REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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Esclarecimientos sobre la cuestión de la
guerra del Río de la Plata. Por un oficial de la marina Portuguesa.
La Confederación Argentina y la República
Oriental del Uruguay, que formaban en otro tiempo el Virreinato Español del
Plata, son hoy el teatro adonde se pelea una sangrienta batalla, en la cual
representan la independencia Americana los Generales Rosas y Oribe, y en que la
Francia y la Inglaterra, esos dos colosos Europeos coligados con los unitarios
de Buenos Aires y los disidentes de Montevideo, queriendo imponer una tutela a
tantos pueblos libres y aguerridos, ven estrellarse sus esfuerzos contra la
férrea voluntad de un hombre, y pierden la fuerza moral ante la resolución de
un pueblo que quiere sacrificarse por sus derechos. Esta guerra, sostenida hace
tanto tiempo por alevosías y embustes, cuyas causas se ignoran en gran parte en
la Europa, cuyos medios no están debidamente evaluados, esta guerra fue
presenciada por nosotros en parte; y sin tener pretensiones de esclarecer la
cuestión con argumentos nuevos, queremos aprovechar el tiempo reuniendo los
materiales esparcidos en tratados, periódicos, proclamas, protestas y discursos
en las Cámaras de Inglaterra y Francia, reasumiendo todo cuanto sea posible, y
haciende resaltar bien las contradicciones de los hombres que pretenden querer
llevar la civilización y los principios de humanidad al Nuevo Mundo.
A quien nos tache de parciales en esta
tarea, de la cual no resultará para nosotros gloria, ni mezquino interés,
contestaremos en pocas palabras que la obligación de todo hombre honrado es ser
parcial de la causa buena, de la justicia y de la verdad.
Bosquejaremos ligeramente el origen
remoto de la guerra actual, para facilitar la inteligencia de los hechos de que
hemos sido testigos oculares, o que recogimos de buen origen en los mismos
lugares y época de la cuestión.
Por la Convención de paz , celebrada
entre el Imperio del Brasil y la Confederación Argentina, en 27 de Agosto de
1828 , fue elevada a la categoría de Estado independiente la parte del
territorio comprendido entre el Uruguay y el Rio Grande del Sud, baje el título
de República Oriental del Uruguay: la paz y la prosperidad principiaban a
reinar en este país, cuando el General Lavalle, sublevándose con el ejército
para posesionarse del Gobierno de Buenos Aires, mandó fusilar al legítimo Gobernador
el Coronel Dorrego, encendiendo la tea de la discordia entre los Federales y
los Unitarios, tea terrible que aun hoy desuela aquellos fértiles países. El
General Rosas, habiendo derrotado a los unitarios, los obligó a buscar en los
países vecinos el alimento revolucionario que les faltaba en su patria, y
fueren ellos los que, coligados con los Franceses, obligaron forzosamente al
General D. Manuel Oribe a abdicar la presidencia de la República Oriental, para
la cual había sido legalmente electo en 1835 por la Asamblea General de los
Representantes de la nación. Tratamos de esclarecer más este punto, para
demostrar el fundamento con que el General Oribe protestó en el momento de
dejar la presidencia, y con cuanta justicia regresó más tarde a su país nativo,
para vengar el robo que injustamente le hiciera una facción, casi toda
compuesta de extranjeros, en menoscabo de las leyes.
Un partido vencido considera generalmente
que todos los medios son buenos que les faciliten la preponderancia perdida;
por eso en 1836, los unitarios, coligándose con el General Rivera, oefe de la
campaña Oriental, se sublevaren contra Oribe que se negaba a protegerlos contra
la Confederación Argentina; pero derrotados en la batalla de la Carpintería en
el año de 1837, tuvieren que refugiarse al Rio Grande, adonde habiéndose
aumentados con los revoltosos de aquel país, y algunos Indios de las Misiones,
regresaren al territorio Oriental haciendo la guerra de recursos; mas nada
adelantaron con esta nueva tentativa, a no ser el auxilio y cooperación
extranjera que inesperadamente los sobrevine. El Cónsul Francés (M. Roger)
habíase ausentado de Buenos Aires, por no haberle satisfecho el Gobierno
Argentino sobre algunos reclamos, y retirándose a Montevideo, el
Contra-Almirante Leblanc resolvió seguir rio arriba con su fuerza a exigir del
Gobernador de Buenos Aires la cantidad de 300,000 francos a título de
indemnizaciones por pérdidas y daños que habían sufrido algunos súbditos
Franceses. El Gobernador D. Juan Manuel de Rosas (que aun hoy ocupa el mismo
puesto), queriendo tratar con una persona legalmente autorizada, no concedió,
pues, dicha indemnización, y de ahí resultó que el Almirante Francés declaró
bloqueados los puertos de la República: habiendo hecho algunas presas quiso
venderlas en Montevideo adonde imaginó establecer un punto de operaciones,
(como le llamó M. Thiers en las Cámaras en 1844); pero el Presidente de la
República Oriental, queriendo conservarse neutral, no consintió en semejante
venta: entonces los Agentes de la Francia se unieren a Rivera y a los
unitarios, y Oribe tuvo que abandonar el país, con sus Ministros, Vice
Presidente, Jefes y personas distinguidas, así como una porción de tropas de la
flor del ejército, protestando en estos términos:
"El Presidente Constitucional de la
República, al descender del puesto a que lo elevó el voto de en de sus
conciudadanos, declara ante los Representantes del pueblo, y para conocimiento
de todas las naciones, que en este acto solo cede a la violencia de una facción
armada, cuyos esfuerzos serian impotentes, si no hubiesen encontrado su
principal apoyo y la más decidida cooperación en la marina militar Francesa,
que no desdeñó aliarse a la anarquía, para destruir el orden legal de esta
República que ninguna ofensa le hizo a la Francia; y mientras prepare un
manifiesto, que ponga en toda la evidencia los sucesos que motivaron este
desenlace, protesta desde ahora, de la manera que le es dado hacerlo, ante la
Representación Nacional, contra la violencia de su renuncia, y hace responsables
a los Señores Representantes del uso que hagan de su autoridad para sancionar o
proteger la usurpación, y protesta igualmente del mismo modo ante el gobierno
Francés contra la conducta del Almirante de la fuerza naval francesa de esta
estación, y de los Agentes consulares de la Francia, actualmente en Montevideo,
los cuales abusaron indigna y vergonzosamente de su fuerza y posición, para
hostilizar y derrocar al Gobierno legal de un pueblo amigo e independiente.
