Manuel A. Bilbao -hijo del escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.
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lunes, 17 de noviembre de 2025
viernes, 1 de septiembre de 2017
Anécdotas - Un gallego de ...Cádiz
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XI N° 44 - Setiembre 2017 - Pags. 12 a 14
Anécdotas
Un
gallego de… Cádiz
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Aproximadamente a fines de los años 30 o principios de los años 40 del S XIX, arribó al Río de la Plata, un músico español y empresario de teatro, llamado Francisco Gambín. Después de pasar por Montevideo, donde le habían hablado del Nerón del Plata -como llamaban allí a Juan Manuel de Rosas- y debido a las continuas luchas en la vecina orilla entre blancos y colorados, decidió trasladarse a Buenos Aires y tentar nueva suerte por estos lares.
Portaba una misiva de recomendación de Manuel Oribe -jefe de los blancos- para su amigo Rosas.
Después de arribar a puerto y con la divisa federal prendida en el ojal de su casaca, se presentó al capitán del puerto Pedro Ximeno, para dirigirse de inmediato a la residencia del gobernador en Palermo, portando la importante carta de recomendación.
Después de recibirlo y mirarlo de arriba abajo y de leer la carta de Oribe, Rosas le preguntó:
— ¿Usted es gallego?
— No, señor, — le contestó don Francisco, sonriendo maliciosamente; — soy nativo de Cádiz.
— Bueno, — afirmó Rozas, impaciente, — gallego de Cádiz.
— No, señor, — le retrucó nuestro hombre, achacando a ignorancia geográfica la afirmación de su excelencia; — andaluz de Cádiz.
— ¿Y por qué usa la divisa? — le preguntó Rozas, que seguía observándolo, sin hacer caso de la rectificación.
— ¡La divisa! — exclamó don Francisco, palideciendo ante aquella mirada escrutadora.
— Uso la divisa porque... — agregó, tartamudeando, sin hallar en su solfa una nota que armonizara con la pregunta.
— Esa divisa, — le dijo entonces Rozas, con un fruncimiento de cejas que más lo estremeciera,— no la usan los gallegos si no son federales probados, ¿entiende?, y usted ha de ser uno de tantos que por adulonería se la ponen. Sáquesela no más y espere a que yo se lo ordene para ponérsela… En fin, ¿qué quiere? — volvió a preguntarle bruscamente.
— Pues yo he venido, excelentísimo señor, porque se me ha dicho que su excelencia desea que le formen una banda militar y yo podría...
— ¿Quién se lo ha dicho?
— Últimamente el coronel Ximeno.
— ¿Usted es músico?
— Sí, excelentísimo señor.
— ¿Y qué instrumento toca?
— ¡Aguda! — exclamó su excelencia sorprendido. — ¡Flauta aguda!... ¿Qué instrumento es ese? — preguntó, como si extrañara el denominativo.
— Este, excelentísimo señor, — repuso el músico, quien, por lo que pudiera ocurrir o por lo que potes contingere, como él me decía, lo llevaba en el bolsillo, y desenfundó un diminuto instrumento de ébano con varios agujeritos.
Rozas se lo tomó, hizo como si lo examinara prolijamente y devolviéndoselo:
— ¿Luego lo que usted toca es el pito? — le preguntó, un si es o no es burlesco.
— Flauta aguda, excelentísimo señor... — replicó don Francisco — Flauta aguda,— repitió, — a que algunos dan, impropiamente, el nombre de pífano (1).
— No jorobe, amigo,— le contestó Rozas, tomando de nuevo el instrumento y haciendo que lo examinaba más detenidamente, — este es un pito, — y soplando en el primer agujero produjo una nota chillona, para añadir en seguida: — ¿No ve que es un pito?
Don Francisco quiso protestar de nuevo; pero se contuvo porque con «aquel hombre» no había discusión posible. (Después supo que se lo había estado «fumando» (2)). Por otra parte, fuera pito o fuera flauta, — flauta o pito, — nada le importaba con tal de conseguir su objeto.
— Bueno, excelentísimo señor, será pito, — contestó transigiendo. — En Europa y en algunas partes de América, — añadió, con cierta importancia comunicativa, — ese …instrumento es indispensable en las bandas. No hay banda que no lo tenga ya.
— A ver, toque — le insinuó Rozas, devolviéndoselo.
— ¡Solo, señor! — exclamó don Francisco. — No se acostumbra.
— ¿Y a mí qué me importa que no se acostumbre? — le replicó Rozas impaciente. — A ver, ¡toque!... ¿o es que no sabe?
— ¡Que no sé! — volvió a exclamar don Francisco, indignado por lo que él consideraba «una» de las mayores ofensas que pudieran hacerle. (Decirle a él, a don Francisco Gambín, que no sabía tocar su instrumento favorito... ¡No faltaba más!) — Pues, bien, excelentísimo señor, — barbotó, en un suspiro de conmoción profunda, — por complaceros allá va y …perdonad sus muchas faltas, como se dice en los sainetes.
