Mostrando entradas con la etiqueta Manuelita Rosas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuelita Rosas. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de septiembre de 2023

Carta de Manuelita Rosas a Antonino Reyes

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

237

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

Reproducimos a continuación la carta enviada el 18 de setiembre de 1890 por Manuelita Rosas a su amigo Antonino Reyes.

Carta de manuelita Rosas

Antonino Reyes


Inglaterra

Royal Norfolk Hotel

Bognor

Septiembre, 18 de 1890

Mi queridísimo amigo Reyes

El 2 del presente, recién llegados a este lugarcito, te escribí avisándote recibo de la tuya querida 5 de agosto y ahora lo hago de la del 21 del mismo, que hace media hora me llegó y he leído encantada con tus zalamerías y cariños. Te lo pago avisándote sin demora, aunque no podré hacerlo en la extensión que deseo, pues de aquí es preciso despachar las cartas para la Mala del continente (sic), con anticipación y sólo puedo disponer de media hora. Así, esta vez pasaremos por alto galanteos que quedarán pendientes, pero no menos afectuosos etc., etc.

Convenimos con tus opiniones respecto del estado de nuestro país y aun del que hoy habitas y las publicaciones que hemos leído en los diarios de aquí, en los últimos días particularmente, nos hacen conocer que la Administración Gubernativa (sic), tiene entre manos muy ardua empresa para establecer el orden requerido para el bien de esos países. No sabíamos que nuestro amigo Saldías, también había tomado parte en la empresa, pero Máximo creía fuese así.

Mucho nos alegramos que se encuentre completamente restablecido de su molestia en la vista. Díselo así, con nuestros amistosos saludos y que pronto he de tener el gusto de escribirle. No puedo concluir sin pedirte me digas lo que te haya escrito Tinita respecto al párrafo en que le hablo de ti, en mi última. Me finjo celosa, aunque reconociendo la ventaja que tiene sobre mí, para sus coqueteos, desde que ambos se encuentran disponibles.

Máximo me pide, está encargándome, no la concluya sin abrazarte en su nombre. Manuel y su Janie que están también aquí, te saludan cariñosos. Rodrigo y su Ina, muy buenos en Londres. La nieta riquísima progresando satisfactoriamente. Ayer cumplió un mes.

A Dios picarón, pero más querido que nunca de tu afectuosa amiga que te abraza muy fuerte.

                                                        Manuela de Rosas de Terrero

PS. Es realmente incomprensible la pérdida de mi carta a ti de mayo.

Felizmente nuestra correspondencia no nos trae compromiso. Solamente verán nuestros coloquios y como mi marido los consciente, estamos limpios de conciencia y libres de acusación injusta. Gracias mil por los periódicos que leemos con mi Máximo, ansiando siempre conocer lo que pasa por allá.

domingo, 28 de mayo de 2023

Prilidiano Pueyrredón - Retrato de Manuelita Rosas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

192

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un breve artículo aparecido en la Revista La Nación, en la sección Arte para todos cuya fecha exacta no podemos precisar pero que fue en la primera mitad de la primera década de este siglo

Retrato de Manuelita Rosas / Cómo ver la obra
Por Fermín Fevre

Prilidiano Pueyrredón


Como ocurre con la mayoría de los retratos, el que Prilidiano Pueyrredón pintó de Manuela de Rosas y Ezcurra 1817-1898) obedeció a un encargo. Un grupo de ciudadanos quiso agasajar al Restaurador con un retrato de su hija que hasta entonces no había sido retratada por un pintor. Una comisión integrada por Luis Dorrego, Juan Nepomuceno Terrero y Gervasio Ortiz de Rosas, con la supervisión del mismo Rosas, convino los detalles del cuadro.
Se eligió a Prilidiano Pueyrredón para realizarlo. Ya había pintado un retrato de su padre, Juan Martín de Pueyrredón, fallecido en marzo de 1850. La ocasión para hacer público el agasajo sería el acto de homenaje a Manuelita que se haría en el teatro Coliseo, en octubre de 1851.
Los Pueyrredón habían regresado de París en 1849, luego de una estada de cinco años, Prilidiano poseía para entonces una sólida formación como pintor, además de estudios de arquitectura. En 1851 lo encontramos, precisamente, proyectando la chacra Los Olivos, que con sucesivas remodelaciones sería la actual residencia presidencial.
Manuelita tenía por entonces 34 años y había sido compañera de juegos infantiles de Prilidiano, que en el momento de hacer el retrato tenía 27. Se conocían bien. La citada comisión determinó, luego de algunos cabildeos, que el retrato sería con la figura de Manuelita de pie. El traje debía ser rojo, según la divisa federal, y tanto la postura como la expresión del rostro tenían que exaltar su bondad y la dignidad de su rango.
Luego de conocer estos requisitos, el artista solicita autorización para colocar encajes blancos en el vestido con el fin de resolver plásticamente mediante contrastes la majestuosidad de la figura. Los pormenores del encargo los conocemos por el relato de José Mármol aparecido el 6 de octubre de 1851 en La Semana de Montevideo (ciudad en la que el escritor estaba exiliado).
El artista desarrolla una magnífica distribución del color, utilizando una gama de rojos que logra una verdadera sinfonía: abarca la figura, el cortinado, la alfombra, el sillón y las flores junto con el dorado para maderas y pasamanería, el marfil de los encajes y un fondo en gama verdosa. Crea, así, un clima adecuado para su representación que también posee elementos simbólicos. La expresión risueña del rostro y la mano derecha apoyada en un papel blanco (que se interpretaba como una carta para su tatita, según el papel de intercesora) completan un cuadro de apreciables dimensiones.
Este óleo, excepcional exponente de la iconografía pictórica argentina, perteneció al Museo Histórico Nacional. Pero en 1932 el crítico José León Pagano publicó un artículo en el suplemento Literario de LA NACION en el que se valorizaba por primera vez a Prilidiano Pueyrredón como uno de nuestros grandes artistas. Luego de esta intervención, el cuadro fue trasladado al Museo Nacional de Bellas Artes, donde hoy lo podemos ver.

DATOS ÚTILES
Año: 1851
Técnica: Óleo sobre tela
Medidas: 199 cm x 166 cm
Donde encontrarlo: Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) – Av. del Libertador 1473, 4803-8814

El autor es director del Departamento de Arte y Cultura de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Ex director del Museo Nacional de Bellas Artes. Miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo. (F. en el año 2005)

PRILIDIANO PUEYRREDÓN (1823-1870) arquitecto, ingeniero y urbanista. Fue uno de los pintores argentinos más notables del siglo XIX, buscó perpetuar las tradiciones de la zona rioplatense y las costumbres de sus contemporáneos.

martes, 23 de mayo de 2023

Manuelita Rosas y Máximo Terrero - María Rosa Lojo

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

190





En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un interesantísimo artículo de la revista El Federal, N° 292 del 10 de diciembre de 2009, sobre "Un amor prohibido".






