Diario La Prensa 5 de abril de 2005
Carta enviada por el director del blog sobre la relación entre Vélez Sársfiel y Rosas
del 20 de julio de 2024
Diario La Prensa 5 de abril de 2005
Carta enviada por el director del blog sobre la relación entre Vélez Sársfiel y Rosas
REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.
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REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.
Hace exactamente ciento cincuenta
años, Dolores y Chascomús, dos pueblos cercanos de similar características,
nacidos ambos como avanzadas de la civilización en el desierto, protagonizaron
la Revolución del Sur, gesta heroica que Esteban Echeverría calificó, en 1849,
como el acontecimiento más notable de la historia argentina después de la
Revolución de Mayo.
Recordemos, brevemente, aquellos
hechos. A fines de 1839 el comandante Rico se incorporó a los complotados con
Jo cual se ganaba a uno de los principales actores del movimiento.
El grito de rebelión estaba
acordado para el 6 de noviembre, pero, un acontecimiento, sl se quiere
insignificante, precipitó el estallido. Un vecino del pueblo de Dolores, un tal
Cuello, encontró en la calle un anónimo harto comprometedor y se lo llevó al
juez de paz. Este, preocupado, le envió una copia del mismo a Rosas que le contestó
así: "Que esta clase de anónimos son obra de la miserable importancia de
los salvajes unitarios y que toda vez que aparezca alguno, se fije usted en
cuatro unitarios de los más señalados y mentados por tales en el partido, los
haga prender, les remache una barra de grillos a cada uno y los remita a la
cárcel pública de esta ciudad con orden al conductor de fusilarlos en el camino
si dieran trabajo y dar cuenta. Y, por último, que luego de recibir la presente
mande los cuatro que correspondan al anónimo comunicado”.
Temeroso el juez Sánchez se
apresuró a pedirle a Rosas que designe a los cuatro y, por consiguiente, en esos
días se empezó a rumorear en la población los nombres de ellos.
Un comunicado análogo le había
llegado al juez de paz de Lobería, don José Otamendi con la nómina de los que tenía
que engrillar, que eran: su hermano Fernando, Pedro Castelli, su íntimo amigo,
Juan Ramón Ezeiza y el comandante Lacasa. El juez comunicó la noticia a su hermano
Fernando, éste avisó a Lacasa quien a su vez se puso en comunicación con
Castelli y éste urgió a Rico que se hallaba en los Montes Grandes para que regrese
a Dolores. Rico, a su vez, había tenido noticias de que iban a ser detenidos otros
amigos de modo que precipitó los acontecimientos. En las primeras horas de la
mañana del 29 de octubre se empezó a escuchar el redoble acompasado del tambor
batiendo generala por las calles solitarias de Dolores y, rápidamente, se
comenzó a llenar la plaza de gente. Entonces el comandante Rico, cubierto aún
con el polvo del camino -como dice Carrranza- y seguido por los capitanes Zacarías, Márquez
y Crispín Peralta, penetró en el cuadro a caballo y desmontándose, comenzó a
hablar así
"Compañeros: Nos hemos reunido
aquí con el objeto de elegir para el partido de Dolores un nuevo comandante militar
y otro juez de paz que respondan y apoyen el levantamiento dela campaña del Sur
contra el gobernador D. Juan Manuel de Rosas…”
Luego de firmada el acta, el
ciudadano Severo Pizarro fue con cuatro hombres a buscar el retrato de Rosas
que ocupaba en el juzgado de paz un lugar de honor, así nos lo relata Ángel J.
Carranza en su libro "La Revolución del Sur”. Llevado el retrato delante
de Rico, dijo éste:
“Compañeros, hermanos: Por quién
llevamos este velillo de luto en el sombrero y arrancándose también la divisa agregó:
Y qué significa esta marca ignominiosa sobre el corazón? Pues arrojemos al suelo
con desprecio el primero, clavando en él con nuestros puñales la segunda para vengarnos
de tantos ultrajes…” y en acto, dice un testigo, la plaza quedó coloreando de
cintas y sembrada de trapos negros.
Esa misma noche, no encontrándose
tela celeste para embanderar el pueblo un grupo de mujeres tiñó varias piezas
de bramante, de modo que, a las pocas horas quinientas banderas flotaban al viento.
