martes, 13 de enero de 2026

Conflictos entre la Confederación Argentina y Rivera, el Brasil, Francia e Inglaterra - Archivo Americano

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 
En el "Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo" - N° 1, del 20 de marzo de 1847 de la Nueva Serie, se reprodujo un artículo sobre los conflictos entre la Confederación Argentina y  Rivera, Brasil, Francia e Inglaterra, publicado en el periódico Restauración de Lisboa del 18 de setiembre de 1846.



Esclarecimientos sobre la cuestión de la guerra del Río de la Plata. Por un oficial de la marina Portuguesa.

 

La Confederación Argentina y la República Oriental del Uruguay, que formaban en otro tiempo el Virreinato Español del Plata, son hoy el teatro adonde se pelea una sangrienta batalla, en la cual representan la independencia Americana los Generales Rosas y Oribe, y en que la Francia y la Inglaterra, esos dos colosos Europeos coligados con los unitarios de Buenos Aires y los disidentes de Montevideo, queriendo imponer una tutela a tantos pueblos libres y aguerridos, ven estrellarse sus esfuerzos contra la férrea voluntad de un hombre, y pierden la fuerza moral ante la resolución de un pueblo que quiere sacrificarse por sus derechos. Esta guerra, sostenida hace tanto tiempo por alevosías y embustes, cuyas causas se ignoran en gran parte en la Europa, cuyos medios no están debidamente evaluados, esta guerra fue presenciada por nosotros en parte; y sin tener pretensiones de esclarecer la cuestión con argumentos nuevos, queremos aprovechar el tiempo reuniendo los materiales esparcidos en tratados, periódicos, proclamas, protestas y discursos en las Cámaras de Inglaterra y Francia, reasumiendo todo cuanto sea posible, y haciende resaltar bien las contradicciones de los hombres que pretenden querer llevar la civilización y los principios de humanidad al Nuevo Mundo.

A quien nos tache de parciales en esta tarea, de la cual no resultará para nosotros gloria, ni mezquino interés, contestaremos en pocas palabras que la obligación de todo hombre honrado es ser parcial de la causa buena, de la justicia y de la verdad.

Bosquejaremos ligeramente el origen remoto de la guerra actual, para facilitar la inteligencia de los hechos de que hemos sido testigos oculares, o que recogimos de buen origen en los mismos lugares y época de la cuestión.

Por la Convención de paz , celebrada entre el Imperio del Brasil y la Confederación Argentina, en 27 de Agosto de 1828 , fue elevada a la categoría de Estado independiente la parte del territorio comprendido entre el Uruguay y el Rio Grande del Sud, baje el título de República Oriental del Uruguay: la paz y la prosperidad principiaban a reinar en este país, cuando el General Lavalle, sublevándose con el ejército para posesionarse del Gobierno de Buenos Aires, mandó fusilar al legítimo Gobernador el Coronel Dorrego, encendiendo la tea de la discordia entre los Federales y los Unitarios, tea terrible que aun hoy desuela aquellos fértiles países. El General Rosas, habiendo derrotado a los unitarios, los obligó a buscar en los países vecinos el alimento revolucionario que les faltaba en su patria, y fueren ellos los que, coligados con los Franceses, obligaron forzosamente al General D. Manuel Oribe a abdicar la presidencia de la República Oriental, para la cual había sido legalmente electo en 1835 por la Asamblea General de los Representantes de la nación. Tratamos de esclarecer más este punto, para demostrar el fundamento con que el General Oribe protestó en el momento de dejar la presidencia, y con cuanta justicia regresó más tarde a su país nativo, para vengar el robo que injustamente le hiciera una facción, casi toda compuesta de extranjeros, en menoscabo de las leyes.

Un partido vencido considera generalmente que todos los medios son buenos que les faciliten la preponderancia perdida; por eso en 1836, los unitarios, coligándose con el General Rivera, oefe de la campaña Oriental, se sublevaren contra Oribe que se negaba a protegerlos contra la Confederación Argentina; pero derrotados en la batalla de la Carpintería en el año de 1837, tuvieren que refugiarse al Rio Grande, adonde habiéndose aumentados con los revoltosos de aquel país, y algunos Indios de las Misiones, regresaren al territorio Oriental haciendo la guerra de recursos; mas nada adelantaron con esta nueva tentativa, a no ser el auxilio y cooperación extranjera que inesperadamente los sobrevine. El Cónsul Francés (M. Roger) habíase ausentado de Buenos Aires, por no haberle satisfecho el Gobierno Argentino sobre algunos reclamos, y retirándose a Montevideo, el Contra-Almirante Leblanc resolvió seguir rio arriba con su fuerza a exigir del Gobernador de Buenos Aires la cantidad de 300,000 francos a título de indemnizaciones por pérdidas y daños que habían sufrido algunos súbditos Franceses. El Gobernador D. Juan Manuel de Rosas (que aun hoy ocupa el mismo puesto), queriendo tratar con una persona legalmente autorizada, no concedió, pues, dicha indemnización, y de ahí resultó que el Almirante Francés declaró bloqueados los puertos de la República: habiendo hecho algunas presas quiso venderlas en Montevideo adonde imaginó establecer un punto de operaciones, (como le llamó M. Thiers en las Cámaras en 1844); pero el Presidente de la República Oriental, queriendo conservarse neutral, no consintió en semejante venta: entonces los Agentes de la Francia se unieren a Rivera y a los unitarios, y Oribe tuvo que abandonar el país, con sus Ministros, Vice Presidente, Jefes y personas distinguidas, así como una porción de tropas de la flor del ejército, protestando en estos términos:

"El Presidente Constitucional de la República, al descender del puesto a que lo elevó el voto de en de sus conciudadanos, declara ante los Representantes del pueblo, y para conocimiento de todas las naciones, que en este acto solo cede a la violencia de una facción armada, cuyos esfuerzos serian impotentes, si no hubiesen encontrado su principal apoyo y la más decidida cooperación en la marina militar Francesa, que no desdeñó aliarse a la anarquía, para destruir el orden legal de esta República que ninguna ofensa le hizo a la Francia; y mientras prepare un manifiesto, que ponga en toda la evidencia los sucesos que motivaron este desenlace, protesta desde ahora, de la manera que le es dado hacerlo, ante la Representación Nacional, contra la violencia de su renuncia, y hace responsables a los Señores Representantes del uso que hagan de su autoridad para sancionar o proteger la usurpación, y protesta igualmente del mismo modo ante el gobierno Francés contra la conducta del Almirante de la fuerza naval francesa de esta estación, y de los Agentes consulares de la Francia, actualmente en Montevideo, los cuales abusaron indigna y vergonzosamente de su fuerza y posición, para hostilizar y derrocar al Gobierno legal de un pueblo amigo e independiente.