Grandes romaces de nuestra historia

Manuelita Rosas y
 Máximo Terrero

La “princesa federal” fue acaso la mujer argentina de mayor figuración social y política del siglo XIX. Estrecha aliada de su padre, sólo lo desairó al enamorarse de Máximo Terrero, con quien, luego de un largo y discreto romance al que el Restaurador se oponía tenazmente, se casó en Inglaterra.
por María Rosa Lojo 

Manuela Robustiana Rosas
Manuela Robustiana de Rosas y Ezcurra (1817-1898), conocida por amigos y enemigos como doña Manuelita, la Niña, fue probablemente la mujer argentina de mayor figuración social y política en el siglo XIX. Y también constituyó el objeto elusivo del deseo para propios y ajenos, algunos de ellos notables y notorios. Desde el poeta y novelista porteño José Mármol hasta el noble John Hobart Caradoc, Lord Howden, barón de Irlanda y par de Inglaterra, se contaron: entre sus admiradores. Sin embargo, a una edad que —para su época— lindaba los umbrales de la vejez (treinta y seis años) logró casarse con su gran amor de siempre: Máximo Terrero, que se mantuvo fiel a la Niña y aguardó por ella, hasta cuando parecía perdida ya toda esperanza.

LA PRINCESA FEDERAL. Así elegí titular la novela que dediqué a este cautivante personaje femenino, y así la llamaron también, no sin ironía, algunos de sus contemporáneos. En efecto, doña Manuelita, hija de don Juan Manuel de Rosas, el hombre más poderoso del Río de la Plata, gobernante reelegido una y otra vez por la Legislatura de Buenos Aires, aliado con los principales caudillos de las provincias, y representante de ellas ante el exterior, cumplió durante muchos años —aun cuando el sistema era nominalmente republicano— algo así como las funciones de una verdadera princesa. Sería injusto suponer, no obstante, que ocupaba esta posición preeminente de manera mecánica o automática, y sólo por su condición de hija. Había otro heredero (¡y varón!) del caudillo porteño, que siempre  permaneció en la sombra: Juan Bautista, hijo mayor de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, Una figura de la que muy poco se sabe y a la que se han atribuido condiciones contradictorias. 
El hecho es que no él, sino Manuelita, resultó la elegida para cumplir un papel relevante, aunque oficioso, en las más altas esferas de gobierno. Rodeado de mujeres fuertes en el entorno familiar (comenzando por su madre, Agustina López de Osornio y siguiendo por su esposa Encarnación Ezcurra, cuyo carácter no le iba en zaga al de su suegra), Rosas tenía especial confianza en la capacidad femenina para desenvolverse en puestos de poder, y ciertamente no se equivocó en lo que tocaba a Manuela, bien considerada y respetada aun por muchos de sus enemigos.
Las cartas que el gobernante depuesto cambia, en el exilio, con su viejo amigo y colaborador, José María Roxas y Patrón, dan acabado testimonio de estas ideas. Ambos, hay que decir, eran admiradores de la reina Victoria. Creían en el mayor carisma de las mujeres —derivado en parte de las connotaciones maternales— y suponían que podía ser mucho más agradable y llevadero obedecer a una señora... Cuando corrían momentos difíciles para el gobierno, surgió de Roxas y Patrón la propuesta de postular a Manuelita como sucesora y heredera política de don Juan Manuel. En La princesa federal, don Pedro de Ángelis, el erudito y periodista napolitano al servicio de Rosas, reflexiona de esta manera sobre la particular relación de padre e hija en este terreno: “He llegado a la conclusión de que Manuela y Rosas se han convertido en unidad perfecta y por ahora indisoluble. No existiría Rosas, ni el poder de Rosas tal como es, sin Manuela, y ella lo sabe. Manuela puede. No solamente puede sobre los siervos y los agradecidos por las dádivas que entrega su mano, y por la sonrisa y el roce de esa mano cuando se abre en el gesto de donación. No sólo puede sobre la policía y las fuerzas de choque y los eclesiásticos y los leguleyos que rodean al gobernador. No sólo es la Circe que endulza las decisiones de los diplomáticos extranjeros y tuerce delicadamente la dirección y la interpretación de sus intereses. Manuela puede sobre Rosas. Puede porque un dictador necesita ser mujer por lo menos en la mitad de sí mismo, para que lo amen como a una madre.”
En el centro de la escena, joven, carismática, enérgica, pero también cortés y armoniosa, más suave que su madre, aunque no menos determinada, encantó, desde sus veinte a sus treinta y cinco años, a los viajeros y diplomáticos que la trataron y que dejaron halagadores testimonios sobre su figura y fue, en general, adorada por el pueblo, que contaba con ella como siempre dispuesta intermediaria.

Manuelita Rosas


EVOCACIONES DE UN PROSCRIPTO. Las que podríamos considerar como imágenes “fundacionales” y más perdurables de Manuelita en la tradición nacional se deben a alguien que fue no sólo sensible a sus seducciones, sino también uno de los más empecinados enemigos del régimen. José Mármol la retrató de manera indeleble en la novela Amalia y en un folleto titulado Manuela Rosas. Rasgos biográficos, ambos publicados en Montevideo en 1851, con la intención tanto de desacreditar al Restaurador cuanto de compadecerla a ella, en su condición de hija sacrificada a los intereses paternos.
Leídos hoy, sus argumentos convencen, por cierto, muy poco. Las mujeres, nos dice Mármol en su vehemente biografía, no han sido hechas para el áspero ejercicio del poder. La pobre Manuela —señala— ha adquirido una “segunda naturaleza” endurecida por el medio en que ha vivido, por su perversa educación. Sus nervios ya no son debidamente sensibles: “La han despojado de esa susceptibilidad a impresiones frívolas y ligeras, que distraen, halagan y enajenan la imaginación de las mujeres”. Tampoco es posible que ella realice lo que se juzgaba el destino de cualquier mujer cabal —amar y engendrar—. No sólo porque su padre se lo impide, sino porque, en un entorno de hombres envilecidos, su espíritu femenino no puede ser, como corresponde, “dominado” ni “fascinado” por ninguno de ellos, con esa “indefinible influencia de la voluntad varonil” que ejerce sobre “el alma tímida de las mujeres el despotismo de lo fuerte sobre lo débil”. Mármol remata sus argumentos sexistas con otros tantos de corte racista, clasista, y puritano, cuando considera, por ejemplo, como el colmo de la degradación el que la joven haya tomado parte en los bailes populares (calificados por él como “bacanales”), “con todos esos movimientos repugnantes y lascivos a los que llaman “gracia”, y en los cuales, alguna vez, ha tenido que rebajarse a danzar, “hasta con negros” (ibídem). 
El poeta unitario se equivocaba, probablemente, de medio a medio. La Manuela real parece haber hallado un satisfactorio equilibrio “entre fusiles y terciopelos, entre abanicos y caballos de combate” (La princesa federal), y haber disfrutado tanto de las fiestas populares como de su propia importancia e influencia política. También —aunque esto no lo sabía Mármol— tenía un novio secreto y leal, a quien podía mirar, no de abajo hacia arriba, sino, como aun buen compañero, de lado a lado.
El erotismo permea inevitablemente sus descripciones de esta amiga/enemiga, distante y para él inalcanzable: “Esa creatura del Plata, cuyos ojos húmedos y claros, cuya tez pálida y boca voluptuosa, revelan con candidez que es una hechura perfecta de su clima”, “una figura esbelta: una cintura leve, flexible, y con todos esos movimientos llenos de gracia y voluptuosidad que son peculiares a las hijas del Plata...” Ni el más altivo unitario —dice en Amalia—dejaría de posar la sien en sus “hombros tan suaves y redondos”, como reposo momentáneo de sus fatigas...