"Montevideo, 24 de Octubre de 1838.
(firmado)
ORIBE."
Posesionado Rivera de la Presidencia de
la República Oriental, se alistó con los unitarios asalariados por la Francia,
y llevaron al territorio de la Confederación una guerra de exterminio. Tres
años duró el bloqueo; pero los Franceses no lograron ventajas, y conociendo que
tenían todo que perder y nada que ganar, pues los intereses creados por esa
guerra sin fundamento, no estaban en armonía con los intereses de la Francia,
resolvió su Gobierno mandar al Río de la Plata al Almirante Baron de Mackau, y
se hizo en 1840 una paz honrosa para ambas naciones, debida a la pericia de
este hábil diplomático. Una amnistía fue concedida a los unitarios, remontando
al año de 1828, también debida a los esfuerzos del negociador: pero esos
hombres no la aceptaron, y el Almirante salió del Rio de la Plata, cubierto de
insultos y maldiciones de los anarquistas, por haber servido bien a su país, y
a los intereses de la civilización y de la humanidad.
En el entretanto, la guerra continuó
entre federales y unitarios. Oribe se acampó en la provincia de Entre Ríos (una
de las de la Confederación), y desechó la mediación que le ofertaron los
Ministros de Francia e Inglaterra, porque los unitarios le acababan de mandar
una máquina infernal a Rosas para asesinarlo, y reunía todos sus elementos para
invadir aquella provincia; prescindiendo de que el General que abdicara la
presidencia por el poder de la intervención Francesa, en cuanto ese obstáculo
desapareciese, vendría a vengar sus derechos menospreciados, y restablecer la
constitución en su país. Estaba, pues, abierta la campaña, que aún hoy día
desuela aquella desgraciada nación.
El 6 de Diciembre de 1842 habiendo
reunido Rivera y sus aliados todas las fuerzas de que podían disponer, dieron
la batalla del Arroyo Grande (territorio Argentino) en la cual fueron
completamente batidos, perdiendo la artillería, y gran parte de la caballería e
infantería; y no cabe duda que un cuerpo del ejército que Oribe hubiese mandado
inmediatamente sobre Montevideo, hubiera entrado en la plaza sin disparar un
tiro: pero los Ministros de la Francia y de la Inglaterra entorpecieron aun una
vez la marcha del Presidente legal. En cuanto estos Plenipotenciarios supieron
la decisión de esta batalla, pasaron la célebre nota del 16 de Diciembre, con
la expresa intimación de que el ejército no pasase el Uruguay, o, volviese a
pasar de nuevo el rio en el caso de haber efectuado ya aquella maniobra. Esta
nota fue justamente despreciada por los Generales Rosas y Oribe, y más adelante
los dos Gobiernos desaprobaron el procedimiento de sus Ministros, que encerraba
en sí la extinción del derecho público internacional, o, de la independencia de
la Confederación, cerca de cuyo Gobierno estaban acreditados. Por eso fue que
hubo grande demora en la ida de buques para el pasaje del rio, y Oribe pudo
recién llegar al Cerrito (menos de una legua distante de Montevideo) el 16 de
Febrero de 1843, dando principio al sitio de la plaza, que se ha prolongado
hasta el día de hoy.
Esta no era una guerra de estado a
estado, como dice M. Guizot, era una sedición de los unitarios y Riveristas
aliados con los Franceses, contra los dos Gobiernos legales del Plata, porque
en Montevideo había de todo, menos Montevideanos, como muy bien lo dijo en la
Cámara de los Pares el noble Conde de Gabriac; y es bajo este punto de vista,
que se debe examinar la cuestión del Rio de la Plata.
La ciudad sitiada no presentaba medio
alguno de resistencia, la deserción era espantosa para las filas de Oribe; pero
el gobierno de Montevideo se acordó de llamar a su partido a los extranjeros, y
por eso no ahorró medio alguno, por bajo y vil que fuese, para alborotar esa
población imbécil. Los Franceses que habían protestado contra la Convención
Mackau, se presentaron al Cónsul a pedir armas; pero este, temiendo
precedentemente el resultado de este armamento, publicó una circular con fecha
9 de Febrero en que decía - "Sabiendo el Cónsul General de Francia, que se
ha tentado armar a los Franceses para tomar parte en la lucha en que se halla
envuelto el país, tiene el honor de recordar a sus compatriotas el artículo
veinte y uno del código civil. "Todo Francés que sin autorización del Rey
entrase al servicio militar extranjero, o se enrolase en una corporación
militar extranjera, pierde la cualidad de francés." Al mismo tiempo el
Cónsul aseguraba una protección decidida a los que no se comprometiesen. Este
proceder moderado pero enérgico paralizó por algún tiempo los esfuerzos de la
intriga: pero como la deserción continuaba, a punto de hallarse los buques
extranjeros llenos de familias que fugaban del terror que había esparcido el
titulado Gobierno de Montevideo, se renovaron las tentativas del armamento
extranjero con más ardor: era el salus populi. A fines de Marzo ya muchos
Franceses habían tomado las armas, lo que obligó al General Oribe a publicar la
circular del 1. de Abril, en que declaraba que trataría como enemigo a todos
los extranjeros que tomasen partido en favor de los rebeldes. Este
procedimiento justo, según la opinión de los publicistas más distinguidos, no
desengañó todavía a los alucinados de la ciudad, y el Gobierno de Montevideo,
sostenido por algunos negociantes que habían adelantado sumas considerables, y
pretendían especular sobre la continuación de tantos males, proclamó que las
vidas y propiedades extranjeras estaban en peligro, pues si el enemigo llegaba
a apoderarse de la ciudad, todos serian degollados; con estos embustes muchos
extranjeros volaron a las armas, y formaron una legión que enarboló el pabellón
francés.
En vano fue que el Almirante y el Cónsul
francés les dirigieron proclamas aconsejándoles desconfiasen del Gobierno. La
seducción, el miedo y el interés pudieron más que los representantes de la
Francia. Cuan contradictorio es el procedimiento de estos funcionarios con el
de otros funcionarios posteriores! ....