Y poniéndose en postura y alzando la mirada, cómo si implorase en ella a sus dioses penates, produjo una escala «brava» y la emprendió en seguida con un solo de flautín. Y fue tan del agrado del excelentísimo señor y aun del «competentísimo» don Eusebio de la Santa Federación (3) que acudido había y seguía con gesticulaciones payasescas aquellas notas «chillonas», que, inmediatamente, don Francisco quedó nombrado «músico mayor de Palermo», con la obligación de formar la referida banda militar que serviría de retreta y para dar «conciertos» en el histórico puente del lago, donde atracaba el famoso vaporcito de ruedas (4).
— Pues manos a la obra, —se dijo don Francisco, satisfecho de su suerte y de lo bien que lo había tratado su excelencia, para añadir, en el colmo de su gozo: — Si ya decía yo que no era tan fiero el león como lo pintan!
Y, en un periquete, a este quiero y a aquel desahucio, formó su banda marcial con los más hábiles cornetas que en Palermo había.
Y, fue una tarde, — de verano, por más señas, — en que, adiestrados ya sus discípulos «magistralmente», se dispuso, rebosante de orgullosa vanidad, darle, a su excelencia, «la gran sorpresa del siglo». Así, pues, dirigióse, cautelosamente, muy cautelosamente, a las habitaciones en que su excelencia, solía recibirlo cuando estaba de buen humor.
— Ya verán, ya verán — iba diciendo «in mente» — cómo se pone el «héroe del desierto» cuando oiga...
Y engolfado en la prematura satisfacción que la agradable sorpresa les produciría a cuantos le oyeran «su banda», aquí entro y allí salgo, logró, por fin dar con una puerta tras la cual le pareció oír la voz de su excelencia. Abre, y …efectivamente, el «héroe del desierto » allí estaba, en aquella habitación, conversando familiarmente, «muy familiarmente», — añadía don Francisco, — con una hermosa dama.
— ¡Eh! — le gritó Rozas al verlo, frunciendo el ceño. — ¿Cómo se atreve? ¿Qué quiere? — clavando en él la mirada terriblemente fría de sus ojos azules.
— Pues… —articuló don Francisco, tartamudeando y temblando como perro chino en invierno, — ¡nada,señor!... Es que la banda... Sí, señor, la banda ya está dispuesta esperando a que su excelencia quiera... — y salió de allí a todo escape, gesticulando, accionando y murmurando: — ¡Me fusila! No hay más que me fusila el tirano... Lo he leído en su actitud... El león es más fiero de lo que lo pintan... — Y aquí caigo y allí me levanto, llegó al puente, en el que, firme, lo esperaba «su» banda de cornetas.
— Atención, muchachos, — les gritó con la voz trémula y ademanes descompasados de mando. — Atención, he dicho, — añadió, enarbolando su diminuto instrumento a guisa de batuta. — ¡Vamos, que ya viene su excelencia! A ver, tres por cuatro… El minué nacional. ¡Mucho cuidado! ¡Mucho cuidado!
Y señalando el compás con el referido instrumento, la emprendió con su flautín «dele que le das», cuando vio venir a su excelencia, acompañado de Manuelita y otras damas; de los representantes del cuerpo diplomático francés, — con los que su excelencia acababa de ajustar el tratado de paz; — el ministro Arana; oficiales de guardia, y otras personas que, a distancia respetuosa, prestaban curiosa atención, como aquéllos, a las bien combinadas y ejecutadas armonías de la banda, que tocaba la pieza favorita de Rozas, como nunca se había oído en Palermo.
« — ¿A mí, señor? — le pregunté, más muerto que vivo.
« — Sí, a usted — me contestó, riendo de una manera para mí incomprensible, — a usted, el del pitito.
«No había más remedio que acudir, y así lo hice, cabizbajo, resignado como carnero que llevan al matadero, con cara de espectro y mi instrumento «en la diestra temblorosa ».
« — Vea, — me dijo aquel hombre imponente, cuando me tuvo a su lado, — usted merece...
« — Perdón, excelentísimo señor, — balbuceé, sin dejar que concluyera. — ¡Yo no he visto nada!... ¡Son visiones!... — gemí, desolado.
«— ¡Está usted loco, señor músico! — exclamó su excelencia, para añadir: — ¡Qué perdón ni qué visiones!... Merece usted, según la opinión de todos, por lo bien que ha organizado la banda, un premio.
« — ¡Un premio, señor!'... ¡Excelentísimo señor!... — dije, creyendo que soñaba.
« — Sí, pues, — recalcó Rozas, — tome, — añadió, mostrándome una reluciente onza con su busto.
