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miércoles, 29 de marzo de 2023

Los bóers y la Argentina - Omar López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


Encontramos un artículo muy interesante publicado en la columna Umbrales del Tiempo del diario La Prensa del 5 de octubre de 2008 sobre los campos del concentración instalados por los ingleses en sudáfrica en la guerra contra los bóeres y el afincamiento de un grupo de ellos en nuestra Patagonia.
Si bien en el artículo se hace referencia a los "Bóers", la designación correcta sería "Bóeres".

Los bóers y la Argentina
por Omar López Mato

Los primeros campos de concentración no salieron de la imaginación mefistofélica de Hitler, ni del espíritu perverso de los nipones, sino de los flemáticos británicos, que han cometido algunos de los desmanes más notorios de la historia (las divisiones étnicas en África o el conflicto israelita-palestino, entre muchos otros) con la habilidad de saber retirarse con altiva indiferencia y cara de ‘yo no fui’. Este ‘invento britanico’ estaba destinado a los rebeldes bóers que se resistían a la invasión inglesa de Sudáfrica. Ya los bóers habían herido el orgullo británico dándoles una paliza en la batalla de Colenso (el 15 de diciembre de 1899). Un grupo de tropas irregulares, tan sólo munidas de sus Mauser, y algo de ingenio, habían desairado a las tropas profesionales del Imperio. A las derrotas en el campo de batalla debemos agregarles los golpes de mano de estos guerrilleros de origen holandés, jóvenes granjeros conocedores del terreno, excelentes jinetes y mejores tiradores. Para desalentar esta lucha de partisanos, los ingleses aprehendieron a las esposas e hijos de los bóers y los encerraron en campos rodeados de alambres de púa y custodiados por tropas fuertemente armadas para evitar cualquier intento de rescate. Allí murieron muchos de estos reclusos por mala alimentación y enfermedades, mientras que sus hombres, desalentados, fallecían en los enfrentamientos contra el invasor o se entregaban para unirse a sus familias prisioneras. Un grupo de colonos bóers, cansados de esta guerra, miraron el mapa e imaginaron que del otro lado del Atlántico había tierras como las sudafricanas, y hacia allá fueron, instalándose en Comodoro Rivadavia, donde el rugido del león fue reemplazado por el bramido del puma. Crecieron en una colectividad cerrada; muchos de ellos recién aprendieron a hablar el castellano años más tarde. De su gesta dejaron la carreta patagónica, igual a la que usaron para conquistar el Transvaal, tal como la que se ve a la entrada de Comodoro. 
En el ínterin el el gobierno de esta joya rutilante de la Corona Británica (léase Argentina) le vendió caballos al ejército inglés para continuar su lucha en Sudáfrica, pero en uno de esos alardes de viveza criolla, las partidas fueron tan malas (matungos, les decían) que nuestros pingos se crearon una pésima fama en el mundo. Tuvo que ir don Alfredo Martínez de Hoz a Inglaterra a competir con sus purasangre para recuperar nuestro alicaído prestigio equino.
Han pasado cien años, lo colonos sudafricanos aún desfilan en cada Día del Inmigrante por las calles de Comodoro Rivadavia, tienen un restaurante Rada Tilly, donde pueden degustarse sus exquisiteces, y aún persisten algunos criollos (que nunca aprenden) vendiendo matungos como si se tratase de ganadores del Pellegrini. No aprendemos... ¡Qué le vamos a hacer!

lunes, 20 de marzo de 2023

Rousseau y el buen salvaje

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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      En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


En el diario La Prensa, del 14 de junio de 2009, se publicó en la columna "Umbrales del tiempo" un interesante artículo sobre Rousseau y el buen salvaje.

Tras el mito del noble salvaje

por OMAR LÓPEZ MATO

Rousseau y el buen salvaje
Le bon sauvage

El poeta británico John Dryden proclamó: “Soy tan libre como cuando la naturaleza hizo al primer hombre, cuando el noble salvaje corría por los bosques”. Eran los tiempos en que los marinos del Imperio Británico contaban historias de hombres primitivos aparentemente libres las pesadas cadenas dela civilización. Un siglo más tarde, en 1755, Jean Jacques Rousseau canonizó: “Nada puede ser más gentil que el hombre en su estado primitivo, comparado con la brutalidad y el pernicioso buen sentido del hombre civilizado”. Curiosamente Rousseau nunca había estado en contacto con hombres primitivos en su ambiente natural. Todos eran conjeturas del filósofo que predicó sobre la educación de los jóvenes cuando a los cinco hijos que tuvo con su amante los entregó a un orfanato (circunstancia que en el siglo XVII era sinónimo de infanticidio). Pero el mito quedó impregnado en la sociedad, haciéndonos creer que esta civilización nos corrompe y degrada. Ese mito del noble salvaje ha calado hondo, especialmente entre los ecologistas, que culpa al capitalismo, industrialismo, cientificismo y tantos otros “ismos” creados por el hombre blanco europeo además de haber explotado el medio, contaminando los ríos y polusionado el aire destruyendo el hábitat del noble salvaje.

No vamos a decir que el expansionismo decimonónico de las naciones europeas fue un modelo exitoso conducido por santos, de ninguna manera, pero debemos decir que el hombre primitivo tenía (y tiene) poco de noble. Rober Law, de la Universidad de Michigan, estudió 186 sociedades primitivas en el mundo y demostró que estos “nobles salvajes” sólo protegían el ambiente cuando mediaba alguna prohibición sagrada. El poco impacto ambiental que producían se debía a la baja densidad demográfica y la escasa tecnología. Ninguno de ellos tenía conciencia de medio ambiente.

De hecho fueron pueblos primitivos quienes extinguieron a los mamuths, al mastodonte gigante, al gliptodonte, al tigre diente de sable, al león americano y a otras especies como el moa de Nueva Zelanda.

Tampoco por ser primitivos se salvan de los vicios propios del hombre europeo. Según el antropólogo Robert Edgerton, entre estos nobles salvajes también existe la drogadicción, el abuso infantil, la mutilación corporal (castración femenina), la explotación económica, la esclavitud, el suicidio, las enfermedades mentales, la explotación del grupo por líderes políticos y otras lindezas que nos hacen creer exclusivas de la civilización occidental.

El noble salvaje es el germen del moderno salvaje civilizado. No fueron mejores que nosotros, simplemente eran menos. Somos 6.000 millones que en breve nos convertiremos en 9.000 millones; nuestra problemática es completamente distinta a la del hombre primitivo. Volver al noble salvaje no resuelve nuestros problemas, sólo nos hace evadir la realidad.

No nacemos ni buenos, ni malos, ni somos tablas rasas. Llegamos al mundo con un código genético que nos condiciona, Darwin decía que “aquél que entienda al babuino va a hacer mucho más por la metafísica que Locke”. Hoy día es inexcusable que un filósofo o un pensador no tenga conocimientos científico biológicos que expliquen los fenómenos que contemplamos en nuestra sociedad. De preservar en esta actitud sólo caeremos en mitos y falacias, como este creado por Rousseau que ni siquiera se tomó la molestia de ver a sus hijos crecer.

Napoleón, su regresode la isla de Elba y un periódico parisino

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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      En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


En el diario La Prensa, del 6 de setiembre de 2009, se publicó en la columna "Umbrales del tiempo" un interesante artículo sobre el comportamiento de un periódico parisino, ante el regreso de Napoleón a suelo francés, luego de estar confinado en la isla de Elba.

Napoleón y su exilio en la isla de Elba
Napoleón se fuga de la isla de Elba


Periodismo y poder

por OMAR LÓPEZ MATO 


Las relaciones entre la prensa y el poder de turno se parecen a las relaciones sexuales entre puercoespines, por lo menos deben ser cuidadosas, si no todos salen lesionados y en las partes que más duelen.

Muchos medios hacen leña del árbol caído cuando tiempo antes alababan las proezas del gobernante de turno. Si no, miren lo que le pasó al periódico parisino Le Monitor cuando Napoleón Bonaparte se cansó de sus vacaciones pagas en la isla de Elba y se dirigió solo a París a buscar lo que creía propio (léase el trono de Francia). El 12 de marzo de 1815 sorprendió a todo el mundo desembarcando en la Costa Azul; como aún hacía frío y entonces el look era usar una palidez mortecina, siguió viaje hacia la capital sin broncearse. Le Monitor le dedicó entonces un titular en letras catástrofe: “El ogro sanguinario de Córcega ha abandonado su prisión”. Como el Gran Corso no detenía su desafío, su antiguo subordinado y ahora oficial del rey, el mariscal Ney, el bravo entre los bravos, partió en su búsqueda prometiéndole al monarca justamente una bravuconada: “Os lo traeré en una jaula de oro”. Bueno, Ney cumplió su palabra porque cayó subyugado por el “charme' de Napoleón. Este continuó su avance y Ney se plegó a la troupe. Le Monitor le dedicó un titular menos llamativo: “El monstruo ha pasado la noche en Grenoble”, y al día siguiente: “El tirano ha pasado por Lyon”, pero ante el avance irrefrenable, el periódico sofrenó su lenguaje diciendo: “El usurpador se halla a 40 leguas de la Capital”. Aún un acto de coraje podía salvar a Francia del tirano-ogro-usurpador, pero al parecer nadie estaba dispuesto a hacerlo y Napoleón continuó su camino triunfal. Le Monitor modificó en tanto el uso de los adjetivos y en un brote de imparcialidad publicó: “Napoleón estará mañana al pie de nuestras murallas”. Y era verdad, hasta allí llegó, pero no conforme, continuó su camino derecho al trono, coronando su testa y el periplo editorial con un obsecuente “Su majestad imperial llega a la Capital de sus estados en medio de sus fieles súbditos”.

Comenzaban los históricos Cien Días, que finalizarían en Waterloo. Lamentablemente no contamos con ejemplares de Le Monitor posteriores a la campaña, pero podemos adivinar el tono de los titulares siguiendo el curso inverso de sus editoriales que entonces convirtieron al príncipe en sapo y al campeón en canillita, porque hay muchos que nunca aprenden ni siquiera una pequeña lección de discreción y menos aún de humildad.

jueves, 12 de enero de 2023

Dorrego - Omar López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

143 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 7 de octubre de 2007, se publicó en la columna "Umbrales del tiempo" un interesante artículo sobre la difícil situación que debió afrontar Dorrego al asumir como gobernador de la provincia de Buenos Aires. 

