martes, 24 de octubre de 2023

Cuestión Malvinas - Guerra fría - Domingo Sabaté Lichtschein

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El artículo que publicamos a continuación, salió en el diario La Prensa en dos partes, los días 15 y 16 de setiembre de 1989, de autoría del que fuera profesor de Derecho Internacional Público en la Facultad de Derecho de la UBA, además de escritor, investigador, docente, diplomático, etc., el Dr. Domingo Sabaté Lichtschein.


La Argentina y Gran Bretaña (1) y (final)
La guerra fría en el Atlántico Sur
por Domingo Sabaté Lichtschein

1ra. parte

Se suele designar con el nombre de guerra fría a una situación de prolongada situación de dos o más estados o bloques enfrentados por intereses contrapuestos tratan de producirse daños sin agresión militar directa y en la que no se aplican las normas del estado de guerra.

Los historiadores recuerdan que a este término lo inventó en 1947 el periodista Herbert B. Swope para su empleo en un discurso del senador norteamericano Barnard M Baruch y lo adoptó otro periodista, Wálter Lípomann, en una obra a la que tituló “La guerra fría. Estudio de la política exterior de los Estados Unidos”. Es de conocimiento público que con motivo de actitudes soviéticas en la Europa oriental esta política se instrumentó en 1947 mediante la llamada “doctrina Truman”, de ayuda a los países europeos que quisieran salarse del comunismo, poco tiempo después de que Winston Churchill, en su ya célebre discurso en la Universidad de Fulton (Missouri) en el mes de marzo de 1949, llamara la atención sobre aquello que calificó de “telón de acero". Los Principales impulsores de la política de la guerra fría ha sido por el lado norteamericano el embajador F. Kennan en 1946 y por el lado soviético el ideólogo Andrei Jdanov en 1947.

Aunque concebido para referirse a la confrontación entre las dos mayores superpotencias, que encarnan los dos bloques en que se ha dividido el espectro de las supremacías internacionales, el término fue también empleado con relación a la disputa entre la Unión Soviética y la China roja y se podría aplicar a los enfrentamientos entre Grecia y Turquía, que se hallen en conflicto permanente por la cuestión de Chipre y de la plataforma continental del mar Egeo. Por la misma razón, la subsistencia de tensiones políticas entre nuestro país y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, después de terminadas las operaciones militares de la contienda del Atlántico  sur, permite calificar a estas tensiones como un nuevo caso de guerra fría. Después de terminadas esas operaciones se han producido varios hechos de hostigamiento contra nuestro país por el gobierno británico en aquel espacio y éste a su vez ha considerado irritantes algunos hechos de nuestro gobierno. Recordemos aquellos de mayor resonancia.

Fire Focus

El 11 de febrero de 1988 el Reino Unido anunció la operación Fire (Falkland Islands  Reinforcement Exercise) Focus, los ejercicios militares británicos que se realizaron en las Malvinas del 7 al 31 de marzo de aquel año. El gobierno argentino, empecinado en impedir aquellos ejercicios, podía adoptar con tal propósito varias medidas o reacciones.

Una de ellas era la protesta diplomática dirigida al gobierno británico por intermedio del Brasil, que representa nuestros intereses en Londres desde 1892; esta medida ro tenía posibilidades de éxito.

Otra respuesta consistía en la realización de idénticas maniobras en lugares cercanos, es decir frente a las Malvinas. Reacciones de esta clase, sin embargo, resultan peligrosas porque estando cercanos los ejércitos se hacen más posibles los incidentes; se debe recordar que en el año 1914 un alistamiento militar parecido, la movilización rusa, originó a su vez la movilización alemana y fue elemento detonante de la Gran Guerra, a la que hoy se llama inexactamente Primera Guerra Mundial. Pero nuestro gobierno se limitó a anunciar algo diferente, la proclamación del estado de vigilancia y alerta defensiva con el alistamiento de unidades navales y áreas, una respuesta teórica que no  tuvo ningún efecto práctico.

