sábado, 1 de junio de 2019

Los negros y los indios de Rosas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 51 - Junio 2019 - Pags. 15 y 16 

Los negros y los indios de Rosas 

por el Dr. César J. Tamborini Duca


Es conocido el hecho que a Rosas lo querían y lo admiraban las familias de origen colonial, la aristocracia porteña, porque supo imponer el orden en una nacionalidad desquiciada por las ambiciones, las sinrazones (recordemos la anarquía de 1820, la pérdida de la Banda Oriental después de triunfar en la guerra contra Brasil, el fusilamiento de Dorrego y tantos otros), antes de Rosas, pero también y en mayor medida, durante su gobierno y después de su caída.

La morenada (los negros esclavos y libertos) le temían, pero también lo respetaban y querían. Pero veamos lo que decía al respecto José L. Lanuza, un escritor e historiador de ese período de nuestra historia, posterior a la caída de Rosas en Caseros:

“Se perdían los pobres negros en todos los puntos del país. Soñaban con su padre Rosas. Los que quedaban irían muriéndose de viejos, poco a poco.

Alguno llegó a refugiarse entre los indios. Cerca de veinte años después de Caseros, durante la presidencia de Sarmiento, el coronel Lucio V. Mansilla (1), en su excursión a los indios ranqueles, se encontró con uno de estos negros federales en la toldería del cacique Mariano Rosas, en Leuvucó. Entre bufón y maestro de ceremonias del señor del desierto, el negro vivía bailoteando, cantando coplas, tocando el acordeón y esperando la vuelta del Restaurador. A Mansilla, que era sobrino de don Juan Manuel, le contó la historia de su vida:

-Mi amo, yo soy federal. Cuando cayó nuestro padre Rosas, que nos dio libertad a los negros, estaba de baja. Me hicieron veterano otra vez. Estuve en el Azul con el general Rivas. De allí me deserté y me vine para acá. Y no he de salir de aquí hasta que no venga el Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saá nos ha escrito que él lo va a mandar a buscar. Yo he sido de los negros de Ravelo. Y guiado por esa esperanza se puso a recordar la copla:

Que viva la patria / libre de cadenas / y viva el gran Rosas / para defenderla.

Pero al sobrino de don Juan Manuel no le gustaban los recuerdos federales. Ni la voz del negro, ni el chillido del acordeón. Le dijo:

 -Hombre, ya te he dicho que no quiero oírte cantar.

Entonces se produjo este diálogo memorable; el negro le preguntó con desconfianza:

-¿Usted es sobrino de Rosas?

-Sí.

 -¿Federal?

 -No.

¿Salvaje?

 -No.

 –¿Y entonces, qué es?

-¡Qué te importa!

Y el negro, ya con aire insolente:

-No me trate mal porque soy negro y pobre… Aquí todos somos iguales”. 

Este último concepto no era otro que el adoptado por el jefe supremo de los ranküllches, el lonco Panguetruz Gner (2) que utilizó estas mismas palabras en diálogo con Mansilla. Pues no sólo los negros sentían admiración y respeto por Juan Manuel, también la mayoría de los indios la sentían hacia quién los trataba con un sentimiento paternalista, como quedó muchas veces expresado por distintos caciques, y comprobaremos en una relación con el principal cacique de la parcialidad Ranküllche.

Relata Lucio Victorio Mansilla: “Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; hablaba de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe a él; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó a enlazar, a pialar y a bolear a lo gaucho….

Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino le mandó un regalo. Consistía en 200 yeguas, 50 vacas y 10 toros de un pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de yerba y azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas divisas coloradas. Con este regio presente iba una afectuosa misiva que Mariano conserva, concebida más o menos así:

Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida, aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver a sus padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en el viaje haciéndolo acompañar. Dígale a Painé que tengo mucho cariño por él, que le deseo todo bien, lo mismo que a sus capitanejos e indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo mandar. Ocurra a mí siempre que está pobre. No olvide mis consejos porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y larga vida. Su afectísimo. Juan de Rosas. Post data. Cuando se desocupe, véngase a visitarme con algunos amigos.” 