Condenados antes de empezar

por Omar López Mato

El coronel Dorrego estaba condenado a morir antes de asumir el cargo de gobernador de Buenos Aires.

Vicente López y Planes, nuestro jurisconsulto poeta, sirvió de puente entre la debacle presidencial rivadaviana y la oposición republicana del coronel Dorrego, que a pesar del tiempo transcurrido no podía quitarse de encima ese estigma de juvenil descontrol que había caracterizado sus años mozos. Por más que a lo largo de esos últimos tiempos había demostrado una mesura aprendida durante sus años de exilio en los Estados Unidos (donde había estudiado el funcionamiento de las instituciones federales), aún le cabía el mote de ‘Loco’ con que lo señalaban sus enemigos, los doctorcitos unitarios segundones del Mulato.

Rivadavia se vio obligado a renunciar ante los torpes manejos diplomáticos de su ministro García en la Corte brasileña. ¿Acaso García se había tomado tantas atribuciones sin el consentimiento del presidente? ¿Había actuado por cuenta propia sin una media palabra de las autoridades? Es difícil de creer que haya sido una medida inconsulta (de hecho, García permaneció en su puesto, y con los años fue funcionario de Rosas), pero Rivadavia presenta su renuncia en el momento más álgido del conflicto, cuando el ejército republicano era un infierno de enfrentamientos internos. Alvear, Soler, Lavalleja, Oribe, Lavalle, Paz, Iriarte, todos confrontaban sus posiciones, discutían las órdenes, opinaban sobre el manejo de los asuntos militares, políticos y diplomáticos.

La batalla de Ituzaingó fue un duro golpe para el ejército imperial, pero a pesar de que la fortuna le había sonreído hasta entonces al ejército argentino, poco más podía durarle esa suerte. No sólo le faltaba dinero: diluida el empréstito Baring con intereses y manejos turbios, era natural que a medida que este ejército casi acéfalo se adentrase en territorio enemigo las dificultades logísticas y estratégicas complicarían el desarrollo de las acciones (tal como le había pasado al malogrado Ejercito del Norte diez años antes y cada vez que cruzaba el río Juramento).

Sin medios, en posición estratégica adversa, con derrotas diplomáticas y la fuerte presión inglesa para imponer su teoría del Estado tapón, asume Dorrego. Efectivamente, sólo un loco podía tomar las riendas del gobierno en condiciones tan desfavorables. Pero esta precipitación en la que cayó el coronel Dorrego no fue privativa de él. Se repitió varias veces a lo largo de nuestra historia. El coronel y sus sucesores cayeron en un mesianismo inconducente, en negarse a ver las propias limitaciones en una crisis profunda, el ciego voluntarismo de pensar que podían manejar los conflictos del momento mientras la oposición creó ese maremágnum conspiraba desde las tinieblas. Efectivamente, esperaban entre las sombras a que este “idiota útil” hiciera lo que era inevitable hacer. Que cargase él con las culpas del caso, y así va preparando el terreno para el retorno triunfal de los unitarios. Rivadavia y los suyos, que sembraron la semilla del mal, volverían como los salvadores de la patria.

La frase de Agüero, fiel segundón de Rivadavia, expresó esta intención con frialdad maquiavélica: “Nuestra caída es aparente, nada más que transitoria. No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego. Déjele que se haga gobernador... tendrá que hacer la paz con Brasil aceptando la deshonra que nosotros hemos rechazado... el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos.”

Todo lo intentó Dorrego. Trató de activar la oposición brasileña, fomentó el espíritu separatista de los farrapos, buscó el apoyo de su admirado Bolívar, y hasta San Martín volvió para ponerse enfrente del ejercito republicano. Todo fue en vano. La presión inglesa fue terrible sobre un gobierno sin medios. Se logró la paz más honrosa posible, pero que no estaba a la altura de las expectativas de los oficiales que habían vencido en el campo de batalla. Buscaron algún culpable, el que tenían más a mano, y resultó que era este coronel medio loco, arrebatado, populista y federal. Amigo de los pobres y aliado de los mismos caudillos que le habían negado su apoyo para llevar adelante la guerra contra el Imperio. Sí, él era el culpable.


sábado, 30 de julio de 2022

Juan Larrea - Omar López Mato

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

129

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


Encontramos un artículo muy interesante publicado en la columna Umbrales del Tiempo del diario La Prensa del 26 de diciembre de 2010.

Juan Larrea el financista de la Revolución de Mayo
por Omar López Mato

Revolución de Mayo
El catalán era ducho para los negocios, qué duda cabe. Había llegado al país junto a su madre viuda y un modesto capital. Al cabo de diez años, gracias a sus habilidades, se había hecho de un buen capital. Se hablaba de 200.000 pesos, aunque esas cosas nunca se saben. Sus negocios se extendieron por las provincias y allende los mares porque además fue armador. En 1806, junto a Nadal y Alaguer, crearon el Batallón de Voluntarios Catalanes, luciéndose en la guerra contra los ingleses, tanto en la primera como durante la segunda invasión. Para entonces ya lucia los galones de capitán. En 1809 adhirió a la Revuelta de Álzaga, pero al fracasar esta fue condenado al exilio. No sería el último.
Pocos meses después recuperaba el puesto de síndico del Cabildo.
De allí en más frecuentó a los gestores de los días de Mayo en las reuniones que realizaban en la quinta de Rodríguez Peña, aunque no asistió al Cabildo del 22. Sin embargo, fue incluido en la Primera Junta por sus dotes de financista y sus aceitadas relaciones con comerciantes ingleses y franceses. Junto a Manuel Sarratea se encargó de proyectar un nuevo reglamento de comercio. Asistió a Mariano Moreno en sus tareas y solía acompañarlo en sus largas jornadas. Con él asistió a la celebración por la victoria de Suipacha, que terminó con la corona de azúcar sobre la testa de Saavedra y ese famoso “Ni ebrio ni dormido”. Al igual que otros miembros de la Junta había renunciado a su sueldo y de su propio peculio saldaba algunos gastos del incipiente gobierno patrio. Por otro lado, fue acusado de beneficiarse con el viaje en el que Cisneros volvía a España para aprovechar el flete a fin de enviar sus mercaderías a Europa. Destituido después de la Revolución de los Orilleros, fue preso a Luján y más tarde confinado a San Juan hasta 1812.
El ascenso de sus aliados como integrantes del Segundo Triunvirato le otorgó nuevo protagonismo participando en el Congreso de 1813. Fue triunviro en reemplazo de José Julián Pérez y ministro de Hacienda durante el directorio de Posadas. Preocupado por conquistar a la vecina Montevideo, a fin de alejar la amenaza del poderío español sobre las costas patrias, Larrea concentró todos sus esfuerzos en la formación de una escuadra nacional. Esta, dirigida por el almirante Brown, coronó sus esfuerzos con la victoria de Buceo. Sitiados por tierra y por mar, Montevideo no tuvo otra alternativa más que rendirse ante las tretas de Alvear.
Después de la Revolución de 1815 pesaron sobre Larrea graves acusaciones, como la de contrabando, la de deber cánones aduaneros (230.000 pesos según algunas fuentes) y haber vendido con suculentos sobreprecios armas al ejército nacional. Los sables se vendían con ganancias del 500%, o al menos eso decían los enemigos del financista, que no dudaron en apresarlo y encerrarlo engrillado por “delitos de facción”. A raíz de este juicio sus bienes fueron expropiados y Larrea, una vez más, debió seguir el camino del exilio. Esta vez cambió la aridez cuyana por el glamour de Bourdeos, ciudad donde trató de rehacer su patrimonio, sin fortuna. La Ley del Olvido de 1822 (ya precozmente en nuestra historia patria debemos recurrir a la amnesia) le permitió un regreso con gloria, ya que gracias a las relaciones adquiridas en Francia pudo establecer una línea de vapores con sede en Le Havre. Sin embargo, y a pesar del comienzo auspicioso, la empresa terminó en fracaso. De los vapores pasó al saladero. En 1828 Dorrego lo nombró cónsul en Francia y hacia allá se dirigió para volver un año más tarde con el Acta de Reconocimiento de nuestra independencia por el país galo.
La llegada al poder de Rosas le complicó las cosas al catalán. Evidentemente el Restaurador lo tenía entre ceja y ceja. Las continuas multas e impuestos gravosos que debió soportar llevaron a la quiebra sus negocios.
Larrea no pudo tolerar este nuevo fracaso, viejo y deprimido se cortó el cuello con una navaja. “¡Pobre las Larrea!”, exclamó Margarita Sánchez de Mendeville al enterarse del desenlace final.
El cuerpo de Larrea fue enterrado en el Cementerio de la Recoleta en un lugar no precisado, con el tiempo se ha extraviado. Los diario de la época no dieron cuenta de su muerte. Larrea había sido olvidado hacía tiempo, aunque fuera, en opinión de Vicente Fidel López, “el financista más hábil de su tiempo”.

viernes, 29 de julio de 2022

Tiahuanaco - Castelli - Arenga de Castelli en Tiahuanaco

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

128 

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa, del 17 de octubre de 2010, se publicó en la columna "Umbrales del tiempo" el siguiente interesante artículo. 

Tiahuanaco fue cuna de la civilización andina

por Omar López Mato


Tiahuanaco
Puerta del sol en Tiahuanaco

Hay quien dice que Tiahuanaco fue la cuna de las civilizaciones andinas; allí a 20 kilómetros del lago Titicaca se alzan los imponentes restos de esta cultura en el altiplano central de Bolivia. Sus comienzos datan del año 1500 a.C., y se pierde su rastro hacia el año 1200 d.C. Durante esos 27 siglos de existencia, Tiahuanaco diseminó su influencia por los pueblos que la rodeaban. Nadie sabe con precisión qué quiere decir: o ‘piedra del centro' en aimara o ‘alborada moribunda' en quechua.

Era inevitable que estas ruinas se convirtiesen en un símbolo político para las tropas porteñas que allí llegaron en 1810, aunque no comprendiesen el profundo sentido que estas obras tenían.