"Montevideo, 24 de Octubre de 1838. (firmado)

ORIBE."

 

Posesionado Rivera de la Presidencia de la República Oriental, se alistó con los unitarios asalariados por la Francia, y llevaron al territorio de la Confederación una guerra de exterminio. Tres años duró el bloqueo; pero los Franceses no lograron ventajas, y conociendo que tenían todo que perder y nada que ganar, pues los intereses creados por esa guerra sin fundamento, no estaban en armonía con los intereses de la Francia, resolvió su Gobierno mandar al Río de la Plata al Almirante Baron de Mackau, y se hizo en 1840 una paz honrosa para ambas naciones, debida a la pericia de este hábil diplomático. Una amnistía fue concedida a los unitarios, remontando al año de 1828, también debida a los esfuerzos del negociador: pero esos hombres no la aceptaron, y el Almirante salió del Rio de la Plata, cubierto de insultos y maldiciones de los anarquistas, por haber servido bien a su país, y a los intereses de la civilización y de la humanidad.

En el entretanto, la guerra continuó entre federales y unitarios. Oribe se acampó en la provincia de Entre Ríos (una de las de la Confederación), y desechó la mediación que le ofertaron los Ministros de Francia e Inglaterra, porque los unitarios le acababan de mandar una máquina infernal a Rosas para asesinarlo, y reunía todos sus elementos para invadir aquella provincia; prescindiendo de que el General que abdicara la presidencia por el poder de la intervención Francesa, en cuanto ese obstáculo desapareciese, vendría a vengar sus derechos menospreciados, y restablecer la constitución en su país. Estaba, pues, abierta la campaña, que aún hoy día desuela aquella desgraciada nación.

El 6 de Diciembre de 1842 habiendo reunido Rivera y sus aliados todas las fuerzas de que podían disponer, dieron la batalla del Arroyo Grande (territorio Argentino) en la cual fueron completamente batidos, perdiendo la artillería, y gran parte de la caballería e infantería; y no cabe duda que un cuerpo del ejército que Oribe hubiese mandado inmediatamente sobre Montevideo, hubiera entrado en la plaza sin disparar un tiro: pero los Ministros de la Francia y de la Inglaterra entorpecieron aun una vez la marcha del Presidente legal. En cuanto estos Plenipotenciarios supieron la decisión de esta batalla, pasaron la célebre nota del 16 de Diciembre, con la expresa intimación de que el ejército no pasase el Uruguay, o, volviese a pasar de nuevo el rio en el caso de haber efectuado ya aquella maniobra. Esta nota fue justamente despreciada por los Generales Rosas y Oribe, y más adelante los dos Gobiernos desaprobaron el procedimiento de sus Ministros, que encerraba en sí la extinción del derecho público internacional, o, de la independencia de la Confederación, cerca de cuyo Gobierno estaban acreditados. Por eso fue que hubo grande demora en la ida de buques para el pasaje del rio, y Oribe pudo recién llegar al Cerrito (menos de una legua distante de Montevideo) el 16 de Febrero de 1843, dando principio al sitio de la plaza, que se ha prolongado hasta el día de hoy.

Esta no era una guerra de estado a estado, como dice M. Guizot, era una sedición de los unitarios y Riveristas aliados con los Franceses, contra los dos Gobiernos legales del Plata, porque en Montevideo había de todo, menos Montevideanos, como muy bien lo dijo en la Cámara de los Pares el noble Conde de Gabriac; y es bajo este punto de vista, que se debe examinar la cuestión del Rio de la Plata.

La ciudad sitiada no presentaba medio alguno de resistencia, la deserción era espantosa para las filas de Oribe; pero el gobierno de Montevideo se acordó de llamar a su partido a los extranjeros, y por eso no ahorró medio alguno, por bajo y vil que fuese, para alborotar esa población imbécil. Los Franceses que habían protestado contra la Convención Mackau, se presentaron al Cónsul a pedir armas; pero este, temiendo precedentemente el resultado de este armamento, publicó una circular con fecha 9 de Febrero en que decía - "Sabiendo el Cónsul General de Francia, que se ha tentado armar a los Franceses para tomar parte en la lucha en que se halla envuelto el país, tiene el honor de recordar a sus compatriotas el artículo veinte y uno del código civil. "Todo Francés que sin autorización del Rey entrase al servicio militar extranjero, o se enrolase en una corporación militar extranjera, pierde la cualidad de francés." Al mismo tiempo el Cónsul aseguraba una protección decidida a los que no se comprometiesen. Este proceder moderado pero enérgico paralizó por algún tiempo los esfuerzos de la intriga: pero como la deserción continuaba, a punto de hallarse los buques extranjeros llenos de familias que fugaban del terror que había esparcido el titulado Gobierno de Montevideo, se renovaron las tentativas del armamento extranjero con más ardor: era el salus populi. A fines de Marzo ya muchos Franceses habían tomado las armas, lo que obligó al General Oribe a publicar la circular del 1. de Abril, en que declaraba que trataría como enemigo a todos los extranjeros que tomasen partido en favor de los rebeldes. Este procedimiento justo, según la opinión de los publicistas más distinguidos, no desengañó todavía a los alucinados de la ciudad, y el Gobierno de Montevideo, sostenido por algunos negociantes que habían adelantado sumas considerables, y pretendían especular sobre la continuación de tantos males, proclamó que las vidas y propiedades extranjeras estaban en peligro, pues si el enemigo llegaba a apoderarse de la ciudad, todos serian degollados; con estos embustes muchos extranjeros volaron a las armas, y formaron una legión que enarboló el pabellón francés.

En vano fue que el Almirante y el Cónsul francés les dirigieron proclamas aconsejándoles desconfiasen del Gobierno. La seducción, el miedo y el interés pudieron más que los representantes de la Francia. Cuan contradictorio es el procedimiento de estos funcionarios con el de otros funcionarios posteriores! ....