Otra reacción hubiera consistido, como algunos pedían, en la confiscación de los bienes británicos radicados en nuestro país. Una medida de esta naturaleza, la incautación de empresas alemanas, había sido aplicada por nuestro gobierno al declararse en guerra con Alemania en 1945. Y la Corte Suprema de Justicia argentina había convalidado este proceder, apoyada, en el hecho del estado. de guerra de los poderes bélicos del presidente de la Nación.

Pero en 1988 el estado de Guerra entre la Argentina y el Reino Unido había cesado de hecho; por otro lado había que tener en cuenta que en 1945 la Alemania vencida y destrozada no podía aplicar represalia alguna para responder a la confiscación de sus bienes; en cambio, en 1983 la Gran Bretaña con sus asociados del Mercado Común Europeo le podía producir a nuestro país un daño mayor que el que representara la confiscación de los bienes británicos.

El recurso ante la OEA

Nuestro gobierno prefirió en este caso el camino de los recursos ante los organismos internacionales pero demostró al plantearlos una absoluta falta de habilidad. Se llevó la cuestión al Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) pero este Órgano carecía y carece de competencia para ordenar al Reino Unido, que no es parte integrante del mismo, la suspensión de sus maniobras; la resolución de este Consejo del 1° de marzo de 1988 se limitó a expresar su preocupación y su esperanza de que la Gran Bretaña considerara su decisión. Esto era solamente un apoyo teórico pero no era el apoyo que nuestro gobierno necesitaba. Y el miembro principal de la OEA, los Estados Unidos de América, se negó a acompañar con su voto esta resolución.

Fue omitida la vía del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, que procede ante un hecho o situación que pueda poner en peligro la paz de América (Art. 6°) un acuerdo que había sido aplicado con éxito cuando los Estados Unidos se consideraron amenazados por la construcción en Cuba de emplazamientos para lanzar misiles que podrían trasportar cabezas nucleares en octubre de 1962.

El recurso ente las Naciones Unidas

Al mismo tiempo nuestra Cancillería acudió ante la Organización de las Naciones Unidas. A ella había acudido también Corea del Sur ante la decisión de la Unión Soviética de realizar maniobras militares en ciertas islas del Pacífico que ambos estados consideran que les pertenecen.

En nuestro caso no podía recurrirse a la Corte Internacional de Justicia, tribunal Judicial de las Naciones Unidas, no solamente porque se trata de un asunto urgente si también por no existir tratado que nos ligue con el Reino Unido para someter las controversias a ese tribunal (por ello fue que nuestro gobierno no aceptó en 1965 la demanda inglesa por la Antártida ante ese órgano Judicial.

La Cancillería argentina, por tal motivo, llevó primeramente el asunto al Comité de los 24 o Comité de Descolonización, el cual pidió sin éxito al Reino Unido que reconsiderara su decisión, y lo discutió en la Conferencia de Desarme de Ginebra que no tenía poder para impedir los ejercicios militares británicos.

Acto seguido presentó una nota al secretario general en la que expresaba su protesta por esos ejercicios (lo que fue replicado por el Reino Unido en comunicación al mismo secretario rechazando la protesta). Y algunos días después, luego de obtenida la inoperante resolución de la OEA y habiendo comenzado las maniobras inglesas, solicitó reunión del Consejo de Seguridad.

En este órgano la Gran Bretaña tiene el derecho de oponer el veto a cualquier proyecto de resolución que no sea de procedimiento por cuya causa nuestra Cancillería decidió presentarlo el caso como cuestión Informativa, algo ineficaz ante un cuerpo que es de naturaleza ejecutiva y que se ha concebido para la acción.

¿Para qué procedía de esta manera nuestra Cancillería, que desde un principio sabía que no habría de lograr efecto práctico? Sencillamente para utilizar una tribuna desde la cual recriminar al gobierno inglés. El resultado fue un combate al estilo del de Don Quijote contra los molinos de viento, algo para consumo interno, destinado al público argentino que mira las pantallas de televisión. Causó desilusión la endeblez de los argumentos que se esgrimieron ante aquel Consejo por nuestro canciller.

