sábado, 1 de junio de 2019

Litografías de Bacle - El Vendedor de velas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 51 - Junio 2019 - Pag. 14 

Litografías de Bacle - El Vendedor de velas              P                                   

Por Norberto Jorge. Chiviló

El vendedor de velas

En esta litografía N° 4 del Cuaderno 1, “El Vendedor de velas” como en la mayoría de las otras que componen la colección de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, de César H. Bacle, el personaje es de raza negra.

Podemos apreciar que este vendedor llevaba apoyado sobre su hombro un palo largo, que también podía ser una caña, de la cual, en sus extremos colgaban las velas por sus pabilos.

Se llama pábilo o pabilo, a la mecha combustible hecha de hilo de algodón trenzado o retorcido que se colocan en las velas y que es por donde se las enciende.

Estos individuos recorrían la ciudad ofreciendo su mercancía y como otros que vendían otros productos, también promovían la venta gritando cosas tales como: 

“Compre niña una velita para llevarle a la Virgencita”.

“Vendo velas y velitas para alumbrar las casitas / Vendo velones para alumbrar los salones”.

“Velones y velitas que hacen tus noches claritas”.

“Hay veeeelas para alumbrar a las abuelas”.

Si bien las velas fueron inventadas muchísimo tiempo antes de la era cristiana, podemos decir que como las que se utilizaron en Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX, datan de la edad media y estaban hechas de sebo – principalmente de grasa de vacas- o cera de abeja. Las de sebo tenían un olor desagradable, mientras que las de abeja no tenían ese inconveniente por lo cual eran utilizadas mayormente por personas de buen poder adquisitivo, debido a su mayor costo. En el siglo XVIII empezó a utilizarse el producto que se llamó espermaceti comúnmente llamado “esperma de ballena”, con lo cual las velas ya no tenían olor tan desagradable y producían mayor luminosidad, a la vez que no se doblaban con el calor del verano.

El espermaceti es un aceite blanquecino que se encuentra en las cavidades del cráneo del cachalote.

En aquellas épocas la vida diaria se desarrollaba mayormente aprovechando la luz del día, por lo que las tareas comenzaban con la salida del sol y finalizaban con su puesta. Nada que ver con las costumbres actuales.

Pero no obstante cuando comenzaba a anochecer, era común en el interior de las casas la utilización de velas que se colocaban en candelabros, porta velas o arañas, pero también se utilizaban lámparas que consumían aceite. Asimismo con velas se iluminaban salones, teatros e iglesias y en estas últimas eran necesarias también para las actividades propias del culto.

El grado de iluminación de las casas, se relacionaba con el poder económico de sus habitantes ya que en las viviendas de las familias acomodadas se realizaban tertulias y el consumo de velas era mayor que las que se utilizaban en los hogares normales o modestos.

También muchas de las casas más importantes de la ciudad tenían faroles, con velas, para iluminar las veredas.

Era común que las personas que debían salir de noche del domicilio, especialmente si eran mujeres o familias, fueran acompañadas por un negrito que llevaba un farol –denominado negrito farolero con una vela, con el cual alumbraba el camino por las estrechas veredas de aquél Buenos Aires, con la existencia de rejas “voladas”, que hacían todavía más estrecho el camino el que tampoco era alisado, sino con pozos y desniveles y hacían el tránsito por el lugar algo dificultoso.

En esa época las velas eran un producto de consumo masivo y ello fue así hasta fines del siglo XIX, cuando se fue generalizando la utilización de la energía eléctrica.