Este milenario lugar también fue escenario de la celebración del primer aniversario de la patria, el 25 de Mayo de 1811, fecha que eligió Juan José Castelli para montar un acto proselitista a fin de expresar el pensamiento revolucionario de la Junta de Buenos Aires, y su propuesta de crear una gran nación. Las instrucciones de la Junta eran precisas: Castelli debía ganar “a la indiada” con su oratoria.

Mientras tanto en Buenos Aires se inauguraba la mal llamada Piramide de Mayo -que en realidad es un obelisco-, sospechada de haber sido construida con un significativo sobreprecio en los elementos que la conformaban, el oscuro comienzo de la patria contratista.

Castelli también encontró propicio el festejo del aniversario del 25 de Mayo para mejorar la imagen de la comitiva libertadora y la suya propia después de los comentados excesos en la represión y las acusaciones de conducta anticlerical. Para ese fin eligió la pirámide más imponente como marco de su discurso, y desde allí pronunció una alocución estudiada en su contenido e histriónicamente presentada, emulando los actos paganos de la Revolución Francesa.

Ante una multitud convocada para el evento, las tropas patrias y las tribus vecinas vestidas con trajes típicos, Castelli, de pie sobre el monumento elegido, el palacio de Kalasasaya, enunció las ventajas de sumarse al proyecto porteño y denostó el trato que las autoridades españolas les daban a los lugareños.

Castelli gritó su mensaje, por momentos esperanzador con voz emocionada, por momentos firme y autoritario, ante la multitud que lo escuchaba en silencio. Toda la alocución se tradujo al quechua y al aimara.

Para finalizar, después de señalar los excesos de los españoles, Castelli les preguntó a los presentes: “Ya habéis visto los males y los bienes que os ofrecen el uno y el otro sistema, pues bien, decidan vosotros, ¿qué queréis?”

La respuesta no se hizo esperar, un coro polifónico respondió a la indagatoria del tribuno. “Abarrente, Tatay” “¡Abarrente, Tatay!”, lo que quiere decir ¡Aguardiente, señor! La fórmula utilizada por los lugareños para concluir las celebraciones autóctonas que se llevaban a cabo en ese recinto.

El ilustre revolucionario no se había hecho entender, pero tampoco se enteró del significado de la respuesta hasta días más tarde, ya que ni Castelli ni los oficiales del ejército patrio distribuyeron aguardiente como solicitaban los lugareños. En el ínterin, Goyeneche se rearmaba para enfrentar a los porteños. Al Ejército del Norte lo esperaba la aciaga jornada de Huaqui.


Castelli - Castelli jacobino - Omar López Mato -

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del escritor Omar López Mato,  aparecidos en el diario La Prensa el día 31 de octubre de 2010, en la columna Umbrales del tiempo.

Piquito de Oro 
y desmadre jacobino

por Omar López Mato


Juan José Castelli y Mariano Moreno eran asiduos lectores de Voltaire y Rousseau y encararon la tarea de construir una nación con el espíritu propio de sus ídolos, los jacobinos franceses. Le tocó a Castelli la ingrata misión de ordenar la ejecución del ex virrey Liniers, al igual que a los jefes realistas tomados prisioneros en Suipacha, la primera victoria patria. De esta forma daban comienzo a las retaliaciones que cobrarían tantas muertes inútiles durante nuestras guerras por la independencia.
Castelli actuaba como comisario ideológico en el politizado Ejército del Norte y debía velar por la ortodoxia doctrinaria de sus miembros. Durante su permanencia en el Alto Perú se lo acusó de fomentar una actitud antirreligiosa que les granjeó a los porteños la antipatía de la población del lugar. Se habló de profanaciones de templos y sermones sacrílegos dados desde el púlpito de las iglesias por Monteagudo y el mismo Castelli vestido de cura.
Después del desastre de Huaqui y la desaparición de Moreno del espectro político, Castelli recibió una carta de Saavedra donde le ordenaba suspender “toda ejecución capital” y otras arbitrariedades. Castelli debió volver a Buenos Aires para rendir cuenta de sus actos durante el juicio al que fue sometido, conocido como La Causa del Desaguadero y “Proceso formado al doctor Juan José Castelli”.
En los autos nada se habla de conductas heréticas, por el contrario, se expone el sentimiento cristiano que en todo momento imprimió a sus actos dentro del ejército. Los testigos -Gregorio Zeballos, Juan Argerich y Juan Madera- sostenían vehementemente que en ningún momento Castelli había caído en “proposiciones escandalosas o sospechosas en la fe”. Es más, cuentan los testigos que Castelli reprendió a un grupo de oficiales que habían arrastrado una cruz del cementerio de Cochabamba.
Más precisa y contundente fue la afirmación de Bernardo Monteagudo, a quien señalaban como otro autor de atentados contra la Iglesia. “A no ser que se confundan, como es frecuente, las máximas de libertad política como el espíritu de irreligión, ignoro que ningún individuo del ejército se hubiese deslizado contra la religión dominante”, aclaró el tucumano.
Las causas quedaron inconclusas ya que Castelli no llegó a declarar, debido a que el 12 de octubre de 1812 falleció de una llaga cancerosa en la lengua causada por la quemadura con un cigarro, como relata Cayetano Bruno en su libro “El ocaso cristiano de los próceres”.
El tema de los excesos antirreligiosos quedó en agua de borrajas, pleno de testimonios contrarios a los de Castelli y Monteagudo, como el expuesto por el deán Funes (“Castelli se maneja como un libertino”) o en las memorias del general español García Camba, donde afirma que este cáncer fue “sin duda un castigo del cielo por las blasfemias que profirió por su boca en el Perú, donde le decían Pico de Oro y predicaba la irreligión”. Estas afirmaciones dejan el debate abierto.
Al sufrimiento físico que padeció Castelli a causa de esta dolorosa enfermedad, debemos agregar la amargura inducida por su hija Ángela, unida en matrimonio clandestino contra la voluntad de su padre. A pesar de las acusaciones de sacrílego, Juan José Castelli murió habiendo recibido todos los sacramentos y fue enterrado en la iglesia de San Ignacio, donde aún se encuentran sus restos.

Cotagaita - Suipacha -El destino de los vencidos - Omar López Mato

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

126    


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación tres artículos del escritor Omar López Mato,  aparecidos en el diario La Prensa los días 14 y 28 de noviembre y 12 de diciembre de 2010, en la columna Umbrales del tiempo.

Suipacha
Batalla de Suipacha


 Suipacha I
La derrota de Cotagaita

por Omar López Mato

Sobre la ribera norte del rio Santiago, en el departamento de Potosi se encuentra el pueblo de Cotagaita, lugar que el presidente de la Real Audiencia de Charcas, Vicente Nieto convirtió en fortaleza, ante el avance de la Expedición Auxiliadora del Alto Perú. A tal fin había instalando dos baterías de 4 piezas de artillería a cada lado del pueblo sobre dos lomas que unió con una pared de piedra, a cuyos pies hizo cavar una profunda fosa, por la que desvió el río.
En ese momento, este pueblo devenido en fortaleza alojaba además de los lugareños, a 1.300 soldados realistas, entre los que se contaba el batallón de veteranos del Real Borbón del Regimiento de Infantería de Buenos Aires, movilizados desde la ciudad porteña para sofocar al movimiento revolucionario del 25 de mayo de 1809. Sorprendidos en su retorno por el cambio de mando, había quedado del lado realista.
Las fuerzas revolucionarias al mando del comandante Gregorio Perdriel, sumaban los ímpetus del Batallón de Cazadores, comandados por Manuel Dorrego, el batallón de Blandengues del comandante Abraham González, además de los húsates de don Martin de Güemes, y el Sexto batallón de Carlos Forest.
Las tropas porteñas al llegar a la fortaleza, el 27 de Octubre de 1810, se refrescaron a orillas del río, y se aprovisionaron de agua. En el interín González Balcarce envió emisarios a la posición enemiga, conminando a los realistas a aceptar la autoridad de la Junta de Buenos Aires.
La respuesta obviamente fue negativa, ante lo cual Balcarce, sin dudar, atacó con todas sus fuerzas. Durante cuatro horas se batieron duramente, hasta acabar con sus municiones sin lograr sacar a los enemigos de las trincheras. Ante la resistencia de los godos, los patriotas debieron batirse en retirada, abandonando dos cañones y tres muertos.
La Expedición Auxiliadora huyó sin que los persiguieran, y se dirigió a Tupiza y después al río Suipacha en espera de refuerzos.
Esta experiencia casi humillante de tener que huir, abandonando armas y pertrechos, fue sin pretenderlo, una buena jugada que favorecería la revancha que se jugaría en Suipacha veinte días más tarde.
Las tropas realistas estaban convencidas que reinaba el descontento entre los revolucionarios, y que estos no contaban con recursos como para soportar una fuerte embestida.
El presidente de la Real Audiencia de Charcas, Vicente Nieto, envió 100 Granaderos Provinciales de La Plata, más 350 hombres al mando de Basagoytia. Los realistas estaban seguros de dar el golpe final.
Las fuerzas de la Junta Porteña llegaron al día siguiente a Nazareno, a orillas del río Suipacha, fin de su prolongada retirada. Durante la noche se reunieron con 200 jujeños que traían municiones, dos piezas de artillería y la paga de los sueldos de la tropa, detalle que hizo olvidar el mal rato de Cotagaita.
El 7 de noviembre amaneció la tropa renovada en ánimos y reforzada en poder bélico, a pesar que en realidad estaban en inferioridad numérica de hombres y cañones; los realistas contaban con 800 hombres y 4 cañones y los representantes de la Junta Porteña 600 hombres y solo dos cañones (dos habían quedado en la retirada de Cotagaita). Aconsejado por don Martin de Güemes, quien conocía la zona y sabia aprovechar las ventajas del terreno, Balcarce distribuyó a la infantería y a la artillería en los cerros próximos, a ambos lados del camino y se prepararon para esperar a los realistas a orillas del Río Suipacha.