Cuando el Gobierno vio que las amenazas del Almirante no pasaban de palabras, continuó con más vigor tratando del armamento extranjero: para eso impuso contribuciones semanales sobre los neutrales, prohibió el trabajo público a los que no tomasen las armas, dio ración y casa de balde a las familias de los soldados, les suspendió a estos el pago de las deudas, e insultó públicamente a los verdaderos neutrales. El estado de miseria en que se hallaba la ciudad favoreció este plan. Era una cruzada general en nombre de la civilización, y de la humanidad la que estos hombres proclamaban con el auxilio de la intriga y de la violencia!

Además de esto, se prometieron tierras y ganado a los legionarios que, según un cálculo presentado en el Nacional (periódico oficial) excederían el valor de veinte mil pesos fuertes para cada soldado: se daba como cierta la intervención Europea, fundándose en unas cartas confidenciales del Señor Mandeville, Ministro inglés en Buenos Aires, en que decía que las fuerzas interventoras ya debían estar en camino. Hubo quien supuso que esto sería estratagema para conseguir un tratado ventajoso, pero la comportación del Comandante de la estación naval inglesa pareció contrariar esta opinión. Efectivamente, ya fuese el Comodoro Purvis seducido por el amor mal entendido de su país, o por la ambición de gloria, o movido a compasión por las escenas de barbarie que le presentaban los unitarios, (crueldades cometidas por ellos con el único objeto de imputarlas a sus enemigos, y acarrearles con eso el odio extranjero; tales como por ejemplo la mutilación de sus cuerpos en el campo, y otros actos semejantes) fuese por los motivos indicados o por cualesquiera otros, no es menos cierto, que al Comodoro y solo a él se deben los males espantosos, y el derrame de torrentes de sangre que enturbian las aguas del Plata. A él se debe principalmente el armamento extranjero, pues si hubiese reconocido el bloqueo Argentino, la ciudad habría caído inmediatamente, incomunicada por tierra y mar. Pero Mr. Purvis se adelantó aún más: intervino directamente sin previa declaración de guerra, no dejó operar a la escuadra Argentina, y dos veces hizo evacuar a las tripulaciones de aquellos buques la Isla de Ratas de que se habían apoderado, y cuya posesión, cortando las comunicaciones de la ciudad con el Cerro, haría sucumbir la fortaleza situada sobre este, dominando el puerto por su posición, de lo cual resultaría indudablemente la completa sujeción de Montevideo. Hizo devolver la pólvora que varios particulares de diferentes naciones tenían guardada en aquella isla, reclamándola como propiedad inglesa, y la entregó al Gobierno de Montevideo; embargó la escuadra Argentina bajo el pretexto de pedir explicaciones a Oribe sobre la circular del 1.º de Abril, de lo cual resultó que se retirase la escuadra a Buenos Aires, y últimamente ayudó con sus oficiales y marinos para levantar la fortificación más alta de Montevideo, adonde todavía hoy se lee la inscripción - Batería del Comodoro! .... Qué neutralidad!

Semejantes irregularidades animaron a los especuladores. Lafone, y algunos Ingleses más, organizaron una compañía que tomó por su cuenta, no solamente las entradas, sino también todos los edificios públicos, plazas, fortaleza y catedral (véanse los discursos de los Sres. de Gabriac y Pelet en la Cámara de los Pares en Francia) islas de Gorriti y de Lobos, litoral y sus aduanas, terrenos para fundar colonias, y .... tanta cosa tan nueva en la historia de las naciones, tan extemporánea en el siglo 19, que ningún Gobierno Oriental podrá ya sancionar tantas ilegalidades y fraudes escandalosas!

Gracias al dinero que fue dando la compañía, y al sistema de terror adoptado por el Gobierno de Montevideo, a las contribuciones forzosas, multas arbitrarias, recibimientos de efectos por falta de dinero, (porque todo hacia cuenta) la guerra se prolongó aún más.

Adoptaron fuera de esto un medio que evitaba a los contribuyentes el faltar a sus compromisos; era mandarlos para el Cerro a servir en la artillería, o colocarlos en la guerrilla de un célebre Inglés conocido por el nombre de Capitán Samuel, que tenía por divisa en una bandera semiinglesa una calavera con este mote - Ni doy ni recibo cuartel! y por precepto invariable, no traer prisioneros vivos. En 11 de Setiembre apareció empero fijado un anuncio del Cónsul general de Francia, en el cual declaraba que, según las últimas órdenes recibidas de su Gobierno, el armamento de los Franceses en Montevideo era incompatible con los principios de neutralidad que había adoptado la Francia, y que por eso el gobierno del Rey lo miraba con el mayor desagrado, habiendo ya dado órdenes terminantes al Almirante y Agentes diplomáticos para observar la más estricta neutralidad, no consintiendo que los Franceses se armasen para la defensa de Montevideo, ya fuese por voluntad propia, o a pedido del Gobierno Oriental.

El Almirante Inglés recibió igualmente órdenes para reconocer el bloqueo y para conservarse neutral! Compárese esta política de los dos Gabinetes a fines de 1843 con la política de hoy día, y para conocer el dolo con que se manejaba este negocio, échese también la vista sobre el modo con que los delegados de la Francia y de la Inglaterra ejecutaron aquellas determinaciones en el Río de la Plata. La Legión Francesa estuvo a pique de dejar las armas, pero el Ministro Brasilero, el Sr. Casanção de Sinimbú, adoptando una política opuesta a la de su antecesor (el Sr. Regis, que habiendo sido insultado en la Legación por Garibaldi, y negándosele la debida satisfacción, se embarcó para su país) vino también a su turno a complicar la cuestión. Éste Agente diplomático, por motivos que más adelante explicaremos, no quiso reconocer el bloqueo; convocó a los jefes de la legión, prometió tropas, dinero y buques, y estableció con el Ministro de Negocios Extranjeros, D. Santiago Vasquez, un tratado para unir una parte de la República Oriental al Imperio del Brasil! ....... Esta empresa loca, anti Americana, e imposible de realizarse (porque la cesión era hecha por quien no tenía ni derecho ni fuerza para hacerla) fue conocida por todo el pueblo de Montevideo.