El grito de Dolores repercutió de
inmediato en Chascomús y el 2 de noviembre el comandante José Mendiola en medio
de la plaza y entre repiques de campanas aclamaba a los revolucionarios de
Dolores con la consecuente destrucción de bustos de yeso. El 3 la vanguardia de
las tropas revolucionarias entró en la ciudad y en tanto que Dolores bullía de
espirito belicoso, Castelli escribía al General Eustaquio Díaz Vélez, guerrero
de la Independencia, a su estancia en la comarca, ofreciéndole la jefatura de
todo el movimiento. Se enviaron tropas para sublevar Tandil y al mismo tiempo
se comunicaban con la escuadra francesa bloqueadora para ponerse en contacto con
Montevideo.
Pedro Castelli, sargento mayor,
fue designado jefe del movimiento por el prestigio de su apellido pues era hijo
de Juan José Castelli, miembro de la Junta de Mayo. Dicen que cuando Martínez
Castro y Ramos Mejía, en nombre de Lavalle y de Maza le ofrecieron la jefatura
del movimiento, declaró “que preferiría ir como simple soldado ya que se
empeñaban en hacerlo degollar”.
Mientras en Chascomús se
reclamaba la presencia de Castelli, desde Azul y Tapalqué venían avanzando las
fuerzas del gobierno al mando de Prudencio Rosas. El 5 llegó Castelli a Chascomús
y junto con Crámer y Márquez recorrieron el campamento revolucionario. Castelli
lanzó una proclama a la población y luego doña Carmen Machado de Deheza
repartió escarapeles de mostacillas azul y blanco a los oficiales y de cintas a
los soldados. Por la noche se celebró un gran baile en honor de las ropas que venían
de Dolores. Era Ja noche del 6 de noviembre. Las informaciones decían que Rosas
y Granada venían llegando y que desde Monte avanzaba el famoso coronel Vicente
González su Majestad Caranchísima.
En poco más de tres horas se
decidió la batalla que sirvió para consolidar el poder de Rosas. Muchos
quedaron en el campo de lucha, muchos fueron prisioneros. Rico se retiró a
Dolores y desde allí al Tuyú en donde se embarcó con cerca de mil hombres para
Montevideo.
En la tarde de ese tormentoso día
7, Castelli regresaba solitario y deprimido hacia Dolores y con su asistente el
negro Gabino optó por continuar solo hacia los Montes Grandes de Monsalvo y allí se refugió. Al
pasar por dichos montes la vanguardia de Prudencio Rosas, que iba con el mismo
rumbo, uno de los soldados de la partida sorprendió al asistente que
aterrorizado dio a conocer el refugio de su amo. Castelli fue atacado de
Improviso, mientras grababa su nombre en un tala; cayó derribado de un feroz hachazo en la cara y enseguida lo degolló el
soldado Durán“.
En la mañana del 17 de noviembre los vecinos de Dolores se sintieron
horrorizados pues una partida entraba al pueblo, al frente de la cual un jinete
traía colgada al pecho de su caballo una cabeza humana, era la de Pedro Castelli,
que, totalmente desfigurada fue colgada en un madero que se colocó en la plaza
donde ahora se levanta la pirámide. Para escarnio y terror de la población
estuvo siete años colocada allí.
Refiere Juan B. Selva, en su
libro “El Grito de Dolores”, que una mañana lluviosa y destemplada de julio de
1847, una mulata correntina conocida como Mama Pancha y otra amiga atravesaban
la plaza en dirección a su casa. Al llegar al poste, Mama Pancha levantó los
ojos, quizá para dirigirle una plegaria al muerto, y con sorpresa vio que la cabeza
había desaparecido. Su compañera la sacó de dudas pues la hacía rodar de un
puntapié. Mama Pancha sólo pensó en rescatarla. Cuándo llegó su hijo José, cabo
del 5 de Cívicos, al notarla tan preocupada le inquirió la causa y la madre le
propuso que fuera a la plaza para traer el fúnebre despojo. Algo similar había
hecho Fortunato García con la cabeza de Avellaneda. Madre e hijo comprendian que
se exponían a ser fusilados, no obstánte, José la trajo esa noche, oculta en su
pesado poncho pampa. La madre, ansiosa, lo recibió con un grito de júbilo. Nada
nos ocurrirá, dijo, rasgando el cotín del colchón, escondiendo la cabeza entre
la lana. Mama Pancha solía sacarla, la colocaba sobre un cajón, le encendía
velas y le rezaba oraciones. Así la tuvo oculta hasta la caída de Rosas.