Suipacha II

Primera victoria patria

por Omar López Mato

El 7 de noviembre de 1810 las horas pasaban y nada alteraba el es- cenario; los dos ejércitos se miraban de lejos estudiándose, hasta que González Balcarce rompió la inercia enviando a un grupo de 200 soldados y dos cañones a la playa del río Suipacha a abrir fuego contra el enemigo a fin de provocar la pelea. Era la señal que esperaba Córdoba para atacar, y así lo hizo, con la ceguera de la vehemencia. Primero envió fuerzas de guerrilla para responder al ataque; Balcarce reforzó el batallón y le torció la muñeca a la guerrilla realista. Entonces el capitán de navío Córdoba de Rojas ordenó a todos los batallones atacar, abandonando sus trincheras.
La embestida fue tremenda, por eso no se sorprendieron cuando Balcarce ordenó nuevamente batirse en retirada. Córdoba apuró el paso para alcanzar a los porteños que corrían desordenados hacia los cerro. Cuando estos llegaron hasta la quebrada de la Choroya, seguidos de cerca por las tropas españolas, giraron para atacar a sus perseguidores, que no terminaron de entender el cambio de actitud de los porteños. Fue entonces cuando los realistas sintieron el ataque de la infantería y la artillería del Ejército del Norte que esperaban ocultos entre los cerros. Los realistas se encontraron envueltos por fuego cruzado. Los efectos fueron devastadores.
Sólo media hora le tomó a las fuerzas de la Junta terminar la Batalla de Suipacha. Los soldados españoles huyeron, dejando abandonados pertrechos valiosos para las tropas revolucionarias, además de banderas y armas. La presencia en las proximidades de gran cantidad de aborígenes, que asistían por curiosidad al espectáculo, intimidó a Córdoba. Temiendo un ataque por la retaguardia prefirió retirarse.
De esa manera se concretó la primera victoria patria, consecuencia de nuestra primera derrota.
El capitán de fragata José de Córdoba y Rojas había pagado caro su impulso de perseguir a los revolucionarios, abandonando la fortaleza de Cotagaita. Perdió sus cuatro cañones, sus tiendas de campaña, armas, municiones, 10.000 pesos en plata, y víveres. 
Córdoba, un convencido anticarlotista, ofreció capitular y poner las fuerzas que le quedaban al mando de Balcarce para pelear contra Goyeneche a cambio de la vida de su gente.
Balcarce sometió la propuesta a la consideración de quien representaba la Junta porteña, Juan José Castelli, que en ese momento estaba en Camino al Alto Perú, acompañado por Nicolás Rodríguez Peña como secretario y de Diego Paroissien como médico de Castelli.
Moreno le había dado a Castelli órdenes precisas: «El presidente Nieto, el gobernador Sanz, el obispo de La Paz y Goyeneche deben ser arcabuceados en cualquier lugar que sean habidos». La Junta Porteña ejercía la retaliación por la pasada represión en La Paz y Cochabamba.
Además de las órdenes que tenía Castelli, la opinión de sus dos acompañantes no le dejaba lugar a dudas. El Dr. Paroissien, quien lo asistía en su dolencia, había sido el agente inglés que le llevaba la correspondencia a la princesa Carlota remitida por sus simpatizantes porteños, entre los que estaba el mismo Rodríguez Peña. Para ambos carlotistas, Nieto estaba condenado.
Castelli escribió a Buenos Aires reportando el triunfo del Ejército del Norte sobre los realistas. Nada dijo sobre la actuación de Güemes, atribuyéndose los méritos de la estrategia del salteño y apoderándose de sus hombres. En sus cartas también dejó claro que no negociaría con los realistas. Funesta sería la suerte de los vencidos.

Suipacha III

El final de los vencidos

por Omar López Mato

Alto Perú
Juan José Castelli
El 15 de noviembre de 1810 Francisco Ortiz de Ocampo fue sustituido en su cargo de Jefe del Ejército por Antonio González Balcarce. En realidad Ortiz de Ocampo después de negarse a fusilar a Liniers, había dejado el mando de la tropa en manos de Balcarce, pero ese día, después de tres meses, Castelli hizo efectivo el pedido de Moreno de enviar de vuelta al riojano.
La victoria de Suipacha, celebrada efusivamente en Buenos Aires, fue el comienzo del desprestigio de las tropas porteñas en territorio de Bolivia.
Charcas, Potosí, La Paz y Oruro aceptaron la autoridad de la Junta Porteña, liberando el camino al norte. Casi terminando el mes de noviembre, el día 25, Castelli ingresó a la Villa Imperial de Potosí, encabezando las fuerzas revolucionarias, y fue recibido con todos los honores y la pompa del más alto dignatario. Castelli hizo uso de su autoridad y ordenó que se desterraran 55 personas a territorio salteño, y para reafirmar su posición intransigente, como ya comentamos, hizo fusilar al capitán de fragata José de Córdoba y Rojas (el vencido en Suipacha), al mariscal Vicente Nieto, gobernador de Charcas, y al gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz. Todos ellos condenados de antemano por la Junta Porteña, que veía en esta estrategia de sembrar el terror en los contrarios, un artilugio digno de ser usado sin miramientos.
Los condenados fueron ejecutados “por alta traición, usurpación y perturbación pública con violencia a mano armada” y con indisimulable cinismo, perdieron la vida “en nombre de Fernando VII”, después de haber defendido los colores del Rey cautivo hasta el último minuto.
El Ejército del Norte se dirigió al Alto Perú con una misión específica: “Terminar con todos aquellos que no reconociesen la autoridad de la Junta Porteña”. No podía quedar ni un solo militar español en los territorios que la Junta reclamaba como propios, ni un civil que se hubiera levantado en armas contra el nuevo gobierno. La pena, en esos casos, era la condena a muerte.
El espíritu triunfalista de la tropa hacía que los integrantes de la fuerza se sintieran identificados con los ideales de sus líderes. El odio al enemigo crecía en el pecho de generales y soldados rasos, por eso festejaban cuando los condenados caían arrasados por el fuego de la metralla, con primitivo frenes.
Los militares españoles que cayeron en Potosí habían obedecido las órdenes del Cabildo porteño a sofocar la Revolución del 25 de Mayo de 1809.
Ahora les tocaba a ellos ser víctimas de esta intolerancia jacobina que junto a una falta de respeto por la religión oficial, le granjearía a los miembros del ejército de observación la enemistad de los lugareños, sintetizada en una frase que repetían los habitantes del país: “No somos porteños”.

jueves, 28 de julio de 2022

Lord Strangford - Omar López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Omar López Mato,  aparecido en el diario La Prensa del día 13 de Junio de 2010, en la columna Umbrales del tiempo.

 Los días de Lord Strangford II

por Omar López Mato

Revolución de Mayo
Lord Strangford ( 1780 - 1865 )

El joven lord había ganado una importante batalla para Inglaterra sin derramar una gota de sangre. Brasil y la corte lusitana quedaban bajo la protección del imperio británico y con esto proyectaba su poder sobre la América española.
La flota transportó a 15.000 miembros de la nobleza portuguesa, incluyendo 15 personajes de la familia real. Además se llevaban la mitad del dinero que circulaba en el reino de Portugal. Los franceses se habían quedado con una cáscara vacía.
Después de 55 días de accidentada navegación, la flota arribó a Bahía. Allí el rey Juan tomó una decisión que dejaba traslucir, sin duda alguna, la influencia inglesa, sus colonias se abrían al libre comercio. Poco se detuvieron en Bahía, la corte se dirigió a Río de Janeiro, donde arribaron el 8 de marzo. La nobleza portuguesa debió pasar varios días buscando un lugar decente donde vivir. Pero ese no fue problema para lord Strangford, que se dirigió hacia Londres después de acompañar al rey Juan hasta Madeira. El mismo Canning congratuló a Strangford y considerando la notable influencia que había ejercido sobre la corte, nadie mejor que él para manejar las relaciones lusitanas en América. Hacía Río fue el joven lord. No bien desembarcó, el rey Juan requirió su presencia. Strangford recibió un cálido recibimiento donde el rey le rogaba que tuviese a bien olvidar cualquier desafortunado evento del pasado que pudiese empañar la nueva relación entre las dos naciones.
Para cuando Strangford llegó a Río de Janeiro ya estaba al tanto del fracaso de ambas expediciones inglesas al Río de la Plata, de hecho, el mismo Canning le había manifestado que de aquí en más las relaciones se limitarían a “una política comercial”.
En Río conoció a dos emigrados que habían asistido a escapar al general Beresford, nos referimos a Saturnino Rodríguez Peña y a Manuel Padilla, vehementes propulsores de la independencia de las colonias españolas.
Rodríguez Peña subsistía en Río gracias a la pensión concedida por el gobierno británico sin que esta fuese muy generosa, apenas lo indispensable para mantener decorosamente a su esposa y cinco niños. Por su parte, Padilla se dirigió a Inglaterra donde trabó una estrecha relación con el general Miranda.
La casa de Rodríguez Peña fue foco de conspiración en Río y Strangford no dejó de estar al tanto de todo lo que se tramaba en la ciudad carioca, más cuando Padilla volvió de Inglaterra con una carta del marqués de Wellesley recomendándole a Strangford “dar protección y apoyo” a estos dos emigrados que habían dado señas de una disposición fuera de lo común. El joven Lord prestó el solicitado auxilio cuando el representante de la Junta sevillana, el marqués de Casa Irujo, pidió la aprehensión de Rodríguez Peña, Padilla y Pueyrredón. En esta circunstancia, se pudo aprovechar la influencia que el inglés tenía sobre el monarca lusitano. Juan le dio largas al asunto para decepción y furia del español.
Padilla también fue el centro de un episodio tragicómico, ya que el diplomático español lo hizo secuestrar del barco que lo conducía a Buenos Aires para adueñarse de sus papeles y así demostrar, sin lugar a dudas, su ánimo conspirativo. Sin embargo, en los baúles de Padilla sólo se encontró la carta de lord Strangford, circunstancia que terminó con la prisión del oficial portugués que había cumplido con las órdenes del diplomático español. Padilla continuó su viaje a Buenos Aires como emisario confidencial entre lord Strangford y los conspiradores porteños, una unión clave para la liberación de esta colonia.

Cabildo Abiero del 22 de Mayo - Obispo Lué - Castelli - Omár López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del escritor Omar López Mato,  aparecido en el diario La Prensa del día 16 de mayo 2010, en la columna Umbrales del tiempo.