Cuando el Gobierno vio que las amenazas
del Almirante no pasaban de palabras, continuó con más vigor tratando del
armamento extranjero: para eso impuso contribuciones semanales sobre los
neutrales, prohibió el trabajo público a los que no tomasen las armas, dio
ración y casa de balde a las familias de los soldados, les suspendió a estos el
pago de las deudas, e insultó públicamente a los verdaderos neutrales. El
estado de miseria en que se hallaba la ciudad favoreció este plan. Era una
cruzada general en nombre de la civilización, y de la humanidad la que estos
hombres proclamaban con el auxilio de la intriga y de la violencia!
Además de esto, se prometieron tierras y
ganado a los legionarios que, según un cálculo presentado en el Nacional
(periódico oficial) excederían el valor de veinte mil pesos fuertes para cada
soldado: se daba como cierta la intervención Europea, fundándose en unas cartas
confidenciales del Señor Mandeville, Ministro inglés en Buenos Aires, en que
decía que las fuerzas interventoras ya debían estar en camino. Hubo quien
supuso que esto sería estratagema para conseguir un tratado ventajoso, pero la
comportación del Comandante de la estación naval inglesa pareció contrariar
esta opinión. Efectivamente, ya fuese el Comodoro Purvis seducido por el amor
mal entendido de su país, o por la ambición de gloria, o movido a compasión por
las escenas de barbarie que le presentaban los unitarios, (crueldades cometidas
por ellos con el único objeto de imputarlas a sus enemigos, y acarrearles con
eso el odio extranjero; tales como por ejemplo la mutilación de sus cuerpos en
el campo, y otros actos semejantes) fuese por los motivos indicados o por
cualesquiera otros, no es menos cierto, que al Comodoro y solo a él se deben
los males espantosos, y el derrame de torrentes de sangre que enturbian las
aguas del Plata. A él se debe principalmente el armamento extranjero, pues si
hubiese reconocido el bloqueo Argentino, la ciudad habría caído inmediatamente,
incomunicada por tierra y mar. Pero Mr. Purvis se adelantó aún más: intervino
directamente sin previa declaración de guerra, no dejó operar a la escuadra
Argentina, y dos veces hizo evacuar a las tripulaciones de aquellos buques la
Isla de Ratas de que se habían apoderado, y cuya posesión, cortando las
comunicaciones de la ciudad con el Cerro, haría sucumbir la fortaleza situada
sobre este, dominando el puerto por su posición, de lo cual resultaría
indudablemente la completa sujeción de Montevideo. Hizo devolver la pólvora que
varios particulares de diferentes naciones tenían guardada en aquella isla,
reclamándola como propiedad inglesa, y la entregó al Gobierno de Montevideo;
embargó la escuadra Argentina bajo el pretexto de pedir explicaciones a Oribe
sobre la circular del 1.º de Abril, de lo cual resultó que se retirase la
escuadra a Buenos Aires, y últimamente ayudó con sus oficiales y marinos para
levantar la fortificación más alta de Montevideo, adonde todavía hoy se lee la
inscripción - Batería del Comodoro! .... Qué neutralidad!
Semejantes irregularidades animaron a los
especuladores. Lafone, y algunos Ingleses más, organizaron una compañía que
tomó por su cuenta, no solamente las entradas, sino también todos los edificios
públicos, plazas, fortaleza y catedral (véanse los discursos de los Sres. de
Gabriac y Pelet en la Cámara de los Pares en Francia) islas de Gorriti y de
Lobos, litoral y sus aduanas, terrenos para fundar colonias, y .... tanta cosa
tan nueva en la historia de las naciones, tan extemporánea en el siglo 19, que
ningún Gobierno Oriental podrá ya sancionar tantas ilegalidades y fraudes
escandalosas!
Gracias al dinero que fue dando la
compañía, y al sistema de terror adoptado por el Gobierno de Montevideo, a las
contribuciones forzosas, multas arbitrarias, recibimientos de efectos por falta
de dinero, (porque todo hacia cuenta) la guerra se prolongó aún más.
Adoptaron fuera de esto un medio que
evitaba a los contribuyentes el faltar a sus compromisos; era mandarlos para el
Cerro a servir en la artillería, o colocarlos en la guerrilla de un célebre
Inglés conocido por el nombre de Capitán Samuel, que tenía por divisa en una
bandera semiinglesa una calavera con este mote - Ni doy ni recibo cuartel! y
por precepto invariable, no traer prisioneros vivos. En 11 de Setiembre
apareció empero fijado un anuncio del Cónsul general de Francia, en el cual
declaraba que, según las últimas órdenes recibidas de su Gobierno, el armamento
de los Franceses en Montevideo era incompatible con los principios de
neutralidad que había adoptado la Francia, y que por eso el gobierno del Rey lo
miraba con el mayor desagrado, habiendo ya dado órdenes terminantes al
Almirante y Agentes diplomáticos para observar la más estricta neutralidad, no
consintiendo que los Franceses se armasen para la defensa de Montevideo, ya
fuese por voluntad propia, o a pedido del Gobierno Oriental.
El Almirante Inglés recibió igualmente
órdenes para reconocer el bloqueo y para conservarse neutral! Compárese esta
política de los dos Gabinetes a fines de 1843 con la política de hoy día, y
para conocer el dolo con que se manejaba este negocio, échese también la vista
sobre el modo con que los delegados de la Francia y de la Inglaterra ejecutaron
aquellas determinaciones en el Río de la Plata. La Legión Francesa estuvo a
pique de dejar las armas, pero el Ministro Brasilero, el Sr. Casanção de
Sinimbú, adoptando una política opuesta a la de su antecesor (el Sr. Regis, que
habiendo sido insultado en la Legación por Garibaldi, y negándosele la debida
satisfacción, se embarcó para su país) vino también a su turno a complicar la
cuestión. Éste Agente diplomático, por motivos que más adelante explicaremos,
no quiso reconocer el bloqueo; convocó a los jefes de la legión, prometió
tropas, dinero y buques, y estableció con el Ministro de Negocios Extranjeros,
D. Santiago Vasquez, un tratado para unir una parte de la República Oriental al
Imperio del Brasil! ....... Esta empresa loca, anti Americana, e imposible de
realizarse (porque la cesión era hecha por quien no tenía ni derecho ni fuerza
para hacerla) fue conocida por todo el pueblo de Montevideo.
Mas el Gobierno Imperial no quiso asentir:
mandó reconocer el bloqueo y retirar al Sr. Sinimbú, así como al Encargado de
Negocios en Buenos Aires, el Sr. Ponte Ribeiro, que tuvo desinteligencias con
el Gobierno Argentino. La causa de este cambio de política de parte de los
Ministros Brasileros en el Rio de la Plata fue debida a no haber ratificado el
General Rosas el tratado de alianza concluido en Rio Janeiro por los
Plenipotenciarios de las dos potencias: lo que fue, en verdad, una fatalidad.
