negociaciones amistosas, entabladas en el seno de la mutua seguridad y del respeto que se deben dos naciones independientes.

Leblanc replicó declarando en estado de riguroso bloqueo al puerto de Buenos Aires y todo el litoral perteneciente a la República Argentina.

Si esto no bastara para sus fines, el contralmirante tomaría medidas cuando lo creyera conveniente.

El gobierno de Buenos Aires protestó, fundándose en estas razones:

1° El bloqueo es un acto de guerra lícito únicamente cuando se establece después de las declaraciones solemnes prescritas por el derecho internacional.

2° El contralmirante, sin autorización para ello, declaraba en estado de bloqueo los puertos y costas de un país amigo de Francia y a causa de reclamaciones que no habían sido discutidas por los dos gobiernos.

3° Aun suponiendo al contralmirante facultado por su gobierno para establecer el bloqueo, ilícito sin la previa declaración requerida, el contralmirante obraba de un modo indebido por cuanto a que el gobierno argentino estaba dispuesto a considerar las reclamaciones y prestarles la debida atención.

El contralmirante no discutió las razones de la nota argentina, ni se hizo cargo de las protestas formuladas por el ministerio de Relaciones de Buenos Aires, sino antes bien contestó en términos de reproche, diciendo que el gobierno argentino se negaba a hacer justicia por un sentimiento de amor propio, y que llegaba hasta el sarcasmo negando los hechos en que consistían sus desafueros.

El gobierno argentino, como única respuesta, envió al contralmirante y al cuerpo diplomático, copia de informes por los que constaba que sólo estaban en la cárcel Pierre Junin, marinero, reo de asesinato en la persona de Matías Cañete, y Pierre Lavié, proveedor, ladrón confeso, sentenciado también a una pena corporal, que estaba para extinguir el reo. Constaba asimismo en esos informes que sólo prestaban servicio militar seis franceses voluntarios.

El bloqueo continuaba, sin embargo.

¿Qué significaba eso?

CON LO QUE NO CONTABA FRANCIA

El contralmirante puso a un lado su careta, y habló así:

–Yo no vengo a discutir principios de derecho internacional. Vengo a imponer condiciones. Si el gobierno de Buenos Aires las acepta, levantaré el bloqueo. Dejo mis órdenes en tal sentido. Yo me marcho a Río Janeiro, que es nuestra sucursal sudamericana.

No discutir principios, imponer condiciones. Eso se hace en Africa, después del abanicazo del bey al ministro de Francia, y Francia se queda con Argelia: eso se hace en Asia para quedarse con la Indochina.

¿Y en América? También. La intención era clara, entonces y doce años después. Sólo que entre la intención y el resultado se interpuso el hecho de que América no es Africa ni es Indochina.

En ese mismo instante, otro marino francés ejercía una presión igual en Méjico. El gobierno de Méjico no la toleró, y declaró la guerra. Es decir, puso al invasor en la necesidad imprescindible de acudir a los cañones para que el atropello quedara patentizado. Pero un atropello no puede quedar patentizado cuando se trata de pueblos de fuerza muy desigual, y seis años después del bombardeo de San Juan de Ulúa, la reina Victoria, en un arbitraje inicuo, como casi todos los arbitrajes, declaró a Méjico sin derecho a indemnizaciones ni reparaciones por haber sido la parte que declaró la guerra, o en otro término, castigó a Méjico por no haber sufrido en silencio y con resignación cristiana, e hizo buenos los cañonazos de la escuadra francesa como de nación que contestaba a la guerra con la guerra.

¡Santa justicia del arbitraje!

En Guayaquil otra escuadra imponía condiciones, aceptadas por el indefenso Ecuador.

Y en Chile flameaban también las banderas de los buques bloqueadores.

Se trataba de la conquista de América o de su mediatización. Si el plan fracasó, no fue por falta de buenos deseos. Fue culpa de la falta de resolución. La noble Francia iba con miedo en su piafante cuadriga. Un día apretaba el paso, y otro día se rascaba de cabeza antes de enjaezar. Para que un plan tenga buen éxito es necesario que haya plan. Y eso le faltó a Francia desde el primero hasta el último día. Lo que no quiere decir que le faltara insolencia, y que no lacerara cada día la carne doliente de los americanos en todas las latitudes. La reacción de los americanos irritaba al agresor, lo intimidaba, pero no lo obligaba a ceder. Y todo el conflicto fue una serie de ultrajes que no pasaban a la categoría de verdaderas empresas militares, y una serie de empresas militares que no pasaban de tentativas ridículas de intimidación. ¿Y sí se hubiera hecho lo que en Argelia, preguntaba el gnomo Thiers? En primer lugar no se hizo, y en segundo lugar no se hubiera podido hacer. Y no hubiera podido hacer por dos causas: porque se necesitaba de recursos infinitamente mayores, y porque la resistencia no hubiera sido la resistencia heroica pero desesperada del africano, sino la resistencia heroica, eficaz y victoriosa de un espíritu nacional.

El gobierno francés quería imponer su protectorado en Méjico, y crear en Bolivia otro centro de dominación que se extendiera al Perú. La marina francesa sería soberana en el Océano Pacífico desde la California hasta Valdivia; en el Atlántico del Sur; en el Mar Caribe, y en el golfo de Méjico.