Contrariamente a lo que llegó a decirse en nuestros ámbitos gubernativos no hubo ningún pronunciamiento en favor de la Argentina porque en razón de presentarse el caso como cuestión informativa no se votó.

Inglaterra salió fortalecida de este debate, pudo recuperarse parcialmente de la parlamentaria derrota que había sufrido al discutirse el caso de las Malvinas en la Asamblea General.

Lo que pudo utilizarse

Se debe señalar que no se utilizó el recurso de la Resolución Unión Pro Paz del año 1950, que permite a la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la que ningún miembro pudo oponer el veto, actuar en todo caso en que exista una amenaza a la paz y no hubiera podido lograrse una decisión del Consejo de Seguridad por falta de unanimidad de sus miembros permanentes.

Por esta vía había sido resuelta en 1958 la cuestión de Suez cuando la Gran Bretaña y Francia, junto con Israel, atacaron a Egipto; la Asamblea General por 64 votos contra 5 exigió el inmediato cese del fuego y los franceses e ingleses se retiraron del territorio egipcio.

Esta era una vía dificultosa en el caso de los ejercicios militares británicos porque en febrero y marzo de 1988 no se hallaba reunida la Asamblea General, en la que la Argentina había obtenido una amplia mayoría de votos favorables al tratarse el caso de las Malvinas en años anteriores. Pero aunque corriendo contra el tiempo hubiera podido lograrse una reunión de emergencia de esa Asamblea si se empleaba el esfuerzo y el dinero que se gastaron pocos meses  después con el objeto de obtener los votos necesarios para que el canciller argentino de aquel entonces fuera elegido presidente de la Asamblea General...

Las maniobras británicas sin embargo, muy publicitadas y estentóreas, no tenían suficiente gravedad como para exigir una reunión del Consejo de Seguridad o de la Asamblea General. A la vez parecía comprensible la irritación de nuestros gobernantes. Pero la irritación es mala consejera cuando no existe paridad de fuerzas. Por tal motivo nuestra Cancillería se debía limitar en aquel caso a formular su protesta diplomática y no acusar el impacto de las maniobras; debía restarles importancia. Puesto que el objetivo de esos ejercicios era la disuasión, esta respuesta resultaba ser la única sensata y es la que más hubiera sorprendido y decepcionado al gobierno inglés.


Última parte

En la controversia de las Malvinas: la Gran Bretaña tuvo que enfrentarse no solamente con nuestro país sino igualmente con el grupo de los países hispanoamericanos;  había ocurrido así en diversos órganos de las Naciones Unidas. Por esta causa decidió aplicar la regla de dividir para reinar que en una vieja práctica en el ámbito de las relaciones internacionales, tratando de anular la solidaridad que a la Argentina le han prestado hasta ahora la mayoría de los estados de Iberoamérica.

Aviones Ingleses en Montevideo

Mientras se realizaban las maniobras británicas en las Malvinas, el 9 de marzo de 1988 un avión militar del Reino Unido, que desde la isla Ascensión se dirigía a Puerto Argentino, comunicó encontrarse en situación de emergencia y aterrizó en Montevideo. ¿Era realmente una emergencia? Parecía más bien una simulación para conocer las reacciones del gobierno uruguayo. Ese gobierno no podía negarse a permitir el aterrizaje pero el problema lo iba a producir la salida del avión.

Se debía analizar si persistía el estado de guerra entre la Argentina y Gran Bretaña: si subsistía la guerra el Uruguay, como país neutral , se encontraba obligado por el derecho a internar la tripulación militar y a retener el aparato hasta el fin de la contienda; en cambio, si la guerra había concluido no les podía negar la salida. El gobierno uruguayo entendió que éste era el caso y permitió la salida aunque exigiendo que el avión no se dirigiera a las Malvinas sino que retornara a la Ascensión.