UN LORD GAUCHO. Manuela Rosas despertó el amor apasionado de otro conspicuo adversario: nada menos que el embajador inglés John Caradoc, Lord Howden, que estaba en funciones durante el segundo bloqueo anglofrancés al Río de la Plata. No era la primera vez que este Caradoc, ya casi cincuentón, aún apuesto, inglés pero descendiente en línea directa de otro Caradoc, el héroe de Irlanda, mostraba su temperamento romántico y su disposición aventurera, dejándose seducir por tierras y mujeres exóticas. Su currículum, en este sentido, era frondoso: “Ha sido ayudante de campo del propio duque de Wellington, y también se considera, por lo tanto, vencedor de Napoleón. Ha actuado como agente secreto de Inglaterra en España, en los tiempos de la primera insurrección carlista. Allí ha aprendido las claras vocales abiertas de la lengua castellana, la pasión cruel de los toros, y los besos de las majas tras el encaje tornasolado de los abanicos. Ha vivido en Rusia, ha perseguido el zorro de las estepas y la sombra ululante de los lobos. Ha enamorado a una sobrina del príncipe Potemkin y ha cambiado con ella anillos de boda y promesas eternas que duraron poco. Ha sobrevivido a su amigo George Gordon, Lord Byron, en su lucha por la libertad de Grecia. Nunca ha osado publicar los versos que compuso en la juventud, pero sí ostenta, como una condecoración, su coraje en la batalla de Navarino, que desalojó definitivamente al poder turco de las tierras de Sófocles.” (Lojo, “El barón y la princesa”, en Amores insólitos).
Caradoc quedó prendado tanto de la belleza criolla de doña Manuelita como de los usos y costumbres tradicionales argentinos: “Está dispuesto a dejarse fascinar por este nuevo mundo sin ecos, donde ningún sonido resuena dos veces porque todos se pierden en la alucinación horizontal de la llanura. Empieza a aficionarse a las casas bajas de rejas andaluzas, a las muchachas indias o mestizas que lo despiertan con el roce ondulante de una trenza oscura, trayéndole en la mano un mate de plata. Habla con todos. Con los gauchos viejos cuyas caras acumulan tantas arrugas como marcas de pelea, o con los caballeros de la corte de Manuelita, que exhiben el rojo chaleco federal y la divisa partidaria como un salvoconducto para entrar a ese terreno paraíso.” (“El barón y la princesa”). A tal punto llega su propensión mimética, que no vacila en presentarse ante ella metamorfoseado en “gaucho de lujo”: “Se calza a la cintura un facón de vaina labrada con flores de orfebrería, se cubre el pelo rojizo, que comienza a encanecer, con un chamberguito blando de alas cortas, luce vistosas espuelas nazarenas, rebenque con cabo de plata, y monta en un caballo de la silla de Rosas, que el Gobernador le ha enviado como muestra de estima. Así engalanado asiste a los fastos del 24 de mayo, día en que Manuelita cumple treinta años.” (“El barón y la princesa”).
Seriamente enamorado, propone matrimonio formal a la “princesa”. Pero la Niña le da al asunto todas las dilaciones posibles, y termina enviándole una carta cortés donde afirma que nunca podrá ver a Lord Howden de otro modo que como a un hermano. El pretendiente asume el rechazo con caballeresca ironía y responde: “Le doy infinitas gracias por la estirpe genealógica que Ud. me destina. Con igual placer y orgullo colocaré el precioso documento en la casa de mis padres. Lo colgaré delante de los retratos de mis antepasados, que bajarán de sus empolvados marcos para recibir a una nieta tan ilustre”. El balance de su estadía rioplatense es más bien melancólico: su dama lo ha desdeñado y el astuto gobernador ha terminado venciéndolo. Howden se persuade de la inutilidad del bloqueo, que perjudica, más que beneficia, a los mismos comerciantes ingleses, y (contra la indignación francesa) decide levantarlo. El serio historiador inglés H.S. Ferns desliza, no obstante, en su obra Gran Bretaña y la Argentina en el siglo XIX, una frase zumbona: “Howden no hizo ningún progreso con Rosas ni tampoco, habría que agregar, con la hija de éste”.

Máximo Terrero



EL CONSTANTE MAXIMO. Sin duda, no figuraba en los planes políticos de don Juan Manuel de Rosas que su hija y representante se casase con un funcionario de la Corona británica. Pero tampoco en los planes personales de Manuelita, y por muy fundados motivos. Como Caradoc lo comprendió bien, la hija del Restaurador no necesitaba “novios importados”, porque ya tenía uno autóctono, rendido y constante, si bien no reconocido aún oficialmente. Se trataba de Máximo Terrero, un joven irreprochable, secretario de Rosas e hijo de su primer amigo y antiguo socio comercial: Juan Nepomuceno Terrero. Máximo vivía también en la amplia mansión de Palermo, y —aunque vigilado de cerca por los hermanos pequeños de Manuela, hijos de Rosas y de Eugenia Castro— contaba con el privilegio cotidiano de ver y cortejar a su amada. ¿Por qué el largo noviazgo no se hacía público? ¿Por qué el Gobernador insistía en la inconveniencia de ese matrimonio, a pesar de las excelentes prendas de Terrero y la amistad que vinculaba ambas familias? En principio, por las razones de Estado, que convertían a Manuela en empleada de tiempo completo. Pero, una vez en el exilio, cuando estas razones ya eran insostenibles, la oposición del padre seguía incólume. Mucho se ha escrito acerca del vínculo padre/hija, y con todos los matices: desde el incesto que imagina la prensa amarilla de Rivera Indarte, hasta las interpretaciones que insisten en la dependencia de una hija siempre niña, deslumbrada por un padre deferente y todopoderoso. Por ese lado discurren, en La princesa federal, las consideraciones de Pedro de Ángelis: “Aquí reina el señor de vidas y haciendas, barón feudal con espuelas de plata y daga española, padre-dragón de la princesa cautiva que todas las noches extravía al viandante con el miraje de su piel intocable y resplandeciente. Todos creen que Manuela desea ser liberada por la mano del héroe capaz de arrebatarla cuando el dragón está dormido. Todos ignoran que el dragón nunca duerme, y lo peor: que ella en verdad no desea liberarse. Tiene un pacto con la fiera y las llamas que parecen apresarla son apenas el reflejo del muro que sostiene el castillo.”
Sin embargo, una vez en Inglaterra, sin dejar de amar a ese padre que, egoístamente, la prefería dedicada a su cuidado exclusivo, se casa con el hombre que la había esperado con tanta discreción, lealtad y paciencia. Se mudan a Londres (Belsize Park, 50), a una casa burguesa donde viven como cualquiera, y luego de un embarazo malogrado y un niño que muere al nacer”, tienen dos hijos que los sobreviven y los llenan de satisfacciones: Manuel Máximo y Rodrigo. Rosas, rencoroso, no asiste a la boda de su hija, ni recibe a los esposos en mucho tiempo. Convertido en granjero, sobre una tierra cuyos árboles manda talar para que se parezca a la Pampa, se aísla con sus recuerdos. Al fin accede a conocer a sus nietos pero los llama por otros nombres, distintos de los que sus padres les han puesto. Manuela, no obstante, perdona: “¿Cómo no iba a perdonarle lo que estaba en su naturaleza? Por él y con él goberné. Contra él construí mi propia casa. ¿Por qué habría de guardarle resentimientos? Así fue cómo se hizo mi vida.” (La princesa federal).
En 1898, muere en Londres Manuela Rosas, no sin antes haberle abierto a Adolfo Saldías los archivos de gobierno sobre los cuales iba a forjarse la primera historia revisionista del régimen de Rosas. Habían pasado para ella, como un solo día, cuarenta y seis años de feliz y tardío matrimonio.