 Los días de Mayo

por Omar López Mato

Cabildo Abierto del 22 de Mayo
Obispo Benito Lué y Riega ( 1753 - 1812 )


El Cabildo Abierto del 22 de mayo comenzó a las nueve de la mañana en punto; entonces se repartió una proclama que fue leída por el actuario. Después de esta lectura se adoptó el sistema de fijar una proposición para absorberla respectivamente y acordar la siguiente.
El primer voto correspondió al obispo Lué, que ocupaba un estrado rodeado de sus acólitos. Todos escucharon la exposición del obispo, un personaje poco querido por sus feligreses debido a su carácter fuerte y espíritu poco diplomático.
El historiador Vicente Fidel López, que tuvo referencia de este episodio por su padre -el autor de nuestro Himno Nacional- concurrente al congreso general del 22 de mayo, pinta en páginas animadas la escena del discurso impertinente del obispo: “Habló con voz trémula, como si estuviese conteniendo su natural, conocidamente rudo y grosero -y olvidado de toda prudencia-, para defender al virrey cayó en el tema más desventurado con modales y palabras agresivas, dijo que estaba asombrado de que hombres nacidos en una colonia se creyesen con derecho de tratar asuntos que eran privados de los que habían nacido en España, por razón de la conquista y de las bulas que los papas habían declarado que las Indias eran propiedad exclusiva de los españoles; dijo que era un desacato insolente ese de querer negarle a la ciudad de Cádiz el derecho de imponer un gobierno general de las Indias. Desconocer la Regencia que allí se había erigido era un crimen de alta traición: porque mientras quedara un punto libre de la España en donde se defendiera la causa del rey cautivo, aunque no fuese más que un pedazo de tierra o una aldea, ese pedazo de tierra o aldea, por pequeña que fuera, tenía el derecho innegable de tomar el nombre del soberano, para crear un gobierno provisional, y para nombrar o autorizar todos los empleados y virreyes que debían gobernar las colonias; los americanos tenían la obligación natural y canónica de obedecerlos, y dado el caso de que toda la península cayese en poder de los malditos franceses, los españoles, que en América estuviesen constituidos en dignidad, por sus empleos civiles y eclesiásticos, eran los únicos que tenían derecho a concertarse, para erigir el gobierno que debía conservar estos dominios a S.M. Fernando VII o a sus sucesores”.
La indignación de los patriotas ante la manifestación poco feliz del obispo fue inmediata. Se escucharon gritos entre la concurrencia. El fiscal Villota, temiendo que se produjera un escándalo, o que la multitud, que esperaba ansiosa en la plaza, incurriese en actos de violencia, pretendió intervenir en el debate pero terció entonces el doctor Castelli. Mientras en la plaza se escuchaban gritos: ¡Abajo Cisneros!
El orador se paró sobre una banca y con voz de trueno dijo que según el señor obispo, los españoles que habían conquistado y poblado a la América no habían engendrado hombres sino carneros, puesto que los nacidos de esos padres eran simple cosa semoviente, simples siervos de los nacidos en España de otros padres, y no hijos ni herederos de los españoles de América. Entretanto, los que se habían quedado en España, ni habían conquistado, ni habían poblado; mientras que los que habían tenido hijos en América eran quienes ocupaban el país. “El señor Lué nos trae una novedad: los hijos no heredan a sus padres; los extraños, los prójimos, los mercaderes que no han hecho jamás otras cosa que chupar el jugo de nuestra tierra, esos son los herederos; aquí no hay más herederos ni más conquistadores que nosotros, es falso que el derecho de disponer de nuestra herencia, hoy que la madre patria ha sucumbido, pertenezca a los españoles de Europa y no a los americanos”. Grandes aplausos, dice López, ahogaron la voz del orador, quien rebatió al obispo la teoría del derecho de conquista, diciendo que según tal argumento, en cuanto Napoleón se apoderase de España, habría que reconocerle el derecho de apropiarse también de América, y agregó: “Los españoles de España han perdido su tierra; los españoles de América tratan de salvar la suya. Los de España, que se entiendan allá como puedan; los americanos sabemos lo que queremos, lo que podemos y a donde vamos”. Terminó su discurso con una proposición imprudente, la primera fórmula que no fue aceptada: subrogar a la autoridad de virrey, dependiendo de la Metrópoli si ésta se salva, o independiente de ella si queda subyugada. Los mismos americanos consideraron demasiado avanzada esta proposición que ponía en descubierto sus intenciones antes de conseguir el poder.
Antonio de Escalada trató de apaciguar los ánimos, mientras seguían oyéndose claramente los gritos de la calle: ¡Abajo Cisneros!

viernes, 27 de mayo de 2022

Revolución de Mayo - La máscara de Fernando VII

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

90    


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Omar López Mato,  aparecido en el diario La Prensa del día 26 de mayo de 2010, en la columna Umbrales del pasado.

 Las razones detrás de la máscara

por Omar López Mato


Continuando con la zaga del Bicentenario, hoy les voy a contar las razones de por qué nuestros hombres de Mayo eligieron ocultar sus intenciones independentistas tras la máscara de Fernando VII. Este joven abúlico y rastreo se había ganado el afecto del pueblo español al oponerse a los designios de Manuel Godoy, apodado “el príncipe de la paz”, y a sus adhesiones a la causa de los franceses. Se decía, además, que el tal Godoy era amante de la madre de Fernando, María Luisa de Parma. La reina, en convivencia con Godoy, regía los destinos del Imperio Español ante la pasividad de Carlos IV. Este rechazo a toda ideología foránea le ganó el aprecio de la gente del pueblo que lo proclamó “el deseado”, y se inspiró en su imagen para luchar contra el invasor francés, mientras Fernando vivía un dorado cautiverio a manos de Napoleón. Para granjearse la simpatía del Gran Corso cortejaba a una de las hermanas del emperador francés, mientras su gente moría peleando contra las tropas de Murat. Realmente “el deseado” dejaba mucho que desear.
Mientras tanto, aquí a orillas del Plata, un grupo de criollos trataba de sacárselo a Cisneros de encima, invitando a la princesa Carlota a gobernar a sus súbditos porteños. Esta infanta era hermana de Fernando y cónyuge del príncipe Juan VI de Portugal, que a la sazón se habían desplazado a Río de Janeiro corridos por Napoleón. La princesa sufría por las injusticias y persecuciones de las que era objeto dentro de la corte lusitana, ya que su marido había descubierto un complot urdido por ella para destituirlo. La princesa, recluida en su palacio de Río, veía el ofrecimiento de los revolucionarios con buenos ojos y a tal fin escribió una carta a la Junta de Sevilla ofreciendo sus servicios para esta causa y, más aun, se ofrecía para ser regente de España mientras su hermano continuase en cautiverio. La idea le gustó a Juan VI, que ni corto ni perezoso proclamó que si su esposa era regente de España esto le daba a Portugal derechos sobre el Virreinato del Río de la Plata. La Junta de Sevilla, alarmada por esta siniestra simplificación, prontamente envió un representante a Río de Janeiro, el marqués de la Casa Irujo, para sacarle de la cabeza esas ideas a Carlota y agradecerle su ofrecimiento, pero ya los españoles tenían bastante con los franceses y era mejor, mucho mejor, que Carlota se quedara en Río tomando sol (bueno, es una expresión; entonces no se acostumbraba pero cualquier excusa era buena para tenerla lejos de la Península).
Aparece entonces en escena el joven Percy Clinton Sydney Smythe, alías lord Strangford, un viejo conocido delos Braganza que había organizado la huida de la casa reinante portuguesa a Brasil ante la amenaza napoleónica. Fue tan coordinada la evacuación que los franceses vieron impotentes cómo la flota británica cruzaba el Atlántico con los reyes a bordo. Con este antecedente, la corona británica no dudó en enviarlo a Río de Janeiro como embajador de su graciosa majestad. De hecho, Sydney Smythe se convirtió en el árbitro de la política americana.
Resulta que ahora España e Inglaterra eran aliados y que el virrey Cisneros había abierto el puerto de Buenos Aires a los productos ingleses después del pedido de los comerciantes Dillon y Twaites. A Inglaterra ya no le interesaba que el Río de la Plata pasase al dominio portugués y menos aún que se independizara.
En una larga carta al marqués de Wellesley, el futuro duque de Wellington, Strangford, detalló su propuesta a los insurgentes americanos al aclararles que Inglaterra, la reina de los mares, no habría de ofrecerse como “amiga eficiente y protectora de las colonias españolas” en caso de intentar declararse independiente de la madre patria. Para evitar esa circunstancia, les aconsejaba continuar fieles a don Fernando, aunque estuviese preso de Napoleón. Se cubrían las formas, Inglaterra se hacía la distraída y seguía con sus negocios a la espera de los acontecimientos.
La propuesta le llegó a los confabuladores a principio de mayo de 1810 a través de enviados especiales, La idea los convenció y todos abrazaron la máscara de Fernando VII con entusiasmo. De hecho, el deseo de independizarse se sofrenó hasta después de 1815 cuando Strangford volvió a su querida y blonda Albión. Con los años, y a pensar de jamás haber puesto su pie en esta ciudad, el buen lord fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires.

sábado, 14 de mayo de 2022

Las derrotas de Cisneros - Omar López Mato

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

83    


En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un artículo del historiador Omar López Mato,  aparecido en el diario La Prensa del día 21 de marzo de 2010, en la columna Umbrales del pasado.

