sábado, 1 de diciembre de 2018

Litografías de Bacle - El Aguatero

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 49 - Diciembre 2018 - Pag. 12 y 13  

Litografías de Bacle – El Aguatero

Por Norberto Jorge Chiviló

El Aguatero

En este número la litografía elegida y a la cual vamos a referirnos es la N° 2 del Cuaderno 4, de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, de César H. Bacle y corresponde a “El Aguatero”. 

Ya desde la época colonial, el agua que consumía y utilizaba la población de Buenos Aires, provenía de pozos y también de los aljibes que había en las casas pero la mayor parte se obtenía del Río de la Plata o del Riachuelo, que era el desagüe de la pampa húmeda, o bien de arroyos cercanos a la ciudad.

En algunas casas había pozos artesianos, pero por lo general el agua obtenida no era de buena calidad, ya que era salobre y en otros casos estaba contaminada.

Casa de Tucumán
Aljibe. Casa de Tucumán
Otras tenían aljibes que eran depósitos cisterna bajo tierra, para recoger, almacenar y conservar agua, por lo general de lluvia, que les era derivada por cañerías o conductos desde las azoteas o techos de tejas. Su construcción era bastante costosa, pues se empleaban materiales como ladrillos especiales, azulejos, etc., que impidieran las filtraciones, por lo que no todas las casas lo tenían. Los aljibes no estaban totalmente bajo tierra, sino que tenían una protección de aproximadamente un metro de alto, de forma circular, que impedía que personas u objetos pudieran caer a su interior. El agua era sacada y levantada por la persona tirando de una soga en cuyo extremo tenía amarrado un balde, o bien por medio de poleas. En algunos pozos se ponían pequeñas tortugas de agua que mantenían el precioso líquido limpio de insectos.

También se trataba de juntar el agua de lluvia, por medio de diversos utensillos, la que era utilizada principalmente para que las mujeres lavaran su cabello.

Pero, la mayoría de la población se abastecía de agua proveniente del río o arroyos y se compraba a los aguateros.

El agua del Río de la Plata, no era cristalina, sino turbia ya que si bien no estaba tan contaminada como hoy día, era arcillosa y contenía impurezas y sedimentos, por lo que en las casas había unas grandes tinajas de barro donde se vertía el agua y se la dejaba reposar unas horas hasta que la arcilla e impurezas decantaran y se posaran en el fondo y así se obtenía agua de mejor calidad, en otros casos se utilizaban filtros de barro cocido, con lo cual se obtenía agua bastante clara, que para la época podía considerarse como excelente para el consumo.

Los aguateros –generalmente eran de raza negra– se encargaban de sacar el agua del río, para después distribuirla y venderla en las casas de la ciudad, a un precio por balde. Para ello se valían de unos grandes carros, llamadas carretas aguateras, con una estructura formada con tres tirantes, siendo el del medio más largo, unidos con unas clavijas con otros dos, puestos en forma perpendicular, formando una base y sobre esa estructura llevaba arriba un gran barril de madera, también llamado pipón, que en su parte posterior tenía colocada una especie de canilla con una larga manga de cuero que era como una manguera. El pipón estaba sujeto al carromato con estacas grandes. Un eje grueso, sujetaba la dos grandes ruedas de 8 o 9 pies de altura. Al extremo del tirante del medio que era el más largo, había una especie de yugo atado con tiras de cuero, al que se asían los dos bueyes que tiraban el carro. Normalmente entre estos dos animales se sentaba el aguatero quien con una picana, avivaba el paso de las bestias y las dirigía. Estos vehículos estaban construidos con madera dura proveniente del Paraguay y no tenían elementos de hierro, pues estos hubieran sufrido corrosión por la acción del agua. En la parte superior solían llevar una campanilla o cencerro para anunciar su paso.

Para trasvasar el agua se utilizaban baldes de madera, con el asa de cuero.

Para lograr obtener agua de mejor calidad, el aguatero debía internarse en el río, lo más lejos de la costa, pues en este lugar desarrollaban su trabajo las lavanderas, ensuciando el agua con las ropas que lavaban, por lo cual desde la época de la colonia existían normas que prohibían a los aguateros cargar el agua, en “La extensión del río que está frente a la ciudad, por estar en ese sitio del agua sucia…”, bajo el apercibimiento de sanciones.

Normalmente los aguateros recogían el agua por la mañana, repartiéndola puerta a puerta, compitiendo entre sí, ya sea por la calidad, como por el precio.

Era común en el Buenos Aires de aquél entonces que los aguateros -como ocurría con otros vendedores ambulantes-, cantaran mientras ofrecían su mercancía; estos son algunos de ellos:

Agüita fresca traigo del río, / para que tomen todos los días./ ¡aguateroooooo!

¡Agua, agüita para las damas bonitas!.

Soy el aguatero; / reparto el agua / que al gran río / voy a buscar. / Es agua dulce / para lavarse / preparar mate / y amasar.

Agua fresca traigo del río, / tu cara sucia podrás cambiar, / si compras agüita para lavar.


También debemos aclarar que muchos aguateros realizaban su oficio no como son mostrados en esta litografía, sino montando una mula y llevando dos pequeños barriles una a cado lado del animal, donde transportaban el vital líquido.

El aguatero fue uno de los más populares vendedores ambulantes del Buenos Aires del siglo XIX, ya que a principios del 1900, la ciudad ya contó con agua corriente.


Hay una Milonga Pregón llamada “El aguatero porteño”, con música de Enrique Maciel y letra de Francisco Carbonaro, que dice así:

(Hablado)

Patrona llegó el aguatero... / Vamos a ver vecina... agua fresca...

I

Patrona, llegó el agüita / prepare ya su cacharro / que del tambor de mi carro / el agua sale fresquita.

De Palermo a Recoleta, / de San Telmo a Monserrat / va llevando mi carreta / agua fresca a la ciudad.

II

Aguatero, / agua fresquita / que quita los males, / que quita las penas / como agua bendita.

Aguatero, / compre señor, / agua fresca / de mi tambor.

I (bis)

Me llamo Julián Cerdeña / y le aseguro, vecina, / que mi agua es cristalina / como mi alma es porteña.

A las rubias y morenas / que las olvidó el amor / que usen de quita penas / el agua de mi tambor.


Se va el agüita vecina... / aguatero... agua fresquita...


Se la puede escuchar cantada por Alberto Castillo acompañado por la orquesta de Enrique Alessio, en: https://www.youtube.com/watch?v=CZn5D2MWpio