LA MANUELITA MAPUCHE
Manuelita Rosas Namuncurá. Así se llamaba otra princesa, pero mapuche. Largamente aliado de Juan Manuel de Rosas, el gran cacique de Salinas Grandes, Calfucurá, había establecido con él y su familia una relación de empatía y respeto. Cuando Manuel Namuncurá, su hijo y sucesor, eligió este nombre para imponerlo a su vez a una de sus hijas —dice Norma Sosa—no hacía sino expresar la admiración que muchos mapuches sentían por la hija de Rosas. También esta otra Manuela conocería, como ella, la derrota de su padre y el exilio, y tendría que asumir otra identidad y otra lengua en una ciudad distante. El mayor Daza, que la había hecho prisionera en 1882, volvió a encontrarla varios años más tarde en las calles céntricas de Buenos Aires, elegantemente vestida “a la parisién”. Cambiaron entonces recuerdos y noticias sobre los otros hermanos Namuncurá en busca de un lugar en el nuevo mundo: el teniente Juan Manuel, que había fallecido de tuberculosis y el seminarista Ceferino, también enfermo, que entonces esperaba en Roma el momento de su ordenación.

"EXCELENTE AMAZONA"
Una de las imágenes más vivaces de Manuela Rosas transmitida por un extranjero es la que ofrece el norteamericano William Mac Cann. La vida en la mansión de Palermo le recuerda, ante todo, a una corte medieval, y Manuelita, benéfica influencia, le parece una especie de Josefina capaz de morigerar el poder de Napoleón. Simpatiza con Rosas por su trato “llano y familiar” sin hallarle otro defecto de carácter que la propensión a las bromas pesadas. Encuentra a Manuelita dotada de “grandes atractivos” y destaca como una de sus habilidades la de ser “excelente amazona”. A tal punto, dice, que puestos a cabalgar lo dejaba atrás frecuentemente, y se le hacía “imposible espantarle los mosquitos del cuello y los brazos, como me lo ordenaba la cortesanía.”

EL RETRATO

Manuelita Rosas por Prilidiano Pueyrredón


Boceto del célebre retrato de Manuelita pintado por Prilidiano Pueyrredón (izquierda). La obra fue un encargo de un grupo de ciudadanos que quiso caerle en gracia al Restaurador. Manuelita tenía entonces 34 años y conocía a Pueyrredón desde la infancia. Para evitar imprevistos, una comisión integrada por Luis Dorrego, Juan Nepomuceno Terrero y Gervasio Ortiz de Rosas, con la supervisión del mismo Rosas, convino los detalles del cuadro. Ellos resolvieron que Manuela posara de pie y con un vestido rojo, acorde a la divisa federal (derecha).
 
BIBLIOGRAFIA 
Lojo, María Rosa. “EL BARON Y LA PRINCESA”. AMORES INSOLITOS DE NUESTRA HISTORIA. Buenos Aires: Alfaguara, 2001.
Lojo, María Rosa. LA PRINCESA FEDERAL. Buenos Aires: Sudamericana De Bolsillo, 2005.
Lojo, Maria Rosa (cuentos) y Elissalde, Roberto (Investigación histórica), “LA ESCLAVA Y EL NIÑO” y  “EL POLVO DE SUS HUESOS”. HISTORIAS OCULTAS EN LA RECOLETA. Buenos Aires: Alfaguara, 2009.
Mac Cann, William. VIAJE A CABALLO POR LAS PROVINCIAS ARGENTINAS. Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
Mármol, José. MANUELA ROSAS. RASGOS BIOGRAFICOS. Buenos Aires, Casa Pardo, 1972 (1° edición 1851). 
Marmol, José. Amalia. ESTUDIO PRELIMINAR DE ALFREDO VEIRAVE. Buenos Aires: Kapelusz, 1960.
Sáenz Quesada, María. MUJERES DE ROSAS. Buenos Aires, Planeta, 1991.
Sosa, Norma. MUJERES INDIGENAS DE LA PAMPA Y LA PATAGONIA. Buenos Aires: Emecé, 2001.
 
MARIA ROSA LOJO
María Rosa Lojo es escritora y doctora en Letras (UBA). Trabaja como investigadora del Conicet y profesora de la Universidad del Salvador. Publicó tres libros de poemas en prosa (Visiones, Forma oculta del mundo, Esperan la mañana verde), cuatro de cuento (Marginales, Historias ocultas en la Recoleta, Amores insólitos, Cuerpos resplandecientes) y las novelas Canción perdida en Buenos Aires al Oeste, La pasión de los nómades, La princesa federal, Una mujer de fin de siglo y Finisterre. Obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires (1984), Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento (1985), y en novela (1986), Primer Premio Municipal de Buenos Aires “Eduardo Mallea” , en narrativa (1996). Recibió varios premios a la trayectoria: Premio del ILCH de California (1999), Premio Kónex a las Letras argentinas (1994-2003), Premio Nacional “Esteban Echeverría” en narrativa (2004), Medalla de la Hispanidad (2009). Su libro de relatos Amores insólitos (Alfaguara) está dedicado a las pasiones singulares que tramaron la sociedad argentina.

jueves, 3 de febrero de 2022

Alberto Mondragón - Manuelita Rosas

A mediados de la década del '60 Alberto Mondragón redactó unas breves biografías bajo el título "Figuras rosistas", que fueron publicadas en distintos periódicos y revistas (Revista o períódico El Puente, Revista Doctrina, entre otras) 


FIGURAS ROSISTAS 

(El Puente, agosto de 1969)


Segunda figura

MANUELA ROSAS "MANUELITA"


Manuelita
Fué y es MANUELITA la figura menos discutida del rosismo.

Los cuadros que de ella se conservan —García del Molino y Pueyrredón— estampan una ilustre, por muchos motivos, y auténtica personalidad femenina, al tiempo que llena una atractiva y sugestiva recordación histórica de un pasado en que las mujeres tenían un especial espacio político nacional.

Se visualiza en esos cuadros un noble rostro que transparenta una apacible y atractiva fisonomía que sin ser hermosa irradia por sus ojos oscuros, su tez pálida, su abundante cabellera en un cuerpo grácil una notable distinción particular de extraordinario poderío femenino, pero en MANUELITA la seducción singular emanaba de su dulce mirada, su suave voz y sus modulados gestos, que le imprimían una simpatía natural.

Vale pues decir que MANUELA ROSAS compensaba plenamente la otra posibilidad del caudillo don Juan Manuel de Rosas —su padre— en la faz de comprensión del espíritu popular; la bondad con la energía. Padre e hija llenaron una etapa álgida de 20 años de Historia Argentina, plenamente vivida.

MANUELITA nació el 24 de Mayo de 1817 y fue bautizada el mismo día con los nombres de MANUELA ROBUSTIANA. Su niñez la pasó en el campo de sus padres —Estancia “Los Cerrillos“— familiarizándose con el ambiente gauchesco, en donde comprendió la naturaleza viril de su padre, la enigmática pampa y los hombres que luchaban por imponerse a la hostilidad del medio.

Dice Ibarguren: “Doña Encarnación no supo verter la dulzura inefable que entibia el regazo materno, ni adormecer a su hija con ternura de arrullo de una canción de cuna, Pero la niña, como esos manantiales insospechables que brotan en campos yertos, vino trayendo en el fondo de su ser una fuente límpida y profunda”.