« — Y yo — repuso don Eusebio de la Santa Federación, solemnemente vestido de mariscal — te condecoro, porque ya lo mereces, con nuestra sagrada divisa, —poniéndome en el ojal el cintillo rojo, añadiendo: — A ver, gallego de Cádiz, repite conmigo: ¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios!
« — ¡Con que... una onza! — balbuceé, asombrado peripatéticamente, después de repetir la leyenda, no acertando a tomar la recompensa a mis desvelos, mientras don Eusebio, con sus gesticulaciones ridículamente graves e irónicas, me condecoraba. — ¡Cuánta bondad, excelentísimo señor!... Y yo que creía...
« — No creas nada, desgraciado, — me dijo el bufón de Palermo; — ni lo que veas con tus propios ojos, ni lo que palpes con tus propias manos, porque todo te saldrá al revés.
« — ¡Siga la música! — ordenó su excelencia cuando yo, tomando y besando fervorosamente la aurífera moneda, volví a «mi» banda repitiendo «in pecto»: Si bien dice el refrán que no es tan fiero el león como lo pintan.
« Y ya en el puente, aturdido, pasmado, asombrado, no pudiendo contener los impulsos de mi conmoción infinita, dirígime a mis subordinados y barbotando las palabras, les dije: Muchachos, griten conmigo: «¡Viva el excelentísimo general don Juan Manuel de Rozas!» «¡Viva!» «¡Viva el héroe del desierto y gran restaurador de las leyes!» «¡Viva!» «¡Federación o muerte!»
« Y los cornetas terminaron el estribillo: «Mueran los salvajes unitarios!...» en tanto que, su excelencia y la compañía tomaban asiento en el vaporcito de ruedas que empezó a «navegar» en el estrecho y corto lago a los acordes de «mi» banda, en la que, en ese instante, descollaban deliciosamente, las notas agudas de mi pitito»
Notas
(1) El pífano -vulgarmente llamado también pito- es un instrumento musical de viento, consistente en una pequeña flauta muy aguda y estridente, que se toca atravesada -el instrumento se coloca transversalmente al cuerpo del ejecutante y se sujeta con las dos manos- , utilizada generalmente en las bandas militares, para la infantería, acompañadas por un tambor. El instrumento es cilíndrico con siete orificios circulares, siendo uno destinado a soplar y los restantes a los dedos.
Es originario del medioevo, siendo los suizos quienes lo introdujeron en sus regimientos, adoptado luego por franceses, extendiéndose también al resto de las bandas militares europeas, pasando más tarde a América.
(2) "...lo había estado "Fumando" = "...lo había estado cargando".
(3) Eusebio de la Santa Federación, era un bufón que vivía en la residencia que Rosas tenía en Palermo y con el cual entretenía a sus visitantes.
(4) Ver ER N° 19 de junio de 2011.
Fuente.
Rafael Barreda "De mis recuerdos", en la revista "Caras y caretas" N° 986 del 25/8/1917, titulada "El tirano Rozas y su músico mayor - El del pitito".
jueves, 1 de diciembre de 2011
Anécdotas - Ña María la carretera
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 21 - Diciembre 2011 - Pag. 5
ANÉCDOTAS
Ña María la carretera
Por Bernardo Lozier Almazán
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| Carreteros preparando su comida. William Mac Cann |
Corría
el lluvioso mes de abril de 1843, cuando por el camino que conducía desde el
pueblo de San Fernando de Buena Vista a Buenos Aires avanzaba trabajosamente Ña María la carretera. Había pasado
Ña María, que llevaba en su carreta una
pesada carga de bultos, correspondencia para Buenos Aires y, como pasajeros, a
una señora con varios niños, comenzó a preocuparse ante la perspectiva de que
los sorprendiera la noche en tal peligrosa situación, dado los bandidos que
merodeaban la región. Como corresponde en estos casos, la carretera comenzó a
despotricar contra las autoridades, dedicándole todo tipo de improperios a los
jueces de Paz, Alcaldes y hasta al mismísimo gobernador don Juan Manuel de
Rosas por el pésimo estado de los caminos.
En
eso estaba, con toda la furia, cuando apareció por el camino un jinete muy bien
montado, a quien pidió ayuda mientras seguía protestando contra el gobernador y
toda la manga de inútiles que lo rodeaban. El paisano muy sonriente acompañó en
sus protestas a la pobre carretera que, sintiéndose estimulada iba aumentando
sus insultos a la autoridad.
Al
fin, el jinete –demostrando una gran destreza criolla– puso su caballo a tiro y
logró desencajar la carreta. La alegría de Ña
María era indescriptible, por lo que llegó a ofrecerle una propina al paisano
que la había sacado de tan mal trance, dádiva que no aceptó de ninguna manera.
El gaucho se despidió y partió al galope mientras la carretera quedó
observándolo y diciendo: “¡Que paisano tan güeno
y bien montao!”.