 Las derrotas de Cisneros

por Omar López Mato


El virrey Hidalgo Baltasar Cisneros era una personalidad prestigiosa en España, especialmente en Cartagena, ciudad en la que nació en 1755. Pertenecía a una familia de marinos y desde temprana edad se hizo a la mar. Con escasos 25 años ya era capitán de navío, célebre por haber apresado varios buques corsarios ingleses.
El años 1805 lo encuentra en la batalla de Trafalgar al mando del buque insignia Santísima Trinidad. Justamente a la Santísima Trinidad se debe haber encomendado el almirante, ya que la nave, a pesar de su porte majestuoso, su nombre piadoso y sus muchos cañones, estaba hecha un desastre. Y más desastrosa aún era su tripulación, conformada por mendigos, ladrones y viejos sacados a las apuradas de los hospicios, además de algunos soldados de infantería convertidos en improvisados marineros. Estos habían sobrevivido a la fiebre amarilla que había azotado a Andalucía ese año, y ahora serían víctimas de las balas inglesas.
Sin embargo, el temple de Don Cisneros estaba a prueba de estos avatares y con lo que tenía se batió fieramente contra las naves de Nelson, que se ensañaron contra la nave insignia. Esta peleó hasta el último aliento disparando a buen ritmo sus 136 cañones. Pero el coraje no fue suficiente contra la pericia británica y la nave, después de haber sido averiado el timón y sin mástiles en pie, fue capturada, con 205 muertos y 108 heridos a bordo. Entre estos últimos se encontraba el futuro virrey.
Camino a Gibraltar, hacía donde los ingleses dirigían las naves apresadas, se desató una feroz tormenta que echó a pique a la Santísima Trinidad. Don Baltasar, como buen capitán, iba a hundirse con su nave pero los ingleses se lo llevaron. No valía la pena que un valiente muriese por algo que ya poco tenía de barco.
Como secuela de la batalla, Cisneros quedó sordo de un oído. Satisfecho debería darse por tan poco daño sufrido, ya que muchos de sus camaradas habían muerto en la jornada, como ser Cosme de Churruca, alcanzado por una bala de cañón que le arrancó las piernas; Pérez del Camino Llareno, Alcalá Galiano y Alcedo y Bustamante, todos marinos de alta graduación. Pérez Reverte nos ha pintado una batalla épica donde los marinos españoles, pésimamente conducidos por los franceses, se baten como fieras ante la habilidad inglesa. Cisneros formó parte de estos valientes que pelearon por una España escindida.
A pesar de la derrota, Baltasar Hidalgo Cisneros fue ascendido a teniente general de la Armada Española, y como si esto fuera poco, la Junta de Sevilla lo nombró virrey del Río de la Plata en reemplazo de Liniers, que andaba en conflictos con Francisco Javier de Elio, el gobernador de Montevideo. Resulta que este último, siguiendo el ejemplo de las comarcas españolas ante la prisión de Fernando VII, creó una junta en la ciudad de Montevideo desconociendo la autoridad del virrey Liniers. La trifulca entre los dos había llegado a extremos indecorosos. Un enviado de Liniers, el capitán Michelena, se trenzó en escenas de pugilato que poco bien le hacían al equilibrio político de esta zona tan explosiva. Las autoridades de Sevilla decidieron intervenir para evitar males mayores.
Con esta misión vino Cisneros a estas tierras, creyendo que después de haber sobrevivido a Trafalgar pocas cosas podían ser peores, pero el hombre se equivocaba, todo siempre puede ser peor.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Sarmiento y el Estrecho de Magallanes

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 24 - Setiembre 2012 - Pags. 8 a 13 

Sarmiento y el Estrecho de Magallanes

Por Norberto Jorge Chiviló

Siguiendo con el tratamiento de distintos temas mencionados por el Dr. Omar López Mato, en su carta que se publicó en la edición N° 21 de este periódico (pág. 6), con el título "Otra Vuelta de Obligado", y como lo prometimos en el número anterior, vamos a referirnos ahora al tema de los canales fueguinos y la forma en que nuestro vecino, Chile, se adueñó de los mismos y a instancias de quién lo hizo. 

Estrecho de Magallanes
Tabula Magellianica (A)


Estrecho de Magallanes

¿Qué es un estrecho, geográficamente hablando?. El diccionario de la Real Academia Española, lo define como "Paso angosto comprendido entre dos tierras y por el cual se comunica un mar con otro". Ejemplos: El estrecho de Gibraltar, el de Magallanes.

Primero ubiquémonos geográficamente. El estrecho  de Magallanes es un paso marítimo que separa la parte sur del continente americano (Patagonia), con la Isla Grande de Tierra del Fuego. Es un paso natural entre los Océanos Atlántico y Pacífico. Esta vía interoceánica era y es de gran importancia estratégica por ser la ruta más corta y más segura que el traslado por el Cabo de Hornos. 


Breves reseñas históricas

El estrecho fue descubierto por el navegante portugués Fernando o Hernando de Magallanes al servicio de la Corona española, en su expedición alrededor del mundo. El día 21 de octubre de 1520 descubrió un cabo al cual bautizó de las "Once mil vírgenes" detrás del cual se divisaba una gran entrada de mar. Días después, el 1° de noviembre, día que la Iglesia Católica festeja el día de "Todos los Santos", Magallanes ingresó en el estrecho al que bautizó con ese nombre. También dio nombre al territorio situado al sur al que llamó "Tierra de los fuegos", por las grandes fogatas que originaba el gas natural que emanaba en esa zona.

Estrecho de Magallanes
Hernando o Fernando de Magallanes (B)


Tanto desde España, como desde la Gobernación de Chile y del Virreinato del Perú se enviaron varias expediciones al estrecho, intentando alguna de ellas el poblamiento de la zona pero las condiciones adversas del lugar -en especial climáticos-, impidieron que eso fuera posible y los intentos que se hicieron, fracasaron.

A fines del siglo XVI el estrecho también fue navegado por corsarios ingleses y también por navegantes holandeses y en los siglos siguientes lo atravesaron holandeses, franceses, ingleses, además de los españoles.

Ya durante el siglo XIX, llegaban allí en busca de refugio y provenientes de la Antártida naves foqueras, balleneras y loberas, tripuladas mayormente por ingleses y norteamericanos.

Las primeras autoridades patrias surgida en 1810 y las siguientes, durante más de una década, adoptaron diversas disposiciones jurisdiccionales, tales como ordenarle al comandante del fuerte del Carmen de Patagones la vigilancia de las costas situadas al sur del establecimiento.

Durante las décadas de 1820/1830 -y siendo ya Inglaterra la gran potencia marítima-, el Almirantazgo británico organizó varias expediciones -una de ellas al mando del capitán Robert Fitz Roy- a los fines de hacer relevamientos hidrográficos en el estrecho y canales adyacentes y la confección de una cartografía -que fue editada en 1837- que facilitara la navegación para sus naves.


Breves antecedentes jurídicos

Al establecerse en 1776 el Virreinato del Río de la Plata, el límite sur de la Capitanía General de Chile quedó limitado por el río Bío-Bío, con lo cual toda la Patagonia (a ambos lados de los Andes) y la Tierra del Fuego estaban bajo la jurisdicción de Buenos Aires.


La ocupación del Estrecho por los chilenos

Los chilenos no demostraron interés por la zona, sino recién en abril de 1842, como veremos más adelante, pero la idea de tomar posesión del Estrecho, la tuvo Bernardo O'Higgins, años antes (1836) cuando consideró la posibilidad de la utilización de barcos a vapor para remolcar los veleros que pasaban hacia el Océano Pacífico.

Por esos años el paso de los barcos a vela por el Cabo de Hornos duraba entre 40 y 60 días dependiendo ello de las condiciones del tiempo, mientras que un vapor que los remolcara por el estrecho de Magallanes, realizaba el cruce en 30 o 40 horas solamente.

Fue así que en abril de 1842, el presidente chileno Gral. Manuel Bulnes, dispuso que una fuerza expedicionaria tomara posesión del Estrecho y territorios adyacentes, lo que se concretó el 21 de setiembre de 1843. Un mes después se estableció un fortín que se llamó "Fuerte Bulnes".

La toma de posesión se realizó por los chilenos con el cumplimiento de las formalidades de la época: izamiento de bandera, saludos por disparos de tiros de cañón, labrado de acta, enterramiento de monedas, discurso, etc.

Es verdad que la zona se encontraba hasta ese momento despoblada, como se encontraban despobladas también inmensas zonas de nuestro país y de otros de América, incluso de Chile, pero esa situación no autorizaba, a ningún país vecino a tomarlas como si no fueran de nadie considerándolas res nullius, porque eso contrariaba el principio establecido a partir de 1810 entre las repúblicas hispanoamericanas del uti possidetis iure -como lo mencionamos en la pág. 13 del N° 22 de este periódico-, para determinar los límites territoriales de cada una de ellas.

Cinco años más tarde, los colonos del asentamiento, se trasladaron a un lugar más adecuado, más al norte, llamado Punta de Arena, dando así origen a lo que actualmente es la ciudad de Punta Arenas.


La campaña periodística de Sarmiento en Chile

Estrecho de Magallanes
Domingo F. Sarmiento

A fines de 1840, Domingo Faustino Sarmiento pasó a Chile como expatriado. Dos años después dirige el diario El Progreso, en la ciudad capital del país trasandino, que es subvencionado por el gobierno chileno. Desde ese diario, -y volvemos a repetirlo: financiado y sostenido por el gobierno chileno- comenzará Sarmiento una campaña incitando y promoviendo la ocupación de las tierras sobre el Estrecho de Magallanes. Según Sarmiento, lo hizo a instancia de un marino norteamericano, Jorge Mebon, quien lo interesó en la idea. Mebon había sido cazador de lobos y a fines de 1841 había solicitado una concesión al gobierno chileno para la explotación de un servicio de remolcadores en el estrecho. Ante ese pedido, el gobierno designó una comisión la que se expidió aconsejando la posesión efectiva del estrecho.

Pero podemos afirmar, que se inició esa campaña periodística, con el evidente concurso del gobierno de Santiago, quien de tal forma quería movilizar y obtener el apoyo de la opinión pública de aquél país para la realización de la empresa.

La participación de Sarmiento, fue decisiva, creando opinión como resulta de la carta que Pedro Díaz de Valdéz, le remitió a Jorge Mebon el 21 de noviembre de 1842: "Su estimable del 19 que acabo de recibir me ha llenado de satisfacción al ver que su asunto progresa rápidamente, gracias a los incomparables esfuerzos de su digno amigo Sarmiento. Tengo en mi poder todos los números de «El Progreso» que se han publicado hasta la fecha y debo confesar que la materia está tratada con mucha maestría..., la relación de Sarmiento es perfectamente satisfactoria..., y no deja nada bajo la posibilidad de ser cuestionable por nadie, en presencia de los inalterables documentos que presenta. Si Ud. lo ve no deje de saludarlo en mi nombre y expresarle mi gratitud por la parte activa que ha tomado en el negocio."