Mas el Gobierno Imperial no quiso asentir: mandó reconocer el bloqueo y retirar al Sr. Sinimbú, así como al Encargado de Negocios en Buenos Aires, el Sr. Ponte Ribeiro, que tuvo desinteligencias con el Gobierno Argentino. La causa de este cambio de política de parte de los Ministros Brasileros en el Rio de la Plata fue debida a no haber ratificado el General Rosas el tratado de alianza concluido en Rio Janeiro por los Plenipotenciarios de las dos potencias: lo que fue, en verdad, una fatalidad. Este tratado, ya firmado por el Emperador en 27 de Marzo de 1843, habría terminado por largo tiempo la guerra, ahorrando millares de víctimas, y salvando inmensas fortunas de nacionales y extranjeros. En los preliminares de ese tratado se lee, "que deseando las dos partes contratantes restablecer la paz en la República Oriental del Uruguay y en la provincia de Rio Grande de San Pedro del Sud, y estando convencidas de que el gobierno de Fructuoso Rivera es incompatible con la paz interior de dicha República y con la seguridad del Imperio y de los Estados limítrofes; convencidas de que la perpetuación de su poder, mantenido por una política dolosa y sin fe, no solo pone en peligro la existencia política de la misma República, que por la Convención preliminar de paz del 27 de Agosto de 1828, ambos Gobiernos se obligaron solemnemente a defender, sino que fomenta la rebelión de la provincia del Rio Grande contra el trono constitucional del Brasil, cuyos rebeldes se habían aliado a Rivera para hacer la guerra al Imperio y a la Confederación Argentina, como lo prueban los documentos auténticos de que ambos Gobiernos están en posesión ; y queriendo poner término a este estado de cosas, restablecer el imperio de la ley en la República del Uruguay, y asegurar también la paz del Imperio y de la Confederación Argentina, convienen en celebrar entre sí un tratado de alianza ofensiva y defensiva." Por esto se ve cual era el interés que reportarían los dos países y la Banda Oriental de este tratado, que se hallará íntegro en los diarios de Buenos Aires. Pero el General Rosas, aunque simpatizara mucho con él, no asintió, porque no se hallaba debidamente representada en él la República Oriental. En nuestra humilde opinión había un remedio fácil que aplicarle, existiendo buena fe en las dos partes contratantes: un artículo adicional salvaría la dignidad de la República.

De no haberse efectuado esa alianza resultó más tarde la célebre misión del Vizconde de Abrantes a Europa, y al cabo la intervención Anglo-Francesa, que aquellos gobiernos rechazaban aun en 1844, como impolítica, injusta e ilegal.

El gobierno de Montevideo, continuando en su política mezquina, aprovechó la ausencia de la corbeta D. Joao Primeiro para quitarle el exequatur al Cónsul General de Portugal, el Sr. Leonardo Souza Leite de Azevedo, mandándole salir de la ciudad en tres días: honor sea hecho a nuestro Gobierno que reconoció sus servicios, nombrándolo Encargado de Negocios en las Repúblicas del Plata, para dicha de los Portugueses establecidos en aquellos parajes! El 14 de Diciembre repitió otra vez el Cónsul  Francés la intimación al gobierno de Montevideo, para que sus compatriotas soltasen las armas, y no las volviesen a tomar bajo pretexto alguno: pero el gobierno contestó negativamente, y el Cónsul pidió su pasaporte, y se embarcó el 1.º de Enero de 1844. Las medidas fuertes que se aguardaban por parte del Vice-Almirante Francés, no aparecieron, debido a la habitual apatía de M. de Clerval; y su sucesor M. de Lainé, en quien se tenía toda clase de esperanzas, no hizo otra cosa que ser espectador de una farsa ridícula que representó la legión a la vista del pueblo atónito.

M. Lainé intimó al Gobierno, dando el plazo de 24 horas para el desarme de los Franceses, y haciendo tomar una posición hostil a los buques de su división; pero la legión se reunió, puso las armas en pabellón, y declaró que las soltaba como Franceses, pero que las volvía a tomar como Orientales del Uruguay que seguían siendo desde ese momento, y quedaron organizados del mismo modo! Burladas de este modo las órdenes del Rey, ¿quién dijera que el Almirante Lainé se diera por satisfecho, y que agradeciera al Gobierno de Montevideo la pronta ejecución que daba a sus reclamos? Pero el Cónsul no quiso admitir la desnaturalización de un número tan crecido de sus compatriotas; los Franceses neutrales protestaron repetidas veces contra aquel acto, y se apeló nuevamente al Gobierno de la Francia ....... Todos los neutrales y 17,000 Franceses quedaron esperando el desenlace de esta tragicomedia.

En los últimos días de Junio, salió el Comodoro Purvis del Rio de la Plata, habiendo hostilizado a Oribe cuanto le había sido posible ; y siempre bajo el manto de neutral; debido a él, el bloqueo parcial que existía nunca pudo hacerse efectivo por la escuadra Argentina: pero el Presidente legal de la República trató constantemente de evitar que el Jefe Inglés tuviese motivos sobre que fundar su proceder injusto, cerrando los ojos a las más escandalosas arbitrariedades, a las más solemnes infracciones de neutralidad. En el entretanto, el gobierno de Montevideo continuaba insultando a los neutrales. Pesó una nueva contribución sobre ellos, en proporción al número de puertas y ventanas que tenía cada habitación, semejante a la que hubo en Portugal en los últimos días de la usurpación; esta enorme suma se gastó inmediatamente. En vano representaron algunos Ingleses contra esta arbitrariedad, el Encargado de Negocios de la Gran Bretaña (Mr. Turner) no los atendió.

La fuerza marítima inglesa y francesa apoyó constantemente las medidas del Gobierno intruso de Montevideo, por más arbitrarias que fuesen; por consiguiente los demás neutrales, que veían con dolor semejantes atentados, no podían de modo alguno remediarlos. El Comandante de la fragata Congress de los Estados Unidos se separó una vez también de la rigurosa neutralidad que su gobierno había observado; pero el Jefe de la estación naval desaprobó inmediatamente su comparación, y el Gobierno de Washington dio una completa satisfacción a los de Buenos Aires y de la Banda Oriental.