El 19 de Octubre de 1838 perdía don Juan Manuel a su otro “yo”, a la esposa adicta y fiel ejecutoria, la revolucionaria de la Revolución de los Restauradores. La muerte de Doña Encarnación llevó a su hija MANUELITA al plano político. Nadie como ella podía llenar un vacío femenino en la alta escena política que las circunstancias imponían; su grácil figura era en los salones de Palermo un eslabón entre los federales remisos, su sonrisa afectiva con el pueblo leal a su “tatita”, y su presencia física como una “princesa” en los candombes” de San Telmo; para ella no había distingos y distribuía su amor generoso a los que de veras amaban a su padre colocado en el más alto sitial del poder.

Por sus manos pasaban las fichas clasificadoras —terrible término— en tiempos de invasión extranjera, complots de la antipatria, atentados con máquina infernal, intrigas internacionales, todo un maremagnun de situaciones que imponían un cuidado extremo y delicado; MANUELITA era el ángel guardián, el hada buena de su ilustre padre.

Vertió lágrimas de amor —aunque reconocía la justicia que aplicaba inexorable su padre—como en el desgraciado caso de los Maza y en momentos grávidos en el asunto de Camila O' Gorman; fue intérprete y gestora de retorno de proscriptos; usó la fina diplomacia femenina con el Gral. Paz y los embajadores extraordinarios de Francia e Inglaterra; y todo modulaba equilibradamente frente a don Juan Manuel los raptos de su dura intransigencia.

La caída de su padre perduró como una noche trágica, mas nunca dejó de mantener con esperanza y firmeza la justicia que la historia aún retacea, pero que la dará de que su “tatita” fue leal al mando que la Patria le impuso y por cierto que nadie más que ella supo entender y conocer la tremenda fibra patriótica de Rosas.

Al atardecer del 12 de Marzo de 1877, MANUELITA estaba al lado de su padre agonizante: “Pobre tatita —escribe MANUELITA a su marido— Estuvo tan feliz cuando me vio llegar! … al besarle la mano estaba ya fria”. “Le pregunté cómo estaba y su contestación fue mirándome con la mayor ternura; “No sé niña”. “Así tú ves, Máximo —sigue MANUELITA— que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija...”

MANUELA DE ROSAS DE TERRERO murió en Londres el 17 de setiembre de 1898, a la edad de 81 años. 

Alberto A. Mondragón


lunes, 29 de marzo de 2021

Baile en honor a Manuelita Rosas

 

- Documentos 5 -

En esta Sección del blog damos a conocer interesantes e importantes documentos.
* * * * *

PROGRAMA PARA EL BAILE DEDICADO A MANUELITA ROSAS Y EZCURRA POR EL COMERCIO NACIONAL DE BUENOS AYRES 

Manuelita Rosas

Programa para el baile dedicado a Manuelita Rosas y Ezcurra, por el Comercio Nacional de Buenos Aires. Archivo General de la Nación. Documentos escritos, Sala VII, Legajo 2673.

Transcripción literal:

¡VIVA LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA!

¡MUERAN LOS SALVAJES UNITARIOS! 

¡MUERA EL LOCO TRAIDOR SALVAJE UNITARIO URQUIZA!

PROGRAMA

DEL BAILE DEDICADO A LA S.ta D.a MANUELITA DE ROSAS Y EZCURRA POR EL COMERCIO NACIONAL DE BUENOS AYRES.

 INVITACIÓN

Ocho dias antes del que se señale para dar el Baile, la Comisión Directiva se presentará en casa de S. E. el General Rosas á invitar á la Señorita Doña MANUELITA.

Inmediatamente despues, se repartirán las tarjetas de invitacion, sirviendo cada tarjeta para una sola persona. Las tarjetas de Señora serán de distinto color y tamaño á las de hombre. Al repartirlas se rogará á las personas invitadas que las devuelvan con anticipacion en caso que no piensen asistir.

Las tarjetas serán presentadas por los concurrentes á la Comision, que recibirá á la puerta de la casa.


RECIBIMIENTO

Las Comisiones reunidas hasta el número de treinta personas, estarán precisamente en la puerta de entrada á las 9 de la noche.

A medida que las familias se vayan presentando, individuos de la Comision acompañarán á las Señoras hasta la puerta del Salón de Tocador, y esperarán allí á que las Señoras salgan; entonces las conducirán al Salon del Baile.

La Señorita Doña MANUELITA y su comitiva, será acompañada en el mismo órden por el Presidente, y colocada en el Salon en el lugar de distincion que está destinado para ella.

Al presentarse la Señorita Doña MANUELITA en el Salon, se quemarán 21 bombas, y la orquesta ejecutará la Marcha Nacional y el Himno Loor Eterno. Entonces dará principio el Baile.

Los caballeros dejarán sus sombreros y capas en la pieza destinada para esto, tomando allí un billete numerado. Iguales billetes se darán á las Señoras para reclamar después sus chales y demas.

 

BAILE

El Salón estará dividido en cuatro secciones, y dos bastoneros cuidarán el órden en cada una de ellas. Los bastoneros llevarán un lazo de cinta punzó en el brazo izquierdo.

Una gran tarjeta colocada el frente del palco de la orquesta, anunciará lo que ha de bailarse.

 

AMBIGU

A la una en punto entonará el Coro el Himno dedicado por el Comercio á la noble hija del Gefe Supremo del Estado, y se abrirán las puertas del Salon del Ambigú.

Anticipadamente los bastoneros repartirán á sesenta caballeros tarjetas de entrada al Comedor para que cada uno conduzca á la mesa dos Señoras, á quienes atenderá en pie durante la cena; eceptuando de este órden la primera vez.

Algunos Señores designado por la Comisión pronunciarán brindis alusivos á esta festividad.

Luego que dejen la mesa estas ciento veinte Señoras, entrarán otras tantas conducidas por otros sesenta caballeros á quienes se habrá dado billetes de entrada durante la permanencia de los primeros en el Comedor. Así sucesivamente serán llevadas á la mesa todas las Señoras.

En seguida de ellas entrarán á cenar los caballeros, con tarjetas de entrada, repartidas oportunamente. Durante todo el servicio deberá reinar el mayor órden, guardando en los brindis el decoro y la moderación que exige la presencia de la hija de S. E. y del bello sexo Argentino.

 

RETIRADA

Cuando la Señorita Doña MANUELITA se retire, acompañada en la misma forma en que fué recibida, ejecutará la orquesta los Himnos Nacional y Loor Eterno, se quemarán 21 bombas, y terminará el Baile.

Las Señoras y los Caballeros ocurrirán con los billetes que recibieron á su entrada, á recoger los objetos que les pertenezcan.

 

CARRUAGES

Para llegar á la casa del Baile, los carruages vendrán por la Plaza de la Victoria y la calle “Reconquista”, y luego pasarán á la Plaza “25 de Mayo” donde se formarán en órden á los costados de la Recova.

Al retirarse entrarán por la Plaza “25 de Mayo” y seguirán por la Plaza de la “Victoria” y calle “Reconquista”.

El órden estará cuidado esteriormente por vigilantes de Policía á pié y á caballo.

 

IMPRENTA AMERICANA, Calle la Defensa núm. 221.

 * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

 El contexto histórico

El 1° de mayo del año 1851, el gobernador de la provincia de Entre Ríos, general Justo José de Urquiza, aliado con el Imperio del Brasil, el Estado del Uruguay y la provincia de Corrientes produjo el Pronunciamiento contra el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, originándose así la segunda guerra entre nuestro país y el Imperio del Brasil.