La
carretera retomó la marcha apurando el lerdo paso de los bueyes para llegar al
anochecer a Buenos Aires, poniendo fin al tan accidentado viaje en
A
la mañana siguiente, Ña María se
encontraba preparando el regreso, cuando se le presentó un soldado, muy
ataviado de color punzó, para comunicarle que don Antonino Reyes, comandante de
las tropas federales, la citaba en San Benito de Palermo. El susto de la pobre
carretera fue tal que casi llega al desmayo mientras recordaba las críticas que
había proferido contra don Juan Manuel.
No
obstante, se hizo presente en la residencia de San Benito, siendo conducida
ante Rosas. Fue en aquel momento que creyó desplomarse, cuando descubrió que se
encontraba ante el mismísimo paisano que en la víspera la había ayudado a salir
del pantano.
Según
nos relata el recordado historiador sanfernandino, Héctor Adolfo Cordero, el
Restaurador mantuvo un cordial diálogo con Ña
María, admitiéndole que tenía razón en cuanto que había que reparar los caminos. La entrevista tuvo el
final feliz de los buenos cuentos, ya que la carretera salió de San Benito
encantada con el Gobernador quien, le obsequió doscientos pesos de aquellos,
que no eran pocos, y le prometió que libraría a sus hijos del servicio militar,
para que la ayudaran en su pesada tarea de carretera.
Ña María había nacido el 18 de febrero
de 1792 en el pueblo de Santa María de las Conchas (actualmente Tigre), en cuya
parroquial pila bautismal le impusieron los nombres de María de los Santos,
quedando registrado que sus padres fueron don Marcelino Sayas y doña María
Zárate, ambos de antiquísima raigambre criolla.
Enrique Udaondo refiere que María de los Santos Sayas “era la persona que hacía el correo desde la época en que se estableció por decreto del 6 de diciembre de 1821 […] ya que habían desempeñado el mismo oficio sus ascendientes desde el año 1747…”.
De tal manera rescatamos del olvido a aquella criolla que se había dedicado durante toda su vida a la abnegada tarea de Carretera y Correo, transportando dos veces por semana pasajeros, bultos y correo entre los pueblos de las Conchas, San Fernando de Buena Vista, San Isidro y Buenos Aires, hasta que el cóleras le quitó la vida el 11 de febrero de 1868. También recreamos esta simpática anécdota federal trasmitida por tradición oral por los descendientes de Ña María.
martes, 1 de marzo de 2011
Anécdotas . Juan Bazo
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 18 - Marzo 2011 - Pags. 8 y 9
ANÉCDOTAS
El comandante Juan Bazo
El escritor Manuel Bilbao (h) en “Tradiciones y recuerdos
de Buenos Aires”, publicado en el año 1934, relata la siguiente anécdota, que
habría tenido lugar en 1840 durante la invasión del Gral. Lavalle, a la cual se
hizo referencia en el artículo de tapa de nuestro número anterior.
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| Soldados federales |
La sorpresa que causó la rápida marcha no fue aprovechada
por el jefe unitario, al que, probablemente, le fallaron los elementos con que
creía contar y que en el momento preciso no le respondieron.
Las comunicaciones militares con Santa Fe eran
activísimas cuando el ejército de Oribe marchaba detrás del de Lavalle. Los
partes y órdenes iban y venían con gran celeridad. Se desconfiaba de todo y se
procedía sin contemplaciones con los sospechosos y dudosos de cualquier clase y
categoría que fuesen, tanto militares como civiles, porque las circunstancias
así lo exigían.
En esos momentos un jefe, que acababa de llegar del
norte, manifestó que tenía que comunicar algo grave a Rosas, siendo recibido
enseguida por éste. Manifestó el recién llegado que durante su regreso de uno
de los viajes al norte se había encontrado con el comandante Bazo en un día de
calor muy grande, poniéndose a conservar con él a la sombra de un árbol, donde,
sacando un chifle de su recado, le convidó con agua con coñac, lo que le sentó
muy bien y les amenizó la charla, durante la cual dijo que llevaba unas comunicaciones
para Lavalle.
Se tocó la caña de su bota y agregó: “Aquí las llevo.”
-Yo cumplo con mi deber de
buen federal a comunicárselo a V. E. en estos momentos en que hay que dudar de
todo.
-¿Está usted seguro de lo que
me dice, señor comandante?-
le interrogó Rosas.
-¡Segurísimo, excelentísimo
señor!
-Puede retirarse.
Inmediatamente Rosas ordenó la prisión del comandante
Bazo, siendo conducido al cuartel del Retiro, donde se le puso una barra de
grillos y, previos los auxilios espirituales, fuese fusilado al salir el sol.
El comandante Bazo recibió la orden en momentos que se
sentaba a cenar, cansado y a medio vestir, pues recién llegaba de su oficina.