¿E Inglaterra? Francia no contó con Inglaterra. Y no contó con la América Española.

LOS ALIADOS DEL EXTRANJERO

“Tenemos una fe profunda, proseguía el artículo de la Revue des Deux Mondes, citado arriba, tenemos una fe profunda en todos los medios de cultura intelectual y moral, así como en los medios y re entrar en el asunto, que después de algunos añossultados de la cultura material. Creemos, para de gobierno estable y regular, conducido por espíritus ilustrados y voluntades enérgicas, la civilización penetraría hasta apoderarse de los salvajes habitantes de las llanuras de Buenos Aires, esos gauchos que viven a caballo y sin camisa, hijos degenerados de los héroes de la conquista española, que casi no tienen ya de cristianos sino el nombre, y de hombres, la forma únicamente. El español llevó los mejores vegetales y los animales más útiles de Europa para que se reprodujeran bajo aquel cielo; se aclimataran y prosperan, pero degeneran también, y vuelven al salvajismo tan pronto como la mano del hombre se retira y su mirada se vuelve hacia otra parte.”

Pero ¿en dónde están los hombres “de alta inteligencia que comprenden la necesidad que tiene su patria” de la misión civilizadora de los europeos?

¿En dónde?

Uno está en Bolivia. Es el general Santa Cruz. El general Santa Cruz, “uno de los jefes americanos más merecedores de que Europa se interese en el mantenimiento de su poder”.

El general Santa Cruz, fundador de la Confederación Peruano–Boliviana, está en pugna con las provincias del Río de la Plata a causa de la de Tarija, y los franceses quieren apoyarlo contra Buenos Aires y contra Valparaíso, aliado de Buenos Aires.

Los otros americanos de “alta inteligencia”, se hallan en Montevideo. Son los unitarios de Rivadavia, los incomprendidos redentores del Plata que inspiran al articulista de la Revue des Deux Mondes, y que llaman a las puertas de los estadistas franceses para que haciéndose éstos cargo de “la misión que les reserva el porvenir” los restituya al ejercicio del poder y destrocen con sus cañones la barbarie gaucha.


EL BLOQUEO PACÍFICO

Según Pistoye y Duverdy (Droit International. Tomo I, Págs. 376-391), “sucede frecuentemente que una potencia de primer orden, cuando tiene que pedir satisfacción a otra potencia secundaria, se limita a bloquear sus puertos, sin declararle la guerra de un modo positivo. No se ha declarado la guerra, pero se hace la guerra realmente, sólo que como el bloqueador es el más fuerte, no emplea todos los medios de ataque de que podía disponer, y hace la guerra en la medida de sus conveniencias”.

El bloqueo pacífico es pues una ficción, o más bien, dado que hay ficciones legítimas y de buena fe, un acto hipócrita. “Lo que caracteriza esta especie de bloqueo, dice Calvo, es que, aun cuando traiga aparejado para el comercio marítimo y para los que son víctimas de esa medida, las mismas consecuencias perjudiciales y los mismos efectos jurídicos, los gobiernos que lo establecen pretenden que con el bloqueo no rompan el estado general de paz entre ellos y la nación bloqueada, y que no ejercen contra ella sino una especie de presión moral destinada a ahorrarles la necesidad de recurrir a los extremos de la guerra”. (CARLOS CALVO, Droit International, Tomo IV, Pág. 187)

Las ventajas para el bloqueador son indiscutibles. En primer lugar, no tiene que emplear tropas de desembarco, ni hacer gastos de municiones. En segundo lugar, no compromete el honor de su bandera de campaña, y puede retirarse sin menoscabo para su dignidad aun en el caso de no alcanzar el fin que se propone. Y, por último, puede lograr sus fines, por inicuos que sean, sin perder el carácter de generosidad en que funda siempre su abstención de violencias de otro orden.

Todas las dificultades para el buen éxito estriba en que los neutrales acepten el daño resultante de la paralización del tráfico; pero como frecuentemente dos o más potencias, de las de mayor importancia, obran de acuerdo para emprender unidas el bloqueo, y como por solidaridad bien comprensible, la potencia o el grupo de potencias que apelan al bloqueo, encuentran buenas disposiciones y una amplia tolerancia de parte de las otras, a título de reciprocidad, el bloqueo pacífico no provoca las iras que una falta de inteligencia con los bloqueadores inspiraría a los no bloqueadores.

Los casos más notables de bloqueo pacífico, anteriores al que sufrió la Confederación Argentina, fueron el de 1827, declarado por Inglaterra, Francia y Rusia para ejercer presión en el arreglo de los asuntos del Peloponeso; el de 1831 en la desembocadura del Tajo y en diversos puntos de la costa de Portugal, para obtener las reparaciones que exigía el gobierno francés del de Lisboa por supuestos atentados contra súbditos de Luis Felipe; el que establecieron los gobiernos de Inglaterra y Francia contra Holanda para obligarla a aceptar las resoluciones de la Conferencia de Londres sobre la cuestión de Bélgica, y, por último, el de los puertos de Méjico, declarado por Francia en el mismo año de 1838, y seguido del bombardeo de San Juan de Ulúa, aunque Méjico declaró a su vez la guerra, indignado por la infamia de que era víctima…