Este tratado, ya firmado por el Emperador en 27 de Marzo de 1843, habría
terminado por largo tiempo la guerra, ahorrando millares de víctimas, y
salvando inmensas fortunas de nacionales y extranjeros. En los preliminares de
ese tratado se lee, "que deseando las dos partes contratantes restablecer
la paz en la República Oriental del Uruguay y en la provincia de Rio Grande de
San Pedro del Sud, y estando convencidas de que el gobierno de Fructuoso Rivera
es incompatible con la paz interior de dicha República y con la seguridad del
Imperio y de los Estados limítrofes; convencidas de que la perpetuación de su
poder, mantenido por una política dolosa y sin fe, no solo pone en peligro la
existencia política de la misma República, que por la Convención preliminar de
paz del 27 de Agosto de 1828, ambos Gobiernos se obligaron solemnemente a
defender, sino que fomenta la rebelión de la provincia del Rio Grande contra el
trono constitucional del Brasil, cuyos rebeldes se habían aliado a Rivera para
hacer la guerra al Imperio y a la Confederación Argentina, como lo prueban los
documentos auténticos de que ambos Gobiernos están en posesión ; y queriendo
poner término a este estado de cosas, restablecer el imperio de la ley en la
República del Uruguay, y asegurar también la paz del Imperio y de la
Confederación Argentina, convienen en celebrar entre sí un tratado de alianza
ofensiva y defensiva." Por esto se ve cual era el interés que reportarían
los dos países y la Banda Oriental de este tratado, que se hallará íntegro en
los diarios de Buenos Aires. Pero el General Rosas, aunque simpatizara mucho
con él, no asintió, porque no se hallaba debidamente representada en él la
República Oriental. En nuestra humilde opinión había un remedio fácil que
aplicarle, existiendo buena fe en las dos partes contratantes: un artículo adicional
salvaría la dignidad de la República.
De no haberse efectuado esa alianza
resultó más tarde la célebre misión del Vizconde de Abrantes a Europa, y al
cabo la intervención Anglo-Francesa, que aquellos gobiernos rechazaban aun en
1844, como impolítica, injusta e ilegal.
El gobierno de Montevideo, continuando en
su política mezquina, aprovechó la ausencia de la corbeta D. Joao Primeiro para
quitarle el exequatur al Cónsul General de Portugal, el Sr. Leonardo Souza
Leite de Azevedo, mandándole salir de la ciudad en tres días: honor sea hecho a
nuestro Gobierno que reconoció sus servicios, nombrándolo Encargado de Negocios
en las Repúblicas del Plata, para dicha de los Portugueses establecidos en
aquellos parajes! El 14 de Diciembre repitió otra vez el Cónsul Francés la intimación al gobierno de
Montevideo, para que sus compatriotas soltasen las armas, y no las volviesen a
tomar bajo pretexto alguno: pero el gobierno contestó negativamente, y el
Cónsul pidió su pasaporte, y se embarcó el 1.º de Enero de 1844. Las medidas
fuertes que se aguardaban por parte del Vice-Almirante Francés, no aparecieron,
debido a la habitual apatía de M. de Clerval; y su sucesor M. de Lainé, en
quien se tenía toda clase de esperanzas, no hizo otra cosa que ser espectador
de una farsa ridícula que representó la legión a la vista del pueblo atónito.
M. Lainé intimó al Gobierno, dando el
plazo de 24 horas para el desarme de los Franceses, y haciendo tomar una
posición hostil a los buques de su división; pero la legión se reunió, puso las
armas en pabellón, y declaró que las soltaba como Franceses, pero que las
volvía a tomar como Orientales del Uruguay que seguían siendo desde ese
momento, y quedaron organizados del mismo modo! Burladas de este modo las
órdenes del Rey, ¿quién dijera que el Almirante Lainé se diera por satisfecho,
y que agradeciera al Gobierno de Montevideo la pronta ejecución que daba a sus
reclamos? Pero el Cónsul no quiso admitir la desnaturalización de un número tan
crecido de sus compatriotas; los Franceses neutrales protestaron repetidas
veces contra aquel acto, y se apeló nuevamente al Gobierno de la Francia
....... Todos los neutrales y 17,000 Franceses quedaron esperando el desenlace
de esta tragicomedia.
En los últimos días de Junio, salió el
Comodoro Purvis del Rio de la Plata, habiendo hostilizado a Oribe cuanto le
había sido posible ; y siempre bajo el manto de neutral; debido a él, el
bloqueo parcial que existía nunca pudo hacerse efectivo por la escuadra
Argentina: pero el Presidente legal de la República trató constantemente de
evitar que el Jefe Inglés tuviese motivos sobre que fundar su proceder injusto,
cerrando los ojos a las más escandalosas arbitrariedades, a las más solemnes
infracciones de neutralidad. En el entretanto, el gobierno de Montevideo continuaba
insultando a los neutrales. Pesó una nueva contribución sobre ellos, en
proporción al número de puertas y ventanas que tenía cada habitación, semejante
a la que hubo en Portugal en los últimos días de la usurpación; esta enorme
suma se gastó inmediatamente. En vano representaron algunos Ingleses contra
esta arbitrariedad, el Encargado de Negocios de la Gran Bretaña (Mr. Turner) no
los atendió.
La fuerza marítima inglesa y francesa
apoyó constantemente las medidas del Gobierno intruso de Montevideo, por más
arbitrarias que fuesen; por consiguiente los demás neutrales, que veían con
dolor semejantes atentados, no podían de modo alguno remediarlos. El Comandante
de la fragata Congress de los Estados Unidos se separó una vez también de la
rigurosa neutralidad que su gobierno había observado; pero el Jefe de la
estación naval desaprobó inmediatamente su comparación, y el Gobierno de
Washington dio una completa satisfacción a los de Buenos Aires y de la Banda
Oriental.