Después de que salió la aeronave de su territorio el gobierno oriental no se preocupó en averiguar dónde se había dirigido realmente. Pero tiempo después, el 10 de febrero de 1989, se ha repetido la misma escena y otro avión británico en viaje al archipiélago austral ha tocado tierra en un aeródromo de Montevideo. Y el gobierno uruguayo que impusiera las mismas exigencias que en el caso anterior, al comprobar que este otro avión inglés no se había dirigido a la Ascensión sino a las Malvinas, al advertir que se le esteba usando como  punto de apoyo para molestar a la Argentina, se ha considerado obligado a formular su protesta al Reino Unido, el que contestó con evasivas. Era otro movimiento de piezas en este juego de ajedrez internacional.

El carguero “Indiana”

En estos días el gobierno inglés Intenta establecer un servicio regular de trasporte entre las Malvinas y Ja América sudatlántica. Es con este propósito que el carguero "Indiana” se presentó en el puerto de Montevideo el 19 (ilegible) de enero de 1989. Este es un buque de trasporte matriculado en las Bahamas pero es prácticamente lo mismo que si fuera británico, porque el archipiélago de las Bahamas fue colonia inglesa independizada recién en 1973 y sigue vinculado comercialmente a su madre patria; el buque es propiedad de empresas pesqueras que operan en las aguas situadas alrededor de las Malvinas.

También en este caso el gobierno uruguayo no le podía negar la entrada puesto que el derecho internacional les reconoce a todos los navíos privados el derecho de acceso a los puertos sin necesidad de tratado o autorización previa.

Tiene, sin embargo, ese gobierno el derecho de negar el permiso para un servicio regular de trasporte en cuyo caso el navío no puede regresar en forma periódica a un puerto oriental.

En su primer arribo el capltán del carguero negó que fuera su intención establecer un servicio continuado entre las islas Malvinas, Montevideo y Punta Arenas, pero el 18 de marzo de este mismo año ha regresado e Montevideo luego de intentar el acceso a un puerto del Brasil, cuyo gobierno le negó la entrada; el uruguayo, en cambio, ha permitido el acceso pero no ha permitido la descarga.

¿Cuánto ha de durar esta situación? Bastaría un cambio de gobierno, ya fuera en el Brasil, en el Uruguay o en la Argentina para que todo esto se modifique. ¿Cuántos otros “Indianas” arribarán al puerto de Montevideo? ¿Cuántos continuarán llegando sin obstáculos al puerto chileno de Punta Arenas?

Los convenlos de pesca

Por su parte, el gobierno del Reino Unido considera irritantes los convenios que el gobierno argentino celebró con Bulgaria y la Unión Soviética en 1988 para la pesca en aguas del Atlántico sur, porque ha entendido que con ello se intenta introducir a la Unión Soviética como aliado de la Argentina en la controversia de las Malvinas.

La verdad es que dichos convenios, resistidos por muchos argentinos, no le han servido para nada a nuestro país en su conflicto con el Reino Unido porque la URSS no encuentra beneficio alguno en contender en esa zona con Gran Bretaña ni con sus aliados del Tratado del Atlántico Norte, un espacio geopolítico que ahora se está intentando extender hacia el sur. Pero a su vez el Reino Unido proclamó en octubre de 1988 una zona de conservación pesquera y Ede plataforma -de plataforma continental, de 200 millas alrededor de las Malvinas (aunque haciendo efectiva por ahora dicha zona de pesca en la dimensión de 150 millas) y a partir de ese hecho está otorgando numerosos permisos para pescar en la región. Ello ha producido irritación en nuestro país.

Entre nosotros se ha llegado a afirmar que esta proclamación pesquera es la reacción británica ante los convenios argentino búlgaro y argentino-soviético mencionados, pero mejor parece ser el hecho tendiente a aportar recursos económicos para sufragar los grandes gastos de construcción de un aeropuerto y de mantenimiento  de tropas en las Malvinas; podría decirse, que también para ofrecer algún progreso a la hasta ahora abandonada colonia del Atlántico sur, en la que se quiere radicar nuevos pobladores con el propósito encubierto de su posible independencia.