Muchos poetas han cantado esta épica acción:
Echeverría en la “Insurrección del Sur”, Mitre en varios poemas, Melgar en “El
Grito de Dolores”, Egozcue en “La cabeza de Castelli”, Cotta en “La Jornada
heroica”, Navarro Puentes en su “Canto
épico a la batalla de Chascomús”, mi progenitor en sus “Décimas”
Dolores y Chascomús son hoy ciudades cultas e importantes en la provincia de Buenas Aires, pero la santidad y el heroísmo, están por encima de todas las grandezas materiales y para siempre su mayor título de gloria habrá sido esta acción casi legendaria.
REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.
No siempre la admiración de la
posteridad se detiene en hechos victoriosos. A veces, como en el presente episodio histórico, la atención va
dedicada a exaltar gestas que, no obstante su fracaso, salvan la dignidad de un
pueblo. Al cumplirse el 150° aniversario del alzamiento porteño de 1839 contra
un sistema degradante y regresivo rememoraremos sus alternativas como homenaje
a la protesta viril ante ese estado de cosas.
Cuatro años hacía que asumiera el
mando provincial don Juan M. de Rosas. Investido por la Legislatura con la
“suma del Poder Público”, su autoridad omnímoda se había hecho sentir de
inmediato para eliminar a sus opositores, a los enemigos de la Federación y a
quienes calificaba de traidores a la
misma. Listas de cesantías de todo tipo de funcionarios, sin exceptuar a
clérigos o profesores universitarios, pasando por la baja de militares,
llenaron páginas del Registro Oficial; paralelamente se fulminaba con amenazas
tremendas a quienes osaran manifestarse contra el régimen imperante, denostados
con dicterios aterradores.
Se había trocado libertad por
orden, y éste se hizo sentir pesadamente. Una severa fiscalización que no
perdonó siquiera modas, impuso todo tipo de control, hasta llegar incluso a prohibir
el acceso a las Iglesias a quienes no portaban la divisa partidista.
Lo descripto —y mucho más que no
permite referir el espacio— podía perpetuarse merced a la ausencia de una
Constitución. Nada bastaba que el propio Pacto Federal de 1831 impusiera la
obligación de convocar al Congreso, ni que el mismo Rosas lo hubiera
ratificado, como tampoco que reinase formalmente la “paz y tranquilidad”
fijadas como presupuesto para dicha convocatoria.
La uniformidad cromática era
reflejo de la igualdad de conductas, y la pasividad vino a ser la
característica del pueblo porteño, otrora levantisco y altivo, que había
rechazado a los ingleses y expulsado a los españoles.
En 1838 este panorama sombrío
vino a complicarse cuando un conflicto con el Reino de Francia derivó en el
establecimiento de bloqueo primero, y de hostilidades después. Motivaba el
entredicho la negativa de las autoridades de la provincia a someter a proceso a
ciertos franceses detenidos, y a licenciar a otros que prestaban servicio
militar. Presentado por el gobernador Rosas como un ataque a la propia
independencia nacional con propósito de colonización, esta interpretación pronto
fue refutada por el gobernador López de Santa Fe, que la redujo a los límites
de Buenos Aires por procederes de sus funcionarios. De su parte, Francia negó
todo intento de conquista.
La sorda protesta culminaría en
1839, no ya encarnada en opositores emigrados, sino por los hasta entonces
sostenedores de la situación. La crítica dio paso a la conspiración.
Numerosos hombres vinculados al circulo
dominante se propusieron lograr la renuncia de Rosas, encabezándolos el comandante
Ramón Maza en la capital de la provincia, con ramificaciones en su campaña.
Todos, por cierto, militaban dentro del partido Federal.
Los más prestigiosos hacendados
del sur de Buenos Aires, hombres de alma templada y espíritu valeroso, sin
agitaciones partidistas sino cansados de todo tipo de imposición oficial, resolvieron
secundar aquellos esfuerzos. Se preveía el apoyo del general Lavalle, quien al
frente de una Legión Libertadora vendría desde Montevideo para derribar la
tiranía uniendo en la empresa común a los antiguos bandos adversarios. Tres jóvenes
decididos actuaban como enlaces entre la capital, la campaña y el cuartel de la
Legión, instalado en Martín García: Marcelino Martínez Castro, Félix Frías e
Isaías de Elía. Estaba previsto que Lavalle conduciría el armamento preciso hasta
la costa bonaerense, en cercanías de la actual Mar del Plata, donde poseía una
pequeña estancia el jefe de los complotados del sur; que era el antiguo mayor
de caballería Pedro Castelli, ex oficial de Granaderos como aquél, e hijo del
prócer del año 10.