El 16 de Enero fue intimado un bloqueo riguroso por el Gobierno Argentino que veía la nulidad del parcial, pero el Contra-Almirante Lainé se negó a reconocerlo, no quedando otro recurso al General Rosas que el de protestar; pues, siendo el derecho de bloquear un atributo de la soberanía, y hallándose la Confederación reconocida por la Francia como país libre e independiente, es indudable que podía, cuando quisiese, bloquear una plaza enemiga, respetando el derecho de gentes, y presentando fuerza suficiente para hacerlo efectivo. Todo esto aparecía, y no aparece hoy en el bloqueo Anglo-Francés; porque, ni la fuerza marítima que tiene en el sud de la América, es suficiente apenas para bloquear la décima parte del litoral de la Confederación y República Oriental, ni han sido respetados los derechos de los extranjeros neutrales. ¿La cuestión muda acaso de forma porque entonces eran salvajes los bloqueadores, y hoy son las naciones más civilizadas del mundo? Los intolerables insultos que han pesado sobres los habitantes de las dos márgenes del Plata, las inauditas arbitrariedades ejercidas hacia sus gobiernos legales, por los gobiernos constitucionales de la Francia y de la Inglaterra, han encontrado eco en todas partes, y allí mismo en las Cámaras de París, decía M. Mackau, que tiene conocimientos especiales de aquellos países, el 24 de Enero: "Sabéis quienes son los que se quejan y reclaman? Son los que han tratado que la Francia tome una actitud contraria a su dignidad y a su honor; son los que antes del cumplimiento de la misión que me fue confiada, se habían envuelto en guerra civil; son los que después de haber obtenido 300,000 francos del Gabinete de 5 de Abril, con facultad de gastarlos ocultamente, hicieron girar letras hasta el valor de más de dos millones y trescientos mil francos, entregando el dinero de la Francia a intrigantes, que solo trataron de enriquecerse a costa nuestra. Nuestra política debe ser proteger nuestros compatriotas, mientras no se mezclen en los asuntos del país, y abandonarlos si lo hubiesen hecho. "Del mismo modo se explica el Vice-Almirante Massieu de Clerval, en una carta, con fecha 9 de Noviembre de 1833, escrita abordo de la fragata la Gloire, presentada a la Cámara por el Ministro de la Marina: - "Son los mismos hombres, dice, queriendo a la fuerza figurar en este país, a riesgo de comprometer a sus compatriotas" y después de haber desarrollado la cuestión de la incompetencia del armamento francés, concluyó: "Cuando se decía en Francia que los negociantes más respetables se mantenían separados de toda la cuestión, se decía la verdad; son simples artesanos, o algunos dependientes que vienen a probar fortuna, y sirven como Capitanes en la Legión de Voluntarios." Ved aquí, pues, a quienes el Gobierno de la Francia mandó proteger con una escuadra, y por cuya causa acarreó sobre sus compatriotas el odio eterno de estos pueblos! Por tan plausible motivo se dejó de reconocer el bloqueo, y por eso el Gobierno Argentino decretó que no fuese admitido en los puertos de la Confederación buque alguno que hubiese tocado en Montevideo, y Oribe dispuso lo mismo con respecto a sus puertos.

Veamos ahora como terminó la guerra en la campaña, y aparecerá el extraño y rarísimo fenómeno de una intervención extranjera en favor del partido que ocupaba una ciudad, contra otro que acababa de posesionarse del país entero, y que tenía en su favor, además de la fuerza, la justicia.

El General Rivera vagaba por los campos, evitando el encontrarse con las fuerzas de la Confederación y de Oribe, cuando la caída del partido revolucionario del Rio Grande vino a aumentar sus filas con los soldados que no quisieron admitir la amnistía del Baron de Caxias: reunidos a sus Gauchos e Indios tentó sorprender la ciudad de Melo en el departamento de Cerro Largo; pero habiendo sido rechazado y perseguido muy de cerca por el General Urquiza, Gobernador y Capitán General de Entre Ríos, se retiró para los campos de la India Muerta. Este lugar, que ya había sido fatal para Rivera en otro tiempo, combatiendo las armas portuguesas, completo ahora su pérdida; completamente batido su ejército, trató de salvarse fugando, y pasando a nado el río Yaguaron, fue a buscar asilo en el Brasil.

Siguióse inmediatamente la pacificación de la campaña, y el comercio principió a desarrollarse: los Agentes de la Francia declararon reconocerían el bloqueo, tan pronto como lo reconociesen las demás naciones; pero Mr. Turner, Encargado de Negocios de la Inglaterra, reclamó un plazo para los buques que viniesen de ultramar: el Gobierno Argentino protestó contra la injerencia de este Ministro, en quien no reconocía autoridad para limitar los derechos de beligerante que tenía; y en esta protesta estaba conforme con la opinión y órdenes del Conde de Aberdeen, dadas en su despacho de 1.º de Agosto de 1843, en que se decía, que ningún estado que profesaba neutralidad, podía restringir el derecho de un beligerante de bloqueo absoluto, que emplease la suficiente fuerza para hacer efectivo el bloqueo. Entonces fue que hizo su aparición en las aguas del Rio de la Plata el Sr. Ouseley, Ministro Plenipotenciario de la Gran Bretaña. Se hablaba de mediación, pero no había entre quienes mediar, porque en el territorio de la Confederación estaban sofocadas todas las rebeliones, y en el Oriental del Uruguay obedecía todo a Oribe. Otros con mas razón creían que el Ministro trataría de conseguir algún favor para los vencidos, y el resultado de su viaje era esperado con ansiedad.