El 16 de Enero fue intimado un bloqueo
riguroso por el Gobierno Argentino que veía la nulidad del parcial, pero el
Contra-Almirante Lainé se negó a reconocerlo, no quedando otro recurso al
General Rosas que el de protestar; pues, siendo el derecho de bloquear un
atributo de la soberanía, y hallándose la Confederación reconocida por la
Francia como país libre e independiente, es indudable que podía, cuando
quisiese, bloquear una plaza enemiga, respetando el derecho de gentes, y
presentando fuerza suficiente para hacerlo efectivo. Todo esto aparecía, y no
aparece hoy en el bloqueo Anglo-Francés; porque, ni la fuerza marítima que
tiene en el sud de la América, es suficiente apenas para bloquear la décima
parte del litoral de la Confederación y República Oriental, ni han sido
respetados los derechos de los extranjeros neutrales. ¿La cuestión muda acaso
de forma porque entonces eran salvajes los bloqueadores, y hoy son las naciones
más civilizadas del mundo? Los intolerables insultos que han pesado sobres los
habitantes de las dos márgenes del Plata, las inauditas arbitrariedades
ejercidas hacia sus gobiernos legales, por los gobiernos constitucionales de la
Francia y de la Inglaterra, han encontrado eco en todas partes, y allí mismo en
las Cámaras de París, decía M. Mackau, que tiene conocimientos especiales de
aquellos países, el 24 de Enero: "Sabéis quienes son los que se quejan y
reclaman? Son los que han tratado que la Francia tome una actitud contraria a
su dignidad y a su honor; son los que antes del cumplimiento de la misión que
me fue confiada, se habían envuelto en guerra civil; son los que después de
haber obtenido 300,000 francos del Gabinete de 5 de Abril, con facultad de
gastarlos ocultamente, hicieron girar letras hasta el valor de más de dos
millones y trescientos mil francos, entregando el dinero de la Francia a
intrigantes, que solo trataron de enriquecerse a costa nuestra. Nuestra
política debe ser proteger nuestros compatriotas, mientras no se mezclen en los
asuntos del país, y abandonarlos si lo hubiesen hecho. "Del mismo modo se
explica el Vice-Almirante Massieu de Clerval, en una carta, con fecha 9 de
Noviembre de 1833, escrita abordo de la fragata la Gloire, presentada a la
Cámara por el Ministro de la Marina: - "Son los mismos hombres, dice,
queriendo a la fuerza figurar en este país, a riesgo de comprometer a sus
compatriotas" y después de haber desarrollado la cuestión de la
incompetencia del armamento francés, concluyó: "Cuando se decía en Francia
que los negociantes más respetables se mantenían separados de toda la cuestión,
se decía la verdad; son simples artesanos, o algunos dependientes que vienen a
probar fortuna, y sirven como Capitanes en la Legión de Voluntarios." Ved
aquí, pues, a quienes el Gobierno de la Francia mandó proteger con una
escuadra, y por cuya causa acarreó sobre sus compatriotas el odio eterno de
estos pueblos! Por tan plausible motivo se dejó de reconocer el bloqueo, y por
eso el Gobierno Argentino decretó que no fuese admitido en los puertos de la
Confederación buque alguno que hubiese tocado en Montevideo, y Oribe dispuso lo
mismo con respecto a sus puertos.
Veamos ahora como terminó la guerra en la
campaña, y aparecerá el extraño y rarísimo fenómeno de una intervención
extranjera en favor del partido que ocupaba una ciudad, contra otro que acababa
de posesionarse del país entero, y que tenía en su favor, además de la fuerza,
la justicia.
El General Rivera vagaba por los campos,
evitando el encontrarse con las fuerzas de la Confederación y de Oribe, cuando
la caída del partido revolucionario del Rio Grande vino a aumentar sus filas
con los soldados que no quisieron admitir la amnistía del Baron de Caxias:
reunidos a sus Gauchos e Indios tentó sorprender la ciudad de Melo en el
departamento de Cerro Largo; pero habiendo sido rechazado y perseguido muy de cerca
por el General Urquiza, Gobernador y Capitán General de Entre Ríos, se retiró
para los campos de la India Muerta. Este lugar, que ya había sido fatal para
Rivera en otro tiempo, combatiendo las armas portuguesas, completo ahora su
pérdida; completamente batido su ejército, trató de salvarse fugando, y pasando
a nado el río Yaguaron, fue a buscar asilo en el Brasil.
Siguióse inmediatamente la pacificación
de la campaña, y el comercio principió a desarrollarse: los Agentes de la
Francia declararon reconocerían el bloqueo, tan pronto como lo reconociesen las
demás naciones; pero Mr. Turner, Encargado de Negocios de la Inglaterra,
reclamó un plazo para los buques que viniesen de ultramar: el Gobierno
Argentino protestó contra la injerencia de este Ministro, en quien no reconocía
autoridad para limitar los derechos de beligerante que tenía; y en esta
protesta estaba conforme con la opinión y órdenes del Conde de Aberdeen, dadas
en su despacho de 1.º de Agosto de 1843, en que se decía, que ningún estado que
profesaba neutralidad, podía restringir el derecho de un beligerante de bloqueo
absoluto, que emplease la suficiente fuerza para hacer efectivo el bloqueo.
Entonces fue que hizo su aparición en las aguas del Rio de la Plata el Sr.
Ouseley, Ministro Plenipotenciario de la Gran Bretaña. Se hablaba de mediación,
pero no había entre quienes mediar, porque en el territorio de la Confederación
estaban sofocadas todas las rebeliones, y en el Oriental del Uruguay obedecía
todo a Oribe. Otros con mas razón creían que el Ministro trataría de conseguir
algún favor para los vencidos, y el resultado de su viaje era esperado con
ansiedad.
Efectivamente las conferencias
principiaron bajo un carácter pacífico, presentando el Gobierno Argentino como
base preliminar el reconocimiento del bloqueo: se reunieron en la secretaría de
Negocios Extranjeros, el respectivo Ministro Argentino D. Felipe Arana, Mr.
Ouseley, y Mr. Brent, Encargado de Negocios de los Estados Unidos, cuya
mediación fue aceptada por el Gobierno, y se arribó a una conclusión que con
todo no se escribió, porque el Ministro Inglés dijo que aguardaba el que
estuviese presente el Enviado de la Francia, el Baron Deffaudis, y que nunca se
ejecutó tampoco, gracias a la reconocida mala fe con que estos diplomáticos se
han conducido en el Río de la Plata. Estas bases, que establecían el
reconocimiento del bloqueo y de la presidencia de Oribe, y que están impresas
en la Gaceta de Buenos Aires, fueron desaprobadas por el Sr. Deffandis y el Sr.