Al lado de éste anudaban
adhesiones sus amigos Martín Campos, Francisco Matías Ramos Mejía; Martín de la
Serna, José Otamendi, José Ferrari y varios jóvenes más. Carreras de caballos y
yerra servían de ocasión para unir voluntades, y el círculo creció: Anselmo
Sáenz Valiente, Martín de Alzaga. Leonardo Gándara, Domingo Lastra, Juan Ramón
Ezeiza, Francisco Bernabé Madero y otros hacendados de fortuna, enviaron dinero
a Montevideo para adquirir los fusiles, sables y lanzas que les faltaban. Cabe
apuntar otros nombres de quienes se movilizaban con entusiasmo; el veterano
coronel de la Independencia Ambrosio Crámer, Pedro Lacasa, José María Guerra;
José Iraola, José María Pizarro, Pascual Calvento, Miguens, Agustín Acosta,
Tiburcio Lens, Miguel Miller, Antonio Pillado, Juan Antonio Fernández Suárez, Ildefonso Torres, Rufino Fornaguera, Saturnino
Lara, Manuel Silva, Juan Dillon, Francisco Mujica y multitud más que resulta
imposible mencionar.
En el mes de junio la
conspiración del teniente coronel Maza en la capital fue descubierta, y
ejecutado su jefe y detenidos muchos implicados. Empero, contra lo que podía
esperarse, el movimiento de la campaña no se detuvo pese al grave contraste,
sin cundir el desaliento. Rosas sintió la agitación, y en septiembre ordenaría que
los vecinos de la costa del Tuyu internasen sus caballadas a 20 leguas, para privar
de elementos de movilidad a los legionarios del general Lavalle si desembarcaban
allí.
Pero el esperado adalid había
alterado sus planes: noticiado que el Ejército Entrerriano cruzaba el río
Uruguay para atacar a su aliado el presidente Rivera en el estado oriental,
tomó la funesta decisión de invadir Entre Ríos para aliviarlo en vez de
dirigirse al sur...“A mí me es indiferente empezar por una o por otra parte,
pero no al pueblo oriental invadido —escribió Lavalle a Andrés Lámas—. Yo tengo,
que obedecer a su interés, que es el de todos: en Buenos Aires se van a
desesperar, pero así lo exige el bien público”.
Esta alteración tan importante no
detuvo tampoco a los complotados, quienes contaban con lograr la defección del
coronel Granada, jefe de valor y prestigio, a fin de sumarlo a sus filas, tal
como se había adherido el comandante Manuel Rico, segundo jefe del Regimiento 5
de Milicias y antiguo juez de paz de Dolores.
El pronunciamiento estaba
previsto para el 6 de noviembre. Unos 3.000 hombres sólo esperaban el armamento
necesario; ya estaba impresa la Proclama suscripta por Castelli, quien se
denominaba en ella: “el jefe de los patriotas armados en la campaña del sur
contra el tirano Rosas”.
Un raro ejemplar de la misma,
propiedad del historiador Juan Isidro Quesada, informaba sobre los agravios que
los movían: “Un error funesto nos hizo elevar al mando supremo a un malvado
indigno de gobernarnos, y aún de vivir entre nosotros. Juan Manuel Rosas ha
quebrantado todas las promesas, todos los juramentos que hizo cuando le
confiamos el gobierno. Nos prometió restablecer la tranquilidad pública y no ha hecho más que fomentar odios,
partidos y desuniones. Nos ofreció dar paz a la República, y la comprometió injustamente
en guerras con Estados vecinos y con naciones amigas. Juró proteger nuestras
vidas, nuestros derechos, y se ha ocupado diez años consecutivos en encarcelar,
fusilar y degollar a nuestros compatriotas. Nos ha hecho quemarle inciensos, darle
nuestras fortunas, vestir trajes y divisas ridículas e insultantes, arrastrar su
coche, adorar su retrato en los templos mismos”. Concluía el documento: “Os
hablan hombres que conocéis, propietarios, hacendados, que os ofrecen garantías
de sus intenciones: no tenemos aspiración ninguna no queremos partidos, no los
quiere tampoco el patriota general Lavalle ni los valientes que le acompañan, queremos
sólo paz para la República, unión de hermanos entre todos los argentinos, un
gobierno regular y justo, elegido libremente por el voto de los pueblos”.