La señora le preguntó qué pasaba, y Bazo le contestó que no sabía, pero que
tenía orden de presentarse al cuartel del Retiro. Se despidió de ella y se
marchó en seguida.
El tiempo transcurría sin que en su casa se supiera nada
de lo que podría ocurrirle, lo que hizo que su esposa doña Juana Nin, alarmada
al pasar el tiempo sin que su esposo regresara, resolviera, a pesar de la hora -eran
más de las once de la noche-, ir a casa de su vecino y amigo el general Pinedo
que, como ella, vivía en la calle Tucumán entre Florida y Maipú, para contarle
lo que pasaba y sus temores de que su esposo fuese víctima de alguna intriga
que pusiera en peligro su vida.
Pinedo la escuchó y le dijo:
-¡No puede ser! tranquilícese.
Ahora mismo salgo para averiguar lo que ocurre. Váyase tranquila y espere.
El general partió en seguida, acompañado de su asistente,
dirigiéndose al cuartel del Retiro, donde se informó de todo.
Inmediatamente después de esto se fue a Palermo, donde,
cuando llegó, todo el mundo dormía.
Hizo llamar al oficial de guardia y, por intermedio de
éste, avisar a Manuelita, quien al poco tiempo le recibió y le dijo que su
tatita dormía y que a esa hora ella no se atrevía a despertarle.
Pinedo le insistió y le contó la gravedad del caso, pues
si no se procedía con rapidez sería tarde al día siguiente.
En vista de esto, Manuelita despertó a Rosas y le dijo
que hacía eso por pedido del general Pinedo, que acababa de llegar y se lo
pedía por un asunto muy urgente.
Rosas hizo pasar a Pinedo y le dijo;
-¿Qué ocurre, mi general?
-Disculpe vuestra excelencia
si me he permitido llegar hasta usted a estas horas, pero acabo de informarme
que el comandante Juan Bazo, jefe del Detal, va a ser fusilado en el cuartel
del Retiro por orden de vuestra excelencia, y como faltan muy pocas horas para
esto, es que quiero informarle de quién es Bazo.
-Es cierto
-dijo Rosas-; por traidor.
-Permítame,
excelentísimo señor: eso no es cierto. Yo respondo por él.
Rosas informó a Pinedo de la denuncia que se le había
hecho y quién era el delator, y preguntó a Pinedo:
-¿Qué haría usted en mi lugar?
Pinedo le contestó:
-Yo, excelentísimo señor,
respondo por él y le ruego dé la orden de suspender inmediatamente la
ejecución, pues empieza a aclarar y todo será tarde después.
-Esta bien- dijo
Rosas -¿Usted me responde por el
comandante Bazo, general Pinedo?
-Sí, excelentísimo
señor!
-Pues bien
-dijo Rosas-, voy a ordenar en seguida
que el general Corvalán vaya en un coche y traiga aquí al comandante Bazo.
La orden se cumplió rápidamente, pues los minutos corrían
velozmente, siendo ya bastante claro.
El general Corvalán llegó al cuartel del Retiro, llamó al
jefe y le comunicó la orden que llevaba, y, junto con éste, fueron al calabozo
donde estaba Bazo, quien había tomado la resolución de no dejarse fusilar, sino
la de morir peleando cuando lo fuesen a sacar para el banquillo; así es que al
sentir que iban abrir la puerta de su calabozo se preparó. Pero nada hizo al
ver al general Corvalán y al jefe del cuartel que le decían:
-Qué tal, amigo? Le
venimos a buscar de parte de su excelencia para ir a Palermo.
Era una hermosa madrugada del mes de diciembre. Era día
claro ya cuando llegaron a casa de Rosas. Este con Pinedo, se paseaba por uno de
los corredores. El general Corvalán condujo allí al comandante Bazo y se retiro
una vez cumplida su misión.
Rosas dijo a Bazo:
-El comandante X denunció a
usted de haber sido conductor de pliegos para el general Lavalle cuando éste
marchaba para Santa Fe.
-Eso no es cierto,
excelentísimo señor. Yo no he salido de Buenos Aires.
-Es exacto lo que dice el
comandante Bazo
-afirmó el general Pinedo- y debo agregarle
que es un oficial pundonoroso que jamás se habría prestado a ello.
Siguieron conversando y Rosas terminó por decir:
-Queda usted en libertad,
señor comandante Bazo.
-Muchas gracias, excelentísimo
señor.
Rosas había observado minuciosamente, durante la
entrevista, la ropa de Bazo, y le dijo
-Noto, señor comandante, que
su ropa y su calzado están en malas condiciones.
-Es verdad, excelentísimo
señor, pero como tengo tanta familia y los tiempos están tan malos, no hay para
más.
-Espere un momento -le dijo Rosas-, y le entregó
una orden para un traje y calzado nuevos que le regalaba. Luego agregó: -Desde mañana queda usted al servicio de la
secretaría. Puede retirarse.