Efectivamente las conferencias principiaron bajo un carácter pacífico, presentando el Gobierno Argentino como base preliminar el reconocimiento del bloqueo: se reunieron en la secretaría de Negocios Extranjeros, el respectivo Ministro Argentino D. Felipe Arana, Mr. Ouseley, y Mr. Brent, Encargado de Negocios de los Estados Unidos, cuya mediación fue aceptada por el Gobierno, y se arribó a una conclusión que con todo no se escribió, porque el Ministro Inglés dijo que aguardaba el que estuviese presente el Enviado de la Francia, el Baron Deffaudis, y que nunca se ejecutó tampoco, gracias a la reconocida mala fe con que estos diplomáticos se han conducido en el Río de la Plata. Estas bases, que establecían el reconocimiento del bloqueo y de la presidencia de Oribe, y que están impresas en la Gaceta de Buenos Aires, fueron desaprobadas por el Sr. Deffandis y el Sr. Ouseley, sin acordarse ya de lo que había acordado, se unió al Ministro Francés, y ambos intimaron al General Rosas que suspendiese las hostilidades, e hiciese retirar las tropas de mar y tierra, agregando el Sr. Deffaudis que tenía instrucciones de su gobierno para hacer levantar el bloqueo! En seguida tuvo Jugar el procedimiento más escandaloso por parte de los aliados para con la escuadra Argentina. El Gobierno de Buenos Aires la mandó retirar inmediatamente que supo la opinión de los Plenipotenciarios acerca del bloqueo, pero ya estaba embargada por los Anglo-Franceses! El 31 de Julio participaba el Almirante Brown (Irlandés al servicio de la Confederación) que había recibido aviso de los Comandantes Inglés y Francés para poder retirarse, dejando los súbditos de aquellas dos naciones que tenía en su servicio; pero que, no pudiendo dar a la vela sin ellos, pidió licencia para retener los hasta llegar a Buenos Aires; permiso este que no podía eludirse, porque el ancladero está en la costa, adonde se hallaba una fuerza aliada. Esa misma tarde tuvo una explicación verbal el Comandante Pasley (Inglés) con el Almirante Argentino, de la cual dedujo este que podía hacerse a la vela cuando se le antojase. A consecuencia de esto, el 2 de Julio, luego que avistó los vapores que conducían los Ministros a Montevideo, hizo señal a sus buques para estar prontos para alzar anclas, y como hasta las tres de la tarde no le comunicasen contra orden, hízose a la vela la escuadra con los cañones descargados. Inmediatamente las corbetas de S. M. B. Comus y Satellite, y el Bergantín Francés Dassas que estaban fondeados cerca de los buques Argentinos, se hicieron también a la vela, rompiendo el fuego sobre ellos, los cuales no tardaron en arriar banderas. Los Franceses se apoderaron de una corbeta, un bergantín y una goleta, y los Ingleses, de un bergantín y una goleta, y por cierto que jamás habían hecho presa más fácil, pero a la verdad tampoco más ingloriosa.

En el parte que el Almirante da a su gobierno, después de relatar los acontecimientos, agrega: "Semejante agravio exigía imperiosamente el sacrificio de la vida con honor, pero también la subordinación religiosa a las órdenes del Exmo. Sr. Gobernador, comunicadas por el Ministerio con el objeto de evitar incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al abajo firmado a arriar una bandera que por treinta y tres años de continuos triunfos, sostuvo con toda dignidad sobre las aguas del Plata." Después de este acto inaudito, que todos clasifican de piratería, llevaron los buques adentro del puerto, sacaron los Ingleses y Franceses, trataron de seducir a los Argentinos, y llegaron hasta insultar al Comandante de uno de los bergantines.

Se había dado principio, pues, a las hostilidades sin previa declaración de guerra, y ya durante las negociaciones habían los Almirantes Francés e Inglés (Lainé e Inglefield) provisto con tropa y municiones de guerra la plaza de Montevideo. Después declararon bloqueados los puertos de la República Oriental, dieron al Jefe marítimo Garibaldi un bergantín y una goleta Argentina, y prepararon una expedición para tomar la Colonia del Sacramento, y ocupar las poblaciones del litoral del Uruguay.

No se avergonzaron los Almirantes de dos naciones poderosas, de asociarse con el aventurero Garibaldi: salieron pues, aguas arriba, la fuerza disponible Anglo-Francesa, un batallón llamado nacional, y compuesto casi todo de Españoles obligados a servir, y la mayor parte de la legión Italiana, con cuya ausencia disminuyeron los robos en la ciudad; y el 31 de Agosto ocuparon la Colonia sin resistencia alguna, pues había sido enteramente abandonada. Este hecho militar está referido con tanto chiste y exactitud por el Journal des Débats, que transcribimos algunas líneas de él: "Mientras las fuerzas Anglo-Francesas, dice el periodista de Paris, se ocupaban en refaccionar las fortificaciones, y poner la plaza al abrigo de cualquier sorpresa, nuestros aliados los Condottieri robaban y saqueaban las casas, echando abajo las puertas de los almacenes que había respetado el fuego, contestando a quien trataba de impedirlos, que era la suerte de la guerra. La linda iglesia de la Colonia tan limpia, con sus paredes recientemente blanqueadas, tan sencilla en su estilo como una capilla de aldea, no se libró de los ultrajes. Los victoriosos Condottieri se establecieron allí, se acostaron sobre el piso de mármol del coro, colgando las gorras y las cartucheras en las arañas benditas: el eco de las bóvedas repetía el sonido de los fusiles y espadas que rodaban por el suelo en medio de los gritos sacrílegos y profanos, el altar servía de mesa de orgía! Qué extraño espectáculo presentaba esta reunión de aventureros, cubiertos algunos con el tosco traje catalán, con una gorra frigia, otros con el rostro cubierto con el capote siciliano, o cual bandido de los Apeninos, con una especie de gorra de la cual pendía flameando una pluma: largos y lacios bigotes, una chaqueta azul sujeta al cuerpo por un cinturón de cuero, sosteniendo un gran sable y pistolas, botas de potro hasta las rodillas, y por último un puñal como en tiempos del Condestable de Borbon. Estos hombres comiendo, bebiendo, cantando y jugando a los dados el fruto del saqueo, recordaban una época felizmente olvidada en la Europa."

En la plaza quedó una guarnición de estos defensores de la República Oriental apoyados por la corbeta Satellite y bergantín Dassas que desembarcaron parte de la guarnición; pero quedaron después sitiados por las fuerzas de Oribe, hasta el grado de no hacer siquiera una salida. En cuanto a los Almirantes siguieron viaje a la Isla de Martin García, e intimaron a la guarnición de la plaza que se rindiese: pero esta isla, propiedad Argentina, ya había sido abandonada, y solo quedaba allí un oficial y once soldados veteranos. Siguieron por el Uruguay, pero habiendo sido recibidos a balazos, volvieron sin gloria, y sin el ganado que buscaban, y del cual precisaban mucho para la manutención de la escuadra y de Montevideo.