La delación de un vecino de
Dolores precipitó el estallido. El comandante Rico dio la señal de insurrección
en la plaza de Dolores en la mañana del martes 29 de octubre, quitándose la
concurrencia las divisas coloradas con que sembraron el suelo; esa noche un
grupo de entusiastas damas tiñeron con añil varias piezas de bramante —porque
se carecía de tela celeste, color proscripto oficialmente por “unitario"—
y confeccionaron banderas argentinas para engalanar al pueblo. Cuatro días
después se levantaba en Chascomús el comandante José Mendiola,
Mas una semana después, todo estaba
concluido; sorprendidos los elementos heterogéneos de los “Libres del Sur” al borde
de la laguna de Chascomús, por una división mandada por el general Prudencio O.
de Rozas, hermano del mandatario, en cuyas filas formaba —para confusión y terror
de aquéllos— el coronel Granada con cuyo apoyo se especulaba, la derrota y la
muerte fueron la consecuencia inevitable de la confusión, y la falta de armamento
y disciplina. Apenas pudo salvar Rico unos 1.400 hombres que luego engrosaron la
hueste de Lavalle.
Tremendo fue el escarmiento, y nada
mejor que trascribir un parte del jefe vencedor: “El principal cabecilla motinero,
salvaje unitario Pedro Castelli, había sido encontrado en una isleta de monte,
y habiéndose resistido a entregarse, fue
necesario matarle y cortarle la cabeza, la que reconocida por mí, la remitió el
general que firma a Dolores, para que el comandante de este pueblo la coloque
en un palo en medio de la plaza, lugar donde estalló el motín, para escarmiento
de esos malvados salvajes unitarios”. Los que salvaron de la persecución,
sufrieron la confiscación de sus propiedades, repartidas entre los
triunfadores.
Pero quien mejor juzgó el hecho
que evocamos, midiéndolo con cabal conocimiento y criterio, fue el general José
María Paz, a la sazón residente en Buenos Aires, donde tenía la ciudad por
cárcel. Sabiéndose de la severidad de sus costumbres y lo parco que era en
elogios, llama la atención las vibrantes frases que le dedicó en sus “Memorias”:
“Creo que el movimiento del sur de Buenos Aires es uno de los episodios más
brillantes de esta época: el fue tan espontáneo como general, tan desinteresado
como simultáneo; casi no tuvieron parte en él los cuerpos militares, y fue todo
obra del paisanaje, incluso los ricos propietarios de aquella campaña. Es seguro
que ningún otro suceso ha sorprendido tanto a Rosas, y a fe que tenía razón para
ello: el sur era su comarca predilecta, en la que se freía que conservaba más influencia;
había sido en una palabra la cuna de su poder. Fue para él un desengaño, una
sorpresa, un desencanto: puede creerse sin miedo de equivocarse que han sido
los días más aciagos de su carrera”.
Episodios como el reseñado son los que prepararon el ambiente para la reacción final. Sin ellos, que sedimentaron la resistencia a lo largo del tiempo, el espíritu público habría languidecido para siempre, privando al país de su regeneración. Tal es la enseñanza que se desprende de su análisis, y por eso sus autores y actores son dignos de nuestro reconocimiento en este aniversario de su empresa.
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Así, la Asamblea Legislativa francesa dijo: “Los males que resultan de las corporaciones han sido expuestos. La tendencia natural que ellas tienen a crecer, la oposición constante de su interés con el interés general se han visto con toda claridad. Los proyectos de los enemigos de la revolución se fundan sobre los bienes del clero... devolvedlos a la Nación y ellos serán destruidos”. (Diario de decretos y debates -9 de abril de 1790- nr 238) Por eso el papa Pío VI enseñó:
“La Asamblea Nacional se ha abrogado la potestad eclesiástica, estableciendo tantas y tantas cosas contrarias no sólo a los dogmas sino también a la disciplina eclesiástica y obligando a todos los obispos y eclesiásticos con juramento a la observancia de su decreto. Más esto de ningún modo debe maravillar a aquellos que por la constitución misma de la Asamblea fácilmente comprenden que a ninguna otra cosa se encamina ni de ninguna otra cosa trata que de abolir la religión católica...” (Breve Quod Aliquantum, del 10 de febrero de 1791).
Veamos sólo algunos hechos de cómo procedió con la Iglesia la “gloriosa Revolución”, cuyo bicentenario acaba de celebrarse:
El 12 de noviembre de 1789 los bienes del clero son puestos a disposición de la Nación.
El 13 de febrero de 1790 se decreta la secularización de los religiosos, prohibiendo los votos de religión.