-Muy bien, excelentísimo
señor, y muchas gracias por todo y por la rápida justicia que se ha hecho al
salvarme la vida, obsequiarme y darme un nuevo destino.
-Nada tiene que agradecerme -le dijo el Restaurador-. La justicia no se ha acabado de hacer, pero
se hará.
Al día siguiente el comandante X era ejecutado en el
cuartel del Retiro por falso delator.
Esta medida terminó con las falsas denuncias que muchos
hacían para adelantar en sus negocios o en su carrera militar.
La nobleza del comandante Bazo llegó a tal punto, que
pidió a su esposa e hijos que cuando recordasen este episodio de su vida jamás
diesen el nombre del comandante que le calumnió y que pagó con su vida su
acción. Esa es la razón del porqué, conociéndolo, no lo mencionamos en esta
narración, pues sus descendientes cumplen el mandato de su antepasado.
En su nuevo puesto el comandante Bazo reveló una
excelente letra, lo que le valió que lo ocupara Rosas para la redacción de sus
mensajes y cosas especiales. Esto le produjo gran cansancio mental y una enfermedad
a la vista.
Al retirarse de la secretaría fue encargado de la
organización de una pequeña brigada de las tres armas, y cuando la tuvo lista
se le ordenó marchar a Entre Ríos al frente de ella. Esto ocurría a mediados
del año 1845.
Estas fuerzas iban a operar bajo las órdenes del general
Urquiza, destinándolas éste a actuar sobre la costa del río Uruguay, en donde
en uno de los muchos combates por allí realizados, estando destacado en
Gualeguay, fue herido Bazo por el fragmento de una piedra que saltó al rebotar
una bala de cañón de la escuadrilla que mandaba Garibaldi.
Al poco tiempo de partir esta expedición, un día recibió
Manuelita la visita de la esposa de Bazo, la que con todos los reparos del caso
le manifestó que tenía que recurrir a ella por una razón de fuerza mayor
producida por las grandes lluvias que acababan de caer, en que se le había
llovido toda la casa, encontrándose con algunos techos en peligro.
Manuelita la escuchó, y le preguntó que más necesitaba.
-Nada más por ahora, gracias a
Dios.
-¿Y sus chicos?
-Muy buenos todos.
-¿Van a la escuela?
-No van porque no los puedo
mandar.
-Bueno, mañana usted los manda
al colegio, y no se preocupe por ellos, porque yo arreglaré todo eso. En cuanto
a los desperfectos producidos en su casa, mañana se empezarán a arreglar.
Y así fue.
Los acontecimientos políticos tomaban un nuevo cariz y
las relaciones entre Rosas y Urquiza eran cada vez más tirantes, hasta que éste
último se pronunció contra Rosas el 1° de mayo de 1851.
Urquiza, con el ojo previsor que tenía, procedió a dar de
baja del ejército a todos los jefes y oficiales que no le eran adictos o le
eran simplemente sospechosos, tocándole por esta razón al comandante Bazo ser
dado de baja.
Como era natural, un jefe como éste no podía permanecer
inactivo, buscó la manera de poder venirse a Buenos Aires a presentarse a Rosas.
Una tarde estando a orillas del río Paraná vio venir una
chalana cargada de frutas y leña procedente de Corrientes que iba a Buenos
Aires.
Al verla le hizo señas desde la costa y al enviarle un
botecito los de la chalana, se embarcó en ella, siendo muy bien recibido y
tratado pero los malos vientos y las bajantes del río hicieron interminable el
viaje, queriendo la casualidad que el 3 de febrero de
Pocos días después el comandante Bazo observando el curso
de los acontecimientos se presentó al general Urquiza, quien al verle le dijo:
-Comandante Bazo, ¿qué hace
usted por aquí?
-El señor general me dio de
baja en Entre Ríos, y como soy militar y he llegado recién a Buenos Aires y
encuentro la situación cambiada, vengo a presentarme a V. E.
-Esta bien. ¿Posiblemente ha
de haber llegado usted tarde para presentarse a Rosas?
-Es cierto, mi general.
-Por su franqueza y lealtad
queda usted reincorporado al ejército.
Al poco tiempo el comandante Bazo, al frente de un
regimiento por él organizado, formaba parte del ejército del general Urquiza.