Después de pasar a la Banda Oriental, donde logró la rendición del general Oribe, quien al frente de las tropas argentinas y uruguayas sitiaban Montevideo, Urquiza al frente del Ejército Aliado, se dirigió a Buenos Aires.

Ya con la amenaza de Urquiza, quien avanzaba hacia Buenos Aires, el Comercio Nacional de Buenos Aires, dió un baile en honor de la hija del gobernador, doña Manuelita Rosas, siendo la invitación al mismo, el documento que ilustra este artículo.

La fiesta tuvo lugar el día 28 de octubre de dicho año en el Coliseo.

Transcribimos a continuación lo publicado en la obra "Manuelita de Rosas y Ezcurra - Verdad y leyenda de su vida", de E.F. Sánchez Zinny", 2da. edición, Buenos Aires, 1942, sobre distintos detalles del referido baile, siendo todo ello una interesante descripción de lo allí vivido.


... A mediados de julio de ese año de 1851, sin otro argumento visible que los buernos deseos de los iniciadores, nació la idea de festejar a Manuelita...

La fiesta fue en el Coliseo, y es a la que se refiere el programa mencionado antes.

Formaron en la comisión de festejos, caballeros de estrecha vinculación con Rosas, presidida por su propio hermano Gervasio Ortiz de Rozas. Completan la lista los señores Juan N, Fernández, Vicente Casares, Felipe Senillosa y José Martínez Dios, (debe ser de Hoz).

La crónica del “Diario de la Tarde”, a 29 de octubre, apuntaba: “Desde que anocheció, todas las inmediaciones del Coliseo estaban lujosamente iluminadas y desde temprano, flameaban sobre las azoteas multitud de pabellones”. Los postes circundando la fachada —recién terminada— fueron revestidos por altas columnas de madera, imitando mármol en la pintura. Sostienen faroles y las adornan trofeos de banderas federales. En la plaza, cinco bandas de música, alternaban himnos y trozos de óperas populares. Sobre el pórtico de entrada se leían, al trasparente, “las aspiraciones nacionales”, al decir del cronista. “¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes, asquerosos unitarios! ¡Muera el loco, traidor, salvaje unitario Urquiza!”

Eran las 8 de la noche, cuando de la plaza se elevó un globo “como aéreo mensajero del júbilo de este pueblo”. La ciudad vió cruzar el cielo esta estrella roja, rumbo al oeste, impulsada por la brisa del río.

Tras la reja que da frente al sur, abríase la puerta de entrada a la fiesta, Traspuesto el dintel, penétrase al vestíbulo, profusamente iluminado. Roja alfombra cubría el piso, hasta el cordón de la vereda. Alinéanse en orden frente a la plaza 25 de Mayo los carruajes de la concurrencia. Una comisión de 20 caballeros, recibían y acompañaban a las damas.

Cruzado cl vestíbulo, se penetraba a una espaciosa antesala tapizada de blanco y punzó, e iluminada por decenas de bujías.

Inmediatamente llegábase al suntuoso salón de baile en forma semicircular. Cubria el recinto una superficie de 30 varas de largo por 26 de ancho.

Deslumbrados debían sentirse los asistentes ante el lujoso arreglo del salón. Si excesivo pudiera ser el derroche de espejos, de flores, de adornos, era igualmente innegable que el mal gusto corría a la par de la opulencia exhibida. Prodigalidad de sedas, bronces y cristales. El oro de las consolas y el rojo de los tapizados del moblaje y cortinados, resplandecían a la luz de las arañas, manteniendo encendidas centenares de bujías, Una, la del centro, era un alarde en el arte de la cristalería, Pendía del cielo raso, decorado con un enorme sol dorado, de roja y blanca cabellera; entre rutilantes caireles y adornos de cristal tallado, sostenía a 500 bujías. Seis otras arañas similares, pero menores, la rodeaban.

Púrpura era el paño cubriendo totalmente cl pavimento. En la testera principal, alzábase un estrado destinado a Manuelita y a su séquito de señoras respetables, esposas de generales y camaristas, Tras él, en el muro, entre banderas de la Confederación, colgaban los retratos del general Rosas y de doña Encarnación Ezcurra. A ambos lados de esa especie de trono rojo, penden dos colosales cuadros de mala factura escenográfica. Les sirven de base monumentales espejos. Representan uno, a la América protegida por Apolo y está a la derecha de la figura del Restaurador. El otro, a la Inocencia en peligro, se halla a la izquierda de doña Encarnación. Bordadas en los cortinados de las puertas de acceso se ven estas cifras: J. M. R. Instálase la orquesta en un gran palco a 6 varas de altura.

A las 9 de la noche, en el salón rebosaba la concurrencia. “El buen gusto —dice la crónica— la elegancia esmerada, los caprichos más felices, descollaban entre aquel matiz de trajes delicados, entre aquel ramillete de flores, entre aquellos grupos encantadores que confundían sus aéreos vestidos, sus lucientes atavíos; y donde las guirnaldas, las perlas y los brillantes perdían su luz, entre sus cabellos de seda o ante sus ojos de diosas”.

Manuelita llegó a las 10.

Al entrar al salón, entre una salva de aplausos, la orquesta ejecuta el Himno Nacional y luego el himno: “Loor eterno al mignánimo Rosas”, que el público escuchó de pie.

Vestía la princesa criolla un faustuoso traje escarlata. Adornaba su cuello magnífico collar de brillantes; una diadema de iguales piedras, resplandecía entre la mata oscura de sus cabellos. Manuelita inició el baile con el general don Agustín de Pinedo. La orquesta ejecutaba un minuet.

……………………

A la una de la mañana, los señores Miguel de Riglos, Manuel José Cobo, Antonio Terrero, Manuel José Guerrico y don Diego de Alvear, nombrados en comisión para el acto, invitan a Manuelita a pasar al ambigú. El ministro de S. M. B., caballero Enrique Southern la condujo y tomó asiento a su lado. Ocupó el lugar izquierdo el ministro doctor Manuel Insiarte. Encabezaba el otro extremo de la mesa, el general Tomás Guido. Luego, el general Pinedo, Prudencio Rosas, etc.

Fijado en la pared principal, leíase en un escudo “¡SALUD A MANUELITA ROSAS!”.

A la hora de los brindis, Guido lo hizo por Manuelita. Southern, por el general Rosas y “su virtuosa hija”. Roto el fuego, se oyeron los consabidos mueras al loco, traidor Urquiza y los vivas al “Gran Rosas”.

Aun se bailaba a las 7 de la mañana del 29 de octubre en el Coliseo, durante la fiesta que el Comercio de Buenos Aires, diera a la infanta de Palermo.

* * * * * * * * * * * * * * * 

AMBIGÚ: Mesa o mostrador donde se exponen y presentan un conjunto de platos (entremeses, verduras, carnes, pescados o postres) de manera que los comensales pueden escoger y servirse ellos mismos la comida que llevar a su mesa.


martes, 12 de enero de 2021

Aceite LA NEGRITA - Divisa Punzó - Manuelita Rosas

 

Aceite LA NEGRITA (Divisa Punzó) – Manuelita Rosas

Aceite LA NEGRITA

La revista Caras y Caretas, publicación semanal que aparecía los días jueves, se editó en la ciudad de Buenos Aires entre los años 1898 y 1939, llegándose a publicar durante todos esos años 2139 números.

En algunos de ellos, las publicidades hicieron referencia a Juan Manuel de Rosas, como aquellas de yerba Flor de Lis y jabón Reuter, que reproducimos en la edición impresa de “El Restaurador”.