Lo importante es que son muchos los pesqueros que hoy están operando sin medida y con licencia británica en los alrededores de las Malvinas (entre ellos muchos nacionales de países amigos de la Argentina y cuyos gobernantes no pueden, por tratarse de buques privados, prohibirles esa actividad) con lo que se produce una depredación marina en las aguas que cubren nuestra plataforma continental.

Nuestra Cancillería no encontró el camino para la solución de este problema que nos produce agravio muy superior a las maniobras inglesas de 1988, ante una pretensión británica que abarca espacios muy cercanos a la costa argentina de la Tierra del Fuego, disminuyendo el ámbito correspondiente a nuestra zona de pesca y de plataforma continental. Seguimos impasibles ante este daño y mientras tanto esa riqueza íctica, que podría ser compartida, se encuentra expuesta a una gravísima disminución.

La política de la torpeza

Ciertas modalidades de la política exterior han podido ser señaladas como la diplomacia de las cañoneras o la diplomacia del dólar o como la política del garrote o la del buen vecino; la que fuera aplicada por la Cancillería argentina que terminó de actuar en julio de 1989 podría ser  presentada como la política de la torpeza. Pocos momentos antes de iniciarse las maniobras británicas de 1988 en las Malvinas “The Dally Telegraph” de Londres, diario conservador que es normalmente partidario de la primer ministra Thatcher, en su edición del 5 de marzo de aquel año había dicho: “Pero deba resultar deseable para Gran Bretaña mantener la cuestión de las Malvinas a le temperatura internacional más baja posible. Por lo tanto, parece un acto de insensatez permitir que el Ministerio de Defensa realice su inminente ejercicio de refuerzos en el Atlántico Sur”.

Sus opiniones, sin embargo, no estaban en lo cierto; la conducta política del gobierno británico resultaba coherente. Porque dicho gobierno no quiere que se arregle el conflicto como lo pretende la Argentina, es decir devolviendo las islas usurpadas: por eso no trataba de enfriar sino de mantener candente el litigio. Y por eso también las respuestas de nuestro canciller de aquel entonces resultaban contraproducentes para los intereses argentinos porque contribuían a aumentarla tensión.

Cualquier experto en el arte de la política internacional sabe muy bien que cuando se pretende iniciar una negociación es necesario eliminar todos los elementos irritantes. Hay que tender un puente entre los adversarios y no un “telón de acero". Si se quería lograr que el Reino Unido aceptara sentarse ante una mesa de negociación no se debía llevarlo a una enojosa polémica, no se le debían arrojar piedras, como se hizo, ante los integrantes de una gran asamblea internacional. Ni se debía continuar aplicando aquella vieja política francesa que solamente ve en la Gran Bretaña a “la pérfida Albión”...

Uno de los pecados más reprochables en la presidencia argent ¡na que concluyera en julio de 1989 ha sido la  política exterior.

El ocaso de la guerra fría

Estamos asistiendo en nuestros dlas a lo que parece ser el ocaso de la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética; estamos en presencia de un cambio en la evolución política de la humanidad. Se ha dicho que ha pasado demasiado tiempo para que termine esa guerra fría; también es tiempo de que se termine en el Atlántico sur. Se objetará que está pendiente el espinoso litigio de la soberanía en los archipiélagos ya sudatlánticos pero la historia diplomática nos enseña que cuando dos pueblos han estado en guerra sin que ninguno de los dos haya sojuzgado al otro es lo normal que ellos reanuden primeramente sus relaciones y después discutan sus diferencias.

Al mismo tiempo hay que advertir que el apresuramiento en conseguir un arreglo puede resultar contraproducente. No se debe olvidar el apuro del recién instalado gobierno argentino de 1973 en solucionar la cuestión del Plata y de nuestro gobierno debutante en 1984 en finiquitar la controversla del canal Beagle, lo que se tradujo en convenios inconvenientes para nuestro país. Mas no debe esperarse un arreglo de este centenario litigio mientras no hayan concluido en forma estable nuestros enfrentamientos con la Gran Bretaña.