El 29 de junio de 1857 falleció repentinamente en una de las calles de la ciudad.
lunes, 1 de marzo de 2010
Hábitos de trabajo de Rosas
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 14 - Marzo 2010 - Pag. 16
Anécdotas
Antonino Reyes cuenta los hábitos de trabajo de Juan Manuel de Rosas
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| Antonino Reyes |
Nos cuenta Carlos Ibarguren:
“La correspondencia militar con la
vanguardia del ejército y la política con las provincias y con sus amigos de
Bs. As. (N del D.: en le época de la expedición al desierto) le absorbía
constantemente, “la poníamos en limpio –recuerda su secretario Antonino Reyes– en
la tienda del general donde estábamos para no salir sino cuando Su Excelencia
dejaba el trabajo, que era siempre después de la media noche o a la madrugada…”
…“No tenía –recuerda Antonino Reyes–
hora fija para dejar de escribir, y sus empleados debían ser dotados de buena
salud para soportar la tarea”. La abrumadora labor iniciábase a las tres de la
tarde y continuaba sin tregua hasta las ocho o nueve de la mañana del día
siguiente, en que se acostaba a dormir. Así que se despertaban –anota Antonino
Reyes– “abría la puerta de su despacho y dormitorio, me mandaba llamar y ya
empezaba de nuevo a trabajar. Jamás he visto al general Rosas de tertulia”. Los
escribientes se turnaban; ninguno podía seguirle durante gran parte del día y
toda la noche. Se había reservado atender directamente, sin asistencia de sus
ministros, las cuestiones políticas, los asuntos de las provincias y de la
campaña, los militares y la correspondencia con los gobernadores, jueces de paz
y jefes del ejército. Los numerosísinios chasquis iban y venían, como de un
hormiguero; llegaban directamente hasta el secretario, que recibía los oficios,
los extractos y los presentaba para su estudio y contestación.
Rosas pasaba las horas escribiendo, a
ratos dictaba a los pendolistas, paseándose como un león enjaulado por la sala
del despacho. Era tan personal que no delegaba en nadie la redacción de las
innumerables cartas que diariamente debía responder. “Tengo que hacer yo mismo
toda la correspondencia, y no me es posible entregar a otro un trabajo que es
de absoluta necesidad que yo personalmente lo haga” (N. del D.: comentará en
carta a Urquiza). Su minuciosidad no descuidaba el detalle más mínimo. Todo lo
reglamentaba, hasta las líneas de la escritura, o la forma de compaginar o
numerar los pliegos: “que cada oficial tome un pliego y saque una copia de él;
lo que no importa que unos pliegos se acaben de copiar más acá y otros más
allá, siempre que vayan numerados, etc., etc.”
Leía despacio los artículos,
muchísimos inspirados por él, que debían publicarse en la prensa, pasando bajo
su censura, y hacía correcciones escribiéndolas al margen…
Antonino Reyes cuenta los hábitos de
trabajo de Juan Manuel
“El tiempo corrido desde que entré al servicio del general Rosas y muy cerca de su persona, me da derecho a juzgar al hombre... No tenía hora señalada para su despacho: cuando se acababa lo del día se dejaba el trabajo y se despachaban los escribientes; generalmente la noche se pasaba en el trabajo. Se llamaba del Ministerio cuatro o seis escribientes cuando estábamos muy apurados. A estos escribientes se les despachaba a las cuatro de la tarde y se les daba a cada uno cinco pesos para ir a comer a la fonda: a los de la oficina, nada; éstos comían, si no había trabajo, en la mesa general de la familia, y si había que hacer no se movían. A mí jamás me mandaba a comer, y cuando iba, al momento me llamaba para que hiciese el trabajo que correspondía a los demás. Se comprende el motivo: era que como él quedaba trabajando, no podía estar solo, pues tenía que hacer copiar lo que escribía… El domingo o día de fiesta era lo mismo que el día de trabajo. Generalmente dejaba el trabajo a la madrugada, a veces a las ocho o nueve de la mañana, y lo retornaba a las tres o cuatro de la tarde. Inmediatamente se despertaba y abría la puerta de su despacho y dormitorio, si aún no había llegado me mandaba llamar y ya empezaba el trabajo... Tengo la convicción que nunca usó en beneficio propio de los dineros del Estado durante su gobierno. Era celoso defensor de los caudales públicos y no permitía que los encargados de la distribución de dineros rindieran cuentas dudosas. Sólo había descanso cuando el general iba a Palermo y nos dejaba en la ciudad, y muchas veces al marcharse nos dejaba trabajo. No había que separarse mucho porque solía llamar de Palermo por algún trabajo urgente. Sabido es que entonces iba a Palermo a respirar después de un largo encierro, y allí sólo recibía con gusto determinadas personas. Allí no estaba el gobernador, allí era simplemente el ciudadano, era la casa particular donde el servicio y lo que consumía era costeado por don Juan Manuel, para lo cual prevenía lo necesario al proveedor don Pablo Santillán y era todo pagado con su dinero particular. En estos paseos no molestaba, como él decía, a ningún edecán, ni ayudante: llevaba a dos ordenanzas y el servicio particular. He oído muchas veces que salía disfrazado. No es cierto: no salía sino de particular, embozado en su capa, sin que nadie lo acompañara, algunas veces lo acompañaba yo; sus salidas eran a lo del doctor don Tomás de Anchorena. Otras veces iba solo, daba una vuelta y volvía después de una hora. La puerta quedaba apretada sin pasador y yo en la pieza siguiente".