En la edición 1807 del 20 de mayo de 1933, en la contratapa de la revista apareció una propaganda de la firma Freixas y Co., con el título “Manuelita Rosas” y debajo el famoso retrato de la hija del Restaurador, pintado por Prilidiano Pueyrredón, actualmente expuesto en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Caras y Caretas N° 1807 - Manuelita Rosas

Al pié del retrato se informaba: “Retrato del natural donado al Museo Histórico Nacional por su hijo Máximo Terrero, en nombre propio y en el de sus hijos. Tela de 1.65 por 2 metros, pintada en el año 1850 por Pedro Prilidiano Pueyrredón”.

Esta información contenía tres inexactitudes: Máximo Terrero no era hijo de Manuelita, sino su esposo; dicho retrato fue pintado en el año 1851 por el artista Prilidiano Pueyrredón –no “Pedro” Prilidiano Pueyrredón-.

La firma Freixas y Co. la misma que comercializaba el afamado “Licor de los 8 hermanos” y el aceite de oliva "Bau", con motivo del lanzamiento del aceite LA NEGRITA (DIVISA PUNZÓ), ofrecía obsequiar una reproducción de 40 por 60 cm. del famoso cuadro, informando que en el siguiente número se publicarían los datos para recibir la reproducción.

En el número 1908 del 27 de mayo, en la contratapa, nuevamente apareció la imagen del famoso óleo, con la misma información errónea ya señalada y debajo de la propaganda se leía: “Léase a la vuelta”.

Retiración de la contratapa y contratapa de Caras y Caretas N° 1808


Allí en la retiración de la contratapa, se informaba de la “Iniciación de la venta del super aceite “LA NEGRITA” (DIVISA PUNZÓ) alimento puro”, creado en nuestro país “...para satisfacer tan importante demanda y desde hoy lo ponemos en venta en los primeros almacenes de toda la República. Nuestro super-aceite se llama LA NEGRITA (DIVISA PUNZO) y es la super-clase correspondiente a la que comen en París los ricos de paladar y los ricos del lujo y del confort”

Se explicaba también el porqué del nombre. “El nombre de LA NEGRITA viene de que en tiempos del Virreinato existía un almacén en la esquina de la calle del Correo y del Cabildo (hoy Perú y Victoria) que vendía todo el aceite. Hacia 1850 agregó a sus títulos el de la DIVISA PUNZO”.

En cuanto al obsequio, decía el aviso: “Tendremos el gusto de entregar personalmente o de enviar por correo, a toda persona que lo solicite, un ejemplar de dicha oleografía, (desde el 5 de junio) absolutamente gratis pues como todos los habitantes de la Argentina consumen mercaderías de nuestro nombre y control, al poner en venta La Negrita (Divisa Punzó), todos tienen derecho a este regalo”.

Caras y Caretas N° 1819


jueves, 1 de junio de 2017

Opiniones sobre Manuelita Rosas

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XI N° 43 - Junio 2017 - Pag. 6 

 Algunas opiniones  sobre Manuelita


De José Mármol, escritor antirrosista, autor de Amalia

"Manuela oye a todos; recibe a todos con afabilidad y dulzura. El plebeyo encuentra en ella la bondad en las palabras y en el rostro. El hombre de clase halla cortesía, educación y talento. Manuela no es una mujer bella, propiamente hablando; pero su fisonomía es agradable  y simpática, con ese sello indefinible, pero elocuente, que estampa sobre el rostro la inteligencia, cuando sus facultades están en acción continua. Su frente no tiene nada de notable, pero la raíz de su cabello castaño oscuro, borda perfectamente en ella, esa curva fina, constante y bien marcada, que comúnmente distingue a las personas de buena raza y espíritu. Sus ojos, algo mas oscuros que su cabello, son pequeños, límpidos, y constantemente inquietos. Su mirada es rasa. Se fija apenas en los objetos, pero se fija con fuerza. Y sus ojos, como su cabeza, parece que estuvieran siempre movidos por el movimiento de sus ideas". 

"El color de su tez es pálido, y muy a menudo con ese tinte enfermizo de los temperamentos nerviosos".

  "Agregad a esto una figura esbelta; una cintura leve, flexible, y con todos esos movimientos llenos de gracia y voluptuosidad que son peculiares a las hijas del Plata, y tendréis una idea aproximada de Manuela Rosas, hoy a los 33 años de su vida; edad en que una mujer es dos veces mujer". 

"Manuela Rosas es el rasgo histórico más visible, después de su padre, en el cuadro de la dictadura argentina".


De William Mac Cann, viajero inglés que estuvo de paso por estas tierras.

"Los asuntos personales de importancia, confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas a muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia. Por su excelente disposición y su influencia benigna para con su padre, doña Manuelita era para Rosas en cierto sentido lo que la emperatriz Josefina para Napoleón"


Del Reverendo Pontoppidan, de la fragata danesa Bellona, en 1840 y de paso por Buenos Aires, realizó esta descripción.

“Manuelita presenta un aspecto interesante sin ser regularmente hermosa. Espiritualidad y alma se reflejan en todo su exterior, pero sus modales son exaltados, sus ojos echan llamas, y en todos sus rasgos y movimientos se puede leer cuál es su situación singular en la vida. Los oficiales se sienten cómodos en compañía de doña Manuelita y admiran a esta mujer graciosa y guapa que monta los caballos más indómitos, fuma un cigarrito si el caso se ofrece, toca el piano y canta, y no mal, y entretiene una conversación corriente en español bueno y francés malo mezclados”.


De Ventura de la Vega, poeta argentino, radicado en España y miembro de la Real Academia Española, que conoció a Manuelita en Southampton poco tiempo después de su casamiento, a mediados de 1853.

"Es alta, muy alta, morena, pelo negro, ojos pardos muy expresivos, boca y nariz pequeñas… No es gruesa pero tampoco puede decirse que es muy delgada, tiene muy bonito cuerpo, y un aire de lo más distinguido y elegante que se puede ver. Su conversación es franca; pero muy fina y con golpes de talento que dejan parado".

Detalle del retrato de Manuelita Rosas
Detalle del retrato de Manuelita Rosas, pintado por Prilidiano Pueyrredón

Historia de un retrato y de su autor Prilidiano Pueyrredón

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XI N° 43 - Junio 2017 - Pags. 4 y 5 


Historia de un retrato y de Prilidiano Pueyrredón, su autor.

por Norberto Jorge Chiviló

Autoretrato de prilidiano Pueyrredón
Prilidiano Pueyrredón. Autorretrato. 1861
Prilidiano, nacido en 1823 era hijo de Juan Martín de Pueyrredón, uno de los héroes que se había destacado en el Combate de Perdriel, acción ocurrida el 1° de agosto de 1806 y quien al mando de un puñado de criollos, se enfrentó a fuerzas invasoras inglesas mayores en número y recursos y formadas por aguerridos soldados, siendo este el primer hecho de armas entre criollos e ingleses en aquellas memorables jornadas de la Reconquista. Diez años después Juan Martín fue nombrado por el Congreso de Tucumán como Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Los Pueyrredón eran de ideas unitarias. En 1835 y con motivo del acceso de Rosas al poder de la provincia de Buenos Aires por segunda vez, Juan Martín se alejó de Buenos Aires junto a su familia, con rumbo a Europa, especialmente a Francia, de donde provenían sus antepasados. Allí su hijo Priliadiano obtuvo una formación intelectual europea y años más tarde también tomó conocimiento de las manifestaciones artísticas de la corte brasileña, ya que se radicaron en 1841 en Río de Janeiro y después de dos años, volvieron nuevamente a Europa. En París, Prilidiano se recibió de ingeniero.