Ouseley, sin acordarse ya de lo que había acordado, se unió al Ministro
Francés, y ambos intimaron al General Rosas que suspendiese las hostilidades, e
hiciese retirar las tropas de mar y tierra, agregando el Sr. Deffaudis que
tenía instrucciones de su gobierno para hacer levantar el bloqueo! En seguida
tuvo Jugar el procedimiento más escandaloso por parte de los aliados para con
la escuadra Argentina. El Gobierno de Buenos Aires la mandó retirar
inmediatamente que supo la opinión de los Plenipotenciarios acerca del bloqueo,
pero ya estaba embargada por los Anglo-Franceses! El 31 de Julio participaba el
Almirante Brown (Irlandés al servicio de la Confederación) que había recibido
aviso de los Comandantes Inglés y Francés para poder retirarse, dejando los
súbditos de aquellas dos naciones que tenía en su servicio; pero que, no
pudiendo dar a la vela sin ellos, pidió licencia para retener los hasta llegar
a Buenos Aires; permiso este que no podía eludirse, porque el ancladero está en
la costa, adonde se hallaba una fuerza aliada. Esa misma tarde tuvo una
explicación verbal el Comandante Pasley (Inglés) con el Almirante Argentino, de
la cual dedujo este que podía hacerse a la vela cuando se le antojase. A
consecuencia de esto, el 2 de Julio, luego que avistó los vapores que conducían
los Ministros a Montevideo, hizo señal a sus buques para estar prontos para
alzar anclas, y como hasta las tres de la tarde no le comunicasen contra orden,
hízose a la vela la escuadra con los cañones descargados. Inmediatamente las
corbetas de S. M. B. Comus y Satellite, y el Bergantín Francés Dassas que
estaban fondeados cerca de los buques Argentinos, se hicieron también a la
vela, rompiendo el fuego sobre ellos, los cuales no tardaron en arriar
banderas. Los Franceses se apoderaron de una corbeta, un bergantín y una
goleta, y los Ingleses, de un bergantín y una goleta, y por cierto que jamás
habían hecho presa más fácil, pero a la verdad tampoco más ingloriosa.
En el parte que el Almirante da a su
gobierno, después de relatar los acontecimientos, agrega: "Semejante
agravio exigía imperiosamente el sacrificio de la vida con honor, pero también
la subordinación religiosa a las órdenes del Exmo. Sr. Gobernador, comunicadas
por el Ministerio con el objeto de evitar incidentes que complicasen las
circunstancias, pudo resolver al abajo firmado a arriar una bandera que por
treinta y tres años de continuos triunfos, sostuvo con toda dignidad sobre las
aguas del Plata." Después de este acto inaudito, que todos clasifican de
piratería, llevaron los buques adentro del puerto, sacaron los Ingleses y
Franceses, trataron de seducir a los Argentinos, y llegaron hasta insultar al
Comandante de uno de los bergantines.
Se había dado principio, pues, a las
hostilidades sin previa declaración de guerra, y ya durante las negociaciones
habían los Almirantes Francés e Inglés (Lainé e Inglefield) provisto con tropa
y municiones de guerra la plaza de Montevideo. Después declararon bloqueados
los puertos de la República Oriental, dieron al Jefe marítimo Garibaldi un
bergantín y una goleta Argentina, y prepararon una expedición para tomar la
Colonia del Sacramento, y ocupar las poblaciones del litoral del Uruguay.
No se avergonzaron los Almirantes de dos
naciones poderosas, de asociarse con el aventurero Garibaldi: salieron pues,
aguas arriba, la fuerza disponible Anglo-Francesa, un batallón llamado
nacional, y compuesto casi todo de Españoles obligados a servir, y la mayor
parte de la legión Italiana, con cuya ausencia disminuyeron los robos en la
ciudad; y el 31 de Agosto ocuparon la Colonia sin resistencia alguna, pues
había sido enteramente abandonada. Este hecho militar está referido con tanto
chiste y exactitud por el Journal des Débats, que transcribimos algunas líneas
de él: "Mientras las fuerzas Anglo-Francesas, dice el periodista de Paris,
se ocupaban en refaccionar las fortificaciones, y poner la plaza al abrigo de
cualquier sorpresa, nuestros aliados los Condottieri robaban y saqueaban las
casas, echando abajo las puertas de los almacenes que había respetado el fuego,
contestando a quien trataba de impedirlos, que era la suerte de la guerra. La
linda iglesia de la Colonia tan limpia, con sus paredes recientemente
blanqueadas, tan sencilla en su estilo como una capilla de aldea, no se libró
de los ultrajes. Los victoriosos Condottieri se establecieron allí, se
acostaron sobre el piso de mármol del coro, colgando las gorras y las
cartucheras en las arañas benditas: el eco de las bóvedas repetía el sonido de
los fusiles y espadas que rodaban por el suelo en medio de los gritos
sacrílegos y profanos, el altar servía de mesa de orgía! Qué extraño
espectáculo presentaba esta reunión de aventureros, cubiertos algunos con el
tosco traje catalán, con una gorra frigia, otros con el rostro cubierto con el
capote siciliano, o cual bandido de los Apeninos, con una especie de gorra de
la cual pendía flameando una pluma: largos y lacios bigotes, una chaqueta azul
sujeta al cuerpo por un cinturón de cuero, sosteniendo un gran sable y
pistolas, botas de potro hasta las rodillas, y por último un puñal como en
tiempos del Condestable de Borbon. Estos hombres comiendo, bebiendo, cantando y
jugando a los dados el fruto del saqueo, recordaban una época felizmente
olvidada en la Europa."
En la plaza quedó una guarnición de estos
defensores de la República Oriental apoyados por la corbeta Satellite y
bergantín Dassas que desembarcaron parte de la guarnición; pero quedaron
después sitiados por las fuerzas de Oribe, hasta el grado de no hacer siquiera
una salida. En cuanto a los Almirantes siguieron viaje a la Isla de Martin
García, e intimaron a la guarnición de la plaza que se rindiese: pero esta
isla, propiedad Argentina, ya había sido abandonada, y solo quedaba allí un
oficial y once soldados veteranos. Siguieron por el Uruguay, pero habiendo sido
recibidos a balazos, volvieron sin gloria, y sin el ganado que buscaban, y del
cual precisaban mucho para la manutención de la escuadra y de Montevideo.