Fuentes:
Carlos Ibarguren, “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo”.
Julio Irazusta, “Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia”, Edic. 1975, Tº 7, pág. 185.
martes, 1 de septiembre de 2009
Anécdotas - El coloso caido - Nicolás Calvo
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 12 - Setiembre 2009 - Pag. 16
ANECDOTAS
EL COLOSO CAIDO
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| Rosas en la ancianidad |
Doce años y medio después de haber
sido derrocado, el ex Dictador recibió en su casa a don Nicolás Calvo,
argentino, fundador del periódico “
Calvo había fundado su periódico
después de Caseros en apoyo de la política del Gral. Urquiza y contra la
actitud separatista de
Calvo mandó correspondencias para su
periódico desde Río de Janeiro y Nueva York y luego se embarcó desde esta ciudad
en viaje a Soupthampton, donde se entrevistó con el ex gobernante argentino, y
así lo hizo según lo informa en su correspondencia que transcribimos a continuación.
En el vapor oímos asegurar al capitán
Woolward que el general Rosas vivía de su trabajo personal vendiendo leche a
mitad del precio general.
Nunca habíamos conocido al señor Rosas
ni oído su voz, ni examinado su fisonomía sino en los retratos, y sentíamos
tanta mayor curiosidad de conocer personalmente al hombre que durante veinte
años había mandado autocráticamente
Tomamos un carruaje y fuimos a ver al coloso caído. El aspecto de su residencia es pobre. Vimos tres ranchos de paja, un perro negro y un muchacho inglés que nos dijo hallarse el general en el campo y que iba a avisarle.
Se abrió poco después la puerta del
frente de uno de los ranchos, techo de paja, y se nos hizo entrar en una pieza
amueblada con una mesa de caoba, un sofá y cuatro sillas forradas de percal,
presentando todo el aspecto de la mediocridad más marcada, por no decir de la
miseria.
Vino el señor Rosas y nos recibió con extrema cortesía, disculpándose por haberse hecho esperar porque estaba trabajando en el campo para alcanzar a pagar el arriendo anual de cinco libras esterlinas por acre que era lo que costaba aquella farm. El general Rosas tiene setenta y un años, está fuerte y lozano, dice que duerme bajo un corredor que nos mostró; que está pobre, que salvó muchos papeles pero no dinero porque él aprecia más su honor que todo; que esos papeles están perfectamente organizados; que han de publicarse después de su muerte y que han de juzgarlo entonces; que tiene mucho escrito sobre diversos ramos de los conocimientos humanos: sobre la ley natural, la ciencia médica y otras; mostrando todo una tranquila filosofía que realmente llama la atención del que le observa, como nosotros lo hacíamos, con el deseo de conocer al hombre.
Rosas habla de nuestro país con
templanza: cree que se le ha hecho injusticia
y asegura que la confiscación no ha entrado jamás en sus principios. Habló del
presidente Mitre sin encono, pero lo que nos llamó la atención más, fue que
hablase del general Urquiza con tan subido elogio, diciendo que le debía muchos
agradecimientos por las ofertas que le había
hecho. Observamos que se había hecho circular la voz de que Urquiza le
había enviado cincuenta mil patacones, y que le pasaba cinco mil pesos anuales,
a lo que contestó no haberlos recibido.
El general Urquiza, en su
correspondencia con el general Rosas trata a este último de grande y buen amigo. El señor Rosas en
el curso de la conversación animada que le es peculiar, dijo que él asumía la
responsabilidad de todos sus actos, que a nadie tenía que culpar. Que había
leído el importante papel que escribíamos (
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| Lord Palmerston |
Agregó que conservaba su lazo, bolas y demás arreos argentinos de campo sin los cuales no ensillaba nunca; que una magnífica yegua, que nos mostró, la había domado él mismo; que el mate no lo ha podido dejar y que él podría hacer adoptar entre la gente de campo en Inglaterra, la yerba paraguaya en vez de té, porque era más saludable.
Estos detalles puramente personales,
sólo tienen interés para los pueblos que durante veinte años han obedecido la
voz de este hombre o luchado para derrocar su sistema.
Juzgar a Rosas y a su sistema no es nuestro
trabajo del momento. Antes lo hemos hecho: nos limitamos solamente a referir lo
que hemos visto en el hombre que tan gran figura ha hecho en el Río de
Debíamos partir para Londres
incesantemente [sic]: acortamos
la visita. Southampton, 8 de noviembre de 1864.
Nicolás
Calvo
(1) Lord Palmerston, había sido ministro de relaciones exteriores inglés y era amigo personal de Rosas (Nota del Director)
sábado, 1 de septiembre de 2007
Una acción digna de un italiano
Una acción digna de un italiano
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| Cnl Prudencia Arnold 1809-1896 |


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