Regresaron a Buenos Aires en 1849, seguramente por la situación de bonanza y de paz en la que se vivía en aquél entonces en la Confederación Argentina, falleciendo el ex Director Supremo en marzo de 1850, a raíz de una enfermedad que lo aquejaba hacía tiempo.

Habiendo ocurrido en mayo de 1851 el pronunciamiento de Urquiza, en Buenos Aires, un grupo de federales quisieron alagar a Rosas, obsequiando a Manuelita -quien hasta ese momento nunca había posado para un pintor- con un retrato de su figura. La hija del gobernador antes de aceptar, quiso consultarlo con su padre, el que a su vez designó una comisión formada por su amigo Juan Nepomuceno Terreo, su exsocio en actividades comerciales Luis Dorrego y su hermano Gervasio Ortíz de Rozas, para que aconsejara y dictaminara si Manuelita debía ser retratada y en su caso, si el obsequio debía ser aceptado. La comisión no solo se expidió afirmativamente, sino que también definieron detalles de la obra, como el color del vestido y la posición “más análoga a la moral y al rango” que debía darse a la retratada y otras cuestiones que se consideraron importantes. 

La obra fue encargada por esta comisión al joven Prilidiano Pueyrredón,  quien contaba con 27 años de edad y sólidos conocimientos pictóricos, quien se abocó a la tarea y previo los bocetos correspondientes, como el que ilustra esta página, retrató a Manuelita de cuerpo entero, en tamaño casi natural, en el impactante óleo pintado a mediados de 1851, que mide 199 x 166 cms. y que se reproduce en la página de inicio de este periódico.

Esta pintura, que es considerada como gran exponente de la iconografía pictórica argentina se encontraba originariamente expuesta en el Museo Histórico Nacional, pero a principios de los años '30 la obra de Prilidiano Pueyrredón fue revalorizada por los críticos de arte y por ello pasó a ser exhibido en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires, donde ocupa lugar destacado y que por sus características, no resulta indiferente ya que por el contrario atrapa la vista y atención del visitante.

Boceto del retrato de Manuelita Rosas







Boceto al óleo de 37,7 x 30,3 cm. realizado Pueyrredón y que utilizó para pintar el célebre retrato de Manuelita









Después de ejecutar este retrato, su joven autor viajó a España, pero al poco tiempo regresó y se instaló definitivamente en Buenos Aires en 1854. 

De su primera estadía como artista en esta ciudad, solo se conocen el retrato de su padre, otro inconcluso de su prima y vecina  Magdalena Costa, que fue su amor no correspondido y el de Manuelita, con quien en la infancia, tuvieron una antigua amistad. Estos fueron retratos de fuerte carácter afectivo entre el pintor y estos tres personajes. 

Al momento de la ejecución de la obra, Manuelita que tenía 34 años, fue retratada de pie, junto a una mesa dorada con tapa de mármol blanco en la que se ve un florero con flores rojas, rosadas y blancas, está un poco perfilada hacia la derecha, con un vestido "colorado de la patria federal" y "con expresión risueña" en el “acto de colocar sobre su mesa de gabinete una solicitud dirigida a su tatita", el fondo es de un tinte verdoso.

En el retrato prima el rojo, en distintas gamas y tonalidades, utilizado para pintar la mayoría de los objetos, como el vestido de terciopelo a la moda, la alfombra, el cortinado, el tapizado del sillón estilo Luis XV y algunas de las flores del ramillete que se encuentran en el florero, sobre la mesa de gabinete.

Con el fin de mejorar el efecto visual y otorgar luminosidad al retrato y quebrar la uniformidad cromática, el artista pintó unos encajes blancos de la falda, rematados por moños rojos y unos volados del mismo color en las mangas. 

De color blanco es también el escarpín de seda del pie izquierdo de la retratada, que sobresale debajo del vestido.

El vestido con miriñaque de terciopelo rojo, con un generoso escote en "v" está de acuerdo a la moda europea del momento.

En el cuadro, Manuelita luce una diadema sobre su peinado, acompañado por un moño punzó, además de un importante collar que resalta por el amplio escote y un prendedor; aros y pulseras de oro con piedras preciosas y anillos en ambas manos.

El cuadro es armónico, pese a la hegemonía de los tonos de rojo, pues la tonalidad verdosa del fondo, los detalles en blanco ya mencionados, hacen un contraste interesante y en realidad hacen resaltar más el rojo, que fue el color solicitado. 

Una vez pintado este retrato, fue presentado a la vista pública, en una sesión de baile de gala en honor de Manuelita, que se realizó en el teatro Coliseo, organizado por destacadas personalidades como Baldomero García, Eustaquio José Torres y Juan Manuel de Larrazábal, entre otros, en el que además se proyectaba distribuir litografías del mismo a los asistentes. Estas personas mencionadas, eran quienes habían ofrecido a Manuelita, el obsequio de su retrato.

Ese baile que se realizó en octubre de 1851 y duró hasta altas horas de la noche, contó con la concurrencia de la alta sociedad porteña y en la que Manuelita fue la figura principal.

Patio porteño en 1850, pintado por Pueyrredón en 1860

Prilidiano fue un gran artista, a quien muchos llaman el "primer pintor de la Patria" y entre sus obras más importantes, además del retrato de Manuela, podemos mencionar "La pulpería", "Un alto en el camino", "Lavanderas del bajo Belgrano", "Un domingo en los suburbios de San Isidro", "Paisaje de la costa", "Capataz y peón de campo", "El rodeo", entre muchas otras, donde se destaca como gran paisajista y donde en sus telas volcó las tradiciones y costumbres de los habitantes rioplatenses. También tenemos que destacar la infinidad de retratos de personas de la alta sociedad que pintó, lo que lo sitúa entre los grandes retratistas.

Sus obras se encuentran en los Museos más importantes del país y cuando alguna de una colección particular sale a la venta, logra alta cotización.

No debemos dejar tampoco de mencionar sus pinturas eróticas y realistas de "El baño" y "La siesta", muy sensuales por la voluptuosidad de la modelo que era la cocinera de su chacra, obras que fueron pintadas para deleite propio y para exhibiciones privadas con sus amigos. 

No solo fue reconocido y apreciado como gran pintor en su época, sino que en la actualidad se lo considera como uno de los más importantes y representativo del arte argentino.

Pero no solo eso, ya que también fue arquitecto, ingeniero, paisajista y urbanista entre otras actividades.

Como arquitecto podemos mencionar que en mismo año de 1851 en el que retrató a Manuela Rosas, estaba proyectando la chacra Los Olivos, para su amigo Miguel de Azcuénaga, que con sucesivas remodelaciones realizadas a través de los años, sería la actual residencia presidencial. También modificó la fachada de la Catedral Metropolitana y realizó mejoras en la Iglesia del Pilar.

Como paisajista hizo un parque de dos kilómetros cuadrados en la estancia San Juan de su amigo Pereyra de Iraola.

En la Plaza de la Victoria, frente al Cabildo, que parecía un páramo, plantó 300 paraísos y también modificó la Pirámide de Mayo y le agregó la escultura de La Libertad.

Como ingeniero, proyectó y construyó un puente de hierro giratorio para cruzar el Riachuelo, que se puso en funcionamiento después de su fallecimiento.

Falleció a los 47 años, en 1870.