Garibaldi quedó pirateando en aquel río por algún tiempo más. El saqueo de la Colonia, y la clase de los aliados, les quitaron a los Anglo-Franceses las pocas simpatías que tenían. Los Orientales corrieron todos a las armas a defender la santa causa de la independencia y de la religión contra los herejes, como los llamaban los clérigos en sus pastorales, que todos saben cuánto influjo tienen sobre el ánimo español, y desde ese instante pudo juzgarse cuál sería el resultado de la intervención, que tal vez en el momento en que esto escribimos haya desaparecido del Plata.

El Gobierno Argentino continuó aun observando el sistema de moderación que había adoptado, sufriendo en silencio generoso todos los ultrajes, porque tenía la conciencia de su fuerza: dio órdenes terminantes para que fuesen respetados los súbditos de las naciones interventoras; pero recelando pudiese haber alguna sublevación contra los oficiales de la escuadra combinada, cortó las comunicaciones con el mar. Entonces los Plenipotenciarios declararon bloqueados los puertos de la provincia de Buenos Aires.

Este manifiesto, que fue desmentido por los diplomáticos de todas las naciones residentes en Buenos Aires, incluso el Encargado de Negocios de Francia, estriba sobre principios falsos: los Ministros Ouseley y Deffraudis invocaron los tratados de 1828 y 1840, cuando ninguna de las naciones que representan, había garantido la independencia de la República Oriental, sino tan solamente el Brasil y Buenos Aires, como ya vimos en el principio de esta memoria; a tal grado que, dirigiéndose los negociadores Argentinos a Lord Ponsonby, Ministro de S. M. B., en 17 de Agosto de 1828, este contestó categóricamente que no se hallaba autorizado por su gobierno para garantir tratado alguno de paz en nombre de la Inglaterra: (véase la carta de Lord Ponsonby de 20 de Agosto) y tan lo ha considerado así la Inglaterra, que permaneció impasible cuando los Franceses destruyeron la autoridad legal de aquel país en 1838. Ni por la convención de paz hecha entre la Francia y la Confederación Argentina en 1840, se estipula cosa alguna a semejante respecto, pues el artículo 5.° se limita a confirmar un hecho, es decir que el Gobierno Argentino, hallándose en guerra con la autoridad intrusa de Montevideo, no pretendía anular la independencia de la República Oriental del Uruguay.

Y M. Guizot dijo sobre este punto, en Mayo de 1844, en la Cámara de los Diputados en Francia, que el Gobierno Argentino tenía derecho para continuar la guerra a que había sido provocado, y que el artículo 5.° de la convención de 29 de Octubre de 1840, el cual se invocaba para atraer la intervención, era enteramente extraño a esta guerra. La Cámara sabe ya, agregó el mismo Señor, que la continuación de la guerra y sus consecuencias no pueden considerarse como violación del tratado, porque el tratado de manera alguna contiene la prohibición de la guerra. "Considerando esto, se deduce perfectamente que no está de parte del Sr. Deffaudis derecho alguno por el tratado que invocó, y que no teniendo reclamo alguno que hacer contra las dos Repúblicas del Plata, que de ningún modo ofendieron a la Francia, no podía ni debía intervenir.

Pero los Ministros de la Francia y de la Inglaterra consideraron como pueblo Oriental a los extranjeros proletarios que se hallaban en Montevideo, y a la facción unitaria también extranjera, feroz en su modo de proceder y en sus máximas, causa primordial de todos los desórdenes del Plata, como ya tratamos de demostrar .

Es notable la recomendación de Lavalle a sus Tenientes, cuando los Franceses evacuaron el Plata en 1840. Les decía ese Jefe, que era necesario fusilar a todos los prisioneros de guerra, obligar a los capitalistas a dar el dinero que tuviesen, y para sostener la libertad, seguir el sistema de los Jacobinos! Rivera Indarte (ya finado), uno de los más ardientes unitarios, decía en el Nacional de Montevideo, que redactó muchos años, que matar no era asesinar, y que era acción santa matar a Rosas! …Aconsejaba a la propia hija del General que matase a su padre, y no se avergonzaba de proponer a las compatriotas suyas que, cual nuevas Judits hiciesen participar de sus lechos a los Jefes federales, y en seguida les diesen la muerte! .... Coherentes con estas máximas, publicaron en Montevideo los unitarios un decreto datado en Marzo de 1843, mandando fusilar a todos los que llevasen la divisa de los Defensores de las Leyes, que toda la nación usaba por orden de Oribe : era esto una proscripción general contra combatientes y no combatientes, y tanto lo fue que Pacheco Obes, entonces Ministro de la guerra, mandó fusilar a algunos infelices inermes, porque habían sido tomados en una excursión que hicieron los de la ciudad. Entre los muchos asesinatos cometidos por aquel Jefe, ninguno irritó tanto por su atrocidad como el del Capitán García. Era natural de Montevideo y muy conocido allí. Habiendo sido hecho prisionero después de ser gravemente herido, fue conducido casi moribundo a la presencia de Pacheco, y este bárbaro, recelando que se le escapase la presa, lo mandó fusilar inmediatamente. El desgraciado ya no podía sentir el golpe. Entretanto en Buenos Aires se daba una amnistía, y se restituían los bienes confiscados a aquellos que volvían a su país; y Oribe, aun después del triunfo de la India Muerta, todavía concedió perdón a todos los alucinados. Mas estos hechos, que nadie ignora, eran desfigurados cuando se escribía para la Europa pidiendo la intervención, porque el fin era asegurar las compras ilegales hechas a vil precio a hombres que no tenían poder ni autorización para hacer semejantes ventas. Ya en otro lugar hemos procurado explicar este hecho.