Garibaldi quedó pirateando en aquel río
por algún tiempo más. El saqueo de la Colonia, y la clase de los aliados, les
quitaron a los Anglo-Franceses las pocas simpatías que tenían. Los Orientales
corrieron todos a las armas a defender la santa causa de la independencia y de
la religión contra los herejes, como los llamaban los clérigos en sus
pastorales, que todos saben cuánto influjo tienen sobre el ánimo español, y
desde ese instante pudo juzgarse cuál sería el resultado de la intervención,
que tal vez en el momento en que esto escribimos haya desaparecido del Plata.
El Gobierno Argentino continuó aun
observando el sistema de moderación que había adoptado, sufriendo en silencio
generoso todos los ultrajes, porque tenía la conciencia de su fuerza: dio
órdenes terminantes para que fuesen respetados los súbditos de las naciones
interventoras; pero recelando pudiese haber alguna sublevación contra los
oficiales de la escuadra combinada, cortó las comunicaciones con el mar.
Entonces los Plenipotenciarios declararon bloqueados los puertos de la
provincia de Buenos Aires.
Este manifiesto, que fue desmentido por
los diplomáticos de todas las naciones residentes en Buenos Aires, incluso el
Encargado de Negocios de Francia, estriba sobre principios falsos: los
Ministros Ouseley y Deffraudis invocaron los tratados de 1828 y 1840, cuando
ninguna de las naciones que representan, había garantido la independencia de la
República Oriental, sino tan solamente el Brasil y Buenos Aires, como ya vimos
en el principio de esta memoria; a tal grado que, dirigiéndose los negociadores
Argentinos a Lord Ponsonby, Ministro de S. M. B., en 17 de Agosto de 1828, este
contestó categóricamente que no se hallaba autorizado por su gobierno para
garantir tratado alguno de paz en nombre de la Inglaterra: (véase la carta de
Lord Ponsonby de 20 de Agosto) y tan lo ha considerado así la Inglaterra, que
permaneció impasible cuando los Franceses destruyeron la autoridad legal de
aquel país en 1838. Ni por la convención de paz hecha entre la Francia y la
Confederación Argentina en 1840, se estipula cosa alguna a semejante respecto,
pues el artículo 5.° se limita a confirmar un hecho, es decir que el Gobierno
Argentino, hallándose en guerra con la autoridad intrusa de Montevideo, no
pretendía anular la independencia de la República Oriental del Uruguay.
Y M. Guizot dijo sobre este punto, en
Mayo de 1844, en la Cámara de los Diputados en Francia, que el Gobierno
Argentino tenía derecho para continuar la guerra a que había sido provocado, y
que el artículo 5.° de la convención de 29 de Octubre de 1840, el cual se
invocaba para atraer la intervención, era enteramente extraño a esta guerra. La
Cámara sabe ya, agregó el mismo Señor, que la continuación de la guerra y sus
consecuencias no pueden considerarse como violación del tratado, porque el
tratado de manera alguna contiene la prohibición de la guerra.
"Considerando esto, se deduce perfectamente que no está de parte del Sr.
Deffaudis derecho alguno por el tratado que invocó, y que no teniendo reclamo
alguno que hacer contra las dos Repúblicas del Plata, que de ningún modo
ofendieron a la Francia, no podía ni debía intervenir.
Pero los Ministros de la Francia y de la
Inglaterra consideraron como pueblo Oriental a los extranjeros proletarios que
se hallaban en Montevideo, y a la facción unitaria también extranjera, feroz en
su modo de proceder y en sus máximas, causa primordial de todos los desórdenes
del Plata, como ya tratamos de demostrar .
Es notable la recomendación de Lavalle a
sus Tenientes, cuando los Franceses evacuaron el Plata en 1840. Les decía ese
Jefe, que era necesario fusilar a todos los prisioneros de guerra, obligar a
los capitalistas a dar el dinero que tuviesen, y para sostener la libertad,
seguir el sistema de los Jacobinos! Rivera Indarte (ya finado), uno de los más
ardientes unitarios, decía en el Nacional de Montevideo, que redactó muchos
años, que matar no era asesinar, y que era acción santa matar a Rosas!
…Aconsejaba a la propia hija del General que matase a su padre, y no se
avergonzaba de proponer a las compatriotas suyas que, cual nuevas Judits
hiciesen participar de sus lechos a los Jefes federales, y en seguida les
diesen la muerte! .... Coherentes con estas máximas, publicaron en Montevideo
los unitarios un decreto datado en Marzo de 1843, mandando fusilar a todos los
que llevasen la divisa de los Defensores de las Leyes, que toda la nación usaba
por orden de Oribe : era esto una proscripción general contra combatientes y no
combatientes, y tanto lo fue que Pacheco Obes, entonces Ministro de la guerra,
mandó fusilar a algunos infelices inermes, porque habían sido tomados en una
excursión que hicieron los de la ciudad. Entre los muchos asesinatos cometidos
por aquel Jefe, ninguno irritó tanto por su atrocidad como el del Capitán
García. Era natural de Montevideo y muy conocido allí. Habiendo sido hecho
prisionero después de ser gravemente herido, fue conducido casi moribundo a la
presencia de Pacheco, y este bárbaro, recelando que se le escapase la presa, lo
mandó fusilar inmediatamente. El desgraciado ya no podía sentir el golpe.
Entretanto en Buenos Aires se daba una amnistía, y se restituían los bienes
confiscados a aquellos que volvían a su país; y Oribe, aun después del triunfo
de la India Muerta, todavía concedió perdón a todos los alucinados. Mas estos
hechos, que nadie ignora, eran desfigurados cuando se escribía para la Europa
pidiendo la intervención, porque el fin era asegurar las compras ilegales
hechas a vil precio a hombres que no tenían poder ni autorización para hacer
semejantes ventas. Ya en otro lugar hemos procurado explicar este hecho.
Si los Ministros hubiesen venido
dispuestos a concluir la guerra como decían, y se hubiesen dirigido a Oribe
como Presidente reconocido en todo el territorio de la República, aunque le
negasen la legalidad, la guerra estaba concluida inmediatamente: pero ellos se
dirigieron a Buenos Aires, fingiendo no reconocer a aquel Jefe más que como un
General Argentino; y al paso que anunciaban la intención única de garantir la
independencia de la República Oriental, intentaban operaciones sobre el
territorio de la Confederación. Además de la traidora captura de la escuadra
Argentina, se apoderaron de la isla de Martin García, y se internaron en los
ríos, lo que les era expresamente prohibido por el tratado del 9 de Febrero de
1825; olvidando lo que decía el Conde de Aberdeen en la Sesión del 17 de Agosto
de 1844, que la pretensión de los comerciantes Ingleses de penetrar con sus
buques en los ríos interiores de la República Argentina era contraria a los
derechos soberanos de la Confederación, porque, corriendo el Paraná por el
territorio de Buenos Aires, debe ser considerado como dominio de aquel estado,
y por consecuencia tiene el Gobierno Argentino el derecho de disponer de la
navegación conforme determinase, sin que el Gobierno de S. M. pueda impedirlo
para abrir paso a los buques mercantes para ir al Paraguay por el Paraná.