Conversando en el toldo de Mariano, éste le dice a Mansilla: “Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo un buen techo que como vivo, sino porque ¿qué dirían los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que me había hecho hombre delicado, que soy un flojo”. Y un poco más adelante… “Aquí somos todos iguales, hermano”  y un poco después repite Mariano “Aquí todos somos iguales”.


Notas.

(1) Lucio Victorio Mansilla, era hijo del héroe de Obligado Lucio Norberto Mansilla y de Agustina Ortiz de Rozas, hermana del Restaurador.

(2) Panguetruz Gner, nacido en 1825 aproximadamente e hijo del cacique Painé y de una cautiva blanca, fue tomado prisionero con otros niños indios por las tropas de Rosas en la Campaña del Desierto en 1834 y fue conducido a presencia de Rosas, quien apadrinándolo lo hizo bautizar con el nombre de Mariano y dándole también su propio apellido, por lo cual Panguetruz Gner, pasó a llamarse Mariano Rosas, nombre que mantuvo durante toda su vida. En las estancias de su padrino aprendió todas las tareas camperas. Extrañando a su familia, años después y siendo adolescente, Mariano escapó junto con otros amigos hacia las tolderías indias, donde muchos años después tuvo ese diálogo con Mansilla.

Fuentes:

LANUZA José L., “Morenada”, Emecé editores, Buenos Aires, 1946. (pgs. 144, 145).

MANSILLA Lucio Victorio, “Una excursión a los indios Ranqueles”, Vol I, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1987 (pgs. 214, 215, 223, 235, 239, 240).

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César Tamborini Duca

Las esclavas de Bue. Ay. Demuestran ser Libres y Gratas á su Noble Libertador. Santos Lugares de Rosas, Mayo 1 de 1841.

Este óleo sobre tela, pintado por Doroteo de Plot, que mide 149 x 73 cm. pertenece a la colección del Museo Histórico Nacional.

 

Carlos A. Vertanessian, en la magnífica obra “Juan Manuel de Rosas – El retrato imposible – Imagen y poder en el río de la Plata”, dice, con respecto a esta pintura:

“En lo que respecta a la relación específica que se planteó entre el Restaurador y los integrantes de la comunidad afroargentina, es ilustrativa la dramatización gráfica que ofrece la bandera creada por Doroteo de Plot. Rosas presenta su proclama de abolición de la esclavitud de 1839 (“Federación – Libertad – No más Tiranos”), con cadenas rotas que yacen a sus pies, mientras la concurrencia –leal y agradecida– escucha y enarbola banderas con lemas federales (“Viva la Libertad”; “Viva el Restaurador de las Leyes”; Mueran los Salvages Unitarios”). Sobrevuela un ángel que porta un banderín, con la palabra “Libertad” y anuncia “Ya no gemirá en el Plata, en cadenas ni un esclavo. Su amargo llanto cesó, desde que Rosas, humano. De su Libertad ufano, compasivo y Generoso. Prodigó este don precioso, al infeliz Africano”. Según Lanctot, la obra muestra que la compasión de Rosas, trajo fin al sufrimiento de los esclavos y condensa una serie de intercambios que plantean la sustitución de las cadenas por lazos afectivos…”

 

Dos de las banderas mencionadas por Vertanessian (la primera y la tercera) son de color rojo punzó, con las letras de los lemas de color blanco, mientras que la restante tiene tres franjas horizontales también de color punzó en los extremos y blanco en el centro y las letras del lema distribuidas en las tres franjas son de color negras.

La escena que refleja el óleo habría tenido lugar en los Santos Lugares de Rosas (actual localidad de San Andrés, Partido de Gral. San Martín, Pcia. de Buenos Aires) el 1° de mayo de 1841, que era el lugar de acantonamiento del ejército federal. En la obra se aprecia a Rosas, con la proclama en sus manos, detrás suyo un ayudante, que sujeta por las riendas a su caballo. Se aprecia una gran carpa, con la bandera de la Confederación Argentina.