Nada mejor que seguir a Manuel Gálvez, en su obra biográfica "Vida de Sarmiento - El hombre de autoridad", quien con claridad desarrolla el tema.

Dice Gálvez:

"Va a salir El Progreso cuando se le presenta (a Sarmiento) el marinero norteamericano Jorge Mebon. Le habla de la ventaja para Chile de ocupar el estrecho de Magallanes y fundar allí una población, y le pide incitar al Gobierno a dar ese paso. Sarmiento se interesa. Promete estudiar el asunto y, pronto convencido, inicia "una serie de estudios -digámoslo con sus propias palabras, escritas posteriormente- que hoy, después de ocho años, no son del todo estériles". Sí, no han sido estériles para Chile...

Comienza esta campaña en el primer número de El Progreso, el 11 de noviembre de 1842, y termina el 28. Ocho artículos, dos de los cuales se publican en dos números cada uno. Sarmiento estudia la cuestión, sin hablar de la Argentina ni de sus derechos. Habla de que Chile puede, con la posesión de Magallanes, "asegurarse un porvenir colosal"; de las "inmensas ventajas que esta habilitación del Estrecho ha de acarrearnos"; de que sus artículos habrán mostrado "la necesidad absoluta" de adoptar providencias oportunas. Y termina con varias preguntas, entre las cuales ésta: "¿Quedan dudas, después de todo lo que hemos dicho, sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del Estrecho y establecer allí poblaciones chilenas? Pero, ¿qué se hará para aclararlas o desvanecerlas? ¿Permanecer en la inacción meses y meses? ¿Abandonarse a discusiones estériles?" Como se ve, exige la mayor urgencia.

¿Es Sarmiento el primero que se interesa por que Chile ocupe el Estrecho? El escritor chileno Armando Braun Menéndez demuestra, en Fuerte Bulnes, que el general O'Higgins pensaba en eso por lo menos desde 1841. En febrero del 42 le había escrito al Presidente Bulnes, y en agosto del mismo año al ministro Irarrázaval, sobre sus deseos de que se colonizara el Estrecho. Bulnes aceptó la idea, tanto que el 6 de abril del 42 nombró una persona para que, desde Chiloé, estudiara el asunto e informara. Pero hasta la campaña de Sarmiento no se había salido de este período previo. Por otra parte, Mebon, tan enterado de cuanto se refiere a la marina mercante y al asunto de Magallanes, creía que nada se había hecho, por cuanto se dirigió a Sarmiento. Es evidente que Mebon nada espera del Gobierno chileno, a lo menos para esos días. Más aún: existe una comisión especial para estudiar un proyecto de Mebon de organizar un servicio de remolcadores en el Estrecho -lo que, naturalmente, está relacionado con la ocupación de sus márgenes- y esta comisión, que ha dejado pasar un año, se expide al mes siguiente de terminada la campaña de Sarmiento. Y en fin, aunque el Gobierno de Chile se hubiera preocupado de ocupar Magallanes, eso no cambia en lo más mínimo la situación de Sarmiento como argentino.

El Gobierno de Chile resuélvese a proceder con rapidez, según los consejos de Sarmiento, y organiza la expedición, que parte el 21 de mayo de 1843. Y el 21 de setiembre de ese año, los expedicionarios, entre los cuales va Mebon, ocuparán en nombre de Chile, esas tierras que la Argentina considera suyas...

Estas páginas de Sarmiento no figuran en sus obras completas. El compilador dice, en una nota del tomo XXXV, no poseer la colección de El Progreso correspondiente a ese año... Pero esto es falso, pues en el tomo II figuran nueve artículos publicados por los mismos días.

Y si el compilador argentino no hizo sino reproducir una edición anterior publicada en Chile, quiere decir que el compilador chileno escondió los artículos. Sarmiento, años más tarde, en su periódico La Crónica, defenderá, en otra campaña, los "derechos" de Chile. Y en Recuerdos de Provincia se alabará así: "La ocupación de Magallanes ha salido de los trabajos de El Progreso, como la reivindicación de los títulos de posesión de Chile salió después de las investigaciones de La Crónica".

¿Cómo explicar esta actitud antiargentina? ¿Deseaba agradecer a sus favorecedores? ¿Hacer algo por Chile, para que no se le maltratara? ¿Siéntese chileno? 


Estrecho de Magallanes
Manuel Bulnes (C)


En el último artículo, editorial, que se publicó en El Progreso, el 28 de noviembre de 1842, el "argentino" Sarmiento dirá: "Concluiremos con algunas  reflexiones generales la ya harto difusa investigación sobre la posibilidad y ventajas de la colonización del Estrecho ¿Qué falta mientras tanto para que todos esos bienes puedan contarse en el número de las cosas positivas, para que en lugar de ser meras conjeturas o ilusiones risueñas pasen a ser hechos? Nada. Pues que nada sería dar el primer paso que es mandar al Estrecho algunas compañías de soldados y los víveres necesarios para su mantenimiento..."

Años después y cuando el gobierno argentino en 1847, reclama por la ocupación del estrecho por parte de Chile, Sarmiento, esta vez, desde las páginas de La Crónica, periódico que él dirige y que se edita desde principios de enero de 1849 en la imprenta que su yerno Julio Belín, ha instalado en Santiago, se dedica a defender la ocupación chilena, contra la integridad territorial argentina.

Pero sigamos el interesante relato de Gálvez.

Su más importante trabajo en La Crónica aparece el 11 de marzo (de 1849). En él ataca al gobierno de Buenos Aires, que ha reclamado a Chile, poco antes, por la ocupación del estrecho de Magallanes.

Empieza condenando estas querellas internacionales por "intereses frívolos". Cuestiones como la que "tan a deshora" suscita Rosas son indignas, mezquinas y ociosas e "invierten fondos, tiempo, atención, que debieran ser consagrados a otros intereses"; y promoverlas es propio sólo de "gobiernos engañados por una falsa gloria". Esta cuestión "ociosa improductiva para el Gobierno que la provoca", es indigna de aumentar un escándalo más en América, una desavenencia, acaso una guerra, Así estima Sarmiento la pérdida, para su patria, de territorios de formidable valor estratégico, de una de las grandes rutas del mundo...

El primer argumento que da en favor de Chile es que "un territorio limítrofe pertenecerá a aquel de dos estados a quien aproveche su ocupación, sin dañar ni menoscabar los intereses del otro". El Estrecho y sus márgenes son necesarios a Chile, en su camino hacia Europa; y para la Argentina, una posesión inútil. Si Chile abandonara el estrecho -se pregunta- "¿lo ocuparía Buenos Aires? ¿Para qué?". Y agrega: "Magallanes, pues, pertenece a Chile, por el principio de conveniencia propia, sin daño de tercero".

A este argumento se le puede objetar: que no debe considerarse sólo el interés momentáneo sino también el futuro; que la posesión del Estrecho por Chile, nación que siendo vecina de nuestra patria, pudiera llegar a ser su rival, perjudica a nuestros intereses para el porvenir; que no existe tal "principio", pues lo que Sarmiento llama así es una invención suya; y, finalmente, que, aun cuando fuese cierto lo que dice, no le corresponde decirlo a un argentino. 

El segundo argumento es el del derecho del primer ocupante. Sarmiento pregunta: "¿Quién no se siente humillado -en Chile, hay que interrumpirle- a la idea sola de mandar Chile, a consecuencia de las reclamaciones de Buenos Aires, a recoger sus colores, destruir sus poblaciones y abandonar su posesión, por condescender con un gobierno extraño?" El derecho de Chile es para Sarmiento un derecho de decoro, de dignidad, que el gobierno de Buenos Aires, "hermano del de Chile, debe cuidar de no atropellar".

El tercer argumento es que Buenos Aires ha dado su aquiescencia tácita. Sostiene él que ese gobierno ha consentido con su silencio de seis años. Este argumento, como el anterior, es bueno para Chile, pero, por eso mismo, muy malo para la Argentina.

Sarmiento considera la "pretensión" de Rosas como extemporánea, infundada, atentatoria y "provocativa de un conflicto sin motivo, y manifestación pura de un capricho y de un pretexto para encubrir malquerencia e intenciones hostiles a Chile".

Y no sólo cree Sarmiento, que el Estrecho pertenece a Chile, sino también que puede pertenecerle toda la Patagonia. Después de citar la ley de Indias de 1609, agrega: "Quedaría por saber aún si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires expresa que las tierras al sur de Mendoza, y poseídas aún hoy por chilenos, entraron en la demarcación del Virreinato, que, a no hacerlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo". Hoy se defiende a Sarmiento afirmando que en esos años nadie cree en el valor de la Patagonia. Pero es falso. Alberdi, en Montevideo, en El Edén del 6 de abril de 1843, había dicho: "la Patagonia, tan rica en minerales, campos, bosques, bahías, ríos navegables"...

Termina diciendo que sus consejos a Buenos Aires de dejar a Chile el Estrecho, no significan ni entrometimiento ni reproche. Y asegura que los verdaderos intereses de los pueblos "y el blanco de una política sabia, justa y provechosa" son: comercio, industria, población, inmigración, educación pública. De modo que para Sarmiento la defensa de territorios que el país creía suyos no figura entre sus verdaderos intereses...

El 29 de abril nuevo artículo, titulado Cuestiones de límites. De la Argentina le han escrito que sus páginas del 11 de marzo han desagradado, aun a personas que le son muy adictas. El autor de la carta exprésale que Magallanes, por su posición topográfica, nos pertenece y que, al crearse el Virreinato, después de creada la Audiencia de Chile, se reconocía que de él formaban parte "las provincias de Cuyo y de Magallanes".

Sarmiento contesta: sus principios son absolutos, y no datan de hoy ni se refieren solamente a Magallanes. Son aplicables a todas las cuestiones americanas, "deplorables en sus resultados, inútiles en sus consecuencias, vergonzosas en el principio que las mueve". Como se ve, a Sarmiento le parece vergonzoso el reclamar territorios que consideramos nuestros...

Aconseja a los argentinos ocuparse en reconquistar "sus propias casas, amenazadas por los salvajes", en vez de inquietarse por lugares lejanos, "sin provecho próximo ni futuro". Dice que millones de pesos y millares de víctimas se han sacrificado en los últimos diez años "a lo que se llama la integridad del pueblo argentino, aunque en cambio hayan desaparecido del mapa ciudades del interior". ¿Qué ciudades han desaparecido?