Fundado en estos principios es que el Gobierno Argentino considera como
usurpadores y trata como enemigos a los buques que entrasen en el Paraná,
mandando levantar baterías en diferentes puntos de la costa, y declara como
piratas a los buques mercantes que se asociaren a las expediciones militares.
Pero los Anglo-Franceses a nada
atendieron, y he ahí que enviaron una fuerza al Paraná, seguramente con el fin
de auxiliar a la provincia de Corrientes, parte integrante de la Confederación,
que se hallaba sublevada, suscitando así mas enemigos a la República,
dividiéndola para mejor dominarla, y obtener por fin un gobierno en la Banda
Oriental que sancionase la venta de las rentas de la aduana hasta 1848, y otros
mil impuestos cuyas bases se hallan insertas en un contrato que tenemos a la
vista, impreso en la Gaceta de Buenos Aires, y que se halla firmado por el
Ministro Montevideano D. José de Bejar.
¡Tal fue la misión de paz desenvuelta por
los Ministros que se proclamaban pacificadores! Sacrificaron los intereses de
millares de compatriotas por una quimera irrealizable de conquista o
protectorado, e hicieron odioso en América el nombre de Europeo, para tener al
fin que ceder vergonzosamente, tanto más cuanto que las dos Repúblicas del
Plata forman la vanguardia de todos los Americanos justamente indignados contra
tan odioso proceder.
Los aliados comenzaron las operaciones en
2 de Agosto de 1845, y no han podido hasta hoy salir de los puntos fortificados
que ocupan en la costa, protegidos por la artillería de sus buques: algunas
veces que se han aventurado fuera de las líneas en pequeños cuerpos, han sido
inmediatamente rechazados, lo que prueba evidentemente que el pueblo Oriental
del Uruguay está resuelto a sostener su independencia y la representación nacional
reunida en el Miguelete (menos de una legua de Montevideo) autorizando la
permanencia de las tropas Argentinas en el campo Oriental, y sancionando todos
los actos extraordinarios de Oribe, dá toda fuerza a esta tan justa causa.
En cuanto a la Confederación Argentina,
nada pueden contra ella los interventores: para atacar a Buenos Aires con
probabilidad de éxito, son necesarios veinte mil hombres, y establecidos entre
las ruinas de la ciudad, se verían cercados inmediatamente por masas de
caballería, y jamás penetrarían en el interior del país. Los Ministros,
reconociendo la dificultad de la empresa que con tanta ligereza emprendieron,
fueron a procurar aliados invadiendo el Paraná. El 20 de Noviembre atacaron y
tomaron las baterías improvisadas en la Vuelta de Obligado, después de un
encarnizado combate, altamente honroso para los Argentinos, que resistieron por
espacio de ocho horas con 35 piezas (la mayor parte de campaña) contra 113 de
grueso calibre que presentó la escuadra combinada, cediendo solo cuando se les
acabaron las municiones, poniendo en salvo las piezas de campaña, y dejando una
parte de los buques enemigos con gruesas averías y sus tripulaciones mermadas
en doscientos muertos o heridos, entre ellos bastantes oficiales. Los buques
mercantes que convoyaban la expedición, ningún lucro alcanzaron, pues que solo
al cabo de algunos meses llegaron a Corrientes, cañoneados siempre que se
aproximaban a tierra, encontrando al fin invadida la provincia por el ejército
de Urquiza.
He aquí lo respectivo a las operaciones
de los aliados: nada más nos consta que hayan adelantado hasta hoy; y fortuna
será para ellos que Mr. Hood, que se dice enviado del gobierno Inglés con
plenos poderes para la completa pacificación de las Repúblicas del Plata,
consiga calmar los ánimos, tan justamente irritados por el proceder de los
Sres. Ouseley y Deffaudis.
Penoso es también que nuestro Gobierno
fuese engañado como el vulgo, y creyese ligeramente en el infalible triunfo de
las armas Francesas e Inglesas; pues no puede explicarse de otra manera el
extemporáneo reconocimiento de la independencia del Paraguay, que envió por la
corbeta Iris, cuando nadie ignora que, por voto espontáneo de aquel pueblo, fue
la República incorporada en la Confederación Argentina; si vivió desligado por
muchos años bajo la excéntrica pero recta administración del Dr. Francia, es
porque ese hombre singular incomunicó al Paraguay con todas las naciones del
mundo: mas hoy que ese pueblo aspira a las relaciones comerciales, y que a su
rio, que desagua en el Paraná que pertenece a la Confederación, solo puede irse
por este camino, es necesario que esté ligado a las otras Repúblicas, no
perdiendo por ese hecho la independencia de su gobierno.
Terminaremos este bosquejo con las
últimas ocurrencias de Montevideo, que son una infame página más para la
historia escandalosa de los defensores de la plaza, y un desengaño más para sus
aliados.
Iba a pisar el General Rivera en
Montevideo, y el gobierno Vasquez le intimó que no desembarcase: el feroz
Pacheco y Obes capitaneaba los jenízaros que querían impedirle el paso; pero un
motín de los negros armados y algunos Vascos deshace el prestigio de estas dos
notabilidades: la sangre corre en las calles de la ciudad; las bellas azoteas
sirven de fortalezas, y el partido de los unitarios pierde su influencia.
Santiago Vasquez, a quien llamaban el sustentáculo de Montevideo, por su falsa
política, Pacheco y otros, desaparecen del país, y Rivera toma el mando de las
tropas. Dejemos frente uno de otro esos dos contendientes por la presidencia de
la República: Rivera, dentro de los muros, sostenido por los extranjeros, y
Oribe sitiándolos apoyado por la nación: los Anglo-Franceses aguardando las
decisiones de sus Gobiernos; y esperaremos el fin de este drama, que no es dudoso
para nosotros.
(De la Restauración de Lisboa, del 18 de
setiembre último)