El 20 de marzo se decreta se hagan los inventarios de las iglesias y locales del clero. Desde la Revolución las iglesias católicas son del Estado, que —desde el Concordato de 1801 a que fue obligado por la resistencia vandeana— facilita su uso a la Iglesia.
La Asamblea Nacional francesa votó del 9 de abril al 12 de julio de 1790 “la Constitución civil del clero” que instaura una Iglesia nacional.
Allí Robespierre dijo que: “La Nación debe conservar (en sus manos) todo lo que es necesario para el culto, para el sostén de la religión católica...”. Y reclama la supresión del celibato eclesiástico.
El 6 de abril de 1792: la Asamblea Legislativa suprime el hábito religioso.
El 18 de agosto de 1792: supresión de todas las congregaciones religiosas.
El 17 de noviembre de 1792: se aprueba el matrimonio de los clérigos.
El 22 de enero de 1783: Circular del consejo ejecutivo para imponer al clero “constitucional” la obligación de casar a los divorciados y a los sacerdotes.
El 3 de abril de 1789 (14 germinal, año VI): Resolución del directorio relativo al calendario y a los mercados para impedir el ayuno de los viernes.
Mártires y víctimas de la Revolución
La Iglesia ha beatificado hasta ahora 374 mártires, asesinados por “odio de la fe” a saber:
Las 16 carmelitas de Compiegne, guillotinadas el 17 de julio de 1794 (beatificadas por la Iglesia en 1906).
Las 15 religiosas de Valenciennes (3 Hijas de la Caridad y 11 Ursulinas) guillotinadas el 26 de junio de 1794 (beatificadas en 1920).
Las 32 religiosas de Bollene, guillotinadas en Orange del 6 al 26 de agosto de 1794 (beatificadas en 1925).
El padre Noél Pinot, guillotinado el 21 de febrero de 1794 (beatificado en 1926).
Los 191 mártires guillotinados en la prisión del Carmelo el 2 de septiembre de 1792 (beatificados en 1926.
El padre Pierre-René Rogue, guillotinado en Vannes el 3 de marzo de 1796 (beatificado en 1934).
Los 19 mártires de Laval, guillotinados el 21 de enero de 1794 (beatificados en 1955).
Los 99 mártires de Angers (12 sacerdotes; 3 religiosas y 94 laicos, de ellos mujeres) ejecutados entre octubre de 1793 y octubre de 1794.
Otras causas en proceso de beatificación en Roma son los de:
El padre Jean Poulín de Arras ejecutado el 22 de agosto de 1793 y otras 157 víctimas de la misma ciudad, entre 1793 y 1798.
El padre Ignacio José Gosseau, de Valenciennes y 46 sacerdotes y religiosos de la misma ciudad, ejecutados entre 1792 y 1799.
Tomás Merle de Castillon y otras 71 personas ejecutadas en Lyon entre 1792 y 1794.
Los 5 capuchinos ejecutados en Nimes el 14 de junio de 1790, Jean Baptiste Souzy ejecutado en L'Ile Madame el 27 de julio de 1793 y sus 102 compañeros también muertos por la fe entre 1793 y 1795.
Los 110 niños de menos de 7 años masacrados en Lucs-sur-Boulogne en Vendee, por la “columna infernal” del general Cordellier.
No se agota con esto la lista de quienes murieron por causa directa de su fe.
Así, en Nantes, están los 143 sacerdotes ahogados en el río Loira a fines del año 1793.
En Toulouse el padre Duchein, ejecutado el 7 de noviembre de 1793.
En París, Ana Poulain y su criada Margarita, condenadas a muerte el 21 de diciembre de 1793 por haber escondido a un sacerdote proscripto.
El padre Fenelon, sobrino nieto del autor de “Telémaco” guillotinado también en París, julio 1794.
En Puy la señora de Beauzac, madre de un sacerdote refractario a la Constitución civil del clero; y la familia Best (el marido, su esposa y su cuñada) guillotinados en enero de 1794 por ayudar al clero fiel.
En Dax sor Margarita Rustau, Hija de la Caridad, guillotinada el 9 de abril de 1794.
En Montpellier, María Coste, campesina guillotinada el 3 de mayo de 1794 por haber alimentado a un sacerdote proscripto.
Se calculan en 2 millones de personas las víctimas del terror en Francia. A ellos deben agregarse las víctimas de las guerras de la Revolución y el imperio napoleónico en toda Europa, desde España hasta Rusia. Todo ello en nombre de los derechos del hombre y el ciudadano.
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| Fueron 16, las Carmelitas Descalzas sacrificadas en Compiégne |
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