Si los Ministros hubiesen venido dispuestos a concluir la guerra como decían, y se hubiesen dirigido a Oribe como Presidente reconocido en todo el territorio de la República, aunque le negasen la legalidad, la guerra estaba concluida inmediatamente: pero ellos se dirigieron a Buenos Aires, fingiendo no reconocer a aquel Jefe más que como un General Argentino; y al paso que anunciaban la intención única de garantir la independencia de la República Oriental, intentaban operaciones sobre el territorio de la Confederación. Además de la traidora captura de la escuadra Argentina, se apoderaron de la isla de Martin García, y se internaron en los ríos, lo que les era expresamente prohibido por el tratado del 9 de Febrero de 1825; olvidando lo que decía el Conde de Aberdeen en la Sesión del 17 de Agosto de 1844, que la pretensión de los comerciantes Ingleses de penetrar con sus buques en los ríos interiores de la República Argentina era contraria a los derechos soberanos de la Confederación, porque, corriendo el Paraná por el territorio de Buenos Aires, debe ser considerado como dominio de aquel estado, y por consecuencia tiene el Gobierno Argentino el derecho de disponer de la navegación conforme determinase, sin que el Gobierno de S. M. pueda impedirlo para abrir paso a los buques mercantes para ir al Paraguay por el Paraná. Fundado en estos principios es que el Gobierno Argentino considera como usurpadores y trata como enemigos a los buques que entrasen en el Paraná, mandando levantar baterías en diferentes puntos de la costa, y declara como piratas a los buques mercantes que se asociaren a las expediciones militares.

Pero los Anglo-Franceses a nada atendieron, y he ahí que enviaron una fuerza al Paraná, seguramente con el fin de auxiliar a la provincia de Corrientes, parte integrante de la Confederación, que se hallaba sublevada, suscitando así mas enemigos a la República, dividiéndola para mejor dominarla, y obtener por fin un gobierno en la Banda Oriental que sancionase la venta de las rentas de la aduana hasta 1848, y otros mil impuestos cuyas bases se hallan insertas en un contrato que tenemos a la vista, impreso en la Gaceta de Buenos Aires, y que se halla firmado por el Ministro Montevideano D. José de Bejar.

¡Tal fue la misión de paz desenvuelta por los Ministros que se proclamaban pacificadores! Sacrificaron los intereses de millares de compatriotas por una quimera irrealizable de conquista o protectorado, e hicieron odioso en América el nombre de Europeo, para tener al fin que ceder vergonzosamente, tanto más cuanto que las dos Repúblicas del Plata forman la vanguardia de todos los Americanos justamente indignados contra tan odioso proceder.

Los aliados comenzaron las operaciones en 2 de Agosto de 1845, y no han podido hasta hoy salir de los puntos fortificados que ocupan en la costa, protegidos por la artillería de sus buques: algunas veces que se han aventurado fuera de las líneas en pequeños cuerpos, han sido inmediatamente rechazados, lo que prueba evidentemente que el pueblo Oriental del Uruguay está resuelto a sostener su independencia y la representación nacional reunida en el Miguelete (menos de una legua de Montevideo) autorizando la permanencia de las tropas Argentinas en el campo Oriental, y sancionando todos los actos extraordinarios de Oribe, dá toda fuerza a esta tan justa causa.

En cuanto a la Confederación Argentina, nada pueden contra ella los interventores: para atacar a Buenos Aires con probabilidad de éxito, son necesarios veinte mil hombres, y establecidos entre las ruinas de la ciudad, se verían cercados inmediatamente por masas de caballería, y jamás penetrarían en el interior del país. Los Ministros, reconociendo la dificultad de la empresa que con tanta ligereza emprendieron, fueron a procurar aliados invadiendo el Paraná. El 20 de Noviembre atacaron y tomaron las baterías improvisadas en la Vuelta de Obligado, después de un encarnizado combate, altamente honroso para los Argentinos, que resistieron por espacio de ocho horas con 35 piezas (la mayor parte de campaña) contra 113 de grueso calibre que presentó la escuadra combinada, cediendo solo cuando se les acabaron las municiones, poniendo en salvo las piezas de campaña, y dejando una parte de los buques enemigos con gruesas averías y sus tripulaciones mermadas en doscientos muertos o heridos, entre ellos bastantes oficiales. Los buques mercantes que convoyaban la expedición, ningún lucro alcanzaron, pues que solo al cabo de algunos meses llegaron a Corrientes, cañoneados siempre que se aproximaban a tierra, encontrando al fin invadida la provincia por el ejército de Urquiza.

He aquí lo respectivo a las operaciones de los aliados: nada más nos consta que hayan adelantado hasta hoy; y fortuna será para ellos que Mr. Hood, que se dice enviado del gobierno Inglés con plenos poderes para la completa pacificación de las Repúblicas del Plata, consiga calmar los ánimos, tan justamente irritados por el proceder de los Sres. Ouseley y Deffaudis.

Penoso es también que nuestro Gobierno fuese engañado como el vulgo, y creyese ligeramente en el infalible triunfo de las armas Francesas e Inglesas; pues no puede explicarse de otra manera el extemporáneo reconocimiento de la independencia del Paraguay, que envió por la corbeta Iris, cuando nadie ignora que, por voto espontáneo de aquel pueblo, fue la República incorporada en la Confederación Argentina; si vivió desligado por muchos años bajo la excéntrica pero recta administración del Dr. Francia, es porque ese hombre singular incomunicó al Paraguay con todas las naciones del mundo: mas hoy que ese pueblo aspira a las relaciones comerciales, y que a su rio, que desagua en el Paraná que pertenece a la Confederación, solo puede irse por este camino, es necesario que esté ligado a las otras Repúblicas, no perdiendo por ese hecho la independencia de su gobierno.

Terminaremos este bosquejo con las últimas ocurrencias de Montevideo, que son una infame página más para la historia escandalosa de los defensores de la plaza, y un desengaño más para sus aliados.

Iba a pisar el General Rivera en Montevideo, y el gobierno Vasquez le intimó que no desembarcase: el feroz Pacheco y Obes capitaneaba los jenízaros que querían impedirle el paso; pero un motín de los negros armados y algunos Vascos deshace el prestigio de estas dos notabilidades: la sangre corre en las calles de la ciudad; las bellas azoteas sirven de fortalezas, y el partido de los unitarios pierde su influencia. Santiago Vasquez, a quien llamaban el sustentáculo de Montevideo, por su falsa política, Pacheco y otros, desaparecen del país, y Rivera toma el mando de las tropas. Dejemos frente uno de otro esos dos contendientes por la presidencia de la República: Rivera, dentro de los muros, sostenido por los extranjeros, y Oribe sitiándolos apoyado por la nación: los Anglo-Franceses aguardando las decisiones de sus Gobiernos; y esperaremos el fin de este drama, que no es dudoso para nosotros.

(De la Restauración de Lisboa, del 18 de setiembre último)