Va a repetir sus argumentos. Pero antes, declara que la cuestión de Magallanes le interesa también por un motivo personal. Recuerda, cómo en 1842, llevando adelante una idea, fecunda en bienes para Chile, "insistimos porque se colonizase aquel punto". Ahora, como entonces, tiene la convicción de que ese territorio era útil a Chile e inútil a la Argentina. Luego habla de la Patagonia, que figura en los mapas europeos cómo tierra no ocupada, y, olvidándose de que los pueblos del interior y los campos se han despoblado por causa, de las guerras que unitarios y, extranjeros promovieron a Rosas, agrega: "y no sabemos si sería obra de caridad arrebatar el terreno, para poblarlo, a un gobierno como el argentino, que no es capaz de conservar poblado el que le dejó sometido y pacífico la España".

Estrecho de Magallanes
Bernardo de Irigoyen (D)



En Mendoza, la revista La Ilustración Argentina, cuyo primer número apareció el 1° de mayo de 1849, que dirigían Bernardo de Irigoyen y Juan Llerena, tenía entre sus finalidades apoyar los intereses argentinos en la cuestión Magallanes y también contrabalancear la campaña que Sarmiento hacía en Chile contra la política de la Confederación Argentina.

Sarmiento en un nuevo artículo del 14 de julio intenta refutar los argumentos de La lustración Argentina, e insiste en la importancia de la Cédula real de creación de la Audiencia de Chile. La Ilustración Argentina lo ha tildado de "traidor".

El 29 de julio, Sarmiento en un nuevo artículo, trata de refutar los argumentos de La Ilustración Argentina.

El 5 de agosto se publica un nuevo artículo de Sarmiento, en el que recuerda todos los antecedentes, la visita de Mebon quien le pidió su concurso para incitar al gobierno chileno a la ocupación del estrecho, etc.

Sigue contando Gálvez:

Va ahora a comparar los títulos de ambas naciones a la propiedad de Magallanes, según su entender; pero, antes, expresa que sus móviles, al ventilar esta cuestión, han sido: "Defender la colonia a cuya fundación había contribuido con mis escritos; ahorrar a los argentinos un nuevo enredo, del cual no saldrían en diez años sino por una guerra ruinosa; y romperle en las manos al tirano el instrumento con que esclaviza a mi patria". Y lo hace él, un argentino, en vez del Gobierno de Chile, para que el amor propio nacional no quede interesado. Transcribe los títulos a dos columnas, frente a frente: los de Buenos Aires -no dice "Rosas"- y los de Chile, y termina con estas palabras, que un verdadero argentino sólo las cree después de haberlas visto en La Crónica y firmadas por Sarmiento: "No me ocurre como se atreve el Gobierno de Buenos Aires, en vistas de estas demostraciones, a sostener ni mentar siquiera sus derechos al estrecho de Magallanes, si bien sé que una vez que toma el freno, no suele largarlo si no le rompen las quijadas a golpes. Pero para Chile, para los argentinos, para mí, bástenos la seguridad de que ni sombra ni pretexto de controversia le queda, con los documentos y razones que dejo colacionados".

Aún no concluye aquí el asunto. La Gaceta (de Buenos Aires) le cita documentos en favor de los derechos argentinos a Magallanes, cuyo valor probatorio reconocerá él mismo cerca de treinta años más tarde.

Poco menos de tres años más tarde, el 3 de febrero de 1852, Rosas es desalojado del poder. La cuestión de Magallanes deja de tener importancia para los gobiernos que lo suceden.

En 1868 Sarmiento, el que otrora y casi un cuarto de siglo atrás, había renegado de su nacionalidad argentina, es elegido nuevo presidente de la República Argentina. Pocos días antes del 12 de octubre de dicho año, fecha ésta en la cual debía ceñirse la banda presidencial, el diario La Nación Argentina, dirigido por Bartolomé Mitre, trae nuevamente a colación el tema Magallanes y la posición sostenida antes por Sarmiento.

Sigamos con el relato de Gálvez.

En el editorial El primer disparo, establece posición frente al nuevo gobierno, y, recogiendo una "tremenda acusación" que acaba de hacer al Presidente electo El Pueblo Argentino, asegura que Sarmiento "ha sostenido en Chile, contra su patria, los pretendidos derechos de un país extranjero para despojarla de su territorio". Como el sarmientista El Nacional, no pudiendo desmentir, dijera que el futuro Presidente, "cualesquiera que hayan sido sus opiniones no puede hoy tener otras que las que sostengan el decoro y la integridad de nuestro territorio", La Nación Argentina, arguye: "como si un argentino, por no ser Presidente, estuviera exonerado de los más sagrados deberes del patriotismo". Y termina con las siguientes palabras: "Si esto resultase plenamente probado; no creemos que haya ningún hombre, cualquiera que sea su nacionalidad, que intente justificar al señor Sarmiento; pues hasta hoy; todos los pueblos del mundo han condenado del modo más terrible al que atenta contra la integridad del territorio de su país, en beneficio de un gobierno extranjero".

La denuncia causa estupor. Muchos no la creen, la suponen una calumnia. Nadie sabía palabra del asunto de Magallanes, y sorprende que los enemigos de Sarmiento no hayan utilizado semejante arma terrible durante los días de la lucha presidencial. Pero el 6 de octubre la ciudad sale de dudas. Con el título El cuerpo del delito y sin mayores comentarios, La Nación Argentina reproduce el artículo publicado por Sarmiento en La Crónica, en Chile, el 4 de mayo de 1849. Son cuatro columnas y media, precedidas por estas frases: "Vamos a entrar a la prueba que hemos ofrecido". Dice también el diario que Sarmiento "ha sido el abogado de un gobierno extranjero contra su propio país y que él "ha sugerido, ha propagado y ha hecho triunfar la idea de hacer despojar a la República Argentina de sus territorios". Y terminada la transcripción del artículo, agrega que Sarmiento, después de eso, "inició en la prensa la tarea de probar que no pertenecían, a la República Argentina, sino a Chile los territorios de la Patagonia que hoy Chile señala en sus mapas bajo el nombre de Chile oriental".

El 8 de octubre, La Nación Argentina vuelve a hablar del asunto. Transcribe el Resumen de la Cuestión Magallanes, publicado por Sarmiento en La Crónica. Sucede también que, El Nacional, el diario de Vélez Sársfield, no encontrando modo de defender a Sarmiento, dice que esa cuestión de Magallanes la hizo por atacar a Rosas; recuerda que Florencio Varela y Valentín Alsina llamaron a las armas francesas contra Buenos Aires, e invita al diario mitrista a considerar como traidores a "esos venerables argentinos"; y vuelve a asegurar que Sarmiento no entregará a Chile las tierras magallánicas. A esto último contesta La Nación Argentina, sarcásticamente, que habrá que pedir "un voto de gracia para Sarmiento, por tanta generosidad". En cuanto a lo primero, pregunta si es atacar a Rosas o a la República Argentina "el aconsejar a los gobiernos extranjeros que le arrebaten sus territorios", y exclama: "¿Son acaso de Rosas o de la República Argentina, las tierras de Magallanes?" Y en cuanto a Varela y a Alsina, no niega el órgano mitrista, vale decir, liberal y unitario, que llamaran a las armas francesas, pero dice que ellas no entraron nunca en territorio argentino y que esos "venerables ciudadanos" no ofrecieron a Francia tierras argentinas. La Nación olvida que los franceses ocuparon Martín García, y que Varela, como está probado por el testimonio del general Paz, unitario como ellos, pretendía agregar al Uruguay; las provincias de Entre Ríos y de Corrientes. ¡Como habrá gozado en Southampton don Juan Manuel, al saber que sus antiguos enemigos se llaman traidores unos a otros!

Por esos días, el marino y patriota Luis Piedrabuena, quien tanto hizo por el sur argentino, tiene intenciones de ocupar la costa del Estrecho. Viene a Buenos Aires para obtener los recursos para la empresa. A pocos días de dejar la presidencia, Mitre le promete los recursos, pero Piedrabuena espera la asunción de Sarmiento para hablar con él. Sarmiento, según Piedrabuena, le dirá: "que no teníamos marina, que costaba mucho mantener un buque de guerra; que estábamos muy pobres y que ese territorio, más bien les convenía a los chilenos por ser el paso para el Pacífico..."

Hemos visto así, quien instigó la ocupación chilena del estrecho de Magallanes. Por falta de espacio en esta edición no podemos desarrollar el tema de la actitud que ante ese hecho asumió el gobierno de Rosas, pero lo abordaremos en el próximo número de este periódico.


Fuentes

Font Ezcurra, Ricardo. "La unidad nacional", Edición Theoría, Buenos Aires, 1961.

Gálvez, Manuel. "Vida de Sarmiento - El hombre de autoridad", 3° edición, Editorial Tor SRL, Buenos Aires, 1957.

Sierra, Vicente. "Historia de la Argentina, Tomo IX, Gobierno de Rosas - Su caída - Hacia un nuevo régimen,1840-1852". Editorial Científica Argentina, 1972.


(A) "Tabula Magellanica" realizada en 1635 por el cartógrafo holandés Willem Janszoon Blaeu.

(B) Fernando o Hernando de Magallanes (1480-1521), marino portugués al servicio de la Corona española.

(C) Gral. Manuel Bulnes, Presidente de Chile en el período 1841-1851. Pintura realizada en 1841 por Raymond Monvoisin.

(D) El joven Bernardo de Irigoyen, en "La Ilustración Argentina" defendió los derechos argentinos, sobre las tierras magallánicas.

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El escritor chileno José Miguel Irarrazábal Larrain llama a Sarmiento "el antiguo campeón de los derechos de Chile a la región de Magallanes".

"La ocupación de Magallanes había sido pedida muchas veces por la prensa"(Diego Barros Arana, historiador chileno, en Un Decenio en la Historia de Chile)

Francisco J. Rosales, encargado de negocios chileno en París, publica un folleto que titula "Apuntes sobre Chile", en el cual aconseja el abandono de la colonia instalada en el Estrecho, por considerar que el mismo se encontraba en territorio argentino.